La Hermana San Sulpicio by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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—Hay motivos.

—Cuéntemelos usted.

—Nunca.

Y seguí adelante, muy contento de haber enviado a Gloria, delicadamente,un testimonio de mi amor. No tardamos en llegar al monasterio. Estásituado en una meseta o cornisa que forma la falda de la colina, a unaaltura bastante considerable ya sobre el nivel del río. El edificio noes grande ni ofrece mucho de particular en el estado de abandono en quese halla; pero delante de él hay una especie de terraza, desde donde sedivisa uno de los paisajes más hermosos que pueden verse en ningunaparte del mundo.

Todos nos quedamos extasiados en su contemplación. Lo que primero atraíala vista era la ciudad. La hermosa sultana del Mediodía reposaba dellado de allá del río con blancura deslumbradora, que le da carácterafricano. Eran las cuatro de la tarde. El sol la bañaba con sus rayosoblicuos, pero vivos aún y ardorosos. Sus innumerables torrecillasmudéjares, de pizarra y azulejos, brillaban como diamantes, y sobretodas ellas descollaba la formidable y esbelta Giralda, el antiguo ysevero alminar de los árabes, con fuerte color anaranjado. El espacioque ocupa en la vega donde está asentada es grande.

Todos detrás de ella, sin embargo, nuestros ojos percibían extensallanura verde y dorada, cerrada por una leve ondulación del terreno.«Allí está Alcalá de Guadaira—

me dijeron—; allí, Carmona.» No conseguíverlas. Del lado de acá, por la parte del Sur, la gran ese del ríobrillaba a los rayos del sol, desarrollándose entre huertas de naranjosy olivos. A cierta distancia, estas cesaban y la campiña se extendíallana, desnuda, con un color dorado, hasta tocar en el cielo, en losconfines del horizonte. En aquel espléndido paisaje, mis ojos no veíanla riqueza infinita de matices de mi Galicia. El esplendor irresistiblede la luz los borra y los confunde.

La impresión, a pesar de eso o por eso quizá, era más viva. A falta decolores, había destellos. El suelo y el aire ardían como una iluminaciónuniversal. Luego, los contornos de los objetos, lo mismo los próximosque los lejanos, eran tan puros, tan claros, que algunos, como laGiralda, parecían dibujados en un gran lienzo con mano dura. Los mismosbosquecillos que rodean la ciudad no formaban masas verdes o manchas,sino que veíamos los árboles separados con admirable precisión.

Por una atracción de que no me daba cuenta, mi vista se fijaba conpersistencia en el espacio azul. La luz ejercía sobre mí en aquelmomento la misma fascinación que sobre las mariposas. Sentía un placerinmenso, un deleite casi sensual, en sumergir la mirada en aquel airetransparente y límpido; me acometían vagos anhelos, ansias indefiniblesque me producían una especie de desvanecimiento. Por un instante, se meborró hasta la noción de la existencia, hasta el pensamiento de Gloria,que tenía a cuatro pasos de distancia. Si hubiera tenido alas, mehubiera lanzado al infinito luminoso sin acordarme de ella, aunque estoparezca una contradicción inverosímil.

Esta especie de enajenacióndesapareció cuando oí la voz de Pepita a mi espalda:

—¡Considera, alma cristiana, en esta primera estación...!

Volvía la cabeza riendo, y mis ojos tropezaron con los de Gloria, quelos apartó al instante. No cabía duda: me estaba mirando.

Bajamos de nuevo al pueblo, y advertí que Suárez, por más que hizo, noconsiguió emparejarse con ella. Se había cogido del brazo de su tíaEtelvina y hablaba animadamente sin hacer caso de él, hasta que,despechado al fin, se acercó a acompañar a una de las de Enríquez.«Bueno va», dije para mí con viva alegría, que me brotaba a la cara.Isabel y Villa no se habían separado. Consideré con tristeza al pobrecomandante, preso de nuevo en las redes de aquel amor imposible, cuandoJoaquinita se me acercó diciendo:

—¿Mira usted a Villa? ¿Verdad que parece imposible que un hombre formalse ponga en ridículo hasta ese punto?

Me encogí de hombros y sonreí. ¡Ponerse en ridículo! ¿Qué le importa alque ama de veras ponerse en ridículo? Quien se admire de esto, ni haamado nunca ni sabe lo que es amor. A riesgo de parecer grosero, alejemede Joaquinita. Su compañía en aquel momento podía echar a perder unfausto suceso que veía en lontananza.

Atravesamos de nuevo el pueblo, y salimos por la parte del Sur a lashuertas y jardines que lo circundan. Al través de las puertas enrejadasveíamos las casitas de campo, con persianas verdes cuidadosamenteechadas, enteramente solitarias. Sus habitantes, si es que los había,debían de estar resguardados del calor hasta la hora en que el sol sepusiese. Próxima ya a la falda de la colina estaba La Palmera. Era lamás amplia en territorio y la que poseía casa más grande y suntuosa.Desde la puerta de salida hasta el edificio había una ancha avenida,orlada de palmeras en suave declive.

A entrambos lados se extendía unbosque inmenso de naranjos. El jardín de la casa estaba ya tallado en lacolina. Para subir a aquella había tres escalinatas adornadas conmacetas. En los tres descansos se veían jardinillos bastantedescuidados, pero que tenían ese encanto misterioso y poético que laNaturaleza presta a los lugares que el hombre le abandona. Los arbustoshabían crecido desmesuradamente y tejían sus ramas, formandobosquecillos impenetrables. Las flores eran escasas y crecían donde losarbustos no les quitaban la luz.

A la puerta nos recibieron los criados que habían ido por la mañana conlos víveres.

El que estaba al frente de la finca nos acompañaba desde lapuerta de hierro. Era una casa del siglo pasado, espaciosa, fresca y unpoco desmantelada. Hacía tiempo que los dueños no iban por allí sino porun día o dos.

Excitada la curiosidad de todos, quisimos recorrerla luego que hubimosdescansado unos minutos y lo hicimos en tropel, entrando y saliendo porlas vastas habitaciones solitarias, turbándolas con nuestros gritos yrisas. En la planta baja había un gran salón de techo elevadísimo, conpavimento de azulejos colocados en caprichoso mosaico.

Los muebles eranseveros; el damasco encarnado de las sillas y cortinas habíaempalidecido extremadamente. Los muros tenían pintado al fresco un granzócalo, que llegaba hasta la mitad; de allí arriba, enjalbegados como lacasa de un menestral, pendían de ellos varios retratos al óleo decaballeros y damas del siglo XVIII. Estos retratos, que eran los de losantepasados de Isabel, llamaron poderosamente la atención de losconvidados. Particularmente las damas, no acababan de asombrarse de quese gastasen tales tocados y vestidos, como si no pudiera ponerse un peroa los que ellas llevaban. Había, además, un comedor espacioso, congrandes armarios de caoba, bien provistos de vajilla. En el piso altonos llamó la atención un gabinete muy lindo, en cuyos balcones habíanpuesto por capricho cristales de todos colores. Nos detuvimos bastanterato contemplando la campiña al través de cada uno.

Aquellos paisajesazules, rojos, amarillos, que alguna vez se ven en sueños, hacíanprorrumpir en exclamaciones de alegría o disgusto a mis compañeros.

—Voy a enseñarles a ustedes la salida del manantial—nos dijo Isabel.

Bajamos, guiados por ella, a la planta baja; atravesamos un patio, abrióun criado una puertecita verde, y entramos en un recinto semejante a unagruta. La atmósfera estaba impregnada de humedad. Escuchábase el rumordel agua, pero no la veíamos porque estaba oscuro. Cuando los ojos sefueron acostumbrando, observamos allá en el fondo, brotando de la peña,un raudal enorme, verdadero río, que caía en un estanque cerradotoscamente por piedras. El sitio era el más grato que pudiera hallarseen tal instante. La frescura singular que se sentía dilató nuestrospechos, harto oprimidos, y nos hizo prorrumpir en exclamaciones debienestar. Nadie quería salir de allí. Sin embargo, fue preciso, al fin,porque se llegaba la hora de confortar los estómagos.

Isabel habíadejado a Villa y tenía abrazada a Gloria por la cintura. Ambas fueronquedando rezagadas a la salida. Cuando iba a transponer la puerta,Isabel me llamó:

—Oiga usted una palabrita Sanjurjo.

Al mismo tiempo se retiró hacia el fondo de la gruta, arrastrando aGloria. El corazón me dio un vuelco, y las piernas me flaquearon.Llegaba el momento crítico que había de resolver mi suerte. Haciendo unesfuerzo sobre mí mismo, acerqueme sonriente a las jóvenes. Debía deestar o muy rojo o muy pálido. Isabel no me dejó pronunciar una palabra.Si me hubiese dejado, no sé si hubiera sido capaz de hacerlo.

—Sanjurjo, mi opinión es que debe concluir eso que hay entre Gloria yusted.

Ustedes se quieren. ¿Por qué han de pasar el tiempo en monerías?

¡Pasar el tiempo en monerías! Declaro que nada me ha parecido, ni antesni después, tan lógico, tan convincente como esta sencilla proposición.

Y como nos quedásemos turbados, ella roja, yo rojo también, mirándonoscon ojos brillantes, la condesita nos dijo en tono protector:

—Vamos, dense ustedes la mano y no haya más regaños.

Me apresuré a coger la mano de mi adorada y la aprisioné entre las míaslargamente.

Al fin, la emoción venció a la vergüenza, y comencé a verteruna serie de frases incoherentes, apasionadas, estúpidas, protestando demi cariño. Estaba loco. Tantos disparates debí de decir, que Gloriasoltó su mano bruscamente y se echó a correr hacia el fondo. Isabel mehizo con los ojos señas de que la siguiese.

—Gloria—le dije en voz baja, acercándome suavemente—, ¿sigue enfadadaconmigo?

Por toda contestación se llevó el dedo a los labios, diciéndome confingido enojo:

—Cargante, ¿no tenías tiempo de desirme esas guasitas cuandoestuviéramos solos?

