La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses by Lucio V. López - HTML preview

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Me acerqué a Blanca; la cumplimenté; me tendió la mano sonriendo, y medijo:

—Seremos grandes amigos... Soy su tía...—agregó con una sonrisa.

—Lo seremos—le contesté con afecto.

Mi tío me abrazó, pero al sentir su pecho sobre el mío, yo hubieradeseado que no lo hubiera hecho. Sentía vergüenza de mí mismo; deseos dedesprenderme de él, de no verlo, de no haberlo conocido. ¿Amaba aBlanca? No: ¡qué diablo! no la amaba, no la había amado nunca, no habríapodido amarla y menos desde aquel día. Ese casamiento era unaexplotación, y yo le había cobrado una innata repugnancia; porque, alfin, aquella mujer era una mujer de mármol, una mujer sin alma, sinsentimiento, sin poesía siquiera.

Casada con un truhán, con un libertino, pero joven y con el prestigiopropio de un hombre, yo la habría comprendido; pero venderse a un viejovaletudinario, a un hombre sin talento, sin espíritu, sin fuerzas...¡cómo justificarla! ¡cómo creerla digna de ser sentida y amada!

En el bullicio del baile, los novios desaparecieron; bajaronprecipitadamente la grande escalera, ganaron el cupé que los esperaba enla puerta de calle y muy pronto estuvieron en la morada que mi tío habíapreparado para que Blanca pasara su luna de miel con sus sesenta ytantos años.

Aquella noche, cuando los pesados y ricos cortinados de la cámaranupcial cayeron sobre los misterios de himeneo, el Dios del amor debiócerrar sus pliegues con vergüenza, como si se sintiese deshonrado deservir de guardián a los desposorios del Tiempo con la diosa más jovendel Olimpo.

Mi amigo don Benito, correctamente vestido, charlaba aquella noche en unrincón del gran comedor de la casa de Montifiori con varios muchachosalegres que comentaban el enlace de Blanca.

—Lo único que le hace falta al novio, es que Montifiori le consiga unpedacito de cinta para el ojal, como la que él usa—decía riendo uno delos jóvenes de la rueda.

—¡Eh! no es tan fácil eso...—decía otro.

—¡Qué no! mire usted aquel tipo que está allí, aquel narigón. Ha sidovendedor de trapos toda su vida; se dio importancia, se hizo amigo dealgunos diplomáticos, y al poco tiempo la mujer le puso un moño en la boutonniére y ahí lo tienen ustedes. ¡Vean con qué garbo muestra suescarapela!

—Y cómo goza Montifiori con esas cosas... ¿eh?

—En fin, esperemos que don Ramón vaya a Europa mañana, compre untítulo, y que Blanca sea Baronesa de algo...—dijo don Benito después dehaber apurado una copa de champagne.

—¡Diablo con Montifiori! qué vino nos hace beber! ¿Pero quién losurte?...—

agregaba don Benito;—este champagne es abominable... ¿si noscreerá tontos este gran pieza de Montifiori?

—El cristal de las copas es de primer orden, pero los vinos deMontifiori están a la altura de la mayor parte de sus invitados. Hombrepráctico al fin, él sabe que a su casa viene de toda clase de gente. Esabsurdo, pues, dar buen vino a todo el mundo. ¿Para qué? quién lo sabríaapreciar.

Yo me mantenía retirado de aquel grupo de maldicientes. Me faltaba micompañera de vals, pasaba por mi memoria el recuerdo de lo que me habíasucedido el año anterior. Iba a vivir en la misma casa... ¿qué importa?Yo estaba seguro de mí mismo,

¿qué podía temer? En estas reflexionesestaba abstraído, cuando don Benito vino a golpearme en el hombro.

—Julio—me dijo,—¿vamos a cenar al club?

—Vamos—le respondí maquinalmente, después de haber saludado aMontifiori y a Fernanda y tomamos nuestro carruaje.

—Sabes—me dijo, ya en el coche don Benito,—que Fernanda me ha ganado5000

duros... ayer.

—¡Fernanda! ¡qué! ¿juega Fernanda?

—¡Bah!...

—Y...

—Y... se los he tenido que pagar...—agregó riendo,—vale la pena deperderlos con ella—añadió.—Si tu honor te lo permitiera, yo teaconsejaría que te los dejaras ganar por Blanca.

—Vamos—le dije, poniéndome serio,—don Benito, eso no es correcto...Blanca es la mujer de mi tío... respétemonos, respetémosla.

—Vaya, niño... no se incomode; respetemos a la señora de su tío deusted... pero tenga cuidado con ella para poderla respetar.

En aquel momento mismo llegábamos al club.

Cenamos y nos dieron las tres de la mañana. En todo el club no sehablaba de otra cosa que de la boda, y, como era natural, la crítica serecreaba en morder el argumento por todas sus faces.

—¿Vienes a casa?—me dijo don Benito;—tu cuarto está pronto.

Acepté. A las cuatro de la mañana entrábamos en la casa de mi viejoamigo.

Charlamos largo rato y en medio de la charla de don Benito, meadormecí. Entonces, un sueño espantoso pasó por mis ojos. Me vitrasladado a los tiempos del colegio. En la puerta de calle vi aValentina que parecía esperarme. Era el día de su santo. Llegué a sucasa, le di el ramo de jazmines que llevaba para ella: me inquietó lapresencia de don Camilo en la mesa. Por la noche, Valentina se acercó ami lado en el jardín, juntos miramos al cielo; veía su cara risueña yespiritual, sonriendo, llena de luz, de vida y de sentimiento; oí en elpiano las notas graves de Beethoven, me despedí de ella... La volví aver otro día por la última vez... no pude, no supe decirle que laquería... Mi sueño se fue complicando poco a poco... apareció primeroentre sus imágenes, la figura escuálida de un clérigo, después mi tío...a su lado, una mujer joven le estrechaba la mano... ¡esa mujer eraValentina!... Sentí una terrible opresión en el pecho; quise correr parasepararlos, no pude: tenía ligados los pies; quise gritar para que meoyesen, tampoco pude, la emoción cerraba mis labios. Las fuerzas mefaltaban; entonces vi caer la mano del clérigo sobre la pareja querecibía su bendición y caí desmayado. Todo había concluido para mí!...¡Valentina no me pertenecía ya... la había perdido!

¡Ah! pero entonces el terrible sueño que me oprimía como una piedra, sedeshizo como un vapor sutil y desperté... ¡Oh! ¡qué íntima, qué inmensaalegría inundó mi ser, cuando pensé que Valentina era libre!

XV

Mi vida no cambió mucho por cierto con el casamiento de mi tío Ramón.

