La Hora de Leviatán by Alemany - HTML preview

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PRIMERA PARTE

I

 

Los días de las grandes transformaciones pueden reconocerse desde que uno salta de la cama,

 

o antes. Son días de marasmo. Por su parte, los días sencillamente impertinentes se anuncian

 

también de inmediato, aunque de otra manera, cada movimiento termina en un tropiezo, los

 

instrumentos rehúsan su cometido, las llaves se ponen del revés a propósito y hacen cuanto se

 

halla en su poder para no entrar en las cerraduras, luego les cuesta dar las vueltas o incluso se

 

rompen y hasta se puede iniciar por esa vía una larga concatenación de dificultades que

 

acaban por poner los nervios de punta, pero ahí termina todo, esos días suelen saldarse sin

 

consecuencias graves. Eso existe. Hay días repelentes, así. Los primeros son harina de otro

 

costal. Los días que traen cataclismos, individuales o colectivos, son días de una quietud

 

insalubre, el aire aparece como más denso a causa de los presagios diluidos que mantiene, los

 

colores se ven a través de él con una intensidad mayor y los cuerpos se hallan invadidos por la

 

serenidad que hace falta para afrontar esos formidables trastornos en sus destinos. Fue pues

 

con cierta ecuanimidad y con paso uniforme como me dirigía al banco, tras verificar, eso sí,

 

una por una, cada cifra, al igual que la fecha. Curiosamente, la única inquietud que albergaba

 

era la de haberme equivocado en alguna de ellas y hacer el ridículo ante los empleados de la

 

sucursal.

 

Mentiría si no admitiera que me puse a hacer planes pero ello es casi un acto reflejo. Me

 

dejé llevar a la elección de un modelo de coche, del tipo de casa que mandaría construir, cosas así. No obstante, cuando me hallé ante el director del establecimiento bancario ya tenía

 

tomada la decisión.

 

Deseo permanecer en el más absoluto anonimato.

 

El hombre comprobó las cifras meticulosamente una segunda vez. La expresión de su rostro

 

era de incomprensión profunda. Resultaba evidente que para él mi actitud no cuadraba con el

 

significado de aquella papeleta. Alzó los ojos y me miró como si acabara de salir de un coche

 

que hubiera dado numerosas vueltas de campana antes de estrellarse contra un muro de

 

hormigón y, por todo comentario, le pidiera un papel de fumar para enrollarme un pitillo,

 

mientras aguardaba la llegada de los atestados. Luego se puso a hacer llamadas, a rellenar

 

formularios para que yo los firmara. Al final, tras una hora completa de formalidades, me dio

 

una tarjeta mágica, inagotable. Con ella en el bolsillo me bastaba. Por el momento, claro.

 

Pasé de un banco a otro, es decir, entonces necesitaba un banco que sirviera para sentarse.

 

Elegí uno a la sombra, en una plaza recoleta, con niños jugando a perseguir una bandada de

 

colipavas, vigilados por abuelas haciendo calceta. El porvenir se veía, ciertamente, de otro

 

modo, desde aquella soleada mañana de primavera. Era como cuando uno se quita una

 

camiseta interior demasiado estrecha. Se acerca el verano, se utilizan prendas más ligeras,

 

más anchas. De repente una sensación de desahogo, de frescor. Había desaparecido esa

 

angustia leve, esa espina que muchas veces parece no estar ahí pero que únicamente había

 

sido olvidada unas horas, tal vez días, de la aprensión a que algún fin de mes las cosas hayan

 

ido tan mal que no queden fondos, ni crédito, para pagar los gastos fijos. Por fortuna aquello

 

pertenecía a un pasado que percibía como anormalmente alejado. En cambio, debía parar

 

mientes en esa intuición, todavía mal verbalizada, por la cual no me hallaba corriendo a toda

 

prisa hacia mi mujer, luego hacia mis amigos y enemigos, para comunicarles la grata noticia,

 

a saber, que haría falta una notable imaginación para conseguir gastar mediante una sola vida

 

todo el dinero que me había caído encima, así, sin comérmelo ni bebérmelo. Acababa de firmar lo que puede denominarse el acta de nacimiento de un rico y había

 

tomado la determinación de sellar ese documento y quitarlo de la vista de todo el mundo,

 

renunciando con ello, de modo provisional por supuesto, a la comodidad de hacer uso

 

abiertamente de la recién adquirida riqueza. Sin cuya precaución, la actitud de mi entorno

 

hacia mí habría sufrido un reajuste que consideraba prematuro. Mientras tanto, bajo mi

 

epidermis de no haber roto nunca un plato, alentaba una bomba de hidrógeno.

 

Mi piel había sido siempre como un estuche, poroso por la cara exterior, liso e impermeable

 

por la cara interna. Asimilaba las provocaciones del mundo, pero muy pocas veces

 

reaccionaba, o si lo hacía, era de manera muy atenuada. Poseía una mezcla de timidez, ya sin

 

complejo de inferioridad, y de misantropía inamovible, aunque poco patente. Todo el ejercicio

 

físico que hacía para canalizar mi angustia, me daba músculos, no fuerza. Posiblemente mis

 

relaciones interpretaban como apocamiento lo que era apatía. No obstante, que Dios les pille

 

confesados porque aquel día todo iba a cambiar. Una fuerza descomunal e inexplicable que

 

brotaba desde profundidades insospechadas tomó posesión de mí como una melodía

 

endiablada Esta vez habrá para todos, me dije, cada cual tomará según sus merecimientos.

 

Sentado en el banco, experimenté algo así como una entrada en trance. La plaza se había

 

convertido en un barco cabeceando ligeramente de proa, navegando en mar gruesa.

 

Comprendí que había llegado el momento de tomarle las riendas a ese caballo de la acción y

 

conquistar medio mundo, poner el mundo entero, si es preciso, a fuego y a sangre, para bien o

 

para mal. Me sentía capaz tanto de lo uno como de lo otro, lo que no dejó de asustarme, pero

 

la perplejidad sólo duró un segundo. Me hallaba tan bien allí, sentado en ese banco de piedra,

 

viendo las colipavas, blanquísimas, los niños y las abuelas al sol, el mundo rodando

 

plácidamente junto a las demás esferas, que no podía albergar de manera duradera ningún

 

temor. Me levanté al cabo. Las calles eran lo que no habían sido nunca, un laberinto infinito de

 

posibilidades y yo iba mirando a derecha e izquierda para ver cuál era el primer hilo del que

 

me placería tirar. Mi mujer, por ejemplo, consideré, si fuera a decirle que la fortuna nos acaba

 

de abrumar con un peso enorme, se pondría de inmediato en guardia contra mí, tomaría

 

precauciones, incluso puede que dejara de engañarme con ese botarate. Pero yo no quiero que

 

deje de engañarme, yo únicamente quiero saber si me engaña o me ha engañado con él o con

 

cualquier otro. Especialmente con él. En el momento presente, ella no espera de mí ninguna

 

reacción espectacular, me cree todavía prisionero de mi horario de trabajo, sin ningún medio

 

para averiguar, encerrado entre las cuatro paredes de mi oficina, lo que ocurre en el mundo

 

durante un fragmento preciso, fijo, bien determinado públicamente, de tiempo. Las

 

circunstancias, empero, habían cambiado y ella no debía saberlo.

 

Me sorprendí al verme en mi barrio sin que la memoria hubiera registrado el menor detalle

 

del trayecto. Lo que me devolvió a mí fue una voz que llegaba a tocar en mi interior un punto

 

de máxima irritabilidad. Alcé los ojos. Un grupo de jóvenes se hallaba todavía a una distancia

 

considerable. Sin embargo, de entre ellos, surgía un vozarrón perfectamente capacitado para

 

transmitir la extrema penuria intelectual de su propietario a cualquier punto de la calle. Dejé

 

de oír el zumbido de los coches, desapareció el murmullo de la ciudad, el sol se puso más

 

amarillo y me invadió una serenidad y una ligereza de espíritu que sólo aportan ciertos puntos

 

ubicados en los aledaños de la intoxicación alcohólica. Al mismo tiempo era como si llevara a

 

mi lado una bolsa de plástico que se iba inflando y adquiriendo un peso enorme hasta caer en

 

un barranco, queriendo arrastrarme a mí detrás, atrayéndome en dirección a la banda de cutres

 

con una fuerza irresistible. Que me diga algo el alipáparo ese, algo personal, que me

 

provoque, que lo haga. Lo hizo cuando ya casi parecía que me iba a dejar pasar de largo. Tú,

 

cara de culo, dame un cigarro. Afortunadamente, porque si no, hubiera desarrollado una

 

cirrosis. Me detuve en seco, mis ojos buscaron con incontrolable avidez los de ese desgraciado y mis pies me lo acercaron hasta que su jeta se encontró a una distancia

 

ligeramente inferior a la envergadura de mi brazo. No tengo cigarros, pero tengo un puro que

 

tú no te lo has fumado nunca. ¿Sí? Sí. Pues dámelo. Mis pies estaban bien afirmados en el

 

suelo, me concentré en mi estómago, luego en mis riñones y finalmente dejé que todo mi

 

cuerpo se lanzara detrás de mi puño, de modo que la inercia casi me hace caer hacia delante.

 

Toma puro. Recuperé el equilibrio, di un paso atrás, junté mis puños por abajo, combé mis

 

hombros acumulando fuerza y lo mandé todo a rodar hacia arriba llevándome por delante las

 

mandíbulas de los dos figurantes que lo flanqueaban. Después de ello, les incrusté

 

profusamente los pies en el hígado y en la cara a los tres y con las mismas me fui, sin que

 

ninguno de los demás integrantes del rebaño borreguil dijera esta boca es mía. Al llegar a la

 

esquina, me volví. Se había formado un corro de curiosos alrededor de los heridos, pero nadie

 

miraba en mi dirección, ni en esa acera, ni en la opuesta.

 

Durante la comida, sostuve una animada conversación con mi mujer. Me bailaba intra
muros
la idea de preguntarle bueno ¿y qué tal el gilipollas de tu amante? Yo, que soy tan

 

comedido. Pero me retuve, claro. Ya salpicaremos con los remos a su debido momento.

 

Después de la siesta, en el momento en que, tras el ejercicio del amor, se quedó frita, me puse

 

delante del ordenador. Consulté unas cuantas páginas, escribí en un trozo de papel dos o tres

 

direcciones y, rico de esa nueva información, tomé el montante y salí de casa.

 

Al tipo que me atendió le expliqué en cuatro palabras y con toda franqueza el asunto que me

 

traía entre manos. Hablamos de ello como si estuviéramos negociando el alquiler de un piso.

 

Eso me gustó. En realidad de eso se trataba, del piso, por lo menos como una primera

 

instancia. Me preguntó si podía facilitarles el acceso durante unas horas. Le repuse que me las

 

arreglaría.

 

De regreso a casa, le anuncié a mi mujer que, puesto que se avecinaba Pascua de

 

Resurrección, nos iríamos unos días a Europa Central. Proposición que ella acogió favorablemente, si bien no sin cierta sorpresa por lo precipitado de la decisión. Por toda

 

respuesta, le mostré los billetes.

 

A la vuelta, tenía instalado en el apartamento un sofisticado sistema de escucha que se ponía

 

en funcionamiento únicamente cuando se producía un ruido y cuyas grabaciones podía

 

escuchar a través de un ordenador mediante una clave secreta, o bien llamando por teléfono a

 

un número determinado.

 

Durante una semana no hice más que escuchar el chasquido de la puerta al cerrarse, casi

 

inmediatamente después de mi salida, y el crujido de la cerradura al abrirse, poco antes de mi

 

llegada. Si algo se produce, no parece que vaya a ser en casa, concluyó mi guía espiritual. Con

 

la palabra todavía en la boca, salió del despacho un momento y regresó con unas cuantas cajas

 

de cartón que empezó a abrir. De una de ellas sacó un teléfono móvil. Parece un teléfono

 

móvil cualquiera, claro que con muchas funciones, un regalo ideal. Cierto que lo parecía, en

 

efecto. De hecho lo es, se comporta como un teléfono móvil normal. No obstante, tiene una

 

función secreta. Llamando con otro aparato a un número convenido, el teléfono no reacciona

 

visiblemente en modo alguno, pero transmite a los oídos interesados todo ruido que se

 

produzca a su alrededor. Destapó otra caja y sacó lo que tenía el aspecto de un pequeño imán.

