La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses by Lucio V. López - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

—Mi costumbre de no bromear nunca, me obliga a confesar que soy tonto.No sé lo que sucede...

—Pero, amigo, ¿qué; no sabe usted que su patrón ha quebrado?—mepreguntó.

—¿Quebrado? ¡No puede ser, imposible! ¿Quién se lo ha dicho?

—¡Pero si es voz pública!—me replicó don Benito,—no se habla de otracosa en la ciudad.

—¡Pues, señor, yo no he notado lo más mínimo en el escritorio, y hoy hasido sábado, se ha pagado a todo el mundo!

—¡Hombre! ¿Está usted seguro?—me repitió don Benito con asombro.

—Como que estamos hablando en este momento.

—Pues,

sepa

usted,

mocito,

lo

que

no

sabe—me

dijo;—y

tomándomeconfidencialmente del brazo, me llevó a su cuarto, me hizo sentar y merefirió lo siguiente, después de haber encendido un cigarro habano:

—Don Eleazar de la Cueva, como usted sabe, trae revuelta la Bolsa desdehace tres meses. Lo mismo que un general que con un ejército numerosoinvade un país dilatado, él ha puesto en juego allí dos o tres millonesde duros. Comenzó por comprar acciones de ***, monopolizó el mercado,se hizo dueño de todos los papeles, y conseguido esto, manteniendosiempre la demanda, trataba de vender a precios exorbitantes lo quehabía comprado a precio vil.

Pero don Eleazar ha encontrado la horma de su zapato; mientras susagentes, divididos en dos bandos que operaban en sentido contrario,preparaban su golpe, él no contaba con que en esta tierra delpapel-moneda, una nueva emisión es asunto de poca monta, y la cuerdatirante con que él tenía presos a sus deudores, se ha aflojado; la nuevaemisión se ha hecho y he aquí que la baja más espantosa se ha operado.

En esta situación, don Eleazar ha resuelto no reconocer sus operaciones.El tiene razón hasta cierto punto; exige fair play, como losluchadores ingleses. En la casa de la Bolsa, todo es permitido como enla guerra; jugar públicamente al alza y clandestinamente a la baja;lanzar un gato, dar una noticia de sensación, asegurar que la guerracon Chile es un hecho, que nuestra escuadra está en un estado atroz, quenuestro ejército será derrotado en caso de una batalla; en una palabra,sembrar el terror sin consideración de ningún género por el patriotismo;pero jugar con armas de doble carga, no. ¡Eso no, eso nunca!... DonEleazar en estas materias es correctísimo, y, sobre todo, cuando en vezde ser él quien apunta, acontece que es contra él contra quien sevuelven las bocas de los cañones. Pero lo peor de todo, mi amigo, no eseso.

Lo peor es que don Eleazar, aprovechando su desgracia, porque escapaz de aprovechar todo y sacar de todo ventaja, ha resuelto no pagar anadie. A él lo sitian por hambre, pero él les cercena el agua y el pan,y con la misma cuerda con que lo ahorcan, él procura ahorcar a susadversarios.

—Quiere decir que yo me encuentro en la calle—le dije al oírleterminar su relación.

—¡Oh, no! ¿cree usted que don Eleazar es hombre de despedirlo por cosasde tan poca monta?... No. Su quiebra es una quiebra que no lo arruina nilo lleva al tribunal; todo se resuelve para él en no pagar; las deudasde Bolsa no son deudas, y en el caso de don Eleazar ha pasado ni más nimenos lo que sucede en una casa mala de juego cuando se apagan lasluces: cada jugador defiende con el puño lo que puede, y le aseguro quesu patrón sabrá defender lo suyo. No se alarme: no perderá el puesto.

—No me alarmo, don Benito, por tan poca cosa—le repuse riéndome acarcajadas.—¡Soy yo quien resuelvo no volver al escritorio de donEleazar! No me cuadran ni el hombre ni el empleo.

—Hace usted bien, amigo: eso lo honra.

—No, don Benito; ni me honra ni me deshonra; no hago una quijotada, nitendría derecho para hacerla. Don Eleazar se ha portado bien conmigo; meha pagado religiosamente mis sueldos y ha tenido el buen gusto de noimponerme de sus negocios.

—¿Y qué va usted a hacer?

—No lo sé, pero mañana lo sabré. Desde luego disponga usted de micuarto:

¡tenemos que separarnos!

—¿Separarnos? ¡Jamás!—me contestó el buen viejo irguiendo su noblecabeza y acompañando sus palabras con un gesto enérgico que denotaba elprofundo sentimiento que le había ocasionado miresolución.—¿Separarnos? ¡Nunca!—me repitió:—mire, Julio... Mira,hijo mío—agregó,—déjame que te tutee, mis canas me dan derecho paraello, ¿es cierto?

Y como yo le hiciera un signo afirmativo, prosiguió conmovido:

—Yo he respetado hasta hoy la resolución de tu tío, pero deboconfesarte que he sufrido al verte en casa de don Eleazar. Ese empleo note corresponde, y lo que no me explico es cómo Ramón te ha colocadoallí...

—Mi tía, usted sabe...

—Sí, que lo gobierna como a un trompo; pero esa no es una razón paraque te descuide. Mira—me dijo,—desde hoy yo me encargo de ti. ¡Quédiablos! Soy viejo, pero tengo el alma joven todavía: seré tu padre y tuhermano al mismo tiempo. Tengo mala fama en el mundo: las mujeres comomisia Medea me aborrecen, porque no creo en deidades políticas; y loshombres como don Eleazar tampoco me pueden pasar, porque no sé hacernegocios de los que ellos hacen. Viviremos juntos; de cuando en cuandooirás en mi cuarto alguna voz de mujer... ¡qué quieres!... Soy hombre...súfreme estos extravíos. Las mujeres me enloquecen, por eso he tenido eltino de no volverme loco por una sola: me he enloquecido por todas y nome he casado con ninguna; espero no caer en la tentación de hacerlo enlos años que tengo. Soy risueño, despreocupado y franco: vivo sinmisterios y tomo la vida tal como es. Allá en mis mocedades he leídomucho; pero una sola lectura me ha aprovechado de todas las que hehecho: ahí está junto a la cabecera de la cama: Rabelais.

Cuando tengas mi edad y hayas corrido el mundo, verás que tenía razón:es el único libro que ayuda a bien morir, por eso lo abominan losjesuitas. No tengo hijos, o más bien dicho, no sé si los tengo, porque,si lo supiera a ciencia cierta, no los negaría como padre; pero en laduda, tú bien sabes que es mejor abstenerse, porque esto de tomar comopropias las obras de otros, es un poco grave. Y yo huyo del ridículosobre todo. No tengo ningún amigo de mi edad: mis amigos son los jóvenesde la tuya, vivo con ellos, enamoro con ellos y escandalizo también conellos este salón porteño en que hay muchas mujeres lindas y tanto tontoque se las lleva.

Y, al terminar, don Benito me estrechó fuertemente en sus brazos ycontra su pecho, y yo no pude contener las lágrimas que me saltaron alos ojos.

Al día siguiente me presenté en lo de don Eleazar, de mañana. El patioestaba lleno de gente que cuchicheaba y accionaba con animación: laspuertas del escritorio cerradas. Me acerqué y golpeé los cristales: alabrirme don Anselmo, que me reconoció, dos o tres de las personas delpatio se arrojaron sobre la puerta del escritorio con la pretensión deentrar.

—Perdonen ustedes, no pueden ustedes entrar...—les dijo don Anselmo, yles dio casi con la puerta en las narices.

Y pude ver que uno de ellos levantaba el puño de la mano en actitudamenazante.

En dos palabras di cuenta a don Anselmo de mi resolución de abandonar lacasa.

—Vaya, vaya, ¿a usted también lo ha picado la tarántula?

—A mí no me ha picado ninguna tarántula; ni quiero, ni tengo nada quever con los que protesten afuera ni contra los que se encierran adentro,vengo a agradecer a don Eleazar el honor que me ha hecho y a comunicarlemi resolución. ¿Me quiere usted anunciar?

—No se si podrá recibirlo a usted...—me dijo don Anselmo moviendo lacabeza.

—Vea usted si puede... quiero cumplir lo que yo considero un deber.

Don Anselmo pasó a la habitación contigua, que era la de don Eleazar, ydespués de un rato regresó.

—Dice don Eleazar que puede pasar—me dijo.

Yo entré resueltamente. No olvidaré nunca el cuadro que se presentó a mivista. Casi en el medio de la habitación, junto a un escritorioelevadísimo, donde don Anselmo acostumbraba a escribir bajo el dictadode don Eleazar, sentado sobre un esqueleto de silla, estaba éste,desayunándose, delante de una mesita muy poco más grande que el plato enque comía. Un sirviente gallego le servía sin pausas, plato tras plato,y don Eleazar comía con la gravedad de un oso que devora su ración. Enun rincón de la pieza, de pie, tres hombres presenciaban esta colaciónmatutina en completo silencio.

—Entre usted, señor don Julio, ¿también nos abandona usted en los díasde prueba?...

Yo expliqué las causas de mi renuncia, procurando convencerlo de queella era completamente extraña al reciente desastre comercial; pero donEleazar, conmovido, a pesar del apetito con que devoraba sus viandas, sedaba maña para lamentarse con palabras que partían el corazón.

—Bien, joven, puesto que usted lo ha resuelto, separémonos; pero ustedme hará justicia algún día... ¡Vea usted la situación a que me veoreducido! ¡Todo lo he perdido! Desde hoy vivo de la caridad de misparientes; sí, señor, de la caridad de la familia... Aquí me tiene ustedpreso; ¡yo preso en este país que he colmado de beneficios! ¡No veusted, señor, que hasta la autoridad se complota en mi contra!

¡Veausted, señor, todos esos hombres que se acercan a los vidrios y que meamenazan, me son completamente desconocidos! ¡Yo nunca he tenido tratocon ellos! ¡No los conozco! ¡Y me persiguen, señor, me persiguen amuerte! ¡Vean ustedes a lo que estoy reducido! ¡A no poder comer estosbocados en mi casa, porque son hasta capaces de envenenarme! ¡Y si nofuera por mi fiel Juan (exclamaba mirando expresivamente al gallego quele servía el almuerzo), si no fuera por él, quién sabe lo que habríasido de mí!

Pero yo te recompensaré algún día... tú sabes que todo lo he perdido,que no tengo nada, que me es imposible por consiguiente satisfacer miscompromisos! ¡Dilo, Juan, a todos; es posible que a ti te crean!...¡Dígalo usted, joven, asegúrelo, usted sabe mis negocios, todos sonclaros, tan públicos, tan legítimos!... ¡Ustedes lo saben, señores...

yohe sido víctima de gente (agregaba encarándose con don Anselmo que lecontestaba con un signo afirmativo) sin ley ni principios!... ¡Usted losabe, don Anselmo, usted sabe todos mis negocios, conoce mi casa!... ¡Nome es posible cumplir, y no lo siento tanto por mí, sino por tantapersona excelente a quien tendré que perjudicar, contra todos missentimientos!... ¡Vean ustedes, vean ustedes cómo amenazan esos hombres!¡Se creería que yo me he quedado con algo de ellos!... ¡Gracias, Juan,gracias, hijo mío, sírveme el té, no tengo apetito!... ¡pruébalo túprimero, mira si tiene mal gusto!... ¡Ah, señores, yo tengo laconciencia tranquila!...

Y mientras don Eleazar se lamentaba, todos lo oíamos en silencio, comoconsternados por la horrible desgracia de ese hombre providencial queengullía como un tiburón, en medio de la catástrofe de su fortuna. Fuemenecesario cortar de un golpe aquella eterna elegía y despedirme parasiempre de ese antro en que había estado ocho meses.

¡Lo que es el mundo de malo! Al salir, los acreedores del patio, queechaban espuma por la boca, decían que don Eleazar había realizadoquinientos mil duros de ganancia y que ellos se quedaban en la calle.¿Quién podía creerlo?

XI

Rigurosamente encorbatado de blanco, con un frac de Poole y un par de pumps de Thomas, don Benito penetraba una noche en mi cuarto, elegantey joven como un muchacho de veinticinco años.

Yo me vestía lentamente; aquella noche hacía mi estreno en el club. ¡Elclub!... No es necesario decir que es el Club del Progreso de que hablo,y que el baile en perspectiva es un baile de julio: la gran attraction de la season porteña.

—¿Todavía en ese estado?...—me dijo al verme complicado en lospreparativos de la camisa;—¡es la una casi!...

—¡Ah! ¿qué cree usted? Es cosa seria preparar una camisa... recuerdeusted que me estreno.

—¡Ca! un hombre elegante no se fabrica; nace... Mírame—medijo—cuadrándose en el medio del cuarto.

—Bueno, tenga paciencia, yo no soy usted... yo no soy elegante...

—Sí, pero te cuadra Blanquita, ¿no?... Y no supongo que te prenderáscomo un tendero para enamorarla, mira que es mujer tan suelta y ligeracomo la madre... y quiero que la conozcas.

—No embrome con Blanquita, ya sabe que Blanca no me cuadra y que yotengo una novia en...

—Está bien, cásate con aquélla, pero enamora a ésta... no seas tonto...

—¿Y si no me hace caso?

—¡Qué no! La madre te adora y la madre es la protectora de esacriatura.

—¡Oh! Fernanda me conoce desde muchacho: tenía veinticuatro años cuandoyo tenía diez o doce, pero la hija...

—La hija es igual a la madre; ambas son mujeres de coraje y de avería,lindas como unas tórtolas y peligrosas como dos lobas.

—Esta noche estarán radiantes, serán las reinas del baile, el señorMontifiori hará brillar su legación vacante.

—¡Montifiori!... ¿Qué clase de hombre es Montifiori?...

—Te lo diré después... vamos, átate la corbata pronto.

—¿Va bien así? Muy grande el moño, ¿no?...

—No; está bien, las mujeres no se fijan en eso; el pescuezo de loshombres les es indiferente. Bueno, ponte el frac; ¡excelente! Estáshecho un lord. ¡Si yo tuviera tu cuerpo y tus años y tú miexperiencia!...

—¡Siempre el viejo proverbio, don Benito!... ¡Ah! no hay nada completoen el mundo.

Di una vuelta por mi cuarto, tomé mis guantes, puse el gas a media luz ysalimos yo y mi viejo compañero. Hacía un frío de todos los diablos,pero el cupé de don Benito estaba a la puerta; nos encerramos en él yempezamos a deslizarnos sobre los rieles del tranvía a todo trote. Encinco minutos estábamos en la cuadra del Club del Progreso: tuvimos queesperar algunos minutos más para que le llegara a nuestro carruaje elturno de acercarse, y por fin bajamos en la puerta entre un grupo dehombres y mujeres que subían apresuradamente la escalera muellementetapizada y adornada con flores y guirnaldas verdes.

¿Quién no conoce el Club en una noche de baile? La entrada no es porcierto la entrada del palacio del Elíseo y la escalera no es unamaravilla de arquitectura.

Sin embargo, para el viejo porteño que no ha salido nunca de BuenosAires, o para el joven provinciano que recién llega de su provincia, elClub es, o era en otro tiempo, algo como una mansión soñada cuya crónicaestá llena de prestigiosos romances y en el cual no es dado penetrar atodos los mortales.

Don Benito conocía la casa desde su fundación y gozaba en ella de unainfluencia única. Al entrar, jóvenes y viejos lo saludaron con cariñocomo un antiguo amigo.

El buen viejo, poniéndome el brazo izquierdo sobre la espalda, mecondujo al quiosco de cristales donde nos sacamos los paletós y nosconsultamos un momento la figura sobre los espejos.

En aquel momento la orquesta tocaba la última parte de las cuadrillas de Carmen...

Toreador, toreador en garde...

y la música de Bizet, saturada, por decirlo así, en la sangre misma deMerimée, distribuía al cuerpo de las mujeres que formaban los cuadros,los tonos calientes con que el joven maestro ha rimado ese extraño poemade amores plebeyos y bajas venganzas.

El salón, híbrido, y en el cual el gusto refinado de un clubman deraza tendría mucho que rayar, desaparecería ante la masa compacta dehombres y mujeres que lo llenaban.

Mi viejo amigo me dio el brazo y entramos juntos a ocupar nuestro lugaren aquel bouquet porteño que julio forma todos los años con laexactitud con que se celebra un aniversario.

Es en un baile del Club del Progreso donde pueden estudiarse por etapastreinta años de la vida social de Buenos Aires: allí han hecho susprimeras armas los que hoy son abuelos. La dorada juventud del año 52fundó ese centro del buen tono, esencialmente criollo, que no hatenido nunca ni la distinción aristocrática de un club inglés ni el chic de uno de los clubs de París. Sin embargo, ser del Club delProgreso, aun allá por el año 70, era chic, como era cursi ser delClub del Plata, con perdón previo de sus socios.

La entrada era cosa ardua: no entraba cualquiera: era necesario sercrema batida de la mejor burguesía social y política para hollar lasmullidas alfombras del gran salón o sentarse a jugar un partido de whist en el clásico salón de los retratos que ocupa el frente de lacalle Victoria.

En esta última sala, larga y fría como un zaguán, que ha sido empapeladacien veces por lo menos de verde o celeste claro y que ha consumidocincuenta distintas partidas de tripe de lo de Iturriaga, ha nacido unageneración de la cual van quedando muy escasos representantes. Allí hamordido la maledicencia urbana a los jugadores trasnochadores, a losmaridos calaveras, a la juventud disoluta y disipada, y cada mordisco demamá indignada ha hecho los estragos de la viruela en el retrato moralde las víctimas. La maledicencia de la gran aldea es como la calumniadel Barbero de Sevilla: del venticello pasa al huracán y ¡ay deaquel que se encuentre envuelto en la ráfaga!

El Club del Progreso ha sido la pepinera de muchos hombres públicos quehan estudiado en sus salones el derecho constitucional; literatura fácilque se aprende sin libros, trasnochando sobre una mesa de ajedrez; ¡y amí, no sé por qué, se me ocurre que algunos de los retratos de loshombres de Mayo que presencian aquel grupo de pensadores, hacen unamueca cada vez que un pollo acompaña un discurso sobre la libertad delsufragio con un golpe que asienta sobre el damero una reina jaqueada porla chusma de los peones sobrevivientes!

¡Falta allí el retrato del padre Castañeda! ¡Y sobre todo, falta elespíritu! ¡También veinte, treinta años, de hacer lo mismo!

Hasta hace muy poco, la biblioteca no era muy copiosa que digamos.Mucha Memoria, mucho Registro Oficial, pero a condición de noencontrarse nunca cuando se pedían; y en la mesa de lectura, todos losdiarios porteños, vacíos y estériles como sábanas de monja, luciendo elartículo editorial al frente, extenso riel de plomo en que, para valermede una figura bíblica, se fatigan los caballos de la imaginación. En lamesa de lectura el Illustrated London New y la Revue (casi seríainútil agregar des Deux Mondes, si no habláramos en el club); la Revue en que M. de Mazade produce el artículo burgués que en un tiempofirmaron Forcade y Lanfrey y algunos diarios franceses que casi siempresirven de adorno, como esos ramos secos que se pudren en las salas porolvido de los sirvientes. A pesar de esto, cualquiera creería que allíse lee... ¡nada de eso! Allí se conversa: en el grupo de muchachosalegres y espirituales, que entra a las 12 de la noche repitiendo laúltima nota de Tamagno, no falta un ejemplar de denso burguéspantagruélico, gastrónomo noctámbulo, engordado y enriquecido por elvientre libre de sus vacas, que se hace servir allí mismo un chorizo pornoche, mientras que, con el profundo desdén del bruto feliz, descuidadoel traje, pelado a la mal-content, mira todo lo que le rodea consatisfecha apatía, llevando la mano al renegrido cabello y dragándosela caspa de aquella mollera inerte con la uña afilada del índice.

No falta tampoco el idiota de la aldea, magín descompuesto, candidato depillos, víctima de las bromas aldeanas, enloquecido con ideas sobrefilantropía, abriendo la boca de admiración y pestañeando con un ojo quesufre de perlesía intermitente, mientras la pupila del otro se le salecomo el carozo de un durazno prisco.

Ni el Tenorio de suburbio que no se modifica; que se viste hoy comoayer, con abalorios de altar mayor y prendas de precio fijo; sano,insulso, inofensivo, olvidado por los buenos y mortificado por los quetodavía creen que es de buen tono zaherir o burlarse de los inocentes.

Y entre esta sociedad híbrida e incolora como la Memoria de un ministro,mi amigo don Benito, cuya acrisolada y noble honradez se confunde por elpositivismo contemporáneo con el sueño de un iluso, solía de repenteestallar con noble sarcasmo, sintiendo probablemente cuán estériles hansido las desgracias del pasado y cuán injustamente ha repartido eldestino sus favores en el presente.

Pero el club es el club, y aquella noche, los violines, riendo bajo lacuerda de los arcos, transmitían la alegría y el entusiasmo singular dela música a todos los semblantes.

De pie, delante de la puerta que da paso a la gran escalera del comedor,yo seguía el vuelo espiralado de las parejas impelidas por el soplocaliente de un vals de Metra. No sé por qué, esos valses fascinadores,de cumplidas y ondulantes frases, que parecen dibujadas en el éter porla batuta mágica del maestro, me produjeron una profunda melancolía,trayéndome al recuerdo unos versos en que Hugo contempla, a través delos cristales empañados por el frío de la noche, el cuerpo de su amadaenlazado por el brazo de un rival feliz.

¡Pero qué variado espectáculo!

¡Cuánta mujer ideal y atrayente bajo la trama cariñosa de esas telasmodernas, cómplices de la carne y del contorno que este siglomaterialista teje con las alas de pájaro o pétalos de flores exóticas!¡Cuánto ser grotesco de fealdad repugnante, de doloroso raquitismo,brincando sin gracia, marcando la nota chillona del ridículo!

¡Cuánto contraste!

¡Cuánta cara foránea, ahorcada por cuellos anticuados, encorbatada deraso tórtola, bizantinamente enfracada, con pantalón en forma de caño ybotines de brasileño guarango!

¡Cuánto gallo viejo sin púas, forcejeando contra el tiempo en vano, conlas armas débiles de los untos! ¡Cuánto ser insípido, abriendo la bocasatisfecha y marchitando con su trato insoportable a tanta mujer linda yatolondrada que busca su ideal sin encontrarlo!

¡Cuánta mamá achatada por la gente que pasa, sirviendo de mojón en lossofás de lampás crema!

¡Cuánto marido tolerante que entrega su mujer a la garra de los halconesy que se sitúa en el buffet con el sentido práctico de un convencido!

¡Cuánto viejo fatuo, teñido de pies a cabeza, prendido como un paje, queapesta a menta desde lejos y que instala sus pretensiones intolerablesante cualquier mujer bonita, para que el mundo le cuaje el sabrosorenombre de afortunado! ¡Cuánto muchacho alegre y filósofo, pollos de laaldea, que conocen la aldea y que toman la partida con el buen humor delos descreídos!

El baile estaba en su apogeo, cuando sentí en torno un murmullo. Dosmujeres del gran mundo entraban en el salón y las parejas se abrían paradarles paso. Don Benito acompañaba a una de ellas, y la otra, contra lamás estricta regla de nuestros salones, caminaba sola al lado. DonBenito vino derecho adonde yo conversaba con un grupo de amigos.

—¡Julio!—me dijo con la más perfecta y aristocráticaurbanidad:—¡Fernanda!—Y

dándose vuelta y señalando a la más joven,repitió, como toda presentación:—¡Blanca!

Me incliné reverenciosamente y al levantar los ojos, vi la imagen doblede mi compañera de teatro ¡dieciocho años ha!...

—Me parece que nosotros somos viejos amigos—me dijo Fernanda.—Y

comoqueriéndome dar confianza, agregó:—¡Pero usted es un hombre!

—¡Señora... señorita!....

Y a una finísima mirada de don Benito, imperceptible casi, yo extendí mibrazo y Blanca se colgó de él con franco y dulce abandono.

No podía darse un retrato más semejante a Fernanda. Para mí, Blanca erauna verdadera resurrección del pasado; la misma aparente frialdad de lamadre, la misma palidez casi mate; los grandes y sombreados ojos deFernanda, y un busto, que dejaba ver un escote en el que los nerviospreponderaban sobre la carne. Por último, un brazo que podía ser untanto largo, pero que, bajo fino y suelto guante de piel de Suecia,tenía yo no sé qué encanto voluptuoso, mil veces más ático y más puroque el que revela un pie bien calzado cubierto por una media de sedaobscura.

El vestido de Blanca era una antítesis con su serena palidez: unapollera corta de tul de seda color fuego, estrecha, determinaba como uncalco las líneas misteriosas del cuerpo, dejando ver bajo el ruedo unzapato de raso del mismo color, sumamente escotado, en el que aparecíael más bello y atractivo pie de mujer.

Una bata de terciopelo fuego encerraba apenas el misterio de su pecho,dejando adivinar las líneas audaces de sus senos altos y erguidos comolos de la Venus de Milo. En la cabeza dos peinetas de oro de unasencillez irreprochable sostenían su cabello rubio mate, y fuera de lasnumerosas cadenas de pulseras que rodeaban sus brazos, ni una solaalhaja, ni una sola flor, ni un solo adorno, lucían en aquella mujer.

—¡Qué espléndido vals!—me dijo,—bailemos, yo no resisto...

La enlacé estrechamente y la imaginación debió traerme, como una brisaen aquel momento, el suave perfume de Fernanda. Blanca reclinó sumejilla sobre mi hombro, el muelle contacto de sus senos estremeció mipecho, tomele la mano con fuerza y rodeando su talle flexible yadmirable, la danza lasciva nos arrebató en su torbellino.

Blancabailaba como una inglesa de la vieja estirpe; sin reservas, perotambién sin el grosero materialismo de una mundana; de vez en cuando,los vaivenes ondulantes del vals en que los cuerpos se deslizan con lamúsica, nos unían involuntariamente, y yo sentía ese estremecimientoinexplicable que produce la lucha de la timidez con la audacia, cuandoel cuerpo de una mujer joven y linda toca y calcina esta miserablearcilla humana de que están hechos todos los seres desde Satanás hastaSan Antonio.

El vals tocaba a su término; mi compañera se me había entregadocompletamente.

En el mareo embriagador de sus últimos giros, columbré elrostro de don Benito, que del brazo de Fernanda nos miraba con unasonrisa mefistofélica, en el momento en que el eco de los violines seapagaba, y Blanca caía fatigada voluptuosamente sobre un sofá que lasostuvo y balanceó un instante en sus muelles y flexibles elásticos.

—Pero usted valsa como nadie... Yo no podría valsar con otro después dehaber valsado con usted.

—Y bien, señorita, la cuenta es muy sencilla, bailemos todos losvalses...

—¡Oh! ¿Y los compromisos?...—me dijo con cierta petulancia altiva.

—Es muy sencillo: los viola usted—le repliqué con igual tono.

—¡Me cuadra! Está hecho el trato.

En ese instante nos detenía un joven grueso, de lentes, rosado, rubio ylindo como un retrato al pastel, con un ambiente de insignificancia quese aspiraba de lejos.

—Muy buenas noches, señorita. ¿Quiere usted darme el próximo vals?

—No me es posible, doctor Bello, estoy comprometida—contestole Blancacon indiferencia.

—¿La cuadrilla?...

—Me fatiga bailar cuadrillas—replicole en el mismo tono.

—¿Entonces, los lanceros?...

—Menos, doctor...

—¿Entonces que quiere usted darme?—preguntó aquel desgraciado eincómodo pretendiente.

—Nada—se apresuró a contestar don Benito que en ese mismo instantellegaba a nuestro grupo.

El joven doctor tragó saliva lastimosamente, pero Blanca, reaccionandocon generosidad en su favor, le dijo:

—Pasearemos esta mazurka, y señaló la pieza perdida en el epílogo delprograma que comenzaba.

Seguimos con Blanca; paseamos la pausa y atravesamos el gran salón, endirección al salón punzó de la calle Victoria. Al entrar en él, un grupode hombres, entre los que estaba mi tío Ramón, saludó a mi compañera conlisonjas y elogios. Blanca se detuvo.

—¡Ah! papá ¿qué haces?...—y dirigiéndose a los demás, les estrechófrancamente la mano, mientras yo hacía una reverencia.

Era en efecto el doctor Montifiori, el marido de Fernanda; unex-diplomático de un país híbrido como la Herzegovina o el Montenegro:no importa. Mientras nos detuvimos, yo lo observaba.

El doctor Montifiori era un personaje de edad reservada, pero con airede garçon.

Sabía llevar con cierta elegancia negligente la ropa quevestía y se conocía que el gusano había vivido siempre dentro de seda.Corríase que al casarse con Fernanda, veinte años atrás, el doctorMontifiori había enajenado su interesante personalidad en cambio de labelleza de su esposa y ocupado una legación en no sé dónde.

Corríase también que aquel lion, a pesar de su edad, había sido el enfant gaté y el bon papá de esas famosas golondrinas que vuelan eninvierno a mediodía en sus carretelas por el Bois, custodiadas por unlacayo impertinente y acompañadas por perros microscópicos de esasrazas artificiales con que el sibaritismo parisiense falsifica lasnobles obras del Creador.

El doctor Montifiori se movía por el salón como una góndola con proa deánade: tenía un abdomen formado sin duda por las golosinas de losbanquetes de embajada, a los que concurría invariablemente a pesar de suretiro. Sus rubicundos cabellos y sus patillas inglesas, incluso subigote recortado como el de los banqueros de Lombard Street, debían elbrillo de su lustro a las caricias de un pan de cosmético en constanteejercicio sobre la mesa de toilette. No hay duda, el doctor Montifiorivivía teñido desde los pies hasta la cabeza. Como todos los viejos dandys, después de tragar sus píldoras de salud, entregaba su figura alos afeites milagrosos de Guerlain, y como si se sumergiera en la fuentede Juvencio, se bañaba con precauciones en agua tibia y perfumada,dormía como los donceles de César en lecho de plumas y su medio siglolargo, necesitaba después de sus encantadas soirées, que el edredón delos sibaritas cubriera y protegiera sus miembros fatigados como los deJúpiter, después de sus transformaciones.

Montifiori era un epicúreo, y por eso, el salón de Fernanda erarenombrado por el gusto y por el eximio buen tono que perfumaba todossus detalles. Acostumbrado a sentarse diariamente en una mesaverdaderamente ática como manifestación culinaria, Montifiori pasaba conrazón por un gourmet de estirpe, por un paladar maestro para catar unabecasa au madère, servida sobre un plato de Saxe.—Y así, aquel granvividor, acostumbrado a mirar los zafiros y rubíes de sus anillos de oromate al través del diáfano cristal, lleno con los topacios líquidos delSauterne, y a saborear la nube perfumada del tabaco de Cuba, debíasufrir mucho, cuando mi tía Medea, a quien frecuentaba, lo sentaba a sumesa a comer aquellos platos dignos sólo de su robusta pepsina de ñandú.

Montifiori, como todo hombre del gran mundo, con marcada tendencia aleuropeísmo, hablaba con bastante afectación el francés y murmuraba elinglés con una increíble adivinación del acento peculiar de este idioma.Estaba en todos los golpes de petits mots, sabía sacar partido de esasdeducciones híbridas de las palabras, que los parisienses consiguenhacer con los dientes superiores y la nariz, indicando apenas lasexpresiones hasta casi llegar a formar una charla de monosílabos breves,rápidos, fugaces y casi eléctricos, que hacen la desesperación de todoslos que han aprendido el francés por el Ollendorf.

Al lado de Montifiori contemplaban el baile dos caballeros más, el viejoMinistro de Estado doctor don Bonifacio de las Vueltas, político ducho,orador brillantísimo y eficaz, gran brujuleador de cámara y antecámara,fina inteligencia, blanca erudición, débil y bondadoso, embrollón comouna modista de alto tono, pero de una intachable honradez privada. Sebalanceaba a su lado con movimientos de odalisca otro personajediminuto, que a una fisonomía árabe despejada, de ojo poético ypenetrante, reunía ciertas antítesis morales y físicas que revelan unprisma de nuestra raza sudamericana. Su palabra elocuente, un tantoenfática y voluptuosa, se apretaba, al salir, entre los dientes y loslabios, al mismo tiempo que llevaba ambas manos al vientre y secontoneaba delante de las señoras como un palomo que corteja a la palomadando vueltas en el borde del mechinal. Era sin duda aquél uno de losfinos artistas de la palabra y de la frase, según se decía; había caídode las más altas posiciones, y mi tía lo abominaba como todo el partidode la gran política que no le conocía sino por el apodo que se le daba yque no es del caso mencionar.

—Señorita Blanca, presento a usted mis más sumisas manifestaciones derespeto y admiración—dijo el doctor de las Vueltas, entreabriendo suboca como un pimpollo.

—¡Oh, doctor! tantas gracias—contestó Blanca.

—Es usted la reina del baile. Lleva usted mis parabienes,Blanca...¡aaah!...¡está usted espléndida... aaah!—decíale el compañerode don Bonifacio, arrullando alrededor de Blanca.

—¡Oh! déjeme, doctor, que lo felicite por su folletín de El Nacional;¡qué linda, qué linda página!

—¿La ha leído usted? ¡Linda era en efecto!... ¡qué lástima que misex-ministros no sean capaces de juzgarla; son todos unos civilistas...aaah!—dijo el doctor, mirando al señor de las Vueltas con marcadaintención.

Montifiori a su turno conversaba con el doctor de las Vueltas apropósito de un caballero de las provincias que había pasado atufado ysin saludar al grupo.

—Pero algo debe tener con usted, querido Montifiori, porque conmigocultiva la más cordial amistad.

—En efecto—decía un gallo viejo de monocle que formaba parte delgrupo,— Il a l'air bien farouche.

—Ja, ja, mis buenos amigos; es el doctor Escañote, de Corrientes, unincorruptible, me detesta, ¿y saben ustedes por qué? Una noche en Paríseste señor, que se había instalado con toda su prole en un mal hotel decuarto orden, hacía la cola en la boletería de Variétés donde se dabala Femme à papá, una mononería de cosas cochonas en que Judie hacecaer la baba. El buen señor, sin conocer las reglas de la cola,pretendió saltar su turno y pasar para romper la muchedumbre el muy sot; ¡claro!

se armó un alboroto. Ese pobre señor tenía la desgraciade no hablar una palabra en francés, e interpelado por los agents deville, contestaba con el acento peculiar de su provincia:

«¡No me lleven así!... ¡soy forastero, correntino, de la RepúblicaArgentina!...» y qué sé yo qué otras cosas.

De repente, malheur me divisa, me conoce entre la ola de lamuchedumbre y me grita:—«¡Señor Montifiori, paisano, compatriota, vengaa salvarme, me quieren llevar a la comisaría!» Figúrese usted, doctor,yo iba en aquel momento nada menos que del brazo de ese espléndido Prince de Trois Lunes, un homme charmant, comme cicerone!

Salíamos deBignon, era imposible codearme con aquel rastaquère guaraní!

ElPríncipe notó sin embargo mis señas y me decía:— Comment! c'est un devos compatriotes qui vous appelle, n'est-ce pas?—¿Qué podía yocontestarle?...— Bah!

non pas, mon cher prince, c'est un parvenu, je nele connais pas.

—¿Y cómo concluyó el incidente?—preguntó el señor del monocle.

—Pero muy sencillamente: cenando nosotros en el Café Anglais y micorrentino durmiendo en la comisaría.

—¡Ja! ¡ja!—y todos a una reían de la espiritual aventura deMontifiori.

—¿Y qué es de tu mamá, Blanca? no la veo—le preguntó a su hija.

—Ahí anda, con don Benito...—contestole su hija haciendo un graciosomovimiento de cabeza.

—¡Joven y linda como la hija! Mater pullchra, filiapullchrior! —exclamó el doctor, esbozando en su rostro moreno unasonrisa afectada y contoneándose siempre con las manos sobre el vientre.

—Bien, jóvenes—díjoles Blanca,—yo tengo sed, quiero tomar un helado;señor don Ramón,—agregó dirigiéndose a mi tío,—lléveme usted a tomarun helado. ¿Me permite usted, que lo abandone por su tío?

—Con tal que el próximo vals sea mío...—le contesté.

—¡Oh, bien claro! tenemos un compromiso formal—me contestó, ysoltándome el brazo, lo entregó coquetamente a mi tío Ramón y ambos seretiraron del grupo.

—¿No es cierto que mi hija es charmante?—dijo el doctor Montifiorial verla retirarse.

—Es una señorita, mi querido doctor, llena de atractivos, y usted mepermitirá que le reitere mis más entusiastas felicitaciones y plácemessinceros—contestole el doctor de las Vueltas, empleando el tono másmelifluo de su voz.

—Es una nereida, una verdadera hurí, tiene la hermosura de Dido y elpaso de una diosa...—exclamó el otro doctor entusiasmado.

—Nosotros no tenemos papel que desempeñar en este baile... Mucha mamá demodada; y no es posible glisarles nada a las jóvenes sin que seofendan. Por eso, mi querido de las Vueltas, es que yo amo a la mujerfácil... ¡Variedades! ...

Anoche Fleur d'Eglantier estuvoapetitosísima en la chansonette... ¡Quelle chatte! ...

—¿Sí, y qué cantaba?

Oh, mon cher! cantaba Mon Oscar!... estábamos en el avant-scène,con los attachés de la legación turca, y la muy ricotona me cantaba amí solo todos los couplets... la sala ardía de envidia!... Yo estabairreprochable... mis zapatos barnizados, mis guantes amarillos, unsobretodo de cuellos de silkskin... en fin,

¡espléndido! Subimos en micupé clarence y cenamos en el café de París soberbiamente... unasarmoricains y un homard, que sólo ese Sempé es capaz de proporcionaren esta tierra imposible! ¡Qué mujer tan flirtante!... ¡Me llamaba Mon petit Pichonot!

En este instante mi tío Ramón regresaba con Blanca del buffet.

—Comienza nuestro vals, señorita, y yo lo reclamo. Tío, usted se quedacon sus amigos y me devuelve la compañera, ¿no es así?—le dije a mi tíoRamón.

—Te la entrego, siempre que ella lo consienta—me contestó, y comoBlanca se desprendiera sonriendo de su brazo, mi tío la dejó hacer y nosalejamos de nuevo de aquel grupo, que formaba uno de los másinteresantes cuadros del salón.

El vals recomenzaba; entramos en el gran salón y nos perdimos en el marde danzantes. Blanca había pasado de su interesante palidez a unencarnado suave, que revelaba la excitación involuntaria que provocan enla mujer la música y el baile.

El último vals lo había bailado con un ímpetu y un ardor de veinte años.Sus ojos claros, melancólicos y un tanto extáticos por lo general, sehabían alumbrado con un fuego intenso; su boca entreabierta delataba esaseductora molicie que invade todo el organismo delicado de la mujer enlas horas fugaces de la fiesta.

Nos sentamos en un sofá al concluir la pieza que habíamos bailado, ycomo yo tratara de guardar cierta distancia respetuosa, dejándose caersobre el respaldo del asiento, e inclinando la cabeza graciosamente, medijo:

—¿Por qué tan lejos? Acérquese usted más... tome mi abanico, deme aire,me sofoco...

Obedecí maquinalmente, y al acercarme rocé con suavidad su rodilla, quese adivinaba a través de la veste y sentí su contacto tibio y carnal.

—Más cerca, abaníqueme usted... así... ¡oh, ahora se respira!...—ysuspiró con toda el alma, y, al suspirar, las curvas de su seno sedesprendieron un instante del tul que las cubría y volvieron a dibujarsu sobrio pero voluptuoso busto.

Yo me había acercado a mi compañera todo lo que el buen gusto permite.

Felizmente en aquel momento se organizaba una cuadrilla, y la filacompacta de las parejas nos cubría de las miradas de todo el mundo. Hayveces que un baile es más solo que un desierto. La música rompía enseguida y Blanca y yo, en nuestro sofá, gozábamos de la ventaja de quenadie se preocupara de nosotros.

—¿Y su padre? ¿hace mucho que murió?...—me preguntó con un acentolleno de ternura.

—Veintidós años, cuando yo era un niño...—le contesté.

—Es triste sin padre y sin madre, tan joven...

—Muy triste, Blanca.

—Y tanto más, cuanto que usted no tiene fortuna y la fortuna es hoyindispensable en Buenos Aires. Sin fortuna la vida debe ser abominable.Al menos, yo no la concibo.

—¿No cree usted en el amor?...

—¿Solo?—me observó vivamente.

—Sí—le dije mirándola con fijeza.

—¡No!—me contestó ella con indiferencia...—¿quiere ser mi amigo?¿Quiere guardarme una confianza?... Yo soy una mujer rara, extraña. Yono he amado nunca y no sé si lo que he sentido alguna vez, puedellamarse amor; pero jamás, aun amando mucho, me casaría nunca con unhombre pobre. Tengo horror, miedo, por la pobreza...

—Es triste—le repliqué;—ser de un hombre a quien no se ama, debe seralgo terrible en la vida...

—No lo creo. Se puede amar al marido, amarlo como a un amigo... al finel marido no es otra cosa a la vuelta de diez años. ¿Cómo concibe quedon Ramón, su tío, esté enamorado de misia Medea? ¡Imposible!

—¡No, Blanca! Pero, si usted se casa con un hombre a quien no ama,¿cómo puede cerrar su alma para siempre, usted flor del mundo al fin?...

—¡Pero, no cerrándola, amigo mío!... Yo no sé si algún día meenamoraré, pero si tal cosa sucediera, soltera o casada, yo seguiría elimperio de mis pasiones...

—¿Casada, también?...—le pregunté, aproximándome todo lo más posible.

—¡Casada, también!—me contestó, y su aliento me embriagó el rostro.Aquella mujer estaba enloquecedora en aquel momento.

La noche, aunque de julio, era tibia, y los balcones que dan a la calledel Perú, estaban entreabiertos: nosotros estábamos sentados cerca deltercer balcón. Una pareja de esas que se forman con una mamá aburrida yun acompañante de compromiso, vino a sentarse a nuestro lado y nosconsagró una mirada de indiscreta curiosidad. Yo aproveché la ocasiónpara invitar a Blanca a que abandonásemos el campo al enemigo y ellaaceptó. Al pasar junto a la puerta del balcón, exclamó:

—¡Qué espléndida noche!—y se detuvo un instante sobre el marco de lapuerta;—

¡hace un calor tan insoportable en la sala!

—En efecto, la noche es soberbia—le dije;—¿salgamos albalcón?—agregué acompañando mi palabra con una ligera presión en elbrazo que tenía enlazado con el mío.

—Nos criticarán...—me repuso.—Este mundo no ve tan bien estascosas... pero a mí no me importa nada de él, salgamos;—agregóresueltamente, y tomando ella misma la hoja de la puerta, la abrió yjuntos entramos en el balcón.

Eran las tres de la mañana, la luna en menguante ya, iluminaba lostechos de la ciudad dormida, la calle estaba solitaria, los faroles degas, con su luz roja, titilaban, formando desde la esquina del clubhasta el Retiro una senda que parecía alumbrada por candilejas.

Al entrar en el balcón, alguna pareja nos había entrecerrado de nuevolas puertas y desde afuera, donde imperaba la sombra, hacía un contrasteraro aquella sala profusamente iluminada en la que las diferentes tintasde los trajes, la música y el bullicio, producían un movimiento variadoy constante.

—Nos han encerrado—me dijo Blanca...—¡es original!...

—¿Tiene usted miedo de estar sola conmigo?...—le pregunté.

—¡Miedo yo! jamás lo he tenido... ¿qué podría temer de usted?...

—¿De mí?... nada, sino que la admiración que usted me inspira mehiciera aprovechar este momento para cometer una locura.

—¿Qué locura?—me dijo, echándose para atrás con una sonrisa llena devoluptuosidad.

—Esta...—le contesté, y avanzando sobre el espacio del balcón hasta elrincón en que termina la reja, la impulsé suavemente, le saqué en unsegundo uno de sus guantes, le tomé la mano, la llevé a mi boca, larodeé con mis brazos el cuello y la cubrí de besos mudos e intensos queella rehuía apenas, riendo entrecortadamente con cierta frialdadirritante.

El reloj del Cabildo golpeó en aquel momento las tres de la madrugada, yel eco de la campana se extinguió en el silencio de la noche.

—Sabe que tengo un hambre devoradora y que siento frío—medijo,—entremos—y su rostro, al pronunciar estas palabras, no reflejabala más mínima impresión por lo que acababa de suceder.

—Blanca—le dije,—¿me ama usted?...

—No lo sé—me repuso.—¿Para qué quiere saberlo? ¡Aunque lo amara, nome casaría con usted!...

—¿Por qué?

—Porque usted no tiene nada. Yo soy una mujer que amo mucho el mundo yel lujo... Necesito un marido que sea capaz de proporcionarme todos misgustos... Deje que se presente, y, entretanto, ámeme, siga amándome, ledaré todo mi corazón—

añadió riendo a carcajadas. Y cambiando de tono ycomo adoptando una resolución, añadió:—tengo hambre, ¿lo oye usted?¡lléveme a cenar!

Salimos del balcón y entramos de nuevo en la sala. Yo tenía la sangre enla cabeza, pero aquella mujer estaba fría como una lápida. En laescalera del comedor encontramos a don Benito que paseaba a Fernandatodavía.

—¿Qué tal, hijita mía—le dijo Fernanda pasándole la mano por lacara,—te diviertes?

—Ah, mucho, mucho, mamá—replicole Blanca.

—¿Y usted, señor don Benito?... Sabe que tengo que darle las graciaspor el compañero. Es un maestro; baila el vals admirablemente...

—¿Nada más que el vals?—preguntó con sorna don Benito.

—¡Oh, nada más! Ninguna mujer chic baila otra cosa... ¿No es verdad,mamá?

—¿Por qué no?... Las cuadrillas son de regla en un baile.

—¡Para nosotros no! Nosotros hemos pasado las últimas en el balcón...

—¿Que dices, Blanca?—preguntó Fernanda con un acento de sorpresa.

—¡Sí, mamá, en el balcón!

Don Benito me miraba con una sonrisa llena de picardía, y yo hacía unesfuerzo supremo para contener mi emoción. Pero Blanca, con unaresolución repentina, me arrastró fuertemente del brazo que me teníaasido y me sacó del descanso de la escalera en que nos habíamosdetenido.

—Vaya, ¿qué tiene de particular?—preguntó Blanca retirándose y mirandoa la madre...—¿Tiene algo de malo lo que hemos hecho?—y encogiéndosede hombros con un movimiento brusco, agregó con una carcajada:

—¡Vamos a cenar!

Entramos en el comedor que todos conocemos: un gran salón al cual lefalta mucho para estar bien puesto. Aquella noche, Canale, como decostumbre, había formado la gran mesa en herradura con mesas centrales,y sobre ella, había levantado los mismos catafalcos de cartón y pastasde azúcar de todos los años. Se cena execrablemente en el Club delProgreso, y el adorno de la mesa tiene mucho de los adornos de iglesia:los jamones en estantes de jalea, los pavos y las galantinas cubiertaspor todas las banderas del mundo. En fin, allí se sienta uno con laindiferencia con que Raúl y Nevers se sientan en el banquete de papelpintado del primer acto de los Hugonotes.

El mozo se nos acercó y nos dio la carta. Blanca pidió bisque y noshizo servir champagne. Era hija del padre; las delicadezas de la mesa laseducían más que otras cosas. Devoró el primer plato y agotó la copa conansia. Nos habíamos sentado en un extremo de la mesa; las flores y losadornos centrales nos cubrían de los vecinos del frente. Yo me habíaaproximado a Blanca lo suficiente para atenderla, pero ella, no sé sicon intención o sin ella, cerró la distancia aproximando lo más posiblesu asiento al mío.

—Usted no bebe nada—me dijo,—¿tiene miedo de perder la cabeza?

—No... si usted la perdiera, me gustaría perderla con usted—le repuse.

—¡Yo!... sería inútil; tengo la cabeza muy fuerte para el champagne...Bebamos otra vez... ¡bebamos por nuestra amistad!

—Yo levanté la copa junto con ella, y juntos apuramos su contenido.

—Usted es una mujer de hielo—le dije.

—¿Yo? ¡qué disparate! usted no me conoce, yo lo que soy es una mujercaprichosa... ¿Cree usted que con una mujer de hielo habría usted hecholo que ha hecho esta noche? No... el día que yo llegue a amar, amarécomo ninguna.

—¿A mí?

—No lo sé, a cualquiera; a usted, si es capaz de hacerme feliz, a otro,si usted no lo es...

En aquel momento comenzaba a amanecer; el primer albor del díadibujábase tras de las torres de San Francisco y el horizonte empezaba ateñirse débilmente de tintas rojas. Nos levantamos de la mesa y nosacercamos a los cristales a admirar aquel cuadro sublime ante el cualempalidecían las luces del baile. Blanca estaba apoyada en mi brazo ydejaba caer su cuerpo débilmente sobre el mío.

—Es linda la madrugada—le dije, oprimiéndola con pasión...

—¡No!—me repuso,—la noche me gusta más... vámonos, tiemblo de que elsol me sorprenda en la calle—y arrastrándome con fuerza, bajamos laescalera y me obligó a conducirla al toilette.

—Adiós...—le dije estrechándole la mano.

—Adiós—me replicó apretándome la mía en que quedaron impresos susdedos finos y nerviosos.

Al dar vuelta, me encontré con don Benito que acababa de abandonar a sucompañera.

—Y... ¿qué tal, Blanca?

—Fría como un mármol—le dije.

—¡Ah, hijo mío!—me contestó,—la hija es como la madre, una estatuaque uno puede estrechar, besar y robar; pero una estatua, no se muevenunca sin música...

—¿Qué música?—le pregunté.

—¡Inocente! la libra esterlina; una partitura que no admite rivalidadesde escuela—y poniéndome el sobretodo en el brazo, y armando el claque,sacome fuera y metiome en el cupé que comenzó a rodar apenas sonó elgolpe de la portezuela.

La fatiga me rindió aquella noche, pero no pude descansar. La imagen deBlanca me atraía involuntariamente: veíala andar y detenerseburlonamente en mi camino como dándome tiempo para alcanzarla, y cuandocreía tenerla cerca, la visión desaparecía dejando en mi sueño el surcoluminoso de su vestido rojo que parecía disolverse en el aire endeslumbrantes e impalpables copos de fuego.

XII

Al día siguiente comía en casa de mi tía Medea con don Benito y mi tíoRamón.

Hacíamos la crónica del baile antes de sentarnos a comer, pero,al ocupar nuestros asientos, la conversación varió de tema. Mi tía habíatenido aquel día una furibunda reyerta en su Sociedad Filantrópica apropósito de no sé qué bazar en que sus colegas se habían permitidoprescindir absolutamente de ella. Al oírnos hablar del baile, nos obligóa callar; dirigió dos o tres frases hirientes a mi tío, por habersepermitido asistir al club y comenzó a contarnos su jornada. Parece queaquello había sido un campo de Agramante: que la emoción de mi tía habíasido puesta tres veces a votación y que tres veces había sido rechazada.Furiosa, como ella sólo sabía ponerse cuando le picaba la rabia, habíasalido de la Sociedad con la gorra toda torcida, bramando como unaleona, con la pollera arremangada, y a pie, con paso corto y rápido,había llegado a su casa sin interrumpir la serie de colosales blasfemiascon que se había despedido de sus odiadas compañeras.

Mi tía se había sentado a la mesa sin apetito, excitada como nunca porel fuerte altercado que acabo de narrar sin detalles.

Sus ojos, más congestionados que de costumbre, brillaban de una manerasiniestra.

Mi tío Ramón había pasado de un buen humor apacible a unanonadamiento completo, fulminado bajo el fuego de aquellas pupilasfelinas.

La ancha cara de mi tía revelaba la reflección alarmante de sus venasahogadas por las ondas perezosas de una sangre espesa e inmóvil. Alsentarse a la mesa le habían asaltado mil incomodidades desconocidaspara ella: acaloramientos súbitos que le enrojecían momentáneamente suscarrillos laxos, golpes de fuego a la vista, dolores punzantes a lanuca, relampagueos, obscurecimientos, latidos, y qué sé yo qué vagospresentimientos de un ataque repentino cruzaban pinchándole suimaginación y haciéndole exclamar de cuando en cuando con ciertadesesperante agitación:

—¡Jesús, por Dios! ¿qué tengo yo?

Don Benito trataba de tranquilizarla; mi tío Ramón, sumiso siempre, lamiraba guardando un respetuoso silencio; la idea de una apoplegía lehabía cruzado la mente; pero, ya fuera por temor, ya por moderación, seguardaba bien de aconsejar a su mujer la moderación, el reposo y sobretodo, los purgantes que el desconocido doctor Brown le había instituidocomo tratamiento hacía ya muchos años. Para él, la moderación delcarácter feroz de su consorte era cuestión de algunas libras de sal deInglaterra, medicamento que, dada la fe que tenía en sus efectos, lehubiera evitado mil disgustos, restableciendo por un instante latranquilidad del hogar.

Momentos después del altercado, mi tía Medea se había visto atacadasúbitamente de una abundante evacuación de sangre por las narices; peroen el paroxismo de su cólera, temblando nerviosamente de ira, se habíacontentado con sorber en abundancia y ruidosamente grandes cantidades deagua salada, atarse fuertemente el brazo derecho o ponerse en loslujuriosos rodetes de su nuca adiposa la llave consabida que aconseja laterapéutica popular.

De cuando en cuando se pasaba las manos por los ojos, en los cualesdecía sentir un peso enorme; se comprimía las sienes, donde latían confuerza sus arterias o se mojaba con el agua del vaso aquella frentepecosa y chata, bajo la cual ardía un volcán de odios y de futurosproyectos de venganzas. Estaba irrascible, irritable, convulsa como unafiera herida; la silla tiritaba bajo el peso de sus muslos pletóricos ysu marido volvía a agitarse acariciando tímidamente el recuerdo favoritodel tratamiento del doctor Brown.

—No valen todas ellas el disgusto que me han dado, ¡perras viejas caches!—

exclamaba con una voz tosida y un poco gangosa.

Mi tío don Benito y yo continuábamos inmutables nuestro programa deabstención activa, callados y reverentes, comiendo con esa moderaciónrespetuosa que se confunde con el hambre modestamente disfrazada de unapetito discreto. No se oía sino el rabioso crujir de las mandíbulastiburonianas de mi tía Medea, que con cierta complacencia maléfica,aunque llena de voluptuosidad, imaginaba aplastar el cráneo de alguna desus rivales en el inocente coscorrón de pan que roían sus molares y eltímido y casi silencioso masticar de los que temíamos herir los oídossusceptibles de la señora.

Don Benito procuraba, sin embargo, inútilmente, abrir temas deconversación, pero todo era en vano, la tentativa no prendía. Mi tíaMedea volvía a sus imprecaciones, lanzaba un reto furibundo a susrivales, las apostrofaba en mil formas y levantando el puño cerrado, lesjuraba venganza como una pitonisa poseída por la cólera divina.

Terminábamos la comida e iban a servir el café. Mi tía tomó posicionespara levantarse; pero, al ponerse de pie, sintió algo extraño, algoterrible pasar por su cabeza; quiso dar un paso y cayó desplomada sobreel pavimento.

—¡Jesús te ampare!—exclamó mi tío Ramón, abriendo tamaños ojos alverla caer;—ya tenemos encima la terrible perlesía; y corrió asocorrer a su consorte que había caído sin sentido a los pies de lamesa, haciendo un ruido extraño con la boca llena de espuma.

Don Benito y yo habíamos corrido al mismo tiempo a socorrer a mi tía.

Su aspecto era verdaderamente aterrador; había caído fulminada por unviolento golpe de sangre; estaba sin conocimiento, insensible, relajaday en una inmovilidad absoluta.

Era una masa inerte, en la cual sólo la persistencia de la respiración ylos latidos del corazón que llegamos a percibir, atestiguaban que lavida aún no se había extinguido.

Mi tío pedía a gritos un médico, el vinagre y los sinapismos; y mientraséstos se aplicaban abundantemente en las piernas ciclópeas de laseñora, don Benito y yo corríamos en busca de todos los médicos delbarrio. Las señoras de la vecindad, algunas de las cuales eran de larelación de la familia, concurrieron inmediatamente al conocer ladesesperación de mi tío.

Todas ellas continuaron las aplicaciones de sinapismos en laspantorrillas, en la nuca, en la planta de los pies, en los muslos y enlos brazos; le desprendieron la ropa y la colocaron en su cama.

Al bajar con don Benito la escalera para ir a buscar médico, noschocamos con el pardo Alejandro en la misma puerta de la calle.

—¿Qué hay, niño; qué sucede? toda la vecindad está alborotada... ¿seprende fuego la casa?...—nos preguntó.

—Al contrario, creo que se apaga el fuego... tu patrona parece queacaba de reventar—contestó don Benito con la más perfecta calma.

—¿Quién? ¿la tigra?... ¡al fin!...—replicó el pardo con el acento deun hombre que se desahoga.

Volvimos en seguida; habíamos recorrido dos o tres cuadras y sólohabíamos encontrado cinco médicos que se prestaron con suma complacenciaa nuestro llamamiento.

Mi tía seguía agravándose por momentos. Su respiración era estertorosa ypenosísima; a cada respiración, los carrillos, privados de resistencia,se dejaban destender pasivamente, después volvían a quedar laxos yflojos.

Fuma la pipa—dijo uno de los médicos en voz baja;—esto es muycaracterístico.

Mi tío oyó la observación y creyó sin duda que el facultativo preguntabasi la señora tenía la costumbre de fumar, pues respondió con grandeasombro al ver el atrevimiento de aquel hombre:

—No, señor, no, ¿cómo se imagina usted que una señora de esta clase?...ni en pipa ni en nada—agregó permitiéndose ciertos movimientos de unainopinada energía.

Los médicos sonrieron ligeramente y continuaron examinando a la enferma.Uno de ellos le introdujo una pluma en la garganta. Mi tía, insensible,no dio señales de sentirla. El médico hizo un gesto de desagrado.

—Es preciso mudarle la cama—agregó...

—¡Ah! sí—replicó mi tío haciendo una mueca forzada para disimular unprofundo pesar;—¡pobrecita, se conoce lo grave que está!

Otro de los médicos se acercó al oído de mi tío y le hizo una pregunta.

—¡Pfs!... hace muchos años, señor, desde soltero—dijo éste dejandoerrar por sus labios una melancólica sonrisa—si nunca hemos tenidohijos, y usted sabe que... el doctor Brown me decía que sin embargo eraposible y que...

—¡Ah, sí!—concluyó el médico que sin duda se vio amagado por unahistoria patológica de la familia de mi tío;—sí, el doctor Brown era ungran práctico.

En este momento se acercaban los otros colegas. Habían terminado suexamen e iban a celebrar consulta. Poco tendrían que decir de laenferma; tal era su estado de gravedad. Según opinión unánime, era una hemorragia cerebral en su más terrible forma. La respiracióncontinuaba siempre laboriosa, las pupilas dilatadísimas e insensibles ala acción de la luz, y los líquidos que apenas tomaba, se quedaban en lagarganta produciendo esos estertores penosos que impresionan tanto. Esteúltimo síntoma era de augurio fatal. Mi tío estaba consternado: su mujeriba desapareciendo lentamente sin hacer mención de reconocerlo cuando seacercaba a su lecho.

—¿Tiene mucha fiebre?—se atrevió a preguntar a uno de los médicos quesalió el primero de la consulta.

—No, señor, no, al contrario, su temperatura es más bien muy baja. Sinembargo, es probable que ahora comience a subir mucho, si, comodesgraciadamente lo tememos, esto termina mal. Está en un coma profundo—agregó, queriendo confundir a mi tío con un tecnicismoconfuso:—es una hemorragia cerebral de forma apoplética paralítica.

—¡Jesús me ampare y me favorezca! ¡cuatro enfermedades a la vez! ¡Quiénresiste a tanto!

Y el pobre hombre, haciendo un esfuerzo supremo para manifestar la mássuprema emoción, se llevaba la mano a los ojos y se tiraba nerviosamentedel pelo.

Don Benito, que estaba al lado del lecho, miraba extinguirse aquelcoloso con una frialdad perfecta.

Mi tío no se atrevía a acercarse al borde de la cama: los médicos sehabían separado, seguros ya del desenlace.

—Acérquese, señor—dijo a mi tío uno de ellos...

Mi tío se acercó temblando, remiso y casi arrastrado por el deber... alaproximarse retrocedió: la moribunda presentaba un aspecto terrible: lafisonomía estaba amoratada; la respiración era difícil y cavernosa.

—¡El sacerdote!—exclamaron algunos de los circunstantes mientras losmédicos abandonaban la habitación.

Se acercó al lecho un fraile obeso, vestido de colores llamativos,impasible como una foca, gordo como un cerdo: el rostro achatado por elestigma de la gula y de los apetitos carnales, la boca gruesa como la deun sátiro, el ojo estúpido, la oreja de murciélago, los pómuloscolorados como los de un clown. Abrió entre sus manos grasas ycarnudas un libro cuyas páginas alumbraba un monigote con un cirio, yeruptó sobre el cadáver en latín bárbaro y gangoso algunos rezos con lapasmosa inconsciencia de un loro.

Al terminar, se retiró algunos pasos del lecho; hizo un ademán a mi tíopara que se acercara; y en aquel momento mismo, mi tía Medea clavó susojos inmóviles en su marido, abrió la boca, esputó un cuajarón de sangrey acabó...

Mientras comenzaban las mujeres a hacer los preparativos para vestirla,don Benito y yo sacamos a mi tío de la habitación. Era de observarse enaquel momento la cara de mi viejo camarada;—la cómica solemnidad que seesforzaba por mantener le daba un aire mefistofélico.

Mi tío lo miraba sin comprenderlo, pero era bastante suspicaz paraexplicarse que don Benito no estaba tan desolado como lo exigían lascircunstancias.

Yo estaba esperando la palabra burlona del viejo solterón y no se hizoesperar. Nos encerramos en el cuarto de mi tío, aseguramos las puertasy don Benito, con una cara de pascuas, abriendo los brazos exclamó:

—Don Ramón... ¡apriete, amigo!—y buscó a mi tío para abrazarlo.

—¡Oh! don Benito... ¡qué desgracia!

—¿Desgracia? ¿Me representa usted el hipócrita? Celebre usted, amigo,el más grande de los aniversarios de su vida...

Y mi tío no pudo contenerse; se deshizo de don Benito y corriendo a lacama, se echó en ella y depositó sobre la blanda almohada de plumas enque hundió el rostro, una sonrisa de íntima, de voluptuosa alegría, queya no podía contener dentro de sí mismo.

En ese instante golpearon la puerta; la abrí; el perfil risueño deAlejandro asomaba por la rendija.

—¿Qué quieres?—le dije en voz baja y con el tono más serio del mundo.

—¡Oh!—me contestó muy despacio...—¿usted es de los tristestambién?—y aquel negro ponía una cara satánica cuando me decía esaspalabras.

—Vete—le dije...—vete.

—Sí, me voy... ¡a buscar el cajón!

A las doce de la noche, mi tía estaba depositada en el ataúd dejacarandá que Alejandro había traído. Le habían cerrado los ojos y laboca, pero su rostro conservaba siempre el gesto de amenaza que le eracaracterístico, y con el Santo Cristo, que oprimía maquinalmente entrelas manos lívidas y como enceradas parecía en la actitud de un centinelaque dormita armado para el caso de una sorpresa. El mulaterío femeninode la casa y de la vecindad, había invadido la sala: no faltabanalrededor del féretro dos o tres mulatillas arrodilladas que se turnabansucesivamente. Claro es que la sala había sido cubierta en un instantede crespón y de merino negros en homenaje a su ilustre dueña.

La noticia de su muerte había cundido por la ciudad, y como su influjoen los grandes centros sociales, a pesar de los desastres políticos delpartido de la finada, era de vieja data, la casa se vio llena toda lanoche de las eminencias del pasado, destronadas por el presente.

El primero con quien me encontré en la sala, fue con el doctor Trevexo.¡Cómo había envejecido y enflaquecido! Sus piernas y sus brazosdesgonzados, no se palpaban al través de la ropa, pero siempre era elmismo; el gran charlador, difuso y narrador de insulseces; granexpositor de lugares comunes, de doctrinas tomadas al instinto, deprincipios incompletos; siempre enemigo de los libros; desolado por elprodigioso aumento de las librerías y de las ediciones: furioso contrala exagerada difusión de las obras científicas; partidario constante,invariable, inconmovible del periodismo: siempre citando su coleccióndel Gorro de la Libertad y de La Espada de Damocles, los diarios quehabía escrito después de la caída de Rozas.

¡Pobre doctor Trevexo! ¡Cómo aquel hombre que había sido el primeroveinte años antes, era hoy el último! ¡Cómo se había detenido en suapogeo sin marchar! Me hacía el efecto de una de esas fotografíasantiguas de un álbum de familia, ante las que uno tiene que reírinvoluntariamente. Mientras que el mundo político había progresado entrenosotros, con lecturas serias y sazonadas: en el siglo de Disraeli y deGladstone, de Bismark y Gambetta, en el siglo de Taine y Lanfrey, eldoctor Trevexo vivía con sus recortes de diarios criollos, con toda sufama del pasado por capital y toda su estéril informalidad por presentey porvenir. ¡Sin embargo, lo que es la virtud y la consecuencia de lospartidarios! Su partido creía en él todavía: era siempre el gran orador,el gran diplomático, el gran periodista, el gran abogado, del más grandede los partidos argentinos.

La muerte de mi tía Medea lo había consternado. Su grande amiga, lamujer resuelta de todas las épocas; vencida en dos revoluciones, prontaa hacer una nueva a una sola indicación suya, había muerto; el partidoentero la lloraba, era una pérdida irreparable, tan irreparable, que elmás grande de los diarios de la América del Sur, le dedicó un sentidoartículo necrológico, largo como un sermón de agonía, con muchas frasesescogidas, que comenzaba recordando con mucho detalle a las antiguasmadres griegas y romanas, las hacía atravesar la trayectoria de lahistoria en las múltiples combinaciones de los pueblos, y terminaba conun elogio de las virtudes de la difunta y una laudatoria especial a lamansedumbre de su carácter.

A este llamamiento, todo el faubourg Saint Germain de Buenos Aires, sepresentó al día siguiente. ¡Cómo se elogiaban los méritos de la señoradoña Medea Berrotarán!

¡Cómo se condolían de la triste situación de mitío! ¡qué dolorosa pérdida había experimentado! ¡Hasta don Buenaventurahabía dejado sus múltiples ocupaciones literarias para asistir alentierro! ¡Cómo no premiar treinta años de vasallaje, mudo, entusiasta,admirador de todas sus hazañas y desgracias!

Un entierro de fuste en Buenos Aires no necesita describirse: elempresario fúnebre conoce los gustos de la gran capital, en los queprepondera la gran aldea: el convoy tiene que hacer corso en la callede la Florida: no hay otra calle para ir a la Recoleta, y si a alguiense le ocurriera la idea de cambiar el itinerario, no sería difícil queel muerto o la muerta, siendo de la aristocracia, o sobre todo de lagran política, resucitara protestando contra la variación de la ruta.

Mi tía había sido muy religiosa; aunque víctima en los últimos tiemposde un padre escolapio, que le había eliminado graciosamente algunosmiles de pesos, su fervor por los frailes y monigotes corría parejas consus entusiasmos políticos: de modo que a su entierro asistían todos losclérigos de las parroquias principales, correctos la mayor parte, y unadelegación de cada cofradía: franciscanos, dominicos, etc., incorrectosbajo el punto de vista de la higiene personal. Entre esta turba decuervos negros y pardos, no faltaba algún tribuno ultramontano, pedanteatorado de suficiencia, orador sibilino y hueco, gran momia literaria,rellena de Blair y Hermosilla, specimen del gongorismo español, que,sentado en el carruaje de duelo, como si lo hubiesen clavado en unaestaca, mantenía su gravedad solemne como para aparentar la profundadesolación que le causaba la muerte de aquella vieja cuyas virtudescorrían al fin parejas con la sinceridad de sus conviccionesreligiosas.

Encabezando el grupo, iba la misma dignidad que ya hemosvisto al lado del lecho mortuorio, con su uniforme carnavalesco decolorinches y su impasible cara de foca.

Mientras depositaban el cajón en la bóveda de la familia, yo me perdí enlas calles del cementerio.

¡Cuánta vana pompa!

Cómo podía medirse allí, junto con los mamarrachos de la marmoleríacriolla, la imbecilidad y la soberbia humanas. Allí la tumba pomposa deun estanciero... muchas leguas de campo, muchas vacas; los cueros y laslanas han levantado ese mausoleo que no es ni el de Moreno, ni el deGarcía, ni el de los guerreros, ni el de los grandes hombres de letras.

Allí la regia sepultura de un avaro, más allá la de un imbécil... lapompa siguiéndolos en la muerte. Entre una encrucijada de nichos ysepulcros, me topé de manos a boca con mi ex-patrón, don Eleazar de laCueva, que también había ido al entierro de mi tía.

—¡Señor don Eleazar! ¿Usted por aquí?

—¡Ah, señor! esperando mi hora, como todos—contestó,—hoy le ha tocadoel lote a mi señora doña Medea... ¡Ah! ella es la feliz—agrególevantando las manos al cielo:—

En este mundo no hacemos sino sufrirdesengaños, joven... Vea usted, yo, por ejemplo, que he hecho tantosservicios y tantos sacrificios por la humanidad, aquí me tiene usted amí... ¿de qué valgo, señor?

—Pero, señor, su posición, su fortuna...

—Señor, yo estoy en la calle, en la última miseria; me han arruinado,señor, usted lo sabe bien—al decirme esto, el rostro de don Eleazar sedescomponía de tal manera que infundía la más profunda lástima.

Alineado a la salida de la Recoleta, soporté con todos los parientes dela muerta, los apretones de los concurrentes, que le dan la mano a unocomo diciéndole: «¡eh!

míreme usted, he asistido, no lo olvide,» ycuando terminó esta dura prueba de resistencia, di vuelta y vi a donBenito que me esperaba.

—¿Piensas ir con la parentela?—me dijo.

—¿Qué hacer?

—Ya todo ha concluido, ahora te vienes conmigo y mañana fuera el luto.

Y subimos al cupé, que rompió la marcha por entre los numerososcarruajes apostados en las extensas avenidas del cementerio. Eran las 4de la tarde; el tiempo era espléndido; el cielo, azul y sin nubes, sereflejaba en el pedazo de río que se alcanza a ver desde la barranca dela Recoleta.

Las caras de los que volvían del entierro, demostraban bien claramenteque no se habían conmovido mucho con la ceremonia.

Don Benito me propuso ir a comer al Café de París, después de mudarnosel traje negro, y yo acepté. Salíamos de la plaza de la Recoleta paraentrar en la calle larga, cuando nuestro carruaje se cruzó con unavictoria elegantísima, tirada por una fogosa pareja de alazanes ydirigida por un cochero de una corrección irreprochable.

Repantigadascómodamente

en

el

amplio

asiento,

iban

dos

mujeres

distinguidísimas,cuyo saludo apenas tuvimos tiempo de contestar.

Eran Fernanda y su hija: al verlas, ambos sacamos la cabeza por lasportezuelas del cupé, en el momento en que ellas también daban vuelta.

—Van espléndidas—me dijo don Benito.—Diablo de vieja tu tía, hastamuerta nos persigue; si no hubiera sido por el tal entierro, ¡qué golpehabríamos dado yendo a Palermo!...

—Pero todavía hay tiempo—le repliqué,—retrocedamos.

—¿Te atreves?...

—Y qué...

—¡Alejandro!—gritó don Benito al cochero,—a Palermo por el Bajo...

El carruaje dio vuelta, y los caballos tomaron el trote largo a unsimple chasquido del látigo de Alejandro. En diez minutos llegamos a laverja de hierro que da entrada al parque; doblamos sobre la gran callede palmas que estaba solitaria: sólo en el fondo, del lado del bosque,se veía un punto negro: era la victoria de Fernanda: nuestro cupé sedeslizó por el pedregullo de la avenida, salvó la vía del tren delNorte, y vino a detenerse al mismo lado de la victoria. El carruajeestaba vacío: preguntamos al cochero dónde estaban las señoras, y noscontestó con una seña, indicando el fondo de la calle. Nos bajamos ycaminamos en esa dirección. Al fin de la calle, en un rincón del camino,las encontramos. Al vernos, se sorprendieron.

—¿Ustedes por aquí?—nos dijo Fernanda,—¡vaya una manera de hacer elduelo!

—Señora—contestó don Benito,—el duelo ha concluido y la vida comienzade nuevo.

—Pero usted—dijo Blanca, con ironía,—sobrino carnal, y en Palermo, elmismo día del entierro; ¡qué escándalo!

—Sobrino carnal, no; político, sí... no hay inconveniente.

—Y ese pobre tío, ese señor don Ramón, ¿cómo estará de triste ydesolado?—

inquirió Fernanda.

—¡Oh! aplastado; ¡figúreselo usted libre de un monstruo y con setentamillones de pesos!

—¡Setenta millones!—exclamó Blanca,—bonito dote, mamá ¿eh?

Fernanda hizo un signo de aprobación y su fisonomía se alumbró como siconcibiese una vaga esperanza.

—Pero don Ramón ha sido feliz con su tía... un viejo pisaverde, alegre,muy sirvientero... ¿no es verdad?—preguntó riendo.

—Tal cual; pero víctima de su mujer; figúrense ustedes, que el díadomingo, doña Medea metía en la cama a su marido para que no saliera ala calle.

—¿De veras?

—Garanto—y don Benito reía a carcajadas.

Yo me había acercado a Blanca y le había dado el brazo. Don Benito sehabía quedado con Fernanda en el mismo sitio en que las habíamosencontrado.

Caminábamos con Blanca en dirección a los árboles: estabapálida como de costumbre, vestida con un traje de pana color bronce,sumamente ceñido al cuerpo; su talle se dibujaba admirablemente.Guardábamos silencio y ni ella ni yo parecíamos resueltos a romperlo.De pronto se detuvo suspirando, y como saliendo de una profundacavilación, exclamó abstraída:

—¡Setenta millones!

—¿Le parece mucho?—le pregunté.

—¡Ah!—me contestó, como despertando;—pensaba que ese tío es unhorizonte: ¿Es muy viejo?

—Sesenta y cuatro años, no es mucho; más joven que su fortuna, seríamejor menos millones que años... ¿no?

—¡Oh! no, de ninguna manera; diez años más o menos no es nada para unhombre, diez millones de menos es mucho...

La tomé fuertemente del brazo con un movimiento de cólera y deimpaciencia; la sombra del bosque nos protegía: le estreché las manos,la besé en el rostro, en los ojos, en la boca, entre los labiosentreabiertos.

—Blanca—le dije—¡yo... no puedo resistir!...

—Hay tiempo—me replicó,—- ¡más tarde!

Y aquella mujer parecía una estatua de hielo, en medio de lainvoluntaria voluptuosidad que emanaba de todo su conjunto.

Volvimos a tomar la gran Avenida. Fernanda y don Benito habíandesaparecido.

Alejandro, desde el pescante de nuestro coche, me hizouna seña que significaba que la pareja estaba allí.

Y, en efecto, nos acercamos y Fernanda y don Benito estaban en el cupé.

El viejo camarada había perdido la corrección habitual de sus cuellos yde su corbata; dos chapas rojas alegraban su semblante. Fernanda sehallaba perezosamente reclinada en el muelle respaldo de raso del cupé;a pesar de sus 38 a 40 años estaba bellísima. Al vernos se incorporó,consultó la hora y bajó ágilmente del carruaje, subiendo a su victoriade un salto. A su lado se sentó Blanca; yo le eché la cariñosa manta denutrias sobre los pies y a un signo del cochero, las dos yeguas deltronco partieron a escape.

Trepamos a nuestro cupé. Don Benito estaba radiante de alegría, pero seesforzaba por aparentar una profunda severidad.

—¿Y qué tal?—le dije con sorna.

—¡Pscht, mucho calor!

Era en julio y hacía un frío de todos los diablos.

XIII