La Montálvez by José María de Pereda - HTML preview

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XVI

Mientras rodaba el coche se me iba ocurriendo que podía no ser verdadque las ausencias de Ángel de mi casa consistieran en lo que decía elanónimo; mas como para aclarar la duda se necesitaba un trámite, nocorto, y no andaban mis asuntos para prodigar el tiempo en lujos depreliminares, y si lo del anónimo no era la pura verdad, podría serlo,lo sería a la hora menos pensada, lo que yo iba a hacer hecho estaría, yeso tendríamos adelantado. ¡El anónimo!... Pero ¡de quién era la manoque le había escrito?

No podía dar en ello por más que cavilaba, y casicasi la estaba viendo delante de los ojos.

»Detúvose el coche y bajé. Sólo otra vez en mi vida había estado yo enaquella casa, ¡y en qué situación de ánimo tan diferente! Subí laangosta y larga escalera sin tomar un respiro, y llamé.

»Esta vez fui recibida en la sala, pieza triste y pobre, sin otro lujoque el aseo, el cual relucía hasta en los damascos descoloridos de losmuebles. Apareció el matrimonio a los pocos momentos de estar yoaguardando. La mujer era el mismo espectro de la otra vez, pero sin lacalceta, aunque no por eso me pareció menos terrible. Dispuso con unademán de los suyos que me sentara en el centro del sofá, y sentemeallí. Delante del sofá, a sus dos extremos y mirándose frente a frente,había dos butacas. La mujer se sentó en la una y el marido en la otra.Colocados así los tres, el espectro estaba a mi derecha.

»El bueno de don Santiago había estado muy afable y cortés conmigo... ytambién un poco desconcertado al saludarme. Su mujer fue la de siempre ylo que yo esperaba que fuera en aquella ocasión; pero ni me alentaba louno, ni me intimidaba lo otro. En la enormidad de mi cuita, no debíareparar yo en pequeñeces de más o de menos.

»Sin detenerme en excusas ociosas ni en preámbulos atenuantes, referílo del anónimo y hasta le relaté casi al pie de la letra, y pregunté enseguida si era cierto que entre ellos (mis dos oyentes) y su hijohubiera pasado lo que en el papel se declaraba. La mujer respondió alpunto, seca y muy acentuadamente, que sí; el marido, cuando me volvíhacia él, humilló un poco la cabeza, pero no dijo que no.

»Ya sabía a qué atenerme con toda certidumbre; y a continuar iba en miempresa, fundada sobre esta base, cuando se me anticipó el espectro paradecirme:

»—Ya supondrá usted que en esta casa, donde con tanta lealtad se hablay se procede, no hay nadie que sea capaz de cometer tales felonías...

»—No había necesidad de esa advertencia, señora—la dije de todocorazón.

»—Es que cómo la carta, según usted ha referido, fue entregada de partede mi hijo...

»—Razón de más para creer que no era obra suya, puesto que no lafirmaba.

»—Eso mismo pienso yo—dijo don Santiago, y eso solo debiera bastarcomo prueba decisiva, si hubiera alguien capaz de atribuirle...

»—Señor don Santiago—le interrumpí—, todas esas salvedades estánfuera de su lugar...

»—Pero es extraño—dijo su mujer—, ¡muy extraño!, que una cosa tratadaaquí, a puertas cerradas, entre nosotros solos, hace dos o tres días, sesepa a estas horas donde se sabe. ¿Cómo ha podido saberse?...

»—¡Oh, por el amor de Dios!—repliqué fatigada con aquella ociosadigresión—, no se preocupen ustedes ahora con eso... Ya se sabrátodo..., y si no se sabe, ¡qué importa!

No es eso lo que a mí me dueleni por lo que he venido.

»Calláronse entonces; y como los vi dispuestos a escucharme, díjeles alpunto, palabra más o menos:

»—Hay en el anónimo ese un alcance más hondo que el que se ve, tomadoel papel en la sencillez de su contenido.

