La Gloria de Don Ramiro - Una Vida en Tiempos de Felipe Segundo by Enrique Larreta - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.
index-1_1.jpg

BIBLIOTECA DE «LA NACION»

ENRIQUE LARRETA

L A G L O R I A

DE

D O N R A M I R O

UNA VIDA EN TIEMPOS DE FELIPE SEGUNDO

EDICIÓN DEFINITIVAMENTE CORREGIDA POR EL AUTOR

BUENOS AIRES

1911

Este libro fue comenzado por el autor en diciembre de 1903 y entregado ala imprenta el 24 de julio de 1908.

Es propiedad del autor y queda hecho el depósito que marca la ley.

Imp. de LA NACIÓN.—Buenos Aires

PRIMERA PARTE

o I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII,

XVIII, XIX, XX, XXI, XXII, XXIII, XXIV, XXV, XXVI, XXVII,

XXVIII, XXIX, XXX

SEGUNDA PARTE

o I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII

TERCERA PARTE

o I, II, III, IV, V

EPILOGO

PRIMERA PARTE

I

Ramiro solía quedarse hasta la noche en el último piso del torreón,escuchando los cuentos y parlerías de las mujeres.

Allí terminaba la tiesura solariega. Allí se canturriaba y se reía. Allíel aire exterior, en los días templados, entraba libremente por lasventanas, trayendo vago perfume de fogatas campesinas y el sordo rumorde los molinos y batanes en el Adaja.

¡Qué holganza para el niño hallarse lejos de la facha torva del abuelo,y encima de aquellas cuadras silenciosas del caserón, donde seacostumbraba encender velones y candelabros durante el día! Cuadras sóloanimadas por las figuras de los tapices; fúnebres estrados, brumosos desahumerio, que su madre, vestida siempre de monjil, cruzaba como unasombra.

Las criadas le querían de veras. Todas miraban con respetuosa ternura alpárvulo triste y hermoso que no había cumplido aún doce años y parecíallevar en la frente el surco de misterioso pesar. Todas rivalizaban encomplacerle, en agasajarle.

Durante el trabajo, entre el zumbo de las ruecas, se hablaba de cosasfáciles que él comprendía, y, casi siempre, al anochecer, se contabanhistorias. Añejas historias, sin tiempo ni comarca. Unas sombrías, otrasmilagreras y fascinadoras. Consejas de tesoros ocultos, de agüeros, deprincesas, de ermitaños. Una vieja esclava, herrada en la frente, sabíacuentos de aparecidos. Ramiro la escuchaba con singular atención, cadavez más goloso de pavura y de misterio.

La estancia era un vasto recinto que ocupaba casi todo el plano de latorre. Las vigas no habían perdido el oro de la añosa pintura, y la fajade escudos nobiliarios, que corría en lo alto de las cuatro paredes,lucía intacto su tinte de gules y sinople. En el rincón más obscurodormía un antiguo telar descompuesto. No se había pensado nunca enrepararlo, y se le dejaba apolillar y cubrirse de telaraña, conservandotodavía entre sus maderos, los hilos de una estameña comenzada, quizá,en el reinado anterior.

En el grosor de las paredes, cada ventana formaba un hueco profundo, consendos poyos de piedra. Ramiro se sentaba de costumbre sobre uno deellos, y pasaba las horas largas mirando hacia afuera, con el codoapoyado en el alféizar.

Una de las ventanas, la que abría hacia el nordeste, dominaba casi todoel caserío.

Desde aquella altura, Avila de los Santos, inclinada haciael Adaja y ceñida estrechamente por su torreada y bermeja muralla, másque una ciudad, semejaba gran castillo roquero. El niño oteaba loscorrales y los patios, el interior de los conventos, el caparacho de lasiglesias. A corta distancia, en el sitio más eminente, la catedrallevantaba su torreón de fortaleza, almenado y pardusco.

Desde la otra ventana se disfrutaba de una vista grandiosa: elValle-Amblés, toda la nava, toda la dehesa, el río, las montañas. Fuerade los sotos ribereños, la vegetación era escasa. Raras encinas, negrasa distancia, moteaban apenas los pedregosos collados. Paisaje de unacoloración austera, sequiza, mineral, donde el sol reverberabaextensamente. Paisaje huraño y apacible como el alma de un monje.

Vivo resplandor revelaba a trechos, entre fresnos y bardagueras, elcurso del Adaja, esparcido sobre la arena como galón de plata que sedeshila. En el fondo, la sierra de Avila levantaba sus picos más altoschapados de nieve. De ordinario, un bulto de nubes asomaba por detrásde la Serrota o del Zapatero, como vapor de una olla, sombreando lospicachos y suspendiendo sobre la falda largos vellones horizontales.

Aquella tarde las mujeres aderezaban ropas de iglesia. Sentadas enredondeles de esparto, extendían sobre el suelo las viejas vestiduras,cambiando el hilo desdorado, rehaciendo la raída guirnalda, el símboloeucarístico, la orla de santos; y, a veces, también, alguna alcoránicaleyenda deslizada en la estofa por el obrero morisco. Era un trabajopiadoso. Aquellos ternos y frontales pertenecían a los conventos.

Losmonjes aseguraban que cada puntada equivalía para Dios a una cuenta delrosario.

Había góticos terciopelos que se plegaban angulosamente, terciopelosacartonados y finos del tiempo de Isabel y Fernando, donde una líneasegura iba inscribiendo el tenue contorno de una granada sobre el fondoverde o carmesí; donosas telas de plata que parecían aprisionar entre laurdimbre un viejo rayo de luna; brocados y brocateles amortecidos por elpolvillo del tiempo, a modo de vidrieras religiosas. El resplandor delponiente prestaba rara vislumbre a todos aquellos ornamentos, iluminandode soslayo las sedas multicolores, cuyos tintes vinosos habían maduradocomo zumos añejos en los cajones de las sacristías.

La luz se apagaba en el cielo. Soplos de sombra cenicienta parecíanllegar del exterior y posarse en la estancia. Ramiro, asomado a una delas ventanas, miraba morir el crepúsculo. En el fondo de las callejas yaera de noche.

Purpúreo reflejo bañaba en lo alto las almenas de la muralla, prestandoun rubor de coral al tronco de uno que otro pino en los huertos. Laventana de una casa frontera acababa de alumbrarse, y veíase ir y venir,por delante de la luz, la sombra de un hidalgo que rezaba sus Horas.Vasta tristeza flotaba sobre la ciudad guerrera y monacal, y, en mediode aquel recogimiento, el niño creyó escuchar un coro lejano, un himnoalucinante. Eran acaso las monjas agustinas. Por momentos, un hálitosagrado parecía pasar entre las voces y estremecerlas como llamas decirios.

Ramiro recordó las descripciones que su madre le hacía del Paraíso y delPurgatorio.

Casi todas las tardes, antes del toque de oraciones, se presentaba en lacuadra un viejo escudero. El ruido de sus botas en los peldaños erainconfundible. Sin embargo, el hombre aparecía de sorpresa, abriendo lapuerta de un puñetazo. Luego, levantando por detrás, con la punta delespadón, bufonamente, la capa, se quitaba el chapeo y, haciéndole barrerel piso con la pluma, saludaba de esta guisa a las mozas, cual si fueraninfantas de España. Un arcón, forrado de bayeta amarilla, le servía deasiento.

Cuando traía las botas enlodadas acercábase al brasero parasecarse las suelas.

Era natural de Turégano, en Castilla la Vieja. Siendo muy niño, habíadado muerte, con una navaja, al hijo de un alguacil. Después de cuatroaños de cárcel, como sus padres quisieran colocarle en una tienda deplatero, se desgarró para siempre. Su repugnancia por todo oficiomecánico y un exceso de voluntad errabunda le arrojaron por el caminosoldadesco. Más de la mitad de su vida la pasó sirviendo al EmperadorCarlos Quinto y al actual monarca Don Felipe Segundo, en los galeones ygaleazas armados a la ligera para tomar represalias sobre los pueblosdesprevenidos o caer de improviso sobre algún cargamento del turco.Conocía las islas del Levante y los menores recovecos de los golfos.Soldado y marino a la vez, la sarna, las bubas, las enfermedadesvergonzosas que se toman en los puertos, las heridas de pica, de espada,de saeta, las porradas y quemaduras de los asaltos, fueron las especiasen que se guisó de continuo su azarosa ventura. Había estado dos veces apunto de morir en la horca. El año 1560 cayó prisionero del turco, enlos Gelves. Llevado a Constantinopla, y puesto al remo de una galeraque cargaba materiales para el Palacio del Sultán, fue uno de los quemataron a los guardas a pedradas, huyendo a Sicilia con el bajel.

