La Nariz de un Notario by Edmond About - HTML preview

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BIBLIOTECA de LA NACION

EDMUNDO ABOUT

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LA NARIZ DE UN

NOTARIO

TRADUCCIÓN DE

CARLOS DE PINEDA

BUENOS AIRES

1916

Imp. de LA NACIÓN.—Buenos Aires

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INDICE

I.— El oriente y el occidente se acometen:la sangre corre ya.

II.— La caza del gato.

III.— Donde defiende el notario su pellejocon más éxito.

IV.— Chebachtián Romagné.

V.— Grandeza y decadencia.

Historia de unas gafas y consecuenciasde un catarro

VI.— nasal.

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A M. ALEJANDRO BIXIO

Permitidme, señor, que encabece este humilde trabajo con el nombreilustre y querido de un hombre que ha consagrado toda su vida a la causadel progreso; de un padre que ha ofrecido sus dos hijos a la liberaciónde Italia; de un amigo que se ha apresurado a darme una prueba desimpatía al siguiente día de Gaetana.

E. A.

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LA NARIZ DE UN NOTARIO

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I

EL ORIENTE Y EL OCCIDENTE SE ACOMETEN:

LA SANGRE CORRE YA

Maese Alfredo L'Ambert, antes de recibir el golpe fatal que le obligó acambiar de narices, era, sin duda alguna, el notario más notable deFrancia. En la época aquella contaba treinta y dos años; era de elevadaestatura, y poseía unos ojos grandes y rasgados, una frente despejada yolímpica, y su barba y sus cabellos eran de un rubio admirable. Su nariz(la parte más prominente de su cuerpo), se retorcía majestuosa en formade pico de águila. Aunque alguno no me crea, su nítida corbata blanca lesentaba a maravilla. ¿Era debido esto a que la usaba desde su más tiernainfancia, o porque se surtía de ellas en alguna tienda afamada? Yo opinoque eran ambas razones a un tiempo.

Una cosa es atarse en torno del cuello un pañuelo de bolsillo blanco,hecho una torcida, y otra muy distinta formar, con arte y perfección, unespléndido nudo de inmaculada batista, cuyas puntas

iguales,

almidonadassin

exceso,

se

dirigen

simétricamente a derecha e izquierda. Una corbatablanca elegida con acierto y anudada con esmero no es un adorno singracia; todas las mujeres os dirán lo mismo que yo. Pero no bastaanudársela con maestría y con primor; es preciso, además, saberlallevar; esto es cuestión de práctica. ¿Por qué parecen los obreros tantorpes y desmañados el día que se casan? Porque suelen colocarse para elacto de la boda una corbata blanca sin previa preparación.

Se acostumbra uno en seguida a llevar los más exorbitantes tocados: unacorona por ejemplo. El soldado Bonaparte recogió una que el rey deFrancia había dejado caer en la plaza de Luis XV: colocósela él mismo,sin que nadie le hubiese dado lecciones, y Europa declaró que aqueltocado no le sentaba muy mal. Animado por el éxito, no tardó enintroducir la moda de las coronas en el círculo de su familia y de susíntimos. Todos los que le rodeaban se la encasquetaron, o así lopretendieron por lo menos. Pero este hombre extraordinario no pasó nuncade ser un porta-corbatas mediocre. El vizconde de C***, autor de variospoemas en prosa, había estudiado bien la diplomacia, o sea el arte deponerse la corbata con fruto.

Asistió, en 1815, a la revista de nuestro último ejército, algunos díasantes de la campaña de Waterloo; y, ¿sabéis lo que más llamó su atenciónen aquella fiesta heroica en que se desbordó el entusiasmo desesperadode un gran pueblo? Que la corbata de Napoleón no estaba bien anudada.

Pocos hombres, en este terreno pacífico, hubiera podido medirse conmaese Alfredo L'Ambert. Se firmaba L'Ambert, y no Lambert, en virtud deun acuerdo del Consejo de Estado. El señorito L'Ambert, sucesor de supadre, ejercía de notario por derecho de herencia. Hacía más de dossiglos que esta ilustre familia se transmitía, de varón en varón, elestudio de la calle de Verneuil con la más elevada clientela delfaubourg Saint-Germain.

El cargo no había sido cotizado, toda vez que jamás había salido de lafamilia; pero, a juzgar por los beneficios de los cinco últimos años, noera posible evaluarlo en menos de trescientos mil escudos. Es decir, queproducía un promedio anual de unas noventa mil libras. Desde hacía másde dos siglos todos los primogénitos de la familia habían sabido llevarla corbata blanca con tanta desenvoltura como llevan los cuervos susmejores plumas negras, los borrachos su amoratada nariz, o los poetassus raídas vestimentas. Heredero legítimo de un nombre y de una fortuna,el joven Alfredo había mamado en los pechos de su madre la elegancia ydistinción, al par que los buenos principios.

Despreciaba tanto como semerecen las innovaciones políticas introducidas en Francia a partir dela catástrofe de 1879. A su juicio, la nación francesa componíase detres clases: el clero, la nobleza y el estado llano. Opinión respetabley compartida hoy aún

por

un

reducido

número

de

senadores.

Se

colocabamodestamente a sí mismo en uno de los primeros puestos del estado llano,no sin sustentar ciertas pretensiones secretas de formar con la nobleza.Sentía un profundo desprecio hacia el grueso de la nación francesa, esehacinamiento de obreros y campesinos que recibe el nombre de pueblo, ode vil plebe. Procuraba rozarse con él todo lo menos posible, porrespeto a su amable persona, a quien cuidaba y quería con pasión. Sano,esbelto y vigoroso como un sollo de río, estaba convencido de queaquella gentuza era una especie de morralla creada por la Providenciaexpresamente para nutrir a los señores sollos.