No pude contenerme. Me acerqué más a ella y la estreché fuertementecontra mi corazón. Una tosecilla seca de Isabel, cuya figura tapaba lapuerta, nos avisó de que nos veía y que juzgaba aquello un pocodescomedido. Gloria me rechazó; pero yo, tomándole las manos, preguntelecon acento conmovido:

—¿Por qué me has hecho sufrir tanto?

—También yo he sufrido; calla.

Y se dirigió a la puerta, llevándome a su lado. Isabel dio algunos pasoshacia nosotros y, sonriendo maliciosamente, nos dijo:

—Veo que la reconciliación ha sido completa.

Luego abrazó a Gloria y le dijo al oído algunas palabritas. Esta soltóuna carcajada y la besó con efusión repetidas veces. Después, sin sabercómo, la risa se tornó en llanto: ocultó el rostro en el pecho de suprima y comenzó a sollozar perdidamente.

Comprendí que aquellas lágrimasno eran de dolor, pero me apresuré a preguntarle:

—¿Qué te pasa, Gloria? ¿Te sientes mal?

Sin levantar la cabeza, me hizo seña con la mano de que me fuese. Yo,sin hacer caso, volví a preguntar:

—¿Estás indispuesta?

Entonces, levantando la frente, con los ojos nublados de lágrimas ysonrientes a la vez, exclamó con rabia:

—¡Vete, payaso, vete! No quiero que me veas llorar.

Muchas veces después me he oído llamar payaso por Gloria, y siempre selo he agradecido; pero nunca este calificativo me hizo experimentar unasensación más feliz, un transporte tan delicioso como entonces. Salí porla puertecilla en un estado de turbación que hubiera hecho reír acualquiera. Llegué al comedor, y no comprendí por qué Suárez me dirigíauna mirada tan glacial. Yo, de buena gana, le hubiera abrazado, como atodo el mundo. Si no abrazos, por lo menos empecé a repartir sonrisas atodos, porque me parecía que todos habían contribuido a mi felicidad. Loúnico que me sorprendió, al cabo de algunos momentos, fue que no mepreguntasen por Gloria. Dios mío, ¿cómo se podía vivir sin Gloria? PeroGloria no tardó en llegar, las mejillas inflamadas, los ojos enrojecidosy brillantes. No me miró al entrar. Comprendí que sin mirarme me veía, yesperé.

—A la mesa, a la mesa—dijo Isabel.

Vi que el malagueño se acercaba a Gloria y le decía algunas palabras, yvi que ella hacía una mueca de indiferencia y le volvía la espalda. ¡Quécriatura tan inteligente!

Vi que, como quien no quiere la cosa, se ibaacercando al sitio donde yo estaba; y vi que se llevaba las dos manos alpelo y se daba unos toquecitos nerviosos para arreglárselo; y vi quecogía una silla y la separaba para sentarse; y vi que apoyaba su mano enla contigua... Y no quise ver más. Fui allá y me senté resueltamente asu lado.

No recuerdo los manjares que nos sirvieron ni creo que los recordaríaentonces, después de haberlos comido. Me parece que eran la mayor partefiambres de fonda y que había gran profusión de confites. Lo que retengoen la memoria admirablemente es que Gloria me sirvió almíbar de azahar,diciéndome que era cosa exquisita, y que yo no lo encontré tanto, y queella se enfadó y me dijo que era un simple y un desaborío, y que yo,para cortar la discusión, le dije que si me la sirvieran a ella en esealmíbar la comería, pero otra cosa, no; y que ella me respondió, riendo,que yo «era un gaditano con más conchas que un galápago». En cambio,cinco yemas de San Leandro, que me hizo comer una tras otra, meparecieron deliciosas, y alabé las manos de las monjas y a Dios, que lashabía criado.

Después de merendar nos fuimos al salón. Elenita se puso a teclear en elpiano, antiquísimo, de voces cascadas y metálicas: un verdadero trasto.Temblé que comenzase a cantar alguna de sus romanzas sentimentales, ymás cuando vi acercarse al presbítero y decirle algunas palabras aloído; pero no fue así. La vivaracha joven tocó una tanda de valses yllamó al pollo desconocido, nombrado Lisardo, según creo, para que levolviese las hojas. Don Alejandro, mientras tanto, paseaba a grandestrancos por el salón, con su aspecto sombrío.

—Qué, ¿no se baila?—preguntó la chica al terminar, haciendo girar elasiento para ponerse frente a nosotros—. Pues yo voy a dar elejemplo... Isabel, ven aquí; tócanos una mazurca.

Y, sin más preámbulos, se cogió a Lisardo, y comenzaron a bailar, dandofuertes taconazos sobre los azulejos, sin reparar en la mirada furiosa,pulverizante, que su maestro de música le dirigía.

Yo estaba sentado en uno de aquellos viejos sofás, al lado de Gloria. Lepregunté si quería bailar y me respondió que no sabía. En Andalucía,casi todas las jóvenes saben los bailes del país porque se les tomamaestro o maestra para enseñarlos; pero a menudo ignoran los desociedad, con ser mucho más fáciles.

—No importa; yo te enseñaré.

Y, sin aguardar su respuesta, la cogí de las manos, obligándola alevantarse, y la abracé por el talle.

—Uno..., dos... Ahora con el izquierdo. Uno..., dos... Vuelta con elderecho.

Perdíamos el compás a cada momento; pero ¡qué importa! Cada traspiés noshacía reír alegremente. Una vez Gloria me pisó.

—¡Huy, huy!—exclamé, fingiendo un gran dolor—. ¡Cómo pesa la carne demonja!

—¡Vaya una grasia mohosa!... Pero, hombre, ¿tienes la desvergüenza dequejarte?

¿De cuándo acá el pie de una andaluza puede hacer daño al deun gallego?

Y era verdad. Aunque sus pies diminutos hubieran bailado sobre los míos,creo que no me harían daño.

Por otra parte, nadie reparaba en nosotros, y podíamos bailar lo mal quequisiéramos sin llamar la atención. Todos brincaban por el salón,acometidos de un vértigo en el cual debían de tener alguna parte elmanzanilla y el amontillado que nos habían servido. Cuando nos cansamos,fuimos de nuevo a sentarnos. Cogí su abanico, le di aire fuertemente,tan fuerte, que lo rompí, lo cual fue ocasión de nuevas bromas y risas.No habíamos hablado nada de nosotros mismos. Nuestra conversación sólotenía por tema las cosas y los sucesos exteriores. No sé si era porqueel placer de hallarnos de nuevo juntos y enamorados nos bastaba en aquelmomento, o por el temor de hablar de asuntos en cuya apreciaciónpudiéramos no estar de acuerdo.

Por supuesto, en cuanto el baile de sociedad fue cansando, vinieron aescape las seguidillas. Gloria fue la primera invitada, porque Isabelafirmó en voz alta que no había en Sevilla quien las bailase como ella.No se hizo de rogar. Formáronse cuatro parejas, comenzó a sonar laguitarra, chasquearon los palillos (en Andalucía, la guitarra y lospalillos aparecen siempre, como si brotaran de la tierra), y el baile,aquel baile animado, vibrante, gracioso, que produce escalofríos dedicha y hace bullir el alma del más linfático, dio comienzo al son deuna copla, cantada por el clérigo don Alejandro. Costó gran trabajoreducirle a que lo hiciese.

Confieso que, aun placiéndome mucho, no me causó la impresión que enMarmolejo. Gloria en hábito de monja no diré que estaba mejor que ahoracon su vestido rojo; pero, desde luego, era aquello más original.

Cuando salimos a tomar el fresco a los jardines, el sol ya se habíapuesto y andaba cerca de llegar la noche. La sociedad se diseminó por elgran bosque de naranjos.

Gloria, en cuanto vio un columpio, se empeñó ensubirse y me pidió que lo moviese, lo cual hice, como debe suponerse,con extremado placer. Por entre los árboles vi reunidos a Suárez y aJoaquinita, que nos miraban con sonrisa despechada y maligna.

No hicecaso; pero Gloria, que también acertó a divisarlos, se puso seriarepentinamente y no tardó en bajarse. Volvimos a reunirnos al grupomayor.

Observé que mi novia procuraba, por cuantos medios podía,demostrar a Daniel el mayor desprecio, como si tuviese contra él algúngrave motivo de odio. Yo era tan feliz, que compadecía sinceramente a mienemigo y hallaba la conducta de ella demasiado cruel. Nos sentamos, alfin, sobre el césped, no lejos de Isabel y Villa, que charlabananimadamente. Hubo un rato de silencio. Temía, por lo que ya he dicho,volver a las conversaciones íntimas, y no se me ofrecía en aquelinstante objeto de qué tratar. Noté que Gloria me miraba con frecuencia,sonreía levemente, bajaba la vista y otra vez volvía a mirarme ysonreír, moviendo los labios un poco, cual si le viniesen deseos dedecirme algo y no se atreviese.

Una de las veces sus ojos chocaron francamente con los míos, y los dossonreímos, sin saber por qué. Bajolos, al fin, y, mostrando vergüenza,dijo en voz baja:

—Ya sé que me has llamao...—aquí pronunció a medias la palabra fea queyo había dicho a Suárez en la memorable conferencia de la taberna.

Debí de empalidecer terriblemente, y murmuré, rechinando los dientes:

—¡Infame!

—No te apures, hijo—se apresuró a decirme, sin caérsele la sonrisaavergonzada de los labios—. Ya ves qué enojada estoy. ¿No te he dichoque a mí me gusta que me peguen en los nudillos?... Además, eso me haprobao que no se te pasea el alma por el cuerpo, como yo creía. Cuandome has llamao tal cosa, es que me quieres.

Algún reparo podría ponerse, en buena lógica, a esta conclusión; pero laverdad es que entonces era legítima.

—Sí que te quiero. ¡Más de lo que tú te figuras!

—¡Mira que me figuro mucho!...

—Pues más aún...; pero el decirte semejante porquería es una indignidadque ese canalla me ha de pagar.

