La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses by Lucio V. López - HTML preview

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—Porque todo eso es mentira, niño; es puro papel pintado, como todo loque manda hacer el doctor Trevexo.

—Pues estás equivocado; ese letrero no lo ha puesto el doctor Trevexo,sino mi tía Medea: ella lo escribió el otro día y yo le oí decir que erapara que se pusiera en uno de los arcos de la plaza.

—¡Ah, tigra! Sólo ella es capaz de tanta rabia—dijo Alejandrocontemplando con ira el arco y levantando el puño en señal de amenaza.

Atravesamos la plaza y descendimos al Bajo por la calle de Rivadavia.Una inmensa turba, compuesta de gente de todas menas, llenaba la vereday la calle, y se agolpaba contra la baranda de hierro de la muralla queda sobre el río.

Todos miraban el horizonte. El río estaba en bajante, y mucha gentecuriosa ocupaba la playa, donde un enjambre de pilluelos saltaba yretozaba por las toscas. No faltaban personas graves que, armadas deanteojos de teatro, escudriñasen el río y consultasen con sus vecinoslos puntos más remotos que se dibujaban en el límite del agua con elcielo.

—¿No le parece, señor, que han de venir por allí?—decía un hombre aotro que, valido de un pequeño anteojo de larga vista, interrogaba elhorizonte con majestad.

El interpelado no contestaba nada, y parecía resuelto a emplear la másestudiada reserva con su interlocutor, que se mostraba sumamenteinteresado en trabar relación con él.

—¿Es telescopio ese?—insistió el oficioso.

El dueño del anteojo no contestó nada. Semiavergonzado el preguntón,mironos a todos los que rodeábamos al señor del anteojo, con cara decretino como un individuo que se confiesa en una posición falsa.

Pero nuestro hombre no era individuo de ceder a dos tirones y reincidió.

—¿Me quiere dejar mirar un momento?

El dueño del anteojo tampoco contestó esta vez.

—¡Eh, señor!—repitió tocándole tímidamente sobre el brazo—¿me quieredejar mirar?

El del anteojo sacó los ojos del vidrio, dio vuelta para ver quién lehablaba y contestó secamente:

—¡No!

El desairado trató de forjar una sonrisa para disimular.

Entretanto, había ganado posiciones junto a la reja del murallón dondeestábamos, una señora gorda, con un peinado de bananas sobre el cualcolgaba una mantilla española de chapa, metiendo codo a todos losobstáculos que había encontrado a su paso; la cara, iluminada por unacapa de colorete recientemente aplicada, distribuía una sonrisa perennepor todas partes; y metida dentro de un vestido de moirée verde, infladopor un miriñaque movedizo y oscilante, parecía un montgolfier en elmomento de elevarse.

Un lunar con pelo en la parte inferior de la cara daba a nuestra reciénllegada un aire picaresco de coqueta retirada.

Acompañábanla dos muchachas de aspecto poco distinguido, pero llenas dearrumacos y perendengues, con unos cuerpos bien trazados, y unos bustosen los cuales la Naturaleza o el arte habían abusado con ciertainsolencia de una inclinación marcada a la exuberancia. Las dosmuchachas, oriundas del barrio de Monserrat seguramente, rayaban en los20 o 22 años y penetraron en nuestro grupo, que ya se iba estrechando,metiendo una algarabía inusitada de gritos y risotadas cuyas causas nome podía explicar.

—Mira, mamá—dijo la mayor,—este caballero es tan amable, que te va adejar mirar por el anteojo.

—¡Por Dios, Raquel! no molestes a ese señor... ¡qué va a decir denosotras!—

contestaba con un tono de aparente reproche la señora.

—¡Señor, señor! ¿quiere dejarnos ver por ahí?—insinuó la otra joven.

—¡Ah, no, por Dios, no se incomode usted!... Judit, por Dios,cállate—repetía la madre con un contoneo de cabeza continuo.

El del anteojo continuaba impasible como una estatua, como si nadie lehablase.

—Allá se ve un humo, allá vienen—gritó uno por allí cerca. La olahumana se agitó y se hizo un remolino; la gente se agrupó en la baranda;todos querían ver. Yo, prendido de Alejandro, trepado sobre sus hombros,dominaba la altura.

—¡Ay, que me arrugan!—- gritaba la madre de Raquel y de Judit, sin queel miriñaque la ayudara a subir.—¡Ay, mi vestido, que me lo estropeantodo! ¡No veo a Judit! ¡Judit, Judit, Judiiit!

Judit, que estaba allí cerca, y a quien la madre no podía encontrar,conversaba con un joven de sombrero gacho, levita negra de lustrina ypantalón blanco almidonado, sin guardar distancias, es decir, unida a élpor una proximidad inusitada.

—¡Ay, mi hija, mi hija! ¿dónde está mi hija? ¡Se me ha perdido mi hija!¡Judit, Judiiit!—exclamaba la señora prolongando el grito.

—Aquí estoy, mamá, no alborote, aquí estoy—contestó por último Judit,haciendo lo posible por soltar la mano de su galán, que retenía confuerza para que no se marchara.

—No te muevas de acá, bribona; no te me separes. Ven tú también,Raquel. ¡Ay, Jesús! ¡bien me decía tu padre! No té metas mucho entre lagente con las muchachas, Donata; mira que no faltan atrevidos que lasmanoseen en los entreveros y que a ti también te han de manosear: ¡Quégente, por Dios; qué gente! ¡qué falta de respeto con las señoras!¡Cuánto mejor no hubiera sido ir a los altos de Colón!...

Pero la muchedumbre en movimiento lo arrastraba todo. Cargado porAlejandro, que con el brazo libre que le quedaba, se abría paso como unHércules, avanzábamos a tomar otra posición.

Yo, desde los hombros elevados de mi conductor, veía a la pobre misiaDonata y a sus dos bíblicas criaturas, víctimas del pronóstico de sumarido y manoseadas por aquella turba indisciplinada, entre la cualhabía mocitos que le pirateaban las hijas y groseros que le deshacíanlas bananas y le arrancaban su espléndido vestido color cotorra,admiración suprema del barrio de Monserrat en la misa de una.

—¡Ya han fondeado, ya han fondeado los buques!—gritaban a nuestraalrededor.—

Vea, señor,—le decía un negro a un caballero petizón, queen vano se empinaba para poder ver;—vea, allí, allí—y apuntaba con eldedo índice.

—¿Adonde? ¿adonde?—interrogaba el otro impaciente, parado sobre lapunta de los pies.

—Allí están; ahí ha fondeado el Salto, allí el Pampero, más atrás elHércules; aquel que viene andando todavía es el Pintos, y los otros dosbarcos de la izquierda son de vela, el San Juan Bautista y el Río Bamba.

—¡Ché! y vos cómo sabés los buques—le dijo Alejandro.

—¡Oh! no ve que soy del Bajo, amigo—contestó elnegro.—Mire—agregó,—allá van las falúas a buscar la oficialidad, ylas balleneras para desembarcar la tropa.

¡Bomba! ¡Pas! Ese es elCórdoba que hace salvas.

Y, en efecto, una repentina nube blanca envolvió los costados del barcoy el eco del cañonazo se dilató retumbando sordamente por los espacios.

Eran las tres de la tarde de aquel día sofocante; las iglesias echaban avuelo sus campanas, los cohetes y las bombas estallaban en el aire sininterrupción. A medida que la tropa desembarcaba, los batallones ibanformando en el muelle la columna.

Mientras esta operación tenía lugar,Alejandro y yo contemplábamos desde lejos, recostados sobre la reja,porque no nos habían dejado pasar de los quioscos, de la entrada paraadelante.

En la playa, y al pie mismo del murallón donde nosotros estábamos,varios carreros del Bajo, en traje de fiesta, se habían congregado paraoír a dos de ellos que, armado el uno con una guitarra profusamenteencintada de blanco y celeste, y el otro con un acordeón, cantabancoplas patrioteras en una de esas tonadas características del compadritode Buenos Aires.

—¡Que cante el virola!—gritaba uno de los oyentes.

—¡Tu madrina!—contestole el guitarrero, que en efecto tenía los ojosmás torcidos que una encrucijada.

—Cantá ché lo que has arreglao pa la Guardia Nacional.

El de la guitarra con el del acordeón atacaron un aire vulgar, perocadencioso, antepasado en línea recta de la milonga del día, y detrásdel aire, el virola dijo con voz nasal y chocante la siguiente copla:

Nuestra

Guardia

Nacional

en

Cepeda

y

en

Pavón,

con

bravura

sin

igual,

se

lanzó

sobre

el

cañón

del cobarde federal.

—¡Lindo, don Polibio! Si a carrero y a verseador naide le gana. Hasta alos gringos de las balleneras se les cae la baba cuando canta usted.

Los resuellos chillones del acordeón habrían seguido, junto con losgemidos de la guitarra, si las músicas militares no hubiesen anunciadoque la columna, formada ya, se ponía en marcha a lo largo del muelle.

Fue entonces cuando la muchedumbre que obstruía la entrada, arrebatadapor una fila de vigilantes armados, encargados de abrir calle, remolineóy retrocedió de espaldas, compacta, hasta apretarse contra las paredesde las casas inmediatas; un tropel de jinetes que venía de la ciudad,ocupó el espacio abandonado. Me deslumbraron el oro de los galones, lasplumas blancas y azules de los elásticos agitadas por el viento, loscolores llamativos de los uniformes. Alejandro me alzó en alto para quepudiera ver bien, pero apenas tuve tiempo de columbrar un elásticocubriendo una larga y abundante melena de guedejas indolentes que caíansobre una frente espaciosa y unos ojos color plomo; todo esto sostenidosobre un cuerpo que Doré no habría desdeñado para bosquejar un Lafayetteen lontananza.

Quise ver más, pero los jinetes hicieron caracolear suscaballos; las primeras hileras de la columna aparecieron, y apenas llegóa mi oído el eco de una proclama de acentos olímpicos pero simpáticosque se extinguía en el estruendo unísono de un aplauso tributado porveinte mil manos. Yo aplaudía también y batía palmas.

—¿Por qué aplaude—me dijo Alejandro, de mal humor,—si no oye nada?

—¡Oh!—le contesté—¿acaso es necesario entender? ¿Cómo aplaudentambién todos los demás sin entender?

VIII

Por la noche, mis tíos, como me lo habían prometido, me llevaron alteatro de la Victoria. La compañía de García Delgado cantaba el himnonacional y representaba la Flor de un día, de Camprodón. ¡Oh, Flor deun día! ¡Oh, Pavón del teatro dramático español! ¿Por qué mi fantasíaexcéntrica te ve desaparecer en el pasado, en la misma tumba que tragólos miriñaques y el peinado de bananas? ¿No era Lola la más encantadoray la más romántica de las mujeres? ¿No tenía Diego el contorno poéticodel amante y el Marqués de Montero la estampa grave de un barítono dezarzuela triste?

¿Por qué has de ser un disparate, oh hija legítima de don FranciscoCamprodón, adoptada por todos los teatros de la América Latina? ¡Tú quehas hecho lagrimar un continente entero desde Veracruz hasta BuenosAires!

¡Tú has muerto con el batón blanco; porque, así como el guante de pielde Suecia, largo y arrugado, sobre el brazo flaco y nervioso de SarahBernhardt ha dado su pincelada a Frou-Frou, así el batón blanco, concinturón celeste, te hizo a ti, hizo a Lola el prototipo de todas lasmujeres de tu tiempo! ¡Qué diablo! ¡tú has tenido también tu lugar en elsiglo de Hernani!... ¡Presidentes y ministros, generales y grandesabogados de la República Argentina, han creído en ti, como la Repúblicaha creído en ellos! Tus octosílabos rumorosos agitaron más de una nocheel pecho de la virgen y no fue sólo el teatro tu dominio! Fue también lafamilia, el hogar; porque todo lo invadiste, desde el salón de mi tíaMedea hasta la academia de negros y mulatos en que era halcón mi pardoAlejandro. Todavía recuerdo con escándalo el gesto irreverente yvolteriano con que el doctor Vélez se burlaba de ti una noche, dando lanota discordante en toda tu generación literaria. Yo sostengo ysostendré siempre que tú has hecho a muchos de nuestros poetas: ybastaría reflexionar un poco para notar que todas las manifestacionessociales se parecían a ti en aquellos días.

Tus versos llegaron a ser clásicos. Se citaban con gravedad en eleditorial por los periodistas contemporáneos y en la Cámara deDiputados por los oradores noveles, con el mismo respeto con que en larestauración se citaban los dísticos de Boileau. ¡El

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día de la patria tepertenecía; te pertenecía el día de toda fiesta nacional! ¡Hasta dramapatriótico te había hecho el autor de tus días sin sospecharlo!

Algunas de tus frases, como: «¿tiene vuestra espada punta?» seconsagraron como el Di quella pira y el la donna e mobile de Verdi.No había entonces realismo; mister Pickwick no había atravesado elAtlántico; estaba en Bath presidiendo su club; Nana era un microbio;Artagnan era catedrático de historia; los Girondinos enseñaban lapolítica.

Era

la

época

de

las

cavatinas,

cuarteadas

con

acompañamientosrudimentarios; Lohengrin bebía mosela en los vidrios blasonados deBaviera; el Trovador era la ópera con Mirati y Tamberlick; tú eras eldrama con la Rodríguez y la Bigones, con Enamorado y Vilardebó. ¡Elteatro de la Victoria era tu campo de batalla!

¡Oh, mis buenos y bravos cómicos, aquella noche estaban todos! Miimaginación los evoca; desfilan como los fantasmas del sueño del pasadoy penetran al obscuro y olvidado panteón de las glorias del arteargentino; allí yo les levanto un monumento con los restos delguardarropa de Dagnino, en que había de todo; forma la base el casco deGonzalo de Córdoba, cubierto por el manto lanar moteado, arminio deIsabel la Católica; Don Juan Tenorio vola sobre el Terremoto de laMartinica, mientras que la Campana de la Almudaina toca a rebato en lahorca de los Escalones del Cadalso.

Pero sobre esta pirámide funeraria, levantada a los Talma y a los Keende la gran aldea, tres figuras se levantan: Lola, Diego y el Marqués,cantando el himno nacional antes de contar su candoroso poema de celos yde amor a una sala llena, en donde brillan las más lindas mujeres deaquellos días. ¡Pasad, oh sombras!

Habíamos ocupado un palco-balcón de la derecha, inmediato a aquellaantigua viga blanqueada que sostenía el techo y que por su espesordesafiaba las fuerzas de Sansón mismo.

Mi tía se había hecho acompañar por la señorita Fernanda, que yo estabaacostumbrado a ver con frecuencia en casa. Fernanda tenía dieciochoaños; pálida, de ojos claros y grandes, fríos y como azorados entre lasdensas ojeras que los sombreaban; en sus labios gruesos que dibujabanuna boca que podía llamarse grande sin injusticia, trazábase no sé quévaga sonrisa, en la que un observador sagaz habría encontrado el amor yel desdén reunidos en un consorcio inexplicable; la cabeza era noble yaltiva, sin embargo. En aquella época, en que los peinados eran unaepopeya de rulos y rellenos, Fernanda llevaba el suyo de una simplezatal, que rayaba en la suma elegancia: sus cabellos, de un rubio mate,recogidos y sujetos por dos cintas de moirée celeste, iban a rematar enla más linda nuca de mujer. Su seno escaso, tenía, sin embargo, no séqué atrayente seducción, dilatada por la morbidez de todo su busto:irradiaba su semblante esa gracia apática e indolente que el pincel delVeronese imprimía en el rostro de sus patricias venecianas. Era, en fin,aquella mujer un conjunto de frialdad y de elocuencia, de belleza y dedefectos, que atraía irresistiblemente, y en la que la originalidad delgesto y del mirar despertaban en mí una profunda y codiciosa curiosidad.

Fernanda, recostada sobre la balaustrada, oyó de pie el himno, y, cuandoéste terminó, se dejó caer negligentemente sobre su silla y abrió suenorme abanico de plumas blancas, con un ademán lleno de innatavoluptuosidad. ¡Qué contraste formaba aquella delicada criatura con mitía Medea! Una era la distinción personificada; la envolvía, laperfumaba un vapor de elegancia y de buen tono. La otra era un faunoobeso; su voz gruesa, su pescuezo corto, su pecho invasor, un bozorecio, que ya era bigote casi, hacían de ella un ser híbrido, en el quelos dos sexos se confundían.

Estaba esa noche verdaderamente consteladade diamantes, desde la cabeza hasta los dedos, y como los tenía, y muybuenos, uno de sus orgullos era colgárselos para exhibirlos.

Inquieta y parlanchina, mantenía un verdadero telégrafo de saludos contodo el teatro; con los palcos, con la cazuela, con la platea; a todosconocía, a todos saludaba francachonamente con el abanico.

De repente, un murmullo de simpatía cundió por la sala entera, y todaslas miradas convergieron al palco central de la ochava: muchospersonajes, vestidos con la más rigurosa etiqueta, tomaban asiento.

Mi tía empezó a nombrarlos a todos.

—Saluda, Ramón, saluda—le decía a mi tío.

—Si no ven para acá, Medea...

—Sí que ven, saluda te digo—y mi tía, al propio tiempo que le ordenabaa mi tío que saludase, hacía repetidos movimientos de cabeza endirección al palco central, sin que fuesen notados por sus ocupantes.

—¿Quiénes son, señora?—preguntaba Fernanda.

Pero mi tía no contestaba; empeñada en colocar su saludo en la cara desus ídolos y en que su marido también lo colocase, lo cazó materialmentedel brazo y le mandó que esperara la ocasión propicia para mover elpescuezo. De pronto pareciole que la miraban.

—¡Ahí mira don Buenaventura! ¡ahí te mira el doctorTrevexo...—dijo;—¡ahora!...

saluda, Ramón.

Y ambos movieron la cabeza con urgencia; hicieron con ella un balancepara cazar la visual del adversario, pero ¡oh, contratiempo! Una miradavaga e indecisa, de la cual tenía yo una vaga idea, recorría la fila delos palcos sin detenerse en los brillantes de mi tía, y el saludo fue unsaludo en el vacío.

Mi tío tosió para disimular el contratiempo. Mi tía le echó la culpa,sosteniendo que se le había puesto por delante; mi tío quiso rectificar,pero se le ordenó que guardase silencio, y obedeció. Yo miraba el suelo,compartiendo la vergüenza de mis tíos; y Fernanda, fría, sin curiosidad,con sus ojos claros desmesuradamente abiertos, abanicándose con todacalma, miraba abstraída hacia arriba, como si entre el techo y nuestropalco pasase una visión a través de la sala.

—Mira, niño—me decía mi tía Medea sin dejarme respirar,—aquél es donBuenaventura; aprende, mira qué traje tan sencillo lleva. Ese que hablacon el ministro español, es el doctor Trevexo: aquel que sale, es elcoronel Valdelirio.

Y yo miraba extasiado aquel grupo y me decía a mí mismo:—¡Ah, si algúndía llegase yo a saber lo que sabe el doctor Trevexo! ¡Si llegase a serun guerrero como Valdelirio! ¡Y después, aterrado de mi petulanciaíntima, transigía con una fórmula más modesta: ¡Si llegase a serministro español!

Las lágrimas consagraban el éxito del drama y de los actores en eltercer acto.

Montero recitaba sus famosos endecasílabos. La Flor de undía terminaba en medio de calurosos aplausos; la concurrencia evacuabaaquel antro que se llamaba teatro y en la puerta estallaban los vivasentusiastas y patrióticos del pueblo.

Mi tía se ensilló con su pesada salida de teatro, y Fernanda envolvió sulinda cabeza en un pañuelo de fular color caña, dentro del cual parecíaun estudio inconcluso de artista.

—Vamos, mal criado—me dijo mi tía,—acompañe usted a esa señorita,ofrézcale el brazo.

Obedecí, y Fernanda me entregó el brazo sonriendo con plácidagenerosidad. Yo lo cerré contra el mío, y, aunque era un muchacho, no séqué vagas nociones de ternura, qué entusiasmos indefinibles experimentómi ser al sentir el frío desnudo de la carne, y al aspirar el perfumenunca aspirado de aquella singular criatura.

IX

Han pasado algunos años.

Estoy lejos de Buenos Aires; en una ciudad cuyo nombre no interesa allector.

Don Pío Amado y don Josef Garat, mis maestros, eran dos personajessingulares; singular era su escuela, singular la enseñanza, singulartodo lo que los rodeaba. Don Pío era la bondad, la benevolenciapersonificadas; don Josef era la intransigencia, el mal humor, y la iramisma. Reunidos, don Pío era la nota cómica del colegio, don Josef erala nota épica. Amábamos a don Pío y lo amábamos con toda el alma;temblábamos ante don Josef y lo respetábamos a fuerza de malquererlo.

Don Pío era todo gracia, dulzura y amabilidad; una cara sin pelo debarba, daba a su fisonomía una jovialidad perpetua y atrayente. Dedulces maneras, lleno de cariño por los muchachos, nadie le temía, perotodos lo contemplaban. En medio de la extrema y plácida mansedumbre dedon Pío, reinaba en él cierta tendencia innata a la excentricidad, en laque solía marcar rasgos positivos de talento, de observación y deestudio. Su rostro movible; su cuerpecillo inquieto; sus ademanes deartista cómico, solían provocar entre los alumnos ciertas sonrisas debuen carácter, porque no era posible ver y oír a don Pío, sinencontrarse dominado por la idea de que aquel hombre, sincero hasta elfondo de su alma, representaba sin embargo una comedia.

Don Pío no podía hablar de nadie sin extraerle toda su genealogía, sinhacer su retrato físico y su retrato moral, sin marcar el rasgo cómico oserio que podía tener, sin determinar el traje que usaba habitualmente,sin remontar en fin hasta la biblia, para presentarlo a propios yextraños.

En la enseñanza era lo mismo: aquel hombre de vida austera, correcta yarreglada, carecía de la noción del método como maestro. Cuando don Píohacía la exposición, no terminaba nunca; comenzaba en Sesostris y pasabamás allá del año corriente; y en ella iba todo, una recopilación dehechos y de datos, una enciclopedia de citas y de descripcionesaccionadas, cada una con su mímica y sus gestos particulares.

Nunca entraba sereno al aula, con las reservas y la gravedad propias delmaestro, sino a saltitos acompasados, refregándose las manos, si hacíafrío, o abanicándose con una pantalla de paja, si hacía calor. Así, conese paso, llegaba a la puerta de la clase, se paraba en su umbral,tomaba una posición de contradanza, miraba al centro, apuntando en elrostro una franca sonrisa; en seguida, como un muñeco de cuerda, movíael pescuezo, y con el cuerpo hacia la izquierda, distribuía su sonrisaen esa dirección para repetir después la misma operación y derramar sutercer sonrisa sobre la derecha.

Hubiérase dicho que no era el maestroel que entraba en la clase, sino Fígaro mismo, al cual sólo le faltabala navaja y el platillo del barbero.

Don Josef, en cambio, era un Orestes. Alto, vigoroso, la cara roja comoun pimiento, la nariz chica y encorvada, la cabeza mezquina pero bienpuesta sobre los hombros.

Don Josef pasaba la vida clamando contra todolo que lo rodeaba: contra el país, contra sus hombres, contra lasmujeres, contra los muchachos y contra don Pío, a quien tenía en pocacuenta en las situaciones normales.

Don Josef era oriundo de Cataluña y se vanagloriaba de haber nacido enel castillo Monjuich; de haber salvado la vida a varias personas, dehaber presenciado un naufragio y de haber sido casi víctima del hambrede una tigra mansa; preciábase de haber conocido a la Reina de España,doña Cristina, de haberla visto comer una olla podrida en un día detoros. Hacía sacrificio de confesarse descendiente de don Gonzalo deCórdoba, pero no se prestaba a pregonar mucho el parentesco, y lorepudiaba con majestad, porque no quería que nadie sospechase, que élaprobaba las rendiciones de cuentas de su poco escrupuloso antepasado.Vivía crónicamente colérico, sin que esto importe decir que no supierainterrumpir sus accesos para hablar con fruición de los tesoros dePotosí y de fortunas colosales como las de los cuentos de hadas, porqueel buen viejo tenía altamente desarrollada la nota de la codicia.

Pero, cuando él levantaba la voz en la clase, o fuera de la clase, o conlos tertulianos nocturnos que lo visitaban en el colegio, entoncestemblaba la casa; buscaba la invectiva, la lanzaba al rostro deladversario y la sazonaba con vocablos de estofado, acabando por dominarel debate con sus gritos estentóreos. Dentro de ese cuerpo vigoroso derica musculatura de atleta, en el fondo de ese carácter atrabiliario,disputador y pendenciero que amenazaba tragarse la tierra, se escondíaun ser enteramente pusilánime. Don Josef era una liebre.

El colegio era un vasto edificio bajo, de muros espesos y coloniales, degrandes patios y espaciosa huerta, en la que no faltaban las clásicashigueras de antaño. Aquel edificio era un convento por sus dimensiones einvitaba a la melancolía. Yo acababa de llegar solo, casi abandonado ami suerte. Durante el viaje había hecho el inventario de mi pasado;había recordado la muerte de mi padre, mi orfandad; no tenía máscompañeros ni más amigos que dos retratos mudos que llevaba siempreconmigo; el de mi padre y el de mi madre.

¿Quién era yo en el mundo? ¿Qué necesidad tenía de aprender nada? ¿Acasono tenía razón el doctor Trevexo cuando fulminaba a toda una generacióncon su anatema contra los sabios? Nadie me amaba a excepción deAlejandro que era el único que había sentido mi partida de Buenos Aires.Todo lo que me rodeaba era nuevo y desconocido para mí: mi capital secomponía de poco; mis ropas, mi catre y mis libros; todos mis compañerostenían padres que velaban por ellos, que les escribían, que losregalaban. Sólo yo acostumbraba de tarde en tarde a recibir dos letrasde mi tío Ramón, en las que me anunciaba el envío de lo indispensable.

No importa, yo tenía voluntad, tenía ánimo y entereza, valor yconstancia. Yo sabía que había de arribar: que habían de pasar para mílos días de vergüenza en que mis condiscípulos menores me adelantaban.

Era un muchacho de quince años cuando entré en el colegio y apenas sabíaleer y escribir, pero trabajé con tesón y me abrí paso. Don Pío me amabay don Josef, que había empezado por expresarme el más profundodesprecio, había pasado del indiferentismo al entusiasmo con unafacilidad extraordinaria. Yo comenzaba a ser su ídolo. De cuando encuando, pensaba que, siendo yo como era un pobre diablo, sin padre, sinfortuna, era demasiada generosidad de su parte interesarse por mí comose interesaba y me lo echaba en cara; pero cuando lo sorprendía con unprogreso inesperado para él, o con un buen rasgo de conducta, entoncesel buen viejo se exaltaba y pasaba los límites del entusiasmo en suselogios.

El fuerte de don Pío era la astronomía. Daba en el colegio un cursopráctico de esa ciencia con un colorido de gestos y de movimientosrápidos y nerviosos, con los que él creía poner en evolución todo elsistema planetario.

La clase era para él su materia cósmica.

Entraba y distribuía sus astros en el lugar oportuno. Cada muchacho eraun planeta, y trataba siempre de representar con él, no sólo lasituación de cada cuerpo celeste en el espacio, sino también su volumen,eligiendo los alumnos según las proporciones de cada uno y de cadaestrella que debía figurar en el sistema.

Un muchacho entrerriano, grande como un patagón, cuyo desarrollo físicono guardaba armonía con su desarrollo moral, tenía invariablemente a sucargo el papel modesto de sol; le hacía abrir los brazos, y tomándolopor la cintura, mal gré, bon gré, lo colocaba en el centro de laclase. Buscaba en seguida al alumno más chico y lo ponía en un extremodel aro celeste discerniéndole el papel de luna. Era éste unbolivianito, diablo y travieso, que nunca se resignaba a hacertranquilamente su papel de astro nocturno.

En seguida ocupaban su sitio los planetas mayores y después los menores.Júpiter con sus lunas, Urano en la última línea del círculo, Saturnocircundado por su anillo luminoso. En esta disposición comenzaba afuncionar la máquina astronómica de don Pío; formado su ejércitosideral, se paraba al lado del sol y exclamaba: «Yo soy la tierra», y elbuen maestro comenzaba a circular de lado alrededor del entrerrianoque, inmóvil y mudo en el centro del círculo, desempeñabaautomáticamente el papel del padre del día.

A una voz de don Pío y terminadas las evoluciones, los planetas sedispersaban y volvían a ocupar sus bancas terminándose la lección deastronomía práctica.

Pero donde don Pío era famoso, era en la descripción de las batallas delcurso de historia. El entusiasmo bélico se apoderaba de él: no podíalimitarse a citar fechas, nombres y hechos: era necesario hacerfuncionar la caballería, la infantería y la artillería.

Abandonaba su cátedra, se ponía en medio de la clase, señalaba elenemigo al frente, e inflando la boca, hacía tronar los cañones sobre lalínea imaginaria del ejército contrario.

—¡Boum! ¡Boum!—exclamaba, y con el rostro excitado por la refriega yel puño cerrado por la ira militar, caían los enemigos deshechos por lasmetrallas y por las bombas, y don Pío, como un Murat, se levantabajadeante, triunfante, sublime en el campo de la acción.

Había en el colegio un chicuelo que se llamaba Martín Roll, que era lapiel del diablo. Lo que no se le ocurría a Martín no se le ocurría anadie. Era holgazán como una cigarra, pero vivo como un rayo. Don Píolo reprendía con suavidad en vano. Don Josef lo anatematizaba y lo teníaconcienzudamente clasificado de cretino y de imbécil. El título másbondadoso que Martín solía obtener de él, era el muy moderado de animal,que se lo daba con conciencia.

Pero, si Martín no abría los libros, abría y registraba las conciencias;conocía a sus maestros a fondo, y a don Josef como a su faltriquera.Había descubierto que la condición predominante del carácter de donJosef, era la avaricia, y ponía en juego todos aquellos medios quepudiesen darle por resultado la explotación de este defecto.

En cambio, don Josef se quedaba aterrado con la prodigalidad escandalosade Martín, quien, cada vez que volvía de su casa después de lasvacaciones, traía tal surtido de regalos para toda la escuela, que elviejo avaro, mortificado sin duda por aquel mal ejemplo y por el garbocon que Martín desparramaba sus presentes, acudía a sus pergaminos,recordaba a Gonzalo de Córdoba, su antepasado, para repudiarlo por maladministrador y por derrochador, y terminaba por sacárselo de ejemplo aMartín, para que reaccionase contra la prodigalidad y la dilapidación dela fortuna.

A pesar de tener caracteres opuestos, habíamos congeniado con Martín.Sus padres vivían con holgura, y yo solía pasar en su casa una parte delas vacaciones. Pero, si la alegría del colegio era Martín, la alegríade su casa era Valentina, su hermana, una preciosa muchacha de dieciséisaños que yo no podía tratar quince días, sin volverme al colegio con lacabeza llena de sueños y el alma llena de tristezas.

No voy a perder mucho tiempo en contar idilios de juventud, porque tengola mano torpe y el corazón duro ya para narrar la historia vieja de losprimeros afectos. Pero es que Valentina era muy linda cuando teníadieciséis años, y debe serlo todavía a pesar de los treinta que ha dehaber cumplido. Mi maestro Josef odiaba a los enamorados, a pesar de laslibertades que se tomaba él con las sirvientas del colegio, a quienesmanoteaba demasiado con Martín, que le hacía la competencia con un éxitoque el buen viejo no conseguía.

Pero Valentina, ¡oh! Valentina me había hecho olvidar aquella malsanaaparición de Fernanda, porque era dulce como un rayo de luna y alegrecomo una aurora.

A los diecisiete años, qué diablo, me enamoré de Valentina y fui menospráctico que Martín; lo confieso. Los libros de estudio no me atraíanmucho; leía a Lord Byron y a Musset; las Horas de Ocio y la Confesiónd'un enfant du Siècle me montaron la cabeza y me enfermaron el corazón.Le hice versos a Valentina y asistía a oír la lección de matemáticascomo quien asiste a un entierro.

El romanticismo es la adolescencia del arte; la malicia, esa diosamadura que observa el mundo con una mueca perpetua, se ríe de los poetasgemebundos y enamorados; pero la juventud sueña y delira, y creo que nohay hombre, por áspero y frío que sea su carácter, que no tenga en lamemoria, así como un lejano paisaje, la escena en que han despertado susprimeros sentimientos.

¿Cómo no recordar, pues, todos aquellos libros de los primeros años: Las Escenas de la Vida de Bohemia y de Juventud, de Murger; los primerosversos de Gautier, las poéticas novelas de Vigny? Al calor de esaspáginas que sólo se escriben y se leen en una edad, yo había vistoaparecer a Valentina como Mussette o como Francine, llena de poesía, consu carita jovial, sus ojos negros, su cabello castaño ondeado,sencillamente ataviada de cintas color rosa; la boca roja y fresca comolas guindas; toda esta cabecita deliciosa, sostenida por una figurallena de distinción. Ella había salido al encuentro de mi camino, en elque sólo había encontrado hasta entonces seres indiferentes.

Yo no sé cómo amé a Valentina; pero cuando la veía, cuando ella mehablaba, la sangre no corría por mis venas, enmudecía y me abstraía enla muda contemplación de aquella criatura. Entonces pensaba en mi malasuerte; pobre, sin padres, ni amigos, ni protectores, ¿qué esperanza,qué risueño horizonte podía iluminar mi porvenir? El estudio meentristecía; no tenía la cabeza robusta de mis compañeros que mordían ydigerían el Vallejo como un manjar exquisito.

En mi cuarto, por la noche, leía furtivamente las novelas de Dumas, esegran amigo de la adolescencia, ese encantador de los primeros años; y meadormecía entreviendo la poética figura de Ascanio u oyendo el ruido delas espuelas de D'Artagnan.

Una noche, durante la época de las vacaciones, Valentina se acercó a milado, y con un acento lleno de gracia, me dijo:

—¿Va a comer mañana en casa?

—Si usted me invita...

—No, no lo invito, pero quiero que venga—me repuso con firmeza.

—¿Usted lo manda?...—avancé yo extendiéndole la mano.

Valentina miró en derredor; nadie nos observaba; tomome la mano yoprimiéndomela con la suya:

—Lo exijo—me dijo a media voz.

—¡Valentina!...

—¡Adiós!—me contestó; y antes de poder dirigirle la palabra, diome laespalda y corrió cantando hacia adentro como una locuela; me asomé a lasala y vi desaparecer su vestido blanco en las últimas habitaciones dela casa.

No sé cómo me encontré en la calle.

La noche era espléndida; sobre un cielo sereno se extendía el vapormajestuoso de la vía láctea, semejante a una gran veta de ópalo sobreuna bóveda de zafiro. La luna, ya en sus últimos días, atravesaba elespacio como una galera antigua; la fresca y tibia brisa del mar llevabaen sus ráfagas unas cuantas nubes blancas. El alma del mundo inundaba elespacio. Alcé los ojos al cielo, y absorto en el espectáculo de lanoche, me pareció ver pasar a Valentina como una visión por el éter,huyendo de mí como huían aquellas nubes.

¡Nunca la había visto tan linda!

Sentía en mi mano el calor de la suya y en mi oído sonaba todavía elacento misterioso de su palabra. Vagué aquella noche por la ciudad, ycuando el silencio invadió la población, yo no sé cómo, me encontrabaaún delante de los tres balcones de la casa de Valentina en mudacontemplación, levantando castillos de España sobre esos andamiosgigantescos que sólo los diecisiete años tienen privilegios para apoyaren el aire.

No dormí aquella noche, y vestido, echado sobre el lecho, esperé elnuevo día. A las nueve de la mañana entraba Martín en mi cuarto.

—Qué temprano te has levantado hoy—me dijo.

—En efecto, he madrugado—le repuse.

—¡Vaya un placer! ¿Vas a comer a casa?

—Sí, voy.

—¡Hola! ¿ya estabas prevenido?—me preguntó.

—Sí, Valentina me invitó anoche.

—¡No ha podido resistir esa muchacha!... ¿Sabes por qué te ha invitado?

—¿Por qué?—le pregunté sin disimular mi curiosidad.

—No te pongas pálido... ¡No te va a envenenar, hombre!—me dijoMartín;—te ha invitado porque hoy es su santo.

—¿El santo de Valentina?... Pues no te puedes figurar cómo le agradezcoque se haya acordado de mí...

—Y con razón debes agradecérselo, porque a mi padre no le gustanhombres en casa; figúrate que los únicos invitados sois tú y don Camilocomo novio presunto...

—¿Qué dices?—le pregunté dominando mi turbación con un esfuerzosupremo.

—Sí, pues; mi padre y mi madre creen que don Camilo es el modelo de losnovios.

—¿Y Valentina?...

—Valentina no toma nada con seriedad; cada vez que la embroma, se ríe acarcajadas, y al pobre don Camilo le hacen tal efecto las risas que sequeda como un muerto, de triste, siempre que mi hermana se ríe de él.

Sentí toda la rabia ponzoñosa de los celos... ¿Valentina de otro?...¡Pero eso no era, no sería posible! Yo vencería, arrasaría todos losobstáculos, me haría amar por ella y ningún hombre me arrancaría lasoñada felicidad.

Llegó la tarde; me vestí, y con Martín, que había venido a buscarme, nosfuimos a su casa. Mi bolsa era algo más que escasa y tuve que emplearlatoda en un ramo de jazmines, blancos como el papel en que escribo yperfumados como el naciente y casto amor que embriagaba mi alma.

Eran las cinco cuando entrábamos en lo de Valentina; ella nos esperabaen la puerta de calle con un vestido de gasilla, blanco, cerrado por uncuellecito plegado, sobre el cual se destacaba su cabecita adorable yllena de inocente coquetería. Desde lejos nos divisó, y, al vernos,desapareció de la puerta, apareciendo unos segundos después, como sihubiese entrado para dar cuenta a sus padres de nuestra llegada. Martíny yo aceleramos el paso y llegamos a la puerta de calle en la que sóloella estaba esperándonos. Martín le dio un beso en la frente y penetróprecipitadamente sin darnos tiempo para seguirlo. Yo quise entregarle miramo calculando propicia la ocasión, pero ella no me dio tiempo.

—¡Qué olor a jazmines! ¿usted los tiene? ¡Ah, qué lindo, qué lindoramo! ¿Es para mí?

—Sí, Valentina...—le contesté.

—¡Gracias, muchas gracias! ¿Sabe que no creía que usted viniese?—medijo.

—¿Por qué?

—Por nada, porque pensaba que no habría hecho caso a la broma deanoche.

—Sin embargo, usted me exigió que viniera...

—¡Ah! ¿lo tomó usted como sacrificio?

—¡Valentina!... ¡Si yo pudiera decirle todo lo feliz que usted me hahecho!

—Entremos, Julio—me repuso, poniéndose seria; y en ese momento lafamilia salía a recibirnos, y Valentina, abrazando a su madre, ledecía:

—Mira, qué flores, mamá, ¿no es verdad que son divinas?

Valentina se había puesto el ramo en la cintura con una coqueteríainnata, y alborotaba toda la casa mostrando mis flores como unamaravilla.

—¿Qué te ha regalado don Camilo?—le preguntó Martín.

—Un álbum con su retrato. ¡Si vieras qué cache está el pobre!

—Niña, no digas eso—le decía la madre.

—Sí, mamá, ¿por qué no lo he de decir? En vez de haberme dado algunacosa útil, me sale ese zonzo dándome un álbum con su retrato, como sifuera tan buen mozo y tan joven.

—Venga, Julio, venga a la sala—agregó,—se lo voy a mostrar;—yllevándome casi de la mano, me condujo adentro y abriendo la primerahoja del álbum, me dijo:

—Vea, dígamelo con franqueza ¿se puede dar un hombre más cache?...—

yprorrumpió en una carcajada...

En ese momento mismo Martín entraba en el salón.

—Mira que ahí está don Camilo, Valentina, no te rías; acaba de entrar.

—¿Sí? pues lo voy a ver para darle las gracias—y, dejándonos en lasala, atravesó el patio, donde don Camilo era recibido por los padres deMartín.

En efecto, don Camilo podía ser excelente, pero no era el ideal de losnovios; tenía sus bravos cuarenta años, una figura poco airosa y vestíacon una ropa provinciana de dudosa elegancia. Pero, en cambio, donCamilo era rico; tenía estancias y vacas, y prometía como yerno bajo elpunto de vista de lo positivo. En la casa lo amaban y lo codiciaban; elpadre de Martín y la señora no sabían qué hacerse con él.

Emparentado con familias de alta posición política, don Camilo era poraquellas épocas un programa luminoso para una muchacha de dieciséis añoscomo Valentina, y el buen señor, persuadido de su valimiento, no se dabamucha pena en ofrecerse, porque sabía que la ley de la demanda regía ensu favor y que él podía elegir como en peras entre las más lindasmuchachas de la época.

Pasemos por alto la comida; don Camilo se sentó al lado de la señora yValentina me dio la silla inmediata a la suya.

Yo estuve hecho un necio durante toda la mesa; la alegría bulliciosa deValentina me llenaba de tristeza; aun me parecía que se burlaba de mí,cuando su boca, no muy correcta por cierto, pero llena de gracia,dibujaba en su rostro aquella sonrisa que le era tan peculiar.

La cara inerte de don Camilo me despertaba un rencor profundo que seagravaba cada vez que la familia simulaba oír con asombro todas lasinsulseces que aquel tonto contaba.

Acabamos de comer y fuimos a pasar la tarde al jardín. Don Camilo, en ungrupo, conversaba con los padres de Valentina; Martín, que se habíaseparado de ellos, porque era gran fumador, echaba, escondido entre losárboles, grandes bocanadas de humo. Valentina y yo mirábamos la nocheque empezaba a caer, desde una glorieta formada por madreselvas yjazmines que quedaba a un extremo del jardín.

—¿Ha estudiado astronomía usted, Julio?—me decía.

—No, Valentina...

—¡Qué ignorante!...—me repuso.

—Pero Martín dice que don Pío les hace a ustedes un curso de astronomíapráctica muy curiosa.

—¡Oh! broma de Martín; usted ya sabe lo que es don Pío y lo que esMartín.

—¿Pero sabe, Julio, que debe ser muy curiosa esa explicación?—

agregabasonriendo Valentina.

Yo callaba entretanto; toda la sangre me subía a la cabeza.

—Vea—me dijo—dicen que aquella estrella es la estrella delamor...—agregó señalando a Venus que titilaba como un diamantesuspendido en el cielo.

—¿Quién se lo ha dicho a usted? ¿don Camilo?...—le pregunté.

—¡Ja, ja! con qué tono me lo pregunta usted... ¿Cree usted que donCamilo tiene tiempo para fijarse en el cielo?...

—¡Cómo no! ¿No se ha fijado en usted?

—¡Ay! que antiguo está usted, Julio, por Dios; eso es un requiebro...Retírelo, por Dios...—Y prorrumpió en una larga carcajada que mepenetró en el pecho como un puñal.

—Valentina; ¿es cierto que usted se casará con don Camilo?—le preguntéen voz baja, pero resuelta.

—Eh, todo puede ser, pero lo que es por ahora no lo pienso.

Puede ser, ¿dice usted?...

—¿Y por qué no? Si no se presenta otro... me casaré con él...

—¿Sería usted capaz de casarse con un hombre a quien no quisiese?...

—Si él fuera capaz de casarse conmigo, ¿por qué no?

En ese momento la madre de Valentina se acercaba a nosotros; detráscaminaban su padre y don Camilo.

—Vamos a la sala—nos dijo.—Está muy fresca la noche...

—¡Tan pronto, mamá!...

—Sí, ven, tócanos algo...

Un momento después Valentina dejaba caer sus manos sobre las teclas ytocaba el Clair de Lune, esa profunda melodía de Beethoven en que cadanota parece el suspiro melancólico de un coloso.

Yo, de pie al lado de ella, miraba flotar sus manos sobre el teclado ybuscaba la expresión de su rostro graciosamente inclinado, y de susojos, en los cuales se reflejaba instintivamente el sentimiento deaquellas frases sabias y poéticas a la vez que se elevan como los ecosde una plegaria... Por fin se extinguió la última nota y Valentinalevantó la cabeza...

—¿Le gusta, don Camilo?—preguntó dirigiéndose a su presunto novio.

—No... yo no entiendo mucho de eso, a mí me gusta mucho la zarzuela.

—¿Has visto un imbécil igual?—me dijo al oído Martín.

—Cállate—repuso Valentina,—te puede oír.

Valentina se levantó del piano y se sentó a nuestro lado. Don Camilo,hombre de orden, se retiró temprano....

Mientras se despedía, yo había salido al balcón y allí me encontróValentina que regresaba de saludarlo.

—Sabe, Julio—me dijo,—que lo noto muy triste y reservado conmigo hoy,¿qué tiene?

—En efecto—le contesté, como tomando una actitud resuelta.—Estoytriste y reservado....

—¿Puedo yo saber la causa de su tristeza y el objeto de la reserva?....

Iba a decirle todo lo que sentía; llegaron las palabras a mis labios, ydebió traicionarme mi fisonomía, porque ella hizo un gesto en el que yoadiviné toda su recelosa curiosidad y la alarma con que miraban susgrandes y húmedos ojos negros, pero en aquel instante, pensé en mipasado, contemplé con la rapidez del relámpago mi presente, y el honor,ese frío guardián de las pasiones, selló mis labios.

—No—repuse con firmeza.

—¿No?...—me preguntó con una inflexión de voz llena de ternura y deresentimiento,—¿no? ¡Ah!—agregó—quiera Dios que su reserva lo hagafeliz.

Reaccioné, e iba en aquel mismo momento a revelarle todo lo que sentíapor ella, cuando entraron Martín y sus padres, y el desenlace, que sehabía presentado tantas veces en aquel día, quedó de nuevo trunco.

Era necesario partir; saludé a todos y tendí la mano a Valentina conefusión, pero ella dejó caer la suya con indiferencia entre las mías,mientras que con la otra desprendía de su cintura el ramo de jazmines yamarchito dejándolo caer sobre el piano.

Yo sentí oprimírseme el corazón, y cuando llegué a la calle, doslágrimas, que me parecieron de sangre, brotaron de mis ojos y mecorrieron por el rostro.

X

Pocos meses después abandonaba el colegio donde había pasado años tantristes.

Martín, que ya había salido también, estaba con su familia enel campo y no pude por consiguiente despedirme de Valentina.

Mi tío me esperaba en Buenos Aires con una colocación en una casa decomercio; llegué a Buenos Aires y encontré a mi tía tan mala como decostumbre; siempre dominada por la política, siempre tomando parte entodos los acontecimientos notables que tenían lugar.

Hacía seis años que no me veía, y, sin embargo, no me hizo el más mínimocumplimiento ni el más pequeño agasajo a mi llegada.

Había

engordado

mucho

y

su

temperamento

sanguíneo

se

había

desarrolladonotablemente. Mi tío era el mismo. El único que no estaba en la casa eraAlejandro: el pícaro pardo había cumplido su promesa; un día de unaltercado tremendo con mi tía, desbocó los caballos al descender laviolenta pendiente de la barranca de la Recoleta y volcó el landeau enuna zanja, lo hizo pedazos y magulló a mi tía que fue izada por laventanilla con la gorra en la nuca y los vestidos en un desordeninconveniente.

¡Cómo habían cambiado en veinte años las cosas en Buenos Aires! ¡Eldoctor Trevexo, el hombre de más talento de su tiempo, el orador, eldiplomático, el abogado y el periodista más hábil de la República, habíadesaparecido de la escena pública, y sólo habían transcurrido veinteaños! Los tenderos de aquella época habían muerto o habían cerrado sustiendas; ya no gobernaban la opinión pública. Mi tía Medea había tomadoparte en dos revoluciones chingadas y pertenecía a la oposición.

El único puesto público que conservaba, era el de la SociedadFilantrópica, donde la fila de sus contemporáneas se había raleadonotablemente. Una nueva generación política y literaria había invadidola tribuna, la prensa y los cargos públicos.

Don Buenaventura pontificaba desde lejos, en el diario más grande de laAmérica.

La escuela literaria de la Flor de un día había hecho suépoca; hombres y libros nuevos dirigían el pensamiento argentino. Elautor del Facundo revolcaba su temible maza desde las columnas delviejo Nacional; los salones se habían transformado; el gusto, el arte,la moda, habían provocado una serie de exigencias sin las cuales la vidasocial era imposible. Los cómicos españoles de antaño ya no entreteníancomo veinte años atrás; la aldea de 1862 tenía muchos detalles deciudad; se iba mucho a Europa; las mujeres cultivaban las letras. Lasgolosinas de Gustavo Droz, de Halévy y aun de Maupassant, andaban entodas las manos femeninas, impresas en una forma adecuada para lectoressibaritas, e ilustradas con todas las voluptuosidades artísticas deltaller de Goupil.

La vieja moda, aquella que envolvía a las mujeres en verdaderas bolsasde tela, había desaparecido; ni los filósofos podían pasear de cuatro acinco de la tarde en el invierno por la calle de la Florida, sinconmoverse ante los cuerpos de las mujeres del día, dibujados d'aprésnature por Mesdames Carreau y Vigneau, con damas de Génova yterciopelos de Venecia; Kitty Bell y Flora Campbell hacían losfigurines; Sarah Bernhardt, los guantes. Worth firmaba los tapados comoun pintor sus cuadros; en los colores mismos se había operado unarevolución; nada de celeste y blanco como antes, nada de color rosa:una mujer del gran mundo no estaba bien vestida sin llevar un mediocolor indeterminado en los siete de la paleta; oro y plata viejos,óxido, y marfil antiguo.

Los troncos de los carruajes particulares eran arrastrados por yeguas ycaballos de raza, de pelo satinado y reluciente, con cocheros máscorrectos que los del tiempo de Alejandro. No era chic hablar españolen el gran mundo; era necesario salpicar la conversación con algunaspalabras inglesas, y muchas francesas, tratando de pronunciarlas con elmayor cuidado, para acreditar raza de gentilhombre.

En fin, yo, que había conocido aquel Buenos Aires de 1862, patriota,sencillo, semitendero, semicurial y semialdea, me encontraba con unpueblo con grandes pretensiones europeas que perdía su tiempo en flanear en las calles, y en el cual ya no reinaban generalespredestinados, ni la familia de los Trevexo, ni la de los Berrotarán.

Estas reflexiones me hacía yo todas las tardes al salir del escritoriode comercio de don Eleazar de la Cueva, el hombre de negocios más vastosy complicados de la República Argentina, que tenía vara alta con losgobiernos, con los bancos, con la Bolsa, con todo el mundo. Hombre mansoy cristiano ante todo, muy devoto y muy creyente, dulce de maneras porlo general, y bastante bravo por lo particular cuando el caso lopermitía, don Eleazar de la Cueva era una especie de astrólogo para susnegocios, porque todos ellos participaban de ciertas formasnigrománticas, llenas de misterio, y se preparaban por procedimientosanálogos a los que en lo antiguo se empleaban para buscar la piedrafilosofal. Don Eleazar, sin ser hombre de mundo, sin ser hombrepolítico, tenía cierta influencia política; sin ser hombre de partido,tenía cierta intervención y participación en todos los partidos. En fin,en el mar humano, don Eleazar era corriente de fondo y no de superficie:arrastraba sin ser visto ni sentido.

Tenía don Eleazar un cuerpo de oso y una cabeza de leona mansa; su cutisfino y terso, a pesar de sus setenta años largos, daba a su rostrocierta capa de venerable distinción y de majestuosa ancianidad queimponían a primera vista. Los dependientes le temblábamos, sin embargo,porque era áspero y cruel con nosotros, y cuando sentíamos sus pisadasen el escritorio, no sólo guardábamos un profundo silencio, sino quevolcábamos la cara sobre nuestras mesas y hacíamos lo posible poraparecer abstraídos en nuestra tarea.

Nada más curioso y original que el escritorio de don Eleazar; unedificio bajo y antiguo con un vasto y desierto patio a la entrada,enlosado con grandes piedras color pizarra, perpetuamente húmedas yempañadas por una eterna capa de verdín. Frente a la puerta de la calle,tres cuartos, cada uno con tres puertas al patio. Desde la calle,aquella casa hacía el efecto de estar inhabitada; tal era el abandono desus paredes y el estado de sus puertas despintadas, casi carcomidas, ytan antiguas, que algunos de sus tableros exteriores debían haber sidopintados en tiempo de Rozas, porque, aunque sumamente descoloridos, senotaba que un día habían sido colorados.

El único adorno de los cuatromuros que formaban el cuadrado del patio, era una guarda grecorromana derelieve, en la que la intemperie había hecho sus estragos sin que eldueño de la casa se hubiese preocupado de hacer restauraciones.

Por dentro, el escritorio del señor de la Cueva representaba exactamentesu apellido; todo era en él vetusto: las mesas y las sillas; losestantes, llenos de rollos de papeles, denunciaban un completo abandono.

Aquellas habitaciones habían sido empapeladas un día, pero el papel sehabía caído; algunos jirones que quedaban, colgaban todavía de lasparedes, esperando la hora de caer por sí solos, sin que la mano delhombre los arrancara, porque don Eleazar, que en materia de negocios yespeculaciones demostraba una actividad y un espíritu innovador a todaprueba, trataba a su escritorio por el procedimiento contrario.

Aquelpiso jamás había conocido alfombra ni escoba, y si alguno de susdependientes hubiese tenido la ocurrencia de arrojar en él algunosgranos de alpiste, la simiente habría florecido de un día para otro, nimás ni menos que con el riego cuotidiano que el sirviente gallego hacíapara aplacar el polvo de la habitación.

Nada más caliente y sofocante que el escritorio de don Eleazar en elverano: nada más frío también en el invierno, en que teníamos que pasarla noche y el día escribiendo, de pie sobre las baldosas desnudas yhúmedas del piso.

Mi tía Medea le había puesto ciertos inconvenientes a mi tío para que yohabitara en su casa, de modo que me fue necesario ocupar un cuarto en lacasa particular de un antiguo amigo de mi padre, que era un excelenteviejo alegre y solterón que me había cobrado un franco cariño. De modoque, cuando regresaba de lo de don Eleazar, encontraba en don BenitoCristal un verdadero amigo, con quien me desahogaba contra mi malasuerte y lamentaba el tiempo que mis tíos me habían hecho perder.

Don Benito era un carácter. En la arrogancia de su porte se reflejabatoda la entereza de su alma. Amaba con delirio la verdad y podía decircon orgullo que no había nunca mentido en su vida. Era impetuoso,resuelto, intransigente en la defensa de todas las reglas de lagentilhombría. La honradez acrisolada de su palabra no cedía en nada ala honradez de sus acciones, y llevaba su culto por la virtud hasta ladelicadeza de practicarlo en silencio sin proclamarla como el fariseo.

Sin embargo, don Benito tenía las debilidades mundanas de los galanteosy había luchado en vano por muchos años sin poder reaccionar contraellas. Soltero, sin familia, no pensaba sino en sus buenas fortunas porel momento y en su inocente partidita nocturna; pero con todo, desde eldía que supo que yo estaba empleado en lo de don Eleazar, se preocupópor mi suerte, y día a día, al verme salir para mi empleo, me decíameneando la cabeza:

—¡Amigo, amigo, busque otro destino, mire que esa casa de don Eleazares peligrosa! Vale más correr el peligro de perder la camisa, como yo,que exponerme a perder allí la honra.

Pero no era fácil salir de lo de don Eleazar, y además, el sueldo erabueno y el pago exacto. Se trabajaba; eso sí, se trabajaba noche y día,sin fin, sin tregua, pero ningún dependiente sabía lo que el otrodependiente hacía. Don Eleazar, que vigilaba constantemente el trabajo,estaba allí para evitarlo. Sus negocios eran múltiples ycomplicadísimos: prestaba y tomaba prestado a tipos usurarios, según lascircunstancias; su influencia en la Bolsa era tremenda y misteriosa a lavez; la mitad creía que estaba a la baja, la otra mitad aseguraba quejugaba a la alza; don Eleazar vivía en el escritorio y recibía allí alas gentes de todas clases, siempre con su aparente humildad, instalandoante todo su probidad, su desinterés y su honor comercial ante elinterlocutor que, por más prevenido que estuviese contra él, terminabapor escucharlo y someterse.

Don Eleazar era ante todo un especulador; en su casa de comercio no secompraba ni se vendía sino papeles de Bolsa. De cuando en cuando, paravariar, solía comprar algún gran pleito, y con la paciencia y latenacidad de un israelita perseguía su gestión por todas las instancias,hasta liquidar y desenredar la madeja litigiosa a fuerza de dinero y deprocuradores traviesos y experimentados.

Cautísimo hasta el extremo, don Eleazar jamás escribía una carta de supuño y letra, limitándose a firmar lo que él dictaba, no sin tener laprecaución de leer siempre antes de firmar el manuscrito que lepresentábamos.

En el comercio, don Eleazar estaba considerado como un corsario. Atacabay pillaba al enemigo, pero cuando no encontraba adversarios a quienesacometer, o cuando él quería asegurar el éxito de una operaciónpeligrosa, no tenía ningún género de inconvenientes en consumar actos deverdadera piratería, sin perder el aspecto venerable y majestuoso de sufisonomía, y aun llorando y cubriendo sus gavilanadas con palabras dehumildad que parecían salir del fondo de su alma.

Así sucedía no pocas veces en épocas de agitaciones bursátiles, quedetrás del corredor que partía a venderle sus títulos, salía por otrapuerta un segundo con encargo de hacer el alza; y por la tarde, cuandouno y otro regresaban a dar cuenta de sus operaciones, don Eleazartomaba la palabra y hablaba en el lenguaje y el acento de un varón santoy convencido:

—Así es, señor don Tomás, así es; ya que ellos lo han querido, bienempleado les esté. ¡Ya usted sabe, señor, que a mí no me gusta hacer mala nadie! Pero ¿qué puede hacer un hombre honrado en estos tiempos de tanmala fe? ¡Es menester resguardarnos! Vea usted, señor; yo he hechomuchas obras de caridad en este país, cuando tenía cómo hacerlas; no hayuno de esos que me quieren arruinar, que no me deba todo lo que tiene.¡Yo he sido siempre el mismo con ellos; dos fortunas he perdido porayudarlos! Dos fortunas, señor, y sólo por necesidad me veo obligado adefenderme.

Y cuando don Eleazar llegaba al fin de su discurso, abría su caja derapé, invitaba a su interlocutor, y en seguida sacaba de sus profundasfaltriqueras un largo pañuelo de la India con el cual se sonaba lasnarices y se cubría el rostro, para hacer más expresivas suslamentaciones.

En el orden interno del escritorio, don Eleazar era de una severidad querayaba en crueldad; jamás una licencia, un respiro, un descanso para susdependientes. Se trabajaba allí de día y de noche sin reposo, bajo ladirección inmediata de don Anselmo, el alter ego de don Eleazar; unmozo español, de cuarenta años, sagaz, alerta y ladino para los negocioscomo un capeador para burlar el toro, y sin el cual rara vez don Eleazarcelebraba conferencias sobre negocios delicados e importantes.

Don Eleazar jamás se presentaba en teatros, bailes y paseos. Venía porla mañana de su quinta en su clásico cupé tirado por dos caballosgateados, mansos y tranquilos, que volvían a conducirlo por la tarde opor la noche, si las exigencias del trabajo reclamaban su presencia enel escritorio después de comer. Pero, si don Eleazar no andaba ensociedad, su nombre y su influencia se dejaban sentir en mil formasdistintas: en las elecciones formaba siempre parte en los dos bandos sindar su nombre, y concurría eficazmente al triunfo de ambos partidos consumas gruesas de dinero.

El sabía bien que a los que saben negociar en política, esta buena madreles devuelve el préstamo con capital e intereses compuestos; y como paraél lo mismo eran los nacionalistas y los autonomistas, los porteños ylos provincianos, los federales y los unitarios, con todos promiscuaba,porque en la viña del Señor tanto valía para él ser judío comocristiano.

Una noche, al retirarme tarde del escritorio, don Benito me esperaba enla puerta de la calle con evidentes manifestaciones de sobresalto.

—Y...—me dijo al verme,—¿qué ha sucedido hoy en lo de don Eleazar?

—Nada—le contesté,—el día ha sido como el de ayer, sin novedad.

—¿Sin novedad? ¿Pero usted embroma o es tonto?—me replicó mirándomefijamente al rostro.