Blanca, con un tren de lujo extraordinario, vivía en el mundo, en losteatros, en los bailes, en todas las fiestas y paseos más concurridos.Dominado su marido desde el primer momento, el pobre viejo iba siempre aremolque de su mujer, sin oposición, sin protesta de ningún género. Yolos acompañaba poco; vivía aislado en un departamento independiente dela casa, porque me mortificaba el trato de aquella mujer fría y ligeraque no podía vivir sino en una atmósfera de lujo y de pompa. El círculode los amigos solteros de mi tío Ramón, se había extendidoconsiderablemente, con motivo de su casamiento. Montifiori le habíatraído a todos sus camaradas del gran mundo; dos o tres diplomáticos,aves de paso, chismosos y murmuradores, como todas las mediocridadesdel género; uno o dos banqueros; no faltaba nunca algún personajepolítico de más o menos importancia, ni un grupo de muchachos alegres ycalaveras, que solían comer allí y alegrar la tertulia de Blanca, en laque Fernanda gozaba de una influencia suprema. Por la noche se tocaba,se cantaba, se saboreaban los escándalos sociales, se criticaba, semordía en grande y se jugaba... se jugaba grueso. Era la única malapasión del gentil don Benito; superior en él a todas las otras, lodominaba y lo consumía.

Caballero a carta cabal, un gentilhombre a toda prueba, solo, sin hijosni parientes, había tomado la vida con una suprema frialdad y se leimportaba muy poco del mundo en todo aquello que no fuera para élmateria de honra. El sabía y conocía su situación; encontraba alegre lavida en el salón de Fernanda y de Blanca, hacía en él sus campañasamorosas y perdía como todo hombre feliz en amores, sus buenos billetesde banco. En el punto de honor, era un caballero antiguo, abierto,desprendido, pródigo hasta el exceso con las mujeres; calavera sinescrúpulos en materias parvas; burlón de los avaros y de los necios,lengua libre y corazón de oro en medio de los terribles defectosmundanos que le atribuían ciertas mamás consternadas por su mala fama.

Una tarde que don Benito y otros amigos comían en lo de Blancaalegremente, como de costumbre, mi linda tía se sintió indispuesta. Mitío se alarmó profundamente; todo el círculo de invitados procurómanifestar igual alarma. Se llamó al doctor de la familia, un médicojoven y sagaz, fino conocedor de aquel centro social y mundano.

Vio aBlanca, la sometió a todas las añagazas y a todo el procedimientoaparatoso del arte, y en medio de la aflicción sincera de mi tío y delos invitados, sacó al marido aparte y le dijo sonriendo:

—Bien, amigo don Ramón... le felicito...

—Doctor, no entiendo... perdone usted...—le contestó mi tío.

—Pues dígale a Blanca que se lo explique... ¿no le ha dicho nada?

—¡Ah!—exclamó mi tío golpeándose en la frente.—¡Pobrecita! ¿Quién lohubiera creído?... ¿Será posible? ¡Ya me lo había sospechado!

—¿Y por qué no? Cualquiera, conociéndolo a usted... ¿o pensaba usted...que, casándose con una muchacha como esa, no?...

—¡Oh! no, no—contestó mi tío con cierto orgullo reconcentrado, comoun hombre que está persuadido de haber cumplido con su deber.

La novedad se contó en voz baja a los

contertulianos. Blanca,

echadanegligentemente en un canapé, la oía comentar y circular por el salón, ypasada la primera crisis y bebida la fórmula anodina que había recetadoel médico, dejaba caer sus miradas frías y distraídas sobre las páginasde un periódico ilustrado que apenas podía sostener en sus manos. Mi tíoRamón hacía pucheros de alegría y de íntima satisfacción. ¡El, sinsospecharlo, él, a sus sesenta y tantos años, había producido aquelverdadero atentado contra la regularidad del equilibrio lunar!

Blanca,pálida como de costumbre, lo llamaba a ratos a su lado, le pasaba lamano por la cara, le daba en ella cariñosas palmaditas con una fisonomíafingidamente huraña y resentida, ante la cual el viejo comenzaba poraflojar las rodillas, y por estirar los labios, y concluía por caerrendido como un criminal arrepentido, sobre un muelle y riquísimo puf que la enferma había hecho acercar a su lado. El cuadro era digno delsatírico pincel de Hogarth; los mimos de mi tío con su joven esposa,llena de caprichosos antojos, de manías y veleidades, tenían ese sellocaracterístico de los devaneos seniles, que rebajan la energía delhombre y deprimen tanto la dignidad de los ancianos.

Pero aquella criatura de alma viciosa sabía representar su papel comouna gran artista, y hasta el mismo don Benito, que no comulgabafácilmente con ruedas de molino, estaba rendido aquella noche ante ella,al verla desfallecida sobre un sofá, con la pollera de su riquísimovestido de surah ligeramente recogida, dejando ver su pie,admirablemente calzado, y la garganta de su pierna cubierta por unamedia de seda bordada.

—Tengo un antojo—le decía a mi tío, tirándole de la pera,—y me voy amorir sino me lo satisfaces, sabes... ¡un gran antojo!

Mi tío ponía cara de bandido sorprendido infraganti.

—Un antojo... pero que nadie sepa lo qué es... ni lo digas tú anadie... Ven, acércate, yo te lo diré al oído...

Y el viejo, con movimiento de palomo, acercaba el oído a sus gruesos yprovocativos labios.

—Valen muy poco, mira, y son espléndidas... quiero lucirlas en elprimer baile...

con el vestido de velours frappé que espero...

Prométeme traérmelas mañana... Te adoraré; te perdonaré todo lo quesufro.

Y, al día siguiente, el pobre viejo satisfacía los antojos de aquellainsaciable criatura, trayéndole el collar de perlas que se exhibía enuna de las joyerías más famosas de la calle de Florida, y ella, mimosacomo una gata, se arrellanaba en su victoria, se cubría de pieles y sehacía arrastrar a Palermo para deslumbrar y humillar con su hermosura ysu lujo a todas las mujeres de mundo que encontraba en su camino.

XVI

Un día, tarde ya, casi a la hora de comer, encontré a Blanca, sola, enla salita donde acostumbraba a pasar el día, cuando no salía. Al vermeentrar por la pieza inmediata, dio un grito de sobresalto, se pusopálida y dejó caer el libro que leía.

La saludé y me incliné para recogerlo; al dárselo, abrió los brazos.Comprendí el movimiento y le dejé caer el libro suavemente sobre lasfaldas.

—¡Qué susto me ha dado!—me dijo,—estoy tan nerviosa, que todo me damiedo...

—¿Y su marido?—le pregunté, aparentando no interesarme por susobresalto.

—No sé—respondió.—¿Conoce este libro?—agregó, indicando con unsimple gesto el libro que mantenía sobre sus faldas.

—No; ¿qué libro es?

—Lea su título...

—No puedo leerlo...—y en efecto, no era posible leerlo, porque ellibro había caído dado vuelta.

—Pero dele vuelta—me respondió, siempre con los brazos levantados...

Me levanté, y con la punta de los dedos, volví el libro para leer eltítulo.

—Lea—me dijo.

—Leí; Monsieur, Madame et Bebé.

