La Guardia Blanca-Novela Histórica Escrita en Inglés by Arthur Conan Doyle - HTML preview

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GUARDIA BLANCA

NOVELA HISTÓRICA ESCRITA EN INGLÉS

POR

A. CONAN DOYLE

TRADUCIDA AL CASTELLANO

POR JUAN L. IRIBAS

NUEVA YORK

D. APPLETON Y COMPAÑÍA

EDITORES

1896

COPYRIGHT, 1896,

BY D. APPLETON AND COMPANY.

La propiedad de esta obra está protegida por la ley en varios países, donde se perseguirá á los que la

reproduzcan fraudulentamente.

LA GUARDIA BLANCA: Capítulo I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII,

XIII, XIV, XV, XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, XXI, XXII, XXIII, XXIV, XXV,

XXVI, XXVII, XXVIII, XXIX, XXX, XXXI, XXXII, XXXIII, XXXIV

Á QUIEN LEYERE.

————

EN la moderna literatura inglesa, menos quizás que en ninguna otra,espera encontrar el lector obras que por su carácter y forma lerecuerden las narraciones históricas de tipos caballerescos, empresasaventuradas y altas hazañas, que han inmortalizado los nombres deescritores españoles, franceses é italianos. Diríase que esas novelas decapa y espada, galanas y airosas, en las que palpita la vida entera dehidalga tierra y se refleja el espíritu de toda una raza, son patrimonioexclusivo de otros pueblos y otros autores que los nacidos en lanebulosa Albión.

De aquí la novedad y el buen éxito merecidísimo de la obra de ConanDoyle cuya traducción castellana ofrecemos al público en este volumen.Con erudición y exactitud sorprendentes reproduce el escritor inglés en La Guardia Blanca una serie de episodios fidelísimos de la época enque se desarrolla el argumento de su novela.

Época tan agitada como lofué para Inglaterra la segunda mitad del siglo XIV, en la que á pesar desus grandes y recientes victorias de Crécy y Poitiers y del tratado deBretigny, volvía á encenderse, más fiera y sañuda si cabe, aquella luchainterminable conocida en la historia con el nombre de Guerra de los CienAños.

Á imitación de las famosas Compañías Blancas de Duguesclín, personajeque también figura en esta obra de muy pintoresca manera, la GuardiaBlanca inglesa se lanza de lleno en la contienda y tras brevepermanencia en el Ducado de Aquitania, arrebatado por entonces á lacorona de Francia, entra en España á la vanguardia del poderoso ejércitoque Eduardo de Inglaterra pusiera á las órdenes del Príncipe Negro parareinstalar en el solio de Castilla á su aliado Don Pedro el Cruel, á lasazón destronado por su hermano Don Enrique de Trastamara.

Las proezas y aventuras de los expedicionarios ingleses y de suindomable capitán, las descripciones interesantísimas de tipos ycostumbres de la época, los múltiples incidentes de aquellas marcialesjornadas, ora sangrientos y heróicos ora altamente cómicos, todo ensuma, está ideado y referido con tal naturalidad, con exactitud y graciatantas, que hacen de este libro una obra acabada y uno de los máspreciados timbres de la fama literaria de su autor.

J. L. I.

HARTFORD, Abril de 1896.

LA GUARDIA BLANCA

CAPÍTULO I

DE CÓMO LA OVEJA DESCARRIADA ABANDONÓ EL REDIL

LA gran campana del monasterio de Belmonte dejaba oir sus sonorostañidos por todo el valle y aun más allá de la obscura línea formada porlos bosques. Los leñadores y carboneros que trabajaban por la parte deVernel y los pescadores del río Lande, suspendían momentáneamente sustareas para dirigirse interrogadoras miradas; pues aunque el sonido delas campanas de la abadía era tan familiar y conocido por aquelloscontornos como el canto de las alondras ó la charla de las urracas ensetos y bardales, los repiques tenían sus horas fijas, y aquella tardela de nona había sonado ya y faltaba no poco para la oración. ¿Quésuceso extraordinario lanzaba á vuelo, tan á deshora, la campana mayorde la abadía?

Por todas partes se veía llegar á los religiosos, cuyos blancos hábitosse destacaban vivamente sobre el césped que cubría las avenidas denudosos robles. Procedían unos de los viñedos y lagares pertenecientes ála comunidad, otros de la vaquería, de las margueras y salinas, yalgunos llegaban, apresurando el paso, de las lejanas fundiciones deSolent y la granja de San Bernardo. No les cogía de sorpresa elinusitado campaneo, porque ya la noche anterior había despachado el abadun mensajero especial á todas las dependencias exteriores delmonasterio, con orden de anunciar en ellas la proyectada reunión generaldel día siguiente. En cambio el hermano lego Atanasio, que durante uncuarto de siglo había limpiado y bruñido el pesado aldabón de bronce dela abadía, declaraba con asombro que jamás había presenciado convocacióntan extemporánea y urgente de todos los miembros de la comunidad.

Bastaba observar á éstos para comprender la gran variedad de ocupacionesá que se dedicaban y para formar idea, aunque incompleta, de losinmensos recursos de la abadía, centro de activísima vida. Veíase aquí ádos religiosos cuyas manos y antebrazos teñía de rojo el mosto; más alláotro, anciano y robusto, llevaba al hombro el hacha con que acababa decortar grandes haces de leña; seguíale el hermano esquilador, cuyaocupación denunciaban las enormes tijeras que llevaba colgadas al cintoy las vedijas de lana adheridas al sayal. Un numeroso grupo iba provistode azadas y layas, y los dos monjes que cerraban la marcha conducían contrabajo una pesada cesta llena de carpas, truchas y tencas, pues siendoel siguiente día de vigilia, había que proveer al sustento de cincuentareligiosos con un apetito á toda prueba.

Verdad es que trabajaban defirme, porque el venerable abad Fray Diego de Berguén era tan severo contodos ellos como consigo mismo, que es mucho decir, y en su convento nose toleraban holgazanes.

Mientras se reunían frailes y novicios el abad, cruzadas las manos ypreocupado el semblante, recorría de extremo á extremo la gran sala delmonasterio destinada á los actos solemnes. Sus delgadas facciones yhundidas mejillas revelaban al asceta que ha sabido triunfar de suspasiones, no sin cruel y larga lucha, hasta dominarlas por completo.Aunque de apariencia endeble, su mirada imperiosa y enérgica recordabaque por sus venas corría sangre de famosos guerreros y que su hermanomellizo,

el

capitán

Bartolomé

de

Berguén,

era

uno

de

los

esforzadoscampeones ingleses que habían plantado la cruz de San Jorge sobre losmuros de París. Apenas sonó la última campanada, se acercó el abad á unamesa y tocó el timbre que servía para llamar al hermano lego deservicio, al cual preguntó en el dialecto anglo-francés usado en losmonasterios ingleses durante casi todo el siglo catorce:

—¿Han llegado los hermanos?

—Reunidos están en el claustro mayor, reverendo padre, contestó ellego, que se hallaba en actitud humilde, cruzadas las manos sobre elpecho y fija en el suelo la vista.

—¿Todos?

—Treinta y dos profesos y quince novicios. Fray Marcos, postrado por lafiebre, es el único que falta. Dice que....

—No hace al caso lo que él diga. Enfermo ó no, importaba ante todoacatar mi mandato. Domeñaré su espíritu rebelde, como lo haré con otrosmiembros de esta abadía que necesitan severa disciplina. Y vos mismo,hermano Francisco, estáis en falta. Ha llegado á mis oídos que habéisalzado la voz en el refectorio, mientras el hermano lector comentaba lapalabra divina. ¿Qué contestáis á esa acusación?

El lego no chistó, ni se movió siquiera.

—Mil avemarías y otros tantos credos rezados con los brazos en cruzante el altar de la Virgen, servirán para recordaros que el SupremoCreador nos dió dos orejas y una sola lengua, para que oigamos mucho yhablemos poco. Enviadme aquí al hermano Maestro.

El atemorizado lego salió de puntillas, cerrando tras sí la puerta, quese abrió algunos momentos después para dar paso á un monje, corto deestatura, robusto de cuerpo y cuya imperiosa mirada acentuaba laexpresión severa del semblante.

—¿Me habéis llamado, reverendo padre?

—Sí, hermano Maestro. Deseo que el acto de hoy, que me impone un deberdurísimo, se verifique con el menor escándalo posible; y sin embargo, esfuerza dar al culpable una lección pública, para ejemplo de losrestantes.

Dijo el abad estas palabras en latín, lengua en que de ordinario hablabaá los religiosos á quienes por sus años ó por razón de su cargo ó de susméritos, juzgaba dignos de especial deferencia.

—Es mi parecer que los novicios no presencien el juicio, observó elhermano Maestro. En la acusación figura una mujer y temo que pérfidasimágenes empañen la pureza de sus pensamientos....

—¡Mujer, mujer! murmuró el abad. Radix malorum, que dijo el venerableCrisóstomo, definición exacta y aplicable desde Eva hasta nuestrosdías.

