La Hermana San Sulpicio by Armando Palacio Valdés - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

La animación, en tanto, iba creciendo entre los barbianes. Llegó elperíodo de las salvajadas. Uno de ellos se puso sobre la mesa a perorar,y los demás, para aplaudirle, le arrojaban jerez y manzanilla a la cara.Otro se empeñó en levantar con los dientes a un compañero que laborrachera había tendido en el suelo, y no lo consiguió; pero le rasgóla chaqueta. Otro quiso que la tía pescueza nos enseñase algo que debeocultarse, y entre los dos se trabó una lucha y rodaron por el suelo.

El conde permanecía grave, silencioso, apurando, una tras otra, lascopas de jerez.

Pero su mirada ya no era la misma, opaca y distraída,del hombre hastiado. Brillaban ahora sus pupilas con un fuego feroz ymaligno que imponía temor. Sus labios estaban contraídos siempre con unasonrisa despreciativa.

Sin hablar ni moverse, parecía otro hombre distinto.

El inglés se había despojado de la americana y el chaleco y,remangándose la camisa, enseñaba los bíceps de sus brazos, que eran enverdad poderosos, entreteniéndose en dar sobre ellos con las botellasvacías hasta partirlas. Se había hecho sangre una vez, pero continuabasin hacer caso. Luego pidió al mozo que le trajese una botella de ron yun vaso grande. Llenolo hasta los bordes de este licor, y lentamente,sin hacer el menor gesto ni pestañear siquiera, lo bebió todo.

Luegocolocolo sobre la mesa frente al conde, y dijo gravemente:

—Usté no haser esto.

Pasó por los ojos del magnate calavera una chispa de furor. Suporeponerse, no obstante, y vertiendo en el vaso el resto de la botella,mandó tranquilamente al mozo traer pimienta. Echó un puñado de ella;echó luego ceniza de su cigarro, que tenía amontonada delante de sí, ysin decir palabra, con la misma sonrisa despreciativa, apuró el vaso, yno contento con esto, lo rompió con los dientes. Vimos sus labiosmanchados de sangre. La reunión acogió con olés y gritos de triunfo estaprueba de gran estómago, en que, al parecer, se hallaba interesada lahonra nacional.

Estaba oscureciendo. Dentro del cenador la luz era ya muy escasa. Comomi cabeza no estaba al unísono con las demás, porque, según he dicho, elpaso con el Naranjero había tenido la virtud de despejármela, lasgrotescas y bárbaras escenas que presenciaba me infundían profundomalestar. Deseaba irme; pero, como cualquiera comprenderá, no se me pasósiquiera por la imaginación el hacerlo. Nuestros vecinos de los demáscenadores debían de haber alcanzado el mismo grado feliz de temperatura.No se oían más que gritos descompasados, campanilleo de copas,carcajadas groseras y blasfemias.

El conde no se había dado por satisfecho con la victoria alcanzada sobreel inglés.

Mientras seguía paladeando, con aparente sosiego, las cañasque le ofrecían, no dejaba de comérselo con los ojos, embargado por unarabia sorda que no tardó en estallar. Sus ojos, que eran lo único móvilen su fisonomía impasible, brillaban cada vez más feroces, semejando losde un loco cuando le han puesto la camisa de fuerza.

El inglés seguía haciendo alardes de fuerza, completamente ebrio ycausando bastante molestia a los demás, que no tenían una borrachera tanbrutal.

—Usted es muy valiente, ¿verdad?—le dijo el conde, sin dejar desonreír con desdén.

—Más que usted—respondió el inglés.

Don Jenaro fue a lanzarse sobre él, pero le sujetaron. Calmándose depronto, dijo:

—Ya que es usted tan bravo, ¿a qué no pone la mano sobre la mesa?

—¿Para qué?

—Para clavársela con la mía.

El inglés, sin vacilar, extendió su grande y membruda mano. El condesacó del bolsillo un puñalito damasquinado, y puso la suya, fina, decaballero, sobre la del inglés. Y, sin vacilar, con arranque feroz, alzóel puñal con la otra y clavó de un golpe ambas sobre la mesa.

Las mujeres lanzaron un grito de terror. Los hombres nos precipitamos asocorrerlos. Algunos salieron en busca de auxilio. En un instantellenose nuestro cenador de gente. De las heridas brotaban abundanteschorros de sangre, que manchaban los pañuelos que les aplicábamos. Unmédico, que por casualidad había entre los circunstantes, les hizo laprimera cura provisional con los pocos elementos de que pudo disponer.El conde sonreía mientras le curaban. El inglés se había abatido como unbuey, vomitando. No tardó aquél en hacer lo mismo. A ambos se les subióa los cuartos que el establecimiento tiene, y se los acostó. Todo elmundo se dispersó, comentando la barbarie del acto.

Pero el horror que me había producido aquella escena no bastó paracurarme del que sentía ante la que se preparaba para mí, cien veces máscruenta. Porque si tanta sangre salía de las manos atravesadas por unestrecho puñalito, ¿qué cantidad no saldría del boquete abierto en miestómago por una faca de siete muelles o por una lengua de vaca?¡Cielos, una lengua de vaca! Se me erizaba hasta el vello de la nuca.Viendo a todo el mundo montar en los carruajes y partir, se me ocurrióque era necesario, a todo trance, buscar vehículo para trasladarme aSevilla, porque pensar en que iba a hacer el viaje a pie a aquellashoras era un delirio. Miré con ansia a todas partes, a ver si tropezabacon alguno de los barbianes del cenador. No hallé ninguno. Se habíanevaporado no sé por dónde. Me entró un gran abatimiento, y pensé enpedir a cualquier desconocido un puesto en su carruaje, pues no habíaninguno por alquilar, cuando se acercó a mí la tía pescueza, que tantohabía desdeñado.

—¿Te vienes con nosotras? Matilde y yo traemos una berlina; perocabemos los tres si te avienes a ir en la bigotera.

Vi el cielo abierto. Con tanto júbilo acepté, que la prójima me miró concuriosidad.

Me puse colorado, pensando en que había adivinado micongoja. Fui con ellas, y creo que estuve todo el camino amabilísimo.

index-237_1.png

index-237_2.jpg

¡Qué no se hace por conservar íntegra esta preciosa piel que nosenvuelve!

XIV

PRINCIPIO A SER UN HÉROE DE NOVELA

Edejaron a la puerta de mi casa. Quise pagar al cochero, pero ellas loimpidieron, y no insistí. Prometiles ir más tarde al café de Silverio,engolosinándolas con empalmar la juerga a mis expensas. Por supuesto,que lo hice. ¡Buena gana tenía de gastarme las pesetas neciamente!

Era ya noche cerrada, pero no habían sonado las nueve. Fui a mi cuarto,y para esperar la hora de la cita con Gloria, me tendí un poco sobre lacama a reposar, que harto lo necesitaba. Ello es que eché un sueño, ycuando me desperté sobresaltado y miré el reloj eran más de las nueve ymedia. Me puse el sombrero y salí corriendo; pero cuando puse el pie enla calle y se me ofreció repentinamente a la imaginación la bofetada del Naranjero y el peligro que corría, volvime y a toda prisa cambié detraje y de sombrero. Después, caminando con grandes precauciones,mirando a todos lados y procurando ir siempre pegado a algún transeúnte,me dirigí a casa de mi novia. Eran cerca de las diez cuando llegé. Laventana estaba ya cerrada, mas al aproximarme a ella se abrió conestrépito y apareció Gloria con semblante hosco.