Hombre, por lo demás, agradable, como todos los egoístas; estimado enel Palacio, en el círculo, en la cámara de notarios, en las conferenciasde San Vicente de Paúl y en la sala de armas; buen tirador de punta y decontrapunta; excelente bebedor y amante generoso, mientras tenía elcorazón interesado; amigo fiel de los hombres de su rango; acreedorbondadoso, mientras cobraba los intereses de su capital; delicado en susgustos, atildado en el vestir, limpio como un luis de nuevo cuño, yasiduo concurrente los domingos a los oficios de Santo Tomás de Aquino,y los lunes, miércoles y viernes a la Opera: hubiera sido el másperfecto gentleman de su época, así en lo físico como en lo moral, ano ser por una deplorable miopía que le condenaba a usar gafas. ¿Seránecesario agregar que sus gafas eran de oro y las más finas, ligeras yelegantes que salieron jamás de los talleres del celebre Mateo Luna,del muelle de los Plateros?

No las llevaba siempre puestas, colocándoselas tan sólo en su despacho,o en casa de sus clientes, cuando tenía que leer alguna escritura. No esnecesario decir que los lunes, miércoles y viernes, al entrar en eltemplo de la danza, tenía muy buen cuidado de desenmascarar sus bellosojos. Ningún cristal bicóncavo velaba en semejantes ocasiones, el brilloencantador de sus pupilas. Es muy cierto que no veía gota, y quesaludaba a veces a una figuranta tomándola por una estrella; peromarchaba siempre con el aire resuelto de un Alejandro al entrar enBabilonia. Por eso las muchachas del cuerpo de baile, que se complacenen poner remoquetes a las personas, lo habían bautizado con elsobrenombre de Vencedor. Un turco muy grueso, secretario de laembajada de su país, era conocido entre ellas por el mote de Tranquilo; un consejero de Estado se llamaba Melancólico; unsecretario general del ministerio de***, muy vivo y bullidor, eraconocido por M. Turlu, y por eso Elisita Champagne, conocida tambiénpor Champagne II, recibió el nombre de Turlurette cuando salió de loscorifeos para elevarse al rango de sujeto.

El párrafo precedente va a dar mucho que pensar a mis lectores deprovincias (si es que tengo la suerte de que este relato traspase algunavez las fortificaciones de París). Oyendo estoy desde aquí las miles depreguntas que dirigen al autor mentalmente. «¿Qué se entiende por eltemplo de la danza? ¿Y

por cuerpo de baile? ¿Y por estrellas de laOpera? ¿Y por corifeos? ¿Y por sujetos? ¿Y por figurantas? ¿Quésecretarios generales son esos que se codean con tales gentes, a truequede que les pongan remoquetes? Y, en fin, ¿por qué extraño azar un hombrede posición y sólidos principios, como el señorito Alfredo L'Ambert,asistía tres veces por semana al templo de la danza?»

¡Bah, queridos amigos! precisamente porque era un hombre de posición yde sólidos principios. El templo de la danza era, en aquellos tiempos,un amplio salón cuadrado, rodeado de viejas banquetas de terciopelorojo, en el que se daban cita los hombres más distinguidos de París. Aél concurrían no solamente los banqueros, los secretarios generales ylos consejeros de Estado, sino hasta duques y príncipes, diputados yprefectos, y los senadores más partidarios del poder temporal del Papa;sólo faltaban los prelados. Veíanse en él ministros casados, y hastalos más casados de todos los ministros. Al decir que se veían no quierosignificar que los he visto yo mismo; desde luego comprenderéis que lospobres periodistas no entraban en aquel lugar como en el molino. Unministro tenía en sus manos las llaves de aquel salón de las Hespéridos,y nadie podía penetrar en él sin la venia de Su Excelencia. ¡Por esotenían que ver las rivalidades, los celos y las intrigas! ¡Cuántosgabinetes han sido derribados bajo los más diversos pretextos, pero, enel fondo, porque todos los hombres de Estado tenían la pretensión dereinar en el templo de la danza! ¡No os imaginéis, sin embargo, quetodos estos personajes acudían a aquel lugar atraídos por el cebo de losplaceres ilícitos! Su intención se limitaba a fomentar un arteeminentemente aristocrático y político.

El transcurso de los años es posible que haya hecho cambiar todo esto,porque las aventuras del señorito L'Ambert no datan de la semana pasada.No quiere decir esto, sin embargo, que se remonten a ninguna épocaantidiluviana; pero razones de alta conveniencia impídenme precisar lafecha exacta en que este funcionario ministerial cambió su narizaguileña por una nariz recta. Por eso he dicho en aquellos tiempos,hablando de una manera vaga como los fabulistas. Contentaos con saberque la acción tiene lugar en cierta época de los anales del mundo,comprendida entre el incendio de Troya por los griegos y el del palaciode estío, de Pekín, por el ejército inglés: dos memorables etapas de lacivilización europea.

Un contemporáneo y cliente del señorito L'Ambert, el marqués deOmbremule, decía en el Café Inglés cierta noche:

—Lo que nos distingue del común de los hombres es el fanatismo quesentimos por el baile. La canalla se desvive por la música. Se cansa deaplaudir cuando escucha las óperas de Rossini, de Donizetti y de Auber:diríase que un millón de notas, revueltas en sabrosa ensalada, tiene unno sé qué que halaga los oídos de esas gentes. Llevan su ridiculez hastael extremo de cantar ellos mismos, con sus roncas y estridentes voces, yla policía les permite que se reúnan en ciertos anfiteatros paradestrozar algunas arias. ¡Buen provecho les haga! En cuanto a mí, jamásme detengo a escuchar una ópera; me contento con mirarla; voy a ver laparte plástica, que es la única que me divierte, y me marcho después. Mirespetable abuela me ha contado que todas las damas encopetadas de sutiempo sólo iban a la Opera atraídas por el baile, y no regateaban susaplausos a los bailadores. Nosotros, a nuestra vez, protegemos a lasbailarinas: ¡maldito él que piense mal!