¿Quién denunciará al pecador?

—El hermano Ambrosio.

—Casto y piadoso mancebo.

—Y modelo de novicios.

—Procédase, pues, al juicio de acuerdo con las prácticas tradicionalesde la orden.

Ved que se admita y acomode á los profesos por orden deedad y que á su tiempo comparezca el maleado Tristán de Horla, cuyaconducta exige ya medidas severas.

—¿Y los novicios?

—Esperarán en el claustro de la capilla, donde convendrá que el lectorles refresque la memoria sobre el tema Gesta beati Benedicti. Así seevitará toda conversación ociosa y toda ocasión de liviandad.

Una vez solo el abad, volvió á fijar sus miradas en las páginascaprichosamente iluminadas de su breviario y permaneció en aquellaactitud basta que hubo entrado en la sala el último de los monjes.Tomaron éstos asiento en los dos bancos de tallado roble que iban desdeel estrado hasta el extremo opuesto de la estancia, donde el hermanoAmbrosio y el Maestro de novicios ocuparon sendos sitiales. Era elprimero un joven enteco, alto y pálido, que oprimía nerviosamente entresus manos un enrollado pergamino. El abad contempló desde su asiento enel estrado las dos hileras de monjes, cuyos rostros plácidos, rollizos ybronceados por el sol, con raras excepciones, y cuya expresiónsatisfecha, daban clara muestra de la vida tranquila y feliz que allíllevaban.

Fray Diego fijó después su penetrante mirada en el joven religiososentado frente á él y dijo:

—Sois el acusador, hermano Ambrosio. Quiera nuestro venerado patrón SanBenito concederos su gracia y dirigir nuestros juicios en esta ocasión,para el bien de la comunidad y para la mayor gloria de Dios. ¿Cuántosson los cargos dirigidos contra el novicio Tristán?

—Cuatro, reverendo padre, contestó el interpelado en voz baja y sumisa.

—¿Los habéis enumerado y expuesto conforme lo manda nuestra santaregla?

—Contenidos están en este pergamino....

—Que entregaréis al hermano relator para su lectura cuando llegue elmomento.

Introducid al acusado.

Al oir aquella orden, un lego situado junto á la puerta la abrió de paren par, dando entrada á un joven novicio y á otros dos legos que hastaentonces lo habían acompañado y vigilado en la antecámara. Era elnovicio Tristán de Horla mancebo de aventajada estatura y atléticasformas, cuyos ojos negros contrastaban con el rojo cabello y cuyasfacciones, nada desagradables, revelaban de ordinario la franqueza y elbuen humor, si bien en aquel momento se reflejaba en ellas una expresiónde reto y enojo. Caída sobre los hombros la capucha, desabrochado elhábito que mostraba el hercúleo cuello, desnudos hasta el codo losvelludos brazos que tenía cruzados sobre el pecho, saludó reverentementeal abad y se dirigió con toda calma al reclinatorio que le estabareservado en el centro de la sala. Sus negros ojos pasaron rápidarevista á los circunstantes y acabaron por fijarse, con expresión untanto irónica, en el hermano acusador.

Entregó éste el pergamino al relator de la orden, quien lo leyó con vozpausada y entonación solemne, escuchado atentamente por todos losreligiosos allí congregados.

El documento decía así:

"Cargos formulados el día de la Asunción, en el año de gracia de miltrescientos sesenta y seis, contra el hermano Tristán, antes llamadoTristán de Horla y al presente novicio de la santa orden monástica delCíster. Leídos el jueves siguiente á dicha fiesta de la Asunción, en laabadía de Belmonte, ante el reverendo abad Fray Diego de Berguén y lacomunidad reunida en capítulo. Los cargos aducidos son:

"Primero: Que habiéndose distribuido á los novicios determinada cantidadde cerveza floja, como concesión especial con motivo de la precitadafestividad y en la proporción de un azumbre por cada cuatro novicios, elacusado se apoderó violentamente del jarro y se bebió el azumbre de unasentada, en detrimento de sus compañeros de mesa Pablo, Porfirio yAmbrosio; quienes declararon que á duras penas pudieron comer losarenques salados que formaron la refacción de aquel día."

Al oir aquellos detalles el acusado se mordió los labios para disimularuna sonrisa y varios religiosos se miraron de soslayo; otros tosieron áfin de no soltar la carcajada.

Pero el abad permaneció impasible ysevero, mientras el relator continuaba su lectura:

"Segundo: Que como el Maestro de novicios castigase aquel desafueroponiendo al culpable á pan y agua por tres días, en honor de SantaTiburcia, aquel pecador impenitente declaró en presencia del novicioAmbrosio que quisiera ver á una legión de demonios llevándose por losaires al susodicho hermano Maestro.

"Tercero: Que amonestado por éste nuevamente, el acusado cogió á sudenunciador por el pescuezo y lo zabulló en el estanque de la huerta,por espacio suficiente para que la víctima de tamaño atropello pudieraacabar el credo que rezó mentalmente con objeto de encomendar su alma áDios, creyendo llegada la última hora."

Las exclamaciones de sorpresa y censura que se oyeron en ambos bancosindicaron que los miembros de la comunidad apreciaban la gravedad delúltimo cargo; pero el abad impuso silencio, levantando su huesuda mano.

—Continuad, dijo al lector.

—"Y cuarto: Que poco antes de vísperas, el día de Santiago Apóstol, sevió al citado Tristán en el camino de Vernel, en conversación con unamujer, la llamada María Soley, hija del guardabosque de este nombre. Yque después de muchas risas y resistencias por parte de la susodichadoncella, el acusado la tomó en brazos y la condujo al otro lado delriachuelo de Las Hayas, para evitar que aquella emisaria de Satán semojase los pies. Esta infracción inaudita de nuestra santa regla fuépresenciada por tres miembros de la comunidad, con gran escándalo suyo ycon indudable regocijo de todo el infierno, que así veía caer en mortalpecado á un novicio de nuestra orden."

El silencio profundo que siguió á aquellas palabras, aun más que losademanes y el aspecto horrorizado de algunos religiosos, reveló cuánprofunda y unánime era la reprobación de los oyentes.

—¿Quiénes son los testigos de tan enorme pecado? preguntó el abad convoz que delataba su indignación.

—Yo soy uno de ellos, dijo levantándose el hermano Ambrosio; y conmigolo presenciaron Porfirio y Marcos, el cual se afectó de tal manera quedesde entonces se halla en la enfermería.....

—¿Y la mujer? continuó Fray Diego. ¿No prorrumpió en acongojado llantoal presenciar aquella conducta de un hombre que vestía nuestro sagradohábito?

—No, reverendo abad. Antes bien sonrió dulcemente cuando él la depositóallende el vado y le dió las gracias y le tendió su mano. Lo ví con mispropios ojos, como lo vió Marcos....

—¡Lo visteis, desgraciados! gritó el abad. ¿Y acaso no sabíais que elcapítulo treinta y cinco de los reglamentos de esta orden os lo prohibíaterminantemente? ¿De cuándo acá habéis olvidado que en presencia de unamujer debemos todos bajar la vista y aun volver la cara? Y si hubieraistenido fija la mirada en vuestras sandalias, ¿cómo ver las sonrisas ymohines de aquel demonio disfrazado de mujer? ¡Á vuestras celdas, falsoshermanos, á pan y agua hasta el próximo domingo, con dobles laudes ymaitines para que aprendáis á obedecer las leyes que nos rigen!

Ambrosio y Porfirio, atemorizados ante aquella inesperada reprimenda,cayeron temblando en sus asientos. El abad apartó de ellos la vista parafijarla en el principal culpable, quien lejos de mostrar temor éinclinar la frente sostuvo con toda calma la mirada furibunda de FrayDiego.

—¿Qué alegáis en vuestra defensa, hermano Tristán?

—Poca cosa, padre mío, fué la contestación del joven, dada con elpronunciado acento sajón que por entonces caracterizaba á los campesinosingleses del Oeste. Por cierto que el inusitado acento llamó mucho laatención de los religiosos, ingleses de pura raza en su mayoría. Pero elabad sólo se fijó en la tranquilidad y la indiferencia que la respuestadel novicio revelaba y la indignación coloreó su rostro enjuto.

—¡Hablad! ordenó golpeando con el puño el brazo del sitial.

—Pues cuanto á lo de la cerveza, observó Tristán sin inmutarse lo másmínimo, téngase en cuenta que acababa yo de llegar del trabajo en elcampo y que apenas empiné el jarro ya le ví el fondo y sin saber cómo lodejé en seco. Grande debió de ser mi sed. Cierto es que perdí losestribos cuando el buen Maestro me mandó ayunar, pero bien se explicaeso recordando que pan y agua es triste dieta para un cuerpo y unapetito como los que Dios me ha dado. También es verdad que le senté lamano el cernícalo de Ambrosio, pero la zabullida de que se queja no pasóde un susto sin consecuencias. Y como no niego ninguno de los cargosanteriores, tampoco puedo negar, si tal cargo es, el de haber ayudado ála hija de Soley á pasar el vado de Las Hayas, en atención á que lapobre muchacha tenía puestos zapatos y medias y su saya de los domingos,al paso que yo iba descalzo y se me importaba un bledo remojarme lospies. Y tengo para mí que el no haberme portado cual entonces lo hicehubiera sido una vergüenza, para un novicio como para cualquier otrohombre que se respete y que respete á la mujer....

