La Invasión o el Loco Yégof by Erckmann-Chatrian - HTML preview

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Erckmann-Chatrian

LA INVASION O EL LOCO YEGOF

MCMXX

ES PROPIEDAD

Copyright by Calpe, Madrid, 1921.

Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA ERCKMANN-CHATRIAN

La invasión

o

El loco Yégof

NOVELA

La traducción del francés ha

sido hecha por J. Alvarez Pastor

MADRID, 1921

"Tipográfica Renovación" (C. A.). Larra, 6 y 8.—MADRID

INDICE

NOTAS

Erckmann-Chatrian es un nombre doble, formado con los apellidos deEmilio Erckmann y Alejandro Chatrian. Ambos eran alsacianos. En 1847conociéronse, trabaron amistad y comenzaron una colaboración íntima queduró casi tanto como su vida. Numerosísimas novelas han publicado, quese cuentan entre las más famosas y leídas de la literatura francesa enel siglo XIX. Son las principales: El amigo Fritz (1864), Madama Teresa(1863), Cuentos de las orillas del Rin (1862), LA INVASIÓN O

EL LOCOYÉGOF (1862), Historia de un quinto de 1813 (1864), Waterlóo (1865),etc.

Han cultivado principalmente la nota campesina, popular, ingenua,y la novela histórica con una visión también popular; los grandesacontecimientos de la Revolución francesa y del Imperio son descritosdesde el punto de vista peculiar, rústico, honradote, de un soldadoalsaciano, de una cantinera, de un campesino; pero con el interésnovelesco más hondo y una rapidez e intensidad dramática admirables.Llevaron al teatro alguna de sus mejores novelas.

LA INVASION O EL LOCO YEGOF

EL LOCO YEGOF

EPISODIO DE LA INVASION

I

Si deseáis conocer la historia de la gran invasión de 1814 tal como mela ha referido el anciano cazador Frantz del Hengst, debéis trasladarosa la aldea de Charmes, en los Vosgos. Unas treinta casitas, con tejadosde madera cubiertos de obscuras siemprevivas, se alinean a lo largo delSarre; de ellas se ven los mojinetes llenos de yedra y de madreselvasmarchitas—pues ya se acerca el invierno—, las colmenas cerradas conhaces de paja, los jardinillos, las empalizadas y los setos que separanunas viviendas de otras.

A la izquierda, en una elevada montaña, se alzan las ruinas del antiguocastillo de Falkenstein, destruido, hace doscientos años, por lossuecos. Del castillo no queda mas que un montón de escombros erizado dezarzas; un antiguo camino de schlitte[1], de escalones desgastados,asciende entre los abetos. A la derecha, en una pendiente, se divisa lacasería de «El Encinar»: un gran edificio con trojes, establos ycobertizos, de tejados planos cargados con gruesas piedras para resistirlos vientos del Norte.

Algunas vacas pastan entre los brezos y algunascabras sobre las rocas.

Todo allí es tranquilo, silencioso.

Los niños, vestidos con pantalones de lienzo gris y con la cabeza y lospies desnudos, se calientan alrededor de las hogueras que hacen en laslindes de los bosques. Las espirales de humo azul se pierden en laaltura, en donde grandes nubes blancas y grises permanecen inmóvilessobre el valle. Detrás de las nubes se descubren las cimas áridas delGrosmann y del Donon.

Pues bien; es preciso saber que la última casa de la aldea, cuyo tejadode caballete se halla atravesado por dos claraboyas de cristales y cuyaplanta baja se abre hacia una calle fangosa, pertenecía en 1813 a JuanClaudio Hullin, un antiguo voluntario del 92, a la sazón almadreñero enla aldea de Charmes y que gozaba de una gran consideración entre losserranos. Hullin era un hombre rechoncho y fornido, de ojos grises,labios gruesos, nariz corta, con una hendedura en la punta, y pobladascejas canosas. Era de carácter alegre y cariñoso, y nunca podía negarnada a su hija Luisa, una niña recogida en tiempos lejanos de entre esosmiserables heimatshlos—herreros, caldereros—sin casa ni hogar, quevan de pueblo en pueblo reparando sartenes, fundiendo cucharas ycomponiendo la vajilla rota. Hullin consideraba a Luisa como hijapropia, y había olvidado que pertenecía a una raza extranjera.

Además de este natural afecto, el buen hombre sentía otros: amaba, enprimer término, a su prima, la anciana labradora que tenía en arriendo«El Encinar», Catalina Lefèvre, y a su hijo Gaspar, que había entrado enquinta aquel año, un buen muchacho, novio de Luisa y cuyo regresoesperaba la familia cuando la campaña terminase.

Hullin se acordaba siempre con entusiasmo de sus campañas de Sambre yMosa, de Italia y de Egipto. Pensaba a menudo en ellas, y muchas veces,al caer la tarde, después del trabajo, se dirigía a la fábrica deaserrar del Valtin, ese lóbrego edificio, construido con troncos deárboles sin desbastar, que podéis ver allá, al fondo del desfiladero.Hullin se sentaba entre los leñadores, los carboneros, los schlitteros, frente a un gran fuego hecho con serrín, y mientrasgiraba la pesada rueda, retumbaba la presa y rechinaba la sierra, él,con el codo apoyado en la rodilla y la pipa en los labios, hablaba aaquella buena gente de Hoche, de Kléber y, por último, del generalBonaparte, a quien había visto cien veces, describiendo su rostroenjuto, sus ojos penetrantes y su perfil de águila, como si le tuvierapresente.

Tal era Juan Claudio Hullin.

Era un hombre de la vieja cepa gala, apasionado por las aventurasextraordinarias y las empresas heroicas, pero aferrado al trabajo por elsentimiento del deber desde el día primero del año hasta el día de SanSilvestre.

En cuanto a Luisa, la hija de los heimatshlos, era una muchachaesbelta, fina, de afiladas y delicadas manos, de ojos de un azul celestey tan dulces que penetraban hasta el fondo del alma de quien los veía;su tez era blanca como la nieve; sus cabellos, rubios como el oro, tansuaves como la seda, y los hombros, oblicuos como los de una virgen enoración. Su inocente sonrisa, su frente soñadora, toda su persona, enfin, recordaba el antiguo lied del minnesinger Erbart, cuando dice:«He visto pasar un rayo de luz, y mis ojos se hallan aún deslumbrados...¿Era una mirada de la Luna a través del follaje?... ¿Era una sonrisa dela aurora en el fondo de los bosques?... No...

Era la hermosa Edit, miamor, que pasaba... La he visto, y mis ojos se hallan aún deslumbrados.»

Luisa amaba con pasión el campo, los jardines y las flores. Al llegar laprimavera, los primeros cantos de la alondra le hacían derramar lágrimasde ternura. Luisa iba a ver brotar los azulejos y las espinas tras loszarzales del monte, y espiaba la vuelta de las golondrinas que anidabanen un ángulo de la ventana de su buhardilla. No podía dudarse que erahija de los heimatshlos errantes y vagabundos, aunque no fuese tansalvaje como ellos. Hullin se lo perdonaba todo: comprendía su carácter,y muchas veces le decía riendo:

—Mi querida Luisa, con las provisiones que nos traes—esas gavillas dehermosas flores y de espigas doradas—nos moriríamos de hambre en tresdías.

Pero la joven sonreía tan dulcemente y besaba a Hullin con tanto afecto,que el hombre volvía a su trabajo diciendo:

—¡Bah! ¿Qué necesidad tengo de reprender? Tiene razón; le gusta elsol... Gaspar trabajará por los dos y será feliz como cuatro... Y no losiento, al contrario... Mujeres que trabajen hay muchas, y no por esoson más hermosas; ¡pero mujeres que amen!

¡Qué suerte si se encuentrauna! ¡Qué suerte!

Así razonaba el buen hombre, y los días, las semanas, los meses sesucedían esperando la próxima vuelta de Gaspar.

Catalina Lefèvre, mujer dotada de una gran energía, compartía las ideasde Hullin respecto de Luisa.

—Yo—decía—sólo quiero tener una hija que me ame; no deseo que seocupe de las cosas de mi casa. ¡Con tal que esté contenta!... ¿No esverdad, Luisa, que no me incomodarás en nada?

Y las dos mujeres se besaban.

Pero Gaspar no volvía, y hacía dos meses que no se tenían noticiassuyas.

Pues bien; aquel día, a mediados del mes de diciembre de 1813, entretres y cuatro de la tarde, Hullin, inclinado sobre su banco, terminabaun par de zuecos claveteados para el leñador Rochart. Luisa acababa decolocar una vasija de barro vidriado en la estufita que chisporroteaba yhacía cierto ruido triste, mientras que el viejo péndulo contaba lossegundos con su tic-tac monótono. Fuera, a lo largo de la calle, seveían esos charquitos de agua, cubiertos de una capa de hielo blanca yfriable que anuncia la proximidad de los grandes fríos. A veces se oíala marcha de pesados zuecos sobre la tierra endurecida y se veía pasarun sombrero de fieltro, una capucha o un gorro de algodón; después, elruido se alejaba, y el crujido de la madera verde en las llamas, elzumbido del torno de hilar de Luisa y el hervor de la olla volvían areinar. Habían pasado así dos horas cuando Hullin, al mirar casualmentea través de los cristalillos de la ventana, suspendió su trabajo ypermaneció con los ojos muy abiertos, como absorto por un espectáculoinusitado.