 

Coloque esto en el coche de su mujer y con esta pantalla, mediante la técnica GPS, podrá ver

 

a dónde se dirige.

 

Esa vez dimos en el clavo. Abrí un cajón de mi escritorio y puse en el fondo la pantalla.

 

Cuando vi que el coche se detenía, aguardé cinco minutos y compuse el número indicado. En

 

efecto, reconocí las voces de ambos. Esperé un instante y comenzaron a hacer el amor. Era

 

todo lo que quería saber. A mi regreso de la oficina, le diría que esa noche la dormiría todavía

 

en casa, pero que al día siguiente me iría para siempre.

 

Mi trayecto de vuelta me hacía pasar por una de las calles más comerciales de la ciudad. Ese

 

día se había instalado en la acera un joven mendigo que tocaba el violín. Llamaban la atención sus ojos azules clarísimos y su larga cabellera rubia. En ese momento se hallaba interpretando

 

el doctor Zivago. Pasé de largo casi sin mirarle, en aplicación de mis principios progresistas

 

acerca de la mendicidad en la vía pública. La melodía, sin embargo, me condujo rápidamente

 

a un estado de narcosis, sin pérdida de lucidez, más bien todo lo contrario, pam, pam, pa pam,

 

pa, pa, pa, pa, pa, pa pam…. Esa misma fuerza que había invadido mi cuerpo el día en que me

 

convertí, por la gracia de Dios, en un hombre inmensamente rico, crecía en progresión

 

geométrica y me estaba dejando en un estado de embriaguez peligroso, en una posición que se

 

hallaba por encima del bien y del mal, mis pies no tocaban el suelo, mis oídos no me

 

devolvían el menor sonido, todo a mi alrededor iba quedando cada vez más velado por una

 

cortina de sombra, mientras que las luces de las tiendas brillaban como estrellas. Quieto, aquí

 

hay algo, no vayas a cerrar los ojos ante los signos, cuando se despliegan ante ti. Me detuve

 

ante el escaparate de una librería fingiendo interesarme por los volúmenes expuestos, pero en

 

realidad mi mente estaba ya tejiendo a sus anchas el complot.

 

Hay que probarlo todo, dijo él una vez, adoptando ese aire del macho al que no le importa

 

besar los labios de otro hombre, sabiendo que su virilidad está muy por encima de semejante

 

pacotilla. Lo dijo mirándome a mí y yo le repuse que no lo creía necesario. Pero ahora soy yo

 

el maestro de ceremonias, el que explora nuevos caminos, el tentador. Lo único que podía

 

perder era el tiempo, puesto que la pérdida económica iba a ser insignificante para mi nuevo y

 

vasto bolsillo.

 

Volví pues sobre mis pasos. No debió transcurrir mucho tiempo entre mi ida y mi vuelta

 

porque el joven seguía interpretando la misma pieza cuando me planté como una estatua

 

delante de él, sólo nos separaba el sombrero donde se ponen las monedas. Imperturbable,

 

interpretó la melodía hasta el final. Luego bajó el arco y el violín. Aguardó en silencio. Saqué

 

un billete que resultó ser de cien euros y lo deposité en el sombrero. Ni siquiera me dio las gracias. Erguido, me contemplaba con severidad, como si en lugar de un billete de banco le

 

hubiera entregado un billete de desafío, cuyo contenido no ignoraba.

 

¿Quieres más? ¿Cuánto? Tres mil. ¿Qué debo hacer? Tres mil sólo por escucharme. Luego

 

veremos.

 

Lentamente se puso a guardar el violín y el arco dentro del estuche, recogió el sombrero,

 

retiró las monedas y el único billete. Quedó a la expectativa.

 

Eché a andar. ¿Cómo te llamas? Nicolai. Muy bien, Nicolai, tú no has venido de la lejana

 

Rusia para andarte con chiquitas, desde luego que no. Tocas bien el violín, pero el arte, por lo

 

menos en occidente, hay que tocarlo con un poco de mano izquierda, de lo contrario uno no

 

saca ni para pipas y tiene que enviar a hacer gárgaras el arte para consagrarse a otra actividad

 

más clemente.

 

En cuanto divisé el primer cajero automático, saqué tres mil euros y se los entregué sin

 

mirarlos. Los recibió con una altivez desafiante que se resolvió en gesto de derrota y

 

resignación al guardarlos en el bolsillo de su chaqueta.

 

De regreso a casa, no pude evitar mostrarme un tanto deprimido. Traté, no obstante, de

 

tomar las riendas de mis emociones. El atractivo de estas cosas radica sobre todo en el efecto

 

de sorpresa.

 

Al día siguiente vestí de punta en blanco a Nicolai en la tienda más cara de la ciudad, le

 

compré un coche y le di las instrucciones para alcanzar los primeros objetivos. Y como quiera

 

que dichos objetivos se iban cumpliendo puntualmente, para gran sorpresa mía, todo hay que

 

decirlo, pero ahí estaba el viejo proverbio castellano para paliar ese tipo de pasmo, dime de
qué presumes y te diré de qué careces
, decidí alquilar un ático y encargué a los de la agencia

 

que lo rellenaran con el material de grabación audiovisual más sofisticado que tuvieran en los

 

almacenes. También les pedí que averiguaran a quién pertenecía el chalet de la montaña al

 

que acudían mi mujer y su amante. No tuve que aguardar mucho, quién lo hubiera dicho. Una semana después del lanzamiento

 

del plan, tenía en mi poder un CD bastante curioso. El modo en que iba a cursar dicho

 

expediente lo había concebido desde el primer momento, desde que me quedé parado ante el

 

escaparate de la librería. Grabé pues su contenido en el ordenador, utilicé una de esas

 

direcciones electrónicas gratuitas que se crea uno mismo con nombre falso y, ni corto ni

 

perezoso, lo mandé a todos los empleados de la fábrica, desde los ejecutivos del sancta
sanctorum
hasta los encargados de la carga y descarga de camiones en el patio, incluida la

 

suya y la mía, por supuesto. Pero lo hice de modo que no pudiera leerlo antes de llegar a la

 

oficina.

 

La venganza es un placer del que ni siquiera los dioses han querido prescindir, provoca una

 

satisfacción intensa y duradera. Cada cual considera como única justicia verdadera la suya

 

propia y cuando consigue concatenar una serie de acciones que den como resultado último el

 

cumplimiento de la misma, relacionada, por supuesto, con una sensación de poder, de

 

dominio del entorno y de los infelices que han osado oponerse a ella, que han pretendido

 

hacernos daño, entonces conoce una exultación inenarrable, que es preciso prohibir, por

 

cierto, como cualquier otro placer desmesurado. Pero la maldad debe ser castigada, humillada,

 

especialmente la que es dirigida contra nosotros.

 

Lo único que me restaba por hacer era no perderme ni uno solo de los detalles que prometía

 

aquel día resplandeciente, en un mundo que rebosaba sol y perfumes y cantos de pájaro.

 

Atendiendo a los cuales, debo confesar que nunca he presenciado una metamorfosis

 

comparable en un ser humano. Entró como un pavo real, cual solía hacerlo, y salió como una

 

mariquita, silbada por la dotación en pleno de la descarga. La noticia había corrido como la

 

pólvora. Antes de que él lo supiera, todo el mundo a su alrededor estaba al corriente. Yo

 

adopté, de puertas afuera, como tantos otros, la actitud consistente en un mutismo

 

cariacontecido. Sin embargo, en mi fuero interno, la gran preocupación era que no se desbordara una carcajada homérica que se iba inflando peligrosamente a medida que pasaban

 

las horas. Hubo otros, menos discretos, que provocaron algunas fricciones por aquello de me

 

has mirado de una manera rara, hoy no me gusta en absoluto tu sonrisa y ¿tendré yo monos en

 

la cara o qué? Así hasta que el mismo que le prestara su chalet en la montaña para sus proezas

 

de macho, le sugirió que consultara su correo electrónico. Cuando lo hizo, se le coló en el

 

cuerpo la pestilencia de un mal aire que le adscribió la propia palidez de un cólico hepático.

 

Noté que de repente le había crecido la barba y se le habían hundido las mejillas. Salió

 

precipitadamente, sin mirar a nadie, tambaleándose y tropezando con todo, como un borracho,

 

o peor, como alguien a quien han inoculado el veneno de la muerte, para ya no volver más.

 

Tras su paso se arremolinaba el mismo tufo con sabor a musgo que esparcen los coches

 

fúnebres. Mientras presenciaba esa retirada atroz, no pude evitar un breve escalofrío. Pero se

 

lo merecía, me apresuré a musitar para el cuello de mi camisa.

 

A los dos días nos enteramos de que, al llegar a casa, se había colgado de una lámpara.

 

Entonces ya pude decirle a mi mujer que la dejaba para siempre. No protestó. En su mirada

 

podía leerse con toda claridad la interrogación ¿has sido tú, verdad? Con la mía procuré

 

responder ¿quién iba a ser si no? Pero nada de eso fue dicho con palabras. Di media vuelta y

 

sin coger ni una sola prenda me fui.

 

En la fábrica, todos cuantos se hubieran sentido avergonzados de hablarle el día en que se

 

divulgó el mensaje con el fichero audiovisual, e incluso quienes hicieron comentarios

 

sicalípticos a sus expensas, una vez conocida la noticia de su dramática desaparición,

 

encontraron que había sido víctima de un depravado complot, los complots siempre son

 

depravados cuando no los urde uno mismo, y si bien no pudieron santificar la imagen de

 

quien habían visto, con la nitidez que otorga la tecnología de punta en el dominio de la

 

captación y reproducción de imágenes y sonidos, gemir de placer por obra y gracia de un ruso

 

largo como un día sin pan que le daba tremendos empellones por detrás, al menos la beatificaron. El finado había sido en vida un pretencioso, pero tampoco carecía de cualidades.

 

En fin, la pregunta que estaba en los labios de todos era ¿quién habría sido el cabrón capaz de

 

hacer una cosa semejante? En cuanto se agotan las posibilidades de una víctima, hay que

 

pasar a la siguiente, de inmediato, sin pérdida de tiempo. Y si se encuentra una relación de

 

causalidad entre ambas, miel sobre hojuelas. El pueblo siempre será el mismo, desde el

 

civilizado pueblo romano, ronco de tanto pedir sangre en las arenas de los circos, hasta los

 

zafios obreros de hoy, orgullosos de que la televisión transmita a la ciudad y al mundo los

 

berridos que profusamente dan en los estadios de fútbol, pasando por los espectadores de los

 

autos de fe, bien provistos de aloja y toda suerte de vituallas, la historia rebosa de ejemplos.

 

El vulgo necesita chivos expiatorios en quienes castigar las faltas que no ha osado cometer.