—¡Hijo, me has dao el rato! Creí que ya hasías rabona.

Procuré desenojarla, explicándole cómo había ido a ver a su tío Jenaro,en cumplimiento de lo acordado, y lo que con él me había sucedido,aunque ocultándole el incidente del Naranjero. No había para quéinquietarla. Habíamos llegado tarde porque el asunto de las manosatravesadas nos había retenido mucho tiempo. El relato de esto últimole causó sensación, aunque menos de lo que yo pensaba. Hasta no tardó enenvanecerse.

—Qué sangre tiene mi tío, ¿verdá, tú?

Compartí su admiración, aunque en el fondo me reservé el derecho dejuzgar al conde como merecía. Contome otras cuantas atrocidades de él eneste género, que no hicieron más que confirmar mi opinión. Al ver cómole gustaba la gente cruda, estuve tentando a darle cuenta de mi hazaña;pero me detuve, considerando que podía traslucir el miedo que ahorasentía. Porque demasiado a menudo volvía la cabeza, explorando de unlado y de otro de la calle. Siempre veía aparecer al terrible Juan Ruiz¡con la horrenda lengua de vaca!

También me distraía, a lo mejor, no diciendo cosa con cosa.

—¡Niño, tú parese que estás ajumao!... Y sí que lo estarás: ¡echas unapeste a bebía!

¡Puf, quita allá, gorrino!

No me dejó acercar la cara a la reja.

Antes de irme le hice presente cómo al otro día me era imposible pelarla pava, a causa de la velada poética que daba en el Casino Español.Estuvimos a punto de reñir, no por la supresión de la pava, sino porque,al saber que asistirían señoras, se le antojó que se iban a enamorartodas de mí. La sospecha no era verosímil. Le expuse, razonablemente,que mi figura, por esto y lo otro, no merecía tanto honor. Sin embargo,debí de estar blando en la argumentación, porque ella insistía cada vezcon más fuerza, y por un momento creí ser derrotado. Entonces capitulé.Le dije que, aun suponiendo, lo cual no era probable, que las señoritasque allí asistieran se enamoraran de mí, nada malo podía redundar paraella, puesto que yo estaba ya perdidamente enamorado, y en mi corazón nocabía otro amor. Todavía se defendió, pero en retirada, negando micariño, para verme afirmarlo cada vez con más brío. ¡Si ella pudiese ir!¡Qué feliz sería asistiendo a mi triunfo! Pero no había que pensar enello siquiera.

Persistía en creer que nuestros asuntos marchaban mal,que era necesaria, de todo punto, la intervención del tío Jenaro porquetenía la seguridad de que su madre no consentiría buenamente en nuestrocasamiento.

—Por supuesto—exclamó—, es igual que quiera o no quiera... Yo me casocontigo así tenga que escaparme por la alcantarilla.

Vi sus hermosos ojos brillar con una expresión de orgullo y bravura queme conmovió hondamente.

El alma vehemente, apasionada, de aquella mujer despertaba en la míaenergía que no sospechaba existiesen. Le apreté la mano con fuerza. Enaquel instante no temía a nadie en el mundo, incluso al Naranjero.

Luego que me separé de la reja y entré en mi casa, ya fue otra cosa. Laidea de la lengua de vaca comenzó a hacerme cosquillas nuevamente.Reflexioné largo rato acerca de los medios oportunos para no trabarconocimiento con este precioso artefacto de la industria nacional. Alfin, di con uno. Se me ocurrió que lo mejor era desagraviar al Naranjero con un acto que mostrase que la escena de la tarde anteriorhabía sido ocasionada por la borrachera. Tenía en mi poder unas cuantastarjetas de invitación para la velada del Español. ¡Si le enviaseuna!.... Supongo que no sería tan bruto que... Nada, nada, se laenvío.... Pero ¿cómo?... No conocía su domicilio. Pero el guitarristaPrimo debía de conocerlo.

A la mañana siguiente tomé un coche y me fui al café de Silverio;pregunté allí dónde vivía Primo, y me dijeron que en el Real de laFeria, número... Acto continuo me dirigí allí, siempre en coche, porqueaunque había convenido conmigo mismo, al separarme de Gloria, en quenada en el mundo podía asustarme, durante la noche había hecho algunaligera rectificación a este juicio. El artista flamenco aún estaba en lacasa.

Insistí en querer verlo. Una mujer del pueblo, pobremente vestida,su esposa, según dijo, me introdujo en el dormitorio, que era, porcierto, un cuartucho bien oscuro y estrecho. Primo, despertadoviolentamente por su mujer, no me conoció al pronto; no tardó en caer.Le expliqué el asunto con alguna timidez. Se trataba de hacer llegar amanos de Juan Ruiz la presente tarjeta que le entregaba. Sentado sobrela cama y dándole vueltas entre las manos, el guitarrista sonrió antesde contestarme. Aquella sonrisa me hirió profundamente. Cualquieradiría: «¿Qué importa la sonrisa de un flamenco?» Sin embargo, cuando elflamenco tiene razón para sonreír y lo hace del modo espontáneo ysencillo que Primo, puede muy bien sentirse uno humillado.

—Juan Ruiz vive aquí serquita, en la Alameda de Hércules...

—Bueno; pero si usted pudiera...

—¿Pregunta su mersé por er Naranjero?—interrumpió la solícitaesposa—. Pues no tiene más que torser a la derecha, saliendo de aquí;toma la callesita primera...

El guitarrista la atajó de mal humor, mandándola callar. No se tratabade ir yo en persona a casa del Naranjero, sino de enviarle unatarjeta...

Todo aquello me humillaba cada vez más. Después de que ambos cónyuges,con excesiva cuanto inmerecida amabilidad, me prometieron cumplir elencargo, apresureme a salir, dándoles las gracias. Y como la vecindad demi enemigo hacía peligrosos aquellos sitios, ordené al cochero que mellevase de prisa a mi casa, donde me entretuve en escribir los sobres yenviar las tarjetas que me quedaban a las personas que conocía, y enleer por centésima vez los versos que por la noche había de presentar ala admiración de los sevillanos. En los pasajes que me parecían másenérgicos procuraba ahuecar la voz y hacerla sonora, campanuda; en losmás tiernos me conmovía, pero de verdad, y llegaba hasta derramarlágrimas, aunque me los sabía mejor que el padrenuestro.

Por la tarde estuve en el palacio de Padul. Encontré al conde sentado enuna butaca, con el brazo en cabestrillo. Tenía alguna fiebre. En lamirada que me dirigió al entrar comprendí que debía sorprenderme de laherida, y así lo hice. Me contó, con la mayor sangre fría, que la nocheanterior, tratando de separar a dos hombres que reñían en una calle, lehabían herido, o, por mejor decir, se había herido él mismo. Isabelrecriminaba a su padre por tanto celo. ¡Cómo se iba a meter entre doshombres que tenían la navaja abierta! Dejarlos que se maten. Más valíala vida de su padre que la de aquellos chisperos. El conde escuchó sinruborizarse las calurosas expresiones de su hija, cosa que me parecíaimposible.

