La Montálvez by José María de Pereda - HTML preview

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XV

En aquella memorable noche, ¡con qué lentitud corrieron para mí lasprimeras horas de ella! Desde la muerte de mi padre me acompañaban a lamesa dos solteronas, primas de él, y no muy sobradas de recursos, aunquesí de bambolla: los parientes más cercanos que me quedaban por la ramapaterna, pues por la materna los había tan próximos y más abundantes,según mis noticias, aunque yo no los conocí jamás, porque, también segúninformes oficiosos, hubo invencible empeño en ello de parte de quientenía el deber de empeñarse en lo contrario. Pues comiendo conmigoaquella noche las dos parientas mencionadas, estuve a pique de cometercon ellas los mayores desatinos.

Me sabía de memoria su fealdad, suspresunciones y bambollas, su incurable fisgoneo, y estaba bien avezada asus bachilleradas y pegoterías, sin que nada de ello influyeradesfavorablemente

en

el

sentimiento,

de

compasión más que de otra cosa,que las pobres señoras me inspiraban; pero en aquella ocasión mepareció, su fealdad insoportable, me repugnaba el buen apetito con quecomían, y me causaban escalofríos y convulsiones su voz, sus palabras ysus ademanes. Sin poderlo evitar, las remedaba con mis gestos; y paracontradecirlas, que era en todo cuanto hablaban, remedaba también susvoces con la mía.

Las hubiera tirado con los platos de muy buena gana, yno me diera por satisfecha sin arrojarlas a escobazos del comedor.

»¡Y todo ello porque comían muy despacio, y hablaban mientras comían ymientras descansaban entre servicio y servicio, creyendo las pobrecillasque cuanto más hablaran y más comieran, mejor se acomodaban a misdeseos; y a mí se me figuraba que por comer y por hablar ellas tanto, nocorrían las horas lo que debían correr, y correrían indudablemente encuanto cesaran aquella masticación inacabable y aquella charlainsufrible!

»Consigno estas puerilidades para dar una idea de la tensión en que sehallaba «mi curiosidad» desde que Pepe Guzmán, dejándome la noche antesa media miel, se había despedido

de

«hasta

mañana»

para

«hablar

muydespacio de esas cosas» ¡Y qué natural y sin trastienda me parecía amí aquel ansia por ver en qué paraba la porfía galante que yo teníaempeñada (y era la primera en toda mi vida) con el hombre de másprestigio entre las damas de aquel tiempo!

»Terminó la comida en menos de tres cuartos de hora, aunque yo hubierajurado cosa bien diferente, y continuó la noche, a pesar de ello,andando, para mí, a paso de carreta.

Encerreme en el tocador, por segunda vez en pocas horas, y pasé largotiempo (que de esto sólo hubiera jurado yo que se trataba) consultandocon el espejo las innumerables combinaciones de toilette que se meocurrían con los escasos elementos que me prestaba el luto, algoaliviado, que aún vestía. ¡Cosa más singular! Cuanto más combinacionesinventaba, más semejanzas iba hallando con las cataduras de mis tías.Concluí por reírme de mis alucinaciones estrambóticas; salí del tocador,y ayudé, sin ser hora todavía para ello, a arrastrar a mi madre en susillón hasta el saloncillo en que recibíamos las visitas.

»Al fin, comenzaron allegar algunas de ellas: las viejas del tresillo;después, los hombres que les hacían la partida; luego, la condesa viudade Picos Pardos, mi madrina, ¡gran charlatana!; en seguida, Aljófar,«nuestro poeta», que ya nos tenía ensordecidos de oírle plañir elegías ala muerte de mi padre, y cansados de atacarle el estómago de pastas y amontillado; Leticia, con su marido... y el subsecretario deGobernación; Luzán de los Airones, caballero de la más preclara nobleza,pero simple de remache; Sagrario, con un hermoso

turco

recién

llegado

ala

Legación

de

Constantinopla,

al

cual

se

permitió

presentamos,contraviniendo a las órdenes de mi madre, con la disculpa de que aquellanoche no era de tertulia casera, sino una de las tres semanales en que se recibía, «con más o menos descaro»; tras esta pareja, otras gentesmás o menos simpáticas... En fin, todos menos él..., ¡hasta donMauricio Ibáñez, con una cantera de pedrería sobre su cuerpo,reluciente, bruñido, acicalado e insinuante, como nunca le había vistoyo! De puro cumplido, le faltó muy poco para besar la mano a mi madre,como los paladines de teatro. Conmigo fue un caramelo tierno.