 

Resulta sorprendente cómo las palabras, muchas veces, transportan un agua que el oyente ha

 

bebido ya. Ello puede percibirse muy bien cuando, bajo determinadas circunstancias, las

 

injurias más viles e hirientes pueden transformarse en calurosos y halagadores cumplidos. Lo

 

que pude disfrutar de mi anonimato durante aquellos días, también es difícil expresarlo con

 

palabras. Pues bien, en ese clima de agitación colectiva dentro de la fábrica, el individuo que

 

les había prestado el chalet comenzó a mirarme con una insistencia que no era en absoluto de

 

mi agrado, porque me hacía imaginar cosas y yo detesto imaginar cierto tipo de cosas que me

 

pueden llevar muy lejos. Claro que por aquel entonces ya me hallaba en situación de mandar

 

el empleo y a todos los demás empleados y jefes y otras hierbas a hacer gárgaras, mas no sin

 

atraer poderosamente la atención sobre mí y correr el riesgo de que no solamente ese tipo sino

 

otros establecieran una concatenación entre ambos hechos. Presumí que mi acto contravenía

 

en algún punto el código civil, si bien ignoraba cuáles podían ser las consecuencias. Sea como

 

fuere, acto legal o ilegal, inmoral o de restablecimiento natural de la justicia, lo cierto es que

 

había culminado en muerte de hombre y ello nunca deja de impregnar la piel del responsable,

 

directo o indirecto y por muy respaldado que esté por la legislación vigente, verbigracia un verdugo, de un brillo malsano, como si se tratara de la piel de una serpiente o de un sapo. Así

 

pues opté por la prudencia. Decidí continuar durante algún tiempo en la fábrica. En cuanto a

 

él, debía hacerle comprender sin ambigüedad que su interés se centraba sobre todo en

 

mantener la boca cerrada

 

Desde la habitación del hotel, me puse a observar las bandas de extranjeros que pululaban

 

alrededor de la estación de autobuses. Compré unos buenos prismáticos y los acerqué a una

 

distancia confortable para un estudio sistemático. Vivían del chantaje que les hacían a los

 

automovilistas, temerosos de dejar sus vehículos flamantes rodeados por gente de semejante

 

calaña, curiosa confirmación de la creencia popular de que donde está el veneno se halla

 

igualmente el antídoto, también, cuando la ocasión se presentaba, de pequeños y discretos

 

robos a viajeros desorientados que llegaban por primera vez a la ciudad. Ellos mismos se

 

encontraban posiblemente examinando aún los parajes contiguos al punto en que habían

 

echado el ancla, pues todavía no llevaban trazas de hallarse incrustados en el tejido de la

 

sociedad local, de buenos o de malos modos. Temían a la policía, entre otras cosas porque no

 

debían tener la documentación en regla. Sin embargo, parecían comportarse en función de una

 

cierta organización que, poco a poco, fue revelando su naturaleza casi militar, la cual podía

 

observarse mediante la regularidad de los relevos en las diferentes actividades, la eficaz

 

transmisión de las consignas y también porque, tras unos pocos días de examen, quedó

 

patente una cierta jerarquía entre ellos. El que irradiaba más carisma era un tipo con toda

 

probabilidad eslavo, de talla media, o quizá un tanto inferior a la media, seguido, cual sombra

 

crepuscular, por un magrebí inmenso.

 

Cuando me consideré preparado, cogí el coche y enfilé la calle objeto de mi estudio,

 

aminoré la marcha, puse el intermitente izquierdo a fin de manifestar mi deseo de aparcar.

 

Enseguida surgió de entre la fila de vehículos un joven berberisco para indicarme con

 

solicitud ambigua la plaza libre que, por derecho propio, me correspondía. Una vez estacionado el vehículo a la sombra de unos árboles, cogí “El idiota” de Dostoievski y me

 

apeé. El moro no estaba allí pasando un calor de María Santísima para sentirse como en su

 

casa, el moro sabía que yo sabía que no lo necesitaba a él en absoluto para estacionarme en

 

ese lugar, puesto que estaba libre a mi llegada. No obstante, el moro tenía todo el aspecto de

 

albergar el profundo deseo de que le diera una moneda, no por nada, eso era evidente para

 

ambos, y en ese aspecto se hallaba justamente la madre del cordero, sino tan sólo porque él

 

era un moro que acababa de usar de su innegable prerrogativa de cruzar el estrecho, de

 

plantarse en Europa y de exigir techo y sustento, para empezar, como preámbulo

 

indispensable y fastidioso a los coches y mansiones de lujo, en otras palabras, el oro y el

 

moro, pero yo no tenía por qué pagar por los sueños de los otros, por muy legítimos que

 

fueran, acaso también porque, si no se la daba, tal vez a mi regreso me encontrara con el

 

coche rayado o el cristal roto o los neumáticos pinchados o con cualquier otra lindeza

 

semejante, la imaginación de uno y otro podía empezar ya a trabajar en ese sentido. Sí, la

 

imaginación puesta a contribución en un asunto tan marcado por el lucro más primario, ahí

 

estaba tal vez el lado absolutamente genial de la cosa. Había, en realidad, pocos factores en

 

presencia sobre los que efectuar una inversión, tal vez uno solo, lo que él y yo podíamos

 

imaginar.

 

Puesto que todo estaba previsto, le di su moneda con desprendimiento, pero no me fui hacia

 

el interior de la estación de autobuses como sin duda había imaginado, sino que me senté en

 

un banco público situado a muy pocos metros, a la sombra también. Será pronto todavía para

 

que llegue el autobús que espera, debió decirse el magrebí. Abrí el volumen, dejé la señal

 

entre la última página y la tapa posterior y me puse a leer, realmente. El moro se aburría.

 

¿Qué lees? El idiota. Se quedó un tanto perplejo. A lo mejor hasta creyó que le había

 

contestado mal para que me dejara tranquilo, pero no dijo nada, dio la impresión de olvidarse

 

de mí. Lo mismo hice yo a propósito de él. Un idiota que lee El idiota, un pavo paseándose por las calles en el día de Navidad, un cordero entre los lobos, cuando éstos se den cuenta se

 

les meterá en una muela. A no ser que venga pronto el autobús. La tiene clara, como no le

 

llegue pronto su autobús. En fin, con su pan se lo coma, yo no estoy aquí para ocuparme de

 

corderos, ni de pavos, ni de idiotas, sino para atender mi negocio y cuidarme yo mismo de los

 

lobos. Hablando de lobos, se acercó uno y le dio un bocadillo y una cerveza de litro. Se puso

 

el primero entre las piernas y las apretó para sujetarlo. Luego intentó desenroscar el tapón de

 

la botella sin conseguirlo. Quise permanecer imperturbable, tratando de enfrascarme en la

 

lectura, pero acabé sufriendo tanto o más que él por su aparente fracaso. Al final, derrotado,

 

se vino con la empecinada botella hacia mí. Estuve a punto de aconsejarle que, en ciertos

 

ambientes, resulta preferible pasar un poco de sed, en espera del momento oportuno, antes que

 

descubrir uno su debilidad. ¿Puedes abrirla? Tengo las manos sudadas. Yo sí que no podía

 

permitirme mostrar debilidad, tanto más cuanto que aquellos a los que estaba aguardando ya

 

se habían instalado en el banco contiguo y observaban la escena, de modo que opté por

 

auxiliar a la fuerza con un poco de industria. Saqué un pañuelo de papel, envolví el tapón, lo

 

agarré con todas mis fuerzas, procurando, eso sí, que no se notara, e imprimí con la muñeca

 

un giro tan violento que lo hizo crujir como si le hubieran arrancado a alguien una muela. Le

 

alargué una botella totalmente vencida y consintiendo en entregarle hasta la última gota de su

 

contenido. Le impresioné tanto que me propuso beber yo el primero. Decliné cortésmente el

 

ofrecimiento.

 

La operación, como dije, no había pasado desapercibida en el banco vecino, sino más bien

 

al contrario, había sido seguida con la máxima atención. No obstante, a mí lo único que me

 

interesaba era la lectura de mi autor favorito, o al menos eso quería dar a entender.

 

¿Qué lees? Alcé los ojos y vi la mole formidable de un inmenso pedazo de magrebí. A su

 

lado se hallaba el hombre que había estado esperando, el cual no le llegaba más arriba del

 

pecho. El idiota y le miré de hito en hito. Alargó una manaza entre cuyos dedos morcillones la obra maestra de Dostoievski parecía uno de esos libros en miniatura que venden en las ferias.

 

Le dejé hacer, impasible. No está en español. Formuló esta observación como si el hecho de

 

no encontrarse el libro en el idioma esperado fuera una prueba determinante contra mí. En sus

 

ojos color miel había un reproche altivo. Se trata de una versión francesa del ruso, lengua en

 

que se escribió el original. Su seguridad pareció tambalearse levemente. ¿No eres tú español?

 

Sí, lo soy. ¿Y lees el francés? Claro, de lo contrario hubiera sido completamente estúpido

 

comprarme el libro en esa lengua. Volvió a hundirse en la lectura, pero esta vez con una

 

concentración extrema. Yo también aprendí el francés ¿sabes? Cuando era pequeño, en la

 

escuela. Este argumento pareció reconciliarle una brizna conmigo. Se puso a silabear con

 

mucho esfuerzo el texto, como un niño enorme. Sonreí sin ironía alguna. Al contrario, mi

 

sonrisa tenía la vocación de ser una recompensa sincera a su aplicación. Pero en cuanto se

 

relajó su atención le pedí que me devolviera el libro. Desapareció enseguida la expresión de

 

agotamiento y beatitud que había quedado impresa en su rostro. ¿Por qué? Porque es mío.

 

Esta vez fui yo quien alargué la mano y lo cogí suavemente de entre las suyas, sin dejar de

 

obsequiarle con la misma sonrisa. En esa ocasión era él quien me dejaba hacer, con toda

 

probabilidad porque estaba dudando entre aplastarme ya como un mosquito contra el suelo o

 

aguardar todavía un poco a ver qué partido se me podía sacar de otro modo, algo así como

 

quien se pregunta ante un pedazo de carne asada con qué salsa se la comerá. Pero su

 

acompañante le tiró suavemente de la manga. Vamos. Claro, pensó que esa seguridad no

 

podía tenerla por mí mismo. Debía esconder un as en la manga. Era un policía y estaban

 

siendo observados por una brigada de ellos armados hasta los dientes. El magrebí comprendió

 

enseguida las razones de su jefe, porque no se es jefe por nada y normalmente suelen estar en

 

lo cierto, así que su mole obedeció tambaleándose más que nunca, tal vez dándome a entender

 

que si se había acercado a mí y me había hablado de esa manera era sólo porque estaba algo

 

borracho. Yo, en cambio, sabía muy bien que no había bebido nada, ni siquiera agua. Que lo que más deseaban ambos en ese momento era un interminable trago de agua fresca. Venid

 

conmigo. Me levanté. Ellos estaban, los dos, convertidos en estatuas de sal, viéndose

 

esposados, camino ya de su país de origen. No tengáis miedo, seguidme. Y eché a andar.

 

La paliza debió ser morrocotuda. Sólo de imaginarla me dan escalofríos por todo el cuerpo,

 

pues la consecuencia fue un mes entero de ausencia en el trabajo y una mirada de gato

 

escaldado a su regreso; en un principio ante todo el mundo, después únicamente ante mí. Era,

 

al mismo tiempo, la mirada de aquél que ignora por completo de dónde le viene la pedrada y a

 

la vez tiene la más absoluta seguridad de ello. No obstante, no me hallaba en absoluto

 

inclinado a ayudarle en lo más mínimo a resolver la paradoja. Le legué con encomiable

 

generosidad ese bien intelectual y me desentendí plenamente de él. El personaje no daba

 

tampoco para más.

 

Bien, heme de nuevo sentado en un banco de la plaza de las colipavas, teniendo por

 

momentos la sensación de que toda ella era un barco cabeceando de proa, rumbo a otros

 

mares. Probablemente del sur, a juzgar por el calor que hacía. Consideré cuán rápidamente se

 

había cumplido mi venganza. Tan fulgurante había sido el proceso, que no me dio tiempo para

 

evolucionar mentalmente. Porque, a decir verdad, apenas hube alcanzado mi propósito,

 

comencé a sentir que todo había sido una lamentable pérdida de tiempo, una rémora, un

 

residuo de una vida anterior que duró un momento, después de operada la transfiguración,

 

pero que, para entonces, ya se había disuelto en el ambiente sin dejar rastro.

 

Cuán lejos me encontraba, sin embargo, en aquél entonces, de comprender el alcance de mi

 

error. Qué poco sospechaba la importancia de tal acto, aparentemente poco menos que inocuo,

 

así como del engranaje, para mí todavía invisible, de causas y efectos que acababa de poner

 

en marcha. Ahora bien sé que con aquella venganza gratuita había puesto la piedra angular del

 

edificio que, con el tiempo, se derrumbaría sobre mi cabeza. Pon bien la primera piedra, porque como no se ponga bien esa primera piedra, el edificio entero caerá sobre la testa de su

 

autor. La primera causa, prefigura la dirección del último efecto.

