La Montaña by Élisée Reclus - HTML preview

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La Montaña

LA MONTAÑA

ELÍSEO RECLUS

Traducción de A. López Rodrigo

LA MONTAÑA

CAPÍTULO PRIMERO

#El asilo#

Encontrábame triste, abatido, cansado de la vida: el destino me habíatratado con dureza, arrebatándome seres queridos, frustrando misproyectos, aniquilando mis esperanzas: hombres á quienes llamaba yoamigos, se habían vuelto contra mi, al verme luchar con la desgracia:toda la humanidad, con el combate de sus intereses y sus pasionesdesencadenadas, me causaba horror. Quería escaparme á toda costa, yapara morir, ya para recobrar mis fuerzas y la tranquilidad de miespíritu en la soledad.

Sin saber fijamente á dónde dirigía mis pasos, salí de la ruidosa ciudady caminé hacia las altas montañas, cuyo dentado perfil vislumbraba enlos límites del horizonte.

Andaba de frente, siguiendo los atajos y deteniéndome al anochecer enapartadas hospederías.

Estremecíame el sonido de una voz humana ó deunos pasos: pero, cuando seguía solitario mi camino, oía con placermelancólico el canto de los pájaros, el murmullo de los ríos y los milrumores que surgen de los grandes bosques.

Al fin, recorriendo siempre al azar caminos y senderos, llegué á laentrada del primer desfiladero de la montaña. El ancho llano rayado porlos surcos se detenía bruscamente al pie de las rocas y de laspendientes sombreadas por castaños. Las elevadas cumbres azulescolumbradas en lontananza habían desaparecido tras las cimas menosaltas, pero más próximas. El río, que más abajo se extendía en vastasábana rizándose sobre las guijas, corría á un lado, rápido é inclinadoentre rocas lisas y revestidas de musgo negruzco. Sobre cada orilla, unribazo, primer contrafuerte del monte, erguía sus escarpaduras ysostenía sobre su cabeza las ruinas de una gran torre, que fué en otrostiempos guarda del valle. Sentíame encerrado entre ambos muros; habíadejado la región de las grandes ciudades, del humo y del ruido; quedabandetrás de mi enemigos y amigos falsos.

Por vez primera después de mucho tiempo, experimenté un movimiento deverdadera alegría. Mi paso se hizo más rápido, mi mirada adquirió mayorseguridad. Me detuve para respirar con mayor voluptuosidad el aire puroque bajaba de la montaña.

En aquel país ya no había carreteras cubiertas de guijarros, de polvo óde lodo; ya había dejado la llanura baja, ya estaba en la montaña, queera libre aún. Una vereda trazada por los pasos de cabras y pastores, sesepara del sendero más ancho que sigue el fondo del valle, y subeoblicuamente por el costado de las alturas. Tal es el camino queemprendo para estar bien seguro de encontrarme solo al fin. Elevándome ácada paso, veo disminuir el tamaño de los hombres que pasan por elsendero del fondo. Aldeas y pueblos están medio ocultos por su propiohumo, niebla de un gris azulado que se arrastra lentamente por lasalturas, y se desgarra por el camino en los linderos del bosque.

Hacia el anochecer, después de haber dado la vuelta á escarpadospeñascos, dejando tras de mí numerosos barrancos, salvando, á saltos depiedra en piedra, bastantes ruidosos arroyuelos, llegué á la base de unpromontorio que dominaba á lo lejos rocas, selvas y pastos. En su cimaaparecía ahumada cabaña, y á su alrededor pacían las ovejas en laspendientes. Semejante á una cinta extendida por el aterciopelado césped,el amarillento sendero subía hacia la cabaña y parecía detenerse allí.Más lejos no se vislumbraban más que grandes barrancos pedregosos,desmoronamientos, cascadas, nieves y ventisqueros. Aquella era la últimahabitación del hombre; la choza que, durante muchos meses, me había deservir de asilo.

Un perro primero, y después un pastor me acogieron amistosamente.

Libre en adelante, dejé que mi vida se renovara á gusto de lanaturaleza. Ya andaba errante entre un caos de piedras derrumbadas deuna cuesta peñascosa, ya recorría al azar un bosque de abetos; otrasveces subía á las crestas superiores para sentarme en una cima quedominaba el espacio; y también me hundía con frecuencia en un profundo yobscuro barranco, donde me podía creer sumergido en los abismos de latierra. Poco á poco, bajo la influencia del tiempo y la naturaleza, losfantasmas lúgubres que se agitaban en mi memoria fueron soltando supresa. Ya no me paseaba con el único fin de huir de mis recuerdos, sinotambién para dejar que penetraran en mi las impresiones del medio y paragozar de ellas, como sin darme cuenta de tal cosa.

Si había sentido un movimiento de alegría á mis primeros pasos en lamontaña, fué por haber entrado en la soledad y porque rocas, bosques,todo un nuevo mundo se elevaba entre lo pasado y yo, pero comprendí undía que una nueva pasión se había deslizado en mi alma. Amaba á lamontaña por si misma, gustaba de su cabeza tranquila y soberbia,iluminada por el sol cuando ya estábamos entre sombras; gustaba de susfuertes hombros cargados de hielos de azulados reflejos; de sus laderas,en que los pastos alternan con las selvas y los derrumbaderos; de suspoderosas raíces, extendidas á lo lejos como la de un inmenso árbol, yseparadas por valles con sus riachuelos, sus cascadas, sus lagos y suspraderas; gustaba de toda la montaña, hasta del musga amarillo ó verdeque crece en la roca, hasta de la piedra que brilla en medio del césped.

Asimismo, mi compañero el pastor, que casi me había desagradado, comorepresentante de aquella humanidad, de la cual huía yo, había llegadogradualmente á serme necesario; inspirábame ya confianza y amistad; nome limitaba á darle las gracias por el alimento que me traía y por suscuidados; estudiaba y procuraba aprender cuanto pudiera enseñarme. Bienleve era la carga de su instrucción, pero cuando se apoderó de mi elamor á la naturaleza, él me hizo conocer la montaña donde pacían susrebaños, y en cuya base había nacido. Me dijo el nombre de las plantas,me enseñó las rocas donde se encontraban cristales y piedras raras, meacompañó á las cornisas vertiginosas de los abismos para indicarme elmejor camino en los pasos difíciles. Desde lo alto de las cimas memostraba los valles, me trazaba el curso de los torrentes, y después, deregreso en nuestra cabaña ahumada, me contaba la historia del país y lasleyendas locales.

En cambio, yo le explicaba también cosas que no comprendía y que nisiquiera había deseado comprender nunca; pero su inteligencia se abríapoco á poco, y se hacía ávida. Me daba gusto repetirle lo poco quesabía yo, viendo brillar sus miradas y sonreir su boca. Despertábase lafisonomía en aquel rostro antes cerrado y tosco; hasta entonces habíasido un ser indiferente, y se convirtió en hombre que reflexionabaacerca de sí mismo y de los objetos que le rodeaban.

Y al propio tiempo que instruía á mi compañero, me instruía yo, porque,procurando explicar al pastor los fenómenos de la naturaleza, loscomprendía yo mejor, y era mi propio alumno.

Solicitado así por el doble interés que me inspiraban el amor á lanaturaleza y la simpatía por mi semejante, intenté conocer la vidapresente y la historia pasada de la montaña en que vivíamos, comoparásitos en la epidermis de un elefante. Estudié la masa enorme en lasrocas con que está construida, en las fragosidades del terreno que,según los puntos de vista, las horas y las estaciones, le dan tan granvariedad de aspecto, ora graciosos, ora terribles; la estudié en susnieves, en sus hielos y en los meteoros que la combaten, en las plantasy en los animales que habitan en su superficie. Procuré comprendertambién lo que había sido la montaña en la poesía y en la historia delas naciones, el papel que había representado en los movimientos de lospueblos y en los progresos de la humanidad entera. Lo que aprendí lodebo á la colaboración del pastor, y también, para decirlo todo, á ladel insecto que se arrastra, á la de la mariposa y á la del pájarocantor.

Si no hubiera pasado largas horas echado en la yerba, mirando óescuchando á tales seres, hermanillos míos, quizá no habría comprendidotan bien cuánta es la vida de esta gran tierra que lleva en su seno átodos los infinitamente pequeños y los transporta con nosotros por elespacio insondable.

CAPÍTULO II

#Las cumbres y los valles#

Vista desde la llanura, la montaña es de forma muy sencilla; es un conodentado que se alza entre otros relieves de altura desigual, sobre unmuro azul, á rayas blancas y sonrosadas y limita una parte delhorizonte.