El hábito del acecho continuo y de los ataques súbitos como picotazos,había dejado un gesto de resolución instantánea en sus ojos enérgicos.Ojos grises de ave de presa, pupilas duras donde chispeaba todavía labrasa de su orgullo, como en los tiempos en que arrastraba suscastellanas espuelas por las losas de Nápoles.

Era su historia una ristra de hazañas más o menos honrosas; pero, llenode altiva indolencia, no buscó nunca salir de la clase de soldado,calzando a la vejez el guante escuderil y acogiéndose a la tareatranquila de acompañar por las calles a las señoras de la nobleza.

A más de los lances de su propia existencia, contábales a las criadasretazos de libros de caballerías, así como también tradiciones fabulosasde Avila y Segovia. Sabía canciones de barberos y caminantes, toda lavida en verso del moro Abindarráez; e innumerables letrillas que cantabacon áspera voz, al son de una vihuela, dándose vuelta los párpados pararemedar a los ciegos.

Fiera y pálida cicatriz señalaba en lo alto su frente bronceada por elmar.

Aquella tarde, apenas se hubo sentado en el cofre y puesto a referiralgunos comadreos del mercado, una de las mozas, pasándose ella misma eldedo sobre las cejas, le preguntó:

—Decí, seor Medrano: ¿quién os labró esa guirnalda?

El escudero bajó un momento los ojos sin responder, y sacando de suescarcela de badana un lienzo encarnado, sonose con él las narices.Dicho movimiento era a veces el anuncio de prolija narración.

El niño, apoyado ahora en la rodilla del antiguo soldado, jugaba con suespada, como de costumbre, tanteando los filos, curioseando las manchasde la hoja, o blandiéndola ante sí, con infantil arrogancia; pero aladvertir la expresión pensativa del hombre, hincó el acero en el pisoy, apoyando ambas manos en la gruesa empuñadura, se dispuso aescucharle.

Medrano comenzó de mal gesto. Era un antiguo episodio del desastre delos Gelves.

Hablaba despacio, con acento semejante al son de un atambordestemplado, y más de una vez sus ojos se humedecieron al recordar lasvergüenzas de aquella jornada.

Describía el desorden y la fuga de las naves cristianas al presentarsede improviso la armada turquesca. Estas encallaban en los bajíos;aquéllas, por querer escapar velozmente, quebraban sus entenas; otras seentregaban sin combatir. El, para bien de su honra, se hallaba en elfuerte. ¡Contaba entonces los horrores del asedio, las enfermedadesdesconocidas, las heridas monstruosas, el hambre, la sed! Habló desoldados que se escapaban de noche para comerse los cadáveres de losturcos; de mujeres enloquecidas, arrancándose unas a otras los pechos amordiscos; de madres españolas que se arrojaban con sus criaturas de loalto de las murallas. Cuando el General don Alvaro de Sande obró sufunesta salida, él fue de los escogidos para acompañarle.

Habíase puesto de pie para describir mejor aquellos instantes de luchadesesperada.

—Ya íbamos llegando a las galeras—decía.—Los moros escopeteros,después de consumir toda la pólvora, no podían ofendernos, atajados pornuestras picas; pero uno de ellos, cosa de no creerse, hincose él mesmoen el vientre la mía, y dando de esta suerte varios pasos ensartado,como lo digo, logró llegarse hasta mí y alargarme,

¡pesia a tal!, unacuchillada bien bellaca en la frente. ¡Dejemos esto!—exclamó por fin,con el semblante alterado por el rencor, y sentándose otra vez en elcofre.

Una de las criadas canturrió:

¡Los Gelves, madre, no son buenos de tomar!

Pero el antiguo soldado agregó sin oírla:

—¡Cuándo verase libre la cristiandad de estos aliados del Demonio! Alas veces me digo: ¿quién otro, llegado el caso, logrará contenellosagora que falta don Juan, el de Lepanto?

Al escuchar aquella última frase, Ramiro, apartándose del escudero yalzando la espada, repuso con asombrosa expresión:

—Cuanto a eso, yo he de hacer lo mesmo que el don Juan, si el Rey meseñala.

Algunas criadas se sonrieron, y el niño, mirándolas en el rostro,exclamó nuevamente, golpeando con el pie en el solado:

—¡Yo he de hacer lo mesmo, digo e aún más he de hacer, con la ayuda deDios e la Virgen!

Entretanto, a su espalda, la puerta de la escalera acababa de abrirse yuna hermosa mujer, extremadamente pálida, toda vestida de negro,penetraba en la estancia. Era doña Giomar, la madre de Ramiro. Sus ojosfosforescían en la penumbra como humedecidos por lágrimas recientes, ysu voz, de un timbre demasiado bajo tal vez, moduló con severa dulzura:

—Ya os he dicho otras veces, Medrano, que Ramiro no ha menester destosalardes.

¿Por qué le habéis dado la espada?

El niño, volviendo el rostro hacia ella, se adelantó a responder:

—Ese no quería, madre, e yo se la tomé con engaño.

—Otras serán, hijo mío—repuso entonces la llorosa mujer—, las armasque has de esgrimir cuando entres al servicio de Dios y de su SantaIglesia; y harto mejor estuviera agora en tus manos algún libro dereligión que no ese hierro.

Callose un instante, y el niño, viéndola llevarse a los ojos elestrujado pañizuelo, soltó al punto la espada, y corriendo hacia ella,

—¿Por esto lloráis?—la preguntó.

—No, hijo mío—repuso la madre, dominada por la congoja.—Conduélemeuna nueva triste por demás. Ya no volveremos a ver a la Madre Teresa deAhumada...

Entró en el gozo del Señor, como una santa, antiyer, en Albade Tormes.

Un murmullo de ayes y suspiros se levantó en la obscuridad de laestancia. Algunas mujeres sollozaron.

El sol acababa de ocultarse, y blanda, lentamente, las parroquiastocaban las oraciones. Era un coro, un llanto continuo de campanascantantes, de campanas gemebundas en el tranquilo crepúsculo. Hubiérasedicho que la ciudad se hacía toda armoniosa, metálica, vibrante, yresonaba como un solo bronce, en el transporte de su plegaria.

Doña Guiomar, dejándose caer de hinojos, entonó en alta voz las palabrasdel Angelus. Todos, imitando su movimiento, se dispusieron aresponder.

El escudero balbuceó las avemarías alzando el rostro y juntando laspalmas como los niños.

Las ventanas, abiertas, dejaban penetrar una paz penumbrosa y el primeraliento somnífero de la noche.

II

Íñigo de la Hoz y su hija Guiomar se establecieron en Avila el año de1570, viniendo de Valsaín, junto a Segovia, donde tenían su heredad. Elviaje se resolvió bruscamente, y, una mañana lluviosa de octubre, lacarroza de hule verdusco, sin cascabel ni sonaja en las colleras,penetró en la ciudad, por la Puerta del Mercado Grande, como una horadespués de la salida del sol.

Desde entonces el padre y la hija llevaron en Avila una vida demisterio, saliendo sólo muy de mañana, en sillas cubiertas, paraasistir, cada cual por su lado, a la misa de alba, en alguna de lasiglesias vecinas.

El antiguo solar en que se alojaron, y que junto con trescientas fanegasde tierra, en el Valle-Amblés, heredó el hidalgo de su mujer doñaBrianda del Aguila, estaba situado sobre una plazuela, a pocos pasos dela Puerta de la Mala Ventura.