—Déjalo de mi cuenta, tonto. Vosotros no sabéis castigar esas cosas...Ya verás cómo yo sé tocarle en lo vivo.

Y tenía razón, porque supo tan bien manifestar su desdén, que a ningunode la partida se le ocultó la vergonzosa derrota del malagueño. Volvió aquedar silenciosa mi dueña, y volvió a dirigirme rápidas miradas y asonreír, esta vez con malicia.

—Te he visto—me dijo al cabo—pasear de noche por mi calle.

—¿Sí? ¿Cuándo?

—Estas noches pasas, mientras hemos estao reñagaos..., y te he visto,además, haser una cosa...

—¿Qué cosa?—pregunté, poniéndome ya colorado.

—Besar las rejas de mi ventana... Vamos, no te pongas colorao, porqueestuvo muy bien hecho.

—¿Dónde estabas tú?

—Pues detrás de las cortinas.

—¡Ah, cruel! Y no has tenido siquiera corazón para abrir y darme lasgracias!—

exclamé con tristeza.

—¡Qué quieres, hijo!—respondió, ruborizándose a su vez—. Bien meapetesió...; pero la honrilla..., la negra honrilla..., ¿sabes?... «Novaya a creerse ese tío lila—dije para mí—que le estoy asechando lospasos.»

—Pues no te lo perdono.

—¿Qué no me lo perdonas?—dijo, propinándome un soberano pellizco en elbrazo.

—No—repetí, riendo y quejándome al mismo tiempo.

—¿No?—preguntó de nuevo, intentando darme otro.

—No—repuse con firmeza, levantándome y echando a correr por el bosque.

Ella me siguió; jugamos un rato al escondite entre los árboles. A cadainstante me preguntaba: «¿No?» «No», respondía yo, cada vez con másdecisión. Observé que se iba impacientando y que su voz estaba yaalterada. Por fin se quedó inmóvil y silenciosa. Entonces me acerqué yvi que sus ojos estaban nublados de lágrimas. Me recibió con unagranizada de denuestos. Después, como yo procurase templarla,mostrándome arrepentido, cambió repentinamente y, mirándome con ojossuplicantes..., tornó a repetirme:

—¿Me perdonas?

Costome trabajo impedir que se pusiera de rodillas. Había llegado apersuadirse de que lo que había hecho era un grave delito.

La noche estaba ya encima. Se trató de partir; pero la mayoría de losjóvenes decidió, contra la minoría de los viejos, que nos estuviésemosaún otro ratito. Se jugó todavía al escondite, a la gallinita ciega,y nos divertimos en ver furioso al tío de Elenita, que a todo trancequería marchar. Cuando lo hicimos se veía muy poco: cuando saltamos a lafalúa en el pequeño embarcadero de madera de San Juan, era ya nochecerrada.

Yo, que no me había separado un instante de Gloria después de nuestrareconciliación, tampoco lo hice entonces, como es fácil de presumir.Senteme a su lado en la popa, teniendo cerca a Isabel y Villa, quetampoco habían andado muy apartados durante la excursión. Frente anosotros estaba la de Enríquez, con su novio; más allá, la mamá y la tíaEtelvina, y en medio de ellas, don Alejandro, más sombrío y ojeroso quenunca.

Elenita charlaba por los codos con el pollo Lisardo. Joaquinita y Suárezhablaban, aunque no tan animadamente, allá lejos, cerca de losmarineros, y Pepita se encargaba de darnos matraca a todos. Lo cierto esque el malagueño soportaba su derrota con más filosofía que yo lo habíahecho.

El firmamento se había poblado de estrellas. La luna aún no aparecía.Apartámonos de la orilla y los remos comenzaron a chapotear dulcementesobre el agua. El calor había cedido, pero no cesaba. El aire, inflamadopor los rayos del sol, nos envolvía como una onda tibia, acariciandonuestras sienes y penetrándonos de una languidez invencible. Los mimbresy álamos esparcían por las orillas sombras flotantes que temblaban ydesaparecían a nuestro paso. Impresionados todos por el silencio de lanoche, el blando vaivén de la barca sobre la superficie elástica del ríoy el suave rumor de los insectos que cantaban en las praderas de lasmárgenes, comenzamos, sin darnos cuenta, a bajar la voz. Al poco rato nose oía en la falúa más que cuchicheos y rumor de risas comprimidas.

Nuestros ojos sonreían, cambiando largas miradas impregnadas de pasión;nuestros labios murmuraban frases de amor; nuestras manos se buscaban enla oscuridad y se oprimían, tan pronto viva como débilmente. Gloria mepreguntaba aún muy bajito si la perdonaba. Yo respondía que sí y que laadoraba. Ella replicaba que sólo se adora a Dios y a los santos, que lebastaba ser querida, pero muy querida, y que la única ambición de suvida era ser mi mujercita, que yo la llevase a donde bien quisiera, aunque fuese a Galicia. Viendo sus ojos posarse sobre los míosanhelantes, escuchando su dulce acento enternecido, cualquiera diría queestaba profundamente enamorada de mí. Yo no lo digo por modestia.

La luna apareció por encima de las azoteas de la ciudad cuando yaestábamos próximos al muelle. Inicié un aplauso a la diosa de la noche,y todos me secundaron con vivo palmoteo. Isabel manifestó que eralástima meternos en casa, y nos propuso dar la vuelta y pasearnos unrato, lo cual hicimos contra la voluntad expresa del tío de Elenita.Otra vez perdimos de vista la negra silueta de Sevilla y nos hallamos enmedio del río, mecidos entre sus riberas sombrías, sobre la faja deplata que extendía la luna en el agua. Esta faja nos servía de camino.Era un sendero soñado, glorioso, que se prolongaba a lo lejos, se perdíaentre los negros contornos de las orillas, conduciéndonos, en apoteosis,al través de la noche desierta. Brillaban sobre la espalda del río milescamas argentadas, mil ampollitas lucientes, que parecían caídas delalto cielo dormido.

Sumergí los dedos en el agua, y la hallé tibia. Se lo dije a Gloria, yse inclinó para hacer lo mismo. Después nuestras manos mojadas cambiaronun dulce y corto apretón, que nadie vio. Volvimos a sentirnosacariciados por la onda silenciosa de la noche. Las palabras que nosmurmurábamos volvieron a tener un sentido íntimo, un sabor secreto quenos inundaba de alegría. Los acentos de Gloria, al salir de sus labioshúmedos, no quedaban en el oído, sino que corrían por mis venas condulzura infinita, y sus negros ojos brillantes me interrogaban sobreaquel misterioso y divino sabor que ella notaba también, sin saber dedónde venía. Escuchábase el glu-glu cristalino del agua; la falúaoscilaba, dejando escapar una suave queja monótona. Los marineros habíanlevantado los remos, a nuestra instancia, y nos dejaban marchararrastrados por la imperceptible corriente.

Duró poco aquel sopor lánguido y voluptuoso que a todos nos habíaembriagado.

Pepita, después de rasguear primorosamente la guitarra treso cuatro veces, se la pasó a Gloria, diciendo:

—Hija mía, basta de pichoneo... A ver si nos cantas alguna copliyasalaíta de esas que tú sabes.

Quiso resistirse, pero todos la instaron, afirmando que estábamos lejosya del muelle, que nadie, más que nosotros, la oiría, y se vio precisadaa ceder. Observé siempre que Gloria estaba más dispuesta a bailar que acantar.

Punteó y rasgueó la guitarra un momento y de improviso lanzó el gritoprolongado, vibrante, apasionado, con que comienzan los cantosandaluces. El aire dormido se estremeció, y sobre sus alas invisiblesarrastró aquel grito a través de la campiña desierta. Yo sentí un vivoescalofrío, un fuerte estremecimiento, como si hubiera tocado en elbotón de una máquina eléctrica. Aquella nota se fue apagando, hasta quemurió en su garganta como un blando suspiro. Luego cantó rápidamente ycon brío los dos primeros versos de la copla y guardó silencio.

—¡Olé, mi niña! ¡Bueno! ¡Viva tu salero!—gritaron algunas voces.

Gloria, sin pestañear, la mirada fija y abstraída, los rasgos de sufisonomía levemente alterados, como le acontece a quien pone en el cantobuena parte de su alma, concluyó la copla, bajando la voz hastaconvertirla en murmullo vago, gorjeo suave que, al morir, asemeja unsollozo.

Por qué en aquel momento, en que mi amor por Gloria se convertía endelirio y embriaguez, en que todo me sonreía y tocaba al logro de misdeseos, sentí el alma inundada de tristeza y apetecí la muerte, no puedoexplicarlo, pero así fue. Quizá tengan razón los que creen que el amor yla muerte son dos cosas que se identifican y confunden allá en el centromisterioso de la vida universal. Dejé resbalar mis lágrimas por lasmejillas sin cuidar si me miraban. Gloria volvió a entonar otra copla, yluego otra, y luego otra. No se cansaban de pedirle más, y ella decomplacerles.

Un suceso inesperado vino a destruir el arrobamiento en que todosestábamos. Los marineros, que también participaban de él, se habíandescuidado, y la falúa, abandonada a sí misma, se acercó a la orilla yembarrancó. En vez de susto, lo que aquel lance produjo fue risa yalgazara. Los marineros se remangaron los pantalones y se echaron alagua, y al momento nos pusieron a flote. Pero la paciencia del tío deElenita había tocado a su fin. Tropezando de ira, nos dirigió frases demal gusto, verdaderos insultos, que nosotros acogíamos con ¡bravos! ypalmadas. Sin embargo, las señoras se pusieron de su parte, y no hubomás remedio que dar la vuelta.

La barca siguió de nuevo el argentado sendero del río, que fulgurabacomo el éter.

Todo dormía, lo mismo la sombra que la luz, con un sueñoprofundo y sosegado. El aire tibio nos traía de las márgenes vagosaromas de frutos maduros, de flores marchitas, de musgo y tierra, queera el hálito de la Naturaleza dormida. La profunda negrura de lasriberas, donde las sombras se acumulaban, hacía más brillante y

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gloriosonuestro camino. Parecía que marchábamos, suspendidos en las tinieblas,sobre un rayo de luna. Del firmamento caía una lluvia de estrellas queno llegaban al suelo jamás, y las praderas elevaban hacia él su vozsuave y monótona, formada por los suspiros de millones de insectos queen el fondo de sus pequeños agujeros también se estremecían, como yo, deamor y de dicha.