 

A pesar de ello, no dejaba de maravillarme la facilidad con que había planeado y alcanzado

 

mis objetivos. Acababa de descubrir en mí una cierta capacidad para crear realidad, así como

 

los utensilios con lo que ello puede llevarse a cabo. Cierto que no dejé de preguntarme para

 

qué diablos podía servirme cambiar de realidad, si la que se presentaba resulta que al final me

 

convenía por sí misma. ¿Quién lo hubiera dicho? Y fue entonces cuando me respondí que

 

para entretenerme, acaso para divertirme. Si bien, dado que por aquellas fechas todavía no

 

había llegado a aburrirme de mi nueva situación, olvidé pronto semejante asociación de ideas.

 

Si esa plaza me hacía pensar en un barco, el barco tenía su marinero, un tipo orondo,

 

congestivo, de buen natural, a quien una cojera blanda le imponía al andar un movimiento

 

ondulante y lento como el de una babosa. Lo bauticé enseguida con el nombre de Mefiboshet,

 

el hijo patojo del rey Saúl. Ya David debía llevar años sentado en el trono, concluí, pues

 

Mefiboshet frisaba la cincuentena. Supuse que le habrían permitido conservar tres o cuatro

 

pertenencias de su padre para que no se hallara en la más absoluta miseria, lo suficiente como

 

para satisfacer, por sus propios medios, las necesidades más elementales, ya que al fin y al

 

cabo descendía de un Ungido. Y acto seguido todo el mundo en el reino debió olvidarse de él,

 

pues no representaba el menor peligro. Mefiboshet se pasaba las horas muertas en la plaza de

 

las palomas, observando el juego de petanca como si fuera el Roland Garros, conversando

 

parsimoniosamente con cualquiera, o simplemente sumido en gran meditación, tal vez

 

recordando los serrallos reales que había espiado durante su niñez. Para mí, Mefiboshet se

 

puso a representar una vida tan insignificante como tranquila que, pensándolo bien, no carecía

 

de atractivo y tampoco estaba al alcance de cualquiera en plena sociedad neocapitalista.

 

Encarnaba el opuesto perfecto a su padre Saúl, era el mismísimo sentarse a la sombra de la

 

parra y de la higuera para ver pasar unas horas que sólo se distinguen entre ellas por detalles nimios de luz o de color, el ala de una paloma sorprendida en una posición nunca vista, una

 

hormiga acarreando un grano de trigo; al cabo, una ligera variación de temperatura.

 

Mefiboshet siempre estaba allí para erigirse como símbolo de un cierto estilo de vida, para

 

facilitar con su presencia una eficaz meditación sobre el mismo, siempre que a uno le venga

 

en gana reflexionar a propósito de las cosas verdaderamente importantes de este mundo.

 

II

 

Tendido en la tumbona, observaba ya sin demasiado interés los manejos de los extranjeros

 

en la calle de enfrente, los prismáticos al alcance de la mano, pero sin utilizarlos apenas. Allí

 

estaban, encaramados como gallináceos a los respaldos de los bancos de madera, escuchando

 

con reverencia los secreteos de Milos que recorría los distintos grupos, seguido

 

indefectiblemente por su descomunal mameluco, dando órdenes acaso. Pensé que no volvería

 

a tener necesidad de ellos, pero me confortaba el hecho de que estuvieran ahí, como quien

 

dice disponibles ante cualquier eventualidad, como enlazados a mi cuenta bancaria. A veces

 

alzaba la cabeza para comprobar que la tierra se los había tragado a todos de repente y es que

 

la policía se había puesto a patrullar la calle o iba a hacerlo de un momento a otro. Vida de

 

forajido, salpimentada por la emoción y la contingencia. Yo, por el contrario, dejaba vagar

 

despreocupadamente mi mirada en otra dirección, hacia lo alto, hacia esos bloques de lujosos

 

apartamentos cubiertos de hiedra y flores, de ficus y de geranios, como prismas verticales,

 

como jardines colgantes de una nueva Babilonia. E iba asimilando poco a poco la idea de que

 

en ese mundo donde lo vegetal y lo digital se entrelazaban me aguardaba una nueva vida,

 

hecha con una calculada y bien pesada mezcla de ocio, aventuras y cierta búsqueda por el

 

momento vaga, con un objeto todavía sin determinar, si bien seguro de que no tardaría en

 

aparecer, para fundirme con él y así dar al fin sentido a mi vida, para galopar sobre él como a lomos de un centauro y alcanzar parajes fabulosos, poblados por criaturas de una renovada

 

mitología y sobrecargados de riquezas sin tasa.

 

Sí, así sucede siempre, ignorando que cuando se entra en una espiral, sólo se puede salir por

 

el otro extremo. Cuanto más intensamente se pretenda a la perfección, más poderosa resulta la

 

apelación a un mal proporcionado. Cada cual encierra en sus entrañas el germen de su propio

 

Leviatán y lo alimenta con su soberbia.

 

Me dejé caer en el respaldo y cerré los ojos. Gradualmente, petatillo, gradualmente. Ahora

 

ya sabes que es posible y antes ni siquiera se te habría ocurrido imaginarlo. La paciencia que

 

debes observar por poco tiempo forma parte ya de tu nueva vida. La paciencia es la artesana

 

de las construcciones más sólidas y el tributo que se le paga te es devuelto siempre al

 

céntuplo. No obstante, algo se puede gastar en una sociedad de consumo sin levantar

 

sospechas. Habían transcurrido varias semanas desde el gran avatar y todavía no me había

 

permitido la más mínima compensación por toda una vida de restricciones, exceptuando, claro

 

está, la desafortunada dispensa a favor de la venganza. Levántate de la hamaca, pingajo. No

 

vayas a aburrirte, teniendo un Potosí a tus pies.

 

Mientras atravesaba en diagonal el parque contiguo al hotel, para tomar la avenida que

 

conduce al centro de la ciudad, bajo un auténtico diluvio de destellos, encontré que me urgía

 

comprar las gafas de sol más caras que pudiera encontrar en el mercado y si me sentaban bien,

 

tanto mejor. Luego, con ese delicado par de filtros de luz ante mis dos ojos, noté que el

 

mundo me irritaba un poco menos. Cuando sea verdaderamente rico, no en potencia sino en

 

acto, tal vez me reconcilie con él. La indumentaria ahora, veamos. Por lo pronto, debía

 

tratarse de algo informal, por supuesto, pero, eso sí, elegido entre lo más costoso y exquisito

 

del catálogo de las mejores marcas. Detalles nimios, cierto, pero con ellos ya no era lo mismo.

 

No exactamente. Envuelto en esa tela fresca y crujiente, montado en esos zapatos rechinantes,

 

uno se siente nuevo como un adolescente que se estrena en la vida. Tras el cambio de piel, me fui deslizando por las calles con una conciencia más ligera, vaciada de todo, excepto de lo

 

esencial, de aquello que sirve para conservar una identidad.

 

Fui a parar, o fui a buscar, no sé muy bien, al banco de la plaza de las palomas como quien

 

llega a una sala de espera y me puse a soñar despierto. Seis meses me impuse como plazo

 

antes de comenzar de veras mi nueva existencia. Calculé que, tras esa razonable moratoria, el

 

asunto habría perdido una gran parte de la sensibilidad que aún llevaba adherida; en nuestros

 

días el mundo va muy deprisa, lo que hace una semana apareció en los titulares de todos los

 

periódicos, de los diarios hablados de radio y televisión, hoy está olvidado. Incluso mi mujer

 

habrá comenzado a abordar su biografía con arreglo a otros presupuestos. Convenía, sin

 

embargo, ir tomando algunas decisiones. Tal vez fuera pertinente cambiar de ciudad. O mejor

 

todavía, empezar por gustarlas todas, incluidas las del extranjero, y decidir después.

 

En esas y otras comediciones me hallaba cuando noté que alguien se disponía a sentarse a

 

mi derecha. Alcé los ojos y vi que era Milos. Luego me sorprendió menos que otro cuerpo,

 

mucho más voluminoso, se posara a mi izquierda.

 

¿Te gusta esta placita, verdad? Yo también vengo algunas veces ¿sabes? Hay niños y viejos

 

y a mí me encantan los niños y los viejos. Los de edades intermedias menos, porque con ellos

 

tengo que hacer los negocios. Ya sabes que con los negocios hay que ser duro, si no quieres

 

que te coman como si fueras un boquerón. Ah, pero los niños a mí me relajan y los viejos

 

también. Sobre todo que aquí da gusto oírlos hablar, porque se pueden escuchar muchas

 

lenguas. A veces la mía. Pero cuando se ponen a hablar todos juntos, lo hacen en un español

 

perfecto. ¿No te has fijado? Sí. Yo no puedo distinguirlos de los verdaderos españoles ¿y tú?

 

Tampoco. Y es que lo aprenden en la escuela, con los otros niños españoles. Pero no olvidan

 

la lengua de su país, que también la hablan muy bien. Da gusto venir aquí y escuchar todas

 

esas hablas diferentes y, de repente, como si un director de orquesta levantara una batuta, todo

 

el mundo se pone a hablar un español que a mí me da mucha envidia porque, después de cinco años, todavía no consigo deshacerme de este acento del demonio. Lo único que se me ocurre

 

contestarte es que cabe desearles un mundo menos cruel que el presente, en el que no sólo se

 

comprendan, sino que además se entiendan. No lo tendrán. Del hombre sólo se puede esperar

 

ideas, como el cristianismo, el comunismo, pero no que las cumpla después. Eso es otra

 

cosa…. Una cosa es predicar y otra repartir trigo ¿eh? ¿Qué? Digo que estoy de acuerdo

 

contigo. Me refiero a la justicia social, porque en cuanto se trata del beneficio propio,

 

cualquier idea, por insensata que sea, la concebirá y la llevará a cabo. Eso ha producido a

 

veces buenos resultados. A veces buenos, a veces malos, en la mayor parte de las ocasiones

 

buenos y malos a la vez. Ése es el hombre, así somos todos a la primera oportunidad y así

 

serán estos chavales a los que ahora, en la tierna edad, parece que sólo les falten las alas de las

 

palomas para ser ángeles. Ángeles los hay buenos y malos. Sólo los ángeles pueden ser

 

buenos o malos, nosotros no. Aquí, en vuestro país, las leyes son lo suficientemente ambiguas

 

como para que pueda manifestarse sin agobios la verdadera naturaleza humana, mixta en su

 

substancia y también en sus actos; claro que debe guardar un equilibrio, los errores se pagan,

 

por eso mismo no hay que cometerlos. No tienes más que fijarte en la nueva Babilonia, una

 

nación gobernada por la mafia. Al menos no hay hipocresía; en el país del que yo vengo, en

 

cambio, todo era oficialmente perfecto. En éste, por el contrario, comenzamos a desconfiar de

 

todo lo que no está viciado, pues no hay término medio. Lo hubo, por ejemplo, en la antigua

 

Roma, donde prevalecía el concepto de la virtud. Léete la historia de Roma (y la de Grecia),

 

no los tratados de sus filósofos. Eso es como haber leído a Marx y a Engels e incluso a Lenin,

 

sin haber vivido en la Unión Soviética o en cualquier otro país de su antigua órbita. En

 

occidente la solución consiste en saber crearse una vida privada. Justo, tú lo has dicho; y la

 

tuya, tu vida privada, no deja de ser interesante y misteriosa. ¿Sí? Pues sí….hay algunos

 

puntos que no llego a entender. ¿Y te interesan? El gusano de la curiosidad, se mete en todos

 

los cuerpos. Yo no pretendo ocultar que soy un hombre curioso, al contrario, he aprendido a prestar atención a mi entorno y no estoy arrepentido de ello, lo que se cosecha es siempre

 

superior a las molestias que se invierten. Por ejemplo, en tu caso me sorprende mucho que un

 

simple empleado pueda permitirse el placer de la venganza, privilegio de los ricos o de los

 

poderosos. Y a ti ese capricho te ha costado bastante caro, según he llegado a saber….. Me

 

guardé mucho de pedirle confirmación pero comprendí que no se refería únicamente a la

 

paliza que ellos mismos entregaron y, por supuesto, cobraron. Puesto que entramos en ese

 

terreno, o mejor dicho, quieres que yo entre, he de decirte que también a mí se me abren

 

algunos interrogantes respecto a tu persona. ¿Ah, sí? Sí. ¿Puedo saber cuáles? No comprendo

 

cómo un simple esbirro, que vive del robo y la extorsión y a veces de la concusión, pueda

 

permitirse pensar tanto. Una actividad mental tan intensa no suele convenir a ese particular

 

negocio.