Llegó, por fin, la hora crítica de las nueve de la noche. Había comidomuy poco.

Estaba nervioso, como si fuera a batirme. En la casa todosestaban revueltos, como si el amor propio de la fonda de la calle de lasÁguilas estuviese comprometido en aquella jornada. Eduardito se empeñóen ir conmigo, lo mismo que Villa y Olóriz.

Matildita había ofrecido uncirio a la Virgen de la Esperanza si me aplaudían, y Fernanda, el dueñoadorado cuanto maduro de su hermanito, oír una misa en día que no fuesefestivo. Todos me recomendaban el ánimo.

—¡Mucho ánimo, ¿eh?, don Seferino!

Me mimaban, me festejaban, andaban todos solícitos para traermecualquier cosa que me apeteciese; pero siempre con una expresión entredolorida y afectuosa, como si se tratase de un reo en capilla. Matilditaconcluyó por declarar que dudaba mucho de mi serenidad, y que desearíaencontrarse en mi lugar, «porque ella era capaz de leer versos delantede la misma reina de España.»

Después de tomar té en la Británica los cuatro, viendo que llegaban lasnueve, me levanté con arranque diciendo:

—Vamos, Señores.

Y nos dirigimos a la acera de enfrente, donde estaba el casino. Me habíapuesto de frac y sombrero de copa. Cuando entramos, el Círculo hervía yade gente, lo cual me causó una emoción de placer y de miedo difícil deexplicar. Mi entrada produjo cierta sensación. En aquel momento seríabien difícil convencerme de que yo no era un personaje importantísimo, yque el acto que allí se iba a ejecutar no tenía una gran significaciónen el curso de los acontecimientos de este siglo. Rodeáronme unoscuantos socios de la Junta directiva, hablándome con deferencia. Yorespondía con pocas palabras, pero mostrando gran amabilidad y unaestudiada modestia, que debía de realzarme mucho. Afectaba hablar detodo menos de la solemnidad que iba a efectuarse, porque los hombresverdaderamente superiores y avezados al aplauso del público miran laexhibición como un acto natural y corriente. En fin, me estaba dando untono horroroso.

El salón estaba ya mediado de señoras. Levanté un portiercautelosamente, y vi sentadas en las primeras filas a las de Anguita.Isabel y las de Enríquez estaban un poco más allá. Dejé que se llenasepor completo, para que mi aparición hiciese más efecto. Poco a poco, losconcurrentes habían ido desapareciendo de los corredores y acomodándoseen las sillas del salón, detrás de las señoras. Al fin, quedé solo conla Junta directiva, porque Villa, Olóriz y Eduardito, mis fielesacompañantes, se habían ido también a coger sitio.

—Cuando usted guste, señor Sanjurjo—me dijo, al fin, el presidente,sacando el reloj.

Despojeme del paletó, que entregué a no sé quién, como un torero quetira la capa al tendido; hice lo mismo con el sombrero; metí los dedospor el cabello, a guisa de escarpidor, levantándolo y ahuecándololindamente, y, por último, aparecí en la plataforma alzada al efecto enel salón. Y fui saludado por una salva de aplausos.

Durante la lectura de La mancha roja me bebí dos vasos de agua conazucarillo.

Pero sucedió un percance, que no puedo pasar en silencio porlas fatales consecuencias que pudo tener. En vez de los treinta y sieteminutos que tenía calculados, la lectura de la leyenda no duró más queveintidós. Se aplaudió muchísimo; las señoras se conmovieron y agitaronlos pañuelos con entusiasmo, esparciendo por el ambiente caldeado milperfumes de opoponax, fleur d'Italie, reseda, etc.

Era una leyenda altamente patética. No me sorprendió nada que sehubieran impresionado vivamente. No lejos de mí, hacia la derecha, habíaun señor que cuatro o cinco veces, durante la lectura, dio un fuerteporrazo con el bastón en el suelo, gritando:

—¡Olé! ¡Viva tu mare!

El aplauso no era muy oportuno a la sazón, y me escamé un poco. Ledirigí alguna que otra mirada exploradora; pero no vi en su rostro nadaque pudiera indicar intención de burlarse. Era un señor de mediana edad,con patillas que le llegaban hasta la nariz, de continente grave, y queparecía prestar gran atención.

El diálogo político entre Solón y González Bravo gustó menos, y en vezde durar quince minutos, no duró más que ocho, casi la mitad de localculado. Sin embargo, bebí un vaso de agua azucarada. Los criados delCírculo no cesaban de ir y venir con bandejas en las manos. En cambio,la descripción de las cataratas del río Piedra produjo un escándalo depalmadas y vítores y me la hicieron repetir tres veces, con lo cual ganélo menos veinte minutos de los perdidos. Gracias a esta oportunísimacompensación no pasé la vergüenza de suspender la lectura antes de lahora y media, mínimum, como ya he dicho, de estas solemnidades. Lasseñoras volvieron a agitar los pañuelos con entusiasmo. Observé, sinembargo, que Joaquinita Anguita se estaba queda, lo cual me pareció unaruin venganza y me irritó más de lo que el asunto merecía. Durante estaspoesías y las otras que siguieron, el caballero de las patillas nodejaba de gritar de cuando en cuando, al final de las estrofas:

«¡Olé!¡Viva tu mare!», dando el consabido porrazo en el suelo con el enormeroten que empuñaba. Yo cada vez estaba más escamado de él, y por encimade las cuartillas que tenía en la mano le echaba miradas, ora de temor,ora de recriminación. Ningún efecto le hacían. Seguía atento,imperturbable, sin mirar a los lados, y eso que observé con cólera quesus vecinos reían cada vez que lanzaba el «¡Olé!» No pude saberentonces, ni a estas horas sé aun, si aquel individuo me admirabasinceramente o era todo guasa viva, por más que me inclino a lo segundo.

Ello es que fui aplaudido a rabiar, que la Directiva me abrazó conefusión al concluir; las señoras, al marcharse, me dirigían miradas decuriosidad, y que sudé como un caballo de carrera y me bebí una cantidadprodigiosa de agua azucarada. Al salir a los corredores me tropecé defrente con el Naranjero, de quien ya no me acordaba más que de lamuerte; bien es cierto que el Naranjero y la muerte eran para mítérminos idénticos. Me parece que los colores que el calor y losaplausos habían puesto en mis mejillas debieron de bajar mucho derepente. Sin embargo, fue por poco tiempo. Juan Ruiz vino a mí con elsemblante risueño y me dio un cordial apretón de manos. Comprendí que sesentía muy honrado con la amistad de un hombre tan eminente y lleno degratitud por mi galante invitación. Respiré con un placer como no volvía respirar en mi vida, y le invité a beber con mis amigos Villa, Olórizy Eduardito un chato en casa de Juanito, allí cerca.

