La Montaña by Élisée Reclus - HTML preview

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Con sus nieves y con sus hielos derretidos, que sirven para aumentar elcaudal de torrentes y ríos en verano, conserva la montaña la vegetaciónhasta enormes distancias de su base, pero se queda con humedad bastantepara alimentar á su propia flora de bosques, céspedes y musgos, muysuperior, por el número de las especies, á la flora de igual extensiónen la llanura. Desde abajo, no divisa la mirada los pormenores delcuadro que presenta la verdura de la montaña, pero abarca todo elmagnífico conjunto y disfruta de los mil contrastes que la altura, lasfragosidades del suelo, la inclinación de las pendientes, la abundanciadel agua, la vecindad de las nieves y las demás condiciones físicasproducen en la vegetación.

En la primavera, cuando renace todo, da gusto ver el verdor de hierbas yfollaje dominar la blancura de las nieves. Los tallos del prado quepueden respirar otra vez y ver la luz de nuevo, pierden su tono rojizoy su apariencia calcinada y adquieren primero un color amarillento ydespués verde hermoso. Multitud de flores esmaltan la pradera: véaseaquí únicamente ranúnculos, anémonas ó prímulas que brotan formandoramilletes: más allá desaparece el verde bajo la blancura nívea delgracioso y poético narciso, ó al vivo color del azafrán, que es flordesde la raíz hasta la corola.

Cerca de las corrientes de agua abra su delicada flor la parnasia y enotras partes florecillas blancas y azules, rojas ó amarillas, semultiplican y forman tales muchedumbres, que dan su color á toda lapendiente vegetal, y desde las vertientes opuestas se puede conocer quéespecie de planta domina en la pradera, á medida que la nieve retrocedehacia las alturas ante la alfombra de florida verdura. Pronto tomanparte los árboles en la fiesta. Abajo, en las primeras pendientes, losárboles frutales, después de haberse librado de la nieve del invierno,se cubren con la nieve de las flores. Más arriba, castaños, hayas ydiversos arbustos, se cubren de hojas de verde claro; de un día á otro,parece que la montaña se ha revestido con un tejido maravilloso deterciopelo y seda. Poco á poco sube hacia las cimas el nuevo verdor debosques y de malezas; escala cañadas y barrancos para conquistar lasquebraduras superiores junto al ventisquero. En lo alto, todo inesperadoy alegre aspecto. Hasta las rocas sombrías, que parecían negras por sucontraste, con las nieves, adornan sus fragosidades con matas verdes.También ellas participan de la primaveral alegría.

Menos suntuosos por la exuberancia del verdor y la prodigiosa multitudde flores, son, sin embargo, los pastos altos más agradables que laspraderas bajas; más íntima y benigna es la alegría de sus masas deverdor. Es más grato pasearse por la corta hierba y entrar enconocimiento con las flores que brotan á millares de la alfombra verde.Incomparable es el brillo de sus corolas. El sol les envía rayos máscálidos, de más poderosa y rápida acción química, y elabora en la saviasubstancias colorantes de más perfecta belleza.

El químico y elbotánico, armados de sus lentes, comprueban el fenómeno como es debido;pero sin necesidad de instrumentos bien ve el paseante, á la simplevista, que ninguna flor de la llanura tiene un azul tan profundo como elde la diminuta genciana. Las plantas, en su prisa por vivir y gozar,adquieren mayor hermosura; adórnanse con más vivos colores, porque laestación de la ventura será corta; cuando haya desaparecido el verano,la muerte las sorprenderá.

Deslumbra la vista el brillo que despiden las anchas extensiones dehierba salpicada con las estrellas de color sonrosado subido del sueño,con los azules manojos de miosotis, con las anchas flores del aster delos Alpes, cuyo corazón es de oro. En las pendientes más secas, en mediode las rocas áridas, crecen el negro orquiso con fragancia de vainilla,y el pie de león, cuya flor nunca se marchita, y es símbolo de eternaconstancia.

De esas plantas de brillantes flores, algunas no temen la vecindad de lanieve y el agua helada. No siente el frío; al lado de los cristales denieve circula libremente la savia en los tejidos de la delicadasoldanela, que inclina sobre la nieve su corola de tan puro y suavematiz: cuando brilla el sol, de ella puede decirse mejor que de lapalmera de los oasis que tiene el pie en el hielo y en el fuego lacabeza. En la salida misma de las nieves, el torrente, cuya agua lechosaparece hielo apenas derretido, rodea con sus brazos un florido islote,encantador ramillete de tallos que se estremecen sin cesar. Más lejos,el cauce nevado que la sombra de una roca defendió de los rayos solares,está esmaltado completamente de flores: la benigna temperatura quedespiden ha derretido la nieve á su alrededor. Parece que brotan de unacopa de cristal de fondo azulado por la sombra. Otras flores de mayorsensibilidad no se atreven á entrar en inmediato contacto con la nieve,y cuidan de rodearse de muelle funda musgosa. Así hace la clavellinaroja de los vértices nevados, y semeja un rubí colocado en almohadón deterciopelo en medio de un lecho de blanco plumón.

En las pendientes de la montaña, los bosques alternan con las manchas decésped, pero nunca al azar. La presencia de árboles grandes indicasiempre, en la vertiente que los produce, tierra vegetal de bastanteespesor y abundante agua de riego: de modo que, gracias á ladistribución de bosques y praderas, pueden leerse de lejos algunossecretos de la montaña, siempre que el hombre no haya intervenidobrutalmente derribando los árboles y modificando el aspecto del monte.Regiones enteras hay en que el hombre, ávido de riquezas, ha taladotodos los árboles: no ha quedado ni un tronco, porque las nieves, á lascuales no detiene ya la barrera viva, resbalan libremente en latemporada de los aludes.

Descarnan el suelo, lo raspan hasta la roca,llevándose consigo todos los residuos de las raíces.

La antigua veneración casi ha desaparecido. En otro tiempo, el leñadorapenas se atrevía á la selva montañesa: el viento que en ella gemía sele figuraba voz de los dioses. Había seres sobrenaturales ocultos bajola corteza, y la savia del árbol era también sangre divina. Cuandotenían que tocar con el hacha uno de aquellos troncos, lo hacíantemblando, y el montañés de los Apeninos decía: «Si eres dios ó diosa,perdóname»; y recitaba devotamente las plegarias propias del caso, perono se quedaba muy tranquilo después de sus genuflexiones.

Al blandir el hacha, veía agitarse las ramas encima de su cabeza.Parecíale que las rugosidades de la corteza adquirían expresión de ira yse animaban con terrible mirada. Al primer golpe, parecía la húmedamadera como sonrosada carne de ninfa. «El sacerdote lo ha permitido,pero ¿qué dirá la propia divinidad? ¿No retrocederá el hacha de pronto,para hendir el cuerpo de quien la esta manejando?»

Aún quedan hoy mismo árboles adorados: el montañés ignora por qué, y nogusta de que le pregunten sobre ello; pero en muchos sitios existenencinas respetadas, rodeadas de vallas por los indígenas, paraprotegerlas contra los animales y los viajeros errantes. En Bretaña,cuando un hombre estaba en peligro de muerte y no se hallaba cercaningún sacerdote, podía confesarse al pie de un árbol: las ramas leoían, y su rumor llevaba al cielo la última oración del moribundo.

De todos modos, aunque quede algún tronco respetado en memoria deltiempo viejo, no inspira ya el bosque aquel terror sagrado. Ahora losleñadores no se andan con tantos miramientos como sus antepasados,especialmente cuando no derriban bosques que sirven de valladar á losaludes. Basta con que puedan explotarlos útilmente, es decir, ganandocon la venta de la madera más de lo que les cuesta la corta y eltransporte. Numerosas selvas conservan su prístina virginidad por lodifícil que es al explotador llegar hasta ellas y sacar los árbolescortados. Pero cuando el camino es cómodo, cuando la montaña ofrecebuenos resbaladeros, por los cuales se puede hacer bajar con un soloimpulso los troncos pelados, cuando al pie de la pendiente el torrentedel valle tiene bastante fuerza para arrastrar los árboles en balsashasta la llanura ó para dar movimiento á poderosas sierras mecánicas, engran peligro están los bosques de caer á manos de los leñadores. Si sonexplotados con inteligencia, si se regulan cuidadosamente las talas, demodo que siempre quede en pie bastante árbol para los años sucesivos, yse desarrolle en el suelo forestal la mayor fuerza posible deproducción, puede congratularse la humanidad de las nuevas riquezas quese le procuran.

