La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo by Enrique Larreta - HTML preview

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Volvió a la casa del arrabal, no una vez, sino muchas. Comprendió queera inútil resistir. A toda hora, el perfume de la mujer le embriagaba.Estaba en el ambiente, en su boca, en sus manos, en sus vestidos. Era eldejo axilar, mezclado a un perfume de jazmín y de algalia. Sus besoshúmedos, anchos, tenaces, se le quedaban en los labios.

Ella no le hizo sufrir la tortura de una larga impaciencia. A la segundavisita, después de perfumarse los cabellos, rindiose con frenesí tansevero, que el amor parecía entre sus brazos acto ritual y sagrado. Suslabios se entreabrían con doble sonrisa de deleite y sufrimiento, comosi hubiera querido remedar el primer goce doloroso de las vírgenes.

El imán de aquella sensualidad se fue haciendo cada vez más potente. Yaera raro el día en que Ramiro no pasaba algunas horas con Aixa. A veces,junto a ella, sentíase sobresaltado por una onda de tribulación, que learrugaba el sobrecejo y fijaba sus pupilas. Aixa, entonces, tomándolelos labios con los suyos, le reventaba contra los dientes un besodelicioso y tibio como un dátil; y, cada vez, la sorprendente caricia lellenaba de sensualidad y de luz todo el ser.

Por fin, olvidando por completo la investigación que tenía que realizar,destemplado por el amor, relajado por la molicie, Ramiro fue aceptando,insensiblemente, todos los refinamientos que constituían la vidahabitual de su manceba. Apenas llegado, Aixa tanteábale con horror susropas velludas y espesas, ofreciéndole, en cambio, para aquellas horasde placer, alguna vestidura de seda, alguna delgadísima túnica decendal, perfumada de almizcle.

Sus pies conocieron la holgura de las babuchas. Sus cabellos el halagode la gaza, con que ella se los circundaba indefinidamente, hastaprenderla por delante con empenachado joyel. Dejose friccionar por elesclavo y extender sobre sus miembros las esferitas de perfume; dejose,por gracia, obscurecer los párpados con el kohl; y su horror fanáticohacia los baños se fue desvaneciendo cuando su amada le inició en lasdulzuras del amor bajo aquella agua saturada de nardos, sobre la cualella hacía deshojar puñados de rosas, unas muy pálidas y otras comosangrientas, para simbolizar las dobles delicias de su cuerpo.

A veces, espiando el momento supremo del ansia, cuando las fuertespupilas del mancebo tomaban un tinte nebuloso, a la manera de lascharcas en la tempestad, la morisca, desprendiéndose de sus brazos, lepreguntaba:

—¿Dasme también toda el alma? ¿Toda? ¿Tendrás el mesmo amor e la mesmacreencia que tu Aixa, tú?

Ramiro respondía que sí con la cabeza; pero como ella, retirándose hastael fondo de la alcoba, le demandaba de nuevo:

—¿Lo juras? ¿Lo juras?

El, buscándola, musitaba como ebrio:

—¡Sí; lo juro! ¡Lo juro!

Otras veces, en las horas de saciedad, la sarracena se erguía sobre lasalmohadas, y, con los labios temblorosos, declamaba algún pasajeevangélico del Alcorán. Ramiro creía reconocer las palabras del NuevoTestamento, dichas en el modo de los moriscos de España.

Ella, sagazmente, salmodiaba el capítulo de María:

«Loor a María... Alabad el día en que se alejó de su familia hacia elsaliente, tomó un velo para cubrirse, y nosotros le enviamos a Chibril,nuestro espíritu en forma humana.—Soy el mensajero a ti, de parte deDios, dijo el ángel, vengo a anunciarte un hijo bendecido.—¿De dóndepodrá venirme este hijo, respondió la virgen, que nunca se ha allegado amí ningún hombre, ni he sido mala?...—Tu hijo será el milagro y ladicha del universo.»

Díjole también el encuentro de Jesús con la calavera, leyenda antigua,con olor de osamenta y color de otro mundo, importuna como la muerte.

«El recontamiento de la doncella Carcayona» era a la vez deslumbrador ypavoroso.

Echada de boca junto a él, con los ojos entoldados por elancho fleco de medallas, el mentón en la mano, las uñas sobre el labio,sinuosa y desnuda, balbuceaba las palabras de la paloma de oro con colade perlas, y al llegar a la descripción de las delicias celestialesenvolvíale en sus brazos, frescos como las fuentes del Salsabil yAlcafur, juntando frenética su rostro con el suyo.

Con el correr de los días, cuando hubieron llegado a la apasionadacompenetración de sus almas, uno y otro se dijeron los pesares másíntimos. En los instantes de languidez Ramiro sentía pasar sobre sufrente, a modo de ala espectral, la idea de la brevedad de todas lascosas humanas. En una ocasión de aquéllas, al sentir en su pecho larespiración soñolienta de la mujer, díjola con melancólica dulzura:

—Y pensar, Aixa, que vendrá, tal vez, un día en que al encontrarnos poralguna calleja nos miraremos con odio.

—Será o no será—respondió la sarracena.—Los destinos van colgados denuestro cuello.

Luego, como si creyera que el instante acechado a través de tantos díasacababa de presentarse, descendió de la alcoba, cogió de encima de untaburete rojiza caja de marfil, y habiendo sacado de su interior unlibrejo centenario, prorrumpió:

—Todo se cambia, es cierto; y acaso verná un día venidero en que medarás al verdugo tú; pero en aqueste libro, que fizo el sabioAbentofail, se enseña la dicha que no muda sino para crecer.

En seguida, con voz velada, misteriosa, agregó:

—Está en palabras harto ascondidas.

Declaró entonces que ella no hubiese alcanzado nunca su sentido a no serla ayuda de un hombre que se hallaba entonces en Avila.

Ramiro, al oír aquella última frase, cambió de postura sobre losalmohadones, y su mirada expresó una curiosidad impaciente.

—Es fácil conocello—dijo entonces la morisca, con acento claro yjubiloso;—lleva siempre en el cinto una daga con vaina de oroguarnecida de diamantes de Krichna, de berilos de Khazbah, de perlas deEl-Katif, y el pomo de la daga es de piedra imán y chupa toda la sangrede un hombre en un guiño de ojo. Su barba es limpia y blanca como laplata, y su rostro es bellido como la luna en su catorceno día. Nuncaríe, camina despacio.

Al dejar caer aquellas alabanzas, una a una, como perlas sobre sonoroazafate, la sarracena observó de soslayo el semblante del mancebo. Enseguida, con una alteza de lenguaje y de gesto que Ramiro no habíaadvertido en ella hasta entonces, expresó que no había en este mundodicha comparable a la de aquel que lograba sumergirse en lacontemplación del Ser Único, verdadero, permanente, teniendo siemprefijo el pensamiento en su majestad y esplendor, a fin de que la muertele sobrecogiera en dicho estado.

Según Aixa, el libro de Abentofail enseñaba el acceso a la SupremaVisión.

Sentándose en las gradas de la alcoba, comenzó la lectura. El libroestaba escrito en arábigo; pero ella vertía las frases al español,resumiendo luego, a su manera, los capítulos. Su voz temblaba. Algosutil y sagrado se esparcía como una luz sobre toda su persona. Lospárpados bajos cobraban una pureza de otro mundo; y Ramiro la escuchabacada vez más absorto, sintiendo surgir en su cerebro adversascavilaciones.

Era preciso, según aquella enseñanza, disminuir día a día los propiosalimentos, para distanciarse de la materia corruptible. Luego seemprendería el remedo de los astros, porque los astros eran inmaculados,extáticos, inmutables, fuera del mundo de la corrupción. Sus esenciasinteligentes contemplaban al Ser Único en la eternidad; y nada ayudaba aabstraerse de todo el mundo sensible y caer en la embriaguez, en elsupremo delirio, como la imitación de su movimiento por medio de ladanza, de la rotación indefinida. Entonces se manifestaba la EsferaSublime, cuya esencia está inmune de materia, y no es la esencia del SerÚnico ni la de la Esfera misma, sino que es a la manera de la imagen delsol en un espejo bruñido, que no es el espejo ni el sol, ni tampoco nadadiferente.

El mancebo quedose confuso. Acababa de escuchar expresiones de lamística cristiana. Además, el semblante de aquella mujer, su palidez, sumirada, su estremecimiento, revelaban que el éxtasis comenzaba ainundarla el corazón.

Terminada la lectura, la sarracena se puso en pie y encaminoselentamente a coger otro manto. Al levantar la tapa de un cofre y extraerde su interior una tela de seda teñida de azafrán y toda bordada dearabescos multicolores, un intenso perfume se difundió en el ambiente,como si acabara de abrirse alguna ventana hacia especioso vergel, todomaduro de aromas.

Cubierta sólo de aquel velo amarillo, cuyos caireles tocaban el suelo,Aixa plantose en el fondo de la cuadra con las manos en las caderas, loscodos en alto, la cabeza hacia atrás. Dos rosas rojas ardían como llamassobre sus cobrizos cabellos. Su cuerpo comenzó a quebrarse hacia uno yotro lado con lenta contorsión. Un gesto a la vez lastimero y anhelanteagrandaba su gruesa boca palidecida. Ella apretaba las piernas.Hubiérase dicho que algo doloroso, delicioso, la penetrabaprofundamente.

De pronto, de una estancia vecina surgió el son ronco y claro de unamúsica. Un son monótono y bárbaro de tamboril y dulzaina; doble sonardiente como las arenas, obscuro como los bazares.

Aixa golpeó entonces las losas con los pies, haciendo repiquetear el oroy el marfil que recargaba sus tobillos, y, con los ojos abstraídos, girósobre sí misma, esparciendo perfumada frescura, cual húmeda florsacudida de pronto. Luego púsose a girar ligero, muy ligero, más ligerotodavía, ¡frenéticamente!, hasta que todo su cuerpo no fue sino un husodiáfano, un huevo dorado, loco, veloz, con un fino rumor de medallas ybrazaletes.