Parecíame ver desde lejos una sierra monstruosa, con dientescaprichosamente recortados; uno de esos dientes es la montaña á donde heido á parar.

Y el cono que distinguía desde los campos inferiores, simple grano dearena sobre otro grano llamado tierra, me parece ahora un mundo. Ya veodesde la cabaña á algunos centenares de metros sobre mi cabeza unacresta de rocas que parece ser la cima; pero si llego á trepar á ellaveré alzarse otra cumbre por encima de las nieves. Si subo á otraescarpadura, parecerá que la montaña cambia de forma ante mis ojos. Decada punta, de cada barranco, de cada vertiente el paisaje aparece condistinto relieve, con otro perfil. El monte es un grupo de montañas porsi solo, como en medio del mar está compuesta cada ola de innumerablesondillas.

Para apreciar en conjunto la arquitectura de la montaña, hayque estudiarla y recorrerla en todos sentidos, subir á todos lospeñascos, penetrar en todos los alfoces. Es un infinito, como lo sontodas las cosas para quien quiere conocerlas por completo.

La cima en que yo gustaba más de sentarme no era la altura soberanadonde puede uno instalarse como un rey sobre el trono para contemplar ásus pies los reinos extendidos. Me sentía más á gusto en la cimasecundaria, desde la cual mi vista podía á un tiempo extenderse sobrependientes más bajas y subir luego, de arista en arista, hacia lasparedes superiores y hacia la punta bañada en el cielo azul.

Allí, sin tener que reprimir el movimiento de orgullo que á mi pesarhubiera sentido en el punto culminante de la montaña, saboreaba elplacer de satisfacer completamente mis miradas, contemplando cuantasbellezas me ofrecían nieves, rocas, pastos y bosques. Hallábame á mitadde altura entre las dos zonas de la tierra y del cielo, y me sentíalibre sin estar aislado. En ninguna parte penetró en mi corazón másdulce sensación de paz.

Pero también es inmensa alegría la de alcanzar una alta cumbre quedomine un horizonte de picos, de valles y de llanuras. ¡Con quévoluptuosidad, con qué arrebato de los sentidos se contempla en suconjunto el edificio cuyo remate se ocupa! Abajo, en las pendientesinferiores, no se veía más que una parte de la montaña, á lo más unasola vertiente; pero desde la cumbre se ven todas las faldas huyendo, deresalte en resalte y en contrafuerte en contrafuerte, hasta las colinasy promontorios de la base. Se mira de igual á igual á los montesvecinos; como ellos, tiene uno la cabeza al aire puro y á la luz;yérguese uno en pleno cielo, como el águila sostenida en su vuelo sobreel pesado planeta. A los pies, bastante más abajo de la cima, ve uno loque la muchedumbre inferior llama el cielo: las nubes que viajanlentamente por la ladera de los montes, se desgarran en los ángulossalientes de las rocas y en las entradas de las selvas, dejan á un ladoy á otro jirones de niebla en los barrancos, y después, volando porencima de las llanuras, proyectan en ellas sus sombras enormes, deformas variables.

Desde lo alto del soberbio observatorio, no vemos andar los ríos comolas nubes de donde han salido, pero se nos revela su movimiento por elbrillo chispeante del agua que se muestra de distancia en distancia, yaal salir de ventisqueros quebrados, ya en las lagunas y en las cascadasdel valle ó en las revueltas tranquilas de las campiñas inferiores.Viendo los círculos, los precipicios, los valles, los desfiladeros,asistimos, como convertidos de pronto en inmortales, al gran trabajogeológico de las aguas que abrieron sus cauces en todas direcciones entorno de la masa primitiva de la montaña. Se les ve, digámoslo así,esculpir incesantemente esa masa enorme para arrancarle despojos con quenivelan la llanura ó ciegan una bahía del mar. También veo esa bahíadesde la cima á donde he trepado; allí se extiende el gran abismo azuldel Océano, del cual salió la montaña, y al cual volverá tarde ótemprano.

Invisible está el hombre, pero se le adivina. Como nidos ocultos ámedias entre el ramaje, columbra cabañas, aldeas, pueblecillosesparcidos por los valles y en la pendiente de los montes que verdean.Allá abajo, entre humo, en una capa de aire viciada por innumerablesrespiraciones, algo blanquecino indica una gran ciudad. Casas, palacios,altas torres, cúpulas se funden en el mismo color enmohecido y sucio,que contrasta con las tintas más claras de las campiñas vecinas.Pensamos entonces con tristeza en cuantas cosas malas y pérfidas sehallan en esos hormigueros, en todos los vicios que fermentan bajo esapústula casi invisible. Pero, visto desde la cumbre, el inmenso panoramade los campos, lo hermoso, en su conjunto con las ciudades, los pueblosy las casas aisladas que surgen de cuando en cuando en aquella extensióná la luz que las baña, fúndense las manchas con cuanto las rodea en untodo armonioso, el aire extiende sobre toda la llanura su manto azulpálido.

Gran diferencia hay entre la verdadera forma de nuestra montaña, tanpintoresca y rica en variados aspectos, y la que yo le daba en miinfancia, al ver los mapas que me hacían estudiar en la escuela.Parecíame entonces una masa aislada, de perfecta regularidad, de igualespendientes en todo el contorno, de cumbre suavemente redondeada, de baseque se perdía insensiblemente en las campiñas de la llanura. No haytales montañas en la tierra. Hasta los volcanes que surgen aislados,lejos de toda cordillera y que crecen poco á poco, derramandolateralmente sobre sus taludes lavas y cenizas, carecen de esaregularidad geométrica. La impulsión de las materias interiores severifica ya en la chimenea central, ya en alguna de las grietas de lasladeras; volcanes secundarios nacen por uno y otro lado en lasvertientes del principal, haciendo brotar jorobas en su superficie. Elmismo viento trabaja para darle forma irregular, haciendo que caigandonde á él le place las cenizas arrojadas durante las erupciones.

Pero ¿podría compararse nuestra montaña, anciano testigo de otrasedades, á un volcán, monte que apenas nació ayer y que aún no ha sufridolos ataques del tiempo? Desde el día en que el punto de la tierra en quenos encontramos adquirió su primera rugosidad, destinada á transformarsegradualmente en montaña, la naturaleza (que en el movimiento y latransformación incesantes) ha trabajado sin descanso para modificar elaspecto de la protuberancia; aquí ha elevado la masa; allí la hadeprimido; la ha erizado con puntas, la ha sembrado de cúpulas ycimborrios; ha doblado, ha arrugado, ha surcado, ha labrado, haesculpido hasta lo infinito aquella superficie movible, y aun ahora,ante nuestros ojos, continúa el trabajo.

Al espíritu que contempla á la montaña á través de la duración de lasedades, se le aparece tan flotante, tan incierta como la ola del marlevantada por la borrasca: es una onda, un vapor: cuando hayadesaparecido, no será más que un sueño.

De todos modos, en esa decoración variable ó transformada siempre,producida por la acción contínua de las fuerzas naturales, no cesa deofrecer la montaña una especie de ritmo soberbio á quien la recorre paraconocer su estructura. De la parte culminante una ancha meseta, una masaredondeada, una pared vertical, una arista ó pirámide aislada, ó un hazde agujas diversas, el conjunto del monte presenta un aspecto generalque se armoniza con el de la cumbre. Desde el centro de la masa hasta labase de la montaña se suceden, á cada lado, otras cimas ó grupos decimas secundarias. A veces también, al pie de la última estribaciónrodeada por los aluviones de la llanura ó las aguas del mar, aún se veuna miniatura de monte brotar, como colina del medio del campo, ó comoescollo desde el fondo de las aguas. El perfil de todos esos relievesque se suceden bajando poco á poco ó bruscamente, presenta una serie degraciosísimas curvas.