Pero cuando se corta y destruye de una vez todo elbosque, como en un acceso de frenesí, dan intenciones de maldecir áquien tal dispuso.

La belleza de los bosques que aún quedan en las pendientes de la montañahace que echemos de menos, con mayor pena, los que nos han robadoviolentos especuladores. Abajo, junto á la llanura, han sido respetadoslos bosques de castaños, gracias á las hojas, recogidas por los aldeanospara la cuadra, y á los frutos que éstos mismos comen en las noches deinvierno. Pocas selvas, ni aun en las regiones tropicales, dondealternan los grupos de árboles de más diferentes especies, presentan máspintoresca variedad que los bosques de castaños. Las pendientes decésped extendidas al pie de los árboles están bastante libres de malezaspara que la mirada pueda alcanzar numerosas perspectivas por debajo delas ramas. En muchos sitios deja pasar la verde bóveda la luz del cielo:la sombra gris y el rayo suavemente dorado oscilan según el movimientodel follaje: musgos y líquenes que cubren con sus tapices la rugosacorteza, acrecen la suavidad de luces y sombras fugitivas. Los mismosárboles, bien irguiéndose aislados, bien formando grupos, difieren deaspecto y de forma. Casi todos, por los surcos de la corteza y ladirección de sus ramas, parecen haber sufrido un movimiento de torsiónde izquierda á derecha; pero mientras unos tienen el tronco bastanteliso y bifurcan regularmente sus ramas, otros tienen extrañas jorobas,nudos y verrugas caprichosamente adornadas con hojas. Hay árboles viejosde enorme tronco que han perdido sus ramas mayores á consecuencia de lastempestades y las han sustituído con tallitos puntiagudos como lanzas:otros conservan completo el ramaje, pero están podridos por dentro;royóles el tronco el tiempo, abriéndoles profundas cavernas y nodejándoles á veces más que una ligera capa de madera cubierta de cortezapara sostener todo el peso de la vegetación superior. Vése de cuando encuando en el suelo huella de una cepa de poderosa dimensión: desaparecióel árbol, pero alrededor de aquella ruina vegetal crecen otros castaños,unidos antes al gigantesco pilar y aislados ahora, encogidos, limitadosá su ruin individualidad. De modo que el bosque presenta diversidadgrandísima. Al lado de árboles bien crecidos, de aspecto soberbio yporte majestuoso, hay grupos cuyas extrañas formas evocan en laimaginación los monstruos del sueño ó de la fábula. Mucho mássemejantes unas á otras son las hayas, que también gustan de asociarse yformar bosques, como los castaños. Casi todas son rectas como columnas,y la extensión abierta entre los fustes permiten á la vista alcanzarlargas distancias. Las hayas son lisas, de brillante corteza cubiertapor el liquen, y de verde musgo en la base; mazorquillas de hojasadornan la parte baja del tronco, pero los ramajes se extienden á quincemetros de altura y se unen de árbol en árbol en continua bóveda,perforada por rayos paralelos que forman dibujos en la hierba. Elaspecto de la selva es severo y hospitalario al mismo tiempo.

Suave claridad, compuesta de hacecillos brillantes y á la cual comunicanentonación verde las hojas, llena los paseos y se mezcla con la sombrapara producir una impresión de luz cenicienta, sin crudeza de matices,pero también sin obscuridad. Tal claridad hace ver bien cuanto vive alpie de los árboles grandes; los insectos que se arrastran, lasflorecillas que se balancean, los hongos y musgos que alfombran tierra yraíces, y sobre los mismos árboles, líquenes blancos y dorados que semezclan y confunden con los rayos de luz. Según las estaciones, cambiaincesantemente de apariencia el bosque de hayas. En otoño, el follajeadquiere diversos tonos, dominando los matices obscuros y rojizos;marchitase después y cae á tierra y la cubre con espesa capa dehojarasca que zumba al menor soplo de aire. Penetra libremente la luzsolar en el bosque por entre las desnudas ramas, pero penetran tambiénnieves y brumas. Permanece triste y sombrío el bosque hasta laprimavera, cuando las primeras flores se abren junto á los charcos denieve derretida, cuando las sonrosadas yemas irradian sobre todo elramaje como una vaga luz auroral.

Más sombría y de más terrible apariencia es la selva de abetos que creceá la misma altura que las hayas en la vertiente de la montaña, pero condiferente expansión. Parece guardar un terrible secreto: brotan de susramas rumores sordos y después se extinguen para renacer de nuevo, comoel murmullo lejano de las olas. Arriba es, en las copas, donde el ruidose propaga; abajo todo está inmóvil, impasible y siniestro. Las ramas,cargadas de negro follaje, se inclinan hasta el suelo, y estremece elpasar bajo aquellas bóvedas sombrías. Cuando el invierno cargue de nievelas robustas ramas, no se doblarán, y sólo dejarán caer en el céspedplateado polvo. Parece que poseen estos árboles tenaz voluntad, tantomás poderosa, cuanto que les une á todos el mismo pensamiento. Trepandopor la selva hacia la cumbre de la montaña, se ve que los árboles tienenque luchar cada vez más para conservar su existencia en la atmósfera,que se va enfriando. Su corteza es más rugosa, su tronco menos recto,sus ramas más nudosas, su follaje menos abundante y más duro. Sólopueden resistir á las nieves, á las tempestades y al frío por el abrigoque se dan unos á otros.

Aislados, perecerían; unidos en el bosque,continúan viviendo, Pero si por la parte de la cima los árboles queforman el primer valladón de defensa llegan á ceder en cualquier punto,pronto conmoverá y derribará la tormenta á sus compañeros. Preséntase elbosque como un ejército, formando á sus árboles en batalla, como sifueran soldados. Únicamente dos ó tres abetos, más robustos que losrestantes, se han adelantado, semejantes á campeones. Sólidamentearraigados en la roca, bien plantados, acorazados con rugosidades ynudos como con una armadura, desafían á las borrascas y sacuden decuando en cuando sus penachos de bohojasHe visto á uno de sus héroes quese había apoderado de una punta aislada y dominaba desde allí inmensaextensión de cañadas y barrancos. Sus raíces, que no había podido cubrirla poco profunda tierra vegetal, envolvían á la roca hasta largadistancia: rastreras y tortuosas como serpientes, se reunían en untronco bajo y nudoso que parecía tomar posesión de la montaña; las ramasdel árbol luchador se habían torcido ante los ataques del viento, perosólidas y recogidas sobre si mismas, podían arrostrar aún el esfuerzo decien tempestades.

Por encima de los bosques de abetos y de su vanguardia expuesta á todaslas tempestades, todavía crecen árboles, pero son de especie que, en vezde elevarse hacia el cielo, se arrastran por la tierra y se escurrenmiedosamente por las fragosidades para huir del frío y del viento. Sedesarrolla en ellos la anchura: las ramas, que serpentean como raíces,se repliegan sobre éstas y aprovechan su escaso calor. Así se juntanunos á otros los carneros para calentarse durante las noches deinvierno, Achicándose, ofreciendo poco cuerpo á la tormenta, pocasuperficie al frío, los enebros de la montaña consiguen conservar suexistencia, se le ve aún arrastrarse hacia las nevadas cimas ácentenares de metros por encima del abeto más atrevido en el asalto.También los arbustos como el rosal de los Alpes y el brezo logran subirá grandes alturas, gracias á la forma esférica ó de cúpula que tienentodas sus ramas apretadas una contra otra. El viento resbala en estasbolas vegetales. Pero ya más arriba tienen que renunciar á luchar contrael frío y dejar sitio á los musgos que se extienden por el suelo y á loslíquenes que se incorporan á la roca. La vegetación salió de la piedra,y á la piedra vuelve.

