La Nariz de un Notario by Edmond About - HTML preview

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Despojose vivamente de laropa que no consideró indispensable, arrojó sobre la hierba su fez rojoy su levita verde, y se arremangó hasta el codo las mangas de la camisa.Es de suponer que los turcos más dormidos se despierten al tintineo delas armas. Aquel grueso muchachote, cuya fisonomía no tenía nada depaternal, pareció transfigurarse. Su rostro se iluminó, sus ojoslanzaron rayos. Tomó un sable de manos del marqués, retrocedió dospasos, y entonó en idioma turco una improvisación poética que su amigoOsmán-Bey tuvo la amabilidad de anotar y traducirnos:

—Armado estoy para el combate; ¡Dios confunda al malvado que me ofende!La sangre se lava con sangre. Me heriste con la mano, yo te heriré conel sable. Tu rostro mutilado hará reír a las mujeres hermosas:Schelosser y Mercier, Thibert y Savile, te volverán la espalda condesprecio. Perderás para siempre el perfume de las rosas de Izmir. ¡QueMahoma me dé fuerzas, que el valor no tengo que pedírselo a nadie!¡Hurra! ¡que armado estoy para el combate!

Dicho esto, lanzose sobre su adversario, atacándole en tercia o encuarta, pues no entiendo una palabra de estas andanzas, ni él, ni suadversario, ni los testigos tampoco. Pero una oleada de sangre brotó dela punta del sable, unas gafas rodaron por el suelo, y el notario sintióaligerada su cabeza del peso de su nariz.

Quedábale aún de ella unaparte para muestra, mas, tan insignificante, que no merece la pena deque la mencionemos siquiera.

M. L'Ambert se dejó caer de espaldas, y se levantó otra vez en seguidapara echar a correr, con la cabeza agachada, como un ciego o como unloco. En aquel preciso momento, un cuerpo opaco cayó desde lo alto deuna encina. Un minuto después, presentose un hombrecillo enteco, con elsombrero en la mano, seguido de un lacayo de gran librea. Era M.Triquet, médico municipal de Parthenay.

—¡Bien venido seáis, digno señor Triquet! Un ilustre notario de Parísprecisa vuestros servicios con urgencia. Colocaos nuevamente vuestrograsiento sombrero sobre vuestro cráneo pelado, enjugaos las gotas desudor que brillan sobre vuestros rojos carrillos, como el rocío sobredos peonías en flor, y haceos quitar cuanto antes las manchasrelucientes de vuestro respetable traje negro!

Pero el buen hombre estaba demasiado emocionado para entrar en funcionessin demora. Hablaba a tontas y a locas, con voz temblorosa y jadeante.

—¡Bondad divina!...—decía.—Dios os guarde, señores; reconózcanme comoun nuevo servidor. ¿Acaso está permitido ponerse de esta manera? ¡Estoes una mutilación, demasiado bien lo veo! Decididamente, ya es tardepara tratar de reconciliaros: el mal no tiene remedio, ya está hecho.¡Ah, señores, señores! ¡la juventud jamás dejará de ser joven! Yotambién estuve a punto de dejarme arrastrar por el criminal deseo demutilar o destruir a un semejante. Fue en 1820. ¿Y qué hice, señoresmíos? Pues darle toda clase de excusas. De excusas, sí, y me jacto muchode ello, y con tanto más motivo cuanto que toda la razón estaba de miparte. ¿No habéis leído, por ventura, las admirables páginas de Rousseaucontra el duelo? Son verdaderamente irrefutables: un trozo admirable decrestomatía moral y literaria. Y observad que Rousseau no dijo todavíaen este asunto la última palabra. Si hubiese estudiado el cuerpo humano,esta obra maestra de la creación, esta imagen admirable de Dios sobre latierra, habría demostrado, sin duda, que es gran pecado destruir unconjunto tan perfecto. Y no lo digo, en verdad, por la persona que harecibido el golpe. ¡Dios me libre de tal cosa! ¡Tendría, sin duda,razones poderosas que respeto! ¡Pero si se supiese cuánto trabajo noscuesta a los pobrecitos médicos el curar la más insignificante herida!Cierto que de eso vivimos, y de las enfermedades; pero, a pesar de todo,preferiría privarme de muchas cosas y no comer nada más que una tajadade tocino y un trozo de pan moreno, a tener que ser testigo de lossufrimientos del prójimo.

El marqués interrumpió sus clamores.

—Vaya, doctor—le dijo,—que la ocasión no es la más oportuna parafilosofar. Este hombre se desangra como un buey, y es preciso, antetodo, tratar de contener la hemorragia.

—Sí,

señor—replicó

vivamente

el

medicucho,—¡la

hemorragia! esa es laverdadera palabra. Felizmente, todo lo tengo previsto. He aquí un frascode agua hemostática, preparada según la fórmula de Brocchieri; yo laprefiero a la de Lechelle.

Y se dirigió, con el frasco en la mano, hacia M. L'Ambert, que se habíasentado al pie de un árbol y sangraba con tristeza.

—Caballero—le dijo entre profundas reverencias,—podéis creerme quelamento sinceramente el no haber tenido el honor de conoceros conocasión de un acontecimiento menos desagradable que este.

