La Invasión o el Loco Yégof by Erckmann-Chatrian - HTML preview

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Salieron los tres de la posada, y el anciano siguió el camino del vallecon el fin de subir a la cima del Hirschberg, situada enfrente; sushijos le acompañaron, y pronto se encontraron todos a la orilla delbosque. Materne dijo que era preciso subir lo más alto que fueseposible, con el objeto de dominar la llanura para adquirir noticiasciertas que llevar al vivaque, pues todas las habladurías de losfugitivos no valían lo que una simple ojeada al terreno.

Kasper y Frantz estuvieron conformes, y comenzaron los tres a trepar porel monte, que forma una especie de promontorio avanzando dentro de lallanura.

Cuando llegaron a la cumbre, divisaron claramente la posición delenemigo, situada a tres leguas de allí, entre Urmatt y Lutzelhouse; seveían grandes líneas negras sobre la nieve; más lejos, algunas masasobscuras, que serían sin duda la artillería y los bagajes; otras masasrodeaban las aldeas, y, a pesar de la distancia, el centelleo de lasbayonetas indicaba que una columna acababa de ponerse en camino, endirección de Wisch.

Después de contemplar detenidamente aquel espectáculo con melancólicamirada, el anciano dijo:

—Tenemos a la vista lo menos treinta mil hombres, y avanzan hacianuestras posiciones; mañana, o pasado mañana lo más tarde, nos atacarán.No va a ser un encuentro de poca monta; pero si ellos son muchos,nosotros tenemos la ventaja del terreno, y además siempre es agradabletirar a las masas; así no se malgastan las balas.

Hechas aquellas razonables reflexiones, Materne calculó la altura delsol y dijo:

—Ahora son las dos; ya sabemos cuanto queríamos saber. Volvamos alvivaque.

Los dos muchachos se pasaron las carabinas a la espalda a modo debandolera, y, dejando a la izquierda el valle del Brocque, Schirmeck yFramont, subieron la empinada cuesta del Hengsbach, que domina, a unadistancia de dos leguas, al pequeño Donon; bajaron por la falda opuesta,sin seguir ningún sendero en la nieve, guiándose sólo por las cimas paracortar terreno.

Hacía dos horas que caminaban de tal manera; el sol frío del invierno sehundía en el horizonte, y la noche, una noche clara y tranquila, seaproximaba. Solamente les faltaba bajar y subir la ladera opuesta delsolitario desfiladero del Riel, que formaba una gran hoya redonda enmedio del bosque, en el fondo de la cual se aparece una laguna deazuladas aguas que sirve de abrevadero a los corzos.

De repente, al salir los cazadores de la espesura, cuando marchabandistraídamente y sin pensar en nada, el anciano Materne, deteniéndosetras unas malezas, dijo:

—¡Quietos!

Y con la mano señaló a la laguna, por entonces cubierta de una capa dehielo delgada y transparente. Bastó a los muchachos dirigir una miradahacia aquel sitio para gozar del más sorprendente espectáculo: unosveinte cosacos, hombres de revueltas barbas rubias, que llevaban a lacabeza gorros de viejas pieles en forma de tubos de chimenea,

quecubrían

sus

escuálidos

cuerpos

con

mugrientos

harapos,

cabalgaban,apoyados en estribos hechos de cuerda, en caballitos de crines flotantesque les llegaban al petral, de cola escasa y grupa amarilla, negra yblanca como de cabras. Unos llevaban por toda arma un lanzón; otros, unsable; otros, un hacha atada con una cuerda a la silla y una enormepistola de arzón sujeta a la cintura.

Varios otros, con el rostrolevantado contemplaban extáticamente la verde copa de los abetos, que seescalonaban unos sobre otros y llegaban hasta las nubes. Un hombre altoy delgado rompía el hielo con el extremo de la lanza, mientras sucaballejo bebía, con el cuello estirado y las crines caídas, en forma debarba, sobre la cara. Otros, que habían echado pie a tierra, separabanla nieve y señalaban al bosque, como manifestando que era aquél un buensitio para establecer el campamento. Los demás compañeros, quepermanecían a caballo, hablaban entre sí e indicaban hacia el fondo delvalle que a la derecha desciende en forma de hendedura hastaGrinderwald.

