La Horda by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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—Hoy voy tarde a la busca, pero no importa. Mi parroquia es segura ybuena: cafés de la Puerta del Sol, comercios antiguos de la calle delCarmen. Hay casa que la tengo cuarenta años; a los dueños de ahora loshe conocido niños, y cuando lloraban les hacían miedo amenazándoles conel tío Polo, que se los llevaría en el carro. Entonces tenía más humor ymejores trajes. A mí siempre me ha gustado vestir bien. ¿Ven ustedesesta prenda de pieles, que ni el rey la lleva? Pues la he hecho yo; y yotambién otra que guardo en casa para los días de fiesta, con cintajos decolores y espejuelos que quitan la vista: un uniforme de magnate de lasgrandes Indias, según dice Isidrillo. En otros tiempos solía vestirme deperegrino para ir a la busca, pero los chicos me seguían como unos bobosy los guindillas me amenazaban con llevarme a la prevención. ¿Por qué,señores míos?... Lo que yo les decía: ¿Qué somos todos en este mundo,mas que peregrinos que vamos pidiendo a los demás y caminando hastallegar al final de nuestra vida? Peregrino es el rey, que pide a los deabajo los millones que necesita para vivir en grande; peregrinos losricos, que viven de lo que les sacan a los pobres; peregrinos nosotros,los medianos... y no digo los de abajo, porque es feo. No hay criaturade Dios que esté abajo. De abajo sólo son los animales. Nosotros somoslos medianos.

Y hablaba mirando a lo lejos, con cierta vaguedad conocida de Maltranacomo precursora de un chaparrón de divagaciones.

—¡ Zaratustra, que te remontas!—exclamó el joven—. No nos aplastescon tus incoherencias filosóficas.

—Bueno estoy para remontarme. No he podido dormir en toda la noche...Estas malditas piernas; el reúma, que se me agarra a ellas como un perrorabioso. ¡Qué tiempo! Y lo peor es que durará toda esta luna. Ya sabes,Isidrillo, que yo entiendo de tales cosas. Nada de librotes, nicompases, ni mapas, como los sabios. He pasado mi vida en el campo,viendo el cielo de noche y de día. Para mí no tiene secretos.

Créameusted, señor—añadió dirigiéndose al del fielato—; el sol es el cuerponoble, y de él viene todo lo bueno. Pero antes de que llegue hastanosotros pasa por cuatro cuerpos: el azul, el rojo, el amarillo y elverde. Por eso vemos el arco iris. Según el color que predomina, así esel tiempo. Además, están los ocho vientos; pero éstos sólo los entiendeel que los maneja, que es Dios. ¿No es esto cierto y clarísimo? Pues losseñores sabios no quieren oírme. He ido muchas veces al Observatorio adar buenos consejos, y no me dejan pasar de la puerta, diciendo que yatienen quien recoja la basura. Así anda todo en este país. No se ocupanadie de las cosas del cielo, y en el cielo está el pan. Sin lluvia nohay agricultura, y la agricultura es la más noble profesión del país.Hay que protegerla; hay que ayudar al mediano; que gaste el de arriba,ya que tiene, pero que no sea todo para él...

Maltrana interrumpió al viejo. Era capaz de permanecer allí toda lamañana si seguían escuchándolo. Le esperarían sus parroquianos; suayudante, el Bobo, lanzábale miradas de impaciencia; el pobre Coleta aguardaba a que le dejase subir en el carro para ir a Madrid.

—Sube, vida perdurable—dijo Polo con vocecilla misericordiosa.

El borracho se encaramó en el vehículo, arrastrando su saco vacío, y Zaratustra tiró de las riendas, haciendo salir a la mula oblicuamentepara ganar el centro del camino.

—Adiós—dijo el trapero—. No olvides, Isidrillo, que la abuela teespera. Ve por allá; le darás una alegría a la pobre... Y usted, señor,acuérdese de lo que le dice un viejo que sabe algo. Hay que ayudar almediano. El mediano es el que da el pan.

Hablaba con la cabeza vuelta hacia el fielato, tirando de las riendas ala mula, sin ver adónde marchaba ésta. El carro chocó con un tranvía queacababa de detenerse en la glorieta de los Cuatro Caminos. La punta deuna de sus barras hizo saltar del vagón varias costras de barniz y unaligera astilla.

Los empleados prorrumpieron en imprecaciones y echaron pie a tierra,insultando a Zaratustra.

Corrió la gente, aproximáronse los del fielato, y se formó un grancírculo de curiosos en torno del carro y de los que agitaban sus brazosincrepando al trapero.

—No hay que enfadarse, caballeros—dijo el viejo con vocecillatriste—. Ya sé lo que es esto: tómenme ustedes el nombre.

Uno de ellos escribió las señas del tío Polo, sin dejar de amenazarlepor su torpeza, augurando que iba a costarle cara la fiesta. Rara era lasemana que no tenía algún encuentro con los tranvías. A su edad debíaquedarse en casa, sin meterse a guiar bestias.

Partió el vagón, alejáronse los curiosos, y Zaratustra arreó de nuevoa la mula, mientras el Bobo y el borracho callaban, anonadados por elaccidente.

—Tú, Isidrillo—dijo al joven—, ya que escribes en los papeles yconoces personajes, veas si puedes arreglarme esto.

Pero el viejo, antes de que Maltrana le contestase, sonrió tristemente ysiguió diciendo con expresión de desaliento:

—No te canses: es inútil. Adiós, señores. A Madrid, mula... Pagaré comosiempre.

¿Quién se mete con esos señores que son los amos? Paga tucrimen, ya que por ir a ganar el pan estropeas un poco de pintura. Ellostienen millones, y pueden reventar con sus coches a un pobre diablotodas las semanas; pueden cubrir la puerta del Sol con una parrilla dealambres del demonio, que el día que se caiga matará a medio Madrid...Es el planeta de las criaturas. El lobo se come al cordero, el milano ala paloma, el pez gordo al pequeño, y hay que dar gracias al ricoporque, pudiendo tragarse al mediano, le deja vivir para que pene.