Cuadrado torreón de sillería se levantaba en el ángulo sudeste,recortando sobre el cielo su imponente corona de matacanes y morunasalmenas. Era una mole altanera y fosca, manchada a trechos de una costrarojiza semejante a la herrumbre. Estrechas ventanas de prisión laagujereaban al azar, y una perlada moldura, que parecía simbolizar elrosario, ornaba la base de las cuatro garitas y uno que otro antepecho.El resto del caserón era ruin y semibárbaro. Grandes piedrasirregulares, retostadas por el sol, asomaban entre la argamasa de losmuros. Cerca del suelo, una oblicua saetera, semejante al ojo de enormecerradura, había servido en otro tiempo para defender la puerta aflechazos. Las rejas eran toscas y tristes.

La portada abarcaba casi todo el ancho de la torre. Era una de esasportadas enfáticas y señoriles, tan comunes en Avila de los Caballeros.Formaban el dintel inmensas dovelas de un solo trozo, abiertas ensemicírculo y encuadradas por gótica moldura rectangular. A uno y otrolado, en cada una de las enjutas, un escudo esculpido alternaba en suscuarteles los blasones de las principales familias avilesas: elpajarraco de los Aguilas, los roeles de los Blázques, la cabria y elmazo de los Bracamontes. Hermosos clavos tachonaban el maderaje de lapuerta, y un cincelado aldabón, arrancado quizá de algún alcázarandaluz, colgaba del postigo. Hacia la derecha, otra aldaba más altaservía para llamar desde el caballo sin apearse. En el zaguán, frente auna Virgen de bulto, con el Hijo muerto en las faldas, ardíacontinuamente un farolillo.

El patio era un espacioso rectángulo, encuadrado por claustralesgalerías, sin más ornamento que los grandes escudos nobiliarios labradosen los chapiteles. Tupida y alta maleza crecía por doquier, respetando,tan sólo, uno que otro espacio cubierto por restos de quebradas losas,que, así esparcidas entre la hierba, hacían pensar en el osario deruinoso convento.

El hidalgo no pensó nunca en reparar el abandono de aquel recinto, dondeél mismo se holgaba, como en inculta campiña. Unas veces iba y veníabajo el sol, espantando a su paso las mariposas; otras, pasábase horasenteras asomado al viejo pozo de carcomido brocal, cavando pensamientosy contemplando, a la vez, su propio rostro que el agua reflejaba en suespejo circular y profundo. Aquellas galerías parecían aprisionar parael anciano pertinaces memorias; y el aire mismo se inmovilizaba entreellas, como impregnado de quietud monacal y campesino silencio.

El padre y la hija sólo habitaban el piso alto del caserón. La majestady la incuria reinaban a la par en las estancias. A lo largo de laspolvorientas paredes, donde los tapices flamencos desplegabanobscuramente sus fábulas, pendían o se apoyaban viejos retratos defamilia y toda clase de muebles señoriles, unos hallados en la casa yotros traídos de Valsaín por el hidalgo. Cuando se caminaba por losestrados, las baldosas, rotas o sueltas, resonaban bajo las alfombras deTurquía. Sobrecielos de tela de oro y brocatel, que hacinaban polvo ytelaraña en sus pliegues antiguos, ornaban los lechos hereditariosroídos por la carcoma. Las ventanas se abrían rara vez; pero ricospebeteros de plata disimulaban el hedor hongoso y ratonil con suincesante sahumerio.

Encerrado desde el amanecer hasta la noche en la librería del palacio,don Íñigo dejaba deslizar las horas muertas, meditando o leyendo. Habíatraído de Segovia gran acopio de cronicones de España, mucho libro decaballerías, no pocos de devoción, Las Epístolas de Séneca, DeOficiis de Cicerón, un Salustio, un Valerio Máximo, un Virgilio yalgunos tratados de matemática celeste, a más de una esfera armilar conzodíaco de bronce. Agregábanse los impresos y manuscritos que fueencontrando en la casa, y entre los cuales aparecieron varios librotesarábigos, que hizo quemar al pronto, en medio del patio, en presencia deun canónigo de la Iglesia Mayor.

Al poco tiempo los volúmenes se amontonaron sobre el suelo. Cuerpo queel hidalgo tomaba en sus manos casi nunca volvía a los estantes. ¿Paraqué? ¡Le quedaban tan pocos años de vida! Los ataques de gota serepetían, cada vez más próximos, y un mal oculto y febril le ibadesecando el húmedo radical y rebutiendo los hipocondrios. A veces elsopor le vencía, y su boca entreabierta dejaba escapar un balbuceo depesadilla, como si la calor del sueño hiciera bullir en su cerebro lasrepresentaciones de su pasada existencia.

Vestía siempre de negro o de pardo, sin otra gala que la venera de oro yla roja espadilla de Santiago, bordada en todos los sayos y ferreruelos.En invierno, para ajustarse a la antigua regla de su orden, sólo usabahumildes pieles corderinas.

Ayunaba dos cuaresmas al año: una, desde eldía de Quatour Coronatorum hasta el día de Navidad; otra desde elDomingo de Carnestolendas hasta la Pascua de Resurrección.

Era su cuerpo menudo, su rostro cetrino y como hecho de raigambre. Elcorto bigote, negro todavía, contrastaba con su barbilla cenicienta. Susojos eran vidriosos, monásticos, tristes. Su humor sombrío. Creíadescender de un rey de Aragón, y hacía remontar su apellido,etimológicamente, hasta un cónsul romano. El libro becerro de Segovianombraba siempre algún antepasado suyo en las anuales correrías de loscaballeros contra los moros de Jaén, de Sevilla, de Andújar.

Hasta los cincuenta y dos años de edad, despreciando todo trabajo comoindigno de sus manos hidalgas, y viviendo exclusivamente de los censosde sus tierras y de los escudos de oro que, uno a uno, iba sacando de uncofre, llevó una vida ociosa y retirada en su posesión de Valsaín o ensu «Casa de los Picos» en Segovia, sin más accidente de bulto que susbodas con una dama de ilustre familia abulense que, un año después decasada, murió de sobreparto. Pero apenas estalló la rebelión de losmoriscos, a fines de 1568, don Íñigo, sintiendo hervir en su sangre elatávico rencor, reunió un día en su casa a sus amigos y parientesdemostroles con elocuentes razones el imperioso deber de ayudar alsoberano contra aquellos perros infieles.

Muchos resolvieronacompañarle. Volcó entonces gran parte de su hacienda para armar, a sucosta, una verdadera mesnada, como los infanzones antiguos.

A las órdenes del Marqués de Mondéjar, señalose en las refriegas por unacólera irrefrenable, que más de una vez pudo costarle la vida,arrojándole completamente solo entre los enemigos, en la saña de laspersecuciones. Predicaba la guerra sin cuartel y la castración general.

El fue quien hizo descubrir al famoso caudillo Aben-Djahvar, por mediode espantosos tormentos, dos escondites de armas en Sierra Nevada.

En el paso de Alfajarali recibió en medio de la frente el puntazo de uncuchillo corvo que un morisco, de aquellos que peleaban coronados derosas en señal de martirio, le arrojó desde lejos. Pero, en lo más rudode la campaña, tuvo que retirarse a su heredad, desarzonado por unterrible ataque de gota, recibiendo poco después el hábito de Santiago,en pago de sus servicios.

Hasta los últimos años de su vida solía consolarse de sus mayorespesares recordando los episodios de aquella fiera vendimia de laAlpujarra.

Había heredado de sus mayores el sentimiento heroico de la honra y unseñoril desprecio por todos los afanes del interés y del lucro. Tanto enAvila como en Segovia, desdeñando la administración personal de lapropia hacienda, entregola por entero, con las llaves de sus arcas y lasfunciones de maestresala, a un mayordomo flamenco, cuya probidad creíaasegurar, de tiempo en tiempo, mediante alguna demostración caballerescade confianza y uno que otro aforismo de las Partidas. Fuera del vino deMadrigal, guardado en pellejos taberniles, no se hallaba provisiónalguna en la casa, y, continuamente, los criados salían a mercar acrédito en la vecindad lo que se iba necesitando.