Era lo que veían los cazadores un descanso, y nadie podría expresarhasta qué punto aquellos seres venidos de tan lejanas tierras, con susrostros cobrizos, sus grandes barbas, sus ojos negros, su frentehundida, su nariz chata y sus harapos pardos, parecían extraños ypintorescos al borde de la laguna, al pie de las ingentes rocasverticales que sostenían los verdes abetos junto al cielo.

Era

un

mundo

nuevo

dentro

del

nuestro,

un

género

de

caza

desconocido,sorprendente, extraño, que los tres cazadores se entregaron a contemplarposeídos de una curiosidad extraordinaria. Pero, satisfecha ésta, asíque pasaron cinco minutos, Kasper y Frantz pusieron las bayonetas alextremo de las carabinas y retrocedieron unos veinte pasos en laespesura. El padre y los dos hijos llegaron a la base de una roca, quetendría quince o veinte pies de altura, a la que subió el ancianoMaterne, pues nada mejor podía hacer, puesto que no llevaba armas;luego, después de cruzar algunas palabras en voz baja, Kasper examinó laespoleta de su carabina y apuntó muy despacio, mientras su hermano sehallaba preparado para imitarle.

Uno de los cosacos, el que los cazadores habían visto dando de beber alcaballo, se encontraba a doscientos pasos aproximadamente. Sonó el tiro,que repitieron los ecos profundos de la garganta, y el cosaco, cayendopor encima de la cabeza de su montura, desapareció en el hielo de lalaguna.

Es imposible describir el estupor que se apoderó del enemigo al oír ladetonación.

Las miradas de aquellos hombres se dirigían a todas partes,y el eco repetía el sonido como si fuesen muchos los disparos, mientrasque se elevaba una ancha nube de humo encima del macizo de árboles dondese hallaban los cazadores.

Kasper, en menos que se dice, había vuelto a cargar la carabina; pero,al mismo tiempo, los cosacos que estaban a pie saltaron sobre suscaballos y se precipitaron por la pendiente del Hartz, marchando en filacomo los corzos y gritando con voz terrible:

—¡Hurra! ¡Hurra!

Aquella huída fue tan rápida como una visión; en el momento que Kasperapuntaba por segunda vez, la cola del último caballo desaparecía entrelos matorrales.

El caballo del cosaco muerto permanecía solo, junto al agua, porque unarara circunstancia le impedía moverse; su dueño, con la cabeza hundidaen el légamo, tenía el pie metido en el estribo.

Materne, desde lo alto de la roca, estuvo escuchando un momento;después, alegremente, dijo:

—¡Se han marchado!... Pues bien...; vamos a ver. Tú, Frantz, quédateaquí... por si volviera alguno...

A pesar de la advertencia, los tres bajaron adonde se hallaba elcaballo.

Materne cogió acto continuo la brida, diciendo:

—¡Bien, amigo mío!; ahora te enseñaremos a hablar francés.

—¡Vámonos!—dijo Kasper.

—No; hay que ver lo que hemos tirado; eso servirá para animar a loscompañeros; los perros que no muerden la piel del animal nunca sonbuenos cazadores.

Los tres hombres extrajeron del légamo al cosaco, lo colocaronatravesado sobre el caballo y comenzaron a subir la falda del Donon porun sendero tan rápido, que Materne, en más de cien ocasiones, llegó adecir: «El caballo no puede pasar por ahí.»

Pero el caballo, que era tan ágil como una cabra, pasaba más fácilmenteque ellos; visto lo cual, el anciano acabó diciendo:

—¡Excelentes caballos tienen estos cosacos! Si llego a viejo, éste meservirá para ir a cazar corzas. Hemos dado con un caballo excelente,muchachos; a pesar de su aspecto vacuno, vale tanto como un caballo decamino.

De vez en cuando hacía Materne sobre el cosaco reflexiones como éstas:

—¡Qué cosa más singular!, ¿eh? Una nariz redonda y una frente como unacaja de queso. ¡Y eso que hay hombres raros en el mundo! Le has dadobien, Kasper; exactamente en medio del pecho; y, mira, la bala le hasalido por la espalda. ¡La pólvora es magnífica! Divès tiene siemprebuen género.