Aquellas palabras colmaron la exasperación del abad, sobre todopronunciadas como fueron con la sonrisa burlona que apenas habíadesaparecido un momento de los labios de Tristán desde el comienzo de superorata.

—¡Basta ya! exclamó Fray Diego. Lejos de defenderse el culpado confiesay agrava su falta con sus livianas palabras. Sólo me resta imponerle elcondigno castigo.

Al decir esto dejó el abad su asiento y todos los monjes le imitaron,dirigiendo temerosas miradas al irritado semblante de su superior.

—Tristán de Horla, continuó éste, en los dos meses de vuestro noviciadohabéis dado pruebas evidentes de perversidad y de que por ningúnconcepto merecéis vestir el blanco hábito símbolo de un espíritu sinmancha. Seréis, pues, despojado de ese hábito y despedido de estaabadía, de sus tierras y pertenencias, sin renta ni beneficio de ningunaclase y sin las gracias espirituales que gozan cuantos viven bajo latutela y especial protección de San Benito. Vuestro nombre será borradode los registros de la orden y os queda prohibido volver á pisar losumbrales de la abadía y entrar en ninguna de las granjas y posesiones deBelmonte.

Aquella primera parte de la sentencia pareció terrible á los monjes,especialmente á los más ancianos, acostumbrados como estaban á la vidasosegada de la abadía, fuera de la cual se hubieran visto tandesamparados y desvalidos como niños abandonados á sus propias fuerzas.Pero evidentemente la vida mundanal no tenía terrores para el novicio,antes le atraía y agradaba, á juzgar por la expresión regocijada con queoyó el anuncio de su expulsión. Su contento acrecentó la iracundia deFray Diego, quien continuó diciendo:

—Esto por lo que al castigo espiritual se refiere. Pero á los malosservidores de Dios, de corazón empedernido, poco les duelen tales penas.Yo sé cómo castigaros de manera que lo sintáis, ahora que vuestrasfechorías os han privado de la protección de la iglesia. ¡Á ver! ¡Treshermanos legos, Francisco, Atanasio y José, apoderaos del truhán, atadlelos brazos y decid al hermano portero que le aplique unas cuantasdocenas de azotes con un buen rebenque!

Al acercársele los robustos legos para obedecer las órdenes del abad,desapareció toda la placidez del novicio, que asió con ambas manos elpesado reclinatorio de roble y levantándolo en alto como una maza, gritócon voz potente:

—¡Teneos! ¡Juro por San Jorge que al primero de vosotros que osetocarme le rompo la cabeza en mil pedazos!

La advertencia no podía ser más clara ni más enérgica, y unida á laamenazadora actitud del novicio, cuyas fuerzas eran bien conocidas detodos, bastó para que los legos retrocedieran más que de prisa y paraespantar á los religiosos, que se precipitaron en tropel hacia lapuerta. Sólo el abad pareció pronto á lanzarse sobre el rebelde novicio,pero dos monjes que junto á él se hallaban lo asieron por los brazos ylograron ponerlo fuera de peligro.

—¡Está poseído del demonio! gritaban los fugitivos. ¡Pedid socorro! Quevenga el hortelano con su ballesta, y llamad también á los mozos decuadra. ¡Pronto, decidles que estamos en peligro de muerte! ¡Corred,hermanos! ¡Ved que ya nos alcanza!

Pero el victorioso Tristán de Horla no pensaba en perseguirlos. Estrellócontra el suelo el reclinatorio, derribó de un revés á su delatorAmbrosio, que puso el grito en el cielo, y atropellando á losaturrullados frailes que formaban la retaguardia, bajó á escape laescalera. El portero Atanasio vió pasar rápidamente una gigantesca formablanca y antes de enterarse de lo que aquello significaba y de la causadel tumulto que en la escalera se oía, ya el indómito Tristán estabalejos de la abadía y á grandes zancadas recorrió el polvoriento caminode Vernel.

CAPÍTULO II

DE CÓMO ROGER DE CLINTON EMPEZÓ Á VER EL MUNDO

LOS muros del antiguo convento no habían presenciado jamás escándalosemejante.

Pero Fray Diego de Berguén tenía en mucho la buena disciplinade la comunidad para permitir que ésta quedase bajo la impresión de larebeldía triunfante del novicio; así fué que convocando nuevamente á loshermanos les dirigió una filípica como pocas, comparando la expulsióndel iracundo Tristán á la de nuestros primeros padres del Paraíso,llamando sobre él los castigos del cielo y advirtiendo de paso á susoyentes que si algunos de ellos no mostraban más celo y obediencia quehasta entonces, la expulsión de aquel día no sería la última. Con estoquedó restablecida la calma y en buen lugar la autoridad de Fray Diego,quien ordenó á los religiosos que volvieran á sus faenas respectivas yse retiró á su celda.

Apenas comenzadas sus oraciones oyó que llamaban suavemente á la puerta.

—Entrad, dijo con voz en que se traslucía el mal humor; pero apenasfijó los ojos en el importuno que así le interrumpía, desapareció laexpresión ceñuda del semblante, reemplazándola bondadosa sonrisa.

El que llegaba era un esbelto doncel, de facciones algo delgadas, rubioscabellos, buena presencia y muy joven á juzgar por la expresión aniñadadel rostro. Sus claros y hermosos ojos revelaban también un candor casiinfantil; su mirada era la del adolescente cuyo espíritu se habíadesarrollado hasta entonces lejos de las emociones, de las penas y delos combates del mundo. Sin embargo, las líneas de la boca y lapronunciada forma de la barba indicaban un carácter enérgico yresuelto.

Aunque no vestía el hábito monástico, su ropilla, calzas y gruesasmedias eran de obscuro color, cual convenía á un morador de aquellasanta casa. De una ancha correa cruzada al hombro pendía henchido zurrónde los que por entonces usaban los viajeros; llevaba en la diestra ungrueso bastón herrado y en la otra mano su gorra de paño pardo, quetenía cosida al frente una gran medalla con la imagen de Nuestra Señorade Rocamador.

—Veo que estás ya pronto á ponerte en camino, hijo querido. Y no dejade ser coincidencia curiosa, continuó el abad con aire pensativo, la deque en un mismo día salgan de este monasterio el más perverso de susnovicios y el mancebo á quien todos consideramos como el más digno denuestros jóvenes discípulos y que es también el predilecto de micorazón.

—Sois demasiado bondadoso, padre mío, contestó el doncel. Por mi parte,si me fuese dado elegir, acabaría mis días en Belmonte. Aquí he tenidomi dulce hogar desde la infancia y al salir de esta casa lo hago converdadero pesar.

—Pruebas impuestas por Dios son esas penas, Roger, y cada cual tiene sucruz. Pero tu partida, que á todos nos contrista, es inevitable. Yoprometí á tu padre que al cumplir los veinte años saldrías de Belmonte,para ver algo del mundo y juzgar por tí mismo si preferías seguir en éló volver á este sagrado refugio. Acerca ese escabel y toma asiento.

Hízolo así Roger y el abad continuó diciendo, después de reflexionaralgunos momentos:

—Veinte años hace que tu padre, el arrendador de la granja de Munster,murió, dejando valiosos cortijos y terrenos á la abadía y dejándonostambién á su hijo menor, niño de pocos meses, á condición de criarlo yeducarlo en el monasterio. Hízolo así el buen hidalgo no sólo porquehabía muerto tu santa madre, sino porque Hugo de Clinton, su hijo mayory único hermano tuyo, había dado ya pruebas de su carácter díscolo yviolento, y hubiera sido absurdo dejarte encomendado á él. Pero comodije antes, tu padre no quería dedicarte irrevocablemente á la vidamonástica; la elección dependerá de tí, y no has de hacerla ahora, sinocuando tengas alguna experiencia de la vida, para resolver con acierto.

—¿Y no impedirán mi partida los cargos que he ejercido ya en lacomunidad, aparte de mis funciones de amanuense?

—En manera alguna. Veamos: ¿has sido despensero y acólito?

—Sí, padre.

—¿Exorcista y lector después?

—Sí, padre.

—Y obediente y piadoso como un hermano profeso, pero nunca has hechovoto de castidad. ¿No es cierto?

—Así es, padre mío.

—Pues nada te impide entrar en el mundo y vivir en él tan librementecomo el que nunca ha pisado el claustro. Y puedo decir con placer queesa nueva vida se abre ante tí con buenos auspicios, porque además delos sanos principios que te hemos inculcado, eres hábil y puedesbastarte á tí mismo haciéndote útil á otros. Dime qué has aprendidoúltimamente; ya sé que eres escultor de no mediano mérito y que pocosmancebos de tu edad te ganan á tocar la cítara y el rabel. Y nada diréde tu voz; nuestro coro pierde contigo el mejor de sus cantores.

