La Gran Aldea - Costumbres Bonaerenses by Lucio V. López - HTML preview

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BIBLIOTECA DE «LA NACION»

LUCIO V. LÓPEZ

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LA GRAN ALDEA

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COSTUMBRES BONAERENSES

BUENOS AIRES

1908

LA GRAN ALDEA: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV,

XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, XXI

LA GRAN ALDEA

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La obra que va a leerse, fue escrita allá por el año 1882 por elmalogrado doctor Lucio V. López, uno de los espíritus más selectos quehayan brillado en nuestlro pequeño mundo literario, en nuestro foro, ennuestra política, en épocas en que eran muchos y muy esclarecidos loshombres que se disputaban el primer puesto ante la públicaconsideración, todos ellos con títulos más o menos bien conquistados ysostenidos.

No es de este momento ni de este sitio hacer la biografía de LucioVicente López, que—para ser exacta,—tendría que abarcar de paso todoun periodo de nuestra historia política, a la que su actuación lo ligóestrechamente. Tenemos que limitarnos a decir que, abogado distinguido yescritor agudo y sarcástico, las luchas democráticas lo llevaron à lasfilas del periodismo, en el que militó, y que nuestros diarios guardanen sus colecciones, numerosos artículos brotados de su pluma, y que sehacen notar—

como él se hacía notar en la conversación privada,—por suhumorismo, sus epigramas, sus sarcasmos, a veces sangrientos, perosiempre revestidos de cultísimo y elegante estilo.

De gustos refinados, Lucio Vicente López cultivaba las bellas letras,más como catador que como autor, fuera de su papel de polemistapolítico, que con tanto brillo desempeñó; su ilustración literaria eramuy vasta, como lo era su preparación jurídica, y seguía con algo másque simple curiosidad y no por mero pasatiempo, la evolución de laliteratura contemporánea, sirviéndole para este estudio susconocimientos clásicos, su innato buen gusto y su talento reconocido,que brillaba en cuanto atraía, siquiera momentáneamente, su atención yprovocaba su acción.

Pero un día tenía que sentir la necesidad de hacer mover y fructificarsus capitales literarios, no en ligeros esquicios, como lo había hechohasta entonces, sino en obra de ciertas proporciones y de algún aliento.Esa necesidad de aprovechar lo adquirido, de no dejarlo enmohecer en elcerebro, como bienes de avaro, le hizo producir La Gran Aldea, librode observación y de crítica, lleno de vida y de agudeza, en el queabundan las pinceladas de mano maestra, aunque la novela fuese unensayo, el primer paso en un camino nuevo si no desconocido, y por elque el autor no emprendió viaje otra vez, traído y llevado enseguida porlas luchas ardientes, por los trabajos del foro, por las altasposiciones que fue llamado a ocupar en el Congreso y en el Gobiernomismo del país.

La

Gran

Aldea

nos

presenta

un

boceto

lleno

de

gracia

y

de

«exactitudcaricaturesca», si así puede decirse, de lo que era el Buenos Airesromántico, el Buenos Aires que apenas han conocido en sus postrimeríaslos hombres que hoy cuentan cuarenta años, pero cuyos últimos resabiossuelen aparecer todavía aquí y allá, como fuegos fatuos producidos porcosas pasadas y muertas hace mucho... el Buenos Aires social,desaparecido bajo el aluvión extranjero que, sin darle un nuevo carácterdefinido todavía, le ha quitado su antigua y peculiar característica,mezcla de criollismo inveterado y de ingenua imitación europea.

El título mismo de la obra está diciendo lo que es: el retrato de unpueblo en marcha rápida y progresiva, pero que todavía no ha dejado losandadores de la aldea, del villorrio, para andar con el paso seguro dela ciudad, cuyo aspecto ofrece ya en el exterior, sin que su intimidadresponda a la apariencia.

La obra es brillante, como todo lo que brotaba de aquella pluma y deaquel cerebro; tiene defectos, pero, como decía Goldsmith, quién sabe siesos mismos defectos no constituyen un atractivo más, y si la percepciónno desluciría el libro, quitándole individualidad.

La Gran Aldea apareció por primera vez en los folletines del SudAmérica, que acababa de fundarse entonces. En seguida se hizo de ellauna edición de corto número de ejemplares. La gran masa de lectores conque ahora cuenta nuestro país, no puede conocerla, por lo tanto. Hubierasido lástima que el silencio siguiese rodeando a esta novela, leída sólopor escasos aficionados y cultores de las letras, cuando tiene, por suhumorismo, por su crítica, por la fiel pintura de otros tiempos, otrascostumbres y otros hombres, derecho a convertirse en un libro popular, ya perpetuar la memoria de su autor, como perpetúa el recuerdo de suinesperada e injusta muerte, sobrevenida en la plenitud de sus fuerzas,la vibrante figura de la Protesta, levantada sobre su tumba por el granescultor francés...

A

MIGUEL

CANÉ

mi

amigo

y

camarada,

L. V. L.

Qu'on ait trouvé des personnalités dans cette comédie, je n'en suissurpris: on trouve toujours des personnalités dans les comédies decaractère comme on se découvre toujours des maladies dans leslivres de médecine.

La vérité est que je n'ai pas plus visé un individu qu'un salon;j'ai pris dans les salons et chez les individus les traits dontj'ai fait mes types, mais, où voulait-on que je les prisse?

EDOUARD PAILLERON.

( Le Monde où l'on s'ennuie).

LA GRAN ALDEA

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I

Dos años hacía que mi tío vivía en mi compañía cuando, de pronto, unamañana, al sentarnos a almorzar, me dijo:

—Sobrino, me caso...

Cualquiera creería que me dio la noticia con acento enérgico. ¡Muy lejosde eso! Su voz fue, como siempre, suave e insinuante como un arrullo,pues mi tío, aunque tenía el carácter del zorro, afectaba siempre lamansedumbre del cordero.

¿Y qué tenía de particular que mi tío se casara? ¡Vaya si lo tenía!Había cumplido los cincuenta y ocho años y apenas hacía dos que mi tíahabía muerto. ¡Mi tía! ¡Ah, el corazón se me parte de pena alrecordarla!... Una señora feroz, hija de un mayor de caballería quehabía servido con Rauch, que había heredado el carácter militar delpadre, su fealdad proverbial, un gesto de tigra, y una voz que, cuandoresonaba en el histórico comedor de su casa, hacía estremecer a mi tío,y el temblor de la víctima transmitía el fluido pavoroso a los platos ya las copas que se estremecían a su turno dentro de los aparadores alrecibir en sus cuerpos frágiles y acústicos el choque de la descarga deterror conyugal.

Así pasaban las cosas cuando mi tía Medea purificaba sobre la tierra asu marido. El espanto dominaba toda la casa: los antiguos retratos alóleo de sus antepasados, y hasta el del feroz mayor de caballería,tiritaban entre los marcos dorados, y perdían la tiesura lineal yangulosa del pincel primitivo que había inmortalizado aquellos absurdosartísticos; los muebles tomaban un aspecto solemne, y parecían, por sualineación severa, la serie de los bancos de los acusados; los relojesse paraban, los sirvientes ganaban los confines de la casa; mi tío, quecomenzaba por esbozar una súplica en su rostro de marido hostigadodurante veinticinco años, concluía por doblar el cuello y hundir subarba en el pecho, ni más ni menos que una perdiz a la que un cazadorbrutal descarga a boca de jarro los dos cañones de la escopeta.

Lasimprecaciones y los gritos estentóreos de mi tía Medea se prolongabanhasta altas horas de la noche; tenía unos pulmones dignos de alimentarel órgano monstruo de Albert Hall; y sus iras inclementes y casimitológicas, brotaban de sus labios como un torrente de lava hablada, enmedio de gesticulaciones y de ademanes dignos de una sibila que evacuasus furores tremendos.

Una mujer como mi tía, tenía que ser, como fue, de una esterilidad atoda prueba.

Hasta los quince años yo tuve vehementes dudas sobre susexo; aquel retoño de los Atridas no dio fruto a pesar de mi tío.

Mi tío estaba lejos de ser un apóstol, pero era un santo.

El lado débil de mi tío era el amor, y esto explicará por qué es que alos dos años de viudez acaba de declararme que se casa. Mi tío era unalfeñique delante de una mujer bonita. Decir que se derretía sería poco,se revenía, se volvía una celda de miel. Al oír una voz juvenil brotandode una garganta esbelta y alabastrina, al ver un cuerpo elástico ynervioso modelado por los contornos de la carne viva y suave a lapresión, mi tío, que era flaco y alto como un junco de las islas, gemíainvoluntariamente como una arpa eólica, y, no contento con saborear laestatua con los ojos, cedía, sin querer, el brazo a los movimientosirrespetuosos de la electricidad animal y gustaba de tocar el buenseñor.

Convengamos en que el defecto era humano y no grave. Pero ved aquí cómodos pasiones contrarias, la cólera crónica de mi tía y la ternuraamorosa de mi tío, habían llegado poco a poco a constituir en él unasegunda persona, en la que se habían transformado todos los rasgosprimitivos de su carácter. El buen viejo había conservado toda subondad, toda su mansedumbre; pero, perseguido, acosado, estirado, comoun hilo elástico, por su mujer, se había enflaquecido más de lo quehabía sido y había adquirido un tipo físico lógico, con su nuevocarácter moral: una especie de Tartufo, pero no un Tartufo odioso yantipático, sino por el contrario, y aunque esto parezca una paradoja,un Tartufo ingenuo y cándido, a quien Orgon descubría en cada aventurapor la falta de las grandes cualidades jesuíticas que constituyen elcarácter del más alto representante del molierismo...

Así, mi tío, que turbaba de cuando en cuando la paz del servicio, sufríasiempre la desgracia que nadie sufre en este mundo; lo que no pasajamás: que los sirvientes lo delatasen a la señora. El regreso delpaseíto después de comer casi siempre lo colocaba en una situacióncrítica y zurda: o la manga de la levita blanqueada por el contacto delas paredes humanas, o el perfume de un ramo de jazmines, o loinmoderado de un nudo de corbata poco defendido, o cualquiera otracausa, lo entregaban a las garras de la leona, y los celos de Normaestallaban:

—¡Viejo libertino y sin vergüenza, inmoral, corrompido, sucio!...

—¡Pero, Medea!...

—¡Silencio! ¡hombre sin pudor!... ¡habráse visto canalla igual!...¡corriendo las calles de noche, echando cuchufletas a las sirvientas enlas puertas de calle!

¡Vea usted! ¡Esa manga denuncia al canalla! A ver, aunque no quieras, tehe de registrar el pecho... ¡Eh! ¿Qué se me importa que se te arrugue lacamisa? ¡Qué, no veo acaso al viejo calavera degradado en ese moñoindecoroso de la corbata!... ¡Un ramo de jazmines!... ¿Quién te ha dadoese ramo? Di, hombre infame y malvado.

¿Quién te ha dado esa inmundicia?¡Puf!... ¡huele a patchoulí! Debe ser alguna guaranga, degradada comotú... ¡Esta me la has de pagar! ¡Ha de arder Troya! Usted ha manchado mifamilia y mi nombre, arrastrándolo por las últimas capas sociales.

¡Elnombre de los Berrotarán! Si mi padre viviera, ya te habría molido lascostillas; treinta años fue militar, y mi madre no tuvo jamás una queja.Véalo usted allí, levante los ojos y pida usted perdón al autor de misdías... ¡marido depravado y perverso!

Y Pollion caía fulminado por los anatemas.

Así habían pasado los días del primer matrimonio de mi tío. El hacía inpetto grandes programas de enmienda: se creía un culpable, un malvado,pero no podía con sus extravíos de ternura, y a fe que tenía razón: mitía era refractaria por índole y por naturaleza a todo afecto íntimo, ysus caricias debían ser, si alguna vez las hizo a alguien, como lasmanotadas de una pantera.

Las impresiones que aquel hogar lleno de movimiento producían sobre miespíritu, eran múltiples y variadas. Mi tía Medea nunca dejaba deecharme en cara que al morir mis padres me había recogido por favor ycomo un acto mil veces más caritativo y recomendable que el de la hijade Faraón, salvando a Moisés de la corriente del Nilo.

Mi padre, hermanomenor de mi tío, había muerto joven, y mi madre al darme a luz.

Ante laley natural, a Dios gracias, mi tía no podía exigirme parentesco.

En aquel hogar rancio y ridículo yo me había formado sin grandesafecciones; había crecido lentamente como una planta exótica al lado demi pobre tío, que sin duda me quería, y que, no sabiéndose defender así mismo de su terrible compañera, se guardaba por su parte muy bien deprotegerme cuando la brava señora la emprendía conmigo.

II

Me acuerdo, sin embargo, con una memoria vivísima, de los primeros añosde mi niñez. Miraba la vida como pudieran mirarla los hijos del Príncipede Gales o los de un Rothschild. Todo lo que me rodeaba, mientras viviómi padre, era pobre y de una mediocridad bastante marcada; pero yo loencontraba de una belleza, de una abundancia y de un gustoexcepcionales. Nadie me había inspirado estas pretensiones pueriles; porel contrario, mi padre, cuando me di cuenta de su valor moral, era deuna modestia pristina en su vida. ¡Pero yo encontraba tan hermosa lavieja casa alquilada!

Tan lujosa la sala en que dominaba un gran retratode mi madre querida, que tenía, si la expresión se me permite, esalástima egoísta que siente uno por los demás niños cuando es niñotambién.

¿Qué hombre, qué mujer, por variada y llena de contrastes que haya sidosu vida, no tiene allá, en el fondo del recuerdo, la fotografía vagapero indeleble de las primeras impresiones del mundo? Es una fiesta, undía de escuela, un encuentro, un juguete, un cariño recibido y devuelto,el protagonista de ese inolvidable poema de la memoria; la palabra no loanima jamás, no se comunica a nadie, porque es tal vez trivial cuandoadquiere formas externas; se acaricia la reminiscencia a solas,íntimamente, y ella vuelve y retorna siempre a la mente, porque es comoel cimiento de las memorias, el sedimento que han dejado las primerasimpresiones de la vida en el espíritu del hombre.

La fisonomía de aquel hogar, trunco por la muerte de mi madre, no seborrará jamás de mi mente. Dormíamos con mi padre en la mismahabitación. Veo todavía aquel teatro célebre de cuentos y juegosinolvidables; los seis antiguos grabados ingleses de sus paredes,colgados con poco esmero; seis escenas de los romances de Waverley,amarillentos

y

mareados

entre

sus

maltratados

marcos,

casi

siempretorcidos, pendientes de sus clavos desiguales.

¡Cuántas veces al adormecerme bajo la media luz de la habitación,parecíame ver moverse la figura misántropa de Guy Mannering, y deespanto al verla salir del marco, encogíame todo en el lecho, tapábamehasta la cabeza y cerraba los ojos para no ver la escena fantástica quefraguaba contra mí mismo la imaginación calenturienta del niño.

Oigo eltic-tac del antiguo reloj de familia, y el golpe grave de su timbreresuena en mi oído aún. Recuerdo el miedo que me causaba al despertar enmedio del sueño ese monótono murmullo del silencio nocturno, reagravadopor el bulto humano, horroroso, amenazante, que parecían formar lasropas de mi padre puestas al acaso sobre una silla, y en cuya ingeniosay casual combinación creía ver el cuerpo de un ladrón o de un bandido.¡Oh! ¡Qué alegría, qué desahogo, cuando la mirada, después de un examenansioso, descubría el fatal engaño y los objetos tomaban su formanatural disipándose el terrible fantasma!

III

Tenía diez años cuando murió mi padre. La última vez que me acercaron alborde de su cama, me abrazó y me llenó de besos; tendría entoncescuarenta años, pero representaba sesenta; ¡tanto lo había quebrantado laterrible enfermedad que lo consumía!

Espíritu débil, la muerte de su compañera lo había abatido, había hechoinútil su existencia. Pobre, sin porvenir, esclavo de un empleosubalterno que servía desde 20

años atrás, carecía de la iniciativavigorosa de otros hombres que buscan en los trabajos variados de la vidael consuelo de los grandes dolores humanos. La monotonía de sus deberescuotidianos, ese horrible destino de hacer la misma cosa hoy, mañana ysiempre; el sueldo periódico que jamás se aumenta ni reproduce; la faltadel ideal, de la esperanza, de ese horizonte dorado que persigue todacriatura en el mundo, abatieron las fuerzas de aquel noble perodesgraciado corazón, cuyo fin fue como el de una máquina que estalla yse inutiliza antes de tiempo.

Mi tío, dominado por su absurda mujer, nos veía poco. Pobre también, sehabía casado con ella que tenía una fortuna considerable, y en su casa,como era natural, dominaba el carácter militar de mi tía, duplicado porla influencia de su fortuna.

Sin embargo, el buen tío Ramón, con sus debilidades, pero excelente enel fondo, al saber la gravedad extrema de mi padre, vino a vernos.

Los dos hermanos se abrazaron. La palidez de mi padre se confundía conla blancura de las almohadas de su cama.

Aunque niño, y sin poderme dar cuenta profunda de aquel solemne momentode mi vida, lloré amargamente abrazado de su cuello; sentí su últimocalor vital con un íntimo estremecimiento de dolor, estreché sus manosdescarnadas, me miré en sus ojos apagados y permanecí mucho, muchotiempo a su lado, sollozando y enjugando mis lágrimas.

Mi padre había abierto un pequeño libro con láminas ordinarias paradistraerme, y yo, sin separarme de su lado, hojeaba casi maquinalmentesus páginas, y me detenía contemplando los grabados, siempre estrechadopor él.

—Bien, hijito—me dijo al fin,—vete a recoger, que es tarde ya y yotengo que hablar con tu tío.

Y como yo hiciera un movimiento de cariñosa resistencia para separarmede su lado, él insistió dulcemente, me volvió a abrazar y a besar muchasveces y mi tío Ramón me condujo a un cuarto inmediato donde me habíainstalado desde que mi padre se agravó.

Al separármele, quedó en mis manos el libro que habíamos estadohojeando. Me desnudaron y me acostaron.

Un instinto, qué sé yo, uno de esos profundos movimientos del alma delos niños, que son como el germen de todos los variados y tiernossentimientos que brotan después en la adolescencia, me hizo no separarmede aquel libro. Apagose la luz de la habitación, y yo estaba abrazado demi precioso recuerdo. Quería protegerlo y ser protegido por él mismo;era como una prenda de mi padre, que me lo recordaba y me lo reproducía;lloré mucho sobre él y debí humedecerlo tanto con mis lágrimas, que mismanos llevaron muchas veces a los labios el sabor amargo del llanto; yfue así, abrazado de mi libro, defendido el pecho por sus páginas, queme dormí aquella noche, la última de mi vida en que debía ver al autorde mis días. Aquella noche murió mi padre, mientras yo dormía oprimiendoel tesoro conquistado.

¡Pobre libro mío! A los diez años muy lejos estaba de amarlo por elvalor moral de sus páginas; era el Ivanhoe, el primer romance quedebía deslumbrar más tarde mi imaginación virgen de impresiones. Loamaba, porque había sido de mi padre: todo era en él precioso para mí,sus grabados en madera, sus tapas comunes, bastante estropeadas, susángulos doblados por los golpes que sufría, sus páginas descoloridas, enlas que mis ojos inquietos se solían detener de paso.

El entierro de mi padre fue muy modesto por cierto; murió por lamadrugada, y durante todo el día me tuvieron encerrado en el cuarto enque me habían puesto, sin dejarme salir de él. En un momento yoconseguí, sin embargo, escaparme, llevado por esa curiosidad inquieta delos niños, me interné en las habitaciones que conducían a la sala, y porla hoja entreabierta logré ver dos largos y gruesos cirios llenos de lascongelaciones de la cera que chorreaba sobre ellos, colocados sobreenormes candelabros de platina, semejantes a los que había visto en lasiglesias; los candelabros reposaban sobre un tapiz de pana negra raída,con guardas de oro bastante estropeadas; el olor acre de la cera de loscirios me hizo un malísimo efecto, y sin darme cuenta de lo que veía,retrocedí a mi cuarto sin atreverme a seguir adelante.

Nunca después en la vida he dejado de recordar aquel momento, al aspirarel ambiente peculiar que forman las velas amarillosas de cera que quemanalrededor del féretro de los que acaban de morir, y aquella impresión deniño, es otra de las muchas que no se borrarán jamás de mi memoria.

Mis parientes se dieron mucha prisa en enterrar a mi padre; a eso de lascinco de la tarde comencé a sentir el murmullo de voces y pasos degentes que entraban. Me asomé por la puerta que daba al patio y vimuchos hombres vestidos rigurosamente de negro que se congregaban enpequeños grupos, saludándose reverenciosamente los unos con los otros;todos parecían estar muy tristes y pensativos, a juzgar por la gravedadde sus rostros.

Una sirvienta me arrancó de la puerta desde donde yo observaba laconcurrencia lleno de estrañeza, al ver un número tan considerable degente en mi casa, donde tan pocas y raras personas nos visitaban. Unrato después me pareció que el ruido de los pasos aumentaba, como si untropel de gente se pusiese en movimiento y poco a poco fui notando quese alejaba. En la calle se oyeron rodar carruajes, pero el ruido de loscoches también se extinguió y todo quedó en silencio. Entonces me asoméotra vez por la puerta del patio: había quedado completamente solo, lapuerta de la calle estaba entornada, cerradas las de las habitaciones;la tarde avanzaba y la humedad de un día lluvioso daba a aquella escenaun aspecto tristísimo.

Me dio miedo y entré en mi cuarto.

Mi tía Medea conversaba en las habitaciones inmediatas con cuatro ocinco señoras viejas y de edades incalculables. Yo me presentéfrancamente entre ellas: una me acarició; las otras, incluso mi tía, memiraron con cierta indiferencia, y yo no debí preocuparme mucho tampocode ellas, porque preferí meterme debajo de la mesa del comedor dondepermanecí largo tiempo recorriendo las estampas de mi libro inseparable.

Las señoras tomaron algunas copas de vino y mi tía tomó dos, diciéndolesque estaba muy débil, que durante el día no había probado bocado, lo queprobablemente le sirvió de pretexto para comer un plato entero debizcochos que habían presentado junto con el vino.

Aquellas señoras se levantaron al fin, y mi tía con ellas, diciendo ala sirvienta que me cuidaba, que me tuviera listo para el día siguienteen que ella vendría a buscarme temprano.

En efecto, al día siguiente del entierro de mi padre volvió mi tía Medeaa buscarme.

Lo primero de que me apoderé para decir adiós a aquel hogarsemejante a un nido abandonado, fue de mi buen libro; nada más deseaballevar.

Quise, sin embargo, recorrer toda la casa antes de partir.

Se aspiraba en todos los cuartos ese ambiente de tristeza que tienen lossitios que se abandonan.

Entré en el cuarto en que mi padre había muerto; todo estaba endesorden: la cama en el medio, sin colchones, como un esqueleto dehierro; los armarios vacíos.

Mi tía Medea había hecho acto de generosidad con los pobres, repartiendolas ropas de mi padre; la vieja alfombra había desaparecido; lasbaldosas contribuían a aumentar lo triste de la escena con su frialdadglacial; mis buenos grabados ingleses ya no estaban tampoco; algunosfragmentos de mis juguetes habían sido relegados a un rincón de lahabitación; entré en la sala y vi con júbilo que el retrato de mi madreestaba allí y que mi tío había dispuesto que lo condujesen a su casa. Enun ángulo de la sala estaban agrupados los cuatro candelabros con suscirios apagados, las mechas duras y achatadas sobre la cera, que habíaformado al derretirse una masa de coagulaciones semejantes a las laboresgóticas de una abadía; a un lado de ellos estaba la manta de pana negra,raída, con sus guardas galonadas.

Entraban y salían peones con muebles:—¡Desalojaban! ¡Oh! ¡qué triste esuna mudanza, y cuánto más triste cuando tiene lugar porque han muertolos que habitaban la casa! ¡Qué triste es ese desorden! ¡Las voces delas gentes de todas menas que entran y salen; la desnudez en que quedanlos pisos y las paredes; el abandono, el silencio, que van invadiendopoco a poco! El último trasto que se saca, casi siempre una silla, cuyospies desiguales le dan cierto aire de grotesca melancolía, ante el cualsólo el pincel de Dickens es capaz de levantar el poema que surge de laobservación sentimental de los objetos. ¡Qué momento ese, en que elúltimo, después de dejar desiertas las habitaciones, cierra la puerta dela calle tras de sí! ¡El eco cavernoso responde entre los ángulos de loscuartos abandonados, el eco solo, voz solemne de lo vacío, de lasoledad, de las tumbas!

IV

El cambio de domicilio fue un acontecimiento para mí; la espléndida casade mi tío Ramón, mi ropa flamante de luto, la nueva faz de mi vida,ejercieron en mi espíritu toda la influencia de la novedad.

Había alguna diferencia, por cierto, entre la pobre morada de mi padre yla espléndida mansión de mi tío, o más bien dicho, de mi tía, pues todolo que había en ella, hasta el último alfiler, como ella decía, era suyopropio y lo había heredado del famoso mayor Berrotarán, terror de losindios y loor del ejército. Mi tío Ramón era un pobrete que sólo habíaaportado al matrimonio su decencia con lo encapillado, como rezaba laantigua fórmula testamentaria.

Se trató de mi educación; mi tío, que se interesaba por mí, quisotomarme maestros de idiomas y proporcionarme una enseñanza esmerada,pero todo fue en vano.

Mi tía Medea sostuvo con argumentos sin réplica y resolucionesinapelables, que demasiado había hecho ella consintiendo en cargar conhijos de otro.

—¡Si no tiene usted familia, usted solo tiene la culpa! ¡Mi padre tuvodiecisiete hijos y sólo fue casado dos veces!

—¡Bien, Medea, tienes razón, yo tengo la culpa!

—¡Y es usted tan cínico que lo confiesa!

—¡Pero si es por complacerte!...

—¡Por complacerme! ¿Y ese es el modo de complacerme? ¡Traerme los hijosde otros, echar esa carga a su mujer! ¿Por qué no lo ha puesto usted enun taller, para que aprenda un oficio y se haga hombre? ¿Por qué no loha destinado usted a un cuerpo de línea, para que siguiese la noblecarrera militar?

—Mira, Medea: es el hijo de mi pobre hermano, lleva mi apellido comotú, no tenemos hijos... ¿Qué cosa más natural que lo hagamos nuestrohijo, que lo eduquemos conforme a nuestros medios?

—¡Ca! No me muelas la paciencia, Ramón, no me impacientes—contestabami tía Medea furiosa.—¡Yo no necesito de tu nombre para nada!¡Guárdatelo, que para nada me sirve! Yo me llamo Berrotarán y usted esun pobre diablo, hijo de un lomillero. ¡Sí, señor, de un lomillero! Supadre de usted era lomillero en tiempo de Rozas. ¡Haga usted lomillero asu sobrino!

Mi tío se ponía rojo de vergüenza ante estas contestaciones, y yo, queno podía darme cuenta de cómo mi tía, tan llena de orgullo y depretensiones, había podido casarse con el hijo de un lomillero, decíapara mis adentros que debían haberla casado por fuerza con mi tío Ramón,porque, de otro modo, no podría explicarse tanta desigualdad decondiciones. Indudablemente mi tío Ramón había abusado de mi tía,permitiéndole que lo aceptara por esposo.

Escenas conyugales como la que acabo de narrar eran muy comunes enaquella casa.

Mi tío estaba completamente sometido; en lo único en queera incorregible era, como ya lo he dicho, en materias de amor, y poresta causa se daban los más famosos combates íntimos que tenían lugar.¿Combates?... digo mal; mi tío no combatía nunca; se entregaba porcompleto, rendido a discreción, y mi tía emprendía la terrible ejecucióndel marido infiel.

Mi tía Medea era muy dada a la política; ella pretendía tomar parte enel Gobierno, y era, por consiguiente, amiga de la situación.

La época en que yo me criaba era muy agitada. Hacía poco tiempo que sehabía dado la batalla de Pavón. Quería mi tía llevarlo todo a sangre yfuego, y su divisa era

«o por la ley o por la fuerza».

Mi tío Ramón había tenido que inscribirse en uno de los centroselectorales en que la opinión estaba dividida, y aunque con su caráctermuy indiferente por la cosa pública, el buen ciudadano figurabapomposamente en la comisión directiva, debido sin duda a la iniciativade su mujer, que no admitía excusas, y a sus medios pecuniarios, y no asu entusiasmo por la lucha o a sus aspiraciones políticas.

El candidato de mi tía ejercía sobre ella la influencia de un profeta:no concebía que delante de su figura inspirada y magnífica pudieranlevantarse adversarios; mi tía, como he dicho, era de una virtud agria eindomable, pero, cuando se hablaba de su orador y de su poeta, unaespecie de delirio alarmante la invadía, y si hubiera sido joven y bellay su ídolo le hubiera dado una cita a media noche, habría ido, loca deamor, a rendirse a sus caricias omnipotentes, porque perderse con él nohabría sido para ella una falta sino el cumplimiento de un deberinexcusable.

Así era por aquellos días el fanatismo político entre las mujeres. Elídolo político de mi tía, hombre formal, estudioso, lleno de buena fe,como el profeta de Münster, tenía una especie de virtud inconsciente einvoluntaria para revolver las cabezas femeninas, y a pesar de toda sugravedad, de todo su juicio, contábase como cierto por los adversarios,que más de una vez, la crema de la high-life del tiempo, las señoras másencopetadas de Buenos Aires, le habían hecho manifestaciones públicas desimpatía en las ventanas de su casa, poniéndolo, en una edad que no erala de Apolo, en el caso de presidir la asamblea de las mujeres, perorarante ellas y echarles las más metafóricas, las más eufónicas, las máspintadas frases de su cosecha oratoria.

Por supuesto que mi tío dejaba hacer y jamás demostró celos por aquellosactos de su mujer; tenerlos habría sido tan temerario como si losgriegos los hubiesen tenido de Júpiter, cuando el rey del Olimpo hacíasus parrandas nocturnas por sus hogares.

En el partido de mi tía, es necesario decirlo para ser justo, y sobretodo para ser exacto, figuraba la mayor parte de la burguesía porteña;las familias decentes y pudientes; los apellidos tradicionales, esaespecie de nobleza bonaerense pasablemente beótica, sana, iletrada,muda, orgullosa, aburrida, localista, honorable, rica y gorda: esepartido tenía una razón social y política de existencia; nacido a lavida al caer Rozas, dominado y sujeto a su solio durante veinte años,había, sin quererlo, absorbido los vicios de la época, y con las grandesy entusiastas ideas de libertad, había roto las cadenas sin romper sustradiciones hereditarias. No transformó la fisonomía moral de sus hijos;los hizo estancieros y tenderos en 1850. Miró a la Universidad conhuraña desconfianza, y al talento aventurero de los hombres nuevospobres, como un peligro de su existencia; creyó y formó sus familias enun hogar lujoso con todas las pretensiones inconscientes a la gran vida,a la elegancia, y al tono; pero sin quererlo, sin poderlo evitar, sinsentirlo, conservó su fisonomía histórica, que era honorable y virtuosa,pero rutinaria y opaca. Necesitó su hombre y lo encontró: le inspiró susdefectos y lo dotó con sus méritos.

En vida de mi tía, su casa era uno de los centros más concurridos portodas las grandes personalidades, y en ella se adoptaban lasresoluciones trascendentales de sus directores. Los grandes planes quedebían imponerse al comité, para que éste los impusiese al público,salían de allí, y en su elaboración tomaban parte las cabezas supremas,que deliberaban como una especie de estado mayor, sin que los jefessubalternos tomasen parte en las discusiones. Lo más curioso era queaquella gran cofradía creía, o estaba empeñada en hacer creer, que erael partido quien concebía los profundos programas electorales, y laverdad era que el gran partido solía convertirse en un ser tan pasivocomo los ídolos asirios, que aterraban o entusiasmaban a lasmuchedumbres según el humor del gran sacerdote que gobernaba losresortes ocultos de la deidad.

Tenían aquellas reuniones un colorido particular, y más de una vez fuiespectador de las escenas que se producían entre sus altos y profundosaugures. Mi tía no estaba quieta un solo instante; salía y entraba a lasala en que se congregaban sus correligionarios, atendía a una que otravisita íntima del barrio en las habitaciones interiores, y volvía denuevo por un instante a seguir el hilo de los debates y peroraciones quetenían lugar.

Una noche próxima al día de una elección, según creo, se reunieron encasa de mis tíos aquellos hombres que yo consideraba providenciales.Desde temprano se habían encendido todas las arañas y candelabros delsalón, y yo, ardiendo de curiosidad, hice todo lo posible por serespectador lejano, desde la antesala, de aquella notable asamblea.

Eran las ocho de la noche y entraban los primeros concurrentes.

—No me hable usted de la juventud, señor don Ramón, la juventud del díano sirve para nada—decía a mi tío un caballero flaco, de cuarenta añoslargos, con una fisonomía garabateada por la barba y las arrugas delcutis.

—Tiene razón, doctor, los jóvenes no sirven para nada.—No te metas,Ramón, en lo que no sabes—contestaba mi tía furibunda.

—Vean ustedes, señores: llevar hombres jóvenes a las cámaras seríanuestra perdición. La juventud del día no tiene talentos prácticos;¿cómo quieren ustedes que los tenga? ¡Le da por la historia y porestudiar el derecho constitucional y la economía política en libros!Forman bibliotecas enormes y se indigestan la inteligencia con unaerudición inútil, que mata en ellos toda la espontaneidad del talento yde la inventiva. ¡Sí, señores, los libros no sirven para nada! Ustedesme ven a mí... Yo no he necesitado jamás libros para saber lo que sé.¡Pero no quieren seguir mis consejos, señor! Los libros no sirven paranada en los pueblos nuevos como el nuestro. Para derrocar a Rozas nofueron necesarios los libros; para hacer la Constitución de 1853,tampoco fueron necesarios, y es la mejor constitución del mundo. Yo soyabogado y me ha bastado Darnasca para aprender mi profesión. La nocióndel derecho se pierde cuanto más a fondo se quieren conocer los textos.¡Lo mismo es la política! Nosotros no estamos preparados para gobernarcon Hamilton, Madison y Story. ¡El buen sentido, eso basta! ¡Sí,señores, el buen sentido basta! Yo por ejemplo, no leo sino los diarios,y el periodismo, señores, es como el pelícano, alimenta a sus hijos consu propia sangre. ¿Usted ha estado en mi estudio, señor don Ramón, no esverdad? ¿Ha estado usted? ¡Pues bien! ¿Qué libros ha visto usted?Colecciones de los diarios en que he escrito, eso sí: la colección de La Colmena, La Espada de Damocles, La Regeneración Porteña, ElGorro de la Libertad, etc., todos los diarios de que he sido redactor.¿Pues bien, eh?... he necesitado alguna vez informarme sobre la pesca delos pengüines en la costa patagónica, cuando he sido ministro, ¿qué hehecho?... a La Espada de Damocles... registro la colección y en 1853 o54, encuentro el artículo que escribí sobre la pesca de esos moluscos...

—Pero, doctor, ¿los pengüines no son aves?—observó mi tío.

—Pero no vuelan, señor don Ramón, y son esencialmente marítimos, y sepescan en vez de cazarse; por eso es que los clasifico entre losmoluscos, y así los designo en mi artículo de La Espada de Damocles. Ylo mismo que digo de la pesca de los pengüines, digo del gobiernoparlamentario; nos están hablando de las bondades del sistemabicamarista... Vean ustedes el resultado que nos ha dado en la nación yen la provincia... Hemos retrocedido, señores, hemos retrocedido veinteaños; nuestro primer acto de gobierno debe ser volver a la cámara únicay poco numerosa. Yo lo he sostenido en un artículo que escribí en 1853en El Gorro de la Libertad; ahí están los argumentos irrefutables demi tesis. La cámara única, señores, no hay nada mejor;

¡basta el buensentido para comprender que dos cámaras es el absurdo, señor! Una estáen contra de la otra siempre, y ¿cómo gobernar cuando dos fuerzasiguales, se chocan? El axioma físico es que dos fuerzas iguales sedestruyen... y la física tiene leyes análogas a la política! ¡No haygobierno posible así! ¡La cámara única es lo más sencillo, lo másexpeditivo y lo más cómodo!...

—Pero los ingleses, señor doctor, tienen dos cámaras—observó uno delos circunstantes.

—Permítame, señor; la Inglaterra es un país extravagante, de climadiferente al nuestro, y se explica el error allí. Pero nosotros tenemosun clima ardiente y es un peligro grave prodigar las fuerzas y elnúmero de las asambleas parlamentarias en la República Argentina. Eso eslo que nos lleva siempre a las oposiciones tenaces.

Nuestro partidoperderá el gobierno por eso, señores; por extender el número de lasasambleas. Con una cámara única de veinticinco amigos no seremosvencidos. Yo se lo he dicho siempre al general:—No le haga caso a donBenjamín Boston; mire que don Benjamín es de origen norteamericano,mientras que nosotros debemos seguir la escuela política de Rivadavia.Don Benjamín es orador muy elocuente, pero no tiene una cabeza políticani previsora: tiene demasiados libros para ser buen gobernante y jamásha escrito en un diario. ¡Pero no se me hizo caso, señor, y ya veránustedes los resultados!

—¡Cuánto me alegro, doctor Trevexo, de que Ramón oiga lo que usteddice!

¡Cuánta razón tiene usted! Figúrese usted que mi marido seempeñaba en llenarle la cabeza de librajos a su sobrino y enseñarleidiomas, y que sé yo qué otras cosas...

¿Para qué?...

—Todo eso no sirve para nada, señora. Enséñele usted a leer y aescribir y deje usted al talento que se revele solo. Repito a usted queen este país los hombres no necesitan estudiar nada para llegar a losaltos puestos.

¿No me ve usted a mí?

Acostumbre usted al niño a que lea los diarios y a que guarde recortesde los artículos que le interesen. A los veinte años sabrá más que todasu generación.

—Pero ya ve usted, doctor Trevexo, que el general no debe ser de suopinión; pocos hombres tienen más libros y papeles que él; un día quetuve el alto honor de verlo en su casa, salí pasmado de la copiosidad desu biblioteca.

—A eso iba, ¡eh! eso iba a contestarle: es que usted ha conocido algeneral en su mala época; desde que ha empezado a estudiar ha empezado adegenerar, ha perdido el brillo de su palabra y la espontaneidad de suespíritu y se ha envejecido.

—¿Es posible? ¿Qué es lo que me dice usted, doctor?—interrumpió mi tíallena de sobresalto.

—Lo que usted oye: don Buenaventura se ha hecho un indiferente criminaldesde que se le ha ocurrido instruirse. ¿Quién me lo negará? Todo sutalento improvisador se le ha apagado. ¡Qué diferencia del general dehoy al de otros tiempos; qué improvisaciones las de entonces, quédiscursos, qué proclamas, qué artículos!

—¡Y qué versos!—agregó mi tío Ramón lleno de buena fe, con el ánimo decooperar al elogio.

—¡No! los versos no han sido nunca gran cosa—contestó el doctor conimpaciencia.

—¡Oh! perdone, doctor, y ¿ El Matrero y el Mendigo?—agregó mi tía.

—¡Pschet! así, así... ¡No! los versos no son su fuerte. Pero losdiscursos, las proclamas; aquel discurso contra los ministros deUrquiza...

—¡Ah, sí! cuando les ofrecía echar las puertas de los ministerios acañonazos a aquellos bandidos—rompió mi tía electrizada.

—Eso es, eso es, y aquella proclama al pueblo de Buenos Aires: «Osdevuelvo intactas...»

—No, intactas no; la proclama decía «casi intactas».

—Bueno, es lo mismo. ¡Qué bellas frases, qué verdades de a puño! ¡Ah,qué tiempos, doctor! Esos eran tiempos de entusiasmo. Sí, cada vez queme acuerdo de lo que era Buenos Aires el año pasado no más, me convenzode que las porteñas ya no somos lo que éramos; ¡qué unión! ¿Quién seatrevía a hablar en contra nuestra? No había sino un hombre, un solohombre y ese hombre era él.

—¿Y se acuerda usted de la discusión del acuerdo, doctor?

—¡Cómo no, misia Medea!

—Entonces, sí, había decisión popular; las injurias y denuestos quevomitaron los enemigos de Buenos Aires; ¡aquellos bandidos! las pagaroncaras. ¡Qué barra, qué barra lucida y resuelta; cómo silbaba a lostraidores y cómo aplaudía a aquellos patriotas!

—Yo tengo presente ese día—observó uno de los personajes que allíestaban.

—Es cierto, señor don Pancho, que usted estaba allí—contestó el doctorTrevexo.

—¡Cómo no! Yo capitaneaba el grupo principal.

—¿El de los tenderos patriotas, no?

—Precisamente; nos habíamos reunido la noche antes en mi tienda toda lacrema de la calle del Perú; Tobías Labao, Narciso Bringas, PolicarpoAmador, Hermenegildo Palenque: la flor del mostrador, que durante latiranía de Rozas había estado metida en un zapato, y nos fuimos a labarra. Cuando hablaba don Buenaventura, lo saludábamos con una lluvia deaplausos, y cuando los urquizistas pedían la palabra, se armaba lagorda.

—¿Pero hubo algunos muy insolentes, no?

—¡Cómo no! y nos insultaron; pero Buenos Aires triunfó y nos libramosde Urquiza.

—Y de los provincianos para siempre. Porque allí se salvó Buenos Aires,y si no hubiéramos triunfado allí, hoy estaríamos conquistados yperdidos, señor don Pancho—dijo mi tía exaltadísima, devolviendo elmate a la mulatilla después de hacerlo roncar con una chupada postrimerallena de vigor, que aplicó a la bombilla.

La conversación había llegado a esta altura, cuando los sirvientesanunciaron a varios caballeros que acababan de llegar. Los recientementellegados eran siete u ocho personas.

Cambiados los saludos de orden y algunas palabras de etiqueta sobre lasalud de las familias respectivas, los circunstantes ocuparon susasientos alrededor del salón.

El doctor Trevexo se sentó en el sofá, al lado de dos caballeros, unomuy flaco y el otro sumamente grueso.

El flaco era un hombre alto, con una cabeza diminuta. Entre las cejas yel pelo tenía una faja blanca que le servía de frente; la boca erahundida como la de un cráneo, la nariz de un atrevimiento procaz, no porla enormidad del tamaño, sino por su afligente exigüidad, y, sobre todo,por la insolencia con que la Naturaleza la había respingado parapresentar al espectador sus dos ventanas, como el hocico de un crack que olfatea al aire. El gesto peculiar de aquel hombre me sugería laidea de un ser que vive aspirando un mal olor constante a su alrededor.Su rostro era una mueca perpetua contra los miasmas, que se exageraba deuna manera alarmante cuando él tenía la pretensión de sonreírse. Losbrazos eran tan largos como las piernas, el pecho era hundido, laespalda escasa, las orejas parecían dos conchas de ostras y el pescuezo,sumamente corto para su altura, desaparecía entre la cabeza y el cuerpo,dándole el aspecto de esas garzas que, para dormitar al sol sobre lasaguas estancadas y verdinegras de nuestras lagunas, enroscan suspescuezos longitudinales, tomando la actitud más formal y venerable quees capaz de tomar un pájaro.

El otro caballero era lo que se llama un hombre de peso. Si su vecinodel sofá pecaba por su figura angulosa y rigurosamente lineal, éstepecaba por la prodigalidad chacotona con que la Naturaleza habíaempleado las líneas curvas para diseñarlo. La cabeza grande, y aunquevulgar por la vertiginosa rapidez con que descendía hasta la frente,exhibía un rostro lleno de majestad y de satisfecha suficiencia.

El abdomen, ampliamente pronunciado, lo era bastante para poner enconflicto la resistencia pertinaz de las abotonaduras del chaleco y delpantalón, a las que estaba confiada la solemne misión de contener susformas. La fisonomía tenía grandes pretensiones a la formalidad; peroyo no sé qué diablos había en aquella cara de luna llena, que me hacíaverla en menguante, a pesar de su redondez. Las piernas eran diminutas,pero morrudas, el pie pequeño pero ancho; la cara completamente afeitaday una nariz invasora que hacía contraste con el recogimiento desdeñosode la del señor flaco que se sentaba a su lado.

—Señores—dijo el doctor Trevexo,—ya estamos en quorum y es menesterque comencemos. ¿Quiere usted presidir, señor don Ramón?

Mi tío, que permanecía de espectador pasivo, salió de su letargo, y,algo cortado, puso una cara de signo interrogante que descubría toda suindecisión para desempeñar el alto y difícil cargo que se le proponía.Mi tía le tiraba de la levita y le decía en voz baja pero resuelta:

—No, Ramón, guárdate bien de meterte en lo que no sabes.

Mi tío tragaba saliva y guardaba silencio como un hombre que no sabe quépartido tomar. Por último rompió...

—Doctor, si yo no tengo el hábito de estas cosas... No me es posible...

—Presida usted, entonces, doctor Trevexo—dijo el señor gordo.

—¿No le parece a usted, señor don Juan?—agregó dirigiéndose alcaballero flaco y ñato que había entrado con él.