La duquesita de Biétry, joven, linda y olvidada, tuvo la debilidad dereprochar a su esposo los hábitos que había aprendido en la Opera:

—¿No os da vergüenza de abandonarme en un palco, con todos vuestrosamigos, para correr no sé adónde?

—Señora—respondiole él,—cuando se tienen fundadas esperanzas delograr una embajada, ¿no es lo más natural que estudiemos la política?

—Convenido; pero creo que habrá en París mejores escuelas para ello.

—Ninguna. Aprended, querida mía, que la danza y la política sonhermanas gemelas. El tratar de agradar constantemente, el cortejar alpúblico, y tener siempre el ojo fijo sobre el director de orquesta, yrefrenar su propio semblante, y cambiar a cada instante de traje y decolor, y saltar de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, yvolverse con rapidez, y caer nuevamente de pie, y sonreír, en fin, conlos ojos llenos de lágrimas, ¿no es, acaso, dicho en pocas palabras, elprograma del baile y la política?

La duquesa sonrió, perdonó y se echó un amante.

Los grandes señores, como el duque de Biétry, los hombres de Estado comoel barón de F..., los grandes millonarios como el diminuto señor St...,y los simples notarios como el héroe de esta historia, codeábanse en eltemplo de la danza y entre los bastidores del teatro. Ante la sencilleze ignorancia de estas ochenta ingenuas que componen el cuerpo de baile,son iguales todos ellos. Se les conoce con el nombre de abonados, se lessonríe gratuitamente, se cuchichea con ellos en los rincones, se aceptansus confites, y hasta sus diamantes, como galanterías sin consecuenciasy que a nada comprometen a las que los reciben. La gente se imagina sinrazón que es la Opera un mercado de placeres y una escuela delibertinaje. Nada de eso: se encuentran allí virtudes en mayor númeroque en ningún otro teatro de París. ¿Por qué? porque la virtud es allímás apreciada que en ninguna otra parte.

¿No es cosa interesante el estudiar de cerca este pequeño pueblo dejóvenes, casi todas ellas de humildísima procedencia, y a quienes eltalento o la belleza pueden elevar en un momento a las más encumbradasesferas del arte? Muchachitas de catorce a diez y seis años de edad, lamayor parte de ellas alimentadas con pan seco y con manzanas verdes enuna buhardilla de obreros o en la garita de un portero, vienen al teatrocon vestidos de tartán y con zapatos viejos, y su primer cuidado escorrer a mudarse de traje, sin que nadie pueda notarlo. Un cuarto dehora después, bajan al templo de la danza esplendorosas, radiantes,cubiertas de seda, de gasas y de flores, todo a costa del Estado, y másbrillantes que los ángeles, las hadas y las huríes de nuestros sueños.Los ministros y los príncipes les besan las manos y se manchan susirreprochables trajes negros con el albayalde que ellas llevan en losbrazos. Se recitan a sus oídos madrigales nuevos y viejos que sólo aveces comprenden.

Algunas suelen tener talento natural y da gustohablar con ellas.

Estas no duran allí mucho tiempo.

Un campanillazo indiscreto llama a las hadas al teatro; la muchedumbrede abonados las acompaña la entrada del escenario, las retiene yentretiene detrás de los bastidores móviles. Hay virtuoso de estos quedesafía la caída las decoraciones, las manchas de petróleo los quinquésy los más diversos miasmas por el placer de oír murmurar a una vocecitaronca estas encantadoras palabras:

—¡Demonio! ¿Cómo me duelen los pies!

Levántase el telón y las ochenta reinas efímeras mariposean gozosas bajolas ardientes miradas de un público entusiasmado.

Cada una de ellas ve,o cree adivinar, dos, tres, diez adoradores más o menos conocidos.¡Cuánto disfrutan mientras permanece levantado el telón! Se consideranhermosas, están ataviadas ricamente, ven todos los gemelos fijos en suspersonas, sienten la admiración que producen y no tienen que temer lossilbidos ni la crítica.

Por fin suenan las doce de la noche y cambia la decoración como en loscuentos de hadas. La Cenicienta sube con su hermana mayor, o con sumadre, hacia las económicas cumbres de Batignolles o de Montmartre. ¡Lapobre cojea un poquito! El lodo inmundo salpica sus medias grises. Laexcelente madre de familia que ha cifrado sus esperanzas todas en estaquerida hija, no cesa, durante el camino, de inculcarle sabias máximasde moderación y moral.

—Marcha siempre derecha por el camino de la vida, hija mía—ledice,—¡cuidado con tropezar! Mas si el implacable destino te tienedeparada esa desgracia, ¡cuida mucho de caer sobre un lecho de rosas!

No siempre son escuchados estos prudentes consejos. A veces el corazónpuede más que la cabeza, y se han visto bailarinas casadas conbailadores. Se dan casos de jóvenes, bellas como la Venus de Anadyomene,renunciar a cien mil francos en joyas por unirse ante el altar con unempleado de dos mil. Otras abandonan a la suerte el cuidado de suporvenir y labran la desesperación de sus familias. Unas esperan a quellegue el 10 de abril para disponer de su corazón, porque se han juradoa sí mismas a ser juiciosas hasta los diez y siete años. Otrasencuentran un protector de su gusto y no se atreven a confesárselo:temen la venganza de un consejero refrendario que ha jurado matarla, ysuicidarse en seguida, si ama a otro que no sea él. Claro que lo hadicho en broma, como podréis comprender; pero en este mundo especial setoman las palabras en serio. ¡Qué supina ignorancia y sencillez es la deestas muchachas! Hay quien ha oído disputar a dos jóvenes de diez y seisaños sobre la nobleza de su origen y la categoría social de susrespectivas familias.