Esa línea sinuosa que reune las cimas, desde lamás alta cumbre á la llanura, es la verdadera pendiente: es el caminoque escogería un gigante calzado con botas mágicas. La montaña que mealbergó tanto tiempo es hermosa y serena entre todas por la tranquilaregularidad de sus rasgos. Desde los pastos más altos se vislumbra lacumbre elevada, erguida como una pirámide de gradas desiguales: placasde nieve que llenan sus anfractuosidades, le dan un matiz sombrío y casinegro por el contraste de su blancura, pero el verdor de los céspedesque cubren á lo lejos todas las cimas secundarias aparece más suave almirar, y los ojos, bajando de la masa enorme de formidable aspecto,reposan voluptuosamente en las muelles ondulaciones que ofrecen lasdehesas. Tan agraciado es su contorno, tan aterciopelado su aspecto, quepensamos involuntariamente en lo agradable que sería acariciarlas á lamano de un gigante. Más abajo, rápidas pendientes, rebordes de rocas yestribaciones cubiertas de bosques ocultan en gran parte las laderas dela montaña; pero el conjunto parece tanto más alto y sublime cuanto quela mirada abarca solamente una parte, como una estatua cuyo pedestalestuviera oculto; resplandece en mitad del cielo, en la región de lasnubes, entre la luz pura.

A la belleza de las cimas y rebordes de todas clases, corresponde la delos huecos, arrugas, valles ó desfiladeros. Entre la cumbre de nuestramontaña y la punta más cercana, la cuesta baja mucho y deja un pasobastante cómodo entre las opuestas vertientes. En esta depresión de laarista empieza el primer surco del valle serpentino abierto entre ambosmontes. A este surco siguen otros, y otros más, que rayan la superficiede las rocas y se unen en quebradas, las cuales convergen á un círculo,desde donde, por una serie escalonada de desfiladeros y de hoyas, correnlas nieves y bajan las aguas del valle.

Allí, en un suelo pendiente apenas, ya aparecen los prados, los gruposde árboles domésticos, los caseríos.

Por todas partes se inclinan lascañadas, ya de gracioso, ya de severo aspecto, hacia el valle principal.Desaparece éste más allá de un codo lejano, pero si se ha dejado de versu fondo se adivina, á lo menos, su forma general, así como suscontornos, por las lineas más ó menos paralelas que dibujan los perfilesde las estribaciones. En su conjunto, puede compararse el valle con susinnumerables ramificaciones que penetran por todas partes en el espesorde la montaña, á los árboles, cuyos millares de ramas se dividen ysubdividen en delicadas fibrillas. La forma del valle y de su red decañadas es la mejor base para darse cuenta del verdadero relieve de lasmontañas que separa.

Desde las cumbres en que la vista se cierne más libremente por elespacio, también se ven numerosas cimas que se comparan unas con otras,y que se hacen comprender mutuamente. Por encima del contorno sinuoso delas alturas que se elevan al otro lado del valle, se vislumbra enlontananza otro perfil de montaña, azulada ya; después, más allá aún,tercera y hasta cuarta serie de montes cerúleos. Esas filas de montes,que van á unirse á la gran cresta de las cumbres principales, sonvagamente paralelas no obstante ser dentadas, y ora se aproximan, ora sealejan aparentemente, según el juego de las nubes y el andar del sol.

Dos veces al día se desarrolla incesantemente el inmenso cuadro de lasmontañas, cuando los rayos oblicuos de las auroras y los ocasos dejan enla sombra los planos sucesivos vueltos hacia la obscuridad y bañan enclaridad los que miran hacia la luz. Desde las más lejanas cimasoccidentales á las que apenas se columbran en occidente, hay una escalaarmoniosa de todos los colores y matices que puedan nacer al brillar delsol en la transparencia del aire. Entre esas montañas hay algunas quepudieran borrarse con un soplo, tan leves son sus torsos, tandelicadamente están dibujados sus trazos en el fondo del cielo.

Elévese ligero vapor, fórmese una bruma imperceptible en el horizonte,déjese venir el sol, inclinándose, por la sombra, y esas hermosasmontañas, esos ventisqueros, esas pirámides, se desvanecerángradualmente, ó en un abrir y cerrar de ojos. Las contemplábamos en todosu esplendor, y cátate que han desaparecido del cielo; no son más queun sueño, una incierta memoria.

CAPÍTULO III

#La roca y el cristal#

La roca dura de las montañas, lo mismo que la que se extiende por debajode las llanuras, está, recubierta casi completamente por una capa cuyaprofundidad varía, de tierra vegetal y de diferentes plantas. Aquí sonbosque; allá malezas, brezos, mirtos ó juncos; acullá, y en mayorextensión, el césped corto de los pastos. Hasta donde la roca parecedesnuda y brota en agujas ó se yergue en paredes, cubren la piedralíquenes amarillos, rojos ó blancos, que dan á veces la misma aparienciaá rocas de muy distinto origen. Únicamente en las regiones frías de lacumbre al pie de los ventisqueros, al borde de las nieves, se muestra lapiedra bajo cubierta vegetal que la disfraza. Granitos, piedra caliza yasperón parecen al viajero distraído de una misma y única formación.

Sin embargo, grande es la diversidad de las rocas; el minerálogo querecorre las montañas martillo en mano, puede recoger centenares ymillares de piedras diferentes por el aspecto y la estructura íntima.Unas son de grano igual en toda su masa; otras están compuestas departes diversas y contrastan por la forma, el color y el brillo; las haycon manchas, con rayas y con pintas; las hay translúcidas, transparentesy opacas. Unas están erizadas de cristalizaciones regulares; otrasadornadas con arborizaciones semejantes á grupos de tamarindos ú hojasde helecho. Todos los metales se encuentran en las piedras, ya en estadopuro, ya mezclados unos con otros. Ora aparecen en cristales ó ennódulos, ora con simples irisaciones fugitivas, semejante á los reflejosbrillantes de la pompa de jabón. Hay además los innumerables fósiles,animales ó vegetales que contiene la roca, y cuya impresión conserva.Hay tantos testigos diferentes de los seres que han vivido durante laincalculable serie de los siglos pasados, como fragmentos esparcidosexisten.

Sin ser minerálogo ni geólogo de profesión, el viajero que sabe mirar,ve perfectamente cuál es la maravillosa diversidad de las rocas queconstituyen la masa montañosa. Tal es el contraste entre las partesdiversas que constituyen el gran edificio, que se puede conocer desdelejos á qué formación pertenecen. Desde una cima aislada que dominaextenso espacio, se distingue fácilmente la arista ó la cúpula degranito, la pirámide de pizarra, ó la pared de roca calcárea.

La roca granítica se revela mejor en las cercanías inmediatas del picoprincipal dé la montaña. Allí, una cresta de rocas negras, separadoscampos de nieve que ostentan á ambos lados su deslumbrante blancura,parecen una diadema de azabache en su velo de muselina. Por aquellacresta es más fácil llegar al punto culminante de la montaña, porque asíse evitan las grietas ocultas bajo la lisa superficie de la nieve; allípuede sentarse con seguridad el pie en el suelo, mientras á pulso seencarama uno de escalón en escalón en las partes escarpadas. Por allíverificaba yo casi siempre mi ascensión, cuando, alejándome del rebaño yde mi compañero el pastor, iba á pasar algunas horas en el elevado pico.

Vista "de lejos", á través de los azulados vapores, de la atmósfera, laarista de granito parece uniforme; los montañeses, que empleancomparaciones prácticas y casi groseras, le llaman el peine; aseméjase,en efecto, á una hilera de agudas púas colocadas con regularidad. Peroen medio de las mismas rocas se encuentra una especie de caos; agujas,piedras movedizas, montañas de peñascos, sillares superpuestos, torresdominadoras, muros apoyados unos en otros y que dejan entre ellosestrechos pasos, tal es la arista que forma el ángulo de la montaña.Hasta en aquellas alturas la roca está cubierta casi por todas partes deuna especie de unto, por la vegetación de los líquenes, pero en variossitios han descubierto la piedra el roce del hielo, la humedad de lanieve, la acción de las heladas, de la lluvia, del viento, de los rayossolares; otras rocas, quebradas por el rayo, conservan la imantacióncausada por el fuego del cielo.

En medio de esas ruinas, es fácil observar lo que fué aún recientementeel mismo interior de la roca. Se ven los cristales en todo su brillo: elcuarzo blanco, el feldespato de color de rosa pálido, la mica que fingelentejuelas de plata. En otras partes de la montaña, el granitodescubierto presenta aspecto distinto: en unas rocas, es blanco como elmármol y está sembrado de puntitos negros; en otras, es azulado ysombrío.

Casi en todas partes es de una gran dureza y las piedras quepudieran labrarse con él servirían para construir duraderos monumentos;pero en otras, es tan frágil y están aglomerados los cristales tandébilmente, que pueden aplastarse con los dedos. Un arroyo, nacido alpie de un promontorio, cuyo grano es de poca cohesión, corre por elbarranco sobre un lecho de arena finísima abrillantado por la mica;parece verse brillar el oro y la plata á través de las rizadas aguas.Más de un patán llegado de la llanura se ha equivocado y se haprecipitado sobre los tesoros que se lleva descuidadamente el burlónarroyuelo.