Así hablaba Zaratustra.

II

Al recordar Isidro Maltrana su pasado, deteníase en los años de suinfancia transcurridos en el Hospicio. Algo había en su memoria que lehablaba de una existencia anterior; pero eran recuerdos confusos, vagasremembranzas cortadas por obscuras lagunas de olvido, y envuelto todo enuna niebla pálida que amasaba personas y sucesos.

El recuerdo más remoto era el de un patio de casa de vecindad, que a él,en su pequeñez, le parecía inmenso, con una luz triste y fatigada quevenía de lo alto, enturbiándose al resbalar por las paredes grasientas,al filtrarse por entre las ropas astrosas pendientes de las galerías.

Se contemplaba andando a gatas por un corredor interminable, ante unafila de puertas numeradas con esa uniformidad que luego había visto encuarteles y presidios.

Muchas mujeres sentadas ante las puertas cosían ycharlaban. Otras veces reñían, y al ruido de sus voces poblábanse lasbarandillas de bustos echados adelante por una malsana curiosidad, decabezas greñudas que azuzaban a las contendientes como bestias rabiosas.

Al anochecer llegaban los hombres. Mostrábanse tristes, fatigados, conel ceño torvo, parcos en palabras, sin otro deseo que el de pedir lacena, maldiciendo sordamente al maestro, a los compañeros, a todos losricos, a la vida adusta e ingrata, que sólo tenía para ellos rudezas ychoques. Otros días llegaban más tarde, y mientras las mujeres contabanmontoncillos de monedas, partiéndolos, como si estas divisionesrespondiesen a un cálculo anterior, ellos cantaban, reían, se llamabande puerta a puerta, de piso a piso, con una alegría de pájaro, olvidadosde sus miserias, dominados por la felicidad del momento, que creíaninterminable, hablando de volver a la taberna, en la que habían hechouna larga detención antes de llevar a casa su jornal.

A mediodía, la madre de Maltrana le tomaba en uno de sus brazos, ypasando el otro por el asa de la cesta, iba en busca de su marido, elalbañil. Comían en las aceras de las calles estrechas y pendientes,junto al pavimento de agudos guijarros; otras veces en plena Castellana,a la sombra de un árbol, viendo pasar lujosos carruajes que, heridos porel sol, echaban rayos de su charolado exterior, y sombrillas rojas yazules, graciosas cúpulas de seda, bajo las cuales marchaban señoraselegantes, precedidas de niños enguantados y con huecos faldellines, queel hijo del albañil contemplaba con asombro. Sentábanse ante el hondoplato, en el cual volcaba la madre el pucherete de los días deabundancia o un pobre guiso de patatas al final de la semana. Lasráfagas del invierno cubrían la comida de polvo y hojas secas. Cuandorompía a llover apenas volcado el puchero, la familia se refugiaba en unportal para engullir el resto de su pitanza.

El pequeño conocía la llegada de los domingos por la comida, que eratambién al aire libre, pero sin andamios cerca, sin la vecindad deblusas blancas, en las afueras de la población, sentados en la hierbarala de algún solar sembrado de botes de lata, pedazos de botellas yzapatos viejos; viendo sobre el perfil de los inmediatos desmontes labucólica silueta de una cabra tristona o de una vaca tísica; escuchandoel vals loco martilleado a toda velocidad por el piano del merendero, alcual iba su padre para llenar de vino el cuadrado frasco. ¡Cómorecordaba Maltrana las tortillas de escabeche de los días de fiesta, enmedio del campo yermo invadido por los residuos de la ciudad! ¡Cómo lospucheretes con piltrafas de tocino, junto a las vallas de los edificiosen construcción!... Su madre apenas comía; sólo se ocupaba de él,llevando una mano al plato, mientras con la otra le sostenía en suregazo. Con el instinto maternal de los pájaros, tenía que pasarlo todopor su pico antes de que lo tragase el pequeñuelo. Llevábase la cucharaa la boca, soplaba en ella, la acariciaba con el aliento, y sólo tras deesta purificación se decidía a ofrecerla a su hijo, que, echando atrásla cabezota de pelos sedosos, mostraba sus encías desdentadas, supaladar sonrosado, de una palidez anémica. El padre comía mientras tantocon ávido silencio, devorando lo mejor del plato, y sólo al beber lasúltimas gotas se fijaba en el chiquitín, pasándolo a sus rodillas. Ledaba pequeños pedazos de queso en la punta de su navaja; reíacontemplando sus gestos, la grotesca masticación de su boca, semejante ala de un viejo.

Maltrana, al recordar su pasado, preguntábase muchas veces cómo habíanvivido sus padres. Los había visto reír volviendo de las comidas deldomingo, con una alegría extraordinaria, pugnando él por cogerla deltalle al envolverles la sombra del crepúsculo, defendiéndose ella,escandalizada por estar en medio de un camino. Otras veces—y elrecuerdo después de tantos años aún conmovía al joven—, el padre surgíaen su memoria colérico, con la voz ronca y el rostro congestionado,oliendo a vino, arrojándose con los puños levantados sobre la pobremujer, que corría loca de miedo por el tugurio, esquivando los golpes.Estas escenas de terror acababan siempre con la caída del albañil en elcamastro, fatigado de golpear a la hembra. Al poco rato sonaban susronquidos brutales, mientras la madre, abrazando al pequeño, llorabasobre su cabeza silenciosamente.