CAPÍTULO XV

#Los animales de la montaña#

Rica por su vegetación en selvas, arbustos, praderas y musgos, lamontaña parece pobre de animales: estaría casi completamente desierta siel pastor no le llevara sus rebaños de vacas y ovejas que se ven delejos, sobre el verdor de los pastos, como puntitos rojos ó blancos, ysi los celosos perros de ganado no corrieran continuamente á derecha éizquierda, haciendo repetir sus ladridos á los ecos. Esos soninmigrantes temporales que en primavera subieron de las llanuras bajas,á las cuales volverán en invierno, como no se les oculte en el fondo delos establos en las aldeas del valle. Los únicos hijos de la montaña quese encuentran al trepar por las pendientes son insectos que atraviesanlos senderos, escurriéndose entre la hierba, ó zumbando por el aire;mariposas entre las cuales se nota al erebo negro de metálicos reflejosy al magnífico Apolo, viviente flor que revolotea entre otras floresacá y acullá, algún reptil que desaparece entre unas piedras. Pocas avescantan en los bosques silenciosos.

No obstante, la montaña, fortaleza natural que se yergue entre lasllanuras, tiene también sus huéspedes: unos, temerosos fugitivos, quebuscan inaccesible refugio; otros, ladrones atrevidos, animales rapacesque desde sus atalayas examinan el horizonte á lo lejos antes deemprender sus excursiones de pillaje.

Cosa extraña y que da á comprender la cobardía de los hombres: lasbestias montaraces que destrozan y matan á las demás son precisamentelas más admiradas. Se les daría con gusto la realeza, y en mitos,fábulas, leyendas y hasta en algún libro viejo de historia natural, seles da el nombre de reyes.

Empecemos por el águila y otras aves de rapiña y carniceras que todoslos señores de la tierra han elegido como emblema, poniéndoles á vecesdos cabezas, como si quisieran ellos tener dos bocas para devorar.

Eshermosa ciertamente el águila cuando se planta altanera sobre peñascoinaccesible á los hombres, y más magnífica todavía cuando se ciernetranquilamente en los aires, soberana del espacio. Pero poco importa subelleza. Si el rey la admira, el pastor la odia, y le ha declaradoguerra mortal, por enemiga del rebaño.

Pronto no habrá águilas, buitresni gipactos más que en los museos: ya no se ve en muchas montañas ni unnido, ó el único que queda no guarda más que un pajarraco solitario ydesconfiado, viejo, medio tullido y comido por los parásitos.

También el oso es un devorador de carneros, y tarde ó temprano el pastorlo exterminará en las montañas. A pesar de su prodigioso vigor, del artecon que tritura los huesos, no es el favorito de los reyes, que no debende encontrarlo bastante elegante para figurar en sus blasones: encambio, muchos pueblos le quieren por sus cualidades y hasta el cazadorque le persigue siente por él, aun sin querer, cierta simpatía. Elostiak, después de haberle dado el último golpe y haberlo tendido,cubierto de sangre en la nieve, se arrodilla ante el cadáver paraimplorar su perdón y le dice: «Te he matado, pero teníamos hambre mifamilia y yo, y eres tan bueno, Dios mío, que habrás de perdonar micrimen.» Sin embargo, no nos hace á nosotros el efecto de un dios, peroparece honrado, cándido y benévolo. ¡Qué bien practica las virtudesfamiliares! ¡Qué bueno es para sus cachorros, y qué alegres, saltarinesy caprichosos son éstos! Las costumbres patriarcales de que con tantoencomio se nos habla, hay que ir á buscarlas á la caverna del oso ó á suenorme nido, cómodamente tapizado de musgo. Verdad es que el animal dade cuando en cuando algún mordisco á los carneros del pastor, perogeneralmente es la misma sobriedad. Se contenta con mascar hojas, pacerarándanos, saborear panales de miel: á veces se arriesga á bajar á laplaya para ir á comer tranquilamente uvas y peras en la planta que lasproduce.

Tsendi, naturalista suizo, afirma bajo palabra de honor que si el buenanimal se encuentra en el camino á alguna chica con su cesto de fresas,se conforma con colocar delicadamente la pata en el cesto para pedir suparte. Y cuando entra al servicio del hombre es servicial y magnánimo:tiene buen humor y desdeña las injurias. Siento mucho, sin poderloremediar, que desaparezca de nuestras montañas el oso, cuyas patas sueleclavar orgullosamente el cazador en la puerta del hórreo. Quedarásuprimida la raza, pero creo que, con más inteligencia, se hubierapodido domesticar asociándole á nuestras labores.

En cambio nadie echará de menos al lobo cuando haya desaparecidocompletamente de la montaña. Ese sí que es un bicho sanguinario,pérfido, maléfico, cobarde y vil por todos cuatro costados. No piensamás que en desgarrar á la víctima y en beberse la sangre que brotacaliente de la herida. Todos los animales le odian, y á todos los odiaél, pero no se atreve á atacar más que á los débiles ó á los heridos.Sólo el frenesí del hambre puede impulsarle á meterse con otro másfuerte. En cambio se apresura á lanzarse sobre la presa ya caída, sobreun enemigo que no puede defenderse. Hasta cuando un lobo acaba de caer,vivo todavía, herido por la bala del cazador, arrójanse todos suscompañeros sobre él para rematarlo y disputarse sus restos.

Roma lasangrienta ha dejado recuerdo cargado con todas las maldadesimaginables: arrasó ciudades á millares, destrozó hombres á millones, sehartó de todas las riquezas terrestres, fué la reina del antiguo mundopor infamias innumerables; por perfidias y por violencias, y á pesar detodos sus crímenes todavía se ha calumniado á sí misma, tomando á unaloba por abogada y madre. El pueblo cuyas leyes, bajo aparienciadistinta, nos rigen hoy, era realmente feroz y duro, pero no tan malocomo pudiera hacerlo creer el símbolo, que eligió.

Para el que gusta de la montaña, es muy grato saber que el lobo, sérodioso, es animal de las grandes llanuras. La destrucción de lasarboledas natales y el creciente número de los cazadores le han obligadoá refugiarse en los alfoces de las alturas, pero no ha dejado de ser unintruso. Sus condiciones naturales son á propósito para dar carreras decincuenta leguas por las estepas ó para trepar por las rocas. El animalá quien la forma de su cuerpo y la elasticidad de sus músculos dieronmayores facilidades para brincar de peña en peña y saltar las grietas esla graciosa gamuza, el antílope de nuestras comarcas. Ese es elverdadero habitante de la montaña. Ningún precipicio le espanta, ningunapendiente nevada le asusta; trepa en dos brincos por fragosidadesvertiginosas que el cazador más valiente no se atrevería á escalar:colócase de un salto en rebordes menos anchos que sus cuatro patas,reunidas en un solo soporte, y aunque es animal terrestre, parece alado.Además, es benigno y sociable: con gusto se confundiría con nuestrosrebaños de cabras y ovejas: pocos esfuerzos serían necesarios para queaumentara el número de nuestros animales domésticos; pero es más fácilmatarlo que domarlo, y las pocas gamuzas que quedan están reservadaspara dar gusto al cazador. Probable es que desaparezca pronto la raza, yal fin y al cabo más vale morir libremente que vivir en la esclavitud.

Más arriba aún que la gamuza, en vericuetos y peñas rodeadas de nievepor todas partes, han escogido albergue otros animales. Uno de estos esuna especie de liebre que sabe cambiar de librea todas las estaciones,de manera que su piel se confunde con el suelo que la rodea, y así seescapa á la perspicaz vista del águila. En invierno, cuando todo estácubierto de nieve, su piel es tan blanca como los copos: en primavera,cuando matas y guijarros aparecen á trechos entre la capa de nieve, elpelaje del animal se matiza con manchas grises: en verano, es del colorde las piedras y del césped abrasado, y después, en otro brusco cambiode estación, cambia también bruscamente de pelo.

Aún mejor protegida, la marmota pasa el invierno en la profundamadriguera, en donde la temperatura es igual siempre, á pesar de lasespesas capas de nieve que cubren el suelo, y durante meses enterossuspende el curso de su vida hasta que el perfume de las flores y losrayos primaverales la despiertan de su sueño letárgico.

Finalmente, uno de esos roedorcillos activos y despiertos siempre que seencuentran en todas partes, se ha decidido llegar á la cumbre de lamontaña, abriendo túneles y galerías por debajo de la nieve: es elcampañol. Cubierto con tan helada capa, busca por el suelo su escasoalimento, y lo encuentra, lo cual es maravilloso.