Sonrióse complacido el doncel y dijo:

—Á la paciencia del buen hermano Jerónimo debo también el oficio degrabador, que he aprendido pasablemente y llevo hechos muchos trabajosen madera, marfil, bronce y plata. Con Fray Gregorio he aprendido ápintar sobre pergamino, metal y vidrio. Sé esmaltar, conozco algo eltallado de piedras preciosas, puedo construir muchos instrumentosmúsicos y cuanto á la heráldica, no hay en Belmonte amanuense ni novicioque la sepa mejor que yo.

—¡Pues no es corta la lista! exclamó el superior con alegre acento. Nohubieras aprendido más en el Real Colegio de Exeter. Pero ¿qué me dicesde tus otros estudios, de tus lecturas y composiciones?

—Sin ser mucho lo que he leído, el hermano Canciller os podrá decir queno he descuidado la biblioteca. Los Evangelios comentados, Santo Tomás,la Colección de Cánones....

—Bueno es todo eso, pero más necesitas hoy otra clase de lecturas, algode ciencias naturales, geografía y matemáticas. Veamos: desde estaventana se divisa la desembocadura del Lande y más allá unas cuantasvelas de barcos pescadores que han cruzado la barra y salido al mar.Supongamos que en lugar de volver esta noche al puerto, continuasen esasbarcas su viaje por días y días en la dirección que ahora llevan. ¿Sabesá dónde llegarían?

—Tienen puesta la proa en dirección á Oriente, contestó prontamente eljoven, y van en derechura hacia aquella región de Francia que hoy formaparte de los dominios de nuestro poderoso señor el Rey de Inglaterra.Volviendo la proa hacia el sur llegarían á España y por el nordesteencontrarían los estados de Flandes y más allá la gente moscovita.

—Cierto es. ¿Y si después de llegar á los dominios de nuestro rey enFrancia emprendiese un caminante la marcha en dirección á Oriente?

—Pues visitaría las tierras francesas que todavía están en tela dejuicio y la famosa ciudad de Avignón, donde reside temporalmente SuSantidad. Más allá se extienden los estados de Alemania, el gran ImperioRomano, las tribus de los paganos Hunos y Lituanos y por último laciudad de Constantino y el dominio de los odiados hijos de Mahoma.

—Bien, Roger. ¿Y más allá?

—Jerusalén, la Tierra Santa y el caudaloso río que tuvo sus fuentes enel paraíso terrenal. Después... no sé, padre mío; pero el fin del mundono andará muy lejos de aquellos lugares, á lo que imagino.

—No tal, mi buen Roger, y eso te probará que siempre queda algo queaprender. Has de saber que entre los Santos Lugares y el fin del mundohabitan muchos y muy numerosos pueblos, cuales son el de las amazonas,el de los pigmeos y aun el de ciertas mujeres, tan bellas comopeligrosas, que matan con la mirada, como se dice del basilisco. Y aloriente de todas esas naciones está el reino del Preste Juan, cuyasvagas descripciones habrás hallado en los libros. Todo esto lo sé debuena tinta, por habérmelo asegurado y descrito un valiente capitán ygran viajero, el señor Farfán de Setién, que descansó en Belmonte á supaso para Southampton y nos refirió sus viajes, descubrimientos yaventuras en el refectorio, con detalles tan curiosos é interesantes quemuchos hermanos se olvidaron de comer por el placer de escucharle sinperder una sílaba de su relato.

—Lo que yo quisiera saber, padre mío, es qué hay al fin del mundo....

—Poco á poco, amiguito, interrumpió el abad. Lo que allí hay ó deja dehaber no es para preguntado. Pero hablemos de tu viaje. ¿Cuál será tuprimera etapa?

—La casa de mi hermano en Munster. No sólo deseo conocerlo, sino quelos informes desfavorables que siempre he tenido de su carácter y métodode vida me parecen una razón más para intentar reformarlo y atraerlo albuen camino.

El abad movió la cabeza negativamente.

—Pronto se echa de ver tu inexperiencia. La mala reputación delarrendador de Munster data de antiguo, y quiera Dios que no sea él quienlogre apartarte del buen camino que has seguido hasta ahora. Pero yavivas con él ya te lleve la suerte por otros rumbos, desconfía sobretodo de los falsos atractivos y de las artes de la mujer, el mayorpeligro que amenaza á los hombres de tu edad y sobre todo á los que comotú no han encontrado jamás en su camino á ese enemigo de nuestratranquilidad. Adiós, hijo mío. Abrázame y recibe la bendición del cieloque invoco sobre tu cabeza.

Encomiéndote también fervientemente alglorioso San Julián, patrón de los viajeros.

Sea tu vida cristiana yfeliz.

Penosa fué la despedida de aquellos dos hombres, el uno animado por elcariño paternal que profesaba al huérfano y el otro por su gratitudinfinita hacia el bondadoso protector de toda su vida. Hacía más dura suseparación la idea que ambos tenían formada del mundo, al queconsideraban desde su tranquilo refugio como centro de iniquidades,peligros y rencores. Los monjes y novicios que no habían salido á susquehaceres esperaban á Roger en el pórtico, donde se despidieron de élcon efusión, pues de todos era grandemente apreciado. También lehicieron algunos regalos; un pequeño crucifijo de marfil, un libro deoraciones y un cuadrito que representaba la Degollación de losInocentes, artísticamente ejecutado en pergamino. Todos aquellosrecuerdos de sus cariñosos amigos quedaron pronto bien acondicionados enel zurrón, sobre el cual el previsor hermano Atanasio colocó también unpaquete que recomendó mucho á Roger y que según descubrió éste después,contenía una hogaza de pan blanco, un magnífico queso y una botella debuen vino.

Púsose por fin en camino el conmovido joven, en cuyos oídos resonabanlas bendiciones y las frases de despedida de los bondadosos monjes. Alllegar á una altura vecina se detuvo para contemplar por última vezaquellos lugares en los que se había deslizado su vida tranquila ydichosa. Allí el obscuro y monumental edificio de la abadía, laresidencia de Fray Diego, con su capilla adjunta, los jardines yhuertos, iluminado todo ello por un sol espléndido. Más allá laanchurosa ría del Lande, el vetusto pozo de piedra, la capilla de laVirgen y en la esplanada frente al convento el grupo de blancos hábitos,aquellos amigos de su adolescencia, que al verle detenido renovaron sussaludos.

Dos lágrimas surcaron las mejillas de Roger, que suspiró profundamente yvolvió á emprender su jornada.

CAPÍTULO III

DE CÓMO TRISTÁN DE HORLA DEJÓ AL BATANERO EN PERNETAS

CASO muy raro sería que un joven de veinte años, lleno de salud y vida,dedicase las primeras horas de absoluta independencia gozadas desde lainfancia á llorar la celda de su convento y la disciplina del claustro.Sucedió, pues, que la emoción de Roger fué poco duradera y que aun antesde perder de vista á Belmonte recobró la alegría propia de sus años ypudo apreciar en toda su belleza los primores del paisaje. Era una tardehermosísima; los rayos del sol caían oblicuamente sobre los frondososárboles, trazando en el camino arabescos de sombras, alternados conanchas franjas doradas.

Entre los árboles y en cuanto alcanzaba lavista, tupidos arbustos, amarilleando algunos al soplo del otoño. Alperfume de las flores se unían las gratas emanaciones resinosas de lospinares y sólo el rumor de claros arroyuelos interrumpía de cuando encuando el murmullo de la brisa entre las ramas y el canto de lospájaros.

Pero aquella soledad y quietud de los campos eran sólo aparentes. Lavida se desarrollaba vigorosa y activa en ellos y en los vecinosbosques. Insectos de brillantes colores zumbaban en torno de hojas yflores; juguetonas ardillas suspendían sus escarceos para mirar alinsólito caminante desde lo alto de las ramas, y ya se oía el gruñidodel fiero jabalí en el matorral, ya el roce de las hojas secas pisadaspor el gamo, que huía á todo correr.

No tardó el risueño caminante en dejar muy atrás á Belmonte y sus verdespraderas y de aquí que fuera mayor su sorpresa al divisar sentado en unapiedra junto al camino á uno al parecer religioso de aquella comunidad,á juzgar por los blancos hábitos que vestía. Pero al acercarse notóRoger que el rostro del fraile, desapacible y coloradote, le eratotalmente desconocido y que por sus ademanes y la expresión doloridadel semblante más parecía caminante desbalijado que otra cosa. De prontole vió incorporarse y correr camino arriba, recogiendo y levantando conambas manos el sayal, lo menos dos palmos más largo de lo que pedía elcuerpo bajo y rechoncho del desconocido. Pero no tardó éste endetenerse, resoplando como si le faltara el aliento y acabando pordejarse caer sobre la hierba. Roger se dirigió hacia él apresuradamentey el otro le preguntó:

—¿Conocéis, buen amigo, la abadía de Belmonte?

—Mucho que sí, de allí vengo y en ella he vivido hasta hoy.

—Loado sea Dios, porque en tal caso podréis decirme quién es un frailecomo un dragón, con la cara llena de pecas, los ojos negros y el pelorojo, á quien por mi mal acabo de encontrarme en este camino. ¿Leconocéis? No puede haber otro tan grande ni tan malvado como él en laabadía.

—Por las señas es ése el novicio Tristán de Horla. ¿Qué os ha hecho?

—¡Pesia mi alma que lo hecho por él no lo hicieran conmigo salteadoresde camino!

No sino que el menguado me quitó cuanta ropa llevaba puestadejándome en gregüescos y después me enjaretó este sayal blanco,quedándome yo aquí corrido y sin atreverme á volver al pueblo y muchomenos á presentarme á mi mujer, que si me ve en esta guisa pondrá elgrito en el cielo, tratándome de borracho y correntón.

—¿Pero cómo fué eso? preguntó el amanuense, que á duras penas podíacontener la risa.

—Yo os lo contaré de la cruz á la fecha, repuso el otro. Pasaba poreste mismo camino y muy cerca del lugar en que estamos, cuando me topécon el fraile bandido de la cabeza roja. Creyéndolo un religioso comoDios manda, entregado á sus oraciones, lo saludé y seguí mi marcha haciaLéminton, donde vivo y me gano el sustento como batanero que soy. Pero álos pocos pasos oí que me llamaba; volvíme y me preguntó si teníanoticia de la nueva indulgencia concedida á favor de los monjes delCíster. "No,"

le contesté. "Tanto peor para vuestra salvación eterna,"me dijo; y habló largamente de la gran estimación de Su Santidad por lasvirtudes del abad de Berguén y cómo en reconocimiento y recompensa delas mismas había resuelto el Papa conceder indulgencia plenaria á todopecador que vistiese el hábito cisterciense y lo tuviese puesto eltiempo necesario para recitar los siete Salmos de David. Al oirlo mearrodillé á sus pies, rogándole que me dejase obtener tan grande graciaprestándome su hábito, á lo que se avino después de muchas súplicas y deentregarle yo doce sueldos para dorar la imagen del bendito San Lorenzo.Quitádose que hubo esta vestimenta, tuve que prestarle mi buen jubón ycalzas de paño para que no le viese algún caminante en ropas menores yaun me pidió el grueso par de medias que yo llevaba para preservarse,dijo, del airecillo algo frío, mientras rezaba yo mis oraciones.

Llegadoapenas al segundo salmo, acabó él de arroparse y gritándome queprocurase conducirme cual cuadraba á un piadoso fraile, apretó á corrercamino arriba como si lo persiguieran los demonios. Cuanto á mí,pecador, ni puedo correr metido en este saco harinero que por todoslados me sobra, ni tampoco es cosa de quitármelo y presentarme en elpueblo sin más vestimenta que una almilla rabona, unos gregüescosremendados y un par de zapatos. Ni siquiera medias. ¡Por vida del fraileladrón!

—No os descorazonéis, buen hombre, dijo el doncel, que bien podréistrocar vuestro sayal por un jubón en el convento, cuando no tengáis máscerca algún conocido que os saque del paso.

—Sí tengo, repuso el batanero. Allende el seto vive un pariente de mimujer, pero la suya es lo más mordaz y maldiciente que conozco y como miaventura llegase á oidos de aquella bruja no me atrevería á asomar lacara fuera de mi casa en un mes. Pero si vos quisierais, mi buen señor,podríais hacerme una grandísima merced con sólo desviaros de vuestrocamino cosa de dos tiros de ballesta y....

—Eso haré yo de muy buena gana, dijo Roger compadecido del pobre hombreá quien en tan duro trance habían puesto las diabluras de Tristán, suamigo del convento.

—Pues tomad aquel sendero de la izquierda, que no tardará en llevarosá un claro del bosque, y allí veréis la choza de un carbonero. Decidleque os dé un par de prendas de ropa y que os envía con grande urgenciamaese Rampas, el batanero de Léminton.

Razones tiene para no negarme esoque en nombre mío váis á pedirle.

Hízolo Roger como se lo decían y halló muy pronto la cabaña y sola enella á la mujer del carbonero, por hallarse su marido trabajando en elmonte. Expuso su misión y complaciente la mujer comenzó enseguida ápreparar el hatillo, mientras Roger la contemplaba con la curiosidadnatural en quien jamás había hablado á una mujer y mucho menos vístosemano á mano con una hija de Eva en solitaria cabaña perdida en elbosque. Observó que sus desnudos brazos eran de redondeadas formas,aunque requemados por el sol y que llevaba modesta basquiña parda y unpañolón cruzado y prendido sobre el pecho con enorme alfiler de cobre.

—¡Maese Rampas el batanero! repetía ella yendo de aquí para allá enbusca de las ropas. Si fuese yo su mujer ya le enseñaría á dejarsedesbalijar en medio del camino por el primer perdulario que pase. Pero ábien que él ha sido siempre un alma de Dios y que no he de ser yo quienle ponga tachas ni le niegue un favor, que muy grande me lo hizo élpagando de su bolsillo el entierro de Frasquillo, mi hijo mayor, á quientenía de aprendiz en el batán y me lo llevó la peste negra de hace dosaños. ¿Y quién sois vos, mi buen señor?

—Un caminante. Vengo de Belmonte y me propongo llegar á Munster estanoche ó mañana.

—Y viniendo de Belmonte, me basta miraros para conocer que habéis sidodiscípulo de los monjes. Pero conmigo no hay por qué bajar los ojos niponeros rojo como un pimiento. ¡Bah! ¿Á mí qué? ¡Buenas cosas os habráncontado los frailes de nosotras las mujeres, y á fe que se diría queninguno de ellos ha conocido ni querido á su propia madre! ¡Bonitoestaría el mundo si los padres priores echasen de él á todas lasmujeres!

—No lo quiera Dios, dijo fervientemente Roger.

—Amén mil veces. Pero vos sois un gentil mozo y tanto más me loparecéis á mí por lo mismo que sois á la vez modesto y comedido. Fáciles ver también que no habéis pasado vuestros pocos años á laintemperie, sufriendo las inclemencias del frío en invierno y quemadopor los rayos del sol en verano, como tuvo que sufrirlo mi pobreFrasquillo, y eso que no había cumplido los catorce cuando me lo llevóDios.

—La verdad es que he visto muy poco del mundo, buena mujer, respondióel joven.

—Tanto mejor para vos. Y ahora, aquí tenéis el hatillo para el bueno deRampas y decidle que no se dé prisa por devolver esas ropas. Cuandobuenamente pase por aquí cerca puede dejarlas en la cabaña. ¡VirgenSanta, cómo estáis cubierto de polvo! Bien se ve que en los conventos nohay mujer que os cuide. Os limpiaré un poco. ¡Vaya! Y

ahora, dadme unbeso é id en paz.

Inclinóse Roger para que ella lo besase, saludo muy en boga enInglaterra por aquella época, y así lo hizo notar Erasmo mucho después,diciendo que el beso como saludo era más usado en aquel reino que enningún otro país. Pero la experiencia era nueva para Roger, y elcontacto de la villana le produjo una impresión para él desconocidahasta entonces. Pensando iba en ello al dejar la casuca y recordó laspalabras del abad, acabando por preguntarse qué hubiera dicho y sentidoéste en caso parecido al suyo. Pero llegado de nuevo al camino vió Rogerun cuadro que le hizo olvidar todo lo restante.

El malhadado maese Rampas se hallaba á corta distancia del lugar dondeél lo dejara, gimiendo, pateando y desesperándose más que nunca y lo queera peor, sin el hábito, ni más vestimenta que una cortísima almilla ylos zapatos. Á lo lejos desaparecía entre los árboles á todo correr unhombrachón que llevaba un lío en una mano y apoyaba la otra sobre elcostado como si le dolieran los ijares de tanto reirse.

—¡Vedlo! aulló el batanero. ¡Allí va! Vos me sois testigo, para dar conél en la cárcel de Chester. ¡Que se me lleva mi hábito!

—¿Pero qué ha pasado aquí? ¿Quién es aquel hombre?

—¿Quién ha de ser, pesia mí, sino vuestro Tristán el ladrón, Tristán elbandido, que no contento con haberme dejado casi en cueros vivos, volviópara llevárseme el sayal, como si un cristiano pudiera andar por elcamino público con este camisín. ¡Me ha robado mi hábito, mi hábito!

—Perdonad, buen hombre, el hábito era suyo....

—Corriente, pues que se lo lleve todo. No tardará en volver paradespojarme de los zapatos y de este camisolín, que para lo que tapa....¡Nuestra Señora de Rocamador me valga!

—¿Y cómo fué ello? preguntó Roger, lleno de asombro.

—¿Son ésas las ropas que me traéis? Dadme acá, por favor, que éstas niel Papa me las quita, aunque le ayude todo el Sacro Colegio. ¿Que cómofué? Pues apenas me dejasteis volvió corriendo don ladrón y como yoempezase á apostrofarle me preguntó muy dulcemente si creía posible queun buen religioso abandonase su sayal nuevecito y abrigado para vestirel jubón y las calzas de un artesano. Empecé á quitarme el hábito muyregocijado, mientras él explicaba que se había ausentado para que yodijera mis oraciones con mayor recogimiento. También hizo como que sedesabrochaba mi jubón para devolvérmelo, pero no bien le entregué susayal apretó á correr otra vez, dejándome con lo puesto, que no es muchoque digamos. ¡Habrá tuno! ¡Y cómo se reía el bigardón!

Roger escuchó el relato de aquellas lástimas con toda la seriedad quepudo. Pero cuando contempló al pobre hombre vestido con los guiñapos delcarbonero y vió la expresión de dignidad ofendida que tenían el rostromofletudo y los ojillos saltones de maese Rampas, le fué imposiblecontener la risa. Jamás se había reido tanta ni de tan buena gana, éincapaz de tenerse de pie se apoyó contra el tronco de un árbol, sinpoder hablar, saltándosele las lágrimas y riéndose á todo trapo.

El batanero le miró gravemente; nuevos accesos de hilaridad retorcieronel cuerpo de Roger y maese Rampas, viendo que aquello no llevaba trazasde acabar, le hizo un ceremonioso saludo y se alejó pausada yaltivamente, contoneándose. Roger le miró hasta perderle de vista, y aundespués de ponerse él mismo en camino se reía de todo corazón cada vezque recordaba la facha y los visajes del batanero de Léminton.

CAPÍTULO IV

DE LA JUSTICIA INGLESA EN EL SIGLO CATORCE

EL camino que seguía Roger era poco frecuentado, mas no tanto que elviandante dejase de encontrar de vez en cuando ya unos arrieros, ya unpobre pedigüeño, y otros viajeros tan cansados como él. Entre los quehalló Roger á su paso se contó también uno al parecer fraile, quegimoteando le pidió algunos cornados para comprar pan, pues estabamuerto de hambre. El joven apresuró el paso sin contestarle, porque enel convento había aprendido á desconfiar de esos frailes vagabundos; sincontar con que del morral que el pordiosero llevaba á la espalda viósalir el hueso no muy mondo de una pierna de cordero que para sí lahubiera querido el buen Roger. No anduvo largo trecho sin oir lasmaldiciones que le lanzaba el supuesto religioso; seguidas de talesblasfemias que el caminante echó á correr por no oirlas y no paró hastaperder de vista al deslenguado fraile.

En los linderos del bosque descubrió Roger á un chalán que con su mujerdespachaba un enorme pastel de liebre y un frasco de sidra, sentadosambos al borde del camino. El brutal chalán lanzó una exclamacióngrosera al pasar Roger, quien siguió su marcha sin darse por entendido;pero como á la mujer se le ocurriese llamar á gritos al apuesto joveninvitándole á comer con ellos, su marido se enfureció de tal manera queempuñando la vara empezó á dar de palos á su caritativa compañera.

Eljoven comprendió que lo mejor era poner tierra por medio, muyapesadumbrado al ver que por todas partes sólo hallaba violencias,engaños é injusticias.

Pensando iba en ello y comparando aquellos episodios de su jornada conla vida monótona del convento, cuando detrás de un vallado que á suderecha quedaba vió el más raro espectáculo que imaginarse pueda. Cuatropiernas cubiertas con ajustadas medias de arlequinados colores y largosborceguíes de retorcidas puntas en los pies, se movían á compás, sin queel matorral permitiese ver los cuerpos invertidos á que pertenecíanaquellas extremidades. Acercándose prudentemente oyó Roger los sonidosde una flauta y rodeando el vallado creció de punto su sorpresa al ver ádos jóvenes que, sin gran dificultad al parecer, se sostenían cabezaabajo sobre la hierba y tocaban sendas flautas, á la vez que imitabancon los pies los movimientos de la danza.

Hizo Roger la señal de la cruzy tentado estuvo de echar á correr; pero en aquel momento lodescubrieron los músicos, que inmediatamente se le acercaron dandosaltos sobre sus cabezas, como si fueran éstas de pedernal y no de carney hueso.

Llegados á pocos pasos de Roger, doblaron sus cuerpos aquellosrarísimos danzantes, y posando los pies en el suelo asumieron sin elmenor esfuerzo su posición normal y se adelantaron sonrientes, con lamano sobre el corazón, en la actitud de acróbatas ó payasos saludando alpúblico.

—Sed generoso, príncipe mío, dijo uno de ellos tendiendo un birretegaloneado que recogió del suelo.

—Mano al bolsillo, apuesto doncel, repuso el otro. Aceptamos toda clasede moneda y en cualquiera cantidad que sea, desde una talega de ducadosó un puñado de doblas, hasta un solo cornado, si no podéis hacer mayorofrenda.

Roger creyó hallarse en presencia de un par de duendes y aun procurórecordar la fórmula del exorcismo; pero los dos desconocidosprorrumpieron en grandes carcajadas al ver el espanto y la sorpresareflejados en su semblante. Uno de ellos dió un salto y cayendo sobrelas manos comenzó á andar con ellas, dando zapatetas en el aire. El otropreguntó:

—¿No habéis visto nunca juglares? Por lo menos habréis oído hablar deellos. Tales somos, que no brujos ni demonios.

—¿Á qué ese espanto, rubio querubín? preguntó el otro.

—No os extrañe mi sorpresa, repuso por fin Roger. No había visto unjuglar en mi vida y mucho menos esperaba contemplar en el aire dos paresde piernas danzando misteriosamente. ¿Pues y el saltar sobre vuestroscráneos? Bien quisiera saber por qué hacéis cosas tan extraordinarias.

—Difícil es la respuesta, y á buen seguro que si de mí dependiera novolveríais á verme andando cabeza abajo, tragando estopa encendida nitocando el laúd con los pies, para entretenimiento de mirones y espantode tiernos pajecillos como vos.... Pero

¿qué veo? ¡Un frasco! ¡Y lleno,lleno "del rico zumo de las dulces uvas"! ¡Decomiso!

Y haciendo y diciendo se apoderó de la botella de vino que el hermanodespensero regaló á Roger y que éste llevaba en el entreabierto zurrón.Beberse la mitad del vino fué obra de un instante para el juglar, quedespués pasó el frasco á su compañero.

Apenas lo agotó éste hizo ademánde tragárselo, con tanta verdad que asustó á Roger; después reaparecióel evaporado frasco en la diestra del juglar, que lanzándolo en alto lorecibió sobre la pantorrilla izquierda, de la cual pareció extraerlopara presentárselo á Roger, acompañado de cómica reverencia.

—Gracias por el vino, mocito, dijo; es de lo poco bueno que hemosprobado en largos días. Y contestando á vuestra pregunta, os diremos quenuestra profesión nos obliga á inventar y ensayar continuamente nuevassuertes, una de las cuales y de las más difíciles y aplaudidas habéispresenciado. Venimos de Chester, donde hemos hecho la admiración denobles y plebeyos y nos dirigimos á las ferias de Pleyel, donde si noganamos muchos ducados no nos faltarán aplausos. De mí os aseguro quedaría buen número de éstos por uno de aquellos. Ó por otro trago devuestro riquísimo vino.

Y ahora, amiguito, si os sentáis en aquellapiedra, nosotros continuaremos nuestro ensayo y vos pasaréis el ratoentretenido.

Hízolo así Roger, quien notó entonces los dos enormes fardos queformaban el equipaje de los juglares y que por lo que dejaban vercontenían jubones de seda, cintos relucientes y franjas de oropel yfalsa pedrería. Junto á ellos yacía una vihuela que Roger tomó y empezóá tocar con gran maestría, mientras los acróbatas continuaban sussorprendentes ejercicios. No tardaron éstos en tomar el compás de lavihuela y era cosa de verlos con los pies en el aire, bailando sobre lasmanos, con tanta presteza y facilidad como si toda la vida hubiesenandado en aquella postura.

—¡Más aprisa, más aprisa! gritaban al tañedor, que los complacíariéndose á carcajadas.

—¡Bravo, don alfeñique! exclamó por fin uno de los danzantes, dejándosecaer rendido sobre la hierba.

—¡Por vida de! Muy callado lo teníais, señor músico, dijo el otroimitándolo.

¿Dónde aprendisteis á tañer de tal suerte?

—Lo que acabo de tocar lo aprendí yo solo, sin música ni maestro, porhaberlo oído varias veces allá en Belmonte, de donde vengo.

—¡El diablo me lleve si no sois vos el auxiliar que nos hace falta!dijo el juglar que parecía de más edad. Tiempo hace que busco unvihuelista, flautista, ó lo que sea, que nos acompañe y pueda tocar deoído, y vos lo tenéis magnífico. Venid con nosotros á Pleyel, que no osha de pesar, ni os faltarán algunos ducados, buena cerveza y mejor humormientras sigamos juntos.

—Sin contar con que jamás hemos tenido cena sin una buena tajada decarne en el plato y vos no seréis menos. Por mi parte os prometo mediaazumbre de vino los domingos, mientras estemos en poblado, dijo el otro.Es gascón y del añejo, agregó guiñando un ojo para dar más valor á suoferta.

—No, no puede ser, contestó el joven. Otro es mi destino y si he dellegar á él en sazón no puedo permitirme muchas paradas tan largas comoésta. Con Dios quedad.

Dicho esto se alejó apresuradamente, sin atender á las repetidas ofertasde los juglares, quienes por fin se despidieron de él deseándole buenasuerte. La última vez que los vió, antes de doblar un recodo delsendero, el más joven de los saltimbanquis se había subido sobre loshombros de su compañero y desde aquella altura lo saludaba con dosbanderolas de chillones colores, que agitaba sobre su cabeza.

Roger les hizo un ademán de despedida y emprendió sonriente el camino deMunster.

Extraños y en gran manera interesantes le parecían todos aquellosvariados incidentes de su jornada. Las pocas horas pasadas desde queabandonó el apacible claustro le habían procurado más emociones que unaño de vida en Belmonte. Se le hacía increíble que el fresco pan que ibacomiendo con placer fuese reciensalido de los hornos de la abadía.

No tardó en dejar el terreno montañoso cubierto de arbolado y se hallóen la vasta llanura de Solent, cuyos campos esmaltados de florecillasmulticolores presentaban aquí y allá grupos verdes ó bronceados deondulantes helechos. Á la izquierda del viajero y no muy lejoscontinuaba el espeso bosque, pero la senda divergía rápidamente de él yserpenteaba por el valle. El sol próximo á su ocaso entre purpurinasnubes, iluminaba con luz suave los alegres campos y rozaba de soslayolos primeros árboles del bosque, poniendo entre las ramas toquesinimitables de oro y rojo. Admiró Roger el bellísimo paisaje, pero sindetenerse, porque según sus informes lo separaba todavía una legua largadel primer mesón donde se proponía pasar la noche. Lo único que hizo fuédar algunos mordiscos al pan y al apetitoso queso que llevaba derepuesto.

Por aquella parte del camino se cruzó el viajero con buen número depersonas. Vió primero á dos frailes dominicos de negros hábitos, quepasaron sin mirarle siquiera, fija la vista en el suelo y murmurando susoraciones. Siguióles un obeso franciscano, mofletudo y sonriente, quedetuvo á Roger para preguntarle si no había por allí cierta venta famosapor sus tortas de anguilas; y como el joven le contestase que siemprehabía oído poner por las nubes los guisos de anguilas de Solent, elepicúreo padre tomó el camino de aquel pueblo relamiéndose de gusto.Poco después vió venir nuestro viajero á tres segadores que cantaban ávoz en cuello, con acento y jerga tan diferentes de cuanto hastaentonces había oído en su convento, que más bien le parecieron hombresde otra raza expresándose en lenguaje bárbaro. Llevaba uno de ellos unagarza que habían cogido en la ciénaga vecina y se la ofreció á Roger pordos cornados. Excusóse éste como pudo y se alegró de dejar atrás á loscantantes, cuyos enmarañados cabellos rojos, afiladas hoces y risabrutal los hacían nada gratos compañeros de viaje y menos paraencontrados al caer la noche en campo raso.

Más

peligroso

que

aquellos

alegres

campesinos

demostró

ser

un

macilentopordiosero que le salió al encuentro poco después, supliendo con unamuleta la pierna que le faltaba. Aunque endeble y humilde al parecer, nobien hubo pasado Roger sin depositar en el grasiento sombrero la monedaque le pedía, oyó el grito de rabia del miserable y una blasfemia atroz,seguida de una pedrada que si hubiera acertado á nuestro héroe en lacabeza habría puesto probablemente fin á sus aventuras.

Por suerte lapiedra pasó rozándole una oreja y fue á dar violentamente contra unárbol cercano. Detrás de su tronco se guareció Roger de un salto y desdeallí efectuó su retirada ocultándose entre la maleza, sin volver alsendero hasta que hubo puesto buen trecho entre su persona y elandrajoso energúmeno. Íbale pareciendo que en Inglaterra no había másprotección de vidas y haciendas que la que cada cual pudieseproporcionarse con sus propios puños ó con la ligereza de sus piernas.¿Dónde estaba la ley, aquella ley de que había oído hablar en elclaustro, superior á prelados y barones y de la cual no veía indicio niseñal? Sin embargo, no debía de ocultarse el sol aquel día sin que Rogerviese por sí mismo un ejemplo inolvidable de la ley durísima de aquellaépoca y de la más pronta distribución de justicia que jamás presenciaronojos humanos.

En el centro del valle había una hondonada por la que corrían las aguasde cristalino arroyuelo. Á la derecha del camino, en el punto dondecruzaba el arroyo, veíase un informe montón de piedras, acaso un antiguotúmulo, que desaparecía casi por completo bajo los brezos y helechos.Buscando estaba Roger el vado cuando vió venir por el lado opuesto á unapobre mujer cargada de años y achaques, que por dos veces tratóinútilmente de poner el pie sobre una ancha piedra plana colocada enmedio del arroyo. Roger la vió sentarse desalentada en el ribazo ycruzando el vado se le acercó y le ofreció ayudarla.

—Venid, buena mujer; el paso no es tan difícil como parece.

—No puedo, doncel; la edad ha nublado mis ojos y aunque sé que hay unapiedra en el vado, no acierto á verla.

—Pues por eso no ha de quedar, dijo Roger; y tomando en brazos á laenjuta viejecilla la trasladó prontamente á la otra margen. Muy débil yanciana parecéis para viajar sola, continuó cuando la vió vacilar y caerde rodillas. ¿Venís de muy lejos?

—De Balsain, donde dejé mi arruinada casuca tres días há. Voy en buscade mi hijo, que es montero del rey en Corvalle y me ha ofrecido cuidarde mí estos últimos días de mi vida.

—Deber suyo es hacerlo, que vos cuidasteis de él en su niñez. Pero¿habéis comido?

¿Lleváis provisiones?

—Tomé un bocado al rayar el día, en el ventorrillo de Dunán.... Peroallí dejé también la última moneda que me quedaba y por eso necesitollegar esta misma noche á Corvalle, donde nada me faltará. ¡Si vierais ámi hijo, tan arrogante, tan generoso!

Olvido mis tribulaciones alfigurármelo con su verde sayo de montero, bordadas sobre el pecho lasarmas del rey.

—Grande es la tirada de aquí á Corvalle, sobre todo para vos y ya caside noche.

Pero aquí tenéis un poco de pan y queso y también algunossueldos para que con ellos completéis vuestra cena en el primer mesón. ÁDios quedad.

—Él os guarde, generoso mancebo, dijo la viejecilla alejándose ymenudeando sus bendiciones.

Al volverse Roger para emprender la marcha descubrió lo que hastaentonces no había reparado; que su breve entrevista con la pobre mujerhabía tenido testigos. Eran éstos dos hombres, ocultos hasta entoncesentre los brezos que cubrían el montón de piedras antes citado y queabandonando su escondrijo se dirigían hacia la hondonada.

Uno de ellos,viejo de andrajosos vestidos, inculta barba y retorcida nariz, tenía másapariencias de bandido que de caminante; el otro era uno de los pocosnegros que había en Inglaterra por aquella época, y Roger contemplóasombrado los abultados labios y grandes y blancos dientes que hacíanresaltar la negrura de la tez. Pero el aspecto de ambos desconocidos eratan sospechoso que Roger creyó prudente subir el ribazo y tomar elcamino á buen paso, á fin de evitar su encuentro. No le siguieron losotros, pero antes de alejarse gran espacio oyó las voces de socorro quedaba la vieja, detenida en medio del camino por ambos bribones, que ladespojaban apresuradamente de las monedas que él le había dado, de sumantón de lana y de la cestilla que en la mano llevaba. Soltó Roger elzurrón y empuñando su herrado garrote volvió atrás, cruzó el arroyo deun salto y se dirigió á todo correr hacia el grupo que formaban lossalteadores y su víctima.

Pero aquéllos no parecían dispuestos á ceder el campo, pues viéndolevenir el negro, sacó un reluciente cuchillo y lo esperó á pie firme; elotro empuño su nudoso bastón y entre amenazas y maldiciones invitó áRoger á acercarse. Ningún peligro hubiera detenido en aquel momento aldenodado joven, de ordinario tan comedido y pacífico, pero cuyosemblante indicaba que la indignación y la cólera lo cegaban,convirtiéndolo en temible adversario. Llegado frente al negro, ledescargó tan furioso garrotazo que soltó el cuchillo y huyó lanzandogritos de dolor. Al verlo el viejo, se abalanzó sobre Roger y rodeándolefuertemente la cintura con ambos brazos, gritó al otro que apuñaleara ásu enemigo por la espalda. Acercóse el negro, recogió su arma y Rogercreyó llegada su última hora, si bien no dejó de hacer vigorososesfuerzos para derribar á su adversario, cuya garganta apretaba confuria mientras forcejeaban ambos de uno á otro lado del camino. En aquelmomento supremo se oyó claramente el galope de numerosos caballos sobrelas piedras y casi al mismo tiempo una exclamación de terror del negro,que huyó á todo correr y no tardó en ocultarse entre la maleza. El otrobandido, cuyos ojos delataban el miedo que se había apoderado de él,hizo esfuerzos desesperados por rechazar á Roger, pero éste logró al finderribarlo y sujetarlo firmemente, contando recibir pronto refuerzo.

Los jinetes llegaban á todo correr, precedidos por el que parecía serjefe de la partida, que montaba un hermoso caballo negro y vestía finosayo de vellorí, cruzado el pecho por ancha banda de rojo color recamadade oro y cubierta la cabeza con un birrete de blancas plumas. Seguíanleseis ballesteros, con jubones de paño buriel, cintos de baqueta,capacetes sin plumas y á la espalda ballesta y saetas. Bajaron lacuesta, cruzaron el vado y en pocos momentos llegaron al lugar de lalucha.

—¡Aquí está uno de ellos! exclamó el jefe, echando pie á tierra ysacudiendo al bandido por el cuello. Á ver las cuerdas, Pedro, y que loates de pies y manos de manera que no vuelva á escurrirse. Le ha llegadola hora y ¡por San Jorge! que de esta vez las pagará todas juntas.¿Quién sois, joven? preguntó á Roger.

—Un amanuense de la abadía de Belmonte, señor.

—¿Tenéis carta ó papel que lo acredite? ¿No seréis uno de tantospordioseros como infestan estos caminos?

—Hé aquí las cartas del abad de Berguén. No necesito pedir limosna,dijo el joven algo ofendido.

—Tanto mejor para vos. ¿Sabéis quién soy?

—No, señor.

—Yo soy la ley, soy el corregidor del condado y represento la justiciade nuestro bondadoso soberano, Eduardo III.

—Á tiempo llegáis, señor, dijo Roger inclinándose ante el personaje.Unos momentos más y sólo hubierais hallado aquí mi cadáver y quizástambién el de esta pobre mujer.

—¡Pero nos falta el otro! exclamó el corregidor. ¿No habéis visto á unnegro? Era el cómplice de ese ladrón y juntos huían....

—El negro escapó en aquella dirección al oiros, dijo Roger señalandohacia las piedras del desmoronado túmulo.

—Se esconde en la maleza y no puede estar lejos, dijo uno de losballesteros preparando su temible arma. Desde que llegamos he estadovigilando los alrededores.

Él sabe que con nuestros caballos loalcanzaríamos en un santiamén y se guardará de huir.

—¡Pues á buscarlo! Nunca se dirá que un criminal de su laya escapó alcorregidor de Southampton y á sus ballesteros. Dejad á ese bandidotendido en el polvo. Y ahora, muchachos, formad en línea, á bastantedistancia uno de otro, y empiece el ojeo; aprestad las ballestas y yo osprocuraré caza como el mismo rey no puede tenerla.

Norris, aquí, á laizquierda; Jacobo el Rojo á la derecha. Eso es. Mucho ojo con losmatorrales, y un cuartillo de vino para el buen tirador que acierte á lapieza.

El negro se había deslizado entre los brezos hasta llegar al derruidomonumento, tras cuyas piedras se escondió; al poco rato quiso averiguarlo que hacían ó proyectaban sus perseguidores, á quienes vió separarseformando extensa línea y adelantar por la maleza en la dirección que élhabía tomado y que les había indicado Roger. Aunque el fugitivo asomó lacabeza lo más prudentemente posible, el ligero movimiento de unoshelechos bastó para denunciar su presencia al corregidor, que en aquelmomento miraba fijamente la eminencia formada por las piedras y elmatorral que en parte las cubría.

—¡Ah, bellaco! gritó el funcionario sacando la espada y señalándolo ásus soldados.

¡Allí le tenéis! ¡Á pie firme, ballesteros! Ya abandona suguarida y corre como un gamo. ¡Tirad!

Así era en efecto, porque al oir el negro las voces del corregidor yverse descubierto, emprendió la fuga á todo correr.

—Apunta dos varas á la derecha, muchacho, dijo un ballestero veterano,inmediato á Roger.

—No, apenas hay viento; con vara y media basta, contestó su compañero,soltando la cuerda de su ballesta.

Roger se estremeció, porque el acerado dardo pareció atravesar de parteá parte al fugitivo. Pero éste siguió corriendo.

—Dos varas te digo, bodoque, comentó el viejo ballestero, apuntando contanta calma como si tirase al blanco.

Partió silbando la mortífera saeta y se vió al negro dar de repente unenorme salto, abrir los brazos y caer de cara al suelo, donde quedóinmóvil.

—Debajo de la espaldilla izquierda, fué lo único que dijo su matador,adelantándose á recobrar su dardo.

—Á perro viejo no hay tus tus. Esta noche podrás emborracharte con elmejor vino de Southampton, dijo el personaje á su impasible ballestero.¿Estás seguro de haberlo despachado?

—Tan muerto está como mi abuela, señor.

—Corriente. Ahora al otro bribón. No faltan árboles allá en el bosque,pero no tenemos tiempo que perder. Anda, Lobato, saca esa espada ycórtale la cabeza al canalla, como tú sabes hacerlo.

—¡Por favor, concededme una gracia que os pido! suplicó el sentenciadodando diente con diente.

—¿Qué es ello? preguntó el magistrado.

—Antes confesaré mi crimen. El negro y yo fuímos, en efecto, quienesdespués de robar cuanto pudimos en la barca Rosamaría de la que él eracocinero, asesinamos y despojamos al mercader flamenco en Belfast.Pronto estoy á que me enviéis allá, ante mis jueces.

—Poco mérito tiene esa confesión y no te valdrá. Es que además de tusfechorías en Belfast y en todas partes acabas de cometer un asalto endespoblado dentro del territorio de mi jurisdicción y vas á morir. Bastade charla.

—Pero señor, observó Roger pálido de emoción; no ha sido juzgado y....

—Vos, mocito, me complaceréis grandemente no hablando de lo que noentendéis y menos os importa. Y tú, belitre, continuó dirigiéndose alreo, ¿qué gracia es esa que pides?

—Tengo en la bota del pie izquierdo un trocito de madera envuelto enlienzo.

Perteneció un tiempo á la barca en que iba el bendito San Pablocuando las olas lo arrojaron á la isla de Melita. Lo compré por tresdoblas á un marinero que venía de Levante. Os pido que me permitáismorir con esa reliquia en la mano, y de esta manera no sólo obtendré misalvación eterna sino también la vuestra, pues debiéndoos tan granmerced, no dejaré de interceder por vos un solo día.

Á una señal de su jefe, el ballestero Jacobo descalzó al malhechor yhalló en la bota la valiosa reliquia, envuelta en luenga tira de finocendal. Los soldados se santiguaron devotamente y el corregidor sedescubrió al tomarla y entregársela al sentenciado.

—Si sucediese que por los méritos del gran apóstol San Pablo te fuesenperdonados tus delitos y abiertas las puertas del Paraíso, dijo elcrédulo magistrado, espero que no olvides la gracia que te concedo y lapromesa que me haces. Y ten también presente que toda tu intercesión hade ser por Roberto de York, corregidor de Southampton y no por Robertode York mi primo hermano, el condestable de Chester. Y ahora, Jacobo, alavío, que todavía tenemos una buena tirada de aquí á Munster y el sol seha puesto ya.

Con los ojos dilatados por el espanto contempló Roger aquellaconmovedora escena; el obeso personaje ricamente vestido, el grupo deballesteros que miraban indiferentes, teniendo asidas las riendas desus caballos; la viejecilla, tan espantada como él, que esperaba elfinal del sangriento drama sentada á un lado del camino y por último elmalhechor de pie, atados los brazos y pálido como un muerto. El másviejo de los ballesteros se adelantó en aquel momento y desenvainó lacortante hoja; Roger volvió la espalda y se retiró apresuradamente, peroá los pocos pasos oyó un sonido sordo, horrible, que le hizo temblar,seguido del golpe que dió el cuerpo al caer en tierra.

Momentos despuéspasaron trotando junto á Roger el corregidor y cuatro ballesteros,habiendo recibido los otros dos la orden de cavar una fosa y enterrarlos cadáveres. Uno de los soldados limpiaba la larga hoja de su espadaen las crines del caballo, y al verlo Roger le sobrecogió tal angustiaque arrojándose sobre la hierba prorrumpió en sollozos convulsivos."¡Mundo perverso, se decía, hombres de corazón duro, así los criminalescomo los encargados de administrar una justicia brutal y cruenta!"

CAPÍTULO V

DE LA EXTRAÑA COMPAÑÍA QUE SE REUNIÓ EN LA VENTA DEL PÁJARO

VERDE