—¡Miren la impertinente!—decía la mayor de ellas;—¡los aretes de sumadre son de plata y los de mi padre de oro!

Maese Alfredo L'Ambert, después de haber andado mariposeando muchotiempo de la morena a la rubia, había acabado por prendarse de una lindatrigueña de ojos azules. La señorita

Victorina

Tompam

era

honesta,

comose

es

generalmente

en

la

Opera,

hasta

que

se

deja

de

serlo.Excelentemente educada, por otra parte, era incapaz de adoptar unaresolución extrema sin antes consultar a sus padres.

De unos seis mesesacá, se veía constantemente asediada muy de cerca por el apuesto notarioy por Ayvaz-Bey, el corpulento turco de veinticinco años de edad, aquien hemos dicho que designaban con el remoquete de Tranquilo. Ambos lehabían espetado muy razonados discursos, en los que su porvenir jugabapapel importante. La respetable señora Tompain había logrado, sinembargo, que su hija se conservase en un justo medio, esperando que unode los rivales se decidiese a plantear el asunto en forma de negocio. Elturco era un buen muchacho, honrado, decente y tímido. Esto no obstante,habló al fin, y fue escuchado.

Todo el mundo tuvo noticia en seguida de este pequeño contecimiento,excepto el señorito L'Ambert, que había marchado al Poitou, con objetode asistir al entierro de un tío suyo. Cuando volvió a la Opera, laseñorita Victorina Tompain poseía un brazalete de brillantes, unasdormilonas de brillantes, y un corazón también de brillantes, pendientede su cuello a manera de araña de salón. Ya hemos dicho al principio queel notario era miope; así es que no pudo ver nada de lo que debía habernotado en seguida, ni aun siquiera las sonrisas picarescas con que fueacogido a su entrada. Anduvo dando vueltas de un lado para otro,charlando sin cesar alegremente, y deslumbrando a todo el mundo, comosiempre, con su proverbial elegancia, esperando con impaciencia laterminación del baile y la salida de las jóvenes. Habíanse cumplido suscálculos: el porvenir de la señorita Victorina se hallaba asegurado,gracias a su excelente tío de Poitiers, que había tenido la inmejorableidea de morirse en el momento más oportuno.

Lo que se conoce en París con el nombre de pasaje de la Opera es una redde galerías más o menos estrechas, más o menos alumbradas, de muydiversos niveles, que unen el bulevar, y las calles Lepeletier, Drouot yRossini. Un largo corredor, descubierto en su mayor parte, se extiende,desde la calle Drouot a la calle Lepeletier, normalmente a las galeríasdel Barómetro y del Reloj. En su parte más baja, a dos pasos de la calleDrouot, ábrese la puerta falsa del teatro, la entrada nocturna de losartistas. Cada dos días, a eso de la media noche, una oleada detrescientas o cuatrocientas personas pasa tumultuosa ante los ojosvivarachos del digno papá Monge, conserje de este paraíso.

Maquinistas,comparsas, figurantas, coristas, bailarines y bailarinas,

tenores

ysopranos,

autores,

compositores,

administradores y abonados salen juntosa la calle en confuso torbellino. Los unos bajan hacia la calle Drouot,los otros suben la escalera que conduce, por una galería descubierta, ala calle Lepeletier.

A mitad del pasaje descubierto, al extremo de la galería del Barómetro,Alfredo L'Ambert esperaba fumando un cigarrillo.

Diez pasos más allá, unhombrecillo redondo, con un fez escarlata, aspiraba a intervalos igualesel humo de un cigarrillo de tabaco turco, del grueso de un dedo.Alrededor de ellos, más de veinte pisaverdes, unos paseando nerviosos,otros, con más calma, a pie firme, esperaban igualmente cada uno por sulado. Y

los cantantes atravesaban tarareando, y las sílfides,arrastrando un poco el pie, pasaban cojeando, y, de minuto en minuto,una sombra femenina, negra, parda o marrón, deslizábase entre losescasos mecheros de gas, desconocida para todos, excepto para los ojosdel amor.

Las parejas se reconocen, se abordan y se marchan sin despedirse de losotros. Pero, ¿qué ocurre? he aquí un ruido extraño y un tumultoinusitado. Dos sombras han pasado veloces, dos hombres han corrido, dosfuegos de cigarro se han aproximado uno a otro; se han oído dos vocesexaltadas y el estruendo de una rápida querella. Los paseantes se hanamontonado en un punto; mas no han encontrado a nadie.

Maese AlfredoL'Ambert se dirige, completamente solo, hacia su carruaje, que leaguarda en el bulevar; y a la luz de un farol lee, encogiéndose dehombros, esta tarjeta de visita, salpicada de sangre:

AYVAZ-BEY

SECRETARIO DE LA EMBAJADA OTOMANA

Calle de Granelle Saint-Germain, 100.

Escuchad lo que iba diciendo entre dientes el atildado notario de lacalle de Verneuil:

—¡Maldita aventura! ¡Que me lleve el diablo si sospechaba siquiera quele hubiese dado derechos a este animal de turco!...

porque, ¡vaya si loes!... Pero, ¿por qué no me habré puesto las gafas?... Parece que le hepegado un puñetazo en la nariz... Sí, sin duda: su tarjeta está manchadade sangre, y mi mano lo está también. Heme aquí frente a un turco poruna imperdonable torpeza; porque yo no tengo motivos para querer mal aese pobre muchacho... La chica, por otra parte, me es del todoindiferente...

¡Que se la quede en buen hora! ¡Degollarse dos personasdecentes por la señorita Victorina Tompain!... El maldito puñetazo es loque no tiene arreglo...