Las angustias de dinero no tardaron en sobrevenir; pero el hidalgo, cuyaaltivez no aceptaba las humillaciones de la economía, fue empeñando unoa uno sus bienes a los genoveses. Si la premura era grande, hacíadescolgar un tapiz, negociar una joya o pagar ciertos gastos con laspiezas de su innumerable vajilla, cuyos platos, fundidos en las minas deAmérica, hacían fácilmente las veces de monedas enormes. El era, sinembargo, harto sobrio. Un caldo de torrezno, que se servía en una soperacon candado para defenderlo de la voracidad de los pajes, un huevo, yalgún hojaldre relleno de picadillo con pebre, bastaban a cualquiera desus colaciones. Algunos viernes, como un acto ritual, bebía una taza devino y probaba algunos bocados de cerdo, para diferenciarse de moros yjudíos.

III

Guiomar y don Íñigo se veían tan sólo a las horas de la comida y de lacena. El anciano, sentado a la cabecera, y su hija, hacia un extremo dela tabla, entre Ramiro y el Capellán, permanecían todo el tiempo sinhablarse. En medio del angustioso mutismo, cualquier rumor, el choque dela platería, las pisadas de un paje, el grito de los buhoneros en lacalle, cobraba un eco solemne.

Al levantarse, cuando la gota se lo consentía, el anciano caminabaalgunos instantes a lo largo de la cuadra. Guiomar y su hijo seacurrucaban junto al brasero. Oíase el tic-tac de un cuadrante. Nadiehablaba.

No hubiera podido decirse, al pronto, si era una aversión recóndita o undolor compartido lo que motivaba dicha reserva. Cada uno se informabadel otro por medio de la servidumbre. Para Guiomar su aposento,inmediato al oratorio, tenía austeridades de celda, y cuando cruzabalas demás habitaciones, parecía visitar una casa extraña, dejando trassí como flotante congoja. Su lozanía de otros tiempos, y el mismo brillode sus pupilas, mantenido entonces a favor de melindroso pestañeo, todohuyó prematuramente de su rostro, macerado por los pesares; y el negromonjil ahuyentó para siempre los tafetanes de colores y las graciosasbasquiñas de la adolescencia.

Antes de que cumpliera los quince años, don Íñigo la había prometido encasamiento a su primo Lope de Alcántara, con quien le ligaba, fuera deun fraternal afecto, una noble emulación en la fidelidad y elsacrificio. Era el tal Lope un caballero cincuentón de infelice rostro,y sólo adornado de las más severas virtudes. La doncella sentía por élinvencible repugnancia; pero incapaz de afrontar el ánimo recio de supadre, se resignó a ser ofrecida como tributo de aquella ejemplaramistad, que era ya citada por todos en Segovia.

Como a toda hidalgüela, vedáronla desde temprano la lectura de loslibros de caballerías, que tanto abundaban en la casa, pintándoseloscomo obras de pura vanidad y de sutil incitación al pecado. Por eso, talvez, comenzó a sacarlos, uno a uno, furtivamente, de la bibliotecapaterna y a saborearlos de noche, en la cama, a la luz de un velón,cuando todos dormían.

La impresión de aquellas aventuras estrafalarias fue para ella como unfiltro hechiceril. Ya no pensaba sino en bizarro y generoso caballeroque viniese a libertarla y la llevase lejos, muy lejos, en la grupa delpalafrén. Comenzó a vivir en la amorosa cavilación, en los coloquios yraptos de las historias, soñando despierta, olvidando la vidacuotidiana, dando respuestas absurdas y palpando las cosas, como unasonámbula, sin saber lo que buscaba. Aficionose a los olores, a losjubones recamados de canutillos y aljófar. Aliñose como nunca las manosy la guedeja. Los confesores la previnieron; pero ya no era tiempo.

Una tarde de verano, en Segovia, contemplando desde su habitación elrojo deshojamiento del crepúsculo sobre el valle del Eresma, vio pasarpor la calle a un arrogante galán que se detuvo a mirarla. Iba vestido alo soldado, con harta pluma en el sombrero. Una daga cubierta de piedraspreciosas brillaba sobre sus gregüescos acuchillados.

Aquella escena muda se repitió varias veces. Algunas noches una vozllorosa y sombría cantaba debajo de su ventana, al son de una guzla. Elbillete atado a una piedra no se hizo esperar. Por fin los garfios deuna escala de seda se engancharon a su balcón, y su labio sorbió, sobreSegovia dormida, el deliquio del primer beso nocturno.

Cuando se hubo rendido por entero al pecado, y la arrancaron de suembriaguez los primeros anuncios de la maternidad, creyó enloquecerse.Sin esperar, reveló todo a su padre. Entretanto el seductor desaparecíade Segovia. Medrano fue encargado de ir en su busca. Poco después, enArévalo, el mismo desconocido se presentó al escudero, declarando sunombre y su raza. Era un morisco.

—Decid a vuestro amo—exclamó al despedirse—que yo quise herille suhonra por vengar a mi padre el valiente Aben-Djahvar, a quien él hizosufrir en Almería despiadado tormento; pero que, si él consiente agoraen casar a su hija conmigo, iré a postrarme a sus plantas.

El hidalgo, al recibir aquel terrible mensaje, se abalanzó sobre Guiomarcon la daga desnuda; pero, sintiéndose desvanecer, y creyendo que semoría, la maldijo el fruto que llevaba en el vientre.

¡Qué días los que siguieron! Lope de Alcántara fue informado de todo, yaquel hombre, loco de amor o de lealtad, al escuchar la exasperadarelación de boca de su amigo, en vez de enfurecerse, exigió que serealizaran al punto sus bodas; y a los tres días de casado se partiósolo para Flandes.

Algunos meses después don Íñigo recibía una carta de su amigo SanchoDávila haciéndole saber la manera admirable como su yerno habíasacrificado la vida en un encuentro con los hugonotes de Francia.

Guiomar, como si hubiera asido con ambas manos la herida abierta en supecho por tanto dolor, pareció escurrir fuera de sí el exceso de aquellasangre culpable, cuyos ardores habían mancillado su honra. Enfermizapalidez enmascaró su rostro. Sus manos tomaron impresionante blancuraentre sus vestidos de luto; y su alma se inclinó toda entera hacia elrayo de luz de la esperanza divina. A pesar de su preñez, sometió sucuerpo a las más arduas penitencias, imitando, dentro de su casa, en loque era posible, la nueva reforma del Carmelo.

Cuando se acercaba el día del parto, don Íñigo resolvió cambiar deresidencia y se trasladaron, para siempre, a Avila de los Santos. Allívino al mundo Ramiro, un 21 de diciembre, día de Santo Tomás, el año de1570, bajo la constelación de Saturno y los signos de Acuario yCapricornio.

IV

Respirando aquel aire claustral de tristeza y de encierro, con elazoramiento instintivo de los niños en las grandes desgracias, sin unaalegría, sin un compañero de su edad, gobernado por seres taciturnos quehablaban de continuo en voz baja, vivió Ramiro los obscuros días de suniñez. La menor expansión infantil, su misma sonrisa, hallaban siempreun dedo sobre un labio. A los siete años de edad sumiose en un mutismomelancólico, pasando horas enteras en algún escondite, las manos quedasy el rostro como apenado. Había algo de monstruoso en el contraste desus tiernas facciones con el ceño de aquella frente cargada, al parecer,de adultos pensamientos.

Desde temprano, su madre rodrigole en la dureza de implacable devoción.Asistía con él todos los días a la misa de alba en las parroquias de SanJuan o Santo Domingo; le habituaba a las oraciones difíciles queofuscaban su mente, y a las interminables letanías que hacían retorcerde impotencia al Demonio. Diole, además, para su uso, un rosario dequince misterios, como el que llevaban los monjes. Debía besar el suelohumildemente ante las imágenes de Nuestra Señora del Carmen, ydepositar, asimismo, su ósculo en el escapulario de los religiosos paraganar indulgencias.