En efecto; en el sitio donde torcía la calle, frente a la taberna de Los tres pichones, avanzaba—en medio de un corro de muchachos quesilbaban, saltaban y gritaban «¡El Rey de Bastos! ¡El Rey deBastos!»,—, avanzaba, repito, el más extraño personaje que es posibleimaginar: figuraos un hombre de barba y cabellos rojos, el rostro grave,la mirada sombría, la nariz recta, las cejas juntas en medio de lafrente, con un círculo de hojalata en la cabeza, con una piel de perrode ganado, de color gris acero y largos pelos, puesta sobre la espalda ylas dos patas de delante atadas alrededor del cuello; el pecho cubiertode crucecillas de cobre falso; las piernas vestidas con una especie decalzón de lienzo gris, atado por encima del tobillo, y los piesdesnudos. Un cuervo de gran tamaño, cuyas negras alas brillaban como unespejo, se posaba sobre su hombro. Se diría al contemplar la marchamajestuosa de tal hombre que era uno de aquellos antiguos reyesmerovingios, tales como los representan las imágenes de Montbéliard;sostenía con su mano izquierda un palo grueso y corto, que tenía laforma de cetro, y con la mano derecha hacía gestos imponentes,levantando el dedo hacia el cielo y apostrofando al cortejo.

A su paso, todas las puertas se abrían; detrás de los cristales seapretujaban los rostros de los curiosos. Algunas viejas, desde laescalera exterior de sus barracas, llamaban al loco, que no se dignabasiquiera volver la cabeza; otras descendían a la calle y trataban decortarle el paso; pero él, levantando la cabeza y alzando las cejas, conun gesto o una palabra les obligaba a separarse.

—¡Vaya!—dijo Hullin—; aquí tenemos a Yégof... No esperaba volver averle este invierno... Eso es raro en él... ¿Qué le sucederá pararegresar con semejante tiempo?

Y Luisa, dejando la rueca, corrió a contemplar al Rey de Bastos. Era,en verdad, un acontecimiento la llegada del loco Yégof al comenzar elinvierno; unos se alegraban con la esperanza de retenerle y de hacerlehablar en las tabernas de su fortuna y de su gloria; otros, sobre todolas mujeres, sentían cierta vaga inquietud, porque los locos, como sesabe, participan de las ideas de otro mundo, conocen el pasado y elporvenir y están inspirados por Dios; el secreto está en llegar acomprenderles, pues sus palabras siempre tienen dos sentidos, unovulgar, para las gentes ordinarias, y otro profundo, para los espíritusdelicados y las personas juiciosas. Por otra parte, aquel loco, más queninguno, tenía pensamientos verdaderamente extraordinarios y sublimes.No se sabía ni de dónde venía ni adónde iba, ni lo que quería, puesYégof erraba por todas partes como alma en pena; a veces hablaba derazas desaparecidas y decía que era emperador de Austrasia, de Polinesiay de otros lugares. Se hubiera podido escribir extensos libros acerca desus castillos, sus palacios y sus fortalezas, de los cuales conocía elnúmero, la situación y la arquitectura, y de los que celebraba laamplitud, la belleza y la riqueza con un aire sencillo y modesto.Hablaba el loco de sus caballerizas, de sus cotos de caza, de losgrandes dignatarios de su Imperio, de sus ministros, de sus consejeros,de los intendentes de sus provincias, y nunca se equivocaba ni acerca desus nombres ni acerca de sus méritos, pero se lamentaba amargamente dehaber sido derrotado por la raza maldita; y la anciana comadre SapienciaCoquelin, siempre que le oía quejarse con tal motivo, lloraba a lágrimaviva, y otras mujeres también lloraban. Entonces Yégof, levantando eldedo hacia el cielo, exclamaba:

—¡Oh mujeres! ¡Oh mujeres!... ¡Acordaos!... ¡Acordaos!... La hora seacerca... El espíritu de las tinieblas huye... ¡La antigua raza..., losseñores de vuestros señores avanzan como las olas del mar!

Y todas las primaveras tenía la costumbre de ir a ver los viejos nidosde búhos los antiguos castillos y las ruinas que coronan los Vosgos enel seno de los bosques, en el Nideck, en el Géroldseck, en Lutzelburg,en Turkestein, diciendo que iba a visitar sus leudes, y hablaba derestaurar el pasado esplendor de sus Estados y de reducir nuevamente aesclavitud a los pueblos sublevados, con la ayuda del Gran Golo, suprimo.

Juan Claudio Hullin se reía de estas cosas, pues no era su ingeniobastante sutil para penetrar en las esferas invisibles; pero Luisa aloírlos experimentaba una gran turbación, sobre todo cuando el cuervoagitaba las alas y dejaba oír su ronco grito.

Descendía, pues, Yégof porla calle sin detenerse en ninguna parte, y Luisa, muy inquieta, viendoque el loco miraba hacia su casita, dijo:

—Papá Juan Claudio, me parece que Yégof viene a nuestra casa.

—Es muy posible—respondió Hullin—; el pobre diablo no dejará denecesitar un par de zuecos claveteados con el frío que hace; y si me lopide, a fe mía que me costará gran trabajo negárselo.

—¡Oh, qué bueno es usted!—dijo la joven besando a su padre con cariño.

—Sí, sí...; tú me acaricias—dijo Hullin riendo—porque hago todo loque quieres...

Pero ¿quién me pagará la madera y el trabajo?... No seráciertamente Yégof...

Luisa besó otra vez a Hullin, el cual, mirándola con ternura, murmuró:

—Esta moneda bien vale aquella otra.

Yégof se encontraba entonces a cincuenta pasos de la casita, y eltumulto iba en aumento. Los muchachos, agarrándose a los pingajos de lachaqueta del loco, gritaban:

«¡Bastos! ¡Espadas! ¡Copas!» De improvisoel viejo se volvió, y levantado el cetro que llevaba, con aire digno,aunque irritado, exclamó:

—¡Retiraos, raza maldita!... ¡Retiraos..., no me aturdáis más... osuelto contra vosotros mi jauría de dogos!

Aquella amenaza no produjo otro efecto que aumentar los silbidos y lascarcajadas; pero como en el mismo instante Hullin apareció en el umbralde la puerta con una larga barrena en la mano y como, distinguiendo acinco o seis de los más revoltosos, les advirtiese que aquella mismanoche iría a tirarles de las orejas durante la cena, lo que el buenhombre había hecho ya varias veces con el consentimiento de sus padres,el

cortejo

se

disolvió,

consternado

de

semejante

encuentro.

Entonces,volviéndose hacia el loco, el almadreñero dijo:

—Entra, Yégof, y ven a calentarte al lado del fuego.

—Yo no me llamo Yégof—respondió el desdichado como si le hubiesenofendido—

; yo me llamo Luitprand, rey de Austrasia y de Polinesia.

—Sí, sí, ya lo sé, ya lo sé—dijo Juan Claudio—. Me has contado todoeso. De cualquier modo, no importa; te llames Yégof o Luitprand, entra.Hace frío y necesitas calentarte.

—Yo entro—contestó el loco—, pero es para tratar de un asunto muyimportante; es para una cuestión de Estado..., para pactar una alianzaindisoluble entre los germanos y los triboques.

—Bien; pues hablaremos de eso.

Yégof, inclinándose bajo la puerta, entró muy pensativo y saludó a Luisacon la cabeza, al mismo tiempo que bajaba el cetro; pero el cuervo noquiso entrar; desplegando sus grandes alas cóncavas, dio una ampliavuelta alrededor de la barraca y fue a caer a todo volar sobre loscristales para romperlos.

—¡ Hans—le gritó el loco—, ten cuidado! Yo vengo...

Pero el pájaro no separó sus agudas garras de las mallas de plomo y nodejó de agitar en la ventana sus grandes alas mientras que su amopermaneció en la casa.

Luisa, llena de miedo, apartaba de él los ojos.En cuanto a Yégof, sentose en el viejo sillón de cuero, detrás de laestufa, extendió las piernas, como si estuviera en un trono, y paseandoa su alrededor la mirada con imperio, exclamó:

—Vengo de Jéromé directamente para concertar contigo un matrimonio,Hullin. No ignoras que me he dignado fijar los ojos en tu hija, y vengoa pedírtela para que sea mi mujer.

Luisa, al oír aquella proposición, enrojeció hasta las orejas, y Hullinlanzó una sonora carcajada.