La danza concluía, la rotación era cada vez más lenta. Aixa trababa suspies, por instantes, y su cabeza, cargada quién sabe de qué prodigiosasvisiones, se inclinó por fin sobre el hombro.

Ramiro, echado de boca en el lecho, no había apartado un instante losojos de su amada, y al verla vacilar de aquel modo lamentable, corrió asostenerla. Pero ya Aixa habíase acostado ella misma sobre las losas,apretando los dientes y dejando escapar un gemir tembloroso, como sitiritase de frío. Su gran peinado, entremezclado de pétalos y de joyas,se derramaba ahora por el suelo. Luminosa beatitud comenzaba a bañarlael semblante. Su palidez sobrepujó las alburas del mundo, el azahar, loslirios, la nieve. Ramiro recordó la descripción de los arrobos de lamadre Teresa de Jesús y de otras siervas admirables del Señor, yacordose también de su propia madre, cuando, después de larga plegariaen el oratorio, se desplomaba de súbito, como herida de dulcísimamuerte. Era la misma palidez patética, el mismo temblor de los labios,el mismo estiramiento de los párpados sobre las pupilas ebrias declaridad. No, no podía ser una jorguina. Había hablado el lenguaje delos místicos y sin filtros, sin ensalmos, sin unturas, con la solacontemplación, acababa de remontarse a las más altas regiones deléxtasis.

El la llamó varias veces:—¡Aixa! ¡Aixa! ¡Aixa!—palpándola los brazos,las mejillas, la garganta, los pechos; pero ella enmudecía, cadavérica yglacial sobre el mármol. Quiso calentarla la boca con la suya; y, presaél mismo de perversa tentación, la cubrió de apasionadas caricias.

Nunca la halló más extraña y más dulce. Era la golosina entremezcladacon nieve; y su aliento: ideal e inquietante, como el de las floressobre la muerte.

XVI

Ramiro llegaba siempre hasta Aixa con el mismo secreto de la primeravez. Todo se reproducía: el viaje, la venda, el silbido... Pero ciertodía, comprendiendo lo que le importaba conocer el trayecto, sacó ladaga, perforó con ella los cueros de la silla, y miró. Su sorpresa fuegrande al advertir que los conductores no hacían sino dar vueltas yrevueltas dentro del mismo patio de la casa. El aljibe, el granado, unajaula suspendida de un pilar, y la misma anciana, sentada a la sombra,sobre una tinaja, pasaban y repasaban ante el intersticio,indefinidamente. No había, pues, tal viaje a través de la morería.Además, casi todos los días que siguieron, presentábase en el patio elmorisco del precioso puñal, y después de hablar un instante con laanciana, se internaba de nuevo en las habitaciones.

Otro incidente vino a preocuparle. Un mediodía, al llegar a la casamisteriosa más temprano que de costumbre, sorprendió, apostado en lacalleja, al campanero de la Iglesia Mayor. El portugués giró sobre sustalones y se puso a caminar hacia el naciente.

—Segura estoy—dijo la anciana a Ramiro—que este perro vase agora ajuntar con Gonzalo, que le espera hacia aquella parte—agregó, señalandoen la dirección de Santo Tomás:—Algún lazo os quieren armar, señorcaballero.

Aixa le reveló por fin un modo más oculto de llegar hasta ella.Haciéndole penetrar en una estancia contigua a la cuadra del baño,levantó el extremo de un tapiz colgado del muro y una anchurosa aberturamostró el cuadro resplandeciente y profundo de la dehesa y las montañas.Dicha abertura había sido cavada en el mismo escarpamiento.

Desde abajo,era imposible descubrirla; dos grandes peñascos la ocultaban.

Sinembargo, el acceso no era difícil.

Bajando de la ciudad hacia el valle y describiendo largo rodeo, Ramiroentraba ahora por aquella ventana, cuyo escalamiento exaltaba sucaballeresca fantasía. Aixa le esperaba en el vano, tendiéndole losbrazos para ayudarle a subir. Pero ya no pasaban todas las horas sobrelas vistosas almohadas; llegada la tarde, la morisca le llevaba a unaterraza descubierta que avanzaba hacia el mediodía.

Era un sitio de contemplación y de plegaria. Los cantos formaban entorno alto y rojizo parapeto, por encima del cual la vista dominaba elpaisaje del valle y las sierras.

La cazoleta enviaba al cielo la ofrendaesbelta y continua de algún precioso perfume.

Un solo ciprés, hartoanciano, erguía en aquel paraje su obscura aspiración; y, en el centro,una alberca reflejaba, con quietud hipnótica, la tristeza del árbol, elhilo de sahumerio, las nubes, las constelaciones, y, a veces, también:la luna; tan precisa, tan clara, que Aixa, quitándose de los cabellos sualmadraba de gemas redondas, hundíala con sagrado gesto en el agua, yluego, como si creyera haber apresado aquella curva diadema que al menorcontacto se desgranaba en infinitos fragmentos, llevábase la red a laboca y gemía de un modo apasionado, tembloroso, incomprensible, mientrassus empapadas sortijas relucían en la penumbra.

Hallábanse una tarde asomados sobre las peñas, y contemplando ensilencio, con las manos confundidas, la serenidad fascinadora de lasmontañas en el crepúsculo, cuando Ramiro, al volver de pronto la cabeza,hallose con la figura del misterioso morisco, inmóvil y taciturno enmedio de la terraza.

Aixa, para desvanecer la sorpresa del mancebo, les presentó con unalarga sonrisa.

Un momento después, sentados sobre un tapiz, hablabantranquilamente. El morisco, en castizo castellano, informose de losprincipales señores de la ciudad, de sus genealogías, de susparentescos.

Entretanto, Aixa escuchaba la conversación palpitando de júbilo, y sumirada pasaba de uno a otro semblante como si comparase las facciones.

El sol iba a ocultarse. Vago perfume de mejorana y de cantueso subía delos barrancos. Era una tarde calurosa y calma. El cielo, el valle, elcaserío, todo se pintaba de púrpura diluida. El mismo ciprés embermejabahacia el poniente su follaje negruzco. Ramiro experimentó como nunca lareligiosidad de esa hora en que los campanarios se revisten de oro y degrana para entonar la angélica salutación; y pensó que se hallaba acasoentre dos seres de una fe diferente a la suya, entre dos falsosconversos. ¿Rezarían con él las avemarías?

El y ellos callaban.

De pronto, como el peregrino sediento que escucha un vocerío de caravanamás allá del horizonte, el morisco inclinó todo su cuerpo, hacia elcostado, y llevándose la mano al oído, aguzó su atención. Ramiro creyódistinguir entonces una voz como lejana, un canto sigiloso y triste.Era, sin duda, la voz del almuédano, la convocación exterior del idzan, en algún terrado vecino. Aixa y el morisco se levantaron y, enmedio del tapiz, con el rostro hacia el naciente, sacerdotales,hieráticos, realizaron las cuatro prosternaciones del azala de la tarde.Cuando hubieron terminado, asomáronse uno y otro sobre las peñas, y,entrelazando sus brazos, la mirada fija en el mismo punto del horizonte,entonaron la siguiente plegaria, con ese acento peculiar del que recitapalabras ilustres, cuyos ecos están siempre despiertos en la memoria.

Ella dijo:

«El amor santo y el insomnio se añudan como una cuerda para darmetormento.»

El replicó:

«Mi corazón se halla acongojado por la ausencia. Gime al asomar el alba,gime cuando el sol toca el poniente.»

Y siguieron alternando:

«Si el viento sopla de parte de la comarca olorosa, huele a almizcletoda la tierra y revilca en mi pecho el deseo de visitalla.»

«¡Oh!, tú que conduces los camellos hacia el lugar del amado, cuandollegues al sepulcro del natural de Tehama, del más excelente de loshombres, del alto, del amoroso, salúdalo de la mi parte, pues él sabe elremedio de mi sufrencia; y cuando admires los clarores de la tierra deNeched, haz presente el recordamiento de mi pasión, pues no hay para miotro quibla que el sepulcro del profeta.»

Al escuchar tales palabras, en un instante como aquél, el mancebo sintióque una horrible blasfemia había sido lanzada al rostro del Señor; y unacento sobrehumano, cual la voz de un arcángel, le gritó en laconciencia su deber ante la iglesia de Cristo y ante la memoria de susmayores.

Aixa continuó:

«Marcháronse de madrugada los mensajeros hacia los vergeles de Meca y deMedina, y me han dejado en rehenes. Marcharon sobre los camellos. Elkebir los conduce cantando y con ésos va mi corazón para la tierraamorosa del Hechaz. Mi corazón pertenece a la caravana. Seguirá lapolvareda de los camellos.»

El respondió:

«Nada hay capaz de apagar el fuego de mi pasión como el agua de Zemzem.¡Dichoso el que la bebe! De mí la salutación para la gente que davueltas en torno del Hatim y de la estación de Abraham y del templo dela Cava.»

Se hizo un silencio como cuando termina un rito. Ramiro sintió vivoimpulso de levantarse y escupir en el rostro a aquel hombre.

El morisco cruzó los brazos, y Aixa recostose como una hija sobre supecho.

En ese instante una metálica vibración llegó de la ciudad. Luego lacampana de Santiago resonó a corta distancia. Otras, más lejanas,respondieron. La catedral dejaba caer sus campanadas bajas y solemnes,y, en seguida, todas las iglesias a la vez, en alucinador concierto,tocaban las oraciones.

Ramiro cayó de rodillas, como si un dardo venido de lo alto le hubiesetraspasado de pronto, y las avemarías manaron de su pecho bullidoras ycálidas. Sus ojos cerrados veían una pavorosa negrura sobre la cualdesfilaban llameantes imágenes de purgatorio. Se humilló, se anonadó, seredujo bajo el remordimiento, pidiendo perdón sin cesar, por algoodioso, por algo enorme, aborrecible, que sentía ahora por primera vez,en todo su peso, en todo su horror, sobre su propia conciencia.

Aixa y el morisco, asidos fuertemente, sin hablarse, no apartaban losojos del mancebo.

La ciudad prolongaba el lloro y el canto de sus bronces en el piadosoanochecer.

XVII

Dos días después, don Alonso Blázquez Serrano, saliendo de visitar alseñor de la Hoz, topaba con Ramiro en la escalera. El mancebo descendiópara acompañarle.

Cuando llegaron al patio, don Alonso, arrimándose a una columna, como sibuscara ocultarse de los lacayos, díjole sin ambages que algunaspersonas comenzaban a murmurar de sus frecuentes visitas al barrio deSantiago. Ramiro dio por disculpa su errabunda curiosidad y el deseo deindagar aquellas sospechosas costumbres de los conversos.

—Bien respondido—replicó don Alonso—si fuera yo algún oficiosoimpertinente y no el amigo fiel de vuestra casa, que os ha miradosiempre como a un hijo.

Una pausa subrayó la intención de aquella frase.

—Corren acerca de vuesa merced—añadió, tratando de atenuar con unasonrisa la dureza de las palabras—las más peregrinas especies. Unospropalan que os halláis en inteligencias con los moriscos paratransmitilles todo lo que sobre ellos se resuelve; otros, que os hancomprado la conciencia con presentes y dinero; y no falta, en fin, quienasegure que tenéis hecho pacto con el Demonio por intermedio de unavieja hechicera del arrabal. Huelga decir que así creo yo en estaspatrañas como en las consejas de vestiglos y gigantes; pero, si he dehablar cabalmente, no encuentro que la simple curiosidad baste aexplicar vuestros cotidianos paseos por la morería.

Contrajo su labio el mancebo con un gesto de cólera, y la sangreencendiole de súbito el rostro. ¿Qué hacer? Bajando la cabeza dioalgunos pasos, yendo y viniendo por delante del caballero, y, enseguida, trémulo de orgullo, reveló la comisión secreta que habíarecibido en nombre de Su Majestad.

—¡Ah! Harto bien se me alcanza—agregó—de dónde pueden venir esasaleves calumnias y en qué pecho habré de hundir la espada cuandodetermine vengarme.

Don Alonso apretó en sus manos la mano estremecida del mancebo, ymirándole de un modo profundo, con los ojos brillantes de emoción, ledijo:

—Nunca dudé de la honra de quien lleva una sangre tan calificada y tanlimpia como la vuestra; pero huélgame declarar que las palabras queacabo de oíros me quitan del alma una incomprensible pesadumbre. ¡Ea,dadme esos brazos!

Se estrecharon ceremoniosamente.

Subiendo a la silla de manos don Alonso, dirigiose a su morada,resuelto a favorecer la alianza de su hija Beatriz con aquel mancebo encuya frente altanera había creído leer el horóscopo de los grandeshonores.

La escena de la terraza y el reciente discurso del padre de Beatrizdesgarraron para Ramiro el hechizo amoroso en que estaba viviendo. Crudaclaridad mostrábale ahora las sinuosidades hipócritas de su conducta, elolvido total del deber, las falsas confesiones a los pies del ministrode Dios. Todo por una mujer de otra raza cuya ley religiosa no habíaquerido indagar demasiado para que el grito de la conciencia no viniesea perturbar su lascivia. ¿Qué sabía de nuevo? ¿Qué leve indicio habíalogrado sorprender después de visitar día a día aquella casa, cuyosmuros guardaban, quizá, el secreto de la conspiración?

Su voluntad se enhestó. Estaba dispuesto a desagraviar a Dios mediantecualquier heroísmo, por arduo que fuese. Había encontrado en mucho librode religión ejemplos de grandes pecadores que redimieron su vidaabominable con un solo instante de profundo arrepentimiento. Sedesceparía del pecho aquel amor de la sarracena y jugaría su vida enalgún golpe inaudito de audacia. Entonces, cuando las gentes seinclinaran ante él y nadie osara dudar de su honra, habría llegado elmomento de vengarse de Gonzalo de San Vicente, pues no podía ser sino élquien, ayudado del campanero, propalaba por la ciudad las malvadasinvenciones que le había referido el hidalgo.

Volvió varias veces a la morería y a la casa misteriosa. Ya el cuerpo dela sarracena le dejaba en el sentido un olor imaginario de unturabrujeril y de husmo. Con qué goce tan grande comenzó a experimentar losprimeros impulsos de desapego. Rabiosa fruición de tortura se mezclabaahora a todas sus caricias. Instantes hubo en que meditó el modo mejorde suprimir para siempre a aquella hembra demasiado hermosa, cuyafascinación podía resurgir más adelante en su camino. Imaginaba, allá enlo más hondo de su conciencia, llevarla algún oculto veneno, o hacerlaperecer, sin arma alguna, ciñéndola la garganta; y, así, muerta por suspropias manos, ante el solo testimonio de Dios, sumergirla en el agua,con todos sus botes de olor y de tintura, para que la pila diabólica lesirviera de sepulcro. Pero había oído decir que algunas mujeres cobrabanal morir inolvidable belleza. Comprendió entonces la virtud santa delfuego, la destrucción sin igual de la hoguera, que no dejaba sino unnegro amasijo, repelente.

Ella, en cambio, le recibía cada vez más apasionada, más deseosa, másenferma de ansia, como si toda su alma presintiera el alejamiento yquisiese adherirse al objeto de su amor, con la crispación de una manosobre precioso cristal que se escurre. Ya no le hablaba con aquel acentosuperior y feliz. Su clara sonrisa se obscureció, se llenó de miedo,semejante a un agua viva al anochecer. Sollozos desolados, desesperados,la sofocaban ahora, a cada instante; y aquellas gotas ácidas que corríanhasta su labio, aquel olor de llanto y de angustia apresuraron supérdida. Al sentirla bajo su voluntad como un tapiz que se puedearrollar o desarrollar, con el pie, según el antojo, Ramiro hallose otravez dueño de sí mismo; y su propio gesto victorioso despertó en su ánimoinstintos de crueldad. Golpeó y estrujó a su amada más de una vez paraarrancarla el secreto de la conspiración. Parecíale que tenía sobradoderecho de atormentar a la mujer que había pretendido hundirle en laapostasía y el perjurio.

La idea del Demonio oculto en el cuerpo de aquella fascinadora cruzábalepor la mente, y sentíase orgulloso de haber luchado con semejanteenemigo, cual Jacob en las tinieblas; y ahora, a su vez, tomaba aquellasblancas manos de Dalila, aquellas manos de traición y de engaño, y,demandando la palabra reveladora, estrujaba unos con otros los dedos,sobre las duras sortijas; mientras ella, con los ojos bañados enlágrimas, miraba hacia lo alto, sin exhalar un gemido.

Ramiro apresuraba los instantes, escudriñaba en cada visita todos losrecovecos, hacíase enseñar las otras estancias, palpaba disimuladamentelos muros esperando descubrir algún secreto resorte. Ella, en cambio, nohacía sino pedirle, sin cesar, que huyesen juntos de Castilla. Era lacantinela monótona, el ruego único, desesperado.

Junto a Granada, sobreel Genil, decíale, tenía una casa toda blanca como su cuerpo, con unapuertecita roja para él, sólo para él; y reía con una risa servil,lasciva, y cuasi llorosa.

Cierta vez, al acompañarle hasta la ventana, Gulinar, la vieja morisca,le manifestó que una genia, surgida del agua de la alberca, le habíarevelado lo que pasaba por él.

—Es secreto—agregó—que a ti mismo se te asconde.

Nombrole a Beatriz y díjole los pormenores de su desengaño y lossentimientos indiscernibles que se movían en su corazón. El dolorosorecuerdo, que él creía inhumado para siempre, aparecía ahora evocado poraquella mujer, extendido, sacudido ante sus ojos, cual emocionanteropaje de otros tiempos. Musitando, en seguida, misteriosa frase, laanciana sacó de la gaveta de un mueble una figurilla de lienzo. Lacabeza, sin facciones, estaba toda erizada de crin híspida y espesa.

Lacintura era ceñida, la falda ampulosa; dos largos punzones traspasabande parte a parte la garganta. Ramiro sabía harto bien lo que aquellosignificaba, y tembló por la doncella, ante el pavoroso recurso de lahechicería.

Esa misma tarde, paseándose con el Canónigo por la plazuela de lacatedral, refiriole Ramiro, por primera vez, su entrada en la casa delos moriscos y el comienzo de su aventura con Aixa, como si todo acabarade suceder. El Canónigo, haciendo crujir la arenilla de las losas bajola suela del zapato, le escuchaba atentamente, oprimiendo con ambasmanos el Libro de Horas contra su pecho. Por fin, respondió:

—Vuestro propio discurso, hijo mío, háceme pensar que os halláis engrave peligro de hechizamiento. Dicha hembra ha de ser alguna famosajorguina, de las que usan filtros diabólicos, cuyo poder sólo puedenresistirlo uno que otro cuerpo endurecido en la penitencia. No meextraña lo que acabáis de referir acerca de su grande hermosuracorporal, pues el Demonio pone en sus rasgos los cebos más sotiles de latentación y él mesmo suele alojarse en sus personas, como se compruebade continuo. Urge, Ramiro, desatar ese ñudo de una sola cuchillada, comonos cuentan los antiguos del rey Alejandro. Por la disposición y lostapujos de esa casa, tengo para mí que ha de ser sitio de clandestinasreuniones, y pienso agora que si llegárades a introduciros en ella, aeso de las diez de la noche, cuando nadie os espera, les sorprenderíais,de fijo, con las manos en el pastel. Es parroquia de Santiago. El os hade asistir en la empresa. ¡Ah!, ¡si tuviera yo vuestra mocedad o nollevara, al menos, estos hábitos graves!

Ramiro acordose al pronto de la ventana de la escarpa. Ya estabaresuelto. Se despidió del Canónigo prometiéndole que esa misma nochetentaría la sorpresa.

Vargas Orozco permaneció todavía un instante con el mentón apoyado en ellibro y los ojos fijos en el suelo. Su negra figura eclesiásticaprestaba un aspecto fúnebre a la solitaria plazuela, donde el anochecerparecía tamizar un polvo fosco de herrumbre. La corriente de aire quellegaba por la calle de la «Vida y la Muerte», agitaba su manteo.

Enormemitra ilusoria, resplandeciente de amatistas y topacios, se encendía yapagaba, y volvía a encenderse a sus pies, sobre las losas obscuras.

Probando apenas algunos bocados, Ramiro dejó secretamente su casa, yaentrada la noche. Había escogido su daga más fuerte y la espada que lediera don Rodrigo del Aguila, el mayordomo de la Emperatriz. Bajo lacapa, y colgada del cinto, llevaba también una rodela toledana.Sentíase grande y temible como los héroes de las caballerescashistorias. Bajó hacia el arrabal. Era una noche diáfana de plenilunio.Oíase la extensa estridulación de los grillos en el valle y el croarnumeroso de las ranas y los sapos hacia el Adaja. Uno que otro animal,invisible en la sombra, hacía latir su cencerro.

Las montañas parecían soñar misteriosamente, como seres sublimes, en elplateado silencio; y todas las cosas de la naturaleza exhalabandeliciosa respiración de beatitud, de sosiego, de frescura.

La fantasía clara y augusta de la noche prodújole al mancebo una emociónpeculiar que se repetía en su ánimo desde la infancia y que vino adistraer su ardimiento.

Hubiera preferido para aquella empresa un cieloen que sólo brillasen las constelaciones hablando al espíritu de losmuertos tutelares, del amor, del glorioso destino. La luna era trágica,espectral, agorera. Su resplandor hacía pensar en mortajas errantes, enanimales endemoniados, en fantasmas de monjes que celebraban los oficiosentre las ruinas de los conventos demolidos. Las brujas realizaban susconjuros y adobaban sus ungüentos a favor de aquella lumbre maléfica,que desconcertaba las potencias y parecía atraer la sangre del hombre.

Un pájaro invisible graznó en los aires, a su izquierda. ¡Sería unacorneja!

Al acercarse al barranco, en cuya escarpa se abría la secreta abertura,Ramiro ocultose tras el tronco de una encina para otear el contorno. Dellado del naciente, una, dos, tres sombras humanas se acercaban consigilo. Llegaron, miraron a un lado y a otro, escalaron las peñas ydesaparecieron por la ventana. Un momento después un grupo más numerosobajaba por el atajo. Luego un solo hombre, luego tres más, y, por fin,otro grupo de diez a quince personas. La negra abertura tragaba comoboca de hormiguero. Cuando hubo transcurrido más de una hora sin quenadie llegase, Ramiro emprendió a su vez el escalamiento. La ventanaestaba entreabierta. Descorrió el tapiz.

Densa obscuridad llenaba laprimera habitación. Voleó una pierna y luego la otra. Su broquel golpeólos azulejos.

Comenzó a avanzar, en dirección a la cuadra del baño, hurgoneando lasombra con el estoque.

XVIII

Era una herida ancha y redonda como una cornada. La mano alevosa habíahincado el puñal en el pecho, a la altura del corazón, buscandorabiosamente la víscera.

Ramiro sentía ahora que los bordes se despegaban de nuevo; y, al menorcambio de postura, el dolor, un dolor fulguroso, partía de la llagahacia todo su cuerpo, semejante a una dispersión de centellas.

Durante los últimos días en la casa de los moriscos, creyose curado parasiempre; pero el descendimiento desde lo alto de la ventana y el mismoviaje en silla de manos hasta la ciudad habían reabierto la herida bajolas vendas. Luego, la llegada a su casa, las preguntas de la madre, eltráfago de la servidumbre, el cambio de ropas, y, en fin, todos losincidentes de su regreso despertaron la sobreexcitación y la calentura.

Los médicos, después de sangrarle copiosamente, ordenaron que le dejasendormir.

Se hallaba, al fin, completamente solo y en su propio lecho. Lahabitación estaba a obscuras. Sólo un polvoroso haz de sol entraba poralguna rendija, estampando en el tapiz un óvalo ardiente que parecíachamuscar el tejido. Infinitos corpúsculos subían y bajaban como átomosde silencio. Acababa de sonar el toque de la una.

Afuera el sol quema, el muro se cuece. Ramiro escucha esos quietosrumores de la ciudad adusta y monacal, el canto de un gallo, el tañidode una campana de monasterio, la menuda pisada de un borrico en laslosas. La calentura le martilla las sienes. En medio de la estancia,sobre un taburete, hay un pebetero encendido. El sahumerio se iluminaal atravesar el rayo luminoso, aclarando los muebles y haciendoentrever, por momentos, las figuras de un tapiz que cuelga del muro.

El hubiera querido identificarse con la paz de aquellas cosasfamiliares, y adormirse, como en los años de la niñez, entre la frescurade las holandas, sahumadas de romero y de tomillo en los viejos arcones;pero su cabeza hervía de un modo insufrible. Una abolición mortal solíabajarle de la garganta a los pies, suprimiendo todas las sensacionesordinarias de peso y de contacto; y sólo el cerebro conservaba lavibración de la vida. Parecíale entonces flotar en los aires ycolumpiarse a grandísima altura. La fiebre trotaba, galopaba por loscampos del pavor y la demencia, y su cráneo llenábase, cual pútridacalabaza, de monstruoso gusaneo de visiones, que subían unas sobre lasotras con esfuerzo incesante, glutinoso, desesperado.

Después de largo lapso de tiempo, despertó, puede decirse, de aquelcalenturiento delirio. La fiebre se había alejado como una tormenta.Frío sudor le mojaba las sienes.

Su razón se aclaraba. ¿Habían entradopersonas a la habitación? Ya era de noche, sin duda. No se escuchabaruido alguno en la casa. Abajo, en la calle, sonó un rumor de pasosnumerosos que fue decreciendo. Era tal vez una ronda nocturna.

Entonces, la primera tentación de su espíritu fue rememorar, una vezmás, toda su aventura. Vagos, confusos al principio, los novelescospormenores reaparecieron en forma de emoción más que de imagen, hastarecobrar, por fin, su nitidez y su ordenamiento, guiados por el orgullo.

Veíase de nuevo saltando la ventana, descorriendo el tapiz y caminandoluego a tientas, en dirección a la cuadra del baño, con el estoquetendido en la sombra. Allí, la luz de la luna al pasar por los cristalesdel techo, daba a toda la sala desconcertante aspecto de cuevasepulcral. ¡Qué transformación la de aquella alcoba donde había pasadotantas horas lascivas e indolentes! La puerta que daba al salón de losdivanes no estaba del todo cerrada. ¡Con qué valeroso contento advirtió,hacia el rincón obscuro, el trazo de luz!

Creía hallarse ahora con el ojo arrimado a la rendija. El Canónigo no sehabía equivocado. De treinta a cuarenta moriscos, vestidos algunos consus ropas musulmanas, deliberaban, sentados en rueda. Ramiro observó queel personaje de la daga guarnecida de piedras no se hallaba presente. Lasarracena iba entretanto de diván en diván. Los hombres la besaban lasmanos y los brazos con respetuosa sensualidad.

Deteniendo a intervalos el curso de las imágenes, Ramiro rebuscabatodavía el sentido de las escenas que se sucedieron ante él. ¿Qué podíasignificar aquella repartición de largas agujas de espartañero, cuyapunta ensayaban algunos en su propia mano; y, luego, aquel sordo clamorcolectivo, simulando todos en el aire el gesto homicida? ¿Qué dijo en sudiscurso aquel viejo de africano rostro que vociferaba y gesticulabajunto al hachón encendido, produciendo de tiempo en tiempo, con su gorroescarlata recubierto de conchas marinas, fuerte castañetazo para avivarla atención? Algún emisario de Berbería que les provocaba a sacudir elyugo de los cristianos... Todo era enigma, misterio, otros seres, otromundo.

Prodújose de pronto un gran silencio. Las miradas se dirigieron hacia lapuerta de entrada. Se esperaba a alguien. Por fin, las hojas se abrieronde par en par, y un hombre venido de afuera, anunció:

—¡El bajá!

Sorda exclamación de regocijo escapose de todos los pechos. Las pupilasse dilataron, los cuerpos se irguieron. ¡Quién le hubiera dadopresenciar hasta el fin aquella escena! Era, sin duda, un enviadosecreto del Sultán de Turquía el que llegaba.

A no ser el roce de su daga contra el cerrojo hubiese podido seguiratisbando sin que nadie sospechara su presencia. Pero aquelimperceptible rumor hizo incorporar instantáneamente a la hermosamorisca. Creía verla aún caminando hacia él, de modo lento, sus enormesojos clavados con espanto en la abertura. Había adivinado: apenas huboentrado en la cuadra del baño, exclamó:

—¡Eres tú, Ramiro! ¡Eres tú!

Luego, la brega muda, terrible. El queriendo mirar, ella tomándole delas ropas, del hombro, de la garganta, y diciéndole al oído, quedo, muyquedo: «¡No, no!», desesperadamente. Ya entraban por la otra puerta queacababa de abrirse algunos hombres con hachas encendidas, cuando suamada le puso la mano sobre los ojos.

El golpe brutal que él la diera entonces con la bota en el vientre, y elalarido de la mujer al caer de espaldas sobre los mármoles, conservabanaún, en su recuerdo, actual y tremenda realidad. La calentura lerebrotaba en la sangre al evocar en seguida el movimiento simultáneo delos moriscos, levantándose de las almohadas y acudiendo en tumulto.

Era el gran pasaje de su vida y se complacía en perpetuar su doble saborde coraje y de muerte. Aquellos hombres, que parecían ablandados,emasculados por la servidumbre, se abalanzaron con presteza admirable,desnudando sus armas y descañando los hachones. El vio entonces, concertidumbre absoluta, sin fin inmediato; y se dispuso a vender caro sumartirio. Recordaba que su valor no había desfallecido un segundo. Suvirilidad irradió hacia todos sus miembros un calor de bravura.

Como un delirante, profería, ahora, interjecciones soberbias, creyendomenear aún en la mano el acero mortífero; y la lucha, entre elresplandor de las antorchas y de los haces de luna, se reconstruyó en suimaginación: Habiendo retrocedido algunos pasos, dibujó con la espada enel aire un reto circular y magnífico, prestando a la hoja terribleapariencia. Luego lanzose de un lado y de otro desarmando yacuchillando.

Hubiérase dicho que esgrimía en su mano un puñado deestoques. Hirió primero a un mozo de larga cabellera, metiéndole muyhondo la punta en el pecho. A otro, que pretendió intimidarlo agitandosu alfanje, cruzole el rostro con veloz cuchillada. De dos puntazossecos le reventó las pupilas a un anciano, ricamente vestido, que seadelantó espectral, en el fulgor de la luna. Los moriscos se apartaban,amedrentados.

Entonces, Ramiro, cubriéndose con su rodela, y ebrio desanguinario furor, comenzó a repartir estocadas en el tumulto,sintiendo, a cada golpe, el crujido de las ropas y la blandura de loscuerpos que recibían la punta como pellejos de vino.

Nadie gritaba. Era una escena muda. Los que caían se quejaban apenas conel aliento. De pronto vio plantarse ante él a esbelto mancebo armado delarga espada española. Hubo como un estremecimiento de ansiedad. Lasdentaduras brillaron. Pero a las primeras tretas el adversariodesapareció en la tiniebla.

Instantes después, Ramiro sintió que le abrazaban por detrás,fuertemente, y en seguida un dolor en el pecho, a la altura del corazón,un dolor profundo, que le hizo caer el arma de la mano. Recordaba sudesfallecimiento y su grito de ¡confesión!, al sentirse morir, y el fríodel agua, en su mano colgante. Todos los brazos se atropellaron paraultimarlo, y, entre vivo y muerto, pudo entrever todavía, a la humosaluz de las teas, al misterioso morisco, al hombre de la daga que,abriéndose paso entre los demás, se echaba sobre él y le cubría con sucuerpo, repitiendo un mismo grito en algarabía:

—¡Ebni! ¡Ebni!...

Luego sobrevino el desmayo.

Qué sorpresa, qué estupor, al siguiente día, cuando, al volver en sí,hallose en la pieza contigua sobre un lecho perfumado, y asistido deAixa, de la anciana y del generoso personaje que acababa de salvarle lavida. Y en los días que siguieron ¡qué hospitalaria ternura la deaquellos infieles! El hombre rebuscaba en libros arábigos combinacionesde simples que Gulinar, la vieja morisca, iba a coger en el contorno; yAixa lavaba y vendaba la herida con manos embalsamadas de amor. Unungüento, traído de la China hasta Arabia por los soldados, y de Arabiahasta Occidente por los mercaderes, y que el moro aquel guardaba enprecioso bote de marfil, operó el prodigio de su mejoramiento.

Durante las horas apacibles, las mujeres se alternaban contándole, comoa un niño, historias resplandecientes, comparables a collares depedrería y que hacían soñar en países lejanos y venturosos.

Las palabras de adiós del musulmán, al dejar, una tarde de septiembre,la casa misteriosa, quedaron grabadas en su recuerdo. El sol seocultaba. Ramiro, cuya herida comenzaba a guarecer, hallábase sentadojunto a la ventana que abría sobre el valle. El hombre entró lentamentey se detuvo ante él. Por primera vez le veía llegar con espuelas. Era loúnico que denunciaba para el oído su andar silencioso.

Melancólicaarrogancia ennoblecía todo su porte, y sus gestos eran varoniles yrefinados.

—Voy a dejarte—exclamó.—La maldición de los creyentes ha caído sobremí. Me arrojan por haberte salvado la vida. ¡No importa! Sólo quieropedirte, como única paga, que si has de denunciallos a la justicia,avises a estas dos buenas mujeres, con holgado tiempo, para que puedanhuir.

Ramiro accedió con un signo de cabeza.

—¿Lo prometes por tu honra?—preguntole en seguida.

—Sí—contestó el mancebo.

—¿Lo juras?

—Lo juro.

—Eso basta—replicó el musulmán; agregando:—¡Alá, para él la oración yla gloria, te atraiga algún día a nuestra santa ley! Deja, Ramiro, elespionaje a los villanos. No persigas al desgraciado morisco y haztereferir lo que fueron aquellos Djahvar de Córdoba, espejos de ciencia,flores de caballería, y cuya sangre palpita, agora, en esta cuadra.

El moro se inclinó un momento, poniéndole la mano sobre el hombro.Cuando levantó la cabeza, sus ojos húmedos relucían en la penumbra.Entonces, desprendiendo de su cinto el precioso puñal, pidiole a Ramiroque lo aceptara como recuerdo suyo.

Saltó luego la ventana. Un hombre leesperaba abajo en la dehesa con un caballo enjaezado. Ramiro le habíavisto montar y alejarse.

XIX

Era necesario, pensaba ahora Ramiro, vencer el hervor de su memoria ydeterminar, en aquella tregua de la calentura, lo que había de decir, alsiguiente día, cuando su madre penetrara de nuevo en la estancia.Comprendía, él mismo, que podía expirar en pocas horas o caer en unlargo estado de inconsciencia, y, aunque los falsos conversos habríantomado ya sus medidas para escapar a la justicia, era un supremo deberrevelar lo que había presenciado. Sin embargo, su palabra estabaempeñada. El sabía lo que era para un honrado caballero semejantecompromiso. Religioso y heroico sentimiento le asaltaba a la sola laidea del juramento. ¡Cuántos antepasados suyos habrían afrontado lamuerte por un «aceto», por un «lo juro»! Y tanto más en Avila, donde sehallaba la Basílica de San Vicente, la más famosa iglesia juradera delreino. No importaba que el pacto fuese contraído con infieles. Recordabahaber leído en las crónicas que el Emperador Alfonso había estado apunto de hacer descabezar a su esposa y al Arzobispo don Rodrigo porhaber violado su regia palabra, empeñada a los alfaquíes toledanos.

El Canónigo llegó al amanecer y pidió que le dejasen a solas con elmancebo.

Apenas se hubo sentado junto a la cama, con voz demasiadoresonante para la hora y la ocasión, le preguntó:

—¿Qué ha sido esto?

Encendido de nuevo por la fiebre, Ramiro respondió que no era tiempo dedeclararse en aquel particular, sino de encomendar su alma a Dios; y,así, pidiole que le administrara, cuanto antes, los Sacramentos.

—No puede ser—replicó el lectoral; alegando que si le escuchaba comoconfesor, no podría usar de sus revelaciones, en adelante.

Ramiro refirió entonces, con acento moribundo, de qué modo había caídoen plena conspiración y cómo le sorprendieron y acuchillaron.

El Canónigo había visto morir a mucha gente y, al mirar ahora aquelaflojamiento de la mandíbula y aquellos ojos descoloridos, pensó que sudiscípulo preparaba el hato para el viaje sempiterno, y que la muerte novolcaría su reloj muchas veces más junto a aquella cabecera. No habíatiempo que perder.

—Valor, valor, hijo mío—exclamó.—Si habéis de morir o no de estacuita, sólo Dios lo sabe. Pero no olvidéis que la muerte se nos presentasin llamar, como alguacil de casa y corte, cuando resuelve llevarnos.¡Ea, sus! valeroso cachorro.

Exigiole las señas de la casa misteriosa y de algunos conspiradores.Recordó el mancebo su compromiso y, sin ánimo para escoger las palabras,cerró los ojos y enmudeció. El lectoral se desesperaba. Llamábale aloído, paseábase a grandes trancos por la cuadra y, volviendo otra vezjunto a él, le tocaba en el hombro.

Al mediodía, Ramiro, cuyo espíritu había realizado laborioso camino,hizo llamar al lectoral.

—¿Cree vuesa merced—le preguntó—que existe algún medio honroso deanular un juramento prestado a un infiel y con el cual me temo que estoydañando la causa de nuestra Santa Iglesia? ¿No podría escribírsele,sobre el particular, al Nuncio de Su Santidad en la Corte?

—Si habéis hecho promesa jurada a algún infiel—respondió elCanónigo—en contra de la Santa Iglesia de Cristo, no son menesterNuncio, Papa, ni Concilio; sino un confesor cualquiera que os saque delalma tamaño pecado mortal. Si es, como imagino, juramento promisorio,requeríais «juicio de discusión», como lo apellida Santo Tomás; es, asaber: el claro discernimiento de lo que hacíais; y éste os faltó,puesto que estabais queriendo tomar a Dios como cómplice de un delitocontra su Iglesia. Aun para el humano derecho, tal juramento no obligani engendra perjurio:

«Ca el juramento, que es cosa santa—dice, si malno recuerdo, la ley del Rey Sabio—

no fue establecido para mal facer;mas para las cosas derechas, facer e guardar.»

Luego dividió el asuntoen dos partes. De un lado ponía los compromisos caballerescos ylegítimos, que la misma Iglesia amparaba como algo sacrosanto, másprecioso que la vida; del otro, los pactos ilícitos, los juramentosanatemas, en contra de la majestad de Dios o el interés de la Iglesia, yde los cuales era menester desligarse, sin demora, pues si la muertesorprendía a un alma con semejante pecado, arrojábala derecho a laspeores torturas del infierno; sobre todo si el juramento era hecho enfavor de los enemigos de la religión.

Aquella elocuencia logró efecto instantáneo sobre Ramiro. Ya novacilaba. La sola evocación del infierno, en instante como aquél, lehizo pensar vivamente. Recordó las innumerables ofensas a Su DivinaMajestad durante el amancebamiento con la infiel y pareciole que sucompromiso era una enorme piedra que el Demonio acababa de atarle alcuello. Refirió, pues, al Canónigo todo lo que hiciera desde que le dejóen la plazuela de la Catedral aquella tarde. Dijo la doble manera dellegar a la casa de los moriscos y las señas de Aixa, de Gulinar y dealgunos conspiradores. Creyó con esto limpiar el alma de la máculahorrible de sus amores de renegado, mostrando, por fin, al Señor, que yano quedaban en su corazón ni vestigios del pasado apegamiento.

Al siguiente día, Ramiro cayó en un estado casi agónico. Sólo doñaGuiomar, acompañada de Casilda y de una antigua doncella, le asistieron.

Había perdido mucha sangre. Además de la copiosa hemorragia queenrojeció los mármoles del baño, los dos médicos, después de doctadisputa acerca del sitio en que debiera practicarse la sangría,resolvieron abrir cada cual la suya, y, en el espacio de pocas horas,fue sangrado del brazo y del tobillo.

Su desfallecimiento era como lento bogar hacia el morir. La calentura leexaltaba breves instantes, pero luego sobrevenía la extenuación. Lacarne toda se sentía fenecer.

Era una sensación glacial, tenebrosa. Susentido evocaba el olor de pavorosa cripta de convento que visitó,siendo niño, en las sierras; veía de nuevo los innumerables esqueletosapilados en la sombra, y alcanzaba aun a pensar con orgulloso espanto enel anónimo de toda aquella leña humana entremezclada por el monásticodesprecio.

Un velo fúnebre revestía su espíritu, a través del cual sólo nocionesenormes y supremas transparentaban. La culpa, el remordimiento, elcastigo, eran las rocas que formaban el paisaje desolado y terrible desu conciencia.

Así pasó tres o cuatro días, entre el delirio y el letargo. La gangrenadifundía su fetidez por las estancias vecinas. Las más famosas reliquiaspedidas a los conventos y a otras familias de la ciudad y puestas encontacto, desde un principio, con la misma carne reabierta, habíanresultado impotentes. Dos veces recibió Ramiro la Extremaunción,administrada por su primer maestro, el viejo fraile franciscano.

DoñaGuiomar le daba ya por perdido. Por fin, a indicación de varias amigas,mandó en busca de una conversa del arrabal que realizaba curasmilagrosas. La mujer lavó la herida copiosamente con un cocimiento,aplicó un emplasto, prescribió un brebaje y recomendó que no acercasencosa alguna a la llaga si no querían corromperla. Dos días despuéscesaba el delirio y la calentura decrecía.

Al sentirse renacer, como aquella Ave Fénix citada por tantos autoressacros y profanos, saboreó Ramiro con lánguida avidez la delicia devivir. Todo le azoraba, y el milagro del mundo volvía a maravillarle.Sentado ahora junto a la vidriera, miraba con pensativa puerilidad lasnubes espesas de aquel principio de invierno. Su razón formulaba denuevo las preguntas elementales que acosaron su niñez. ¿Dónde seredondea el granizo? ¿Quién hace resonar los atambores del trueno?¿Quién fabrica los vientos? ¿De dó vienen?...

Otras veces oteaba la ciudad. Los hidalgos caserones le hablan unlenguaje de soberbia y de triunfo. La honra fiera de los abolengos; lasriquezas conquistadas en países lejanos y fabulosos; las heroicasaventuras de los hijos de Avila que, ahora mismo, esperados por susesposas en la quietud de los hogares, guerreaban en las más diversascomarcas del mundo, para aportar algún día a su nido roquero la presa degloria: he ahí las diversas expresiones de todo aquel blasonado granitoque sus ojos contemplaban sin fatigarse.

Su ambición, segada por el sufrimiento, rebrotaba ahora con savia másfuerte.

Consideró que Dios no le había llamado porque le reservaba paraalgún servicio insigne en la tierra. Acababa de pasar por la primeraprueba de las vidas predestinadas.

Recordó la biografía de los héroes.El comienzo de la fortuna orilló casi siempre los despeñaderos. La hojamejor batida era aquella que había estado más cerca de partirse en labigornia. Nueva confianza en su destino erguía ahora su hercúleavoluntad, y sentíase como ebrio de ilusión, llegando a decirse a símismo las frases admirativas que su sola presencia provocaría muy prontopor doquier. Luego examinaba, ponderaba. ¿Qué linaje en Castilla másclaro y antiguo que el suyo? Su sangre era limpia como el diamante.Además, estaba destinado a recibir uno de los más opulentos mayorazgosde Segovia. Pensó sin inquietud en los mancebos de las otras familias,demasiado seguro de no ser sobrepujado por ninguno de ellos en saber, enardid, en denuedo.

La gloria volvía a sonreírle cual una esclava impaciente y desnuda,ofreciéndole sus brazos, su fascinación y sus cantares.

XX

Sentado junto al brasero, con la mirada fija en las vigas de latechumbre, Ramiro soñaba. La puerta que daba a la galería se abrió muydespacio y una figura enlutada entró en la habitación. Era su madre.

Las tocas monacales, adheridas con ventosas a la frente, ocultábanla loscabellos; su rostro desprendía luminoso blancor. Era ya el ser sincarnalidad, sin escoria. La luz penetraba el alabastro de sus manosseñoriles, aguzadas por la aspiración continua de la plegaria. Ellasolía interponerlas ante la luz de los candelabros para considerar elaviso fúnebre de sus propias falanges y meditar en el fin que a todosnos espera.

Ramiro la miró con asombro. Los rasgos de doña Guiomar estabanvisiblemente demudados por alguna grave pesadumbre. Habló muy quedo ycon lentitud cautelosa, como quien teme denunciar su verdaderacavilación. Dijo que el Canónigo acababa de referirle los pormenores dellance con los moriscos.

—Paréceme—exclamó gravemente—que te pudiste ahorrar tanto riesgo,tratándose de enemigos villanos, para los cuales con algunos corchetesbastaba.

Expresó en seguida la vanidad de aquellos sacrificios, el engaño ydesengaño de toda acción ambiciosa.

—Esto lo hiciste—agregó—por punto de honra. Harta dicha será que note desluzcan la jornada mediante alguna calumnia. Quien, como tú,Ramiro, ha de emprender el santo camino de la Iglesia, ¿qué pudo buscarpor ese atajo que no fuera desvanecimiento y vanagloria? En fin, alabadasea su Divina Majestad, si todo esto lo manda para hacerte vomitar, comoa otro San Ignacio, la ponzoña del mundo. No olvides, hijo mío, de quémodo tan patente el Señor ha querido arrancarte de los mesmos brazos dela muerte, que todos lo habemos tenido por milagro, y mira bien cómo tecumple pagar esa segunda vida que te concede.

Después de breve silencio, manifestole que, apenas se hallaserestablecido, sería el caso de pensar en su partida para Salamanca. Elseñor Obispo había prometido hallarle, para después, algún ventajosodestino, a menos que prefiriese ingresar a las órdenes.

Ramiro escuchó en silencio la homilía sin traslucir en su semblante lamenor impresión.

Era un momento de solemne ansiedad para la madre. Su ser estaba suspensoentre el regocijo y el temor, esperando la palabra o el gesto queexpresaría para ella todo el bien o el mal que la vida podía reservarle.En ese momento un lacayo penetró presuroso en la cuadra anunciando quedon Alonso Blázquez subía las escaleras.

El mancebo echó, al pronto, una mirada a sus vestidos, estirose lascalzas, apretose las agujetas del jubón, pidió a su madre unalechuguilla fresca; y luego, un espejo, un peine y un bote de unto paraaderezarse el cabello. Hizo esto último con visible complacencia,hermoseando la expresión ante su propia imagen.

Faltábale alguna joya. Pidió impaciente la cadena de oro, que su madreechole, con sus propias manos, al cuello. En seguida, señalando uncontador de taracea, díjole que le alcanzara la daga con piedraspreciosas que encontraría en la naveta del centro.

Doña Guiomar, altomar en sus manos el puñal, quedose perpleja. Luego, desnudando la hojadespaciosamente, y clavando los ojos en la arábiga inscripción que elhierro tenía, púsose a temblar con todo su cuerpo, como quien velevantarse ante sí pavoroso fantasma.

El lacayo volvió, y quedose alzando la antepuerta. La madre no tuvo mástiempo que el de alargar el arma a su hijo y echar sobre las ascuasalgunos granos de incienso que sacó de su escarcela.

En el vano luminoso, sin que faltara el esquinado golpe de colgadura,don Alonso, todo vestido de negro, apareció, como un retrato en sumarco. La engomada golilla atiesaba su rostro. Hizo una reverencia yadelantose con rítmicos pasos a besar una y otra mano a la hija de suamigo.

A la vez que se quitaba los guantes, y cual pudiera hacerlo un reygeneroso, felicitó a Ramiro, relacionando su acción con las grandescosas que hicieron los Aguilas, los Hoces, los Arias, los Alcántaras, enservicio de Dios y del reino; y, de tiempo en tiempo, mesándose elencrespado copete, dirigía hacia la madre una mirada sospechosa y fugaz.Otras veces, para encarecer la sinceridad de su discurso, llevábase alpecho la diestra. Las sortijas de Florencia resplandecían. Sus manoseran harto hermosas y su extrema blancura denunciaba el uso nocturno delsebillo en los guantes descabezados.

—El servicio que vuesa merced ha prestado a la Iglesia y al Rey—díjolea Ramiro, antes de despedirse,—dejando a una parte el largo padecer,que eso no se mira en hombres de vuestra sangre, no puede quedar sinrecompensa. Mañana debo partir para la Corte. Yo he de pretender paravuesa merced el hábito de Alcántara; no faltará quien desee complacerme.Vuesa merced—agregó—no tendrá con esto más trabajo que reunir suspergaminos para la probanza de limpieza, e será como probar la lumbredel sol.

Expresó Ramiro su reconocimiento y, con los ojos como deslumbrados,estrechó en las suyas aquella mano generosa.

Apenas el cortesano se hubo alejado por la galería, doña Guiomararrojose a los pies de Ramiro, abrazándose a sus rodillas. Con el rostrooculto y sacudida, por los sollozos, pronunciaba palabrasincomprensibles; mientras su hijo repetía, asiéndola de los hombros:

—¡Alzaos, madre; alzaos! ¿Qué os pasa? ¿Qué os hace llorar?

Ella levantó por fin su empapado rostro, y después de un instante:

—Una gran desdicha—respondió,—la más grande, la más cruel que podíaacaecerme: ¡tu olvido de Dios, Ramiro; tu perdición!

—¿Mi olvido de Dios, madre? ¿Esto decís?

—Sí: el Demonio ha vencido en tu alma. Las vanidades y los premios delmundo te desvanecen. Cuando don Alonso te hablaba del hábito pareciomever brillar en tus ojos una lumbre de infierno. ¿Quién te pudo mudar deesta suerte? ¿Qué hechizo te han echado en el corazón?

Luego, con la frase entrecortada por el llanto:

—Ya no eres, no, el hijo aquel de mis entrañas que caminaba tan radiosopor el camino de la humildad y la penitencia, y que ofreció desde niñosu vida al Señor,

¡aquel mi Ramiro!... ¡aquel mi mancebillo santo!

Con estas palabras ocultó de nuevo el rostro entre las manos, sinlevantarse. Pero un momento después, aquella madre desgarrada por eldolor, aquel ser que sólo parecía capaz de ruegos y de lágrimas, púsoseen pie de un solo impulso, irguiendo su talle ante Ramiro. Era unatransformación asombrosa, una ballestada del ánimo. Todo el brío de laestirpe brilló un momento en aquella frente de abadesa indignada. Convoz casi hombruna y justiciera, exclamó:

—Basta de blanduras. Así como os halléis en estado, saldréis paraSalamanca a proseguir vuestros estudios; allí escogeréis, luego, entrela Iglesia y las Ordenes.

Aquesta es mi voluntad.

Esto dicho, se alejó gravemente, dejando en la estancia, a más del olorde cera de sus vestidos, algo patético, algo inexorable, que Ramirosintió flotar sobre su cabeza cual una maldición suspendida.

La cuadra se llenaba de sombra; pero la hija del escudero no tardó enpresentarse, protegiendo con su mano las llamas de un dorado velón, yalumbrada ella misma como imagen entre cirios.

XXI

En pocos años, la letárgica mansión habíase convertido en la másvisitada y rumorosa de Avila del Rey. Cierto día, don Alonso BlázquezSerrano congregó en casa de don Íñigo a algunas personas principalespara tratar del asunto de los conversos. La reunión se repitió. Elnúmero de los invitados se fue acrecentando. A la simple jícara seagregaron los bódigos y los hojaldres. Tal fue el origen delaristocrático mentidero del señor de la Hoz.

Miércoles y domingos, dormida la siesta, acudían a su palacio losvarones más linajudos y doctos de la ciudad. La charla de aquellareunión acabó por convertirse en un verdadero gobierno; los mismosregidores iban a consultar allí sus dictámenes. Era un éxito imprevisto.Sin embargo, el señor de la Hoz estaba muy lejos de haberlo codiciado.Al principio, una contrariedad profunda, un verdadero pánico domésticose apoderó de su espíritu ante la ocupación inesperada de su vivienda, yperdió mucho tiempo buscando y rebuscando en su memoria el involuntarioademán o la frase imprudente que hubieran podido provocarla. Sólo paraél mismo era obscura la razón.

Aquel anciano despilfarrado y enfermo,que no podía convertirse en un rival para nadie, era el dueño de casaguisado por la Providencia. Don Íñigo, aunque enlazado por su casamientoa los más antiguos linajes de la ciudad, habíase conservadocompletamente ajeno a las seculares cuadrillas de San Juan y SanVicente, en que se hallaba dividida la nobleza de la comuna; y las salasde su mansión eran amplias, la servidumbre numerosa, la pasteleríaexcelente.

El bullidor concurso llenaba los salones. A más del grupo principal,compuesto de los más encumbrados personajes, formábanse corrillos detonsurados humildes y seglares de poca monta. En ellos se refugiaba,evitando la plena luz, el desconocido ceremonioso que comenzaba aintroducirse en la reunión, sin que nadie supiese quién le traía; elhidalguejo tagarote, amigo de un amigo de don Íñigo y venido al olor delagasajo, el alférez del Alcázar, el capellán de monjas, el escribano denúmero...

Muy pronto se le descubrió al señor de la Hoz su vanidad dominante, ycasi no hubo tertuliano que no le consultara acerca de la cuestiónactual de los conversos, o le dirigiese alguna pregunta admirativa sobresus heroicos servicios en la campaña de la Alpujarra. De lisonja enlisonja, fuéronle creando una fama grandiosa que a nadie mortificaba, yya las gentes de la ciudad pronunciaban su nombre con profundo respeto,como si en verdad se tratara de uno de los más célebres capitanes deaquella guerra santa y vengadora.

Don Íñigo acabó por aficionarse a su propia tertulia. Aumentó el númerode los criados, renovó las libreas, adquirió nuevos braseros de plata,nuevos velones y candelabros, desempeñó de los genoveses sus mejorestapices. El encargado del chocolate y los vinos era el segundo sacristánde San Pedro, amigo de Medrano. Tres esclavos amasaban la harina. Unfamoso repostero de Madrigal preparaba las pastas, un morisco la aloja.El maestresala, vestido como un gentilhombre flamenco, comandaba a laservidumbre con signos casi imperceptibles. Al anochecer, de vuelta asus casas, las visitas desfilaban entre doble hilera de lacayosapostados a lo largo de los pasadizos, hasta la puerta de la calle, cadacual con un hacha de cera encendida.

Gastábase tanta luminaria como enla Iglesia Mayor. Todo era fastuoso y señoril.

Ramiro pensó que, al hacer su reaparición en la asamblea, todos losrostros se volverían hacia él, y que hasta los varones más graves seadelantarían a cumplimentarle por su proeza. Guarecido casi de suherida, pero flaco y sin fuerzas, vistió una tarde su traje más lujoso,se ciñó la daga del morisco y presentose en la sala pequeña, que hacíalas veces de primer recibimiento. Fuera del capellán de la Anunciación yde un religioso franciscano de San Antonio, las personas que allíestaban volvieron a verle con ultrajante naturalidad; y, al mentar, unoque otro, su jornada, lo hicieron en términos tales, que parecíanreferirse a la diligencia más o menos provechosa de algún alguacil. Eldesengaño le dejó confundido, y, no sintiéndose con aliento para pasar ala cuadra contigua, donde se hallaban los magnates y prelados, agazaposeen el más obscuro rincón, entre un grupo de religiosos. El franciscano,arrimando su taburete, le dijo en voz baja:

—¡Nonada habelles descubierto la madriguera a esos lobos! Claro estáque vuestra merced habrá de tener también sus envidiosos ycalumniadores; pero no pare mientes en eso, que lo que agora dicen habráde llevárselo el viento como la paja.

—¿Y piensa vuesa Reverencia que alguien murmure?—preguntó Ramiro.

—Habladurías, habladurías—replicó el religioso con ademán dedesprecio.

—No disimule vuesa Reverencia si quiere probarme su afición, que nuncadaña saber por dónde habemos de ser combatidos.

—Vamos, invenciones de bellacos... que vuestra merced ha estado a puntode renegar de la fe de Nuestro Señor Jesucristo... que llevaba noticiasa los conversos...

que la riña fue por cuestión de la paga...

En ese instante, hacia la derecha del mancebo, un desconocido, con galasde soldado, exclamó, reteniendo a un lacayo por el gregüesco:

—¡Ea, seor Antoñico, no nos alargue la penitencia y arrímenos porpiedad otro plato de bódigos y unos vidriecicos del San Martín, quefenecemos!

El tono de penuria famélica con que moduló aquella frase, apretándose almismo tiempo el estómago, hizo reír a sus vecinos. Alguien le habló envoz baja, y él, mirando de soslayo al mancebo, tapose la boca comoavergonzado.

Entretanto don Alonso platicaba, en la sala contigua, con algunosseñores que acababan de llegar. En cierto momento al volver el rostro yal advertir, a distancia, la presencia de Ramiro, hizo un gesto deasombro y se dirigió a saludarle:

—Enhorabuena—exclamó, alargando los brazos.—Grata señal es ésta;pero, ¿por qué tan esquivo? Todos aquellos señores están golosos de very escuchar a vuesamerced.

—Siéntome, señor, harto mohíno y sin fuerzas.

—Holgárame de oír relatar a vuesa merced, ante un concurso como éste,todo su lance con los moriscos, punto por punto.

—Otro día será, señor. Agora temo que el mucho hablar me encienda lacalentura.

A la vez que Ramiro dejaba caer estas palabras, don Alonso observó, coninquieta curiosidad, la daga sarracena, recubierta de pedrería, que elmancebo llevaba en el cinto, y, sin poder dominar su sorpresa, tomándolapor fin en su mano, exclamó:

—Donoso puñal. ¿Es acaso algún arma de los agüelos?

—No, señor. Diómela, como recuerdo, el viejo morisco que no quisopermitir que los demás me acabasen a cuchilladas.

El hidalgo contrajo su semblante, y poniendo la diestra sobre el hombrode Ramiro, díjole quedamente, para que sólo él le escuchara:

—Por la honra de su nombre, vuélvase vuesa merced a su aposento yesconda esa daga donde nadie la vea, que yo sé lo que le importa.

—Llévola, señor, como una preciada prenda que recuerda mi acción.

—Vuesa merced no debe sentirse de mi insistencia, que es fuerza que lalealtad sea por momentos amarga.

—¿Qué recelo es ése? ¡Válame Dios!

—Pues vamos, es esto: sobran bellacos que han dado en inventar cómo,cuándo y por qué vuesa merced ha recibido dineros y presentes de losconversos, e si agora ven esa joya en su cinto la enseñarán como prueba.

Ramiro comprendió. Anonadado por la terrible fatalidad, llevose la manoa la frente y, sin poder articular una sola palabra, una solaexclamación, saludó a don Alonso y volvió a encerrarse en su aposento.

De ordinario, cuando la reunión comenzaba, hacía ya varias horas que donAlonso Blázquez se hallaba instalado en su sillón predilecto, frente adon Íñigo, platicando sin tregua. Llegaba casi siempre al mediodía pararetirarse después del toque de oraciones.

Eso cuando él mismo no seinvitaba a cenar, y echaba de sobremesa un partida de triunfo con elanciano. La intimidad acordábale fueros especiales, movíase como en supropia casa, se chanceaba con los religiosos, sabíale el nombre a todoslos criados.

Su situación era, sin duda, la más prominente. Su viejaamistad con el Conde de Chinchón y su parentesco con el Marqués deVelada era causa de que los menos informados le atribuyesen grandeinfluencia en la Corte, ilusión que él mismo alimentaba repitiendo amenudo las dos o tres frases que Su Majestad le había dirigido en sularga vida de pretendiente y mostrando hacia el Monarca una admiracióntan grande como el odio recóndito que, en verdad, sentía por aquelespectro coronado, cuya sola mirada le cuajaba los tuétanos.

Todos conocían su lealtad impecable y aquel su empeño de aguijonearambiciones:

«¿Qué espera vuesamerced, señor Deán, para pretender lamitra que tanto se merece?»

«El peor enemigo de vuesa merced, señorAlférez, es su propia modestia, que sé yo de muchos que, con la mitad delos servicios que todos le conocemos, gobiernan plazas y comandanejércitos. Si vuesa merced no se enfada, en mi próximo viaje a lacorte...» y dejaba caer en el oído del soldado alguna deslumbradorapromesa.

Movíase la conversación, casi siempre, en derredor de los temas que éldecantaba.

Tenía el orgullo de la verbosidad. Dirigirle una pregunta eracomo abrir una compuerta de regadío. Su inundante palabra se derramabasin término sobre las superficies, sin que su voz, alta y acatarrada,cambiase de tono. Si parlaba de sus viajes y aventuras, de maestroscélebres, de objetos preciosos, o filosofaba cultamente sobre el amor,su discurso cobraba todo el garbo de su persona; pero al disertar sobreel gobierno de la Monarquía, el disimulo cortesano hacíale adoptar unlenguaje incoloro y mortecino, lleno de circunloquios y de prolijassalvedades acerca de la secreta razón de muchas resoluciones de lospríncipes.

En cambio, el señor Diego de Bracamonte, de la casa de Fuente el Sol,descendiente de Mosén Rubí de Bracamonte y emparentado con la más claranobleza de Castilla, juzgaba, lleno de heroico desenfado, la políticadel Rey.

La arrogancia de aquel hombre se erguía almenada y sola. El discursoflameaba en su boca cual sedicioso pendón. Aun su mirada y su ademáneran temerarios. Todos presentían que aquella cabeza no estaba segurasobre el soberbio cogote y esperaban por momentos alguna catástrofe;pero el hidalgo demostraba importársele una higa de la delación y delriesgo, perorando aún con más vivo coraje cuando se hallaban presentesel señor Corregidor don Alonso de Cárcamo o el fraile dominico en quientodos sospechaban un espía del Santo Oficio y del Monarca. Su retoinfanzón y feudal no bajaba la voz; y parecía volar, como un cartelatado a una saeta, por encima de las murallas, hacia la Corte.

Era largo y cenceño. Los terciopelos o gorgoranes formaban como un fofoplumaje sobre su pajaresca armazón. La lechuguilla íbale siempre hartoholgada. El mostacho, el tuzado cabello y la aguda barba cabríacomenzaban a encanecer; pero las cejas conservábanse retintas, como dosplumas de tordo. Su pellejo era pálido, su mirada áspera, su gesto machoy soberbioso. Adivinábasele, desde lejos, la cólera fácil. No era muydocto; pero nunca faltaba en sus discursos uno que otro texto latinosobre la decadencia de las repúblicas.

El menosprecio que el Soberano hacía continuamente de la opinión de lasCortes, los nuevos pechos y arbitrios particulares que se imponían sinconsultarlas, el Ordenamiento del Rey Alfonso anulado, las franquiciasrotas, los fueros moribundos: tales eran los tópicos predilectos de susarengas. El Gobierno se había convertido, según él, en un potro deextraer caudales y estrangular alientos. España, que había sobrepujadoen valor a Grecia y a Roma, temblaba ahora de miedo bajo la péñola delos privados y el balbuceo del confesor Diego de Chaves. Todo erahambre, cohecho, terror. Ya era muerta la varonil altivez de dondenacieron la proeza rara y la denodada aventura. Hoy la hombría de bienera desacato; el fuero, sedición; la dignidad, rebeldía. Los honores ymercedes que antaño se ganaban por las grandes cosas que hacían loscaballeros, hogaño las lograba cualquier menestral mediante un bolsillode ducados.

—¿Es cosa derecha—preguntaba—que el Rey se haga de caudales vendiendohidalguías como trastos de almoneda o recargando a la nobleza de nuevostributos y haciéndola pechera y villana? Y todo ello para que Flandesesté cada vez menos seguro; para que el francés, a quien ya le teníamosdel collar del jubón, vuelva a provocarnos, y el inglés degüelle, tale ysaquee, a su guisa, en nuestras costas.

Fuimos los dueños de la riqueza,y agora somos los mendigos. Mucha gala soldadesca sobre la sarna y lahambre, mucha orgullosa pluma en el sombrero para abajarlo a cada puertapidiendo un mendrugo. Hartos años ha que las Cortes vienen voceando laprotesta unánime del reino; no se ha querido escuchallas. Ya veremos enqué para aqueste menosprecio.

Hablaba en pie, con el estoque apretado bajo el sobaco. A veces lacarraspera le dificultaba el discurso; acercábase entonces a alguno delos braseros y espectoraba sobre las ascuas. Su grande amigo don EnriqueDávila, señor de Navamorcuende y Villatoro, escuchábale absorto yvibrante, con las pupilas inflamadas por la pasión, acabando casisiempre por dejar el asiento y plantarse a pocos pasos de Bracamonte,como hechizado. El contagio de la rebelión se apoderaba de algunosoyentes. Marcos López, cura de Santo Tomé, aseguraba que SantiagoApóstol se le había aparecido una noche diciéndole que, si la noblezacastellana no volvía por el respeto de sus fueros, España estabaperdida. El médico Valdivieso y el licenciado Daza Zimbrón alentaban aBracamonte con exclamaciones fervientes; mientras Hernán de Guillamas,que había sido procurador de Avila en las Cortes de Madrid, refería conpatriótico dolor, en apoyo de don Diego, la mofa que el Rey hacía de losdictámenes de todo el reino congregado.

Los demás, sobre todo los hombres de iglesia, bajaban los ojos einmovilizaban el semblante. A la menor interrupción no faltaba quienentremetiese otro asunto.

Cualquier futileza era bien recibida, con talque evitara, a los más, la inquietud de aquel verbo incendiario deBracamonte que agitaba las más graves cuestiones, a modo de encendidaantorcha que golpeara a lo largo las añejas colgaduras.

Entonces Gaspar Vela Núñez o Gonzalo de Ahumada, llegados recientementedel Perú, referían cosas de América: alimañas y frutos fabulosos,segundones miserables enriquecidos de súbito por algún tesoro enterrado,huacas repletas de joyas, victorias enormes en que la sangre enjabonabalos dedos y era preciso encordelar la espada y la pica para que no seescurriesen. Tales relatos alucinaban el cerebro de aquellos hijos deCastilla, habituados a imaginar ante el más escueto horizonte todos losespejismos de la aventura. Algunos entrecerraban los párpados parasoñar mejor en las comarcas lejanas, donde se llegaba de golpe a lariqueza, sin la infamante paciencia del mercader, y veían pasar por suimaginación tierras inverosímiles, en las cuales el pie topaba a cadapaso con venas de oro desnudo.

Los que llegaban de Italia traían obsequios y misivas y daban lasúltimas noticias acerca del turco. Los que eran soldados de Flandes,como Antonio Dávila, el verrugoso, o Pedro Rengifo, el de lacuchillada en la frente, comentaban la táctica de Farnesio y referíaninnumerables heroísmos de los soldados de España.

El imperio de la raza brillaba en los semblantes y formaba calurosaarmonía de orgullo. Aquellos hombres de guerra, que traían en sus botaslodo reseco de los más diversos países, eran, según el blasón de Isabely Fernando, el haz de flechas y el yugo del orbe. Uno que otro meditabalos presagios de decadencia; pero los más curábanse mayormente del colorde una pluma o del rumor de las propias espuelas.

Otras veces llegábale el turno a los teólogos. Sus rivalidades erandisimuladas, pero profundas. Después de enredar, con escolásticadestreza, la inevitable disputa, acababan por responderse en docto yponzoñoso latín que agriaba la reunión.

Un rebullicio de colmena llenaba las cuadras. La atmósfera era densa ycandente. Ni el perfume de los guantes, ni el copioso sahumerio de lospebeteros, lograba dominar el tufo de trasudado sayal que desprendíanlos religiosos. Las maderas de las ventanas cerrábanse de ordinario alas tres de la tarde. El herraje de los braseros parecía atizarseentonces en la sombra; pero, inmediatamente, llegaba la larga hilera deservidumbre trayendo una aurora de luminaria, que resplandecía en lapalidez de los rostros, en la blancura de las lechuguillas, en el sayalamarillento de los dominicos, haciendo chispear las veneras de lasOrdenes militares y los preciosos joyeles sobre los terciopelos ybrocados.