Parece la obra de un amigoindiscreto, y es un puñal envenenado que ha producido en mi casa dosheridas mortales. Para eso fue escrito, y como puñal le esgrimió, lamano alevosa. De una de las dos heridas no hay para qué tratar: es lamía; quizás la merezco, y poco importa. Pero de la otra, que es la de mihija inocente... ¡Dios bendito!... Yo no sé si habrá en el mundo remedioque alcance a cicatrizarla: sospecho que no; pero sé de algo que puedecombatir el veneno y amortiguar los dolores; y con esto, aunque mal, yase vive... Pues ese bálsamo milagroso está aquí, en una palabra, en unamirada, en un latido del corazón de ustedes; y yo vengo a preguntarles:¿a costa de qué sacrificios, de qué humillaciones, de qué penitencias,le puedo adquirir para que viva la desventurada Luz?

»—No me respondieron una palabra. Don Santiago me había oído sinapartar de mí sus ojos compasivos; pero su mujer era una roca.

»Convencida de ello, abandoné por inútiles los toques al sentimiento deaquella inexorable criatura, y acometí de frente la empresa llamando alas cosas por sus nombres. Lo que pretendía, lo que yo suplicaba era queno se pusieran obstáculos a los proyectos acordados entre Ángel y mihija.

»—Quisiera yo que la señora marquesa considerara—dijo al oírme donSantiago, en tono muy afable—que cuando se tratan en familia asuntoscomo el que nuestro hijo vino a tratar con nosotros, no debe extrañarseque los padres, mirando por el bienestar y por...

»—¡Si yo no me extraño de nada de eso, amigo mío!

Ustedes han hecho muybien en lo que hicieron, pensando que lo que hacían era lo mejor; peroentonces ignoraban...

»—Mi hijo—interrumpiome la implacable madre—nos ha oído cuantonecesita saber en este caso, y a ello se atendrá, como nosotros tambiénnos atendremos.

»—Pero su hijo de usted ignora—díjela yo—lo que sucede en mi casa, yno sospecha todo lo que puede suceder.

»—Mi hijo—insistió con voz tremenda el espectro—no tiene obligaciónde saber esas cosas, ni sus padres la tienen tampoco: lo que saben lospadres y el hijo, porque son bautizados y no han renegado nunca deserlo, es que hay que bajar la cabeza cuando pasan las iras del cielo,como pasan ahora para castigo de usted. Quien la hizo, que la pague.Resígnese y sufra, y no pretenda que la ayude nadie a enmendar losdecretos de Dios.

»—¡Mujer, mujer!—exclamó aquí el bueno del marido—

, ¡caridadsiquiera!

»—¡Oh!, déjela usted decir, que no me duele por lo que de ello me toca:eso y más merezco. «Quien la hizo, que la pague»: ha dicho muy bien estaseñora; nada más justo. Yo la hice: yo acepto el castigo sin protesta,para pagar todo lo que debo; pero por lo mismo que esta es la ley, meparece que la infringen los que castigan en una hija inocente, como lamía, los pecados de una madre como la suya.

Vengan sobre mi cabeza todaslas iras del cielo, toda la indignación y todo el menosprecio deustedes; pero déjenme que implore un poco de misericordia para ladesdichada, que no ha cometido otro pecado que el haber nacido de mí.

»Aquella mujer no se ablandaba: quizás no me comprendía; acaso no dabamás valor a mis instancias que el que tiene cualquier otro fracaso decasamiento ventajoso.

Por si no me equivocaba, conté la historia deLuz desde que tuvo uso de razón, desde el día en que vino al mundo; sucarácter, su inocencia; mis incesantes afanes porque la conservara,porque no supiera jamás entre qué inmundicias había caído..., en fin,porque no se pareciera a su madre ni tomara en su ejemplo la menordisculpa para no ser buena, si algún día se obraba milagro de que aquelcorazón tan puro llegara a corromperse: de todo esto hablé; y después dehablar de ello, hablé de sus extrañas fantasías, origen de unos amoresque, por nacer como nacieron, parecían providenciales; de mi súbitocambio de costumbres, de mis esperanzas..., de mi soñada felicidad, quesólo consistía en que jamás turbara la de Luz el ruido de los escándalosde su madre. Ya no era posible evitar esto, porque la infamia se habíaconsumado; pero ¿por qué al dolor de esta puñalada se había de añadirotro más hondo todavía? ¿No era sobrada crueldad herirla, para quetambién se pretendiera matarla?

¿En qué me rebelaba yo contra las irasdel cielo, que castigaban mis pecados, pidiendo la vida de la inocente?