Hacia las tres de la tarde, los caminantes oyeron las primeras voces delos centinelas de la partida:

—¿Quién vive?

—¡Francia!—respondió Materne adelantándose.

Todos salieron al encuentro de los recién llegados, gritando: «¡VivaMaterne!»

El mismo Hullin, lleno de tanta curiosidad como los demás, no pudocontenerse y acudió, acompañado del doctor Lorquin. Los hombres de lapartida rodeaban ya al caballo, y alargaban el cuello y se quedabanpasmados, junto a la gran hoguera en la que la comida se sazonaba.

—Es un cosaco—dijo Hullin, estrechando la mano de Materne.

—Sí, Juan Claudio; le vimos en la laguna de Riel, y Kasper le tiró.

Varios hombres bajaron el cadáver de la cabalgadura y le tendieron en elsuelo.

Su rostro, de color amarillo viejo, presentaba reflejos extraños a laluz de las llamas.

El doctor Lorquin, después de contemplarlo, dijo:

—Es un hermoso ejemplar de la raza tártara; si yo tuviese tiempo, locubriría con una capa de cal para tener un esqueleto de esta especie.

Luego, arrodillándose y abriendo el largo casacón que cubría el cuerpodel cadáver, dijo:

—La bala ha atravesado el pericardio, lo que produce un efectosemejante al de un aneurisma cuando revienta.

Todos los demás guardaban silencio.

Kasper, con la mano apoyada en el cañón de la carabina, parecía muycontento de su cacería, y Materne, frotándose las manos, decía:

—Yo estaba seguro que les traería a ustedes algo; nosotros, lo mismomis hijos que yo, nunca volvemos con las manos vacías. En fin, ahí está.

Entonces Hullin le llamó aparte, y juntos entraron en la granja, entanto que, pasado el primer momento de sorpresa, cada cual comenzaba ahacer reflexiones particulares sobre el cosaco.

XIII

Aquella noche, que era la víspera de un sábado, la reducida alquería delanabaptista no dejó un minuto de hallarse llena de gente.

Hullin estableció su cuartel general en una gran sala baja, a la derechade los trojes, que daba frente a Framont; al otro lado del pasadizo seencontraba la ambulancia, y en las habitaciones superiores vivían laspersonas de la granja.

Aunque la noche estaba muy tranquila y el cielo tachonado deinnumerables estrellas, el frío era tan intenso que había cerca de unapulgada de escarcha en los cristales.

Fuera se oía el «¿quién vive?» de los centinelas, las pisadas de laspatrullas, y, en las cumbres de alrededor, los aullidos de los lobos,que seguían a nuestros ejércitos por centenares desde 1812. Estosferoces animales, sentados sobre témpanos de hielo, con el puntiagudohocico entre las patas y el hambre mordiendo las entrañas, se llamabanunos a otros del Grosmann al Donon, con gemidos semejantes a los delviento.

Más de un montañés sentía, al oírlos, que se le helaba la sangre: «Soncantos fúnebres—pensaban—; es la Muerte que olfatea la batalla y nosllama.»

Los bueyes, en el establo, mugían y los caballos daban coces terribles.

Unas treinta hogueras brillaban en la meseta; se había entrado a saco enla leñera del anabaptista, se amontonaban los leños unos sobre otros, ymientras los hombres se quemaban la cara, sus espaldas tiritaban; mascuando se calentaban las espaldas, los bigotes se cubrían de escarcha.

Hullin, solo, frente a una amplia mesa de pino, pensaba en todo. Por lasúltimas noticias recibidas durante la noche, que anunciaban la llegadade los cosacos a Framont, estaba convencido de que el primer ataquetendría lugar al día siguiente.

Había mandado distribuir los cartuchos,reforzado los centinelas, organizado patrullas y señalado los puestosconvenientes, a lo largo de los parapetos. Cada cual sabía de antemanoel sitio que debía ocupar. Asimismo, Hullin dio orden a Piorette, aJerónimo de San Quirino y a Labarbe de que le enviaran sus mejorestiradores.

