La Navidad en las Montañas by Ignacio Manuel Altamirano - HTML preview

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INTRODUCTION

The following is quoted from

Modern Mexican Authors

, by Frederick

Starr.[1]

"No one who knows not the Mexican Indian village can appreciate theheroism of the man, who, born of Indian parents, in such surroundingsattains to eminence in the nation. It is true that the Aztec mind iskeen, quick, receptive; true that the poorest Indian of that tribedelights in things of beauty; true that the proverb and pithy saying intheir language show a philosophic perception. But after all this isadmitted, the horizon of the Indian village is narrow; there are fewmotives to inspiration; life is hard and monotonous. It must indeed be adivine spark that drives an Aztec village boy to rise above hissurroundings, to gain wide outlook, to achieve notable things.

"Ignacio M. Altamirano, a pure Aztec Indian, was born at Tixtla, Stateof Guerrero, December 12, 1834.

The first fourteen years of his lifewere the same as those of every Indian boy in Mexico; he learned theChristian Doctrine and helped his parents in the field. Entering thevillage school, he excelled, and was sent at public expense in 1849 toToluca to study at the Instituto Literario. From that time on his lifewas mainly literary,—devoted to learning, to instructing, and towriting. From Toluca he went to the city of Mexico, where he entered theColegio de San Juan Letran. In 1854 he participated in the Revolution.From that date his political writings were important. Ever a Liberal ofthe Liberals, he figured in the stirring events of the War of theReform, and in 1861 was in Congress. When aroused he was a speaker ofpower; his address against the Law of Amnesty was terrific. Partner withJuarez in the difficulties under Maximilian, he was also partner in theglory of the re-established Republic. From then, as journalist, teacher,encourager of public education, and man of letters, his life passedusefully until 1889, when he was sent as Consul-General of the Republicto Spain. His health failing there, he was transferred to thecorresponding appointment at Paris. He died February 13, 1893, at SanRemo. His illness was chiefly nostalgia, longing for that Mexico heloved so much and served so well.

"Altamirano was honored and loved by men of letters of both politicalparties. His honesty, independence, strength, and marvelous gentlenessbound his friends firmly to him. He loved the young, and ever encouragedthose rising authors who form to-day the literary body of Mexico. Heever urged the development of a national, a characteristic literature,and pleaded for the utilization of national material."

[Footnote 1: Published by The Open Court Publishing Co., Chicago, 1904.]

DEDICATORIA A FRANCISCO SOSA

A Vd., mi querido amigo, a Vd. que hace justamente veinte años, en estemes de Diciembre, casi me secuestró, por espacio de tres días, a fin deque escribiera esta novela, se la dediqué, cuando se publicó por primeravez en México.

Recuerdo bien que deseando Vd. que saliese algo mío en "

El Álbum

" deNavidad que se imprimía, merced a los esfuerzos de Vd., en el folletínde "

La Iberia

" periódico que dirigía nuestro inolvidable amigo Anselmode la Portilla, me invitó para que escribiera un cuadro de costumbresmexicanas; prometí hacerlo, y fuerte con semejante promesa, se instalóVd. en mi estudio, y conociendo por tradición mi decantada pereza, no medejó descansar, alejó a las visitas que pudieran haberme interrumpido;tomaba las hojas originales a medida que yo las escribía, para enviarlasa la Imprenta, y no me dejó respirar hasta que la novela se concluyó.

Esto poco más o menos decía yo a Vd. en mi dedicatoria que no tengo a lamano, y que Vd. mismo no ha podido conseguir, cuando se la he pedidoúltimamente para reproducirla.

He tenido, pues, que escribirla de nuevo para la quinta edición que va ahacerse en París y para la sexta que se publicará en francés.

Reciba Vd. con afecto este pequeño libro, puesto que a Vd. debo elhaberlo escrito.

IGNACIO M. ALTAMIRANO

PARÍS, Diciembre 26 de 1890

LA NAVIDAD EN LAS MONTAÑAS

I

El sol se ocultaba ya; las nieblas ascendían del profundo seno de losvalles; deteníanse[1] un momento entre los obscuros bosques y lasnegras gargantas de la cordillera, como un rebaño gigantesco; despuésavanzaban con rapidez hacia las cumbres; se desprendían majestuosas delas agudas copas de los abetos e iban por último a envolver la soberbiafrente de las rocas, titánicos guardianes de la montaña que habíandesafiado allí, durante millares de siglos, las tempestades del cielo ylas agitaciones de la tierra.

Los últimos rayos del sol poniente franjaban de oro y de púrpura estosenormes turbantes formados por la niebla, parecían incendiar las nubesagrupadas en el horizonte, rielaban débiles en las aguas tranquilas delremoto lago, temblaban al retirarse de las llanuras invadidas ya por lasombra, y desaparecían después de iluminar con su última caricia laobscura cresta de aquella oleada de pórfido.

Los postreros rumores del día anunciaban por dondequiera la proximidaddel silencio. A lo lejos, en los valles, en las faldas de las colinas, alas orillas de los arroyos, veíanse reposando quietas y silenciosas lasvacadas; los ciervos cruzaban como sombras entre los árboles, en buscade sus ocultas guaridas; las aves habían entonado ya sus himnos de latarde, y descansaban en sus lechos de ramas; en las rozas se encendía laalegre hoguera de pino, y el viento glacial del invierno comenzaba aagitarse entre las hojas.

[Footnote 1: The object pronoun may follow an indicative verb that isthe first word in a clause.]

II

La noche se acercaba tranquila y hermosa: era el 24 de diciembre, esdecir, que pronto la noche de Navidad cubriría nuestro hemisferio con susombra sagrada y animaría a los pueblos cristianos con sus alegríasíntimas. ¿Quién que ha nacido cristiano y que ha oído renovar cada año,en su infancia, la poética leyenda del nacimiento de Jesús, no siente ensemejante noche avivarse los más tiernos recuerdos de los primeros díasde la vida?

Yo ¡ay de mí! al pensar que me hallaba, en este día solemne, en mediodel silencio de aquellos bosques majestuosos, aun en presencia delmagnífico espectáculo que se presentaba a mi vista absorbiendo missentidos, embargados poco ha por la admiración que causa la sublimidadde la naturaleza, no pude menos que interrumpir mi dolorosa meditación,y encerrándome en un religioso recogimiento, evoqué todas las dulces ytiernas memorias de mis años juveniles. Ellas se despertaron alegrescomo un enjambre de bulliciosas abejas y me transportaron a otrostiempos, a otros lugares; ora al seno de mi familia humilde y piadosa,ora al centro de populosas ciudades, donde el amor, la amistad y elplacer en delicioso concierto, habían hecho siempre grata para micorazón esa noche bendita.