Levantó melancólicamente la cabeza el señorito L'Ambert, y contestolecon acento dolorido:

—Doctor, ¿perderé la nariz?

—No, señor, no la perderéis. ¡Válgame Dios, caballero!

¿cómo podríaisperderla de nuevo, si la habéis perdido ya?

Y mientras se expresaba de esta suerte, vertía el agua de Brocchierisobre una compresa.

—¡Cielos!—exclamó de repente,—tengo una idea, caballero.

Puedoresponderos del órgano tan útil como agradable que acabáis de perder.

—¡Hablad pronto, por favor! Mi fortuna será entera para vos.

¡Ah,doctor! antes que vivir desfigurado de esta suerte, es preferible morir.

—Eso suele decirse... ¡pero vamos a ver! ¿dónde está el trozo de narizque os han cortado? No soy yo un cirujano de los vuelos de M. Velpeau, ode M. Huguier; pero trataré de hacer volver las cosas a su primitivoestado.

El señorito L'Ambert levantose precipitadamente, y corrió al lugar de lalucha, seguido del marqués y de M. Steimbourg. Los turcos, que sepaseaban juntos y cariacontecidos, porque el fuego de Ayvaz-Bey habíaseextinguido en un segundo, aproximáronse también a sus antiguosenemigos. Hallose sin trabajo el lugar donde los combatientes habíanpisoteado la fresca y naciente hierba; recuperáronse las gafas de oro,pero las narices del notario no hubo forma de encontrarlas. En cambio,vieron un gato, el horrible gato blanco con manchas rojizas, que serelamía con placer los labios ensangrentados.

—¡Maldición!—exclamó el marqués, señalando al animal.

Todo el mundo comprendió el gesto y la exclamación.

—¿Será tiempo todavía?—preguntó el notario.

—Tal vez—contestó el médico.

Y todos corrieron hacia el gato. Pero el astuto animal no estaba pordejarse cazar, y corrió a su vez como alma que lleva el diablo a sustalones.

Jamás había visto el pequeño bosque de Parthenay, ni volverá a vertampoco, una caza semejante. Un marqués, un agente de cambio, tresdiplomáticos, un médico de aldea, un lacayo con gran librea y un notariosangrando en su pañuelo, lanzáronse a carrera abierta tras un miserablegato. Corriendo, gritando, arrojándole piedras, ramas secas, y cuantosobjetos encontraban al alcance de sus manos, atravesaron los caminos ylos claros, y se internaron, bajando la cabeza, en los sitios másespesos del bosque.

Ya

agrupados,

ya

dispersos;

unas

veces

escalonadossobre una línea recta, y otras formando círculo alrededor de la bestia;apaleando las malezas, sacudiendo los arbustos, trepando a los árboles,destrozándose el calzado con las raíces y troncos, y dejándose jironesde ropa entre las ramas de los arbustos, arrollábanlo todo como unatempestad; pero el gato endiablado corría más que el viento. En dosocasiones lograron encerrarlo en un círculo, y otras tantas logróescapar, forzando el cerco. Un momento pareció como rendido de fatiga yde dolor, al caer de costado por querer saltar de un árbol a otro,siguiendo el camino de las ardillas. El lacayo de M. L'Ambert lanzoseveloz sobre él, alcanzolo en pocos saltos y lo agarró por la cola. Peroel tigre en miniatura conquistó su libertad mediante un terriblezarpazo, y escapó fuera del bosque.

Entonces comenzó la persecución a través de la llanura. Si largo era elcamino que llevaban ya recorrido, inmensa era la planicie que, en formade tablero de ajedrez, se extendía delante de los cazadores y de sucodiciada presa.

El calor era sofocante; gruesos nubarrones negros se amontonaban poroccidente; el sudor corría copioso por todas las frentes; pero nada fuecapaz de detener el furor de aquellos ocho hombres.

M. L'Ambert, lleno todo de sangre, no cesaba de animar a sus compañeroscon el gesto y con la voz. Los que nunca han visto a un notariocorriendo tras sus narices no podrán hacerse cargo de su ardor. ¡Adiósframbuesas y fresas! Por dondequiera que pasaba el alud, quedaba lacosecha apabullada, destruida, aniquilada; todo eran flores mustias,brotes rotos, ramas tronchadas, tallos pisoteados. Sorprendidos loscampesinos por la invasión de aquel azote nunca visto, arrojaban lasregaderas, llamaban a sus vecinos, reclamaban el auxilio de los guardiasrurales, exigían que les indemnizasen los daños y perjuicios, ylanzábanse en persecución de los cazadores.

¡Victoria! ¡el gato ya está preso! Hase arrojado a un pozo.

¡Cubos!¡cuerdas! ¡escalas! Todos abrigan la esperanza, la casi seguridad derecuperar las narices del señorito L'Ambert intactas o poco menos. Mas¡ay! que este pozo no es un pozo como todos los demás. Es la boca de unacantera abandonada cuyas galerías forman una vasta red de más de diezleguas, y se extienden en todas direcciones, hallándose en comunicacióncon las catacumbas de París.

Se pagan sus honorarios a M. Triquet; se abonan a los campesinos lasindemnizaciones que exigen, y se emprende el regreso a Parthenay, bajouna lluvia torrencial.

