La Niña de Luzmela by Concha Espina - HTML preview

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1922

PRIMERA PARTE

I

Habíase convertido don Manuel en un soñador quejoso. Hacía tiempo queparecían extinguidas en él aquellas ráfagas de alegría loca que, detarde en tarde, solían sacudirle, agitando toda la casa.

En tales ocasiones, parecía don Manuel un delirante. Todo su cuerpo seconmovía con el huracán de aquel extraño gozo que le hacía cantar,correr, tocar el piano y reirse a carcajadas. Mirábanle entonces,compadecidos, los criados, y la vieja Rita, haciéndose cruces en unrincón, desgranaba su rosario a toda prisa, murmurando:

—Son

los malos

…,

los malos

…; siempre estuvo el mi pobreposeído….

Carmencita seguía los pasos acelerados de su padrino, pálida ysilenciosa, prestando un dulce asentimiento a aquella alegríadisparatada y sonriendo con mucha tristeza.

En algunas de estas extrañas crisis don Manuel tomaba entre sus manosardientes la cabeza gentil de la niña y, mirando en éxtasis sus ojosgarzos y profundos, le había dicho con fervor:

—Llámame padre…, ¿oyes?… llámame padre.

La niña, trémula, decía que sí.

Y pasado el frenesí de aquellas horas, cuando el caballero, deprimido yamustiado, se hundía en su sillón patriarcal a la vera de la ventana,llamaba a Carmencita, y acariciándole lentamente los cabellos, le decía«a escucho»:

—Llámame padrino, como siempre, ¿sabes?

También la niña respondía que sí.

* * * * *

Aquel día don Manuel sentía en el pecho un dolor agudo y persistente, unzumbido penoso en la cabeza….

¿Iría a morirse ya?

El hidalgo de Luzmela aseguraba que no tenía miedo a la muerte, quehabiendo meditado en ella durante muchas horas sombrías de sus jornadas,no había salido de sus fúnebres cavilaciones con horror, sino con lamansa resignación que deben inspirar las tragedias inevitables.

Sin embargo, don Manuel estaba muy triste en aquella tarde oscura deseptiembre.

Miraba a Carmen jugar en el amplio salón, con aquel apacible sosiego queera encanto peregrino de la criatura. Todos sus movimientos, todos susademanes, eran tan serenos, tan suaves y reposados, que placía enextremo contemplarla y figurarse que aquellas innatas maneras señorilesrespondían a un alto destino, tal vez a un elevado origen.

Podía fantasearse mucho sobre este particular, porque Carmencita era unmisterio.

En uno de sus viajes frecuentes y desconocidos, trajo don Manuel aquellaniña de la mano. Tenía entonces tres años y venía vestida de luto.

El caballero se la entregó a su antigua sirviente, Rita, convertida yaen ama de llaves y administradora de Luzmela, y le dijo:

—Es una huérfana que yo he adoptado, y quiero que se la trate como sifuera mi hija.

La buena Rita miró a don Manuel con asombro, y viendo tan cerrado susemblante y tan resuelta su actitud, tomó a la pequeña en sus brazos conblandura, y comenzó a cuidarla con sumisión y esmero.

La niña no se mostró ingrata a esta solicitud, y desde el día de sullegada se hizo un puesto de amor en el palacio de Luzmela.

—¿Cómo te llamas?—le había preguntado Rita con mucha curiosidad.

Y ella balbució con su vocecilla de plata:

—Carmen….

—¿Y tu mamá?…

—Mamá….

—¿Y tu papá?…

—Padrino….

—¿De dónde vienes?

—De allí—y señaló con un dedito torneado, del lado del jardín.

—¡Claro, como las flores!—dijo Rita encantada de la docilidad graciosade la niña.

Rita deletreaba las facciones de la pequeña con avidez, como quien buscala solución de un enigma.

Mirándola detenidamente, movía la cabeza.

—En nada, en nada se parece…. El señor es moreno y flaco, tienenarizona y le hacen cuenca los ojos; esta chiquilla es blanca como losnácares, tiene placenteros los ojos castaños y lozano el personal…; ennada se le parece.

Y la buena mujer se quedó sumida en sus perplejidades y enamorada de laniña.

Con una facilidad asombrosa acomodóse Carmencita a la vida sedante yfría de Luzmela. Su naturaleza robusta y bien equilibrada no sufrióalteración ninguna en aquel ambiente de letal quietud que se respirabaen el palacio; ella lo observaba todo con sus garzos ojos profundos, yse identificaba suavemente con aquella paz y aquellas tristezas de lavieja casa señorial.

El encanto de su persona puso en el palacio una nota de belleza y dedulzura, sin agitar el manso oleaje de aquella existencia tranquila ysilenciosa, en medio de la cual Carmencita se sentía amada, con esaaguda intuición que nunca engaña a los niños.

Parecía ella nacida para andar, con su pasito sosegado y firme, poraquellos vastos salones, para jugar apaciblemente detrás del reciobalconaje apoyado en el escudo y para abismarse en el jardínpenumbroso, entre arbustos centenarios y divinas flores pálidas desombra.

Jamás la voz argentina de la pequeña se rompía en un llanto descompuestoo en un acedo grito; jamás sus magníficos ojos de gacela se empañecíancon iracundas nubes, ni su cuerpo gallardo se estremecía con el espasmode una mala rabieta. Su carácter sumiso y reposado y la nobleza de susinclinaciones tenían embelesados a cuantos la trataban, y la buena Rita,convertida en guardiana de la criatura, no podía mencionarla sin decircon íntima devoción:

—Es una santa, una santa…. Sólo una vez se recordaba que Carmencitahubiese alzado en el silencio de la casa su voz armoniosa deshecha ensollozos.

Fué un día en que doña Rebeca, la única hermana de don Manuel, residenteen un pueblo próximo, llegó a Luzmela de visita.

Atravesaba la niña por el corral con su bella actitud tranquila cuandola dama se apeó de un coche en la portalada.

Era doña Rebeca menuda y nerviosa, de voz estridente y semblanteanguloso; fuese hacia Carmencita a pasitos cortos y saltarines, la tomópor ambas manos, y de tal manera la miró, y con tales demasías le apretóen las muñecas finas y redondas, que la pobrecilla rompió en amargollanto, toda llena de miedo.

Se revolvió la servidumbre asombrada, y el mismo don Manuel corrióinquieto hacia la niña, a quien doña Rebeca cubría ya de besos chillonesy babosos, diciendo a guisa de explicación:

—Como no me conoce, se asusta un poco.

Carmencita tendió ansiosa los brazos a su padrino, y poco después serefugiaba en los de Rita hasta que doña Rebeca se hubo despedido.

II

El caballero de Luzmela miraba a la chiquilla, aquella tarde, con unaextraña expresión de vaguedad, como si al través de ella viese otrasimágenes lejanas y tentadoras.

Acaso delante de aquellas pupilas extasiadas e inmóviles, la ilusiónrehacía una historia de amor toda hechizo y misterio; tal vez, por elcontrario, era una tragedia dolorosa. ¿Quién sabe?… ¡Don Manuel habíarodado tanto por el mundo, y había sido tan galán y aventurero!

De pronto se le apagó al soñador su visión misteriosa encendida en elmuro blanco del salón, sobre la cabeza rizosa de la niña.

Exhaló un suspiro amargo, y bajó los ojos para mirar sus manosexangües, extendidas sobre las rodillas. Era cierto que estaba muyenfermo; ¿iría a morirse ya?…

Carmencita, en este momento mecía a su muñeca regaladamente, sentada enun taburete en el hueco profundo de una ventana.