La incesante acción de la nieve y del agua nos permite observar otraespecie de roca que constituye en gran parte la masa del edificioinmenso. No lejos de las aristas y cimborrios de granito que son laspartes más elevadas de la montaña, y parecen, digámoslo así, un núcleo,aparece una cima secundaria, cuyo aspecto es de asombrosa regularidad,parece una pirámide de cuatro lados colocada sobre el enorme pedestalque le ofrecen mesetas y pendientes. Está compuesta de rocas pizarrosasque el tiempo pule sin cesar con sus meteoros, viento, rayos del sol,nieves, nieblas y lluvias. Las hojas quebradas de la pizarra se abren,se rompen y bajan resbalando á lo largo de los taludes. A veces basta elpaso ligero de una oveja para mover millares de piedras en la ladera.

Muy distinta de la pizarrosa es la roca caliza que forma algunos de lospromontorios avanzados. Cuando se rompe, no se divide, como la pizarra,en innumerables fragmentillos, sino en grandes masas. Hay fractura queha separado, de la base al remate, toda una peña de trescientos metrosde altura; á ambos lados suben hasta el cielo las verticales paredes;apenas penetra la luz en el fondo del abismo, y el agua que lo llena,descendida de las nevadas alturas, sólo refleja la claridad de arriba enel hervor de sus corrientes y en los saltos de sus cascadas. En ningunaparte, ni aun en montañas diez veces más altas, aparece con mayorgrandiosidad la naturaleza. Desde lejos, la parte calcárea de la montañavuelve á tomar sus proporciones reales, y se la ve dominada por masas derocas mucho más elevadas. Pero siempre asombra por la poderosa bellezade sus cimientos y de sus torres; parece un templo babilónico. Tambiénson muy pintorescas, aunque relativamente de menor importancia lospeñascos de asperón ó de conglomerado compuestos de fragmentos unidosunos á otros. Donde quiera que la inclinación del suelo sea favorable ála acción del agua, ésta disuelve el cemento y abre un canalillo, unaestrecha hendidura que, poco á poco, acaba por partir la roca en dospedazos. Otras corrientes de agua han abierto también en las cercaníasrendijas secundarias tanto más profundas cuanto más abundante sea lamasa líquida arrastrada. La roca recortada de ese modo acaba porparecerse á un dédalo de obeliscos, torres y fortalezas. Hay fragmentosde montañas cuyo aspecto recuerda ahora el de ciudades desiertas, concalles húmedas y sinuosas, murallas almenadas, torres, torrecillasdominadoras, caprichosas estatuas. Aún recuerdo la impresión de asombro,próximo al espanto, que sentí al acercarme á la salida de un alfozinvadido ya por las sombras de la noche. Vislumbraba á lo lejos la negrahendidura, pero, al lado de la entrada, en el extremo del monte, advertítambién extrañas formas que se me antojaron gigantes formados. Eranaltas columnas de arcilla, coronadas por grandes piedras redondas quedesde lejos parecían cabezas. Las lluvias habían disuelto y arrastradolentamente el terreno en los alrededores, pero las pesadas piedrashabían sido respeta das, y con su peso daban consistencia á losgigantescos pilares de arcilla que las sostenían.

Cada promontorio, cada roca de la montaña tiene, pues, su aspectopeculiar, según la materia que la forma y la fuerza con que resiste álos elementos de degradación. Nace así infinita variedad de formas queacrecienta aún el contraste ofrecido en el exterior de la roca por lanieve, el césped, el bosque y el cultivo. A lo pintoresco de la línea ylos planos se añaden los continuos cambios de decoración de lasuperficie. Y sin embargo, poco numerosos son los elementos queconstituyen la montaña y por su mezcla le dan tan prodigiosa variedad depresentación.

Los químicos que analizan las rocas en sus laboratorios nos enseñan lacomposición de los diversos cristales. Nos dicen que el cuarzo essílice, es decir, silicio oxidado, metal que, puro, se asemejarla á laplata, y que por su mezcla con el oxígeno del aire, se ha convertido enroca blancuzca. Nos dicen también que el feldespato, mica, angrita,horublenda y otros cristales que se encuentran en gran variedad en lasrocas de la montaña, son compuestos en que se encuentran, con elsilicio, otros metales, como el aluminio y el potasio, unidos endiversas proporciones y según ciertas leyes de afinidad química, con losgases de la atmósfera. El monte entero, las montañas vecinas y lejanas,las llanuras de su base y la tierra en su conjunto, todo ello es metalen estado impuro; si los elementos mezclados y fundidos de la masa delglobo recobrasen súbitamente su pureza, la tierra se presentaría antelos ojos de los habitantes de Marte ó de Venus que nos dirigieran sustelescopios, bajo la apariencia de una bala de plata rodando por lasnegruras del cielo.

El sabio, que busca los elementos de la piedra, averigua que todas lasrocas macizas, compuestas de cristales ó de pasta cristalina, son comoel granito, metales oxidados; tales son el pórfido, la serpentina y lasrocas ígneas que brotan del suelo en las erupciones volcánicas,traquita, basalto, obridiana, piedra pómez; todo es silicio, aluminio,potasio, sodio y calcio. En cuanto á las rocas dispuestas en tajos óestratos, colocadas en capas superpuestas, también son metales, puestoque proceden en gran parte de la desagregación y nueva distribución delas rocas macizas. Piedras rotas en fragmentos, cimentadas después denuevo, arenas aglutinadas en roca después de haber sido trituradas ypulverizadas, arcillas que hoy son compactas después de haber sidodisueltas por las aguas, pizarras que no son otra cosa que arcillaendurecida, todo ello no es más que resto de rocas anteriores, y comoéstas, se componen de metales. Únicamente los calcáreos que forman tanconsiderable parte de la corteza terrestre, no proceden directamente dela destrucción de antiguas rocas; están formados por residuos que hanpasado por los organismos de animales marinos. Han sido comidos ydigeridos, pero no por eso dejan de ser metálicos: su base es el calciocombinado con el azufre, el carbono y el fósforo. De modo que, gracias álas mezclas y combinaciones variables, la masa lisa, uniforme,impenetrable, del metal, ha adquirido formas atrevidas y pintorescas, seha ahuecado en hoyos para ríos y lagos, se ha revestido de tierravegetal, ha acabado por entrar en la savia de las plantas y en la sangrede los animales.

Acá y acullá se revela aún el metal puro en las piedras de la montaña.En medio de los desmoronamientos y á la orilla de las fuentes, vénse confrecuencia masas ferruginosas. Cristales de hierro, cobre y plomo,combinados con otros elementos, se hallan también en los restosesparcidos; á veces brilla una partícula de oro en la arena del arroyo.Pero en la roca dura, ni el mineral precioso ni el cristal se encuentrandistribuidos al azar; están dispuestos en venas ramificadas que sedesarrollan sobre todo en los cimientos de las diferentes formaciones.Esos filones de metal, semejantes al hilo mágico del laberinto, hanllevado á los mineros, y más tarde á los geólogos, al espesor, á lahistoria de la montaña.

Según nos refieren los cuentos maravillosos, era fácil en otro tiempo irá recoger tales riquezas á lo interior del monte; bastaba con tener algode suerte ó contar con el favor de los dioses. Al dar un paso en falsose agarraba uno á un arbusto; el frágil tronco cedía, arrastrandoconsigo una piedra grande que cerraba una gruta desconocida hastaentonces. El pastor se metía osadamente por la abertura, no sinpronunciar alguna fórmula mágica ó sin tocar algún amuleto, y después dehaber andado largo tiempo obscuro camino, se encontraba de repente bajouna bóveda de cristal y diamante; erguíanse alrededor estátuas de oro yplata profusamente adornadas con rubíes, topacios y zafiros; bastaba coninclinarse para recoger tesoros.

En nuestros días, el hombre necesita trabajar, dejándose de conjuros yencantamientos, para conquistar el oro y otros metales que duermen enlas rocas. Los preciosos fragmentos son raros, hállanse impuros ymezclados con tierra, y la mayor parte de ellos no alcanzan brillo yvalor sino después de afinados en el horno.