»Pues tampoco labró toda esta triste y larga plegaria en el corazón deaquella mujer. Según ella, la justicia divina, cuando se dejaba sentir,hería en lo más sensible. Por eso me había herido a mi donde tanto medolía. Sería cierto; pero ni aun así creía yo faltar a ninguna leydivina ni humana implorando lo que imploraba al precio de sufrir yo solatodas las amarguras decretadas para las dos.

»Don Santiago no desplegó sus labios, porque harto tenía que hacer conocultar de mí las impresiones que le estaban dominando.

»—Yo no pido a Ángel—concluí—porque es bueno, porque es hermoso, niporque es rico: le pido, le imploro, porque ama a Luz y es la vida de mihija, que le merece.

»—Y yo no se lo negaría a usted—respondíame el espectro—si Luz fuerapobre, fea y necia; él la quería, bendijérasela Dios, con tal de quefuera honrada. Pero se la niego, se la negamos... porque su madre no loes.

»—Lo sé ya, señora—repliquéla—, y en eso estábamos al principio; perollegando a donde he llegado yo con mis explicaciones y mis súplicas, lapregunto a usted ahora, y a usted, mi buen amigo don Santiago: a cambiode ese gran beneficio, ¿qué reclaman ustedes de mí?, ¿qué testimoniosdesean para creer que si escandalicé como mujer deshonesta, puedoedificar como arrepentida?, ¿qué martirios, qué humillaciones?...Díganmelo: yo lo haré todo..., todo, sin repugnancia, con la sonrisa enla boca y besando el azote que me castigue.

»La mujer se callaba. El marido me dijo, si no recuerdo mal, algo comoesto, y muy conmovido:

»—Señora mía, yo la compadezco a usted con todo mi corazón; yo no dudode la sinceridad de cuanto nos dice; yo la creo a usted capaz de todolo que promete, y la aseguro que haría los imposibles por poner lascosas en donde debían estar, si las cosas esas tuvieran remedio a lahora presente; pero con estos mis buenos deseos, que son los de mimujer, créame, aunque no lo parezca así...

»—Tu mujer—saltó ésta—nunca se ha mordido la lengua para decir lo quesiente, si lo que siente va con la ley de Dios, como sucede ahora; y lodicho, dicho queda, porque no se opone a esa ley; pero aunque seopusiera, también el mundo tiene sus leyes, bien o mal hechas, y hay querespetarlas...

»—¡Ahí está!—dijo con gran viveza don Santiago—: a eso iba yo a pararcuando tú me interrumpiste. El mundo tiene sus leyes: en el mundovivimos; él nos ha formado a su modo, señora marquesa..., y por esasleyes..., en fin, póngase usted en nuestro caso.

»—¡Ah!—exclamé yo entonces—, ¡si usted se viera en el mío!.. Perotambién acepto esas leyes que me son tan desfavorables en esta tristequerella. ¿Qué teme usted del mundo en el caso implorado por mí?: ¿quecaiga sobre Ángel la ignominia de la madre de su mujer? También paraestas tempestades hay conjuros. ¡Yo me arrastraré como penitente dondeme han visto triunfar como pecadora!, ¡yo confesaré a voces mis pecadosdonde quiera que haya gentes honradas que me oigan!... ¿Qué más puedohacer? Jesús no pidió tanta penitencia a la cortesana arrepentida, yhabía escandalizado más que yo.

»Se miraron uno a otro, y díjome después don Santiago muy conmovido:

»Ni nosotros, pobres pecadores, le pediríamos a usted, llegado elcaso, todo lo que nos ofrece... Aquí hay caridad, señora, gracias aDios, aunque haya miramientos también,

¡y muchos miramientos!, querespetar, sin que se falte por eso a la ley divina...; pero ¿sabeusted, sabemos nosotros, si asintiendo a lo que usted desea y pide, y esmuy natural que lo pida y lo desee, se avendría también nuestro hijo,con lo cual no contamos?

»—Pues ¿no hemos convenido—repuse—en que lo que se afirma en elanónimo es cierto en todas sus partes?

»El buen hombre contestó que sí.

»—Y ¿no se afirma en él que el único obstáculo que encuentra Ángel parael logro de sus ardientes deseos, es la oposición de sus padres? Porquede no contar con esto yo, no les hubiera molestado a ustedes con lo queles he dicho.

»—Es verdad, es verdad—respondió el bendito—: fue un reparo el míosin fundamento; pero de buena fe.