Tal es la fecundidad de la tierra, que produce para la incesante batallade la vida poblaciones de devoradores y de víctimas que combaten en laobscuridad á más de mil metros sobre el límite de las nieves perpetuas.Esa terrible lucha por la existencia, cuyo odioso espectáculo me habíaechado de las llanuras, se encuentra también arriba, en las capas detierra helada.

Muchas veces se cierne el ave de rapiña en regiones aun más altas, peroes para viajar de una á otra pendiente de la montaña ó para vigilar laextensión en lontananza y descubrir una presa. Mariposas y libélulas,arrebatadas por la alegría de revolotear al sol, se elevan á veces hastala zona más alta de la montaña, y sin prever el frío de la noche siguensubiendo hacia la luz; con mucha frecuencia vénse arrastrados los pobresanimalillos, así como moscas y otros insectos, hacia las cumbressuperiores por vientos de tormenta, y sus despojos alfombran, mezcladoscon el polvo, la superficie de la nieve. Pero además de esos forasterosque voluntariamente ó por fuerza visitan las regiones del silencio y dela muerte, existen indígenas que se encuentran allí realmente en sucasa, sin que les parezca demasiado frío el aire ó demasiado helado elsuelo. Extiéndese á su alrededor la callada inmensidad de las nieves,paro hay puntas de rocas que, de trecho en trecho, son para ellos losoasis en medio del desierto, y sin duda allí, en medio de los líquenes,encuentran el alimento necesario á su subsistencia. De todos modos,milagroso es que lo hallen, y los naturalistas se asombran alcomprobarlo.

Arañas, insectos ó aradores de las nieves, todos estos animalejos debende conocer el hambre, y quizás los diversos fenómenos de su vida severifiquen con extraordinaria lentitud. En ese imperio de la escarcha,las crisálidas deben permanecer mucho tiempo entumecidas en su sueño deaparente muerte.

No sólo se revela la vida junto á la nieve, sino que hasta la propianieve vive en ciertos sitios, tal es en ella el pulular de animalillos.Se divisan desde lejos, en la extensión blanca, grandes manchas rojas óamarillas.

Los montañeses dicen que es nieve podrida. Los sabios,armados con el microscopio, dicen que son billones y billones de seresque se agitan, viven, se quieren, se reproducen y acaban por comerseunos á otros.

CAPÍTULO XVI

#El escalonamiento de los climas#

Los naturalistas que recorren la montaña estudiando los seres vivientesque la habitan, plantas ó animales, no se limitan á estudiar lasespecies en su forma y en sus costumbres actuales: quieren conocertambién la extensión de su dominio, la distribución general de susrepresentantes en las pendientes y la historia de su raza. Consideran álos innumerables seres de una misma especie, hierbas, insectos ómamíferos, como á un individuo inmenso, cuyas moradas todas en lasuperficie de la tierra y cuya duración en la serie de las edades debenser conocidas.

Escalando una vertiente de la montaña, el viajero observa al principiocuán poco numerosas son las plantas que le acompañan hasta la cumbre.Las que ha visto en la falda y en las primeras quebraduras, no lasvuelve á ver en las más elevadas pendientes; y si algunas quedan,desaparecen junto á las nieves para que las sustituyan otras especies.Es un cambio continuo en el aspecto de la flora, conforme su aproximauno á las altas cumbres. Hasta cuando la planta de las colinasinferiores continúa apareciendo al lado del sendero contiguo á la nieve,parece que cambia poco á poco. Abajo ya se marchitaron sus flores,cuando en las alturas apenas están en capullo: allí ha pasado ya por elverano: aquí todavía está en la primavera.

Claro es que no puede medirse exactamente la altura en que tal plantadeja de crecer y tal otra empieza á mostrarse. Mil condiciones deterreno y de clima contribuyen continuamente á mover, ensanchar yestrechar los límites que separan el dominio natural de las diferentesespecies. Cuando cambia el terreno, cuando sucede la roca á la tierravegetal ó la arcilla á la arena, numerosas plantas suceden también áotras. Igual contraste se presenta cuando el agua empapa la tierra ócuando falta en el suelo sediento, cuando el viento sopla libremente entodo su furor ó cuando encuentra algo que sirva de obstáculo á suviolencia. A la salida de los callejones en que se abisman lastempestades, hay pendientes tan barridas por su áspero aliento, queárboles y arbustos se detienen ante él, como se pararían ante unamuralla de hielo. En otras partes varía la vegetación según lo escarpadode las fragosidades. En los acantilados verticales no hay más quemusgos: únicamente las malezas pueden agarrarse á las inclinadas paredesde los precipicios. Si la pendiente es menos rápida, pero auninaccesible para el hombre, se arrastran los árboles entre las rocas yse agarran á las hendiduras con sus raíces; en las planicies seenderezan, en cambio, los tallos y se extiende el follaje. Varía laesencia de los árboles generalmente tanto como su altura. Donde ladiferencia de las pendientes fué originada por la de las hiladasroquizas que los agentes atmosféricos han atacado con desigualdad,ofrece la montaña una sucesión de escalones paralelos de vegetación delefecto más extraño. Piedras y plantas cambian á la vez en regularesalternativas.

De todos los contrastes de vegetación, el más importante en su conjuntoes el que produce la diferencia de exposición á los rayos solares. Alpenetrar en un valle regular, dominado por uniformes vertientes, una alNorte y otra al Mediodía, puede verse cuánto modifica la vegetación enambas pendientes la diferencia de luz y de calor; á veces es absoluto elcontraste y presenta dos regiones terrestres que parecen hallarse ácentenares de leguas una de otra. A un lado están los árboles frutales,los cultivos, las praderas opulentas: enfrente no hay campos nijardines: no se ven más que bosques y pastos. Hasta las selvas quecrecen una frente á otra en las dos vertientes, encierran especiesdiversas. Allá arriba, bajo la pálida claridad que refleja el cielo delNorte, hay abetos de ramas obscuras: á la claridad vivificadora delmediodía, viven tan á gusto como en una espaldera los alerces dedelicado verdor. Como las plantas que buscan para florecer los rayos delsol, el hombre ha elegido para morada suya las pendientes que miran alMediodía. Por aquel lado las casas están contiguas al camino en líneacasi continua, y las queseras se esparcen como rocas grises en los altospastos. Sobre la vertiente fría que está enfrente sólo se ve algunacasuca albergada en los pliegues de un barranco.

Las pendientes de la montaña son diferentes por el aspecto, el clima yla vegetación, pero tienen un fenómeno común, y es que al subirlasparece que se dirige uno á los polos de la tierra: si se trepa cienpasos más arriba parece verse transportado el viajero á cincuentakilómetros más lejos del Ecuador. Hay cima que se ve erguirse encima dela cabeza del espectador y cuya flora se asemeja á la de Escandinavia;pasada esta punta para elevarse más arriba, se entra en Laponia y á unaaltura mayor se encuentra la vegetación del Spitzberg. Cada montaña es,por sus plantas, como un resumen de todo el espacio que se extiendedesde su base hasta las regiones polares, á través de los continentes ylos mares. En sus relatos dan á veces los botánicos testimonio deljúbilo, de la emoción que sienten cuando, después de haber escaladorocas vivas, de haber recorrido las nieves, de haber andado á lo largode abiertas grietas, llegan á un espacio libre, á un jardín, cuyasfloridas plantas les recuerdan algunas tierras queridas del Nortelejano, quizá de su patria, situada á millares de kilómetros dedistancia. Realizóse para ellos el prodigio de las Mil y una noches: consólo algunas horas de caminata, hételos transportados á otra naturaleza,á un nuevo clima.

