La Nariz de un Notario by Edmond About - HTML preview

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Su traje de pana estaba másremendado que el vestido de un arlequín. La verdad es que en vestirhabría gastado bien poco, a no ser por los malditos zapatos queconsumían cada mes un kilogramo de clavos. En el comer era donde noescatimaba lo más mínimo. Adquiría, sin regatear, diariamente cuatrolibras de pan, y hasta, a veces, solía regalarse el estómago con untrozo de queso o de cebolla, o con media docena de manzanas, compradasen el puente nuevo. Los domingos y días festivos permitíase el lujo decomer sopa y carne, y el resto de la semana se chupaba los dedosrecordándolo. Pero era demasiado buen hijo y buen hermano parapermitirse jamás el despilfarro de tomar un vaso de vino. «El vino, elamor y el tabaco» eran para él artículos fabulosos, que sólo conocía deoídas. Con mucha mayor razón ignoraba los placeres del teatro, tan carospara los obreros de París. Nuestro hombre prefería acostarse a lassiete, sin que le costara un céntimo, a aplaudir a M. Dumaine por mediofranco.

Tal era, en lo moral y en lo físico, el hombre a quien M.

Bernier llamó,en la calle de Beaune, para que cediese un buen trozo de su piel a M.L'Ambert.

Advertidos los criados, hiciéronle pasar en seguida.

Avanzó tímidamente, con el sombrero en la mano, levantando los piescuanto podía, y no atreviéndose a sentarlos sobre la alfombra. Latormenta de aquella mañana lo había salpicado de lodo hasta las axilas.

—Si me llaman para que suministre agua a la casa—dijo saludando aldoctor, y convirtiendo en ches cuantas eses tenía que pronunciar,—le...

M. Bernier cortole la palabra.

—No, amigo mío; no se trata de nada relacionado con vuestro comercio.

—¿De qué se trata, pues?

—De otra cosa completamente distinta. Al señor le han cortado la narizesta mañana.

—¡Ah, demontre! ¡pobre hombre! ¿Quién ha hecho esa villanía?

—Un turco; pero esto es lo de menos.

—¡Un salvaje! Sabía ya de referencia que los turcos eran salvajes; perono creí que les dejasen venir a París. Esperad un momento, que voy aavisar a un gendarme.

M. Bernier contuvo este alarde de celo del buen auvernés, y explicóle,en pocas palabras, la clase de servicio que se pretendía que prestase.Creyó, al principio, que se burlaban de él, porque se puede ser unexcelente aguador sin tener la más pequeña noción de rinoplastia. Hízolecomprender el doctor que se deseaba tenerle embargado durante un mes, ycomprarle unos ciento cincuenta centímetros cuadrados de su piel.

—La operación no es nada en sí—le dijo,—y os garantizo que os harásufrir bien poco; pero os advierto, en cambio, que tendréis que teneruna paciencia enorme para permanecer un mes inmóvil, con el brazo cosidoa la nariz del señor.

—Paciencia no me falta—respondió nuestro hombre;—para algo soyauvernés. Pero para que yo pase un mes en esta casa prestando a esteseñor un importante servicio, será necesario que me abonen los jornalesde esos días.

—Desde luego. ¿Cuánto exigís? Sebastián meditó unos instantes.

—En conciencia—dijo al fin,—ese trabajo bien vale cuatro francosdiarios.

—No, amigo mío—respondiole el notario;—ese trabajo vale mil francosal mes, o sea, treinta y tres francos diarios.

—No—replicó el doctor, con acento autoritario;—eso vale dos milfrancos.

L'Ambert inclinó la cabeza, y no se atrevió a objetar.

Romagné pidió permiso para terminar aquel día su trabajo, dejar en elbodegón su tonel y buscar quien le reemplazase durante el mes.

—Por otra parte—dijo,—no vale la pena de comenzar hoy mismo, parasólo medio día.

Demostráronle que el caso era urgente, y tomó, en vista de ello, susmedidas. Mandaron a buscar a uno de sus amigos, el cual prometióreemplazarle por espacio de un mes.

—Tú me traerás el pan todas las noches—le dijo Romagné.

Pero se apresuraron a decirle que la precaución era inútil, pues ledarían de comer en la casa.

—Eso dependerá de lo que me cueste—observó él.

—M. L'Ambert os dará de comer gratis.

—¡Gratis! eso ya es distinto. He aquí mi piel. Cortadmela cuanto antes.

Romagné soportó la operación como un valiente, sin pestañear siquiera.

—Esto es un placer—decía.—Me han contado de un auvernés de mi paísque se hacía petrificar en una fuente mediante un franco por hora.Prefiero dejarme cortar a pedazos. No es tan molesto, y produce muchomás.

M. Bernier cosiole el brazo izquierdo al rostro del notario, y amboshombres permanecieron, por espacio de un mes, encadenados uno al otro.Los dos hermanos siameses que excitaron un día la curiosidad de todaEuropa no estaban tan indisolublemente

unidos.

Pero

aquéllos

eranhermanos,

acostumbrados a soportarse mutuamente desde la más tiernainfancia, y habían recibido la misma educación. Si uno hubiese sidoaguador y el otro notario, tal vez no hubiesen dado el espectáculo deuna amistad tan fraternal.

Romagné jamás se quejaba de nada, por muy extraña que la nuevasituación le pareciese. Obedecía como un esclavo, o, por mejor decir,como un buen cristiano, todos los mandatos del hombre que le comprara supiel. Se levantaba, se sentaba, se acostaba, se volvía hacia la derechao la izquierda, según el capricho de su señor. No obedece con tantasumisión al Polo Norte la aguja imantada, como Romagné a M. L'Ambert.

Esta heroica mansedumbre enterneció el corazón del notario, que, a decirverdad, nada tenía de blando. Sintió por espacio de tres días unaespecie de gratitud por los buenos cuidados que le prodigaba su víctima;mas no tardó en cobrarle antipatía y hasta horror.

Un hombre joven, activo y lleno de salud, no se acostumbra nunca, sintrabajo, a la inmovilidad absoluta. ¿Qué no será cuando se trate depermanecer inmóvil al lado mismo de un ser inferior, sucio y sineducación? Pero lo había querido así la suerte. Era preciso vivir sinnariz o soportar al auvernés con todas sus consecuencias: comer con él,dormir con él, llenar al lado suyo, y en la situación más incómoda,todas las funciones de la vida animal.

Era Romagné un digno y excelente joven; pero roncaba como un órgano.Adoraba a su familia y amaba a su prójimo; pero jamás se había bañado ensu vida por temor de malgastar el agua, objeto de su comercio. Poseíalos sentimientos más delicados del mundo; pero no sabía imponerse lossacrificios más elementales que la civilización recomienda. ¡Pobre M.L'Ambert! ¡y pobre Romagné asimismo! ¡qué noches y qué días! ¡qué lluviade puntapiés! Inútil es decir que Romagné los recibía sin quejarse,temeroso de que un falso movimiento diese al traste con el experimentodel doctor Bernier.

El notario recibía buen número de visitas. Vinieron a verle todos suscompañeros de aventuras, que se burlaban del auvernés. Enseñáronle afumar cigarrillos, y a beber vino y aguardiente. El pobre diablo seentregaba a estos placeres con la ingenuidad de un piel roja. Loemborracharon, lo ahitaron de manjares, le hicieron descender todos losescalones que separan al hombre de la bestia. Era preciso educarlenuevamente, y aquellos buenos señores acometieron esta difícil tarea conplacer mefistofélico. ¿No era, por ventura, una cosa divertida yagradable la empresa de desmoralizar al auvernés?

Cierto día le preguntaron en qué pensaba emplear los cien luises de M.L'Ambert cuando acabase de ganarlos.

—Los emplearé en papel del cinco por ciento, y me producirán cienfrancos de renta—contestoles.

—¿Y después?—preguntole un emperejilado millonario de veinticinco añosde edad.—¿Serás más rico con eso? ¿serás más dichoso acaso? ¡Tendrástreinta céntimos de renta diaria! Si te casas, lo cual es inevitable,pues eres de la madera de que se fabrican los imbéciles, tendrás docehijos al menos.

—¡Es posible!—replicó el auvernés, riendo de buena gana.

—Y, en virtud del Código civil, linda invención del Imperio, le dejarása cada uno de ellos un par de céntimos al día. En tanto que, con dos milfrancos, puedes vivir un mes lo menos como un rico, conocer losplaceres de la vida y elevarte muy por encima de tus semejantes.

Romagné se defendía como un gato panza arriba contra estas tentativas decorrupción; pero hubieron de descargar tantos golpes sobre su espesocráneo, que acabaron por abrir en él un pequeño orificio por dondepenetraron las ideas falsas, y se fueron apoderando de su cerebro.

También acudieron las damas, de las cuales conocía L'Ambert muchísimasen todas las capas sociales. Romagné presenció las escenas más diversas;escuchó numerosas protestas de amor y fidelidad que carecían deverosimilitud. M. L'Ambert no sólo no se recataba de mentir como unbellaco en su presencia, sino que, en ocasiones, se complacía, en laintimidad, en mostrarle todas las falsedades que forman, por decirloasí, el cañamazo donde se borda la vida elegante.

¡Y el mundo de los negocios! Romagné creyó descubrirlo, como CristóbalColón, porque no tenía de él noción alguna. Los clientes del notario nose recataban de él para tratar las mayores enormidades: hablaban en supresencia como pudieran hacerlo delante de una docena de ostras. Viopadres de familia que buscaban el modo de despojar a sus hijos enprovecho de una amante o de alguna obra piadosa; jóvenes que estudiabanla manera de robar la dote a su futura esposa por medio de un contrato;prestamistas que exigen el diez por ciento sobre primeras hipotecas yprestatarios que hipotecaban fincas imaginarias.