»Mientras la tertulia se rebullía sin orden ni concierto, yo andaba deacá para allá, poco dispuesta a entretenerme con frivolidades decorrillo o cumplimientos resobados. En una de estas evoluciones dezigzag, introdújeme en el gabinete frontero, abierto de par en par, ypúseme a desarreglar cachivaches y muñecos que estaban bien colocados.En esta ocupación me entretenía, cuando se me aproximó el banqueroofreciéndome su ayuda. Le di las gracias con la menor sequedad que pude,y me pidió la merced de un cuarto de hora para escucharle lo que teníaque decirme. Me hizo estremecer la súplica. Yo debía barruntar algo porel estilo en cuanto vi llegar al hombre a la tertulia tan cargado dejoyas y de alientos; pero no lo barrunté. El asalto ocurrió junto a lachimenea del gabinete; es decir, a la vista de la mayor parte de lostertulianos, y frente a frente del sillón de mi madre.

»—Pues hable usted—le dije, apoyándome en el borde de la meseta de lachimenea para quitarle a él hasta la tentación de sentarse.

»Y «rompió a hablar» el hombre, a su manera, entre bascas y trasudores,gemidos y apoyaturas; y habló así (a medir el tiempo con misimpaciencias, más de dos horas), según el reló inmediato, los diezminutos bien corridos de su instancia. Sin embargo, todo lo que dijo nofue más que el prólogo de lo que pensaba decirme. Y de lo dicho dedujeque tenía un caudal «atroz», y una suerte báaarbara para los negocios,por lo cual esperaba acrecentar sus caudales hasta lo absuuurdo; queno era el mismo hombre

«tope a toope» con una dama como yo, que «cara acaara»

con el ministro de Hacienda «para plantear un asunto de susespeculaciones... y tal y demás», y hacerse plaza y lugar entre los másrespetados en aquellas regiones y las circunvecinas, porque no todas lasgentes servían para todo; que si le faltaban prendas para brillar entrelas damas tanto como campaba en el «mundo financiero», no era esa unarazón para que él renunciase al propósito, bien honrado, de que lucieranen gloria y bienestar de una mujer de su agrado, «de estas prendas y lasotras... y tal y demás», los esplendores de sus caudales; y que si no,¿para qué los quería? Porque él podía ser ambicioso, pero no tanto comohombre de sano corazón y de nobles miras.

»Todo esto le comprendí; todo esto deduje de sus intrincados períodos,y todo ello me dio bien claro a entender a dónde pensaba ir a parar poraquel camino. ¡Eso sólo me faltaba! ¡Y en qué ocasión venía! ¡Estarsoñando con néctar de los dioses, y despertar con aquella melaza entrelos labios!

»Yo no sabía qué hacer ni qué decir. Le felicité por sus caudales y porsus honrados pensamientos, y traté de que no pasara de allí el asunto,aparentando creer que aquello era todo lo que el banquero tenía quedecirme... Ocurrióseme también la idea de abreviar el suplicio dándomepor entendida de la instancia y plantando en seco al exponente; pero¿podía ser yo tan descortés con un hombre que no me había dado motivospara ello? ¿Y no me exponía también a que él me diera una lección, hastade prudencia, afirmando que yo me curaba en sana salud, porque jamáshabía soñado con temeridades como la supuesta por mí? No tuve másremedio que resignarme a oírlo todo, cuando, deteniéndome en una de misacometidas para marcharme, me dijo, casi lloroso de puro dulzón ysuplicante:

»—Falta la segunda y última parte de mi pretensión, o, mejor dicho, lapretensión enteera. Le juro a usted que se la expondré en cuaaatropalabras.

»Y me la espetó, el condenado, en muy pocas más... ¡La misma con que yocontaba!