Recordaba mi pueblo, mi pueblo querido, cuyos alegres habitantescelebraban a porfía con bailes, cantos y modestos banquetes laNochebuena. Parecíame ver aquellas pobres casas adornadas con susNacimientos y animadas por la alegría de la familia: recordaba lapequeña iglesia iluminada, dejando ver desde el pórtico el preciosoBelén,[1] curiosamente levantado en el altar mayor: parecíame oir losarmoniosos repiques que resonaban en el campanario, medio derruido,convocando a los fieles a la misa de gallo, y aun escuchaba con elcorazón palpitante la dulce voz de mi pobre y virtuoso padre,excitándonos a mis hermanos y a mí a arreglarnos pronto para dirigirnosa la iglesia, a fin de llegar a tiempo; y aun sentía la mano de mi buenay santa madre tomar la mía para conducirme al oficio. Después me parecíallegar, penetrar por entre el gentío que se precipitaba en la humildenave, avanzar hasta el pie del presbiterio, y allí arrodillarmeadmirando la hermosura de las imágenes, el portal resplandeciente con laescarcha, el semblante risueño de los pastores

, el lujo deslumbradorde los

Reyes magos

, y la iluminación espléndida del altar. Aspirabacon delicia el fresco y sabroso aroma de las ramas de pino, y del henoque se enredaba en ellas, que cubría el barandal del presbiterio y queocultaba el pie de los blandones. Veía después aparecer al sacerdoterevestido con su alba bordada, con su casulla de brocado, y seguido delos acólitos, vestidos de rojo con sobrepellices blanquísimas. Y luego,a la voz del celebrante, que se elevaba sonora entre los devotosmurmullos del concurso, cuando comenzaban a ascender las primerascolumnas de incienso, de aquel incienso recogido en los hermosos árbolesde mis bosques nativos, y que me traía con su perfume algo como elperfume de la infancia, resonaban todavía en mis oídos los alegrísimossones populares con que los tañedores de arpas, de bandolinas y deflautas, saludaban el nacimiento del Salvador. El

Gloria inexcelsis

,[2] ese cántico que la religión cristiana poéticamente suponeentonado por ángeles y por niños, acompañado por alegres repiques, porel ruido de los petardos y por la fresca voz de los muchachos de coro,parecía transportarme con una ilusión encantadora al lado de mi madre,que lloraba de emoción, de mis hermanitos que reían, y de mi padre, cuyosemblante severo y triste parecía iluminado por la piedad religiosa.

[Footnote 1: #Belén#. Representation of the manger at Bethlehem at the Nativity with figures of Christ, Mary, Joseph, the shepherds, etc. For a good description of the same in Spanish, see

Noche Buena

, by Pérez

Galdós, in Bransby's

Spanish Reader

, page 41, and

Mula y el buey

in

Hills and Reinhardt's

Spanish Short Stories

, both published by D.C.

Heath & Company.]

[Footnote 2: #Gloria in excelsis#,

glory in the highest

.]

III

Y después de un momento en que consagraba mi alma al culto absoluto demis recuerdos de niño, por una transición lenta y penosa, me trasladabaa México, al lugar depositario de mis impresiones de joven.

Aquél era un cuadro diverso. Ya no era la familia; estaba entreextraños; pero extraños que eran mis amigos, la bella joven por quiensentí la vez primera palpitar mi corazón enamorado, la familia dulce ybuena que procuró con su cariño atenuar la ausencia de la mía.

Eran las posadas con sus inocentes placeres y con su devoción mundanay bulliciosa; era la cena de Navidad con sus manjares tradicionales ycon sus sabrosas golosinas; era México, en fin, con su gente cantadoray entusiasmada, que hormiguea esa noche en las calles corriendogallo

; con su Plaza de Armas llena de puestos de dulces; con susportales resplandecientes; con sus dulcerías francesas, que muestranen los aparadores iluminados con gas un mundo de juguetes y deconfituras preciosas; eran los suntuosos palacios derramando por susventanas torrentes de luz y de armonía. Era una fiesta que aun mecausaba vértigo.

IV

Pero volviendo de aquel encantado mundo de los recuerdos a larealidad que me rodeaba por todas partes, un sentimiento de tristezase apoderó de mí.

¡Ay! había repasado en mi mente aquellos hermosos cuadros de lainfancia y de la juventud; pero ésta se alejaba de mí a pasos rápidos,y el tiempo que pasó al darme su poético adiós hacía más amarga misituación actual.

¿En dónde estaba yo? ¿Qué era entonces? ¿A dónde iba? Y un suspiro deangustia respondía a cada una de estas preguntas que me hacía, soltandolas riendas a mi caballo, que continuaba su camino lentamente.

Me hallaba perdido entonces en medio de aquel océano de montañassolitarias y salvajes; era yo un proscrito, una víctima de las pasionespolíticas, e iba tal vez en pos de la muerte, que los partidarios en laguerra civil tan fácilmente decretan contra sus enemigos.

Ese día cruzaba un sendero estrecho y escabroso, flanqueado por enormesabismos y por bosques colosales, cuya sombra interceptaba ya la débilluz crepuscular. Se me había dicho que terminaría mi jornada en unpueblecillo de montañeses hospitalarios y pobres, que vivían delproducto de la agricultura, y que disfrutaban de un bienestar relativo,merced a su alejamiento de los grandes centros populosos, y a la bondadde sus costumbres patriarcales.

Ya se me figuraba hallarme cerca del lugar tan deseado, después de undía de marcha fatigosa: el sendero iba haciéndose más practicable, yparecía descender suavemente al fondo de una de las gargantas de lasierra, que presentaba el aspecto de un valle risueño, a juzgar por lossitios que comenzaba a distinguir, por los riachuelos que atravesaba,por las cabañas de pastores y de vaqueros que se levantaban a cada pasoal costado del camino, y en fin, por ese aspecto singular que todoviajero sabe apreciar aun al través de las sombras de la noche.

Algo me anunciaba que pronto estaría dulcemente abrigado bajo el techode una choza hospitalaria, calentando mis miembros ateridos por el airede la montaña, al amor de una lumbre bienhechora, y agasajado poraquella gente ruda, pero sencilla y buena, a cuya virtud debía yo desdehacía tiempo inolvidables servicios.

Mi criado, soldado viejo, y por lo tanto acostumbrado a las largasmarchas y al fastidio de las soledades, había procurado distraersedurante el día, ora cazando al paso, ora cantando, y no pocas veceshablando a solas, como si hubiese evocado los fantasmas de sus camaradasdel regimiento.

Entonces se había adelantado a alguna distancia para explorar elterreno, y sobre todo, para abandonarme con toda libertad a mis tristesreflexiones.

Repentinamente lo ví volver a galope, como portador de una noticiaextraordinaria.

—¿Qué hay, González?—le pregunté.

—Nada, mi capitán, sino que habiendo visto a unas personas que iban acaballo delante de nosotros, me avancé a reconocerlas y a tomarinformes, y me encontré con que eran el cura del pueblo adonde vamos, ysu mozo, que vienen de una confesión y van al pueblo a celebrar laNochebuena. Cuando les dije que mi capitán venía a retaguardia, el señorcura me mandó que viniera a ofrecerle de su parte el alojamiento, y allíhizo alto para esperarnos.

—¿Y le diste las gracias?

—Es claro, mi capitán, y aun le dije que bien necesitábamos de todossus auxilios, porque venimos cansados y no hemos encontrado en todo eldía un triste rancho donde comer y descansar.

—¿Y qué tal? ¿parece buen sujeto el cura?

—Es español, mi capitán, y creo que es todo un hombre.

—¡Español!—me dije yo;—eso sí me alarma; yo no he conocido clérigosespañoles más que carlistas. En fin, con no promover disputas políticas,me evitaré cualquier disgusto y pasaré una noche agradable.

Vamos,González, a reunimos al cura.