—¡Te ríes!—exclamó el loco con voz cavernosa—. Pues haces mal enreírte... Este matrimonio es lo único que puede salvar de la ruina queamenaza tanto a ti como a tu casa y a todos los tuyos... Ahora mismo misejércitos van avanzando... Son innumerables... Cubren gran parte de laTierra... ¿Qué podéis vosotros contra mí?

Seréis vencidos, aniquilados,reducidos a la esclavitud como lo habéis sido ya durante siglos enteros,porque yo, Luitprand, rey de Austrasia y de Polinesia, he decidido quetodo vuelva al estado que antiguamente tenía... ¡Acuérdate!

Y diciendo esto, el loco levantó el dedo con aire solemne.

—¡Acuérdate de lo que ha pasado!... ¡Vosotros habéis sido vencidos!...Y nosotros, las viejas razas del Norte, os hemos puesto el pie en lafrente. Hemos cargado sobre vuestras espaldas las más pesadas piedraspara construir nuestras fortalezas y nuestras prisiones subterráneas...Os hemos uncido a nuestros arados y habéis sido para nosotros lo que lapaja para el huracán... ¡Acuérdate, acuérdate, triboque, y tiembla!

—Me acuerdo muy bien—dijo Hullin sin dejar de reír—; pero nosotroshemos tomado el desquite... ¿No es verdad?

—Sí, sí—interrumpió el loco frunciendo las cejas—; pero aquel tiempoha pasado.

Mis guerreros son más numerosos que las hojas de losbosques... y vuestra sangre fluye como el agua de los arroyos. ¡Teconozco hace más de mil años!

—¡Bah!—respondió Hullin.

—Sí, esta mano, ¿lo oyes?, esta mano es la que te ha vencido cuandollegamos por vez primera al corazón de vuestros bosques... ¡Mi mano esla que ha doblado tu cerviz bajo el yugo y te la volverá a doblar otravez! Porque vosotros sois valientes, creéis que seréis para siempredueños de este país y de Francia entera... ¡Pues bien, estáisequivocados!

Nosotros

os

hemos

dividido

y

os

dividiremos:

devolveremosAlsacia y Lorena a Alemania; Bretaña y Normandía, a los hombres delNorte; Flandes y el Mediodía, a España. Haremos de Francia un pequeñoreino alrededor de París..., un reino muy pequeño, con un descendientede la vieja raza por jefe..., y vosotros no os moveréis..., estaréismuy tranquilos... ¡Je, je, je!

Yégof comenzó a reír.

Hullin, que no sabía casi nada de Historia, estaba admirado de que elloco conociese tantos nombres.

—¡Bah, dejemos eso, Yégof—le dijo—, y come un poco de sopa para quete calientes el estómago!

—No es sopa lo que te pido; lo que te pido es tu hija..., la máshermosa de mis Estados... Dámela voluntariamente y te elevo a las gradasde mi trono; de lo contrario, mis ejércitos te la arrebatarán por lafuerza y no tendrás el mérito de habérmela dado.

Y al hablar así, el desgraciado miraba a Luisa con profunda admiración.

—¡Qué hermosa es!...—añadió Yégof—. Los más preciados honores leestán reservados... ¡Alégrate, joven, alégrate... Tú serás reina deAustrasia!

—Oye, Yégof—dijo Hullin—, me honra mucho tu petición...; eso pruebaque sabes estimar la belleza... Está muy bien...; pero mi hija estáprometida ya a Gaspar Lefèvre.

—¡Pues yo—exclamó el loco lleno de irritación—no quiero oír hablar deeso!

Después, levantándose, añadió, volviendo a tomar su aspecto solemne:

—Hullin, ésta es mi primera petición; volveré a hacerla dos veces...,¿lo oyes?..., dos veces. Y si persistes en tu obstinación..., ¡que ladesgracia caiga sobre ti y sobre tu raza!

—¡Cómo! ¿No quieres comerte la sopa?

—No, no—aulló el loco—; no aceptaré nada tuyo hasta que no hayasconsentido...; nada, nada.

Y dirigiéndose a la puerta con gran satisfacción de Luisa, que noapartaba los ojos del cuervo que golpeaba los cristales con las alas,dijo alzando el cetro:

—Dos veces...

Y salió.

Hullin prorrumpió en una sonora carcajada.

—¡Pobre diablo!—exclamó—. A pesar suyo, la nariz se le volvía haciala olla...

Tiene el estómago vacío..., los dientes le crujen demiseria... Y, sin embargo, la locura es más fuerte que el frío y elhambre.

—¡Oh, qué miedo he tenido!—dijo Luisa.

—Vamos, vamos, hija mía, tranquilízate... Ya se ha ido... A pesar de sulocura, le parece que eres bonita; no debes asustarte de esto.

No obstante aquellas palabras y la marcha del loco, Luisa temblaba y aúnsentía el rubor en el rostro cuando pensaba en las miradas que eldesdichado le había dirigido.

Yégof tomó el camino del Valtin. Se le veía alejarse reposadamente, conel cuervo al hombro, haciendo extraños gestos, aunque no había nadie asu alrededor; poco después, la alta figura del Rey de Bastos se fundióen los tonos grises del crepúsculo de invierno y desapareció.

II

Aquel mismo día, por la noche, después de cenar, Luisa cogió el torno yfue a pasar la velada a casa de la señora Rochart, en la que se reuníanlas mujeres y las muchachas de la vecindad hasta cerca de la medianoche. Allí se contaban antiguas leyendas y se hablaba de la lluvia, deltiempo, de los matrimonios, de los bautismos, de la marcha y de lavuelta de los reclutas..., ¿qué sé yo? Y eso les ayudaba a pasar lashoras de un modo agradable.

Hullin, que se había quedado solo frente a su lamparilla de cobre,ferraba los zuecos del anciano leñador; ya no se acordaba del locoYégof; subía y bajaba el martillo clavando gruesos clavos en las reciassuelas de madera, de una manera automática, por la fuerza de lacostumbre. Mientras tanto, mil ideas cruzaban la mente del almadreñero;estaba pensativo sin saber por qué. Unas veces pensaba en Gaspar, que nodaba señales de vida; otras veces pensaba en la campaña, que seprolongaba indefinidamente. La lámpara alumbraba con reflejosamarillentos la casita llena de humo. Fuera, no se oía un ruido. Elfuego comenzaba a apagarse; Juan Claudio se levantó para echar un leño yluego volvió a sentarse murmurando:

—¡Bah! Esto no puede ser... El día menos pensado recibiremos una carta.

El viejo péndulo dio las nueve, y cuando Hullin reanudaba su tarea, seabrió la puerta y apareció en el umbral Catalina Lefèvre, la labradorade «El Encinar», con gran asombro del almadreñero, porque no erafrecuente que dicha mujer viniese a semejantes horas.

Catalina Lefèvre podía tener unos sesenta años, pero se conservaba aúnderecha y fuerte como si tuviera treinta; sus ojos de color gris perlay su nariz aguileña le daban cierto parecido con un ave de rapiña; susenjutas mejillas y la comisura de sus labios, hundidos por la reflexión,tenían algo de lúgubre y doloroso. Dos o tres grandes mechones de pelosde color gris verdoso caían a lo largo de sus sienes; un obscurocapuchón listado bajaba desde su cabeza a los hombros y le llegaba cercade los codos. En una palabra, su fisonomía revelaba un carácter firme,tenaz, y poseía cierto aire indefinible, entre magnífico y triste, queinspiraba respeto y temor.

—¿Es usted, Catalina?—dijo Hullin muy sorprendido.

—Sí, yo soy—respondió la anciana labradora, con voz reposada—. Vengoa hablar con usted, Juan Claudio... ¿Ha salido Luisa?

—Está en casa de Magdalena Rochart pasando la velada.

—Muy bien.

Catalina dejó caer el capuchón sobre el cuello y fue a sentarse al ladodel banco.

Hullin la miraba fijamente y le encontraba algoextraordinario y misterioso que le extrañaba.

—¿Qué sucede?—dijo Juan Claudio dejando el martillo.

En vez de contestar a esta pregunta, la anciana, mirando hacia lapuerta, parecía escuchar algo; luego, al no oír nada, volvió a adquirirsu expresión meditativa.

—El loco Yégof ha pasado la noche última en la finca—dijo Catalina.

—También ha venido a verme esta tarde—dijo Hullin, sin conceder granimportancia al hecho, que le parecía indiferente.

—Sí—añadió la anciana en voz baja—; ha pasado la noche en casa, yanoche, a esta hora, delante de todo el mundo, ese hombre, ese loco, nosha contado cosas horribles.

Catalina calló, y las comisuras de sus labios parecieron hundirse más.

—¡Cosas horribles!—murmuró el almadreñero cada vez más asombrado, puesnunca había visto a la labradora en semejante estado—; ¿pero qué,Catalina?...

Hable usted; ¿qué decía?

—¡Qué sueños he tenido!

