La Montaña by Élisée Reclus - HTML preview

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Por otra parte, algunos de estos desdichados son verdaderamente buenos ygustan de hacer bien, en el límite de sus fuerzas. Había yo bajado undía al valle para subir por la otra pendiente á los pastos de unameseta, en cuyo centro había divisado las aguas de una laguna. Habíadejado detrás de mí, sin detenerme en ella, una chocilla húmeda rodeadapor algunos alisos, y seguía con decidido paso un sendero indicadovagamente por pasos de animales á la orilla de una corriente rápida.Hallábame ya á más de un tiro de piedra de la choza, cuando oí detrás demi precipitado y pesado paso; al mismo tiempo, un resuello gutural, casiun estertor, salía de aquel ser que me perseguía y me daba alcance.Volvíme y ví una pobre

cretina

, cuya papera, bazuqueada por lacarrera, oscilaba pesadamente de uno á otro hombro. Gran trabajo mecostó reprimir una expresión de horror viendo á aquella masa humanaacercarse á mi, teniéndose alternativamente en una y otra pierna. Elmonstruo me hizo seña de que esperara, y después se paró delante de mí,contemplándome fijamente los estúpidos ojos y dándome con el resuello enla cara.

Señaló con gesto negativo el desfiladero en el cual iba yo áentrar y juntó las manos para indicarme que cortaban el paso peñascosverticales. «¡Allí, allí!», dijo, designando un sendero mejor trazadoque se encarama dando vueltas en una pendiente y llega á una meseta pararodear el infranqueable desfiladero del fondo. Cuando me vió seguir sucuerdo consejo y empezar á subir la cuesta, lanzó dos ó tres gruñidos desatisfacción, me acompañó con la mirada durante algún tiempo y despuésse marchó tranquilamente, contenta por haber hecho una buena obra.Confieso que estaba yo menos contento y hasta profundamente humillado.Un ser maltratado por la naturaleza, horrible, una especie de cosa sinforma y sin nombre, no había parado hasta sacarme de un lance apurado, yyo, hombre lleno de altivez, dotado de cierta razón por la naturaleza, yllegado por ella al sentimiento de la responsabilidad moral, habíadejado mil veces, sin hacerles advertencia alguna, meterse á otroshombres, hasta á los que llamaba amigos, en pasos bastante más terriblesque el desfiladero de una montaña. La idiota, la cretina

, me habíaenseñado mi deber. De modo que, en aquello que me parecía inferior á lahumanidad, encontraba una benevolencia de la cual carecen muchas veceslos que se tienen por grandes y por fuertes. Ningún ser es bastante bajopara no merecer amor y hasta respeto. ¿Quién tiene razón, el espartanode la antigüedad que arrojaba á una sima los recién nacidos defectuosos,ó la madre que, aunque sea llorando, amamanta y acaricia al hijo idiotay deforme? Claro es que nadie censurará á las madres que luchan contratoda esperanza para disputar á sus hijos á la muerte, pero es necesarioque la sociedad acuda en auxilio de esos desdichados, con la ciencia ycon el cariño, para curar á los que pueda, dar toda la ventura posible áaquellos cuyo estado no deja esperanzas y velar para que las prácticashigiénicas y la comprensión de las leyes fisiológicas reduzcan cada vezmás el número de semejantes nacimientos.

Una educación continua puede desbaratar esas toscas naturalezas, ycuando al afecto de la madre sucede la solicitud de un compañero queconsigue que haga algún trabajo grosero el pobre inocente, éste sedesarrolla poco á poco y acaba por llevar en la cara algo como reflejode inteligencia. Entre los innumerables cuadros que quedaron grabados enmi memoria cuando recorrí la montaña, hay uno que aún me conmueve,pasados tantos años. Era al anochecer, en los últimos días del verano.Acababan de segar por segunda vez las praderas del valle, y veíapilillas de heno esparcidas, cuya suave fragancia me traía el viento.