El estrecho pasillo obscuro, alumbrado solamente por una linternagrasienta, estaba lleno de nieve, y a cada instante se veía pasar, bajola luz inmóvil, a los jefes de destacamento, con el sombrero metidohasta las orejas, las anchas mangas de sus hopalandas extendidas hastala mano, la mirada dura y las barbas cubiertas de hielo.

Plutón ya no refunfuñaba al oír las recias pisadas de aquelloshombres. Hullin, muy pensativo, con la cabeza entre las manos y loscodos apoyados en la mesa, escuchaba cuantas noticias le transmitían.

—Señor Juan Claudio, se nota gran movimiento hacia Grand-Fontaine; seoye galopar.

—Señor Juan Claudio, el aguardiente se ha helado.

—Señor Juan Claudio, varios me han pedido pólvora.

—Falta esto... y lo otro.

—Que se vigile Grand-Fontaine y que se cambien los centinelas de eselado cada media hora. Que se ponga el aguardiente junto al fuego.Esperad que llegue Divès, que trae municiones; que se distribuyan loscartuchos sobrantes y que todo el que tenga más de veinte entregue elresto a sus compañeros.

Y así durante toda la noche.

Cerca de las cinco de la mañana, Kasper, el hijo de Materne, fue a decira Hullin que Marcos Divès con un volquete lleno de cartuchos, CatalinaLefèvre en un carro y un destacamento de Labarbe acababan de llegar almismo tiempo y que se hallaban en la meseta.

Tal noticia causó a Hullin una viva alegría, sobre todo por lo que serefiere a los cartuchos, pues temía que llegasen tarde.

En seguida Juan Claudio se levantó y salió con Kasper.

La meseta ofrecía un extraño aspecto.

Al acercarse el día, comenzaban a subir del valle masas de bruma; lashogueras chisporroteaban por efecto de la humedad, y por doquiera seveían hombres que dormían; unos, tendidos boca arriba, con las manoscruzadas detrás del sombrero, con la cara roja y las piernas dobladas;otros, con la mejilla apoyada en el brazo y el lomo vuelto hacia elfuego; la mayoría, sentados, con la cabeza inclinada y el fusil a laespalda. Todo se hallaba en silencio, envuelto en una onda de luz rojizao de tonos grises, según que las llamas bajaban o subían. Más separados,en la lejanía, se dibujaban las siluetas de los centinelas, con el fusilal brazo o con la culata junto a los pies, que miraban al abismocubierto de nubes.

A la derecha, a cincuenta pasos de la última hoguera, se oía a loscaballos relinchar y a los hombres golpear el suelo con los pies paraentrar en calor mientras hablaban en voz alta.

—El señor Juan Claudio llega—dijo Kasper, adelantándose por aquellado.

Uno de los hombres de la partida arrojó al fuego un brazado de ramillassecas; se formó una alta llama y aparecieron los jinetes de Marcos Divèsa caballo: doce hombres corpulentos, envueltos en grandes capas grises,con el sombrero caído sobre los hombros, los espesos bigotes retorcidoso lacios y largos hasta el cuello, el sable en la diestra, inmóvilesalrededor del volquete; más allá, Catalina Lefèvre, acurrucada junto ala barandilla de su carro, con una capucha metida hasta la nariz, lospies enterrados en paja y la espalda apoyada en un gran barril; detrásde Catalina se amontonaban una olla, unas parrillas, un cerdo abierto encanal, limpio, blanco y sonrosado, varias gavillas de cebollas y algunascoles para hacer la sopa: todo aquello salió un momento de la obscuridady volvió a quedar en la sombra.

Divès se había separado del convoy y avanzaba, cabalgando sobre unhermoso caballo.

—¿Eres tú, Juan Claudio?

—Sí, Marcos, yo soy.

—Allí tengo preparados varios miles de cartuchos. Hexe-Baizel trabajanoche y día.

—¡Bien! ¡Bien!

—Sí, amigo mío. Y Catalina Lefèvre, por su parte, trae víveres; ayer hahecho matanza...

—Está bien, Marcos; tendremos necesidad de todo eso. La batalla seacerca.

—Sí, sí; ya lo sospechaba; hemos venido a paso de carga. ¿Dónde hay quemeter la pólvora?

—Allá en el cobertizo, detrás de la granja. ¿Eh? ¿Es usted, Catalina?

—Sí, Juan Claudio; ¡qué frío hace esta mañana!

—Usted es siempre la misma; nunca le teme a nada.

—Si no fuese curiosa, ¿no dejaría de ser mujer?; tengo que meter lasnarices en todo.

—Sí, sí; usted siempre encuentra una excusa para cualquier bien quehace.

—Hullin, es usted muy machacón; déjeme usted tranquila y no me alabemás.

¿Acaso estos hombres no tienen necesidad de comer? ¿Acaso puedenmantenerse del aire? ¡Con lo que alimenta el vientecillo que se dejasentir y con el frío que hace!: corta la piel como una navaja. Así esque he tenido que preparar algo: ayer matamos un buey—el pobre Schwartz, usted sabe—que pesaba más de novecientos kilos; traigo aquíel cuarto trasero para la comida de esta mañana.

—Catalina—exclamó Juan Claudio conmovido—, por bien que la conozca,siempre encuentro algo nuevo y admirable en usted. Nada le pesa; ni eldinero, ni el trabajo, ni los sacrificios.

—¡Bah!—respondió la labradora levantándose y saltando del carro—;usted me confunde, Hullin. Voy a calentarme.

Catalina entregó las riendas de los caballos a Dubourg, y luego,volviéndose, dijo:

—La cosa no tiene importancia, Juan Claudio; ¡y qué agradable es verla hoguera aquí y allá! Pero... ¿y Luisa? ¿Dónde está?

—Luisa ha pasado la noche cortando y cosiendo vendas con las dos hijasde Pelsly.

Está en la ambulancia; vea usted, allá abajo, donde brillaaquella luz.

—¡Pobre hija mía!—dijo Catalina—; voy a ayudarle, y así entraré encalor.

Hullin, cuando vio que se alejaba, hizo un gesto como diciendo: «¡Quémujer!»

Al mismo tiempo, Divès y sus hombres transportaban la pólvora alcobertizo, y en el momento que Juan Claudio se acercaba a la hoguera máspróxima ¡cuál no sería su sorpresa al ver, entre los hombres de lapartida, al loco Yégof con la corona a la cabeza, sentado gravemente enuna piedra, con los pies cerca del fuego y cubierto con sus andrajoscomo si fuese un manto real!

Nada más extraño que tal figura vista a la luz de la hoguera. Yégof era,de toda la tropa que allí había, el único que se hallaba despierto; sele hubiera, en verdad, tomado por algún rey bárbaro que soñaba en mediode su horda adormecida.

Hullin, por su parte, no vio en él mas que un loco, y poniéndolesuavemente la mano en el hombro le dijo irónicamente:

—¡Salud, Yégof! ¡Vienes sin duda a prestarnos el socorro de tu brazoinvencible y de tus innumerables ejércitos!

El loco, sin revelar la menor sorpresa, respondió:

—Eso depende de ti, Hullin; tu suerte y la de toda esta gente pende detus manos.

He detenido mi cólera y dejo que tú pronuncies la sentencia.

—¿Qué sentencia?—preguntó Juan Claudio.

El loco, sin contestar, prosiguió en voz baja y solemne:

—Henos los dos aquí, como hace mil seiscientos años, en vísperas de unagran batalla. En aquella ocasión, yo, jefe de tantos pueblos, fui a tuclan para pedirte que me franquearas el paso...

—¡Hace mil seiscientos años!—dijo Hullin—; ¡demonio, Yégof, resultaque somos viejísimos! De todos modos, no importa; cada cual cree lo quele parece.

—Sí—añadió el loco—; pero, con tu obstinación de costumbre, noquisiste oír nada; hubo muchos muertos en el Blutfeld, y esos muertosclaman venganza.