—¿Sueños?... Por lo visto, usted quiere reírse de mí.

—No.

Y después de un instante de silencio, viendo a Hullin boquiabierto, laanciana prosiguió lentamente:

—Anoche nos hallábamos todos reunidos, después de cenar, en la cocinabajo la campana de la chimenea; la mesa estaba todavía puesta con lasescudillas vacías, los platos y las cucharas. Yégof había cenado connosotros y nos había distraído con la historia de sus tesoros, de suscastillos y de sus provincias. Eran próximamente las nueve; el loco fuea sentarse junto a un rincón del hogar, que llameaba... Duchêne, el mozode labor, reparaba la silla de montar de Bruno; el pastor Robin hacíauna cesta, y Anita colocaba los cacharros en el vasar; yo había acercadoel torno al fuego para hilar una rueca antes de acostarme. Fuera, losperros ladraban a la Luna; debía de hacer mucho frío. Pasábamos lavelada hablando del invierno que se aproxima. Duchêne decía que iba aser rudo, porque había visto grandes bandadas de patos silvestres. Y

elcuervo de Yégof, apoyado en el borde de la campana de la chimenea, conla cabezota oculta entre las despeluzadas plumas, parecía dormir; pero,de vez en cuando, alargaba el cuello, se limpiaba una pluma con el pico,nos miraba después escuchando un segundo y volvía a meter en seguida lacabeza bajo las alas.

La labradora callose un momento, como si tratara de recoger las ideas;luego bajó los ojos, enarcó la gran nariz aguileña hasta cerca de loslabios y una extraña palidez pareció extenderse sobre su faz.

—¿Adónde demonio irá a parar?—se decía Hullin.

La anciana prosiguió:

—Yégof, al lado del hogar, con su corona de hojalata y el palo entrelas rodillas, pensaba sin duda en algo. Miraba hacia la chimenea grandey negra, hacia la gran campana de piedra, en la que se veían figuras yárboles de talla y el humo subir en espesas nubes hasta donde sehallaban los trozos de tocino. De repente, cuando menos lo esperábamos,el loco dio un golpe con el palo en la losa y exclamó como si soñara:

«¡Sí..., sí..., yo lo he visto... hace mucho tiempo..., mucho tiempo!»

Y al mirarle nosotros, extrañados de sus palabras, añadió:

«En aquel tiempo los bosques de abetos eran bosques de robles... ElNideck, el Dagsberg, el Falkenstein, el Géroldseck, todos los viejoscastillos ruinosos aún no existían. En aquel tiempo se cazaban lostoros bravos en medio de los bosques, se pescaba el salmón en el Sarre,y vosotros, hombres rubios, enterrados en la nieve durante seis mesesdel año, vivíais de la leche y del queso, porque teníais grandes rebañosen el Hengst, el Schneeberg, el Grosmann, el Donon. En verano cazabais ytrabajabais hasta el Rin, en el Mosela y el Mosa; recuerdo todo eso.»

—Cosa rara, Juan Claudio; a medida que el loco hablaba, me parecía quevolvía a ver aquellos países de otro tiempo y recordarlos como si fuesensueños... Yo había soltado la rueca, y el viejo Duchêne, Robin, Juana,todo el mundo, en fin, escuchaba.

«Sí, hace mucho tiempo—añadió elloco—. En aquella época ya construíais vosotros estas grandeschimeneas, y por todo alrededor, a doscientos o trescientos pasos,levantabais estacadas de quince pies de alto con las puntas endurecidaspor el fuego. Allí dentro guardabais los enormes perros de hinchadoscarrillos, que ladraban noche y día.»

Lo que Yégof decía nosotros lo veíamos, Juan Claudio... El loco parecíano fijarse en nosotros y miraba las figuras de la chimenea con la bocaabierta; pero, después de un momento, al bajar la cabeza y vernos atodos atentos, comenzó a reír, con risa de loco, gritando: «Y en esetiempo, vosotros creíais ser los señores del país, ¡oh hombres rubios,de ojos azules y blancas carnes, alimentados de leche y de queso, que nobebíais sangre mas que en otoño, en la época de la caza mayor!; oscreíais los dueños del llano y de la montaña, cuando nosotros, loshombres rojos de ojos verdes, que venían del mar...; nosotros, quebebíamos siempre sangre y que sólo amábamos la guerra, llegamos unabuena mañana, con nuestras hachas y venablos, remontando la cuenca delSarre a la sombra de los viejos robles... ¡Ah! Fue aquélla una guerraterrible, que duró semanas y meses... Y la vieja... allí...—dijoseñalándome, con sonrisa extraña—; la Margarita del clan de losKilberix, esa vieja de nariz ganchuda, dentro de las estacadas, en mediode sus perros y de sus guerreros, se defendió como una loba; pero alcabo de cinco lunas vino el hambre..., las puertas de las estacadas seabrieron para huir, y nosotros, emboscados en el arroyo, lo exterminamostodo..., todo..., menos los niños y las jóvenes hermosas. La vieja,sola, con las uñas y los dientes se defendió hasta lo último. Y yo,Luitprand, abrí su cabeza gris y me apoderé de su padre, el ancianoentre los ancianos, para encadenarlo a la puerta de mi castillo como unperro.»

—Después, Hullin—añadió la labradora inclinando la cabeza—, despuésel loco comenzó a cantar una larga canción: las quejas del anciano atadoa la puerta. Esperad que la recuerde... Era triste..., triste como un miserere. No puedo acordarme, Juan Claudio, pero me parece oírlatodavía, pues nos heló la sangre. Y como Yégof no cesara de reír, lacólera se apoderó a la vez de toda la gente, que lanzó un gritoterrible.

El viejo Duchêne se arrojó sobre el loco para estrangularlo;pero éste, más fuerte de lo que podía pensarse, lo rechazó, y, alzandoel palo con furia, nos dijo: «¡De rodillas, esclavos, de rodillas! Misejércitos avanzan... ¿Oís?... La tierra tiembla. Estos castillos, elNideck, el Haut-Barr, el Dagsberg, el Turkestein, tenéis quereedificarlos... ¡De rodillas!»

Nunca he visto una figura más horrible que la de Yégof en aquel momento;mas al ver que, por segunda vez, la gente iba a arrojarse sobre él, mevi obligada a defenderle.

—Es un loco—les dije—; ¿no os da vergüenza creer en las palabras deun loco?

Por mi mediación, los hombres se detuvieron; pero yo no pude cerrar unojo en toda la noche. Recordaba a cada momento lo que aquel miserablehabía dicho. Me parecía oír el canto del viejo, el ladrido de los perrosy los ruidos de la batalla. Hacía mucho tiempo que no habíaexperimentado inquietudes semejantes. Ya sabe por qué he venido averle... ¿Qué piensa usted de todo esto, Hullin?

—¡Yo!—dijo el almadreñero, cuyo rostro colorado y lleno revelabacierta ironía triste no exenta de compasión—; si no conociera a ustedtan bien como la conozco, Catalina, diría que había usted perdido lacabeza..., usted y Duchêne, Robin y los demás; todo eso me produce elefecto de un cuento de Genoveva de Brabante, de una historia a propósitopara niños y que muestra la estupidez de nuestros antepasados.

—No comprende usted esas cosa—dijo la anciana con voz reposada yseria—; pero usted ¿no ha tenido nunca ideas de esta clase?

—Entonces, ¿cree usted en lo que ha contado Yégof?

—Sí, lo creo.

—¡Cómo, Catalina, usted, una mujer de buen sentido! Si fuera la señoraRochart, no diría nada... ¡Pero usted!

Juan Claudio se levantó como indignado, desatose el mandil, alzó loshombros y volvió luego a sentarse exclamando:

—¿Sabe usted quién es ese loco? Pues se lo voy a decir. Es seguramenteuno de esos maestros de escuela alemanes que se atiborran la cabeza derancias historias del tiempo de Maricastaña y que las refieren con lamayor gravedad. A fuerza de estudiar, de desvariar, de rumiar y debuscarle tres pies al gato, sus cerebros se trastornan, ven visiones,tienen ideas extravagantes y toman sus sueños por verdades. Siempre heconsiderado a Yégof como uno de esos pobres diablos; sabe una infinidadde nombres y habla de la Bretaña, de Austrasia, de Polinesia, del Nidecky del Géroldseck, del Turkestein, de las orillas del Rin, en fin, detodo al azar; y eso parece que es algo y, en el fondo, no es nada. Enépocas normales, usted pensaría como yo, Catalina; pero usted ahora estáinquieta por no recibir noticias de Gaspar... Esos rumores de guerra, deinvasión, que corren la atormentan y la preocupan... No duerme usted...,y lo que le dice un pobre loco lo toma por artículo de fe.

—No, Hullin, no es eso; usted mismo, si hubiera oído a Yégof...