Llamaron a la puerta del salón, y al mismo tiempo anunciaron:

—El señorito Salvador.

—Que pase—dijo don Manuel, y la niña, levantándose, corrió a recibirla visita con sonrisa plácida.

Entró un joven mediano. Era mediano en todo lo aparente: en belleza, enelegancia, en estatura; mediano era también en ingenio; sólo en lealtady en nobleza era grande aquel mozo.

Tendría acaso veinticinco años, y encontramos muy natural que elcaballero de Luzmela le dijese:

—¡Hola, médico!

No podía ser otra cosa sino médico este hombre que se presentaba devisita calzando espuelas y botas de montar y llevando en la mano unosguantes viejos.

Don Manuel se había enderezado en el sillón de nogal y la niña enlazabasu bracito al del mozo recién llegado.

—No sabes lo oportunamente que llegas, hijo—exclamó el enfermo.

—Qué, ¿se siente usted peor, acaso?

—Me siento mal siempre, muy mal; la hipocondría me consume, y tengo lapreocupación constante de que voy a vivir ya contados días.

—Precisamente esa es la única enfermedad de usted: la monomanía de lamuerte. Es una de las formas más penosas de la psicosis.

—Sí, sí, sácame a colación nombres modernos para despistarme. Lo que yotengo es algún eje roto aquí—y señaló su corazón—, y creo que aquítambién—añadió tocando su cabeza, prematuramente blanca.

Salvador se echó a reir con una impetuosa carcajada jovial, que rodó porla sala con escándalo. La niña, muy seria y cuidadosa, escuchabaatentamente.

Observándola don Manuel, le dijo:

—Vete, querida mía, a jugar abajo, ¿quieres?

Ella, un poco premiosa para obedecer, objetó:

—¿Pero de verdad tienes rota una cosa en el pecho y otra en la frente?

—No, preciosa, no te apures; son bromas que yo le digo a tu hermano.

Salvador la atrajo a sus rodillas y la acarició tiernamente.

—Son bromas del padrino, Carmen; anda, corre a jugar.

Se fué con su paso majestuoso y su aire noble de madona.

Desde el umbral de la puerta se volvió a sonreirles, segura de que ellosestaban mirándola, en espera de aquella gracia suya.

Reinó en el salón un breve silencio, y, con otro suspiro doliente,murmuró don Manuel:

—Por ella, por ella lo siento, sobre todo.

—Por Dios, deseche usted esa idea….

Pero él, obediente a su pensamiento, concluyó:

—Y por ti también, Salvador.

El mozo tragó la saliva con alguna dificultad, y balbució unas,entrecortadas frases de consuelo; estaba emocionado y torpe.

Le miró el enfermo con cariño, y tomándole las manos cordialmente, ledijo:

—Vamos, hay que ser hombres de veras; yo he andado, hijo mío,temerosos caminos sin temblar, y es preciso que no me acobarde en elanhelo de este último que voy a emprender. Tú debes ayudarme, y en ticonfío; te necesito, Salvador; ¿estás pronto, hijo, a valerme?

—¿Yo, señor?… Yo siempre estoy pronto a lo que usted mande. ¿Acaso mivida no le pertenece a usted?

—¡Oh, muchacho, qué cosas dices! Tu vida le pertenece a la humanidad, ala ciencia; le pertenece a la juventud, a la dicha…. Tú vienes ahora,Salvador, yo me voy; me voy temprano…. ¡he vivido tan de prisa!

Heamado mucho, he sufrido mucho, y también he gozado, que no es esta horade mentir, ni siquiera de disimular…. Y mira, no creas que yo he sidotan malo como dicen…. Anduve por el mundo locamente y pequé y caíveces innumerables; pero otras veces, ¡también muchas!, levanté a loscaídos en mis brazos, prodigué a los tristes mi corazón y mi fortuna…,fuí piadoso y noble….

Callaba Salvador entristecido y confuso. Don Manuel miraba vagamente unanubecilla blanca que se deshacía en jirones leves, sobre el fondo grisde un cielo huraño.

Volvióse hacia el joven, y le dijo de pronto:—¿Sabes que ayer estuvoaquí el notario de Villazón?

El muchacho interrogó perplejo:

—¿Estuvo?

—Sí; yo le había mandado decir que deseaba verle. Hablamos un largorato y convinimos en que mañana volvería para recibir mis últimasdisposiciones.

Salvador se agitó en su silla protestando:

—Pero, Dios mío, acabará usted por matarse con esa ansiedad.

—Al contrario; estos preparativos me tranquilizan; hallaré reposo ybienestar en arreglar todas mis cuentas, y para que, después de realizarestos propósitos, tenga descanso mi corazón, es preciso que tú me hagasuna solemne promesa.

—Por hecha la puede usted contar.

—Tú quieres mucho a Carmen, ¿no es cierto?

—Cierto es que la quiero mucho.

Se enderezó el de Luzmela conmovido y le blanqueó intensamente la fazcetrina.

—Oye bien, Salvador…: voy a dejar sola en el mundo a Carmen, y Carmenes mi hija; tiene apenas trece años la inocente, y quedará en la vidasin sombra y sin nombre….

Se apagó tremulante la voz del solariego; Salvador, inmutado por lagravedad de aquella revelación que tal vez esperaba, se atrevió a decir,después de meditar:

—Si usted la reconoce….

Otra vez se alzó, como en sollozo contenido, la voz temblorosa.

—Pero estoy fatalmente condenado a no poder hacerlo…. Esta única florde mi existencia es el fruto de mi mayor pecado…: no hablemos de él,que es irremediable; hablemos de ella, de la pobre flor sin sombra.

—¿No estoy aquí yo? ¿De nada podré servirle cuando tanto la quiero?

—Sí; sí que la servirás de mucho: esa es mi esperanza….

—Pues ordene usted, señor.

—Si tú fueras también mi hijo, yo te la confiaría descansadamente.

Estaba Salvador anhelante, mirando al enfermo, que continuó con su vozgrave y triste:

—Pero no lo eres, no; yo te lo juro…. Por ahí se ha dicho que sí…;¡se dicen tantas cosas! Yo he oído el rumor de esta calumnia rondandoen torno mío, y la he dejado crecer a intento, porque si esta mentiraponía una mancha más en mi reputación, ponía en cambio un poco deprestigio en tu juventud abandonada. Si eras hijo del señor de Luzmelatenías porvenir, y tenías un puesto en la vida…; pero no lo eres,no….

Estaba Salvador trémulo; tenía el semblante demudado y una expresióndesolada en los ojos. Veía quebrarse en pedazos su más cara ilusión. Erabueno; pero era hombre y había sentido siempre atenuada la ignominia desu madre, creyendo culpable de ella al noble señor del valle, don Manuelde la Torre y Roldán. He aquí que don Manuel era inocente de la deshonraque le hizo nacer, y que Salvador, herido en su orgullo, veía el nombrede su madre hundirse en la infamia, como si hasta aquel momento hubieraestado solamente empañado de un leve rubor.

—Entonces, mi padre… murmuró temblando.

—Piensa sólo en tu madre—respondió el caballero; los padres de ocasiónsomos siempre unos cobardes…, unos viles; ¡ellas, las madres sí queson valientes en casi todas las ocasiones! La tuya lo fué; por verlayo, tan desgraciada y tan sufrida, cargar contigo denodadamente, dileapoyo y la cobré afecto. No me recaté para ampararla, ni ella tuvoreparo en apoyarse en mí, honradamente. Cuando la pobre se alzaba sobresu dolor, confortada por mi amistad y purificada por tu inocencia, vinola muerte y se la llevó…. ¡Que no te sonroje su recuerdo; guárdale conrespeto y con amor!