Carecía de talento y su inteligencia no era muy superior a la decualquier perro de aguas; pero su conciencia se le reveló.

—Vos no poseéis mi estima—le dijo un día al notario, creyendo hacerleun gran bien.

Y la repugnancia que L'Ambert sentía por él trocose en odio mortal.

En los últimos ocho días de su forzada intimidad sucediéronse lastempestades casi sin interrupción.

Al fin adquirió Bernier la plena convicción de que el trozo de pielhabía arraigado en la cara del notario, a pesar de los innumerablestirones que sufriera. Desunió a los dos enemigos, y modeló una nariz aL'Ambert con el trozo de piel que había cesado ya de pertenecer alauvernés. Y el acicalado millonario de la calle de Verneuil, arrojó dosbilletes de a mil francos al rostro de su esclavo, diciéndole:

—¡Toma, infame! El dinero es lo de menos; pero me has hecho gastar lomenos cien mil escudos de paciencia. Vete ahora mismo de aquí; sal demi casa para siempre, y haz de modo que nunca jamás, en mi vida, vuelvaa oír pronunciar tu nombre.

Romagné diole las gracias, con gesto no desprovisto de altivez, se bebióuna botella de vino en la cocina, tomó un par de copitas con Singuet, ymarchó tambaleándose hacia su antiguo domicilio.

V

GRANDEZA Y DECADENCIA

M. L'Ambert volvió a entrar en el mundo con éxito; casi podría decirseque con gloria. Sus testigos le hicieron la más estricta justiciadiciendo que se había batido como un león. Los viejos notarios sentíanserejuvenecidos por su valor.

—¡Ved ahí—decían,—lo que somos cuando se nos pone en ciertos trances!¡Los notarios son tan hombres como cualquier otro! La suerte de lasarmas hizo traición a maese L'Ambert; pero supo adoptar al caer un bellogesto: ha sido un Waterloo.

¡Aunque digan lo que quieran, somos gentesdecididas!

De esta manera se expresaban el respetable maese Clopineau, y el dignomaese Labrique, y el untuoso maese Bontoux, y todos los nestores delnotariado. Los jóvenes hablaban en parecidos términos, con ciertasvariantes inspiradas por los celos.

—No queremos renegar—decían,—de maese L'Ambert: ciertamente que noshonra, aun cuando nos compromete un poco; pero cada uno de nosotroshubiera procedido con el mismo valor, y quién sabe si con menos torpeza.Un funcionario público no debe dar estos escándalos. No se debiera irnunca al terreno del honor más que por causas confesables. Si yo fuesepadre de familia, preferiría confiar mis asuntos a un hombre prudente, yno a un héroe de aventuras dudosas, etc., etc.

Pero la opinión del bello sexo, que es la que prevalece, habíasedeclarado en favor del héroe de Parthenay. Tal vez no hubiera contadocon tan rara unanimidad si se hubiese conocido el episodio del gato;quizás también ese sexo tan encantador como injusto habría condenado aL'Ambert si hubiese tenido la avilantez de reaparecer ante el mundo sinnariz. Pero todos los testigos habían guardado la mayor discreciónacerca del ridículo incidente del gato, y M. L'Ambert, lejos de estardesfigurado, parecía haber ganado en el cambio.

Una baronesa observó que su fisonomía era más dulce desde que llevaba lanariz recta. Una vieja canonesa, dechado de malicia, preguntó alpríncipe de B... si no haría bien en buscarle querella al turco. Elaguileño príncipe gozaba de una reputación hiperbólica.

Alguno preguntará cómo las damas del gran mundo podían interesarse enpeligros que no habían sido corridos por ellas. Los hábitos de maeseL'Ambert eran bien conocidos, y se sabía que una gran parte de sucorazón y de su tiempo los empleaba en la Opera. Pero el mundo perdonafácilmente estas distracciones a los hombres que no se entregan a ellaspor completo. Representa el papel del fuego, y se contenta con lo pocoque le dan. Se agradecía a M. L'Ambert que no estuviese perdido más quea medias, cuando tantos, a su edad, están perdidos del todo. No dejabade frecuentar las casas honradas, conversaba con las viudas, bailaba conlas solteras y tocaba en ocasiones el piano de una manera aceptable; nohablaba, en fin, de caballos a la moda.

Estos méritos, bastante rarospor cierto entre los jóvenes millonarios del faubourg, le concillabanla benevolencia de las damas. Una linda devota, la señora de L...,habíale demostrado durante tres meses que los placeres más vivos noconsisten en la disipación y el escándalo.

No se crea por eso que había roto en absoluto con el cuerpo de baile; lasevera lección recibida no le había hecho concebir el menor horror haciaaquella hidra de cien encantadoras cabezas.

Una de sus primeras visitasfue para el templo donde brillaba la señorita Victorina Tompain. ¡Allísí que se le tributó un recibimiento entusiasta! ¡Con qué amistosacuriosidad corrió todo el mundo a su encuentro! ¡Qué dulcísimosdictados! ¡qué apretones de manos tan cordiales! ¡Cuántos labioshechiceros se alargaron hacia él, en forma de tentador hocico, pararecibir un beso amistoso, sin la menor consecuencia! El notario estabaradiante. Todos sus amigos de los días pares, todos los altosdignatarios de la francmasonería del placer, le dieron la enhorabuenapor su curación milagrosa. Reinó durante todo un entreacto en aquelreino envidiable. Le hicieron referir su aventura y explicar eltratamiento del doctor Bernier, admirando todos la habilidad con queestaban dados los puntos de sutura, que apenas se conocían.

—Imaginaos que ese excelente Bernier ha completado mi persona con lapiel de un auvernés. ¡Y qué auvernés, Dios mío!

¡El más estúpido y suciode la Auvernia! Nadie lo diría al ver el trozo de piel que me havendido. ¡Qué horas tan desagradables me ha hecho pasar el muy burro!...Los mozos de cordel que veis por las esquinas son petimetres al ladosuyo. Pero, gracias al cielo, ya me veo libre de él. El día en que lepagué sus servicios y lo puse de patitas en la calle, se me quitó deencima un peso inmenso. Se llama Romagné, ¡bonito nombre! Jamás lopronunciéis en mi presencia. ¡Si queréis que viva largos años, no mehabléis jamás de Romagné!

La señorita Victorina Tompain no fue, por cierto, la última encumplimentar al héroe. Ayvaz-Bey la había abandonado indignamente,dejándole cuatro veces más dinero del que valía ella. El magnánimoL'Ambert hubo de mostrarse con ella dulce y clemente.

—No os guardo rencor—le dijo,—ni a ese bravo turco tampoco. Sólotengo un enemigo en el mundo: un auvernés llamado Romagné.

Y pronunciaba su nombre con una entonación cómica que hizo gracia a todoel mundo. Creo que aun hoy día la mayor parte de aquellas señoritasdicen: «Mi Romagné, cuando hablan de su aguador.»

De esta suerte transcurrieron los tres meses de estío. La estación fuedeliciosa y casi todas las familias se ausentaron de París. La Operaviose invadida por provincianos y extranjeros.

M. L'Ambert frecuentolabastante menos que otras veces.

Casi todos los días, al sonar las seis de la tarde, despojábase de lagravedad del notario y partía para Maisons-Lafitte, donde habíaalquilado un chalet, y adonde acudían a verle sus amigos y hasta susamiguitas. Jugaban en el jardín a toda clase de juegos campestres, y osgarantizo que el columpio nunca holgaba.

Uno de los más asiduos y animados concurrentes era el agente de cambios,M. Steimbourg. La aventura de Parthenay habíale ligado a L'Ambert conlazos más estrechos. M. Steimbourg pertenecía a una buena familia deisraelitas convertidos; su cargo valía dos millones y poseía una fortunade medio millón, de suerte que ya se podía trabar amistad con él. Lasamantes de los dos amigos se llevaban bastante bien, lo cual equivale adecir que sólo se peleaban una vez por semana. ¡Qué bello es contemplarcuatro corazones que laten al unísono! Los hombres montaban a caballo,leían el Fígaro, o comentaban los chismes de la ciudad; las damas seechaban mutuamente las cartas, con gracia sin igual: ¡una edad de oro enminiatura!

M. Steimbourg creyó un deber presentar a su amigo a su familia.Condújole a Bieville, donde su padre se había hecho construir un chalet.M. L'Ambert fue recibido en él por un viejo muy verde, una señora decincuenta años, que no había abdicado aún, y dos jovencitasextremadamente coquetas; y a primera vista advirtió que no entraba enuna casa de fósiles. Por el contrario: tratábase de una familia modernay perfeccionada.

Padre e hijo eran dos buenos compañeros que se dabanmutuas bromas acerca de sus calaveradas. Las muchachas habían vistocuanto se representaba en el teatro, y leído cuanto se ha escrito. Pocaspersonas conocían mejor que ellas la crónica elegante de París; leshabían sido mostradas, en el teatro y en el bosque de Boloña, las máscelebradas bellezas de todas las clases sociales; las habían llevado apresenciar las ventas de los mobiliarios más ricos, y disertaban de lamanera más agradable sobre las esmeraldas de la señorita X... y lasperlas de la señorita Z... La mayor, la señorita Irma Steimbourg,copiaba con verdadera pasión los trajes y sombreros de la señoritaFargueil; la menor, había enviado a uno de sus amigos a casa de laseñorita Figeac para que le pidiese la dirección de su modista. Una yotra eran ricas y poseían buena dote. Irma le gustó más a L'Ambert.