Desgraciadamente para nuestrospropósitos..., quiero decir, para los de sus padres, la decisión deÁngel en ese punto es a prueba de inconvenientes: es firme como unamuralla. Lo cierto no hay para qué ocultarlo, ni es justo que se oculte.

»¡Cosa rara! Su mujer no hizo el más leve reparo, ni con la palabra, nicon el gesto, ni con un ademán a esta declaración de su marido;declaración que podía tomarse por una señal de triunfo para mí, aun poruna persona menos interesada en él que yo.

»Temiendo perder lo ganado, pero resuelta a que quedara donde fuerafructificando bien, no insistí en que llegáramos a un acuerdoterminante, aunque hablé un buen rato todavía y con no mala fortuna;pues o me engañaban mucho las señales, o el espectro se iba humanizandopoco a poco.

»Ángel, presente allí, quizás hubiera logrado que yo me llevara hecho loque, en opinión mía, quedaba en buen camino de hacerse; pero ni sepresentó, ni me pareció muy cuerdo preguntar por él entonces.

»En resumen: al concluirse aquella batalla, en que gasté las pocasfuerzas que me había dejado la tremenda fatiga de mi casa, me parecióque el bueno de don Santiago Núñez, más que un enemigo, era ya un aliadomío, y que en la dureza de la mujer quedaba una mela por donde, si suhijo sabía golpearla, llegaría hasta el corazón.

»Al despedirme, el marido me estrechó con efusión la mano entre las dossuyas. No me atreví a tendérsela en seguida a la mujer; pero, en cambio,¡qué asombro!, me tendió ella la suya. No se la besé, porque no lojuzgara sospechoso por excesivo; pero mis ojos, mal enjutos todavía,volvieron a llenarse de lágrimas.

»En el momento de salir, me advirtió don Santiago que su hijo no habíavuelto aún a casa, pero que no tardaría, porque era ya la hora de comerpara ellos; le rogué que no le ocultaran que había estado yo allí, ycomencé a bajar la escalera.

»Al llegar a la meseta del entresuelo, me encontré con Ángel, que subía.Dios, aunque me castigaba, no me dejaba todavía de su mano.

»Antes que él saliera de la admiración de verme allí, y eso que losospechaba por el carruaje que aguardaba en la calle, comencé yo a darlecuenta, en voz muy baja y con el mayor laconismo que pude, de todo loque le interesaba saber sobre lo que ocurría en mi casa y en la suya.¡Pobre chico! ¡Qué rato le di y qué horas le preparé! «Pero ¿por dóndese supo? ¿Qué mano ha escrito eso?» La misma pregunta que arriba; lamisma que me hacía yo. ¿Y quién podía indagarlo mejor que él?

»De pronto se dio una palmada en la frente, y en seguida me refirió, conmuy curiosos pormenores, una visita que había hecho el día antes aLeticia.

»—¡Esa es la mano!—dije sin titubear—. De ella es el rastro que yoveía sobre el papel. No andando suelto por la tierra Satanás, sólo enLeticia, contrariada y ofendida, cabe una felonía como esa. ¡Quédesalmada!

»El fracaso de sus proyectos en aquella visita, dejándole desamparado ycon su secreto descubierto en lugar tan sospechoso, le había movido apedir el auxilio y el consejo de Guzmán. Tres veces en pocas horas habíaestado en su casa, y se volvía a la suya sin hallarle.

»Díjele que se pasara muy pronto por la mía, donde era más necesario queen ninguna otra, y nos separamos despidiéndonos «hasta luego».

»¡Guzmán!..., la única criatura de cuantas hollaban la tierra, que meparecía más criminal que yo!, ¡el hombre que merecía, en buena ley, quellovieran sobre él solo todas las amarguras que habían entristecido mihogar! Porque él era la fuente, el origen y el único causante de todasmis desdichas; el demonio sagaz que había socavado mi fortaleza, paraarrojarme después hecha jirones al lodazal de las gentes corrompidas. ¡Ycon saber esto, y con no poder amarle ya, todavía no lograbaaborrecerle! Otro de mis castigos.

»Pensando así, llegué a mi casa una hora más tarde de lo que habíacalculado. Felizmente, no creía haber perdido el tiempo. Llevabasiquiera una gran esperanza con que alentar, en parte, los abatidosánimos de Luz.

»Levantarlos por completo, era tan imposible como borrar con un soplo dela memoria de las gentes la mala fama de su madre.

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