¡Hermosa noche andaluza: mientras me quede un soplo de vida vivirásimpresa en mi corazón!

XIII

DOY UNA BOFETADA QUE PUEDE COSTARME CARA

ORNARONa reanudarse nuestras sabrosas pláticas a la reja. Por algunosdías fui dichoso. Sin embargo, los celos de Gloria no habíandesaparecido por completo. Lo mismo era mentar la casa de Anguita que seponía de mal humor y me hablaba en tono desabrido, por lo cual procurabair a ella lo menos posible.

En una de estas noches dio un baile el conde del Padul. Isabel hizoesfuerzos muy grandes porque Gloria asistiese, pero todos se estrellaroncontra la negativa rotunda de doña Tula. Ni aquella ni yo lo sentimosmucho. Nuestros coloquios valían más que todos los bailes imaginables.Quedamos en que yo sólo iría un rato después de nuestra conversaciónnocturna. Mas al verme llegar a la reja con el gabán puesto, dejandoasomar la corbata blanca y la pechera de la camisa, observé que seesparcía por su rostro una leve nube de tristeza. Me habló durante largorato distraída, preocupada. Por último, como no era posible que guardaramucho tiempo cualquier sentimiento que la agitase, dijo con unaresolución severa, como si esperase oposición y se preparase a reñir:

—Mira, no quiero que vayas al baile.

—¿Pues?

—Porque no.

Callé un momento y sonreí, viéndole arrugar su linda frente y desviarla vista hacia otro sitio, cual si temiese flaquear en su determinaciónfijándola en mí.

—Bueno—dije con afectada resignación—, no iré.

Tardó un poco en contestar. Pero inquieta tal vez su conciencia por miestudiada humildad, dijo:

—No quiero que vayas porque sé lo que va a pasar... ¡Cómo si lo viera!Hoy están allí las chicas más bonitas de Sevilla, y tú te enamorarás deuna... Y yo no quiero, ¿lo oyes? ¡No quiero, no quiero!

El arranque con que pronunció estas palabras me hizo reír.

—Bien, hija; si ya te he dicho que no voy.

—Es que lo dices así, en un tonillo de manso cordero..., como si fueseuna tontada mía...

—No, querida, no. Lo hago con mucho gusto, puesto que tú me loordenas...

—No, yo no te lo ordeno.. Si quieres, vas, y si no, te quedas.

Concluyó por ponerse furiosa y decir que yo no la quería un tantito así(se picaba la falange del dedo chiquito) y que era muy desgraciada.Imagino que, en el fondo, de quien estaba descontenta era de sí misma.

Pronto se sosegó, y charlamos con la mayor alegría, como todas lasnoches. No obstante, cuando llegó el momento de separarnos, me preguntósonriente, pero mostrando inquietud en los ojos:

—¿Te vas a casa?

—Sí.

—¿De veras?

—De veras.

Quedó un instante pensativa. De repente sacó su hermosa mano por lareja, me cogió la corbata y me la arrancó.

—Así ya no puedes ir al baile, aunque quieras.

—No había necesidad de eso. No tengo ningún deseo de ir. Si quieres queesté aquí hasta que amanezca, aquí estoy... Y a mí no me gusta ni megustará jamás otra mujer que tú.

La firmeza y sinceridad con que pronuncié estas últimas palabras laconmovieron.

Me apretó la mano con ternura y dijo, sacando otra vez lacorbata por la reja:

—Toma; tengo confiansa en ti.

—Quédate con ella. Quiero que la conserves como recuerdo de esta noche.

Guardó silencio y se la anudó lentamente al cuello haciendo un lacito.

—Está bien—dijo, al cabo, sonriendo—; pero cuando te vayas, estoysegura de que me irás llamando tonta.

—No te lo llamaré tal.

—Sí me lo llamarás..., y tendrás rasón... Di, ¿me lo llamarás?

—¡No, mujer, no!

—Chinchoso, feo; como lo hagas, mañana te doy un pellizco que teacordarás toa la vía.

«Efectivamente—decía yo para mí mientras caminaba hacia casa—, merecíaque se lo llamase; ¡pero es tan salada!»

Por aquellos días ocurrió en la casa donde vivía una desgracia que, sibien no me tocaba de cerca, no dejó de impresionarme. Una mañana, unpoco antes de almorzar, noté cierto movimiento. Matildita revoloteabacomo un jilguero asustado; los criados iban y venían con botellitas yfrascos entre las manos. Pregunté lo que pasaba, y me enteraron de quela señora de Torres se había puesto enferma repentinamente; un ataque alcorazón, decían. ¡Estaba tan gruesa! Fui a su habitación y me dijeronque estaba dentro el médico. Esperé un instante y le vi salir encompañía de Torres, que se hallaba extremadamente pálido. El doctormostraba también inquietud en la fisonomía.

Hablaron en voz baja cortosmomentos, y oí que se despedía para dentro de una hora.

El pobre Torresandaba tan preocupado, que ni reparó en mi presencia. Tuve que llamarlela atención. Sentose en el sofá, y con voz temblorosa y aspecto aterradome contó cómo había comenzado aquello y en qué disposición se hallaba suesposa.

Luego me invitó a que entrase a verla un momentito nada más, aver qué me parecía.

Penetré en el gabinete, luego en la alcoba, y halléa Raquel en la cama, sin más síntoma aparente que una grande fatiga.Sonrió al verme y me habló en voz baja y con grande trabajo. Iban aponerle una cantárida, y me salí. En el corredor tropecé con Olóriz, quedaba paseos por delante de la puerta, atusándose la barba con manoconvulsa.

Confieso que no me preocupé gran cosa, y después de almorzar me fui a lacalle, como todos los días; pero al regresar a la hora de comer hallé lacasa en un estado de agitación que me sorprendió altamente. «Van a traerel Viático a doña Raquel», me dijo el criado con tono confidencial. Elmédico, en efecto, había mandado disponerla a escape, porque, según merepetía Villa, «se iba por la posta». El cura estaba a la sazónconfesándola. Cuando terminó, nos dijo que salía a buscar el Viático, ytodos los huéspedes de la casa y algunos amigos de nuestra huéspeda leacompañamos a la iglesia. Allí nos dieron un cirio a cada uno. Noté quela palidez de Olóriz había aumentado. No salió una palabra de suslabios. El cirio que el sacristán le dio no era más amarillo que surostro en aquel momento. Atravesamos las calles tristemente, precedidosde la campanilla fatal, que, a intervalos largos, tañía con repiquetemeroso.

A la puerta de la casa, Matildita, Fernanda, los criados yalgunas amigas, de rodillas y con cirios encendidos también, esperabanal Señor. Pasó el sacerdote por delante de ellas murmurando lúgubrementelatines, y en pos de él, nosotros. A la puerta de la sala hallamos alinfortunado Torres, de rodillas, con un cirio igualmente en la mano ysollozando. Con el cura entramos en el gabinete, donde habían puesto unaltar portátil, diez o doce personas, entre ellas Olóriz. Mis ojos no seapartaban apenas de él. Su situación me inspiraba gran curiosidad. A laluz de la vela, que el monaguillo arrimó al lecho, pude ver el rostro dela enferma. Raquel no era la misma. Todos sus rasgos fisonómicos sehabían descompuesto: la nariz, ya grande, era ahora monstruosa; losojos, más abombados, vidriosos, sin expresión alguna; las mejillas,hundidas. Parecía mentira que en tan poco tiempo se pudiese operar taltransformación.

Mientras el sacerdote decía sus preces con murmullo solemne, observé queEduardito cambiaba vivas y risueñas miradas con Fernanda, la cual lesonreía con sus ojos bordeados de ojeras dilatadas y su feo dientemellado. Aquel espectáculo tristísimo no les impresionaba. Cuando elsacerdote alzó la sagrada hostia, entre Matildita y otra mujerincorporaron a la enferma, quien nos dirigió una mirada vaga.

Alencontrarse sus ojos con los de Olóriz, pintose en ellos un espanto, unaangustia, que por largo tiempo tuve impresa su expresión en mi cerebro.Aún hoy no puedo recordarla sin horror. Olóriz se demudó mucho más de loque estaba. Le vi vacilar un instante, pero no cayó. Permaneció clavadoal suelo, inmóvil y rígido, como una estatua de cementerio.

Poco después de comulgar se aumentó la disnea, y a las diez y cincominutos de la noche expiró la bella Raquel, del modo más inesperado, enla flor de la juventud, cuando una fortuna cuantiosa iba a caer en susmanos. Aquella muerte me pareció un verdadero sarcasmo del Destino, sino una lección tremenda de la Providencia. No pude menos de recordar elmal disimulado deseo que aquella mujer sentía de quedarse viuda y libre.¡Quién le dijera, pocos días antes, que debía ponerse bien con Dios,porque aquel ochentón que tanto le estorbaba la iba a sobrevivir!

El dolor de Torres, vivo, profundo, desesperado, a todos parecióridículo menos a mí. Cuando, quebrantado por los sollozos, hablaba de la«Raquel de su alma», los que habían ido a consolarle cambiaban rápidasmiradas donde se traslucía una conmiseración burlona. Su pena era tansincera, tan inmensa, que ni la presencia de Olóriz le estorbaba. Alcontrario, noté con asombro que se dirigía a él con preferencia anosotros, cual si creyese que, por amarla también, era el único capaz deentender y apreciar su dolor. El tema constante de su discurso era quemucho más valía que se hubiera muerto él, ya que de nada servía en estemundo. Parecía irritado con Dios por haber cometido aquella equivocacióntan lamentable. Sentíase avergonzado de vivir él, tan viejo y tan feo,muriendo su mujer, joven y hermosa.