De este período embrionario de su memoria, lo que mejor recordaba Isidroeran las gracias de Capitán, un perrillo feo y sucio, camarada demiseria de la familia. Les acompañaba en las meriendas en el campo y lascomidas en las aceras. Rondaba en torno del albañil, esperando las migasde su pan, seguidas de patatas, y una vez satisfecha su hambre tendíasejunto al chiquitín, acariciándolo con sus traviesas patas, frotándole lacara con el hocico húmedo. Las más de las noches dormíase Isidroabrazado a él.

Un día, el pequeño vio salir a su madre desmelenada y vociferando,seguida de otras mujeres no menos trastornadas. Luego, una vecina lecogió en sus brazos, sin contestar a las preguntas que la hacía él coninfantil balbuceo. «¡Hijo mío! ¡pobrecito!» era lo único que sabía deciraquella mujer: se acordaba bien. Y se encontró de pronto en una salagrande, que a él le pareció inmensa, blanca y con azulejos, y vio muchascamas,

¡muchas! con cabezas inmóviles hundidas en las almohadas, y enuna de ellas un rostro entrapajado, casi oculto bajo el cruzamiento delos vendajes, unos bigotes con negros coágulos de sangre y unos ojosvidriosos por el espasmo del dolor, que le miraron tal vez sinreconocerle. Ya no vio más. Se sintió cogido de nuevo. Pero ahora era sumadre la que sollozaba lo mismo que la vecina. «¡Hijo mío! ¡pobrecito!»

La dolorosa visión borrábase instantáneamente en su memoria. Un períodode obscuridad venía luego, y pasado éste, se veía con cierta blusa negraque le daba gran prestigio entre la chiquillería de la vecindad.Tratábanle mejor que antes, como si la desgracia le colocase por encimade todos. Su padre había muerto tras una agonía horrible, magullado ydeshecho por la caída desde un alero. Su madre pasaba los días fuera decasa. Visitaba a sus parientes en solicitud de socorros. La familiaestaba esparcida en los puntos más extremos de Madrid. Unos vivían enTetuán, dedicados a la busca; los de la otra rama, más acomodada yfeliz, hacía años que se habían trasladado al Rastro, y tenían tiendasen las Américas. Pero los socorros disminuyeron así como se fueborrando el recuerdo de la desgracia, y la madre tuvo que buscar trabajoen casas extrañas, servir como asistenta, y volver de noche a su tuguriocon sobras de comida en la cesta, que servían para alimentar al pequeño.

Entonces fue cuando Maltrana entró en el Hospicio. Una señora en cuyacasa trabajaba la madre se apiadó del huérfano del albañil. La talseñora tenía la manía de la limpieza, y cada dos días, al frente de suscriadas y con el esfuerzo de la asistenta, ponía en revolución sushabitaciones, apreciando con honda simpatía a la Isidra por el brío conque apaleaba las alfombras, frotaba las maderas y sacudía un polvoimaginario que parecía haber huido para siempre, asustado de estarabiosa pulcritud. Ella gestionó la admisión del pequeño en el Hospicio,pensando que con esto su madre podría dedicarse con más desembarazo alas faenas. El muchacho, aunque feo, por su charla precoz gustaba muchoa aquella señora sin hijos. Más adelante ya vería de hacer algo por él.

Y comenzó para Maltrana la vida de asilado: una existencia de sumisión,de disciplina, endulzada por el estudio y por los goces que leproporcionaba su superioridad sobre los compañeros. Los maestrosmostraron por él gran predilección.

El director, con toda su grandeza,que le hacía ser considerado en la casa como un ser casi divino, leconocía y se dignaba recordar su nombre. Las monjas le apreciaban por«modosito y discreto», obsequiándole con golosinas. Cuando algúnpersonaje visitaba el establecimiento, Maltrana salía de filas para serpresentado como el mejor producto de la institución.

Así transcurrieron los años, amoldándose Isidro de tal modo a su nuevaexistencia, que sólo en los días de paseo se acordaba de que tenía unafamilia fuera del Hospicio.

Los jueves y los domingos, a la caída de la tarde, se estacionaban en laacera del Tribunal de Cuentas, frente a la portada churrigueresca delHospicio, grupos de mujeres pobres con niños de pecho, viejos obreros, yuna nube de muchachos, que entretenían la espera plantándose en mediodel arroyo para «torear» a los tranvías, esperándolos hasta el últimomomento: el preciso para huir y no ser aplastados.

Eran las familias de los chicos del Hospicio. Las madres venían de losbarrios más extremos de Madrid: lavanderas, traperas, viudas detrabajadores, mendigas, todo el mujerío abandonado y mísero, que procreapor distraer el hambre. Se trataban como amigas al verse allí todas lassemanas. Este encuentro regular unía con estrecha solidaridad a las quevivían en los puntos más apartados de la población.

Esperaban la vuelta de los asilados, que al principio de la tarde habíansalido a pasear por las afueras.

—¡Por allí vienen!—gritaba una mujer, señalando lo alto de la calle deFuencarral.

Los grupos corrían hacia arriba, atropellando a los transeúntes,barriendo las aceras con su impulso, deseando envolver cuanto antes lasfilas de niños vestidos de gris, que avanzaban lentamente, cansados dela expedición.

Muchas mujeres deteníanse, titubeando. Aquel grupo no era el de su hijo.

—¡Vienen por abajo!—gritaba otra.

Y toda la avalancha retrocedía, empujando de nuevo a los transeúntes,ganosa de salir al encuentro de los que llegaban por la parte opuesta.Era un deseo vehemente de encontrarles lo más lejos posible delHospicio, de ganar algunos segundos, de prolongar la rápida entrevista,en la que habían pensado días enteros.

La maternidad apasionada y ruidosa de la hembra popular estallaba confieros arrebatos a la vista de los pequeños. Los besos parecíanmordiscos; las caras de los asilados se enrojecían con los violentosrestregones; muchos se echaban atrás, como temerosos de la primeraefusión. Era el anhelo de resarcirse en un momento de la dolorosaabstinencia maternal, de aquella amputación del más noble de losinstintos impuesta por la miseria.