»En aquel instante vi entrar a Pepe Guzmán en el saloncillo. Este rudocontraste acabó de desconcertar la máquina de mis nervios. Claro que yotenía que responder que no a las terminantes pretensiones delbanquero; pero debía,

siquiera,

mostrarme

deferente

con

sus

buenasintenciones; darle la píldora, eso sí, pero no sin dorársela un poco, ypara ello se necesitaba tiempo y serenidad, y hasta buen humor, y todoesto me faltaba a mí: el tiempo, porque me urgía para asuntos más de miagrado; y la serenidad y el buen humor, porque no era posible poseerlosen una situación como la mía después de haber recibido a quemarropa undisparo como aquel. Adopté, pues, un temperamento mixto: el cumplidoramplón, las generales del Manual de la joven pudorosa y bieneducada, suponiendo

que

exista...

«Me

sorprendía

la

pretensión...,carecía

de

precedentes...,

hasta

de

merecimientos... El asunto eragravísimo... aun para expuesto de aquel modo, cuanto más para tratado ala ligera... A mí me iba bien con la vida que traía..., no había pensadoen abandonarla tan pronto... y, en fin, que ya se presentaría ocasiónmás oportuna para hablarle yo del caso, con toda libertad y con mayorfranqueza...»

»Con lo cual y una forzada sonrisa, el correspondiente ademán y ladisculpa de que me llamaban desde la sala, escapeme del gabinete sinestudiar con los ojos la impresión que mis respuestas habían causado enlas profundidades del banquero.

»Al pasar, noté que conversaban, en correcto francés, junto al pianocerrado, Leticia y el hermoso turco; y en los pocos instantes que medetuve con ellos, se acercó Sagrario a nuestra amiga, cuyo tipo componía admirablemente con el castizo oriental, para decirla encastellano:

»—Te recomiendo mucho que le trates como a cosa mía; pero no abuses.

»¡Qué presentes tengo hasta las pequeñeces de aquella noche!

»Pepe Guzmán me salió al encuentro con la misma serenidad y aparenteindiferencia que si no hubiera entre nosotros lance alguno pendiente.¡Y a mí me temblaba la mano al sentir el contacto de la suya! Hubierajurado en aquel instante que me daba miedo su compañía. Tal era miofuscación, que ya comenzaba a darme un poco en qué pensar; y no esextraño enteramente: al fin y al cabo, aquel lance era el único aceptado por mí en todos los días de mi vida.

*

»¿Cómo empezó la escena? Hay que advertir que, con los preliminaresorillados ya, quedaba en ella muy poco asunto que ventilar: digo mal,quedaban pocos trámites que seguir, porque el asunto, entero yverdadero, estaba contenido en lo que faltaba por esclarecer.Traduciéndole al lenguaje llano de la verdad, sin metafísicas nisentimentalismos; considerándole fría y prosaicamente desde afuera, setrataba de que Pepe Guzmán me declarara que todos los elementos que élcreía necesitar para que se fundieran los convenidos hielos de susdesilusiones, se reunían en mí, y de declararle yo, a mi vez, que en élse hallaban las prendas que me obligarían a renunciar a mi propósito,tan bien seguido hasta entonces, de no tomar en serio los galanteos.Todo ello, expuesto así tan desnudo, resulta cursi, y hasta el detenermeyo a declarar que lo es, pues por sabido debiera callarse; pero de algúnmodo ha de saberse que otros toques, más cursis aún para referidos, comolo de las condiciones que necesitaba él en una mujer para salir de suescondite, y lo de las prendas de que había de estar adornado un hombrepara que yo me decidiera a quererle, etc., etc., ya se habían dado en elcuadro con toda la premeditación y hasta el ensañamiento y la alevosíaque caben en un galán muy listo y escarmentado, y en una dama no tonta ymenos dispuesta a perder el tiempo en juegos insulsos.

»Y a tal extremo llevo yo estos mis temores a lo cursi, que aun contandocon que cualquiera que estos Apuntes les tendrá su alma en su almarioy sabrá dar a las cosas la necesaria luz y el apetecido temple, renuncioa reproducir el diálogo literalmente, tal como lo conservo en lamemoria.

Precisamente comenzó la escena por ahí; es decir, pormanifestarme Pepe Guzmán su convencimiento de que el lenguaje, comoexpresión de afectos íntimos y delicados, que tienen su principalincentivo en el fulgor de una mirada o en el contacto sutil de dosepidermis, estaba todavía sin hacer; tanto, que, en su concepto, hablarde lo que íbamos a hablar nosotros con los términos usuales deldiccionario vulgar, era como empeñarse en tejer hilillos del rocío conpalitroques sin pulir. Me pareció algo extremada la comparación, perotambién muy al caso; y por lo que en ella me correspondía, se laagradecí de todo corazón. Por de pronto, nos dieron motivo estas y otrassutilezas semejantes para entrar en materia por caminos poco trilladospor el vulgo de los que platican de amores; y este nuevo encanto tuvopara mí aquella escena memorable.

»Pero ¡qué diestro era el maldito en esta clase de empeños!, y yo, apesar de mi fama de insensible y de mi reputación de traviesa, ¡cómo medejaba conducir por donde él quería llevarme! Al principio su mismafrescura me desalentaba algún tanto, porque llegué a temer que en aquelcombate a muerte no hubiera más ardimientos que los míos, y queterminara por ir a clavarme yo, como una tonta, en la punta de suespada; pero bien luego observé que me engañaba, cuando vi reflejada ensus ojos, en su voz, en cada uno de sus ademanes, la elocuenciafascinadora del lenguaje que no se habla ni se escribe, pero que se dejaleer y penetrar hasta lo más hondo de su sentido. Jamás había visto aPepe Guzmán así, ni, por consiguiente, tenido ocasión de estimar lafuerza arrolladora que cabía en este nuevo aspecto de su trato conmigo.Halleme, pues, desprevenida e indefensa en aquel inesperado trance deprueba; perdí mi poca serenidad, y pareciéndome que el castillo no sedesmoronaba tan aprisa como lo querían mis desatinadas impaciencias, yomisma puse mis manos en él, y me atreví a arrancar sus sillares, uno auno, hasta dejarle arrasado. El trabajo fue rudo, pero la conquista másseñalada.

Los

recios

muros,

que

parecían

inexpugnables, estabanconvertidos en escombros, el hielo proverbial se había fundido.

»El conquistado paladín, al verme dueña y señora de su última trinchera,reclamó el derecho de tomar el desquite en la que me restaba de lasmías, y reconocísele yo de buena gana. Comenzó el asalto; pero nonecesitó grandes esfuerzos, porque bien pronto me declaré rendida.

»Entonces...,¡oh!, entonces, si mintió en lo que me dijo, no hay verdadque valga lo que aquellas mentiras. Si todo era una comedia, ¡qué bienla representaba! Pero, fuéralo o no para él, para mí era una hermosarealidad de la vida la parte que desempeñaba yo en la escena con todo micorazón.

»Y ¿a dónde íbamos los dos por la florida senda en que acabábamos deencontramos como dos pastores de un idilio algo realista? Ni él me lohabía dicho, ni yo se lo había preguntado, ni, en honor de la verdad yde la buena casta de mi ardoroso sentimiento, por no decir amor, se meocurrió semejante pregunta. En determinadas situaciones, nacidas decircunstancias y precedentes como los que habían creado la nuestra, nose discurre como en los trances ordinarios de la vida. Se aceptan aciegas para no retroceder... El paradero, Dios le sabe.

*

»Cuando hubo salido de nuestra casa el último de los tertulianos, mellamó mi madre a su habitación. Estaba ya acostada gran rato hacía.

»—Siéntate—me dijo en cuanto me tuvo delante—, y cierra esa puerta,porque tenemos que hablar despacio sobre cosas que no deben ser oídas.

»Extrañome la advertencia; pero cerré la puerta y me senté sin decir unapalabra.

»—¿Sabes—me preguntó en seguida—, cómo ha quedado nuestro caudal a lamuerte de tu padre?

«No lo sabía a punto fijo, aunque sospechaba que no debía de haberquedado muy floreciente, y así se lo manifesté a mi madre.

»—Pues no te equivocas—añadió—, aunque es difícil que adivines hastaqué punto llegan las mermas de lo que habla, y el desbarajuste de lo quenos queda. Una semana ha necesitado Simón..., mejor dicho, he necesitadoyo, para que él me ponga al corriente de todas esas cosas en que estoyobligada a entender desde que falta tu padre. ¡Qué despilfarros, hijamía, y qué barullos!... Lo que Simón dice:

«aquí no se ha tratado másque de pedirle dinero; grandes sumas, cada vez más grandes, sin pararsea considerar que no siempre lo hay disponible, y que cuando no lo hayasí, el adquirido de prisa cuesta muy caro; y de este modo se vaneslabonando unas trampas con otras... hasta que se llega al punto a quese ha llegado en esta casa». No vayas a creerte, hija mía, por esto quete digo, que estemos a pique de salir a pedir el pan que hemos de comermañana; pero lo cierto es que el estado de nuestra fortuna es,relativamente, muy grave; que llegará a serlo mucho más si no se le poneluego el remedio que necesita, y que hay que decidirse a ponérsele, sinla menor tardanza.

»A mí se me ocurrían muchas cosas que decir a propósito de estasjuiciosas ideas de mi madre, que parecía no acordarse de que habían sidosus enormes despilfarros la causa principal del desastre de que selamentaba. Pero seguí callando y oyendo, hasta ver en qué paraban susreflexiones y sus planes.

»—Simón—continuó diciendo—, no sé si es todo lo leal y sencillo queparece, o si de nuestro río revuelto ha logrado sacar las buenasganancias que se le ven, y otras mayores que, según dicen, estánocultas; por de pronto, me consta que a tu padre le daba buenosconsejos, y que él no quería tomarlos en consideración: tenía el pobrebastante bambolla, y esto le perdía. En dándole dinero abundante parasatisfacerla, ya todo le era igual... Pero vamos al caso: sea Simón loque fuere y valiendo lo que vale como inteligente administrador, nobasta él para lo que hay que hacer aquí; porque ese milagro no ha dehacerse sólo con inteligencia, sino también con buenos puntales y concierto interés... En una palabra, hija mía: en esta casa se necesita unhombre, rico, muy rico, que reemplace, no a Simón, sino a tu padre, enla dirección de ella... ¿Me comprendes bien?

»Creí comprender algo, que no me molestaba ciertamente, porque no estabareñido con el recuerdo que llenaba mi memoria e informaba entonces todosmis pensamientos; pero, por si me equivocaba, respondí a mi madre queno. Pareció algo contrariada con la respuesta, y añadió:

»—Es necesario que te persuadas de que todo esto que te digo y lo queaún he de decirte, y los cuidados que me preocupan, no tienen más objetoque tu bien. Si de mí sola se tratara, muy distinto sería mi modo depensar... Es tan poco lo que me resta de vida, que, por escasos que seanmis caudales, ha de sobrarme lo más de ellos... porque tengo elconvencimiento, hija mía, de que he de vivir muy poco tiempo, ¡muypoco!, mucho menos de lo que tú te figuras..., y por lo mismo, me afanotanto hoy; porque si me muriera yo dejando las cosas en el estado en quese hallan, seria muy desdichado tu porvenir. El legado de tu abuelo noalcanza a cubrir tus necesidades en el pie en que estás educada y hasvivido hasta aquí; y en cuanto a lo restante de nuestros bienes, tanembrollado hoy, ¿cómo estaría mañana en manos de una mujer sinexperiencia y sin amparo?

Porque tú, muerta yo, te quedarás sola...,enteramente sola; y esto, aun con mucho dinero y grandes rentas, es muytriste... En una palabra, hija mía, y para cansarte menos, ese hombreque se necesita aquí, inteligente y rico, no ha de ser un administrador,ni un asociado como otro cualquiera, sino tu marido. ¿Me entiendesahora?

«Era lo mismo que yo había sospechado antes; y como no salía con ello demis dudas, dije a mi madre que continuara explicándose, si es que teníamás que advertirme, como me lo iba temiendo yo; y añadió entonces:

»—Tengo ese hombre inteligente y rico que tanta falta te hace.

»Desde luego aposté en mis adentros a que no era el único que yoaceptaría, y hasta supuse quién podría ser el que me proponía mi madre.

»—No hace aún dos horas que me ha pedido tu mano—

continuó aquélla,viendo que yo nada decía.

»Don Mauricio—apunté sin temor de equivocarme.

»El mismo—repuso mi madre.

»No me dio algo allí, porque, después de mi entrevista con elpretendiente, ya no podía admirarme nada que fuera de la especie de loque le había oído a él; pero en la acogida que habían merecido a mimadre sus pretensiones, no dejaba de haber motivo para sorprenderme, yasí se lo manifesté a ella.

»—Contaba con eso—me replicó—, porque desde luego supuse que seríauna ofuscación suya lo de los grandes alientos que, según me dijo, lehabías dado en tu respuesta; pero también contaba y cuento con tu buenjuicio, con tu serenidad... y con el aprecio que has de hacer, por lomismo, del consejo de tu madre, que no puede desear para ti sino lomejor...

»Aquí comencé yo a tomar la cosa por lo serio, y se entabló una porfía,muy tenaz por mi parte; la cual atajó mi madre diciéndome con desusadadulzura:

»—Todo eso será verdad, y más que me cuentes; pero ¿y qué? ¿Serías laprimera mujer joven y hermosa, y aun noble y rica, casada con un Cresofeo... y hasta vicioso... y hasta ridículo, si quieres? De esto se vetodos los días, porque hay muchos motivos y grandes razones para que sevea... Quiero concederte todavía más: quiero suponer que tuvieras elcorazón interesado por un joven hermoso, discreto, noble..., en fin, locontrario enteramente de don Mauricio; y no quiero suponerlo, sinocreerlo, porque así es la verdad, o yo no tengo ojos en la cara;supongo, pues, digo mal, creo que tienes el corazón interesado por unhombre así..., por Pepe Guzmán, en una palabra... Pues mejor que mejorpara mis planes, y para tus conveniencias por consiguiente.

»Aquí me asombré ya mucho más que antes. Conociolo mi madre, y continuóasí:

»—Te lo repito y te lo demuestro. Los hombres como Pepe Guzmán, nosirven para lo que tiene que servir aquí tu marido; y aunque sirvieran,no querrían, porque los ejemplares de esa casta... no se enamoran paracasarse.

»Me ofendió el dicho como debe ofender un bofetón.

»—Eres una novicia todavía—añadió mi madre al notarlo—, aunque tejuzgas y te juzgan los que no te conocen tanto como yo, llena demalicias y de experiencia.

Yo soy vieja ya, y tengo de todo eso muchomás que tú para estas cosas del mundo. No se enamoran para casarse loshombres como Pepe Guzmán; y te añado que aun cuando éste quisiera sercontigo una excepción de la regla, tú no deberías consentirlo.

»—¿Por qué?—exclamé sin poderme contener.

»—Por... varias razones—respondió mi madre muy serena y bajando más lavoz—. Y vamos a tratar este punto con toda franqueza, porque en él seencierra toda la cuestión. Por de pronto, los hombres de ciertapasta..., como la de ese, son una calamidad para maridos de lasmujeres a quienes han amado solteras: la razón es que los hábitosadquiridos en el mundo en que han vivido los hace incompatibles con loque se llama, muy fundadamente,

«prosa de la vida conyugal». Comienzanpor desencantarse y por aburrirse, y acaban por desviarse... Es leyinfalible: la cabra tira al monte... Y lo que digo del hombre de esascondiciones, es aplicable a la mujer... de las tuyas.

¿Amas a PepeGuzmán? Pues ten por seguro que dejarías de amarle si te casaras con él.

»—Pero, Señor—pensé aturdida al oír esto—, ¡también mi madre!...Porque esta es la teoría de Sagrario... y la de Leticia, o yo no estoyen mis cabales... ¿Es que hay algún mal espíritu encargado de conducirmea donde yo no quiero ir?