Hicimos cuanto pudimos por consolarle. Después de algunos días supe quela había dotado en vida en más de la mitad de su hacienda, y que lahermana de Raquel se había apresurado a reclamarle esta dote.

Mis amores experimentaron un gravísimo contratiempo. Una de aquellasnoches, estando a la reja con Gloria, en medio de nuestro cuchicheoíntimo y delicioso, soltó ésta un grito de terror que me dejó yerto,agarrado a la reja sin poder moverme. Había sentido una mano apoyarse ensu hombro. Era la de su madre. En la oscuridad de la sala vi blanquearla faz pálida de doña Tula y su pañolito amarillo y escuché su voz, detimbre agudo y delicado, exclamar:

—No te asustes, hija mía. No vengo a hacerte ningún daño.

Luego se inclinó hacia la reja y me dijo en tono irónico y alegre:

—Buenas noches, señor capitán.

Yo que, pasado el estupor, me disponía a emprender la fuga, apenas tuvefuerzas para contestar al saludo.

—Siento mucho haber hecho el papel de gavilán... Pero las tortolitas nodeben asustarse, que no vengo a comérmelas...

Viendo que el asunto no se presentaba del todo feo, se me ensanchó elcorazón y pude replicar, sonriendo humildemente:

—Espero que usted nos perdonará esta falta... Gloria no ha tenidoninguna culpa...

He sido yo el que...

—¿Falta? Aquí no hay falta. Ustedes son jóvenes y se quieren... ¿Quétiene de particular que se hablen por la reja?... Lo único que metraspasa el corasón es que mi hijita del alma no haya tenido confiansaen mí para desírmelo... ¿A quién mejor que a su mamaíta puede ella abrirel pecho? ¿Quién deseará su felisidá como yo?

Aquel desagradable suceso tomaba aspecto tan propicio, que me sentíenternecido y con ganas de besar la orla del vestido de doña Tula, comodon Oscar había previsto cuando me habló de ella. Sin embargo, noté queGloria continuaba grave y sombría, como había quedado así que se le pasóel susto.

—No ha sido desconfianza por parte de ella—dije, metiéndome en camisade once varas—. Es que temíamos que a usted le pareciesen mal estosamores y nos los privara.

—¿Por qué? ¿Yo no he sido joven también y no he tenido novios?¡Pobresita!—

añadió, acariciando la cabeza de su hija—. ¿Tenías miedode verdá a tu mamita?... No, hija, no; siendo el novio una personaregular..., y el señor lo es..., no hallo motivo... No sé por qué esteseñor ha dejado de venir a casa... Lo he sentido mucho... Pero, en fin,cuando él lo ha hecho, sus rasones tendrá.

Intenté explicar mi repentino alejamiento, sin herirla a ella ni a donOscar. Pero estaba tan confuso y avergonzado, que no dije más quetonterías.

Doña Tula estuvo amabilísima conmigo; pero cuanto más lo estaba, másseria y cejijunta se ponía Gloria, que no había despegado ni despegó loslabios durante nuestra plática. Por fin, la simpática mamá manifestó queera una hora intempestiva y fea aquella en que celebrábamos nuestroscoloquios; convenía adelantarla, de nueve a once, por ejemplo. Lejos deponer estorbo a nuestras entrevistas, nos estimuló a proseguirlas.

Me despedí de madre e hija loco de contento. Poco faltó para llamar adoña Tula mamá; bien me apeteció el hacerlo. Sin embargo, cuando, entreel laberinto de casas sombrías, iba caminando hacia mi casa, no pudemenos de pensar que mi futura suegra no había soltado prenda algunarespecto a la posibilidad de nuestro matrimonio ni me había invitado aentrar de nuevo en su casa. Además, se me vino de pronto a laimaginación que su actitud de ahora contrastaba con la que había tomadocuando supo o presumió que yo había venido a Sevilla y entraba en sucasa por el amor de su hija, según ésta me había dicho. Por otra parte,la seriedad de mi novia, tan impropia de la ocasión, no anunciaba nadabueno. Tales reflexiones bastaron para echar agua sobre mi fervorosoentusiasmo y me acosté en la cama medianamente inquieto.

Al día siguiente recibí una invitación del presidente del CasinoEspañol, que ya me habían anunciado, para que leyese algunas de mispoesías en aquel centro recreativo.

Esta fiesta o velada ya se veníatratando hacía tiempo entre mis conocidos.

Particularmente Villa formabamucho empeño en ella. Como no hay felicidad en el mundo comparable a laque siente un poeta leyendo sus versos, me apresuré a contestarafirmativamente. Quedó convenido en que la lectura se daría el domingopróximo. Estábamos en jueves. Por la noche fui, a las nueve, como habíaquedado, a ver a Gloria. Estaba tan preocupado con la lectura poética,que, por un momento, la figura de mi novia aparecía en segundo términodentro de mi espíritu.

La encontré más grave y preocupada. Cuando lehablé de la escena de la noche anterior, mostrándome muy contento por suresultado, me dijo:

—No te fíes...

—¿Sabes algo?...

—No sé nada; pero conosco a mamá mejor que tú... Mira: lo mejor quepodemos haser es prevenirnos para lo que pueda suseder... Hay que andarun poquillo avispaítos y no dejar que el asunto se enfríe. Te vas a veral tío Jenaro. Nadie mejor puede componer el pastel.

—¿Qué pastel?

—El de nuestro matrimonio, retonto... Digo, si es que apeteses estamano, que no tiene nada de blanca ni de suavesita..., ¡bien losabes!—dijo, sacándola por la reja.

Por toda contestación, me apoderé de ella, la llevé a mi corazón y luegola besé repetidas veces.

A la noche siguiente me manifestó que se hallaba muy inquieta. Su madrele hablaba risueña, pero con cierto tonillo burlón que la indignaba.Además, había observado que aquella mañana había celebrado con don Oscaruna larguísima conferencia. Luego había llegado el tenedor de libros dela fábrica con un hombre desconocido, y los cuatro se habían encerradoen el gabinete de don Oscar y habían estado charlando buen rato. Esteentró y salió aquel día muchas veces. En fin: que había cuchicheosmisteriosos en la casa que nada bueno auguraban. No participé de sustemores. Pensé más bien que eran imaginaciones de su temperamentoexaltado; pero le prometí ir al día siguiente, sin falta, a casa delconde del Padul para enterarle de lo que pasaba (apurado me vería) ypedirle que interviniese ya directamente en nuestra unión, adelantándolacuanto fuese posible. Gracias a esta solemne promesa se tranquilizó, ypudimos gozar de las dos horas que la generosidad de doña Tula nosotorgaba.

En la mañana del otro día hice un ensayo general de la lectura poética.Reuní en mi cuarto a Matildita, Fernanda, Eduardito y los criados, y lesleí las composiciones que tenía preparadas para la noche; en realidad,para medir el tiempo empleado en la lectura.

Puse el reloj abierto sobre la mesa, y leí primero una leyenda de laEdad Media, titulada La mancha roja, que resultó durar treinta y sieteminutos. Luego, un diálogo, con intención política, sobre las sombras deSolón y González Bravo, que duró quince.

Una descripción, en tercetos,de las cataratas del río Piedra, dieciocho, y otras variascomposiciones, de cuatro a ocho minutos, formando, en total, una hora ymedia, que, como todo el mundo sabe, es el tiempo prescrito para estaclase de solemnidades.

Resuelto el problema de los minutos, me encontréen una feliz disposición de ánimo y almorcé con apetito.

Por la tarde fui al palacio de Padul, según había prometido a Gloria.Isabel estaba en casa de las de Enríquez. El conde se disponía a saliren coche, a ver los toros que debían lidiarse al día siguiente. Meinvitó a acompañarle, lo cual acepté con gusto, tanto por enterarle demi negocio cuanto por dar aquel grato paseo. El coche en que montamosera un faetón tirado por cuatro caballos tordos enjaezados a lacalesera. Don Jenaro y yo nos sentamos delante, y éste empuñó lasriendas. Dos criados venían sentados detrás. La tarde era ideal, tanpura y diáfana como las del mes de agosto, y menos calurosa, por cuantoya habíamos entrado en el mes de septiembre. Seguimos el paseo de lasDelicias, a la orilla del río. Había bastante gente a pie y en carruaje.El conde era muy saludado. No tardamos en salir del paseo y entrar en lacarretera que conduce a Tablada, donde los toros se hallaban. Comonosotros, iban muchos con el mismo objeto. Otros venían; de suerte quehabía bastante movimiento de coches en el camino. También se veíanalgunos señoritos, en traje de chulo, montando los hermosos y petulantescaballos de la tierra. Ningún buen aficionado de Sevilla, por lo quepude entender, deja de ir a Tablada la víspera de la corrida.

La carretera se desplegaba al través de los campos llanos y dilatadosdel sur de la ciudad. A un lado y a otro se extendían, secos yamarillos, manchados a trechos por el verde gris de los olivos y elprofundo oscuro de las huertas de naranjos.

Enteré al conde del estado de mis negocios, esto es, procuré enterarle,seguro de haber disfrutado de su atención, por lo menos, la mitad deltiempo. Escuchome con la grave y simpática cortesía que lecaracterizaba. Decía a menudo: «Sí, sí. ¡Oh! ¡Mucho, mucho!»; pero elcaballo delantero de la derecha, nombrado, si mal no recuerdo, Muslim,me hacía una competencia desastrosa. Y todo porque a menudo ponía tiesaslas orejas y frotaba a su compañero con el hocico. «Quieto, Muslim,quieto.

¡Tunante! Eso, eso. ¡Bueno!» A menudo no sabía si susexclamaciones iban dirigidas a Muslim, a don Oscar o a mí. Cuandollegamos al término de nuestro viaje, me dijo, con amable entonación:

—De modo que, por lo que veo, mi prima Tula está de acuerdo en queustedes se casen. El que se opone es don Oscar...

«¡Maldita sea mi suerte!», exclamé para adentro, y para afuera dije:

—No, señor conde. Lo mismo Gloria que yo, creemos que doña Tula seopone aún más que don Oscar...