Antes de subir al carruaje, Ayvaz-Bey, mojado como un pato, y yarecuperada la calma por completo, vino a ofrecer su mano a M. L'Ambert.

—Caballero—le dijo,—lamento sinceramente que mi obstinación hayallevado las cosas hasta este extremo. La Tompain no vale una gotasiquiera de la sangre vertida por su culpa, y hoy mismo rompo con ella,pues no podría verla sin pensar en la desgracia que ha causado. Soistestigo de que he hecho cuanto me ha sido posible, como asimismo estosseñores, por devolveros lo perdido. Ahora, permitidme esperar que esteaccidente no sea del todo irreparable. El médico de esta aldea nos harecordado que existen en París cirujanos más hábiles que él; creo haberoído decir que la cirugía moderna poseía secretos infalibles pararestaurar las partes del cuerpo humano mutiladas o perdidas. M. L'Ambertaceptó, con el humor que pueda suponerse cualquiera, la mano que letendía su rival, y se hizo conducir al faubourg Saint-Germain encompañía de sus dos amigos.

III

DONDE DEFIENDE EL NOTARIO SU PELLEJO CON MÁS

ÉXITO

El cochero de Ayvaz-Bey era un hombre dichoso si los hay.

Aquel bribónempedernido fue menos sensible a la propina de cincuenta francos que alplacer de haber conducido a su cliente a la victoria.

—¡En verdad que me agrada la manera que tenéis de arreglar a laspersonas!—le dijo al bueno de Ayvaz.—Bueno es saber cómo las gastáis.Si alguna vez os piso un pie, me apresuraré a pediros mil perdones enel acto. Ese pobre señor se verá negro si quiere tomar rapé. ¡Vamos,vamos! si alguien vuelve alguna vez a sostener ante mí que los turcosson unos torpes, ya sabré qué responderle. ¿No os dije que os daríabuena suerte? Eso me sucede siempre. Conozco, en cambio, un viejo que leocurre lo contrario: da siempre la mala pata a sus clientes. Ni porcasualidad conduce una vez sola al terreno del honor a nadie que salgaileso... ¡Arre, pajarita! ¡vamos, que conduces a un héroe! ¡Hoy teenvidiarían los caballos de los césares de Roma!

Estas burlas crueles no lograron desarrugar el entrecejo de los turcos,y el cochero, en vista de que sus palabras no hacían gracia, adoptó elprudente partido de callarse.

En otro carruaje infinitamente más elegante y mucho mejor entroncado,lamentábase el notario en presencia de sus dos amigos.

—Todo concluyó para mí—les decía;—soy hombre muerto; no me queda otrorecurso que saltarme la tapa de los sesos.

¿Cómo presentarme de nuevo ensociedad, en la Opera, ni en ningún otro teatro? ¿Queréis que comparezcaante el mundo con esta cara grotesca y lamentable, que excitará en unosla risa y en otros la compasión?

—¡Bah!—respondiole el marqués,—la gente se acostumbra a todo. Y, enúltimo caso, si el mundo nos causa espanto, permanecemos en casa.

—¡Permanecer siempre en casa! ¡bonito porvenir! ¿Imagináis, porventura, que han de venir las mujeres a buscarme a domicilio, en elestado en que me encuentro?

—¡Os casaréis! He conocido a un teniente de coraceros que habíaperdido un brazo, una pierna y un ojo. Cierto que no era el terror delos maridos, ni el ídolo de las mujeres; pero se casó con una buenamuchacha, ni fea ni bonita, que lo quiso con toda su alma, y lo hizodichoso por completo.

No debió de parecerle al notario demasiado consoladora semejanteperspectiva, porque exclamó con acento desesperado:

—¡Oh, las mujeres! ¡las mujeres! ¡las mujeres!

—¡Demontre!—exclamó el marqués,—¡qué importancia concedéis a lasmujeres! ¡Ni que ellas lo fuesen todo! Hay en el mundo otras cosasagradables. ¡Se dedica uno a mirar por su salud, qué diablo! Aencarrilar su alma, a cultivar su espíritu, a hacer bien a su prójimo, allenar los deberes de su estado. ¡No es preciso poseer una narizprominente para ser buen cristiano, buen padre de familia y buennotario!

—¡Notario!—replicó él con amargura poco disimulada,—

¡notario! Enefecto, eso aun lo soy. Ayer era un hombre de mundo, un verdadero gentleman, y, hasta puedo decirlo prescindiendo de falsas modestias,un caballero cuyo trato se disputaban todos. Hoy sólo soy un notario. ¿Yquién sabe si lo seguiré siendo mañana? Una indiscreción del lacayobastaría para divulgar esta estúpida aventura. Con dos palabras que digacualquier periódico, la justicia se verá obligada a perseguir a miadversario, y a sus testigos, y a vosotros mismos, señores. Y

hemeentonces aquí conducido ante el tribunal correccional, y teniéndole quereferir dónde, cuándo y por qué he perseguido a la señorita VictorinaTompain. Suponed un escándalo semejante, y decidme si el notario podrásobrevivirle.

