La Invasión o el Loco Yégof by Erckmann-Chatrian - HTML preview

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Los reunidos salieron de la cabaña, y Hullin, en presencia de todo elmundo, nombró a Labarbe, a Jerónimo y a Piorette, jefes de los puertos;luego ordenó a los naturales de las orillas del Sarre que se congregasenlo más pronto posible cerca de la finca de «El Encinar» llevando hachas,picos y fusiles.

—Saldremos a las dos—les dijo Juan Claudio—, y acamparemos en elDonon, enmedio del camino. Mañana, a primera hora, comenzaremos la tala.

Hullin quedose un momento hablando con Materne y sus hijos Frantz yKasper, advirtiéndoles que la batalla seguramente comenzaría en el Donony que se necesitaban por este lado buenos tiradores, lo cual fue oídopor aquéllos con gran complacencia.

La señora Lefèvre nunca había sido más feliz; cuando subió al carro quela esperaba, besó a Luisa y le dijo al oído:

—Todo va bien... Juan Claudio es un hombre...; todo lo prevé... y sabearrastrar a la gente... Yo, que le conozco hace cuarenta años, estoyasombrada.

Y luego, volviéndose, exclamó:

—Juan Claudio, abajo nos espera un jamón y algunas botellas de vinoañejo, que no se beberán los alemanes.

—No, Catalina, no se las beberán. Vámonos; aquí estoy.

Pero en el momento de ir a dar el latigazo y cuando numerosos campesinostrepaban ya por la ladera para regresar a sus aldeas, se vio asomar muylejos, en el sendero de Trois-Fontaines, un hombre alto, delgado,cabalgando en una jaca grande y roja, con una gorra de piel de conejo,de visera ancha y baja, metida hasta los hombros, dejando ver sólo lanariz. Un hermoso perro de caza negro saltaba junto a él, y los faldonesde su desmesurada levita se movían como si fuesen alas. Todo el mundoexclamó:

—Es el doctor Lorquin, el del llano, el que cura gratis a los pobres;viene con su perro Plutón; es una excelente persona.

En efecto, era él, que llegaba trotando y dando voces:

—¡Alto!... ¡Quietos!... ¡Alto!

Y su cara roja, sus ojos vivos y abultados, su barba de un color rojizoobscuro, sus anchas y encorvadas espaldas, su caballo y su perro, todoaquello hendía el aire y crecía a ojos vistas. En dos minutos llegó alpie de la sierra, atravesó el prado y desembocó por el puente a lachoza. Y, con voz entrecortada por la falta de aliento, comenzó a deciren seguida:

—¡Ah, los taimados! ¡Pues no quieren entrar en campaña sin mí! ¡Ya melo pagarán!

Y dando golpes en una arquita que llevaba a la grupa, añadió:

—Esperad, amigos míos, esperad; llevo aquí dentro algo que ya sabéis loque es: aquí traigo cuchillos pequeños y grandes, redondos ypuntiagudos, para atrapar las balas, los cascos de granada y la metrallade diferente clase que os van a regalar.

Y, dicho esto, el médico prorrumpió en una carcajada estentórea; todoslos que escuchaban sintieron un momentáneo escalofrío.

Habiendo conseguido dar aquella broma agradable, el doctor Lorquinañadió en tono más serio:

—Hullin, yo debía tirar a usted de las orejas. ¿Por qué, cuando setrata de defender la patria, no se acuerda de mí? He tenido queenterarme por otras personas. Y, sin embargo, me parece que un médico noestá aquí de más. Eso no se lo perdono.

—Excúseme usted, doctor; he hecho mal—dijo Hullin estrechándole lamano—.

¡Pero han pasado tantas cosas desde hace ocho días!... ¡Siemprese le olvida a uno algo! Y, además, un hombre como usted no necesita quele requieran para cumplir con su deber.

Apaciguose el doctor y dijo:

—Todo eso está bien y es cierto; pero no impide que yo, por culpa suya,llegue tarde; los buenos puestos ya están tomados, y distribuidas lascruces. Vamos a ver,

¿dónde está el general, para presentarle misquejas?

—Soy yo.

—¡Oh!, ¡oh! ¿De veras?

—Sí, doctor, yo soy, y le nombro nuestro médico mayor.

—¡Médico mayor de los guerrilleros de los Vosgos! ¡Bien; eso me agrada!Lo olvido todo, Juan Claudio.

Y, acercándose al carruaje, el doctor dijo a Catalina que contaba conella para organizar las ambulancias.

—Esté usted tranquilo, doctor—respondió la labradora—; todo estarádispuesto; Luisa y yo vamos a ocuparnos del asunto a partir de estanoche; ¿no te parece, Luisa?

—¡Sí, sí, mamá!—exclamó la joven, entusiasmada al ver que se ibadecididamente a la guerra—; vamos a trabajar muchísimo; pasaremos lanoche velando, si es preciso.

El señor Lorquin quedará satisfecho.

—¡Pues bien! ¡En marcha! Usted comerá con nosotros, doctor.

El carro partió al trote. Mientras le seguía, el animoso doctor contó aCatalina cómo había sabido la noticia de la sublevación general, ladesolación de su ama de llaves, la anciana María, que no quería dejarleir a matarse con los kaiserlicks; en fin, los diferentes episodios desu viaje desde Quibolo hasta la aldea de Charmes. Hullin, Materne y sushijos iban algunos pasos más atrás, con la carabina al hombro, y de estemodo subieron la ladera y se dirigieron hacia la granja de «ElEncinar».

IX

Fácilmente puede imaginarse la animación de la granja, las idas yvenidas de los criados, los gritos de entusiasmo de todo el mundo, elchocar de vasos y tenedores, y la alegría que reflejaban aquellosrostros cuando Juan Claudio, el doctor Lorquin, los Materne y cuantoshabían acompañado al carruaje de Catalina se instalaron en la ampliasala, alrededor de un magnífico jamón, y se pusieron a celebrar susfuturos triunfos con la jarra en la mano.

Era precisamente un martes, día de amasar en la granja.

La cocina, desde por la mañana, estaba hecha un ascua de oro; Duchêne,el viejo aperador, en mangas de camisa y con su gorro de algodón metidohasta las orejas, sacaba del horno innumerables panecillos, cuyo buenolor llenaba toda la casa. Anita los tomaba e iba apilándolos en unrincón del hogar. Luisa servía a los convidados, y Catalina Lefèvre lovigilaba todo, diciendo de vez en cuando:

—Daos prisa, hijos míos, daos prisa. La tercera hornada debe estaracabada cuando lleguen los del Sarre. Ya sabéis que tocan a seis librasde pan por hombre.

Hullin, desde su sitio, veía a la anciana labradora ir y venir.

—¡Qué mujer!—se decía—, ¡qué mujer! ¡Vaya usted a encontrar dossemejantes en toda la comarca! ¡A la salud de Catalina Lefèvre!

—¡A la salud de Catalina!—respondían los demás.

Chocaban los vasos unos contra otros, y se reanudaban las conversacionesde combates, ataques y atrincheramientos. Todos se sentían poseídos deuna ciega confianza, todos se decían para sus adentros: «¡Esto marchabien!»

Pero el cielo les reservaba en aquel día una satisfacción aún mayor,sobre todo a Luisa y a la señora Lefèvre. Hacia mediodía, cuando unhermoso sol de invierno blanqueaba la nieve y fundía la escarcha de loscristales, y cuando el arrogante gallo rojo, sacando la cabeza delgallinero y moviendo las alas, lanzaba su grito triunfal, que repetíanlos ecos del Valtin, de repente el perro de la puerta, el viejo Johan,que estaba completamente mellado y casi ciego, prorrumpió en aullidostan alegres y al mismo tiempo tan lastimeros, que todo el mundo prestóatención.