 

Al levantarme, les di la espalda durante unos segundos. Estábamos en la plaza de las

 

palomas, rodeados de niños y ancianas tomando el sol. A Milos le gustan tanto los unos como

 

las otras, en la paz de esta plaza recoleta. Tal vez le recuerde algún lugar semejante de su país

 

natal, también a orillas del mediterráneo. Podía concederme ese desplante. Me volví, sin

 

embargo, hacia ellos. Los encontré a ambos todavía sentados, distendidos, con la sonrisa

 

apacible de dos inmigrantes que vienen a conversar con sus madres y ver jugar a sus hijos,

 

después de una dura jornada de trabajo. Hice mutis y los dejé, al parecer muy a su sabor,

 

como si nunca hubieran roto un plato.

 

Demasiado listo, ese Milos, para ir suelto por ahí, al mando de una tropilla clandestina.

 

Debía mudarme a toda prisa al otro extremo de la ciudad. Era preciso encontrar un domicilio

 

provisional lejos del hotel y olvidarme por un tiempo de la plaza de las palomas.

 

Durante mis horas de ocio, me dediqué pues a buscar activamente una vivienda. No podía

 

sino tratarse de algo modesto, acorde con mi situación aparente. Pronto encontré lo que me

 

convenía, una casa áspera, más bien estrecha, y algo desvencijada, con un jardín de proporciones medianas en un estado de absoluta incuria, abarcado por una gruesa cerca de

 

mampuesto que parecía tan vieja como la muralla del poblado en que vivió Matusalén y

 

situada en un barrio de las afueras. La amueblé someramente antes de sentar mis reales en

 

ella, conservando lo poco que habían dejado, tal vez por pereza, o por urgencia, o por vejez o

 

por muerte repentina, sus antiguos propietarios, a saber, una alacena y un armario ropero

 

rechonchos y nervudos, comidos de carcoma, una tinaja conteniendo un universo sin crear,

 

una palangana con su trípode de patas salomónicas, un tenebroso retrato de una santa,

 

probablemente Santa Teresa de Ávila, y una mesa de nogal y hierro forjado. Lo demás lo dejé

 

como estaba, respeté la pintura añil desconchada del desván y de ciertas habitaciones y el

 

enjalbegado de las demás piezas. Únicamente di una capa de cierto barniz especial a las vigas

 

para protegerlas de la corca.

 

A mi regreso de la oficina, abría bien los ojos por ver si alguien me seguía y alternaba, por

 

precaución, los itinerarios. Me encerré en ella con el propósito de no salir más que para ir al

 

trabajo.

 

En la fábrica los ánimos se habían calmado, ya nadie hablaba de lo sucedido. Las heridas,

 

donde las hubo, se habían curado y las pieles se hallaban regeneradas y restablecidas. Resulta

 

curioso, pero esa rutina que tanto había detestado ya no me pesaba, tal vez porque me estaba

 

despidiendo de ella, porque ya tenía un plazo, no muy largo, marcado y también porque sabía

 

que ya no me iba a embrutecer más, que, en adelante, viviría para mí, para satisfacer mi

 

propio afán, al fin.

 

Más te hubiera valido, después de todo, quedarte quietecito en tu fábrica, si no estabas

 

seguro de disponer del valor suficiente para enfrentarte a los monstruos que te aprestabas a

 

invocar.

 

En mi nuevo domicilio, con ayuda del ordenador, construía periplos imaginarios, visitaba

 

con antelación los lugares que me atraían, tomaba notas para no perderme ninguna de las curiosidades más notables durante mis inminentes viajes. En realidad, me había escapado ya,

 

mi mente deambulaba sin trabas a lo largo y ancho de este mundo. Me las prometía muy

 

felices. Ah, pero un día, al despertarme, antes incluso de abrir los ojos, noté que no me

 

encontraba solo en mi habitación. Con precaución, alcé un poco los párpados hasta

 

procurarme una mínima raja, a través de la cual percibí a Milos, sentado en la misma cama,

 

como si velara a un enfermo, observándome atentamente. No llevaba armas, exceptuando a

 

Ouissene, que se hallaba de pie, a mi izquierda. Tarde o temprano tenía que manifestarme, así

 

que lo hice sin demora, lo más naturalmente que pude. ¿A qué debo el honor de una visita tan

 

temprana? Por toda respuesta, se limitó a levantarse y pasar al salón. Lo seguí. Allí estaba

 

Moussa, tendido en el sofá, cubierto hasta el cuello por una manta. Herida de bala, en el

 

hombro. La policía llegó antes de lo esperado. A buen entendedor…. Comprendí enseguida lo

 

que se esperaba de mí, así que di media vuelta, me vestí y me dispuse a salir. ¿Qué vas a

 

hacer? Traer a un médico, ¿no es eso lo que pretendéis de mí? También habríamos podido

 

traerlo nosotros. Tal vez no en las mismas condiciones…. Eso es justo lo que esperaba oír.

 

Abrí una puerta. Instaladlo en esta cama.

 

Sentí una inesperada fruición, pues era la primera orden que les daba.

 

Poco tiempo después regresé con un bien remunerado doctor, quien se circunscribió al

 

estricto desempeño de su trabajo, sin la menor pregunta. Mientras tanto, Milos me

 

consideraba como un cirujano la porción de anatomía en la que se dispone a practicar una

 

incisión. Vagamente había comprendido que mi capacidad adquisitiva era considerable, puede

 

que no la hubiera evaluado en su real alcance, ignorando, por supuesto, cuanto se refiere al

 

detalle, mas resultaba evidente que había calado en lo esencial. En esos ojos que no se perdían

 

ni uno solo de mis movimientos, noté cómo se iba condensando un veredicto que me

 

concernía. Milos se hallaba tan sumido en sus cavilaciones, que sus funciones vitales parecían

 

reducirse a la sola actividad de seguirme con esas dos gotas de brea que refulgían en el centro de sus ojos. Lo que debe estimarse es si, a pesar de las apariencias, la cantidad que se le puede

 

extorsionar es, sí o no, infinitamente inferior a la contenida en su cuenta bancaria, en cuyo

 

caso, la estrategia a seguir sería mucho más compleja. Conocía que no era una decisión fácil

 

la que le correspondía a Milos. Yo, en cambio, lo tenía muy claro, si se me ofrecía la menor

 

oportunidad de escapar e irme a vivir al sur de la Patagonia, la tomaba sin pestañear; en caso

 

contrario, no había sino aguardar a que cayera la sentencia. Y si es así, ¿cómo es que vive de

 

manera tan frugal? Milos se torturaba.

 

Ouissene, en cambio, se había dado en cuerpo y alma a la observación del trabajo del

 

médico sobre el hombro de Moussa. Yo, para intentar zafarme de aquella mirada inquisitiva y

 

ponderativa, tanto más fija e insistente cuanto que su propietario se había olvidado

 

probablemente de ella, fingí interesarme también por la operación.

 

Podías sentirte satisfecho, los monstruos que se disponían a devorarte, tú mismo los habías

 

invocado. En efecto, los errores siempre se pagan; yo puse la trampa y me las arreglé solo

 

para caer en ella. Ahora, con tu pan te lo comas, muchacho.

 

De cuando en cuando, el gigante, contento de haber encontrado a alguien con quien

 

compartir momentáneamente su interés por la ciencia, se volvía hacia mí y me obsequiaba con

 

una sonrisa admirativa. Milos lo llamó para un aparte. Luego salió de la casa. Durante un

 

segundo, se pintó en el rostro de Ouissene un gesto de desconfianza, mas enseguida se puso

 

de nuevo a observar por encima del hombro del doctor su delicado trabajo con la misma

 

embobada atención que antes y con una sonrisa meliflua, cuyo objeto era invitarme a reincidir

 

en el interrumpido escudriñamiento de las asépticas manipulaciones del galeno. No obstante,

 

conocí que en ese momento su actividad principal era vigilarme.

 

Milos no tardó en regresar. Se le notaba más distendido. Podía palparse la evidencia de que

 

había tomado una decisión. Los hombres somos siempre patéticos cuando nos hallamos

 

paralizados por un dilema y de repente integramos de nuevo la humanidad en cuanto tomamos una decisión, aunque sea errada. Milos ofrecía el aspecto de quien se cura in promptu de un

 

estreñimiento prolongado y mirarlo a la cara ya no producía esa sensación de agobio que

 

comunicaba hacía tan sólo unos minutos.

 

Entretanto, el doctor había concluido su intervención y al tiempo que iba metiendo dentro

 

de una bolsa de plástico frascos vacíos, así como algodones empapados en sangre, lavando y

 

guardando utensilios, se puso a darme instrucciones sobre cómo administrarle los cuidados

 

necesarios al herido. Volvería al día siguiente para supervisar. En el momento en que salía, se

 

cruzó con Vuk, llamado sin duda por Milos. Me hice a un lado para dejarle entrar y cerré la

 

puerta.

 

Heme aquí encerrado, por vez primera, en mi propio domicilio con mis secuestradores,

 

como un calamar listo para ser guisado con su propia tinta, y para colmo uno de ellos

 

presentando una herida de bala. Algunos parecen considerar mi casa como un molino, en el

 

que todo el mundo tiene derecho a entrar y salir a placer. No podía dejar de pensar en que,

 

afuera, la policía estaría buscándolos activamente. Considerándolo bien, mi interés no

 

consistía en que los encontrara conmigo, pues ellos conocían cierto secreto que me concernía.

 

Veamos pues cómo juega sus cartas este Milos. No debe ser mal jugador, Milos. Hasta es

 

posible que se haya entrenado en un decorado que me resulte familiar. No resultaba

 

descabellado imaginarlo en la taberna de un pueblo blanco de pescadores, como los de aquí,

 

con fondo zafirino de mediterráneo y mucha luz reverberando por todas las paredes encaladas,

 

algún vaso de tintorro, alguna que otra copa de cristal grueso conteniendo algún tipo de licor

 

fuerte semejante a la cazalla o a la absenta de estos pagos, las inevitables tacitas de loza para

 

el café, con sus platitos y cucharillas, sobre una tosca mesa de madera, rodeada de sillas de

 

enea, todo más basto que el pan de centeno, igual que en este país hace cuarenta años, y

 

mucho humo de cigarrillo y muchas voces alternando con silencios profundos que dejan oír la resaca, para las jugadas de interés. Presumo que llegaremos a entendernos, dije para mis

 

adentros.

 

No hay de qué maravillarse, que un diablo se parece a otro. Pero a ti no te habrían faltado,

 

más adelante, ocasiones para desertar, si realmente no te hubiera venido en gana ser el

 

comandante de una legión de ellos, como éste era el caso, debes admitirlo; así que no pongas

 

pretextos. ¿Para qué los iba a poner? Bien sé que no es momento para subterfugios. Entonces,

 

¿a qué viene la mención de esa pretendida ósmosis entre tú y Milos?

 

Me hace el efecto que piensas que utilizo el sobado argumento de las malas compañías.