—¡Ah! ¡El Blutfeld!—dijo Juan Claudio—; sí, sí, una historia antigua;me parece haber oído hablar de eso.

Yégof se puso rojo, los ojos se le encendieron, y exclamó:

—¡Te vanaglorias de tu triunfo! Bien; pero ten cuidado, ten muchocuidado: la sangre pide sangre.

Luego, en tono más tranquilo, prosiguió:

—Oye, Hullin; no te quiero mal; eres valiente; los descendientes de turaza pueden mezclarse con los de la mía; deseo una alianza contigo, túlo sabes...

—¡Vamos!—pensó Juan Claudio—; otra vez me va a hablar de Luisa...

Y como previese una petición en regla, dijo:

—Yégof, lo siento mucho; pero me veo obligado a dejarte; ¡tengo tantascosas que ver!...

El loco no esperó el fin de aquella despedida, y levantándose, con elrostro demudado por la cólera, exclamó, alzando la mano solemnemente:

—¡No me concedes tu hija!

—Ya hablaremos de eso más tarde.

—¡Me la niegas!

—Vamos, Yégof, con tus gritos vas a despertar a todo el mundo.

—¡Me la niegas!... ¡Es la tercera vez! ¡Guárdate, Hullin, guárdate!

Juan Claudio, convencido de que no podía hacerle entrar en razón, sealejó apresuradamente; pero el loco, poseído de violenta cólera,descargó sobre sus espaldas estas extrañas palabras:

—¡Huldrix! ¡Desdichado de ti! Tu última hora se acerca; tu cuerposervirá de pasto a los lobos. Todo se ha acabado; desataré los rayos demi ira, y no habrá para ti ni para los tuyos ni gracia, ni piedad, nimerced. Tú lo has querido.

Y cruzándose el hombro izquierdo con un trozo de sus andrajos, eldesgraciado se alejó rápidamente hacia la cumbre del Donon.

Varios hombres de la partida, que se despertaron al ruido de los gritos,vieron al loco de un modo confuso cuando se perdía en las tinieblas.También oyeron un rumor de alas alrededor de la hoguera; después, sindarles más importancia que a las imágenes del sueño, se volvieron delotro lado y otra vez se durmieron.

Cerca de una hora más tarde, la cuerna de Lagarmitte tocaba diana. Enpocos momentos, todo el mundo se puso de pie.

Los jefes de los destacamentos reunían a sus soldados; unos se dirigíanal cobertizo, donde se distribuían los cartuchos; otros llenaban lascalabazas de aguardiente en el barril; todo se hacía con orden, con eljefe al frente; luego cada pelotón se alejaba, a la débil claridad delamanecer, hacia los parapetos, por ambos lados de la ladera.

Cuando salió el Sol, la meseta se hallaba desierta y, a excepción decinco o seis hogueras que continuaban humeando, nada revelaba quenumerosos guerrilleros ocupaban los puntos estratégicos de la sierra, nique habían pasado la noche en aquel sitio.

Hullin, sin sentarse, tomó un bocado y se bebió un vaso de vino en unióndel doctor Lorquin y del anabaptista Pelsly.

Lagarmitte estaba con ellos, pues no debía separarse del señor JuanClaudio en todo el día, para transmitir sus órdenes en caso denecesidad.

XIV

A las siete de la mañana no se había notado aún movimiento alguno en elvalle.

De vez en cuando, el doctor Lorquin abría la hoja de una ventana de lasala grande y miraba: nada se movía; las hogueras se habían apagado;todo se hallaba en tranquilidad.

Frente a la granja, a unos cinco pasos, en un talud, se veía al cosacomuerto por Kasper el día anterior; estaba blanco por la escarcha yrígido como si fuese de piedra.

Dentro, el fuego de la estufa, que se había encendido, calentaba elambiente.

Luisa, sentada al lado de su padre, miraba a éste con una inefableternura; diríase que la joven abrigaba el temor de no verle más; susirritados ojos revelaban que por ellos habían corrido abundanteslágrimas.

Hullin, aunque estaba sereno, parecía algo intranquilo.

El doctor y el anabaptista, serios y solemnes, hablaban de los asuntosde actualidad, y Lagarmitte, detrás del hogar, los escuchaba conrecogimiento.