Noche feliz fue aquella para mí. Sólo otra podía comparársele: laprimera en que pelé la pava con Gloria. Después de estar un rato en casade Juanito, tomando un tentempié, nos fuimos a casa. El Naranjero nosacompañó, y al dejarme a la puerta se me ofreció por amigo, con un calory efusión que me conmovieron; verdad es que estaba yo muy predispuestoen aquel instante a las emociones tiernas. Aprovechando la ocasión enque los demás hablaban entre sí, me dijo en voz baja:

—Don Seferino, si alguna vez le hase farta un hombre..., ya sabeusté..., ¡un hombre!..., cuente usté conmigo.

Aunque había cierta vaguedad en él, acaso por esto mismo me hizoprofunda impresión el ofrecimiento. Eso de necesitar un hombre ¡era tanenérgico!

Dormí aquella noche bastante agitado. La felicidad también produceinsomnio. No faltaba para completar la mía sino que Gloria hubieseasistido a mi triunfo. Pero me consolaba la idea de que los periódicosdarían cuenta de él, y aun lo abultarían, como suelen, proponiéndomellevarle recortados los sueltos o los artículos, si a tanto llegaban.Matildita, llorando de emoción, me pidió permiso para darme un abrazo,el cual le otorgué generosamente. Tuvo que subirse a una silla parahacerlo. La verdad es que, a pesar de su petulancia, que nada tenía deofensiva, era una buena chica la hija de mi huéspeda. Llegó a decirme,en el calor de su entusiasmo, que se le figuraba que era yo mejor poetaque Pepe Ruiz, el autor de Hojas del árbol caídas—juguete del vientoson. En su boca era mejor elogio que si me hubiera colocado por encimade Homero.

Pero, como «la roca Tarpeya está muy cerca del Capitolio», como dice, unnúmero sí y otro no, cierto periódico de mi pueblo titulado ElCentinela del Bollo, estaba de Dios que no había de gozar muchas horasde la dicha con que amor y gloria me inundaban. Compré todos losperiódicos de la mañana, y en la mayor parte se daba cuenta de milectura con frases muy laudatorias, aunque no tanto como yo hubieraapetecido. Un poeta, en materia de elogios, jamás dice en su fuerointerno:

«Basta.» Pero, en fin, esto era natural que sucediese, y no fuelo que turbó mi felicidad. Recorté los sueltos más calurosos y losguardé en un sobre para dárselos a Gloria aquella noche. ¡Qué ajenoestaba, cuando los metía en el bolsillo, de lo que iba a suceder!Durante el almuerzo, la conversación, claro está, versó sobre la velada.Eduardito y Olóriz daban pormenores a otros huéspedes recientes, que,enterados ya por los periódicos, me miraban con una curiosidad y respetoque contribuían a inflarme.

Antes de concluir, Matildita vino a decirme al oído:

—Don Seferino, hay ahí una mujer que pregunta por usté con mucha prisa.

Preguntele si la conocía, y me dijo que se le figuraba que era la mismaque alguna que otra vez me traía recaditos. «Paca», dije para mí, y salídel comedor apresuradamente. En efecto, hallé en el patio a lacigarrera, quien avanzó precipitadamente a mi encuentro, con lafisonomía pálida y descompuesta, diciendo:

—¡Señorito, se la yevan!

—¿Se la llevan? ¿A quién?

—¿A quién ha de ser? ¡A mi señorita!

Quedé clavado al suelo.

—¿Adonde?—pregunté con un vago terror de algo extraordinario,maravilloso, que la palidez de Paca me infundía.

—No sé..., al convento me parese.

Mi terror disminuyó al saber el caso concreto, y recobré la acción. Nadanos deja tan paralizados como el miedo de lo que se ignora.

—¿Y cuándo se la llevan?

—Ahora mismito. Hase poco fui a casa, como otras veses, y no vi a laseñorita. Me dijeron que estaba malita; pero yo, que guipo de lejos, nolo creí. «¡Aquí hay gato enserrao!», me dihe. La casa andaba un pocorevuelta, y oí voses en el piso de arriba; pongo la oreja, y oigo gritara la señorita Gloria, isiendo: «¡No voy, no voy así me hagan ustedespeasos!» «Sierto son los toro», me dihe. Veo entrar a don Manuel, elteneor de libros de la fábrica de la señora; luego salí..., ¡vamo, queno quise ver más!

Y salí escapá a contárselo a su mersé.

Me lancé a mi cuarto sin responderle, me puse el sombrero, cogí elrevólver y lo metí en el bolsillo, y salí a la calle, resuelto a impedirel rapto de Gloria, aunque no sabía por qué medio. Noté que Paca corríadetrás de mí. En un instante alcancé la calle de Argote de Molina. Aldivisar la casa de Gloria vi que un coche, parado delante de ella,arrancaba hacia abajo, y que don Oscar, a la puerta, gesticulabaviolentamente haciendo señas al cochero. No me cupo duda alguna de quedentro del coche iba Gloria prisionera.

Lanceme a toda carrera de mis piernas en su seguimiento. Al pasar pordelante, enseñé con rabia los puños, sin detenerme, al perverso enano,que aún seguía a la puerta, como guardián misterioso de algún cuento de Las mil y una noches. Como las calles son tan estrechas, los carruajesno pueden correr en Sevilla, so pena de atropellar a los transeúntes.

Gracias a esto pude alcanzar pronto al que conducía a mi novia, y aun lohubiera pasado si me lo propusiera. Pero no me convenía. Mientrascaminaba, mi cerebro reflexionaba acerca de aquel lance y combinaba elplan de ataque único a la sazón factible. Pensé en coger las riendas alcaballo y detenerlo. Pero sobre ser esto un poco aventurado, porque elcochero podía arrear y volcarme, se adelantaba poco en ello. Sin poderofrecer las pruebas, no era fácil que hiciese creer a la gente quellevaban a una joven secuestrada. Imaginé que sería mejor esperar a quese detuviese a la puerta del convento y, al tiempo de apearse, impedirla entrada en él y dar un escándalo, reunir gente en torno de nosotros yllamar la atención de la Policía.

Así que el coche salió de la calle de Alemanes, como hay mayor espacio,se puso al galope y le vi alejarse con dolor. Pero no me desanimé.Emprendí otra vez la carrera furiosa, y cuando entró en la calle de laBorceguinería tuvo que acortar el paso y le alcancé.

Seguile de cerca, y al entrar en la calle de San José me adelanté y fuia situarme delante del convento. No tardó en llegar y pararse. Observéque un individuo que estaba en el portal del colegio tiró de lacampanilla y que la puerta se abrió instantáneamente. Del carruaje salióun hombre que no conocí y cogió por las manos a mi Gloria, que viclaramente hacía esfuerzos por desasirse. De dentro la empujaron, ysaltó también a la calle, y detrás de ella, don Manuel, el tenedor delibros. No faltaba más que un paso para meterla en el portal. Pero aquelpaso no pudieron darlo.

Con el coraje que cualquiera puede suponer me lancé a ellos, diciendo envoz alta, casi a gritos:

—¡Alto! ¿Adonde llevan ustedes a esa señorita?

—¡Seferino, sálvame!—gritó Gloria, tratando de acercarse a mí y siendoretenida fuertemente de un brazo por don Manuel.

—¿Y a usted qué le importa?—dijo éste con mirada y actitud agresivas,pero en voz baja.

—Me importa mucho—repliqué en tono más alto aún—. Ustedes llevan aesta joven secuestrada. Ustedes son unos secuestradores. Suelten ustedesa esa joven, tunantes.