Salvador interrogó otra vez con amargura.

—Pero, ¿y mi padre…, mi padre?

—¿Qué te importa de él? ¿Le debes gratitud por el ser que fortuitamentete dió, en la inconsciencia de su brutalidad?… ¿Acaso podemosconsiderarnos padres siempre que afrentamos a una mujer?

—Quisiera, sin embargo, saber su nombre.

Don Manuel guardó silencio.

—Saber—añadió el mozo—su clase social.

El de Luzmela vió cómo se agitaba en este anhelo la vanidad del joven;vaciló un momento, y luego dijo con firmeza:

—Ya sabes que ésta no es hora de mentir. Salvador: tu padre era uncampesino de origen humilde lo mismo que tu madre.

—Y, ¿vive?

—Emigró, y ya no se supo más de él.

—¿Era soltero?

—Lo era.

—¿Y jamás consintió…?

—¿En reparar su delito?… ¡Nunca!… ¿No te digo que nada le debes?Eres hombre, y hombre cabal. Deja que esa humillación pase por debajo detu orgullo, y no le fundes en hechos de que no eres responsable.

Pero estaba profundamente abatido Salvador. En vano trataba de lucharcontra la pesadumbre de aquella sorpresa que casi destruía supersonalidad de un solo golpe inesperado.

Compadecido don Manuel, ablandó su voz para decirle efusivamente:

—Todavía estoy aquí yo, hijo. En la negra hora de su agonía le juré atu madre ampararte, y he tratado de cumplir mi juramento. Te eduqué y tehice un hombre; dócil ha sido tu condición para que yo haya podidoformar de ti un mozo tan noble y amable como para hijo le hubieradeseado. Si por creerte mío has tenido tesón y firmeza para llegar a loque eres… ¿tan ajeno a mí te juzgas ya, que así te amilanas yvacilas?… Aunque no te di el ser, ¿no soy algo más padre tuyo queaquel que te le dió?… ¡Y si te acobardas ahora que yo te necesito!…

No acabó don Manuel este sentido discurso sin que el joven hubieralevantado la cabeza, brillantes los ojos zarcos y sinceros, todailuminada de una grata expresión su simpática fisonomía.

Se quiso arrodillar con un movimiento espontáneo y devoto para suplicar.

—Perdón, señor, perdón…. He dejado arruinar todo mi valorindignamente, pero ha sido un momento; ya pasó; estoy tranquilo, estoycontento si le puedo servir a usted de algo, yo, pobre de mí, que tantole debo….

—Cállate…. ¡Si me lo vas a pagar todo! Bien sabe Dios que no tuvenunca intención de cobrártelo; pero ahora—añadió implorante—espreciso, hijo mío, que me devuelvas en Carmen todo el bien que te hice.

—Cuanto yo pueda y valga se lo ofrezco a usted dichoso.

—Pues oye.

Se recogió un momento a meditar, y dijo luego:

—¿Qué juicio has formado tú de mi hermana?

—¿Juicio?… Ninguno; ¡la he tratado tan poco!

—Pero, ¿qué impresión te causa?

—Me parece buena señora.

—¿Y qué has oído de ella por ahí, como voz general?

—Dicen que es un poco rara; algo histérica.

—Sí, tiene que serlo; era epiléptica nuestra madre, y nuestro padre elhidalgo de Luzmela ¡bebía tanto ron!… Pero, en fin, ¿la creen buena?

—Buena sí.

—Te extrañarán estas preguntas; pero yo te voy a decir una cosa: apenasconozco a mi hermana. Aquí, jugamos un poco de pequeños, ¡ya no meacuerdo de aquellos años! En seguida me llevaron al colegio, desde allía la Universidad; cuando acabé la carrera ella estaba ya casada enRucanto. Estuve aquí con mi padre corto tiempo, y partí a visitar laEuropa, ansioso de ver mundo y correr aventuras. Ya te he contado cuántomi padre me prefería y con cuánta liberalidad satisfacía todos miscaprichos. Derroché el dinero y la salud hasta que él me llamó paradarme el último abrazo, y entonces me encontré mejorado en sutestamento todo cuanto la ley permitía. El marido de mi hermana era uncalavera, y mi padre les mermó la herencia todo lo posible. Sin embargo,yo era tan calavera como él; pero era su ídolo, y en mí no veía más quela hidalguía exterior, conservada hasta en los tiempos más tormentososde mi vida. Siempre mi cuñado me miró con animosidad, tal vez por misuperior linaje, tal vez por las muchas preferencias que en vida y enmuerte me prodigó mi padre. Estas diferencias me separaron mucho de mihermana. Vino entonces mi casamiento, tan lleno de esperanzas para mí.Me creí reconciliado con el amor del terruño y con la paz de mi valle;restauré esta casa, soñando vivir siempre en ella en idílicos goces;evoqué la visión de unos hijos robustos y de una patriarcal vejez…:¡sueño fué todo! Desperté de él con la esposa muerta entre los brazos.Era la más rica heredera de Villazón, y, tan abundante en bondad como endineros, quiso dejarme en prenda de su cariño toda la fortuna que tenía.Doblemente rico, perdida la ilusión de la dulce vida quieta y santa queacaricié apenas, de nuevo me lancé a los placeres locos del mundo, lejosde mi solar. Peregriné mucho; derramé el corazón y la vida a manosllenas; pero no fuí tan insensato que llegara a empobrecerme.

Algunasveces volvía yo a Luzmela con una vaga esperanza de poder quedarme poraquí, bien avenido con esta melancólica vida de memorias y ensueños;pero nunca lograba que de mi corazón voltario se adueñase la paz. En unode estos viajes vine muy cambiado; me blanqueaba el cabello y traía enlos brazos una niña.

Me estuve entonces aquí un año entero; un año quefué para mi alma ocasión de intensas revelaciones; la niña, tan pequeña,tan impotente, iba poseyendo todo mi albedrío. En rendirla yo mivoluntad sentía un extraño goce lleno de encantos nuevos. Su inocenciame cautivaba en dulcísima cadena, y yo, que la salvé a esta niña delabandono, más por deber de conciencia que por amor de padre, me sometí asu hechizo con una dejación de mí mismo absoluta y feliz. Ya, desdeentonces, sólo salí de Luzmela por precisión y muy pocas veces. Mi vidatenía un objeto, y yo sentía santificarse mis sentimientos y levantarsemi corazón al suave contacto de aquella pequeña existencia pendiente dela mía. Continuaba viendo a mi hermana contadas veces: mi cuñado memostraba cada día mayor hostilidad; y yo, indiferente y orgulloso, noponía jamás los pies en Rucanto. Pero no me era grato saber que mihermana pasaba apuros y estrecheces, casi totalmente arruinada por sumarido, y a menudo le mandaba reservadamente algunas cantidades comoregalo para mis sobrinos, a quienes apenas conozco….

Calló don Manuel y se quedó abstraído breve rato.

Luego dijo:

—Y hemos llegado, querido Salvador, al caso que me preocupa y desvela.

¿Merecerá mi hermana que yo le confíe mi hija?… Tú, ¿qué crees?…

—Yo creo—respondió el joven—que no es muy fácil acertar con larespuesta, ya que ni usted ni yo la conocemos bien.

—Por eso vacilo….

—¿Y ha pensado usted en qué condiciones le confiaría la tutela de Carmen?

—Sí; lo he pensado: le dejaría a mi hermana la mitad de mi fortuna conla condición de que fuese una buena madre para la niña.

Salvador escuchaba con asombro a don Manuel.