La formación de los asilados desbaratábase instantáneamente. Los grisesuniformes desaparecían ahogados en el remolino de los grupos. Lasmujeres agarrábanse al cuello de los pequeños y lloraban, sin cesar dehablarles con la incoherencia de la emoción.

—¡Hijo de tu madre... chiquito mío!... ¡Rico!...

Los hermanos rozaban sus harapos de golfos libres con el uniforme, queles admiraba, y no sabiendo qué decir al asilado, enseñábanle ensilencio sus juguetes groseros, sus tesoros, los relucientes botones desoldado, los naipes rotos, los trompos, las «estampas» de un periódicoilustrado, guardadas, en sudorosos pliegues, entre la camisa y la carne.

Algún obrero viejo marchaba solo al lado de un hospiciano. ¡Pobrecito!No tenía madre; estaba, en su desgracia, peor que los otros. Su manocallosa, cubierta de escamas del trabajo, acariciaba las mejillasinfantiles, mientras la cara barbuda miraba a lo alto, pensando en quelos hombres no deben llorar.

—Toma un perro gordo: lo guardaba para «un quince»... Que teapliques... que seas bueno. Pórtate bien con esos señores.

Los asilados avanzaban lentamente, entre los besos, las lágrimas y lasrecomendaciones, llorando también muchos de ellos, pero sin dejar deandar, con una pasividad automática de soldado, como si les atrajese laobscura boca de la portada monumental.

Allí eran los últimos arrebatos de cariño; y las pobres mujeres, despuésde desaparecer sus hijos, aún permanecían inmóviles, mirando conestúpida fijeza, al través de sus lágrimas, al rey que, espada en mano,corona la obra arquitectónica de Churriguera.

Isidro también encontraba a su madre al volver al Hospicio en los díasde paseo.

Abalanzábase con las otras mujeres, rompiendo las filas deasilados, y le abrazaba llorando. La Isidra conocía los progresos de suhijo.

—La señora está muy contenta... Los maestros la hablan mucho de ti.Aplícate, hijo mío; ¿quién sabe a lo que podrás llegar? A ver siresultas la honra de la familia.

Y mientras la pobre mujer hablaba a su hijo, entre sollozos de emoción, Capitán daba saltos en torno de él, esforzándose por lamerle la cara.Maltrana tomábalo en brazos, y así iba hasta la puerta del Hospicio,oyendo a su madre y llorando conmovido por las caricias y los gruñidosdel antiguo compañero de miseria.

Un día, la madre no le esperó sola. Iba con ella un hombre de blusablanca, un albañil, al que recordaba Isidro como vecino del caserón ycamarada de su padre. Era un hombre pacífico, que frecuentaba poco lataberna. Según afirmaban las comadres de la vecindad, había sidoabandonado por su mujer, una buena pieza que andaba suelta por el mundodespués de amargarle la existencia. Maltrana se alegró al verle.

«Elvecino», como él le llamaba, habíale siempre inspirado gran simpatía.Muchas veces, de chiquitín, entraba en su cuartucho, y sentándose en susrodillas, le acariciaba el recio bigote, haciéndole preguntas sobre lasaventuras de su vida. Era un aragonés, parco en palabras, rudo, sobrio,habituado a la obediencia. Había sido soldado en Ultramar y guardiacivil en la Península. De sus años de disciplina guardaba un granrespeto a todo poder fuerte, un hábito de sumisión, que le hacía acogerlas contrariedades con inquebrantable bondad.

Quedose ante el asilado sin saber qué decir, sonriéndole con sus ojos debovina mansedumbre, con su fiero mostacho de veterano, y al fin leacarició la nuca con una manaza dura, en la que el yeso marcaba conentrecruzados filamentos las escamas de la piel.

—Que sigas siendo bueno—dijo con voz fosca y lenta que parecía salirde lo más profundo de su vientre—. Que no disgustes a tu pobre madre.

Y el muchacho se habituó a ver todos los domingos al señor José, como sifuese de su familia.

Un día se presentó solo el albañil, y antes de que el muchacho entraseen el Hospicio, le explicó la ausencia de su madre. La Isidra estabaenferma; no era cosa de cuidado: asunto de quedarse en casa un par desemanas sin bajar a verle. Y cuando pudo descender de aquel barrioextremo, donde se amontonaba la miseria obrera, Isidro la vio más flacay amarillenta, llevando al brazo un envoltorio de ropas por entre lascuales salía un llanto desesperado y unas manecitas crispadas por larabia.

—Mírale, Isidro... Es Pepín: es tu hermano. Bésalo, hijo mío.

Maltrana besó aquel hermano inesperado que de repente surgía en sufamilia; vio en el lío de ropas mojadas y malolientes una cabeza enormesobre un cuello delgado; un cuerpecillo débil que anunciaba una fealdadigual a la suya.

Desde entonces dividió sus caricias entre el chiquitín y el pobre Capitán, que parecía celoso de este huésped que monopolizaba todas lasatenciones de la familia.

Maltrana, años después, al percatarse de las realidades de la vida,había reconstituido la vulgar aventura de su madre, juzgándola conbenevolencia. La pobre mujer, en su soledad, se había sentido atraídapor «el vecino» infeliz, solitario como ella. Las dos desgracias sehabían juntado.

Además, ella necesitaba un arrimo, según declaró a su hijo poco antes demorir. Sus faenas no la daban muchas veces para comer, y aqueltrabajador sobrio y bueno, que no frecuentaba la taberna y acogía lasdesgracias silenciosamente, sin cóleras y sin golpear a la hembra, valíamás que su marido.

Vivían «amontonados»—palabras de las vecinas—, sin que esta situaciónirregular produjese el menor escándalo en un caserón donde la miseriafavorecía promiscuidades merecedoras de mayores repugnancias.