Era el momento de mayor animación en la cocina; la tercera hornada salíadel horno, y, no obstante, todos, hasta Catalina Lefèvre, suspendieronel trabajo.

—Algo sucede—dijo la labradora en voz baja.

Y luego añadió muy conmovida:

—Desde que se marchó mi hijo, Johan no ha aullado así.

En aquel instante se oyeron pasos ligeros que atravesaban el patio.Luisa corrió a la puerta, gritando: «¡Es él, es él!» Y casi al mismotiempo, una mano agitada buscaba el pestillo; abriose la puerta yapareció en el umbral un soldado, pero un soldado tan flaco, tan morenoy escuálido, con un capote gris con botones de estaño tan viejo y raído,con unas altas polainas tan destrozadas, que todos los allí presentesquedáronse, al verle, sobrecogidos.

El soldado parecía no poder dar un paso más, y muy despacio dejó caer elfusil con la culata hacia el suelo. La punta de la nariz del reciénllegado—la nariz de la señora Lefèvre—relucía como el bronce; susrubios bigotes temblaban; cualquiera hubiera pensado en uno de esosgavilanes grandes y flacos a los que el hambre lleva a las puertas delos establos en invierno. El soldado contemplaba la cocina, muy pálido,a través del color moreno de sus mejillas, con los hundidos ojos llenosde lágrimas y sin poder dar un paso ni decir una palabra.

Fuera, el viejo perro saltaba, aullaba, sacudía la cadena; dentro se oíala llama chisporrotear: tan profundo era el silencio; pero, en seguida,Catalina Lefèvre, con voz desgarradora, exclamó:

—¡Gaspar!... ¡Hijo mío!... ¿Eres tú?

—¡Sí, madre!—respondió el soldado en voz baja y como si le ahogara laemoción.

Y en el mismo momento Luisa comenzó a sollozar, mientras que en laamplia sala se levantaba un ruido ensordecedor.

Todos los amigos se acercaron al recién llegado, con el señor JuanClaudio al frente, gritando: «¡Gaspar! ¡Gaspar Lefèvre!»

Al aproximarse vieron que madre e hijo se besaban: aquella mujer tanenérgica, tan decidida, lloraba a lágrima viva: Gaspar no lloraba,sostenía a su madre junto a su pecho, mezclándose sus bigotes rubios conlos cabellos grises de la anciana, mientras murmuraba:

—¡Madre!... ¡Madre!... ¡Ah! ¡Cuántas veces he pensado en ti!

Luego, con voz más firme, añadió:

—¡Luisa! ¡Yo he visto a Luisa!...

Y Luisa se arrojó en sus brazos, cambiando entre ambos muchos besos.

—¡Ah! ¡No me has reconocido, Luisa!

—¡Oh, sí!; ¡oh, sí!; te he reconocido en seguida, por tus pasos.

El anciano Duchêne, con el gorro de algodón en la mano, cerca del hogar,tartamudeaba:

—¡Santo Dios!... ¿Es posible?... ¡Pobre muchacho..., cómo viene!...

El aperador había criado a Gaspar y se lo imaginaba siempre, desde quese marchó, rozagante y mofletudo, vistiendo un uniforme nuevo conadornos encarnados. Y al verle de distinto modo, todas sus ideas habíanvenido a tierra.

En tal momento Hullin, alzando la voz, dijo:

—¿Y nosotros, Gaspar, nosotros, tus antiguos amigos? ¿Nos vas a dejaren blanco?

Entonces el muchacho se volvió y prorrumpió en un grito de entusiasmo:

—¡Hullin! ¡El doctor Lorquin! ¡Materne! ¡Todos, todos, aquí estántodos!

Y comenzaron de nuevo los abrazos; pero ahora más alegres, con risotadasy apretones de manos que no acababan nunca.

—¡Ah, doctor, es usted! ¡Ah, querido papá Juan Claudio!

Todos se miraban hasta el fondo de los ojos, y en los rostros rebosabala alegría; cogidos del brazo unos y otros, hablaban e iban de acá paraallá en la sala; la señora Catalina con la mochila, Luisa con el fusil,Duchêne con el saco, continuaban riendo, secándose los ojos y lasmejillas; nunca se había visto nada semejante.

—¡Sentémonos!... ¡Bebamos!—exclamó el doctor Lorquin—; ésta es lacorona de la fiesta.

—¡Ah, querido Gaspar, cuán contento estoy de verte sano y salvo!—decíaHullin—.

¡Eh!, ¡eh!, sin que esto sea adularte; más me agrada verte asíque cuando tenías la cara redonda y colorada. ¡Ahora estás hecho unhombre, pardiez! Me recuerdas a los veteranos de mi tiempo, a los delSambre, a los de Egipto. ¡Bah, bah, bah! No teníamos los carrilloshinchados ni estábamos relucientes de grasa; mirábamos como las ratashambrientas cuando ven un queso, y teníamos los dientes largos ylimpios.

—Sí, sí, no me extraña, papá Juan Claudio—respondía Gaspar—.Sentémonos; así se puede hablar más cómodamente. ¡Ah, vaya! ¿y por quéestán todos ustedes aquí?

—Pero ¿cómo? ¿No sabes nada? ¡Toda la comarca se ha levantado, desde elHoupe hasta San Salvador, para la defensa!

—Sí, el anabaptista del Painbach me ha dicho algo cuando pasé; ¿y escierto?

—¡Completamente cierto! Todo el mundo toma parte en el alzamiento, y yosoy el general en jefe.

—¡Perfectamente, perfectamente! ¡Con mil demonios! ¡Que esos granujasde kaiserlicks no caigan sobre nosotros sin llevar su merecido, meparece muy bien!

¡Bah! Deme uste el cuchillo. Es igual; ¡qué bien seencuentra uno en su casa! ¡Eh, Luisa! ¡Ven y siéntate un momento aquí!¡Mire usted, papá Juan Claudio, con esta personilla a un lado, el jamónal otro y la jarra en frente, en menos de quince días me reponíacompletamente; no me reconocían los camaradas de la compañía!

Todos se habían sentado y veían con admiración al valiente muchachocortar, despedazar, empinar el codo, mirar luego a Luisa y a su madrecon ojos tiernos, y contestar a unos y otros sin perder bocado.

La gente de la finca, Duchêne, Anita, Robin, Dubourg, formando unsemicírculo, miraban a Gaspar con aire extático; Luisa llenaba de vez encuando la copa; la madre Lefèvre, sentada cerca del horno, revolvía lamochila y, al no ver mas que dos camisas viejas muy sucias, con agujeroscomo puños, unos zapatos torcidos, betún para la cartuchera, un peinecon sólo tres púas y una botella vacía, levantó las manos al cielo y seapresuró a abrir el armario de la ropa blanca, murmurando:

—¡Señor! ¿Cómo extrañarse de que muera tanta gente de miseria?

El doctor Lorquin, ante un apetito tan voraz, se frotaba las manos muysatisfecho y murmuraba entre dientes:

—¡Qué salud!, ¡qué estómago!, ¡qué diente!; ¡podría partir piedras comosi fuesen avellanas!

Y el anciano Materne decía a sus hijos:

—Otras veces, después de dos o tres días de caza en la sierra, duranteel invierno, me entraba también a mí un hambre de lobo y me comía unapierna de corzo sin respirar; ahora, ya voy haciéndome viejo y me bastanuna o dos libras de carne. ¡Lo que es la edad!

Hullin había encendido su pipa y parecía muy pensativo; no cabía duda deque algo le inquietaba. Cuando hubieron pasado algunos minutos, viendoque el apetito de Gaspar se moderaba, exclamó repentinamente:

—Dime, Gaspar, sin dejar de comer, ¿cómo es posible que estés aquí?Nosotros creíamos que te hallabas aún a orillas del Rin, cerca deEstrasburgo.

—¡Ah, ah, el veterano! Ya comprendo—dijo Lefèvre guiñando un ojo—.¡Como hay tantos desertores! ¿No es eso?

—¡Oh!, semejante idea no se me ocurrirá nunca; pero, sin embargo...

—¡A usted no le desagradará saber que tengo mis papeles en regla! Nopuedo engañarle, papá Juan Claudio; usted está en su derecho; ¡el quefalta al llamamiento cuando los kaiserlicks están en Francia mereceque le fusilen! Pero no tenga cuidado, aquí está mi permiso.

Hullin, que no sentía una falsa delicadeza, leyó:

«Permiso de veinticuatro horas al granadero Gaspar Lefèvre, de la 2.ªdel 1.º.

»Hoy, 3 de enero de 1814.

» Gémeau, comandante del batallón.»

—Bien, bien—dijo Hullin—; mete esto en la mochila, porque puedeperderse.

Juan Claudio había vuelto a adquirir su alegría habitual.

—Mirad, hijos míos—añadió luego—, sé bien lo que es el amor; es algomuy bueno y muy malo; es malo particularmente para los soldados jóvenescuando se aproximan a su aldea después de una campaña. Son capaces defaltar a su deber y hasta llegar a huir, perseguidos por dos o tresgendarmes. Lo he visto yo mismo. En fin, puesto que todo está en regla,bebamos una copa de rikevir. ¿Qué dice usted de esto, Catalina?

Losdel Sarre pueden llegar de un momento a otro, y no tenemos un minuto queperder.

—Tiene usted razón, Juan Claudio—respondió la anciana labradoratristemente—.

Anita, baja a la cueva y trae tres botellas de ladespensa.

La criada se marchó corriendo.

—Pero ese permiso, Gaspar—añadió Catalina—, ¿cuándo comenzaste ausarlo?

—Me lo dieron ayer, a las ocho de la noche, en Vasselone. El regimientose retiraba hacia Lorena, y yo debo alcanzarlo esta noche en Falsburgo.

—Bien; todavía tienes siete horas por delante; no necesitarás más deseis para llegar a tiempo, aun cuando haya mucha nieve en el Foxthal.

La animosa mujer fue a sentarse junto a su hijo, muy afligida. Todo elmundo estaba conmovido. Luisa, con el brazo apoyado en la descoloridacharretera de Gaspar y la mejilla junto a su oreja, sollozaba; Hullingolpeaba en un extremo de la mesa para vaciar de cenizas la pipa, yfruncía las cejas, sin decir nada; pero cuando llegaron las botellas, yuna vez que fueron abiertas, exclamó:

—Vamos, Luisa, valor. Todo esto no puede durar mucho tiempo, ¡pardiez!De un modo o de otro tiene que acabarse, y yo afirmo que acabará bien;Gaspar volverá, y entonces nos divertiremos.

Juan Claudio llenó las copas y Catalina secose las lágrimas, murmurando:

—¡Y pensar que esos bandidos tienen la culpa de lo que nos pasa! ¡Ah!¡Que vengan, que vengan por aquí!

Se vaciaron las copas sin ninguna alegría; pero el añejo rikevir, alpenetrar en la sangre de aquellas buenas gentes, no tardó enreanimarlos. Gaspar, más firme de lo que hubiera podido sospechar,comenzó a referir los terribles sucesos de Bautzen, Lurtzen, Leipzig yHannau, donde los reclutas se habían batido como veteranos ganandovictoria tras victoria, hasta que los traidores se pasaron al otro lado.

Todo el mundo escuchaba en silencio. Luisa, en los momentos depeligro—al pasar los ríos bajo el fuego enemigo, al tomar una batería ala bayoneta—, apretaba el brazo de Gaspar como para defenderle. Losojos de Juan Claudio chispeaban; el doctor preguntaba siempre dónde sehallaba situada la ambulancia; Materne y sus hijos alargaban el cuello yapretaban las mandíbulas, y el vinillo añejo, acudiendo en ayuda de laimaginación, aumentaba el entusiasmo cada momento más: «¡Ah, losgranujas!

¡ah, bandidos! ¡Cuidado, cuidado, no ha terminado todo!...»

La señora Lefèvre admiraba el valor y la fortuna de su hijo en medio deestos acontecimientos, de los que los siglos venideros guardarán porsiempre memoria.

Pero cuando Lagarmitte, con aire serio y solemne, vistiendo larga blusagris, sombrero flexible, de color negro, que resaltaba sobre sucabellera blanca, y llevando colgada del hombro su enorme trompa,atravesó la cocina y asomose a la puerta de la sala, diciendo: «¡Los delSarre llegan!», entonces toda aquella exaltación desapareció y losreunidos se levantaron, pensando en la terrible lucha que iba pronto acomenzar en la sierra.

Luisa, arrojándose en brazos de Gaspar, exclamó:

—¡Gaspar, no te vayas! ¡Quédate con nosotros!

El joven se puso muy pálido, y dijo:

—Soy soldado; me llamo Gaspar Lefèvre; te amo mil veces más que a mivida; pero un Lefèvre cumple siempre con su deber.

Desasiose el joven de los brazos de su novia; Luisa se recostó sobre lamesa y comenzó a gemir en alta voz. Levantose Gaspar; pero Hullin seinterpuso, y estrechándole fuertemente las manos, mientras que un ligerotemblor le agitaba el rostro, exclamó:

—¡Está muy bien! ¡Acabas de hablar como un hombre!

La señora Lefèvre se aproximó a su hijo reposadamente, para atarle lamochila a los hombros. Así lo hizo, con las cejas fruncidas, los labioscontraídos bajo la nariz aguileña, sin dar un suspiro; pero dos gruesaslágrimas corrieron lentamente por las arrugas de sus mejillas. Y cuandohubo acabado, volviose, ocultando los ojos con la manga del vestido, ydijo:

—Está bien... Ve..., ve..., hijo mío, tu madre te bendice. Si la guerrate lleva, no morirás... Aquí tienes tu sitio, aquí, entre Luisa y yo:¡siempre estarás con nosotras!

¡Esta pobre niña no tiene aún bastanteedad para saber que vivir es sufrir!...

Todos los que allí estaban salieron; sólo Luisa permaneció en la sala,entregada a sus lamentos. Pocos momentos después, al oír la culata delfusil golpear en las losas de la cocina y que se abría la puertaexterior, la joven lanzó un grito desgarrador y precipitose fuera.

—¡Gaspar!, ¡Gaspar!—dijo—, ya estoy tranquila, ya no lloro más; noquiero que te quedes, pero no te marches disgustado conmigo. ¡Perdóname!

—¡Disgustado! ¡Disgustado contigo, Luisa mía! ¡Oh, no!, ¡no!—dijoGaspar—.

Pero verte tan apenada me destroza el alma... ¡Ah!, pero sitienes un poco de ánimo..., entonces me iré contento.

—Pues, sí, lo tengo... Dame un beso... ¿Lo ves? Ya no soy la misma,¡quiero ser como mamá!

Los dos jóvenes se dieron los abrazos de despedida con serenidad. Hullinsostenía el fusil, y Catalina agitaba la mano como diciendo: «¡Vamos,vamos, ya está bien!»

Gaspar, cogiendo rápidamente el fusil, se alejó con paso firme, sinvolver la cabeza.

En dirección opuesta, los del Sarre, provistos de picos y hachas,trepaban en fila por el sendero del Valtin.

Cuando pasaron cinco minutos, en el recodo de la encina grande, Gasparse volvió y levantó la mano; Catalina y Luisa le respondieron. Hullin seadelantó para recibir a la gente. Sólo el doctor Lorquin permaneció conlas mujeres; y así que Gaspar, continuando su camino, hubo desaparecido,el doctor exclamó:

—Catalina Lefèvre, usted puede enorgullecerse de tener por hijo unhombre de corazón. ¡Quiera Dios que tenga suerte!

Se oían las voces lejanas de los que llegaban, que reían y marchaban ala guerra como si fuesen de fiesta.

X

Mientras que Hullin, al frente de los montañeses, se preparaba para ladefensa, el loco Yégof, aquel ser inconsciente, aquel desgraciado quellevaba en la cabeza una corona de hojalata, aquella dolorosa imagen delalma humana herida en su parte más noble, más hermosa y más importante,la inteligencia, el loco Yégof, con el pecho descubierto, los piesdesnudos, insensible al frío, como el reptil preso en el hielo, vagabade montaña en montaña, en medio de las nieves.

¿Por qué causa los privados de razón resisten las temperaturas másrigurosas, mientras que las personas con juicio en el mismo casosucumben? ¿Se debe a una concentración más poderosa de la vida, a unacirculación más rápida de la sangre, a un estado continuo de fiebre?¿Es efecto de la sobreexcitación de los sentidos, o tiene quizás unorigen que se desconoce?

La Ciencia nada dice a este respecto, pues no admite mas que causasmateriales y se declara impotente para explicar tales fenómenos.

Yégof caminaba a la ventura mientras que la noche se acercaba; el fríoaumentaba por momentos, y los zorros rechinaban los dientes persiguiendouna caza invisible: el buharro hambriento se dejaba caer sobre la malezacon las garras vacías, lanzando angustiosos gritos. El loco, con elcuervo al hombro, gesticulando y hablando como en sueños, caminaba,caminaba sin cesar, desde el Holderloch al Sonneberg, y desde elSonneberg al Blutfeld.

Mas durante aquella noche el pastor Robin, de la granja de «El Encinar»,iba a ser testigo del más raro y emocionante espectáculo.

Habiendo sorprendido al pastor Robin las primeras nieves, algunos díasantes, en lo hondo del puerto de Blutfeld, dejó abandonado allí sucarro, para llevar el rebaño a la granja; pero notando la falta de lapiel de carnero con que se cubría y que se había dejado olvidada en sucabaña ambulante aquel día, terminada su labor, se puso en camino, hacialas cuatro de la tarde, para ir a buscarla.

El Blutfeld, situado entre el Schneeberg y el Grosmann, es una estrechagarganta rodeada de ingentes rocas cortadas a pico. Una corriente deagua se desliza por allí sinuosamente, tanto en invierno como en verano,a la sombra de crecidas malezas, y al fondo se extiende un ancho prado,en el que se ven grandes piedras esparcidas.

Rara vez cruza este desfiladero la gente de los contornos, porque elBlutfeld tiene algo de siniestro, sobre todo en invierno, a la luz de laLuna. Las personas ilustradas de la comarca, el maestro de escuela deDagsburg lo mismo que el de Halzach, dicen que en aquel sitio se habíalibrado una gran batalla entre los triboques y los germanos, los cualesquerían penetrar en las Galias a las órdenes de un jefe llamadoLuitprandt.

Dicen los mismos que los triboques, situados en las cumbresde alrededor, arrojaron sobre sus enemigos numerosas piedras de grantamaño y los trituraron allí como en un mortero, y que del hecho de tangran matanza el puerto lleva el nombre de Blutfeld (campo de sangre).Se encuentran en tal lugar trastos viejos, pedazos de lanza enmohecidos,trozos de casco y espadas de dos varas de largas en forma de cruz.

De noche, cuando la Luna ilumina aquel campo y las ingentes piedrascubiertas de nieve, cuando el cierzo sopla moviendo las zarzas heladas,parece que se oye el grito de espanto de los germanos en el momento dela sorpresa, el llanto de las mujeres, el relinchar de los caballos, elestruendoso rodar de los carromatos que desfilaron; pues, a lo queparece, aquellos hombres conducían en carros cubiertos de pieles amujeres, niños, viejos y todo cuanto poseían en oro y plata, así comosus muebles, del mismo modo que lo hacen los alemanes que se marchan aAmérica.

Durante dos días, los triboques no cesaron de exterminarlos y, altercero, volvieron a trepar al Donon, al Schneeberg, al Grosmann, alGiromani y al Hengst cargados con un inmenso botín.

Tal es la leyenda conocida respecto del Blutfeld; y ciertamente, cuandose contempla aquel desfiladero, encajonado entre montañas como unaenorme cisterna, sin más salida que un estrecho sendero, se comprendeque los germanos no debían hallarse allí muy a gusto.

Robin llegó al puerto entre las siete y las ocho, a la salida de laLuna.

Mil veces había bajado el pastor al fondo del precipicio; pero nunca lohabía visto iluminado tan claramente ni tan melancólico.

De lejos, su carro plateado, en lo hondo del abismo, le producía elefecto de una de aquellas enormes piedras cubiertas de nieve, bajo lascuales se hallaban sepultados los germanos. Estaba el carro a la entradadel desfiladero, detrás de unos espesos matorrales, y el arroyuelomurmuraba no lejos y se extendía en estrías de hielo, brillante comocuchillas.

Llegado al sitio donde se dirigía, el pastor comenzó a buscar la llavedel candado; después, abrió la garita, y marchando a cuatro pies, pudorecuperar la zamarra y una hacheta que no recordaba siquiera haberperdido.

¡Pero cuál no sería su sorpresa cuando, al volverse para salir, vio alloco Yégof aparecer por un recodo del sendero y dirigirse hacia él, a laclara luz de la Luna!

El pastor recordó en seguida la historia espeluznante que había oído enla cocina de

«El Encinar» y tuvo miedo...; pero no hay que decir lo quesentiría cuando vio detrás del loco, a quince o veinte pasos, aparecertambién cinco lobos grises, dos de ellos grandes y tres pequeños.

Al pronto creyó que eran perros; pero no, eran lobos, y marchabanlentamente detrás de Yégof, el cual no los veía, al parecer. Revoloteabael cuervo, pasando de la luz a la sombra que arrojaban las rocas, ydespués volvía; los lobos, con los ojos brillantes y los hocicoslevantados, olfateaban, y el loco alzaba su cetro.

El pastor cerró la puerta de la garita con la rapidez del rayo, peroYégof no lo vio. El loco caminaba por el desfiladero como por unainmensa sala; a izquierda y derecha se alzaban tajos ingentes; en loalto brillaban millones de estrellas. Se hubiera oído volar una mosca;los lobos, al andar, no hacían ruido alguno, y el cuervo iba a posarseen la copa de una encina seca, situada sobre una de las rocas opuestas;su brillante plumaje parecía de color azul, y de vez en cuando volvía lacabeza como si escuchara.

Aquello era extraordinario.

Robin pensó:

—El loco no ve nada ni oye nada; y van a devorarle. Si tropieza, sicae, han acabado sus días.

Pero, en medio del desfiladero, Yégof se volvió, sentose en una piedra,y los cinco lobos, alrededor de él, con el hocico levantado, se sentarontambién en la nieve.

Entonces sucedió algo verdaderamente estupendo: el loco, alzando elcetro, comenzó a hablarles, llamándolos por su nombres.

Los lobos respondían con lúgubres lamentos.

He aquí lo que les decía:

—¡Eh! ¡ Child, Bléed, Merweg, y tú, Sarimar, amigos míos, yaestamos otra vez reunidos! Volvéis gordos... ¡Se conoce que os hantratado bien en Alemania! ¿No?

Luego, señalando hacia el desfiladero cubierto de nieve, añadió:

—¿Os acordáis de la gran batalla?

Uno de los lobos comenzó a aullar con voz lastimera; después, otro, y,por último, los cinco a la vez.

El concierto duró más de diez minutos.

El cuervo, posado en el árbol seco, no se movía.

Robin hubiera querido huir; rezaba, llamaba en su auxilio a todos lossantos, y muy particularmente a su patrón, del que son muy devotos lospastores de la sierra.

Pero los lobos continuaban aullando, y sus alaridos eran repetidos porlos ecos del Blutfeld.

Por último, uno de ellos, el más viejo, se calló; después lo hizo otro,y finalmente los demás. Yégof prosiguió de esta manera:

—Sí, sí, es una dolorosa historia. ¡Oh, mirad! ¡Este es el arroyo pordonde corría la sangre de los nuestros! Es igual, Merweg, es igual;también los otros sembraron de huesos la maleza. ¡Y la Luna vio a susmujeres arrancarse los cabellos durante tres días y tres noches! ¡Oh,qué horrible jornada! ¡Oh, los perros, se han ensoberbecido con su granvictoria! ¡Que la maldición caiga sobre ellos!... ¡Malditos sean!

El loco había arrojado al suelo la corona y la recogió sollozando.

Los lobos, que permanecían sentados, le oían como personas que prestanatención.

El mayor de ellos comenzó a aullar, y Yégof le dijo:

—¡Tú tienes hambre, Sarimar! ¡Alégrate, alégrate, pues la carne no vaa faltar en mucho tiempo; los nuestros están al llegar, y la batalla vaa empezar de nuevo.

Después se levantó y, golpeando una piedra con el cetro, dijo:

—¡Aquí están tus huesos!

Acercose a otra piedra, y añadió:

—¡Y los tuyos, Merweg, los tuyos!

El cortejo de lobos le siguió; el loco, subiéndose a una piedra ycontemplando el abismo silencioso, exclamó:

—¡Nuestro canto de guerra ha muerto! ¡Nuestro canto de guerra es unalamentación!

¡La hora de que resucite se acerca! Y vosotros seréis losguerreros: volverán a ser vuestras estas cañadas y estas montañas.

—¡Oh! En el aire vibran aún los chirridos de los carros, los gritos delas mujeres, los golpes de las mazas.

—Sí, sí; nuestros enemigos descendieron de las alturas y nos vimosrodeados. Y

ahora, todo ha muerto; oíd, todo ha muerto; vuestros huesosreposan, pero vuestros hijos llegan, y el día de la venganza volverá.¡Cantad! ¡Cantad!

Y el loco comenzó también a aullar, mientras que los lobos reanudabansus salvajes gritos.

Aquellos quejidos se hacían cada vez más lastimeros, y en el silencio delos montes cercanos, unos en sombra y otros iluminados por la Luna, enmedio de la absoluta quietud de los arbustos que se doblaban por el pesode la nieve, los ecos lejanos respondían al lúgubre concierto con voztan misteriosa, que el pobre pastor se hallaba poseído de un horror deque guardaría memoria durante toda su vida.

Pero su temor iba disminuyendo porque Yégof y su fúnebre cortejo sehallaban cada vez más lejos y se encaminaban hacia Halzach.

El cuervo, lanzando un grito ronco, extendió las alas y levantó el vueloen el cielo azul pálido.

Esta sorprendente escena desapareció sin dejar rastro.

Durante largo tiempo, Robin oyó los aullidos que, poco a poco, seextinguían. Hacía más de veinte minutos que habían cesado y que elsilencio del invierno reinaba solo en aquel abrupto paraje, cuando elbuen hombre, sintiéndose seguro, salió de la garita y tomó corriendo elcamino de la granja.

Cuando llegó a «El Encinar» encontró toda la casa en movimiento. Sehacían preparativos para matar un buey con destino a la tropa del Donon.Hullin, el doctor Lorquin y Luisa se habían marchado con los del Sarre.Catalina Lefèvre dirigía en persona la operación de cargar la galera,tirada por cuatro caballos, de pan, carne y aguardiente. Todo era ir yvenir, correr y ayudar a hacer los preparativos.

Robin no pudo contar a nadie lo que había presenciado. Además, aquellole parecía a él mismo tan increíble, que no se atrevía a abrir la boca.

Y cuando se acostó en el pesebre que le servía de cama, en medio delestablo, acabó por convencerse que Yégof había en otro tiempodomesticado una camada de lobos y que hablaba con ellos de susdesvaríos, como a veces se habla a un perro.

Pero siempre conservó de tal encuentro un temor supersticioso, y aun ensu más avanzada edad el buen hombre no habló nunca de estas cosas sinestremecerse.

XI

Cuanto Hullin ordenó llevose a cabo; los desfiladeros de la Aduana y delSarre se fortificaron con solidez; el de Blanru, que se hallaba a unextremo de la posición, fue puesto en condiciones de defensa por elpropio Juan Claudio y los trescientos hombres que constituían su fuerzaprincipal.

Allí, a la vertiente oriental del Donon, a dos kilómetros deGrand-Fontaine, debemos trasladarnos para presenciar los acontecimientosulteriores.

Por encima de la carretera que costea oblicuamente la ladera hastallegar a los dos tercios de la cumbre se veía entonces una casa, rodeadade algunas fanegas de tierra de labor, la alquería de Pelsly, elanabaptista: era un edificio bajo, de tejado plano a propósito parapoder resistir los fuertes vientos que en tal sitio combatían; detrás dela casa, hacia la cúspide de la sierra, se extendían los establos y lascorralizas de cerdos.

Los hombres que formaban la partida vivaqueaban en los alrededores; asus pies se descubrían Grand-Fontaine y Framont, presos en una estrechagarganta; más lejos, en la curva del valle, Schirmeck y los viejosresiduos de ruinas feudales; por último, en las ondulaciones de lamontaña, el río Bruche se aleja haciendo zigzags entre las brumas grisesde Alsacia. A la izquierda se eleva la cúspide del Donon, sembrada derocas y de algunos abetos achaparrados. Delante, el camino estabainterceptado: la tierra de los desmontes se había dejado correr sobre lanieve, y varios árboles corpulentos, con las ramas sin cortar, sehallaban atravesados en la carretera.

La nieve, que se fundía, dejaba asomar de trecho en trecho terronesamarillos y formaba como anchas ondas que eran atravesadas por elcierzo.

Presentaba el paisaje un aspecto severo y grandioso. No se veía unapersona, y en todo el camino del valle, que serpentea entre los sotoshasta perderse de vista, no se divisaba un carruaje: parecía undesierto.

Sólo algunas hogueras esparcidas aquí y allá alrededor de la alquería,de las que se elevaba en el cielo un humo débil, indican elemplazamiento del vivaque.

Los montañeses, sentados alrededor de las ollas, con el sombrero echadoatrás y el fusil en bandolera, se hallaban aburridos; hacía tres díasque esperaban al enemigo. En uno de los grupos, con las piernasencogidas, las espaldas dobladas y la pipa en los labios, seencontraban Materne y sus dos hijos.

De vez en cuando, Luisa aparecía en la puerta de la granja, y en seguidaentraba de nuevo para recomenzar la labor. Un apuesto gallo escarbaba enel estiércol y cantaba con voz ronca; dos o tres gallinas se paseabanentre la maleza. Aquello era agradable de ver; pero lo que constituía elmayor consuelo para los hombres que formaban la partida era contemplarlos magníficos cuartos de tocino, con sus dos caras, una blanca y otrarojiza, espetados en varetas de madera verde, que destilaban la grasagota a gota sobre las brasas, e ir a llenar las jarras a un barrilillode aguardiente, colocado en el carro de Catalina Lefèvre.

Hacia las ocho de la mañana apareció repentinamente un hombre entre elgran y el pequeño Donon; los centinelas lo descubrieron en seguida; elhombre descendía agitando el sombrero.

Pocos minutos después se le reconoció: era Nickel Bentz, el antiguoguarda forestal de Houpe.

Todo el campo se puso en movimiento; algunos hombres corrieron a avisara Hullin, que desde hacía una hora dormía en la alquería, echado en unenorme jergón, junto al doctor Lorquin y su perro Plutón.

Los tres salieron, acompañados del pastor Lagarmitte, a quien se habíanombrado trompeta, y del anabaptista Pelsly, persona grave, de ampliabarba corrida alrededor de las mandíbulas, que iba con los brazosmetidos hasta los codos en los enormes bolsillos de su túnica de lanagris guarnecida de broche de latón, y a quien la borla de su gorro dealgodón le caía en medio de la espalda.

Juan Claudio parecía contento.

—¿Qué hay, Nickel? ¿Qué pasa por allá abajo?—exclamó.

—Hasta el presente, nada nuevo, señor Juan Claudio; sólo del lado deFalsburgo se oye tronar como si fuese una tormenta. Labarbe dice que soncañonazos, porque durante la noche se han visto pasar los relámpagossobre el bosque de Hildehouse, y esta mañana unas nubes grises se hanextendido por el llano.

—Están atacando la ciudad—dijo Hullin—, ¿pero del lado deLutzelstein?

—No se oye nada—respondió Bentz.

—Entonces es que el enemigo se propone rodear la plaza. De todos modos,los aliados están allá abajo; debe de haber muchísima gente en Alsacia.

Luego, volviéndose hacia Materne, que estaba de pie detrás de él, dijo:

—No podemos permanecer más tiempo en esta incertidumbre; así es que vasa salir, con tus hijos, de reconocimiento.

El rostro del viejo cazador se animó repentinamente.

—¡Muy bien! Por fin voy a poder estirar un poco las piernas—dijoMaterne—, y a ver si logro despachar a uno de esos granujas deaustriacos o de cosacos.

—¡Un momento, amigo mío! No se trata ahora de despachar a nadie; setrata de ver lo que pasa. Frantz y Kasper llevarán armas; pero tú, comote conozco, vas a dejar aquí la carabina, el cuerno de la pólvora y elcuchillo de monte.

—¿Y por qué?

—Porque tienes que entrar en poblado, y si te cogen con armas tefusilarán inmediatamente.

—¿Me fusilarán?

—Desde luego. Nosotros no somos tropas regulares y no podemos serprisioneros; nos fusilan, y en paz. Así es que vas a tomar el camino deSchirmeck, con un palo solamente en la mano, y tus hijos te seguirán delejos marchando entre la maleza, a la distancia de medio tiro decarabina. Si te atacan algunos merodeadores, ellos te auxiliarán; perosi es una columna o un pelotón, no harán nada y dejarán que te prendan.

—¡Ellos van a dejar que me prendan!—exclamó el cazador indignado—; yoquisiera ver semejante cosa.

—Sí, Materne, y eso será lo más sencillo, porque a un hombre desarmadose le suelta pronto; pero a un hombre que lleva armas se le fusila. Notengo necesidad de decirte que no pregones que vas a espiar a losalemanes.

—¡Ah!, ¡ah!, entiendo. Sí, sí; no está mal pensado; yo nunca dejo lacarabina, Juan Claudio; pero la guerra es la guerra; aquí tienes lacarabina, el cuerno y el cuchillo.

¿Quién quiere prestarme una blusa yun palo?

Nickel Bentz le dio su angarina y su sombrero. La gente que les rodeabacontemplábales con admiración.

Cuando hubo cambiado de traje, cualquiera hubiese tomado al ancianocazador, a pesar de sus grandes bigotes grises, por un aldeano de lamontaña alta.

Sus dos hijos, muy satisfechos de tomar parte en aquella primeraexpedición, repasaban las espoletas de las carabinas, y sacando lasbayonetas de caza, largas y rectas como espadas, las colocaron alextremo de los cañones. Al mismo tiempo requerían los cuchillos demonte, se pasaban los morrales, con un movimiento de hombros, a lacintura y se convencían de que todo se hallaba en orden, mientrasdirigían a su alrededor miradas de triunfo.

—¡Eh, cuidado!—les dijo riendo el doctor Lorquin—; no olviden elconsejo del señor Juan Claudio: ¡prudencia! Un alemán más o menos entrecien mil no nos ha de sacar ciertamente de apuros; en cambio, si algunode ustedes vuelve estropeado, será difícil encontrar quien le sustituya.

—¡Oh, no tenga usted cuidado, doctor!, ¡iremos con el ojo alerta!

—Mis hijos—respondió altivamente Materne—son verdaderos cazadores ysaben esperar y aprovechar la ocasión. No tirarán mas que si yo llamo.¡Puede usted estar tranquilo! Y ahora, en marcha; hay que estar devuelta antes de que llegue la noche.

Los expedicionarios salieron.

—¡Buena suerte!—les gritó Hullin, mientras trepaban por la nieve parasalvar los obstáculos amontonados en el camino.

No tardaron los tres cazadores en descender al sendero que acorta elcamino hacia la derecha de la sierra.

Los montañeses que formaban la partida le siguieron con la mirada. Suslargos cabellos rojos y rizados, sus enjutas y prolongadas piernas, susanchos hombros, sus movimientos ligeros y rápidos, todo revelaba que, encaso de ocurrir un encuentro, cinco o seis kaiserlicks no saldríanbien parados de semejantes hombres.

Al cabo de un cuarto de hora, rodearon el monte de abetos ydesaparecieron.

Entonces Hullin volvió tranquilamente a la granja, hablando con NickelBentz.

El doctor Lorquin iba detrás, seguido de Plutón, y los restantesespectadores se marcharon cada uno a su sitio, alrededor de las hoguerasdel vivaque.

XII

Hacía tiempo que Materne y sus hijos caminaban sin hablar; el tiempo sehabía presentado hermoso; el pálido sol de invierno brillaba en la nievedeslumbrante sin llegar a fundirla; el suelo sonaba a duro. A lo lejos,en el valle, se dibujaban con una limpidez extraordinaria las flechas delos abetos, los lomos rojizos de las rocas, los tejados de los caseríos,con sus estalactitas de hielo pendientes de las tejas, sus ventanillascentelleantes y sus agudos mojinetes.

La gente paseaba por las calles de Grand-Fontaine; un corro de muchachasse hallaba parado delante del lavadero; algunos viejos, cubiertas lascabezas con gorros de algodón, fumaban una pipa junto a la puerta de suscasuchas. Aquel enjambre humano, en el fondo de la llanura azulada, iba,venía y se agitaba sin que un aliento o un suspiro llegase al oído delos cazadores.

Detúvose Materne al salir del bosque, y dijo a sus hijos:

—Voy a bajar a la aldea para ver a Dubreuil, el posadero de La Piña.

Y señalaba con el palo una amplia construcción blanca, cuyas ventanas,así como la puerta, se hallaban rodeadas de una franja amarilla,viéndose colgada de la pared una rama de pino a guisa de muestra.

—Vosotros me esperáis aquí; si no hay peligro, saldré al escalón de lapuerta y agitaré el sombrero; entonces podéis venir a tomar una copa devino conmigo.

Materne, acto continuo, bajó por la ladera, cubierta de nieve, hasta losjardinillos escalonados que se extienden por encima de Grand-Fontaine,en lo que tardó unos diez minutos; después, siguiendo unos surcos, llegóa la pradera, atravesó la plaza de la aldea, y sus dos hijos, queaguardaban con las armas en descanso, le vieron entrar en la posada.Pocos momentos después el cazador apareció en el umbral y agitó elsombrero, lo cual produjo a los jóvenes viva satisfacción.

No había pasado un cuarto de hora cuando los dos muchachos seencontraron con su padre en la sala grande de La Piña; era aquélla unahabitación baja de techo, que tenía una estufa de hierro pintada decolor plomo, con el suelo terrizo y unas largas mesas de pinoperfectamente limpias con cola de caballo.

A excepción del posadero Dubreuil, el más gordo y apoplético de lostaberneros de los Vosgos, un hombre de vientre hinchado en forma deodre, que se sustentaba en los enormes muslos, de ojos redondos, denariz chata, con una verruga en la mejilla derecha y una triple papadaque le caía a la manera de cascada sobre el doblado cuello de la camisa,a excepción de este curioso personaje, sentado en un ancho sillón decuero cerca de la estufa, Materne se encontraba solo. Acababa el cazadorde llenar las copas, cuando en el viejo reloj dieron las nueve; el gallode madera agitaba las alas con un chirrido extraño.

—¡Salud, señor Dubreuil!—dijeron los muchachos con voz ruda.

—¡Buenos días, amigos míos, buenos días!—respondió el posaderoesforzándose por sonreír; y luego, con voz opaca, preguntó:

—¿No hay nada nuevo?

—¡No, por cierto!—respondió Kasper—; ha llegado el invierno, eltiempo del jabalí.

Después, dejando uno y otro las carabinas en el rincón de la ventana, alalcance de la mano, por si llegaba un caso de alarma, montaron la piernapor encima del banco y se sentaron frente a su padre, que ocupaba lacabecera de la mesa.

Bebieron los tres, después de decir: «¡A vuestra salud!», como teníansiempre costumbre de hacer.

—¿De modo—dijo Materne volviéndose hacia el enorme posadero, como siprosiguiera una conversación interrumpida—que usted cree, señorDubreuil, que no tenemos nada que temer en el bosque de las Baronías yque podremos tranquilamente entregarnos a cazar jabalíes?

—¡Oh!, de eso no sé nada—exclamó el posadero—; sólo puedo decir quehasta el presente los aliados no han pasado de Mutzig y, además, que nohacen daño a nadie y que admiten a todos los hombres de buena voluntadque quieran combatir al usurpador.

—¡El usurpador! ¿Qué es eso?

—¡Bah! ¡Napoleón Bonaparte, el usurpador, todo el mundo lo conoce!Miren ustedes a la pared.

Y les señaló un cartelón pegado a la pared, cerca del reloj.

—Vean ustedes esto y se convencerán que los austriacos sonverdaderamente amigos nuestros.

Las cejas del anciano Materne se unieron; pero reprimiendo acto continuoaquel estremecimiento, dijo:

—¡Ah, bah!

—Sí; lean eso.

—Pero si yo no sé leer, señor Dubreuil, ni mis hijos tampoco;explíquenos usted por encima de lo que se trata.

Entonces el tabernero, apoyando las pesadas manos rojas en los brazosdel sillón, se levantó resoplando como un becerro y fue a colocarsedelante del cartelón, con los brazos cruzados sobre su enorme grupa.Después, en tono solemne, leyó una proclama de los soberanos aliados enla que declaraban «que habían declarado la guerra a la persona deNapoleón, pero no a Francia; y como consecuencia de ello todo el mundodebía permanecer tranquilo y no mezclarse en sus asuntos, so pena de serquemados, saqueados y fusilados».

Los cazadores oyeron la lectura y se miraron unos a otros con extrañeza.

Cuando Dubreuil hubo acabado, se dirigió a su asiento, mientras decía:

—¡Ya lo ven ustedes!

—¿Y cómo tiene usted esto?—preguntó Kasper.

—Ese cartel, hijo mío, está puesto en todas las esquinas.

—¡Pues bien, no nos parece mal!—dijo Materne asiendo el brazo deFrantz, que se levantaba echando chispas por los ojos—. ¿Quieres fuego,Frantz? Aquí tienes mi eslabón.

Frantz volvió a sentarse; el viejo tomó una expresión ingenua ypreguntó:

—Y nuestros amigos los alemanes ¿no se quedan con nada de nadie?

—La gente pacífica no tiene nada que temer; pero a los granujas que seinsurreccionen se les confisca todo; y eso es justo, pues los buenos nodeben pagar las culpas de los malos. Así, ustedes, por ejemplo, en lugarde ser maltratados, serían muy bien recibidos en el cuartel general delos aliados. Conocen ustedes la comarca, podrían servir de guías y lespagarían espléndidamente.

Hubo un instante de silencio; los cazadores se miraron otra vez; elpadre había extendido las manos sobre la mesa, abriéndolas mucho, comoaconsejando a sus hijos que tuvieran calma. Sin embargo, Materne estabapálido.

El posadero, que no se daba cuenta de nada, prosiguió:

—Ustedes tienen que temer más bien, por el bosque de las Baronías, aesos bandidos de Dagsburg, del Sarre y del Blanru que se han sublevadoen masa y quieren volver al 93.

—¿Está usted seguro?—preguntó Materne haciendo esfuerzos pordominarse.

—¡Estoy seguro! No tiene usted mas que mirar por la ventana y los veráen el camino del Donon. Han sorprendido al anabaptista Pelsly, lo hanatado al pie de la cama y se entregan a robar, al saqueo y a cortar loscaminos; pero que tengan mucho cuidado. Dentro de pocos días van a vercosas buenas. No son mil hombres los que los van a atacar; no son diezmil, son millares de millares... ¡Y no quedará uno!

Materne se levantó y dijo secamente:

—Es hora de ponerse en camino; hay que estar en el bosque a las dos, yestamos aquí hablando tranquilamente como cotorras. ¡Hasta la vista,señor Dubreuil!

Salieron los tres rápidamente, no pudiendo reprimir la cólera.

—¡No olviden lo que les he dicho!—gritó el posadero desde su asiento.

Una vez fuera, volviose Materne y exclamó, al tiempo que le temblabanlos labios:

—Si no me hubiese contenido, le hubiera roto la botella en la cabeza.

—Y yo—dijo Frantz—estuve por atravesarle la tripa con la bayoneta.

Kasper, con un pie en el escalón, parecía querer entrar; apretaba elmango del cuchillo de monte y su rostro tenía una expresión terrible.Pero el anciano lo cogió del brazo y se lo llevó, mientras decía:

—Vamos, vamos... ¡Ya nos lo tropezaremos más adelante! ¡Aconsejarme amí que haga traición a mi país! Hullin hizo bien advirtiéndonos quetomáramos precauciones; tenía razón.

Bajaron los cazadores por la calle, dirigiendo a derecha e izquierdamiradas hurañas.

Las gentes se preguntaban unas a otras: «¿Qué lessucede a ésos?»

Cuando llegaron a las afueras del pueblo, frente a una cruz antigua quese alza muy cerca de la iglesia, se detuvieron los tres, y Materne, enun tono más reposado, señalando a sus hijos el sendero que, entrebrezos, rodea a Framont, les dijo:

—Vais a tomar esa vereda. Yo sigo el camino hasta Schirmeck. No iré muyde prisa, para que podáis llegar al mismo tiempo que yo.

Se separaron, y el anciano cazador, muy pensativo y cabizbajo, anduvo unbuen trecho preguntándose cuál habría sido la causa interna que leimpidió abrir la cabeza al obeso posadero. Materne pensó que el hechoobedecía, sin duda, al miedo de comprometer a sus hijos.

Mientras iba pensando en estas cosas, Materne se encontraba de vez encuando numerosos rebaños de bueyes, carneros y cabras que se encaminabana la sierra. Había algunos que venían de Wisch, de Urmatt y hasta deMutzig; los pobres animales no podían más.

—¿Adónde demonios vais tan de prisa?—gritaba el cazador a los pastorescariacontecidos—. ¿No tenéis vosotros confianza en las proclamas de losrusos y de los austriacos?

Los campesinos, de mal humor, le respondían:

—¡Sí, sí; ríase usted de las proclamas! ¡Ya sabemos lo que ahora valen!Por todas partes no hay mas que saqueos y robos; se imponencontribuciones forzosas, se confiscan los caballos, las vacas, losbueyes, los carruajes.

—¡Bah!, ¡bah!, ¡bah!, no es posible... ¿Qué me dicen ustedes? Eso measombra;

¡unos hombres tan francos, unos amigos tan buenos, que vienen asalvar a Francia! No puedo creerlo. ¡Después de una proclama tanhermosa!

—¡Pues baje usted a Alsacia y ya verá!

Aquella pobre gente se marchaba moviendo la cabeza con un aire deprofunda indignación, y Materne se reía para sus adentros.

A medida que el cazador avanzaba, aumentaba el número de rebaños; y noeran solamente rebaños de ganado los que huían, unos mugiendo, otrosberreando, sino también bandadas de ocas que se extendían hasta perdersede vista, gritando, graznando, arrastrando sus buches a lo largo delcamino, con las alas abiertas y las patas medio heladas; ¡daba penaverlas!

Mas al acercarse a Schirmeck el espectáculo era más doloroso aún;familias enteras huían en sus carromatos cargados de barriles dealimentos y muebles, con mujeres y niños que golpeaban a los caballoshasta acabar con ellos, y diciendo con voz lastimera: «Estamos perdidos;han entrado los cosacos.»

Aquel grito «¡los cosacos!, ¡los cosacos!» corría de un extremo a otrodel camino como una ráfaga de viento; las mujeres se volvíanestupefactas, y los niños se ponían de pie en los carruajes para ver máslejos. Nunca se había visto nada semejante, y Materne, indignado, seavergonzaba del miedo de aquella gente, que, pudiendo defenderse, huíande una manera cobarde por egoísmo y por salvar sus bienes.

Muy cerca de Schirmeck, en la encrucijada de la Hondonada de los Sauces,Kasper y Frantz volvieron a unirse a su padre y los tres entraron en lataberna de La Llave de Oro, que, a la derecha del camino y en la partebaja de la ladera, tenía la viuda Faltaux.

La pobre mujer y sus dos hijas contemplaban desde una ventana aquellaemigración, y cruzaban las manos como en súplica.

El tumulto, en efecto, aumentaba de momento en momento; el ganado, loscarruajes y la gente parecían querer pasar unos por encima de los otros.Ninguno era dueño de sí; todos gritaban y pugnaban por hacerse sitio.

Materne empujó la puerta, y viendo a las mujeres más muertas que vivas,pálidas y desmelenadas, gritó golpeando el suelo con el palo:

—¡Vaya! ¡Vaya con la madre! ¿Pero usted se ha vuelto loca? ¡Vamos,usted, que debía dar ejemplo a sus hijas, es la primera en acobardarse!¡Es vergonzoso!

Volviose en tal ocasión la anciana y contestó con voz lastimera:

—¡Ay, amigo Materne! ¡Si usted supiera!...

—¡Qué! ¿Que el enemigo se acerca? No se comerá a usted...

—No, pero todo lo devora sin compasión. La anciana Ursula, deSchlestadt, que llegó ayer tarde, dice que los austriacos no quieren masque knoepfe y noudel; los rusos, schnaps, y los bávaros, chucruta. Ycuando se han atracado de todo esto hasta no poder más, gritan con laboca llena: ¡schokolate, schokolate! ¡Dios mío! ¡Dios mío!... ¿Cómovamos a alimentar a esta gente?

—Ya sé que la cosa es muy difícil—dijo el cazador—; los grajos nuncatienen bastante queso. Pero, vamos a ver, ¿dónde están esos cosacos,bávaros y austriacos?

Desde Grand-Fontaine no hemos encontrado ni unosolo.

—Están en Alsacia, cerca de Urmatt, y vienen hacia aquí.

—Mientras vienen o no vienen, sírvanos una jarra de vino; aquí tieneusted un escudo de tres libras, que le será más fácil de ocultar que lostoneles.

Una de las muchachas bajó a la cueva, y en el mismo instante otraspersonas entraron en la taberna: un vendedor de almanaques de lascercanías de Estrasburgo, un guía de Sarrebrück, que iba de blusa, y doso tres vecinos de Mutzig, de Wisch y de Schirmeck, que huían con susrebaños y que no podían más a fuerza de gritar.

Todos se sentaron a la misma mesa, frente a las ventanas, para no perderde vista el camino; sirviéronles vino, y cada cual comenzó a contar loque sabía; uno dijo que los aliados eran tantos que tenían que acostarseuno junto a otro en el valle de Hirschenthal, y que estaban tan llenosde miseria que, así que se marchaban, las hojas secas andaban solas porel bosque; otro contó que los cosacos habían prendido fuego a una aldeade Alsacia porque no les dieron velas como postre después de una comida;que algunos de ellos, en particular los calmucos, comían jabón como sifuera queso, y la corteza del tocino como galleta; que muchos bebíanaguardiente en vasos, después de haber echado en el líquido variospuñados de pimienta; que era preciso ocultarlo todo, porque todo erapara ellos comestible y bebedero.

A este propósito, el guía dijo que, tres días antes, un cuerpo deejército ruso, que había pasado por la noche al alcance de los cañonesde Wisch y se había visto obligado a detenerse durante más de una horaen medio de la nieve, en la aldehuela de Rorbach, había bebido en uncalentador que se hallaba abandonado en una ventana de la casa de unaanciana de ochenta años; añadió que aquellos salvajes rompían el hielopara bañarse y luego, para secarse, se metían en hornos de ladrillos; enuna palabra, que sólo temían al caporal schlague.

Aquellas sencillas gentes refirieron cosas tan extrañas—vistas porellos mismos, según aseguraban, o sabidas por personas veraces—queapenas se podía creer nada de lo que contaban.

Fuera proseguía sin interrupción el tumulto, el rodar de los carros, elberrear de los rebaños, el clamor de los fugitivos, lo que producía elefecto de un descomunal zumbido.

A mediodía, cuando Materne y sus hijos se disponían a partir, oyose ungrito más fuerte, más prolongado que los demás: «¡Los cosacos!, ¡loscosacos!»

Todo el mundo salió fuera, a excepción de los cazadores, que selimitaron a abrir una ventana para ver lo que pasaba; la gente huía acampo traviesa; hombres, rebaños, carros, todo se dispersaba como lashojas ante el viento del otoño.

En menos de dos minutos el camino quedó libre, salvo en Schirmeck, dondeera tal la confusión, que no se podía dar un paso. Materne, alzando lavista a la parte más lejana del camino, exclamó:

—No hago mas que mirar, pero no veo nada.

—Ni yo—contestó Kasper.

—¡Vamos!, ¡vamos!—exclamó el cazador—; me parece que el miedo de estagente atribuye al enemigo más fuerza de la que tiene. No recibiremosnosotros así a los cosacos en la sierra; ¡ya encontrarán quien les délas buenas tardes!

Luego, alzando los hombros con expresión de repugnancia, dijo:

—El miedo es algo ruin; ¡y todavía más cuando lo que podemos perder esuna vida miserable! Vámonos.