—¿Conoce?—me preguntó, con una muequita llena de coquetería.

—¡Oh! sí, es un poco antiguo ya—le dije. Blanca se mordió los labios;pero, dominándose y con un semblante lleno de aparente placidez, tomó alfin el libro y lo puso sobre una pequeña mesa de felpa que tenía allado.

—Sabe que usted es el más orgulloso de mis amigos—me dijo, con un tonoresuelto.

—Yo, ¿por qué?

—¡Ah! sí—continuó;—usted no es el mismo que antes para mí, y mire,todos los hombres que vienen a esta casa, me contemplan, me adulan y mecortejan; pero usted es un indiferente en casa.

—Señora—le contesté, riendo,—usted está bajo la influencia de lalectura de Droz.

—No se ría. ¿Se acuerda usted ahora dos años? Yo soy la misma mujer deentonces.

¿Cree usted que me he casado con el hombre que es mi marido,queriéndolo?...

—No... yo sé que usted no lo ha querido nunca—le repuse resueltamente.

—Y bien...—me contestó,—yo sé que usted me ha amado un día... ¿seacuerda usted?... Yo he llegado a un momento supremo de la vida, en quenecesito amar y ser amada por un hombre digno de mí. ¡Soy unadesgraciada!... ¿qué pasión puede inspirarme ese hombre que es mimarido?

—Julio—agregó, levantándose de improviso y corriendo como una lobahacia la puerta abierta de la habitación inmediata, que cerró conprecipitación;—Julio—me repitió,—yo he desairado a todos los hombresque vienen a esta casa, todos me son odiosos... Yo necesito un hombrejoven, que me quiera, que me dé su alma, su corazón, en cambio de todo,de todo mi amor.

Yo permanecía frío e imperturbable en mi asiento.

—Señora—le dije,—¿qué diría el mundo, si oyera sus palabras?

—¿El mundo? ¿qué me importa del mundo? No me impone ni lo temo. Yo hesido su víctima. Yo quiero vengarme de él. Pero necesito de usted. Alfin, ¿qué he sido yo hasta ahora como mujer? Una máquina para eseanciano débil y enfermo a quien arrastro por los salones, por las callesy por el mundo entre las burlas y las sonrisas de todos los que nosmiran y nos encuentran.

—¡Blanca!

—¡Ah! Julio—prosiguió arrastrando junto a mi el pequeño sillón querodó suavemente al impulso de su cuerpo.—¡Yo le amo, le amo con locura!¡Yo se lo había dicho a usted; mi corazón no lo daría sino a un hombre,aun cuando tuviera que vender mi cuerpo a otro, como ha sucedido!

Y tomándome las manos, aquella singular criatura, me clavaba las uñascomo una pantera, y me irritaba con sus palabras ardientes y resueltas.El momento era crítico; la Naturaleza rugió con toda su indómitafiereza; sentía el calor de su rostro sobre el mío, su cuerpo tibiosobre mi pecho; sus lágrimas de fuego caían sobre mis labios, su pielcandente me quemaba, perdí la razón por un momento, abrí los brazos, seme nublaron los ojos y en un segundo de locura, bramando de cólera y depasión, me iba a arrojar sobre aquella mujer como en un precipicio,cuando un relámpago de la razón iluminó mi frente y pude detenerme en elborde del abismo a que me había arrastrado un instante la fuerzaestúpida de la carne.

XVII

Los pronósticos del médico se cumplieron.

Pocos meses después mi tío era padre.

La suerte había sido prodigiosa. Difícilmente podría existir unacriatura más encantadora que la hijita de Blanca. El mundo, según donBenito, había puesto sus puntos interrogantes; pero el mundo es malo yes necio. Nada más hermoso que aquella niñita que, según todos los quela conocieron, era un trasunto de su padre.

Blanca, sin embargo, despuésde los primeros meses, parecía hastiada ya de los cuidados maternos.Hacía tres meses que no iba a bailes y que no hacía su partida de whist con los amigos de su padre.

¡Era triste la vida así! Esa vida de familia, el bebé que llora denoche, que pide inconsideradamente el sacrificio de las mejores horas desueño: ¡Oh, qué vida tan insoportable!

Era necesario una nodriza. Por falta de una, Blanca había perdido unbaile del club y otro baile particular y hacía semanas que se limitaba asus excursiones íntimas con la madre.

Estaba desolada y con un humor irascible. El pobre tío pagaba aquellasintemperancias que le eran tan propias. No era capaz aquella mujer decomprender el amor de madre en toda su sublime expresión. Mi tío poníaseachacoso... los catarros comenzaban a minar su naturaleza; y Blanca, unavez aliviada de sus incomodidades maternales, quería indemnizarse de suausencia de la sociedad y exigía que su pobre marido expusiese susconstipados a las corrientes de aire de los teatros y a las salidas delos bailes.

Era necesario obedecer; aquella mujer no daba tregua. No le era bastanteel tren insensato de lujo que arrastraba: las rentas de mi tía Medea,incólumes hasta el segundo matrimonio de mi tío, ya era materia más quedudosa: los inmuebles de la ilustre descendiente de los Berrotaránsoportaban ya algunas hipotecas en cambio de los diamantes queiluminaban la cabeza y el busto de Blanca y de las telas que arrastrabaen las alfombras de los salones del gran mundo.

Sobrevino el primer período crítico de este enlace. Blanca comenzó porir sola con la madre una noche al teatro. Su marido, que hasta entonceshabía hecho todos los esfuerzos supremos para acompañarla y manteneralto el pabellón, se resignó por último. Los reumatismos tienen al finla razón sobre la voluntad; y como era, según ese espléndido Montifiori,una verdadera crueldad, privar por un dolor insignificante de cintura desu yerno, a la pobrecita Blanca, de una noche de ópera, el buen viejodon Ramón, convencido al fin de toda la impertinencia de su enfermedad yde las excelentes razones de su magnífico suegro, se quedaba en su casacon bebé mientras su linda mujercita resistía en Colón la carga de losmás peligrosos anteojos de la temporada.

¡Pobre viejo! En las noches de soledad para él hacía traer a su lado lacuna de su hijita y junto a ella, cubierto de franelas y algodones,materialmente embutido en el hogar de la chimenea, pasaba las horascontemplando el rostro de aquel ángel que le brindaba sus primerassonrisas y balbuceos. ¡Cuánta semejanza entre los niños y los viejos! Enorillas opuestas ven tranquilamente precipitarse en medio de lacorriente de la vida, en la que unos se han agitado y en la que losotros no sueñan en agitarse mañana. Un niño que sonríe en una cuna, queagita inconscientemente sus manecitas, que ríe o llora maquinalmente,es la manifestación más íntima, más pura de la ternura humana.

No se concibe que esa cuna esté sola: que la madre la abandone por unmomento; el sueño de ese ser debe ser velado por ella, porque, si ellafalta un instante, creeríase que esa vida embrionaria se extinguiría,falta del calor materno, de sus besos y de sus caricias.

¿Hay algo más bello que un niño que duerme? Ese sueño que parecealimentado por las alas de un ángel invisible, que se agitan en elmisterio de la noche, ese sueño no se duerme sino en una edad. Laexpresión de un niño dormido atrae irresistiblemente.

¿Qué sueña esaalma inocente? ¿Qué idea, qué pensamiento agita ese cerebro?... ¿Por quélate suave, pausadamente, sin agitaciones ese tierno corazón de ángel?

Estas reflexiones debía hacerse el pobre viejo delante de aquella cunaque en cuatro meses había hastiado a la madre, ebria por los placeresdel mundo, sedienta de lujo y de amantes. Al ver a su hijita dormida, elbuen viejo debía meditar con tristeza en su porvenir. ¡El no laalcanzaría mujer tal vez! Y, entonces, pensando en su pasado ingrato, ensus años de despotismo conyugal, debía sin duda, compararlos con elpresente en que, enfermo y valetudinario casi, no tenía fuego en elalma, ni sangre en las venas para correr al lado de su linda mujer lacarrera vertiginosa del mundo, en la cual caía como un rezagado,mientras ella, al frente de la alegre caravana, volaba cantando losaires calientes de la fuerza y de la juventud.

¡Oh! ¡Es triste la vejez!

Algunas noches, el viejo solía adormecerse ligeramente en medio de lamuda contemplación de su hija. El reloj daba las doce, sin que Blancahubiese regresado a aquel hogar trunco por la oposición de su vejez a sujuventud. De repente, una puerta se abría, un ruido de sedas cuyo frou-frou creeríase el paso de un duende, dejábase oír en lahabitación, y a través de la media luz azulada del velador, el pobreviejo, enfermo y postrado, veía atravesar como un fantasma la sombrafascinante de Blanca, arrastrando ondas de rasos y encajes y dejando asu paso el perfume capitoso de juventud que embalsamaba la visión deFausto.

Entonces el martirio debía duplicarse: aquella aparición deslumbrante detodas las noches, que pasaba indiferente por su lado y el de su hija,sin detenerse, que no rendía culto ni a la ley del esposo ni al cariñode la madre, que volvía llena y tibia aun con los vapores del mundo enque vivía, después de librar la batalla del lujo en la feria de lasvanidades; aquella aparición enloquecedora desaparecía, y ante los ojosfatigados del anciano se alzaba el espectro aterrador de doña Medea,riendo con una carcajada satánica, estridente y vengativa, y lanzandouna blasfemia terrible contra aquel desgraciado del destino, víctimainocente de la suerte, que temblaba de espanto y de impotencia ante elrecuerdo del pasado y el cuadro del presente.

Una tarde de primavera, mi tío, que ya había comenzado a sentir el pesoprofundo de la tristeza, me invitó a que lo acompañara en carruaje hastaBelgrano.

Mi aceptación llenó de gusto al pobre viejo. La tarde era bella y tibia;el río estaba claro y sereno como un cristal, y cuando los caballoscomenzaron a trotar por el camino de Palermo, mi compañero comenzó areanimarse con el aire puro del campo y la tranquilidad de la tarde.

El camino de la costa tiene cierto encanto poético de reminiscencias quelos viejos no olvidan fácilmente. En el camino de los Olivos al Tigreestán enterradas sus primaveras. Aquellas caravanas ecuestres de otrostiempos que comenzaban por la madrugada en el Retiro y que terminaban enSan Isidro o San Fernando a mediodía, y con bailes y pascanas a medianoche, tienen una larga historia en la vida galante de otra edad. Mitío comenzó a recordarlas con cierta melancolía.

—¡Cuántos han muerto ya!—me dijo.—Tú no te puedes imaginar lo que erala costa entonces, en el mes de octubre, con los árboles en flor.

El perfume de las aromas, de la retama y de los azahares embalsamaban elcamino.

Salíamos quince o veinte amigos, muchachos alegres todos, y deun galope llegábamos a las chacras de los Olivos y de otro a lasbarrancas de San Isidro. ¡Cómo hemos cambiado, Julio! ¡Qué fácil y quéllana era entonces la vida, qué gratos recuerdos me traen ese ríoazulado y tranquilo y esas barrancas siempre verdes y risueñas! Allá,cerca de San Isidro, yo tenía una novia; se llamaba Luciana, una lindamuchacha de dieciocho años, que cantaba con una gracia exquisita lascanciones de nuestro tiempo.

Yo era pobre y muy joven: la casaron con unviejo rico. ¡Ah, no te rías, así le ha pasado a Blanca conmigo,cualquiera diría que yo he querido vengarme de las mujeres! Pero ¡quéépocas aquellas! Toda la costa nos pertenecía, en todas partesbailábamos, pasábamos el domingo entero en fiestas y por la noche, o ellunes de madrugada, nos poníamos en viaje para la ciudad.

El pobre viejo se animaba con sus recuerdos, y después, como despertadode su sueño por el presente, proseguía:

—¡Qué disparate he hecho en casarme, Julio, con una mujer tan joven! Yolo siento, yo lo sé; no puedo hacerla feliz.

—¿Pero y su hijita?—le dije...

—¡Es lo único que me da ánimo y fuerza para vivir—me repuso;—si nofuera por ella, ¡qué solo estaría en el mundo! ¡Qué horrible sería midesesperación! ¿No es verdad, que es una criatura encantadora? Y aquí,para entre nosotros dos, ¡qué poco la atiende la madre! ¡Verdad es, unacriatura como Blanca que casi no ha tenido juventud! Yo no puedoexigirle el sacrificio de su alegría; es una niña todavía; una noche deteatro, un baile, una fiesta cualquiera la fascina.

¡Yo lo encuentro natural, pero si al menos su hija le produjese el mismoentusiasmo!

¡Ah, no te cases viejo!... Cada vez que yo pienso que no podré ya vermujer a mi hija, me desespero. Me parece que el Cielo me ha hechoconcebir una esperanza para quitármela en seguida.

Tú sabes cuan desgraciado he sido en mi vida pasada. ¡Qué mujer aquellaque me deparó el Cielo!... Cásate joven y con una mujer dulce ysencilla. Yo debo decirte que no sé qué ha sido peor para mí, si mivida pasada de casado, o mi vida presente. Mi primera mujer, tú laconociste; no era posible ser feliz con ella: tenía un carácter agrio yduro, y mi segunda mujer, te lo aseguro, Julio, me obliga a hacer unavida tan artificial, que no sé cuando he sufrido más, si en la guerraviva de la primera época o en la fiesta perpetua en que vive todo lo querodea a mi suegro, el doctor Montifiori.

Ante aquella íntima confidencia, que era un verdadero desahogo, yo creíaconveniente guardar silencio. No tenía palabras para consolar a mi tíocon razones completamente contrarias a mis sentimientos y preferíacallar, aun corriendo el riesgo de acatar todo aquel amargo y tardíoarrepentimiento.

Habíamos llegado casi a la entrada de Belgrano, cuando mi tío dio ordenal cochero que se detuviese junto a un pequeño rancho, en quejugueteaban tres o cuatro niños. Al detenernos, los niños se acercaronal carruaje y en la puerta del rancho aparecieron una mujer y un hombre,jóvenes ambos, que saludaron amistosamente a Alejandro que manejaba elcoche, como si ya lo conociesen de antemano.

—¿Debe ser aquí—dijo mi tío,—no, Alejandro?

—Sí, señor, aquí es—repuso Alejandro.

Mi tío, a quien ya se habían acercado el hombre y la mujer, seguidos delos niños, que nos miraban curiosamente, les hacía no sé qué encargodoméstico que Blanca le había encomendado para ellos, y la mujer parecíaoírlo con cierta duda y extrañeza.

—¿Pero usted es el marido de doña Blanca?—le dijo al fin, comoexpresando cierta vacilación.

—Vamos a ver, ¿cuál de los dos será?...—le contestó mi tío señalándomey señalándose.

—Será ese mozo—replicó la mujer,—y como yo le dijera que no,permaneció sonriendo, con la desconfianza propia de una persona a quienla quieren hacer víctima de una broma.

El hombre, callado, parecía participar de la desconfianza de su mujer.

—Pero, vamos a ver—recomenzó mi tío,—¿les parece que soy muy viejopara mi mujer, no es verdad?

—¡Ah! no es eso solamente—dijo el paisano, con cierta inocencia;—esque aquí ha venido la señora con otro señor, y nosotros hemos creído queese era su marido.

Una sombra instantánea obscureció la fisonomía del viejo y una palidezmortal invadió su semblante. A mí me pasó algo análogo; la voz se meahogó en la garganta, y viendo que se prolongaba aquella situación, dela que las gentes del rancho no se daban cuenta, les dirigí dos o trespalabras triviales, como para salir del paso y le di orden a Alejandrode dar vuelta. Este no se la dejó repetir, porque, listo y alerta comoera, se debió dar cuenta en un segundo de la situación por queatravesábamos, y puso los caballos en movimiento.

Mi tío dejó hacer, y se hundió en un profundo silencio, pero al llegar ala barranca de la Recoleta, donde nos detuvimos—exclamósuspirando—¡dichosos los que han muerto!

Y como yo pretendiera objetarle, me interrumpió, diciéndome en voz bajay acongojada.

—Mi hija, sólo mi hija me atrae a la vida...

Llegábamos a casa en el momento mismo que entraban Fernanda y Blancadespués de una batida por las mejores tiendas de lujo. Madre e hijaestaban lindísimas como de costumbre y vestidas con una supremaelegancia. Fernanda me estrechó la mano y Blanca acometió a su maridocon los mimos y las zalamerías con que acostumbraba a hacerlo siempredelante de los extraños. Mi tío subía la escalera envuelto en unareserva absoluta mientras que su mujer no cesaba de contarle todo lo quehabía visto y comprado en el día, en trapos y alhajas, colgándosele delbrazo y representándole toda una comedia de cariños digna de una nietaque pretende engañar al abuelo. Subimos y entramos en el salón. Fernandase me quejaba de la indiferencia de su yerno y yo procuraba imitar a mitío tratando de no dejarme entusiasmar por la cháchara de aquellas dosseñoras. Mi tío entró en los cuartos interiores, preguntando por suhija, y Blanca, notando que la indiferencia de su marido aumentaba, loabandonó, y, furiosa, iracunda como ella solía ponerse cuando alguien lecontrariaba sus gustos y sus caprichos, se volvió al salón donde yo mehabía quedado con la madre, y clavándome sus ojos claros y penetrantes,con una mirada llena de desdén, me dijo, señalando las habitacionesinteriores donde su marido había desaparecido.

—¡Eso, eso se lo debo a usted... le doy las gracias!

—Blanca—le contesté,—no entiendo lo que usted me dice, no sé si es uncargo...

—Yo no necesito explicaciones—me repuso con un mal modomarcadísimo.—Lo mejor sería no vernos nunca...

—Eso no—le repuse,—no la complaceré...

—¡Qué! usted me reta—exclamó atropellándome con los puños crispados.

En ese momento Fernanda, excitada también, se ponía de pie, pronta paraentrar en la escena que se preparaba.

—No—dije a Blanca en voz baja,—siempre que usted no me amenace.

—Julio—dijo Fernanda,—por Dios, déjenos...

—Señora—le contesté,—no tengo inconveniente en complacerla, puestoque usted me lo pide, pero antes de retirarme quiero asegurar a su hijaque no soy de aquellos que rechazan un afecto, con el fin innoble depagarlo con una traición.

Y al retirarme, clavé los ojos en Blanca fijamente, mientras ella melanzaba una mirada en la que procuraba medirme desde lo alto de suorgullo.

XVIII

Era la última noche de carnaval y el mulato Alejandro estaba de baile.Su comparsa, los «Tenorios de Plata», con su brillante uniforme blanco yceleste y sus botas imitadas en hule, invadía el teatro de la Alegría,campo de las batallas galantes de la clase, en los tres días clásicosdel año. Pero el corazón de Alejandro no estaba aquella noche en elsalón de baile, sino en los dormitorios de Blanca. Graciana, una linda ytraviesa francesita, en quien Blanca depositaba todos sus secretos,había cautivado el alma del mulato, sin que los antagonismos de razafueran una razón de timidez por parte del cochero o de repugnancia porparte de la sirvienta. La cuestión grave era saber cómo haría Gracianapara ir al baile con Alejandro, y eso era algo difícil. La señora con sumamá iban al baile de máscaras del club. El viejo don Ramón permanecíaen casa a causa de su reumatismo. Graciana debía velar aquella noche porel bebé; la noche anterior había estado de pascana con su Otelo;porque es necesario saber que Graciana estaba fuertemente apasionada delmulato. Alejandro se daba un tono insoportable para con los de su clase,con motivo de sus nuevos amores; y la francesita, aunque estaba lejos deser una doméstica como las de Zola, no tenía el más mínimo embarazo endesempeñar todos los servicios de su ama y en adorar a Alejandro, sin lamás mínima limitación. Pero aquella noche, Blanca al salir enmascaradapara el club, había recomendado a Graciana, de la manera más severa, quevelara al marido a quien se le podía antojar vestirse e irla a buscar ysobre todo al bebé, a quien don Ramón no podía atender a pesar delentrañable cariño que sentía por su hijita. Graciana había juradofidelidad, pero Alejandro, así que las señoras y el señor de Montifioridesaparecieron, comenzó a excitar poco a poco la imaginación de Gracianacontándole las maravillas que aquella noche iban a hacer los «Tenorios»en el tablado de la Alegría.

La mujer es un ser débil en todas las clases sociales. Graciana comenzópor resistir y Alejandro terminó por vencer. Verdad es que el pardotenía, según el, un ascendiente poderoso sobre el bello sexo. Los dosamantes, una vez de acuerdo en bailar esa noche en la Alegría sin quelos patrones lo notaran, pusieron en juego su plan. Alejandro vistió suuniforme de «Tenorio», color blanco y celeste, con gorra de oficial demarina, espléndido specimen de mojiganga criolla; se echó al bolsilloel triángulo, su instrumento oficial en la comparsa de los «Tenorios» yesperó a Graciana acurrucado debajo de la escalera, completamente aobscuras en el acto de la evasión de los dos danzantes fugitivos.Graciana, por su parte, recorrió las habitaciones; vio que mi tío nodaba señales de vida, que el bebé dormía e hizo ruido en el cuarto dela niña, como para dar a entender que ganaba la cama. Después de mediahora de silencio, notando que la tranquilidad de la casa era completa,saltó de la cama, descalza, para no hacer ruido; tomó la bujía encendidaque alumbraba apenas la habitación y acercándose con ella a la cuna dela niña, notó que ésta dormía tranquilamente; dejó la luz como tenía decostumbre, y abriendo suavemente la puerta del aposento que daba sobreel corredor, y cuya cerradura había tenido cuidado de enaceitar para queno hiciese ruido, salió en puntas de pie llevando en una mano un par debotines de raso y suspendiendo en la otra nada menos que el dominó conque Blanca había asistido disfrazada la primer noche de carnaval albaile del Club del Progreso. La interesante mascarita cerrócuidadosamente la puerta, y ayudada por su amante, sin muchas exigenciasde recato por su parte, se disfrazó en un instante; se calzó sus botinesblancos, se colocó la máscara de raso, y ambos bajaron resueltamente laescalera principal, abrieron la puerta de calle con la llave que poseíaAlejandro y se encontraron muy pronto en la calle, libres como Romeo yJulieta, si Romeo y Julieta hubiesen sido sirvientes y se hubiesenescapado juntos alguna vez.

Cuando llegaron a la puerta de la Alegría, el baile estaba en todo suesplendor. Los

«Tenorios» hacían una mella terrible en aquellas Inesesde media tinta y de color entero.

Las cuadrillas se bailaban, con una seriedad rígida, casi británica; elvals no dejaba nada que desear por su corrección: la mazurka era de unremeneo de ancas de dudosa moderación, y por último la habanera algoalarmante como chacota de articulaciones.

En medio de estos variados modos de bailar, se notaba en aquel salón,donde había una absoluta proscripción del perfil griego, una sumatendencia al tono y a la elegancia. Los «Tenorios» se llaman como susamos; se dan su nombre y apellido; usan su papel timbrado, se ponen susfracs, sus guantes, sus corbatas y sus camisas; la única notadiscordante es el pie, el pie de un Tenorio es algo de melancólico: unpedícuro con cierto talento dramático podría escribir una tragedia másterrible que Fedra, con sólo estudiar el pasaje de su instrumento através del pie de un joven high-life de color. He ahí la causa por quélos negros, después de tres días de carnaval, por más elegantes ypresuntuosos que sean, tienen que vivir otros tres días prendidos de unareja; los pies necesitan suspender su misión terrena por ese espacio detiempo para volver a su estado primitivo.

En fin, a pesar de estos inconvenientes, los galanes bailaban aquellanoche en la Alegría con tanto garbo, y tal vez con más suerte, que suspatrones del Club del Progreso. Un Tenorio con su uniforme blanco yceleste debe ser algo ideal para su compañera de baile y de color;porque, al fin, convengamos en que, vestirse para enamorar con lospurísimos colores del cielo, es mucho más lógico que hacerlo de negrocomo los amos.

Hay algo de fantástico en ese traje, en esa chaquetilla de merino azulcon galones de plata, en ese pantalón de cotín blanco, en esas polainasde precio modesto pero de soberbio brillo, que se empeñan enconfabularse con el botín chueco de elástico, para fingirse botasgranaderas.

Alejandro entró en el baile, del brazo de su compañera, cuyo espléndidodominó levantó el cotarro de todas las princesas negras que vieron pasara su lado aquella vasca plebeya, pero blanca. ¡Alejandro, rendido a una«extranjera de Europa!» ¡Qué decepción! ¡El, el más aristocrático swell de la clase, la flor y nata de las academias de baile,entregado a una gringa!

Las señoritas y las matronas no se lo perdonaban, pero el lindo mulato,sin importársele mucho de las críticas que le hacían por todos loscentros del salón, tomó de la cintura a su linda compañera y acometió un scottish de paso doble que en aquel momento comenzaban a rascarlocuatro violines de la orquesta y un figle solitario y pifión que sequejaba entre los labios de un viejo músico panzón y dormido,representante de la música de viento.

Es de ver la galantería del negro porteño. Prescindiendo, si es posibleprescindir, del ambiente del salón, que es algo pesado, la cortesía y laurbanidad entre ellos son incomparables: el lenguaje incorrecto, peroelevadísimo. Se conversa con las mismas pretensiones con que se conversaen el gran mundo; se enamora con la misma gracia, con la mismacompostura y con el mismo chic. Las niñas no dejan nada que deseardesde el punto de vista de la educación: es cierto que los labios son unpoco gruesos y las narices algo chatas, pero de una autenticidadindiscutible; allí no hay veloutine, ni crema de perlas que formencutis apócrifos. Los mozos son de la más alta estirpe administrativa:entre ellos está representada la secretaría del presidente de laRepública, por un empleado, que aunque sirve el té y el agua con panal,no se apea de su categoría de empleado público, la guerra y la haciendaforman parte de los

«Tenorios de Plata», que bailan en la Alegría lastres noches de carnaval. Las mamás o las tías y madrinas viejas, que sele acomodan desde su asiento a una masa sopada en vino Priorato, venpasar con envidia a toda esa juventud oficial que desempeña cargosmodestos, pero honrosos en la política argentina. Y, generalmente, esos snobs de medio pelo son codiciados por el prestigio social que rodeasu nombre; pero, si suelen ser eximios como amantes, son intolerablescomo maridos; todos concluyen enamorando vascas, como Alejandro, operdiendo a las negritas mimadas de casas decentes. Aquella sociedadtiene sus escándalos como todas las sociedades: raptos, seducciones,adulterios, suicidios y hasta duelos. Hablan de las guerras y de lasbatallas pasadas con un profundo conocimiento de lo sucedido, porque elnegro y el pardo porteño saben batirse con la bizarría del mejor de lossoldados y caer sobre el campo de la acción como caen los héroes.

Las dos de la madrugada habían dado ya, y Graciana apuraba a Alejandropara volver a casa. La sirvienta pensaba con razón, que el señor podíahaber notado su ausencia, que la niñita podía haber llorado, que Blancapodía haber regresado del club; pero el negro, rumboso al fin, comotodos los de su clase, quería concluir la noche con una cena en un caféde la vecindad y porfiaba por retener a su mascarita.

Tanto hizo Alejandro, que Graciana, después de bailar con él la últimagalopa con un ímpetu y un entusiasmo indescriptibles, consintió en ir acenar, no por cierto unas ostras con Sauterne, sino unas suculentascostillas de chancho, apoyadas por una copiosa taza de café con leche,con pan y manteca, que sirvieron para corregir la vacuidad incómoda, quetodos los estómagos, ya sean plebeyos o aristocráticos, sienten a lastres de la mañana después de una noche de baile.

Concluida la cena, la pareja se puso en marcha. Salían conjuntamente delteatro, con los Tenorios, extenuados por la fatiga de la noche,demostrando en el rostro esa melancolía peculiar que demuestra el últimocomparsa que se retira en la madrugada de la tercera noche de carnaval.

Por entre ellos atravesó orgullosamente Alejandro con su compañera delbrazo, y doblando por la calle de Victoria, la condujo hasta la puertade la casa de sus patrones.

Pero la sorpresa de la pareja fue grande, cuando llegaron a la casa demi tío Ramón; la puerta estaba abierta; la luz encendida en el vestíbulobajo y en el vestíbulo alto.

Algo de extraordinario debía de haberpasado durante su ausencia, y la fuga de Graciana había sido notada. Lasirviente tuvo un acceso de nervios muy común entre las francesas y nose atrevió a entrar: colgada del brazo de Alejandro, tiritaba de miedo.

El pardo vacilaba también, y caballeresco como era, no se atrevía acomprometer ni a abandonar a Graciana en la puerta. La alarma aumentabacon el ruido de los carruajes que comenzaban a remolinear en la esquinadel Club del Progreso, lo que les indicaba que el baile allí tocaba a sutérmino, que de un momento a otro, Blanca llegaría a su casa yencontraría a Graciana disfrazada con su dominó. Los dos amantesoptaron por lo más práctico en aquellos instantes críticos y huyeroncalle de Victoria arriba, prefiriendo la fuga a pasar por la vergüenzade ser descubiertos.

Alejandro, el audaz seductor de aquella honestaMargarita, fue a golpear la puerta de una posada de la plaza de Lorca,donde se instaló con su compañera, resuelto a darle su nombre paracubrir su falta y purificar su honra manchada.

XIX

El buen tío Ramón se había recogido temprano aquella noche; el primerdía de mascarada lo había rendido por todo el carnaval. Fernanda yBlanca, con Montifiori y sus amigos, habían pasado los tres días en unajarana completa: en el corso, en los bailes, en las tertuliasparticulares, Fernanda y Blanca habían sido conocidas en todas partes;pero eso era lo que ellas buscaban en medio de la turba de corsarios degran tono, que les daban caza a través de aquellas noches de locura. Elúltimo día, al regresar del corso, habían encontrado tumbado al viejomarido, presa de sus reumatismos. Blanca tuvo una pasajera contrariedad;se acercó a su esposo, le hizo algunos cariños de fórmula, lo puso en elcaso de que le suplicase a ella misma que no dejase de ir al baile demáscaras, y simulando hallarse bajo el imperio de una orden, comenzó apreparar su traje que ya estaba pronto desde muchos días atrás. Con lacabeza montada por la bulla carnavalesca y por la perspectiva del baile,se hizo vestir rápidamente por Graciana, esperó impacientemente a lamadre que tardaba ya algo en venir, se acercó al lecho de su marido, sedespidió de él con urgencia y salió precipitadamente sin siquieraacordarse de su hijita a quien dejaba en poder de una sirvienta. Elbaile la atraía irresistiblemente.

El buen viejo, después de haber besado a su hija, se retiró a suhabitación que estaba inmediata a la en que Graciana debía cuidar a laniñita. A la una de la noche, mi tío, que dormitaba, se despertósúbitamente por una luz repentina que lo deslumbró como un relámpago,creyendo haber oído en sueños algo como un grito estridente ypenetrante. El viejo abandonó su lecho dificultosamente, y creyendo queen efecto era un relámpago, abrió los postigos del balcón y miró haciaafuera: pero el cielo estaba sereno y estrellado, y la luz nocturnailuminaba las aceras.

Creyó en una pesadilla y trató de detener y comprimir las ideas confusasque habían pasado por su cerebro mientras dormía. Quiso volver a sucama, pero había perdido el rumbo, la disposición de la habitación sehabía trastornado completamente para él. Se detuvo un segundo en elcentro del cuarto, procurando orientarse en vano; tocó una puerta,encontrola abierta y al pasar el umbral, sintió un olor característico alienzos quemados. El pobre viejo se sintió presa de un violento golpe defiebre: quiso recapacitar y no pudo; los más horribles pensamientoscruzaron por su imaginación; perdido siempre en la habitación, volteódos o tres muebles, tuvo miedo, se le aflojaron las piernas y cayódesfallecido sobre el piso. Un silencio sepulcral reinaba en lashabitaciones, tan profundo, como en la obscuridad que lo rodeaba. Unaidea fija embargaba la razón del desgraciado anciano. Se incorporódébilmente sobre el piso y gritó a Graciana, con voz ahogada yangustiosa, pero nadie le respondió. Volvió a gritar con un acento dedesesperación, que desgarraba el alma, pero todo fue en vano, nadie lecontestó tampoco; se incorporó de nuevo y arrastrándose con trabajotanteó las paredes, buscando el botón de la campanilla eléctrica:después de unos minutos lo encontró y lo hundió con desesperación: elsilencio era tan profundo que oyó el martilleo peculiar del timbre en elfondo de la casa; esperó, pero nadie vino: llamó de nuevo y siguióllamando incesantemente; la casa estaba sola, nadie le respondía.Entonces

volvió

a

gritar

desesperadamente

a

Graciana

y,

creyéndoseorientado por un momento, atropelló en la dirección en que él creía queestaba el cuarto de la niña; pero, no bien había dado tres pasos, cuandorecibió un terrible golpe en la frente que le hizo retroceder; habíadado contra la puerta opuesta.

El viejo cayó desfallecido de nuevo y el silencio inmenso e imponente dela noche volvió a reinar con su paz profunda y aterradora. En aquellasituación, el reloj del Cabildo dio las tres de la mañana y el eco sordode la campana se difundió por la ciudad dormida. El viejo pensaba queBlanca no podía tardar: se oían las voces y las algazaras de las últimasmáscaras que se retiraban, y una orquesta lejana, tal vez la del club,tocaba las últimas galopas. Todos aquellos detalles aumentaban la cruelsituación del anciano afligido, casi inmóvil, presa de una fiebreterrible. En ese estado se arrastró por el suelo tanteando siempre losmuebles: por último, puso la mano sobre un sofá, que ocupaba el espaciocomprendido entre el balcón y la puerta que llevaba al cuarto de su hijay con una alegría íntima se incorporó, impulsó la puerta que Gracianaal partir había dejado entornada y penetró a la habitación, loco,convulso, desatentado. Pero el cuarto estaba lleno de humo, allí sehabía quemado algo: recordó su sueño, aquella súbita luz que habíaherido sus pupilas y aquel grito penetrante que aun le parecía oír ycayó de nuevo en una desesperación terrible. El humo de la habitacióncomenzaba a asfixiarlo y un terror frío e indescriptible cerró suslabios y paralizó sus movimientos; un temor instintivo no le permitíamoverse; prefería la duda, la inmovilidad, antes de acelerar eldesenlace espantoso de aquella noche de abandono y de insomnio. En esasituación volvió a llamar tímida, cariñosamente, a Graciana, pero, comoantes, nadie le respondió.

Postrado en el suelo, en un rincón del cuarto, rodeado siempre por lamás completa obscuridad, pudo oír que un carruaje acababa de detenersebajo de los balcones, y al rato, que se abría y cerraba con gran cuidadola puerta de calle: sintió en seguida pasos en la gran escalera: quisollamar para apurar a los que venían, pero la palabra se ahogó en sugarganta y tuvo que esperar: oyó los pasos en el vestíbulo y unossegundos después el ruido de una llave en la cerradura de la puerta dela habitación en que se hallaba: la puerta se abrió y dio paso aalguien: el frou-frou de la seda le indicó que era Blanca queregresaba. De pronto ardió un fósforo y acto continuo la luz violentadel gas iluminó toda la habitación.

Entonces el cuadro que se presentó a la vista de los que allí seencontraron, fue terrible: en un extremo de la estancia, la cuna de laniña cubierta de hollín: las cortinas se habían encendido, el fuegohabía invadido las ropas; la desgraciada criatura había muerto quemada,por un descuido de Graciana, que, atolondrada por la fuga, había dejadola bujía a poca distancia de la cuna. El rostro de la niñita era unallaga viva: tenía los dientes apretados por la última convulsión; con lamano izquierda asada por el fuego, se asía desesperadamente de una delas varillas de bronce de la camita, y la derecha, dura, rígida enademán amenazante; la actitud del cadáver revelaba los esfuerzos que lavíctima había hecho para escapar del fuego, en vano. Blanca era la quehabía encendido el gas; al hacerlo, dio vuelta y vio a su maridopostrado en tierra y a su hija quemada viva en la cuna: retrocedió y dioun grito terrible: el pobre viejo se levantaba al mismo tiempo, y en lapuerta que daba al vestíbulo exterior por donde Blanca había penetrado,sorprendía con la vista un hombre joven que había entrado con ella: fuelo primero que vio, quiso lanzarse sobre él, pero el grito de horror deBlanca lo detuvo, y entonces volvió los ojos sobre la cuna de su hija.Toda esta escena fue la obra simultánea de un instante; las más brevespalabras no alcanzarían nunca a traducir su trágica rapidez. El pobrepadre, al ver el horrible espectáculo que presentaba el cadáver de suhija, abrasada por las llamas, se detuvo horrorizado ante él, quisohablar, pero no pudo, fue a lanzarse iracundo sobre el amante, que enactitud vacilante no sabía qué partido tomar, pero apenas dio dos pasoscayó al suelo, fulminado por una parálisis repentina, la lengua trabada,el rostro descompuesto, el cuerpo laxo y sin fuerzas. Al caer dio con lafrente en el suelo y su rostro se bañó en sangre.

—Huyamos, Blanca—gritó el desconocido, cubriéndola con el tapado queella le había abandonado al entrar.

Aquella miserable criatura abarcó la escena con una sola mirada, pero elbrazo amenazante de la niñita la intimidó y dio vuelta al rostro. Elcuerpo de su marido obstruía el paso por la única puerta de salida; sedetuvo un instante, y como tomando una resolución repentina, con losojos iluminados por una luz satánica, se volvió al hombre que laesperaba con actitud indecisa, y saltando ambos por sobre el cuerpo queyacía en tierra, le gritó:

—¡Huyamos!

XX

Yo no me había olvidado de Valentina, mi dulce Valentina de otros días.Mi tío, en un hospicio, idiota, sin habla y sin razón. Don Benito casadoal fin, con una señora rica y de edad proporcionada a la suya. ¡Quédiablo!

A mí también me dio por casarme y me acordé de mi idilio de veinte años.Vivía solo y aislado, y lo peor de todo era, que probablemente, por nohaber seguido el consejo del doctor Trevexo, de estudiar en los diarios,me encontraba sin recurso alguno para aspirar a las altas posicionespolíticas con que allá en el año 62 me pronosticaba él un porvenirbrillante.

Pero en lo íntimo de mi corazón, yo había guardado el recuerdo deValentina: la única criatura que había dejado en mi alma una memoriadulce y tranquila. Por largo tiempo nos habíamos escrito, pero despuésde la muerte de su hermano, nada sabía de ella. Valentina era para mí unhorizonte lejano, pero límpido, y en la soledad de mi vida, la primeraedad reaparecía, los días de colegio volvían: pensaba en don Pío y endon Josef, el célebre descendiente de Gonzalo de Córdoba y veía laimagen de mi novia, sonriéndome en los únicos años de felicidad que haniluminado la vida.

Veíala aparecer en uno de los balcones de la antigua casa en que vivía oasomado el rostro risueño y sonrosado detrás de los cristales; lindacomo nunca, llena de juventud, perfumada de gracia y de castidad.

Algunas veces el recuerdo inquietante de Blanca, había turbado mi sueño;el mundo con sus pasiones y sus encuentros, habíame suspendido unmomento en su vorágine, pero poco a poco la purísima imagen de Valentinavolvía a levantarse delante de mis ojos como una cariñosa sombra que mellamaba, allá, al pasado, al dulce pasado de la adolescencia.

Valentina me esperaba y busqué a Valentina en el pueblo del colegio.Llevaba el espíritu enfermo y agitado bajo la influencia de lostormentos por que había atravesado y la realidad de un sueño de juventudiba a darme la eterna felicidad. Llegué y busqué la casa de Valentina.Ya no habitaba su familia en ella.

Averigüé y la encontré al fin. La poética criatura se había casado condon Camilo, pocos meses antes y era feliz, muy feliz.

Don Camilo tenía una renta considerable, era hombre público y hastahombre distinguido. ¡Sentí la desesperación, la horrible desesperaciónque se siente ante lo imposible, ante la muerte, ante lo irremediable, ypensé si el alma podría arrancarse del cuerpo y arrojarse como inútilestorbo de la vida!

XXI

Pero alguien, con la exigencia inexorable de todos los que leen, querrásaber de Blanca. Blanca, la linda porteña, corre la vida fácil yelegante, pero duerme con los ojos abiertos, porque cuando los cierra,la cara de un viejo idiota y paralítico la observa con una sonrisainmóvil y el brazo rígido de su hija muerta se levanta sobre ella comouna eterna amenaza.

FIN