Y vuelta a explicárselo otra vez con pelos y señales.

Luego entendió que lo que yo deseaba era que fuese a pedir por mí lamano de Gloria a su madre, y le pareció grave.

—No, señor conde; lo único que solicito de usted es que hable con suprima y procure suavemente vencer su resistencia.

—¡Mordiscos también!, ¿eh?—exclamó, fustigando al odioso Muslim—.¡Ojalá le hubiese rajado!

En aquel momento divisamos los toros. Se apresuró a prometerme todo loque le pedía. Quedé con la sospecha, casi la certeza, de que no supo, alcabo, lo que era, y, lo que es más doloroso, no le importaba.

Allá, en medio de un extenso campo de un verde amarillento, había ungrupo de reses. El coche dejó el camino y se puso a correr sobre elcésped hacia aquel grupo.

—¿Los toros estarán amarrados, por supuesto?—pregunté.

El conde me miró sonriente y con sorpresa.

—¡Amarrados! No, señor. Están sueltos.

«¡Oh diablos!», dije para mí. De buena gana me hubiera apeado. Se mehabía desvanecido por completo la curiosidad de conocer el ganado. Perolos caballos, felices con pisar la hierba, corrían al galope,acercándose con velocidad pasmosa. En torno de él, como a unos cienmetros, había algunos carruajes y gente a pie, formando círculocontemplativo. Creí que el conde se iba a detener allí; pero franqueó lafila de los curiosos, y sólo hizo alto a veinte o treinta varas de lasfieras, que no lo parecían, a juzgar por su actitud tranquila; unos,acostados sobre los brazos, rumiando, con sosiego; otros, fijos sobrelas cuatro patas, inmóviles, abstraídos quizá en alguna meditaciónsangrienta. El conde echó pie a tierra y me invitó a hacer lo mismo.Mas, con pretexto de encender un cigarro, me fui retrayendo.

—¿Son todos toros?—pregunté, afectando serenidad, al único criado quese había quedado conmigo.

—¡Zeñorito!—exclamó en el colmo de la sorpresa—. ¿No ve su mersé loscabestros?

—¡Ah, sí!

La verdad es que no distinguía unos de otros. Todos me parecían en aquelmomento igualmente sospechosos y aborrecibles. «Yo no me apeo», dijeinteriormente, a pesar de que veía al conde aproximarse a las reseshasta casi tocarlas. Pero el prócer gozaba fama de temerario, y yo notenía deseo alguno de adquirirla.

—¿Qué tal los muruves?—preguntó el mismo criado a un chulo que andabapor allí cerca.

—¡No lo ves, hiho, qué animalitos de Dio! Paesen hechos de masapán deToledo...

Aluego allá ellos... Si se najan, la farta será delgobernaó... Que les den lo suyo; los toritos no piden más que eso.

—¿Te acuerdas de los muruves de Pascua? ¡Qué toritos! Dejaban el cuernoen los jacos y se queaban ¡dormíos, dormíos!

—Toos lo mesmo... Que les den lo suyo, ¡ya verás!... Esta mañana se haarrancao uno porque un cabayero traía un perro e lana... Por poco hayaquí un espetáculo.

Yo, que estaba extremadamente inquieto, me sobresalté al oír esto, y,como quien no quiere la cosa, cogí las riendas que el criado sujetaba.Hice bien en tomar tal precaución, porque al instante se produjo ciertomovimiento entre los toros. Vi uno negro, espantoso, que, mirándonoscon horrible fijeza, bajó la cabeza con intención hostil y dio algunospasos...

El terror me arrebató de tal modo, que sin saber lo que hacía cogí lafusta y pegué un feroz latigazo a los caballos. El coche partió como unrayo, rompió la línea de curiosos y se lanzó por el campo, en medio delvocerío de la gente. El criado me había arrancado las riendas yblasfemaba como un condenado, tratando de contener los jacos. Entreéstos, al fin, se produjo divergencia de pareceres sobre la línea quehabían de seguir. Como resultado de ella, vino el arremolinarse yvolcar. Fui lanzado del asiento a una distancia de seis varas lo menos;pero no recibí daño alguno, según pude colegir después de tentarme todoslos miembros. El criado, tampoco. Acudió un pelotón de gente en nuestrosocorro, y cuando nos vieron salvos y se enteraron de lo que habíahecho, principiaron las bromitas y la risa. Creí que el conde lo iba atomar a mala parte; pero también le dio por reír. Los toros seguíaninmóviles y agrupados.

Cuando manifesté que había arreado a los caballosporque un toro negro se dirigía a nosotros:

—¿Dónde está el toro negro?—me preguntó el conde.

—Mírelo usted allí.

—¡Si es un cabestro, amigo!

Explosión de risa entre los que nos rodeaban. Don Jenaro tuvo ladelicadeza de montar en el carruaje apenas lo levantaron y amarraron untirante roto. La bronca en mi obsequio amenazaba ser mayúscula. Contodo, detrás de mí, los criados no cesaban de reír. El conde habíavuelto la cabeza, dirigiéndoles una mirada severa; pero sus carcajadasreprimidas me humillaban más que las francas.

—¿Qué tal los toros?—les preguntó un cochero al cruzar a nuestro lado.

—¡Finos, finos! Hay uno negro, zaino, de mucho cuidado.

El conde no pudo menos de sonreír..., y yo también.

A lo que entendí, era costumbre entre los aficionados detenerse, a lavuelta de Tablada, en alguna de las numerosas ventas que hay a la salidade Sevilla por aquella parte. Son los centros de reunión de la gentealegre, donde se corren las juergas, sin peligro de despertar a losvecinos y entenderse con la Policía. El conde paró delante de una de lasmás celebradas, llamada de Eritaña, y me invitó a bajar con él. A lapuerta había muchos carruajes vacíos. Atravesamos un corto zaguán ysalimos pronto a los jardines, dispuestos para recibir a los numerososparroquianos que aquel establecimiento tiene, principalmente entre laclase elevada o rica. Está dividido en pequeños y grandes cenadores, nobien aislados unos de otros por el follaje de los arbustos. Todos, ocasi todos, estaban ocupados a la sazón. El conde se detuvo un momento,sin saber dónde meternos, cuando saliendo de uno de ellos dos personasdecentes, aunque de porte achulado, le abrazaron familiarmente y noshicieron entrar.

Había seis u ocho hombres y tres mujeres. Los hombres, salvo dos,parecían personas distinguidas. Vestían chaqueta y hongo; pero sus manoseran finas y llevaban en los dedos sortijas de valor. Casi todosestarían entre los treinta y los cuarenta. Dos eran claramente de clasebaja, que alternaban. Las tres mujeres tampoco había duda quepertenecían a la vida airada. Por la confianza con que trataban al condecomprendí que a menudo debían de ser sus compañeros de francachela, pormás que aquel les llevase bastantes años. Entre ellos había uno rubio,de fisonomía extranjera. Después supe que era un inglés tan noble y ricocomo calavera, que acostumbraba pasar largas temporadas en Sevilla.

Aquellos individuos merendaban alegremente, y nos dispensaron unaacogida cariñosa, brindando, así que entramos, a nuestra salud. Observéque, en medio de la confianza, don Jenaro infundía cierto respeto atodos. De las tres muchachas, una se llamaba Concha la Carbonera: eradelgada, de un rubio ceniciento, mejillas pálidas y marchitas y ojosazules, fieros y desvergonzados. Otra, Matilde la Serrana: era morenay regordeta, y tenía el tipo común de las sevillanas. La tercera sellamaba lisamente Lola, una mujer obesa, con seno monstruoso, queinspiraba repugnancia, y manos amorcilladas, cubiertas de sortijas depoco valor. Las tres vestían el traje de percal y el pañolón de Manila,común a las jóvenes del pueblo, y ostentaban flores en los cabellos.

La conversación versó al principio sobre los toros. El conde dio acercade ellos pormenores que se les habían escapado a los otros. No hizoalusión a mi percance, y se lo agradecí. Los manjares eran pocos yordinarios: langostinos, boquerones, alcaparras, soldados de Pavía(pedazos de bacalao fritos con rebozo de huevo). En cambio, losvinos—jerez, manzanilla y montilla—eran de lo más fino y exquisito quepudiera beberse en ninguna parte. Las mujeres, abandonadas a sí mismas,charlaban en grupo aparte. El conde apenas se había dignado dirigirlesuna mirada fría cuando levantaron las copas saludándole.

Uno de los individuos, de traza plebeya, el más viejo, tañía la guitarracon singular maestría, mientras los demás charlaban de toros y toreros.Cambiábanse entre ellos frases técnicas, que probaban la profundaerudición que casi todos poseían en este ramo del saber, y se hacíanpredicciones y apuestas para el día siguiente. Unos elogiaban losmuruves, otros ponían los de Saltillo sobre todos los demás. De cuandoen cuando, entre el grupo de los hombres y el de las mujeres secruzaban palabras libres, gestos desvergonzados, un tiroteo de chistesconvencionales, que sorprenden la primera vez y aburren en seguida.Particularmente, Concha la Carbonera respondía con una viveza ydesgarro que me infundían repulsión.

El hastío me hizo acercarme al guitarrista y trabar conversación con él.Era hombre de cincuenta años, de mejillas rasuradas surcadas de arrugas,ojos pequeños y vivos, el pelo gris peinado sobre las sienes, como todoslos chulos. Vestía chaquetilla corta, hongo flexible y pantalón ceñido,la camisa con rizados y sin corbata. Alabé su destreza, verdaderamenteadmirable, y me dijo que era guitarrista de oficio, se llamaba Primo ytocaba ahora en casa de Silverio. Quise mostrar mis conocimientos enmateria de tañedores de guitarra, y le dije que había oído hablar congran elogio de uno llamado el Niño de Lucena.

—Bien está. Paco de Lusena conosía er instrumento como denguno; perotocaba solo palante, ¿sabuté? Er Niño de Morón tocaba mejor... a lo quese pide... ¡Se entiende!... Nosotros no semos de teatro; allí to va palante... Tocamos pa que lo oiga la gente, ¿etá uté?, y pa que lo bailesi quiere. Yo copié de Paco de Mairena, un tío que hasía bailar lasmesas. Cuando agarraba la guitarra paesía que se la metía en erestómago... De filadelfias, na, ¿sabuté?

A renglón seguido, como todos los artistas, Primo se quejaba de que elarte se hallaba en lamentable decadencia, que no se estimaba ya elmérito. Con lo que daba Silverio (dos duros cada noche y la cena),apenas podía vivir. Recordaba con entusiasmo los tiempos antiguos.

—Aquí onde usté me ve, cabayero, he vestío como un mataor de toros. Lasonsas que han entrao en mi borsiyo no caben sobre un manter... ¡Pchs!Hoy s'a güerto la tortilla. No hay quien dé un perro chico por oír laguitarra de verdá, ¿sabuté?... Aluego epué yo he tenío argunas crujíasonde s'ha ido la guita sin sentirlo... Grasia que haya podido horadarhasta aquí...

Hablaba con mucho aplomo y una entonación grave y persuasiva, que es enAndalucía general entre los hombres de la plebe cuando se hacen viejos.Después que le dejé desahogarse, le fui preguntando por la gente queallí había.

—Esta mosita, que se yama Concha, es mi sobrina, nasía en Graná, recriáen Málaga; es bailaora en casa de Silverio y gana sinco pesetas...Aquella del chaleco es una tía pescuesa, ¿sabuté?, que viene siempreonde se jama... Esta otra regordetiya, la Serrana, es bailaora en erBurrero..., una güeña chica... Ha sido novia der Saleri—

añadió concierto respeto-. Ya conosería uté ar Saleri...

—¡Mucho!—respondí, aunque en mi vida le había oído nombrar.

—¡Qué lástima de chico!

Oyendo esta exclamación supuse que se había muerto, y puse la caratriste.

La conversación no impedía beber de firme a los amigos del conde...Dejaron, al fin, los toros y comenzaron a bromear con las chicas. Una deellas, la tía pescueza que decía Primo, vino hacia mí con una cañita, yse la bebió, diciendo:

—Por uté, güen moso.

Luego se sentó a mi lado y emprendió mi conquista, sin lograrenternecerme. Sus redondeces excepcionales no me hacían efecto: mecausaban asco.

Uno de aquellos barbianes se divertía en tirar aceitunas a Concha la Carbonera, que, lastimada en la cara, profería insultos atroces,entreverados de blasfemias.

—No me tirarás una monea de sinco duros, grandísimo arrastrao, dao poltal.

—¿A que sí? Párala en la boca.

Y le arroja con tal ímpetu una moneda que si no baja la cabeza ladescalabra. Fue corriendo a buscarla; pero el barbián le tiró otra a lavez, y le pegó en el cogote. La Carbonera dio un grito y se llevó lamano al sitio de donde brotaba sangre. Las atrocidades que salieron desus labios no son para dichas. Quiso llorar; pero su tío Primo recogiódel suelo las dos monedas de oro y se las entregó, con lo cual, y con unpoco de agua y vinagre con que la lavó su amiga la Serrana, apaciguoselindamente.

No sé si me asustó más la barbarie o la prodigidad de aquelbruto.

—¿Qué es eso? ¿Estamos en la necrópolisss o en el merenderosss deEritañasss?—

exclamó otro barbián, cuya gracia consistía en agregar unaese final a las palabras y silbarlas mucho—. ¡A bailars, niñasss! ¡Acantars, niñasss!

Primo comenzó a preludiar un tango. Todos se sentaron formando corro.

La Carbonera, sentada también, olvidada del descalabro, inició allá enlas profundidades de la garganta un canto que tenía mucho de salmodia: Con

sentimiento

profundo

voy

a

nombrá

un

torero

que

en

er

mundo

no

tuvo

rivaliá.

Por

su

arte

y

su

bravura

era

el

rey

de

los

torero,

por

su

elegante

figura

se paesía ar Chiclanero.

La voz era ronca, aguardentosa, desagradable; el sonete, lúgubre.

De pronto se levanta, me arranca el sombrero de la cabeza sin mirarme,salta al medio del corro y se lo pone. Comienza una serie de movimientoscon las caderas, con el pecho, los brazos, la garganta, con todo menoscon los pies.

—¡Olé la Carboneriya!—gritaron dos o tres.

La Serrana y Lola siguieron:

Para

España

su

nombre

es

tan

grato,

que

er

nombrarlo

nos

causa

plaser;

como

Antoñito

Sánchez,

er

Tato,

denguno

ha

imitao

el

volapié.

¡Qué

lástima

de

torero!

Será

eterna

su

memoria.

¡Mardito

sea

asta

aquer

toro

que le ha quitao al arte su gloria!

Concha se había despojado del sombrero y hacía con él mil gestos ycarocas, ora poniéndoselo, ora quitándoselo. Luego que se hartó de moversu cuerpo flexible con ondulaciones de vara verde agitada por el viento,de echar los brazos atrás y adelante, levantarlos y bajarlos, se dejódeslizar sobre la arena con movimiento imperceptible de los pies. Anduvoasí formando un círculo por delante de nosotros, rozando nuestrasrodillas.

Al pasar cerca de mí, me puso el sombrero y dijo sordamente:

—Grasia, senificante.

Volvió de nuevo al centro del corro, y volvieron los movimientos a piefirme. Lola y la Serrana seguían cantando nuevas coplas, todasreferentes a toreros más o menos difuntos. Los barbianes jaleaban a labailaora, prodigándole mil epítetos extravagantes.

Principalmente elplebeyo, a quien apodaban el Naranjero, que por lo que noté oficiabade gracioso, se distinguía de los otros por la multitud de frasesburdas, obscenas, pero extrañas, propias de una imaginacióndescompuesta, que sin cesar profería.

Concha taconeaba fuertemente sobre el suelo, levantando polvo,restregando los muslos, las manos en las caderas, dejando inmóvil eltorso. Su mirada se iba tornando de maliciosa en lúbrica. Una sonrisavaga, delatando el cansancio y el vicio, se esparcía por sus faccionesmarchitas. El taconeo llegó a su período culminante, y de allí adebilitarse, hasta morir en suave, imperceptible agitación de losmuslos. La bailaora, en términos técnicos, se quedaba dormía, coníntimo gozo de los espectadores, que la jaleaban vivamente. Parecía unaestatua, la estatua de la impudicia.

La bailaora despierta, al fin, de su inmovilidad, con leve vaivén de lascaderas, que se va acentuando, acentuando, hasta convertirse endesenfrenado movimiento de rotación, conservando, no obstante la fijezaen el resto del cuerpo. Este era el supremo toque de la voluptuosidad,al parecer, porque al llegar aquí los barbianes de la reunión quisieronvolverse locos.

—¡Viva tu sangre, chiquilla!—exclamó el Naranjero—. ¡Vivan lasmujeres castisas! Al estante nos vamos a beber una cañita, ¿verdá,prenda?... ¡Viva tu mare, que tengo para ti en er borsiyo un biyete dela lotería pasá!

La estatua sonrió, sin perder su inmovilidad ni suspender aquellaimpúdica rotación que a los otros tanto alegraba y a mí me causabaprofunda repugnancia. Súbito hizo una pirueta, pateó el suelo tres ocuatro veces con furor, y vino a sentarse tranquilamente, entre los olésy los aplausos de la reunión. El Naranjero se apresuró a ofrecerle unacaña, que ella apuró de un tope, como quien la vierte en el estómago.

A nuestro lado, en los demás cenadores, se oían también los sones de laguitarra, el choque de las copas y los jipíos de los cantaores ycantaoras, entreverados de blasfemias y frases obscenas. La novia delSaleri cantó, acompañada por Primo, un jaleo o canto gitano, que tampocofue de mi gusto. El conde permanecía grave, silencioso, apurando consosiego las cañas que le vertían, respondiendo a las preguntas conexquisita cortesía, cual si se hallase en una recepción palaciega. Suactitud, correcta, contrastaba con los modales descompuestos,rufianescos, de los amigos. Sólo el inglés se mantenía también tranquiloy serio. De cuando en cuando, sin que se alterase poco ni mucho laexpresión fría de su rostro, gritaba en español chapurrado alguna fraseasquerosa que hacía retorcerse de risa a las chicas.

—¡Qué grasia tiene er chavó! ¡Maldita sea su estampa!—exclamaba la Carbonera, que gozaba realmente con la excentricidad del inglés.

Entre dos de los barbianes había surgido una disputa acerca de losmuruves (¡vuelta a los muruves!), y estaban a punto de venir a lasmanos. Los demás no les hacían caso.

Yo hablaba con la ex novia delSaleri, aquella morena regordetilla, que era la única que no medisgustaba enteramente. Pero ignorando en absoluto el lenguaje que seusa con esta clase de mujeres, nuestra conversación languidecía. Laentretenía con preguntas acerca de Málaga, a las cuales ella contestabacon marcada indiferencia, mirándome alguna vez con curiosidad, comodiciendo para sí: «¿Quién será este desaborío?»

Me esforzaba en aparecer alegre y jacarandoso como los demás, y, sobretodo, en disimular el acento de mi país, adoptando otro, si no andaluz,castellano puro, al menos. No lo conseguía. Cada vez me iba poniendo másserio y hacía preguntas más insustanciales.

La Serrana me dijo de pronto:

—¿Tú eres gallego?

—No; soy de Salamanca—respondí, negando a mi tierra, como San Pedronegó a su Maestro.

—Pues se me figuraba...

Habiéndole tocado el asunto de su infancia, la ex novia del Saleri seanimó un poco.

Comenzó a recordar a Granada con enternecimiento,asegurando que allí se divertía la gente mucho más que en Sevilla. Nodijo en qué. Traía a la memoria algunos episodios bastante ñoños de suniñez, que yo escuchaba con aparente atención, respirando, al fin,libremente, al verla distraída.