—Nosotros tenemos no sólo el derecho sino también el deber dedefendernos—

decía el doctor—; nuestros padres han cultivado estosbosques, los han hecho producir; es una legítima propiedad nuestra.

—Sin duda—respondía el anabaptista en tono sentencioso—; pero estáescrito: «¡No matarás! ¡No derramarás sangre de tus hermanos!»

Catalina Lefèvre, que se hallaba comiendo apresuradamente una lonja dejamón, y a quien, sin duda, aquella conversación desagradaba, se volviócon rapidez y contestó:

—Eso quiere decir que, si nosotros tuviéramos la religión de usted, losalemanes, los rusos y todos esos hombres rojos podían meterse por laspuertas de nuestras casas. ¡Es curiosa esa religión de usted; sí,curiosa y conveniente para los bribones! Así pueden atropellarcómodamente a las personas honradas. ¡Los aliados desearían quetuviésemos una religión semejante, estoy segura! Pero, por desgracia,todo el mundo no se siente con vocación de cordero. Por mi parte, y sintratar de ofender a usted, creo que es algo estúpido trabajar para losdemás. En fin, ustedes son buenas personas y nadie puede desearlesningún mal; esas ideas son de familia y han ido de padres a hijos: elmismo camino que ha recorrido el abuelo lo sigue el nieto. Pero nosotrosles defenderemos, no obstante, y después nos pronunciarán ustedesdiscursos sobre la paz eterna. Me agradan mucho los discursos sobre lapaz cuando nada tengo que hacer y hago la digestión de la comida; esoconforta el ánimo.

Y después de dichas tales palabras, Catalina se volvió tranquilamente yacabó de comer el trozo de jamón.

Pelsly quedose estupefacto, y el doctor Lorquin no podía reprimir unasonrisa.

En aquel momento se abrió la puerta, y uno de los centinelas que sehallaban de vigilancia en los extremos de la meseta gritó:

—Señor Juan Claudio, venga usted a ver; me parece que quieren subir.

—Está bien, Simón, voy en seguida—dijo Hullin levantándose—. Dame unbeso, Luisa; valor, hija mía; no tengas miedo, todo marchará bien.

Y la estrechó contra su pecho, con los ojos cargados de lágrimas. Luisaparecía más muerta que viva.

—Sobre todo—dijo Juan Claudio dirigiéndose a Catalina—, que nadiesalga; ¡que nadie se acerque a las ventanas!

Y acto continuo salió al pasadizo.

Cuantos presenciaron la anterior escena palidecieron intensamente.

El señor Juan Claudio llegó hasta el extremo de la meseta y, dirigiendola vista hacia Grand-Fontaine y Framont, que se hallaban a tres milmetros debajo de él, vio lo siguiente:

Los alemanes, que habían llegado el día antes, a la caída de la tarde,pocas horas después que los cosacos, habían pasado la noche en lastrojes, en los establos, en los cobertizos, y en aquel momento seagitaban como un hormiguero. Serían cinco o seis mil y salían por laspuertas en filas de diez, quince y veinte, abrochando rápidamente lasmochilas, colgándose los sables y calando las bayonetas.

Otros soldados, los de caballería—ulanos, cosacos, húsares, conuniformes verdes, grises, azules, galoneados de rojo y amarillo; conmorriones de hule y piel de carnero, quepis y gorros desmesurados—,ensillaban los caballos y liaban los capotes apresuradamente.

Los oficiales, con las capas terciadas, descendían las escalerillas,unos mirando altivamente a todas partes, otros besando a las mujeres, ala puerta de las casas.

Los trompetas, con la mano en la cadera y el codo levantado, tocabandiana en las esquinas de las calles; los tambores apretaban las cuerdasde las cajas. En una palabra, podían observarse en aquel espacio, nomayor que la palma de la mano, los aprestos militares de un ejército quese pone en marcha.

Algunos labriegos, asomados a las ventanas, contemplaban el espectáculo;las mujeres sacaban la cabeza por los ventanillos de los graneros. Losposaderos llenaban las cantimploras en pres