 

Verá usted, señor, yo no soy malo, mas a fuerza de protegerme contra las insidias de los

 

malvados me veo en esta tan poco airosa postura. Puedes desechar tal idea, ¿de qué me

 

serviría justificarme? ¿Acaso no me hallo ante ti como el miserable pescador ante el genio de

 

las mil y una noches que le está diciendo, sin gran derroche de amabilidad aunque con

 

innegable cortesía, elige tu muerte? Como fácilmente puedes adivinar, a estas alturas me

 

importa una nuez agujereada y podrida lo que se te ocurra pensar de mí. Sin embargo,

 

mientras hablamos vivimos, ¿no es así? Tal vez te agrade saber cómo fue que llegamos a

 

tocarte las narices de modo tan inconveniente. Oh, tocarme las narices sólo hasta cierto

 

punto…

 

Milos estaba ciertamente decidido a no dejarme partir de rositas. Eso lo supe desde que

 

llegó Vuk para reforzar la vigilancia y Ouissene me miró de aquella peculiar manera. Todo lo

 

que fuera forzar la situación, habría debilitado mi posición ante ellos. O acaso contribuía

 

también a conformar mi actitud un tanto condescendiente, es verdad, una inconfesada

 

aspiración a dirigir aquella estructura humana que había visto funcionar como el mecanismo

 

de un reloj, aunque con objetivos mediocres, pero yo sabría tener otras miras. El razonamiento

 

que había empujado a Milos hacia la determinación de mantenerme bajo custodia, podía

 

traducirse en términos de poder; si estaba atento, ésa podía ser mi baza. Y, para ser sincero, no me desagradaba el juego. Esa sinceridad ya me va gustando más; detesto las argucias, sobre

 

todo en los momentos decisivos.

 

El inmenso capital que poseía tan sólo me acordaba un dominio limitado sobre un camarero

 

o el botones de un hotel, durante sus horas laborables. Sin embargo, tener a mi disposición a

 

un ejército privado de hombres determinados, eso era harina de otro costal. Claro que una

 

maquinaria de tal envergadura requiere ser alimentada, mas yo comenzaba a tener una vaga

 

idea de cómo hacerlo. No obstante, le tocaba mover ficha a Milos y presumí que dicho

 

movimiento iba a efectuarse en breve puesto que Moussa dormía al fin un sueño enfebrecido.

 

Más preciado es, razoné, el don que se otorga sin que el propio interesado haya tenido que

 

requerirlo, sino que más bien ha sido rogado para que tenga la amabilidad de aceptarlo, así

 

que me limité a ofrecerles una copa de excelente jerez a cada uno, prometiéndome no

 

descoser la boca el primero bajo ningún concepto.

 

Nuestro problema consiste en que vemos la sociedad sobre la que operamos desde fuera.

 

Eso es lo que llamamos en castellano dar palos de ciego. Una imagen bastante apropiada,

 

debo reconocerlo. Y si de repente se os proporcionara, como llovido del cielo, un punto de

 

vista interior ¿qué estrategia aplicaríais? Pienso que ese nuevo punto de vista aclararía

 

considerablemente nuestra mirada.

 

Fue el momento que eligió Milos para observar con detenimiento, ante la luz que entraba

 

por la ventana, el color del líquido contenido en la copa. La oferta había sido suficientemente

 

clara, podía aceptarla con condiciones.

 

Vamos a empezar por definir la situación. He oído decir que definir la situación consiste en

 

explicar, de la manera más concisa posible, lo que uno espera de los demás y lo que los demás

 

pueden esperar de él. Hagámoslo así. Perfecto. Vosotros podéis esperar de mí, no solamente

 

el mencionado punto de vista interno, sino también la estrategia que no habéis sabido

 

mencionar, así como el capital que permitirá financiar las primeras etapas. Por mi parte exijo mantener una cierta distancia. La comunicación que mantendremos, en caso de llegar a un

 

acuerdo, se efectuará del modo más discreto posible y según modalidades que precisaré a su

 

debido momento.

 

Milos se incorporó en el sillón, dio el último sorbo al contenido de la copa y abrió mucho

 

los ojos, como si todo cuanto iba a escuchar tuviera que hacerlo con ellos. Veamos en qué

 

consiste esa estrategia.

 

Imposible resistirse a la tentación de incrementar unos grados el suspense, lo que hice muy

 

bien dando un sorbo al magnífico jerez que había adquirido recientemente y paladeándolo con

 

toda parsimonia. Eso era ya una pequeña parcela de poder. Tú debes conocer sin duda el sabor

 

de esos detalles en apariencia nimios. No lo sabes muy bien todavía hasta qué punto puedo ser

 

un consumado maestro del suspense. Si quiero, puedo hacerle perder a un hombre, sin tocarlo,

 

únicamente conversando con él, dos kilos y medio de su propio peso en tan sólo dos horas y

 

media. Mis hombres están de testigo, que han llegado a pesarlos antes y después de la

 

comparecencia.

 

Soy de la opinión que una parte considerable de los descalabros y fechorías cometidos en

 

este mundo deben estar aguardando todavía la justicia divina, dada la incapacidad de la

 

humana para administrar el justo castigo. Mi propuesta consiste en crear una tercera vía de

 

justicia, la nuestra, que tendrá como objeto suplir las faltas de la segunda y aliviar los

 

tribunales de ambas, sobre todo de la segunda, que sabemos se hallan bastante

 

congestionados, no los de la primera, que sólo deben tratar los asuntos de máxima urgencia,

 

aplazando los otros al día del Juicio Final, para ser despachados en veinticuatro horas, según

 

parece. La cual justicia nuestra producirá únicamente penas de naturaleza pecuniaria.

 

Asimismo cobraremos un porcentaje por los secretos de aquellos a quienes el parné abre más

 

fácilmente las puertas del vicio, con lo cual construiremos también nuestra propia fiscalidad.

 

Hoy en día, todo ese caudal de materia fecal pasa por las cloacas que conducen las ondas electromagnéticas. Se trata de acceder subrepticiamente a ese canal de información. Para ello

 

dispongo ya de algunas ideas, si bien convendría obtener la colaboración de un conocido mío

 

quien aportaría el material necesario y sugerencias suplementarias.

 

Adelántanos algunas de esas ideas de tu propia cosecha.

 

Bien, mi trabajo consistiría en seleccionar y señalar las presas más apetitosas. Luego

 

necesitamos soldados que las observen de cerca hasta determinar el modelo exacto de teléfono

 

móvil que utilizan. ¿Contamos con buenos carteristas? Los tenemos excelentes, formados en

 

la escuela del hambre, la más cara de matrícula. Perfecto, uno de ellos se encargará de robarle

 

al sujeto el móvil, otro le devolverá un teléfono aparentemente idéntico, con la carta SIM del

 

anterior para que no eche en falta sus direcciones y todo el mundo pueda seguir llamándole,

 

pero con una particularidad singular, a saber, que un tercero, llamando a un número

 

determinado, puede escuchar cualquier ruido que se produzca alrededor de dicho aparato, esté

 

encendido o apagado, incluidas, por supuesto, las comunicaciones que establezca en la

 

intimidad. Existen igualmente programas que, introducidos con nocturnidad y alevosía en un

 

ordenador, éste, al conectarse a Internet, transmitirá, sin que ningún antivirus sea capaz de

 

detectar dicha actividad puesto que previamente se le han dado instrucciones para que la

 

ignore, cualquiera de las operaciones efectuadas, lo que incluye toda clase de ficheros

 

elaborados y almacenados, así como las páginas net visitadas y las claves introducidas para

 

ello, a un banco de datos al que accederemos mediante un código secreto. Alguien colectará y

 

acumulará la información relevante de modo que pueda ser utilizada convenientemente en el

 

momento oportuno. Necesitaremos una empresa tapadera, que albergará unas oficinas y una

 

trastienda.

 

Ouissene escuchaba con una media sonrisa bajo el bigote que no le comprometía a nada,

 

Vuck se limitaba a ofrecer el aspecto de una concentración profunda. Ambos habían

 

aprendido sin duda a no dar su opinión antes de haber escuchado y comprendido la del jefe. En cuanto a Milos, se había quedado erguido en el sillón, dando la impresión de que se iba a

 

levantar de un momento a otro, pero no lo hacía. Su mirada se había quedado clavada en mí,

 

pero ahora estaba seguro de que ya no me veía. ¿Existirán todos esos artilugios? Últimamente,

 

entre la guerra y la mala vida, hemos estado poco atentos a las innovaciones tecnológicas.

 

¿De cuántos hombres dispones? La elección de la segunda persona no era inocua, tenía

 

como objeto tranquilizarle. El mando de las fuerzas en presencia lo conservaría él, por

 

supuesto. Lo que me guardé de explicarle es que él mismo, sin apenas darse cuenta, no tendría

 

más remedio que acabar obedeciéndome a mí, o al menos seguir mis indicaciones. ¿Qué?

 

Ah…pues de unos cincuenta. Bien, les vamos a pagar ahora mismo un sueldo, modesto al

 

principio, pero que se irá incrementando a medida que vaya arraigando y tomando cuerpo la

 

cosa, nuestra…. Cuando haya beneficios, los distribuiremos racionalmente en función de las

 

responsabilidades y los méritos, pero a cada uno le corresponderá su parte.

 

Ésta es, en líneas generales, mi propuesta. Si la aceptáis, salgo de inmediato a hacer las

 

primeras gestiones, así como las primeras adquisiciones. En caso contrario, os cedo la casa

 

hasta que Moussa se haya restablecido y luego me dejáis en paz de una vez por todas.

 

Milos necesitó tan sólo unos segundos para responder. Está claro que aceptamos. Es lo que

 

suponía. Perfecto, ahora debo ausentarme unas horas.

 

El siempre tan precavido jefe de los bandidos se había quedado tan aturdido esta vez que me

 

dejó marchar solo. Todavía estaba a tiempo de echarlo todo a rodar en beneficio de mi

 

entereza moral, la cual ofrecía, bien es verdad, alguna que otra mancha, pero el hueso no

 

había sido aún alcanzado por el mal, creo. Ante mí se abría la posibilidad de coger un taxi

 

hasta una ciudad vecina y desde allí tomar el primer avión que pillara, poco importaba su

 

destino, Buenos Aires o Las Vegas. En caso de que fuera ésa la elección correcta, debía darme

 

prisa, pues Milos no tardaría en comprender su error y consecuentemente era previsible que

 

enviara a alguien con la misión de seguirme la pista, acaso con la orden de enviarme a pudrir malvas si se hiciera patente mi decisión de embaucarles. Tal vez lo haya hecho ya. Lancé una

 

mirada oblicua al centro de la calle y vi que se acercaba, en efecto, un taxi libre. El corazón

 

comenzó a golpear como un palote sobre el parche de un atabal de guerra. No, reflexiona un

 

poco antes. Estás solo. La riqueza, sin poderla compartir con nadie, sin que sea útil a nadie

 

más que a ti, es muy capaz de ir perdiendo brillo hasta extinguirse por completo su actual

 

fascinación, pudiendo conducirte, mediante tres jugadas maestras, a una rutina distinta, cierto,

 

pero no menos penosa o a una existencia errática pero no menos estéril. Un hombre,

 

cualquiera que sea su condición social, está hecho para planear batallas y combatirlas. Sin ese

 

tipo de vida, se marchita y pronto, tras cuatro pedos que le salgan de través, se va al guano.

 

Por el contrario, en el fragor y al calor de la lucha, puede levantar cabeza tras los descalabros

 

más contundentes y resistir como el más tenaz de los microbios, a los que se les borra de la

 

faz de la tierra un año y reaparecen al siguiente con mayor virulencia. Bien es verdad que

 

podría haberme lanzado en cualquier otro proyecto más o menos legal, pero no se me ocurría

 

ninguno con tanto morbo como ése. Ninguno, al menos, que pudiera catapultarme, de manera

 

tan directa, hacia las altas plataformas donde el hombre libera esa innata fruición que

 

experimenta con el usufructo del poder. Y además, la ocasión estaba ahí, más calva que una

 

rodilla.

 

Me detuve fingiendo elegir un periódico y con el rabillo del ojo percibí a Vuk doblando

 

precipitadamente la esquina. Lo compré pues. Él, entretanto, tuvo que colocarse torpemente

 

ante un escaparate. La elección estaba hecha.