Diciendo esto, puse mi caballo a galope, y un minuto después llegamosadonde nos aguardaban el eclesiástico y su mozo.

Adelantóse el primero con exquisita finura, y quitándose su sombrero depaja me saludó cortésmente.

—Señor capitán—me dijo—en todo tiempo tengo el mayor placer enofrecer mi humilde hospitalidad a los peregrinos que una rara casualidadsuele traer a estas montañas; pero en esta noche, es doble mi regocijo,porque es una noche sagrada para los corazones cristianos, y en la cualel deber ha de cumplirse con entusiasmo: es la Nochebuena, señor.

Dí las gracias al buen sacerdote por su afectuosidad, y acepté desdeluego oferta tan lisonjera.

—Tengo una casa cural muy modesta—añadió—como que es la casa de uncura de aldea, y de aldea pobrísima. Mis feligreses viven con elproducto de un trabajo improbo y no siempre fecundo. Son labradores yganaderos, y a veces su cosecha y sus ganados apenas les sirven parasustentarse. Así es que mantener a su pastor es una carga demasiadopesada para ellos; y aunque yo procuro aligerarla lo más que me esposible, no alcanzan a darme todo lo que quisieran, aunque por mi partetengo todo lo que necesito y aun me sobra. Sin embargo, me es precisoanticipar a Vd. esto, señor capitán, para que disimule mi escasez, que,con todo, no será tanta que no pueda yo ofrecer a Vd. una buena lumbre,una blanda cama y una cena hoy muy apetitosa gracias a la fiesta.

—Yo soy soldado, señor cura, y encontraré demasiado bueno cuanto Vd. meofrezca, acostumbrado como estoy a la intemperie y a las privaciones. Yasabe Vd. lo que es esta dura profesión de las armas y por eso omito undiscurso que ya antes hizo Don Quijote[1] en un estilo que me seríaimposible imitar.

Sonrió el cura al escuchar aquella alusión al libro inmortal que siempreserá caro a los españoles y a sus descendientes, y así en buen amor ycompañía continuamos nuestro camino, platicando sabrosamente.

Cuando nuestra conversación se había hecho más confidencial, díjele quetendría gusto en saber, si no había inconveniente en decírmelo, cómohabía venido a México, y por qué él, español y que parecía educadoesmeradamente, se había resignado a vivir en medio de aquellassoledades, trabajando con tal rudeza y no teniendo por premio sino unasituación que rayaba en miseria.

Contestóme que con mucho placer satisfaría mi curiosidad, pues no habíanada en su vida que debiera ocultarse; y que por el contrario,justamente para deshacer en mi ánimo la prevención desfavorable quepudiera haberme producido el saber que era español, pues conocíabastantemente nuestras preocupaciones a ese respecto, se alegraba depoder referirme en los primeros instantes de nuestro conocimiento algode su vida, mientras llegábamos al pueblecillo, que ya estaba próximo.

[Footnote 1: #Don Quijote#, hero of Cervantes' famous novel of the samename, a masterpiece known in all the civilized world. The speechreferred to may be found in Part I, Chap. XXXVIII. Cervantes (1547-1616)is Spain's most famous author.]

V

—Vine al país de Vd.,—me dijo,—muy joven y destinado al comercio,como muchos de mis compatriotas.

Tenía yo un tío en México bastanteacomodado, el cual me colocó en una tienda de ropas; pero notandoalgunos meses después de mi llegada que aquella ocupación me repugnabasobre manera, y que me consagraba con más gusto a la lectura,sacrificando a esta inclinación aun las horas de reposo, preguntóme undía si no me sentía yo con más vocación para los estudios. Le respondí,que en efecto la carrera de las letras me agradaba más; que desdepequeño soñaba yo con ser sacerdote, y que si no hubiese tenido ladesgracia de quedar huérfano de padre y madre en España, habría quizáslogrado los medios de alcanzar allá la realización de mis deseos. Debodecir a Vd. que soy oriundo de la provincia de Álava,[1] una de las tresvascongadas, y mis padres fueron honradísimos labradores, que murieronteniendo yo muy pocos años, razón por la cual una tía a cuyo cargo quedése apresuró a enviarme a México, donde sabía que mi susodicho tío habíareunido, merced a su trabajo, una regular fortuna. Este generoso tíoescuchó con sensatez mi manifestación, y se apresuró a colocarme conarreglo a mis inclinaciones. Entré en un colegio, donde, a sus expensas,hice mis primeros estudios con algún provecho. Después, teniendo unaalta idea de la vida monacal, que hasta allí sólo conocía por loselogios interesados que de ella se hacían y por la poética descripciónque veía en los libros religiosos, que eran mis predilectos, me puse apensar seriamente en la elección que iba a hacer de la Orden regular enque debía consagrarme a las tareas apostólicas, sueño acariciado de mijuventud; y después de un detenido examen me decidí a entrar en lareligión de los Carmelitas[2] descalzos. Comuniqué mi proyecto a mi tío,quien lo aprobó y me ayudó a dar los pasos necesarios para arreglar miaceptación en la citada Orden. A los pocos meses era yo fraile; y previoel noviciado[3] de rigor, profesé y recibí las órdenes sacerdotales,tomando el nombre de fray José de San Gregorio, nombre que hice estimar,señor capitán, de mis prelados y de mis hermanos todos, durante los añosque permanecí en mi Orden, que fueron pocos.

Residí en varios conventos, y con gran placer recuerdo los hermosos díasde soledad que pasé en el pintoresco Desierto de Tenancingo,[4] en dondesólo me inquietaba la amarga pena de ver que perdía en el ocio una vidainútil, el vigor juvenil que siempre había deseado consagrar a lostrabajos de la propaganda evangélica.

Conocí entonces, como Vd. supondrá, lo que verdaderamente valían lasórdenes religiosas en México; comprendí, con dolor, que habían acabadoya los bellos tiempos en que el convento era el plantel de heroicosmisioneros que a riesgo de su vida se lanzaban a regiones remotas allevar con la palabra cristiana la luz de la civilización, y en que elfraile era … el apóstol laborioso que iba a la misión lejana aceñirse la corona de las victorias evangélicas, reduciendo alcristianismo a los pueblos salvajes, o la del martirio, en cumplimientode los preceptos de Jesús.

Varias veces rogué a mis superiores que me permitieran consagrarme aesta santa empresa, y en tantas[5]

obtuve contestaciones negativas y aunextrañamientos, porque se suponían opuestos a la regla de obediencia misentusiastas propósitos. Cansado de inútiles súplicas, y aconsejado porpiadosos amigos, acudí a Roma pidiendo mi exclaustración, y al cabo dealgún tiempo el Papa me la concedió en un Breve, que tendré el placer deenseñar a Vd.

Por fin iba a realizar la constante idea de mí juventud; por fin iba aser misionero y mártir de la civilización cristiana. Pero ¡ay! el Brevepontificio llegó en un tiempo en que atacado de una enfermedad que meimpedía hacer largos viajes, sólo me dejaba la esperanza de diferir miempresa para cuando hubiese conseguido la salud.

Esto hace tres años. Los médicos opinaron que en este tiempo podía yosin peligro inmediato consagrarme a las misiones lejanas, y entretanto,me aconsejaron que dedicándome a trabajos menos fatigosos, como los dela cura de almas en un pueblo pequeño y en un clima frío, procuraseconjurar el riesgo de una muerte próxima.