Algunos transeúntes ya habían acudido al escuchar mis voces.

—Vamos, apártese usted—me dijo el hombre desconocido, tratando deecharse sobre mí.

Pero di un paso atrás y, sacando el revólver, grité:

—¡No pasarán ustedes, canallas, miserables! Suelten a esa joven quellevan secuestrada...

En un instante se llenó aquello de gente. Mis gritos eran horrendos.Deseaba que el escándalo fuese gordo y viniese la Policía cuanto máspronto.

—Suelten ustedes a esa joven, secuestradores—proseguía yo, agitando elrevólver—

. Para que ustedes la encierren en la prisión, tendrán quepasar sobre mi cadáver.

—No grite usted tanto, buen hombre—dijo el tenedor con rabioso acento.

—¡Ah! ¿No quieren ustedes que se sepa?—exclamé con voz campanuda decómico de la lengua—. ¡Pues yo sí! Quiero desenmascarar a los canallas.No estamos ya en los tiempos en que se emparedaba a la gente. LaInquisición se ha suprimido en España hace mucho tiempo.

Este recuerdo oportunísimo me captó la simpatía de la gente. Tanto, quecuando el acompañante desconocido del tenedor se arrojó sobre mí deimproviso y me sujetó la mano con que empuñaba el revólver, un hombredel pueblo le sujetó a la vez, diciendo:

—¡Aquí no se hacen canalladas! Deje usted que vengan los guardias.

Y hubo un murmullo de aprobación en el corro.

Gloria se había desprendido de las manos de don Manuel y había corrido aponerse a mi lado. Cualquiera otra se hubiera desmayado ante aquellaescena; pero ella no estaba de ese humor. Agitada, furiosa, dijo en vozalta:

—¡Dame el revólver, yo le mato!

Esta frase tuvo un gran éxito. El coro la acogió con risas y muestras deaprobación.

Uno exclamó:

—¡Olé por la niña de sangre!

En esto llegó, desalada, Paca, se abrió paso por entre el círculo decuriosos y, dándose por enterada instantáneamente de lo acaecido,comenzó a decir a grito herido:

—¡Eso! ¡Eso! Estos desalmados quieren enchiquerar a la pobresita de miniña. La culpa no la tienen ellos, sino el fenómeno que está allá en lacasa, que tiene pato con el demonio. ¿No hay justisia en Seviya? ¿Pacuándo se deha la horca? Por unos cuantos reales, esos arrastraos hasende verdugos.

—¡Señora, mire usted lo que dice!—exclamó, ya descompuesto, eltenedor—.

Nosotros traemos a esta joven por orden de su madre.

Un guardia se presentó en aquel momento. Todos nos dirigimos a élexplicándole el suceso, de modo que, como todos hablábamos a un tiempo,imposible era que se hiciese cargo de él. Sin embargo, Paca, a fuerza dechillidos, logró dejarse oír. El guardia no quiso dar la razón a nadie ynos ordenó que fuésemos a la Inspección con él, y así lo hicimos,seguidos de un buen golpe de gente. Mientras caminábamos, Paca ibaexplicando el caso a la muchedumbre. Contaba la historia en estilopintoresco, y consiguió poner de nuestra parte a todos los curiosos.

—La quieren emparedá pa comerse la guita, ¿sabéi ustedes? Mi señoritaes rica, y un enano que asota toas las noches a un Cristo, ¡yo lo hevisto con estos oho!, se quiere engullí los millones que le ha dejado miseñorito. A la fuersa la quiere meté monha ese perro; pero ella noquiere, ¿sabéi ustedes? Le guta ese señorito, porque es un buen moso ytiene buen aquel..., ¡porque sí, vamo!, y se casará con él, ¡vaya si secasará!, y le dará al roío enano pol tal. ¡Que no vaya a la gloria si yomesma no le ayudo!...

Yo iba bastante avergonzado, y Gloria mucho más, como puede suponerse.Pero mi plan hasta entonces se desenvolvía con buen éxito, y estocompensaba hasta cierto punto aquella molestia. Por fortuna, llegamospronto a la Inspección. Allí expuse con firmeza mi querella, apoyada porGloria, y reclamé la intervención del juez. Al mismo tiempo mandé unrecado al conde del Padul por medio de Paca. El juez, a quien se avisó,tuvo la atención de venir por tratarse de una señorita, y delante de élvolvimos, como ante el inspector, a exponer nuestro litigio. El tenedorde libros también reclamó.

index-247_1.png

index-247_2.jpg

Yo pedí, desde luego, el depósito de Gloriaen lugar adecuado, y el juez lo decretó inmediatamente. Como noshallásemos deliberando sobre esto, presentáronse Isabel y la tíaEtelvina, y sin más dilaciones cogieron a Gloria y la hicieron montar enun coche con ellas, llevándola a casa. El conde no había podido venir acausa de su indisposición. En casa de él, como pariente y personacaracterizada, quedó, pues, depositada mi animosa Gloria.

XV

TROPIEZO DE NUEVO CON EL MALAGUEÑO

Lescándalo fue grave y tuvo en Sevilla, con ser gran población, mucharesonancia. Los periódicos se apoderaron de él e hicieron comentariosnada halagüeños para la familia de Gloria. El conde dirigió una carta asu prima, donde cortés, pero enérgicamente, le manifestó que su sobrinano saldría de su casa sino para el altar, y aconsejándole quedesistiera, por el buen nombre de ella y de la familia, de querer forzarla voluntad de la joven. No sé si a influjo de esta carta o por temor overgüenza, doña Tula no dio un paso para reclamar a su hija. El odiosoenano, su director, tampoco.

Comenzaron para mí días venturosos. El palacio de Padul se me abría atodas horas y siempre hallaba en él grato recibimiento. Se meconsideraba ya como de la familia.

Por las tardes, después de almorzar,me iba allá, y sentado o montado en una silla (que a tanto llegaba miconfianza), las veía coser o bordar y bromeábamos con alegría.

Gloria,que se había puesto de un humor delicioso y hasta creo que engordó enpocos días, gozaba en hacer jugarretas a todo el mundo, pero muyparticularmente a mí. La casa, un poco sombría por el abandono delconde, el humor tétrico de la tía Etelvina y el carácter débil deIsabel, había cambiado notablemente de aspecto. Estaba ahora riente,sonora, gozosa, merced al ambiente de franqueza y alegría que mi adoradaesparcía en torno suyo. El conde paraba más tiempo en casa. La tíaEtelvina, que acostumbraba pasar el día encerrada en su habitación,buscaba ahora la compañía de las jóvenes, y a menudo su rostro depiedra se contraía con una sonrisa al escuchar las salidas de lahuéspeda. Hasta los criados servían con más agrado y eran más locuaces.

No dejaba de sorprenderme, sin embargo, aquella alegría y aturdimientode Gloria.