CAPÍTULO IV

#El origen de la montaña#

Así, pues, hasta en su más diminuta molécula, la montaña enorme ofreceuna combinación de elementos diversos que se han mezclado en variablesproporciones; cada cristal, cada mineral, cada grano de arena ópartícula da caliza, tiene su infinita historia, como los mismos astros.El menor fragmento de roca tiene su génesis como el Universo, peromientras se ayudan con la ciencia unos á otros, el astrólogo, elgeólogo, el físico y el químico, aún se están preguntando con ansiedadsi han comprendido bien lo que es esa piedra y el misterio de su origen.

¿Y están bien seguros de haber puesto en claro el origen de la propiamontaña? ¿Viendo todas esas rocas, asperones, calizas, pizarras ygranitos, podemos contar cómo se ha acumulado la masa prodigiosa, cómose ha erguido hacia el cielo? ¿Podemos nosotros, pigmeos débiles,contemplándola en su soberbia belleza, decirle con el orgullo conscientede la inteligencia satisfecha: «La más chica de tus piedras puedeaplastarnos, pero te comprendemos, y conocemos tu nacimiento y tuhistoria?»

Como nosotros y aún más que nosotros, dirigen preguntas los niños al verla naturaleza y sus fenómenos, pero casi siempre, con cándida confianza,se contentan con la respuesta vaga ó engañosa de un padre ú otra personamayor que nada sabe, ó de un profesor que supone saberlo todo. Si noalcanzaran los niños esa respuesta, investigarían y continuaríaninvestigando, hasta que encontraran una explicación cualquiera, porqueel niño no gusta de permanecer en la duda; lleno del sentimiento de suexistencia, empezando la vida como un vencedor, quiere hablar como quiendomina todas las cosas. Nada debe ser desconocido para él.

Así los pueblos, salidos apenas de su barbarie primitiva, encontrabanuna afirmación definitiva para cuanto los chocaba, y diputaban por buenala primera explicación que respondiera lo mejor posible á lainteligencia y á las costumbres de aquel grupo humano. Pasando de bocaen boca, acabó la leyenda por convertirse en palabra divina y surgieroncartas de intérpretes para apoyarla con su autoridad moral y susceremonias. Así es como en la herencia mítica de casi todas las nacionesencontramos relatos que nos cuentan el nacimiento de las montañas, delos ríos, de la tierra, del Océano, de las plantas, de los minerales yhasta del hombre.

La explicación más sencilla es la que nos muestra á los dioses ó á losgenios arrojando las montañas desde las alturas celestiales y dejándolascaer al azar; ó bien levantarlas y modelarlas con cuidado como columnasdestinadas á sostener la bóveda del cielo. Así fueron construidos elLíbano y el Hermón; así se arraigó en los límites del mundo el monteAtlas, de hombros robustos. Por otra parte, las montañas, después decreadas, cambiaban de sitio con frecuencia, y servían á los dioses paraarrojárselas con hondas. Los titanes, que no eran dioses, transtornarontodos los montes de Tesalia para alzar murallas en torno del Olimpo: elmismo gigantesco Altus no era demasiado peso para sus brazos, que lollevaron desde el fondo de Tracia hasta el sitio en que hoy se levanta.Una giganta del Norte se había llenado de colinas el delantal y las ibasembrando á iguales distancias para conocer un camino. Vichnú, que vióun día dormir á una muchacha bajo los ardientes rayos del sol, cogió unamontaña y la sostuvo en equilibrio en la punta de un dedo para darsombra á la hermosa durmiente. Este fué, según dice la leyenda, elorigen de las sombrillas.

No siempre necesitaban, dioses y gigantes, agarrar las montañas para quecambiaran de sitio, porque obedecían éstas á cualquier seña. Las piedrasacudían al sonido de la lira de Orfeo y las montañas se alzaban para oirá Apolo: así nació el Helicón, morada de las musas. El profeta Mahomadebió nacer dos mil años antes; si hubiera nacido en edades de máscándida fe, no habría tenido que ir á la montaña, y ésta se habríadirigido hacia él.

Además de esta explicación del nacimiento de las montañas por lavoluntad de los dioses, la mitología de numerosos pueblos, da otra menosgrosera. Según ésta, las rocas y los montes son órganos vivientes quehan brotado naturalmente del cuerpo de la tierra, como salen losestambres en la corola de la flor. Mientras por una parte se hundía elsuelo para recibir las aguas del mar, por otra se alzaba hacia el solpara recibir su luz vivificante, así como las plantas enderezan eltallo y vuelven los pétalos hacia el astro que las mira y les da brillo.Pero ya no hay quien crea en las leyendas antiguas, que no son para lahumanidad mas que poéticos recuerdos; han ido á juntarse con los sueños,y el espíritu del investigador, apartado por fin de tales ilusiones,persigue con mayor avidez la verdad. Así es que los hombres de nuestrosdías, lo mismo que los de antiguos tiempos, siguen repitiendo, alcontemplar las cumbres doradas por la luz, «¿cómo han podido alzarsehacia el cielo?»

Hasta en nuestra época, cuando los sabios no apoyan sus teorías sinosobre la observación y la experiencia, hay algunas tan fantásticas sobreel origen de los montes, que se asemejan bastante á las leyendas de losantiguos. Un libro moderno de respetable volumen intenta demostrarnosque la luz del sol que baña nuestro planeta ha tomado cuerpo y se hacondensado en mesetas y montañas alrededor de la tierra. Otro afirma quela atracción del sol y de la luna, no contenta con levantar dos veces aldía las olas del mar, ha hecho hincharse también á la tierra, y haalzado las ondas sólidas hasta la región de las nieves. Finalmente, otrohay que refiere cómo los cometas, extraviados por los cielos, han venidoá chocar con nuestro globo, han agujereado su envoltura como piedras queatravesaran un carámbano y han hecho brotar las macizas montañas enlargas hileras.

Afortunadamente la tierra, siempre trabajando en nuevas creaciones, nocesa en su labor á nuestros ojos y nos enseña como hace cambiar poco ápoco las rugosidades de su superficie. Se destruye, pero se reconstruyediariamente de un modo constante; nivela unas montañas para edificarotras, y abre valles para cegarlos otra vez. Al recorrer la superficiedel globo y al examinar con cuidado los fenómenos de la naturaleza, seven formar ribazos y montes lentamente en verdad, y no con súbitoempujón, como quisieran los aficionados á lo milagroso. Se los ve nacer,ya directamente del seno de la tierra, sea indirectamente, digámosloasí, por la erosión de las mesetas, como surge poco á poco la esculturadel pedazo de mármol.

Cuando una masa insular ó continental, cuya alturallega á centenares ó millares de metros, recibe lluvias abundantes, vanquedando sus vertientes gradualmente esculpidas en barrancos, cañadas yvalles; la uniforme superficie de la meseta se recosta en cimas, aristasy pirámides; se ahueca en círculos, hoyas y precipicios; aparecen poco ápoco sistemas de montañas donde existe el terreno liso en extensiónenorme. Lo mismo acontece en aquellas regiones de la tierra donde lameseta, atacada únicamente en un lado por las lluvias, sólo formamontañas por esta vertiente: tal es, en España, la meseta de la Manchaque se hunde hacia Andalucía por las escarpaduras de Sierra Morena.

Además de estas causas exteriores que convierten las mesetas enmontañas, verifícanse también en lo interior de la tierra lentastransformaciones que ocasionan hundimientos enormes. Los hombreslaboriosos que, martillo en mano, atraviesan las montañas durante añosenteros para estudiar su estructura y su forma, observan en las nuevashiladas de formación marítima que constituyen la parte no cristalina delos montes, gigantescos padrastros ó hendiduras de separación que seextienden por centenares de kilómetros de longitud. Masas de millares demetros de espesor han sido alzadas ó derribadas en esas caídas, de modoque su antigua superficie se ha convertido hoy en su plano inferior. Lashiladas, aplomándose en sucesivas caídas, han dejado descubierto elesqueleto de rocas cristalinas que cubrían como una capa; han reveladoel núcleo de la montaña como una cortina súbitamente descorrida descubreun monumento oculto.

Pero ni aun estos hundimientos tienen tanta importancia como lasrugosidades en la historia de la tierra y en la de las montañas queforman sus asperezas exteriores. Sometidas á lentas presiones seculares,la roca, la arcilla, las capas de asperón, las venas de metal, todo searruga lo mismo que una tela, y los pliegues que así nacen forman montesy valles. Semejante á la superficie del Océano, agítase en olas la de latierra, pero son mucho más poderosas estas ondulaciones: son los Andes yel Himalaya que se yerguen sobre el nivel medio de la llanura. Las rocasde la tierra están sometidas incesantemente á estas impulsioneslaterales que las hacen plegarse y desplegarse diversamente, y loscimientos están en continua fluctuación. Así se arruga el pellejo de lasfrutas.