—Pero eso—dijo—sería caso de una comprobación delicada y difícil.

—Tengo previstas todas las dificultades: de todo ello hablaremos…. Yoquisiera dejarle a mi hija un constante testimonio de mi ternura, sinperturbar su alma con la trágica historia de su nacimiento. Puesto que ala cara del mundo no le puedo decir que soy su padre, ¿a qué inquietarsu inocencia con el descubrimiento de una pérfida acción que cometí?…Quiero que mi memoria le acompañe dulce y serena, como la vida que hadisfrutado junto a mí. Quiero ser su providencia y su amparo más allá dela muerte, sin que mi nombre caiga de su corazón, ennegrecido por lasombra de mis culpas…. Para ella quiero ser siempre bueno… ¡siempre!

Quedóse el de Luzmela ensimismado; ardía en sus ojos la luz de laesperanza con radiante expresión.

Y mientras Salvador le contemplaba con recogida actitud, continuó don Manuel:

—Al enviudar mi hermana hace poco, se ha apresurado a mostrársemeafectuosa, lo que me prueba que antes no tenía libertad para hacerlo.Parece que la niña le es muy simpática. Si ella además le lleva elbienestar y la holgura, ¿no ha de quererla bien?

—Yo creo que sí.

—¿Verdad que sí?

—Es verdad….

—Pero supongamos que me equivoco; que cometo un gran desatino, y queella no trate bastante bien a la niña. En ese caso dejaré a Carmen elderecho de reclamarle mi herencia, y todavía te quedas tú con otra parteigual a la de mi hermana.

—¿Yo, dice usted?

—Tú, que eres mi segundo heredero, a quien lego la mitad de miscaudales.

—Pero… ¿usted ha pensado?…

—Yo he pensado mucho, hijo mío; tú, si no quieres contrariar mi postrerdeseo, serás un buen administrador de mi media fortuna; gastarás lasrentas, como tuyas que serán, y el capital lo conservarás para cuandoCarmen lo necesite. Figúrate que por amor se casa pobre…; tú la dotas;o que se casa contigo…; la dotas también; o que se muere…; laheredas, quedándote tranquilamente con mi legado, que legalmente serátuyo.

—¿Y si muriese yo?

—Se lo dejas a ella. Y si nada necesita, tuya será entonces, sincondiciones, la herencia.

—Por Dios, señor, yo creo que jamás un testamento se ha hecho así, detan extraña manera….

—No se habrá hecho; pero se va a hacer ahora; mejor dicho, ya se estáhaciendo.

—¿Ya?…

—Sí; le estamos haciendo tú y yo; un testamento moral entre dos hombreshonrados…. Testo yo, y tú asientes; recibes mi legado y juras cumplirmi voluntad…. ¿Te figuras que estas condiciones que te impongo iban aconstar en papeles? No, hijo, no; se confirmaría entonces la opinióngeneral de que estoy un poco «tocado»…; ya sabes que se dice porahí….

—Sin embargo, señor, medite usted bien que es demasiado absoluta laconfianza con que usted me honra.

Puedo extraviarme; puedopervertirme…, volverme loco; hágalo usted en otra forma, limitándomela acción; ajustándome el camino…; nómbreme usted, si quiere, tutor deCarmen.

—Te nombro su hermano, su protector, acaso su esposo, dentro de micorazón; ante la ley te nombro mi heredero sin condición alguna.

Salvador se paseaba por la sala agitado; mortificaba su barba rubia conuna mano implacable, y sus espuelas levantaban en la estancia silenciosaun belicoso acento metálico.

Moría la tarde en la cerrazón sombría del cielo, y don Manuel tendíahacia el joven una mirada ansiosa.

Viéndole tan dudoso y alterado, díjole, al fin, con tono de dolidoreproche:

—¡Si no quieres, Salvador, yo no te obligo!…

Él se volvió hacia el enfermo; estaba pálido y tenía la voz angustiosa.

—¿No querer yo servirle a usted? Es que me aterra el temor de no saberhacerlo; de no poder, de no ser digno de esta ciega confianza con queusted me abruma.

—Si no es más que eso….

Y don Manuel, alzándose del sillón, estrechó al muchacho en un abrazoardiente, y teniéndole así, preso y acariciado, dijo con solemnidad:

—Doy por recibido tu juramento, y le pongo este sello de nuestrocariño.

Quiso salvador confirmar:

yo juro

; pero el de Luzmela le tapó la bocacon su descarnada mano.

—Está jurado, hijo mío; ven y siéntate otra vez a mi lado; no mesostienen las piernas.

Se sentaron.

Comenzó don Manuel a hablar animadamente con la voz impregnada deemoción y de dulzura.

Salvador le atendía en silencio, sin dejar de mesarse la barbafebrilmente; y en esto se oyeron en el pasillo unas palabras recias yunos pasos sonoros.

—Son el cura y el maestro—dijo don Manuel contrariado.

—Entonces me voy, con su permiso; aun no hice hoy la visita en Luzmela,y está cayendo la noche.

¿Cuándo quiere usted que vuelva?

Ya habían anunciado a don Juan y a don Pedro, cuando don Manuelrespondió:

—Ven mañana temprano; te espero en mi despacho a las nueve, y tequedarás a comer.

Los dos hombres se estrecharon las manos fervorosamente, y Salvador hizoun breve saludo a los recién llegados.

Salió. En la meseta amplia de la monumental escalera encontró aCarmencita: estaba apoyada en la maciza reja del ventanal, y miraba alcielo o al campo ensimismada.

Al sentir las espuelas de Salvador en la escalera, se volvió hacia élsonriendo, y observándole muy atenta, preguntó:

—¿Le mandaste al padrino alguna medicina?

Bajaba el mozo embargado de emociones. La dulce voz de la niña le hizoestremecer. Contemplóla con un respeto y una sumisión que no le habíainspirado jamás, y apremiado por su mirada interrogadora, replicó:

—Está muy bien el padrino, querida.

Ella le tendió la frente esperando un beso, y el pobre muchacho seinclinó y le besó la mano con noble acatamiento.

Quedóse algo asombrada Carmencita de la actitud turbada del que llamabasu hermano; apoyándose en la reja oía cómo se alejaba el caballo deSalvador y pensaba:

—¡Es que está malo, de verdad, el padrino!

III

Habían colocado una lámpara sobre la mesa, y don Juan y don Pedro sepusieron a mirar al de Luzmela.

Parecía más hundido en el sillón queotras veces y como si los ojos se le hubiesen agrandado.

Sirvieron en seguida el chocolate humeante y espumoso, y mientras donManuel lo tomaba a sorbos, con esfuerzo, el cura y el maestro losaboreaban con deleite, mojando en los delicados pocillos hasta elúltimo bizcocho y la última rebanada de pan rustrido.

Se había iniciado una trivial conversación, rota a cada bocado de pan ode bizcocho, hasta que retiradas las bandejas de encima del tapete, elcriado presentó otra grande, de plata, con la correspondencia.

Miró don Manuel los sobres de sus dos o tres cartas, y las apartóindiferente; el maestro abrió un periódico y comenzó la habituallectura.

Había el caballero cerrado los ojos; tenía las manos cruzadas sobre lasrodillas.

Don Juan, a veces, hacía un punto en su tarea y por encima del papelmiraba con inquietud al enfermo.

También don Pedro le observaba con atención, y miraba después a don Juan.

Y cuando ya los dos se estaban alarmando, por aquella quietud momificadade su huésped, éste dió un respingo en la silla y dijo, con la vozentera y sonora.

—Perdone un momento, don Juan; me van ustedes a permitir unaspreguntas, y aunque les parezcan extrañas han de responderme sin hacercomentarios, ¿no?