Parecíame que después de las tristes ocurrencias pasadas, enguerra abierta con su madre, con las miradas de la población fijas enella, debía mostrar más reserva y circunspección. Asaltábanme tristessospechas respecto a su carácter, y, reconociendo su irresistibleatractivo, acusábala interiormente de frívola y ligera. Estas dudas meatormentaban, porque, al fin, pretendía hacerla mi esposa. Toda mifelicidad podía venir a tierra si a mi esposa le faltaba un poco deaplomo en el cerebro. «¿Será una mujer casquivana?», me preguntaba conmiedo. Y cada vez la observaba con más atención, interpretabaescrupulosamente sus menores actos y palabras y me perdía en un mar decavilaciones. Al cabo no pude menos de desahogarme. Un día le dije:

—¿Sabes que me sorprende que estés tan alegre estos días?

—¿Pues?—me preguntó, fijando en mí sus grandes ojos aterciopelados.

—Porque... yo presumía—aquí comencé a vacilar y turbarme—que despuésde una escena tan desagradable como aquella..., teniendo que reñir contu mamá..., ibas a estar abatida, melancólica...

—¡Melancólica! ¿Por qué?... Lo estaría si me hubieran enchiquerado alláen el colegio... ¡Pero ahora! ¡Anda, hijo; pues si estoy como el pez enel agua! ¿No te veo todos los días? ¿No me dices que me quieres? ¿Novamos a casarnos?

—Bien...; pero creí que sentirías a tu madre.

—A mamá la quiero mucho; pero a ti te quiero retemuchísimo más... No tedes tono, porque yo siempre he tenío muy mal gusto. Mi primera pasiónfue un perro ratonero.

La verdad es que quien menos debía recriminar a Gloria por su alegríaera yo. Sólo por una de esas aberraciones con que el sistema nervioso,excitado, nos atormenta, podía hallar mal una conducta que era eltestimonio más convincente del entrañable amor que me profesaba.

Cambié de conversación; pero al poco rato, acometida, sin duda, de unasospecha, me dijo:

—Oye: ¿por qué te extraña que esté contenta?

—Por nada—respondí, sonriendo, con un poco de vergüenza.

—¡Ya!... Tú querías que hiciese un poco la comedia, ¿verdad? Quesoltase algunas lagrimillas y me riese por dentro. Pues, hijo, si laquieres así, busca otra... Yo no sé llorar sin gana...

Procuré disuadirla, riendo, de su fundada sospecha, y loé de corazón sufranqueza.

¿Cómo pude hallar censurable aquella naturaleza espontánea,sincera, rebosante de pasión y de alegría?

Pero las nieblas de la duda no se desvanecieron por completo en miespíritu, harto suspicaz. Confesaba que Gloria tenía un corazón honrado,era una mujer sin dobleces y que me amaba de todas veras; pero... sucarácter ligero seguía inspirándome algún temor. «Hoy me quiere;convenido—me decía—. Sería capaz de hacer por mi amor cualquiersacrificio. Pero en una mujer de tan viva imaginación, ¿será el amorduradero? ¿Podrá resistir a la prosa continuada del matrimonio? ¿Nohabrá miedo de que algún día esta vehemencia, este fuego, que es laesencia de su carácter la despeñen, tristemente para ella y para mí,sobre todo para mí?» Como éste era el fondo de mis cavilaciones aquellosdías, no es extraño que le sacase la conversación a Villa.

Una noche ledije en el café, hablando de las mujeres sevillanas:

—Amigo Villa, evidentemente estas mujeres son más graciosas yapasionadas que allá en el Norte, tienen más ingenio y saben querer deverdad...; pero me temo que no hagan tan buenas esposas como amantes.

Quería tirarle de la lengua. Y lo conseguí, con gran satisfacción por miparte. El comandante hizo una defensa acabada y fogosa de la mujersevillana. Según él, ésta es viva y ardiente, pero no vanidosa, lo cualsuprime uno de los grandes incentivos, acaso el más capital, que lamujer tiene para caer. El fuego de su alma, al casarse, se convierte enternura y abnegación. Exige que se la ame, no que se la adorne. El lujoen Sevilla no fascina, como en otras partes, al sexo femenino, y esporque la pobreza no se considera ridícula; la mantilla es una prendaque las iguala a todas. Aquí no se siente la diferencia de clases. Lajoven más encopetada por su nacimiento y fortuna alterna de igual aigual con otras muchachas que viven del modesto sueldo de su padre.Luego, por la tradición árabe quizá, la mujer casada vive casi siempreretirada.

No se concibe que frecuente con toda libertad, como en lasgrandes capitales, los saraos, los teatros y paseos. El orgullo de laesposa es ser amada por su marido. Si éste es una mijita calavera, se mefigura que le quiere más. Dicen que hay en ella algo de odaliscatodavía; pero con una mujer que no exige más que se la acaricietiernamente al llegar a casa, la vida es muy fácil y muy dulce. «Por lodemás—terminó diciendo el comandante—, esas mujeres de su país, másvergonzosas, más tímidas, más circunspectas que las nuestras, acaso seanmás peligrosas.»

Callé, porque no quise hacer injuria a las mujeres de mi país; pero nome pareció descaminada del todo aquella idea.

Isabel consiguió que Gloria fuese alguna vez a la tertulia de las deAnguita, hacia las cuales seguía mostrando antipatía. Imagino que vinoen ello por el gusto de demostrar su triunfo a Joaquinita, pues aún nose le habían desvanecido los celos por completo.

Se había abandonado elpatio por hacer ya demasiado fresco, y la reunión se trasladó a un salóncontiguo. Los tertulianos, excepto el pequeño núcleo que ya conocemos,variaban constantemente. Ahora asistía casi diariamente una partida decinco o seis muchachos de Antequera, al parecer estudiantes, gente debuen humor, socarrones y maleantes, que tramaban entre sí mil guasas,algunas de ellas de un color harto subido. Las de Anguita, como buitresal olor de la carne fresca (perdón por este símil; pero mejor sería comopalomas al reclamo del cazador), acudieron a ellos, esperando hallar elnovio apetecido, y abandonaron así mismo al resto de los asistentes.Ramoncita caminaba con cierta cautela, con la sonrisa en los labios y elescepticismo en el corazón, dispuesta a dejar el campo al primercontratiempo.

Pepita, fiando siempre en su gracioso desenfado, rayanodel cinismo. Joaquinita perseguía a uno de los antequeranos conincansable brío, con una firme voluntad de hacerle suyo, digna, enverdad, de admiración. Dejábanse querer los estudiantes, y con afectadoahínco, para ser sincero, las festejaban y hacían con ellas apartesprolongados que colocaban en posiciones desairadas a los demás que allíasistíamos. Comprendí que sería ridículo tomárselo a mal.

Una de las guasas de aquellos mozalbetes consistía en presentarse losmartes siempre vestidos de rigurosa etiqueta, en forma y actitudenteramente diversas del resto de la semana, haciendo profundasreverencias al entrar, saludando a todos con gran ceremonia y llamando aRamoncita duquesa; a Joaquinita, condesa, y a Pepita, baronesa. Estocausaba gran regocijo en la tertulia, no sé por qué, sobre todo a lasniñas de la casa, que aceptaban los títulos. Durante la nocherepresentaban su papel como damas de teatro cursi. Al señor de Anguitale llamaban el gran duque de Anguitoff, y el pobre viejo aceptaba,riendo, el título. Otra consistía en mostrarse celosos los unos de losotros y en obligar a sus respectivas damas a que declarasen en públicosus preferencias. Si uno de ellos, convenidos entre sí anteriormente,regalaba una flor a Joaquinita, el amante de esta exigía que la arrojaseal suelo y disimuladamente la pisase. El donante adoptaba un continentelúgubre y siniestro, y Joaquinita se asustaba, pensando que podría haberreyerta al salir de la tertulia. A su vez, ellos procuraban introducirla discordia entre las hermanas, dedicándose ora a una, ora a otra.Venían los consiguientes líos y desabrimientos, y en esto se divertían.