Esto decía entre dientes, entre sus treinta y dos dientes más blancos yafilados que los de un lobo. Ordenó a su cochero que se retirase a casa,y se dirigió, a paso lento, hacia el círculo de los Caminos de Hierro.Allí encontró dos amigos y les refirió su aventura. El anciano marquésde Villemaurin, antiguo capitán de la Guardia Real, y el joven EnriqueSteimbourg, agente de cambio, juzgaron unánimemente que el puñetazo loechaba a perder todo.

II

LA CAZA DEL GATO

Un filósofo turco ha dicho:

«No existen puñetazos agradables; pero los puñetazos en la nariz son losmás desagradables de todos.»

Y el mismo pensador, añadió con razón en el capítulo siguiente:

«Pegar a un enemigo delante de la mujer a quien ama, es pegarle dosveces: le hieres en el cuerpo y en el alma.»

He aquí por qué el paciente Ayvaz-Bey enrojecía de cólera mientrasacompañaba a la señorita Tompain y a su madre al piso que les habíaamueblado. Despidiose de ellas a la puerta, subió con rapidez a uncarruaje, y se hizo conducir, derramando abundante sangre, a casa de sucolega y amigo Ahmed.

Ahmed se hallaba entregado al sueño, bajo la salvaguardia de un negrofiel; pero, si bien es verdad que está escrito: «No despertarás a tuamigo cuando duerma», escrito está también:

«Pero despiértale si haypeligro para él o para ti», y se procedió a despertar al buen Ahmed.

Este era un turco de elevada estatura, de unos treinta y cinco años deedad, muy flaco y delicado, con largas piernas arqueadas; pero, por lodemás, un muchacho excelente, dotado de talento natural. Por más quedigan, hay también gentes de mérito entre los turcos. Cuando descubrióla cara ensangrentada de su amigo, empezó por hacerle traer una granaljofaina de agua fresca, porque está escrito: «No deliberes antes dehaber lavado tu sangre: tus pensamientos serían confusos e impuros.»

Limpio ya, mas no tranquilo, contó Ayvaz a su amigo la aventura,ardiendo en santa cólera. El negro que escuchaba su relato, ofreciose enseguida a tomar su kandjar, e ir a matar a L'Ambert. Ahmed-Bey le diolas gracias por sus buenas intenciones, y lo echó a puntapiés de laestancia.

—¿Y qué haremos ahora?—preguntó el bueno de Ayvaz;—

¿qué haremos,amigo mío?

—Una cosa muy sencilla—replicó el interrogado:—mañana por la mañanale cortaré la nariz. La ley del Talión está escrita:

«Ojo por ojo,diente por diente, nariz por nariz.»

Advirtiole Ahmed que el Korán era, sin duda alguna, un buen libro; peroque estaba ya un poco anticuado. Los principios del honor han cambiadodesde los tiempos de Mahoma. Aparte de que, aun queriendo, aplicar laley al pie de la letra, Ayvaz sólo tendría que devolver un puñetazo alseñor L'Ambert.

—¿Con qué derecho le cortarías la nariz si él no te ha cortado la tuya?

¿Pero quién sería capaz de hacer entrar en razón a un hombre joven aquien acaban de apabullar la nariz en presencia de su amante? Ayvazsentía sed de sangre, y Ahmed tuvo que halagarle sus deseos.

—Sea—le dijo.—Representamos a nuestro país en el extranjero, y nodebemos recibir una afrenta sin dar una gallarda prueba de valor. Pero,¿cómo podrás batirte en duelo con el señor L'Ambert, con arreglo a lacostumbre de este país? Jamás has manejado una espada.

—¿Qué haría yo con una espada? Quiero cortarle las narices, te repito,y una espada no me serviría para eso...

—Si al menos tirases bien con pistola...

—Pero, ¿estás loco? ¿cómo habría de cortar a ese insolente las naricescon una pistola? Yo... ¡Sí, es cosa resuelta! Ve a entrevistarte con él,y concierta el duelo para mañana. ¡Nos batiremos a sable!

—Pero, desdichado, ¿qué harás tú con un sable? No dudo de tu valor,pero te digo, sin que mis palabras te ofendan, que no tienes la fuerzade Pons.

—¡Qué importa eso! Levántate y ve a decirle que tenga a mi disposiciónsu nariz mañana por la mañana.

El prudente Ahmed comprendió que no estaba su amigo para razonamientos,y que tratar de disuadirlo sería en vano. ¿A qué predicar a un sordoque se aferraba a su idea, como al poder temporal los pontíficesromanos? Vistiose, pues, Ahmed, y, acompañado del primer intérprete,Osmán-Bey, que acababa de regresar del Círculo Imperial, hízose conduciral hotel del señorito L'Ambert. La hora no podía ser menos oportuna,pero Ayvaz no quería desperdiciar un solo instante.

El dios de las batallas tampoco lo quería; por lo menos, todo induce acreerlo así. En el momento en que el primer secretario iba a llamar a lapuerta de maese L'Ambert, tropezose con el enemigo en persona, queregresaba a pie, conversando con sus dos testigos.

Al divisar el señorito L'Ambert los bonetes encarnados de nuestros dospersonajes, comprendió a qué habían venido, saludolos cortésmente ytomó la palabra con cierta altanería, no exenta de distinción.

—Caballeros—les dijo,—como soy el único habitante de este hotel, notemo equivocarme al suponer que me hacéis el honor de venir a midomicilio. Soy L'Ambert, si me permitís que me presente yo mismo.

Llamó, empujó la puerta, atravesó el patio con sus cuatro acompañantes,y los condujo a su despacho. Allí dieron sus nombres los dos turcos,presentoles el notario a sus amigos, y se alejó para que pudiesen tratarel asunto con entera libertad.

En nuestro país no puede efectuarse ningún duelo sin contar con lavoluntad, o por lo menos con el consentimiento, de seis personas. En elcaso presente, sin embargo, había cinco que no lo deseaban. Injustosería decir que el señorito L'Ambert careciese de valor; pero noignoraba que un duelo semejante, con motivo de una bailarina de laOpera, comprometería gravemente los prestigios de su bien acreditadobufete. El marqués de Villemaurin, anciano refinado y personacompetentísima en materias de honor, dijo que el duelo es un acto nobleen el que todo, desde el principio hasta el fin de la partida, debe serextremadamente correcto. Ahora bien, un puñetazo en la nariz por unaseñorita Victorina Tompain constituía el más ridículo comienzo que sepuede imaginar. Por otra parte, afirmó por su honor, que el señorAlfredo L'Ambert no había visto a Ayvaz-Bey, ni había tenido intenciónde pegarle a él ni a nadie.

El señor L'Ambert había creído reconocer ados señoras, y se había acercado con viveza a saludarlas.

Al llevarse la mano al sombrero, había dado un fuerte golpe, sin lamenor intención, a una persona que venía en sentido opuesto. Se trataba,por lo tanto, de una imperdonable torpeza, de un incidente sencillo, sinla menor importancia, que no pueden jamás constituir una ofensa. Dada laposición social y educación de maese L'Ambert, no podía nadie suponerlecapaz de dar un puñetazo a Ayvaz-Bey. Su bien conocida miopía y lasemioscuridad del pasaje eran las culpables de todo. En fin, el señorL'Ambert, accediendo a los deseos de sus testigos, estaba dispuesto adeclarar, en presencia de Ayvaz-Bey, que lamentaba muy de veras elhaberle causado daño de una manera completamente involuntaria.

Este razonamiento, tan justo de por sí, acrecentó la autoridad, portodos reconocida, del orador. Era el señor de Villemaurin uno de esoscaballerosos sujetos que parecen haber sido respetados por la muertepara recordarnos los usos de las edades históricas en estos tiempos dedegeneración que atravesamos.

Según su fe de bautismo, no contaba nadamás que setenta y nueve abriles; pero, por los hábitos y costumbres desu cuerpo y de su espíritu, pertenecía sin duda al siglo xvi. Pensaba,hablaba y obraba como si hubiese servido en el ejército de la Liga ytraído a mal traer al Bearnés. Realista convencido y católico austero,era tan implacable en sus odios como apasionado en sus afecciones. Suvalor, su lealtad, su rectitud, y su caballerosidad hasta cierto puntoexagerada, causaban la admiración de la juventud inconsciente de hoy.Nada le causaba risa, no le gustaban las bromas y le ofendían loschistes por juzgarlos una falta de respeto. Era el menos tolerante, elmenos amable y el más honrado de todos los ancianos. Había acompañado aEscocia a Carlos X, después de las jornadas de julio; pero se alejó deHoly-Rood, al cabo de quince días, escandalizado de ver que la corte deFrancia no tomaba muy en serio su desgracia. Solicitó la absoluta, y secortó para siempre los bigotes, que conservó en una especie de joyero,con la siguiente inscripción: Mis bigotes de la Guardia Real. Sussubordinados todos, oficiales y soldados, sentían por él gran estima,pero también gran terror.

Referíase en secreto que este hombreinflexible había metido en el calabozo a su hijo único, joven militar deveintidós años de edad, por un acto de insubordinación. El muchacho,digno hijo de tal padre, negose resueltamente a ceder, cayó enfermo ymurió en el calabozo. Este nuevo Bruto lloró a su hijo, erigiole unatumba suntuosa, y lo visitó con inconcebible regularidad diez veces porsemana, sin olvidar este deber en ninguna época ni edad; pero no seencorvó bajo el peso de sus remordimientos.

Marchaba derecho, erguido;ni la edad ni el dolor habían logrado doblar sus anchas y robustasespaldas.

Era un hombrecillo rechoncho, vigoroso, fiel a todos los ejercicios desu juventud, que tenía más fe en el juego de pelota que en los médicos,para conservar imperturbable salud. A los setenta años habíase casado,en segundas nupcias, con una joven noble y pobre, que le había hechopadre dos veces, y no perdía la esperanza de verse abuelo bien pronto.El amor a la vida, tan poderoso en los viejos de esta edad, sólomedianamente preocupábale, a pesar de ser dichoso en la tierra. Habíatenido su último lance de honor a los setenta y dos años, con un bravocoronel de cinco pies y seis pulgadas de estatura, a consecuencia deuna cuestión política, según unos, y de celos conyugales, según otros.Cuando un hombre de su rango y su carácter abrazaba la causa de M.L'Ambert, declarando que un duelo entre el notario y Ayvaz-Bey seríainútil, comprometedor y ordinario, la paz parecía firmada de antemano.

Tal fue el parecer de M. Enrique Steimbourg, que no era ni lo bastantejoven, ni lo suficientemente curioso para desear a toda costa elespectáculo de un duelo; y los dos turcos, hombres de buen sentido,aceptaron, de un modo provisional, la reparación que se les ofrecía,pero pidieron que se les autorizara para ir a consultar con Ayvaz. Losotros dos, entretanto, esperaron allí mismo que regresasen de laembajada. Eran las cuatro de la madrugada; pero el marqués no quisodormir, pues no se lo permitía su conciencia; estaba decidido a dejarlotodo arreglado antes de meterse en la cama.

Empero el terrible Ayvaz, al escuchar las primeras palabras deconciliación de sus amigos, sufrió un terrible acceso de cóleraverdaderamente turca.