—¡Vamos!—exclamó el buen hombre—. Si yo lo hubiese oído, me hubierareído en sus barbas como hace poco... ¿Sabe usted que el loco ha venidoa pedirme la mano de Luisa, para hacerla reina de Austrasia?

Catalina Lefèvre no pudo dejar de sonreír; mas, volviendo a adquirir enseguida su aire serio, añadió:

—Todos sus razonamientos, Juan Claudio, no pueden convencerme; pero, loconfieso, el silencio de Gaspar me horroriza... Conozco muy bien a mihijo y sé que seguramente me ha escrito. ¿Por qué sus cartas no hanllegado a mi poder?... La guerra marcha mal, Hullin; tenemos todo elmundo contra nosotros; por ahí fuera no quieren nuestra Revolución,usted lo sabe tan bien como yo. Mientras fuimos los dueños, mientrasganábamos victoria tras victoria, se nos ponía buena cara; pero a partirde los reveses de Rusia, esto toma mal cariz.

—¡Vamos, vamos, Catalina! Su cabeza se va del seguro...; usted lo vetodo negro.

—Sí, todo lo veo negro, y tengo razón... Lo que más me inquieta es norecibir ninguna noticia de afuera; vivimos aquí como en un país desalvajes; no sabemos nada de lo que pasa... Los austriacos y los cosacoscaerán sobre nosotros un día u otro y el hecho causará la mayorsorpresa.

Hullin observaba a la anciana mujer, cuya mirada se animaba, y, a supesar, sufría la influencia de los mismos temores.

—Oiga usted, Catalina—dijo Juan Claudio de improviso—, cuando hablausted de un modo razonable no seré yo el que la contradiga... Lo quedice usted ahora es posible... No lo creo, pero es preciso salir dedudas. Yo me proponía ir a Falsburg dentro de ocho días a comprar pielesde carnero para las guarniciones de los zuecos; pero iré mañana. EnFalsburg, que es plaza fuerte y tiene administración de Correos, sedeben saber noticias seguras... ¿Se convencerá usted con las que letraiga de allí?

—Sí.

—Bien; quedamos conformes... Saldré mañana bien temprano... Hay cincoleguas; hacia las seis estaré de vuelta... Y usted verá, Catalina, cómosus tristes pensamientos no tienen fundamento.

—Así sea—respondió la labradora levantándose—, así sea... Usted me hatranquilizado algo, Hullin... Ahora, me vuelvo a la granja y esperodormir mejor que la noche pasada... Buenas noches, Juan Claudio.

III

Al día siguiente, al amanecer, Hullin, muy endomingado con su pantalónde recio paño azul, amplia chaqueta de terciopelo obscuro, chaleco rojocon botones dorados, y cubriendo la cabeza con un ancho sombrero decampo, sujeto por delante, sobre la cara bermeja, con una escarapela, sepuso en camino para Falsburg, empuñando un grueso palo de serbal.

Falsburg es una plaza fuerte pequeña, situada en el camino imperial deEstrasburgo a París, que domina la ladera de Saverne, los puertos delalto Barr, de la Roche-Plate, de la Bonne-Fontaine y del Graufthal. Susbaluartes, sus defensas exteriores, sus medias lunas se recortan enzig-zag sobre una meseta rocosa; vistos de lejos, cualquiera creeríapoder franquear los muros de un salto; pero, al llegar, se descubre elfoso, de cien pies de ancho y de una profundidad de treinta, y,enfrente, las obscuras murallas cortadas a pico. Aquello detiene a unobruscamente. Por lo demás, a excepción de la iglesia, de laCasa-Ayuntamiento, de las Puertas de Francia y de Alemania, que tienenforma de mitra, y de las agujas de los dos polvorines, todo lo restantequeda oculto detrás de los glacis. Tal es la pequeña ciudad de Falsburg,que no deja de poseer cierto sello de grandeza, sobre todo cuandoatravesamos sus puertas y penetramos en ella por sus amazacotadaspuertas, provistas de rastrillos con púas de hierro. En el interior, lascasas se distribuyen en manzanas regulares, son bajas y se hallanperfectamente alineadas; la construcción es de sillería; allí todo tieneun aspecto militar.

Hullin, llevado de su robusta naturaleza y de su carácter alegre, quenunca se alarmaba por las cosas que pudieran venir, consideraba aquellosruidos de retirada, desastre e invasión como mentiras propagadas por lamala fe. Así es que se comprende cuál sería su estupefacción cuando, alsalir de la montaña y a la orilla del bosque, vio el ruedo del puebloarrasado como un pontón; no quedaba ni un jardín, ni un huerto, ni unpaseo, ni un árbol, ni un matojo; todo lo que se hallaba al alcance delcañón había sido destruido. Algunos desgraciados se dedicaban a recogerlos últimos restos de sus casuchas para llevarlos a la ciudad. No seveía en el horizonte mas que la cintura de las murallas, que trazaba unalínea obscura por encima de los caminos cubiertos. Aquello fue un rayoque cayó sobre la cabeza de Juan Claudio; durante algunos minutos nopudo articular una palabra ni dar un paso.

—¡Oh, oh!—dijo Hullin al fin—. ¡Esto va mal! ¡Esto va muy mal! ¡Estánesperando al enemigo!

Luego, sobreponiéndose a los demás su instinto guerrero, una oleada desangre coloreó sus mejillas morenas.

—¿Y son esos granujas de austriacos, de prusianos, de rusos y demásmiserables sacados del fondo de Europa la causa de todo esto?—exclamóHullin agitando la tranca—; ¡pues tened cuidado! ¡Nosotros osobligaremos a pagar el gasto!...

Juan Claudio se hallaba dominado por una de esas cóleras sordas queexperimentan los hombres pacíficos cuando se les saca de quicio.¡Desgraciado de aquel que le hubiese mirado con malos ojos en talmomento!

Veinte minutos más tarde, Hullin entraba en la ciudad, detrás de unalarga fila de carros tirados por cinco o seis caballos que arrastrabancon gran trabajo enormes troncos de árboles destinados a construirvarios blocaos en la plaza de armas. Entre los conductores, losaldeanos y los caballos, que relinchaban, se revolvían y echaban chispaspor las cuatro patas, marchaba gravemente un gendarme a caballo, elseñor Kels, el cual parecía no oír nada y decía de una manera grave:

—Valor, valor, amigos... Todavía tenemos que hacer hoy dos viajes...¡Vosotros seréis beneméritos de la patria!

Juan Claudio atravesó el puente.

Un nuevo espectáculo se presentó a sus ojos; en la ciudad reinaba elardor de la defensa; las puertas se encontraban abiertas, y hombres,mujeres y niños iban y venían, corrían de un lado a otro, ayudando atransportar la pólvora y los proyectiles. De vez en cuando se formabangrupos de tres, cuatro o seis personas para comunicarse noticias.

—¡Eh, vecino!

—¿Qué pasa?

—Un correo acaba de llegar a todo galope... Por la Puerta de Francia haentrado...

—Vendrá a anunciar la llegada de la guardia nacional de Nancy.

—O quizás un convoy de Metz.

—Tiene usted razón... Faltan balas de diez y seis... Tambiénnecesitamos metralla, y, para poder hacerla, vamos a destruir loshornillos.

Algunos pacíficos ciudadanos, en mangas de camisa, subidos en mesascolocadas a lo largo de las aceras, se dedicaban a tapiar las ventanasde sus casas con grandes trozos de madera y con jergones; otros hacíanrodar delante de las puertas cubas de agua. Aquel entusiasmo reanimó aHullin.

—¡Esto está bien!—exclamó Juan Claudio—; todo el mundo está de fiestaaquí...

Los aliados van a ser bien recibidos.

Frente al colegio, la voz chillona del guardia municipal Harmentiergritaba: «Ordeno y mando: que las casamatas se abran para que todospuedan llevar a ellas un colchón y dos mantas por persona. Además, loscomisarios de la plaza comenzarán la visita de inspección, paraaveriguar si los habitantes tienen víveres para tres meses, lo cualdeberá justificarse por éstos.—Hoy, 20 de diciembre de 1813.—JuanPedro Meunier, gobernador.»

Todo aquello lo vio y lo oyó Hullin en menos de un minuto, pues elpueblo entero estaba en vilo.

Escenas extrañas, serias, cómicas, se sucedían sin interrupción. Haciala callejuela del Arsenal varios guardias nacionales arrastraban unapieza de artillería de veinticuatro. Aquella buena gente tenía que subiruna cuesta bastante pina y no podía más. «¡Hué!, ¡a una!, ¡con mildemonios! ¡Otro empujón!... ¡Adelante!» Todos gritaban a la vez,empujaban las ruedas, y el pesado cañón, asomando el largo cuello debronce entre la enorme cureña, por encima de las laderas, rodabalentamente y estremecía el pavimento.