Todos los años, algunos desórdenes violentos, pero temporales,trastornan esta regularidad del escalonamiento de la flora. Paseándosepor recientes derrumbaderos ó junto á los montones de tierra traídosdesde lo alto de las montañas por las aguas torrenciales, el botánicoobserva frecuentes perturbaciones en la distribución de las tribusvegetales. Esos fenómenos le interesan, porque, á fuerza de estudiar lasplantas, se acaba por simpatizar con ellos. Este espectáculo que le hacepalpitar el corazón reconoce por causa la forzada expatriación dehierbas y musgos violentamente arrastrados á un clima para el cual nonacieron. Al caer ó al resbalar desde las fragosidades superiores, lasrocas se han llevado flores, simientes, raíces, tallos enteros.Semejantes á los fragmentos de un planeta lejano que hicierandesembarcar en la tierra á habitantes de otros mundos, esas rocas caídasde la cumbre también sirven de vehículo á colonias de plantas.Asombradas las pobrecillas de respirar otra atmósfera, de encontrarse enotras condiciones de frío y de calor, de sequedad y de humedad, desombra y de luz, procuran aclimatarse en su nueva patria. Algunas deellas consiguen sostenerse contra la muchedumbre de plantas indígenasque los rodea, pero la mayor parte, por más que se agrupan y seaprietan unas contra otras como refugiadas á quienes odia todo el mundo(y que se quieren más unas á otras por lo mismo), vénse condenadas áperecer en breve plazo. Asaltadas por todas partes por los antiguospropietarios del terreno, acaban por abandonar el sitio que elderrumbamiento de su roca madre le había hecho conquistar violentamente.El botánico, que las estudia en su nuevo ambiente, las ve perecer poco ápoco. Después de algunos años de residencia, ya no se componen lascolonias más que de un corto número de individuos enfermizos, que acabanpor ser ahogados también. Así es, como, en nuestra humanidad, vanmuriendo sucesivamente colonos extranjeros, en medio de un pueblo quelos odia y un clima que les es contrario.

A pesar de las irregularidades temporales, el escalonamiento de la floraen las laderas de las montañas conserva, pues, el carácter de una leyconstante.

¿De dónde procede este extraño reparto de plantas por la superficie delglobo? ¿Por qué especies originarias de las más lejanas comarcas se hanjuntado formando colonias en las altas fragosidades de los montes?Indudablemente las semillas de algunas de ellas habrán podido sertransportadas por las aves y por los vientos tempestuosos, pero la mayorparte tienen simientes que no sirven para alimento de aves y pesandemasiado para adherirse á las plumas de sus patas. Entre las plantasde regiones frías que colonizan la montaña, hay familias enteras quenacen de cebollas, y seguramente ni el viento ni las aves han podidollevarlas atravesando continentes y mares.

Es necesario por consiguiente que las plantas se hayan propagado detrecho en trecho, por invasiones graduales, como acontece en nuestroscampos y praderas. Las colonias que hoy se ven en los altos jardinesrodeados de nieve, han subido lentamente desde la llanura, mientrasotras plantas de la misma especie, andando en sentido contrario, sedirigían hacia las regiones polares, en las cuales habitan en laactualidad. Sin duda era entonces el clima de nuestros campos tan friócomo lo es hoy el de las grandes cimas y la zona boreal; pero poco ápoco se hizo más benigna la temperatura: las plantas á quienes agrada eláspero aliento del invierno tuvieron que huir, unas hacia el Norte,otras hacia las pendientes de los montes.

De las dos fajas fugitivas,separadas por una zona siempre creciente, ocupada por especies enemigas,la que se retiraba hacia la montaña veía disminuir el espacio ante ella,en proporción á la suavidad del clima: ocupó primero las estribacionesde la falda, después las pendientes medias, después las altas cimas, yahora tienen algunas como refugio último las crestas supremas de lamontaña. Si el clima vuelve á enfriarse á consecuencia de algún cambiocósmico, emprenderán de nuevo las plantas su viaje hacia la llanura:victoriosas otra vez, arrojarán á otra parte á las especies quenecesitan más suave temperatura. Según las alternativas de los climas ysus ciclos inmensos, los ejércitos de plantas adelantan ó retroceden porla superficie del globo, dejando detrás grupos de rezagados que nosrevelan cuál fué en otro tiempo la marcha del cuerpo principal.

Los mismos fenómenos ocurren en las tribus de los hombres que en la delos animales y plantas. Durante las oscilaciones del clima, pueblos dediferentes razas que no podían adaptarse á tan variable medio, sedirigían lentamente hacia el Norte ó el Sur, ahuyentados por el excesodel calor ó del frió. Desgraciadamente, la historia, que aún no habíanacido, no ha podido contarnos todo el ir y venir de aquellos pueblos, ypor otra parte, en sus mayores emigraciones, obedecen siempre loshombres á un conjunto de pasiones múltiples que no saben analizar.Muchas tribus han andado así y han cambiado de morada, sin darse cuentade lo que las impulsaba hacia adelante. En seguida contaban en sustradiciones que las había guiado una estrella ó una columna de fuego, óque habían seguido el vuelo de un águila ó que habían ido colocando suspies en las huellas del casco de un bisonte.

Si la historia enmudece ó dice pocas palabras sobre las marchas ycontramarchas que los cambios de climas han impuesto á los pueblos,basta en cambio con mirar, para ver cómo responde la diferencia de loshombres en las laderas opuestas de casi todas las montañas, á ladiversidad de temperatura y de medio ambiente.

Cuando á cada lado delmonte es poco sensible el contraste de los climas, ya porque ladirección de toda la hilera de alturas es de Norte á Sur, ya porquevientos del mismo origen y cargados de igual cantidad de humedad rieguenambas vertientes, pueden entonces los hombres de una misma razadistribuirse libremente en una y otra parte, entregarse á los mismoscultivos, á iguales industrias, practicar análogas costumbres.

Lamuralla que se yergue entre ellos, interrumpida quizá por variasbrechas, no es un muro de separación.

Pero si la montaña y toda la seriede cimas que le corresponden tienen una vertiente vuelta hacia el Nortey sin vientos fríos, y la opuesta recibe de lleno los suaves rayos delMediodía, ó bien por una parte los vapores del mar se resuelven entorrentes, mientras por la otra están siempre secas las hondonadas,ciertamente que la flora, la fauna y la humanidad de ambas vertientesofrecerán el más notable contraste. Cada paso que da el viajero, despuésde haber doblado el vértice, le presenta una nueva naturaleza: penetraen un mundo donde hace descubrimiento sobre descubrimiento. Párase anteuna hierba olorosa que nunca había visto: una extraña mariposa revoloteaante él: mientras estudia las nuevas especies de plantas ó animales óprocura darse cuenta del conjunto de los rasgos de aquella naturalezadesconocida, se le acerca un pastor, hombre de otra raza y de otracivilización: hasta su idioma es distinto.

Separando dos zonas de climas, la cresta de la montaña también separados pueblos, y este es un fenómeno constante en cuantos países de latierra donde la conquista no ha mezclado ó suprimido brutalmente lasrazas; y aun á pesar de las violencias de la conquista, ese contrastenormal entre las poblaciones de ambas vertientes se ha restablecido confrecuencia. Ejemplo de ello presenta la historia de Italia. El esplendorde aquel país fascinó á los bárbaros del Norte y del Noroeste. Muchasveces, franceses y alemanes, atraídos por la riqueza del territorio, porlos tesoros de las ciudades, por el sabor de los frutos, por todas susbellezas naturales, se precipitaron en armadas muchedumbres sobre lasllanuras que rodea el grandioso hemiciclo de los Alpes. Por más que hanmatado, incendiado y destruido, por más que han ocupado el sitio de losvencidos, por más que han edificado ciudades y han construidociudadelas, la población nativa ha acabado por triunfar de ellos. Y losextranjeros, ya celtas, ya teutones, han tenido que volver á pasar losAlpes.

Así es que los montes, rugosidades relativamente insignificantes en lasuperficie del globo, sencillos obstáculos, que el hombre puedeatravesar en un día, tienen gran importancia histórica como fronterasnaturales entre naciones diversas. Ese papel en la vida de la humanidad,menos lo deben á la falta de caminos, á lo fragoso de sus vericuetos, ásu zona nevada y de rocas infecundas, que á la diversidad y á veces á laenemistad de las poblaciones domiciliadas en las dos opuestas faldas. Lahistoria de lo pasado nos enseña que todo límite natural, colocado entrepueblos por un obstáculo difícil de salvar, montaña, meseta, desierto órío, es al mismo tiempo frontera moral para los hombres. Como en loscuentos de hadas, se fortificaba con invisible muro, erigido por el odioy el desprecio. El hombre que llegaba allende los montes, no era sólo unextranjero, sino un enemigo. Odiábanse los pueblos, pero á veces unpastor, mejor que todos los de su raza, cantaba bajito algunas palabrasde cándido afecto, mirando por encima de la montaña. Él sabía, por lomenos, salvar la elevada barrera de nieves y de rocas. Su corazón sabíaconsiderar como patria ambas vertientes. Un antiguo canto de nuestrosPirineos cuenta este triunfo en un sentimiento dulce sobre la naturalezay sobre las tradiciones de odios nacionales:

¡

Baicha-bous, montagnos! ¡Planos, havussa bous!

¡Daqué pousqui bede oun sonn mas amous

!

¡Bajáos, montañas! ¡alzáos, llanuras!

¡Y que yo ver pueda do están mis amores!

CAPÍTULO XVII

#El montañés libre#

Las rugosidades formadas en la superficie terrestre por montañas yvalles son por consiguiente un hecho capital en la historia de lospueblos, y explica á veces sus viajes, sus emigraciones, sus conflictosy sus diversos destinos. Así es como una topera, que surge en un prado,en medio de poblaciones de insectos solícitos que andan yendo yviniendo, cambia inmediatamente todos los planos y hace desviar ensentido inverso la marcha de las tribus viajeras.

Separando con su enorme masa las naciones que por una y otra partesitian sus vertientes, la montaña protege también á los habitantes,generalmente poco numerosos, que han ido á buscar asilo á los valles.Los abriga, los hace suyos, les da costumbres especiales, cierto génerode vida, particular carácter. Sea cual fuere su raza originaria, elmontañés se ha hecho tal como es, bajo la influencia del medio que lerodea. La fatiga del trepar y del bajar penosamente, la sencillez delalimento, el rigor de los fríos invernales, la lucha contra laintemperie han hecho de él un hombre aparte, le han dado una actitud, unandar, un juego de movimientos muy diferente de los usados entre susvecinos de la llanura. Le han dado además un modo de pensar y de sentirque le distingue. Han reflejado en su espíritu, como en el del marino,algo de la serenidad de los grandes horizontes: también en muchos sitiosle han asegurado el tesoro inapreciable de la libertad.

Una de las causas que más han contribuído á sostener la independencia deciertos pueblos montañeses, es que para ellos el trabajo solidario y losesfuerzos de conjunto son una necesidad. Todos son útiles para cada uno,y cada uno para todos. El pastor que va á los pastos altos á guardar losrebaños de la comunidad, no es el menos necesario á la prosperidadgeneral. Cuando ocurre un desastre, ayúdanse todos mutuamente paraenmendar el daño. Si el alud se ha desplomado sobre algunas cabañas,todos trabajan en el desescombro. Si la lluvia ha desmoronado loscampos, que se cultivan en gradas sobre las pendientes, todos se ocupanen recoger la tierra que se ha venido abajo y subirla en espuertas hastala vertiente de donde se cayó. Si el torrente desbordado ha cubierto depiedras las praderas, todos se afanan en limpiar el césped de talesescombros que lo ahogan. Cuando en invierno es peligroso arriesgarseentre la nieve, cuentan unos con la hospitalidad de los otros. Todosson hermanos y pertenecen á la misma familia. Así es que cuando losatacan, resisten de común acuerdo, movidos, digámoslo así, por un solopensamiento. Por otra parte, la vida de combates sin tregua contra todaclase de peligros y quizá también el aire puro y saludable que respiranlos convierten en hombres atrevidos y desdeñosos de la muerte.Trabajadores pacíficos, á nadie atacan, pero saben defenderse.

La montaña protectora les da medios para precaverse contra la invasión.Defiende el valle con estrechos desfiladeros de entrada, en que algunoshombres bastan para detener á grandes grupos: oculta sus fértiles vallesen los huecos de grandes terraplanes cuyas fragosidades pareceninaccesibles. En ciertos sitios está perforada por cavernas que secomunican entre sí y pueden servir de escondrijos.

En la pared de un desfiladero que visitaba yo con frecuencia, había unade esas fortalezas ocultas. Con gran trabajo pude llegar á la entradaagarrándome á las asperezas de la roca y á algunas ramas de boj quehabían arraigado en las hendiduras. Mucho más difícil hubiera sidoescalarla para los asaltantes. Peñascos amontonados en la boca de lagruta estaban dispuestos á rodar, saltando de punta en punta, hasta eltorrente.

A cada lado de la entrada, la roca, absolutamente recta ylisa, no hubiera dejado pasar ni á una serpiente: encima, el acantiladoque la dominaba, protegía la abertura como pórtico gigantesco, y,además, medio la cerraba un gran muro. La gruta era inexpugnable, á noser por sorpresa. Los enemigos tenían que conformarse con vigilarla delejos, pero cuando no oían salir de ella ningún rumor, cuando searriesgaban á encaramarse hasta allí para contar los cadáveres,encontraban las galerías subterráneas completamente vacías. Loshabitantes se habían escurrido de caverna en caverna hasta otra salidasecreta oculta entre malezas. Había que empezar de nuevo la caza, que áveces se terminaba por desdicha, capturando á las víctimas. El hombre esuna presa para el hombre.

En ciertos sitios en que la montaña no presenta cavidades propicias, unaroca aislada en el valle, una roca de planos perpendiculares era la queservía para fortaleza. Cortada verticalmente por los tres lados querodea el torrente en su base, sólo era accesible por una sola vertiente,y por aquella parte, el grupo de montañeses que quería hacer de ellaatalaya y castillo, no tenía más que proseguir el trabajo emprendido porla naturaleza. Escarpaba la roca, la hacía intransitable al paso humanoy dejaba una sola entrada subterránea perforada á pico en el espesor dela peña. Metidos en su guarida, los habitantes de la fortaleza obstruíanla abertura con un peñasco, y ya no les podía visitar más que algún ave.La arquitectura no hacía gran falta aquella ciudadela, y sin embargo,alguna vez, por una especie de coquetería, el montañés adornaba laarista del precipicio con un muro almenado, que permitía á sus hijosjugar sin riesgo en toda la extensión de la meseta, y desde cuyasalturas podía espiar á gusto cuanto se divisara en las cercanaspendientes. En muchas comarcas montañesas de Oriente, cuyos valles estánpoblados de razas enemigas unas de otras, y en las cuales el homicidiose considera por consiguiente como leve culpa, hay muchas rocasfortalezas habitadas aún. Cuando llega un huésped al pie de la escarpa,anuncia su presencia á gritos. Poco después baja una cesta de una trampaabierta en la roca: se instala allí el viajero, y los brazos de susamigos de arriba izan lentamente la pesada cesta, que da vueltas por elaire.

Si las rocas abruptas de los altos valles sirvieron para defender á laspoblaciones pacificas contra toda invasión, en cambio los montecillosdel llano sirvieron muchas veces de atalaya y lugar de rapiña á algúnrapaz barón.

Muchos, pueblos aun en nuestro país, demuestran con su arquitectura queno hace todavía mucho tiempo había allí guerra permanente, y que á cadamomento había que temer ataques de señores ó de bandoleros.

No hay casasaisladas en las pendientes indefensas; todos los tugurios, semejantes ácarneros espantados por la borrasca, se han reunido en un solo grupo,vasto montón de piedra. Desde abajo parece aquello una continuación dela roca, una escotadura de la cima, ora deslumbrante de claridad, oraennegrecida por la sombra. Súbese allí por senderos vertiginosos quediariamente tienen que bajar los aldeanos para cultivar sus campos, yque tienen que subir de nuevo todas las noches, después del largotrabajo diario. Una sola puerta da entrada al pueblo, y en las torreslaterales quedan aún huellas del rastrillo y de otros medios de defensa;ninguna ventana se abre sobre la inmensa extensión de los vallescercanos. Las únicas aberturas son las aspilleras por donde pasaban enotro tiempo los venablos ó los cañones de los fusiles. Aun hoy, losdescendientes de aquellos desgraciados, sitiados de generación engeneración, no se atreven á construir sus habitaciones en medio delcampo. Podrían hacerlo, pero la costumbre (la más obedecida de todas lastiranías) los tiene encerrados en la antigua cárcel.

Libres eran los altos valles de la montaña, libres los montañeses, perofuera de los pasos estrechos donde nunca se arriesgan impunemente losagresores. Un promontorio casi aislado sostenía el castillo del barón.Desde allá arriba, el bandolero ennoblecido por sus propios crímenes ylos de sus antepasados podía vigilar las llanuras cercanas y losbarrancos y desfiladeros de la montaña. Como una serpiente enroscada enuna peña yergue la inquieta cabeza para acechar un nido lleno depajarillos, el bandolero observa desde lo alta de la torre del homenaje:no se atreve á atacar á los montañeses en su valle, pero está seguro desorprender y cautivar á los que se arriesguen por la llanura.

El castillo del noble desvalijador de caminantes está hoy arruinado. Unsendero pedregoso, obstruído por los zarzales, ha sustituído el caminopor donde los guerreros hacían caracolear á sus alegres caballos alemprender la marcha, por donde subían los mercaderes encadenados y losmulos cargados de botín. En el sitio donde estuvo el puente levadizo seha cegado el foso con piedras, y después el viento y los pies de lostranseuntes le han llevado un poco de tierra vegetal, donde hanarraigado saúcos. Los muros están casi todos derruidos, y enormesfragmentos, semejantes á peñascos, yacen por el suelo. Por otras partes,piedras desmoronadas llenan á medias el foso que cubre espesa alfombrade pamplina. El patio grande, en el cual se juntaban en otro tiempo loshombres de armas antes de las expediciones de pillaje, está lleno deescombros y de hoyos: difícil es abrirse camino á través de tupidosgrupos de arbustos y de hierbas altas: se teme pisar alguna víboraoculta entre dos piedras ó caer en la boca, abierta aún, de unamazmorra. Andemos, sin embargo, mirando atentamente al suelo. Llegamosal fondo del pozo, rodeado aún afortunadamente por un resto de brocal:nos asomamos con espanto á la negra abertura del abismo é intentamossondear su profundidad á través de las escolopendras y helechosentrelazados. Parécenos vislumbrar abajo el reflejo de un rayoextraviado en ese precipicio; parécenos oir un murmullo ahogado que subehacia nosotros. ¿Es una corriente de aire que se arremolina en la sima?¿Es un manantial, cuya agua se filtra entre las piedras y cae gota ágota? ¿Es una salamandra que cae al agua y la hace chapotear? ¿Quiénsabe? La leyenda nos dice que en otro tiempo los ruidos confusos quesalían de esas profundidades eran gritos de desesperación, sollozos devíctimas. El agua del pozo cubre un lecho de osamentas.

Aparto con esfuerzo mis ojos del microscopio que los fascina, y losdirijo á la masa cuadrada de la torre del homenaje, que brilla á todaluz. Las otras torres se han derrumbado; únicamente queda ésta en pie, yhasta conserva algunas almenas de su corona. Los muros, dorados por elsol, están tan lisos como al día siguiente del primer banquete celebradopor el señor en el salón. No hay en ella rendija ni rozadura apenas:únicamente el maderamen y los herrajes de las estrechas ventanassemejantes á aspilleras han desaparecido. A cinco metros sobre el suelose alza en el espesor de la muralla lo que fué puente de entrada; anchapiedra saliente forma su umbral, y la parte superior de la ojiva estáadornada con tosca escultura que ostenta un caprichoso monograma y lashuellas de la antigua divisa del barón. La escalera movible que seenganchaba en el umbral ya no existe, y el celoso arqueólogo quequisiera leer ó más bien adivinar las pocas palabras orgullosasesculpidas en la piedra, tiene que coger una escalera de mano. Paraintroducirse en la torre, adoptaron los aldeanos medio más violento: hanperforado el muro al nivel del suelo. Penoso trabajo fué éste, peroquizá les animaba la venganza contra aquel torreón, donde muchos de lossuyos hablan perecido entre tormentos ó de hambre: quizá se figurasentambién que iban á encontrar un tesoro escondido.

Entro con cierto temor por esta brecha: el aire interior, con el cual nose mezcla nunca un rayo de sol, me hiela antes de entrar. Sin embargo,la luz baja hasta el fondo de la torre: el techo está hundido: losentarimados han ardido en algún antiguo incendio, y se ven de trecho entrecho restos de vigas ennegrecidas. Todos esos residuos, piedra, maderay ceniza, se han convertido poco á poco en una especie de pasta que elagua del cielo, bajando allí como al fondo del pozo, conserva húmedasiempre. Pegajoso limo cubre esa tierra blanda, en la cual resbala elpie que pongo en ella con repugnancia. Paréceme estar ya encerrado en elhorrible calabozo y respiro con asco su aire rancio y mefítico, y, sinembargo, aquel aire es puro, comparado con el olor de moho y osamentasque sale de la abertura mellada de la mazmorra. Me asomo al negroagujero é intento divisar algo, pero nada veo. Necesitaría tener lamirada aguzada por larga obscuridad para columbrar los reflejosextraviados en las tinieblas. ¡Siniestra oquedad! Ignoro de cuántosasesinatos has sido cómplice, pero me estremezco de miedo al verte ycomo en demanda de fuerzas; miro hacia el cielo azul, al cual sirven demarco las cuatro murallas de la torre. Un mochuelo asustado se agitaallí arriba, lanzando desagradable chillido.

Una escalera practicada en el espesor del muro, permite subir hasta lasalmenas. Hay muchos peldaños desgastados y convierten á la escalera enun plano inclinado difícil de subir, pero apoyándome en las paredes,agarrándome á las asperezas, resbalando en el polvo para incorporarmedespués, acabé por llegar á lo más alto de la torre. La piedra es anchay no había peligro alguno; sin embargo, apenas me atreví á dar algunospasos, por temor de que me venciera el vértigo. Estaba á gran altura, enla región de aves y nubes, entre dos abismos; á un lado está la negrasima de la torre; al otro la profundidad luminosa de las rocas y lasvertientes alumbradas por el sol. El promontorio que sostiene el torreónparece otra torre de muchos centenares de metros de elevación. Y el ríoque serpentea en torno á su base no parece más que su foso de defensa.Cuentan que uno de los antiguos señores del lugar satisfacía á veces elcapricho de hacer saltar á sus prisioneros desde la azotea del torreón.Reservaba á sus más odiados enemigos la muerte lenta en el fondo de lasmazmorras, pero los cautivos contra los cuales no tenía ningún motivode odio, tenían que demostrar, al precipitarse desde la torre, el ánimoy gallardía con que sabían morir. Por la noche se hablaba de elloalrededor de la humeante mesa, riendo al recordar las contorsiones decuantos retrocedían espantados al borde del abismo, y encomiando á losque de un brinco se habían lanzado sin ajeno impulso en el vacío. Elnoble señor murió en un convento vecino

en olor de santidad

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Agrúpanse desordenadamente al pie del peñasco las humildes casuchas contecho de pizarra ó de cáñamo, del antiguo lugar esclavizado. Muchos sonlos cambios que se han verificado, no sólo en las instituciones ycostumbres, sino también en el alma humana, desde que el señor tenía asíá sus súbditos bajo sus miradas y bajo sus plantas, desde que elheredero de su nombre crecía pensando en en que todos los seres malvestidos que veía moverse allá abajo, todos aquellos hombres serían,cuando él quisiera, carne para su espada.

Imposible habría sido, aunpara el más bueno, para el de mejores sentimientos de los hijos delnoble, que no sintiera su pecho henchirse de feroz orgullo al contemplartodo aquel horizonte de tierras sometidas, aquel pueblo abatido, áaquellos villanos abyectos agitándose en el estiércol. Aunque hubieraquerido imaginar que los hombres tienen al nacer igual derecho á lafelicidad, aunque se hubiese considerado como nacido del mismo lodo,habría bastado para desengañarle una sola mirada dirigida al espaciodesde la soberbia azotea de su torre para creer en la igualdad (no de laalegría, sino de la desesperación ó del remordimiento), tendría quedejar su castillo, meterse en el sombrío convento del augusto valle ygolpearse la frente contra el pavimento de las iglesias.