Las cimas que surgen directamente del suelo y suben de una maneragradual, desde el nivel del Océano hasta las alturas heladas de laatmósfera, son las montañas de lavas y cenizas volcánicas. En más de unsitio de la superficie terrestre se las puede estudiar con comodidad,alzándose, aumentando á la simple vista.

Muy distintos de las montañasordinarias, los verdaderos volcanes están perforados por una chimeneacentral, de la cual se escapan vapores ó fragmentos pulverizados derocas incendiadas, pero cuando se apagan, la chimenea se cierra y laspendientes del cono volcánico, cuyo perfil pierde su primitivaregularidad bajo la influencia de las lluvias y de la vegetación, acabanpor parecerse á las de los demás montes. Por otra parte, hay masasrojizas que al elevarse desde el seno de la tierra, sea en estadolíquido, sea en estado pastoso, salen sencillamente de una ancha grietadel suelo y no las lanza un cráter, como las escorias del Vesubio y delEtna. Las lavas que se acumulan en cimas y se ramifican en promontorios,sólo difieren por su juventud de las montañas viejas que erizan en otraspartes la superficie de la tierra. Lavas en otro tiempo candentes seenfrían poco á poco y se revisten de tierra vegetal: reciben el agua dela lluvia por sus intersticios y la devuelven en arroyos y ríos. Al finy al cabo se cubren en su base de formaciones geológicas nuevas y serodean, como las otras montañas, de hiladas de morrillos, de arena ó dearcilla. A la larga, la mirada del sabio puede únicamente reconocer quehan brotado del seno de la tierra, de la gran hornaza, como una masa demetal en fusión.

Entre los antiguos montes que forman parte de las sierras y de lossistemas que se llaman columnas vertebrales de los continentes, haymuchos que están compuestos de rocas semejantes á las lavas actuales ytienen igual composición química. Como estas lavas, el pórfido y otrosminerales han salido de la tierra por hendiduras y se han esparcido porel suelo, semejantes á una materia viscosa que se coagulase pronto alcontacto del aire; la mayor parte de las rocas graníticas parecenhaberse formado del mismo modo. Son cristalinas como las lavas, y suscristales tienen por elementos los mismos cuerpos simples, el silicio yel aluminio. Razonable es pensar que estos granitos han sido tambiénmasa pastosa y que sus surtidores incandescentes han brotado de grietasdel terreno. De todos modos, éso es una hipótesis en discusión y no unaverdad demostrada. Así como las lavas que brotan del suelo levantan áveces pedazos de terreno con sus bosques ó sus praderas, pensamos quedel mismo modo la erupción de los granitos ú otras rocas semejantes hasido la causa más frecuente del levantamiento de hiladas de diversasformaciones que constituyen la parte más considerable de las montañas.Estratos calcáreos, de arena, de arcilla, que aguas de mares ó lagoshabían depositado antes en capas paralelas en el fondo de sus cauces yque se habían convertido así en la película exterior de la tierra,habrán sido plegadas y enderezadas por la masa que se elevaba desde lasprofundidades y que buscaba una salida. Aquí la ola creciente delgranito había roto las hiladas superiores en islas y en islotes que,dislocados, hendidos, arrugados en caprichosos pliegos se han esparcidopor las depresiones y los rebordes de la roca levantadora; allí, elgranito habrá abierto en el suelo una sola grieta de salida, replegandoá un lado y otro las hiladas exteriores, según diversos ángulos deinclinación; acullá, el granito, sin conseguir romperla, ha abollado lascapas superiores. Éstas, bajo la presión que las movía, habrán cesado deser llanuras para convertirse en colinas y montañas. Hasta las alturasformadas por estratos, pacíficamente depositados en el fondo del aguahabrán podido elevarse en cimas, así como las protuberancias de lava; unpozo perforado á través de las capas superpuestas llegaría al núcleo depórfido ó de granito.

Admitiendo que la mayor parte de las montañas hayan aparecido como laslavas, todavía no ha descubierto el pensamiento la causa que ha hechobrotar del suelo todas esas materias en fusión. Ordinariamente se suponeque han sido exprimidas, digámoslo así, por la contracción de laenvoltura exterior del globo, que se enfría lentamente irradiando calorá los espacios. En otro tiempo era nuestro planeta una gota de metalardiendo. Al rodar por las frialdades de los cielos, se ha idocoagulando poco á poco. ¿Pero se ha solidificado la película sola, segúnse repite frecuentemente, ó se ha endurecido la gota hasta el núcleo?

Nose sabe aún, porque nada prueba que las lavas de los volcanes broten deinmenso receptáculo que llene lo interior del globo. Únicamente sabemosque estas lavas se escapan á veces de las grietas del suelo y corren porla superficie. Lo mismo los granitos, los pórfidos y otras rocassemejantes habrán brotado de las rendijas de la corteza terrestre comose escapa la savia de la herida de un vegetal. La marea de piedrasfundidas habrá subido desde el centro, bajo la presión de la envolturaplanetaria, gradualmente comprimida por efecto de su propioenfriamiento.

CAPÍTULO V

#Los fósiles#

Cualquiera que sea el origen primitivo de la montaña, conocemos á lomenos su historia desde una época muy anterior á los anales de nuestrahumanidad. Apenas se han sucedido ciento cincuenta generaciones dehombres desde que verificaron nuestros antepasados los primeros actoscuyo testimonio haya llegado hasta nosotros. Antes de esta época,únicamente inciertos monumentos nos revelan la existencia de nuestraraza. La historia de la montaña inanimada, en cambio, está escrita envisibles caracteres hace millones de siglos.

El hecho importante, el que chocó á nuestros progenitores desde lainfancia de la civilización, y fué contado diariamente en sus leyendas,consiste en que las rocas, distribuidas en hiladas regulares, en capassuperpuestas como las de un edificio, han sido colocadas por las aguas.Si nos paseamos á la orilla de un río; si en un día de lluvia miramos elarroyuelo temporal que se forma en las depresiones del suelo, veremos ála corriente apoderarse de las guijas, de los granos de arena, del polvoy de todos los residuos esparcidos, para distribuirlos ordenadamente enel fondo y en las orillas del cauce; los fragmentos más pesados sedepositarán en capas en los sitios donde el agua pierde la rapidez de suprimer impulso; las moléculas más ligeras irán más lejos á extenderse enestratos en la superficie lisa; finalmente, las tenues arcillas, cuyopeso apenas excede al del agua, se amontonarán donde se detenga elmovimiento torrencial de ésta. En las playas y en las cuencas de lagos ymares, las hiladas de residuos sucesivamente depositados guardan mayorregularidad, porque las aguas no tienen el ímpetu de las ondas fluvialesy todo cuanto recibe su superficie se tamiza á través de la profundidadde sus aguas; y allí permanece, sin que nada turbe la acción igual delas olas y las corrientes.

Así es como se divide el trabajo en la gran naturaleza. En las costaspeñascosas del Océano combatidas por las olas de la alta mar, se vencantos y guijarros amontonados. En otras partes se extienden hasta dondealcanza la vista playas de arena fina, en las cuales las ondas de lamarea se desarrollan en espumosas volutas. Los buzos que estudian elfondo del mar nos dicen que en vastos espacios, grandes como provincias,los despojos arrancados por los instrumentos se componen siempre de uncieno uniforme con diversas mezclas de arcilla ó de arena, según losparajes. También han comprobado que en otros sitios del mar la rocaformada en el fondo del lecho marítimo es creta pura. Conchas,espiguillas de esponjas, animalillos de todas clases, organismosinferiores, silíceos ó calcáreos, caen en lluvia incesante desde lasaguas de la superficie y se mezclan con los innumerables seres que seacumulan, viven y mueren en el fondo, en muchedumbres que bastan paraconstruir hiladas tan grandes como las de nuestras montañas. Por otraparte, éstas están formadas con residuos del mismo género. En unporvenir desconocido, cuando los actuales abismos del Océano seextiendan como llanuras ó se yergan en cimas ante la luz del sol,nuestros descendientes verán terrenos geológicos semejantes á los quehoy contemplamos, y que quizás hayan desaparecido, hechos añicos por lasaguas fluviales.