—Amigo mío—le dijo el marqués,—os asustáis de peligros imaginarios.Las gentes de nuestro mundo, de este mundo a que vos pertenecéistambién, poseen el derecho de rebanarse el cuello impunemente. Elministerio público cierra los ojos cuando se trata de nuestrasquerellas, y no hay justicia que valga.

Comprendo que se metan un pococon los periodistas, los artistas y otros seres de condición inferiorcuando se permiten tirar de la espada: conviene recordar a esas gentesque tienen puños para batirse, y que basta con creces esta arma paravengar la clase de honor que poseen. Pero porque un caballero seconduzca y proceda como tal, la justicia no tiene nada que decir, y nadadice.

Yo he tenido unos quince o veinte lances desde que dejé elservicio, y algunos, en verdad, bien desgraciados para mis adversarios;y, sin embargo, ¿habéis leído mi nombre alguna vez en la Gaceta de losTribunales?

M. Steimbourg hallábase menos ligado con M. L'Ambert que el marqués deVillemaurin; no tenía, como éste, todos sus títulos de propiedad en elestudio de la calle de Varneuil desde hacía cuatro o cinco generaciones.No conocía a aquellos dos caballeros más que del círculo y de la partidade whist, y tal vez también por algunos corretajes que le habían hechoganar. Pero era un buen muchacho y hombre de bastante talento, e hizo, asu vez, algunos razonamientos acertados al notario, para consolarle ensu aflicción. A su entender, M. de Villemaurin ponía las cosas peor delo que ya estaban: existían otros recursos. Decir a M.

L'Ambert quequedaría desfigurado para toda su vida, era desesperar demasiado prontode la ciencia.

—¿De qué nos serviría haber nacido en el siglo XIX, si el menoraccidente hubiera de ser, como antaño, un mal irreparable? ¿Quésuperioridad tendríamos entonces sobre los hombres de la Edad de Oro? Noblasfememos del nombre sacrosanto del progreso. La cirugía operatoria sehalla, gracias a Dios, más floreciente que nunca en la patria deAmbrosio Paré.

El buen doctor de Parthenay nos ha citado los nombres deciertos ilustres maestros que descuellan por la habilidad con quereparan con éxito las injurias que sufre el cuerpo humano. Ya estamos alas puertas de París; enviaremos a preguntar a la farmacia más próxima,y en ella nos darán la dirección de Velpeau o de Huguier; vuestro lacayoirá a buscar en seguida a cualquiera de estas dos eminencias, y os lotraerá a vuestra casa. Tengo la seguridad de haber oído decir que loscirujanos rehacen un labio, un párpado o una oreja: ¿es acaso másdifícil restaurar una nariz?

Por muy vaga que fuese esta esperanza, reanimó, sin embargo, al infeliznotario, que había dejado de sangrar hacía ya media hora. La idea devolver a ser lo que era y de reanudar el curso normal de su vida,prodújole una especie de delirio. ¡Qué verdad es que nadie sabe apreciarla dicha de estar completo hasta que no la ha perdido!

—¡Ah, amigos míos!—exclamó frotándose las manos de esperanza,—mifortuna pertenece al hombre que me cure. Por grandes que sean lostormentos que me esperen, los sufriré gustoso si me garantizan eléxito. ¡Ni el dolor ni los gastos me harán retroceder!

Animado de estos sentimientos llegó el notario a su casa de la calle deVerneuil, mientras buscaba su lacayo la dirección de los cirujanos máscélebres. El marqués y Steimbourg le condujeron a su cuarto, y sedespidieron de él, el uno para ir a tranquilizar a su mujer y a sushijas, que no le habían vuelto a ver desde la víspera, y el otro paracorrer a la Bolsa.

Solo consigo mismo, ante un espejo de Venecia que le mostraba sin piedadsu nueva imagen, cayó Alfredo L'Ambert en un abatimiento profundo. Aquelhombre fuerte, que no lloraba jamás en el teatro por ser cosa propia delas gentes del pueblo; aquel gentleman de frente bronceada, que habíaenterrado a sus padres con la impasibilidad más serena, lloró lamutilación de su bella persona, y se bañó en lágrimas de egoísmo.

Su lacayo vino a arrancarle de su amargo dolor prometiéndole la visitade M. Bernier, cirujano del Hospital, miembro de la Sociedad de Cirugíay de la Academia de Medicina, profesor de clínica, etc., etc. El criadohabía ido a buscar al más próximo, y no anduvo desacertado, porque M.Bernier, si bien no estaba a la altura de los Velpeau, los Manee y losHuguier, ocupaba un lugar muy honroso inmediatamente después de ellos.

—¡Que venga!—exclamó M. L'Ambert.—¿Por qué no está aquí ya? ¿Creen,por ventura, que me encuentro en situación de esperar?

Y se echó a llorar de nuevo. ¡Llorar en presencia de sus domésticos! ¿Esposible que un sablazo modifique en tales términos las costumbres de unhombre? Seguramente era preciso que el arma del buen Ayvaz, al cortarel canal nasal, hubiese conmovido el saco lagrimal y los tubérculosmismos.

Enjugose el notario los ojos para leer un grueso volumen en 12º, que lehabían traído con urgencia de parte de M.