En nuestros días, el descendiente de aquellos caballeros antiguos notiene que convertirse en carcelero de su pueblo, ni tiene que vigilar álos habitantes con suspicaz mirada, como no sea propietario de unafábrica y pueblen los aldeanos sus talleres. La quinta que se ha mandadoedificar en la vertiente de un cerro puede decirse que está oculta. Unacortina de árboles corpulentos tapa el más cercano grupo de casas, y sialgunas aldeas lejanas se ven de trecho en trecho, no son más quemanchas del paisaje, trazos del gran cuadro. Ya no es el castellano eldueño y para nada le serviría dar á su morada una posición dominadora.Más le vale una soledad donde pueda gozar en paz de la naturaleza.

Y es que, desde que pasó la Edad Media, ya no constituyen aldeas ycastillo un mundo aparte: voluntariamente ó por fuerza, han entrado enotro más grande, en una sociedad cuyas luchas tienen mayor amplitud, enque los progresos tienen mucho mayor alcance. El reino chico cuyo dueñoabsoluto era el señor, ya no es más que un distrito cualquiera, y eldescendiente de los antiguos barones para nada le sirve el enmohecidomandoble de sus antepasados. A veces intenta conservar alguno de losprivilegios aparentes ó reales que le quedan del poder de sus abuelos:en otras ocasiones se resigna á su papel de súbdito ó de ciudadano,mezclándose con la muchedumbre. De todos modos, los combates yconquistas de sus antecesores han sido útiles á otros, sea á pueblos,sea á reyes. Si aquellos guerreros, después de largas luchas con losmontañeses, lograron vencerlos en sus guaridas, y llevaron hasta lasnevadas crestas los linderos de sus dominios, tuvieron que sufrir luegoel ataque de otro invasor, y la frontera que habían dado á susposesiones se pierde en la inmensa extensión de un imperio poderoso.

Un nombre raro, que se encuentra en varios sitios de la montaña, me hahecho pensar en las cosas de lo pasado. En una hondonada, ligeradepresión del suelo, brilla en lontananza como diamantito movible, unmanantial que jamás se vería si el sol no revelase su existencia con unode sus rayos. Me acerco á él, veo doblarse y erguirse alternativamentelos tallos de hierba bajo la argentina gota que pasa: gorjean en tornoalgunos pájaros, y el césped que baña sus raíces en el agua ocultaextiende sus tallos verdes y sus florecillas muy por encima de la hierbaajada de los pastos. Esa corta extensión de verdor, que divisan de lejoslos pastores en la superficie gris y quemada de la vertiente, es la Fuente de los tres Señores

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¿Cuál era el origen de tan extraño nombre? ¿Cómo había tomado el detres potentados fuente tan humilde?

Cuenta la leyenda de la montaña queen época muy antigua, cuando fortalezas rodeadas de fosos se erguían entodos los promontorios de los desfiladeros, tres condes que porcasualidad no guerreaban, se encontraron un día de caza cerca de lafuentecilla. Larga carrera en persecución de jabalíes y ciervos loshabía cansado, y el sudor les caía de la frente. Una turba de criados,que andaban solícitos á su alrededor, ofrecíales á porfía vino yaguamiel, pero el hilillo de agua que brotaba de una rendija de la rocales pareció más agradable bebida que los licores escanciados en jarrosde plata. Inclináronse uno tras otro sobre el remanso de la fuente,apartaron con la mano las hierbas que flotaban en la superficie ybebieron en la hoya, como pastores ó como cervatillos de la montaña.Después se miraron, se dieron la mano de amigos y se pusieron á departiralegremente recostados en la hierba. Hacía buen tiempo, tocaba casi elsol ya el horizonte, algunos celajes diseminados proyectaban sombras enlas amarillas mieses de la llanura y leves humaredas se desprendían átrechos en los pueblecillos. Los tres condes estaban de buen humor.Hasta entonces sus inmensos dominios no habían tenido exactos linderosen la montaña. Decidieron que desde entonces la fuente que con heladochorro le había apagado la sed sería el límite de separación de los trescondados. Uno seguiría la orilla derecha, otro la izquierda delarroyuelo y el tercero ocuparía la loma tendida desde el manantial á lacima cercana, y desde allí á la vertiente opuesta. Y como consagracióndel tratado que acababan de convenir, los tres señores mojaron lasdiestras manos con algunas gotas de la fuente, y cada uno salpicó conellas el césped de su dominio.

Pero el buen tiempo no es duradero y los condes no conservan mucho susonrisa y compañerismo.

Peleáronse los tres amigos y estalló la guerra.Matáronse mutuamente vasallos, burgueses y villanos en hondonadas ybosques para que cambiara de sitio la linde de los tres condados. Lallanura fué asolada, y durante varias generaciones corrieron torrentesde sangre por la posesión de aquella gota de agua que brota allá arribaen pacíficas alturas. Pactóse paz por fin, y si han vuelto á empezar lasguerras, no se han encendido entre los tres barones, ni por la conquistade una fuente, sino entre poderosos soberanos y por la posesión deinmensos territorios con montañas, ríos, bosques y ciudades populosas.Ya no se destrozan una á otra gentes mal armadas, sino centenares demiles de hombres, provistos de los más científicos medios de destrucciónlos que chocan y se destruyen recíprocamente. Seguramente la humanidadprogresa, pero al ver tan espantosos conflictos, hay que dudar algunasveces.

Entonces nos parecen dichosísimas las poblaciones retiradas en losvalles altos que nunca han padecido los males de la guerra: á lo menos,á pesar del flujo y reflujo de los ejércitos en marcha, han acabado porconservar su independencia primitiva. Bastantes pueblos de la montaña,protegidos por enormes masas de roca unidas unas á otras, han tenido lafelicidad de permanecer libres. Ya saben que no deben únicamente alheroísmo de sus corazones, á la fuerza de sus brazos, á la unión de susvoluntades el no haberse visto esclavizados por sus poderosos vecinos.También tienen que agradecérselo á los grandes Alpes: esas han sido lasfirmísimas columnas que han defendido la entrada del templo.

CAPÍTULO XVIII

#El cretino#

Al lado de esos hombres fuertes, de esos valientes de sólido pecho ypenetrante mirada que trepan con paso firme por las rocas, arrástranseasquerosas masas de carne viva, los cretinos

de pendientes paperas. Ymuchas de esas masas hay que ni siquiera pueden arrastrarse; permanecensentados en sillas fétidas, moviendo á un lado y á otro el cuerpo y lacabeza, cayéndoles la baba por los pegajosos harapos. Esos seres nosaben andar, y algunos de ellos no han sabido aprender el arteprimordial de llevarse la comida á la boca: se les da de comer, se lesceba, y cuando notan que el alimento ingerido baja al estómago, exhalanligeros gruñidos de contento. Esos son los últimos representantes de lahumanidad, «cuyo rostro fué creado para contemplar los astros.» ¡Quéenorme intervalo salvado entre la cabeza ideal del Apolo Pitio y la delpobre cretino

, de ojos, sin mirada y risa que parece mueca! Máshermosa es todavía la cabeza del reptil, porque ésta corresponde á sutipo, y no esperamos verla de otra manera, mientras la cara del idiotaes una forma espantosamente degenerada. A pesar de habernos parecido unhombre desde lejos, ni siquiera aparece la inteligencia del animal ensus facciones.

Para mayor dolor, los sentimientos rudimentarios que se revelan en elser desdichado, no siempre son buenos. Algunos

cretinos

son malísimos:rechinan los dientes, lanzan rugidos feroces, hacen airados ademanes conlos torpes brazos, patean el suelo, y si no se lo impidieran, secomerían la carne y se beberían la sangre de quienes los cuidan conabnegación: nada importa esa rabia á los montañeses, buenos y cándidos.No por eso han dejado de dar á los pobres idiotas el nombre de

cretinos

, de

crestias

ó de inocentes, figurándose que tales seres,incapaces de razonar sus actos y de llegar á la comprensión del mal,disfrutan del privilegio de no tener ningún pecado en la conciencia.Cristianos desde la cuna, á la fuerza tienen que ir derechos al cielo.Por lo mismo, prostérnase la multitud ante locos y alucinados en lospaíses musulmanes, y se considera muy glorificado aquel á quien ensuciancon su saliva ó sus excrementos, puesto que, bajo humana forma, vivenfuera de la humanidad; sin duda están sumidos en divino sueño.