Después de la primera comunión la rigidez aumentó. Doña Guiomarcastigaba ahora su falta más mínima con penitencias monásticas,inculcándole el desprecio del mundo y el terror al pecado. Todas lasnoches leía; junto a su lecho, en el Flos Sanctorum la historia delsanto del día y, a veces, dejando el libro, relataba ella misma losmilagros de alguna monja de la ciudad o los trabajos y prodigios de laMadre Teresa de Jesús, parienta suya por línea materna. Decíale loscoloquios diarios de aquella santa mujer con el Señor, y cómo, en mediode la oración, el aliento celestial la tocaba de pronto, levantando sucuerpo a varios palmos del suelo. Aquellas cosas eran contadas por lamadre con un acento estremecido que derramaba en la noche como sagrado ytemeroso aroma de santidad.

Durante la mayor parte del día se le abandonaba a su albedrío. El abuelono le hablaba jamás. El niño, entretanto, vagando por el caserón, mirabapor los vidrios a los muchachos que jugaban en la plazuela, subía a laestancia de labor en el último piso de la torre, o bajaba a la cuadra delos pajes, en el corral, para llevarles algunas golosinas que apartabade sus propias colaciones. Ellos, al verle aparecer, salían a laspuertas, sonrientes y famélicos. La larga habitación, semejante a unventorrillo de moros, estaba atestada de cofres de piel y de hierro, queparecían del tiempo del Cid, y de estrechas tarimas cubiertas de mantasinmundas. Al entrar, las narices se llenaban de un tufo acre y caliente.Nunca faltaban sobre el piso de tierra películas de ajo y pedazos denaipes. Parte de la servidumbre pasaba allí varias horas del díadurmiendo o jugando como en una taberna. Colgadas de la pared veíanselas ostentosas libreas de tafetán o terciopelo galoneadas de plata.

Otras veces Ramiro curioseaba la negra cocina; el horno del pan, capazde abastecer a un convento; la panera, donde se guardaban los sacos deldiezmo; o, bajando por una rampa de piedra, hacia la derecha del portal,íbase a palmear las mulas y el cuartago en las caballerizassubterráneas.

La cochera no guardaba otro vehículo que la carroza de hule verde traídade Segovia y que sólo rodaba cuando sus dueños, al llegar el estío, seretiraban a su casa de campo en el Valle de Amblés. El resto del añoquedaba abandonada por completo en la obscura covacha. El niño penetrabaen su interior todos los días para coger el huevo que una gallinamisteriosa ponía sobre los cojines de bronceado guadamacil.

A los diez años de edad Ramiro parecía tocado de Dios. Su madre le veíainternarse, como un predestinado, en la aspereza y el recogimiento. Através de una antepuerta oyole a veces recitar, con exaltada pasión,endechas religiosas que ardían como llama en su labio; otras, veíaleocupado largo tiempo en copiar los hechos más notables de Jesucristo yde su gloriosa Madre; y observó que siempre trazaba el nombre de NuestroSalvador con tinta de oro y en caracteres azules el de la SantísimaVirgen. Le creyó asegurado, y, pareciéndole a ella misma imprudenteseguirle reteniendo en aquella clausura que le amarilleaba el semblante,resolvió que el escudero le sacara a pasear, de tiempo en tiempo.

Medrano se presentaba después de mediodía, y el niño, vestido por lasdoncellas con traje de terciopelo negro, zapatos con virillas de plata,gorra morada, una lechuguilla fresca y un corto espadín, iba adespedirse de la madre. Ella le marcaba la crencha, con el peine, haciaun costado, según la manera española, y, haciéndole rezar un Ave y unPater, le despachaba con un beso.

Así fue conociendo Ramiro la ciudad con sus arrabales y contornos. Erauna revelación incesante para sus ojos hastiados del cuadro monótono delcaserón. El afán diverso de la vida invadió bruscamente su espíritu.Además, las fieras murallas le hablaron un lenguaje legendario yheroico, y los templos, con sus graves sepulcros, le dijeron las gloriasdel hombre y el orgullo de los linajes.

Como el escudero mantenía trato frecuente con algunos clérigos de lasparroquias, oía relatar o discutir, a menudo, en los corrillos desacristía, las tradiciones añejas de la ciudad, y, de esta suerte, suretentiva atesoraba admirables historias, que habían de servirle despuéspara embelesar a las criadas o hacerse agasajar de barato en tabernas ypastelerías. Ramiro aprovechó de aquel saber pegadizo. El antiguosoldado le ilustraba ante las cosas mismas, descifrando a su modo lasinscripciones y marcando con desparpajo el sitio de los sucesos. Asísupo Ramiro los trágicos amores del famoso caballero Nalvillos con lamora Aja Galiana. Fue también el escudero quien le contó por primeravez, ante la Puerta de la Mala Ventura, la historia de los sesentarehenes de Avila, cuyas cabezas hizo hervir en aceite el Rey Alfonso elBatallador; así como el arrogante sacrificio de Blasco Ximeno, quefuese a retar, a su propio campo, al Rey alevoso y perjuro.

La famosa proeza de Ximena Blázquez fue referida sobre uno de losinmensos torreones de la Puerta de San Vicente; y ya Ramiro no alzabalos ojos a la muralla que no recordase el ardid de aquella hembra que,en ausencia de los caballeros, viendo llegar a los moros almoravides,subió a las almenas con las mujeres de la población todas cubiertas debarbas y sombreros, consiguiendo amedrentar de esta guisa a losinfieles, que se alejaron a escape de la ciudad, creyéndola biendefendida.

Medrano tenía en Avila numerosas amistades; pero su más generosocamarada, ya fuera que se tratase de beber en compañía una bota de SanMartín o de procurarse algunos doblones en un caso de apuro, era elportugués Diego Franco, campanero de la Iglesia Mayor, que habiendotrabajado de pelaire en Segovia, fue más tarde tamborilero en Brujas yen Amberes, de donde trajo su gran afición a las campanas.

Era una fiesta para Ramiro cada una de las visitas que solían hacer, enlo alto de las torres, a aquel «bachiller de badajos», como le llamabael escudero.

Después de pasar el umbral de la Iglesia, Ramiro tiraba de una cuerdaoculta detrás de la portada, y, casi al instante, allá arriba, a unaaltura vertiginosa para sus ojos de niño, asomaba, por un agujeropracticado en la bóveda, un rostro diminuto de mujer o de hombre. Pocodespués, oíase un ruido de tacones en el interior de un grueso pilar,hacia la derecha; el cerrojo crujía, y la puertecilla, al abrirse,presentaba al campanero, o a su esposa, trayendo en una mano el manojode llaves y en la otra un farol encendido.

Comenzaba entonces la ascensión por el hueco de aquella columna deltemplo. Los peldaños eran tan altos que Ramiro tenía que ayudarse conlas manos. Sólo, de tarde en tarde, la angostura de una aspillera dejabapenetrar un rayo de sol colorido por los vidrios y perfumado deincienso.

La visita se realizaba comúnmente en lo alto de la torre truncada, bajoun cobertizo de tejas, reclinado cada cual sobre las tablas de unazahurda, donde los esposos criaban una media docena de cerdos, negroscomo la pez. Ramiro se entretenía en curiosear los misterios de latechumbre o en contemplar la ciudad y los horizontes, desde aquellaelevación que producía en todo su ser el antojo de un vuelo fantástico.

Franco era mezquino de cuerpo. Cuando algo le preocupaba mascábase elbigote nerviosamente. Su mujer, Aldonza González, a quien todos llamaban la extremeña, era, en cambio, garrida y vigorosa. Ella manejaba lasdos campanas más gruesas, dejándole a él los clarillos y esquilones.

Muchas veces, teniendo que echar algún repique de importancia, subieronlos cuatro a la torre. El escudero ayudaba, y Ramiro, aunque sacudidohasta los tuétanos, se complacía en aquellas detonaciones espantosas queamenazaban derrumbar el campanario y lanzarle a él mismo a los aires,como una paja, en el sonoroso turbión.

Aldonza, en el entusiasmo de sufaena, mostraba todas las calzas hasta la carne.

Era una hembra casi hermosa. Su piel tierna como las natas, su labiorojo como un pimiento de Candeleda; pero tanto su cabello bravío como subozo de mancebo, denotaban un natural hombruno y procaz. Manejaba almarido como a un esclavo, descargando sobre él el exceso de vigor querenovaba en su sangre el aire purísimo de las torres. Ramiro laobservaba de soslayo. Ella gustaba sobremanera del niño. A veces, cuandonadie veía, levantábale en peso y acostándole sobre un escaño, tratabade animarle y hacerle reír con sus violentas cosquillas y estrujaduras.

Los días de fiesta, el escudero prefería pasarlos en su propia covacha,jugando a los naipes con sus amigos. Cuando llegaba con el niño llamabaal punto a su hija Casilda, donosa chicuela que hechizaba el tugurio consu hermosura, haciendo pensar en esas infanticas abandonadas de quehablan las leyendas. La madre había sido una española de Amalfi, que elescudero robó una noche, hiriendo al padre y matando a un hermano, yque, descubierta dos años después, prefirió dejarse ultimar en eltormento antes que denunciarle.

Componían la covacha dos habitaciones con un jardincillo, en el fondo deuna casucha, detrás de San Pedro.

A pesar de la dulzura y la belleza de Casilda, Ramiro la trataba siemprecon altanera frialdad. Ella escuchaba cada palabra suya parpadeando deadmiración. Quitábale las manchas de cal o de polvo de sus ropas,besábale a cada instante las manos. Cuando jugaban en el jardincillo eraella la que corría a traer la guija para la honda o la vara de laimprovisada ballesta, mientras él esperaba tieso y señoril. Sin embargo,alguna vez al despedirse, Ramiro juntó su boca con la de aquellacriatura vestida de harapos como una gitana, y este movimiento maquinalllegó a despertarle, en el correr de los días, cierto extraño deleite,que le recordaba el saborcillo sucio de las frutas cogidas en el suelo.

V

Después de residir en Avila más de nueve años, la única persona conquien don Íñigo osó estrechar amistad fue el caballero don AlonsoBlázquez Serrano. Como sus heredades en el Valle-Amblés estabancontiguas y sus mujeres habían pertenecido a la misma familia de losAguilas, no tardaron en conocerse.

No había en la nobleza comunal abolengo más preclaro que el de losBlázquez. La historia de aquella estirpe estaba ilustrada de más altasproezas y famosos amores que un libro caballeresco. Don Alonsodescendía, por línea recta de varón, del adalid Ximeno Blázquez, primerGobernador y Alcalde de la ciudad, cuando fue repoblada por el CondeRaimundo de Borgoña. Blasco Ximeno, el del reto; Ximena Blázquez, la delos sombreros, y el famoso Nalvillos, casado con la mora Aja Galiana, ycasi tan famoso como el Cid, eran sus antepasados. De muy antiguodataba la resolución del Consejo de que siempre que saliera gente de acaballo de la ciudad, en servicio del Rey, «hubiese de ser su caudillo oadalid descendiente del noble Blasco Ximeno, el reptador, e no de otrolinaje. Otrosí su pendonero o alférez».

En la antigua iglesia de San Pedro puede verse la capilla de los Serranoy sus blasonados sepulcros vetustamente roídos. Era esta otra casaclarísima y antigua. Don Alonso podía usar el blasón de los cinco lisesalternados con blancas veneras en campo de plata, o el de los leonesrampantes en campo de azur. Los honores habían resplandecido siempre ensu familia.

Su palacio, heredado de su mujer, se levantaba hacia la parte del Norte,unido a la muralla de la ciudad, según uso inmemorial de los mejoreslinajes. Uno de los cubos almenados erguíase en el fondo del huerto, ysu defensa había correspondido siempre a los Aguilas. El hidalgo residíabreve parte del año en el solar; la corte le atraía con imán poderoso.En cambio, la existencia muda y monástica de Avila de los Santos, dondepasaba horas eternas sin escuchar otra nota de vida que el tañido dealguna campana o el canto de un gallo, le exasperaba el humor como unduro cautiverio.

Fuera del combate de Lepanto, en que, armado de ancho espadón de guzmán,batiose bravamente en la proa de una galera, recibiendo una pelota dearcabuz en el hombro y una lanzada en el muslo, no registraba en su vidaotra acción memorable. Pasolo casi siempre en los oficios palaciegos. Alos diez y ocho años de edad era paje de Ruy Gómez de Silva, y a lostreinta, gentilhombre del Rey, que le hizo acordar, más tarde, por sucomportamiento en la flota, el hábito de Calatrava.

Había estudiado en Salamanca, residido dos años en Milán y tres enVenecia. El recuerdo de esta ciudad le exaltaba todavía hasta eldelirio. Gustábale de disertar sobre las cosas del arte, y refería amenudo sus pláticas con el Tintoreto, a quien había conocidoíntimamente. El latín y la dulce lengua toscana le eran tan familiarescomo su propio idioma. Al hallarse solo entre sus libros antes cogía las Metamorfosis, o la Jerusalén libertada, que las ásperas epístolas deSan Pablo. Todos sabían que había ofrecido al Cabildo de la Catedralhacer revestir a su costa la gótica portada de los Apóstoles con unperistilo greco-romano. Los cajones de sus bufetes estaban llenos deensayos poéticos, en que cantaba, al modo de Boscán y Garcilaso, a Cloriy a Galatea. Llevaba concluida una traducción de El laberinto de amor,sendas glosas de los sonetos de Petrarca, y tenía entre manos una felizimitación de la Arcadia de Sannázaro. Para él, aquella naturalezadesolada y adusta que rodeaba, por todos lados, a su ciudad natal nomerecía un hemistiquio.

Las galas al uso, la continua genuflexión, el ambiente de los estrados ytodo el artificioso juego de sentimientos alambicados o fingidos, todoaquel estoraque, todo aquel histriónico afeite de la vida cortesana,agravado por los exquisitos refinamientos

«que», según don Íñigo, «laprudente malicia de los extranjeros brindaba a los españoles paraafeminalles el valor», habían concluido por cubrir con mentirosaenvoltura la austera fibra castellana de don Alonso. Sin embargo, no setardaba en advertir que un alma recia como un estoque se ocultaba pordebajo del bordado terciopelo de aquella vaina de ceremonia, y que suhonra era siempre tan puntillosa como pudo serlo en el corazón o lamejilla de los que descansaban en San Pedro, con su par de espuelas enel calcáneo. Sólo que los tiempos habían hecho llegar hasta él, desdetemprano, los granos de fina sensualidad que la vida fascinadora deItalia aventaba sobre los reinos, propagando el gusto de la pompa y delbello vivir.

Amaba los ricos objetos, el aparato palaciego, la numerosa servidumbre.La mucha hacienda servía ante todo, según él, para no envilecerse enganarla y poder mostrar mejor la alta guisa del ánimo. Era de condiciónlevantada y espléndida. Pensaba que por encima de todo acto del hombredebía palpitar un gesto generoso y brillante, como la pluma en elsombrero.

Su lujo en el vestir burlaba las pragmáticas. Nadie usaba en la corteespada más larga que la suya, ni lechuguilla más eminente y más ancha.Hacía tejer en Milán sus brocados y brocateles según antiguos modelosdel guardarropa de familia, y sólo los lapidarios de Florencia erandignos de grabar el onix y la cornalina para el sello de sus sortijas yel pomo de sus dagas.

Varios años de juventud los pasó embebecido de la joven esposa de unConsejero de Castilla, y gustó mucho en la corte aquello de haber dadodos mil escudos de oro por un lenzuelo manchado en sus sangrías, que lepresentó el cirujano. Antonio Pérez mostrábale siempre gran afición, yél contaba con aquella amistad y valimiento para lograr una silla en elConsejo de Italia a la primer coyuntura.

Su amor por las cosas que concretaban una calidad exquisita de rareza ode arte era sobradamente sincero; pero sabía también que el cultoostensible de aquella pasión ponía una orla incomparable a la vidaseñoril, y, desde temprano sirviéndose de sus amigos de Milán y Venecia,comenzó a reunir en su casa un verdadero tesoro.

Los objetos que herían la imaginación del hidalgo con más sutil embelesoeran sus vidrios y marfiles. Estos, fríos, tersos y cuasi dorados,provocábanle indecible entusiasmo. Tenía gestos de verdadero amor paracogerlos de los fanales y acercarlos a la luz. Hubiérase dicho que susmanos oprimían con fraternidad aquella aristocrática y pálida materia,donde los rayos de sol remedaban un rubor interno de sangre.

Hacia el centro de la cuadra principal, sobre dos largas mesasfabricadas de minúsculos espejos, las fuentes, los vasos, las copas deVenecia entremezclaban al azar su tenuidad casi incorpórea, y de unafina manera el azogado cristal invertía como un estanque el preciosoflorecimiento.

Algunos de aquellos objetos prolongaban el milagro de vivircentenariamente.

Piezas del siglo anterior, arquetipos de la generacióninnumerable, habían sido exornados de mascarones y de imprevistasalimañas por la tenacilla de Vistori, de Ballorino, de Beroviero, en lagran época visionaria de la cristalería. Vidrios turbios, de un glaucotinte lodoso como el agua de los canales, de la cual aparentaban habertomado toda su fantasía. Su manejo educaba la mano mejor que losmarfiles.

Don Alonso los tomaba con cuidado infinito, como si unmovimiento poco armonioso pudiera quitarles la vida. Un amigo suyo, unpintor formado en Venecia, a quien llamaban el Greco, habíale enseñado amirarlos de noche en un rayo de luna. Sobre la vaga substancia la luzastral rielaba un reflejo fosforescente. Entonces, cual si hubiera caídoen su pupila la gota de un filtro, don Alonso creía respirar el olor dela noche sobre las aguas, veía las escamosas estelas, las aturquesadasblancuras de los palacios, la lobreguez de los pequeños canalesinternados en el misterio.

Así, por la virtud del vano cristal, aquel hidalgo, desde su reseca ypolvorosa Castilla, creíase transportado a la ciudad de las lagunas,donde pasara, bajo el negro o verde antifaz, horas inolvidables.

Entre don Íñigo y don Alonso Blázquez Serrano formose pronto esa amistadceñida y lisonjera que suele enlazar a los descontentos. El uno clamabaen tono altivo y profético contra la política del monarca, quien, a lavez que iba aniquilando los fueros de la antigua nobleza, toleraba en sureino católico la vergonzosa plaga de los moriscos. El otro, mirando dehito en hito hacia las puertas, refería bajezas y crímenes recompensadoscon grandes honores y mercedes.

Cierto día, al retirarse de una de sus visitas, Blázquez Serrano topócon Ramiro en la antecámara. El niño estaba sentado en una silla de altoy esculpido respaldo. Sus ojos parecían contemplar fijamente algunaimagen dolorosa de su propio cerebro.

Hubiérase dicho un infanteembrujado.

Don Alonso, bajo su varonil empaque, disimulaba un corazón capaz deprofundos enternecimientos que le humedecían de súbito los ojos, como auna mujer. Había mirado siempre a Ramiro con indiferencia; pero, alverle ahora sumido en aquella melancolía, sintió una extraña compasiónque él mismo no hubiera podido explicar.

Desde entonces comenzó aagasajarle. Al siguiente día le mandó buscar con su enano.

Hízoleenseñar toda la casa, el huerto, las murallas; y llevole él mismo aconocer a su hija Beatriz, preciosa mujercita de diez años, que lesrecibió en gran aposento perfumado y oscuro, sentada sobre un cojínazul, entre las dueñas.

Cuando la niña se hubo puesto de pie, Ramiro se adelantó tendiendo losbrazos; pero ella le contuvo con grave reverencia. Una emoción profunda,indecible, estremeció el pecho del niño. El enano le puso la mano sobreel hombro y salieron.

VI

La heredad de Íñigo de la Hoz, en el Valle-Amblés, estaba situada casial pie de la sierra, como un cuarto de legua al poniente de Sonsoles.Componíase en un principio de un retazo de monte y de trescientasfanegas de tierra de sembradura; pero, debido a los apuros del señor,había ido mermando rápidamente, hasta reducirse a un espeso carrascal ya estrecha lonja de prado, en cuyo extremo se levantaba la ruinosacasería de los padres de doña Brianda. La jara, el cantueso y la viciosamaleza habían invadido los jardines que existieron. Los caminos sólo seadivinaban por la alineación de los árboles. En el monte era difícilavanzar. La naturaleza, enseñoreada durante muchos años de abandono, sedefendía ahora con la maraña, con el fustazo, con la espina.

En cambio, desde las ventanas altas del caserón se contemplaba elaliñado verjel de don Alonso, con sus estanques repletos, sus senderoslimpios y sus alheñas y arrayanes recortados graciosamente como en losjardines de Italia. Distinguíanse, asimismo, los famosos parapetosimaginados por el hidalgo, y cuyos mosaicos de piedrecitas blancas,negras y coloradas figuraban fábulas de Ovidio. Algunas tardes subía enel aire rosado el agua de los surtidores, empapando al caer lasescalinatas y los follajes.

Ramiro aficionose muy pronto a la vida libre que llevaba en la heredad.Cuando hubo cumplido los trece años, Medrano, que solía alojarse con suhija Casilda en las cuadras bajas del granero, enseñole, en el caballejode un gañán, todos los rudimentos de la jineta y de la brida. Además,haciendo él mismo una lanza ligera con sus gallardetes y cordones,mostrole el modo de manejarla; y algunas noches, a la luz de una vela,le ejercitaba, por medio de su propia sombra, en bajar y subir la manohasta el oído, para que aprendiese a embestir con gallardía.

Medrano tenía, junto a su lecho, dos espadas: la una, angosta y largapor demás, con calada guarnición; la otra, con pesada empuñadura de rejay ancha hoja de dos filos.

—Este acero—decía señalando su fina espada escuderil—es doncel, nosabe lo que es hundirse en la carne hasta el recazo; peroaquéste—agregaba, descolgando con un gesto de amor su joyosa de antiguosoldado—ha sacado más sangre que un barbero y más almas que una monja.¡Con él he hurgado las tripas a más de un valentón, descalabrado a másde un rival y cortado a cercén, bonitamente, no sé cuánta golaturquesca!

Ramiro le escuchaba experimentando un singular deslumbramiento y, alempuñar él mismo la espada, parecíale que el corazón le crecía dentrodel pecho.

Las lecciones de esgrima principiaron. El escudero palpábale susmúsculos precoces, y a medida que sus fuerzas medraban íbale enseñandoesas tretas misteriosas, a las cuales creía deber su buena ventura todosoldado que llegaba a la vejez.

Ciertos días, durante las horas de la siesta, escapando a la vigilanciade doña Guiomar, salíanse los dos en busca de algún sitio umbroso delmonte. El niño aspiraba con fruición el humo rústico de las fogatas queardían de ordinario en la vecina heredad; y el sol y el perfumetornábanle al pronto extremadamente sensible.

Medrano, después de sentarse a la sombra de algún árbol, quedábase mudoun instante, sin otro movimiento en toda su figura que la roja pluma delsombrero que el céfiro agitaba. Pero poco después, incitado por la vistadel valle, cuya extensa claridad le recordaba la mar luminosa ytranquila, poníase a referir la captura de poderosos bajeles o algúnaudaz desembarco en las costas de Levante. Ramiro no perdía un soloademán, un solo vocablo del narrador, y, por momentos, la pasión de lalucha le alucinaba con tal ímpetu que llegaba a creerse, él mismo, sobrela cubierta del navío o entre los caballos y alfanjes de los infieles.

Otras veces, en cambio, dejándole hablar sin oírle y abstrayendo suespíritu, fijaba sus grandes ojos en los muros de la ciudad, cuyasombra, torreada y rojiza se contorneaba hacia la parte opuesta delvalle, cual inmensa corona de hierro. Soñaba, entonces, que él erallamado a cubrirla algún día de nueva honra cristiana, hasta seraclamado por el primero de todos en el valor y el renombre.