Elapuesto notario pensaba de vez en cuando que medio millón de dote y unamujer que sabe llevar un traje no son cosas despreciables. Viéronse confrecuencia, casi una vez por semana, hasta que llegaron las primerasheladas de noviembre.

Tras un otoño dulce y brillante, cayó como una teja el invierno. Es unhecho bastante conocido en nuestros climas, pero la nariz de L'Ambertdio pruebas, en esta ocasión, de una sensibilidad extraordinaria.Enrojeciose un poco al principio, después mucho; fuese hinchando porgrados hasta tornarse deforme. Después de una partida de caza alegradapor el viento Norte, experimentó el notario intolerable comezón. Miroseen el espejo de un mesón, y desagradole en extremo el color de su nariz.A decir verdad, parecía un sabañón mal colocado.

Consolose pensando que un buen fuego le devolvería su figura natural, y,en efecto, el calor se la descongestionó y rebajó su color durantealgunos momentos. Pero, al siguiente día, la comezón presentosenuevamente, los tejidos se inflamaron mucho más, y presentose de nuevola coloración rojiza, acompañada de ciertos tintes violáceos. Ocho díassin salir de su casa, sentado delante del hogar, borraron tan fatalesmatices; pero reaparecieron, a pesar de las pieles de zorra azul, a laprimera salida.

Muerto de susto L'Ambert, envió a buscar en seguida al doctor Bernier.Este acudió a toda prisa; diagnosticó una ligera inflamación yprescribió unas compresas de agua helada. Sin embargo, la nariz no tuvoalivio, a pesar de la refrigeración, y el doctor no salía de su asombroal ver la persistencia del mal.

—Tal vez tenga razón Dieffembach—dijo al notario,—al asegurar que lapiel puede morir por un exceso de sangre, y recomendar que se leapliquen sanguijuelas. ¡Ensayemos!

Aplicose a L'Ambert una sanguijuela en la punta de la nariz, y, cuandose desprendió, harta de sangre, reemplazósela por otra, y asísucesivamente, dos días y dos noches. La hinchazón y la coloracióndesaparecieron por algún tiempo; mas sus efectos no fueron de largaduración. Fue preciso recurrir a otro expediente.

Pidió M. Bernierveinticuatro horas para reflexionar, y se tomó cuarenta y ocho.

Cuando volvió al hotel de M. L'Ambert, estaba preocupado y daba muestrasde una timidez excesiva, y tuvo que realizar sobre sí mismo un granesfuerzo para decidirse a hablar.

—La medicina—dijo al fin,—no explica satisfactoriamente todos losfenómenos naturales, y vengo a someteros una teoría que carece de todofundamento científico. Mis colegas se burlarían de mí si les dijese queun pedazo de piel arrancada del cuerpo de un hombre puede permanecersometida a la influencia de su primitivo poseedor. No cabe duda algunade que es vuestra propia sangre, puesta en circulación por vuestrocorazón, bajo la acción del cerebro, la que afluye a vuestra nariz; y,sin embargo, tentado estoy de creer que ese imbécil de auvernés no esextraño a estos sucesos.

M. L'Ambert lanzó una exclamación de disgusto y de sorpresa.

¡Decir queun vil mercenario, a quien había religiosamente pagado su servicio,podía ejercer una influencia oculta sobre la nariz de un funcionariopúblico, era una impertinencia!

—Es mucho peor aun—replicó el doctor,—es un absurdo. Y, sin embargo,os pido autorización para buscar a Romagné. Tengo necesidad de verle hoymismo, aunque no sea más que para convencerme de mi error. ¿Habéisconservado sus señas?

—¡No lo permita Dios!

—Pues bien, yo trataré de averiguarlas. Tened paciencia, no salgáispara nada de vuestra habitación, y suspended entre tanto todamedicación.

Buscó en vano durante quince días. Recurrió a la policía, que le tuvodespistado por espacio de tres semanas. Un agente sutil y lleno deexperiencia descubrió todos los Romagnés de París, excepto el que sebuscaba. Encontró un inválido, un tratante en pieles de conejo, unabogado, un ladrón, un corredor del ramo de mercería, un gendarme y unmillonario, todos de este mismo apellido. M. L'Ambert se abrasaba deimpaciencia al lado del hogar, y contemplaba con desesperación su narizcolor de escarlata. Por fin se dio con el domicilio del aguador, peroéste ya no vivía en él. Los vecinos refirieron que había hecho fortuna yvendido su tonel para gozar de la vida.

M. Bernier dio una terrible batida por las tabernas y demás lugares deplacer, en tanto que su enfermo permanecía sumido en la mayormelancolía.

El 2 de febrero, a las diez de la mañana, el atildado notariocalentábase tristemente los pies y contemplaba horrorizado aquellapeonía florida en medio de su rostro, cuando un alegre tumulto conmoviótoda la casa. Abriéronse las puertas con estrépito, de los pechos detodos los criados escapáronse gritos de alegría, y se vio aparecer aldoctor, trayendo de la mano a Romagné.

Era el verdadero Romagné; pero, ¡cuán cambiado estaba!

Sucio,embrutecido, feo, con la mirada apagada, el aliento mal oliente,apestando a vino y tabaco, rojo de la cabeza a los pies como un cangrejococido, era el prototipo del erisipelatoso.

—¡Monstruo!—le dijo M. Bernier,—se te debería caer la cara devergüenza. Has descendido a un nivel más bajo que el de los brutos.Conservas todavía la cara del hombre, pero no su color.

¡En qué hasempleado la fortunita que te proporcionamos? Te has revolcado en elcieno de todos los vicios, y te he encontrado en las afueras de París,tirado como un cerdo en el suelo de la taberna más inmunda.

El auvernés elevó hasta el doctor su mirada, y le dijo con su amableacento, embellecido con este dejo propio del pueblo bajo parisiense:

—¡Y bien, qué! Que he empinado un poco el codo. ¿Es acaso una razónpara decirme esa sarta de necedades?

—¿A qué llamas necedades, majadero? Te reprocho tus torpezas. ¿Por quéno colocaste tu dinero a interés en vez de bebértelo?

—¡Fue el señor quien me dijo que me divirtiese!

—¡Tunante!—exclamó el notario,—¿fui yo quien te aconsejó que tefueses a emborrachar fuera de las fortificaciones, con aguardiente yvino tinto?

—Cada uno se divierte como puede... He estado con mis camaradas.

—¡Vaya unos camaradas!—dijo el médico, no pudiendo reprimir unmovimiento de cólera.—¿De manera, truhán, que llevo a cabo una curamaravillosa, que me llena de gloria y esparce por París mi bien ganadafama, y que acabará por abrirme las puertas del Instituto, y tú, enunión de unos cuantos borrachos de tu misma calaña, vais a hacerzozobrar la más divina de mi obras? ¡Si sólo se tratase de ti,grandísimo bellaco, te dejaríamos obrar como quisieses! Es un verdaderosuicidio físico y moral; pero un auvernés más o menos poco importa a lasociedad. ¡Pero se trata de un hombre de mundo, de un rico, de tubienhechor, de mi cliente! Tú lo has comprometido, desfigurado,asesinado con tu mala conducta. ¡Mira bien en qué estado lamentable haspuesto al señor el rostro! El infeliz contempló la nariz que habíacontribuido a formar, y rompió en amargo llanto.

—Es una verdadera desgracia, señor Bernier; pero pongo a Dios portestigo de que no he tenido yo la culpa. Esa nariz se ha deterioradoella sola. Yo soy un hombre honrado, y os juro que no he puesto mi manoen ella.

—¡Imbécil!—tronó M. L'Ambert,—jamás comprendes las cosas... por másque, en realidad, no es menester que comprendas. Se trata únicamente deque digas sin rodeos si quieres cambiar de conducta y renunciar a esavida de crápula que me mata de rechazo. Te prevengo que tengo el brazomuy largo, y que, si persistes en tus vicios, sabré ponerte pronto abuen recaudo.

—¿Preso?

—Preso.

—¿Preso entre los criminales? ¡Gracias, señor L'Ambert! ¡Eso sería ladeshonra de mi familia!

—¡Seguirás bebiendo, o no?

—¡Ah, Dios mío! ¿cómo beber cuando no se tiene dinero?

Todo lo hegastado ya, señor L'Ambert. Me he bebido los dos mil francos íntegros;me he bebido mi tonel y cuánto poseía, y no hay un alma en la tierra queya quiera abrirme crédito.

—Me alegro, perillán; hacen todos muy bien.

—Tendré que ser juicioso a la fuerza. La miseria me amenaza, señorL'Ambert.

—¡Te repito que me alegro!

—¡Señor L'Ambert!

—¿Qué?

—Si tuvieseis la bondad de comprarme un tonel nuevo para ganarme lavida honradamente, os juro que volvería a ser un buen sujeto.

—¡Buena fuera! Lo venderías al día siguiente para emborracharte.

—No, señor L'Ambert, ¡os lo juro por mi honor!—Esos son juramentos deborracho.

—¿Queréis entonces que me muera de hambre y sed? ¡Un centener defrancos, mi buen señor L'Ambert!

—¡Ni un solo céntimo! La Providencia te puso en mi camino para devolvera mi rostro su aspecto natural. Bebe agua, come pan seco, prívate de lomás necesario, muérete de hambre, si puedes; sólo a ese precio podrérecobrar mis facciones y volveré a ser el mismo.

Romagné inclinó la cabeza y retirose arrastrando los pies y saludando alos presentes.