—¡Ni que estuviera yo loco!—exclamó, blandiendo el chibuquí de jazmínque le hiciera compañía,—¿Pretenderéis persuadirme de que he sido yoquien con la nariz ha dado un golpe en el puño a M. L'Ambert? Él fuequien me agredió, y la prueba es que se ofrece a presentarme susexcusas. ¿Pero a qué tanto hablar? ¿no es suficiente prueba la sangreque he derramado? ¿Puedo acaso olvidar que Victorina y su madre han sidotestigos de mi afrenta?... ¡Oh, amigos míos! ¿no me queda otro remedioque morir, si no le corto hoy mismo la nariz a mi ofensor!

De mejor o peor grado, fue preciso reanudar las negociaciones sobre estabase algo ridícula. Ahmed y el intérprete tenían el espíritu lo bastanterazonable para vituperar a su amigo, pero poseían también un corazóndemasiado caballeresco para abandonarle en la mitad del camino. Si elembajador, Hamza-Bajá, se hubiese encontrado en París, hubiera zanjadola cuestión sin

duda

alguna,

imponiendo

su

autoridad;

pero,desgraciadamente, desempeñaba al mismo tiempo las embajadas de Francia yde Inglaterra, y se hallaba entonces en Londres. Los testigos del buenode Ayvaz anduvieron yendo y viniendo, entre la calle de Granelle y la deVerneuil, sin lograr que el asunto avanzase lo debido, hasta las sietede la mañana. A esta hora, perdió L'Ambert la paciencia y les dijo a sustestigos:

—¡Ya me está cargando este turco! ¡No contento con haberme birlado a laTompain, se complace en hacerme pasar la noche en claro! ¡Pues bien,marchemos! Tal vez pudiera creer que tengo miedo de cruzar con él miacero. Pero marchemos de prisa, si os parece, y tratemos de dejarzanjado el asunto esta misma mañana. Haré enganchar el carruaje en diezminutos, y nos marcharemos a dos leguas de París. Aplicaré a mi turco elcorrectivo merecido, en menos tiempo del que se tarda en contarlo, yantes que los periodicuchos que viven del escándalo se den cuenta dellance, estaremos de vuelta en mi despacho.

Todavía trató el marqués de oponer una o dos objeciones; pero acabó porconfesar que M. L'Ambert se veía obligado a batirse.

La insistencia deAyvaz-Bey era de pésimo gusto, y merecía una severa lección. Ningunodudaba de que el belicoso notario, ventajosamente conocido en todas lassalas de armas, era la persona elegida por el destino para enseñar aaquel osmanlí la cortesía francesa.

—Amigo mío—decía el anciano Villemaurin a su cliente, dándolepalmaditas sobre el hombro,—nuestra situación es excelente, toda vezque tenemos de nuestra parte el derecho. ¡El resto, Dios lo hará! Elresultado no es dudoso: poseéis un corazón animoso, y una mano firme yrápida. Acordaos tan sólo de que no debemos tirarnos nunca a fondo;porque el duelo se ha hecho para corregir a los necios, mas no paradestruirlos. Sólo los torpes matan a sus adversarios so pretexto deenseñarles a vivir.

La elección de armas correspondía en buen derecho al excelente Ayvaz;pero el notario y sus testigos pusieron mala cara al enterarse de quehabía escogido el sable.

—Es el arma predilecta de los militares—dijo el marqués,—o el arma delos burgueses que no quieren batirse. Pero, en fin,

¡vaya, si osempeñáis, por el sable!

Los testigos de Ayvaz-Bey mostráronse conformes. Se trajeron dos sablesdel cuartel del muelle de Orsay, y quedaron citados para las diez de lamañana en la pequeña aldea de Parthenay, situada en el antiguo camino deSceaux. Eran las ocho y media.

Todos los parisienses conocen este lindo grupo de doscientas casas cuyoshabitantes son más ricos, más limpios y más instruidos que lageneralidad de los aldeanos. Cultivan la tierra como jardineros, y nocomo campesinos, y los campos de su término parecen en primavera unpequeño paraíso terrenal. Un prado de fresas floridas se extiende, cualmanto argentado, entre un prado de frambuesas y otro de grosellas. Portodas partes se huele el perfume penetrante de la acacia, tan agradableal olfato de los porteros. París adquiere a peso de oro la cosecha deParthenay, y los bravos campesinos, a quienes veis caminar a paso lento,con una regadera en cada mano, son casi todos pequeños capitalistas.

Comen carne dos veces al día, desprecian la gallina del puchero, yprefieren el pollo asado. Pagan el sueldo de un instituidor y un médicocomunal, construyen, sin necesidad de levantar empréstitos, unayuntamiento y una iglesia, y votan a mi espiritual amigo el doctorVeron, en las elecciones municipales.

Sus muchachas son preciosas, si nome es infiel la memoria. El sabio arqueólogo Cubaudet, archivero de lasubprefectura de Sceaux, asegura que Parthenay es una colonia griega, yque su nombre se deriva de la palabra Parthemos, virgen o mujer joven(expresiones sinónimas entre los pueblos cultos). Pero esta digresiónnos aleja del bueno de Ayvaz.

Llegó el primero al lugar de la cita, todavía encolerizado. ¡Con quéfuror paseaba por la plaza de la aldea, esperando al enemigo!

Ocultababajo sus vestidos dos formidable yataganes, de finísimas hojas deDamasco. ¿Qué digo de Damasco? Dos hojas japonesas, de esas que cortanuna barra de hierro con igual facilidad que si se tratase de unespárrago, con tal de que sean manejadas por un brazo vigoroso.Ahmed-Bey y el fiel intérprete seguían a su amigo y le daban los mássabios consejos: atacar con prudencia, descubrirse lo menos posible,comenzar la partida con un salto, en fin, cuantas recomendaciones puedenhacerse a un novicio que se presenta por primera vez en la liza, sinhaber aprendido a tirar.