 

Ya mucho más resuelto, y haciendo caso omiso del confuso Vuk, encaminé mis pasos hacia

 

la oficina de mi antiguo director espiritual. Me recibió enseguida en su soleado despacho del

 

primer piso, sin ventanas puesto que todo el panel que daba a la calle era un inmenso y único

 

cristal. Parecía sorprendido de tenerme allí otra vez. Este tío, ¿habrá encontrado una nueva

 

mujer de quien sospechar? En esta ocasión no vengo como cliente, sino con una proposición de negocios. Ah. Y entrelazó los dedos de ambas manos como si se dispusiera a rezar. Le

 

expuse mi plan orientando la argumentación de un modo que me permitiera mencionar el

 

volumen de capital que me disponía a invertir sin la menor dilación. Palideció. La actitud

 

oratoria se le descomponía y recomponía sin cesar, convirtiéndose al cabo en una plegaria

 

bastante torpe. Los ojos, muy abiertos, decían claramente ¿pero qué impertinencia es ésa,

 

hacerme una propuesta tan atractiva que no la puedo rechazar por nada del mundo? Pasando

 

por alto su reacción, sugerí que no solamente tendríamos acceso al material más sofisticado

 

que pudiera encontrarse en el mercado, sino que además cabría la posibilidad de montar un

 

laboratorio propio donde adaptar a nuestros fines los diferentes componentes e incluso ¿quién

 

sabe? fabricar algunos de ellos. Mencioné asimismo los medios humanos que se hallaban a

 

nuestra disposición. Pausa y silencio asumido comprensivamente por ambas partes.

 

Siempre me he visto caminando de puntillas sobre ese trazo finísimo que separa la legalidad

 

de la ilegalidad, pero aceptar esta propuesta sería inclinarme francamente del lado de la

 

segunda. No podemos sino coincidir en la adecuada formulación de dicho juicio. Me lanzó

 

una mirada que, en esgrima, constituiría un movimiento del estoque destinado a parar.

 

Circunspecto, desvié la mía hacia la calle sin prestar atención al denso tráfico que fluía sin el

 

menor ruido.

 

Se levantó y se puso a pasear activamente de un extremo al otro de la estancia. Acepto, pero

 

primero vamos a definir con precisión los filtros que permitirán aislar, en caso de necesidad,

 

mi empresa de la vuestra. Correcto, también yo he hecho lo propio con ellos. Al principio mis

 

empleados intervendrán puntualmente, pero desde mañana mismo quiero aprendices en mi

 

taller con objeto de que, tras un plazo razonable, sean ellos los que hagan el trabajo sucio.

 

Una decisión juiciosa, los forajidos, al fin y al cabo, son ellos. Tu plan tiene, no obstante, un

 

inconveniente y es que hay una cantidad enorme de marcas y modelos de móviles circulando

 

por estos mundos de Dios, aunque es cierto que sólo una veintena de ellos acaparan la mayor parte del mercado. Ello nos obligaría a desplazarnos con un auténtico almacén sobre ruedas

 

para estar completamente seguros de tener el aparato que nos hace falta en cualquier

 

situación. Pero hay una manera de solventar este problema, en caso de que no dispongamos en

 

ese momento del modelo adecuado, la solución de recambio sería devolverle al individuo su

 

propio teléfono intervenido según el mismo principio que el de los aparatos espías clásicos,

 

aunque muy miniaturizado. Se trata de una tecnología cara, pero, con relación al objetivo que

 

perseguimos, aportaría, a mi parecer, un buen rendimiento, con una garantía razonable. Una

 

furgoneta con un compartimiento sin ventanas, bien iluminado y bien pertrechado, constituiría

 

un buen taller móvil. La intervención, en sí, no suele durar más de diez minutos. Un par de

 

conexiones, una soldadura y listo. El cuerpo implantado es realmente minúsculo y únicamente

 

un técnico con un buen grado de especialización sería capaz de detectarlo, lo cual no es

 

probable que suceda, pues un móvil averiado suele ser reemplazado sin contemplaciones por

 

la propia compañía y su destino inmediato es el cubo de la basura.

 

Salí de la oficina de mi mentor pensando que bien merecía una pausa y un café. Con tal

 

propósito, entré en un establecimiento lujoso y elegí una mesa junto a la ventana. Recordé

 

que, aunque seguía vistiendo informalmente, cuantas prendas llevaba encima eran de primera

 

calidad, lo que me hizo sentir confortablemente instalado, en el lugar adecuado. Y con tal

 

convicción, abrí el periódico mediante un gesto seguro. Fui directamente a las páginas de

 

anuncios comerciales y al poco tiempo había encontrado un local con las dimensiones

 

adecuadas, situado en un barrio popular, si bien no muy alejado del centro de la ciudad.

 

Entonces se me planteó un pequeño problema. Necesitaba a un hombre de trapo. No podía

 

poner ese local a mi nombre y tampoco podía presentar como adquiridor a un extranjero sin

 

recursos y probablemente sin los papeles de residencia en regla. Tampoco podía volverme

 

hacia mi vida anterior, que estaba zanjada y cerrada con siete sellos. Sin embargo, me vino la

 

impresión de que la solución no se encontraba lejos, la sentía revolotear alrededor de mi cabeza, la tenía en la punta de la lengua. ¿Quién diablos podría ser ese hombre de paja que yo

 

conozco, sin duda, que tengo al alcance de la mano si doy crédito a mi intuición? Un error de

 

mi sexto sentido, tuve que admitir. Pero de repente pronuncié, victorioso, su nombre,

 

arrastrando muy despacio las fricativas. Me ffffi bossss het. El hijo cojo del rey Saúl. Ni

 

hecho a propósito para desempeñar tal papel.

 

Y con ello, las principales piezas del artefacto económico estaban ensambladas. No tardaría

 

en circular por sus tubos el calor y los líquidos. La vida. En realidad, fue un monstruo que

 

crecía solo, casi sin cuidados, o más bien adelantando a éstos las etapas de su crecimiento.

 

Mas no es cierto que saliera de la nada. Donde no hay, nada se saca. Ya tienes pues la

 

explicación que me pediste. Lo demás, puede fácilmente deducirse de estas premisas.

 

¿O quieres más? Quiero más, por supuesto, y no tengo ninguna prisa.

 

Pensé que un hombre con tus ocupaciones prescindiría del detalle. El detalle es como el

 

grano de sal, sigue; tú mismo lo has dicho, mientras hablamos, vivimos. Está bien, tampoco

 

yo tengo la menor prisa. Pero diles a tus hombres que no sonrían tanto, la muerte nunca debe

 

tomarse a la ligera, no le gustan los mequetrefes que se chancean en su presencia. El que se

 

ría una vez más sale de esta casa por el agujero del retrete, hecho picadillo.

 

III

 

Cuando Milos, Vuk y Ouissene pusieron sus plantas en el local, comprendieron que no les

 

estaba contando el cuento de la villa Villón, sino que hablaba muy en serio y por eso mis

 

palabras se habían traducido en un acto bien orientado hacia el propósito establecido.

 

Esto es la oficina inmobiliaria, equipada con dos ordenadores y todo el material necesario

 

para que funcione realmente. Falta el personal. Pienso que con dos hombres será suficiente.

 

Luego abrí una puerta que daba a una sala bastante más vasta, en la cual se desplegaban dos

 

hileras de mesas con sendos ordenadores, dejando un pasillo en medio, por el que me puse a

 

avanzar. Les mostré una puerta que caía a mano derecha. Es el locutorio.

 

Al fondo todavía figuraba una tercera puerta que daba acceso a un despacho bien

 

pertrechado. Les invité a tomar asiento.

 

Bien, el material, y no sólo me refiero al contenido en este enclave, está listo para ser

 

operativo. Únicamente queda pendiente la tarea de elegir el hombre apropiado para el puesto preciso. Necesitamos por lo tanto una lista de todo el personal donde figure la vida y milagros

 

de cada uno. A ello seguirá, imagino, una fase de formación.

 

Creo disponer de un puñado de hombres a quienes su estancia en el ejército les ha dado la

 

capacidad requerida para poner en funcionamiento al menos una parte de este dispositivo.

 

Otros, mediante un pequeño reciclaje, estarían listos en breve. Vosotros dos, encargaos de esa

 

lista.

 

Vuk y Ouissene salieron del despacho. Esto sólo es el cerebro, también hay que preparar los

 

músculos. Eso déjalo de mi cuenta. Por supuesto que lo dejo de tu cuenta, pero cuando digo

 

preparar me refiero a preparar bien y para ello hay igualmente presupuesto. Entiendo. Tú

 

dirigirás todo desde otro lugar, una atalaya que os mostraré después. Entonces mi papel es

 

mandar. Cosa que se te da muy bien, según he podido comprobar. Tengo alguna experiencia

 

en dicha actividad, pero si mi papel es mandar, ¿cuál es el tuyo? El mío es crear realidad, para

 

que todos nos desenvolvamos en ella.

 

Al rato volvieron Vuk y Ouissene con una larga lista en la que figuraban, entre otras

 

lindezas, dos ingenieros en telecomunicaciones, varios expertos en informática, así como

 

electricistas y gente que acreditaba haber trabajado en algún momento en las oficinas del

 

ejército. ¡Pero bueno, será posible! Y toda esta gente, ¿cómo es que no encuentra un empleo

 

conveniente en su país? Nuestro país está en perdición. Y nos hicimos una idea equivocada de

 

éste.

 

Decretamos los nombramientos ipso facto y mandamos buscar a los interesados para que

 

tomaran de inmediato posesión de sus cargos y empezaran a ejercer sus funciones. Así se

 

hizo, con lo que, en breve, algunos ordenadores mostraban ya paisajes exóticos, llenos de

 

colorido. La agencia inmobiliaria abrió sus puertas. Aquello era como un parpadeo, antes de

 

que la criatura despertara por completo a la vida. Hombres y máquinas iniciaban una danza que terminaría por acordar sus cuerpos y sus espíritus en una armonía que trascendería a

 

ambos.

 

A eso del mediodía abandonamos el local, que ya se encontraba entre las manos y bajo la

 

responsabilidad de otro. Pasamos a recoger a un Moussa prácticamente restablecido y de ahí

 

nos dirigimos a un conocido restaurante de la playa. El sol cegaba, las reverberaciones de los

 

edificios ulceraban unas retinas sensibles por la prolongada lectura de documentos diversos y

 

variados; una masa informe, viscosa, de pieles humanas pululaba sobre la franja de arena que

 

limitaba con el agua y la brisa marina traía cálidas vaharadas de fresa y coco. Mucho había

 

que celebrar por todo lo alto, así que comenzamos por unas ostras y un excelente vino blanco

 

del terreno, muy frío. Milos parecía recuperado de su estupor inicial y se encontraba de un

 

excelente humor. Había comprendido sin duda las posibilidades inmensas de nuestro negocio,

 

así como la impecable factura del mismo. Los demás le dirigían por momentos miradas

 

cargadas de interrogantes, pero si el jefe estaba contento, ellos también, qué caray. Y hubo

 

motivos en tal ocasión para semejante alacridad, de entre los cuales baste mencionar el efecto

 

benéfico que operó en aquellos cuerpos, una semana antes tendidos como bacalaos puestos a

 

secar ante la estación de autobuses, la selección de exquisitos y refinados platos, los añejos

 

caldos y licores, los variados dulces y frutas, el café, del que todos tomaron varias tazas. Vuk

 

y Ouissene encendieron sendos habanos que exhalaban un humo denso como pacas de

 

algodón. Pondría la mano en el fuego para afirmar que, sólo por esa comida, admitía cada uno

 

de ellos en su fuero interno que su expedición a occidente había sido un auténtico éxito.