Hullin, muy alegre, no era ya el mismo hombre; sus instintos de soldado,los recuerdos del vivaque, de las marchas, de las descargas, de lasbatallas, volvían a su espíritu a paso de carga; brillábale la mirada,el corazón le latía con más violencia y ya iban y venían en su cabezaideas de defensa, de atrincheramiento, de lucha a muerte.

—¡A fe mía—se decía Juan Claudio—, todo va bien! Ya he hechobastantes zuecos en mi vida, y puesto que se presenta la ocasión devolver a coger el mosquete..., ¡tanto mejor!; ahora demostraremos a losprusianos y a los austriacos que no olvidamos la carga en doce tiempos.

De este modo razonaba el buen hombre, dominado por los recuerdosbélicos; pero su alegría no duró mucho.

Delante de la iglesia, en la plaza de armas, se hallaban parados quinceo veinte carros de heridos procedentes de Leipzig y de Hanau. Aquellosdesgraciados, pálidos, lívidos, la mirada lúgubre, unos ya amputados,otros que no habían sido curados siquiera, esperaban tranquilamente lamuerte. Cerca de ellos, algunos viejos jamelgos alazanes, cuyos lomoscubrían sendas pieles de perro, comían su escasa pitanza, mientras quelos carreteros—unos infelices reclutados en Alsacia—, envueltos engrandes capas agujereadas, dormían, a pesar del frío, con el sombrerosobre los ojos y los brazos cruzados, en los escalones de la iglesia.Era espeluznante ver aquellos grupos de hombres demacrados, con grandescapotes grises, amontonados sobre paja sanguinolenta, llevando uno deellos el brazo partido sobre las rodillas; otro con la cabeza atada conun pañuelo viejo, y otro, por último, ya muerto, sirviendo de asiento alos vivos, con las manos negras colgando entre las escalas. Hullin,frente a tan lúgubre espectáculo, permaneció clavado a la tierra y nopodía apartar de él los ojos.

Los grandes dolores humanos tienen el raropoder de fascinarnos; queremos ver cómo los hombres perecen, con quécara afrontan la muerte; los mejores espíritus no se hallan exentos deesa horrible curiosidad. ¡Dijérase que la eternidad va a revelarnos susecreto!

Cerca de la lanza del primer carro, a la derecha de la fila, se hallabanacurrucados dos carabineros, que llevaban unas guerreras de color azulceleste; dos verdaderos colosos, cuyas robustas naturalezas se rendíanagobiadas por el dolor; parecían dos cariátides aplastadas por el pesode una masa enorme. Uno de ellos, de grandes bigotes rubios y mejillasterrosas, miraba con los ojos empañados, como dominados por una horriblepesadilla; el otro, completamente doblado, con las manos azules y elhombro destrozado por la metralla, se encogía cada vez más y luego seenderezaba como sobresaltado, hablando en voz muy baja, como siestuviera soñando. Detrás se hallaban, tendidos de dos en dos, variossoldados de infantería, la mayoría heridos de un balazo, con las piernaso los brazos quebrantados. Aquellos infelices no decían nada; solamentealgunos, los más jóvenes, pedían de un modo furioso agua o pan; y en elcarro inmediato, una voz lastimera, la voz de un recluta, llamaba:«¡Madre! ¡Madre mía!»..., mientras que los veteranos sonreíanlúgubremente, como diciendo: «Sí, sí..., pronto va a venir tu madre.»Pero quizás no pensaran en nada.

De cuando en cuando, una especie de estremecimiento agitaba todo elconvoy; veíase entonces algunos heridos que se incorporaban un pocolanzando prolongados gemidos y volviendo a caer en seguida, como si lamuerte hubiera hecho su recorrido en aquel momento.

Después, nuevamente se hacía el silencio.

Y mientras Hullin contemplaba tales escenas, desgarrándosele lasentrañas, un individuo de la vecindad, el panadero, salió de su casallevando una gran olla llena de caldo. Fue digno de ver entonces aaquellos espectros agitarse, brillarles los ojos, dilatárseles lasnarices; parecía que volvían a la vida. ¡Los desgraciados estabanmuertos de hambre!

El señor Sôme, con las lágrimas en los ojos, se acercó diciendo:

—¡Aquí estoy, hijos míos! ¡Tened un poco de paciencia!... ¡Soy yo! ¡Yame conocéis!

Mas apenas hubo llegado el panadero cerca del primer carro, elcorpulento carabinero de las mejillas verdosas se reanimó y, metiendo elbrazo hasta el codo en el puchero hirviendo, cogió la carne y la ocultóbajo la guerrera. La operación se llevó a cabo con la rapidez delrelámpago, e inmediatamente salvajes alaridos resonaron por todaspartes. Aquellas gentes, si hubieran podido moverse, habrían devorado asu compañero. Este, con los brazos cruzados sobre el pecho, los dientesclavados en la presa, los ojos bizcos mirando en todas direcciones,parecía no oír nada. Al ruido de los gritos, un veterano, un sargento,salió apresuradamente de una posada cercana. Era un guía antiguo, quecomprendió en seguida de lo que se trataba, y, sin inútiles reflexiones,arrebató la carne a la bestia feroz, diciéndole:

—¡Te mereces que no te den nada!... ¡Ahora lo partiremos y haremos diezporciones!

—¡No somos mas que ocho!—dijo uno de los heridos, muy tranquilo, alparecer, pero a quien chispeaban los ojos bajo una máscara de bronce.

—¿Cómo ocho?

—Vea usted, mi sargento, que estos dos están a punto de hincar elpico... y sería perder esos víveres...

El viejo sargento los miró.

—¡Es verdad!—dijo el guía—; hagamos ocho partes.

Hullin no pudo ver por más tiempo aquellas escenas y se dirigió, pálidocomo la muerte, a casa del posadero Wittmann, que se hallaba enfrente.Wittmann era también comerciante en pieles y cueros.

—¡Qué! ¿Es usted, maestro Juan Claudio?—exclamó el posadero viéndoloentrar—.

Viene usted más pronto que acostumbra; no le esperaba hasta lasemana próxima.

Mas al ver que se tambaleaba, le preguntó:

—Pero, diga usted, ¿le pasa algo?

—Vengo de ver a los heridos.

—¡Ah! ¡Sí! Las primeras veces le flaquean a uno las piernas; pero siusted hubiera visto pasar quince mil, como nosotros, ya no sepreocuparía.

—¡Un cuartillo de vino! ¡Pronto!—dijo Hullin, que se sentía mal—.¡Oh! ¡Los hombres! ¡Los hombres!... ¡Y dicen que somos hermanos!...

—Sí, hermanos hasta tocar el bolsillo—respondió Wittmann—. Vamos,eche usted un trago, y eso le tranquilizará.

—Entonces, ¿usted ha visto pasar quince mil?—añadió el almadreñero.

—Lo menos... desde hace dos meses..., sin hablar de los que se hanquedado en Alsacia y del otro lado del Rin; porque, como ustedcomprenderá, no hay carros para todos, y, además, muchos no valen lapena de que se les traslade.

—Sí, lo comprendo; pero ¿por qué están aquí esos desgraciados? ¿Por quéno los llevan al hospital?

—¡El hospital!... ¿Qué es un hospital..., qué son diez hospitales...para cincuenta mil heridos? Todos los hospitales, desde Maguncia yCoblenza hasta Falsburg, se hallan abarrotados. Además, esa malditaenfermedad, el tifus, Hullin, mata más gente que las balas. Todas lasaldeas del llano, en veinte leguas a la redonda, están infestadas: lasgentes mueren como moscas. Afortunadamente, hace tres días que la ciudadse halla en estado de sitio y se van a cerrar las puertas para que noentre nadie. Por mi parte, he perdido a mi tío Cristián y a mi tíaIsabel, que eran personas tan sanas y fuertes como usted y como yo,maestro Juan Claudio. Por último, el frío ha llegado y la noche pasadaha escarchado.

—¿Y los heridos se han quedado en medio de la calle toda la noche?

—No; han llegado de Saverne esta mañana, y dentro de una o dos horas,así que los caballos descansen, se pondrán en camino para Sarreburg.

En aquel momento el sargento, que acababa de restablecer el orden en loscarros, entró frotándose las manos.

—¡Vaya, vaya! El tiempo refresca; papá Wittmann, ha hecho usted bienencendiendo la estufa, ¡Una copita de coñac para disipar la niebla!¡Ején, ején!

Sus arrugados ojuelos, su nariz de pico de cuervo, los pómulos de susmejillas separados de la nariz por dos grandes pliegues parecidos a dostrazos que iban a perderse en una extensa rubicundez imperial, todo reíaen la fisonomía del viejo soldado, todo revelaba un carácter animoso yjovial. Era el suyo un verdadero tipo militar, tostado por el sol,curtido por el aire, lleno de franqueza y no exento de cierta astuciasocarrona; el gran chaleco que llevaba, el recio capote gris-acero, eltahalí, las charreteras, parecían formar parte de su persona. No hubierasido posible imaginárselo de otro modo.

El sargento iba y venía de un lado a otro por la sala y seguíafrotándose las manos, mientras que Wittmann le servía una copita deaguardiente; Hullin, sentado cerca de la ventana, había visto desde elprimer instante el número del regimiento a que el veterano pertenecía:el 6.º de infantería ligera; Gaspar, el hijo de la señora Lefèvre,servía en aquel regimiento. Juan Claudio iba, pues, a tener noticias delnovio de Luisa; pero en el momento de hablar comenzó a latir su corazóncon violencia. ¡Y

si Gaspar hubiese muerto! ¡Y si hubiera perecido comotantos otros!

El buen almadreñero quedose como ahogado y se calló. «Más vale—pensóluego—

no saber nada.»

Sin embargo, al cabo de algunos instantes, no pudo contenerse.

—Mi sargento—le dijo con voz enronquecida—, ¿usted es del sextoligero?

—Del mismo, ciudadano—replicó el otro volviéndose en medio de lasala.

—¿No conoce usted a uno que se llama Gaspar Lefèvre?

—¡Gaspar Lefèvre!, de la segunda del primero; ¡demonio, vaya si leconozco! Yo he sido quien le ha enseñado a llevar las armas; ¡unmagnífico soldado, pardiez! ¡Duro para la fatiga!... ¡Si tuviéramos cienmil de esa clase!...

—Entonces, ¿vive?, ¿está bien?

—Sí, ciudadano; pero hace ocho días que yo dejé el regimiento enFredericsthal para escoltar este convoy de heridos...; usted comprende,la cosa está que arde..., y no puedo responder de nada; cuando menos sepiense, cualquiera de nosotros puede recibir el pasaporte. Ahora haceocho días, en Fredericsthal, el 15 de diciembre, Gaspar Lefèvrerespondía a la llamada.

Juan Claudio respiró.

—Pero, entonces, mi sargento, hágame usted el favor de decirme por quéGaspar no ha escrito hace dos meses.

El veterano sonrió y sus ojillos pestañearon.

—¡Ah!; vaya, ciudadano, ¿por ventura cree usted que no hay otra cosaque hacer sino escribir cuando se va de camino?

—No; yo he servido también; he hecho las campañas de Sambre y Mosa, deEgipto y de Italia; pero eso no me impedía mandar noticias.

—Un momento, compañero—interrumpió el sargento—; he estado en Egiptoe Italia como usted, pero la campaña que acabamos de terminar escompletamente especial.

—¡Qué! ¡Ha sido muy dura!

—¡Dura! Era preciso ser de bronce para no dejarse allí los huesos. Todose ha vuelto contra nosotros: las enfermedades, los traidores, loscampesinos, la gente de la ciudad, nuestros aliados; en fin, todo. Denuestra compañía, que se hallaba completa cuando salimos de Falsburg, el21 de enero último, no han vuelto mas que treinta y dos hombres. Meparece que Gaspar Lefèvre es el único recluta que queda. ¡Los pobresreclutas se baten muy bien, pero no tienen costumbre de salvar lapelleja y se deshacen como la manteca en la sartén!

Y diciendo esto, el viejo sargento se acercó al mostrador y se bebió lacopita de un solo trago.

—¡A vuestra salud, ciudadano! ¿Acaso es usted el padre de Gaspar?

—No, soy un pariente.

—¡Pueden ustedes jactarse de ser fuertes en la familia! ¡Vaya unejemplar de hombre de veinte años! Así, a pesar de todo, él ha podidoresistir, mientras que los otros caían por docenas.

—Pero no veo—añadió Hullin, después de un momento de silencio—lo quetiene de particular la última campaña, porque también nosotros hemostenido enfermedades y traidores.

—¡De particular!—exclamó el sargento—; ¡todo era particular! En otrasocasiones, usted debe recordarlo si ha hecho la guerra de Alemania,después de una o dos victorias se había acabado todo; la gente nosrecibía bien; bebíamos vino blanco, comíamos chucruta y jamón encompañía de los pacíficos ciudadanos, bailábamos con sus gordasmujeres. Los maridos, los abuelos, se reían de buena gana, y cuando semarchaba el regimiento todo el mundo lloraba conmovido. Pero ahora,después de Lutzen y Bautzen, en vez de tranquilizarse, la gente lerecibía a uno con cara de mil demonios; no se podía obtener nada sinopor la fuerza; cualquiera hubiera dicho que estábamos en España o enVendée. No sé lo que se les ha metido en la cabeza contra nosotros. ¡Ysi hubiéramos sido sólo franceses, si no hubiésemos tenido que lucharcon esa ralea de sajones y demás aliados que no esperaban mas que elmomento de arrojarse sobre nosotros, hubiéramos escapado bien a pesar detodo, a pesar de ser uno contra cinco! ¡Pero los aliados! ¡No me hableusted de los aliados! Mire usted: en Leipzig, el 18 de octubre último,en plena batalla, los aliados se volvieron contra nosotros y nosfusilaron por la espalda. ¡Eso hicieron nuestros buenos amigos lossajones! Ocho días después, nuestros antiguos y excelentes amigos losbávaros tratan de cortarnos la retirada y hay que pasarlos a cuchillo enHanau. Al día siguiente, cerca de Francfort, se presenta otra columna debuenos amigos, que hay que exterminar. En fin, mientras más se matan,más salen. Y henos ahora de este lado del Rin. Seguramente, desde Moscúse han puesto en marcha contra nosotros amigos de tal calaña. ¡Ah! ¡Silo hubiéramos previsto después de Austerlitz, Jena, Friedland y Wagram!

Hullin se había quedado muy pensativo.

—Y ahora, ¿en qué estamos, mi sargento?

—Estamos en que ha sido preciso repasar el Rin, y que todas nuestrasplazas fuertes del otro lado se hallan bloqueadas. El 10 de noviembrepasado el príncipe de Neufchatel pasó revista al regimiento enBleckheim; el tercer batallón ha disuelto sus efectivos en el segundo, yel cuadro recibió la orden de estar preparado para marchar al depósito.Cuadros no faltan; lo que faltan son hombres. Hace más de veinte añosque se nos sangra por los cuatro costados; por consiguiente, nada deextraño tiene...

Europa entera avanza... El emperador está en Parístrazando el plan de campaña,... en el supuesto que nos dejen respirarhasta la primavera...

En aquel momento, Wittmann, que se hallaba de pie cerca de la ventana,comenzó a decir:

—Aquí llega el gobernador, que viene a inspeccionar las talas que sehacen alrededor del pueblo.

En efecto; el comandante Juan Pedro Meunier, llevando un gran sombrerode picos y la faja tricolor a la cintura, atravesaba la plaza.

—¡Ah!—dijo el sargento—, voy a pedirle que firme la hoja de ruta.Perdón, ciudadano; me veo obligado a dejarle.

—Como usted quiera, mi sargento, y gracias. Si vuelve usted a ver aGaspar, dígale que le lleva un abrazo de Juan Claudio Hullin y queesperamos noticias suyas en la aldea.

—Bien..., bien..., no dejaré de hacerlo.

El sargento salió, y Hullin vació su jarro, muy pensativo.

—Señor Wittmann—dijo al cabo de un momento—, ¿y mi paquete?

—Está preparado, maestro Juan Claudio.

Después, volviéndose hacia la puerta de la cocina, gritó:

—¡Gredel!... ¡Gredel! Trae el paquete de Hullin.

Una mujercita apareció y dejó en la mesa un rollo de pieles de carnero.Juan Claudio metió el palo que llevaba en el tubo que aquéllas formabany se lo puso al hombro.

—¿Cómo? ¿Se va usted en seguida?

—Sí, Wittmann; los días son cortos, y los caminos, a través de losbosques, difíciles después de las seis; tengo que llegar a buena hora.

—Entonces, buen viaje, maestro Juan Claudio.

Hullin salió y atravesó la plaza apartando la vista del convoy, queestaba aún parado a la puerta de la iglesia.

Y el posadero, detrás de la ventana, al verle alejarse a buen paso, sedecía:

—¡Qué pálido estaba cuando entró! No podía sostenerse sobre laspiernas. ¡Es raro!

Un hombre rudo, un veterano que se asusta de tan pocacosa. Por mi parte, ya puedo ver pasar cincuenta regimientos tendidossobre los carros y me preocuparía tanto de ellos como de mi primerapipa.

IV

Mientras Hullin se enteraba del desastre de nuestros ejércitos ymientras se dirigía lentamente, cabizbajo y preocupado, hacia la aldeade Charmes, todo seguía su marcha acostumbrada en la granja de «ElEncinar». Nadie pensaba ya en el extraño relato de Yégof, nadie secuidaba de la guerra; el viejo Duchêne llevaba los bueyes al abrevadero;el pastor Robin removía la cama del ganado, y Anita y Juana desnatabanlas ollas de leche cuajada. Catalina Lefèvre, sola, seria y callada,pensaba en los pasados tiempos, mientras vigilaba con aspecto impasiblelas idas y venidas del pequeño mundo que la rodeaba. Aquella mujer teníademasiada edad y era demasiado seria para olvidar en un día lo que lehabía tan vivamente conmovido. Al llegar la noche, después de la cena,Catalina marchose a la sala contigua, en la que se le oyó sacar el librode apuntes del armario y colocarlo en la mesa para ajustar sus cuentascomo de ordinario.

Luego los hombres comenzaron a cargar un carro de trigo, legumbres yaves de corral, porque al día siguiente había mercado en Sarreburg, yDuchêne tenía que salir al amanecer.

Imaginaos aquella amplia cocina con la gente a punto de acabar sustareas, antes de marcharse a acostar; el enorme puchero negro, lleno deremolacha y patatas destinadas al ganado, humeando sobre un inmensofuego de leña que se consumía formando tulipanes de oro y púrpura; losplatos, las escudillas y las soperas reluciendo como soles en el vasar;las ristras de ajos y de cebollas bermejas colgadas en hilera de lasobscuras vigas del techo, entre los jamones y las lonjas de tocino;Juana, con su papalina azul y su faldilla roja, agitando lo que conteníael puchero con un cucharón de madera; los jaulones de mimbres, en losque cacarean las gallinas con el rubio gallo, que pasa la cabeza entrelos barrotes y mira la llama con ojo interrogante y la cresta caídaencima de la oreja; el dogo Michel, de cabeza aplastada e hinchadoscarrillos, husmeando una escudilla olvidada; Dubourg, bajando la obscuraescalera que cruje, a la izquierda, inclinado hacia adelante, con unsaco sobre el hombro y el brazo arqueado, apoyado en la cadera, mientrasque fuera, en medio de la negra noche, el anciano Duchêne, de pie en elcarro, levanta la linterna y grita:

«Este hace quince, Dubourg; faltantodavía dos.» También se ven, colgados de la pared, una liebre vieja yrubia, traída por el cazador Heinrich para venderla en el mercado, y unhermoso gallo, cuyas plumas tenían visos verdes y rojos, con el ojoempañado y una gota de sangre en la punta del pico.

Eran cerca de las siete y media cuando se oyó un ruido de pasos a laentrada del patio. El perro se adelantó hasta el umbral refunfuñando;mas al llegar allí respiró el viento de la noche, y después volviótranquilamente a lamer de nuevo su escudilla.

—Debe de ser alguien de la casa—dijo Anita—, porque Michel no semueve.

Casi al mismo tiempo Duchêne gritó desde fuera:

—Buenas noches, maestro Juan Claudio. ¿Es usted?

—Sí, vengo de Falsburg y quiero descansar un momento antes de llegar ala aldea.

Catalina ¿está ahí?

Entonces pudo verse al buen hombre aparecer a la luz con su anchosombrero echado hacia atrás y el rollo de pieles de carnero al hombro.

—¡Buenas noches, hijos míos!—dijo Juan Claudio—, ¡buenas noches!...Siempre ocupados...

—Gracias a Dios, sí, señor Hullin, como usted ve—respondió Juanariendo—. Si no se tuviese nada que hacer, la vida sería demasiadoaburrida.

—Es verdad, hija mía, es verdad: sólo el trabajo suele producir esosfrescos colores y esos ojos tan grandes y vivos.

Juana iba a contestar cuando la puerta de la sala se abrió, y adelantoseCatalina Lefèvre, dirigiendo a Hullin una mirada profunda como paraadivinar de antemano las noticias que traía.

—Y bien, Juan Claudio, ¿ya está usted de vuelta?

—Sí, Catalina. Hay de todo: bueno y malo.

Ambos penetraron en la sala, que era una habitación alta y bastantegrande cubierta de maderas hasta el techo, con armarios de robleprovistos de brillantes herrajes, con una estufa en forma de pirámideque comunicaba con la cocina, un reloj antiguo que contaba los segundos,dentro de una caja de nogal, y un gran sillón de cuero, articulado poruna cremallera, que había sido usado por diez generaciones de ancianos.Juan Claudio no entraba nunca en aquella sala sin recordar al abuelo deCatalina, a quien le parecía ver aún con la cabeza blanca, sentado enla sombra, detrás del hogar.

—¿Qué hay?—preguntó la labradora ofreciendo un asiento al almadreñero,que acababa de dejar el rollo de pieles en la mesa.

—Pues de Gaspar, las noticias son buenas; el muchacho está bien, aunqueha sufrido muchas penalidades... ¡Tanto mejor! ¡Así se forma lajuventud!... Pero en cuanto a lo demás, Catalina, los asuntos van mal:¡la guerra, la guerra!...

Hullin sacudió la cabeza; Catalina, con los labios contraídos, se sentófrente a él, muy derecha en la silla, con los ojos fijos y atentos, ydijo:

—¿De modo que la cosa está mal... decididamente... y tendremos laguerra aquí?

—Sí, Catalina; de un día a otro veremos llegar a los aliados a nuestrasmontañas.

—Lo sospechaba..., estaba segura de ello; pero hable usted, JuanClaudio.

Entonces Hullin, con los codos hacia adelante, las gruesas orejas rojasentre las manos y bajando la voz contó lo que había visto: las talasalrededor de la ciudad, la distribución de las baterías en las murallas,la publicación del estado de sitio, los carros de heridos en la plaza dearmas, la conversación con el viejo sargento en casa de Wittmann y elresumen de la campaña. De vez en cuando hacía una pausa, y la ancianalabradora entornaba los ojos lentamente como para grabar los hechos ensu memoria. Cuando Juan Claudio habló de los heridos, la buena mujermurmuró en voz baja: «¡Gaspar se ha escapado de ésta!».

Por último, cuando acabose aquella lúgubre historia, hubo un largosilencio y ambos se miraron sin decir una palabra.

¡Cuántas reflexiones, cuán amargos sentimientos invadían sus almas!

Así que pasaron unos instantes, la anciana, sobreponiéndose a losterribles pensamientos que la embargaban, dijo gravemente:

—¿Ve usted, Juan Claudio, como Yégof no estaba equivocado?

—Sin duda, sin duda, no estaba equivocado—respondió Hullin—; pero¿qué prueba eso? Un loco que va de pueblo en pueblo, que sube y baja deAlsacia a Lorena, que va de acá para allá, nada de extraño tiene que veao que de cuando en cuando diga una verdad en medio de sus desvaríos. Ensu cabeza todo se embrolla, y los demás creen comprender lo que él mismono comprende. Pero no se trata de historia de loco, Catalina. Losaustriacos se acercan y lo que se trata de saber es si los dejaremospasar o si tendremos el valor de defendernos.

—¡De defendernos!—exclamó la anciana, cuyas pálidas mejillas seestremecieron—

. ¡Si nosotros tendremos el valor de defendernos! No esconmigo, Hullin, con quien tiene usted que hablar. ¡Cómo!... ¿Acasovalemos menos que nuestros antepasados?

¿Acaso ellos no se handefendido?... ¿No ha sido preciso exterminarlos a todos, hombres,mujeres y niños?

—Entonces, Catalina, ¿usted es partidaria de la defensa?

—¡Sí, sí..., en tanto que me quede un soplo de vida! ¡Que vengan, quevengan! ¡La vieja de las viejas aquí les espera!

Sus largos cabellos grises se agitaron, sus pálidas y contraídasmejillas se estremecieron y sus ojos despedían relámpagos. En aquelmomento Catalina parecía hermosa, hermosa como la anciana Margarita dela que había hablado Yégof. Hullin le tendió la mano en silencio,sonriendo de entusiasmo, y dijo:

—¡Perfectamente, perfectamente!... En la familia somos siempre lomismo. No puede usted negar quién es, Catalina; ya está usted en marcha;pero tenga un poco de tranquilidad y óigame. Nosotros vamos a luchar;pero ¿con qué medios?

—Con todos; todos son buenos: las hachas, las hoces, los bieldos...

—Desde luego; pero los mejores son los fusiles y las balas. Fusilestenemos, porque todo campesino guarda el suyo encima de la puerta; pero,desgraciadamente, nos hacen falta pólvora y balas.

La anciana labradora se había tranquilizado súbitamente, y mientrasrecogía sus cabellos debajo de la cofia miraba hacia adelante, como alazar, con aire pensativo.

—Sí—añadió Catalina bruscamente—, pólvora y balas hacen falta, esverdad; pero ya tendremos. Marcos Divès, el contrabandista, tiene enabundancia; mañana irá usted a verle de mi parte, y le dirá que CatalinaLefèvre compra toda la pólvora y todas las balas de que disponga; queella paga; que venderá su ganado, su granja, sus tierras..., todo...,todo, para adquirirla; ¿comprende usted, Hullin?

—Sí, comprendido; es muy hermoso lo que usted hace, Catalina.

—¡Bah! Muy hermoso..., muy hermoso—replicó la anciana—; es muysencillo: