La Hermana San Sulpicio by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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me

han

quitao

el

confesá,

me

han

quitao

de

ir

a

verte.

¡Qué más me pueen quitá!

¡Uf! ¡Cómo se ponía la venturá de mi maresita cuando me oía esta copla!

Al fin, una tarde se había fugado y se había estado tres días sin volvera casa. De esta salida había resultado compuestita, y no hubo másremedio que ceder a casarlos.

El matrimonio no hizo más que acrecer susdesdichas. Fierabrás era albañil; pero en vez de traer el jornal acasa, se gastaba una gran parte en las tabernas. No había aguardadosiquiera quince días para comenzar esta vida de perdío borracho, que nose había interrumpido desde entonces. Y no era lo peor que se gastase lamitad del jornal en beber vino, sino que cuando volvía borracho a casala mataba a golpes. Y todavía no era lo peor que la matase a ella, sinoque mataba también a sus hijos. Cuando se quejaba a sus padres, noquerían oírla, y con razón. Su madre había muerto hacía siete años. Supadre había vuelto a casarse con una tía pescueza. Estaba, pues, sola enel mundo y abandonada en las manos de aquel maldito. El que maltratase asus hijos la volvía loca, y era el toque para promover todos losescándalos que, al parecer, eran casi diarios. De una cosa estaba satisfecha únicamente, y es que no le daba por mujeres. Si fuese así,Paca se creía capaz de envenenarle. Todo menos eso.

—Mire uté, señorito: es un perdío sin vergüensa, un lechonaso que secae por las caye... ¡Esto es lo que no pueo aguantar! Que me atrape unajumera cada día, pase...;

¡pero que venga por su pie con mil pares decuerno!, y no me lo encuentren tirao como un perro. Y cuidao que él espa too lo que le manden... Por el aire se entera de las cosas... No hayen Seviya quien le eche el arto en su ofisio, y trabaja como un bueycuando le sopla el viento por ahí... Aluego dimpués le da a uté lasangre del braso.

La peseta que tiene en el borsiyo le dura el tiempoque tardan en pedírsela... Bruto y cafre, ¡eso sí!... Por un tanticoasí es capaz de dejar seco a un hombre. ¡Pero en tocante a corasón, nole digo a uté na..., es el hombre más cariñoso y más lila que habrá utévito en su vía... Holgasanaso, no hay otro en el barrio, ni má susiotampoco... Le dará a uté náusea verlo, como me la da a mí... Dondequieraque él va hay juerga y jarana. ¡Madre mía del Rosío, la vese que lehabré tenío que llevá comida a la carse!

Es un tunante, un fasineroso decuerpo entero... Si le viera uté trabajá, ¡una gloria de Dios! Tieneunas manos de plata y unos hígado que antes de consentir en que nadie leponga el pie delante se está sobre la escalera tres días con tresnoche... Pero es muy encogío él de su natural, y cuando ha hecho unacosita bien, ¿sabuté?, no la cacarea, como otros... ¡Si no fuese loarrastrao que es y la mala entraña que tiene, habría que meterle en unfanal!... ¡Hemos pasao cada crujía, señorito! ¡Qué crujía! Y él como sital, ¡el grandísimo perro!... Más de una vez y más de dos he tenío queconsolarle yo a él, porque se me echaba a llorar como un chiquiyo a lomejó... Y lo que yo le desía:

«Ven acá, grandísimo roío, ¿a ti qué tedan por llorá y suspirá so lechonaso?»

No era empresa fácil averiguar el verdadero carácter o tipo moral delseñor Fierabrás por los datos que me suministraba su digna esposa. Mascomo yo no sentía necesidad apremiante de conocerlo, dejábala explayarsea su gusto y asentía silenciosamente con la cabeza.

El gran patio cuadrilongo estaba ya casi desierto. La única guitarra sehabía callado también. Las tertulias de comadres se habían deshecho.Eran sonadas ya las once, y toda aquella gente necesitaba madrugar. Laluna seguía iluminando, al través de la atmósfera serena y abrasada, lamayor parte del recinto. Su luz, deshecha en jirones, formando figurasgeométricas, dormía tranquila sobre las piedras lustrosas del suelo.

Los palitroques de los jardinillos trazaban delgadas y negras rayas enél, semejando la proyección de grandes ventanas enrejadas. Allá lejos,enfrente, seguía percibiendo la figura del celoso enamorado, inmóvil,plantado sobre sus piernas abiertas, con las manos en los bolsillos. Lade la sufrida doncella no se veía, pero se adivinaba. Un asno, quearrimaba su hocico a una puertecita vieja, que debía de ser la de lacuadra, rebuznó, y su grito antipático y discordante estremeció el airedormido y turbó con furia la paz y el silencio del corral.

Pedile a Paca algunos informes acerca de este, y me dijo que había en élmás de cuarenta salas, y que en algunas de ellas vivían dos o tresfamilias. Todas habían de entenderse con la casera, o sea, la mujerque el dueño de la finca tenía para el cobro del alquiler, que se hacíapor semanas, y para el cuidado y vigilancia. Los que allí habitabaneran braceros. De las mujeres, solo algunas como ella salían a ganar unjornal, dejando a sus hijos confiados a la miga, que así se llamaba ala maestra de niños de corta edad. Las vivencias en los corrales salenmás baratas; pero hay todos los días reyertas sobre si el pozo, sobre sila alberca, sobre si la ropa, etc., que hacen la vida más fastidiosa.Luego la casera ejerce sobre ellas un mando despótico y abusa de suposición.

Pues así como se hallaba Paca comunicándome estos pormenores, oímoshacia el pasadizo de entrada unos formidables maullidos, que a mí meparecieron al principio de un gato monstruoso. Después empecé a dudarque fueran producidos por ningún individuo de la raza felina.

—Ahí está mi marío—dijo la cigarrera, levantándose agitada.

—¿Su marido?—pregunté con sorpresa.

—Sí, señor; es el que maya... Hágame su mersé el favor de esconderseahí, detrás de ese montón de leña. Después que él entre se puee usté ir.

Hice como me mandaba, y asomando con precaución la cabeza pude ver enmedio ya del patio, iluminado de lleno por la luz de la luna, a unhombre con blusa blanca que venía caminando lentamente a cuatro patas.De cuando en cuando gritaba:

«¡Miau! ¡Miau!», procurando imitar elmaullido de los gatos y consiguiéndolo a medias. Acercose al fin a lapuerta, y una vez allí repitió con más fuerza y más a menudo susformidables maullidos.

Hasta que salió Paca, y poniéndose en jarras comenzó a increparle.

—¿Eres tú, so arrastrao, porconaso, escandaloso?

—¡Miau! ¡Miau!—respondió Fierabrás, sin abandonar la posicióncuadrúpeda, comenzando a dar vueltas en torno a su esposa y a frotarsecontra ella, como un gato que quiere ser acariciado.

—¿No te dará vergüensa argún día de ser el hasmerreí der barrio? ¿Notendrás argún día compasión de tus pobresitos hijos?

—¡Miau! ¡Miau!

—¡Quita ayá, bandolero! ¡Vamos a ver cómo entras ahora mismito!

—¡Miau! ¡Miau!

—¡Entra Joaquín!

—¡Miau!

—¡Entra, canalla!

—¡Miau!

Vi a Paca llevarse las manos a la cabeza y tirarse con rabia de loscabellos.

—¡Mardita sea mi suerte! ¡Y que Dios tenga en er mundo a este roío daopol tal y me haya llevado aquel corasón de hijo!

Hubo un momento de silencio, un compás de espera, durante el cual Fierabrás siguió imperturbable dando vueltas en torno de su esposa,lanzando ahora maullidos dulces y apagados, roncando y levantando elespinazo con voluptuosidad.

Al fin advertí que Paca hacía con la cabeza un gesto de resignaciónforzada, y principió a pasarle la mano por la espalda, diciendo alpropio tiempo:

—Vamos, menino, entra..., bis..., bis... ¡Pobresito!... ¡Pobresito!

Exactamente como si su marido fuese un gato, Fierabrás se frotótodavía varias veces contra las sayas de su esposa, dio unas cuantasvueltas roncando, y al fin entró en la casa en la misma posición. Unavez allí, quiso, al parecer, levantarse, pero no pudo. Mareado por elalcohol, por las vueltas que había dado en cuatro pies y por la viva luzde la lámpara de petróleo, dio consigo en tierra.

Me acerqué a la puerta y advertí que intentaba en vano levantarse,arrastrándose por el pavimento de ladrillos.

—¿Conque no te puedes levantar, ladrón?—oí exclamar a Paca, con ferozplacer—.

¡Pues ahora e la mía!

Y descalzándose apresuradamente un zapato y cogiéndolo por la puntacomenzó a zurrarle la badana de lo lindo. Era increíble la prisa y ladestreza con que la cigarrera le azotaba por todo el cuerpo,principalmente por la cara y las manos, que era donde más había dedoler. Y al compás de la azotaina exclamaba con acento rabioso:

—¡Esta por la gofetá que me diste el sábado! ¡Esta otratambién!...¡Esta por el candelero que me tiraste a la cabesa el lune!...¡Esta por la palisa que me has dao el día de Nuestra Señora! ¡Estatambién!... ¡Y esta!... ¡Y esta!... ¡Esta por lechonaso!... ¡Esta porsinvergüensa!

Fierabrás se revolcaba en el suelo, lanzando rugidos, pataleando confuror. Hacía esfuerzos por levantarse. Pero cuando ya iba a conseguirlo,un acertado zapatazo en la cara lo volcaba de nuevo. Intentaba agarrar asu mujer por los pies, mas esta brincaba con ligereza increíble y leatacaba por otro sitio con mayor brío, de suerte que el infeliz se vionecesitado a rendirse, dejando, sin resistencia, que su consorte levapulease a su buen talante.

—Vamos, Paca, déjele usted ya—le dije, interviniendo por humanidad.

—Aguárdese usted un poquirritiyo... Todavía no me las ha pagaotodas—respondió sin abandonar su cruel tarea.

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Al fin, cansada, jadeante, los brazos quebrantados, el rostro cubiertode sudor, se alzó y me miró con ojos donde todavía llameaba la ira.

—¿Sabuté?—me dijo—.En estos días que viene desjarretao como un toro,me aprovecho.

XII

PASEO POR EL GUADALQUIVIR

EMASIADAMENTEconfiado dormí yo aquella noche y dejé transcurrir el díasiguiente. Por la tarde, poco antes de oscurecer, me fui a situar alpuente de Triana, donde Paca me había dicho que la esperase para darmecuenta del resultado de la carta y de sus gestiones. Era la hora de másanimación en aquel paraje. Los obreros y obreras de Triana quetrabajaban en Sevilla tornan a sus casas. Los de Sevilla que trabajan enTriana y en la Cartuja hacen lo mismo. Unos y otros se encuentran en elpuente, que hierve de transeúntes.

Arrimeme perezosamente al petril, de espaldas al río, y contemplé conojos distraídos aquel ir y venir mareante. El atractivo de micontemplación eran las caras saladísimas de las cigarreras ytrabajadoras de la Cartuja que allí suelen verse. Unas en gruposresonantes de gritos y risas, otras solitarias preocupadas, caminando apaso largo, todas con vistosos trajes de percal y flores en el cabello,pasaron por delante de mí, dirigiéndome alguna vez breves miradas decuriosidad y sorpresa, como si pensasen:

«¿Qué hará aquí este desaborío, que ni siquiera nos dise: ¡Olé lasmujeres castisas!

¡Viva tu madre, mi niña!?»

¡Para olés estaba yo! A medida que se acercaba el momento de laconferencia con Paca parecíame más grave y decisivo. Un germen de dudahabía entrado en mi espíritu después de almorzar, y en pocas horas sehabía desarrollado, crecido, se hallaba en completo florecimiento. ¿Porqué me parecía tan natural antes que Gloria me hubiese desairado envirtud de una intriga de Suárez, y no por libre y espontáneo movimientode su voluntad? No acertaba a explicármelo. Por más esfuerzos que hacíapara volver otra vez a aquella mi anterior convicción, no lo lograba.Oscuro y temeroso se me ofrecía lo que poco antes veía claro y risueño.Pues, a pesar de eso, no observaba en mi alma aquel sentimiento de furory rabia que me había acometido al saber mi derrota. Una extraña laxitudla invadía, un desfallecimiento que me inclinaba a la tristeza, no a lacólera. La memoria de la ofensa se deshacía, se disipaba entre lasbrumas del cerebro. Solo quedaba el tierno recuerdo de un amor feliz yel vivo pesar de no haber podido preservarlo de desgracia. Testimonioirrecusable era este, si lo supiera entender, de que continuabaenamorado y más que nunca. Llegó a parecerme que lo que me habíanconcedido había sido por pura merced y bondad, y que era naturalprivarme ahora de lo que no merecía. Hacia Gloria, dando por supuestoque me había engañado, no sentía rencor alguno. El malagueño seguíainspirándome aversión y repugnancia, pero no deseaba vengarme de él.

Cuando, al impulso de mis imaginaciones melancólicas, se huyó el deseode recrear la mirada en los rostros peregrinos de las cigarreras,volvime para derramarla por el río y sus pintorescas márgenes. El solacababa de ponerse. Un resplandor rojizo, que se extendía desde elhorizonte por el firmamento, esfumándose en lo alto y transformándose enel rosicler de tintas puras y nacaradas, indicaba el paraje por donde elastro del día se había ocultado. A mi izquierda, no muy lejos, alzábasela Torre del Oro, que, bañada por los reflejos del horizonte rojizo,parecía fabricada, en efecto, con el metal que le da su nombre. Más a laizquierda, asomando solo la cabeza sobre las azoteas del caserío de laciudad, veíase también la Torre de Plata, con su blanca corona dealmenas. Más allá, el palacio de San Telmo, envuelto en la masa verde desus naranjos, asomando las agujas de sus torrecillas de pizarra.

ElGuadalquivir corría bajo mis pies. Sus aguas, revueltas, amarillentas,gracias a los reflejos del crepúsculo, semejaban un espejo temblorosodonde brillaban mil tintas de ópalo y plata carmín. A lo largo de él,acostados al muelle, había gran número de buques, cuyos mástiles yenredada jarcia parecían surgir del gran bosque de naranjos que seextiende por la margen izquierda. A la derecha, las casas del barrio deTriana tocan en la orilla del río, el cual seguía su curso majestuosohasta unos dos kilómetros del puente, donde, al hacer un recodo, parecíadetenido por la muralla de verdura que los jardines de las Delicias leoponían.

El sosiego melancólico de aquel espectáculo formaba contraste con labarahúnda que tenía a mi espalda. El aire caldeado no recogía del ríoninguna humedad. Sentíase igualmente abrasador, insufrible, que en mediode la ciudad. La luz, al huirse, cambiaba poco a poco los colores delcielo, repartiendo sobre él infinitos matices, imposibles de nombrar.Sobre la tierra derramaba una triste palidez, que tornaba las cosasincoloras y las confundía y las borraba. Allá, debajo del muro verde delas Delicias, se amontonaban las sombras formando una masa espesa que seiba dilatando rápidamente. Sobre Triana, de lo alto de la suave colinadonde se asienta Castilleja de la Cuesta, descendía igualmente la noche.El aire fresco resonó con un ronco silbido prolongado. Era un vapor quesalía. Vi su masa negra apartarse lentamente de la orilla, oí el ruidoestridente de las cadenas, algunas voces lejanas. Luego su quillarompió, silenciosa, el acerado espejo del río, y no tardé en perderle devista a lo lejos, al penetrar en el espeso montón de sombras que losbosques de naranjos dejaban caer sobre el agua.

Placíame, por las tardes, ir a aquel sitio a presenciar la puesta desol. La vista del paisaje, que, por lo variado y recogido, parecía ungran lienzo panorámico, me infundía siempre un sentimiento de bienestar,cierta deliciosa plenitud de vida, que solo las grandes ciudadesmeridionales poseen y saben transmitir al alma. Mas ahora sentíametriste y solo. Aquel riente espectáculo, que parecía impregnado de lagracia y la alegría de mi Gloria adorada, perdió de pronto su encanto.Nada me decía. Su vida no era la mía. El espíritu de belleza vivo yardiente que lo animaba rechazaba el mío, serio y contemplativo.

Yo que, guiado por el amor, había penetrado de golpe en lo más íntimo yprofundo de aquella naturaleza ardorosa, perfumada, palpitante, dejandoperderse en ella mi ser antiguo, grave y soñador, de hombre del Norte;yo, que aspiraba y recogía por todos los poros la vida andaluza, como siaquella fuese mi patria verdadera y a la cual fuera restituido despuésde muchos años de ausencia, me encontraba ahora despegado, solitario.Faltaba el lazo que nos unía. Entre aquel río, aquella Torre del Oro,aquellos bosques de naranjos, aquel horizonte diáfano de tintasbrillantes y yo, no había nada ya de común. No era frente a estas cosasmás que un curioso, un touriste, como ahora se dice; pero no tardaríaen partir, acaso para siempre. ¡Partir!, ¡ay! No se rían ustedes.

Viendocentellear suavemente en lo alto del cielo una estrellita azulada, sentícorrer por las mejillas dos lágrimas.

Después de enjugarlas cuidadosamente, volví de nuevo el rostro hacia lostranseúntes, buscando distracción a mi tristeza. Apenas lo había hecho,enfilando la vista por el puente en dirección a la ciudad, veo a lolejos una colosal nariz que se oculta detrás de la gente, y vuelve aocultarse, y vuelve a aparecer, aproximándose siempre. Aquella nariz nopodía pertenecer, lógicamente, a otro que a Eduardito. Ésta fue miconvicción instantánea, que tuve el gusto de ver confirmada. Cruzó pordelante de mí con el sombrero en la mano, el paso desigual yprecipitado, más que nunca pálido y las facciones desencajadas.

—¡Eh!, ¡eh! ¡Eduardito!...

Detúvose un instante, miró y vino hacia mí.

—¿Dónde va usted tan escapado, hombre de Dios?

—No lo sé, don Ceferino—me respondió, posando sobre mí sus ojosvidriosos.

—¡Tiene gracia! ¿Y se iba usted como si le faltase medio minuto parallegar a la cita?

—¡Oh, si supiera usted, don Ceferino!... ¡Me están pasando unascosas!... ¡Unas cosas!

La voz del sensible joven era temblorosa, apagada. Hacía tiempo que sehallaba en un estado de debilidad extremada. Ahora parecía que hablabacomo si no hubiese tomado alimento desde hacía ocho días.

Mirele sorprendido y con curiosidad.

—¡Si supiera usted lo que me está pasando en este momento!

—¿Qué hay?

—Pues nada... Verá usted... Mi hermana acaba de darme un golpeterrible... Fui a casa... Verá usted... Por la mañana le dije que nopodía continuar de este modo..., que era necesario resolver uno uotro... Más de veinte veces quise pedirle a Fernanda la conversación...;pero cuando iba a hacerlo se me ponía un nudo aquí, en la garganta...Usted no sabe; aunque me matasen, no podía..., vamos, no podía... Si yotuviese tanto pico como mi hermana... ¡Maldito sea!... Le dije que mehiciese el favor de decírselo a Fernanda de mi parte, y que me la dieseo me desengañase de una vez... Pues bien..., verá usted...: quedó endecírselo esta tarde... ¡Yo no puedo continuar así, don Ceferino; creausted que no puedo continuar!... Pues bien: quedó en decírselo. Estatarde debía venir Fernanda a casa. Matilde me dijo después de almorzarque saliese y no volviese hasta el oscurecer..., y cuando volvieseestaría todo arreglado, o poco había de poder. Mi hermana se pinta paraestas comisiones. Obedecí.

Di más de mil vueltas por Sevilla, y cuandovi que oscurecía me fui a casa. Crea usted, don Ceferino, que metemblaban las piernas. Cuando llamé a la puerta estaba más muerto quevivo. Salió Matilde a la cancela, y al verme se puso hecha una hiena:«¿Qué vienes a hacer aquí? ¡Márchate! ¡Vete ahora mismo!» Creí que elmundo caía sobre mí... No sé cómo pude salir del portal, ni sé cómo hellegado hasta aquí...

—¿Y no es más que eso?... Pues se apura usted por bien poco. Es que lasha sorprendido usted en el momento de la conferencia. Estoy seguro deque nada malo le sucederá... Fernanda le quiere a usted... Me consta.

—¡Oh, no!—exclamó el apasionado joven.

—Sí; le quiere a usted, hombre... Ya verá usted.

Estuve por decirle: «¿Cómo no ha de quererle, siendo vieja y fea y noteniendo a nadie que la mire a la cara?» Pero me contuve.

—¡Ay don Ceferino, qué bien me está usted haciendo!—exclamó, dándomeun abrazo y rozando con su estupenda nariz mi oreja izquierda.

—Nada, váyase usted tranquilo. Dé usted algunas vueltas por ahí, yluego, dentro de una media horita, cuando ya Fernanda se haya ido, entrausted en casa. Estoy seguro de que Matildita tiene para usted una buenanoticia.

Eduardito me contempló un momento con sus ojos pequeños, insípidos, yalgo avergonzado, con ansioso acento, me dijo:

—Si usted quisiera, don Ceferino, dar una vueltecita por allí... yluego salir a avisarme...

—Amigo mío—le respondí con tono triste y desengañado—, en estemomento me hallo en igual caso que usted... Dentro de unos momentos voya saber si mi novia me quiere o me manda con la música a otra parte...Esto último será lo más probable.

Conque ya puede usted dispensarme.

—Pero ¿cree usted que Fernanda...?—replicó con egoísmo feroz, sintomar en cuenta para nada mi confidencia.

—¡Sí, hombre, sí; váyase usted tranquilo!

No se habían pasado diez minutos desde que el mancebo y su grancartílago se alejaron, cuando apareció, por la boca del puente, Paca. Enla primera mirada que me dirigió comprendí que todo se había perdido.

—No ha querido contestar, ¿verdad?—le pregunté sin saludarla,esforzándome por sonreír.

—¡Uf! ¡Cómo esta con uté, señorito! Ni por un Señor Crucificao haquerido tomar la carta. Me ha dicho: «Paca, si no quieres que riñacontigo, no vuervas en tu vía a hablarme de ese...»

—¿De ese qué?—pregunté, viendo que se detenía.

—De ese «tío»—agregó, avergonzada—. Uté dispense, señorito.

—Está bien, Paca—dije aparentando sosiego, pero con voz alterada porla emoción—. Muchas gracias por el interés que se ha tomado usted pormí...

Hubo un instante de silencio.

—Lo siento de too corasón, señorito. Yo creo que ustedes dos pareabanmu bien...

Pocas palabras más hablamos. No podía ocultar mi tristeza y desaliento.Los consuelos de la cigarrera no penetraron siquiera en mis oídos.

Antes de despedirse quiso darme la carta, que no había podido entregar.Yo la tomé y, sin rasgarla, la arrojé al río, sonriendo tristemente.

Lo primero que se me ocurrió caminando a casa fue marcharme al díasiguiente sin ver a nadie ni despedirme. Pero después consideré quedebía hacerlo, por lo menos, de Isabel y su padre, a quienes debíahartas atenciones, y me decidí a ir a esperarlos al día siguiente a laestación. Además, abrigaba todavía la esperanza de que la condesitainterviniese de un modo beneficioso en mis enredados asuntos amorosos.Me costaba trabajo creer que Gloria se negase en absoluto a darexplicaciones de su conducta.

Al entrar en casa me encontré, sin saber cómo, en los brazos deEduardito, y otra vez sentí en la oreja el cosquilleo de su narizindómita. Mi profecía se había cumplido.

Matildita obtuvo un éxito tansatisfactorio en su dificilísima gestión diplomática, que Fernanda habíaconcedido a su enamorado trovador el permiso de ir a hablarle por lareja los martes, jueves y sábados. Eduardito osaba esperar que, andandoel tiempo, obtendría el mismo señalado favor los lunes, miércoles yviernes. Llegó a la sazón Matildita, y Eduardito, presa de un rapto deamor fraternal, se abrazó a ella y le restregó el rostro con la narizrepetidas veces en testimonio de gratitud eterna. El Colibrí, conaquel éxito, se había crecido y entornaba la cabecita a un lado y a otrocon más petulancia, si cabe. Decía que la indiscreción del chinchoso desu hermanito, llegado justamente en el momento en que estaba tratandocon su amiga de los puntos más delicados, por poco hace fracasar lasnegociaciones. El hermanito empalidecía escuchando aquel horriblepeligro que había corrido sin saberlo.

Aquella noche tuve la flaqueza, que acaso el lector encuentreperdonable, de irme a eso de las once y media hacia la calle de Argotede Molina. Cuando emprendí el camino no sabía fijamente qué es lo queallí iba a hacer. Muy pronto quedó determinado en mi cerebro. Avancécautelosamente por ella, y al llegar al recodo desde donde podía versela casa de Gloria, me detuve. El corazón me daba saltos.

Estiré elcuello, asomé la cabeza como un miserable espía y... nadie. A la reja nohabía nadie. Un goce intensísimo bañó todo mi ser como un bálsamocelestial. A este goce sucedió ansia indefinible de cerciorarme de quelos ojos no me engañaban, que a la reja no había nadie, absolutamentenadie.

Marché resueltamente por la calle y pasé por delante de la casa a pasolento, y hasta me parece que me detuve un instante frente a ella. Eraverdad; ¡qué verdad tan sublime! Allí no estaba el malagueño. La calle,desierta; las ventanas, herméticamente cerradas. Pero era necesario queme convenciese bien, que gozase plenamente de aquella grande y sabrosaverdad. Y para eso estuve dando paseos por las calles hasta las dos dela madrugada, y cada poco tiempo pasaba por aquella con toda lentitud yme detenía algunos instantes a ver si la ventana se abría y elaborrecido rival llegaba. No fue así. Me consideré dichoso, como sifuese gran fortuna. Una de las veces que por allí crucé me sentí tantiernamente apasionado y aun agradecido, que me acerqué a la reja, ydespués de convencerme de que nadie me observaba, besé los hierros dondemi saladísimo dueño había puesto tantas veces sus manos.

Retireme contento a casa. Aquel feliz estado de espíritu me hizo denuevo ver las cosas de color de rosa. Al día siguiente me enteré de lahora a que llegaba el tren de Cádiz, y fui a esperar al conde y a lacondesita del Padul, prometiéndomelas muy felices.

Era la hora de oscurecer. En el andén estaban Pepita Anguita y otrascuatro amigas de Isabel. Dos de ellas eran las de Enríquez, a quienes yaconocía de vista. Mientras llegaba el tren, paseamos y departimosalegremente, riendo bastante con las ocurrencias de Pepita.

Cuando el cuerno del guardagujas anunció la llegada, nos abalanzamospresurosos al borde del andén, y tuvimos el gusto de ver a la ventanillade un coche a la condesita, que nos saludó con el pañuelo, muyregocijada y agradecida. Antes de salir de la estación, ya las deEnríquez la invitaron a ir con ellas aquella noche al teatro.

Isabelmanifestó que estaba cansada; pero no cedieron, y tanto empeño formaron,que al fin consintió en que la vinieran a buscar después de comer. Elcoche del conde y el de las de Enríquez los esperaban. Mas antes queentraran en ellos tuve ocasión para quedarme un momento detrás conIsabel y explicarle en cuatro palabras lo que sucedía. Maravillose enextremo, e hizo sin vacilar la misma afirmación de Paca; esto es, quedebía de haber una intriga o mala inteligencia. No pudimos hablar más,porque llegamos a la puerta de salida y era preciso montar en carruaje.Yo no quise hacerlo, aunque me invitaron con insistencia. La condesitame dijo al darme la mano:

—Váyase usted esta noche por el teatro y hablaremos.

Comí con premura, me vestí y me eché a la calle en el momento en queentraba Villa.

—Hombre—le dije con imperdonable ligereza y egoísmo (lo mismo queEduardito conmigo)—,¿cómo no ha ido usted a esperar a Isabel?

Le vi inmutarse, y me respondió, turbado, que había tenido que hacer enel cuartel.

Llegué al teatro de San Fernando cuando solo había dentro de la sala dosdocenas de personas a lo sumo. Aún tardó en poblarse larga media hora.Se representaba una función extraordinaria, a beneficio de no sé quédesgraciados, por la compañía de ópera que había actuado en Cádiz yregresado a Madrid. La sala del teatro es amplia, elegante, biendecorada. Pero el verdadero adorno de ella son los rostros expresivos delas niñas indígenas, que allí pueden verse con más comodidad y espacioque en ninguna otra parte. Es el teatro aristocrático de Andalucía. Lasdamas que allí asisten, vestidas con esplendidez y gusto, pueden mirarsin bajar la cabeza a las abonadas del teatro Real de Madrid. Loshombres, por el afectado descuido de su persona y por su desmedidaafición al flamenquismo, no son dignos de figurar al lado de ellas.

Isabel y sus amiguitas, las de Enríquez, fueron de las últimas enllegar, y se acomodaron en un palco bajo. La condesita estaba radiantede belleza y elegancia.

Observé que todas las miradas, lo mismo de loshombres que de las señoras, se volvían hacia ella con frecuencia, altenor de lo que había pasado en la tertulia de Anguita la noche en quela conocí. Y, como entonces, la joven recibía aquel homenaje conperfecta naturalidad, sin ruborizarse ni envanecerse, sonriendo franca ybondadosamente, lo que prestaba a su rostro encanto irresistible. Siaquella expresión era hija del cálculo, hay que confesar que Isabelhabía ascendido a lo más delicado y exquisito del arte de agradar.Saludome graciosa y familiarmente con la mano, con lo cual todos losojos que estaban fijos en ella se tornaron hacia el sitio donde yoestaba.

En cualquiera otra ocasión esto me hubiera halagado. Ahora mehallaba tan inquieto por el resultado de mis amores, que me fueindiferente, y aun me pesó, de la distinción por la curiosidad de quefui objeto. Seguro estoy de que muchos me disputaron, sin más, por sunovio.

En cuanto el segundo acto terminó, un acto larguísimo de I Puritani,me levanté para ir a saludarla. Pero al cruzar el pasillo de butacassentí que me llamaban por mi nombre:

—¡Qué encandilado va, hermano!

Era Raquel, la dama de Écija, que se alojaba en la misma casa que yo.Teníamos gran confianza. Estaba con su esposo, quien cada díasimpatizaba más conmigo.

—¿Dónde va usted tan escapao?

—A saludar a unas señoritas ahí, a un palco.

—Bien; pues antes salúdeme usted a mí. Siéntese un ratito.

Me indicó una butaca desocupada a su lado, y por no parecer grosero, mesenté.

La belleza «en colosal» y llamativa de la dama había traído hacia aquelsitio a algunos pollastres, que la miraban fijamente. Ella,comprendiendo que el efecto que en los tales causaban sus grandes ojosde ternera y enérgico seno, se esponjaba y hablaba alto, para decir, porsupuesto, mil simplezas, que el bueno de Torres escuchaba sin pestañear,aletargado en su butaca bajo el peso de la peluca, impuesta como uncastigo.

No tardé en ver entre aquellos admiradores a Olóriz,atusándose, por variar, la barba y dirigiendo miradas lánguidas aRaquel. Se conoce que luchó un poco con el temor, pero que, al fin, sedecidió a saludarla. Llegose, pues, y se quitó el sombrero, dejando aldescubierto su magnífica cabellera rubia, peinada cual si viniesedirectamente de la peluquería. Preguntole por la salud, y luego hizo lomismo con su esposo. Pero éste, sea porque se hallaba distraído o bienpor la aversión concentrada que le tuviese, no contestó al saludo. Elestudiante quedó cortado. Raquel, entonces, no pudiendo disimular laindignación o, por mejor decir, la rabia que la conducta de su esposo leprodujo, tomó la palabra, y ¡aquí fue ella!

—Pepe, que te está saludando el señor Olóriz... Yo pensé que era unaregla de buena educación contestar a los saludos que nos dirigen.

—Mujer, no le he visto—manifestó Torres con dulzura.

—La verdad es que ya tienes tiempo para haber aprendido un poco decrianza...

¡Cuidado que se necesita no tener un adarme para quedarsehecho una estaca cuando una persona decente, cuando un caballero, noshace el favor de preguntarnos cómo estamos!

Yo, viéndola tan irritada, traté de calmarla con algunas frases dedisculpa. Mas ella, aturdida y excitada, como siempre, por sus propiaspalabras, cada vez se iba poniendo más encrespada, hasta el punto de quealgunas personas que se sentaban en las butacas inmediatas loobservaron.

—¡Es una grosería, Sanjurjo..., una indignidad!... Usted es persona debuena educación, y en su interior se está escandalizando, segura estoy,de ello. Y si él sólo se pusiera en ridículo, no me importaría nada...;pero me pone a mí, y esto no puedo tolerarlo... ¡No quiero tolerarlo!...¿Qué se figuraría una persona desconocida que presenciara este lance?...¡Se figuraría cualquier cosa mala, indecente!... ¿Es esto darconsideración a su señora? ¿Es hacer que se la respete?

—¡Si no le he visto, mujer; si no le he visto!—repetía dulcemente elanciano.

Olóriz,

en

pie

delante

de

nosotros,

pálido,

silencioso,

hacía

una

figuraverdaderamente desgraciada, tirándose con mano convulsa de la barbahasta arrancarse algunos pelos.

Tomé el partido de dejarla desahogarse. Cuando hizo una pausa, le dijeen son de broma:

—Vaya, Raquel, no sea usted tan nerviosilla.

Y antes que de nuevo se exaltase, me levanté y le di la mano. Olóriz vioel cielo abierto y aprovechó mi marcha para retirarse también, haciendoun reverente saludo.

Isabel me estaba esperando con impaciencia, según me dijo. Había pensadobastante en mi situación y quería a todo trance deshacer los monos,que dependían, sin duda, de alguna mala inteligencia, de algún embuste.Oyéndola llamar monos a las tremendas calabazas que Gloria me habíapropinado, alegroseme el alma. Había encontrado un medio de quetropezásemos y pudiésemos hablarnos. En su casa no quería que fuese.Quizá su prima se ofendería de que la llevasen engañada. Lo mejor era irde excursión a la Palmera, una casa de campo que tenían del otro ladodel río. Allí, estando todo el día juntos, no podía menos de operarse lareconciliación, para lo cual ella pondría de su parte lo que pudiera.

—Por supuesto, no invitaremos a ese malagueño antipático—añadió,guiñándome el ojo con gracia—. Usted campará todo el día por susrespetos.

Mi pecho se inundó de gratitud. Era adorable aquella chica.

Quedó en ir a la mañana siguiente a invitar a Gloria y en avisarme pormedio de carta el día y hora de la excursión y, en general, todo lo quesucediese. Mis esperanzas, tan pronto vivas como muertas, renacieronahora más frescas y lozanas que nunca.

Parecíame imposible que,dejándome un rato a solas con mi ex novia, no la conmoviese y redujese aquererme otra vez. Tal fe tenía en mi elocuencia. Además, eradificilísimo suponer que tanto amor como aquella gentil muchacha mehabía demostrado en el tiempo que duraron nuestras relaciones se hubiesedesvanecido en un instante, sin quedar entre las cenizas rescoldoalguno. En resumen, que dormí bastante bien aquella noche y pasé el díasiguiente tranquilo. Por la tarde recibí carta de Isabel.

No la esperabatan pronto. Decíame que la partida de campo se haría mañana. Como teníamuchas cosas que decirme, esperaba que fuese aquella noche a comer a sucasa.

Según costumbre, el conde comió fuera de ella. Lo hicimos solos Isabel,la tía Etelvina y yo. En verdad que, con las muchas y graves noticiasque la condesita me comunicó, no hice más que picar de los platos, sincomer realmente de ninguno. Por la mañana había estado en casa de suprima a visitarla. Hablaron de mí, y Gloria se mostró enojadísima, mejordicho, indignadísima conmigo. Le dijo que le constaba de un modoevidente que yo estaba, ¡qué horror!, en amores con Joaquina Anguita.Todo lo que Isabel hizo por disuadirla fue inútil. Sabía el tiempo quetodas las noches hablaba con ella y que todos en la tertulia teníanconocimiento de tales relaciones.

Preguntó si yo era de la partida, y,respondiéndole que sí, negose a formar parte de ella. Sólo a fuerza deruegos cedió, y eso con la condición de que se invitase también a DanielSuárez.

—Mire usted, Sanjurjo: la impresión que yo he sacado es que mi primatiene celos,

¡unos celos que le comen el alma!..., y una mujer celosa esuna mujer enamorada.

—Pero ¿ese Daniel...?

—No haga usted caso... Lo ha escogido como instrumento para dárselos austed...

Por lo demás, entre usted y él ninguna muchacha puedevacilar—añadió sonriendo.

—Mil gracias.

Pero después que ambas primas hubieron resuelto este punto, quedó otromás difícil: la cuestión del permiso. Doña Tula se negó a darlo. Gloriaestaba haciendo en su casa una vida conventual. Desde que se descubrióel galanteo de Marmolejo, sobre todo, la tenían terriblemente sujeta.Isabel acudió a su padre, quien mandó a doña Tula una cartita diciéndoleque no era aquello lo convenido, que se había prometido sacar al mundo asu sobrina para averiguar su vocación y que se la tenía prisionera, peorque en el colegio; que aquello daría mucho que hablar en Sevilla, y quele rogaba, para evitar murmuraciones, que le concediese alguna libertad.Dos horas después vino una cartita con la autorización. La excursión seefectuaría, pues, al día siguiente, y los convidados partirían de lacasa de los condes a las dos de la tarde.

—Invite usted de nuestra parte al amigo Villa. Dígale que es uningrato... Hasta ahora no le he echado la vista encima—me dijo altiempo de despedirme.

«¡Pobre Villa!», exclamé para mí, observando el tono ligero con quepronunció estas palabras su ídolo. Y desde allí me fui derecho a lacervecería para darle el encargo.

Cambió un poco de color al escucharme;pero me dijo con sosegada energía:

—Ya sabe usted, amigo Sanjurjo, que yo con esa mujer no puedo tenerdecentemente ni siquiera relaciones de buena amistad. Si me hubiese dadocalabazas..., nada..., hubiésemos quedado tan amigos; pero el pregonarmis cartas y el consentir que se haga chacota de ellas no lo olvidaré enmi vida... La saludaré cortésmente, la dirigiré la palabra con respeto;pero ser su amigo, ¡nunca!

Entendí que tenía razón y no quise insistir. Aquella noche tampoco fui acasa de Anguita. Hacía tres noches que no iba por no encontrarme defrente con Suárez. A las altas horas di algunos paseos por la calle deArgote de Molina y volví a sentir un placer intenso viendo la reja deGloria cerrada.

Amaneció, al fin, el día 20 de agosto, memorable en el curso de estaverídica historia. Amaneció brillante como todos los anteriores, más quelos anteriores, a mi juicio. Pasé agitadísimo la mañana. Me puse untraje apropiado al caso, ligero, claro y holgado. Fui a comprar unsombrero que había visto en un escaparate, muy adecuado para el sol yelegante; me afeité hasta dejar las mejillas suaves y tersas como las deun niño; también me puse un calzado de becerro, blanco, muy lindo; enuna palabra: me preparé convenientemente para la gran batalla que por latarde iba a librar. Observé que Villa no salió de casa y daba vueltas entorno mío, con cierta inquietud y como si desease hablarme. Por fin,cuando nos avisaron para almorzar, me dijo desde la butaca donde estabasentado en mi habitación, chupando un cigarro puro y envolviéndose enuna nube de humo:

—¿Sabe usted, amigo Sanjurjo, que me voy de excursión con ustedes estatarde?...

Sí, voy—añadió en voz baja y con acento rápido—para queIsabel no se figure que me estoy muriendo de pena.

—Me alegro muchísimo. Hace usted perfectamente—respondí, y exclaméotra vez para adentro: «¡Pobre Villa!»

Durante el almuerzo estuvo alegre y jovial, como hacía muchos días no leveía, como si acabase de recibir una grata nueva.

A las dos en punto nos personamos en casa de Padul. Estaban ya allí casitodos los convidados: las dos chicas de Enríquez con su mamá y el noviode una de ellas; Pepa y Joaquinita Anguita (Ramoncita no había podidovenir por estar con jaqueca), Daniel Suárez y el presbítero conAlejandro. Poco después llegaron Elena y su tío, y luego, otro chico aquien no conocía. No estaba Gloria en el patio, donde se hallabanreunidos: pero tampoco vi a Isabel, y supuse que las dos se habíanjuntado en las habitaciones interiores. Tardaron poco, en efecto, enpresentarse.

No me dirigió una mirada. Estaba grave, contra su costumbre. Vestía untraje de color rojo con encajes blancos, ligero y de poco valor, que lesentaba de perlas. (¿Qué es lo que no le sentaba a aquella admirablecriatura?) Saludé primero efusivamente a Isabel, porque la actitud de Gloria meimponía.

Luego me aventuré a dar la mano a ésta, que me alargó la suyacon marcada frialdad, mirando hacia otro lado. Isabel me hizo una muecapara indicarme que no tuviese miedo. Pareciome lo más prudente observaruna conducta reservada, digna, esperando los acontecimientos, y meretiré hacia otra parte. Don Jenaro nos manifestó que se le habíaofrecido un quehacer perentorio y sentía no poder ser de la partida; queíbamos bien autorizados por la señora de Enríquez, y su prima Etelvina,don Mariano (tío de Elenita) y don Alejandro.

—Ya sé cuál es el quehacer del conde... Una juerga—me dijo Pepita porlo bajo.

—¿Cree usted?...

—¡Uf! Como si lo viera.

Las señoras en coche y los hombres a pie, nos trasladamos todos almuelle, donde nos esperaba una espaciosa falúa entoldada, con cuatroremeros sentados a la proa. El calor en aquel sitio era estupendo. Elreflejo de las piedras abrasaba el rostro. Parecía que estábamosenvueltos en una atmósfera de fuego. Ni los quitasoles, ni los sombrerosde paja, ni los trajes de dril podrían librarnos de la ardiente saña deaquel sol que desde lo alto del cielo amenazaba secar los árboles, elcauce del río y hasta la vida de nuestros cerebros. Las señoras nosaguardaron un rato sentadas a la popa. Cuando llegamos, nos acomodamoscomo pudimos. Daniel Suárez fue a sentarse, ¡el miserable!, al lado deGloria, que le recibió con afectado regocijo. Villa y yo nos retiramoshacia la proa; pero al instante fuimos llamados por las damas, que seapresuraron a dejarnos sitio.

—Villa, aquí tiene usted asiento—dijo Isabel, con sonrisa dulce y comoavergonzada, señalándole un puesto a su lado.

El comandante vaciló un momento, pero fue a ocuparlo. Joaquinita tambiénme llamó. Hice como que no la oía y fui a sentarme entre la señora deEnríquez y Etelvina, un par de setentonas.

Los remos, como grandes antenas, comenzaron a maniobrar sobre el aguaamarillenta. Pasamos al lado de grandes vapores, cuyos vientrescolosales, pintados de rojo, parecía que iban a aplastarnos. De lo altode ellos, algunos marineros nos miraban con curiosidad, y se decían,sonriendo, frases que no llegaban a nuestros oídos. Detrás dejábamos elgran puente de Triana, cuyos ojos se iban achicando lentamente. Prontosalimos del atracadero de los barcos y llegamos al recodo que guarnecenlos naranjos del jardín de las Delicias. El río hace una gran ese,revolviendo hacia Triana. Las orillas están orladas de mimbres en primertérmino. Por detrás de ellos asoman algunas filas de álamos blancos,cuyas hojas plateadas, heridas por la luz y agitadas por el soplo blandode la brisa, despiden hermosos destellos. La falúa se deslizabasuavemente, aguantando imperturbable los rayos solares. El aire resecohabía perdido sus condiciones de sonoridad. Sentíase en los oídos unsuave zumbido constante, a través del cual los ruidos llegabanamortiguados y confusos. La vista no gozaba siquiera la voluptuosidadde posarse en el agua, porque el río mismo despedía un aliento cálido.El sol, implacable, lanzaba de una vez, en apretado haz, todos sus rayossobre nosotros, cual si quisiera aplastarnos, reducirnos a la nada, dedonde su calor vivificante nos había sacado. ¡Qué hermoso, qué vivo, quéomnipotente sol! Solo en el Mediodía se siente su fuerza augusta yacometen deseos de adorarlo.

En los primeros momentos hablose poco en la lancha. El calor era tanintenso que aturdía. Todos los rostros estaban encendidos y sudorosos.Los brazos no tenían brío para abanicarse. Pero la alegría no tardó enrenacer. Aquella insufrible molestia que sentíamos sirvió de pretextopara bromear y reír. Uno de los pollos proponía un baño general: que nosechásemos todos juntos al agua así que llegásemos a San Juan, cosa queescandalizaba y hacía reír a un mismo tiempo a las damas. Elenitasostenía que su tío no sudaba agua como los demás, sino café con leche;y como todos los ojos se volvían, sonrientes, a mirarle, el buen señorno podía ocultar su despecho. Cada cual comenzó a hablar con los quetenía al lado. Isabel y Villa empeñaron una conversación animada. La deEnríquez y su novio, lo mismo. Elenita y el pollo desconocido, que ya sehabían asaeteado bastante con los ojos, comenzaron a charlar por detrásde la cabeza de jabalí del presbítero don Alejandro, que tenía lasenormes cejas temerosamente fruncidas y el rostro contraído por unaexpresión de dolor y de ira que ponía espanto.

Finalmente, y esto era loque verdaderamente me interesaba, Gloria y Suárez no cerraban la boca.La infiel reía alegremente, harto alegremente quizá para que no hubieseen ello cierta afectación, de los chistes (estúpidos, claro está) delmalagueño.

No quise disimular mi tristeza. Al contrario, forcé la notalúgubre, permaneciendo silencioso y cabizbajo, a pesar de los esfuerzosque las dos viejas que tenía a mi lado y Joaquinita hicieron por sacarmede mi éxtasis doloroso. Todos allí estaban ya al tanto de lo que meocurría.

Sentía, en verdad, una viva y profunda pena, que me apretaba el pecho yla garganta.

Deploraba amargamente el haber venido. Las esperanzas queIsabel me había dado parecíanme ahora infundadas, ridículas, engendradassólo por su deseo frívolo de agradar a todo el mundo. Presa de unaangustia indecible, sofocado también por aquel ambiente abrasador, alcual no estaba acostumbrado como los demás, me sentía desfallecer. Losoídos me zumbaban, y pasaban a menudo por delante de mis ojos gasasnegras, flotantes, como si fuera a caerme. No suspiraba ni me movía, sinembargo. No sólo no temía perder el sentido, pero lo apetecía por huirde aquella amargura que inundaba mi alma. Deseaba que el poderoso sol sefiltrase por la lona del toldo y me abatiese, aniquilase mi conciencia,me transformase en una piedra, en una planta, en algo que no pensase nisintiese.

Comprendía que mi actitud y mi semblante denotaban demasiado claro loque pasaba en mi espíritu, que me estaba poniendo en ridículo. Nada meimportaba. Allá, después de un buen cuarto de hora, cuando aún noestábamos a la mitad del camino, observé que Gloria me dirigió con elrabillo del ojo una rapidísima mirada, como si tuviese curiosidad de verlo que yo hacía. No sé lo que pasó por mí. Sentime de pronto revivir,como un hombre medio ahogado a quien sacasen la cabeza fuera del agua.Erguime y aspiré con ansia el aire, dando un largo suspiro, que hizosonreír a la señora de Enríquez y puso seria a Joaquinita. No tardó envenir otra mirada igual, que me hizo el mismo bien. La mano invisibleque me apretaba cruelmente la garganta aflojaba los dedos. Luego vinootra, y pude sacar el pañuelo y limpiarme el sudor.

Luego otra, y tuveya fuerzas para sonreír. Aquellas miradas, aunque serias y rápidas,penetraban hasta mi corazón, y reían allí alegremente, y sonaban comouna armonía celeste, y hasta pienso que olían como un perfumeembriagador. Cuanto más nos acercábamos al término de nuestro viaje, másfrecuentes eran y, si no me equivoco, más duraderas también. No dejabapor eso de hablar con Suárez; pero cualquiera podía notar que no era conla misma animación, que una leve sombra de gravedad y preocupación sehabía esparcido por su rostro.

El cauce del río nos conducía hacia la loma que cierra el contorno deSevilla, por la parte del Sudoeste. A la falda de esta loma se encuentrael pueblecillo llamado San Juan de Aznalfarache, adonde tardamos poco enatracar saltando a un tabladito que hace de muelle. Es una aldehuelairregular, triste y de ruin caserío. Desde la ciudad ofrece vista muygrata aquel blanco grupito de casas, posado, como una gaviota, a laorilla del río; pero una vez dentro de él, la ilusión se desvanece.Mirado desde Sevilla, parece asentado en la falda misma de la colina,sin terreno llano donde esparcirse. Después que se está en él se observaque hay en torno muy llanas y muy hermosas huertas de naranjos y olivos.

El malagueño dio la mano, para saltar, a Gloria, y esto me contrajo elcorazón fuertemente; pero apenas los diminutos pies de ésta se posaronen el suelo y me lanzó una ojeada firme y rápida como un latigazo,volvió a dilatarse. Se descansó algunos minutos delante de una taberna ynos refrescamos con agua azucarada. Las damas se sentaron en las sillasque sacamos del establecimiento. La mayor parte de los hombrespermanecimos en pie, sirviéndoles los panalitos. La verdad es que todosestábamos necesitados de un rato de sombra verdadera, porque la deltoldo de la falúa dejaba mucho que desear. Joaquinita, que, por lovisto, tenía ganas de mortificarme, me demandó un vaso de agua.Sintiendo, más que viendo, que Gloria me observaba, fui a buscarlo; peroen la taberna se lo di a don Alejandro, diciéndole:

—Haga el favor de llevar este vaso a Joaquinita.

El presbítero se apresuró a cumplir el encargo, y yo salí después, hartosatisfecho de no dar pretexto a que pudiera pensarse que la segunda deAnguita me inspiraba el más pequeño interés. Como diese luego algunasvueltas por delante de las damas, dirigí distraídamente la mirada a lospies de Pepita y observé que traía las botas rotas. Al instante loadvirtió:

—¡Qué! ¿Se fija usted en mis botas rotas?

—¿Se le han roto a usted al saltar?—repliqué.

—No, señor. Las traía ya rotas de casa.

—¡Ah! No lo ha notado usted al ponerlas.

—Sí, señor, sí; lo he notado hace días. Las he puesto con todoconocimiento.

No quise insistir, porque entendí que, si proseguía, iba a decirme queno tenía dinero para comprar otras, con la poca aprensión, vecina de ladesfachatez, que la caracterizaba.

Isabel dio la señal de marcha. No sé a quién se le ocurrió subir almonasterio antes de ir a La Palmera, y emprendimos, en efecto, laascensión. La comitiva se repartió en parejas. Yo, para hacer méritos alos ojos de Gloria, viéndola emparejada con Suárez, me fui solo delante.El camino es corto, pero bastante agrio.

—Sanjurjo—me gritó Joaquinita, con el sano propósito dedesconcertarme—, muy melancólico anda usted hoy.

Me volví y respondí, sonriendo: