La Hermana San Sulpicio by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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—Alguna vez; pero he preguntado y fui saliendo adelante.

—Pues hijo, como usted tardaba tanto, ya creía que se nos habíaextraviado. Estaba pensando en poner un anuncio en los papeles... Buenacarpanta traerá ya, ¿verdá uté?

—Así, así.

—Pues a comer, hijo, ¡andandito!

Y se alejó como un jilguero que va a posarse en otra rama.

En el comedor, y sentados a la mesa, estaban cuatro señores con loscuales cambié un ceremonioso saludo. Uno de ellos era hombre de unoscuarenta años, de fisonomía simpática, facciones correctas y barbacastaña recortada. Supe después que se llamaba D. Alfredo Villa, nacidoen Cádiz y comandante de infantería. Otro de los comensales era un señorde patillas blancas, rostro atezado y expresivo, que me dijeron eraalcalde de uno de los pueblos de la provincia, no recuerdo cuál: sellamaba Cueto. Otro un jovencito rubio, estudiante de Derecho. Otro, porfin, un catalán de rostro anguloso y escuálido, ojos saltones y bigoteslargos y caídos como un chino, a quien llamaban Llagostera. Así que mehube sentado apareció Eduardito, que también tomó asiento, o por mejordecir, se dejó caer exánime en la silla al lado de nosotros. La comidaprincipió silenciosa, pero no tardó en animarse generalizándose laconversación; y ¡caso extraño! a pesar de tanto andaluz como allí había,el que llevaba la voz cantante era el catalán. Y más extraño aún que lohiciera ordinariamente para decir pestes de Andalucía, y en especial deSevilla. Siempre se sentaba a la mesa furioso, según pude observar enlos días sucesivos. Generalmente su mal humor principiaba adoptando laforma irónica.

—Don Alfredo (dirigiéndose al comandante), ¿no sabe que ma ancargadounos patines?... ¿Para qué?... Pues para andar por las calles. ¿Leparese no estar bien lisas con los cascos de pimientos y naranjas quehay por todas partes?

Abría extraordinariamente las vocales y cerraba los ojos y alargaba loslabios para dar realce gracioso a su humorismo.

—Disen, don Alfredo, que es magnífica la enstalasión que el munisipiode Sevilla ha dadicado an la asposisión da Barselona a las cañas damansanilla. Supongo que no dajarán ustedes de mandar alguna bailaora...Y qué tal, don Alfredo, ¿no ha venido todavía ningún inglés que comprela Giralda?

El comandante y los demás comensales eran de buena pasta y respondíansin incomodarse pizca a estas bromitas. Llagostera pensaba que eran laflor y la suprema expresión del humorismo y la sal ática. Por supuestoque, al cabo de algunos dimes y diretes, salía siempre con las manos enla cabeza.

—Oiga, comandante: no habrán dajado de mandar a la asposisión una buenapartida de naranjas y melones...

—Melones, no—respondió Villa.—Con los catalanes no hay competencia enese ramo.

Los demás reían y Llagostera se amoscaba inmediatamente, y principiaba aponer a la Andalucía y a los andaluces como hoja de perejil.

—Aquí no hay formalitat, ¿sabe? (dirigiéndose a mi). Busté va, pongopor caso, a un café y pide media copa de cognac, y le cobran treintasantimos. Pues al día siguiente pide busté lo mismo, y le cobran treintay sinco. ¿As esto formalitat? ¿As esto desensia?... Luego busté va alteatro, y por ver una mala comedia le llevan tres pesetas... AnBarselona, por una peseta ¿sabe? está toda la noche muy arrellanado enuna butaca y oye una ópera cantada por los mejores artistas catalanes,con cuerpo de baile, y además, si quiere, ve también volatines, ¿sabe?Si va a un restaurant, no as como aquí, no le dan camarones y naranjas,y l'assan luego en la cuenta. Allí, buen solomillo, buenas rajas desalchichón, pedasos de ternera como alpargatas... Mire, an el restaurantdel Comersio, por una peseta y media ¿sabe? se dan cuatro platos fuertesy vino del Priorato. Si busté porta el pan, antonses son sinco reales...

No se cansaba jamás Llagostera de enumerar las ventajas positivas deBarcelona sobre Sevilla, y sobre el resto del mundo. Además, lo que leponía fuera de si era la holgazanería de los andaluces.

—Aquí busté no pida trabajo (siempre dirigiéndose a mí). No hay unamala fábrica.

A las cuatro de la tarde ¿sabe? los hombres astán santadosa la puerta de casa tocando la guitarra. Cuando les cae del sielo unapeseta van al café, piden unas cañas y dan al moso un real de propina.An Barselona ningún moso puede tomar propina. ¿El café cuesta un real?Pues sa deja el real sobre el platillo y sa va...

Esto de la propina lo tenía sobre el corazón. Era, en su concepto, unode los vicios que roen el corazón de la sociedad contemporánea.

Pues además de la supremacía de Barcelona sobre todas las cosas creadas,Llagostera tenía otra aún mucho más notable especialidad, y era la dehaber estado en todos los sitios que se mencionaban en la conversación,haber presenciado todos los sucesos notables e intervenido casi siempreen ellos directa o indirectamente.

Había ejercido profesiones tanheterogéneas como las de militar y contratista de obras públicas,inspector de policía y periodista, etc. Si se hablaba de la cuestión deOriente, él había estado en los principados de la Moldavia y laValaquia, hoy Rumania, construyendo unos ferrocarriles, y contabaanécdotas más o menos interesantes, describía el carácter de lospríncipes rusos con quienes había tratado familiarmente y las costumbresfeudales de aquellos países.

—Una tarde iba yo con el prínsipe de Golitchof an una briska, uncarruajito, ¿sabe?

y ancontramos unos carros que impedían el paso; loscarreteros astaban dormidos allí serca. El prínsipe saltó del coche, y alatigaso limpio los fue despertando. ¿Busté cree que sa quejaronsiquiera? Nada, sa fueron a los carros y los apartaron sin desirpalabra.

Hablando de América, la había recorrido de un cabo a otro, había cazadotigres con el presidente de Guatemala y se había batido en calidad decoronel contra el ejército de San Salvador. Saliendo a cuento elasesinato del general Prim, nos dijo que pocos momentos antes habíaescuchado en una taberna la conversación de los asesinos, y que no habíaido a dar parte porque, advirtiendo que los escuchaban, uno de ellos lehabía seguido durante varios días después, sin duda para asesinarle enel caso de que los denunciara. Por último, habiendo sacado elestudiante de Derecho la conversación de toros, nos explicó cómo enBurdeos le habían tomado a él por un torero, y con tal motivo le habíanagasajado muchísimo. El alcalde de las patillas blancas, que hastaentonces había guardado silencio, sin levantar la cabeza del plato,alzola ahora con sorpresa, y echándole una mirada de sorna y cólera almismo tiempo, le atajó diciendo:

—¡Compare, no diga uté por ahí que le han tomao por un torero, porquele van a dar un tiro!

El catalán sostuvo con brío lo que había dicho; pero viendo que todosreíamos y que Cueto no respondía, se calló por algunos instantes, conseñales de enojo.

Villa comenzó a embromar a Eduardito. Al parecer, este lánguido manceboestaba perdidamente enamorado de una vecina amiga de su madre y hermana,lo cual era causa de haber perdido el apetito casi enteramente. Looriginal del caso es que, según me dijeron, la vecinita contaba más deveintisiete años, y él no había cumplido diez y nueve aún.

—Eduardito, ¿pongo para usted?

—Muchas gracias, señor Villa... Basta... basta.

—Vamos, joven, ¡valor! Este aloncito nada más. Me ha dicho Fernanda quele desagrada muchísimo que usted no coma.

—Ya empieza la guasa, ¿eh?—respondía Eduardito, mostrando síntomas detemor.

—Palabra de honor. Me ha dicho que si usted continúa enflaqueciendo deese modo, se va a ver en la precisión de darle calabazas... Dice ella, ya mi ver tiene razón, que quiere casarse con un hombre, no con un pájarodisecado de la calle de la Mar.

—Vaya, don Alfredo, no la tome usted siempre conmigo.

—Pues a comer. Tengo encargo de cuidarle a usted... y las órdenes delas damas son sagradas.

El cómo le había entrado el amor a Eduardito nadie lo sabía. Fernandafrecuentaba la casa hacía ya bastantes años: les había visto criarse, lomismo a él que a Matilde, les había vestido y peinado infinitas veces,les llevaba a su casa a pasar el día, y se divertía en cortar y cosercasullas para el primero (que en sus primeros años mostraba decididavocación por el estado eclesiástico) y en aderezar vestidos para lasmuñecas de la segunda. Andando el tiempo, como Matilde era precoz, ydespierta de inteligencia, Fernanda la hizo confidente de sus secretos,y, poco a poco, a pesar de la diferencia de años, se fue trabandoestrecha amistad entre ellas. Es más, como Matilde tenía un carácter másfirme, o era más tiesecilla, según la expresión vulgar, pronto llegó adominar a su dócil y bonachona amiga. Mas por lo que respecta aEduardito, nunca había cesado aquel sentimiento de protección maternalcon que Fernanda le trataba. Cuando iba a la escuela, ella era quien lerecosía los sietes de los pantalones, para que su padre, que entoncesvivía, no se los abriese en la piel, le limpiaba los mocos con su propiopañuelo, y le pasaba una toalla mojada por la cara cuando ésta veníademasiadamente puerca. Después que entró a cursar la segunda enseñanza,si ya no ejercía estos mismos oficios con él, los desempeñaba análogos.Lavábale y planchábale los pañuelos del cuello, le hacía el lazo de lacorbata, ocultaba con alguna piadosa mentira sus fechurías, y de vez encuando le metía en el bolsillo alguna peseta.

Eduardito, como niñomimado, la trataba sin pizca de miramiento, desvergonzándose con ella encuanto le reprendía cualquier travesura.

Mas hete aquí que a lo mejor nuestro mancebo comienza a estar serio ytaciturno delante de ella, y a clavarle a hurtadillas unos ojazos quedaban susto. Con esto, en vez de pasear todo el día por las calles consus amigos, o ir a la puerta de Jerez a echar flores a las cigarreras, oa esperar por la tarde la vuelta de las operarias de la Cartuja, legusta quedarse en casa cuando Fernanda va a pasar la tarde con suhermana y visitar con frecuencia la casa del padre de aquélla, que eramaestro tornero en bronce y marfil. ¿Y todo para qué? Para estarsequieto en una silla las horas muertas sin chistar, como si asistiera aun duelo. A pesar de que las señales eran manifiestas y que las mujeres,sobre todo si son andaluzas, saben leer pronto y bien en el pecho de losgalanes, tardó bastante tiempo Fernanda en darse cuenta de la afición deEduardito.

Tan asombroso y extravagante era aquel amor, que aun despuésde advertido no quería creer en él, y no dio parte a nadie, porque a laverdad le parecía ridículo.

Fernanda era una morena de facciones incorrectas, nada bonita y pocograciosa.

Tenía siempre desmesuradas ojeras, que con la edad se ibanacentuando, y le faltaba un diente de los más principales, lo que lehacía silbar las palabras de un modo nada grato. Además, estaba bastanteajada, como que ya iba traspasando los límites de la juventud. Pero elamor es ciego, y donde los demás veíamos insignificancia y fealdad, élveía hermosura simpar y perfección. La primera que lo observó, despuésde la interesada, fue su hermana. Luego fue del dominio público.Eduardito descaecía a ojos vistas; la nariz, siempre protuberante, se lehabía pronunciado de tal modo insólito y bárbaro, que más parecíaaccesorio defensivo de algún animal extraño, que parte integrante delorganismo humano. Todos deseaban que aquello se resolviese de algunamanera. Porque les dolía la consunción de un joven tan notable en suaspecto físico como en el moral, según tendremos ocasión de ver.

Sin embargo, la protección que los huéspedes le dispensaban, lejos desatisfacerle, le disgustaba, y hasta llegaba a enfurecerle. No podíaresistir que hablasen de el a Fernanda y le pintasen su amor y suspenas. Así que manifestó claramente su desabrimiento cuando Villa ledijo que por la tarde había charlado un rato con aquélla a la reja, yque el tema de su conversación había sido él.

—Yo creo, don Alfredo—profirió el mancebo muy amoscado,—que no habíanecesidad de que usted se metiese en cosas que no le importan.

—Pero, criatura, si usted no acaba de declararse. ¿Quiere usted quetengamos el cargo de conciencia de verle escaparse por la corbata el díamenos pensado por falta de cuatro palabritas?

—Bueno, pues déjeme usted escaparme. Ni a usted ni a nadie le ha devenir ningún perjuicio por eso... Acaso valdría más quesucediera—añadió por la bajo, con voz conmovida y pugnando por detenerlas lágrimas.

Vamos, don Alfredo, no le maree más... Mire que yo también voy a ponersus trapiyos sobre la mesa—dijo la brevísima Matilde, que mientrascomíamos se movía espiando nuestros deseos, satisfaciéndolos ohaciéndolos satisfacer por Gervasio.

El comandante se puso un poco colorado.

—Vaya, vaya, a callar, Colibrí. Más te valiera tener cuidado de queeste arroz estuviese sabroso.

—Es que, hijo mío, el arros es muy ladrón; toita la sustansia se traga.

—Pues avisa a la guardia civil, porque yo no tolero más robos de estaclase... Y diga usted, señor Cueto—añadió cambiando de conversación,por temor sin duda de que Matildita cumpliese la amenaza,—¿piensa ustedquedarse muchos días entre nosotros esta vez?

—No, señor. Me voy mañana.

—Prontito. ¿Han ganado ustedes al fin las elecciones?

—¡Pues qué íbamos a hasé! Eso me trae todavía. Nunca farta un enrediyo.

—Aquel escribano que tanto les combatía a ustedes estará furioso.

—El pobresito ha fallesido.

—¡Hombre!...

—Sí, antes de las elecsione... Verá usté qué cosa más rara. ¿Se acuerdausté de cuando estuve aquí, hase un mes? Pues bueno; hablando con elseñor gobernaor de nuestros asuntos, le dije con franquesa lo que había,que el escribano tiraba de mucha gente y que la madeja estaba muyenredá; hasía farta que él pujase desde arriba hasta echar los higadospara que saliésemos adelante. «¿Sabe usté, alcarde, lo que se me haocurrió hase un momento?, me dijo. Me ha dao de repente en el corasónque a ese escribano le va a pasar argo antes de las elecsione... Es unpresentimiento... vamos... y mire usté, cuando yo he tenío alguno casisiempre se ha realisao. Ese hombre, para mí, no hase las elecsiones.» Nome acordé más de aquel dicho, y me fui al pueblo. ¿Querrá usté creer quea los ocho días justitos, al retirarse por la noche a su casa, ledejaron tendío de un tiro en la cabesa? ¡Y luego dirán que no debemoscreer en las corasonadas!

Sentí un leve escalofrío y cambié una mirada significativa con Villa.

—He venío—continuó—porque el jues se ha empeñao en procesar a unpobresiyo, que enjamás ha matao una mosca. Ya ve usté, antes que yevenal palo a un inosente,

¿no es mejor que nos boten ese jues y nos ponganotro?

A pesar de la entonación seria con que pronunciaba estas palabras y delgesto triste y compasivo con que las acompañaba, creí advertir debajo deellas una ironía feroz que me causó miedo y repugnancia.

—Para elecciones reñidas, las que yo he presenciado en Jerez a raíz dela restauración—dijo Villa.

—Durante los años de la revolución, parece que la gente tomaba menosinterés en ellas. Sin duda fiaba más en los motines y algaradas que acada momento había—

manifesté yo.

El catalán, que hacía lo menos cinco minutos que no hablaba y estabapesaroso, cogió la ocasión por los cabellos para interrumpirnos diciendocon sonrisa entre humilde y petulante:

—¡La restaurasión! ¡Je, je! La restaurasión; aquí donde ustedes ma ven,si no es por mí no sa hase.

Todos levantamos vivamente la cabeza y le miramos, y nos miramos despuéscon estupor.

—Sí, señor; si no es por mí no sa hase—repitió acentuando la sonrisa ygozándose, sin duda, en nuestra sorpresa.—Atiendan un poco. Yo escribíalos sueltos antonses en El Tiempo, y hasía, además, la confecsión,¿sabe? Todos los personajes de Madrit ma quitaban el sombrero y venían abuscarme para que les pusiera algún sueltesito dándoles bombo.Llagustera para aquí; Llagustera para allí; Llagustera, venga a almorsarconmigo; Llagustera, suba al coche, le llevaré a su casa. An fin, pocofaltaba para que ma limpiasen las botas, ¿sabe? Uno de los más amigosera el general Martínez Campos. Muchas tardes echábamos grandes párrafosen el Salón de Conferensias. Pocos días antes del golpe de Sagunto, leancontré tumbado an un diván dormitando. ¡Hola, mi general! Está ustédescansando, ¿verdat?, le dije poniéndole la mano en el hombro.—Dájemeusted, Llagustera; ando muy preocupado estos días; los compañeros maampujan a que saque los soldados a la calle, y ya ve usté, eso es másfásil desirlo que haserlo. Por otra parte, Cánovas no quiere por ahora,y el elemento sivil tampoco... Así que, a la verdat, no sé qué haser...¿Busté qué me aconseja, señor Llagustera?—Hombre, yo no conosco bien elespíritu del ejérsito, pero a mí me parese ¿sabe? que no debe bustéintentar nada en Madrit; debe trabajar el ejérsito del Norte o el delSentro. Después que le dije esto, sa quedó muy pensativo, y a los pocosdías fue cuando sa escapó a Sagunto a ponerse al frente del ejérsito delSentro, y ya saben lo que pasó.

El catalán sonreía de un modo beatífico, acabando de decir esto. Unsilencio lúgubre siguió a sus palabras. Quién más, quién menos, todosestábamos irritados de tal desvergüenza, y teníamos los ojos puestos enel plato. Al cabo de algunos segundos, Cueto levantó la cabeza, yencarándose con él, le preguntó con impertinencia:

—Oiga usté, señor Llagostera, ¿su padre de usté era de Cabra?

—No, señor; ¿por qué lo pregunta?

—Por na... Es que a los de Cabra los suelen llamar cabrones.

Quedé espantado. Creí que aquella agresión brutal iba a producir unaescena trágica.

Pero afortunadamente no fue así. El catalán dijo queaquel insulto no se lo diría fuera.

Cueto respondió que se lo repetiríadonde y cuando gustase. Llagostera replicó que él no era hombre denavaja, sino de pistola y espada, y que ventilaba los asuntos de honorcomo un caballero, y que mirase por sí, pues en el Perú (donde habíasido hombre de Estado y coronel) había tenido tres desafíos, uno deellos con rifle, al estilo americano. Cueto manifestó que él se pasabatodos los estilos por tal y por cual, y que para zanjar asuntossemejantes no había más que dar solitos una vuelta por la orilla delrío. A todo esto, sin embargo, ninguno de los dos se levantaba de lasilla, y seguían engullendo lo que les ponían delante, sin ánimodeclarado de tomar el fresco; por lo cual nos sosegamos todos. Villa,guiñándome el ojo, entabló nueva conversación, y a los pocos momentosnadie se acordaba de tal desagradable incidente.

Dormí bastante mal aquella noche. De un lado, la incertidumbre sobre loque debía hacer para ponerme de nuevo en relación con mi adorada monja,de otro, la dureza bravía de la cama, me hacían dar más vueltas que unargadillo. Por la mañana, la microscópica Matildita vino a preguntarmecómo había dormido.

—Muy mal—le respondí.

—¿Y eso?

—No sé... me parece que la cama es algo dura.

—Pues, hijo mío, si tiene uté tres colchones. Esta noche le pondré auté otro.

—No; mejor será que me quite usted los tres y ponga uno blando.

Más de una docena de veces entró y salió aquella mañana en mi cuarto.Los múltiples quehaceres de la casa la obligaban a cada momento ainterrumpir la conversación y marcharse. Por último se decidió asentarse en una mecedora, diciendo:

—De aquí no me levanto ya lo menos en un cuarto de hora... Digo, a noser que uté quiera quedarse solo...

Le expresé mi placer en verme tan gentilmente acompañado, y no fingía;porque además de no tener en qué ocuparme, me recreaba al mirar aquellafigurita meciéndose en la butaca con gran cuidado para no mostrar laspiernas.

—¿Es usted viajante de comercio, don Ceferino?—me preguntó.

—No, señorita; soy poeta.

—¡Ah, poeta! ¡Qué bonito! ¿Hace usted versos? ¿Me leerá usted algunos?¿verdad?

—Con mucho gusto—respondí, sintiendo súbito por aquella niña ardientesimpatía.

—A mí me gustan muchísimo los versos, ¡Me encantan! ¿sabe uté? A casavenía un chico que los hacía, ¡tan bonitos! ¡tan bonitos! Vamos, eranpreciosos. Otros los hacían bonitos también, pero como Pepe Ruiz,ninguno. Verá uté, a mí me dedicó unos que tengo arriba guardados...Principiaban... Hojas del árbol caídas—juguete del viento son...

Las ilusiones perdidas—hojas son ¡ay! desprendidas—del árbol delcorazón

concluí yo.

—¡Toma! ¿También usted los sabe?

—Sí, señorita; son de Espronceda.

—No, hijo mío, que no son de ese caballero, que son de Pepe Ruiz; yomisma se los he visto escribir—replicó con energía.

—Entonces serán de los dos—repuse.—No hay nada perdido.

—Vamos, dígame usted algunos suyos. Si usted es poeta estará enamorado,¿eh? ¡A que sí! Todos los poetas son muy enamorados. Pepe Ruiz ¡uf! atodas cuantas veía les pedía la conversación.

Yo, que sentía la comezón de todos los que aman por explayarme y narrarlas menudencias de mis amores, respondí sonriendo:

—Pues sí... creo que lo estoy un poco.

—Una mijita, ¿eh? ¿Ve uté como a mí no se me escapa nada?—exclamó,rebosando de alegría y triunfo, como si hubiera descubierto un tesoroescondido.

Me obligó a contarle, con todos los pormenores posibles, la historia demi incipiente pasión. Por cierto que, al decirle que el objeto de ellaera una monja, se asustó; pero le expliqué cumplidamente el caso yvolvió a sosegarse. No conocía a Gloria, aunque había oído hablar deella a sus amigas y tenía noticia de su familia. Sabiendo que no habíarechazado mis instancias (creo que mi vanidad me hizo correrme un pocoen este punto) y que tenía deseos de salir del convento, me brindó suprotección, con la misma autoridad y firmeza que si fuese el capitángeneral del distrito y pusiera a mis órdenes las fuerzas de laguarnición, para sacar a la hermana de su celda y volverla al mundo.

—Nada, nada, ya verá uté cómo eso se arregla y le casamos en seguidita.¡Vaya con don Ceferino, llegar a Sevilla enamorado ya de una sevillana!

—Ya ve usted... y siendo yo gallego.

—¿Cómo gallego?—exclamó cambiando repentinamente de expresión, en elcolmo del estupor.—¿Pues no me había dicho hace un momento que erapoeta?

—Bueno, soy poeta y gallego a la vez.

Me costó trabajo hacerle entender cómo podían aliarse estas doscualidades en una misma persona. Creía que ser gallego y llevar baúlesal hombro era todo uno. Hasta se me figuró que, para darse cuenta cabaldel caso, se puso a recordar que yo había entrado en casa con la maletaentre las manos. Destruida a medias esta original concepción de miprocedencia natal, me volvió a pedir que le recitase algunos versos, yyo, con la buena voluntad que en este particular nos caracteriza a lospoetas, lo mismo líricos que dramáticos, le dije un número considerablede sonetos, después otro aún mayor de quintillas, luego algunosromancitos. En fin, que estuve soltando versos a chorro más de una hora.Matildita, en quien encarnaba dichosamente el espíritu amplio

yreceptivo

del

Ateneo

de

Madrid,

los

encontraba

todos

deliciosos,insuperables; batía las diminutas manos contra los brazos de lamecedora, y en sus ojillos, medio cerrados siempre, chispeaba un gozovivo y sincero. Tuve que prometer dedicarle unos, y ella me asegurónoblemente que los guardaría siempre al lado de los inmortales de PepeRuiz.

La verdad es que me caía muy en gracia aquella chiquilla, con suentonación protectora y su modo de hablar breve e imperioso. Parecíacansada de la vida y muy experimentada en todos sus casos ycircunstancias. A cada paso me llamaba hijo, hijo mío, y por lo que pudecolegir, se pagaba mucho de ser una inteligentísima e inapreciableconsejera, sobre todo en negocios de amor. Por varias reticencias que leescuché en sus discursos, entendí también que Cupido le había sidoadverso, y que sólo después de una dolorosísima experiencia habíallegado a adquirir un conocimiento exacto y completo de las tretas deeste dios, lo cual la ponía ahora en situación de aleccionar a losneófitos como yo y prevenirles. Después de repetidas instancias por miparte, me confesó que el dios alado se le había presentado hacía tresaños en forma de aspirante a telégrafos.

—¡Tres años! Sería usted una criaturita.

—No, hijo, que tenía ya cerca de quince años... Era guapo, buen mozo, ytenía unos ojos muy pícaros... Venía mucho por casa, porque era amigo deEduardito. Una mañana que me encontró sola barriendo, me pidióconversación. Yo le di... con la escoba en la cabeza; pero otra mequedaba dentro, porque ¿sabe uté? Felipe me gustaba... nada más que porel aquel que tenía... Cantaba los tangos ¡que había que oírle! Le digo auté que había que oírle. Bailaba panaderos como un gitano de laMacarena. ¡Y luego tan guasón! Nunca se sabía cuándo hablaba formal.Verá uté.

Un día le preguntamos por su hermano, que estaba en Cádiz, ynos respondió, con una cara muy larga, que se había muerto. Todos locreímos. Uté también lo creería,

¿verdad? Pues nada; por la tarde sedejó entrar diciendo que todo era mentira. Tenía el muchacho la sal deMaría Santísima... No sé quién le sopló a mi padre (q. e. g. e.) queestábamos en relaciones, y le echó de casa a pescozones... sí, señor, apescozones...

y creo que también le dio algún puntapié... Pero como yoestaba ya metida en el querer, ¿sabe uté? no importó na. Le hablaba porla reja. En esta misma ventana,

¡cuántas horas habré pasado hablando conél! ¡Me tenía encandilaíta aquel gitano! Yo no salía a paseo porque élno quería; me obligó a no dar la mano a ningún hombre, me quitó elflequillo del pelo, me quitó el corsé...

—¿Cómo el corsé?—pregunté sorprendido.

—Sí, señor; el corsé... ¿Uté no sabe? Aquí hay muchos que no quierenque sus novias gasten corsé... porque así gustan menos a los otros...

Los amores de Matildita habían terminado de un modo tristísimo. Elaspirante guasón «le había dado el pego» con una amiguita que vivía porallí cerca. Pero como todos los traidores tienen su recompensa, a lospocos meses tronó también con ella.

—Ahora será ya telegrafista.

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—No, señor; es soldado de caballería. Salió reprobado en los exámenes,¿sabe uté?

y su padre le echó de casa. El pobre chico, aburrío, sentóplaza... Y le está muy bien el uniforme, no crea uté, con su chaquetillaazul y su sable arrastrando...

—Vamos, eso prueba que si quisiera otra vez volver sumiso a sus pies...

Matildita frunció la frente con severidad, y con su manecita hizo unademán dignísimo.

VI

El patio de las de Anguita.

¿

UEse le ofrecía a usted, caballero?

—Don Sabino el capellán... ¿Se puede hablar con él?—articulé contrabajo, mirando a la monja que asomó la cabeza por la ventanita sinreja que había al lado de la puerta.

La verdad es que no pensé hallarme con tan gentil portera. Era joven lamonjita y tenía el rostro fresco y sonrosado, con ojos vivos ypenetrantes. Su acento era marcadamente extranjero.

—Sí, señor... pero en este momento va a decir misa. Si usted quiereoírla, puede subir después a su cuarto.

—Con mucho gusto—repliqué.

Retirose de la ventana, y acto continuo sonó un campanilleo de llaves yla puerta se abrió con ruido de cerrojos que se corren.

—Pase.

Cerró otra vez con llave y me dijo:

—Venga usted conmigo.

Seguila por una galería de arcos con suelo de ladrillo, cerrada decristales. Por ellos se veían muchas flores y plantas. Parose delante deuna puerta, empujola y me dijo:

—Pase y siéntese. Cuando principie la misa, ya se le avisará.

Había en los ojos de la monja, en su voz y en sus ademanes una firmezaque distaba mucho de la cortedad y timidez que yo juzgaba antesinherentes a toda religiosa. Había en sus palabras un dejo protector. Meordenaba lo mismo que si se dirigiese a una educanda. «Pues señor (nopude menos de decirme recordando a Matildita), en este país todas lasmujeres me protegen. Más vale así.»

La estancia donde me hallaba era, sin duda, la sala de recibo o deespera. No grande, con una ventana de rejas a la calle, abierta abastante altura, para que nadie se pudiese asomar sino con escalera.Había un sofá forrado de tela encarnada y varias sillas, una consola yun espejo: las paredes estaban tapizadas con buena porción de estampasreligiosas; el suelo de azulejos. Cuando me hallé solo, volvió aacometerme la misma inquietud y temblor que sentí al penetrar en elportal y tirar de la campanilla.

La presencia de la monja me habíadistraído un poco y sosegado. Costárame algunos días de dudas yvacilaciones tomar aquella resolución. Antes había intentado, sin éxitofeliz, sobornar a una de las mandaderas del convento para que entregaseuna carta a la hermana San Sulpicio. Me había contestado conindignación, poco menos que poniéndome la cruz como al diablo. Imaginoque si en vez de dos pesetas hubiera tenido ánimo para ofrecerle cincoduros, sería otra cosa. Este temperamento tímido que Dios nos ha dado alos gallegos me perdió. Después quise catequizar a la muchacha queconducía al colegio unas niñas, y me acogió muy bien mientras supuso queestaba prendado de sus gracias; mas en cuanto le manifesté tímida yveladamente mi pensamiento, me soltó una rociada de injurias ydenuestos, que sólo mi paciencia, que es muy grande, pudo tolerar.Finalmente, por consejo de Matildita, y no viendo en realidad otro mediode salir de aquella situación, me decidí a avistarme con el capellán delas monjas y, contándole el caso, procurarme su protección. Si erahombre de bien, no podía menos de considerar que el retener a una jovencontra su gusto en el convento era contra toda religión y derecho, yayudaría a ponerla en libertad cuando cumpliese el plazo de sus votos,que debía ser muy presto. No tomé, sin embargo, esta resolución sinvacilar muchísimo y volverme atrás infinitas veces, porque bien se mealcanzaba que no tenía derecho alguno a intervenir en los asuntos de lahermana.