El notario recuperó su alegría y el médico sus ensueños de gloria.

—No quiero alabarme a mí mismo—decía modestamente M.

Bernier,—peroLeverrier descubriendo un planeta por la fuerza del cálculo, no harealizado un milagro tan grande como yo.

Adivinar, por el aspecto devuestra nariz, que un auvernés ausente y perdido en la baraúnda de unParís, se halla entregado a la crápula, es remontarse desde el efecto ala causa por caminos que la audacia del hombre no había intentado aún.En cuanto al tratamiento de vuestra enfermedad, se halla indicado porlas circunstancias. La dieta aplicada a Romagné es el único remedio quepuede curaros. La suerte ha venido a servirnos de un modo maravilloso,puesto que este animal se ha comido hasta su último céntimo. Habéishecho perfectamente en negarle el socorro que os pedía: todos losesfuerzos del arte serán vanos mientras tenga que beber ese hombre.

—Pero, doctor—le interrumpió L'Ambert,—¿y si no fuera ese el origende mi mal? ¿y si sólo se tratase de una coincidencia fortuita? ¿Nohabéis dicho vos mismo que a veces la teoría...?

—He dicho, y lo repito, que en el estado actual de los conocimientoshumanos, vuestro caso no admite ninguna explicación lógica. Es un hechocuya ley se desconoce. La relación que hoy hallamos entre vuestra narizy la conducta de este auvernés, nos abre una perspectiva, engañosa talvez, mas, sin duda alguna, inmensa. Esperemos algunos días: si vuestranariz se cura a medida que Romagné se enmienda, se verá reforzada miteoría por una nueva probabilidad. No respondo de nada; pero presientouna ley fisiológica, hasta aquí desconocida, y que me consideraré muyfeliz si puedo formularla. El mundo de las ciencias se halla lleno defenómenos visibles producidos por causas desconocidas. ¿Por qué laseñora de L..., a quien conocéis como yo, tiene en el hombro izquierdouna cereza perfectamente pintada? ¿Es, acaso, como dicen, porque,hallándose encinta su madre, sintió ésta grandes deseos, que no pudosatisfacer, de comerse una cesta de cerezas expuestas en el escaparatede Chevet? ¿Qué artista invisible ha dibujado esta fruta sobre el cuerpode un feto de seis semanas, del tamaño de un langostino mediano? ¿Cómoexplicar esta acción especial de lo moral sobre lo físico? ¿Y por quéla cereza de la señora de L... adquiere cierta tumefacción ysensibilidad en el mes de abril de cada año, cuando están flor loscerezos? He aquí

unos

hechos

ciertos,

evidentes,

palpables,

y

taninexplicables como la hinchazón y rubicundez de vuestra nariz. ¡Perotengamos paciencia!

Dos días después la hinchazón la nariz del notario cedía de un modovisible, pero su color rojo persistía. Al final de la semana, su volumenhabíase reducido más de una tercera parte. Al cabo de quince días,perdió por completo la piel, crió seguida otra nueva, y recuperó suforma y color primitivos.

El triunfo del doctor era evidente.

—Mi único sentimiento—decía,—es que no hayamos guardado a Romagné enuna jaula, para observar en él, al mismo tiempo que en vos, los efectosdel tratamiento. Estoy seguro que ha estado, durante siete u ocho días,cubierto de escamas como un pez.

—¡Que el diablo cargue con él!—observó cristianamente el notario.

Este, a partir de aquel día reanudó su vida ordinaria: salió carruaje, acaballo, a pie; danzó los bailes del faubourg, y embelleció con supresencia el foyer de la Opera. Todas las mujeres lo acogieronperfectamente, en el mundo y fuera de él.

Una de las que más tiernamentele felicitaron por su curación fue la hermana mayor de su amigoSteimbourg.

Esta amabilísima joven, que tenía costumbre de mirar a los hombres caraa cara, observó que M. L'Ambert había salido de la última crisis máshermoso que nunca. Y en realidad, parecía como si aquellos dos o tresmeses de enfermedad hubiesen dado a su rostro un no sé qué de perfecto.La nariz, sobre todo, aquella nariz recta, que acababa de recuperar susordinarias dimensiones después de una dilatación excesiva, parecía másfina, más blanca y más aristocrática que nunca.

Esta era también la opinión del acicalado notario, que se contemplaba entodos los espejos con una creciente admiración de su persona. ¡Había queverlo frente a frente de su imagen, sonriendo, endiosado, a su propianariz!

Pero a la vuelta de la primavera, en la segunda quincena de marzo,mientras la generosa savia hacía retoñar las lilas, llegó a creer M.L'Ambert que sólo a su nariz le eran negados los beneficios de laestación y las bondades de la naturaleza. En medio del renacimientogeneral de todas las cosas, palidecía como una hoja de otoño. Sus alas,adelgazadas y como desecadas por el viento del desierto, adosábanse cadavez más a su tabique central.

—¡Demontre!—decía el notario, haciéndole una mueca al espejo,—ladistinción es cosa bella, lo mismo que la virtud; pero esto ya esdemasiado. Mi nariz va adquiriendo una elegancia inquietante, y, si notrato de darle alguna fuerza y color, muy pronto no será que una sombra.

Diose en ella un poco de colorete; pero sólo logró hacer resaltar másaun finura increíble de aquella línea recta y sin espesor que dividía surostro en dos mitades. La fantástica nariz del desesperado notario hacíarecordar la varilla de hierro que proyecta su cortante sombra sobre laesfera de los relojes de sol.

En vano sometiose a un régimen más alimenticio el indignado millonariode la calle de Verneuil. Considerando que una buena alimentación,digerida por un estómago sólido, aprovecha por igual a todas las partesdel cuerpo, se impuso la dulce ley de embaularse sendas tazas de caldo,sendos tajos de carne ensangrentada, regados con los más generososvinos. Decir que estos manjares elegidos no le hicieron efecto, seríanegar la evidencia y blasfemar de las comidas regaladas. M.

L'Ambertadquirió en poco tiempo hermosos mofletes rojos, un pescuezo muy dignode cualquier ternero apoplético y una respetable panza. Pero la narizparecía una especie de socio negligente o desinteresado, que no se ocupaen cobrar sus dividendos.

Cuando un enfermo no puede comer ni beber, se le sostiene a veces pormedio de baños alimenticios, que penetran a través de los poros de lapiel hasta los centros vitales. M. L'Ambert trató a su nariz como a unenfermo a quien es preciso alimentar por separado a cualquier precio.Adquirió una bañera de plata sobredorada, y, seis veces al día,introducíala en ella y la mantenía pacientemente sumergida en sendosbaños de leche, de vino de Borgoña, de caldo substancioso y hasta desalsa de tomates. ¡Trabajo perdido! la enferma salía del baño tan páliday delgada y en estado tan deplorable como estaba antes de entrar.

Todas las esperanzas parecían ya perdidas, cuando un día M.

Bernierdiose un golpe en la frente y exclamó:

—¡Pero si hemos cometido una falta imperdonable! ¡un error digno decolegiales! ¡y he sido yo! ¡yo mismo, cuando este hecho constituye unaconfirmación aplastante de mi teoría...! No lo dudéis, caballero: elauvernés está enfermo, y es preciso curarle a él para que sanéis vos.

El desdichado L'Ambert mesose los cabellos. ¡Cuánto se arrepintió dehaber plantado a Romagné de patitas a la calle, y de haberse negado asocorrerle, y olvidado el quedarse con sus señas! Representábase alpobre diablo consumiéndose sobre un camastro, sin pan, sin rosbif y sinvino de Châteaux-Margaux.

Esta idea destrozaba su corazón. Asociábase alos dolores del infeliz mercenario. Por primera vez en su vidacompadeciose de los sufrimientos del prójimo.

—¡Doctor, querido doctor!—exclamó, estrechando la mano deBernier,—¡daría toda mi fortuna por salvar a ese valiente muchacho!

Cinco días después, el mal había avanzado más aun. La nariz no era másque una película flexible, que se plegaba bajo el peso de las gafas,cuando M. Bernier vino a decirle que había encontrado al auvernés.

—¡Victoria!—exclamó entusiasmado el notario.

El cirujano encogiose de hombros y contestó que la victoria parecíaledudosa por lo menos.

—Mi teoría—añadió,—está plenamente confirmada, y, como fisiólogo,tengo que declararme satisfecho; pero, como médico, quisiera ante todocuraros, y el estado en que he visto a ese infeliz no me inspirademasiadas esperanzas.

—¡Vos le salvaréis, doctor!

—Por lo pronto, no me pertenece actualmente: se encuentra al serviciode un colega mío que le estudia con cierta curiosidad.

—Ya lograréis que os lo ceda. ¡Lo compraremos, si es preciso!

—¡No soñéis siquiera en eso! Un médico no vende nunca a sus enfermos.Los mata algunas veces, en interés de la ciencia, para ver qué tienendentro; pero traficar con ellos... ¡jamás! Mi amigo Fogatier me cederá,tal vez, vuestro auvernés; pero el pobre está muy enfermo, y, para colmode desgracia, se halla tan aburrido de la vida, que quiere a todo trancemorirse. Rechaza las medicinas, y, en cuanto a los alimentos, tan prontose queja de no tener suficiente, y reclama a grandes voces su raciónentera, como rechaza cuanto le dan, y trata de matarse por hambre.

—¡Pero eso es un crimen! ¡Yo le hablaré! ¡yo le haré oír el lenguaje dela religión y la moral! ¿Dónde se encuentra?

—En el hospital, sala de San Pablo, número 10.