»—¿Te asombras?—preguntome mi madre, conociendo lo que me pasaba—.Acaso no me haya explicado bien; porque en mis intenciones no hay motivopara ello. Si te hubiera puesto el ejemplo de tus dos amigas másíntimas, y de tantas otras que conozco y que conoces lo mismo que yo; site hubiera dicho: «te conviene para marido el hombre que te hepropuesto, por lo mismo que es raro y tiene vicios y mala fama; o lo quees igual, todo lo que necesita por pretexto una mujer de mundo paralograr de casada, con cierto derecho, lo que no le es lícito a unasoltera»; si hubiera pretendido yo que aceptaras al banquero antipáticopara sostén y pantalla de debilidades y caídas con los galanes de tugusto; si fueran estas mis intenciones al decirte lo que te he dicho,tendrías razón para sorprenderte; pero se trata de cosa muy distinta ymás honrada. Don Mauricio es hombre del día; entiende susconveniencias, y por ello respetaría las tuyas..., porque tú no habíasde pretender nada que no fuera usual y admitido entre las mujeres detu rango; y como no le amas ni puedes amarle, no hay que temer en ti losdesencantos ni las terribles consecuencias que éstos traen en losmatrimonios por amor.

Por añadidura, serás libre y considerada, ytendrás quien guarde y prospere tu hacienda, y te mantenga en laabundancia que necesitas para vivir sin contrariedades ni privaciones.Esto quiero para ti; esto puedo proporcionarte, y con esto te brindo...¿A qué respetos falto, ni a quién ofendo con ello?

» ¡A qué respetos faltaba!..., ¡a quién ofendía con ello! ¡Y

a mi se meamontonaban en tropel las respuestas que estaban reclamando aquellaspreguntas inconcebibles en labios tales; corolarios artificiosos, o,cuando menos, muy mal deducidos de unas teorías repugnantes a minaturaleza de mujer de honradas inclinaciones y a mis sentimientos deenamorada! Y pude dominar mi indignación, por respeto a las intencionesde mi madre, que no eran, que no podían ser las que cualquiera tendríaderecho a leer en la letra descarnada de sus precedentes advertencias,encomios y recomendaciones; cualquiera menos yo, que conocía hasta quépunto cegaban a aquella señora las pompas y vanidades del mundo, y conqué facilidad transigía con los riesgos más graves, si la costumbre losautorizaba y si sus planes de bambolla los pedían. «¡Dinero, dinero atodo trance, y mundo esplendoroso en que lucirle! «Este venía a ser, ensubstancia, el objeto, el fin, la aspiración única, y hasta la religiónde mi madre, y por eso, creyendo de buena fe que en ello trabajaba pormi felicidad, al ofrecerme por marido a don

Mauricio,

intentaba,

contan

poca

prudencia,

desvanecer los escrúpulos que yo tuviera paraaceptarle.

»Respondí, pues, lo menos que pude; pero aun así, estuve dura con ella.

»Continuó la entrevista un buen rato todavía, hasta que me dijo:

»—No puedo más, hija mía. El hablar me fatiga mucho, como ves, y lasmolestias y los dolores se me agravan.

Estoy hecha una ruina..., vivo demilagro, no hay que darle vueltas... Dejémoslo aquí por hoy; y ahora,recógete... y medita;

pero

con

serenidad,

con

todo

tu

discernimiento.Pésalo y mídelo todo bien... y ya verás cómo, al fin y al cabo, vamos aestar de acuerdo.

»¡Qué horas las de aquella noche, Dios mío! ¡Y yo que, muy pocas antes,esperaba encontrar en ellas los más regalados sueños de mi vida!

»¡Que pesara..., que midiera!... Y ¿en qué otra cosa que en pesar y enmedir lo que mi madre quería, podía yo emplear aquellos siglos detinieblas en la tortura de mi lecho?

»No es para descrita, por su complicación y colorido de pesadilla, mibatalla mental; pero merece apuntarse el hecho de que cuando lasprimeras claridades del alba vinieron a orientarme en el antro y adesvanecer las últimas visiones de mi enardecida fantasía, sobre elmontón de ruinas a que en ella habían quedado reducidos los abigarradosejércitos de fantasmas, comencé yo a levantar los cimientos de otro planque pensaba poner en obra muy en breve.

»¡Que Dios le libre a un hombre de bien de que se ponga en tela dejuicio su derecho a la camisa que lleve puesta; porque con eso solo,está en muy grave apuro de perderla!