Andaba por un camino sinuoso, disfrutando de la frescura de la tarde,del olor de la hierba, de la hermosura de las cumbres iluminadas por elsol poniente. De pronto, en una revuelta del camino encontréme enpresencia de un grupo que me llamó la atención. Un cretino

de enormepapera estaba enganchado con cuerdas á una especie de carro cargado deheno. No le costaba trabajo arrastrar el pesado vehículo, y no veía nilos baches, ni los peñascos diseminados, tirando como una fuerza ciega.Pero llevaba al lado á un hermanito suyo, niño esbelto y agraciado, cuyorostro era todo mirada y sonrisa. Éste veía y pensaba por el monstruo.Con una señal, con tocarlo un poco, le hacia variar á la derecha ó á laizquierda para evitar los obstáculos y apresuraba ó acortaba su andar:formaba con el idiota una pareja, siendo uno el alma y otro el cuerpo.Cuando pasaron por mi lado el niño me saludó con amabilidad, y empujandoá Cáliban con el codo, le hizo quitarse la gorra y volver hacia mí susojos sin expresión. Parecióme, sin embargo, que veía aparecer en elloscomo vislumbre de un sentimiento humano de respeto y de amistad. Yosaludé con una especie de veneración á aquel grupo conmovedor, símbolode la humanidad en su camino hacia lo porvenir.

Abandonado á sí mismo, y sin disfrutar otras luces que las del instintoanimal, el cretino

puede alguna vez hacer cosas que serían superioresá la fuerza de un hombre inteligente y consciente de su valer. Mecontaba á veces mi compañero el pastor cómo había caído en una grietadel ventisquero, y cuando hablaba de ello, todavía se dibujaba elespanto en su semblante. Estaba sentado en una escarpa, junto al bordedel ventisquero, cuando al desmoronarse una piedra le hizo perder elequilibrio, y sin poder valerse resbaló por una hendidura que se abríaentre la roca y la compacta masa de hielo, hallándose de pronto como enel fondo de un pozo, en el cual apenas vislumbraba un reflejo de laclaridad del cielo. Estaba aturdido, magullado, pero no se había rotoningún miembro. Impulsado por el instinto de la conservación, pudoagarrarse á la pared de roca y subir de aspereza en aspereza hastaalgunos metros de la boca. El sol, los pastos, las ovejas y su perroestaban ante su vista, y éste le miraba con ardientes ojos. Pero,llegado á aquel reborde, no podía subir más el pastor: la roca, lisa portodas partes, no ofrecía ningún punto de apoyo. El perro estaba tandesesperado como su amo: acurrucándose de trecho en trecho, al borde delprecipicio, dió algún ladrido corto y luego salió de pronto como unaflecha hacia el valle. Nada tenía ya que temer el pastor, pues sabía queel perro iría á buscar socorro y pronto volvería con gente provista decuerdas. Sin embargo, mientras duró la espera, pasó por las horriblesangustias de la desesperación. Parecíale que el fiel animal no acababade volver: se veía ya muerto de hambre en la peña y pensaba horrorizadoen que quizá las águilas fueran á arrancarle trozos de carne antes deestar muerto. Y, sin embargo, recordaba lo que, en semejante situación,había hecho un

inocente

. Caído al fondo de una grieta, de la cual leera imposible salir, el cretino

no se había fatigado en inútilesesfuerzos: esperó con paciencia, pateando el suelo para conservar elcalor animal y así se aguantó toda la tarde y toda la noche y toda lamitad del día siguiente. Oyó entonces llamarle por su nombre á los quele buscaban, contestó, y en seguida lo sacaron de la sima.

Únicamente sequejó de haber pasado mucho frío.

Pero sean cuales fueren los privilegios é inmunidades del

cretino

,aunque el desdichado no tenga que temer los cuidados y las decepcionesdel hombre que tiene que abrirse camino en el mundo por sí mismo, hayque intentar que el cretino

sea arrancado á su

inocencia

y á susasquerosas enfermedades para darle, al mismo tiempo que la salud delcuerpo, el sentimiento de su propia responsabilidad moral. Es necesarioque penetre en la sociedad de los hombres libres, y, para curarle ydignificarle, lo primero es conocer las causas de su degeneración.Sabios hay que, inclinados sobre sus retortas y sus libros, exponendiversos pareceres: dicen unos que la deformidad de la papera procedesobre todo de la falta de iodo en el agua potable, y que por elcruzamiento, la deformidad moral acaba por juntarse á la del cuerpo.Otros creen que papera y cretinismo

nacen de que el agua procedente dela nieve no ha tenido tiempo para agitarse y airearse lo suficientecuando llega al pueblo, ó de que ha pasado por rocas que contienenmagnesia. Cierto es que el agua mala puede contribuir muchas veces á quenazcan y se desarrollen enfermedades; pero ¿será ese sólo el origen?

Basta entrar en una cabaña de esas donde nacen y vegetan los idiotaspara ver que su lamentable situación procede también de otras causas. Eltugurio es sombrío y ahumado: devoran gusanos cofres, mesas y vigas: enlos rincones donde no puede penetrar del todo la mirada, se vislumbranformas indecisas, cubiertas de basura y telarañas. La tierra que sirvede pavimento permanece siempre húmeda y como viscosa, por todas lasaguas sucias que la llenan de grasa. El aire que se respira en talguarida es acre y fétido. Flotan en él á un tiempo los hedores del humo,del tocino rancio, del pan de muchos días, de la madera carcomida, de laropa sucia, de las emanaciones humanas. De noche se cierran todas lasaberturas para que no penetre en la habitación el frío exterior.Abuelos, padres é hijos duermen todos en una especie de armario contablas cuyas cortinas se cierran de día, y en el cual, durante el sueñonocturno, se acumula un aire denso y mucho más impuro que el del restode la cabaña. Y hay más: durante los fríos del invierno, la familia,para tener más calor, se va del piso bajo y baja á la cueva, que alpropio tiempo sirve de cuadra. En un lado están los animales tumbados enla paja sucia, y en el otro yacen hombres y mujeres entre sábanas nadalimpias. Un sucio reguero separa ambos grupos de vertebrados mamíferos,pero el aire respirable es común á todos; y ni este aire que penetra porestrechos tragaluces puede renovarse durante semanas enteras, por lasnieves que cubren el terreno. Hay que abrir especie de chimeneas, porlas cuales baja únicamente un lívido reflejo de luz. En esas cuevas eldía parece una noche del polo.

No es asombroso que en semejantes mansiones nazcan chiquillosescrofulosos, raquíticos y contrahechos. Desde su primera semana,muchos recién nacidos se ven sacudidos por terribles convulsiones que lamayor parte no pueden resistir: en ciertos países, las madres están tanseguras de que sus hijos han de morirse, que no los consideran comonacidos hasta «que han pasado el terrible desfiladero de la enfermedadde los cinco días.» Muchos de los que se salvan de ésta, pasan luegotoda la vida entre la enfermedad y la locura. Tan convenientes son paradesarrollar la fuerza y la destreza del hombre sano el aire libre de lamontaña y el trabajo en el campo, como propios á empeorar el estado delos

cretinos

el espacio estrecho y la húmeda obscuridad de la cabaña.Al lado de un hermano que llega á ser el más guapo y robusto joven, searrastra otro, especie de excrecencia carnosa horriblemente viva.

Ya se ha pensado en muchos sitios en construir hospicios para esosdesventurados: nada falta en esos edificios nuevos. Circula librementeel aire puro, el sol ilumina todas las habitaciones, el agua es pura ysana, los muebles y especialmente las camas ostentan exquisita limpieza:los inocentes

tienen vigilantes que los cuidan como nodrizas yprofesores que procuran hacer entrar un rayo de luz intelectual enaquellas duras molleras. Lógrase eso á veces, y el cretino

puede nacergradualmente á una vida superior. Pero importa más trabajar en precaverel mal que en reparar el ya existente. Las chozas infestadas, tanpintorescas á veces en el paisaje, deben desaparecer para que lassustituyan casas cómodas y sanas. Deben entrar libremente aire y luz entodas las habitaciones humanas. Debe observarse en todas partes unabuena higiene para el cuerpo, unida á perfecta dignidad moral. De esemodo adquirirán los montañeses en varias generaciones una completainmunidad de todas esas enfermedades que ahora degradan á tan grannúmero de ellos.

Entonces sus habitantes serán dignos del medio que losrodea, podrán contemplar satisfactoriamente las altas cumbres nevadas ydecir como los griegos: «Esos son nuestros antepasados, y nos parecemosá ellos.»

CAPÍTULO XIX

#La adoración de las montañas#

La adoración de las montañas existe todavía entre nosotros más viva delo que se la cree. Muchas veces un aldeano, al descubrirse la cabeza, meha señalado el sol con el dedo y me ha dicho solemnemente: «Aquel esnuestro Dios.» Y yo también (casi no me atrevo á decirlo), más de unavez, al contemplar las augustas cimas que dominan valles y llanuras, mehe sentido dispuesto á calificarlas cándidamente de divinas.

Iba yo un día pacíficamente por un pendiente desfiladero, obstruído porpiedras sueltas. Encallejonábase allí el viento y me daba de cara,trayéndome con cada soplo una niebla de lluvia y nieve medio derretida.Ceniciento velo ocultaba las rocas y sólo podía yo divisar á trechosvagas masas negras y amenazadoras que, según lo espeso de la bruma, seacercaban y alejaban alternativamente. Hallábame transido de frío,entristecido, mal humorado. De pronto hízome levantar la vista unaclaridad reflejada por innumerables gotas. Habíase desgarrado la nubede agua y nieve encima de mi cabeza. El cielo azul se me aparecíaradiante y allá arriba resaltaba la serena cumbre de la montaña. Lasnieves, bordadas por las aristas de las rocas como con delicadosarabescos, brillaban con argentino resplandor y el sol las orlaba con unribete de oro. Puros eran los contornos de la cima y limpios como los deuna estatua se dibujaban luminosos en la sombra, pero la soberbiapirámide parecía hallarse completamente separada de la tierra.

Tranquilay fuerte, inmutable en su reposo, parecía flotar en el cielo. Pertenecíaá otro mundo y no á este planeta envuelto en nubes y brumas como ensórdidos trapajos. En aquella aparición, creí yo ver algo más que lamorada de la dicha, algo más que el Olimpo, mansión de los inmortales.Pero una nube maliciosa cerró de nuevo la salida por donde había yovisto la montaña. Halléme de nuevo entre viento, nieve y lluvia yconsoléme con decir: ¡un Dios se me ha aparecido!

En el origen de los tiempos históricos, todos los pueblos, niñossencillos de mil cabezas, miraban así hacia las montañas; veían en ellasá las divinidades, ó á lo menos sus tronos apareciendo y ocultándosealternativamente bajo el cambiante velo de los celajes. En aquellasmontañas veían casi todos el origen de su raza; allí juzgaban queresidían sus tradiciones y sus leyendas; allí esperaban la futurarealización de sus ambiciones y de sus sueños; de allí suponían quehabía de bajar el salvador, el ángel de la gloria ó de la libertad. Tanimportante era el papel de las altas cumbres en la vida de las naciones,que se podría relatar la historia de la humanidad por el culto de losmontes. Son éstos como grandes hitos de etapas colocados de distancia endistancia en el camino de los pueblos.

En los valles de las grandes montañas del Asia central dicen los sabiosque fué donde aquellos antepasados nuestros, á quienes debemos losidiomas europeos, llegaron á constituirse por vez primera en tribuscultas, y en la base meridional de las montañas más altas del mundo esdonde viven los indios, aquellos arios á quienes su antigua civilizaciónconcede una especie de derecho de primogenitura. Sus cantos de otrostiempos no dicen con qué sentimiento de adoración celebraban las«ochenta y cuatro mil montañas de oro» que ven alzarse bañadas en luzpor encima de bosques y llanuras. Para muchos de ellos, los enormesmontes del Himalaya, de nevada cumbre, de grandes ríos de hielo, son losmismos dioses en el pleno goce de sus fuerzas y de su majestad. ElGaurisankar, cuyo vértice perfora el cielo, y el Chamalari, menos altopero más colosal, en apariencia, por su aislamiento, son doblementeadorados, como la Gran Diosa unida al Gran Dios. Aquellos hielos son ellecho de cristal y de diamante; aquellas nubes de oro y púrpura son elvelo sagrado que los rodea. Allá en lo alto está el dios Siva, quedestruye y crea: allí también la diosa Chama, la Gauri, que concibe ypare. De ella descienden los ríos, las plantas, los animales y loshombres.

En aquella prodigiosa selva de las epopeyas y tradiciones indostánicas,han germinado otras leyendas relativas á las montañas del Himalaya ytodas nos las muestran viviendo con vida sublime, ya como diosas, yacomo madres de continentes y pueblos. Tal es la poética leyenda que nosdescribe á la tierra como una gran flor de loto cuyos pétalos son laspenúnculas extendidas sobre el Océano y cuyos estambres y pistilos sonlas montañas de Meru, generatrices de toda vida. Los ventisqueros, lostorrentes y los ríos que bajan de las alturas para llevar á las tierraslos benéficos aluviones, son también seres animados, dioses y diosassecundarios que ponen á los humildes mortales de las llanuras enrelación indirecta con las divinidades supremas que reinan por encima delas nubes en el espacio luminoso.

No sólo el monte Meru, punto culminante del planeta, sino también todaslas cordilleras, todas las cimas de la India eran adoradas por lospueblos que viven en sus pendientes y en su falda. Montañas de Vindyah,de Satpurah, de Aravalli, de Nilagherry, todas tenían sus adoradores. Enlas tierras bajas, donde los fieles no tenían montañas que contemplar,construían templos que por sus calles de caprichosas pirámides, enormespedazos de granito, representaban las veneradas cimas del monte Meru.Quizá fué un análogo sentimiento de adoración á las grandes cumbres elque impulsó á los antiguos egipcios á edificar las pirámides, montañasartificiales que se levantan dominando la llana superficie de arena ylégamo.

La isla de Ceilán, Lanka «la resplandeciente», bienaventurado país alcual, según la leyenda oriental, fueron enviados los primeros hombrespor la misericordia divina, después de ser expulsados del Paraíso,también alza hacia el firmamento montañas sagradas. Tal es, además deotras, la cima aislada en medio de las llanuras, la ciudad santa deAnaradjapura. Es el Mihintala. En aquella roca se detuvo, hace veintidóssiglos, el vuelo de Mahindo, el convertidor indio que se había lanzadodesde las llanuras del Ganges para atraer á los naturales á la religiónde Budha. Hoy se ha edificado un templo en la cima donde puso el pie elsanto.

Alta y enorme es la pagoda y, sin embargo, tal es la solicitud delos peregrinos, que muchas veces las han cubierto, desde el suelo alremate, con un tapiz de jazmines. Un carbúnculo, color de fuego,brillaba en lo más alto del monumento, reflejando á lo lejos los rayosdel sol, y hubo un rajah que mandó extender desde la cima de la montañahasta las llanuras una alfombra de doce kilómetros de longitud para queno manchase los pies de los fieles una tierra impura, procedente de unsuelo profano.

Y no obstante, este monte sagrado de Mihintala no es tan glorioso comoel pico de Adán, que ven los marinos en medio de las olas cuando seacercan á la isla de Ceilán. La huella de un pie gigantesco quepertenece, según dicen, á un hombre de diez metros de altura, estáimpresa en la roca, en la punta que remata la cumbre. Esa huella, segúnmahometanos y judíos, es la de Adán, el primer hombre que subió al picopara contemplar la inmensa tierra, los vastos bosques, los montes y lasllanuras, las orillas y el Océano con sus islas y sus escollos. Segúnlos de Ceilán y los indios, no es un hombre, sino un Dios, el que dejóese rastro de su paso. Según los brahmanes, ese dios dominador era Siva:según los budhistas, era Budha: según los gnósticos de los primerossiglos cristianos, era Jehová. Cuando los portugueses desembarcaron enla isla de Ceilán y la conquistaron, degradaron (digámoslo así) lamontaña, que, según su manera de pensar, no podía compararse con la deTierra Santa: consideran que la señal misteriosa es la huella del pie desanto Tomás ó de un antiguo misionero, apóstol secundario, el eunuco deCaudaces. Menos respetuoso aún, un armenio, Moisés de Chorene,entusiasta por su noble montaña del Ararat, ve en la cima del pico deAdán la huella de Satanás, el eterno enemigo. Finalmente, los viajerosingleses que, más numerosos cada día, suben todos los años á la montañasanta, creen que la «divina huella» no es más que un agujero vulgar,groseramente redondeado. Verdad es que semejantes extranjeros sonmirados con desprecio por los convencidos peregrinos que van áprosternarse á la cima, á besar devotamente la huella y á depositar susofrendas en casa del sacerdote. Todo les parece testimonio de laautenticidad del milagro. A algunos metros por bajo de la cima brota unmanantial: el báculo del dios le hizo surgir del suelo. Muchos árbolescrecen en las pendientes, y estos árboles (así se les antoja á losfieles), inclinan su ramaje hacia la cumbre para vegetar y creceradorándola. Las rocas del monte están sembradas de piedras preciosas:son las lágrimas que brotaron de los ojos del dios al ver lospadecimientos y los crímenes de los hombres. ¿Cómo no han de creer en elprodigio, viendo todas esas riquezas que han dado origen á los fabulososrelatos de las Mil y una noches? Los arroyos que corren por la montañano arrastran, como nuestros torrentes, despreciables guijarros y arena:llevan consigo polvo de rubíes, granates y zafiros: el bañista que nadaentre sus ondas puede revolcarse, como las sirenas, en un lecho depiedras preciosas.

Las razas del extremo Oriente, cuya civilización ha seguido marchadistinta á la de los pueblos de raza aria, también han adorado montañas.Lo mismo en la China y el Japón que en la India, las altas cimassostienen templos consagrados á los dioses, ó se las considera como ágenios tutelares ó vengativos. Los pueblos procuran que su historiaproceda de estas montañas divinas por tradiciones y leyendas.

Las montañas históricas más antiguas son las de la China, porque elimperio del Medio es uno de los primeros pueblos que han llegado á laconciencia de sí mismos, el primero que ha escrito su propia historia deun modo continuo. Cinco son sus montes sagrados, que se elevan todos encomarcas célebres por su agricultura, su industria, las muchedumbres quese agitan en su falda ó los acontecimientos que han ocurrido en suscercanías. La montaña más santa, la de Tai-Chan, domina todas las demáscimas de la rica península de Chan-Tung, entre los dos golfos del MarAmarillo. Desde la cumbre, á la cual se llega por un camino empedrado ypeldaños abiertos en la roca, se divisan, extendidas á los pies delobservador, las ricas llanuras que atraviesa el Hoang Ho, corriendo orahacia uno, ora hacia otro golfo, apagando con su agua la sed demultitudes de hombres más numerosas que las espigas en un campo.

El emperador Chung trepó á esa cima hace cuatrocientos treinta años,según lo recuerdan los anales clásicos del país. Confucio también quisosubir, pero la pendiente es muy áspera; el filósofo no pudo con ella, ytodavía se enseña el sitio en que emprendió la bajada á la llanura.Todos los dioses grandes y los genios principales tienen templos yoratorios en la santa montaña, así como las Nubes, el Cielo, la OsaMayor y la Estrella Polar. Los diez mil genios detienen el vuelo allípara contemplar la tierra y las ciudades de los hombres. «El viento delTai-Chan es igual al del cielo. Es el dominador del mundo. Recoge lasnubes y nos envía las lluvias. Decide los nacimientos y las defunciones,el infortunio, la desventura, la gloria y la vergüenza. De los picos quese elevan al cielo, es el más digno de ser visitado.» Por eso losperegrinos acuden numerosísimos allá para implorar todas las gracias, yel sendero está sembrado de cavernas donde yacen mendigos de asquerosasllagas que horrorizan al transeunte.

Con más razón que los chinos, porque sus montañas volcánicas son de unaperfecta belleza de forma, los japoneses miran con adoración las cumbresnevadas. No hay ídolo en el mundo que pueda compararse á su magníficoFuriyama, á la «montaña simpar» que se yergue casi aislada en medio delcampo, cubierta abajo de selvas, vestida de nieves arriba. Humeaba enotro tiempo el volcán y arrojaba lavas y fuego; reposa ahora, pero tieneen aquel archipiélago numerosas montañas hermanas que vierten todavíaríos de fuego en la estremecida tierra. Entre esos montes hay uno, elmás terrible, al cual se creyó aplacar arrojándole como ofrenda millaresde cristianos. Así fué como en el Nuevo Mundo, dícese también que sequiso calmar al Monotombo, lanzando en él á los sacerdotes que se habíanatrevido á predicar contra él, diciendo que no era tal Dios, sino bocadel infierno. Por otra parte, los volcanes no suelen esperar que lesarrojen víctimas: ya saben ellos encontrarlas cuando hienden la tierra,vomitan lagos de lodo, cubren con ceniza provincias enteras y hacenperecer de una vez á toda la población de un país. Bastante es eso paraque los adore todo aquel que se incline ante la fuerza. El volcándevora, luego es Dios.

Así se ha apoderado del hombre la religión de las montañas (como todaslas demás), por los diversos sentimientos de su ser. Al pie de lamontaña que vomita lava, el terror le ha prosternado con la cara hundidaen el polvo: en los campos sedientos, el deseo es quien le ha hechomirar suplicante á la nieve, madre de los arroyos: el agradecimiento leha dado adoradores en aquellos que encontraron seguro refugio en elvalle ó en el escarpado promontorio: finalmente, la admiración ha debidode dominar á los hombres á medida que se desarrollaba en ellos elsentimiento de lo bello y hasta cuando estaba adormecido, en estado deinstinto. Y ¿cuál es la montaña que no tiene á un tiempo hermososaspectos y seguros asilos y que no es terrible ó benéfica y muchas vecesambas cosas juntamente? Los pueblos, andando por el mundo, podíanrelacionar fácilmente todas sus tradiciones á la montaña que dominaba suhorizonte y darle culto. En cada estación de su largo viaje se edificabaun nuevo templo. En otro tiempo, las tribus errantes en las mesetas dePersia veían surgir siempre al anochecer una montaña entre laspolvorientas llanuras: era el monte Telesmo, el divino «Talismán» queseguía á sus adoradores en sus peregrinaciones por el mundo. Y

cuando,después de larga emigración, la montaña columbrada á lo lejos no eraengañador espejismo, sino verdadera cumbre con nieves y rocas, ¿quiénhabría podido dudar del viaje hecho por el dios para acompañar á supueblo?

Así es como la montaña, cuya punta acogió á los refugiados del diluvio,no ha cesado de andar por los continentes. Una versión samaritana delPentateuco sostiene que el arca de Noé se detuvo en el pico de Adán: lasotras versiones afirman que el verdadero pico fué el Ararat; pero, ¿quéArarat es ese? ¿Es el de Armenia ú otra cualquiera montaña, en la cualhayan sido encontrados por pastores algunos despojos del sagrado barco?Por todas partes reclaman los pueblos orientales ese honor para lamontaña protectora cuyas aguas riegan sus propios campos. Aquel es elmonte desde el cual volvió á bajar la vida á la tierra, siguiendo elcamino de las nieves y el curso de los arroyos. No han faltado pruebas,por supuesto, para establecer la veracidad de todas esas tradiciones. Sehan encontrado montones de pradera petrificada bajo los hielos y en lasmismas rocas se encontraron huellas enmohecidas de aquellos «anillos deldiluvio» que, según nuestros modernos sabios, son amonitas fósiles. Poreso más de cien montañas de Persia, de Siria, de Arabia, del Asia Menorse ha indicado como desembarco del patriarca, segundo padre de loshombres. También Grecia hablaba de su Parnaso, cuyas piedras, lanzadasal limo del diluvio, se convertían en hombres. Hasta en Francia haymontañas donde se paró el arca; una de esas cumbres divinas esChamechaude, cerca de la gran Cartuja de Grenoble: otra es Puy deProgne, dominador de las fuentes del Ande.

El mito es, pues, constante; de las altas cimas es de donde han bajadolos hombres. Desde esas fragosidades, trono de la divinidad, ha salidola gran voz que dictó sus deberes á los mortales. El Dios de los judíosresidía entonces en la cumbre del Sinaí, entre nubes y relámpagos, yhablaba con la voz del rayo al pueblo reunido en la llanura. Lo mismoBaal Moloch y todos los dioses sanguinarios de aquellos pueblos delOriente se aparecían á sus fieles en la cúspide de los montes. En laArabia Pétrea, en los países de Edom y de Moab no hay una altura, unacolina ni una roca que no sostenga su tosca pirámide de piedra, sobrecuyo altar derramaban sangre los sacerdotes para tener propicio al dios.En Babel faltaba la montaña, y se la sustituyó con aquel famoso temploque debía llegar al cielo. El poeta ha reconstruido aquel gigantescoedificio, no tal como fué, sino tal como lo imaginaban los pueblos.

La más alta montaña, era un sillar para aquella granítica muralla.

Con su envidioso odio á los cultos extranjeros, los profetas judíosmaldijeron más de una vez los «altos lugares» en que los pueblos vecinoscolocaban á sus ídolos, pero no procedían ellos de otra manera y mirabaná las montañas para evocar á los ángeles que los socorrían: sobre unamontaña se elevaba su templo: también conversaba Elías con Dios sobreuna montaña. Y cuando el Galileo se transfiguró y se cernió en la luzincreada con los dos profetas Moisés y Elías, desde el monte Thabor seelevó. Cuando murió entre dos ladrones, en la cima de una montaña lecrucificaron, y cuando vuelva, según la profecía, rodeado de santos y deángeles, y asista al castigo de sus enemigos, también lo hará en unamontaña, pero al tocarla con la planta la romperá. Otra montaña, otracima ideal que sostenga una ciudad de oro y diamantes surgirá en elespacio luminoso y allí vivirán siempre los elegidos, cerniéndose en losaires alrededor de las cumbres alegres, muy por encima de esta tierra decuidados y de desdichas.

CAPÍTULO XX

#El Olimpo y los dioses#

Así como la gloria de la imperceptible Grecia sobrepuja en brillo á lade todos los imperios de Oriente, así el Olimpo, la más alta y bella delas montañas sagradas de los helenos, ha llegado á ser en la imaginaciónde los pueblos el monte por excelencia: ninguna cima, ni la del Meru, nilas del Elburs, el Ararat ó el Líbano, despierta en el espíritu humanotantos recuerdos de grandeza y de majestad. Pocas ha habido, porsupuesto, tan admirablemente situadas para atraer la mirada y servir deseñal á las razas que recorrían el mundo.

Colocado en el ángulo del marEgeo y dominando todas las cúspides cercanas desde la mitad de sualtura, veían los marinos el Olimpo desde enormes distancias. Desd