Steimbourg. Era la Cirugíaoperatoria, de Ringuet, excelente manual enriquecido con unostrescientos grabados. M.

Steimbourg había comprado el libro, aldirigirse a la Bolsa, y se lo enviaba a su cliente para tranquilizarlesin duda.

Pero el efecto que le produjo su lectura fue muy otro de lo que se habíasupuesto. Cuando hubo hojeado el notario las primeras doscientaspáginas, y visto desfilar ante sus ojos la serie lamentable

deligaduras,

amputaciones,

resecciones

y

cauterizaciones, dejó caer ellibro y se echó en una butaca, apretando los ojos con horror. Mas estaprecaución no evitole seguir viendo pieles seccionadas, músculosseparados por pinzas, miembros seccionados a grandes tajos, huesosaserrados por manos de operadores invisibles. Los rostros de losoperados que se

ven

en

los

dibujos

anatómicos,

parecíanle

tranquilos,resignados, insensibles al dolor, y preguntábase si tal dosis de valorpodía ser compatible con la naturaleza de las almas humanas. Seguíaviendo, sobre todo, al cirujano de la página 89, todo vestido de negro,con un cuello de terciopelo en su levita. Este fantástico ser tiene lacabeza redonda y algo grande, la frente despejada, y asierra con esmeroy seriedad los dos huesos de una pierna viva.

—¡Monstruo!—exclamó, sin poder contenerse, M. L'Ambert.

Y en aquel mismo instante, vio entrar al monstruo en persona, y elcriado anunció a M. Bernier.

El notario retrocedió, reculando, hasta el rincón más oscuro de sucuarto, con los ojos desmesuradamente abiertos, la mirada extraviada, yextendiendo hacia adelante los brazos, como para rechazar a un enemigo.Castañeteando los dientes, murmuró con voz sofocada, como en las novelasde Javier de Montepin:

—¡Él! ¡él! ¡él!

—Caballero—dijo el doctor,—siento haberos hecho aguardar, y ossuplico que os calméis. Ya conozco el accidente de que acabáis de servíctima, y me atrevo a esperar que el mal tenga remedio. Pero nadapodremos hacer si tenéis miedo de mí.

La palabra miedo tiene siempre un sonido desagradable para los oídosfranceses. M. L'Ambert descargó con el pie un fuerte golpe sobre elsuelo, avanzó decididamente hacia el doctor, y le dijo con una risitademasiado nerviosa para ser natural.

—¡Vamos, doctor! tenéis, al parecer, ganas de broma. ¿Tengo cara, porventura, de cobarde? Si lo fuese, no me hubiera puesto en el trance estamañana de que me descompletasen mi pobre humanidad. Pero, mientras osestaba esperando, he hojeado un libro de cirugía, y acababa en estemomento de ver en él la figura de un cirujano que tiene cierto parecidocon vos, cuando, al entrar, me habéis hecho el efecto de un aparecido.Añadid a esta sorpresa las emociones sufridas esta mañana, y quién sabesi acaso también algún movimiento febril, y me perdonaréis lo que deraro hayáis notado en la acogida que os hice.

—¡En hora buena!—dijo M. Bernier, recogiendo el libro del suelo.—¡Ah!¡leíais a Ringuet! Es muy amigo mío. Recuerdo, efectivamente, que mehizo representar en un grabado, con arreglo a un croquis de Leveillé.Pero sentaos, por favor.

Calmose un poco el notario y refirió al doctor los acontecimientos de lajornada, sin echar en olvido el incidente del gato que, por decirlo así,habíale hecho perder por segunda vez su tan llorada nariz.

—Es una gran desgracia—observó el cirujano,—pero es posible repararlaen el término de un mes. Supuesto que tenéis en vuestro poder el librode Ringuet, poseeréis seguramente algunas nociones de cirugía.

M. L'Ambert confesó que no había llegado aún a ese capítulo.

—Pues bien—replicó M. Bernier,—voy a condensároslo en cuatropalabras. La rinoplastia es el arte de rehacer la nariz a losimprudentes que la han perdido.

—¿Pero es de veras, doctor?... ¿es posible ese milagro?...

¿Haencontrado la cirugía la manera de...?

—Ha encontrado tres sistemas nada menos. Descartemos el método francés,pues no lo considero aplicable al caso vuestro.

Si la pérdida desustancia fuese menos considerable, podría despegar los bordes de laherida, avivarlos, ponerlos en contacto y unirlos de primera intención.Mas no hay que pensar en esto.

—De lo que me alegro infinito—contestole el notario.—No podéisimaginaros, doctor, hasta qué punto la idea de heridas avivadas y debordes suturados me descomponen los nervios.

¡Examinemos otros mediosmás suaves, yo os lo ruego!

—La cirugía raramente procede con dulzura; pero, en fin, os queda laelección entre el sistema indio y el italiano. El primero consiste encortar en la piel de vuestra frente una especie de triángulo, con elvértice hacia abajo y la base hacia arriba, con el cual se fabrica lanueva nariz. Se despega este trozo de piel en toda su extensión, salvoel vértice inferior que debe permanecer adherido. Se le hace girar sobreeste vértice, a fin de que me quede siempre hacia fuera la epidermis, sele rebate hacia abajo y se cosen sus bordes a los de la herida. En otrostérminos, puedo haceros otra nariz bastante presentable a expensas devuestra frente. El éxito de la operación es casi cierto; pero siempreconservaréis en la frente una extensa cicatriz.

—No quiero cicatrices, doctor; no las quiero a ningún precio.

Os digomás, doctor (y perdonadme esta debilidad), desearía que, a ser posible,no me hicieseis ninguna operación. Acabo de sufrir una hace poco, demanos de ese turco condenado, y, para prueba, ya basta. Se me hiela lasangre al recordar la sensación solamente. Tengo tanto valor comocualquier otro hombre, mas tengo nervios también. La muerte no measusta, pero el sufrimiento me aterra. Matadme, si queréis, pero, ¡porDios no me cortéis más nada!

—Caballero—replicole el doctor, con cierto dejo de ironía,—

si talprevención sentís contra las operaciones, hubierais debido llamar a unmédico homeópata en vez de hacer venir a un cirujano.

—No os burléis de mí, doctor. No he sabido reprimirme ante la idea dela operación india. Los indios son salvajes y tienen una cirugía dignade ellos. ¿No habéis hablado también de un sistema italiano? No meagradan los italianos por su política. Son un pueblo ingrato, que haobservado la conducta más negra con sus legítimos amos; pero, en materiade ciencia, no siento ninguna prevención contra esos bribones.

—Muy bien—respondió el doctor,—optad, si os place, por el métodoitaliano. Da a veces resultados excelentes, pero exige una inmovilidad ypaciencia de la que tal vez no seáis capaz.

—Si sólo se trata de inmovilidad y paciencia, os respondo en absolutode mí.

—¿Sois capaz de permanecer, por espacio de treinta días, en unaposición extremadamente molesta?

—Sí.

—¿Con la nariz cosida al brazo derecho?

—Sí.

—En ese caso, os cortaré del brazo un trozo triangular de piel, dequince o diez y seis centímetros de longitud, por diez u once deanchura...

—¿Que me cortaréis a mí ese trozo de piel?

—Sin duda.

—¡Pero eso es espantoso, doctor! ¡desollarme vivo! ¡sacarme el pellejoa tiras! ¡eso es bárbaro, inhumano, propio de la Edad Media, digno sólode Shiloock, el judío de Venecia!

—Lo de menos es la herida del brazo. Lo difícil es permanecer cosido así mismo por espacio de treinta días.

—A mí sólo me horroriza el corte del escalpelo. Cuando se ha sentido yael frío de la hoja de acero al penetrar en la carne viva, se horripilauno al pensarlo. Una vez, y nada más, mi querido doctor.

—Siendo así, caballero, no hay nada que aquí exija mi presencia: Osquedaréis sin nariz para toda vuestra vida.

Esta especie de condena sumió al pobre notario en profundaconsternación, que le hizo recorrer la estancia a grandes pasos,mesándose los cabellos de su hermosa y rubia cabellera como un loco.

—¡Mutilado!—exclamaba,

llorando;—¡mutilado

para

siempre! ¡No hayremedio para mí! ¡Si existiese alguna droga, algún tópico misteriosocuya virtud devolviera la nariz a los que la han perdido, lo compraría apeso de oro! ¡Lo enviaría a buscar al fin del mundo! Hasta sería capazde fletar para ello un buque si no hubiera otro remedio. ¡Pero nada! ¿dequé me sirve ser rico? ¿de qué sirve que seáis un cirujano ilustre, sitoda vuestra habilidad y todos mis sacrificios no sirven absolutamentepara nada? ¡Riqueza, ciencia! ¡he aquí dos palabras hueras!

Pero M. Bernier le respondía de vez en cuando, con imperturbable calma:

—Permitidme que os corte un trozo de piel del brazo, y os reconstruiréla nariz.

M. L'Ambert pareció decidirse un instante. Quitose la levita yarremangose la manga de la camisa; pero cuando vio abierto el estuchedel cirujano, y brillaron ante sus aterrados ojos las hojas relumbrantesde treinta instrumentos de suplicio, palideció intensamente y sedesplomó, desmayado, sobre una butaca.

Algunas gotas de agua con vinagrele devolvieron el conocimiento, mas no la resolución.

—No pensemos más en esto—dijo recuperando la calma.—

Nuestrageneración posee toda clase de valores, mas se arredra ante el dolor. Esculpa de nuestros padres que nos han criado envueltos entre nubes dealgodón en rama.

Pocos instantes después, aquel joven, que profesaba los más religiososprincipios, púsose a blasfemar de la Providencia.

—En realidad—exclamó,—el mundo es una gran trapisonda,

¡bendigamospor ello al Creador! Con mis doscientos mil francos de renta, me quedarépara el resto de mi vida tan chato como una calavera; en tanto que miportero, que no tiene jamás en el bolsillo diez escudos, lucirá la narizde un Apolo de Beldevere.

¡La Suprema Sabiduría, que tantas cosas haprevisto, no acertó a prever que un turco me cortaría la cabeza porsaludar a la señorita Victorina Tompain! Hay en Francia tres millones depordioseros, todos los cuales juntos no valen medio franco, ¡y no puedoyo comprar a peso de oro la nariz de cualquiera de esos miserables!...Y, después de todo, ¿por qué?

Su rostro iluminose por un rayo de esperanza, y añadió, con tono másdulce:

—Mi anciano tío de Poitiers, en su última enfermedad, se hizo inyectarcien gramos de sangre bretona en la vena cefálica mediana: un antiguoservidor prestose a suministrársela. Mi bella tía Giromagny, cuando aúnconservaba su belleza, hizo arrancar un incisivo a una de sus doncellasmás hermosas para reemplazar un diente que acababa de perder. Esteexpediente dio un resultado magnífico, y no costó arriba de tres luises.Doctor, vos me habéis dicho que, a no ser por la trastada de ese malditogato, hubierais podido colocarme nuevamente la nariz en su sitio,cosiéndomela con cuidado. ¿Me lo habéis dicho, o no?

—Sin duda, y os lo repito.

—Y si lograse comprar la nariz de algún pobre diablo,

¿podríais tambiéncolocármela en reemplazo de la mía?

—Claro está que podría...

—¡Oh, magnífico!

—Pero no me prestaría a hacerlo, ni ninguno de mis colegas tampoco.

—¿Y por qué, queréis decirme?

—Porque mutilar a un hombre sano es un crimen, por muy estúpido quesea, o muy hambriento que se halle el paciente para consentir en ello.

—A la verdad, doctor, que confundís mis nociones relativas a lo justo ya lo injusto. Yo me hice reemplazar, cuando fui llamado a filas,mediante un centenar de luises, por una especie de alsaciano, de peloalazán tostado. A mi hombre (porque era bien mío) hubo de llevarle lacabeza una bala de cañón, el 30 de abril de 1849. Y como dicha bala meestaba destinada a mí por la suerte, puedo decir con verdad que elalsaciano en cuestión vendiome su cabeza y toda su persona entera por uncentenar de luises, o algo más. El Estado no sólo toleró, sino queaprobó esta combinación; vos tampoco tendréis nada que objetar; es muyposible que vos mismo hayáis comprado también al mismo precio un hombreentero, que se haya matado por vos. ¡Y sois capaz de escandalizarosporque ofrezco doble precio, al primer bribón que se presente, por sólola punta de la nariz!

El doctor detúvose un momento a meditar una respuesta lógica. Pero, comono la encontrase, dijo al señorito L'Ambert:

—Si bien no permite mi conciencia desfigurar a otro hombre en beneficiovuestro, creo que podría, sin escrúpulo, cortar del brazo de cualquierperillán los pocos centímetros cuadrados de piel que os hacen falta.

—¡Vaya, doctor! ¡tomadlos de dónde mejor os plazca, con tal de quereparéis este estúpido accidente! Busquemos en seguida un hombre debuena voluntad, y ¡viva el método italiano!

—Os prevengo de nuevo, sin embargo, que tendréis que permanecer un mesentero en una situación bien molesta.

—¡Qué me importan todas las molestias del mundo, si al cabo de ese mespuedo presentarme de nuevo en el foyer de la Opera!

—Convenido. ¿Habéis pensado ya en alguien? ¿Acaso ese portero de quienahora poco hablabais...?

—¡Me parece muy bien! Será fácil comprarlo, con su mujer y sus hijos,por un centenar de escudos. Cuando Barberau, su antecesor, se retiró nosé adónde, para vivir de sus rentas, un cliente recomendome a este, quese estaba literalmente muriendo de hambre.

Llamó M. L'Ambert, y ordenó al ayuda de cámara, que se presentó alinstante, que hiciera subir a Singuet, el nuevo portero.

Acudió el hombre, y lanzó un grito de espanto al contemplar el rostro desu amo.

Era el verdadero tipo del pobre diablo parisiense, que es el más pobrede todos los diablos: un hombrecillo de treinta y cinco años de edad, alcual todos le hubieran echado sesenta, a juzgar por su aspecto flaco,amarillo y desmirriado.

M. Bernier examinolo atentamente y le mandó volver otra vez a laportería.

—La piel de este hombre—dijo—no sirve para nada.

Acordaos que losjardineros toman las varas, para efectuar sus injertos, de los árbolesmás sanos y rollizos. Elegidme a un mozo fuerte y rebosando salud entrevuestra servidumbre; de sobra los tendréis.

—Sí, pero no será empresa fácil convencerlos. Mis criados son todoscaballeros, que poseen capitales y valores en cartera, y especulan alalza y a la baja, como todos los criados de casa grande. No creo quehaya ninguno entre ellos que quiera comprar con el precio de su sangreun dinero que se gana tan fácilmente en la Bolsa.

—Pero tal vez halléis alguno que por abnegación y cariño...

—¿Abnegación y cariño entre estas gentes? ¡Creo que os burláis, doctor!Nuestros padres tenían servidores abnegados: nosotros sólo poseemos unosgrandísimos pillos que medran a nuestra costa, y, en el fondo, tal vezsalgamos ganando. Nuestros padres, que se veían amados por estasgentes, creíanse obligados a pagarles en la misma moneda. Sufrían susdefectos, asistíanlos en sus enfermedades, alimentábanlos en su vejez:esto era insoportable. Yo pago a mis criados para que me sirvan bien, y,cuando no estoy satisfecho de ellos, los despido, sin meterme aaveriguar si es falta de voluntad, vejez o indisposición lo que motivasu mal comportamiento.