 

Como quiera que Vuk y Ouissene comenzaran a competir en la formación de anillos de

 

humo, discutiendo animadamente sobre su perfección y frecuencia, atrayendo la curiosidad de

 

los demás comensales, Milos decidió centrar la conversación. Esta mañana me hablaste de

 

una aletilla…. ¿Yo? Sí hombre, dijiste una aletilla desde la que se puede dirigir todo. Una

 

atalaya, que es un lugar elevado desde donde las aves rapaces acechan el terreno circundante, a la espera de una eventual presa. Esto me recuerda una decisión ya tomada. Y es que todo el

 

personal de la oficina tendrá una hora diaria de castellano, de lunes a viernes. Y vosotros

 

también, en la atalaya. No tardaré en ocuparme de esto.

 

Entonces les hablé de Nicolai y de Mefiboshet, quienes ya les aguardaban allí. Respecto al

 

primero, mencioné sus cualidades sin especificar el cometido que le asigné en determinada

 

ocasión. Puede ser útil para cierto tipo de misiones, dije evasivamente. Por lo que se refiere a

 

Mefiboshet, les revelé que era, al mismo tiempo, el criado y el dueño de todo. Se encargaría

 

de hacer las compras, cocinar, tener limpio y ordenado el apartamento; el cual estaba, por

 

cierto, a su nombre, así como el local que acabábamos de visitar y probablemente otras

 

propiedades que sin duda adquiriríamos en el futuro.

 

Elegí esa nota de optimismo para hacer una seña al camarero y pedirle la cuenta. Acto

 

seguido les conduje al soberbio ático que adquirí en el centro de la ciudad sólo para ellos y

 

también para las reuniones en la cumbre. Suspenderé de empleo y sueldo a todo aquél que, en

 

lugar de ático, me diga viático o hepático. ¿Qué es exactamente un ático? Se informó,

 

prudente, Vuk. El último piso, ¿ves? Y pulsé el número 15. Una voz en off comenzó a

 

describir el proceso: cerrando puertas, subiendo, abriendo puertas. Un auténtico tormento para

 

aquél que viva en ese edificio durante los próximos veinticinco años, debiendo coger el

 

ascensor tres veces al día. Llamé al timbre de la puerta y abrió Mefiboshet, tras él aparecía

 

Nicolai, erguido. Procedí a las presentaciones. Mefiboshet saludó y dio un paso atrás, Nicolai

 

no. Les hice pasar adelante. Ofrecí la mejor habitación a Milos, a los demás les

 

correspondieron cuartos similares. El apartamento estaba perfectamente iluminado y

 

ventilado; además de las habitaciones necesarias, disponía de tres baños, una amplia cocina,

 

un salón de buenas proporciones, un holgado despacho y una vasta terraza equipada con

 

toldo, mesa y sillas de madera donde les invité a sentarse. Caballeros, están en su casa. Juan

 

(Mefiboshet) ¿puedes traernos unos refrescos? El aludido enumeró las diferentes posibilidades. Registrado el pedido, se fue navegando como lo haría un velero que tuviera que

 

cabecear con las olas. Nos vamos a tomar unos días, vosotros para instalaros y descansar, yo

 

para confeccionar una primera lista de objetivos. He aquí pues la torre desde la que vas a

 

mover tus piezas, Milos; procurad ser discretos. Por el momento, nadie os va a prestar mucha

 

atención, pero a medida que vayamos avanzando por el camino trazado, cada vez más gente

 

estará interesada en seguir la pista que conduzca hasta vosotros. Debéis reflexionar sobre eso

 

y ser cuidadosos. Aunque de momento no haga falta, convendría diseñar un modelo prudente

 

y eficaz para la transmisión de consignas. Seguís trabajando para un ejército, sólo que éste es

 

secreto.

 

Mefiboshet trajo las bebidas. En verdad se estaba bien allí, con la inmensidad añil del mar a

 

un lado, las montañas, también azules, al otro y, a los pies del coloso que nos sostenía, el

 

casco antiguo, terroso, pardo, de la ciudad. Pero, en cuanto apuré el contenido del vaso, me

 

despedí, dejando que el grupo se reajustara en el seno de ese habitáculo de lujo.

 

Volví a casa caminando despacio, con la impresión de haber recuperado mi libertad así

 

como mi intimidad, esforzándome igualmente por obtener la convicción de que si al propio

 

tiempo había tomado una vía de crápula, ello se debía tan sólo a la fuerza de los

 

acontecimientos que me arrastraba en esa dirección. Sin embargo, bastaba con que me dijera

 

vete ahora, tu fortuna está prácticamente intacta, no te perseguirán, creen que has invertido

 

demasiado, que les has dado todas las claves y todos los medios, para comprender que tal

 

persuasión era vana.

 

Ya te dije que, una vez se ha entrado en una espiral, sólo se puede salir por el otro extremo.

 

Sin embargo, resulta extraordinario cómo un hombre sin cualidades, sin nacimiento, sin haber

 

gustado antes ni al dinero ni al poder, haya sabido establecer tan pronto y desde un punto de

 

vista teórico la diferencia entre uno y otro. Hay muchos hombres agazapados dentro de un

 

hombre, aguardando a que sople una brisa determinada, a la temperatura justa, esperando a que salga un sol preciso o una luna con su particular paraselene, impreso desde antiguo en su

 

mente.

 

En verdad, el Leviatán está dentro de ti mismo y, a veces, sale al exterior para que sepas de

 

qué pasta está hecho el horror. Más te hubiera valido quedarte quieto, antes de invocar fuerzas

 

que no conoces, porque ahora llega el espanto y el crujir de dientes.

 

Durante aquellos días, era un desconocido para mí mismo. Ahora, el desconocido es el que

 

fui antes del gran avatar. Y ese intruso no venía preguntando, sino que albergaba los sueños

 

más descabellados, se adivinaba en la sombra dirigiendo a hombres armados para poner la

 

ciudad a sus pies, para saber todo sobre ella e influir en las decisiones que se hayan de tomar

 

en cualquiera de sus instancias, con la finalidad de adquirir mediante cada una de ellas nuevas

 

parcelas de poder. Tu discurso me resulta tan familiar que sólo de oírlo me da náuseas. Si lo

 

deseas, interrumpimos la narración aquí, puesto que no te aporta nada. Sigue contando, hay un

 

aspecto desconcertante en tu historia, justamente el que borraba con una contumacia insufrible

 

todos los caminos que hubieran debido conducir hasta ti. Quiero resarcirme con tu voz de una

 

espera tan larga, de tantas maniobras y gestiones infructuosas, de tanta bilis malgastada. Sólo

 

así lograré expulsar la exasperación que todavía me corroe las entrañas. Puede que hayas

 

vivido todo esto como una humillación. Todo lo doy por bien empleado, cuando se alcanza un

 

fin satisfactorio. El fin siempre es el mismo, para todos los sujetos y para todos los asuntos,

 

únicamente cambian los medios. Pues examinemos los medios, en tanto llega el fin.

 

Pasé por una librería y cargué con lo más conspicuo de la prensa local, recado para escribir

 

y un verdadero saco de libros, elegidos entre las aportaciones indiscutibles a la alta literatura

 

universal. En verano sobre todo, siempre había andado por casa con un buen libro en la mano,

 

rémora sin duda de mi alejado paso por la universidad, pero en ese momento intuí que debía

 

modular mi voz para que me sirviera de herramienta esencial de trabajo. Las órdenes pasan

 

por la palabra y si uno quiere ser bien obedecido, debe aprender primero a hablar claro. Para ello hay que beber en los grandes autores. Cada autor ha ido reajustando y adaptando miles de

 

ritmos ajenos, elegidos al dictado de su gusto y de su intuición, hasta construir su propia

 

música, la personal melodía con la que plasma las percepciones únicas de su espíritu. Su voz

 

es, al propio tiempo, original e imitada, personal y colectiva; es el resultado irrepetible de una

 

síntesis cuya responsabilidad tan sólo a él le incumbe. Con el andar del tiempo y las

 

vicisitudes que introdujo, ese tono intransferible de mi voz llegó a constituir mi firma más

 

segura, la estampilla característica que avalaba cabalmente cualquier documento que saliera

 

de mi mano, tanto si estaba redactado en clave como si no, y quien lo recibía ponía en

 

ejecución de inmediato su contenido. Sobre la solemne mesa de nogal puse una hoja en

 

blanco, donde fui alineando nombres de personas. La lista comenzó siendo el producto de mis

 

conocimientos de la sociedad local, luego siguió alimentándose con la lectura de los

 

periódicos. Los primeros nombres que se me ocurrió poner en ella fueron los de los directivos

 

y principales accionistas de mi antigua empresa, así como los de los miembros del Consistorio

 

municipal. Añadí conocidos empresarios, algún que otro notable que calza puntos por estos

 

parajes, un par de abogados que habían alcanzado cierta notoriedad y con ello consideré que

 

había materia suficiente como para que la maquinaria hiciera su rodaje. Pasé por la oficina y

 

deposité la lista. Luego volví a casa para enfrascarme de nuevo en el estudio de los clásicos.

 

A pesar de que el jardín estaba descuidado, baste decir que crecían más ortigas que flores,

 

pero no hay desperdicio, en caso de sitio, buena es una sopa de ortigas, encontré un buen

 

lugar para colocar una tumbona y ponerme a leer confortablemente, a la sombra de una

 

higuera. Las casas de ambos lados poseían vastos terrenos, cerrados por espesos muros de

 

mampostería antigua, así que los pocos ruidos que generaban me llegaban muy atenuados. Por

 

la mañana sí se producía un rumor lejano e ininterrumpido, pero no provenía del vecindario,

 

sino de un diseminado coro de hormigoneras que gruñían y eructaban haciendo rodar sus

 

bocas groseras, prácticamente en todas las calles de la ciudad. Por la tarde, tras el marasmo de la siesta, comenzaban a chillar las golondrinas, revoloteando alrededor de sus nidos, casi del

 

mismo color que la desconchada y terrosa fachada. Al anochecer silbaban los mirlos, después

 

de entrar como negros obuses en la espesura de la higuera, mientras los gorriones libraban

 

tremendas rencillas en el tejado y en los árboles más copudos que poblaban con cierta

 

profusión la zona. Todo ese tráfago no conseguía hacer la menor mella en mi concentración,

 

tan sólo alcanzaba a percibirlo cuando deliberadamente interrumpía la lectura, colocaba el

 

marca páginas y cerraba los ojos unos instantes. Poco a poco me iba invadiendo una sensación

 

de plenitud que no recordaba haber poseído desde mis tiempos de estudiante cuando,

 

presionado por el programa de la facultad, empalmaba los días con las noches sentado a la

 

mesa de ese festín de palabras. De hecho, desenrollé un gran prolongador que había

 

encontrado por casualidad en el trastero y pude enchufar una lámpara en medio del jardín para

 

poder continuar mi actividad al fresco, después de anochecido, hasta altas horas de la

 

madrugada.

 

La tregua duró tres días cabales y al cuarto sonó el móvil. Vuk. Que pasara por la oficina.

 

Al llegar, me encontré con que el empleado de la inmobiliaria atendía ya a unos clientes. Hizo

 

un gesto para que entrara por la otra puerta sin más formalidades, lo cual hice con la mayor

 

diligencia y presteza que pude. Mientras avanzaba por el pasillo dejado entre las mesas, noté

 

que, si bien no todos los ordenadores tenían delante a su correspondiente servidor humano, los

 

que lo poseían habían establecido con él una relación osmótica, tensa, concentrada y

 

silenciosa. Ni siquiera levantaron la cabeza para enterarse de quién llegaba. La mirilla de la

 

puerta del locutorio dejaba ver luz en el interior. Vuk se hallaba en el despacho del fondo,

 

junto con el técnico que habían dejado como responsable del enclave, un sujeto con orejas de

 

soplillo y dos grandes incisivos que le daban un característico aspecto de lepórido. Fue el

 

primero en percibir mi presencia, pero se quedó mirándome de hito en hito sin decir palabra.

 

Luego noté que Vuk tenía sus rizos rojos ceñidos por unos auriculares. En cuanto me vio, se los quitó con un solo movimiento rápido. Un par de casos de adulterio parece que se van

 

perfilando, pero nos intriga sobre todo esta conversación que estaba escuchando de nuevo.