—¿Tenéis vuestro carruaje a la puerta?

—Sí.

—Pues partamos. ¡Ah, infame! ¡quiere morirse! ¿Ignora por ventura quetodos los hombres son hermanos?

VI

HISTORIA DE UNAS GAFAS Y CONSECUENCIAS DE UN

CATARRO NASAL

Jamás predicador alguno, jamás Bossuet ni Fenelón, jamás Massillon niFléchier, jamás el mismo Mermilliod, desplegaron desde su sagradacátedra una elocuencia más persuasiva y untuosa que la empleada por M.Alfredo L'Ambert ante el lecho de Romagné. Dirigiose primero a la razón,después a la conciencia, y por último al corazón del enfermo. Recurrió alo profano y lo sagrado, citó textos de filósofos y santos.

Mostrosefuerte y benigno, severo y paternal, lógico, acariciador y hastacomplaciente. Demostrole que el suicidio es el más bochornoso de loscrímenes, y que era menester ser bien cobarde para afrontarvoluntariamente la muerte. Hasta se atrevió a emplear una metáfora tannueva como atrevida, comparando el suicida, al desertor que abandona supuesto sin permiso de su cabo.

El auvernés, que no había tomado nada en las últimas veinticuatro horas,parecía bien aferrado a su idea. Permanecía inmóvil y terco ante lamuerte, como un asno ante un puente. A los argumentos más hábiles,respondía con impasible dolor:

—No vale la pena, señor L'Ambert; hay demasiada miseria en este mundo.

—¡Bah, amigo mío! la miseria fue instituida por Dios, que la creó paraexcitar la caridad de los ricos y la resignación de los pobres.

—¿Los ricos? He pedido trabajo a todo el mundo, y me ha sido negado entodas partes. ¡He pedido limosna y me han amenazado con la policía!

—¿Por qué no os dirigisteis a vuestros amigos? ¡A mí, por ejemplo! ¡amí, que tanto os debo! ¡a mí, que tan agradecido os estoy! ¡a mí, quepor mis venas corre vuestra propia sangre!

—¡En seguida! ¡para que me hicieseis poner nuevamente de patitas en lacalle!

—¡Mis puertas estarán siempre abiertas para vos, lo mismo que mibolsillo, igual que mi corazón!

—¡Si siquiera me hubieseis dado cincuenta francos para comprarme untonel de ocasión!

—¡Pero, animal!... animal querido, quiero decir... ¡permíteme que temaltrate un poco, como en los tiempos en que compartía contigo mi mesay mi lecho! no son ya cincuenta francos los que pienso darte, sino mil,dos mil, tres mil... ¡diez mil! mi fortuna entera deseo compartirlacontigo... a prorrateo, naturalmente, de nuestras necesidadesrespectivas. ¡Es preciso que vivas! ¡es menester que seas feliz! He aquíla primavera que vuelve, con su cortejo de flores y la dulce melodía delas aves que trinan en la enramada. ¿Serás capaz de abandonar todo esto?¡Piensa en el inmenso dolor que ocasionarías a tus infelices padres, quete aguardan en tu país! ¡piensa en tus pobres hermanos! ¡en tu madre,sobre todo, amigo mío, que no podría sobrevivirte!

¡Volverás a verlos atodos! O, mejor dicho, no: permanecerás en París bajo mi protección,conviviendo conmigo en la intimidad más estrecha. Quiero verte dichoso,casado con una mujer bonita y hacendosa, padre de dos o tres hermosascriaturas. ¡Sonríe, hombre, sonríe! ¡Toma este plato de sopas!

—¡Gracias, señor L'Ambert. Guardaos esas sopas; ¿para qué las he detomar? ¡Hay tanta miseria en el mundo!

—Pero, hombre, ¿no te juro que se han acabado ya tus malos días parasiempre? ¿que me encargo de tu porvenir, bajo mi fe de notario? Siaccedes a vivir, se acabarán tus sufrimientos, no volverás a trabajar,¡tus años constarán de trescientos sesenta y cinco domingos!

—¿Sin lunes?

—Y de lunes también, si lo prefieres. Comerás, beberás, fumarás buenoshabanos. Serás mi comensal, mi amigo inseparable, mi otro yo. ¿Quieresvivir, Romagné, para ser un segundo yo?

—No, no; ya que he comenzado a morir, lo mejor es acabar cuanto antes.

—¡Ah, pedazo de alcornoque! ¡Voy a contarte, animal, el destino que teaguarda! No se trata ya solamente de las penas eternales que en tuobstinación endiablada acercas más a ti cada minuto; en este mundo, aquímismo, mañana, quizás hoy, antes de ir a pudrirte a la fosa común, tellevarán al anfiteatro. Te tenderán sobre una mesa de piedra, y partirántu cuerpo en pedazos. Uno henderá, a fuerza de hachazos, tu abultadacabeza de mulo; otro te abrirá el pecho en canal para ver si es posibleque exista un corazón dentro de tan estúpida envuelta; otro...

—¡Por favor, señor L'Ambert, que no quiero que me corten a pedazos!¡prefiero comer las sopas!

Tres días de sopas y su robusta constitución arrancáronle de aquelamargo trance, y fue posible transportarle en carruaje al hotel de lacalle de Verneuil. El mismo M. L'Ambert lo instaló con solicitudmaternal. Alojolo en la habitación de su propio ayuda de cámara, paratenerle más cerca. Por espacio de un mes ejerció con verdaderaabnegación las funciones de enfermero, pasando bastantes noches enclaro, a la cabecera de su lecho.

Estas fatigas, lejos de alterar su salud, devolvieron a su rostro sufrescura y lozanía habituales. Cuanta mayor asiduidad desplegaba en elcuidado de su enfermo, más lozana y vigorosa tornábase su nariz.Repartía su vida entre el estudio, el auvernés y el espejo. En esteperíodo fue cuando escribió, distraídamente, sobre el borrador de unaescritura de venta: «¡Qué dulce es hacer bien a su prójimo!» Máxima unpoco vieja en sí misma, pero nueva en absoluto para él.

Cuando entró Romagné en el período de franca convalecencia, su huésped ysalvador, que tantas veces le había trozado el pan y partido losbiftecs, le dijo:

—A partir de este momento, comeremos siempre juntos. Sin embargo, siprefieres comer en la cocina, también serás allí perfectamentealimentado, y es posible, tal vez, que te encuentres más a gusto.

Romagné, a fuer de hombre juicioso, obtó por la cocina.

Supo conducirse en ella de tal suerte, que se captó la simpatía y elaprecio de todos. Lejos de prevalerse de la amistad que le unía con elamo, mostrose más humilde y más modesto que el último marmitón. Era uncriado que M. L'Ambert había puesto a sus servidores. Todo el mundoutilizaba sus servicios, se burlaba de su acento y le daba palmadasamistosas a la espalda, sin que a nadie se le ocurriese darle nunca unapropina. M. L'Ambert lo sorprendió varias veces sacando agua, cambiandode sitio los muebles más pesados, encerando los pisos de madera. Entales ocasiones le tiraba de la oreja aquel amo ideal, y le decía:

—Entretente, si quieres, no hay en ello inconveniente por mi parte;pero no te fatigues demasiado.

El infeliz muchacho, confundido por tantas bondades, se escondía en suhabitación y lloraba de ternura.

Pero no pudo conservar por mucho tiempo aquel cuarto tan cómodo yaseado, contiguo a las habitaciones del amo. M.

L'Ambert le hizo saber,de un modo delicado, que echaba mucho de menos la vecindad de su ayudade cámara, y el mismo Romagné solicitó autorización para alojarse enlas buhardillas, adjudicándosele entonces un cuartucho que lasfreganchinas no habían querido nunca.

«¡Dichosos los pueblos que no tienen historia!» ha dicho un sabio.Sebastián Romagné fue dichoso por espacio de tres meses; pero, alcomenzar el verano, empezó a tener historia. Su corazón, largo tiempoinvulnerable, fue herido por las flechas del amor. El antiguo aguadorentregose, atado de pies y manos, al dios que perdió a Troya. Advirtió,mientras preparaba las legumbres, que la cocinera tenía unos ojillosgrises muy bonitos, y unos mofletes rojos muy hermosos. Un suspiro,capaz de echar a rodar las mesas, fue la primera manifestación de sumal. Quiso explicarse, pero ahogó la emoción en su garganta laspalabras. Apenas si, en su excesiva timidez, se atrevió a aprisionar asu Dulcinea por el talle, y a besarle los labios con pasión.

Esto bastó, sin embargo, para que lo comprendieran. Era la cocinera unapersona capaz, que le llevaba a él siete u ocho años, y ya bastanteducha en las lides del amor.

—Ya me hago cargo—le dijo ella;—deseáis casaros conmigo.Perfectamente, amigo mío; podremos entendernos si traéis algo pordelante.

Él respondió ingenuamente que traía por delante todo lo que puedeexigirse a un hombre, es decir: dos brazos vigorosos y acostumbrados altrabajo. La señorita Juanita riósele en sus barbas y habló con másclaridad; el a su vez soltó la carcajada, y le dijo, con la más amableconfianza:

—¿Pero es dinero lo que deseáis? Deberíais haberlo dicho desde luego.¡Tengo más dinero que peso! ¿Cuánto deseáis?

Fijad vos misma la suma.¿Os contentaríais, por ejemplo, con la mitad de la fortuna del señorL'Ambert?

—¿La mitad de la fortuna del amo?

—Ciertamente. Me lo ha dicho más de cien veces. Yo poseo la mitad de sufortuna; pero no hemos repartido el dinero todavía: me tiene guardada miparte.