El señor José, en su acatamiento supersticioso a todo lo establecido,quería salir de este arreglo anormal. El no iba a misa, pero sentía granrespeto por la religión, como una autoridad más de las que hacen marcharal hombre derecho. Por eso deseaba casarse como Dios manda. Aquellapájara que tanta guerra le dio en su matrimonio debía de haber muerto;habría reventado en el Hospital de San Juan de Dios o en medio de lacalle. Sólo faltaba sacar el «mortuorio», y se casaban inmediatamente.Pero la Isidra negose a esto. ¿Y su hijo? ¿No expulsarían a su Isidríndel Hospicio al tener un padre que trabajase por él?... Ella le queríaallí; le quería sabio, ya que, según los informes de los maestros, ibapara ello, y la señora mostrábase cada vez más dispuesta a hacer de élun señorito, un hombre de carrera.

Tenía fe en el porvenir de su hijo.Sería rico y personaje. ¿Quién podría afirmar la imposibilidad de queella pasase su vejez en un hotel, con carruaje y grandes sombreros, lomismo que las señoras cuyas casas frecuentaba para trabajar como unabestia?...

—Mi Isidro tiene buena estrella. No faltará quien le empuje, hasta quesepa seguir solíto su camino.

En las grandes fiestas del año, el muchacho salía del Hospicio parapasar el día en la casa de su protectora. Isidra refugiábase en lacocina con las criadas, trémula de emoción al ver a su hijo en elcomedor, sentado junto a la señora y hablando con los amigos de ésta,todos personajes de imponente gravedad. Hacían preguntas al muchachopara apreciar sus adelantos, y a todos los asombraba con la rapidez yaplomo de sus respuestas. ¡Que le fuesen al nene con preguntitas!...Isidra, oculta tras un portier, llamaba a las criadas para queadmirasen al chico. Era el propio Niño Jesús discutiendo con losdoctores del Templo, tal como ella lo había visto en ciertas estampas.

La señora mostrábase satisfecha de su protegido. Los elogios de losamigos, gente seria y parca en la admiración, los aceptaba como otrostantos halagos a su amor propio. Isidro era su obra. Además, le queríapor su carácter tranquilo, por su timidez, que le hacía permanecer horasenteras en una silla, sin atentar a la limpieza de su salón y al buenorden de las cosas, que eran en ella una manía.

Viéndole tan sabio, quiso costearle la carrera del sacerdocio. PeroMaltrana, a pesar de su timidez, acogió la oferta con un mohín dedisgusto. ¿No tenía vocación de cura?... La buena señora no quiso torcersu voluntad. Que estudiase lo que quisiera; al fin, en todas lasprofesiones se podía servir a Dios y defender las sanas doctrinas de laspersonas decentes.

Maltrana comenzó a estudiar el bachillerato sin salir del Hospicio. Cadacurso fue un motivo de entusiasmo para su protectora y su madre.Premios, matrículas honoríficas, palabras de satisfacción del director,ufano de que el establecimiento incubase tal prodigio.

—Se bebe los libros—decía la Isidra—. Yo no sé de dónde he sacado aeste fenómeno.

El señor José sólo le veía de tarde en tarde. Su mujer no osaba llevarloa casa de la señora, por miedo a que ésta se enterase de su situaciónirregular. Isidro ya no paseaba con los demás asilados; y cuando elalbañil le encontraba casualmente, hablábale con respeto, como sipresintiera en él a un futuro representante de aquella autoridad que leinspiraba religiosa admiración.

—Eso marcha, muchacho. Sigue zurrando a los libros. Tú irás lejos...Te lo digo yo, que he visto de cerca a los grandes personajes.

Y pensaba en su hijo, en su Pepín, que ya tenía siete años y llevabadescalabrados a varios chicos de la vecindad. Era un genio asombrosopara echar la zancadilla y poner la piedra donde fijaba el ojo. Pepínpertenecía a otra raza: la de su padre. Había nacido para obedecer, paraquedarse abajo.

Cuando Maltrana terminó el bachillerato, la señora se lo llevó a sucasa. No podía seguir en el Hospicio, y era indigno de un futuro sabio,de un señorito, vivir en la casucha de su madre. Isidro comenzó a seguiren la Universidad Central los cursos de Filosofía y Letras. Quería serdoctor, luego catedrático, y después... ¡quién sabe a lo que podríallegar después!...

La señora admiraba la pureza de sus costumbres tanto como sus estudios.Terminadas las clases, todavía acompañaba a algún profesor hasta sudomicilio,

prolongando

de

este

modo

la

lección.

Aquellos

buenos

señores,conociendo su origen, le trataban con gran afecto.

Después, al volver a casa, se encerraba en su cuarto, lleno de libros.La protectora apreciaba la marcha de su sabiduría por la cantidad devolúmenes que le rodeaban. Su generosidad estaba pronta a todas horaspara nuevas adquisiciones, y Maltrana, en plena borrachera de saber, seaprovechaba de ella largamente. Una ola de libros invadía el cuarto, ydespués de extenderse sobre los muebles, dejando en ellos altas pilas depapel impreso, esparcíase por el inmediato pasillo. La señora, llena deadmiración por aquel sabio de diez y siete años, al que no apuntaba aúnel bigote, no osaba tocar uno solo de los volúmenes. Veía algunos encaracteres extraños, que, según su pupilo, estaban escritos en griego;otros en latín, como los libros de rezo. Los escritos en francés, enalemán o en inglés la turbaban con el misterio de sus páginasincomprensibles. ¿Qué dirían tantos libracos? Seguramente que no erantodos en pro de la religión y las buenas costumbres. El alma simple dela buena señora aceptaba la sabiduría como cosa útil, ya que lahumanidad se regía por ella, concediéndola grandes honores; más allá, enel fondo de su ánimo, sentía aversión y desconfianza, mirándola comoarma útil para defenderse de los males del mundo, pero que encerraba ensu seno un peligro de muerte. Al ver a Maltrana sumido a todas horas enel estudio, sentía cierto miedo por la suerte de su alma. Poníaseentonces la mantilla, y con traje negro y el rosario en la muñeca,entraba en el cuarto del estudiante.

—Isidrín, hijo mío, te vas a matar estudiando tanto... Acompáñame.

Se lo llevaba a misa o a la novena, a los templos donde se anunciabansermones de predicadores de cartel. Maltrana cerraba sus libros sin ungesto de disgusto, pasando de un salto de la filosofía revolucionaria,que devoraba con ansias de neófito, a la devoción fetichista y estrechade la pobre vieja, crédula para todos los milagros y más aficionada alos santos que a Dios.

Aceptaba esta servidumbre sin esfuerzo, con cierto placer, como unamanifestación de gratitud hacia aquella alma buena que le habíaarrancado del bajo fondo social para trasplantarle a un terreno mássano.

Con el gesto grave y respetuoso de un servidor nacido en la casa yligado a la señora por el afecto, dábala el brazo al bajar y subir lasescaleras, y la acompañaba a las iglesias, buscando los mejores sitiospara que gozase con toda comodidad de las místicas ceremonias.

Los parientes de la anciana huían de su casa, ofendidos por el maternalafecto con que distinguía al estudiante. Era un despecho de herederosque se consideraban despojados por el intruso, por el hijo de «laasistenta», como le llamaban con tono despectivo. Cuando alguna vezencontraban en la calle, de vuelta de las iglesias, a la vieja y suprotegido, leía Maltrana el odio en las miradas de aquellas gentes.

«Tú vas a llevarte el gato... ¡ladrón!», parecían decirle con losojos.

Y al mismo tiempo le sonreían y celebraban con palabras dulzonas susprogresos universitarios, como si temieran malquistarse con él.

La excelente salud de la dama parecía burlarse de los pensamientosegoístas de su familia. Aquella enamorada de la limpieza se quitaba deencima los años con igual facilidad, según ella, que sacudía un polvoilusorio de todos los rincones de su casa.

—Tengo cuerda para rato—decía alegremente al protegido al hablar de suedad—.

Pienso verte hecho un personaje; ser tu madrina cuando te casescon una señorita buena y cristiana que yo te buscaré. También piensosacar de pila a tus hijos...

—Viva usted muchos años—contestaba Maltrana gravemente, al mismotiempo que la emoción humedecía sus ojos.

Un día, al volver de la Universidad, el joven encontró la casa en plenarevolución.

La señora estaba en la cama, con los ojos cerrados, lafrente envuelta en lienzos que exhalaban un olor fuerte, la boca lívida,entreabierta por un ronquido doloroso. Había caído al suelo de repente,herida por el rayo de la congestión. Los médicos aturdían la casa,ordenando remedios desesperados; los parientes llegaban ávidos yjadeantes, con el azoramiento de la inesperada noticia.

Al día siguiente murió la señora. La familia trató a Maltrana con ciertabenevolencia, haciéndole partícipe de sus acuerdos para el entierro.Todos ignoraban la voluntad de la muerta. Respetaban a Maltrana,temiendo que a última hora resultase el amo de todo. Algunos hasta leiniciaron sus deseos de apropiarse de ciertos muebles de la difunta. Eljoven siguió algunos días en la casa, asistiendo a los registros a quese entregaba la familia, vigilando la rebusca, el manejo de llaves, eltirar de cajones no abiertos en muchos años, que llenaban el suelo deropas antiguas y olvidados objetos. Removían la casa, esparciendo sucontenido con la misma confusión e igual azoramiento que si hubieseentrado en ella una banda de ladrones.

Pero transcurrieron dos semanas sin que apareciesen indicios detestamento, un simple papel que revelase la voluntad de la muerta. Laseñora, segura de su salud, creyendo disfrutarla hasta una edadavanzada, no había pensado en la suerte de su protegido, reservando paramás adelante su testamento, con el temor supersticioso de atraerse lamuerte si se preparaba para ella.

La actitud de la familia cambió de pronto. Maltrana permaneció en sucuarto, sin que le llamasen. Los parientes registraban e inventariabanpor su propia cuenta, olvidados de él. Cuando le veían, su mirada eradura, sus palabras agresivas, como si quisieran vengarse de una vez dela adulación con que le trataron antes, del miedo que les habíainspirado.

La orden para que saliese de aquella casa que ya no era suya se la dioun sobrino de la señora, al que ésta había odiado por su carácteregoísta y por varios engaños en asuntos de dinero. Acaudillaba a todoslos parientes, imponiéndoles miedo y respeto.

Era un senador, granpropietario de Castilla, que había pronunciado discursos en pro de lareligión y de los trigos, y consideraba a todos los gobiernos pococonservadores y de mano blanda porque no enviaban a presidio a lospartidarios de la impiedad y a los defensores de la introducción decereales extranjeros con el fútil pretexto de abaratar el pan.

Maltrana escuchó en silencio la sonora arenga del importante personaje.Nada le quedaba que hacer en una casa que no era la suya. La difunta sehabía olvidado de su suerte; no le faltarían razones para ello: bastantehabía hecho sacándole de su mísera condición. Pero la familia, con eldeseo de no desatender el más leve vestigio de la voluntad de la finada,había resuelto protegerle para que terminase su carrera. Iban a darle deuna vez tres mil pesetas, cortando para en adelante toda relación ycompromiso. Además, podía llevarse todos sus libros; pero era precisoque abandonase la casa cuanto antes.

Y el personaje, sacando su cartera para entregar tres billetes de milpesetas, no sin antes invitar a Maltrana a que firmase un recibo,obsequió al joven con un nuevo discurso empedrado de buenos consejos.Había que acometer de frente la vida. La vida es seria; la vida no es unjuego, joven amigo. El no había hecho hasta entonces mas que jugar,pasar la existencia dulcemente al lado de aquella señora que era unasanta.

(Aquí un saludo para la santa, merecedora de los mayores respetospor haber muerto sin testamento.) Había que trabajar, joven. Tres milpesetas son un capitalito; con menos comenzaron otros y llegaron amillonarios. Podría terminar su carrera y ser hombre de provecho.

—Toda la vida de antes ha sido un sueño, no lo olvide usted—continuóel orador—.

Y no hay que soñar, joven. Hay que ser práctico.

Después de estos consejos, don Gaspar Jiménez, senador, primer marquésde Jiménez, título pontificio que un prelado amigo le había alcanzadocon algunas ofrendas bien regateadas al dinero de San Pedro, se dignóestrechar la mano del joven, recomendándole otra vez que desaparecieracuanto antes.

Maltrana se marchó con todos sus libros a una casa de huéspedes cercanaa la Universidad, donde vivían algunos de sus compañeros de aula. Laexistencia de estudiante fue para él una revelación de las alegrías dela vida.

Algunas tardes iba a la Sacramental de San Martín, un cementerio hermosoy apacible como un vergel, que estaba cerrado hacía algunos años, peroen el cual se había reservado su protectora un nicho al lado del de suesposo. El era el único que visitaba la tumba. Los parientes, ocupadosen el reparto de la herencia y amenazándose con litigios, no seacordaban de sustituir con una lápida de mármol el trozo de hule conletras de cartón doradas que cubría la boca de la sepultura.

Aquelcementerio de novela, con sus grupos de rectos cipreses, sus columnatasorientales y sus parterres de rosas, despertaban en el joven una dulcemelancolía, haciendo revivir en su memoria la imagen de la buena dama.

Esta impresión desvanecíase al volver Isidro por la noche a los cafésinmediatos a la Universidad, donde se reunían las alegres tertulias deestudiantes, arrullados por los conciertos de piano y cornetín.

—La vida es alegre—decía sentenciosamente—. Hay que dar a la vida unsentido helénico.

Y el helenismo del pobre muchacho consistía en fumar por primera vez,beber copas de marrasquino, único licor que toleraba su paladar decalavera griego, enviar cartitas de amor en versos clásicos a lascostureras o a las hijas de ciertas señoras de clases pasivas quepasaban la velada en el Café de Peláez o en el de la Universidad, y endesaparecer por media hora en algún portal de los callejones inmediatos,llevándose tras él a la infeliz que paseaba la acera haciendo suguardia.

Maltrana continuó los estudios con el mismo aprovechamiento, a pesar desu alegría helénica. Su madre quiso que siguiese viviendo en la casa dehuéspedes: un sabio como él no podía estar en un casuchón de lasafueras, entre albañiles, obreros de la villa y vagabundos. ¡Qué diríansus amigos!... La pobre mujer, al sobrevenir el derrumbamiento de susilusiones con la muerte de la protectora, se aferraba más tenaz queantes a la gloria de su hijo, al deseo de que éste saliese para siempredel círculo de miseria en que había nacido. Pero su fe ya no era lamisma; comenzaba a dudar del porvenir de Maltrana viéndole falto deapoyo. Tal vez se quedase en mitad del camino, sin fuerzas para llegaral término.

La vida era en su casa cada vez más dura. El señor José pasaba semanasenteras sin trabajo. Pepín, que ya tenía once años, era tan malo, quelos vecinos le apodaban el Barrabás. Cada mes adoptaba un nuevooficio; pero le expulsaban de los talleres, acreditándolo como el másinsolente de los aprendices. La pobre madre, para traer a casa algúndinero, era ahora ayudanta de una lavandera, y en las mañanas deinvierno bajaba al río desfallecida de hambre, temblando al contacto delagua su mísero esqueleto cubierto de piel.

Un día, Barrabás se presentó en casa de su hermano para decirletranquilamente que la madre estaba en el hospital. Era un enfriamiento,una pulmonía o algo semejante, cogido en el río. El golfín sólo supodecir que estaba muy mala y que dos mujeres del lavadero la habíanllevado del brazo hasta el hospital.

Maltrana fue allá, y vio a su madre en una cama, con los pómulosenrojecidos, la piel ardorosa y los labios violáceos, exhalando elestertor de sus pulmones congestionados. El joven, recordando el dineroque aún guardaba en su casa, sintió cierto rubor al ver a su madre enaquella sala triste, de fría desnudez, junta con otros enfermos.

La hizo trasladar a una habitación aislada: él pagaría todos los gastos.Y pasó las tardes al lado de la enferma, escuchando sus consejos,alentándole en sus esperanzas.

La pobre le suplicaba que cuando llegasea las alturas no abandonase al señor José y a su hijo. Aquel hombre erabueno para ella y la había ayudado valerosamente en los momentos peoresde su pobreza. Lo del «amontonamiento» ocurrió sin darse cuenta; fueresultado de su compañerismo para defenderse de la miseria. Isidro debíarespetar al albañil como a un padre. La había querido más que el otro...el legítimo. Lo demostraba su silencio desesperado, el gesto de dolorcon que la veía tendida en la cama del hospital.

La enferma murió a los tres meses, después de haber abierto gran brechaen la exigua fortuna de Maltrana.

Decididamente, la vida no era alegre; la vida había perdido su sentidohelénico.

A impulsos de la tristeza, el joven examinó su situación. Había queseguir nuevos caminos. Apenas le quedaba dinero para continuar susestudios. Faltábale un curso para licenciarse; dos para ser doctor. Yluego que consiguiera el título, ¿qué iba a hacer?...

El pesimismo se había apoderado de Maltrana. ¿Para qué doctorarse? Elestudio no significaba sabiduría, sino rutina. El había visto mucho ysabía a qué atenerse. La Universidad era una mentira, como todas lasinstituciones sociales. Haría oposiciones a una cátedra; le admiraríanlos compañeros, algún profesor de carácter huraño le daría su voto, peroel resultado seguro era no conseguir nada. Los solitarios como él, sinprotectores, sin atractivo social, estaban desarmados para la luchadiaria: su destino era morir.

El amaba la ciencia por ella misma, por sus goces, por la voluptuosidadegoísta de saber. ¡Viva la ciencia libre! ¿Qué le importaba aquelpapelote, certificado de sabiduría, cuya conquista había de costarle dosaños de miseria? Para ser filósofo no era necesaria la Universidad. Losgrandes hombres admirados por él no habían sido profesores, no poseíantítulos académicos. Schopenhauer, su ídolo de momento, se burlaba de lafilosofía que sube a la cátedra para darse a entender.

Sería pensador independiente; sería escritor. Y Maltrana, filósofo dediez y nueve años, con un ligero vestigio de bigote, se lanzó al mundo.Dejó de frecuentar los cafés estudiantiles; hizo vida en el centro de lapoblación, pasando de un grupito a otro de los que constituyen latumultuosa e ingobernable República de las Letras.

Leía por las tardes en el Ateneo las revistas extranjeras, para estar«al día» en los adelantos del pensamiento universal y reventar a ciertoscamaradas ignorantes que, por haber publicado algunos versos en losperiódicos, pretendían deslumbrar al pobre

«inédito». Además, seguíaadquiriendo libros, a pesar de su pobreza. No podía librarse de estehábito de sus tiempos de abundancia. Suprimía comidas, prolongaba el usode unas botas rotas, para adquirir un libro recién llegado de París. Labiblioteca formada al amparo de su protectora iba achicándoselentamente al través de las innumerables combinaciones del cambalacheo.Vendía unas obras para adquirir otras. Todos los libreros de lanceconocían a Maltrana por sus trueques; el joven reía ante el resultado desus cambios. Cinco filósofos célebres, con las hojas algo ajadas, valíantanto como un novelista mediano acabado de cortar; tres poetas famososequivalían a un tratado sociológico de segunda mano, en el que hallabaMaltrana una tosca recopilación de cosas harto conocidas.

Las noches las pasaba en Fornos, en una mesa de futuros genios, todostan ignorados como él, pero convencidos de que darían que hablar mucho ala Historia.

Algunos de ellos eran más jóvenes que Maltrana. Nada habíanescrito, pero revelaban al mundo su firme propósito de crear obrasinmortales, uniformándose exteriormente con arreglo a un figurínprofesional: largas cabelleras, grandes sombreros, corbatas amplias ysueltas, o apretadas con innumerables roscas sobre un cuello de camisaque les rozaba las orejas.

El sarampión literario tomaba formas rabiosas que asustaban a Maltrana.Todo lo sabían aquellas criaturas, a pesar de sus pocos años, como si alcogerse al pezón de la nodriza hubiesen comenzado a hojear el primerlibro. Sus juicios resonaban terribles, inexorables, concisos, capacesde hacer temblar de pavor las mesas del café. Casi todos los escritoresespañoles eran atunes, besugos o percebes: género marítimo que sólopodía gustar a paladares groseros. Luego, garrote en mano, pasaban lafrontera.

¡Zola!... un mozo de cordel con algún talento. ¡VíctorHugo!... un señor muy elocuente, pero no era poeta. ¡Lamartine!... unllorón... tampoco poeta. ¡Musset!... éste ya lo era un poquito más. Perolos verdaderos, los únicos poetas, eran los venerados por ellos; y conlos ojos en blanco, trémulos de admiración, citaban nombres y nombres,de cuya obscuridad y escasa obra hacían el principal mérito,colocándolos por encima de los autores célebres que se envilecenbuscando el ser comprendidos por todo el mundo, por el miserable puebloy la repugnante burguesía.

Maltrana acabó por cansarse de esta tertulia. Además, los genios lemostraban cierta ojeriza por las bromas de mala ley que se permitía sucultura, inventando libros y autores y declarando a última hora susuperchería, cuando todos se «habían caído»

afirmando conocer la obra ydando detalles de sus bellezas y defectos.

Un amigo de la tertulia quiso protegerle.

—Aquí no vienen mas que currinches. Yo te presentaré a una peña deverdaderos escritores. Grandes poetas... gente que ha estrenado conéxito.

Y frecuentó por las tardes una cervecería, punto de cita de la nuevatertulia, que, por su aspecto, impuso gran respeto al tímido Maltrana.El hijo de la Isidra experimentó gran turbación al tratarse con dosmarqueses que eran poetas y otros jóvenes emparentados con famosospersonajes. Vestían con elegante atildamiento; seguían las modas en susmayores exageraciones. Las lacias melenas brillantes de pomada eran laúnica revelación de sus entusiasmos literarios.

—Cuerpo de dandy y cabeza de artista—dijo uno de ellos a Isidro,resumiendo así los cánones de su indumentaria.

El silencio de admiración con que el joven les escuchaba despertó ciertasimpatía en favor suyo. Un día se atrevió a hablar de la poesía griega,haciendo el examen de Aristófanes y sus comedias con tanta soltura comosi tratara de un contertulio de café.

Hasta recitó escenas enteras engriego, sin que nadie le entendiese. Los jóvenes elegantes mostraronadmiración. «¡Muy curioso!» «¡Muy interesante!» Entonces se fijaron enél por primera vez, y alabaron sus ojos profundos, la poderosa pesadezde sus cejas. Alguien hizo el elogio de su fealdad varonil, de suscabellos ásperos y alborotados, encontrándole cierta semejanza con lacabeza de Beethoven. Uno de los marqueses, con repentino arrebato,aproximó su silla, rozándose toda la tarde con aquel Beethoven quehablaba en griego.