—Entonces no encontraremos en vuestra casa el hombre que precisamos.¿Tenéis alguno a la vista?

—¿Yo? Ninguno. Pero es igual; el primer advenedizo, el mozo de cordelde la esquina, el aguador que grita en este momento en la calle.

Sacó del bolsillo las gafas, levantó ligeramente la cortina, examinó, através de aquéllas, la calle de Beaune, y dijo al doctor:

—He ahí a un muchacho que no tiene mala cara. Tened la bondad dehacerle señas, porque yo no me atrevo a mostrar a los transeúntes mirostro.

M. Bernier abrió la ventana en el momento en que la víctima elegidagritaba a plenos pulmones:

—¡Agua muy fresca!

—¡Muchacho!—gritole el doctor,—dejad vuestro tonel y subid por lacalle de Verneuil, si queréis ganar un buen puñado de luises.

IV

CHEBACHTIÁN ROMAGNÉ

Llamábase Romagné, por su padre. Sus padrinos le habían puesto, albautizarle, Sebastián; pero, como era natural de Frognac-les-Mauriac,departamento de Cantal, invocaba a su patrón bajo el nombre de ChanChebachtián. Todo hace presumir que había escrito su nombre con ch;pero, afortunadamente, no sabía escribir. Este hijo de la Auverniacontaba veinticuatro o veinticinco años de edad, y poseía laconstitución de un verdadero Hércules: alto, grueso, rechoncho,colorado; fuerte como un buey de labor, dulce y fácil de conducir comoun corderillo blanco. Imaginaos un hombre fabricado de la pasta mejor,al par que la más grosera.

Era el mayor de diez hijos, entre mujercitas y varones, que tragaban ybullían bajo el techo paternal. Su padre poseía una cabaña, un pedazo detierra, algunos castaños en el monte, media docena de cerdos, y dosbrazos para cavar el terreno. La madre hilaba cáñamo; los varonesayudaban al padre; las mujercitas arreglaban la casa y se cuidaban lasunas a las otras, haciendo la mayor de niñera de la más pequeña, y asítodas las otras, hasta terminar la escala.

El joven Sebastián jamás brilló por su inteligencia, ni por su memoria,ni por ningún don intelectual; pero, en cambio, poseía un corazónexcelente. Le habían enseñado algunos capítulos del catecismo como seenseña a los mirlos a silbar cualquier tonadilla; pero siempre profesólos sentimientos más cristianos.

Jamás abusó de sus fuerzas contra laspersonas ni contra los animales; evitaba las querellas y recibía confrecuencia coscorrones, sin devolverlos jamás. Si el subprefecto deMauriac hubiese querido conceder una medalla de plata, no hubiera tenidomás que escribir a París, porque Sebastián había salvado a muchaspersonas, con grave exposición de su propia vida, y en especial a dosgendarmes que estaban a punto de ahogarse, con sus caballos, en eltorrente del Saumaise. Pero a todo el mundo le parecían sus actosmeritorios la cosa más natural, ya que los ejecutaba por instinto, y anadie se le ocurría concederle una recompensa, considerándolo casi comoa un perro de Terranova.

A la edad de veinte años entró en quintas y obtuvo un número alto,gracias a una novena que hizo, en unión de su familia.

Después de esto,resolvió marcharse a París, siguiendo los usos y costumbres de laAuvernia, para ahorrar algunos centenares de francos, y volver después aayudar a sus padres. Le dieron un traje de pana y veinte francos, que enMauriac constituyen una cantidad importante, y aprovechó la ocasión demarchar un camarada que conocía el camino de la capital. Hizo el caminoa pie, invirtiendo en él diez jornadas, y llegó fresco y dispuesto atrabajar, con catorce francos y medio en el bolsillo, y los zapatos sinestrenar, en la mano.

Dos días más tarde, rodaba un tonel por el faubourg de Saint-Germain, encompañía de otro camarada que no podía ya subir las escaleras, porquese había relajado. En pago de sus servicios, recibió alojamiento, cama,manutención y ropa limpia, a razón de una camisa cada mes, sin contar elfranco y medio semanal que le daba su patrón para sus gastos de soltero.Con sus economías, compró, al cabo del año, un tonel de lance, y seestableció por su cuenta.

El éxito que obtuvo fue asombroso, y superior a cuanto pudo esperarse.Su ingenua cortesía, su incansable amabilidad y su intachable honradez,captáronle la simpatía y protección de todo el barrio. De dos milescalones que solía subir al principio, llegó a siete mil gradualmente.Por eso enviaba hasta sesenta francos mensuales a las buenas gentes deFrognac. La familia bendecía su nombre y lo encomendaba a Dios confervor, mañana y tarde, en sus plegarias; sus hermanos menores teníanpantalones nuevos, y se pensaba nada menos que enviar a los dos máspequeños a la escuela.

Su vida, sin embargo, a pesar de soplarle la fortuna, en nada habíacambiado: acostábase al lado de su tonel, en un mal bodegón, y renovabala paja de su lecho sólo dos veces al mes.