Verdad que le había declarado mi amor; verdad que ella acogíamis galanteos con indulgencia, y aun mostraba en algunas ocasionesseñales, más o menos manifiestas, de que mis instancias le eranagradables y concluiría por ceder a ellas. Pero no es menos cierto que,por una o por otra causa, no había cedido, y que yo no podía jactarmecon verdad de ser dueño de su corazón. Sin embargo, como urgía tomar unaresolución decisiva, pues de otro modo mi permanencia en Sevilla se ibahaciendo inútil y ridícula, al cabo llegué a dar el paso que se havisto.

Luego que la monja me dejó solo comenzaron de nuevo, como digo, miscongojas.

De buena gana me hubiera retirado. Pero la puerta estabacerrada con llave, y era necesario buscar y llamar otra vez a la porterapara que me abriese, la cual se sorprendería, me haría alguna pregunta;en fin, un lío. Para apaciguar mis inquietudes, tomé un librolujosamente encuadernado que había sobre la consola y lo abrí.

Versabasobre la milagrosa aparición de la Virgen en la gruta de Lourdes a lospastorcillos Máximo y Bernardeta; estaba en francés y adornado congrabados. Su lectura, que comencé de un modo maquinal, impresionó alcabo de algunos minutos mi imaginación, inclinándola, no precisamente alas ideas religiosas, sino a cierta suerte de anhelo inefable y humildadvoluptuosa que el misticismo produce siempre en los temperamentosnerviosos y líricos. Acordeme de la graciosa hermana, y nunca su imagenprodujo en mí un estremecimiento más dulce y feliz. Me dierontentaciones de bajarme y besar el suelo porque ella, sin duda, lo habíapisado. Todo me parecía en aquel lugar digno de respeto y aunadmiración; hasta un cromo bastante malito que representaba a Jesúsabriéndose el pecho con las manos y mostrando un corazón de color dechocolate con la cruz encima y ardiendo en llamas de huevo con tomate.Sin embargo, no hay que engañarse: creo que me sentía más erótico quereligioso.

No se pasaron muchos minutos sin que la monja portera abriese de nuevo,diciendo con el mismo acento extranjero y tono imperativo:

—La misa va a empezar. Venga usted.

Y la seguí con la sumisión de antes, como un colegial a quien llevan aencerrar. Sin embargo, durante el camino dirigí algunas miradasinvestigadoras a todos lados, con la vaga esperanza de ver la figura demi monja entre las varias que cruzaban a lo lejos por las galeríasdesiertas. Por lejos que fuese, tenía absoluta seguridad de reconocerla.Salimos del primer patio y entramos en otro más grande con arquería depiedra también, pero sin cierre de cristales. Estaba empedrado, y en elmedio había una fuente de piedra oscurecida por el musgo; cerca de ellaun gran pilón cuadrado, donde lavaban ropa dos hermanas. En uno de loslienzos de aquel patio acerté a ver una puerta mayor que las otras, dearco ojival, con cruz de piedra encima, y presumí inmediatamente que erala de la capilla. En efecto, al llegar a ella la hermana se detuvo; yome adelanté hacia la pila del agua bendita, la tomé con los dedos y sela ofrecí. La monja se dignó mirarme entonces, y sonriendo levemente deun modo compasivo dijo:

—Gracias, no podemos.

Y al mismo tiempo sumergió su mano en la pila y se hizo después variascruces.

Luego se arrimó a la pared, diciéndome:

—Pase usted.

No poco turbado por la negativa y por el aspecto imponente de lahermana, le dije para entablar conversación:

—¿La madre Florentina sigue bien?

—La hermana Florentina ha dejado de ser superiora hace algunos días.Está algo más aliviada, sí, señor—me respondió mirándome ya con un pocode curiosidad, pero sin abandonar un punto su aire protector, que, dichosea de paso, no le sentaba mal.

—¡Ah! ¿No es superiora?—respondí distraídamente, no dudando que enaquel cambio alguna parte había tenido el bailoteo de Marmolejo.

—No, señor; hoy es la última de las hermanas. Pase usted.

—¡Arrea!—dije para mis adentros, cruzando por delante y metiéndome porla primera puerta que hallé.

—Phs, phs... Por ahí no; por esta otra puerta.

Entré por donde mi protectora me señalaba, y me hallé en la capilla, sinver de ella casi nada; tal era la oscuridad que reinaba. Pude apreciar,no obstante, que era bastante grande y bien decorada. El altar mayor ytodo lo que cerca de él había se designaba mejor por la claridad quecaía de las ventanillas de la cúpula; pero desde allí hasta el fondo,donde yo me hallaba, las sombras se iban espesando. Permanecí indecisohasta que la monja, sacando un fósforo, me señaló con el dedo unosreclinatorios de terciopelo rojo que había arrimados a la pared delfondo. Me acomodé en el más próximo, pero me obligó a correrme hasta elúltimo, sin duda para que los que viniesen después no encontrasendificultad al pasar. Después se fue dándome los buenos días, acercose aun cordel que pendía del techo, y comenzó a tirar de él con fuerza. Unacampana sonó con tañido dulce y prolongado. Ya que hubo llamado a misa,bajó una de las lámparas, le echó aceite, sacudió con un paño lasmolduras de los altares. Luego se fue hacia el fondo y desapareció poruna puertecita lateral que debía de ser la de la sacristía.

La capilla me parecía desierta. Sin embargo, al cabo de algunos momentospercibí un murmullo no lejos, y a fuerza de mirar con intensidad, logréver el bulto de un sacerdote sentado en una silla próxima a la puerta yel de un caballero que, de rodillas delante de él, se estaba confesando.El cura tenía un brazo echado sobre el cuello del penitente y acercabael oído a su boca. Predispuesto como estaba al enternecimiento, aquellaescena me produjo una impresión viva. Despertaron en mi espíritu lasdormidas emociones de la infancia, cuando mi madre me llevaba a confesarcon fray Antolín el excusador. Sentime gratamente turbado y en la mejordisposición posible para llorar los pecados de mi vida y acercarmecontrito al tribunal de la penitencia. Pero ¡caso raro! en estearrepentimiento no entraba el pecado de amar a una monja; al contrario,me parecía que este amor era precisamente lo que me acercaba más a Diosy el camino más seguro para salvarme. Cuando vi al cura (que sin dudadebía de ser el capellán de las monjas) echarse hacia atrás en la sillay levantar la mano para dar la absolución; cuando vi alzarse alcaballero sacudiéndose el polvo de las rodillas con el pañuelo, meacometió un súbito afán de echarme a los pies del primero y confesarme yhablarle de la saladísima criatura que tenía bajo su autoridad ydemandarle humildemente que me protegiese, digo, me absolviese. Mas eltiempo en que permanecí indeciso fue suficiente para que el cura semarchara y, tosiendo hasta reventar, se alejase hacia el altar mayor,donde su negra silueta se abatió para alzarse de nuevo y salir por lapuertecita lateral.

La iglesia quedó al fin verdaderamente solitaria. Mis ojos, habituadosya a la oscuridad, podían explorar todos sus rincones. Era bonita yrecogida y adornada con esmero; por donde se adivinaba bien que no eranmanos de hombres las que la cuidaban. Estaba, hasta el sitio que yoocupaba, llena de bancos de madera, colocados unos detrás de otros comolas butacas de un teatro, dejando igualmente en el centro calle para elpaso. Por otra puerta opuesta a la de la sacristía entraron cuatromonjas, se arrodillaron delante del altar mayor y comenzaron a orar envoz alta de un modo extraño, que yo jamás había oído antes. Cada unadecía su oración alternativamente, y en todas ellas se repetían muchasveces corazón traspasado, dolores agudísimos, preciosísimas llagas, yotros superlativos que sonaban de un modo triste y temeroso en elsilencio de la capilla. La hermana portera salió otra vez, y otra vezvolvió a empuñar el cordel para tocar la campana. Y casi en el mismoinstante comenzaron a entrar monjas, formando fila, que iban a colocarseen pie delante de los bancos, con silencio y corrección admirables.Detrás de las monjas, que serían unas treinta, vinieron las educandasinternas, a quienes reconocí por el chal blanco que les caía por laespalda. El rostro apenas se podía distinguir. Parecía una entrada defantasmas, que me recordó

¡oh sacrilegio! la de los espectros evocadospor Beltrán en la ópera Roberto. Cada diez o doce educandas venía otramonja, que se situaba al cabo del banco. Cuando la capilla estuvo llenasalió el cura, revestido de sus ornamentos, y comenzó la misa.

Lacomunidad y las educandas se sentaron. Excusado es que diga que elcorazón me saltaba en el pecho, y que hacía esfuerzos visualesinconcebibles por averiguar cuál de aquellos fantasmas era mi adoradaGloria. La misma ansia y empeño que ponía en reconocerla me lo impedía.Me fijaba en una con insistencia, y al cabo de cinco minutos, por unmovimiento cualquiera, comprendía que estaba engañado, y tornaba conafán a fijarme en otra, para sucederme otro tanto.

No fue larga la misa. A mi lado habían venido a colocarse tres o cuatrocaballeros de aspecto clerical, que supuse serían devotos del convento,o protectores. Los movimientos de la comunidad y educandas, paraalzarse, sentarse o arrodillarse eran simultáneos, como si las empujaseun mismo resorte. Al alzar y consumir escuchábase en la capilla un rumorextraño, como el de truenos lejanos, que me sorprendió en extremo, hastaque vine a comprender que era producido por el golpe de las manos sobreel lienzo almidonado de los chales. Cuando concluyó, se fueron con elmismo recogimiento y silencio que antes. Los caballeros que estaban a milado me dieron los buenos días con la afección de correligionarios, ytambién se fueron. Volví a quedarme solo y perplejo en la capilla,cuando se presentó la monja extranjera, diciéndome:

—He avisado a don Sabino, y me ha dicho que le espera a usted en sucuarto.

Viendo que permanecía quieto, añadió:

—¿No sabe usted a su casa? Venga entonces conmigo.

Me condujo al través de algunas galerías hasta la entrada de un jardín,y señalándome con la mano una casita que había en el fondo de él, medijo:

—Allí es. Llame usted fuerte, porque la criada es sorda.

Le di las gracias, pero ya no me escuchaba.

La hermana portera sabía darse tono, como sus colegas del Congreso delos Diputados.

Cumplí fielmente el encargo, dando sobre la puerta un par dealdabonazos capaces de despertar a los siete durmientes. Al instante mela abrió una mujeruca pálida, vivaracha, que llevaba, a pesar de suscincuenta años lo menos, un clavel en los cabellos grises. Quedósorprendida al verme y se apagó súbitamente la sonrisa que contraía suslabios. Sin duda por aquella puerta no entraban las visitas, y sí sólolas mandaderas del convento o alguno de sus dependientes. Y vino lapregunta consabida.

—¿Qué se le ofrecía a usted?

—¿Se puede ver a don Sabino?

Tuve que repetirlo otra vez. Antes que la vieja me contestase se oyó unvozarrón arriba, diciendo:

—Adelante. Suba usted.

Y en cuanto traspuse la puerta y tomé una escalerita estrecha conpeldaños de azulejos guarnecidos de madera, atisbé en lo alto de ella lafigura del cura, que, con grave pero amigable continente, me invitaba asubir. La casa era pequeña, por lo que pude observar. Me pareció unpabellón levantado en el jardín recientemente para uso del capellán. Porla parte de atrás daba a la calle.