Don Manuel había estado en América dos años, y esta interrogaciónexpresiva ¿no?, importada de aquel mundo joven, la usaba todavía enciertos momentos.

Se miraron con sorpresa sus dos contertulios, y ambos dijeron que «sí»varias veces, en contestación a aquel

«no» interrogante.

—Vamos a ver—indagó el solariego, que parecía un resucitado—: austedes ¿qué les parece de mi hermana?

Hubo un silencio explicable, y a la par respondieron los dos señores:

—Nos parece bien; ya lo creo, muy bien….

—¿Creen ustedes que es buena?

—Ya lo creo; muy buena, sí señor.

—¿Y no dicen por ahí que es rara?

—Un poco rara; pero, poca cosa….

Hubo otra pausa, y aseveró don Manuel:

—¿De modo que a ustedes les merece excelente opinión?

—¡Excelente!

El de Luzmela volvió a recostarse en el sillón, cerró de nuevo los ojosy cruzó otra vez las manos murmurando:

—Siga, siga la lectura, don Juan, y dispensen.

Don Juan leyó otro ratito; él y don Pedro se miraban mucho aquellanoche, y, más temprano que de costumbre, se despidieron.

Encontraron en el corredor a Rita, que subía con Carmen de la mano, y ledijeron:

—El amo está peor, ¿eh?

—¿Peor?

—Mucho peor: tengan cuidado.

Aunque hablaban con misterio, la niña se enteró, y preguntó con ansia.

-¿Mi padrino?

Ellos ya bajaban la escalera y no respondieron nada.

Rita aceleró el paso llena de inquietud.

Carmen tenía los ojos muy abiertos en la semioscuridad del pasillo, ytoda su alma se asomaba por ellos como escudriñando las tinieblas delporvenir.

Llegando a la sala, la mujer y la niña fueron derechas al sillón, ymientras Carmen se inclinaba devota a besar las manos del enfermodecíale Rita acongojada:

—¿Se siente mal?

Sin responder a esto, el de Luzmela preguntó a su vez, mirando a lavieja:

—Oye, ¿a ti qué te parece de mi hermana: es buena?

Atónita la mujer, creyó que deliraba su amo, y él quiso disipar aquelasombro explicando:

—No estoy «de la cabeza», Rita, no te apures, y responde.

Dijo Rita:

—Buena es su hermana, ¡qué ocurrencia!

—Podía no serlo….

—Yo poco la tengo tratada; casóse apenas yo vine…, ¿no se acuerda?

—Pero, ¿qué has oído por ahí?

—Que es algo rara, algo «maniosa»; pero buena sí.

Don Manuel soliloquió:

—¡Todos dicen que es buena!

—Sabe, que el genial se le habrá corrompido algo con las desazones;pero el fondo será querencioso y noble como el de todos los amos deLuzmela….

Tenía el enfermo una placentera expresión cuando volvió la cara hacia Carmen, que atenta escuchaba a su lado.

—Y a ti, hija mía, ¿qué te parece? ¿quieres a mi hermana?

La niña clavó en él su mirada límpida, y también preguntó:

—¿La quieres tú?

—Yo sí.

—Pues yo también, sí….

—¿Te gustaría vivir con ella?

Carmen dijo prontamente:

—Quiero vivir contigo—y le echó los brazos al cuello con ternura.

El la enlazó en los suyos lleno de emoción, murmurando con la vozquebrada:

—Pero si yo tuviera que marchar….

La niña, sollozante, respondió al punto:

—No, no, por Dios; llévame entonces contigo.

Rita hacía pucheros y se llevaba a los ojos la punta del delantal, y donManuel, incapaz de prolongar aquella escena sin descubrir el profundodolor que le poseía, trató de calmar a la niña con tranquilizadoraspalabras.

Cuando Carmen, un poco engañada, alzó la cabeza y miró al hidalgo, levió demudado y con el rostro humedecido. Angustiada todavía, lepreguntó:

—¿Lloras?…; ¿sabes tú llorar?

Él trató de sonreir diciendo:

—¡Si son lágrimas tuyas!

Y la despidió con un beso muy grande….

En la alta noche, cuando el monumental lecho de roble crujía sacudidopor el convulso llanto del enfermo, murmuraba el triste:

—¡Que si sé llorar!… ¡Hija mía, hija mía!…

IV

Después de aquellos primeros ocho días, la vida en Luzmela recobró suaspecto acostumbrado.

Carmencita dió sus lecciones con don Juan y bordó su tapicería en unextremo del salón bajo la mirada solícita del solariego, que parecía unpoco aliviado de sus achaques.

Salvador hizo al enfermo la cotidiana visita, larga y cariñosa, y elmaestro y el cura fueron todas las noches, como de costumbre, a hacerleun rato la tertulia a don Manuel.

La numerosa servidumbre del palacio, engolfada en el trasiego de lascosechas, llegó casi a olvidar la angustia de aquella mañana en que elnotario de Villazón entró solemnemente al despacho del amo, y llegandopoco después muy descolorido el señorito Salvador, fueron avisados donPedro y don Juan, con barruntos de testamento.

Una ansiedad dolorosa había conmovido a los servidores de la casa, todosobligados, por innúmeros favores, a guardar a su señor una fidelidadsagrada, y todos capaces de cumplir esta noble obligación. ¿Acertaría elde Luzmela en los pronósticos que hacía de su muerte? ¿Iría a caer ya,marchito para siempre, aquel único tronco de la ilustre casa de la Torrey Roldán?…

Durante algunos días estos temores pusieron en la vida, siempremelancólica, de aquella mansión, un sello de tristeza y de inquietudprofundas. Todas las voces se hicieron quedas y suspirantes alrededordel amo, que, sumido como nunca en sus cavilaciones y añoranzas, cayó enun abatimiento alarmante.

Pero habíase esponjado de nuevo el cuerpo lacio y consumido de donManuel; se erguía en el sillón con más arrogancia y tenía el semblantemás placentero y despejado.

Se fué tranquilizando la buena gente de la casa y volvieron en ella laslabores a su centro natural.

Sólo en los ojos hechiceros de Carmencita quedó encendida la penosaexpresión de la duda, y a menudo posaba esta llama inquieta en el enigmade los días futuros como una interrogación inconsciente.

V

Don Manuel sueña, como la tarde en que le conocimos.

También ahora tiene los ojos abiertos sobre la cabeza gentil de Carmen;pero la niña no juega ni borda en el salón; está en el jardín, hundiendodistraídamente la contera de su sombrilla en las hojas secas amontonadaspor los senderos.

El ábrego ha saltado brioso al amanecer, y ha despojado a los árboles desus últimas galas, ya mustias.

Tiene el cielo una intensidad de azul rara en Cantabria; a través de unaatmósfera de limpidez exquisita, todo el valle y los montes se abarcande una sola mirada desde el balcón adonde asoma el de Luzmela supaciente silla de enfermo.

Algunas veces, sus ojos cargados con las imágenes de sus pensamientos sealzan un momento al cielo, al monte o sobre el valle, para caer siempreen éxtasis de adoración encima de la niña….

Soñaba….

Veía aquella mujer bella y pura que tenía los ojos y los cabellos lomismo que Carmencita; tenía también su misma sonrisa serena y su mismavoz de plata. La veía caer acechada, perseguida por él, atropellada porsu loca pasión, y asistía a todo el horror de su vergüenza, a todas lashoras atormentadas de su vida, hasta que ésta se extinguió en agoníatrágica.