Pero lo que dio más juego fue cierto aparato de proyección o linternamágica que uno de ellos compró para dar sesiones en la tertulia. Secolocaba una cortina blanca en el fondo del salón, se hacían apagartodas las luces (solía ser una) y comenzaba el experimento cuando todosse habían colocado convenientemente al lado de alguna niña. En seguidamalicié de lo que se trataba, y más viendo que el que mostraba lasvistas era siempre distinto, sucediéndose en esta tarea, que debía serla más ingrata, por riguroso turno. Observé también que la noche en que,previo anuncio, se daba sesión de linterna, la concurrencia era muchomás numerosa. El que estuvo a punto de echar a perder aquel sabrosorecreo fue el tío de Elenita, que en lo más interesante de él se puso agritar, indignado, que le habían dado un beso. Nunca pudo saberse quiénhabía sido el desdichado agresor.

No quise decir nada a Gloria; pero procuré con todas mis fuerzas quedejase de ir a aquella casa. Algo contribuyó también a hacérmela pocograta la escena inverosímil que una de aquellas noches presenciara enella. Ha de saberse que el piano había desaparecido del salón. Cuando senotó la falta, Pepita, con su habitual despreocupación, nos dirigió elsiguiente discurso:

—Señores, el piano era de alquiler: nos costaba tres duros cada mes.Como ya estarán ustedes enterados de que la casa de Anguita viene hacetiempo en decadencia y se encuentra en el día bastante escasa de metalespreciosos, no extrañarán ustedes que, con harto dolor de nuestrocorazón, porque somos muy artistas, hayamos tenido que prescindir de él.Si a ustedes les acomodara que lo hubiese para bailar, con abrir unasuscripción y pagarlo estaba todo resuelto.

—Que se abra esa suscripción—dijo uno—. Yo doy dos pesetas.

—Que se abra... Yo no doy nada—dijo otro.

Pensé que todo aquello era pura broma. Así que mi estupor fue grandecuando observé que, efectivamente, a presencia de todos, se recogía eldinero. Me vi en la precisión de contribuir con un óbolo de dos pesetas,lo cual me llenó de indignación, no tanto por las dos pesetas cuanto porlo indecoroso del acto.

Pero en aquellos días había llegado el duque de Malagón, novio oficialde Isabel, y a esta le gustaba exhibirlo en la tertulia. Era unjovencito de veinte a veintidós años, delgado, moreno, completamenteinsignificante. Enterado inmediatamente de que yo era el novio de Gloriay la especial situación en que nos hallábamos, me mostró simpatía algopegajosa. Iba a buscarme para salir de paseo, tomaba café conmigo y conVilla y cuando salíamos de casa de Padul, nunca dejaba de acompañarmehasta la mía. Era bondadoso y simpático; pero tenía el aturdimiento y lapetulancia de un adolescente. Todo lo zanjaba de golpe y porrazo; paraél no había dificultades. Tan pronto me proponía facilitarme medios paramarcharme con Gloria al extranjero, como hacer prender a don Oscar porconspirador carlista o pagar a unos gañanes para que le rompiesen lacabeza, etc. Sus proyectos eran siempre expeditivos y penables por elCódigo. Costábame trabajo sustraerme a sus importunidades, aunque leagradecía el interés que tomaba por mis asuntos. Creía hallarseenamorado de la condesita. Pronto comprendí que estaba en un error. Elduque se casaba por hacer el hombre formal. Su novia le preocupaba menosque las dos jacas francesas que le habían llegado recientemente. Leplacía que alabasen a Isabel, y se daba tono acompañándola en el paseo ybailando con ella todos los valses y rigodones que se tocaban en lossaraos del Alcázar. Pero, cumplida la obligación del hombre formal,respiraba con libertad y me iba a buscar para jugar unas carambolas albillar, en lo que, sin duda, se deleitaba mucho más.

Villa andaba celoso de esta nueva amistad. Alguna vez me había dicho,con sonrisa forzada:

—¡Hombre, qué íntimos se han hecho usted y el duque en pocos días!

Yo alzaba los hombros con indiferencia y me reía de aquella amistad, quesuponía debida exclusivamente al carácter infantil del duque. Trataba enlo posible de no herir la susceptibilidad del comandante, pues bien seme representaba que el pobre tenía una espina clavada en el corazón. Surival, ignorando en absoluto que lo fuese (creo que si lo supiere seríalo mismo), le hablaba con toda cordialidad y hasta le distinguía mucho,por la razón de ser hombre hecho y militar. En cambio, Villa hacíaesfuerzos visibles por parecer amable con él, aunque sin conseguirlo másque a medias. Alguna vez se le tiene escapada ésta y otras exclamacionessemejantes:

—¡Cómo me carga este chiquillo! ¡Parece mentira que usted le puedasufrir tanto tiempo!

Había que perdonarle esta injusticia por lo que el pobre debía depadecer. Hasta pocos días antes de la llegada del duque había seguidoobsequiando a Isabel. Esta no dejaba de coquetear con él y alentarle,cosa que nos tenía sorprendidos lo mismo a Gloria que a mí. Pero hacíaya algunos días que, desengañado tal vez, o por ventura para hacerseinteresante, se dedicaba a una de las de Enríquez, que, con ser amiga yparienta de la condesita, le había recibido con los brazos abiertos.

Entonces observé que ésta procuraba atraérselo de nuevo, prodigándoleaquellas sonrisas cándidas y bellas de querubín con que le habíaenloquecido a él y a otros muchos. Le hablaba con singular agrado y, aundelante del duque, le prodigaba atenciones que hubieran parecido mal acualquier novio menos aturdido que éste. El comandante quería mostrarseinsensible a este dulce reclamo, pero no podía. Veíasele rojo,tembloroso, cada vez que la condesita le llamaba para decirle algo. Eracurioso observar la lucha que dentro de aquel hombre sostenían elentendimiento y el corazón.

El primero le aconsejaba no apartarse de lade Enríquez, no mirar a la condesita; el segundo le exigía adorarla derodillas, como siempre. Una noche, y tomando café en la Británica, medio una sorpresa. Estábamos los dos solos frente a la mesa.

Notábaledistraído, preocupado, pero no triste. Sus ojos brillaban con un fuegoespecial de malicia y triunfo. A veces, sus labios se contraían con levesonrisa inmotivada. Se conocía que deseaba hablar, desahogarse, y yo lebusqué pretexto para ello en cuanto lo advertí. Le hablé del duque y leexpresé mi sospecha de que no estuviese verdaderamente enamorado deIsabel.

—Al mismo tiempo—añadí—, ¿sabe usted lo que se me figura?... Que lacondesita tampoco le profesa un amor muy entrañable...