—Gracias por vuestros consejos—respondía el obstinado;—

pero nonecesito tantos requisitos para cortarle las narices a un notario.

El objetivo de su venganza no tardó en aparecer entre dos cristales degafas, a la puerta de un carruaje. Pero M. L'Ambert no descendió,limitándose a saludar. El marqués echó pie a tierra, y vino a decir aAhmed-Bey:

—Conozco un sitio excelente, a veinte minutos de aquí; tened laamabilidad de subir nuevamente al carruaje, con vuestros amigos, yseguirnos.

Tomaron los beligerantes un camino transversal, y descendieron a unkilómetro del caserío.

—Señores—dijo el marqués,—podemos ir a pie hasta aquel bosquecilloque allí veis. Los cocheros pueden esperarnos aquí.

Nos hemos olvidadode traer con nosotros un médico; pero el lacayo, que he dejado enParthenay, tiene encargo de traernos el de la localidad.

El cochero del turco era uno de esos merodeadores parisienses quecirculan después de media noche bajo un número de contrabando. Ayvaz lohabía tomado a la puerta de la señorita Tompain, y no lo había vuelto adejar. El muy truhán sonrió maliciosamente cuando vio que le mandabandetenerse en medio del campo, y que llevaban sables debajo de lasmantas.

—¡Buena suerte, caballero!—le dijo al valiente Ayvaz.—Nada tenéis quetemer, porque yo doy la suerte a mis clientes. Aun no hace un año llevéen mi coche a uno que había muerto a su adversario. Por cierto que medio veinticinco francos de propina,

¡como os lo estoy refiriendo!

—Yo te daré cincuenta—respondiole Ayvaz,—si quiere Dios que realicela venganza que medito.

M. L'Ambert tiraba perfectamente, pero era demasiado conocido en lassalas de esgrima de París para haber tenido jamás ninguna ocasión debatirse. Por eso, en el verdadero terreno del honor, era tan nuevo comoAyvaz: se comprende, por lo tanto, que aunque hubiese vencido endiferentes asaltos a los maestros y prebostes de varios regimientos decaballería, experimentase una sorda trepidación, que no era miedo, peroque producía efectos análogos a éste. La conversación durante el caminohabía sido animada: había hecho gala ante sus amigos de una alegríasincera, aunque un poco febril. Había encendido tres o cuatro cigarros,y arrojádolos al poco de empezados. Cuando todos descendieron del coche,marchó él con paso firme, demasiado firme tal vez. En el fondo de sualma sentía cierta aprensión

completamente

viril,

completamentefrancesa:

desconfiaba de su sistema nervioso, y temía no parecer todo lovaliente que era.

Parece que las facultades del alma se multiplican en los momentoscríticos de la vida. Por eso a M. L'Ambert, a pesar de hallarsepreocupado en grado sumo con el pequeño drama en que iba a representartan importante papel, los objetos más insignificantes del mundoexterior, los que hubieran pasado completamente inadvertidos para él encircunstancias ordinarias, atraían y retenían su atención con un poderirresistible. A sus ojos, la naturaleza se hallaba iluminada por unanueva luz, más clara, más transparente, más límpida, más cruda que laluz apagada del sol. Su preocupación subrayaba, por decirlo así, todo loque sus ojos veían. En una revuelta del sendero, descubrió un gato quecaminaba a paso lento por entre dos hileras de grosellas: uno de esosgatos tan comunes en las aldeas, largo, flaco, de piel blanca llena demanchas rojizas; uno de esos animales medio salvajes que a favor de loscuales hacen renuncia sus amos, con una esplendidez nada común, de todoslos ratones que atrapan. El que atrajo la atención de L'Ambert habíavisto, sin duda, que la morada de su dueño no ofrecía ya bastante caza,y buscaba en plena campiña un suplemento a su pitanza.

Los ojos delseñorito L'Ambert, después de haber errado algún tiempo a la ventura,sintiéronse atraídos y como fascinados por el gesto de aquel gato.Observolo atentamente, admiró la flexibilidad de sus músculos, elvigoroso perfil de sus mandíbulas, y creyó hacer un descubrimientotrascendental, digno de un naturalista, observando que el gato es untigre en miniatura.

—¿Qué diablo miráis en ese punto?—preguntole el marqués, dándole, concariño, una palmada en el hombro.

Volvió el notario a la realidad de la vida, y respondió con el tono másdesenvuelto del mundo:

—Ese estúpido animal me ha distraído. No podéis imaginaros, marqués,los estragos que estas bestias ocasionan en la caza. Se comen másnidadas que perdigones tiramos nosotros. ¡Si tuviese una escopeta!...

Y acompañando el gesto a la palabra, hizo ademán de echarse la escopetaa la cara, señalando al animal con el dedo. El gato comprendió laintención, dio un salto atrás y fugose, para reaparecer doscientos pasosmás lejos, lavándose la cara, entre unas matas de colsa, como siaguardase a los parisienses.

—¿Te has propuesto seguirnos?—exclamó el notario repitiendo laamenaza. La prudentísima bestia huyó de nuevo; pero reapareció a laentrada del claro del bosque donde iban a batirse. M. L'Ambert, con lasuperstición del jugador que va a exponer una suma importante, quisoahuyentar aquella bestia maléfica, y le arrojó una piedra; mas, comoerrase el golpe, el gato trepó a un árbol, y allí se estuvo quedo.

Entretanto, los testigos habían elegido el terreno y echado a suertelos puestos. El mejor tocó a M. L'Ambert. La suerte quiso también que seempleasen sus armas, y no los yataganes japoneses, que tal vez lehubiesen impuesto.

A Ayvaz todo le tenía sin cuidado: cualquier arma era buena para él.Contemplaba la nariz de su enemigo como mira el pescador una truchaapetitosa suspendida del extremo de su caña.