—¡Qué gran majadería!

—¿Majadería? Esperad, que ahora entra él. Voy a pedirle mi cuenta y ostraeré a la cocina todo mi capital.

¡Pobre inocente! sólo obtuvo de su amo una buena lección de gramáticaparda. M. L'Ambert le enseñó que prometer y dar no son palabrassinónimas; dignose explicarle (porque estaba de buen humor) los méritosy peligros de la figura llamada hipérbole; y le dijo, por último, con,tono dulce, es verdad, pero tan firme que no admitía réplica:

—Romagné, he hecho mucho por vos, pero quiero hacer más todavía alalejaros de este hotel. El simple buen sentido os dice que no os halláisen él en calidad de dueño; quiero llevar mi bondad hasta el extremo deadmitir que estéis en él como un ayuda de cámara; en fin, me parece queos haría un gran perjuicio manteniéndoos en una situación mal definidaque pervertiría vuestros hábitos y falsearía vuestro espíritu.

Llevandoun año más esa vida parasitaria y ociosa, perderíais por completo elamor al trabajo. Os convertiríais en un vago, y los vagos, permitidmeque os lo diga, son el azote de nuestra época.

Poneos la mano sobrevuestra conciencia, y decidme si os agrada semejante perspectiva. ¡PobreRomagné! ¿No habéis echado de menos muchas veces el título de obrero,que es vuestro más noble blasón? Porque vos sois de aquellos seres quela Providencia ha creado para ennoblecerse con el sudor de su frente;pertenecéis a la aristocracia del trabajo. Trabajad, pues; no ya comootras veces, entre privaciones y dudas, sino con una seguridad que yogarantizo y una abundancia proporcionada a vuestras modestasnecesidades. Yo saldré a los gastos de la primera instalación; yo osprocuraré trabajo. Si, lo que no considero posible, os faltasen losmedios de existencia, acudid a mí en seguida, que siempre os acogeré conafecto paternal. Pero renunciad al absurdo proyecto de casaros con micocinera, porque no debéis enlazar vuestra suerte a la de una simplecriada, y no quiero, por otra parte, chiquillos en mi casa.

El infeliz lloró copiosamente y se deshizo en protestas de sinceroagradecimiento. Debo decir, en descargo de M.

L'Ambert, que hizo lascosas con bastante generosidad. Vistió de pies a cabeza a Romagné,amueblole un quinto piso, en la calle del Cherche-Midi, y le dioquinientos francos para que fuese viviendo mientras le encontrabatrabajo. Aún no habían transcurrido ocho días, cuando le hizo entrar,como peón de albañil, en una fábrica de espejos de la calle de Sèvres.

Transcurrió mucho tiempo, seis meses por lo menos, sin que la nariz delnotario sufriese la menor novedad digna de especial mención. Pero un díaen que nuestro funcionario descifraba, en compañía de su oficial mayor,los pergaminos de una noble y rica familia, rompiéronsele por la mitadlas gafas, y cayeron sobre la mesa.

Este pequeño accidente no le causó grandes molestias.

Púsoseprovisionalmente unos quevedos con resorte de acero, e hizo cambiar elarmazón de sus gafas en el muelle de los Plateros. Su óptico, M. Luna,apresurose a pedirle mil perdones, enviándole unas gafas nuevas, que serompieron también por igual sitio antes de transcurrir veinticuatrohoras.

Otras terceras sufrieron la misma suerte; trajeron por cuarta vez otrasnuevas, y les ocurrió en seguida otro tanto. El óptico no sabía ya cómoexcusarse. En el fondo de su alma, hallábase persuadido de que M.L'Ambert tenía la culpa de todo.

—Este señor no es razonable—decía a su mujer, mostrándole los estragosde los cuatro últimos días;—usa gafas del número 4, que sonforzosamente muy pesadas; quiere por coquetería una montura muyliviana, y tengo la seguridad de que trata a sus gafas como si fueran dehierro forjado. Si le hago la menor observación se enfadará; lo mejorserá que le envíe otras nuevas con la montura más recia, sin decirle unapalabra.

La señora de Luna encontró la idea excelente; pero las quintas gafascorrieron la misma suerte que las cuatro precedentes. Esta vez, M.L'Ambert montó en cólera, a pesar de no habérsele hecho ningunaobservación, y mandó a buscar otras gafas a un establecimiento rival.

Pero hubiérase dicho que todos los ópticos de París se habían puesto deacuerdo para que se rompiesen sus gafas en la nariz del pobremillonario. Nada menos que doce sufrieron igual suerte, unas tras otras.Y lo más maravilloso del caso era que los lentes de resorte de acero,que reemplazaban a las gafas durante los interregnos, manteníansevigorosos y firmes.

Ya sabéis que la paciencia no era la virtud favorita de M.

AlfredoL'Ambert. Hallábase un día furioso, pateando sobre unas gafas,haciéndolas pedazos con sus tacones, cuando le anunciaron la visita deldoctor Bernier.

—¡Demontre! llegáis a tiempo—exclamó el notario, colérico.—¡Estoy,por lo visto, hechizado! ¡el diablo ha tomado posesión de mi persona!

Las miradas del doctor fijáronse en seguida en la nariz de su cliente;pero encontrándola, al parecer, sana, de buen aspecto, y fresca como unarosa.

—Me parece—observó,—que marcha todo muy bien.

—De salud, sí, en efecto: me encuentro perfectamente; pero estas gafasendiabladas no hay forma de que se mantengan enteras.

Y refirió al doctor toda la historia.

Este se quedó pensativo, y dijo al cabo de un rato:

—El auvernés anda por medio. ¿Tenéis aquí alguna de las monturas rotas?

—Debajo de mis pies tengo la última.

Recogiola M. Bernier, examinola con una lente, y le pareció que el oroestaba como argentado en los alrededores del sitio de la rotura.

—¡Diablo!—exclamó.—¿Habrá hecho Romagné alguna calaverada?

—¿Qué calaveradas queréis que haya hecho?

—¿Le tenéis todavía en vuestra casa?

—No; el pillo me ha abandonado. Trabaja en la ciudad.

—Espero, sin embargo, que esta vez habréis conservado sus señas.

—Sin duda. ¿Queréis verle?

—Cuanto antes.

—¿Hay algún peligro tal vez? ¡Yo me hallo perfectamente!

—Vamos, por lo pronto, a casa de Romagné.

Un cuarto de hora después nuestros dos personajes descendían a la puertade los señores Taillade y Compañía, en la calle de Sèvres. Una ampliamuestra, fabricada con trozos de cristal azogado, indicaba claramente elgénero de industria a que se dedicaba la casa.

—Henos aquí—dijo el notario.

—¡Cómo! ¿está empleado el auvernés en este establecimiento?

—Sin duda alguna: yo mismo le he buscado esta colocación.

—Vamos, el mal no es tan grande como llegué a suponer.

Pero, de todasmaneras, habéis cometido una imprudencia imperdonable.

—¿Qué queréis decir?

—Entremos.

La primera persona que encontraron en el interior del edificio fue alauvernés, en mangas de camisa, los puños arremangados, azogando la lunade un espejo.

—¡Hola!—exclamó el doctor,—lo que yo había previsto.

—¿Pero qué?

—Que se azogan las lunas con una capa de mercurio aprisionada bajo unahoja de estaño, ¿comprendéis?

—Todavía no.

—Vuestro animal tiene los brazos embadurnados de mercurio hasta loscodos; ¿qué digo? hasta las axilas.

—Mas no veo la relación...

—¿No veis que, siendo vuestra nariz una fracción de su brazo, yposeyendo el oro una deplorable tendencia a amalgamarse con el mercurio,jamás podréis evitar que se os rompan vuestras gafas?

—¡Demontre!

—Tenéis, sin embargo, el recurso de usar gafas con montura de acero.

—Me es lo mismo.

—En ese caso, no corréis peligro alguno, salvo, quizás, algunosaccidentes mercuriales.

—¡Ah, no! Prefiero que Romagné trabaje en otra cosa. ¡Ven, Romagné!Deja lo que estás haciendo y vente con nosotros al instante. ¿Quieresacabar de una vez, pedazo de zopenco? ¿No sabes a lo que me expones?

Habiendo acudido el dueño del taller al escuchar el rumor de laconversación, dio el notario su nombre, con tono bastante infatuado, yrecordó que él había recomendado a aquel hombre por mediación de sutapicero. M. Taillade respondió que lo recordaba muy bien, y explicoleque, para hacerse agradable a M. L'Ambert, y captarse su benevolencia,había promovido al auvernés de peón de albañil a azogador.

—¿Hace quince días de eso?—preguntole el notario.

—Sí, señor, ¿lo sabíais ya?

—¡Demasiado, por desgracia! ¡Ah, señor! ¿cómo puede jugarse con cosastan sagradas?

-¿Yo...?

—No, nada. Pero por mí, por vos, por la sociedad toda entera, ponedlenuevamente a trabajar de albañil; pero no, mejor será que me lodevolváis; me lo llevaré conmigo. Pagaré lo que sea necesario, pero eltiempo apremia. ¡Prescripción facultativa!...

Romagné, amigo mío, espreciso que me sigáis. Habéis hecho vuestra fortuna; ¡cuanto tengo ospertenece!... ¡No! pero venid de todos modos; ¡os juro que no quedaréisdescontento de mí!

Y sin dejarle apenas tiempo para cambiarse de traje, llevóselo comoarrebata el ave de rapiña a su presa. M. Taillade y sus obrerostomáronle por un loco. El bueno de Romagné levantaba los ojos al cielo,y se preguntaba qué querrían de él otra vez.

Su destino fue decidido durante el camino, mientras él cazaba moscas allado del cochero.

—Mi querido cliente—decía el doctor al millonario,—es preciso que noperdáis nunca de vista a ese muchacho.

Comprendo que le hayáis arrojadode vuestra casa, porque, a decir verdad, su trato no debe ser muyagradable; pero no debisteis alejarle tanto, ni pasar tanto tiempo sinprocuraros noticias de él. Alojadle en la calle de Beaune, o en la de laUniversidad, próximo a vuestro hotel. Dedicadle a un oficio menospeligroso para vos, o mejor, si queréis, pasadle una pequeña pensión sindarle ningún oficio: si trabaja, se fatiga y se expone. No conozcooficio alguno en que el hombre no exponga su piel ¡es tan fácil, pordesgracia, un accidente! Dadle lo suficiente para que pueda vivir sinhacer nada. ¡Guardaos bien, sin embargo, de tenerle en la abundancia!Volvería a beber, y ya sabéis las consecuencias fatales que os reporta avos ese vicio.

Con cien francos al mes, y la casa pagada, creo quetendrá suficiente.

—Tal vez sea demasiado... no porque me parezca la cantidad excesiva,sino porque preferiría darle de comer sin que pudiera emplear un solocéntimo en vino.

—Dadle, pues, cuatro luises, pagados en cuatro plazos: los martes decada semana.

Ofrecieron a Romagné una pensión de ochenta francos mensuales, pero elauvernés respondió con desprecio, rascándose la oreja:

—¿Ochenta francos nada menos? ¡Para eso no valía la pena que mearrancaseis de la calle de Sèvres! Allí ganaba tres francos y mediodiarios, y enviaba dinero a mi familia. Dejadme trabajar en los espejos,o dadme tres francos y medio.

Y no hubo más remedio que acceder, puesto que era el dueño de lasituación.

Pronto comprendió el notario que había adoptado el partido más prudente.El año transcurrió sin accidente alguno. Se pagaba a Romagné todas lassemanas, y se le vigilaba diariamente. Vivía honradamente, llevando unaexistencia tranquila, sin más pasión que el juego de bolos. Y loshermosos ojos de la señorita Irma Steimbourg se posaban con visiblecomplacencia sobre la rosada nariz del dichoso millonario.

Los dos jóvenes bailaron juntos todos los cotillones del invierno; poreso el mundo daba ya por descontada su boda. Una noche, a la salida delTeatro Italiano, el anciano marqués de Villemaurin detuvo en elperistilo a L'Ambert.

—Y bien, amigo mío—le dijo,—¿cuándo celebráis vuestras bodas?

—Pero, señor marqués, si es la primera noticia que tengo sobre eseparticular.

—¿Esperáis, por ventura, que os pidan vuestra mano? ¡Al hombre tocahablar, qué demontre! El joven duque de Lignant, un verdadero caballeroy un excelente muchacho, no ha esperado a que yo le ofreciese mi hija:ha venido, ha agradado, y se acabó.

De hoy en ocho días firmaremos elcontrato. Ya sabéis, querido amigo, que es asunto que os atañe.Permitidme que acompañe a esas señoras hasta el coche, y nos acercaremosal círculo. Por el camino hablaremos. Pero cubríos, ¡qué diablo! Nohabía visto que permanecíais con el sombrero en la mano. ¡Cuando menosse piensa se atrapa un resfriado!

El anciano y el joven caminaron del brazo hasta el bulevar, uno hablandoy el otro prestándole atención. Y L'Ambert entró en su casa dispuesto aredactar el contrato de matrimonio de la señorita Carlota Augusta deVillemaurin. Pero había pillado un terrible constipado, que no lepermitió hacer nada. El acta fue redactada por su oficial mayor,revisada por los encargados de los negocios de ambas familias, ytranscrita, por último, en un elegante cuaderno de papel timbrado, en elque no faltaban más que las firmas.

Llegado el día, M. L'Ambert, esclavo de sus deberes, trasladose enpersona al hotel de Villemaurin, a pesar de una persistente coriza queamenazaba saltarle los ojos de sus órbitas.

Sonose las narices porúltima vez en la antecámara, y los lacayos temblaron en sus asientoscual si hubiesen oído la trompeta del juicio final.

Un criado anunció a M. L'Ambert. Llevaba puestas sus costosas gafas deoro, y sonreía gravemente, cual convenía en semejantes circunstancias.

Con su historiada corbata, sus guantes impecables, sus zapatos de baile,el sombrero debajo del brazo izquierdo, y el contrato en la manoderecha, fue a presentar sus respetos a la marquesa, atravesó conmodestia el círculo formado por los que la rodeaban, inclinose anteella, y le dijo:

—Cheñora marquecha, aquí teneich el contrato de boda de vuechtracheñorita hija.

La señora de Villemaurin fijó en él sus ojos espantados. Un ligeromurmullo elevose entre los circunstantes. M. L'Ambert saludó de nuevo, yañadió:

—¡Dioch mío! cheñora marquecha, que día tan felich va a cher echte paratodoch!

Una mano vigorosa asiole por el brazo izquierdo, haciéndole girar sobresí mismo. Volviose, y reconoció al marqués.

—Mi querido notario—le dijo éste, arrastrándole hasta un rincón,—elcarnaval permite indudablemente muchas cosas; pero recordad quien sois,y cambiad de tono si os place.

—Pero, cheñor marquech...

—¡Otra vez!... Ya veis que soy paciente, pero os ruego no abuséis.Excusaos ante la marquesa, leednos el contrato de boda, y buenas noches.

—¿Pero de qué he de echcucharme, y por qué echach buenach nochech?¡Cualquiera diría que he cometido una torpecha, cheñor mío!

El marqués no le respondió una palabra; pero hizo señas a los criadosque circulaban por el salón. Entreabriose la puerta, y escuchose una vozque gritaba en la antecámara:

—¡La servidumbre del señor L'Ambert! Aturdido, confuso, fuera de sí, elpobre millonario salió haciendo reverencias en todas direcciones y notardó en encontrarse en su carruaje, sin saber por qué ni cómo. Segolpeaba la frente, se arrancaba los cabellos y se pegaba pellizcos enlos brazos para despertarse a sí mismo, por si, como creía, era juguetede un sueño. Pero no; no dormía; veía la hora que marcaba su reloj, leíalos nombres de las calles, a la claridad de las luces del gas, yreconocía las muestras de los establecimientos. ¿Qué había dicho? ¿Quéhabía hecho?

¿Qué conveniencias había violado? ¿Qué inconveniencia o quémajadería suya podía haber dado lugar a que le tratasen de aquel modo?Porque, en fin, la duda no era posible: en la casa del señor deVillemaurin lo habían puesto de patitas en la calle. ¡Y el contrato dematrimonio estaba allí, en su mano! ¡aquel contrato redactado con tansingular esmero, en tan brillante estilo, y cuya lectura no había sidoescuchada!

Sin haber podido dar con la solución a aquel problema, encontrose en elpatio de su hotel. El rostro de su portero inspiróle una idea luminosa.

—¡Chinguet!—gritó.

El escuálido Singuet no se hizo llamar otra vez.

—Chinguet, te daré chien francoch chi me dichech la verdad; y chienpuntapiech chi me ocultach alguna cocha.

Singuet le miró con sorpresa, y sonrió con timidez.

—¡Chonríech, dechalmado! ¿por qué? ¡Contechta encheguida!

—¡Dios mío!—dijo el pobre diablo;—el señor dispensará...

que me hayapermitido... pero el señor imita perfectamente el acento de Romagné.

—¡El achento de Romagné! ¿quién? ¡yo! ¿Hablo como un auvernech?

—Demasiado lo sabe el señor. Hace ya ocho días de esto.

—¿Pero qué echtach dichiendo, pollino? ¿cómo he de chaber yo una cochachemejante?

Singuet elevó los ojos al cielo, pensando que su amo se había vueltoloco; pero M. L'Ambert, aparte de aquel maldito acento, gozaba de laplenitud de todas sus facultades. Interrogó por separado a toda suservidumbre, y se persuadió de su desgracia.

—¡Ah, infame aguador!—exclamaba,—¡ah, criminal! Echtoy cheguro deque habrá hecho alguna majadería. Que vayan a buchcarle; pero no, quevoy a buchcarle yo michmo.

Corrió a pie hasta la casa de su protegido, subió a saltos hasta elquinto piso, llamó sin lograr despertarle, y, enfurecido y colérico, noencontrando otro expediente, forzó a empujones la puerta de lahabitación.

—¡Cheñor L'Ambert!—exclamó Romagné.

—¡Tunante de auvernech!—respondiole el notario.

—¡Cheñor mío!

—¡Chinvergüencha!

Ya eran dos a destrozar el idioma.

La discusión prolongose por espacio de más de un cuarto de hora, enmedio de la mayor algarabía, sin que se aclarase el misterio. El uno sequejaba amargamente, como víctima; el otro se defendía diciendo que erainocente.

—Echpérame aquí—dijo, para acabar M. L'Ambert.—M.

Bernier, el médico,me dirá echta noche michma lo que hach hecho.

Despertó a M. Bernier, y le refirió, con la consabida che, cuanto lehabía ocurrido aquella noche.

—Mucho ruido y pocas nueces—le contestó el doctor, riendo de buenagana.

—Romagné es inocente; la culpa es toda vuestra.

Permanecisteis con lacabeza descubierta a la salida de los Italianos: de ahí procede todo elmal. Padecéis un fuerte ataque de coriza, y habláis por la nariz: poreso os expresáis en auvernés. Esto es muy lógico. Volved a vuestra casa,aspirad bastante acónito, conservad los pies calientes y la cabezaabrigada y, en lo sucesivo, adoptad toda clase de precauciones contralos constipados, pues ya sabéis cuáles han de ser para vos susconsecuencias.

El desdichado notario regresó a su hotel maldiciendo como un condenado.

—De manera—pensaba;—que mis precauciones resultan infructuosas. Pormucho que me esmere en mantener y vigilar a ese bellaco de aguador, mejugará constantes trastadas, y seré siempre su víctima, sin poderleacusar nunca de nada; ¿a qué entonces, tantos gastos? Se acabó: ya estoycansado: economizaré su pensión.

Y dicho y hecho. Al día siguiente, cuando el pobre Romagné vino, todavíaaturdido, a cobrar la pensión de la semana, lo echó a la calle Singuet,y anunciole que no harían nada por él en lo sucesivo. Encogiose dehombros el auvernés, a fuer de hombre que, sin haber leído las epístolasde Horacio, practica el Nil admirari por instinto. Singuet, que loquería bien, preguntole a qué pensaba dedicarse, contestándole él quebuscaría trabajo. Al fin y al cabo, aquella forzada ociosidad le aburríademasiado.

M. L'Ambert sanó de su coriza y alegrose de haber borrado de supresupuesto la partida correspondiente a Romagné. Ningún otro accidentevino a interrumpir después el curso de su dicha.

Hizo las paces con elmarqués de Villemaurin y con toda su clientela del faubourg, a la quehabía escandalizado bastante.

Libre de toda inquietud, pudo abandonarse,feliz, por la dulce pendiente que le conducía, sobre rosas, hacia ladote de la señorita Steimbourg. ¡Afortunado L'Ambert! le abrió sucorazón de par en par, y mostrole los sentimientos legítimos y puros quelo llenaban por completo. La bella y avisada muchacha tendiole la mano ala inglesa, y le dijo con desparpajo:

—Negocio concluido. Mis padres están de acuerdo conmigo; ya os daré misinstrucciones para la canastilla de boda.

Procuremos abreviar todas lasformalidades para poder marcharnos a Italia antes de que termine elinvierno.

El amor prestole sus alas. Compró, sin regatear, la canastilla,encomendó a los tapiceros la tarea de alhajar el cuarto de su señora,encargó un coche nuevo, eligió dos caballos alazanes de la más rarabelleza, y aligeró la publicación de las amonestaciones. El banquete dedespedida de soltero que ofreció a sus camaradas, inscrito está conletras de oro en los fastos del Café Inglés. Sus amantes recibieron supostrer adiós, y sus correspondientes brazaletes, con mal contenidaemoción.

Los partes de casamiento anunciaban que la bendición nupcial tendríaefecto el día 3 de marzo, a la una en punto, en la iglesia de SantoTomás de Aquino. Inútil parece advertir que se había colgado el altar yse había engalanado el templo como en las bodas de primera categoría.

El día 3 de marzo, a las ocho de la mañana, despertose espontáncamenteL'Ambert, sonrió satisfecho a los primeros rayos del sol que penetraronalegres por su entreabierta ventana, tomó el pañuelo de debajo de laalmohada, y se lo llevó a la nariz a fin de esclarecer sus ideas. Peroel pañuelo de batista sólo encontró el vacío: la nariz ya no existía.

El notario fue de un salto a mirarse en el espejo. ¡Horror y maldición!como dicen en las novelas de la antigua escuela. Se vio tan desfiguradocomo el día que volvió de Parthenay. Correr a su lecho, registrarcobertores y sábanas, mirar por detrás de la cama, sondar los colchonesy el somier, sacudir los muebles próximos, y poner patas arriba cuantacosa había en el cuarto, fue obra de pocos instantes.

¡Pero nada! ¡nada! ¡nada!

Colgose del cordón de la campanilla, pidió auxilio a sus criados y juróecharlos a todos, como a perros, si no encontraban la nariz. ¡Inútilamenaza! La nariz era más imposible de encontrar que la Cámara de 1816.

Dos horas transcurrieron en medio de la agitación, el desorden y elruido.

Y entretanto, el señor de Steimbourg se vestía su levita gris conbotones de oro; la señora de Steimbourg, en traje de gran gala, dirigíaa dos doncellas y tres modistas, que iban y venían y giraban sin cesaren torno de la bella Irma. La blanca novia, embadurnada en polvos dearroz, como un pez antes de ser introducido en la sartén, temblaba deimpaciencia y maltrataba a todo el mundo con admirable imparcialidad. Yel alcalde del distrito décimo, con su faja reglamentaria, paseábase porun gran salón

vacío

preparando

una

improvisación.

Y

los

mendigosprivilegiados de Santo Tomás de Aquino expulsaban a cajas destempladas ados o tres intrigantes, llegados de no sé dónde, con objeto dedisputarles sus limosnas. Y M. Enrique Steimbourg, que mascaba uncigarro, hacía ya media hora, en el fumador de su padre, extrañábase deque su querido Alfredo no hubiese llegado aún.

Por fin perdió la paciencia, corrió a la calle de Sartine, y encontró asu futuro cuñado lleno de desesperación y de lágrimas. ¿Qué podíadecirle, para consolarle, de semejante desgracia? Paseose largo rato entorno suyo, repitiendo sin cesar:

—¡Demonio! ¡demonio! ¡demonio!

Se hizo referir dos veces el fatal acontecimiento, e intercaló en laconversación algunas sentencias filosóficas.

¡Y el maldito cirujano sin venir! Habían ido a avisarle con urgencia, asu casa, al hospital, a todas partes. Llegó por fin, y comprendió aprimera vista que Romagné había muerto.

—Lo sospechaba—exclamó el notario, llorando con mayor amargura, si esposible.—¡Bestia de Romagné! ¡Criminal!

Esta fue la oración fúnebre del desdichado auvernés.

—Y ahora, doctor, ¿qué haremos?

—Buscar otro Romagné, y repetir la operación; pero ya habéisexperimentado los inconvenientes de este sistema, y, si queréis creerme,será mucho mejor que recurramos al método indio.

—¿A cortarme la piel de la frente? ¡eso jamás! Prefiero mandarme haceruna nariz de plata.

—Hoy día se fabrican bien elegantes, por cierto—dijo el doctor.

—Resta saber si la señorita Irma consentiría en dar su mano a uninválido con la nariz de plata. Enrique, amigo mío, ¿qué os parece?

Agachó Enrique Steimbourg la cabeza, y nada respondió.

Fuese a comunicarla noticia a su familia y a recibir órdenes de su hermana. Irma adoptóun gesto heroico al saber la desgracia de su prometido.

—¿Os imagináis—exclamó,—que me caso con el notario por su cara? ¡Paraeso me hubiera casado con mi primo Rodrigo, que, aunque menos rico, esmucho más guapo que él! Doy mi mano a M. L'Ambert porque es un hombregalante, que ocupa una posición envidiable en el gran mundo; por sucarácter, sus caballos, su hotel, su talento, su sastre; todo en él meagrada y me encanta. Por otra parte, ya estoy vestida de novia, y, de noverificarse el matrimonio, padecería mi reputación. Corramos a su casa,madre mía; ¡lo aceptaré tal cual es!

Pero cuando se halló presencia del mutilado, cesaron sus entusiasmos.Desplomose desmayada, y, cuando recobró el conocimiento, rompió a llorarcopiosamente.

En medio de sus sollozos, oyose un grito que parecía partir de lo másprofundo del alma:

—¡Oh, Rodrigo!—exclamó,—¡que injusta he sido contigo!

M. L'Ambert permaneció soltero. Hízose fabricar una nariz de plataesmaltada, cedió su bufete a su oficial mayor, y compró una casita, demodesta apariencia, cerca de los Inválidos. Algunos buenos amigosalegraron su morada. Proveyose de una bodega abundante y bien surtida, yse consoló como pudo. Las botellas más preciadas de Château-Yquen, y lasmejores cosechas de la hacienda Vougeot son para él.

—Poseo un privilegio sobre todos los demás hombres—suele decir aveces, bromeando;—¡puedo beber cuanto me venga en gana sin que se meenrojezca la nariz!

Ha permanecido fiel siempre a sus principios políticos: lee los buenosperiódicos, y hace votos por el triunfo de Chiavone; pero no le envíadinero. El placer de amontonar luises le produce una dicha incalculable.Vive entre dos vinos y entre dos millones.

Una noche de la semana pasada, en que caminaba despacio, con el bastónen la mano, por una de las aceras de la calle de Eblé, lanzóinopinadamente un grito de sorpresa. ¡La sombra de Romagné, vestido depana azul, habíase erguido ante él!

¿Era realmente su sombra? Las sombras no llevan nada, y ésta llevaba unacesta en la extremidad de un palo.

—¡Romagné!—gritole el notario.

El otro levantó la mirada, y respondió con su voz reposada y tranquila:

—¡Buenach nochech, cheñor L'Ambert!

—¡Hablas, luego vives!—dijo éste.

—Chiertamente que vivo.

—¡Miserable!... ¿qué has hecho de mi nariz?

Y, mientras se expresaba de este modo, habíale agarrado por el cuello, ylo sacudía bruscamente.

El auvernés desasiose con trabajo, y le dijo:

—¡Dejadme, por piedad, que no puedo defenderme! ¿No obchervaich quechoy manco? Cuando me chuprimichteich la penchión, coloquéme en eltaller de un mecánico, y hube de dejarme el brazo tomado en unengranaje!

FIN