Durante la serie de las edades, las hiladas de formaciones marítimas ólacustres que componen la mayor parte de nuestra montaña han llegado áocupar á gran altura sobre el nivel del mar su posición inclinada ycontorneada en arrugas caprichosas. Ya hayan sido levantadas por unapresión procedente de abajo, ya se haya bajado el Océano á consecuenciadel enfriamiento y la contracción de la tierra ó por otra causa, y hayadejado de ese modo capas de asperón y de caliza en los antiguos fondosconvertidos en continente, el caso es que las hiladas allí están ypodemos estudiar cómodamente los restos que muchas de ellas han sacadodel mundo submarino.

Estos restos son los fósiles, despojos de plantas y animales conservadosen la roca. Verdad es que las moléculas que constituían el esqueletoanimal ó vegetal de aquellos cuerpos han desaparecido, así como lostejidos de la carne y las gotas de savia ó de sangre, pero todo ha sidosustituído por granos de piedra que han conservado la forma y hasta elcolor del ser destruido. En el espesor de las piedras están las conchasde los moluscos y discos, bolas, espinas, cilindros y varillas silíceosó calcáreos de las foraminíferas y las diatomas que se encuentran en másasombrosas muchedumbres; pero también hay formas que sustituyenexactamente á las carnes blandas de aquellos seres organizados; vénseesqueletos de peces con sus aletas y sus escamas: élitros de insectos,ramillas y hojas; hasta huellas de pasos hay, y en la dura roca que fuéen otro tiempo arena incierta de las playas, se encuentra la impresiónde las gotas de lluvia y la red de los surcos trazados por las olas dela orilla.

Los fósiles, muy raros en ciertas rocas de formación marítima, numerososen cambio en otros, y que constituyen casi toda la masa de los mármolesy las cretas, sirven para conocer la edad relativa de las hiladas que sehan ido depositando durante la serie de los tiempos. En efecto, todaslas capas fosilíferas no han sido derribadas y mezcladas caprichosamentepor las roturas y los desmoronamientos; han conservado en su mayorparte su regular superposición, de modo que pueda observarse y recogerselos fósiles en su orden de aparición. Donde las hiladas, todavía en suestado normal, conservan la posición que tenían en otro tiempo, despuésde haber sido depositadas por las aguas marinas ó lacustres, la conchadescubierta en la capa superior es ciertamente más moderna que en lasinferiores. Centenares y millares de años, representados por lasinnumerables moléculas intermedias del asperón ó de la creta, hanseparado ambas existencias.

Si las mismas especies de plantas y de animales hubieran existidosiempre en la tierra desde que estos organismos vivientes aparecieronpor primera vez en la corteza enfriada de la tierra, no se podríacalcular la edad relativa de las capas terrestres separadas una de otra;pero se han sucedido diferentes seres según las edades, sucediéndosetambién por lo tanto en las hiladas superpuestas. Ciertas formas quevemos con gran abundancia en el seno de las rocas estratificadas másantiguas, van siendo más raras en las de origen más reciente, y acabanpor desaparecer absolutamente. Las especies nuevas que siguen á lasprimeras tienen también, como cada sér en particular, su periodo derenacimiento, de propagación, de decadencia y de muerte; podríacompararse cada especie de fósil vegetal ó animal á gigantesco árbol,cuyas raíces se hunden en los terrenos inferiores de formación antigua,y cuyo tronco se ramifica y se pierde en las capas altas de origen másmoderno.

Los geólogos que en diversos países del mundo pasan el tiempo examinandolas rocas y estudiándolas molécula por molécula para descubrir en ellasvestigios de seres que vivieron, han podido reconocer (gracias al ordende sucesión de los fósiles de todas especies) en los restos encerradosla edad relativa de las diferentes hiladas de la tierra depositadas porlas aguas. En cuanto fueron bastante numerosas las observacionescomparadas, llegó hasta á ser fácil frecuentemente decir, con sólo verun fósil, á qué época de las edades terrestres pertenece la roca en quese encontró. ¿Cualquier piedra caliza, de esquisto ó de asperón ofrececlara huella de concha ó de planta? Pues basta á veces con eso. Elnaturalista, sin temor á equivocarse, declara que la piedra que conservaesa impulsión pertenece á tal ó á cual serie de rocas y debe serclasificada en tal ó cual época de la historia del planeta.

Estos fósiles reveladores que en forma de seres vivientes se agitabanhace millones de años en el légamo de los abismos oceánicos, seencuentran hoy á todas las alturas en las hiladas de las montañas. Selos ve en la mayor parte de las cimas pirenaicas; forman alpes enteros;se los encuentra en el Cáucaso y las cordilleras, y si el hombre pudierasubir hasta las cumbres del Himalaya, también allí los hallaría. Haymás; estas capas fosilíferas que pasan hoy de la zona media de lasnubes, alcanzaban en otro tiempo alturas más considerables. En muchossitios, en vertientes de montañas, se comprueba que existeninterrupciones frecuentes en las hiladas de rocas. Acá y allá encuentratal vez el geólogo en las cañadas algunos trozos de estos terrenos, perolas capas continuas no se reanudan hasta mucho más lejos, en lavertiente opuesta. ¿Qué ha sido de los fragmentos intermedios?Existieron, porque, aun al quebrarlos, la masa granítica que subía desdelo interior, sólo ha podido henderlos; pero las hiladas hendidascontinuaban sobre la resbaladiza cumbre.

CAPÍTULO VI

#La destrucción de las cimas#

Y, sin embargo, aquellas masas enormes, montes apilados sobre montes,han pasado como nubes barridas del cielo por el viento; hiladas de tres,cuatro y cinco kilómetros de espesor, cuya existencia nos revela elcorte geológico de las rocas, han desaparecido para entrar en elcircuito de una nueva creación. Verdad es que la montaña todavía nosparece formidable y contemplamos con admiración parecida al espanto sussoberbios picos que atraviesan las nubes en el aire glacial del espacio.Son tan altas estas pirámides nevadas, que nos ocultan la mitad delcielo. Desde abajo, sus precipicios, que la mirada intenta en baldemedir, nos causan vértigos. Y, sin embargo, todo ello no es más que unaruina, un simple residuo.

En otro tiempo, las capas de caliza, pizarra y asperón que se apoyan enla base de la montaña y se yerguen acá y acullá en cimas secundarias, seunían por encima del remate granítico en capas uniformes; sumaban suespesor enorme á la elevación ya altísima del pico superior. Doble erala altura de la montaña; llegaba entonces su vértice á aquella región enque está tan enrarecida la atmósfera, que ni aun puedo sostenerse enella el ala del águila. No es ya la mirada, sino la imaginación la quese espanta al pensar en lo que la montaña era entonces y en lo que lehan robado nieves, hielos, lluvias y tormentas durante la serie de lostiempos. ¡Qué infinita historia, qué innumerables vicisitudes en lasucesión de las plantas, de los animales y de los hombres, desde que losmontes cambiaron de forma y perdieron la mitad de su elevación!

Este prodigioso trabajo de escombrado no ha podido llevarse á cabo sindejar en muchos sitios rastros irrecusables. Los restos que hanresbalado desde lo alto de las cimas con las nieves, que han sidoempujadas por el hielo, triturados, desmenuzados, arrastrados enpedruscos, guijarros y arenas por el agua, no han vuelto todos al mar,del cual habían salido en periodo anterior: enormes montones quedan aúnen el espacio que separa las atrevidas pendientes de la montaña y lastierras bajas ribereñas del Océano. En esta zona intermedia donde lascolinas se extienden en largas ondulaciones como las olas en el mar, elsuelo está enteramente compuesto de cantos rodados y piedrasamontonadas. Todo eso son los restos de la montaña que las aguas hanreducido á fragmentos menudos, transportándolos y vertiéndolos enenormes aluviones á la salida de los grandes valles. Los torrentesbajados de las alturas revuelven á su gusto las mesetas de residuos yhacen que sus taludes se desmoronen en el surco que han abierto. En laspendientes del foso profundo donde serpentean las aguas, se distinguen,en aparente desorden, las diversas rocas que han servido de materialesal gran edificio de la montaña. Ahí están los peñascos de granito y losfragmentos de pórfido; allí los esquistos de aguda arista medio hundidosen la arena; más allá, pedazos de cuarzo y asperón, guijarros calizos,trozos de mineral, cristales achatados. También hay fósiles dediferentes épocas, y en los espacios en que las aguas se hanarremolinado mucho tiempo, se han parado esqueletos de animalesflotantes. Allí se han descubierto á millares las osamentas delhiparión, del uro, del alce, del rinoceronte, del mastodonte, del mamuty de otros grandes mamíferos que recorrían en lejanos tiempos nuestroscampos, y hoy han desaparecido, dejando al hombre el imperio del mundo.Los torrentes que trajeron tales restos, se los llevan pedazo porpedazo, reduciéndolos á polvo. Esqueletos y fósiles, arcillas y arenas,peñascos de esquisto, asperón y pórfido, todo se desmorona poco á poco,todo emprende el camino del mar; el inmenso trabajo de denudación que severificó con la gran montaña, empieza de nuevo en menor proporción conlos montones de escombros. Ahuecados por el agua, disminuyengradualmente de altura, se parten en colinas diferentes. No obstante,aun aminorada por el trabajo de los siglos, derruida y arruinada, lameseta que se extiende en la base de la montaña bastaría para acrecentaren algunos millares de metros la cumbre superior, si adquirieranuevamente su primera posición en las hiladas de rocas. Una antiguaoración de los indios dice: «Lamiendo los montes es como ha formado loscampos la roca celestial, es decir, la lluvia del cielo.»

Ante nuestros propios ojos continúa el trabajo de denudación de lasrocas con asombrosa actividad. Hay montañas compuestas de materialespoco coherentes que vemos fundirse y disolverse, digámoslo así.

Abrensealfoces en las laderas del monte y brechas en medio de la cresta;surcada por los aludes y por las aguas tempestuosa la gran masa, antesuna y solitaria, se divide poco á poco en dos cimas distintas, queparecen alejarse una de otra á medida que se ahonda más el abismo quelas separa.

Especialmente en primavera, cuando el suelo está empapado en las nievesfundentes, los desmoronamientos, los montones, las erosiones alcanzanproporciones tales, que toda la montaña parece que se derrumba yemprenda el camino de la llanura.

Un día de calor húmedo y suave, me había metido en un alfoz de lamontaña para ver otra vez las nieves antes de que se las llevaran lasaguas primaverales. Seguían obstruyendo el fondo de la quebrada, peroen muchos sitios estaban desconocidas porque las cubrían restosnegruzcos, mezclados con lodo. Las rocas pizarrosas que dominaban elalfoz parecían convertidas en una especie de pasta y se derrumbaban enanchas hojas. El negro fondo que se filtraba por las paredes deldesfiladero se hundía con sordo chapoteo en la nieve medio líquida. Portodas partes veía cataratas de nieve sucia y de restos, y me preguntabacon cierto espanto instintivo si, hendiéndose las rocas como la mismanieve, se irían á unir por encima del valle en una sola masa viscosa,derramándose á lo lejos por el campo. El torrente, que columbraba yo enalgunos sitios, por los pozos en cuyos fondos se habían abismado lascapas superiores de la nieve, perecía transformado en un río de tintapor los despojos que cubrían sus aguas; era aquello una enorme masa defango en movimiento. En lugar del sonido claro y alegre que solíamosoir, el torrente lanzaba continuo mujido, el de los escombros quechocaban unos con otros y rodaban por su lecho. En la primavera, en laépoca anual de la renovación terrestre, es cuando ve uno como severifica esa prodigiosa labor destructora.

Además, inmenso é invisible trabajo se produce en la misma piedra. Todoslos cambios causados por los meteoros no son más que modificacionesexteriores; las transformaciones íntimas que se verifican dentro de lasmoléculas de la roca tienen, por lo menos, resultados de igualimportancia. Mientras la montaña cambia sin cesar de apariencia porfuera, toma interiormente una estructura nueva, y las mismas hiladasmodifican su composición. Tomado en su conjunto, el monte es un inmensolaboratorio natural, donde trabajan todas las fuerzas físicas yquímicas, sirviéndose para su tarea de un agente soberano que no está ádisposición del hombre: el tiempo.

Por lo pronto, el enorme peso de la montaña, igual á centenares demillares de toneladas, gravita tan poderosamente sobre las rocasinferiores, que da á muchas de ellas aspecto bien distinto del quetuvieran al salir del mar. Poco á poco, bajo la formidable presión, laspizarras y otras formaciones esquistosas se disponen en hojas. Durantelos millares y millares de siglos que transcurren, las moléculascomprimidas se adelgazan en hojillas que pueden separarse fácilmentedespués, cuando tras alguna revolución geológica, vuelve á ser llevadala roca á la superficie. La acción del calor terrestre, que hasta ciertadistancia por lo menos, crece con la profundidad, contribuye también ácambiar la estructura de las rocas. Así es como se convirtieron lascalizas en mármoles.

Pero no sólo se acercan, se separan y se agrupan diversamente lasmoléculas de las rocas, según las condiciones físicas en que seencuentran durante el curso de los siglos, sino que también cambia lacomposición de las piedras en una carrera continua, un viaje incesantede los cuerpos que mudan de sitio, se mezclan y se persiguen. El aguaque penetra por todas las rendijas en el espesor de la montaña y la quesube en vapor desde los abismos profundos, sirven de principal vehículoá esos elementos que se atraen y se rechazan después, arrastrados por elgran torbellino de la vida geológica. Un cristal echa á otro cristal enlas hendiduras de la montaña; el hierro, el cobre, la plata y el orosustituyen á la arcilla ó á la cal. La roca mate adquiere el irisado delas muchas substancias que penetran en ella. Por el cambio de lugar delcarbono, del azufre y del fósforo, conviértese la cal en marga, dolomitay en espejuelo cristalino; á consecuencia de esas combinaciones la rocase hincha ó se encoge, y lentas revoluciones se verifican en el seno dela montaña. Pronto la piedra, comprimida en espacio harto estrecho,levanta y separa las hiladas superiores, hace caer enormes lienzos, ycon lentos esfuerzos, cuyos resultados son iguales á los de poderosaexplosión, agrupa de nueva manera las rocas de la montaña. Ora secontrae la piedra, ora se hiende, ya se abre en grutas, ya en galerías,ya se verifican grandes hundimientos, modificando así la apariencia yexterioridad del monte. A cada modificación íntima en la composición dela roca, corresponde un cambio en el relieve. La montaña reune en sítodas las revoluciones geológicas. Ha crecido durante millares desiglos, ha decrecido, durante igual tiempo, y en sus hiladas se sucedensin término todos los fenómenos de crecimiento y decrecimiento, deformación y destrucción, que se verifican en la tierra en proporciónmayor. La historia de la montaña es la del planeta; destrucciónincesante, inacabable renovación.

Cada roca resume un periodo geológico. En esa montaña de tan agraciadoperfil, que surge de la tierra con tan nobles actitudes, creeríamos verla obra de un día, tanto es la unidad del conjunto, y tanto es lo queconcurren los pormenores á la armonía general. Y sin embargo, estamontaña ha sido esculpida durante un millón de siglos. Ahí, antiguogranito relata las viejísimas edades en que aún no había cubierto laescoria terrestre la fibra vegetal. La egnesia que se formó quizás en laépoca en que aún no habían nacido animales ni plantas, nos dice que,cuando el Océano la dejó en sus orillas, ya habían sido demolidas porlas olas algunas montañas. La placa de pizarra que conserva los huesosde un animal, ó solamente una ligera huella, nos cuenta la historia delas innumerables generaciones que se han sucedido sobre la tierra en laincesante batalla de la vida: los rastros de huella nos hablan deaquellos bosques inmensos, representados después de su muerte porligeras capas de carbón; el acantilado calizo, amontonamiento deanimales revelados por el microscopio, nos hace asistir al trabajo delas multitudes de organismos que pululaban en el fondo de los mares; losresiduos de todas clases nos recuerdan las aguas pluviales, las nieves,los ventisqueros, los torrentes, limpiando los montes como lo hacen hoyy cambiando de siglo en siglo el teatro de su actividad.

Al pensar en todas esas revoluciones, en esas transformacionesincesantes, en esa serie continua de fenómenos que se producen en lamontaña, en el papel que representa en la vida general de la tierra y enla historia de la humanidad se comprende á los primeros poetas que, conla base del Pamir ó del Bolor, contaron los mitos de donde se handerivado todos los restantes. Dícennos que la montaña es una creadora;vierte en las llanuras las aguas fertilizadoras y les envía el légamoalimenticio; con la ayuda del sol, da nacimiento á plantas, animales yhombres; da flores al desierto y lo siembra de ciudades felices.

Segúnantigua leyenda helénica, el que hizo surgir los montes y modeló latierra fué Eros, el dios eternamente joven, el primogénito del caos, lanaturaleza renovada sin cesar, el dios del amor eterno.

CAPÍTULO VII

#Los desprendimientos#