Dos de los barbianes habían ido al cenador inmediato y habían vueltotrayendo dos mujeres, que se fueron tan pronto como bebieron algunascañas y dijeron algunas desvergüenzas. El Naranjero, cada vez másalegre, respondía a las insolencias con otras mucho mayores, gozando enaquellos dimes y diretes, donde tanto padecía la decencia. El inglés,grave y tieso, vino a sentarse sobre las rodillas de Concha la Carbonera, que le recibió a pellizcos, desternillándose de risa.

—Mi dar a ti un beso antropófago, ¿no quieres?

—¿Un beso como en tu tierra?

—Más allá.

—Bueno, venga—respondió la pobre, sin imaginar lo que pedía.

El inglés se inclinó y le dio un mordisco feroz en el carrillo. La chicalanzó un grito penetrante. Al separarse se vieron los dientes bienseñalados en sus mejillas. Concha agarró una caña y la tiró a la cabezadel bárbaro, sin lograr acertarle. Pero su tío, indignado, comenzó aechar bravatas y sacó una navaja. Afortunadamente, se detuvo lo bastantepara que pudiéramos intervenir y sujetarle. Imaginé que no teníavoluntad muy decidida de sacarle las tripas al inglés, aunque bien lorepetía.

Todo volvió a quedar tranquilo. La pobre Carbonera lloraba en unrincón, poniéndose el pañuelo sobre la parte dolorida. Estaba de Diosque aquella tarde la habían de perseguir.

Empezaba a sentirme mareado. La lengua me había engordado sensiblemente.Noté que algo de lo que decía excitaba la risa de mi amiga la Serrana, quien me ofrecía a cada instante cañas y más cañas. Animadocon sus carcajadas, me figuré que había logrado, al fin, dar con elsecreto de la gracia andaluza, y, por lo visto, comencé a desbarrar deun modo lamentable. Una de las veces que Matilde me ofrecía una caña, ledijo no sé quién:

—¡Ojo, chiquiya, que eso es un bolo! (Una caña llena.) La Serrana le hizo un guiño, que pude ver.

—Vamos, tú lo que quieres es emborracharme, ¿eh?—le dije con sonrisaprotectora—.

¡Qué

chasco

te

llevas,

hija!

A

no

ha

conseguidoemborracharme nadie jamás. Prepara el Guadalquivir de manzanilla sideseas verme ajumado.

—Matilde, deja a ese maleta... ¡Si es un gallego!—dijo a la sazón latía pescueza de las manos amorcilladas, que no me perdonaba el mostrarmeinsensible a sus enormes glándulas.

—¿Yo gallego, so z...?—bramé furioso—. Ni soy gallego ni he estado enmi vida en Galicia.

Por segunda vez, como San Pedro, negué a mi tierra, y casi en los mismostérminos.

Estaba muy locuaz. Les conté todos los chascarrillos que sabía y lesrecité una tirada de versos de mi cosecha. La ex novia del Saleri mepreguntó si era escribano.

—Escritor querrás decir, prenda.

—Bueno, es igual.

—¿Igual? ¡Anda, anda!

Y con mucha formalidad me puse a explicarle la diferencia. Debí de estarmuy pesado, porque concluyeron por dejarme solo. El Naranjero, que nocesaba de bromear con todo el mundo, se acercó a mí y me dijo:

—Joven, ¿qué debe hasé er que se casa?... Aprovecharse, ¿verdá uté?

No comprendo por qué aquella inocente broma me pareció un insultoterrible.

—Aprovecharse, ¿eh?—respondí rechinando los dientes—. Me parece a míque aquí hay muchos aprovechados que se van a encontrar con la horma desu zapato.

No debió de entender lo que quería decir, porque siguió, con sonrisaplácida, preguntando lo mismo a todos.

El Naranjero era hombre de unos cuarenta y cinco años, de piel morenay curtida, cabellos cerdosos y grises, ojos negros extremadamente vivos,más bien bajo que alto y vestía, como el guitarrista Primo, lachaquetilla clásica, la faja y el hongo flexible.

Sin saber por qué,quizá por su presunción de gracioso, me fue antipático desde elprincipio.

Ahora, después de la injuria que me había hecho (así lo creía yo),concebí por él un odio mortal, y deseaba vivamente armarle camorra.Desde el rincón donde me hallaba sentado arrojábale miradas furibundas,que él estaba lejos de advertir. Sin embargo, al cabo de un momentoobservé que la Serrana y Lola, formando grupo con él y otros dosbarbianes, miraban hacia mí sonrientes. El Naranjero se destacó delgrupo, vino con sonrisa burlona, y llevándose la mano al sombrero, conafectado respeto, me preguntó:

—Mi amo, ¿e su mersé gallego?

Una ola de indignación me invadió la cabeza. Me levanté furioso, ytratando de arremeterle, le escupí a la cara más que le dije:

—El gallego lo será usted, ¡tío granuja indecente!

Por tercera vez negué a mi tierra. El gallo no cantó, pero sucedió unacosa peor.

El Naranjero dijo con tranquilidad amenazadora y poniéndome una manoen el pecho:

—Arto, señorito, no se descomponga usté, que no va haber quien learregle.

—¡A usted es a quien voy yo a arreglar, canalla!—grité conincomprensible rabia.

Y diciendo y haciendo, le largué una bofetada.

¡Caso extraño! Todos los que allí había, en vez de dirigirse a mí, selanzaron hacia él y le sujetaron. Observelos pálidos y con señales deterror en el rostro. La niebla que tenía en la cabeza se me disipó.Vagamente comencé a entender que había hecho algo más grave de lo que aprimera vista parecía. No sabía dónde estaba esta gravedad, pero laadivinaba. Mi enemigo, agarrado por todas las manos, me dirigió unamirada centelleante de cólera. Luego la cambió por otra irónica, y dijocon aparente sosiego:

—Vamo, señore, suerten ustedes, que no ha pasao na... Bofetá más omenos, ¡qué importa!

Le soltaron, pero sin dejar de observarle con inquietud. Apareciócompletamente tranquilo. Se puso el sombrero, que se le había caído,bebió una caña de manzanilla, y acto continuo se despidió, sonriendo, desus amigos:

—A la paz de Dios, señores. De aquí a luego.

Así que salió reinó un silencio embarazoso. Los semblantes expresabanmal humor e inquietud, incluso el del conde, quien me dirigió una miradafría de curiosidad donde creí advertir también cierta conmiseraciónburlona.

—¿Qué les parece de mi amigo Sanjurjo?—preguntó después a losbarbianes con cierta sorna—. ¿Verdad que no tiene el vino bueno?

—¡Pchs! No ha estao mal—respondió uno, con la misma entonación dezumba, y sin mirarme.

Observé que los barbianes cambiaron entre sí rápidas miradas burlonas,que me hicieron malísimo efecto.

La tía pescueza, que aún persistía en su conquista, vino a mí con unacaña en la mano, y me dijo en voz baja:

—Así me gustan los hombres. Perdona, hijo, si te he llamao gallego.

Me encogí de hombros con indiferencia superior, y le volví la espalda.Fui a sentarme al lado de Primo. Pasado el primer momento de malestar,todo volvió a su ser. Las cabezas, harto calientes ya por el alcohol,después de aquel fugaz enfriamiento, se pusieron más fogosas. Vino elperíodo de las canciones báquicas, desacordadas; las frases obscenasmenudearon entre ellos y ellas. Un barbián salió a bailar el tango conMatilde la Serrana, mientras Concha les batía las palmas y cantaba convoz opaca de prostituta.

—¿Quién es ese tío a quien di la bofetada?—pregunté en voz baja yconfidencial a Primo.

—¿No lo conose usté?—dijo, mirándome con sorpresa—. ¿No conose usté aJuan Ruiz?... ¡Ya me lo paresía!

Me explicó que aquel Juan Ruiz, apodado el Naranjero, era un antiguo ycélebre bandido de la provincia de Córdoba, que, por varios años, habíatraído en jaque a la Guardia Civil y había dado muerte a varios de susindividuos.

Voy a confesar que, al oír esta noticia, sentí cierto cosquilleo por laparte de adentro, cuya sensación era semejante a si se me desprendiesede su sitio alguna entraña interesante, aunque sin dolor. Los cortosresiduos de niebla que la manzanilla podía haber dejado en mi cerebro seevaporaron de súbito. En mi vida me sentí más despejado.

Sin que yo se lo preguntase, Primo me enteró del carácter e historia deaquel dulce personaje. Había robado unos gallos cuando tenía dieciochoaños. Le echó mano la Policía. Se fugó a la sierra. Comenzó a merodear,asaltando a los pastores y a los viajeros, pero nunca les exigía más quelo indispensable para vivir. Mató a un guardia.

Ya no pudo presentarse,porque le costaba la cabeza. Luego hirió a otro, luego a otro, y siguióviviendo del robo, aunque «sin hasé daño a denguno». Era un bandidogeneroso. Algunas veces se presentaba de noche a los propietarios y lespedía un duro para comer. Si querían darle más, lo rechazaba, diciendoque no lo necesitaba por entonces. La razón de encontrarse allípacíficamente y no haber muerto en el patíbulo era haberse puesto alfrente de una partida liberal poco antes de la revolución del 68. Cuandoésta estalló, le indultaron, gracias a las influencias de algunosmagnates que le protegían. Era un hombre, al decir de Primo, «mu guasóny mu corriente», un hombre de bien, pero de muy mala sangre.

Aunque todo aquello me lo decía en voz baja, me sonaban sus palabras enlos oídos como si las profiriese con bocina. Sin embargo, no quise darel brazo a torcer, y escuché la historia con una indiferencia que, ¡ay!,estaba muy lejos de sentir. Hasta tuve fuerzas para formar una sonrisa ydecir:

—¿Cree usted que me matará?

Primo se rascó la oreja, rasgueó distraídamente la guitarra después, y,por último, dijo mirándome francamente a la cara:

—Yo que usté, cabayero, tomaría el olivo en er primer tren de lamañana.

—¡Pchs!—silbé yo, alzando los brazos con desdén.

El guitarrista me dirigió una mirada donde creí ver mezcladas la lástimay la admiración.