Me introdujo en un despachito modesto y aseado, me invitó a sentarme, yantes de hacerme pregunta alguna, me pidió permiso para mudarse loshábitos, pues acababa de llegar del convento. Entrose en la alcoba, yallí se estuvo algunos momentos, mientras yo pasaba fuera las de Caín,inquieto, aterrado, dando vueltas a la imaginación para hallar el mejormedio de salir del apuro en que tan imprudentemente me había metido.Porque ¿qué iba a decir aquel buen señor en cuanto tuviera noticia de lainaudita pretensión que allí me traía? ¿No me tomaría por loco? Unsudor me iba y otro me venía.

Presentose al fin el clérigo con sotana y gorro de terciopelo negro y seplantó delante de mí diciendo:

—Usted me dirá.

Era un hombre corpulento, barrigudo, de ancha nariz arremolachada y ojospequeños de cerdo, negros y recelosos. No tenía acento andaluz; despuéssupe que era riojano.

—Pues... el objeto que aquí me trae... Ante todo, debo decirle que yono soy ningún aventurero. En toda la provincia de Orense es bienconocida mi familia... Mi padre es farmacéutico en Bollo y ha hecho unafortunita... vamos, que aunque no sea ninguna cosa del otro jueves, comosoy hijo único, me permitirá vivir sin trabajar. Mi madre era de unafamilia muy antigua y conocida en Galicia, la familia de los Lidones...Acaso usted habrá oído hablar de los Lidones...

—No, señor—respondió secamente, mirándome con sus ojuelos cada vez mástorvos y recelosos. Por donde entendí que no le apasionaba mucho elelogio de mi prosapia.

Sobre lo desconcertado que ya estaba, aquella contestación y la actitudinquisitorial con visos de hostil en que se me presentaba acabaron deprivarme de las escasas migajas de razón que aún retenía. Comencé adesbarrar de un modo lamentable. No sé lo que dije, ni es fácil saberlo:una serie de frases incongruentes, mutiladas, incomprensibles, en quemezclaba «mis convicciones francamente católicas» con «los arrebatosdisculpables de la juventud», «el elevado criterio y la reconocidailustración de D. Sabino» con «la necesidad que sentía mi alma de amara una mujer santa y religiosamente educada». Cuando al fin terminé aquelgalimatías quedé jadeante, encendido, sudoroso, mirando al cura. Lasonrisa que contraía mi rostro desde que me presentara a él era tanextremosa, que ya me dolían las mandíbulas. De buena fe creía que mehabía explicado perfectamente y que no quedaba nada por decir. Así queme dejó estupefacto la respuesta del cura.

—Pero vamos a ver, ¿qué tengo yo que partir en todo eso?

—Es que... como usted es sacerdote... yo pensaba que podría contarle...Ninguna persona me daría mejor un consejo...

—¡Ah! ¿Quiere usted confesarse? Pues debiera comenzar por ahí. Encuanto tome chocolate, bajaremos a la capilla.

—No, señor... es decir, sí, señor. Es una confesión... pero al mismotiempo no es una confesión...

Volví a enredarme de un modo tristísimo, hasta que el capellán me llamóde nuevo al orden. Al cabo, aunque desastrosamente, me expliqué yconfesé que estaba enamorado de la hermana San Sulpicio, y que venía asuplicarle que me ayudase contra su familia, que la retenía injustamenteen el convento, para hacerla mi esposa.

El cura, apenas hube acabado de pronunciar las últimas palabras, meclavó una mirada despreciativa y, extendiendo la mano hacia la puerta,dio con los dedos dos o tres castañetas y produjo con la lengua esesonido particular con que se arroja a los perros de los sitios dondeestorban. Me levanté estupefacto, el rostro encendido de vergüenza y deira. Me acometió un impulso de arrojarme sobre aquel hombre soez.

Nodudo que el poeta lo hubiera hecho, por más que llevaba noventa y nueveprobabilidades contra una de que el clérigo le aplastase; pero el hombrepráctico que en mí reside me hizo ver inmediatamente los gravísimosinconvenientes de aquel acto, que daría muy bien al traste con todos misplanes, y me decidí a tomar el sombrero y salir. El capellán, sin hacercaso de la mirada fulgurante que le arrojé, chasqueó de nuevo la lenguae hizo otras cuantas castañetas con los dedos, sin dejar de apuntar a lapuerta y mirarme con soberano desprecio. Al pasar por delante de élllevó su grosería hasta decir:

—¡Largo, largo!

Y cuando ya bajaba por la escalera le oí exclamar desde lo alto de ella:

—¿La hermanita, eh? Ha olido cuartos, ¿verdad? Ya arreglaremos, yaarreglaremos a la hermanita.

Aquella ofensa me llegó al corazón. No pude menos de murmurar:«¡Salvaje!»

aunque en un tono delicado que no llegó seguramente a susoídos. La verdad es que no fui en aquella ocasión modelo de dignidad yenergía; pero hay que convenir también en que, de haberlo sido, misasuntos hubieran empeorado notablemente.

No di cuenta a Matildita de aquella entrevista, y eso que me aguardabacon gran afán para saber su resultado. Le dije que me había sidoimposible ver al cura. Sin embargo, la turbación, que no pude arrojar demí en todo el día, debió de hacerle concebir algunas sospechas. Presumoque las comunicó al comandante Villa, con quien en pocos días había yointimado mucho. Teníamos costumbre éste y yo de irnos después dealmorzar a tomar café a la cervecería Británica y pasarnos allí un parde horas viendo al través de los grandes cristales que nos separaban dela calle de las Sierpes el ir y venir de la gente. Era un gran camaradael comandante, apacible, jovial, recto en el pensar y extremadamentecortés. Yo le había caído en gracia, no sé por qué, tal vez por sertambién apacible de carácter y escuchar siempre con deferencia lo que medicen. Me presentó al mozo que le servía como paisano.

—¡Ah! ¿Es usted asturiano también?—me preguntó éste, muy risueño,limpiando con un paño la mesa.

—No; soy gallego.

—Entonces no somos paisanos—repuso con marcada frialdad, retirándose.

Villa soltó una carcajada.

—El hijo de Pelayo le desprecia a usted, compadre.

Aquella tarde, luego que nos sentamos, entabló conversación diciendo:

—Parece, amigo Sanjurjo, que le veo a usted un poco melancólico.Durante el almuerzo no ha hablado usted nada. ¿Estará usted por venturaenamorado?