Con haber amado él tanto a aquella mujer, ¿fué ella el grande amor de suvida?… No: su amor inmenso y puro, supraterreno, inmortal, era lacriatura recogida por compasión, como despojo palpitante de la tremendaaventura cuya memoria dolía siempre en el corazón del hidalgo. ¿Cómopagaría su conciencia aquella deuda enorme? ¿Acaso él no fué el únicoculpable? ¿No lo fué siempre, en todas las ocasiones en que una mujerencendió su deseo?…

Con tales remordimientos estaba el de Luzmela perturbado, y por esquivartan íntima turbación, o porque fuese aquélla para él una hora deevocaciones aventureras, cayó de pronto en su memoria otra páginagalante de sus años mozos.

Esta no había quedado mojada de lágrimas: risueña y gozosa, fué otra desus grandes locuras. Y se iba aplaciendo el semblante angustiado delcaballero al recordar aquella su expedición a las Américas, dueño yseñor de una criolla que le adoraba.

Ella le había pedido, con cálidas frases de terneza, un viaje a su país,de donde seguramente la trajo otra aventura amorosa. ¿No valían suscaprichos la pena de «botar la plata»?… Fué el viaje una pura gorja enque a cada momento tuvo la bella indiana descubiertas por tentadorasonrisa las perlas nitescentes de su boca.

Era una delicia vivir y gozartanto, ¿«no»?…

Ya se había aclarado toda la cara macilenta del enfermo con estaplacentera memoria cuando Carmen gritó sobresaltada desde el jardín:

—¡Padrino, la

nétigua

; espántala!

Y un ave de blando volar, de uñas corvas y corvo pico, se sostuvo,retadora, un instante en el vano del balcón, agitando sus plumas remerasy graznando con lúgubre tono.

Desde las lueñes playas de la América virgen volvió el de Luzmela losojos al pajarraco agorero, y le ahuyentó de un manotazo en el aire conenojo violento; en seguida buscó la mirada de la niña y encontró en ellauna singular expresión dolorosa, como sólo recordaba haberla visto igualen los ojos de otra criatura: de aquella triste pecadora que murió deldolor de haber pecado…. ¿De dónde había sacado Carmen aquel secretopenar que se le declaraba en los ojos? Sólo sabía don Manuel que desdehacía algún tiempo el rostro de la niña estaba ensombrecido por algunaextraña tristeza que a menudo ponía en su mirada una revelación; y aqueldestello misterioso llenaba de pesadumbre el alma del caballero.

Hizo un esfuerzo por levantarse, y apoyado en el barandaje de hierro, ledijo:

—¿Pero te da miedo de la

nétigua

?… No te asustes…; se fué ya.

Sube…. ¿no quieres subir?…

Ella alzó el azahar de su mano señalando al cielo, y por toda respuestamurmuró:

—Todavía… padrino.

El ave fatídica se cernía obstinada sobre el jardín.

Carmen corrió a la casa y subió al salón.

Ya don Manuel había vuelto a sentarse y la esperaba.

La niña fué derecha a sus brazos con una inexplicable emoción, y su vozllorante interrogaba:

—¿No te irás, padrino? ¿Nunca te irás? ¿No me dejarás nunca con doña Rebeca?

El, absorto, clamó:

—¿No la quieres?

—No, no; ¡qué miedo, qué miedo tan grande!

—¿Pero de quién, hija mía?

Paró un coche en la portalada, y Carmen sin soltarse del cuello delhidalgo, gimió:

—Otra vez la

nétigua

….

Volvió el ave a aletear a la par del alero, graznando agresiva, cuandoabriendo la puerta del salón anunciaron:

—Doña Rebeca.

Carmen imploró.

—Viene a buscarme; ¡no me dejes, por Dios, no me dejes!

El de Luzmela había doblado la cabeza sobre el hombro de la niña, y susbrazos se iban aflojando en torno al cuerpo grácil de la criatura.

Cuando doña Rebeca entró en la sala y se acercó al grupo, viendo la caramortal del enfermo, increpó a la niña.

—¿Le estás ahogando?

Ella apartóse prontamente, diciendo:

—¿Yo?

Y al soltarse de aquel brazo ardiente vió con horror cómo el cuerpo dedon Manuel se desplomaba sobre el respaldo de la silla.

Miraba el moribundo a Carmen con una angustia infinita. Había adivinadotardíamente sus terrores y sus penas. La muerte llegaba implacable, sindarle acaso tiempo para reparar su fatal error, fruto de tantasmeditaciones, y que ya antes de consumarse causaba a Carmen unadesolación tan profunda….

Todo lleno de espanto, el corazón de Carmencita se le subió a los labiospara gritar con afanosa ternura:

—¡Padre!…

Y de nuevo trató de abrazarle la infeliz.

Doña Rebeca la separó del caballero con aspereza, diciéndole:

—¡Qué padre ni qué

ocho cuartos

!

El de Luzmela abrió entonces los ojos inmensamente, con tal expresióndesesperada y colérica, que la señora echó a correr, mientras la niña,vacilante, caía de rodillas, suplicando:

—¡Dios mío, Dios mío!

A los gritos de doña Rebeca acudió alarmadísima la servidumbre, y entreayes y lamentaciones fué el moribundo transportado a su lecho.

En el más ligero caballo de la casa partió a escape un hombre a buscaral médico, y otro voló a buscar al cura.

Doña Rebeca husmeó en la capilla, procurándose auxilios piadosos paraaquel trance, y volvió al cuarto de su hermano, donde, muy diligente,encendió la vela de la agonía.

Antes había dicho a Carmencita que trataba de acercarse a don Manuel:

—Aquí sobran los chiquillos; vete allá fuera.

La pobre criatura, desorientada y llena de temor, volvió a la sala, yde nuevo se hincó delante del sillón vacío.

Entretanto el de Luzmela pugnaba en vano por hablar. Su vida parecíahaberse reconcentrado en los desorbitados ojos, que miraban conincensatez, hasta que, tras un nistagmo penoso los cerró para siempre.

Había caído la tarde en una serenidad dulcísima; algún caliente suspirodel ábrego removía en el jardín las hojas secas, llevando hasta lailustre casa de la Torre y Roldán, clara y distinta la voz solemne del Salia

, eterno arrullador de la vega.

Carmencita, absorta en su desconsuelo, se levantó de pronto estremecidapor un resoplido siniestro, y, toda temblorosa, gritó una vez más:

-¡La

nétigua

!…

De las habitaciones de don Manuel salían ya los chillidos agudos de doñaRebeca, y el ave agorera tendía sobre el azul cobalto de la noche suvuelo silencioso….

El hidalgo de Luzmela había muerto.

SEGUNDA PARTE

I

Cuatro años han pasado muy callandito sobre la vida de Carmen. Sóloella sabe que aquel montón de horas está todo mojado de lágrimas, que noha reído en su vida ninguna de aquellas cuatro primaveras con elalborozo de las ilusiones, ni ha cantado en su pecho ninguno de aquellosestíos la enardecida estrofa de la juventud.

El singular testamento de don Manuel de la Torre fué un jirón de locuramansa que, desgarrado del noble corazón del solariego, quedó flotandosobre la cabeza inocente de su hija, como nube de un drama silencioso.

Había quedado Carmencita llena de terror en las manos de doña Rebeca, ydoña Rebeca tendía con ansia sus garras de

nétigua

hacia la herenciacodiciada, sin poder apresar los caudales, por tener las uñas llenas dela carne inocente de la niña, flor de pecado y de dolor.

Al consumar don Manuel aciagamente sus propósitos de última voluntad,exacerbó todas las malas pasiones de su familia y sembró de torturas lasenda de Carmen allí donde quiso dejar para ella rosas de piedad ylozanos capullos de ternura.

