La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo by Enrique Larreta - HTML preview

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En cambio, sus ojos descifraban con orgullo nombres de eclesiásticos ycaballeros de su propio linaje: «Sepultura del muy virtuoso Señor DonNuño Gonzalo del Aguila, arcediano de Avila...» «Aquí yace el noblecaballero Gonzalo del Aguila...» «Aquí yaze el honrrado caballero Diegodel Águila, que Dios aya...»; y, al mirar el ave simbólica esculpidacomo una divinidad doméstica en los blasones de piedra, parecíale queuna voz de otra vida le incitaba a la dominación y a los honores.

Otras veces, por el contrario, su ánimo daba un vuelco repentino, alrecordar, ante aquel aniquilamiento de todos los afanes del hombre bajouna piedra roída, las palabras de su madre y del monje franciscano sobrela vanidad y la ambición. Pensaba entonces que él mismo no era sino unfuego fatuo escapado de aquellos huesos ancestrales y destinado a vagarun instante en la noche del mundo. No había, pues, cosa mejor que vestirel penitente sayal y preparar, entre cuatro paredes desnudas, lasalvación eterna.

En ocasiones, cuando el tiempo alcanzaba, subía a las torres. Holgábalecontemplar la ciudad y la campiña desde las ventanas del campanario, ysus ojos solían detenerse en cierta mansión, unida a los muros, hacia laparte del Norte. Cierta vez descubrió un puntillo movedizo, uncuerpecito minúsculo que atravesaba el huerto, subía los escalones deltorreón, y se asomaba luego a las troneras. Era ella seguramente. El nohabía querido volver a la casa de don Alonso, y se había jurado olvidara Beatriz para siempre. Con cuán victorioso despecho preguntábaseentonces: ¿Cómo el alma del creyente podía correr en pos de un grano devida como aquél, de una migaja de sensualidad efímera, y a vecesemponzoñada, si Dios le ofrecía desde el cielo los goces infinitos yeternos?

Tales sentimientos comenzaban a abrirse hondo cauce en el alma deRamiro, cuando su mismo maestro trajo la primera perturbación al abordarde lleno el tema de las tentaciones. Explicó el origen y la naturalezadel Demonio, la transformación horrible de sus formas angélicas al caerdel cielo a los infiernos. Distinguió la bestialidad: omnem concubitumcum re non ejusdem speciei, de la demonialidad o copula cum Dæmone,que algunos teólogos confundían, y disertó, en fin, largamente sobre elcomercio con los íncubos y súcubos de donde, aliquoties nascunturhomines.

—Y es de este modo—afirmaba—como debe nacer el Anticristo, según ungran número de doctores, y como nacieron Rómulo y Remo, según TitoLivio; Platón el filósofo, según San Jerónimo; Alejandro el Grande,según Quinto Curcio; el inglés Merlín, engendrado por un íncubo en unareligiosa hija de Carlomagno; y, para decirlo todo, el malditoheresiarca que llevaba el nombre de Lutero.

Era menester mucha cautela.—La tentación—decía—palpita por doquier.Todo es arma y cebo para el Demonio.

Un día que Ramiro le llevó en obsequio una hermosísima pera, en uncestillo de mimbre, el lectoral comenzó a saborearla sin quitarle lapiel. Era una pera de las que llaman calabaciles por su doble turgencia.De pronto, al hincar su mordedura en la parte más gruesa, hizo un gestoespantoso y arrojó la fruta al corredor, sacudiendo los brazos yexclamando:— ¡Vade retro, vade retro! El Enemigo acababa de mostrarleen aquella poma ceñida y abultada las formas de la mujer.

Desde entonces el mancebo comenzó a vivir en una inquietud imprevista, aconcebir la virtud más difícil y a experimentar en toda su carne,tranquila hasta entonces, un hormigueo de instintos que mareaba porinstantes su cerebro como vapor de cubas en el lagar.

Una tarde fría de febrero, al retirarse de la lección, y después dehaber oído leer a su maestro un docto comentario sobre el Cantar de loscantares, Ramiro topó con Aldonsa junto al pilar de la escalera. Ellale invitó a subir a la torre. Un instante después uno y otro escalabanlos peldaños. De pronto la campanera se detuvo y arrimó la luz del farolal rostro del mancebo. Ramiro se detuvo también, y su mano temblorosareconoció que la moderna Sulamita había puesto en libertad «loscervatillos mellizos» del cantar.

Allí se deshojó su doncellez, sobre aquellos escalones tenebrosos, dondedormía un olor sagrado de cirios y de incienso.

Al levantar los ojos para pedir perdón por su horrible pecado, hallosefrente a frente con la figura del campanero, que, cinco o seis escalonesmás arriba, esperaba impasible, sosteniendo en la mano encendido candil.¿Qué tiempo hacía que estaba allí? Ramiro le miró naturalmente y comenzóa descender, en la sombra, palpando los muros, sin pronunciar vocablo.

Una vez afuera caminó con nueva arrogancia. La brisa que llegaba por lacalle de la Muerte y la Vida oreaba en su labio un dejo impuro y febril.

X

A los diez y siete años, merced a un precoz desarrollo, Ramiro tomó unaspecto recio y adulto. Su ceño altivo, así como sus anchas espaldas,imponían, a todo el que hablaba con él, un trato ceremonioso.Generalizaba ahora el pensamiento, buscaba el oculto sentido de cadaapariencia, creía descifrar, con juvenil soberbia, los enigmas supremos.

Llevaba demasiado largo, en contra del uso, el renegrido cabello, y sutez, extremadamente pálida, como si la constante meditación leenflaqueciera la sangre, recordaba esa misteriosa blancura que la lunapone en el mármol.

El, que esperó encontrar en el canónigo un consejero de humildad,recibió de su verbo la brasa viva de la ambición. El nuevo maestrointerrumpía a menudo sus lecciones para historiarle los grandes hechosde aquel ilustre linaje de los Aguila, fundado por el adalid Sancho deEstrada, venido de Asturias; y nombrábale también guerreros admirables,hijos de aquella ciudad que, aunque pequeña, representaba en España elprimer seminario de honra y caballería. En todas partes los avileses seseñalaban por su don de mando y su saña en la lucha. Sancho Dávila,apellidado El rayo de la guerra, servía ahora de ejemplar a losflamencos.

—¡Quién pudiera devolverme mi mocedad y darme algunos años de la vidagallarda y desembarazada del soldado!—exclamaba el canónigo.

No quería decir con esto que estuviese arrepentido de la nobilísimacarrera a que le había inclinado su constelación, no, mil veces. Pensabatan sólo que con un coleto de ante, un morrión y un acero toledano,escogiendo a su guisa las comarcas, hubiera hecho mucho más en bien dela Santa Fe Católica que dejando correr sus días atado con cordeles decalumnia y de estulticia a una poltrona canonjil. Confiole a Ramiro, sinrodeos, las sordideces y mezquindades de aquella asfixiante existenciade sacristía, y díjole el furor y la insólita crueldad con que todos suscolegas se habían ligado en contra suya cuando se trató de ofrecerle unasilla episcopal.

—Los muy bellacos y alicortos—decía—barruntan que apenas el águilase encarame y pueda hender el espacio, volará muy alto, muy alto.

El anhelo impaciente de una mitra era ahora más fuerte que su virtud yel gran pecado de su alma.

Dominado por la reverente admiración que profesaba a su maestro, yhabiéndole entregado desde los primeros días todo su ánimo, Ramiro miróderechamente la senda que señalaba aquella mano sacerdotal. Ya no dudóque en la carrera de las armas, siguiendo el ejemplo de sus antepasados,pudiera ser tan útil a Dios y a la Santa Iglesia como en el claustro oen el púlpito. Diose entonces a descifrar los añejos pergaminos de sufamilia y a leer la historia de los grandes capitanes de Roma y España.Al pronto, las representaciones de su propio porvenir se confundieron yconformaron a los grandes episodios antiguos. Alucinado por la lectura,llegaba a creerse, él mismo, el héroe de la narración. Fue sucesivamenteJulio César, el Cid, el Gran Capitán, Hernán Cortés, don Juan deAustria. Al tomar en sus manos Los Comentarios, era él quien conducíalas cohortes a través de las Galias; pero, en los idus de marzo, mássagaz que el dictador, atisbaba la traición de Junio Bruto y,escondiendo una espada bajo la toga, entraba a la Curia y mataba uno auno a los conjurados. Vencía a los moros en innúmeras batallas, brindabaa la España el reino de Nápoles o el imperio de Moctezuma; y, por fin,de pie en el castillo de una nave inverosímil, destruía para siempretoda la flota del turco, en un nuevo Lepanto prodigioso, que suimaginación soñaba según las estampas.

El resultado fue que llegó a creerse elegido por Dios para continuar latradición de las glorias inolvidables. Suprimió de su campo mental lomediano, lo prolijo, lo paciente. Todo lo que no era súbito y heroico ledejaba impasible, sintiendo en sí mismo una confianza, una certidumbreabsoluta de alcanzar de un golpe los honores más altos y de llegar aser, en poco tiempo, uno de los primeros paladines de la Fe Católica enla tierra.

Una tarde, sentado sobre una peña en la hondonada que corre entre elConvento de la Encarnación y los muros de la ciudad, Ramiro, dejabarodar sus pensamientos.

Aquel sitio único exaltaba su alma, haciéndole escuchar, en su ilusión,gritos de guerra, suspiros de éxtasis.

Jubilosa coloración de oro húmedo brillaba en las colinas. Había llovidohasta las tres de la tarde, y la tempestad se alejaba hacia el naciente,abriendo grandes claros de nácar etéreo. Caprichoso penacho de nubesdoradas y purpúreas se alargaba por encima de la ciudad, conservandotodavía el movimiento de la ráfaga que lo había retorcido. La ásperamuralla reflejaba una amarillez alucinante, que parecía nacer de ellamisma.

Hablábase con insistencia, en aquellos días, de una posible sublevaciónde todos los moriscos de España, ayudados por el turco. En algunospalacios de la ciudad se celebraban frecuentes reuniones, donde secambiaban noticias y se discutían pareceres.

La casa del señor de la Hozera al presente, todos los miércoles y domingos, un hormiguero deeclesiásticos y grandes señores. Su campaña de la Alpujarra y suconocido encono contra los falsos conversos señaló, desde el primermomento, a don Íñigo como un jefe de asamblea. Ramiro pensaba ahora side todo aquello no surgiría la ocasión de iniciar su renombre.

Pasaron dos menestrales. El mancebo comprendió que eran oficiales decantería por el polvo de piedra que blanqueaba sus manos. Veníanhablando de comida y de jornal:

—Yo, viendo que ninguno se meneaba, me planté como un pino ante elmaestro, e le dije que, con el salario que él nos daba no alcanzábamos allenar la olla a los nuestros, e que con la sopa de torrezno y el vilmendrugo de hogaza que de él recebíamos, se nos iba secando la enjundia.

—¿Qué os respondió?

—Respondió: malos monjes seríais vosotros, picaronazos. Sabed queharíais morir de envidia a muchos obispos.

—¿Eso dijo?

—Cabal.

—Paciencia, Martín.

Ramiro meneó la cabeza con un gesto de enfado.

Pasó un monje franciscano montado en un borrico ceniciento. Santaleticia brillaba en su rostro. Su desnuda pierna vellosa asomaba pordebajo del sayal. Castigaba a su caballería con un gajo de bardaguera.Al buen fraile se le importaba una higa del aspecto de su figura...

Ramiro consideró la fuerza de aquella dicha superior que así se burlabade todas las vanidades del hombre.

Vio llegar después una mujer vieja y espigada, la nariz corva, morena latez, la mirada abstraída. Su negro ropaje andrajoso estremecíase en elcéfiro como un libro quemado. Caminaba lentamente golpeando el suelo conel bastón. A pesar de aquel aspecto de miseria, llevaba ambos brazosornados de brazaletes de alquimia, y un doble collar de cuentas, queimitaban la turquesa, caía sobre su pecho. Al llegar junto a Ramiro,mirole fijamente, apoyando ambas manos en el báculo. El mancebo sacó unamoneda para ofrecérsela. Pero la mujer preguntole:

—¿Sois muslim o castellanuelo?

—Cristiano viejo, por la gracia de Dios—contestó Ramiro.

La mujer rehusó la limosna, y tendiendo el brazo:

—Yo vengo a desengañarvos agora, descreyentes, servidores de lasídolas—

exclamó con voz agorera y fatal.—Echaréis a Agar y a su fiyo,está escribto, y con ellos irase la dicha. Ya no habrá quien vos rieguela vega, ni quien enseñoree el arado, ni quien sepa sembrar y recoger,ni quien os adobe olores finos. El torno, ¿quién sabrá manejallo? ¡Oh!,los de Islam, estáis con las manos agrillonadas; pero la sufrencia esbuena ventura. ¡Sabed que el paraíso es prometido a los sufrientes yserán honrados en gradas altas y aventajadas!

Ramiro no pudo vencerse y enseñó la palma para que le predijera sudestino.

—¡Tu jofor, tu jofor!—balbució la morisca.

Pero apenas hubo tomado en las suyas aquella mano delgada y enérgica,soltola de pronto.

Ramiro, al volver instintivamente la cabeza, hallose con la figura delcanónigo que, de vuelta de la Encarnación, le había reconocido y seacercaba.

Chiromanciam habemus—gritó el lectoral.

Ramiro sonriose. El canónigo sacó entonces una moneda de plata y se laalargó a la mujer. La morisca tomola temblando y comenzó a alejarselentamente. Un instante después, maestro y discípulo escuchaban el rodarde la moneda sobre los guijarros.

Entonces, de vuelta a la ciudad y en busca de la Puerta del Adaja, elcanónigo compuso la siguiente oración:

—Ya ves, hijo mío, el amor que nos tiene esta raza de Ismael. He ahíuna anciana miserable que prefiere seguir gimiendo, cual una lobahambrienta por los caminos, antes que aceptar nuestra limosna. Aparentanhaberse convertido, y son tan moros como en Africa. Van como arrastradosde los cabellos a aprender la doctrina, y sólo el temor les hace llevarsus hijos a nuestras iglesias para recibir el bautismo. Pero, ansi quellegan a sus casas, les roen la mollera con un trozo de cacharro o elfilo de un cuchillo, lavándoles en seguida prolijamente para quitalleshasta el último resto de la crisma sacramental. Luego vuelven abautizalles a su manera, con nombres moros que llevan en secreto hastala muerte. No comen jamás de res alguna que no haya sido degollada pormanos infieles, dirigiendo la cabeza del animal hacia el Oriente, haciala Meca, hacia el alquibla, como ellos mesmos se expresan. No bebenvino ni prueban puerco, para distinguirse de nosotros, y, a puertacerrada, observan su cuaresma y todos los ritos de su secta diabólica.Yo he visto en el fondo de sus casas, en Andalucía, baños de mármol oazulejos, donde los hombres se sumergen y perfuman como rameras, segúnsu costumbre infiel y lasciva. Los mozos aturden las calles del arrabalcon sus voceríos salvajes, y son todos dados al adufe, a la gaita, a lassonajas, a los entretenimientos lúbricos de la danza y a los paseos defuentes y pensiles que corrompen y reblandecen el ánimo.

Hizo una pausa para mondar el pecho, y luego que hubo escupidoreciamente, prosiguió:

—En los lugares públicos hacen acatamiento a la Santo Cruz, claro está;pero, cuando se hallan sin testigo ante alguna ermita o humilladero, lehacen sufrir toda clase de escarnios. Yo mismo he sorprendido en lascercanías de Talavera algo horrible. Varios de estos perros malditoshabían ido por leña a un bosque del contorno.

Uno de ellos, al regresar,tuvo que descargar su vientre, y habiendo hecho una cruz de dos astillasde roble, la clavó bien derecha en la inmundicia, y dejola. Yo fui elprimer cristiano, sin duda, que atinó a pasar por aquel sitio. Viendo ami amada cruz en tal estado, corrí por ella, e hincándola entre la raízde una encina, me puse a adoralla.

Consérvola aún celosamente, por lainjuria que sufrió, como si fuera hecha de los huesos de un mártir deRoma.

El sol acababa de ocultarse. Los cerros del poniente recortaban escuetoy pardo perfil sobre el horizonte de fuego. Maestro y discípulo llegaronhasta la esquina nordeste de la muralla y doblaron en dirección almediodía. Abajo, hacia la derecha, entre los obscuros peñascos, el aguadel Adaja despedía un resplandor de oro ígneo.

Las iglesias habíanconcluido de tocar las oraciones, y la próxima campana de la ermita deSan Segundo conservaba todavía un zumbido soñoliento.

—¿Qué hacer—continuó diciendo el canónigo—con este enemigo caserotantas veces perdonado? ¿Qué hacer con este siervo alevoso, que de díanos aborda con la sonrisa en los dientes, mientras acecha de nochenuestro sueño con la mano crispada sobre corvo puñal? Tu abuelo, Ramiro,me ha dicho, y nadie sabe como él estas cosas, que esos arrieros ytrajineros moriscos que topamos por las carreteras durmiendo al soljunto a sus botijos, llevan y traen mensajes sediciosos de Aragón aGranada y de Granada a Aragón, pasando por Castilla; y no hay ya quienignore que la conspiración cuenta con todos los moriscos del reino.

La luz se apagaba en el cielo; pero el canónigo peroraba cada vez másexaltado, como si ensayase, en la soledad del camino, la alocuciónsolemne que intentara pronunciar en alguna asamblea.

—Algunos dicen que la expulsión de los moriscos traería la ruina deEspaña. La avaricia moderna, señores—exclamó esta vez.—¡Ah! ya soncontados aquellos clarísimos varones de antaño que preferían un grano dehonra a todas las alcancías repletas del moro y del judío. Hogaño, losnobles de Aragón son los más sañudos encubridores y abogados destosperros infieles; y llena está Castilla de cristianos viejos,engolosinados con el dinero moruno, que siguen su ejemplo. Piensan quecon los hijos de Mahoma se iría el lucrar y el sabroso vivir, y sustierras se cubrirían de hierbas malignas. Aquí mesmo, en la ciudad delos Leales, de los Caballeros, de los Santos, la mayoría delAyuntamiento está en contra de la expulsión. ¿Y qué mucho—

añadió,bajando la voz y hablando casi al oído del mancebo,—si la Inquisición,la Santa Inquisición, recibe cincuenta mil sueldos al año de las aljamasaragonesas?

Dirigiéndose a personajes ilusorios, que él veía animarse, sin duda, enel teatro de su imaginativa, prosiguió:

—¿Decís que la expulsión reduciría a menos de la mitad la riqueza delreino? Tanto mejor, señores golosos. ¿Qué estado más digno y saludablepara una república cristiana que la pobreza? Los bienes superfluostraen la libertad y la avaricia, del mismo modo que el agua rebalsadacría sabandijas y sapos inmundos; la lascivia triunfa y los ánimospierden la primitiva rudeza, a la par de las espadas que se afinan comoalfileres y se les recubre de terciopelo y pedrería para no amedrentar alas damas en los estrados. Livio afirma que la mucha prosperidad yabundancia de Roma, le acarrearon todos los males, y que por esta causallegaron los romanos a los extremos del vicio. Si consultamos aJuvenal—volvió a decir,—él nos declara que no hay linaje de maldad enque los romanos no cayesen desde que abandonaron la pobreza. ¿Fue acasoopulento el pueblo de Israel, el pueblo de Dios? Si hemos de vivir conla opinión, dice nuestro Séneca, jamás seremos ricos; si con lanaturaleza, jamás seremos pobres.

Yo sé decir que nunca he vistoemprestar a los usureros para comprar aceitunas, pan o queso. Siempre vique el uno lo busca para caballos, el otro para galas, el otro pararameras. Vuelvan, pues, enhorabuena, aquellos siglos dorados, o siglosde bellotas, como también se les llama. Cesen este loco rodar decarrozas y estos desfiles de lacayos, ebrios de vanidad y de vino, ambascosas hurtadas a su señor. Renazcan las antiguas virtudes severas, lamesa parva, la rica devoción, y que la mengua de las vestiduras nos hagallegar mejor a las carnes la saludable franqueza del viento.

Había terminado y escupió varias veces.

Entraron en la ciudad por la Puerta del Adaja. Las callejuelas estabanllenas de penumbra plomiza y temblorosa. Algunos bodegones encendían suscandiles y las puertas volcaban sobre la calzada mortecino resplandoranaranjado. Un viejo sentado a una ventana, con la sien pegada a lareja, miraba al cielo rezando su rosario. En otra ventana, sin luz, erauna joven la que rezaba. Su rostro tomaba el tinte ceniciento de la horay su pupila fosforescía de modo extraño.

Como sí aquella quietud le hubiera incitado a destapar el silo más hondode su conciencia, el lectoral, que había dado por concluido sudiscurso, prorrumpió de nuevo, aunque en un tono menos oratorio y másdulce:

—El ánimo compasivo sólo debemos empleallo, hijo mío, en las ocasionesprivadas y menudas de la vida, según lo manda la ley evangélica. Nuestropropio instinto nos ofrece una grande enseñanza cuando nos hace salvaruna mosca que se ahoga en un vidrio y otras veces pone en nuestra manoretorcido lienzo y nos las hace matar a centenares sobre la mesa y elmuro. Alargue aquél su limosna al pordiosero, aunque lleve en su mano unAlcorán; compadézcase éste del huérfano y la viuda, aunque sean de lasecta maldita de Mahoma; ofrezca de beber al muslim sediento que pasa, opida de su cántaro a la infiel, como Jesús a la Samaritana; nada digo,que todo esto lo enseña el mesmo Evangelio, que es ley individual y pande cada día; pero, sonada la hora grande y justiciera, sepamos cumplirsin melindres los designios del Señor, porque hay otra ley, hijomío—agregó levantando la mano y la voz como un antiguo profeta,—otraley más anciana, ley de los pueblos; hay otro testamento, donde Diosmesmo, con su propia palabra, dicta la sentencia a los impíos, diciendoa Moisés:

«Pondrás con mi favor el cuchillo a la garganta del Amorrheo,del Cananeo, del Pherezeo, del Hetheo, del Heveo, del Jebuseo hastaquitalles la vida»; agregando: «y no tengas con ellos misericordia», nec misereberis earum. Y así mismo, por boca del profeta Samuel,mandole decir a Saúl que destruyera a los Amalecitas, sin perdonarhombres, ni mujeres, ni niños aunque fuesen de leche, a fin de no dejarrastro ninguno de ellos ni de sus haciendas. Nosotros debemos también,como un acto expiatorio, descepar de cuajo de nuestro suelo esta plantaponzoñosa. No echemos en olvido que somos, en los modernos tiempos, elpueblo de Dios, como lo fue Israel en los antiguos. Nada debeextrañarnos que pueblos semibárbaros como Inglaterra, Alemania, Bohemia,Hungría se contaminen; pero ¿cómo habemos de tolerar nosotros, de quienDios no aparta su confianza, al siervo idólatra y blasfemo en nuestrapropia heredad? Ya sea por la expulsión sempiterna, ya por el totalexterminio, si el caso lo pide, haciendo en ellos un Vesper Siciliano,antes que lo hagan ellos con nosotros, el cielo nos ordena, a lasclaras, rematar la obra de purificación.

—El miedo a la sangre, hijo mío—prosiguió diciendo el canónigo,—es unbajo instinto del hombre. Jehová se espanta del vicio, de la impiedad,de un solo pecado, pero no de la sangre vertida justicieramente. Lasangre es el riego necesario de toda buena germinación, y el Señor lahace correr a su tiempo con la misma benignidad con que escurre losnublados sobre los surcos. Las vidas humanas no valen sino por lo queresulta de su sacrificio, como los granos de incienso. Ahora, si sequieren remedios más suaves, también los hallaremos en la Escritura.

Meditó un instante y continuó:

—Oigamos al profeta Osseas sobre la tribu idólatra de Efraim: «Dales aéstos, Señor... ¿Qué les darás a éstos? Dales vientres sin hijos y tetasenjutas.»

Recapacitemos esta inspirada sentencia. Ella nos manda que loque se ejecutó con las gentes de Efraim lo realicemos nosotros con losfalsos conversos. Su Santidad, se entiende, lo permitirá, y médicos hayque saben cómo y con qué hacer con ellos y ellas este remedio; y seríaun blando acabar, poco a poco.

Habló así, con tono doctrinal y apacible, sin asomo de saña. El mancebole escuchó sorbiendo sus palabras como precioso jugo de sabiduría.Habían llegado, entretanto, a la plazuela de la Catedral. El templolevantaba su mole religiosa y guerrera en la calma cerúlea delanochecer. Un último reflejo dorado se apagaba en sus almenas.

El aire traía un tufillo de sartenes. El canónigo despidiose de Ramiro,y, al ir a penetrar en la iglesia, un lacayo le detuvo para decirle queel señor de San Vicente le mandaba llamar. La casa estaba a pocos pasos,en el barrio de San Gil.

XI

El señor Felipe de San Vicente, individuo del Consejo de las órdenes,Comisario de la Santa Inquisición y antiguo gentilhombre del Rey,recibió cordialmente al canónigo, tomándole una y otra mano en lassuyas. Luego, después de haber echado los cerrojos a las puertas,preguntole con brusquedad y misterio:

—¿Podría vuesamerced, señor canónigo, indicar algún hombre seguro parauna dificultosa misión en servicio de Su Majestad y del reino? Adviertavuesamerced—

agregó—que debe ser de harta limpieza de sangre, de muchareligión, de mucho ardid y denuedo, y joven, cuanto posible, de suerteque sus idas y venidas puedan achacarse a un amorío, por ejemplo.

El lectoral comenzó a estrujarse el labio inferior, como si buscaraarrancarse por aquel medio el nombre propio que convenía. De pronto,después de breve silencio, sus ojos se llenaron de claridad y respondiócon viveza.

—Sí, tal. Ya le tengo.

—Conozco a vuesamerced, y doy, desde luego, por seguro, que habráescogido con acierto—replicó entonces el hidalgo, acostándose, casi, enel sillón y estirando hacia el brasero sus piernas metidas en calzas develludo pardo.

En seguida, con verbosidad soñolienta, entrecortada sólo por los ásperosesfuerzos con que descargaba de rato en rato su garganta, fuele diciendoque, según recientes averiguaciones, los moriscos preparaban unlevantamiento general en todo el reino, y que era menester sorprenderlescon las manos en la masa.

—Tenemos sospechas—agregó—de que en esta ciudad existe un esconditede conspiradores, donde continuamente se reciben mensajes sediciosos deAragón y Valencia. Pero todo esto, señor canónigo, precisamos saberlocon certeza, pues la mayoría del Ayuntamiento aboga por ellos, yabundan en toda España señores de título que, por no ver sus tierrasabandonadas, les tienden solapadamente la mano.

Dijo luego que la Junta de Madrid acababa de encomendarle, sin atender asu edad y a sus dolencias, aquella difícil misión, que él queríacompartir con un hombre de iglesia, cuyo especial ministerio le pusieraen mejores condiciones para conocer las dotes o defectos de algún vecinode la ciudad. Con la voz cada vez más ronca y más baja, pasó luego aexplicar las instrucciones que el canónigo debía transmitir a su agente.El

mismo

se

narcotizaba

con

su

propio

discurso.

Ya

era

imposiblecomprenderle. Su palabra vacilaba, se extinguía. Entonces, escupiendo,por última vez, dobló la cabeza sobre el hombro, y quedose dormido.

El lectoral no supo qué hacer. Los cerrojos estaban echados y las mechasdel velón crepitaban en ese momento, amenazando apagarse. No había,tampoco, un solo libro sobre la mesa, y él había olvidado su breviario.Pensó entonces que no hay situación en la existencia que resista a unesfuerzo superior de filosofía y, olvidando la circunstancia y la hora,púsose a contemplar a aquel hombre de obscuro entendimiento que, habíalogrado fácilmente los altos honores, hasta ser uno de los másinfluyentes personajes de la comuna, tenido en gran predicamento por elRey. Su estatura era menos que mediana, su espalda un tanto jibosa, subarba rojiza. Había en todo su rostro una tristeza cómica de bufón. Sulabio inferior se alargaba hacia afuera con lúbrico y tembloroso gesto.

La estirpe de los San Vicente era antigua en la ciudad, aunque no de lasmás ilustres y encumbradas. Arrancaba, sin embargo, de una María de LaCerda y exornaban su árbol genealógico Juan Mercado, primer caballero deMilán, Tomás de San Vicente, llamado el Valeroso, y, sobre todo, RuyLópez de Avalos, condestable de Castilla. Los caballeros de su nombrepodían reposar, por remoto privilegio, en el crucero de la iglesia deSanta María del Castillo, en Madrigal, favorecida por una capellaníadel Condestable. Así también, en Avila, tenían derecho a ser enterradosen la parroquia de Santo Tomé, donde existe la capilla de su linaje; enSanto Tomás el Real, dentro mismo del templo; y en los lucillos de SanVicente, en cuya iglesia estaban pintadas las armas de aquella familiasobre los asientos de la capilla mayor, según uso calificado y antiguo.

Al observar la barba de Don Felipe, aquel rojo vellón donde la luz delaceite ponía ahora toques purpúreos, el canónigo pensó en las razasantiguas venidas hasta la Iberia desde los mares tempestuosos del Norte;y cerrando, a su vez, los ojos, soñó con repugnancia en bárbaros rubiosy en carnosas hembras desnudas, con cabelleras color de naranja, comoseñaladas, desde entonces, por un reflejo infernal.

De pronto, la puerta se sacudió con estrépito, y oyose en el corredoruna voz desesperada que comenzó a gritar:

—¡A mí! ¡A mí! ¡Socorro! ¡Soy muerto!

El canónigo saltó del asiento, descorrió el cerrojo y abrió. Era unlacayo. El infeliz, con el semblante blanco como el yeso, sin soltar desus manos una silla de montar, cubierta de terciopelo azul, fue aarrojarse a los pies de su señor.

—¿Qué sucede?—preguntó mal despierto el hidalgo.

—Es don Pedro, don Pedro que me busca para acuchillarme. ¡Agora llega,ahí está!—agregó el lacayo, señalando hacia el corredor y temblando depies a cabeza como endemoniado.

En efecto: instantes después, entró el hijo segundo, loco de ira y laboca contraída por una mueca de exterminio. Al topar con el sacerdotelevantó la mano derecha hacia atrás y la lumbre del candil hizocentellear, en el aire, su larga espada desnuda.

El Señor de San Vicente meneó de un lado a otro la cabeza, con sonrisaagria, dolorosa. Entonces el segundón acercose al lacayo y pinchole elrostro con el acero.

—¡Teneos, en nombre de Cristo!—gritó reciamente el canónigo, asiéndoleel brazo.

El mancebo se contuvo y envainó la hoja de golpe, mientras el criadoexaminaba su propia sangre en los dedos.

—No bastaba que fuese yo el desheredado, el estorbo, el hijo maldito,sino que agora les es permitido a los criados de mi hermano hacer mofade mí—rugió el segundón, mirando de hito en hito a su padre yrecorriendo a trancos la cuadra.—

Vuestra es la culpa, señor, que mehabéis rebajado a la par de la servidumbre. El mayorazgo, los honores,las caricias, todo es poco para Gonzalo. Precisáis, además, cubrille dejoyas, como a un santo milagroso, dalle todo lo bueno; el mejor caballo,la espada más rica, y gastar en sus galas más de lo que podéis. ¡Oste!Ha poco le disteis el medallón de los rubíes, luego vuestra daga de oroy un talabarte bordado, ¡y a mí nada, nada!, y me dejáis andar por laciudad pobre y andrajoso como un villanejo. Para un hermano el festín,para el otro el hueso y la asadura. ¿No nos parió ¡voto a Cristo!

elmesmo vientre?

Afeminando la voz de modo burlesco, continuó:

—Idos a América o a Flandes, hijo mío, o entrad más bien en la Iglesia,y os daremos nuestra capellanía de Santa María del Castillo, enMadrigal: es lo que me decís todo el año. Pero aquesto no basta. Sabéisharto bien que soy amado de Beatriz desde niño y queréis asimesmo que ledeje la dama a mi hermano. Es con ese pensamiento que me dejáis podrirsobre las carnes estas ruines bayetas, para que no pueda mostrarme antemujer alguna. Mirad esta espadeja si no parece de vil estudiante. ¡Ah!,pero ruda y basta como es, sabrá vengar el entuerto. ¡Oste! Hace un año,señor, que os pedí un arnés para el rocín, y ni esto—exclamó, haciendosonar la uña del pulgar en los dientes.—Agora os llega este caparazóny, despreciando mi demanda, se lo mandáis a él, que ya tiene sobrados.Todavía este puerco—exclamó señalando al lacayo—me lo enseña de lejoscon sorna; se lo pido para mirallo, y echa a correr dando voces.

Don Felipe seguía moviendo, de tiempo en tiempo, la cabeza, sin levantarla mirada.

—¡Ah, señor!—prosiguió el segundón—la postre no os sabrá tan dulcecomo esperáis, ¡No! ¡No!—gritó bruscamente, golpeando con el tacón enel suelo y dando dos alaridos que resonaron de trágica manera,semejantes a la voz de un demente. Una de sus calzas se desató, dejandodesnuda su pierna muy blanca y vellosa.

Esta vez el hidalgo se atrevió a decir:

—Calmaos, hijo; es la dura ley de la nobleza: sois el segundo. Encuanto a Beatriz, vos mesmo sabéis que ama a Gonzalo desde la infancia.

El mancebo fue a ponerse casi en cuclillas delante de su padre, y cara acara, con los ojos fulgurantes y con voz ronca, aciaga, terrible, volvióa gritar:

—¡No! ¡No!...

En ese momento entraba el hijo mayor. Su venera, su espada, el joyel dela gorra, chispeaban en la penumbra. Al moverse dejaba oír rumores demetal y de seda.

—Seguro estoy—dijo soberbio, increpando a su hermano, después de habersaludado al canónigo—que reñíais a nuestro padre.

—Así es verdad—contestó el hidalgo;—me reñía porque os enviaba esecaparazón, con que me obsequia el alcalde de Toledo.

El lacayo se adelantó a ofrecérselo. Las armas de la familia estabanbordadas, a uno y otro lado, con sedas multicolores, sobre el terciopeloturquí, y, en toda la tela, el aljófar perlaba como cuajado rocío losarabescos de plata y de oro.

Ante aquel precioso jaez, el mayorazgo olvidó un momento a las personasque le rodeaban y pareciole verlo recubriendo su caballo valenzuela. Elrostro de Beatriz, tras las celosías cruzó por su espíritu. Luego, comodespertando:

—Dejalde, padre, que se atosigue con su propia ponzoña—exclamó.—Peorpara él si no sabe aceptar su condición.

Esta frase, lanzada con arrogante menosprecio, fue como un fustazo enlas orejas de un tigre. El segundón, tendiendo en el aire sus manoscrispadas por el ansia fratricida, lanzó de su boca fiero torrente deinsultos y amenazas incomprensibles; mientras el mayorazgo, inmóvil ydescolorido, le miraba con sonrisa convulsa, la mano derecha en la daga.

De pronto, al escándalo de las voces, doña Urraca, la mujer del hidalgo,apareció en la puerta cual brusca visión. Todos volvieron el rostrohacia ella. Un silencio glacial se produjo en la estancia. ¡Hembra gravey hermosa! Una red de perlas le aprisionaba el retinto cabello. Su tezera pálida y morena, su empaque soberbioso. Hubiérase dicho una flor dehierro.

—¿Qué

pensará

vuesamerced—exclamó,

dirigiéndose

al

lectoral—de

tamañavergüenza?

Luego, encarándose con su esposo:

—Nada de esto sucediera si no fuese vuestra cobardía. Poco falta yapara que nuestros hijos se acuchillen en vuestras barbas.

El hidalgo bajaba cada vez más la cabeza, y sus manos frotabannerviosamente los brazos del sillón.

Doña Urraca prosiguió:

—¿Qué sangre villana lleváis en esas venas, señor, que no os dejavolver por la honra de vuestra casa?

Herido por aquel ultraje, el hidalgo atiesó de pronto su cuerpo.

—Ya os he dicho mil veces, señora—replicó levantando la frente ymostrando sus ojos humedecidos,—que mi sangre es tan clara y tan limpiacomo las mejores de España. El señor canónigo que está aquí presente, yque conoce harto bien mi abolengo, podrá atestiguallo. ¿Porventura—agregó poniéndose en pie—es cosa de nada un linaje que vienede Sancho de San Vicente y de doña María de la Cerda, y que cuenta condos condestables de Castilla?

Su mujer le respondió con una sonrisa, entreabriendo apenas un extremode su boca.

En seguida, y habiéndose despedido del lectoral, levantó supreciosa mano, exornada de randas, y, mirando en los ojos a losmancebos, díjoles con imperio:

—Vosotros seguidme.

Volvió las espaldas, segura de ser obedecida, y desapareció. Los doshermanos se fueron tras ella, y durante unos segundos oyose alejarse porel corredor el golpeteo de las espuelas.

Cuando el canónigo, ansiando retirarse, preguntó a don Felipe si podíadecentar, desde luego, el asunto de la pesquisa, el cuitado señor tardóun buen rato en darse cuenta de la consulta. Meneó, por fin, la cabezaafirmativamente y le dijo que ponía, del todo, en sus manos aquelladelicada misión.

Al hallarse de nuevo, sin testigos, don Felipe sacó de la faltriquera unviejo rosario y, besando la cruz repetidas veces, púsose a sollozar comouna mujer.

XII

El lectoral pasó toda la noche con la pupila abierta en la obscuridad,como un búho.

Imposible dormir, y en todo su cuerpo una comezóninusitada. No era la conocida mordedura de las bestezuelas habituales.No. Era un ardor en la sangre, un hormigueo de voluntad, de impaciencia.

Antes del primer canto del gallo, descorrió las mantas del lecho, y enun santiamén, con verdadera brevedad eclesiástica, hallose vestido.Cogió entonces sus Horas Canónicas, y, como solía hacerlo a menudo,descendió a la iglesia para subir en seguida a la segunda plataforma delalmenado Cimborio, que forma a la vez el ábside de la Catedral y eltorreón más ancho y más fuerte de la muralla.

Era a fines de abril. El hálito del alba apaciguó en todo su ser lairritación del insomnio, como una ablución de rocio.

La niebla tomaba en torno vago irisamiento, cual si el amanecerencendiera su primer rubor en el naciente.

No se escuchaba rumor alguno. Avila dormía.

La esquila de algún convento dio un toque tímido, quedo, necesario.

El canónigo aspiraba con delicia un olor de piedra húmeda y de hierbasinvisibles que sus pies hollaban al caminar.

Algunas formas rectangulares iban apareciendo, aquí y allá, comosuspendidas en la atmósfera. Los techos insinuaban su confusión en tonoslechosos, más o menos intensos. El canónigo sentía nacer y flotar unaconfianza nueva, una bondad respirable, una media luz gozosa y virginal,que él asemejaba a la claridad que la eucaristía difunde en el alma.

Las torres y contrafuertes del templo fingían majestuosa visión entre elcendal de la aurora; y, a uno y otro lado, los cubos de la muralla sealejaban, solemnes y espectrales, cada vez más vaporosos, hastadesaparecer por completo. El canónigo sintió, como nunca, la evocaciónlegendaria de las almenas. Galaor, Esplandián, Amadís, Lanzarote...desfilaron. Era la hora en que los caballeros andantes dejaban loscastillos. Sus armaduras reflejaban la claridad nebulosa...

Un gallo cantó.

Hizo a un lado el recuerdo de aquellas historias dominantes, que lehabían robado tantas horas de oración y de estudio, y, como no era fácilleer aun el Oficio, dejó de caminar y apoyó el codo en la piedra.

Junto a él, sin miedo alguno, gorriones entumecidos se secaban elplumaje sobre el parapeto. Otros se tomaban del pico amorosamente. Ya sedistinguían, a pocos pasos, las rojas amapolas y las borrajas azules,abriendo sus pétalos entre las hierbas infinitas que crecían sobre eladarve, con más vigor que en el campo. La niebla comenzó a disiparse, ahacerse más nacarada, más diáfana. Luenga barra purpúrea se encendió enel naciente, comparable a un alfanje de cobre.

En la ciudad las callejuelas se ahondan. El palacio del Arzobispodestaca, en torno del patio, su enorme techumbre. La piedra roída de laCatedral, las enormes almenas redondeadas por los siglos se tiñen deaurora.

Bien pronto el canónigo ve aparecer, a lo lejos, sobre las colinas, lassombras grises de los campesinos que se dirigen al Mercado Grande, juntoa San Pedro.

Comienza extenso rumor, cantos de corral, golpes de martillos en lasbigornias, crujir de cerrojos, voces indefinidas.

El sol acaba de asomar sobre el perfil de un collado. Es un ascuadesnuda, atizada, flamígera, ígneo carbunclo, que lanza hacia lo altodos rayos sublimes. El lectoral recuerda los dos cuernos de llama deMoisés; y resuenan, al pronto, en su memoria los versículos de laEscritura que dictan la ley elemental y el deber de castigar a losadoradores del becerro.

—He aquí—exclama—que el Señor se sirve agora de este signo, hartoelocuente, para incitarme al castigo del pueblo avariento y blasfemo deMahoma.

Una gran emoción sagrada dilata su fantasía. Va a cumplir un santodeber; y quién sabe si al encomendar a Ramiro la importante misión no leencamina derecho a los más grandes honores.

Desde algún tiempo, el canónigo cifraba toda su esperanza en aquelmancebo de alto linaje, que él venía adiestrando para llevarle despuéscomo halcón en el dedo. El señor de San Vicente había dicho quecomunicaría el resultado de las indagaciones a la Junta de Madrid. ¿Nosacaría él mismo de esta empresa el báculo y la mitra?

No habían sonado aún las doce campanadas de mediodía cuando VargasOrozco mandó en busca de su discípulo.

Sentáronse en un escaño de la sala capitular.

Ramiro escuchó a su maestro con la sumisión acostumbrada. Vivaz,enérgica, perentoria fue la consigna. Debía recorrer a menudo el arrabalde Santiago, introduciéndose en los patios, en las posadas, en losbodegones, hasta sorprender alguna plática reveladora. Era precisohallar, cuanto antes, el rastro, y caer de sorpresa, en flagranteconspiración, aunque se arriesgase la vida. Terminó con estas palabras:

—Alguien opina que, a fin de no ser sospechado, conviene simular unamorío.

Pensad, de todos modos, que lo haréis con un santo propósito.

Habían dejado la sala capitular y caminaban ahora por las naves de laiglesia. El canónigo volvió a decir:

—Tomad ejemplo, hijo mío, de estos graves sepulcros do descansanaquellos varones antiguos, que ponían a riesgo diario su vida por servira Dios y ennoblecer su linaje. Miradles sucederse, desde tiemposremotísimos, trabados como vértebras y traspasándose unos a otros esetuétano de la honra que agora se alberga en vos mesmo.

Ramiro sintió un calofrío. Era la virtud habitual de aquel vocablo queacababa de pronunciar el canónigo: ¡la honra! Divinidad vaga, deconfusos mandamientos; pero cuyo solo nombre le hacía latir más ligeroel corazón y le encendía puntilloso calor en el rostro. Su rosario,envuelto en la guarnición de la espada, golpeaba el metal con lascuentas.

—Esto que agora emprenderéis—agregó el lectoral—será en servicio dela santa Iglesia de Cristo. Si queréis llegar muy lejos, dejaos conducirpor ella, sin examinar demasiado la postura o la senda que sus sabiosdesignios os indiquen.

Pasando por una puerta del crucero entraron en la claustra.

En el patio el sol ardía sobre las piedras, y la extraña cresteríaplateresca destacaba su cárdeno granito sobre el índigo ardiente delcielo. Insectos transparentes se levantaban del herboso jardín ynavegaban en la luz.

Bajo las bóvedas, junto a la capilla de las Cuevas, dos alarifes,rompiendo un trozo de pared, acababan de descubrir un sepulcro. Ramiro yel canónigo se acercaron. No había inscripción alguna; sólo un toscorelieve que representaba a Nuestra Señora y al Niño, como si aquellobastase en la muerte. Nuevo golpe de piqueta ahondó la abertura, y unanubecilla cenicienta levantose como el humo en el aire. Uno de losobreros introdujo la mano y sacó un pequeño objeto de metal. Era unaespuela, un acicate verdoso y roído. El canónigo tomolo respetuosamenteen la mano, y levantándolo hasta el morado rayo de sol que entraba através de la vidriera, comenzó a decir, como alguien que delira:

—¡Cuántas veces una aparición de alquiceles en el horizonte le habráhecho batir el ijar, heroica y sanguinaria! He aquí, Ramiro, el emblemade la caballería, el blasón de la bota y la sonaja del honor. Su soloruido en las losas ennoblece toda la traza del hidalgo.

Sonriose un momento, mostrando su fuerte dentadura, y luego, con gestograve y casi compungido, prosiguió:

—¡Lástima es que algún epitafio, docto y elegante, no nos diga la casay los honores del antiguo caballero, cuyas son estas cenizas!

Por fin, entregando la espuela, para que fuera colocada otra vez en elsepulcro, terminó de este modo:

—Vuelve a descansar con los huesos de tu dueño, reliquia de la viejahonra cristiana, mientras nosotros rezamos una oración por el almadesconocida, que seguirás ennobleciendo en la muerte.

Quitose el sombrero, e inclinando la cabeza, musitó una plegaria. Ramirole imitó.

XIII

El comienzo de la difícil empresa vino a recoger su desparramadaenergía. Hasta entonces, Ramiro divagaba por el mundo desmesurado yquimérico de las ambiciones nacientes. Pasábase las horas y las horasimaginando hazañas inauditas o exaltando ansias de imperio y degrandeza, que él miraba luego colmarse una a una, a lo largo delporvenir, como tinajas de subterráneo tesoro.

El recogimiento extremaba su fiebre. No contaba con un solo compañero desu edad.

Desde temprano, a pesar de la oposición de su madre, buscó eltrato de algunos mancebos. Llegó a conocer a un Núñez Vela, a unValdivieso, a los dos hermanos Rengifo, a Diego Dávila, a Nuño Zimbrón.Soñó con amistades heroicas, fue todo franqueza y ardor, ofreciendo, sinambages, en rebosante copa, la lealtad de su pecho; pero no tardó enadvertir que sigiloso encono crispaba todos los labios en su presencia yque su mano calurosa no estrechaba sino dedos laxos y fríos. En cambio,los demás se agasajaban entre ellos, y aquella hostilidad común haciaél, aquella tácita conspiración, parecía estrecharles mayormente.

—¿Por qué? ¿Por qué?—se preguntaba sin cesar con varonil mansedumbre ysin querer pensar en la venganza,—¿por qué no me ha sido dado lograresa cordialidad que se le brinda a cada paso a un imbécil y a veces a unmalvado, a un felón?—No maliciaba aún el peligro de aquel ingenuoaliento de orgullo y de fuerza a que todas sus frases trascendían.

Por fin, paseándose una tarde por la Rúa, con Miguel Rengifo, el únicoamigo que le quedaba, díjole en un momento de afectivo calor:

—Si yo medro, Miguel, e después de algún hecho señalado me hacengobernador de una plaza, os he de llamar junto a mí para haceros miprimer capitán.

Rengifo, a quien todos llamaban el enano, por su mezquina estatura,giró sobre sus talones y respondió con enfado:

—¿Y por qué no he de ser yo quien medre, e os llame junto a mí, e oshaga mi capitán?

Aquel amigo no volvió a presentarse. Ramiro embozose entonces una y dosveces en su propia altivez, y aceptó la soledad, volviendo la espalda.

Día a día, cada vez más alerta, visitaba Ramiro el arrabal de Santiago.El temor del peligro le había dejado para siempre desde los primerosaños de mocedad.

Consideraba ahora, con fatalista desenfado, la propiavida y la ajena. El orgullo de su misión vino a duplicar su ardimiento.Era un agente de Su Majestad, portador de grave secreto de gobierno.Quién sabe si no se le había escogido deliberadamente, desde la Corte,con la traza de una casual designación. De todos modos, aunque así nofuera, el monarca oiría muy pronto su nombre.

A veces, al caminar por las revueltas callejuelas de la morería,imaginaba haber descubierto toda la trama de la conjura, y parecíale verante sí la figura sobrehumana de Felipe Segundo, acercándose gravementey echándole al cuello la venera de un hábito.

Salía mañanero, sin mula ni lacayo, y vestido de ropas sencillas que noatrajesen la mirada; pero llevando, eso sí, la hermosa espada templadaen Toledo, con que le había obsequiado su tío abuelo don Rodrigo delAguila, una daga de provecho y el consabido coleto de ante, por debajodel jubón.

Dejaba casi siempre la ciudad por la puerta de Antonio Vela, y simulandoun andar ocioso y errante, bajaba por algún atajo de la cuesta delmediodía. En el reducido arrabal de Santiago había más tráfago y rumorque en la ciudad entera. La fecundidad de la raza palpitaba al aire yal sol. Los encalados zaguanes vomitaban hacinamientos de chiquilloscasi desnudos, sobre la sucia calzada. Se comerciaba a gritos. A cadainstante estallaba una gresca. Oíase el continuo rumor soñoliento detornos y telares, semejante al de populosa plegaria en alguna mezquita.

Los hombres vestían casi todos a la española; algunos llevabangregüescos de lienzo, como la gente de mar. Las mujeres, saya de coloresaldeanos y juboncillo corto. Era placentero ver llegar por las callejasla figura ondulante de una joven a veces descalza; pero luciendo, sí, ensu primoroso peinado alguna rosa amarilla o algún sangriento clavel,prendido con garbo en las trenzas. Su cadera se ofrecía y se esquivabaal andar. Su sonrisa era mejor que los collares. Los hombres se deteníanpara contemplarla. Algunos la susurraban al oído palabras en algarabía.Otros levantaban la cabeza y sorbían el aire como camellos,libidinosamente.

Sin preguntar el precio, arrojando sobre el tablero alguna monedaexcesiva, Ramiro solía comprar un perfumado jubón para alguna mozuela, ozapatos infantiles con que después obsequiaba a las madres moriscas.Comenzó sus paseos con el corazón encogido por el odio; pero, poco apoco, su misma caridad, aunque fingida, sus mismos gestos protectores, yla dulzura que recogía de todo los rostros, le fueron ablandando laentraña y haciéndole descubrir, a cada paso, nuevo embeleso en aquellavida graciosa y sensual de los musulmanes.

Los bodegones eran los mejores sitios de espionaje. El más concurrido selevantaba frente a la iglesia de Santiago. Dirigíalo un morisco a quienllamaban el Nazareno, por su semejanza quizá con algún Crucifijo muybarbado y negruzco de las ermitas. A las diez de la mañana o a las seisde la tarde, caía a aquel figón toda clase de gentes.

Trajineros quedejaban en el patio el macho y el botijo, labradores del valle queentraban secándose con todo el brazo el sudor de la frente, zapateros,olleros, caldereros y tejedores del arrabal. Ramiro cruzaba también laspiernas sobre el esparto, y pidiendo cualquier golosina, poníase aobservar por debajo del aludo sombrero.

Cierta mañana pasó al trascorraly vio matar una ternera con la cabeza dirigida hacia el naciente. Dosancianos inclinaron el rostro balbuceando una oración, y, al notar queaquel mancebo no se inclinaba como ellos, le miraron con asombro. Ramirose retiró orgulloso del secreto que acababa de sorprender; pero no tardóen advertir que los alguaciles que caían al figón presenciaban a menudoaquellos ritos diabólicos, y que el Nazareno los cohechaba con solo unrubio y chispeante buñuelo, recién sacado de la sartén.

Ramiro acabó por atraer la atención. Le hablaron en algarabía y no pudocontestar.

Varios gañanes de la dehesa le reconocieron y, desdeentonces, las miradas se tornaron cada vez más hostiles.

Una tarde, de vuelta a su casa, al pasar junto a unos árboles, pordetrás de la iglesia de Santa Cruz, oyó de pronto una fuerte detonacióny a la vez breve silbido que pasó por encima de su cabeza. Volvió lamirada. A su izquierda, blanca y redonda nubecilla flotaba en el aire.Le habían disparado un arcabuzazo. Desenvainó la espada y recorrióvelozmente el paraje en todo sentido. No había nadie. Al continuar sucamino y al descubrirse instintivamente, advirtió, a uno y otro lado dela cumbre de su sombrero, dos agujeritos redondos.

No dejó por eso de volver al bodegón del arrabal. Los moriscos lerecibían ahora con extraño semblante, hablándose entre ellos. Cierta vezle invitaron a beber, ofreciéndole un vaso lleno hasta el borde. La ideadel hechizo o del veneno cruzó por su espíritu. Iba a aceptar, sinembargo, cuando un personaje venerable, vestido como caballero yluciendo en el cinto corva daga cubierta de pedrería, se levantósúbitamente del más obscuro rincón y, una vez junto a él, le dijo,deteniéndolo el brazo:

—Beba vuesamerced en esta taza, menos indigna de un hidalgo.

Y ofreciole su obscura taza de acero, llena también, y ornada de hermosaataujía de oro purpúreo.

Ramiro bebió resueltamente, confiado en su destino.

El hombre de la daga miró a los demás con expresión inexplicable.

No era nuevo su rostro para Ramiro. Recordaba haberlo visto repetidasveces en su vida y, en ocasiones, había regresado a su casa preocupadocon aquel encontradizo, que se cruzaba con él, tan a menudo, en laspuertas de la ciudad. ¿No sería el mismo personaje misterioso que habíadado muerte al jabalí, en aquella partida de caza?...

Ramiro, al dejar la pastelería, iba comparando en su memoria elsemblante del hombre con la figura casi desvanecida de su recuerdo,representándose, a la vez, toda la escena lejana...

Haría cosa de diez años. Don Alonso Blázquez había invitado a unacacería a muchos caballeros de la ciudad. Ramiro y su madre asistieron.Era un día de octubre.

El iba con otros mancebillos entre las damas, yparecíale verlas todavía vestidas de terciopelo verde o leonado, ygalopando en sus hacaneas, por los campos luminosos, en seguimiento delos hidalgos.

Bravo jabalí, volviendo de los cebaderos, logró traspasar la fila decazadores; luego, atravesando un seto compacto y espinoso, entrose porun bosque de encinas, en dirección a la sierra. Soltadas las traíllas,los perros alcanzaron a la res y consiguieron pararla, a cortadistancia, mientras los monteros buscaban vanamente un boquete en elvallado. Entretanto, a cada navajada del puerco, aculado contra unárbol, rodaba un can por el suelo, derramando las tripas. La lucha sehacía cada vez más feroz. Los alanos le asían de las orejas, losventores de las patas traseras, los perneadores de donde podían, y noera posible ayudarlos. Las damas gemían al ver morir, uno a uno, a loshermosos lebreles amarillos y blancos. De pronto un caballero, venidoquién sabe de dónde, pasó hacia la derecha de la comitiva sobre lustrosocorcel y, haciéndole tomar un impulso inverosímil, saltó del otro ladodel cerco. Echó pie a tierra en seguida, y, desviando a uno de losventores, asió con una mano el cerro de la fiera metiéndole con la otrael puñal por los sobacos. El jabalí se desplomó; y el caballero,volviendo a montar, y saltando otra vez el vallado, saludó con la gorraa las damas, alejándose a escape. Su gran capa amarilla flameaba en elviento, como bandera que se lleva el enemigo. Todos le miraron atónitos.Ramiro recordaba que su madre, no habiendo visto nunca una cacería, sedesmayó; y parecíale ahora que aquel cazador misterioso no era otro queel personaje que acababa de ofrecerle, en el figón, su vaso de acero yde oro purpúreo.

—¿A qué pensar en esto?—se dijo por último.—Lo que importa es queestos perros sospechan y buscan el modo de librarse de mí. ¡Un amorío!Sin esta máscara no podré continuar.

Algunos rostros de tejedoras, de fruteras, de simples mozas de cántaro,desfilaron por su mente.

El sol se había puesto. Las calles estaban desiertas. Un rumor decelosías resonó junto a él y, antes de que pudiera admirar la blancurade un brazo, cargado de brazaletes, que asomó entre las maderas, unaflor, un rojo y ancho clavel, golpeole con viveza en el rostro. Ramirose acercó a atisbar por la abertura. No se veía sino la hueca lobreguezde una estancia. Sin embargo, escuchábase por momentos una risa tenue ytemblorosa comparable al ceceo del agua en las fuentes.

Después de esperar en vano, subió hacia la ciudad. El torreón delAlcázar destacaba su sombra formidable sobre el cielo límpido y verdoso.Era casi de noche.

XIV

Al día siguiente, Ramiro descendió, como de costumbre, por la cuesta deSanta María de Gracia y dirigiose a los sitios más frecuentados delarrabal de Santiago, dispuesto a escoger su aventura.

Bajo aquel mediodía radiante de junio, la plaza del Rollo presentaba elaspecto de un mercado berberisco.

Hacia el poniente, en una callejuela entoldada, se aglomeraban, a lasombra, sobre el suelo, las vistosas mercaderías. Un anciano, vendedorde perfumes, aspiraba él mismo sus pomos, fingiendo indecible deleitepara tentar a las mozas. Ramiro cruza aquel sitio y advierte algo máslejos un tumulto de curiosos que se agolpa junto a las carnicerías.

—Alguna gresca de matarifes, alguna muerte—se dijo.

Pero luego recordó que era sábado, y que aquel día de la semana losjiferos moriscos, siguiendo vieja costumbre, tenían la obligación dealimentar a su costa a las aves de caza de los señores de la ciudad.Había presenciado muchas veces la escena, siendo niño. Se acercó.

Era un gran corro de gente, como el que rodea a los juglares ybailadoras.

Los moriscos iban y venían trayendo la carne en espuertas o cacharros,mientras los impávidos halconeros esperaban, tranquilamente, junto a lasaves. Debía ser harto grande la pasión de los avileses por la caza dealtanería, a juzgar por aquel sinnúmero de pájaros.

Veíanse neblíes, de dedos luengos y finos, que miraban con altivodesprecio el varal y querían ser llevados siempre en la mano; hartohalcón zorzaleño, con la pinta amarilla como gota de azufre, y las patascargadas de cascabeles para aturdirles el ardor; cenicientos alfanequesde Tremecén, de pupila siniestra; sagres de Asturias con plumas entrelos dedos; gerifaltes de Noruega, blancos como gaviotas; y uno que otrode aquellos que llamaban letrados en Castilla, por sus alas escritas,a lo ancho, como las fojas de un libro. Había también melancólicoslaneros de Galicia, baharís de Mallorca, rubios tagarotes de Berbería; yno faltaban, por cierto, los ilustres gavilanes de Pedroche, que sólo sedignaban caminar sobre un paño de tinte vistoso. Los azores abundaban.Azores de Noruega, de Cerdeña, de Esclavonia; y aquellos que hizo traerde Algeciras don Alonso Blázquez Serrano, más chicos que los otros, peroque bajaban dos ánades a un tiempo y apresaban la liebre sin la ayudadel galgo.

Allí dos halconeros, por distraer a la muchedumbre, le ponían y lequitaban el capirote a un rabioso gerifalte. Aquí otro, con la librea delos Dávila, soltando la lonja a un azor, le dejaba subir en los aires,para hacerle descender en seguida con presteza, agitando el señuelo enforma de codorniz.

Ramiro observó con admiración aquellas aves sanguinarias, aquellospájaros taciturnos y crueles, pavor de las raleas y únicos dignos deposarse sobre el guante de un rey. Eran los hidalgos de la innumerablevolatería, los conquistadores, los capitanes, la prez de los aires. Elpico famélico, la uña feroz, el ala épica y rauda, lanzábanse sobrecualquier pajarote, por temible que fuese, y parecían complacerse en lasheridas monstruosas que recibían a menudo en las alturas. Sin habérseloformulado jamás, el mancebo reconocía un emblema de su ánimo en aquellosavechuchos que, aun dormidos sobre la percha, lanzaban, a uno y otrolado, picotazos bravíos, soñando en presas imaginarias.

En cierto instante, sintió que le tocaban el hombro, y, al volver lacabeza, hallose con una figura que no se había borrado de su memoria.Los mismos collares la adornaban; pero vestía un ropaje menos haraposo ysiniestro que el de aquella tarde, junto a La Encarnación. Era laanciana a que él llamaba en su recuerdo: la hechicera.

—¿No vos fizo daño, ayer noche, el clavel?—preguntó la mujer,mirándole en el rostro con azucarada sonrisa.

Luego, misteriosamente, bajando la voz:

—¡Si la vieses tú! Es la hembra más hermosa de Castiella. No hace máscosa en el día que perfumarse e cantar.

El mancebo recordó el incidente de aquella flor que una mano de mujerhabíale arrojado al rostro la víspera. La anciana continuaba:

—Es hurí del cielo más alto. Si te place tratalla, vente agora a lazaga de mí, sin hablarme.

Ramiro la siguió desde lejos.

Cuando hubo llegado a la puerta de una casa algo apartada, la mujerllamole con vago ademán. Entraron en un patio miserable. Los pilareseran de negruzca y carcomida madera. Añoso granado retorcía su ramajejunto a un aljibe. La cal reverberante, el azul denso del cielo, y lasflores rojas de las malvas en las ventanas formaban hechiceradesarmonía. Atravesaron cuadras atestadas de camas y traspontines, comoen los ventorrillos morunos. Sin embargo, algunos crucifijos en lasparedes y una que otra Virgen de talla sobre los bargueños, hacíanpensar en una casa cristiana.

Al cruzar otro patio, toparon con una silla de manos cerrada porcortinas de cuero.

La anciana dijo entonces que, para llegar hasta lahermosa del clavel, era forzoso dejarse conducir en aquel encierro aotra casa de la morería. Ramiro hizo con los hombros y el labio doblegesto de indiferencia. A una voz de la mujer llegaron dos silleteros consus anchas correas. El mancebo no quiso meditar demasiado el gravepeligro que corría al entregarse de aquel modo a cualquier tretacriminal, y entró en la silla sonriendo. Los cueros estaban cosidosentre sí, de tal suerte que no dejaban penetrar el más débil rayo deluz. La silla avanzaba. Por fin, después de largo lapso de tiempo,difícil de apreciar, se detuvo.

Ramiro, al descender, hallose en una cuadra ruinosa y obscura. Laanciana vendole los ojos con negra tira de lienzo y, tomándole de lamano, comenzó a conducirle a lo largo de algún corredor subterráneo, ajuzgar por el frío que sentía en las espaldas y el olor terroso delambiente.

Recordó pasajes semejantes que había leído en las historias decaballería, y pensó que todo aquello debía ser el principio de algúnepisodio memorable, digno de ser recordado en los venideros tiempos.

—Si mi constelación—decíase ahora a sí mismo—no anuncia que he demorir de esta guisa, todos los ardides serán vanos. Si, por elcontrario, éste ha de ser mi acabar,

¿a qué resistirme?

Bajaron algunos peldaños y la anciana silbó junto a él. Oyose entoncesun cerrojo que caía y el rechinar de la puerta. Tenue resplandor embebióel lienzo que llevaba sobre los ojos y un fuerte sahumerio embriagó susentido.

Desceñida la venda por los dedos de la mujer, hallose en árabe estanciacon azulejos en las paredes y techo de maderos entrelazados. Un hombreobeso, vestido de larga túnica azul, se alejaba. Había viejos divanescontra los muros, alcatifas y sofras sobre el piso de mármol, dos arcospolicromos y dorados hacia el fondo; y aquí y allá algunas tablecillasincrustadas de marfil y de nácar. Sobre una de ellas, un sahumador decobre desprendía tres hilos acelerados y rectos de perfume. La mujer,dejándole solo, se internó por las otras habitaciones gritando:

—¡Aixa! ¡Aixa!—en el silencio.

Al volver, acercose a la pared, y desprendiendo sutilmente una tablapintada, quitó de aquel modo el tabique interior de una hornacina,abierta en todo el grueso del muro.

De esas hornacinas que un arcominúsculo decora, y donde los musulmanes guardan, llenas de aguaescogida, ánforas, más o menos hermosas, cuyo consuelo cantan lasinscripciones en voladoras alabanzas que suben hasta los astros. Enaquel momento sólo aparecían en su interior dos babuchas femeninas colorde cinabrio. A un gesto de la mujer, Ramiro, quitándose la gorra,introdujo la cabeza, y miró hacia la estancia contigua. ¡Pareciolesoñar!

Era un cuarto de abluciones, lleno de paz secreta y somnífera. La luzsólo entraba por algunos agujeros de la bóveda, a través de gruesoscristales en forma de estrellas que imitaban el color del carbunclo, delzafiro, del topacio, del berilo. Hacia la parte opuesta, veíase unaalcoba profunda cubierta de almohadas, para saborear la languidez quesucede a los baños.

Pero no era la ancha pila cavada en el centro de la estancia y revestidade mármol, ni los cristales en forma de estrellas, ni los almadraques deterciopelo y de brocado lo que el mancebo observó con avidez sino ladesnuda belleza de una joven sumergida en el agua.

La quietud dejaba flotar o embeberse la suelta cabellera, enrojecida porel hené; cabellera esponjada y enorme que hacía pensar en los coposdestinados a tejer todo un manto. Algunos mechones, que conservaban laoleosidad de los ungüentos, pendían de uno de los bordes. ¿Era tambiénsu guedeja o las serpientes fascinadas de algún extraño sortilegio?...Ramiro admiró la dulzura de los párpados orlados de sombra, bajo lascejas alargadas por el kohl; y aquella rara sonrisa, aquella sonrisa deensueño, que estremecía levemente sus labios, como si un vuelo invisiblemantuviera sobre ellos cosquillosa frescura.

De pronto, la mujer abrió los ojos temerosamente, y sus grandes pupilasse dirigieron hacia el mismo sitio del muro en que se hallaba Ramiro.El, sin embargo, no había hecho el menor movimiento.

En ese instante, una criada, vestida sólo de angosta falda verde yamarilla, presentose en la estancia, apoyando en sus morenos pechosdesnudos un dorado azafate, sobre el cual venían los pomos, los botes,los pinceles, las tenacillas y otros menudos objetos que el mancebo noalcanzó a distinguir. Poco después, arrodillada al borde del baño,púsose a disolver sobre el cuerpo de su señora una substancia rosada ycorrediza, que desprendía almizclado perfume. La joven se estremeció depronto, como un pez sorprendido, entreabriendo luego los labios, cual siaspirara en el ambiente un ansia diseminada; y sus ojos volvieron amirar hacia la misma parte del muro.

Por fin, se incorporó; y la empapada cabellera estirose fuera del agua,rígida, pesada, rumorosa, al modo de las algas, cuando la ola desciende.

Entonces aparecieron, en su intacta firmeza, los dos fuertes pechosbruñidos y cuasi dorados como copas de ámbar; y el mancebo sintió correrpor toda su carne la tentación de aquella cintura cogida y de lasabultadas caderas, irisadas por la humedad y la penumbra.

La mujer caminó hacia la alcoba, con claro rumor de ajorcas ybrazaletes, dejando la huella acuosa de sus pies en el mármol. Cuando lacriada la hubo secado prolijamente y desgrasado sus cabellos con unatierra cenicienta, ella extendiose de espaldas sobre las almohadas yentregose, como muerta, al pincel y al ungüento.

Poco después, el hombre de la túnica azul, que Ramiro viera al entrar,presentose.

Traía en sus manos navaja y bacía de barbero. Acercándose,con celoso respeto, púsose a rasurar a la hermosa morisca, según el usode Oriente.

En ese instante, por encima de sus sentidos ávidos, Ramiro escuchó en suconciencia un grito de indignación ante aquella práctica lasciva de losbaños y aquel culto libidinoso de la propia carne. La sublime castidad,el ascético abandono, el desprecio y la mortificación del harapocorrupto de nuestro cuerpo, la santa fetidez de los religiosos, losadmirables anacoretas, dejándose podrir las ropas sobre la piel, como unanticipo de la sepultura: San Hospicio, comido por los piojos; SanMacario, sumergido en el cieno; Santa María Egipciaca, resecada por elsol como un cuero; Santa Pelagia, habitando entre sus propiosexcrementos; Santa Isabel, bebiendo el agua de lavar a los tiñosos; enfin: la sublime aspiración abriendo su corola de pureza sobre elestercolero corporal; y luego la penitencia, la disciplina, el cilicio,todo pasó por su mente como a la luz del relámpago.

Pero la severa visión no pudo persistir. Los sentidos tiraban de lastraíllas. El turbión de la virilidad apagaba la luces interiores. ¡Allíestaba ante él una mujer hermosa y desnuda, a dos pasos de su boca, desu juventud!

Dominado por aquella tentación, vibrando con ella, cual un junco en eltorrente, Ramiro no vio que la criada, describiendo un rodeo, se dirigíaa tomar las babuchas en el hueco del muro.

La mujer, al encontrarse en aquel sitio con una cabeza humana, lanzó ungrito de espanto.

Un momento después abriose la puerta que comunicaba con la cuadra delbaño, y el mancebo vio aparecer a la hermosa morisca, con los cabellosretenidos por linda almadraba de hilo de oro y esmeraldas redondas. Unblanco velo caía desde su cabeza hasta los anchos calzones de verdetafetán, adornados con glandes. Sin mirar a Ramiro, acercose a lahornacina, haciendo como que examinaba el ardid; luego, volviendo surostro, arrojó su indignación contra la anciana, en las sílabasguturales y fuertes de su algarabía. Denso rubor, como el aterciopeladocarmín de las rosas, coloreaba sus mejillas; pero en seguida, alreconocer al mancebo, una sonrisa hospitalaria, hechicera, talismánica,que mostró la blancura de sus dientes, tornó, al pronto, su semblanteclaro y tranquilo como la luna.

—¡Ah!, ¿eres tú, señor don Ramiro?—exclamó.—¡Bienvenido seas! Perdón,si ayer os hice daño con la flor, en la calleja. Buscaba te la echar alsombrero.

—No me hizo daño la flor—replicó Ramiro,—pero sí vuestra risa.

—¡Calla! Reía del gozo de verte a un palmo de mí. Yo me estuve encogidacabe la reja, e no me catabas.

Volviendo a la cuadra del baño, ella extendiose de pechos en la alcoba,ofreciendo a Ramiro una almohada para sentarse. Platicaron largo tiempo.Era para el mancebo un coloquio extraño, casi fabuloso. La sarracenapreguntaba, sin cesar, como los niños. El fleco de medallas, que colgabasobre su frente, aumentaba el misterio de sus pupilas.

A cada momentoofrecíale a Ramiro en sus dedos, cargados de sortijas, algunas alcorzas;y ella a su vez reía y reía al morderlas, reía como una mujersemibárbara, con cierta animalidad incomprensible y deliciosa; mientrassus pestañas, larguísimas e inquietas, parecían desprender ilusoriopolvillo de lujuria y de nigromancia.

XV

Cuando Ramiro hallose de nuevo en su casa, entre los objetos familiaresde su aposento, y, desceñida la espada, quitado el capotillo,desajustado el jubón, se arrojó sobre la cama, pareciole que suexistencia se internaba en el enredo de una historia novelesca. Sentíaese indeciso vivir, esa suspensión de contacto con la realidad, esecolumpiamiento sobre la vida, que producen en nuestro ser las grandesaventuras del alma. Además, la tentación descabalaba su juicio, cortabaen pedazos sus ideas y no las dejaba ligarse. En vano la concienciaquería formular el peligro que sus sentimientos católicos habían decorrer bajo el hechizo de mujer tan hermosa. Bocas sin rostro,clamantes, agoreras, pasaban en la obscuridad interior vociferandopresagios indescifrables. El no quería escuchar y se burlaba de susrecelos. ¡Estaba tan seguro de su profunda fe religiosa! Aun cuandofuera una infiel, ¿qué importaba? Aquel deleite sería un instante, unguiño de ojo en su vida. Saciado el deseo, sabría arrojar bien lejos elvaso, antes de llegar a las hondarras. Y acaso, ¿no era dado esperar queaquella mujer le transmitiese, entre una y otra caricia, el secreto quebuscaba? ¡Ah!, entonces sí que estaba seguro de la absolución delcanónigo. «Pensad que lo haréis con un santo propósito.» ¿No eran éstassus mismas palabras? ¿No se le había aconsejado que buscara un amoríopara facilitar su comisión?