Por eso mi nuevo prelado secular me envió a esta aldea, donde heprocurado trabajar cuanto me ha sido posible, consolándome de norealizar aún mis proyectos, con la idea de que en estas montañas tambiénsoy misionero, pues sus habitantes vivían, antes de que yo viniese, enun estado muy semejante a la idolatría y a la barbarie. Yo soy aquí curay maestro de escuela, y médico y consejero municipal. Dedicadas estaspobres gentes a la agricultura y a la ganadería, sólo conocían losprincipios que una rutina ignorante les había trasmitido, y que no erabastante para sacarlos de la indigencia en que necesariamente debíanvivir, porque el terreno por su clima es ingrato, y por su situaciónlejos de los grandes mercados no les produce lo que era de desear. Yoles he dado nuevas ideas, que se han puesto en práctica con granprovecho, y el pueblo va saliendo poco a poco de su antigua postración.Las costumbres, ya de suyo inocentes, se han mejorado; hemos fundadoescuelas, que no había, para niños y para adultos; se ha introducido elcultivo de algunas artes mecánicas, y puedo asegurar a Vd., que sin laguerra que ha asolado toda la comarca, y que aun la amenaza por algúntiempo, si el cielo no se apiada de nosotros, mi humilde pueblecitollegará a disfrutar de un bienestar que antes se creía imposible.

En cuanto a mí, señor, vivo feliz, cuanto puede serlo un hombre, enmedio de gentes que me aman como a un hermano; me creo muy recompensadode mis pobres trabajos con su cariño, y tengo la conciencia de no serlesgravoso, porque vivo de mi trabajo, no como cura, sino como cultivador yartesano; tengo poquísimas necesidades y Dios provee a ellas con lo queme producen mis afanes. Sin embargo, sería ingrato si no reconociese elfavor que me hacen mis feligreses en auxiliar mi pobreza con donativosde semillas y de otros efectos que, sin embargo, procuro que ni seanfrecuentes ni costosos, para no causarles con ellos un gravamen quejustamente he querido evitar, suprimiendo las obvenciones parroquiales,usadas generalmente.

—¿De manera, señor cura,—le pregunté,—que Vd. no recibe dinero porbautizos, casamientos, misas y entierros?

—No, señor, no recibo nada, como va Vd. a saberlo de boca de los mismoshabitantes. Yo tengo mis ideas, que ciertamente no son las generales;pero que practico religiosamente…. Si conozco que un sacerdote que seconsagra a la cura de almas debe vivir de algo, considero también quepuede vivir sin exigir nada, y contentándose con esperar que lagenerosidad de los fieles venga en auxilio de sus necesidades. Así creoque lo quiso Jesucristo, y así vivió él; ¿por qué, pues, sus apóstolesno habían de contentarse con imitar a su Maestro, dándose por muyfelices de poder decir que son tan ricos como él?

Y no pude contenerme al oir esto; y deteniendo mi caballo, quitándome elsombrero, y no ocultando mi emoción que llegaba hasta las lágrimas,alargué una mano al buen cura, y le dije:

—Venga esa mano, señor, Vd. no es un fraile, sino un apóstol deJesús…. Me ha ensanchado Vd. el corazón; me ha hecho Vd. llorar….Señor, le diré a Vd. francamente y con mi rudeza militar y republicana,yo he detestado desde mi juventud a los frailes y a los clérigos; les hehecho la guerra; la estoy haciendo todavía en favor de la Reforma,porque he creído que eran una peste; pero si todos ellos fuesen comoVd., señor, ¿quién sería el insensato que se atreviese, no digo aesgrimir su espada contra ellos, pero ni aun a dejar de adorarlos? ¡Oh,señor! yo soy lo que el clero llama un hereje, un impío, un sansculote

; pero yo aquí digo a Vd., en presencia de Dios, que respetolas verdaderas virtudes cristianas…. Así, venero la religión deJesucristo, como Vd. la practica, es decir, como él la enseñó, y no comola practican en todas partes. ¡Bendita Navidad ésta que me reservaba lamayor dicha de mi vida, y es el haber encontrado a un discípulo delsublime Misionero, cuya venida al mundo se celebra hoy! Y yo veníatriste, recordando las Navidades pasadas en mi infancia y en mijuventud, y sintiéndome desgraciado por verme en estas montañas solo conmis recuerdos! ¿Qué valen aquellas fiestas de mi niñez, sólo gratas porla alegría tradicional y por la presencia de la familia? ¿Qué valen losprofanos regocijos de la gran ciudad, que no dejan en el espíritu sinouna pasajera impresión de placer? ¿Qué vale todo eso en comparación dela inmensa dicha de encontrar la virtud cristiana, la buena, la santa,la modesta, la práctica, la fecunda en beneficios? Señor cura, permítameVd. apearme y darle un abrazo y protestarle que amo el cristianismocuando lo encuentro tan puro como en los primeros y hermosos días delEvangelio.

El cura se bajó también de su pobre caballejo, y me abrazó, llorando ysorprendido de mi arranque de sincera franqueza. No podía hablar por suemoción, y apenas pudo murmurar, al estrecharme contra su pecho:

—Pero, señor capitán … yo no merezco … yo creo que cumplo … estoes muy natural; yo no soy nada …

¡qué he de ser yo! ¡Jesucristo!¡Dios! ¡el pueblo!

[Footnote 1: #Alva#, province in the north of Spain.]

[Footnote 2: #Carmelitas#,

Carmelites

, members of the mendicant orderof Our Lady of Mt. Carmel, founded about 1156.]

[Footnote 3: #previo el noviciado#,

the noviciate being prior

(translate:

after the noviciate

).]

[Footnote 4: #Desierto de Tenancingo#, an ancient monastery near MexicoCity where lived a company of Carmelites. A monk of another order saidof it in the seventeenth century: "It is the pleasantest place of allabout Mexico…. Were all deserts like it, to live in a desert werebetter than to live in a city." This description no longer applies, asthe place is now a wilderness with its interesting ruins and caves.]

[Footnote 5. #en tantas#, supply #veces#,

every time

.]

VI

Después de este abrazo volvimos a montar a caballo, y continuamosnuestro camino en silencio, porque la emoción nos embargaba la voz.

La obscuridad se había hecho más densa; pero yo veía en el cura, cuyosemblante aun no conocía, algo luminoso; tan cierto es que la simpatía yla admiración se complacen en revestir a la persona simpática y admiradacon los atractivos de la Divinidad.

Iba yo repasando en mi memoria los hermosos tipos ideales del buensacerdote moderno, … a los cuales se parecía mi compañero de camino, yno recordaba más que a dos con los cuales tuviera una extraña semejanza.El uno era el virtuoso

Vicario de Aldea

, de Enrique Zschokke[1], cuyodiario había leído siempre con lágrimas, porque el ilustre escritorsuizo ha sabido depositar en él raudales de inmensa ternura y dedulcísima resignación.

El otro era el

P. Gabriel

, de Eugenio Sue[2], que este fecundonovelista ha sabido hacer popular en el mundo entero con su famoso

Judío Errante

. En aquella época aun no había publicado Victor Hugo[3]sus Miserables

, y por consiguiente no había yo admirado la hermosapersonificación de Monseñor Myriel, que tantas lágrimas de cariño hahecho derramar después. Verdad es que conocía la historia de varioscélebres misioneros cuyas virtudes honraban al cristianismo; perosiempre encontraba en su carácter un lunar que me hacía perder en partemi entusiasta veneración hacia ellos. Sólo había podido, pues, admiraren toda su plenitud a los personajes ideales que he mencionado. Así esque el haber encontrado en medio de aquellas montañas al hombre querealizaba el sueño de los poetas cristianos y al verdadero mitador deJesús, me parecía una agradabilísima pero fugaz ilusión, hija de miimaginación solitaria y entristecida por los recuerdos. Y, sin embargo,no era así; el sacerdote existía, me había hablado, caminaba junto a mí,y pronto iba a confirmar con mis propias observaciones la idea queacababa de darme de su carácter asombroso, en pocas palabras dichas conuna sencillez y una sinceridad tanto más incuestionables, cuanto queningún interés podía tener en aparecer de tal modo a los ojos de unviajero pobre, militar subalterno e insignificante[*]….

[*: El carácter cuyo bosquejo he diseñado en este artículo esrigurosamente histórico….]

[Footnote 1: #Enrique Zschokke# (Johann Heinrich, 1771-1848), a German-Swiss historian, novelist, and religious writer.]

[Footnote 2: #Eugenio Sue# (1804-1857), a French novelist, whose mostfamous work is The Wandering Jew

.]

[Footnote 3: #Victor Hugo# (1802-1885), a celebrated French poet andnovelist.

Les Misérables

is Hugo's best known novel.—#MonseñorMyriel#, one of the characters in Les Misérables

, was a priest whosought to follow in his everyday life the example of Christ.]

VII

De repente, y al desembocar de un pequeño cañón que formaban doscolinas, el pueblecillo se apareció a nuestra vista, como una fajade rojas estrellas en medio de la obscuridad, y el viento deinvierno pareció suavizarse para traernos en sus alas el vago aromade los huertos, el rumor de las gentes y el simpático ladrido de losperros, ladrido que siempre escucha el caminante durante la nochecon intensa alegría.

—Ahí tiene Vd. mi pueblo, señor capitán,—me dijo el cura.

—Me parece muy pintoresco,—le contesté,—a juzgar por la posición delas luces, y por el aire balsámico que nos llega y que revela que allíhay pequeños jardines.

—Sí, señor; los hay muy bonitos. Como el clima es muy frío y el terrenobastante ingrato, los habitantes se limitaban, antes de que yo llegaraaquí, a cultivar algunos pobres árboles que no les servían más que paradarles sombra: unas cuantas y tristes flores nacían enfermizas en loscercados, y en vano se hubiera buscado en las casas la más comúnhortaliza para una ensalada o para un puchero. Los alimentos se reducíana tortillas de maíz, frijol, carne y queso; lo bastante para no morirsede hambre, y aun para vivir con salud; pero no para hacer más agradablela vida con algunas comodidades tan útiles como inocentes.

Yo les insinué algunas mejoras en el cultivo; hice traer semillas yplantas propias para el clima, y como los vecinos son laboriosísimos,ellos hicieron lo demás. Jamás un hombre fué mejor comprendido que lofuí yo; y era de verse, el primer año, como hombres, mujeres, ancianos yniños, a porfía, cambiaban el aspecto de sus casas, ensanchaban suscorrales, plantaban árboles en sus huertos, y aprovechaban hasta los máshumildes rincones de tierra vegetal para sembrar allí las más hermosasflores y las más raras hortalizas.

Un año después, el pueblecito, antes árido y triste, presentaba unaspecto risueño. Hubiérase dicho que se tenía a la vista una de esasalegres aldeas de la Saboya[1] o de mis queridos Pirineos[2], con suscabañas de paja o con sus techos rojos de teja, sus ventanas azules ysus paredes adornadas con cortinas de trepadoras, sus patios llenos deárboles frutales, sus callecitas sinuosas, pero aseadas, sus granjas,sus queseras y su gracioso molino. Su iglesita pobre y linda, si bienestá escasa de adornos de piedra y de altivos pórticos, tiene, en cambioen su pequeño atrio, esbeltos y coposos árboles; las más bellasparietarias enguirnaldan su humilde campanario con sus flores azules yblancas; su techo de paja presenta con su color obscuro, salpicado porel musgo, una vista agradable; la cerca del atrio es un rústicoenverjado formado por los vecinos con troncos de encina, en los que seostentan familias enteras de orquídeas, que hubieran regocijado al buenbarón de Humboldt[3] y al modesto y sabio Bonpland [4]; y el sueloostenta una rica alfombra de caléndulas silvestres, que fueron abuscarse entre las más preciosas de la montaña. En fin, señor, lavegetación, esa incomparable arquitectura de Dios, se ha encargado deembellecer esa casa de oración, en la que el alma debe encontrar portodas partes motivos de agradecimiento y de admiración hacia el Creador.

De este modo, el trabajo lo ha cambiado todo en el pueblo; y sin laguerra, que ha hecho sentir hasta estos desiertos su devastadorainfluencia, ya mis pobres feligreses, menos escasos de recursos, habríanmejorado completamente de situación; sus cosechas les habrían producidomás, sus ganados, notablemente superiores a los demás del rumbo, habríantenido más valor en los mercados, y la recompensa habría hecho nacer elestímulo en toda la comarca, todavía demasiado pobre.

Pero ¿qué quiere Vd.? Los trigos que comienzan a cultivarse en nuestropequeño valle necesitan un mercado próximo para progresar, pues hastaahora la cosecha que se ha levantado, sólo ha servido para el alimentode los vecinos.

Yo estoy contento, sin embargo, con este progreso, y la primera vez quecomí un pan de trigo y maíz, como en mi tierra natal, lloré de placer,no sólo porque eso me traía a la memoria los tiernos recuerdos de lapatria, sino porque comprendí que con este pan, más sano que latortilla[5], la condición física de estos pueblos iba a mejorar también:¿no opina Vd. lo mismo?

—Seguramente: yo creo, como todo el que tiene buen sentido, que labuena y sana alimentación es ya un elemento de progreso.

—Pues bien,—continuó el cura;—yo, con el objeto de establecer aquíesa importantísima mejora, he procurado que hubiese un pequeño molino,suficiente, por lo pronto, para las necesidades del pueblo.

Uno de losvecinos más acomodados tomó por su cuenta realizar mi idea. El molino sehizo, y mis feligreses comen hoy pan de trigo y de maíz. De esta manerahe logrado abolir para siempre esa horrible tortura que se imponían laspobres mujeres, moliendo el maíz en la piedra que se llama metate

;tortura que las fatiga durante la mayor parte del día, robándoles muchashoras que podían consagrar a otros trabajos, y ocasionándoles muchasveces enfermedades dolorosas….

Al principio he encontrado resistencias, provenidas de la costumbreinveterada, y aun del amor propio de las mujeres, que no queríanaparecer como perezosas, pues aquí, como en todos los pueblos pobres deMéxico, y particularmente los indígenas, una de las grandesrecomendaciones de una doncella que va a casarse es la de que

sepamoler

, y ésta será tanto mayor, cuanta mayor sea la cantidad de maízque la infeliz reduzca a tortillas. Así se dice:

Fulana es muymujercita, pues muele un almud o dos almudes, sin levantarse

. Ya Vd.supondrá que las pobres jóvenes, por obtener semejante elogio, seesfuerzan en tamaña tarea, que llevan a cabo sin duda alguna, merced alvigor de su edad, pero que no hay organización que resista a semejantetrabajo, y sobre todo, a la penosa posición en que se ejecuta. Lacabeza, el pulmón, el estómago, se resienten de esa inclinaciónconstante de la molendera

, el cuerpo se deforma y hay otras milconsecuencias que el menos perspicaz conoce. Así es que mi molino hasido el redentor de estas infelices vecinas, y ellas lo bendicen cadadía, al verse hoy libres de su antiguo sacrificio, cuyos funestosresultados comprenden hasta[6] ahora, al observar el estado de su salud,y al aprovechar el tiempo en otros trabajos.

Como el cultivo del trigo, se ha introducido el de otros cereales nomenos útiles y con igual prontitud.

He traído también

pacholes

[7] dealgunas leguminosas que he encontrado en la montaña, y con las cuales labenéfica naturaleza nos había favorecido, sin que estos habitanteshubiesen pensado en aprovecharlas.

En cuanto a árboles frutales, ya los verá Vd. mañana. Tenemos manzanas,perales, cerezos, albaricoqueros, castaños, nogales y almendros, y esoen casi todas las casas: algunos vecinos han plantado pequeños viñedos,y yo estoy ensayando ahora una plantación de moreras y de madroños, parasaber si podrá establecerse el cultivo de los gusanos de seda. En fin,se ha hecho lo posible; y no contento yo con realizar mis propias ideas,pregunto a las personas sensatas, y escucho sus opiniones con gusto yrespeto. Vd. se servirá darme la suya después de visitar mi pueblo.

—Con mucho gusto, señor, a pesar de mi ignorancia suma. Mi buen sentidoy mi experiencia por mis viajes son lo único que puede permitirme hacera Vd. algunas indicaciones. ¿Y en cuanto a ganados?

—Estos montañeses los poseían en pequeña cantidad, y en su mayor partevacuno. Ahora se consagran con más empeño al ganado menor. Se han traídoalgunos merinos; se han propagado fácilmente, y ya existen rebañosbastante numerosos, que se aumentan cada día en razón de que no seconsumen para el alimento diario.

—¿No gusta aquí esa carne?

—Poco: diré a Vd. francamente, soy yo quien no gusto de comer carne; ycomo mis pobres feligreses se han acostumbrado por simpatía a amoldarsea mis gustos, ellos también van quitándose la costumbre, sin que por esoles diga yo sobre ello una sola palabra. Por eso verá Vd. también en elpueblo relativamente pocas aves de corral. Pongo yo poco empeño en lapropagación de esas desgraciadas víctimas del apetito humano.

Engeneral, yo prefiero la agricultura, y sólo cuido con esmero a losanimales que ayudan al hombre en los rudos y santos trabajos del campo.Así, los bueyes que hay en el pueblo son quizás los más robustos y losmejores del rumbo, porque son también los mejor cuidados. Los mulos ylos caballos son ligeros y robustos, como conviene a un país montañoso;aunque a decir verdad, hay más de los primeros que de los segundos,porque sirven aquéllos para cargar las mieses que se conducen pornuestros escabrosos caminos; pero éstos no son útiles más que paraalgunos enfermos como yo, o para las mujeres, pues los habitantesprefieren andar a pie, en lo cual hacen muy bien.

—Señor cura,—le dije,—estoy muy contento de oir a Vd., y meparece admirable la rapidez con que Vd. ha cambiado la faz de estospobres lugares.

—La religión, señor capitán, la religión me ha servido de mucho parahacer todo esto. Sin mi carácter religioso quizás no habría yo sidoescuchado ni comprendido. Verdad es que yo no he propuesto todas esasreformas en nombre de Dios, ni fingiéndome inspirado por Él: mi dignidadse opone a esta superchería; pero evidentemente mí carácter de sacerdotey de cura, daba una autoridad a mis palabras, que los montañeses nohabrían encontrado en la boca de una persona de otra clase.

Además, ellos han tenido ocasión todos los días de conocer la sinceridadde mis consejos, y esto me ha servido muchísimo para lograr mi principalobjeto, que es el de formar su carácter moral; porque yo no pierdo devista que soy, ante todo, el misionero evangélico. Sólo que yo comprendoasí mi cristiana misión: debo procurar el bien de mis semejantes portodos los medios honrados; a ese fin debo invocar la religión de Jesúscomo causa, para tener la civilización y la virtud como resultadopreciso. El Evangelio no sólo es la Buena Nueva bajo el sentido de laconciencia religiosa y moral, sino también desde el punto de vista delbienestar social. La bella y santa idea de la Fraternidad humana entodas sus aplicaciones debe encontrar en el misionero evangélico su másentusiasta propagandista; y así es como este apóstol logrará llevar alos altares de un Dios de paz a un pueblo dócil, regenerado por eltrabajo y por la virtud, al campo y al taller, a un pueblo inspirado porla idea religiosa que le ha impuesto, como una ley santa, la ley deltrabajo y de la hermandad.

—Señor cura,—volví a decir entusiasmado,—¡Vd. es un demócrataverdadero!

El cura me miró sonriendo a la luz de la primera fogata que los alegresvecinos habían encendido a la entrada del pueblo y que atizaban a lasazón tres chicuelos.

—Demócrata o discípulo de Jesús, ¿no es acaso la misma cosa?…me contestó.

—¡Oh! tiene Vd. razón, tiene Vd. razón; pero no es así como se piensaallá en otras partes. ¡Dios mío! ¡qué bendita Navidad ésta que me hahecho encontrar lo que me había parecido un sueño de mi juventudentusiasta!

[Footnote 1: #Saboya#,

Savoie

, a department of southeastern France.]

[Footnote 2: #Pirineos#,

Pyrenees

, mountains forming the boundarybetween France and Spain.]

[Footnote 3: #Humboldt#, Friedrich Heinrich Alexander von (1769-1859),a celebrated German scientist and explorer. The results of his Americanjourney were published under the title Voyage in the EquinoctialRegions of the New Continent

.]

[Footnote 4: #Bonpland#, Aimé (1773-1858), a French naturalist andtraveler who was with Humboldt in South America and Mexico.]

[Footnote 5: #tortilla#, in Mexico a thin round cake, made of meal andwater, flattened by tossing back and forth in the hands, and cooked onhot stones.]

[Footnote 6: #hasta# is used to emphasize #ahora#.]

[Footnote 7: #pacholes#.

Pachol

is not found in the dictionaries, butits apparent meaning is pod

.]

VIII

Pero los chicos, luego que vieron al cura, vinieron a saludarloalegremente, y luego corrieron al centro del pueblecillo gritando:

—¡El hermano cura! ¡el hermano cura!

—¡El hermano cura!—repetí yo con extrañeza;—¡qué raro! ¿Es así comollaman aquí a su párroco?

—No, señor,—me respondió el sacerdote,—antes le llamaban aquí, comoen todas partes, el señor cura

; pero a mí me desagrada esa fórmula,demasiado altisonante, y he rogado a todos que me llamen el hermanocura

: esto me da mayor placer.

—Es Vd. completo. ¡Y yo que he venido llamando a Vd. el señor cura!

—Pues bien: está Vd. perdonado, con tal de que siga llamándome suamigo nada más.

Yo apreté la mano de aquel hombre honrado y humilde, y me aparté un pocopara dejar a la gente, que había acudido a su encuentro, saludarlo atodo su sabor… Los ancianos le abrazaban (pues se había bajado delcaballo) con ternura paternal, y él era quien los saludaba conveneración; los hombres le hablaban como a un hermano, y los chicos comoa un maestro. En todos se notaba una afectuosa y sincera familiaridad.

Al llegar a su casita, que estaba, como es costumbre, junto a lapequeña iglesia parroquial, y en lo que podía llamarse plaza, elcura, enseñándome una bella casa grande, la más bella quizás delpueblo, me dijo:

—¡Ahí tiene Vd. nuestra escuela!

Y como yo me mostrara[1] un poco admirado de verla tan bonita y aseada,revelando luego que era el edificio predilecto de los vecinos, observéen éstos, al felicitarlos, un sentimiento de justísimo orgullo. El másviejo de los que estaban cerca, me dijo:

—Señor, es

él

quien merece la enhorabuena; por

él

la tenemos, ypor

él

saben leer nuestros hijos. Cuando nosotros la levantamos,aconsejados por él, y la concluimos, al verla tan nueva y tan linda, lepropusimos que se fuera a vivir en ella, porque le debemos muchosbeneficios, y que nos dejara el curato para la escuela, pero se enfadócon nosotros y nos preguntó si él valía acaso más que los niños delpueblo, y si necesitaba ocupar tantas piezas él solo. Nos avergonzamosy conocimos nuestro disparate. Es muy bueno el hermano cura, ¿no leparece a Vd.?

Yo fuí a abrazar al cura en silencio y más conmovido que nunca.

Entramos por fin en la casa del curato, que era pequeña y modesta, peromuy aseada y embellecida con un jardincillo, provista de una cuadra yde un corral. La gente se detuvo en la puerta. Adentro aguardaban alcura el alcalde con algunos ancianos y algunas mujeres de edad. El curase quitó el sombrero delante del alcalde, dando así un ejemplo delconstante respeto que debe tenerse a la autoridad, emanada del pueblo;saludó cariñosamente a las viejas vecinas, y entró conmigo y loshombres a su saloncito, que no era más grande que un cuarto común. Peroantes de entrar, una de las viejas, robusta y venerable vecina, querevelaba en su semblante bondadoso una gran pena, detuvo al cura, y lepreguntó en voz baja:

—Hermano cura, ¿lo ha visto Vd. por fin? ¿Está más aliviado? ¿vendráesta noche?

—¡Ah! sí, Gertrudis,—respondió el cura;—se me olvidaba … lo ví,hablé con él, está triste, muy triste; pero vendrá, me lo ha prometido.

—Pues voy a avisárselo a Carmen para que se alegre,—replicó laanciana… ¡si viera Vd. como ha llorado, hermano cura, temiendo que noviniera! ¡Pobre muchacha!

—Que no tenga cuidado, Gertrudis, que no tenga cuidado.

—Aquí hay algo de amor, amigo mío,—me atreví a decir al cura.

—Sí,—me dijo éste con aire tranquilo:—ya lo sabrá Vd. esta noche: esuna pequeña novela de aldea, un idilio inocente como una flor de lamontaña; pero en el que se mezcla el sufrimiento que está atormentandodos corazones. Vd. me ayudará a llevar a buen término el desenlace deesa historia esta misma noche.

—¡Oh! con mucho gusto: nada podría halagar tanto mi corazón; también yohe amado y he sufrido,—dije acordándome súbitamente de lo que habíaolvidado durante tantas horas, merced a los recuerdos de Navidad y a laconversación del cura.—¡Yo también llevo en el alma un mundo derecuerdos y de penas! ¡Yo también he amado!—repetí.

—Es natural … dijo también suspirando el cura, e inclinando conmelancolía su frente pensadora, surcada por arrugas precoces.

Aquello me puso silencioso, y así tomé asiento junto a un buen fuego queardía en la humilde chimenea del saloncito.

IX

Hasta[2] entonces pude examinar completamente la persona del cura.Parecía tener como treinta y seis años; pero quizás sus enfermedades,sus fatigas y sus penas eran causa de que en su semblante, franco ynotable por su belleza varonil, se advirtiese un no sé qué de triste,que no alcanzaban a disipar ni la dulzura de su sonrisa, ni latranquilidad de su acento, hecho para conmover y para convencer.

Quizás yo me engaño en esto, y mi preocupación haya sido la que pusopara mis ojos, en la frente y en la mirada del cura, esa nube demelancolía de que acabo de hablar.

Es que yo no puedo figurarme jamás a un pensador, sin suponerlodesgraciado en el fondo. Para mí el talento elevado siempre es presa dedolores íntimos, por más que ellos se oculten en los recónditos plieguesde un carácter sereno. La energía moral, por victoriosa que salga de susluchas con los obstáculos de la suerte y con las pasiones de loshombres, siempre queda herida de esa enfermedad incurable que se llamala tristeza; enfermedad que no siempre conocemos, porque no nos es dadocontemplar a veces a los grandes caracteres en sus momentos de soledad,cuando dejan descubierta el alma en la sombra del misterio.

El cura era indudablemente uno de esos personajes raros en el mundo, ypor eso yo no lo creía feliz. Hubiera sido imposible para mí, después dehaberlo escuchado, considerarlo como una de esas medianías queencuentran motivos de dicha en todas partes.

Continuando mi examen, ví que era robusto, más bien por el ejercicio quepor la alimentación. Sus miembros eran musculosos, y su cuerpo, engeneral, conservaba la ligereza de la juventud. Sobre todo, lo quellamaba mi atención de una manera particular, era su frente de unprofeta, y que aun estaba coronada por espesos cabellos de un rubiopálido; era la mirada tranquila y dulce de sus ojos azules, que parecíanestar contemplando siempre el mundo de lo ideal; era su nariz,ligeramente aguileña, y que revelaba una gran firmeza de carácter. Todoeste conjunto de facciones acentuadas y de un aspecto extraordinario,estaba corregido por una frecuente sonrisa, que apareciendo en unoslabios bermejos y ligeramente sombreados por la barba, y en unos dientesblanquísimos, daba al semblante de aquel hombre un aire profundamentesimpático, pero netamente humano.

Su traje era modestísimo, casi pobre, y se limitaba a chaqueta,chaleco y pantalón negros, de paño ordinario, sobre todo lo cualvestía, quizás a causa de la estación, un sobretodo de paño más gruesoy del mismo color.

Cuando acabó de hablar con el alcalde, se levantó, y haciéndome una señame presentó a aquel honrado personaje, a quien no solamente saludé, sinoque, en cumplimiento de mis deberes militares, me presenté oficialmente,habiéndome excusado él con suma bondad de la fórmula de presentación enla casa municipal esa noche, aunque ofrecí poner en sus manos mipasaporte al día siguiente.

Después, el cura me presentó a un sujeto que había estado hablando conél, juntamente con el alcalde, y cuya inteligente fisonomía me habíallamado ya la atención.

—El señor,—me dijo el cura,—es el preceptor del pueblo, de quien yosoy ayudante; pero todavía más, amigo íntimo, hermano.

—Es mi maestro,—señor capitán,—se apresuró a añadir el preceptor.—Yole debo lo poco que sé; y le debo más, la vida.

—Chist….—replicó el cura;—Vd. es bueno y exagera los oficios de miamistad. Pero Vd. está fatigado, capitán, y preciso será tomar unrefrigerio, sea que quiera Vd. dormir, o bien acompañarnos en la cena deNavidad. Yo no lo acompañaré a Vd., porque tengo que decir la misa degallo

; ya sabe Vd., costumbres viejas, y que no encuentro inconvenienteen conservar, puesto que no son dañosas. Aquí no hay desórdenes apropósito de la gran fiesta cristiana y de la misa. Nos alegramos comoverdaderos cristianos.

Guióme entonces el cura a un pequeño comedor, en el que también ardía unagradable fuego, y allí nos acompañó al preceptor y a mí mientras quetomábamos una merienda frugal, pues no quise privarme del placer dehacer los honores a la tradicional cena de Navidad.

Después, dejándome reposar un rato, salió con el preceptor a preparar enla iglesia todo lo necesario para el oficio.

Cuando volvió, me invitó a dar una vuelta por la placita, en que sehabía reunido alguna gente en derredor de los tocadores de arpa, y alamor de las hermosas hogueras de pino que se habían encendido de trechoen trecho.

La plazoleta presentaba un aspecto de animación y de alegría queproducían una impresión grata. Los arpistas tocaban sonatas populares ylos mancebos bailaban con las muchachas del pueblo. Las vendedoras debuñuelos y de bollos con miel y castañas confitadas, atraían a loscompradores con sus gritos frecuentes, mientras que los muchachos de laescuela formaban grandes corros para cantar villancicos, acompañándosede panderetas y pitos, delante de los pastores de las cercanías y demásmontañeses que habían acudido al pueblo para pasar la fiesta.

Nos acercamos al más grande de estos corros, y a la luz de la hoguerapude ver rostros y personajes verdaderamente dignos de Belén, y que merecordaron el hermoso cuadro del Nacimiento de Jesús

, de nuestroCabrera[3], que decora la sacristía de Tasco[4]. En efecto, esascabezas rudas, morenas y enérgicamente acentuadas, con sus flotantescabelleras grises y sus largas barbas; esas sonrisas bonachonas y esosbrazos nervudos apoyándose en el cayado, parecen ser el modelo quesirvió a nuestro famoso pintor para su

Adoración de los Pastores

. Yjunto a ellos, y haciendo contraste, las muchachas del pueblo con sufisonomía dulce, sus mejillas sonrosadas y su traje pintoresco; y losniños con su semblante alegre, sus carrillos hinchados para tocar lospitos, o sus bracitos agitados tocando los panderos; todo aquello mepareció un sueño de Navidad.

El cura notó mi curiosidad y me dijo:

—Esos hombres son en efecto pastores de las cercanías, y pastoresverdaderos, como los que aparecen en los idilios de Teócrito[5] y en lasÉglogas de Virgilio[6] y de Garcilaso[7]. Hacen una vida enteramentebucólica, y no vienen a poblado sino en las grandes fiestas, como lapresente. A pocas leguas de aquí están apacentándose hoy sus numerososrebaños, en los terrenos que les arriendan los pueblos cercanos. Estosrebaños se llaman

haciendas flotantes

; pertenecen a ricos propietariosde las ciudades, y muchas veces a un rico pastor que en persona viene acuidar su ganado. Estos hombres son dependientes de esas haciendas yviven comúnmente en las majadas que establecen en las gargantas de lasierra. Hoy han venido en mayor número, porque, como Vd. supondrá, laNochebuena es su fiesta de familia. Ellos traen también sus arpas de unacuerda, sus zampoñas y sus tamboriles, y cantan con buena y robusta vozsus villancicos en la iglesia, aquí en la plaza y en la cena que escostumbre que dé el alcalde en su casa esta noche: justamente van acantar; óigalos Vd.

En efecto, los pastores se ponían de acuerdo con los muchachos paracantar sus villancicos, y preludiaban en sus instrumentos. Uno de loschicuelos cantaba un verso, y después los pastores y los demásmuchachos lo repetían acompañados de la zampoña, de la guitarramontañesa y de los panderos.

He aquí los que recuerdo, y que son conocidísimos y se han transmitidode padres a hijos durante cien generaciones:

Pastores, venid, venid,

Veréis lo que no habéis visto,

En el portal de Belén,

El nacimiento de Cristo.

Los pastores daban saltos

Y bailaban de contento,

Al par que los angelitos

Tocaban los instrumentos.

Los pastores y zagalas

Caminan hacia el portal,

Llevando llenos de frutas

El cesto y el delantal.

Los pastores de Belén

Todos juntos van por leña

Para calentar al Niño

Que nació la Nochebuena.

La Virgen iba a Belén;

Le dió el parto en el camino,

Y entre la mula y el buey

Nació el Cordero divino.

A las doce de una noche,

Que más feliz no se vió,

Nació en un Ave-María

Sin romper el alba, el Sol.

Un pastor, comiendo sopas,

En el aire divisó

Un ángel que le decía:

Ya ha nacido el Redentor.

Todos le llevan al Niño;

Yo no tengo que llevarle[8];

Las alas del corazón

Que le sirvan de pañales.

Todos le llevan al Niño,

Yo también le llevaré

Una torta de manteca

Y un jarro de blanca miel.

Una pandereta suena,

Yo no sé por dónde va,

Camina para Belén

Hasta llegar al portal.

Al ruido que llevaba,

El Santo José salió;

No me despertéis al Niño[9],

Que ahora poco se durmió.

Pero los siguientes, por su carácter melancólico, me agradaron mucho: Una gitana se acerca

Al pie de la Virgen pura,

Hincó la rodilla en tierra

Y le dijo la ventura.

Madre del Amor hermoso,

Así le dice a María,

A Egipto irás con el Niño

Y José en tu compañía.

Saldrás a la media noche,

Ocultando al Sol divino;

Pasaréis muchos trabajos

Durante todo el camino.

Os irá bien con mi gente[10],

Os tratarán con cariño;

Los ídolos, cuando entréis,

Caerán al suelo rendidos.

Mirando al Niño divino

Le decía enternecida:

¡Cuánto tienes que pasar,

Lucerito de mi vida!

La cabeza de este Niño,

Tan hermosa y agraciada,

Luego la hemos de ver

Con espinas traspasada.

Las manitas de este Niño,

Tan blancas y torneadas,

Luego las hemos de ver

En una cruz enclavadas.

Los piececitos del Niño

Tan chicos y sonrosados,

Luego los hemos de ver

Con un clavo taladrados.

Andarás de monte en monte

Haciendo mil maravillas,

En uno sudarás sangre,

En otro darás la vida.

La más cruel de tus penas

Te la predigo con llanto.

Será que en tus redimidos,

Señor, hallarás ingratos.

No parece sino que el poeta popular y desconocido que compuso estevillancico de la gitanilla, quiso, a propósito del Niño Jesús, encerraren una triste predicción la que ante la cuna de todos los niños puedehacerse de los sufrimientos que los esperan en la vida.

Y después de versos tan melancólicos, los cantares concluyeron con ésteque lo era más aún: La Nochebuena se viene,