Todos los deseos del de Luzmela quedaron atados en su testamento, dentrode la rigidez del derecho legal, con sólida habilidad y previsión, ydoña Rebeca hubo de someterse con aparente comedimiento a lasdisposiciones de su hermano y fingir que cobijaba a Carmen en regazomaternal.

Con el tecnicismo severo de las cláusulas testamentarias, la señora deRucanto quedaba sometida al cargo de administradora de la media fortunadel caballero hasta la hora acordada por aquél, y sólo a título deamparadora de la niña. Por el bienestar de ésta velarían las leyes, «sinempecer la acción y facultades conferidas a un rancio solariego de loscontornos, nombrado tutor de la pequeña y asistido del derecho deretrotraer para la misma el legado de don Manuel en caso de que doñaRebeca no cumpliese las condiciones impuestas por el testador….»

Cuando llegó a Rucanto la niña de Luzmela, la recibieron los sobrinos dedon Manuel con indiferencia sublime, mirándola de hito en hito…; ¡fuéaquella la primera vez que bajó los ojos turbada delante de su nuevafamilia!…

Desde aquella hora fatal, Carmen puede asomarse a las páginas de estoscuatro años transcurridos, mirando su vida doliente al través de unacortina de llanto, y puesto sobre los labios un dedito precioso en señalelocuente de silencio, como un ángel tímido y resignado, herido atraición en las alas gloriosas….

II

Tenía cuatro hijos doña Rebeca. El mayor, Fernando, marino mercante,navegaba en mares lejanos; era un guapo mozo, de carácter aventurero yde gallardísima figura; su madre sentía pasión por él, una pasiónmaterial, fundada únicamente en la belleza del muchacho. El segundo,rudo y torpe, hacía vida montaraz y sólo paraba en Rucanto el tiempopreciso para comer y dormir; algunas veces, para pedir dinero y, conescasa frecuencia, para mudarse de ropa. Tenía el cuerpo recio, los ojosturnios, áspera la voz y fiero el ademán. Era mocero y borracho; sellamaba Andrés.

Le seguía en edad la joven Narcisa, una muchacha de veinticinco años,ojizarca y endeble, melindrosa y no mal parecida. Ella era, en ausenciade Fernando, el mimo de la casa, el centro adonde convergían todas lasatenciones y de donde partían todos los designios. Doña Rebeca, conhacer honor a su nombre, había sido toda sumisión y desvelo paramalcriar a su hija.

Quedaba aún otro muchacho, Julio, de veinte años, también enclenque, decara macilenta y desapacible expresión; huraño y triste, andaba siempresolo por los rincones de la casa o de la huerta, en misteriosossoliloquios que a veces tomaban la forma de quejidos lamentables….

Había comprendido Carmen cuál era su destino y creía que siguiéndolecumplía la voluntad de su protector.

Su inteligencia clara y su corazónnoble se sobrepusieron a la debilidad de los trece años; dominando convalor admirable el terror que le inspiraba doña Rebeca, la acompañódócil a Rucanto, y allí se echó sobre los hombros su nueva vida, con unfirme empeño de levantarla y llevarla gallardamente hasta el final delcamino.

Cuatro años llevaba en la áspera ruta, y se había hecho una mujer afuerza de sufrir y de llorar.

La vida de familia en Rucanto era espantosa. Carmen miraba siempre conel mismo miedo y el mismo asombro a doña Rebeca y a sus hijos.

A veces creía que se odiaban, a veces que se querían; siempre leparecieron un enigma viviente y trágico, una sima de pasiones pavorosas,a cuyo borde andaba la infeliz todo temerosa y estremecida, con un pasoincierto de sonámbula, con una mirada pávida y llorosa, llena de lejanatristeza.

En sus meditaciones de niña temblaban los pensamientos chocando unos conotros, doloridos, ante el cuadro siniestro de aquel hogar. A menudo, unacompasión inmensa flotaba benigna en el espíritu generoso de Carmen,preguntando: ¿acaso estos pobres no han heredado la maldad y locura?…¿Son ellos responsables de ser locos o de ser malos?…

Y la realidad de las cosas respondía tirana que era un tormento durísimovivir con aquella familia de enajenados, verdugos de la ajena y lapropia felicidad.

Parecía imposible aprender aquellos genios ni llevar una hora seguidala corriente de aquellas voluntades, porque a cada minuto se tropezabaen el escollo de una mudanza o en el abismo de un arrebato. Todo eraciego y duro en la inconsecuencia monstruosa de semejante familia, ypara el alma delicada y dulce de Carmen iba siendo una tortura inmensaaquel vivir tormentoso, sembrado de imprecaciones y gritos,desesperaciones y codicias.

Cuando la niña llegó a Rucanto, la instalaron regaladamente en elgabinete de Narcisa; entraba con ella en casa la abundancia, y tras laprimera mirada inquisitorial y hostil, los sobrinos de don Manueltuvieron para la intrusa una displicencia tolerante, única tregua de pazque se le concedió en aquella mansión belicosa.

Pasada fugazmente la primera impresión de sorpresa y bienestar, cada unodió en la casa rienda suelta a sus instintos, sin un asomo de compasiónni de ternura para la desgraciada forastera.

III

Antes que tal gente mostrase una acerba hostilidad a la muchacha, doñaRebeca la llamó algunas veces

«sobrina» con un tono adulón un pocoirónico; y todavía, después que la sitió con todo el enardecimiento deun plan completo de campaña, cuando en alguna encrucijada estratégica laquería congraciar, dábale aquel grato nombre de familia y pretendíahalagarla con su vocecilla de falsete endulzada en la punta de lalengua.

El primer día que doña Rebeca, como general en jefe, acometió a la niña,armada de toda la perfidia del mundo, fué y le dijo:

—Mí hermano no era tu padre…; que se te quite eso de la cabeza…;mi hermano no era nada tuyo…; no tienes sangre infanzona…; eres«hija de padres desconocidos»….

Ella humilló la frente enrojecida, sin responder.

Esta pasividad excitó más la agresiva intención de la señora, que,persiguiéndola con los ojos y con la actitud, continuó:

—Mi hermano estaba loco, loco de atar…: heredó de los abuelos estadolencia.

Le acudió a Carmen un lógico pensamiento, y delatándole en voz alta,preguntó:

—¿No eran también abuelos de usted?

Doña Rebeca, furibunda, le puso los puños junto a la cara, gritándole:

—Tú eres la santa…, ¿eh?…; la santa, ¿y me insultas llamándomeloca?

La infeliz, rompiendo a llorar, gimió:

—¿Yo?…

—Sí, tú, la santita, el agua mansa, que parece que nunca has roto unplato….

Y se dió a hacer gestos por la casa adelante, con las manos en la cabezay la voz retumbante rodando por los pasillos.

Nueva espectadora de aquellas comedias ridículas, Carmen se creyórealmente culpable y llegó a suponer que había sido grave indiscreciónpreguntarle a doña Rebeca si era nieta de sus abuelos.

Otro día, riñendo la hija y la madre, engalladas y descompuestas,estaban ya a punto de «agarrarse», cuando Carmen, entrando en laestancia, se interpuso entre las dos con impulso bondadoso.

Aprovechó Narcisa aquel momento para darle con saña un empellón, y laniña fué a caer de rodillas cerca de una mesa, sobre la cual una lámparavaciló, quebrándose.

—Es una loca—dijo Narcisa, avenida de pronto con su madre en tranquilaconversación.

—Sí, una loca; hija de su padre había de ser—repitió la señora.