La cara de beatitud que puso Villa al escuchar esta afirmación en miboca, por poco me hace soltar la carcajada. Bajó la vista sonriendo,dejó escapar tres o cuatro chicheos, revolvió el café con la cucharilla,echó un sorbo, poniendo los ojos en blanco, y después de limpiarse loslabios con sosiego, con el sosiego del hombre fuerte que va a hacersentir en breve el peso de su valer, llevó la mano al bolsillo interiorde la americana, y dijo, sacando una cartera, y de la cartera unsobrecito:

—Entérese usted de lo enamorada que está Isabel del duque.

Dentro del sobrecito, que despedía perfume penetrante, había una tarjetay algunas hojas de rosa. La tarjeta decía: «Isabel de Montalvo, condesadel Padul», con corona encima. Al respaldo se leía en letra diminuta,pero clara: «Lo prometido es deuda.»

Volví a encerrarla en el sobre con las hojas y se la entregué, altamentesorprendido, a Villa.

—¿Qué le parece a usted?—me dijo, guardándola en la cartera con airetriunfal.

—¡Muy extraño! ¿Usted se las había pedido?...

—Nada más que una, de la rosa que llevaba en el pecho anteayer, en casade Anguita... ¡Y esta mujer se casa el ocho de diciembre!

Me espanté del caso más de lo que debiera, porque comprendía que conello le daba mucho gusto. La verdad es que la conducta de Isabel erainexplicable; pero aquello no tenía la extraordinaria importancia queVilla le daba, mucho más cuando en la tarjeta nada se decía que pudieraalentar sus pretensiones. Conseguí ponerle de un humor delicioso,asegurándole que la condesita sólo se casaba por presión de la familia opor razones de conveniencia. Su corazón, indudablemente, estaba en otrolado. Hasta le hice entrever un porvenir dichoso cuando hubiera pormedio un editor responsable. En aquel momento mentía yo como un bellaco,porque, en mi concepto, si Isabel no estaba enamorada del duque, por lomenos lo parecía. A Villa tenía la absoluta seguridad de que no leamaba.

—Si yo mandase esta tarjeta al duque—dijo con profunda emoción—, laboda quedaría deshecha... Pero no lo haré, porque soy hombre de honor.De las mujeres me vengo de otro modo.

Convine con él en que era cierto que tenía entre sus manos aquellaegregia boda, y aplaudí calurosamente su nobleza. Esta ilusión de ser unhombre de alma generosa y heroica acabó de hacerle feliz. Mandó porcigarros habanos y me regaló un puñado de ellos.

* * *

A la tertulia de Anguita seguía asistiendo con bastante puntualidad miex rival Daniel Suárez. Desde la tarde aquella de la excursión a LaPalmera, en vez de aumentar su hostilidad hacia mí, decreciónotablemente. Con buen acuerdo, sin duda, comprendió que la lucha eraimposible, y renunció a ella. Hasta me dio una explicación cierta tardeque me tropezó en las Delicias y se emparejó a pasear conmigo.

—Aunque a uzté le dizguzte, voy a pacear con uzté un ratiyo.

—¡Disgustarme! ¿Por qué?

—Porque uzté me aborrece..., confiézelo uzté...

—Pues, en efecto, no le tengo mayor simpatía; bien lo sabe usted.

—Mientra hemos zido rivales, ez natural que zucediese... ¡Pero ahoraque me ha vito uzté caer en la mizma cuna y por do vece recogío...!

No pude menos de sonreír. Comprendí que tenía razón. Habló con la mayorfranqueza de su posición y recordó todos los pasos que había dado paraagradar a Gloria, haciendo burla de sí mismo con bastante gracia.

—Bazta de ezo... He eztao zacudiendo el árbol, y la naranja no hacaío... Uzté no ha hecho má que tocarle y ze le ha venío a la boca...Buen provecho le haga.

El triunfo me hizo generoso. En un momento olvidé lo que aquel hombre mehabía hecho rabiar, y se borró mi antipatía. Después de la escenaviolenta que dio por resultado la salida de Gloria de su casa, Suárez medio la enhorabuena cordialmente y mostró interés porque aquel estado decosas durase lo menos posible y viniese la boda cuanto más antes. Lomismo en casa de Anguita que cuando nos tropezábamos en la calle,charlábamos como buenos y antiguos amigos; tanto, que una vez, queconfidencialmente reíamos en un rincón, exclamó Pepita, al cruzar pornuestro lado:

—¡Tiene grasia! Hase poco querían ustedes matarse, y ahora...

—Y ahora noz estamo dando la lengua, ¿verdá, prenda?—replicó Danielcon su inveterado cinismo.

A Gloria le sorprendía un poco aquella repentina intimidad; pero nohacía gran caso de ella. En el fondo, el malagueño le era por completoindiferente. Este convencimiento, que recabé de mis observaciones, fuelo que más contribuyó, como puede suponerse, a que se borrase miantipatía. Daniel era un compañero malévolo, a quien no se podíaprofesar estimación, pero ameno. Su lenguaje, harto cínico, no dejaba detener gracia; su escepticismo despreciativo salpicaba con picantesespecias la conversación. Tenerlo siempre al lado sería aburridísimo,porque no hay nada que fatigue tanto como los hombres predispuestos aburlarse de todo; pero de cuando en cuando sus murmuraciones, removiendolas heces que todos tenemos en el alma, despertaban la alegría. A Villay al duque les caía en más gracia que a mí.

Cierta noche le tropecé en el teatro. Hablamos en los entreactos y mecitó para irnos a beber a la salida unas cañas. Gloria no asistía alteatro por ciertos miramientos bien comprensibles. Me encontraba libre,y acepté con gusto su oferta. Salimos, pues, juntos, y haciendocomentarios sobre las actrices, bastante escandalosos por cierto,dirigimos nuestros pasos a una tienda de montañeses que Suárez conocíaen la plaza del Pan. Entramos, pasamos por en medio de variosparroquianos y fuimos a sentarnos en un cuartito de la trastienda,alumbrados por una lámpara de petróleo colgada de la pared.

El dueño, grande amigo de Daniel, nos sirvió por sí mismo boqueronesfritos y japuta, poniéndonos al lado un par de botellas de manzanilla.Suárez estaba muy contento, y comía y bebía bravamente. No lo hacía yomal tampoco. Las niñas de Anguita y su original papá nos servían de temainagotable de conversación. Pidiose otro par de botellas.

—¿Zabe uzté cómo llaman las monjas en mi país a este pezcao?—mepreguntó mi compañero, cortando un trozo de japuta y llevándoselo a laboca.

Le miré sin contestar:

—El pezcao del nombre feo.

Y dejó escapar al mismo tiempo aquella risita equívoca, parecida a unchillido nacido y apagado en la garganta y que era en él la supremaexplosión de alegría.

—Ya zabe uzté cómo ha de decirle a zu monjita que ha comiójaputa—añadió.

Confieso que el sacar a cuento a mi novia me hizo malísima impresión. Mecontenté con sonreír levemente y traté en seguida de cambiar de tema.Pero él insistió al cabo de un momento:

—¿Y cuándo se caza uzté, compare?... Ezo huele ya a puchero de enfermo.

—No sé cuándo me casaré ni si me casaré—respondí, bastante secamente.