Carmen, sin hacer caso de la lámpara, del golpe, ni de la injusticia deaquellas palabras, preguntó:

—¿De qué padre?

—De mi hermano; del simple de mi hermano, que estaba «poseído»….

La niña había oído únicamente

de mi hermano

, y, de rodillas comoestaba, juntó las manos con transporte, soñando.

—Sí; es cierto…, es cierto….

El furor de Narcisa volvió entonces a desbordarse ante la devota actitudde la muchacha, y de nuevo chilló a su madre con desatinadas veces.

—¿No ves cómo se eleva? ¿No ves cómo se cree igual a nosotras? ¿Por quéle dices que es hija de tu hermano?… Tú sí que estás «poseída»; tú síque eres simple….

Huyó doña Rebeca con su paso menudo y cauteloso, y la hija la siguió agrito herido llenándola de injurias.

Carmen, sola en la habitación, sintió que la duda quedaba todavía vivaen su pecho; volvió los ojos a todos lados como para interrogar almisterio de su vida, y vió otros ojos turbados y malignos que serecreaban en su angustia.

Era Julio, que acechaba el dolor ajeno para manjar de su alma perversa.Estaba a veces adormilado en los bancos del pasillo o en el sofá de lasala, y cuando oía que, bajo los chillidos agudos de Narcisa o bajo lassinrazones de su madre, temblaba como un pajarillo la fresca voz deCarmencita, corría hacia ellas, recatándose detrás de las puertas o a lasombra de las paredes para no perder ni un detalle de la escenadolorosa. Si le era posible ver las caras desde sus escondites, entoncesuna expresión tenebrosa se asomaba a sus ojos malécos.

No se acordaba Carmen de haber hablado con aquel muchacho una buenapalabra en los años que llevaba en la casona.

La voz aceda del mozo sólo se alzaba iracunda contra su madre, contra suhermana o contra los criados. Se pasaba muchos días encerrado en sudormitorio. Doña Rebeca decía que estaba enfermo. Debía de ser verdad,porque a menudo salían del aposento ayes y gemidos.

Lloraba entonces la madre; Narcisa se enfurecía, y si en tales ocasionesde tragedia llegaba Andrés a Rucanto, rodaban los muebles, estallabanlos cacharros en añicos, y las puertas se batían en tableteosformidables.

Los criados, siempre nuevos y de lejanos valles, pedían la cuenta conpremura, y Carmen, llena de espanto, se escondía en el último pliegue dela casa a temblar como una hoja.

Pasaba la tempestad, doña Rebeca guisaba, su hija ponía la mesa conmucha solemnidad, y todos comían amigablemente, con apetito yabundancia.

Era seguro entonces que Andrés tenía dinero en el bolsillo y que Narcisahabía conseguido un traje nuevo o un viaje a la ciudad.

Julio, que no se aplacaba con dones, aparecía tranquilo a fuerza decansancio; y la fatiga de haber rugido furiosamente desplegaba su frentehuraña y le hacía aparecer menos repulsivo.

Sólo Carmen en aquellas ocasiones, harto frecuentes, fingía comer yluchaba con el temblor de sus manos y con la inseguridad de su voz.

Y así, mientras que la madre y los dos hijos mayores hablaban amistadosy serenos, Julio descansaba desfallecido, ella oía, siempre horrorizada,el eco de las blasfemias y de los insultos, de los golpes y las amenazasque se habían alzado entre la madre y los hijos, apenas hacía una hora,y tantas veces y en tantos años….

Era una casa temerosa la de Rucanto.

La fundó un quinto abuelo de doña Rebeca, que murió en un manicomio yque dejó lastimosa descendencia de locos y suicidas.

Desde entonces siempre se habían oído en ella gritos frecuentes,carreras y estruendos; siempre habían gemido las puertas, estremecidaspor violentos impulsos, en el fondo oscuro de los corredores.

Una ráfaga de locura hereditaria y perversa parecía conmover a loshabitantes de la casona, y los vecinos de la comarca miraban siempre consupersticioso respeto aquella vivienda blasonada.

Se contaba que doña Rebeca había sido muy desgraciada en su matrimonio.

Casó con un plebeyo, buen mozo y pobre, único pretendiente que le deparóla fortuna. Era mujeriego y derrochador, y suponíase que la dote de doñaRebeca le había enamorado más que la dama.

Aunque al público trascendía la desavenencia de los esposos, nada ciertose supo de sus querellas íntimas, sino que ambos se colmaban deimproperios y andaban a medias en el mutuo lanzamiento de trastos a lacabeza.

Sin embargo, la opinión general culpaba al marido, vividor pocoedificante; y doña Rebeca, que solía dar limosna y llorar en la iglesia,y que vivía encerrada en su casa, pasaba por ser «una infeliz» un pocoestrafalaria y algo tocada del mal de la locura.

Andrés tenía mala fama; le temían los novios y los maridos, y era miradocon prevención en el valle.

A Fernando se le conocía muy poco; decían de él que era bravo marino yque poseía rasgos de nobleza y bondad como el señor de Luzmela.

Julio perecía siempre un niño colérico y misántropo que había sentadoplaza de enfermo incurable, y Narcisa pasaba por discreta y, altiva,mediante la solemnidad de su empaque y el orgullo con que seamigaba—sin intimidad y con reservas—sólo con dos o tres señoritas delas ilustres familias comarcanas….

Habían pasado años de terrible escasez en la casona. Cuando llegó laherencia de don Manuel a remediar la precaria situación de la familiafué ya urgente levantar hipotecas y pagar trampas apremiantes. Como doñaRebeca era sólo usufructuaria del legado, hubo precisión de arreglarsecon las rentas para hacer frente a la vida y remediar en la posible lospasados descalabros de la fortuna.

Difícilmente podían ir cubriendo las apariencias de reconstruir suposición ruinosa; estaba por medio Carmencita como un obstáculoinsuperable. Sin ella, hubiesen tomado del capital heredado loimprescindible para remendar la hacienda rota y darse importancia degentes poderosas.

Doña Rebeca y su hija andaban atarantadas con esta pesadilla, y unaanimadversión latente las separaba más cada día de la dulce niña deLuzmela….

Ya hacía muchos meses que la sobrina de don Manuel había quitado elluto, y todavía Carmencita andaba vestida de negro, con resoba dostrajes. Ella no decía nada; pero algunas veces sentía una vagapesadumbre al encerrar su cuerpo gallardo en aquellos hábitos austeros ytristes.

Un día, sofocada con la lana negra de su corpiño, tuvo la tentación deponerse uno de sus vestidos blancos de Luzmela. La falda estabasumamente corta; el cuerpo muy estrecho. Ingeniosa y lista, descosiódobladillos y lorzas hasta que la tela rozó completamente el borde delos zapatos. Luego, unas maniobras semejantes hicieron al corpiñoextender sus delanteros sobre el seno túrgido de la niña. La manga,menos dócil, dejaba ver el antebrazo alabastrino. Se miró al espejo, yasombrada de sí misma, se ruborizó.

Entonces, con el amargo recelo de provocar el enojo de sus huéspedes,iba a desnudarse, cuando Narcisa se presentó en el aposento.

Mirando a Carmen, dió un grito, como si algo terrible le aconteciera, yllamó a voces a su madre.

La muchacha, sobrecogida, se replegó a un extremo del gabinete, y doñaRebeca, que acudió a saltitos menudos, se llevó las manos a la cabeza yempezó a lamentarse con agudas exclamaciones, engarzadas en su sartahabitual de refranes y agravios.

¡Cría cuervos y te sacarán los ojos!…

Esta ingrata se quierequitar el luto de mi pobre hermano.

A muertos y a idos