Algunos libros de caballerías y uno que otro tratado de brida y dejineta que sorprendió sobre el bufete de su aposento, hicieroncomprender a la madre lo que estaba aconteciendo en el ánimo de su hijo.Consultó el caso con su capellán, un viejo fraile franciscano, que era ala vez el maestro de gramática de Ramiro, y le fueron aconsejados losremedios de la Iglesia: la plegaria, la penitencia, el recogimiento.

El niño se sometió con mansedumbre, lleno de piadosa inquietud.

VII

Era uno de esos días de bochorno canicular a que no escapa, con ser tanempinada y ventosa, toda aquella región de Castilla. Un aire abrasadorse amodorra en las navas, y el cielo sin nubes embravece su tinte comoel esmalte en el horno. La peña cruje bajo la rabia del sol, el árbol setuesta. Aquí y allá, a lo largo de los caminos, la recua o el rebañolevantan grandes nubes de polvo, cual si fueran ejércitos.

Torvo reflejo mineral flotaba sobre el Valle de Amblés. El paisaje eraaún más austero bajo aquella claridad implacable.

Comenzaba la trilla. La mies rebrillaba en las eras.

Los labriegos tenían que turnarse sin cesar para ir a beber a la sombrade los carros.

Entretanto, unos alzaban el bieldo perezosamente, otros,tiesos como postes sobre las tablas trilladoras, giraban de mala guisaacuciando con rabia a las mulas y a los bueyes, y apeándose a cadamomento para hacerles sonar los lomos o las quijadas con sus garrotes.

Ramiro, ahitado de lecturas religiosas, cogió las Aventuras de Silvesde la Selva y fuese a esconder en un obscuro recoveco del monte queformaban tres gruesos peñascos a la sombra de una encina.

Tendido en el suelo, con la sien sobre el puño, suspendía por momentosla lectura, para sentir mejor el deleite de su escondrijo. A veces unrayo luminoso pasaba entre el follaje y hacía temblar sobre el libro unamedalla de sol. Aquella sombra le sabía a la frescura barrosa que elagua conserva en las alcarrazas.

De pronto un rumor de pasos acelerados le hizo levantar la cabeza.Miró. Era Medrano corriendo por el atajo en dirección al caserío.

—¿Dónde vais?—gritole.

El escudero indicó con breve ademán que le siguiese.

Una vez en la cuadra del granero, mientras buscaba su talabarte, Medranocontó brevemente lo que pasaba. En la vecina heredad, Cerbero, elperrazo que servía de guardián en los portones, se había vuelto rabioso,mordiendo a un lacayo y escapando hacia el monte. Don Alonso se hallabaen Madrid y su hija había quedado con las dueñas, las cuales le mandabanllamar a toda prisa para que dirigiera a los gañanes en la caza delmastín. Ramiro tuvo un deslumbramiento súbito. Acordose de loscaballeros donceles que en las historias descabezaban endriagos,vestiglos y fieros leones, redimiendo princesas, desbaratandoencantamientos y maleficios. Al mismo tiempo el rostro de Beatriz cruzópor su imaginación.

Cuando el escudero iba a ceñirse la ancha espada de dos filos, él, sinpronunciar palabra, puso ambas manos en la empuñadura del arma,mirándole con expresión a la vez suplicante y resuelta. El antiguosoldado comprendió. Tomando entonces para sí la espada más fina, dejó laotra en poder de Ramiro. Luego, exclamando: «Vamos presto, que nosesperan», salió de la cuadra.

Llegaron a la mansión de don Alonso sin encontrar a nadie. Estaba todacerrada como casa desierta; pero al pasar junto a la panera toparon conseis hombres armados de chuzos y horquillas.

El escudero repartió las órdenes. Cada cual treparía por un puntodistinto del monte, y apenas divisase al animal daría tres fuertes vocesde auxilio. A Ramiro apostole a pocos pasos de las cocinas, dándole uncuerno de caza y pidiéndole que no se moviera de aquel sitio.

Algo después, cansado de esperar, Ramiro comenzó a internarse tambiénentre los árboles.

Muchos relatos, allá en la torre solariega, le habían hecho saber loque era el peligro de la rabia y el pavor que esparcía por los pueblos ycampiñas aquel hocico agazapado que iba sembrando el furor y la muerte.Se echaban todos los cerrojos, se recogían los gatos, los perros, losasnos, y mientras las mujeres encendían una vela a Santa Catalina y otraa Santa Quiteria, abogadas contra la rabia, los mozos salían al campobravamente, armados de las herramientas filosas que iban hallando.

Ramiro avanzaba con rapidez saltando las peñas y los hatos de podasantiguas.

Las carrascas y los espinos no evitaban que el sol caldease con susrayos la tierra pálida y enjuta, y un retostado perfume de cantueso, deestepa y de tomillo sahumaba el ambiente. Las flores de la retamasurgían aquí y allá, entre los plomizos peñascos, haciendo brillar eloro de sus pétalos sobre el cielo de añil.

Ramiro jadeaba. El sudor bañábale el rostro.

Media hora después, una de las criadas de Beatriz veía entrar en elpatio de la casa al nieto de don Íñigo trayendo en una mano una anchaespada toda roja de sangre y en la otra la cabeza del perro.

—¡Válame Dios y Santa Quiteria; ya le mataron!—exclamó la mujer.

Luego, mirando atentamente el sangriento despojo, agregó:

—¡Pobre Cerbero, y cómo me echaba las manos al pecho para lamerme en elrostro!

Pero era forzoso acaballe, que can con rabia con su dueño traba.¡Medrano ha sido el de la hazaña, de fijo!

—No fue Medrano.

—¿Y quién?

—Yo iba solo por el monte, y al pasar cabe un hato de leña, vile venircorriendo hacia mí. De una buena cuchillada hícele rodar como un bolo.Luego hachele el pescuezo.

—¡Virgen Santísima y qué barragán será cuando le crezcan lasbarbas!—exclamó la mujer, espantada de que aquel mancebillo hubieradado muerte al terrible animal sin la ayuda de nadie.

Luego le pidió que le siguiera; pero Ramiro, acercándose a un portilloque abría hacia el campo, apoyó un momento la espada en el muro, ytomando el cuerno tocó tres veces con fuerza. Las tres largas notasrepercutieron en los ecos de la montaña con un son legendario.

La criada fuele conduciendo por una serie de cuadras sombrías. Por fin,al llegar ante una puerta entornada, Ramiro oyó un coro de mujeres queinvocaban plañideramente a Santa Quiteria y a Santa Catalina. Entraron.Un solo rayo de sol penetraba en la estancia tras una maderaentreabierta. ¡Qué alarido el que estalló en la obscuridad cuando elniño alzó en el haz luminoso la sanguinolenta cabeza que goteaba sobreel tapiz! Una de las dueñas se derrumbó de espaldas, presa de bruscosoponcio.

La mujer que acompañaba a Ramiro contó con alegría la proeza delmancebo.

Entonces, en medio del azorado mutismo, Beatriz se adelantó sinvacilar. Una dueña la tironeaba el faldellín; pero la hija de donAlonso, mirando aquellas manos tan tempranamente enrojecidas por elcoraje, desprendió un favor azul que adornaba sus rizos, y, llegándose aRamiro, se lo anudó ella misma en las agujetas del jubón con sustemblorosas manitas, blancas como la luna.

VIII

Ramiro conoció de súbito el arrobamiento del primer amor. Su soñarsobrepujaba la vida; y aquel brusco delirio fue pronto para él lacoloración, el ritmo y el perfume de todo lo creado.

Su fervor religioso y sus anhelos de gloria se acostaron entonces comolebreles a los pies de la nueva pasión. El rostro pálido de Beatriz,con sus grandes pupilas y sus luengas pestañas como llorosas, posábaseahora sobre la página de su libro de oraciones, sobre las colgaduras dellecho, sobre el mismo Crucifijo, al cual confiaba su cuita. Fantasmafatuo y caprichoso como una llama volátil, y ante el cual su corazón sefundía de ternura.

Comenzó a componer endechas y letrillas que hubieran podido servir paraNuestra Señora, y largos y conceptuosos discursos con que pensabaabordar a su amada, en la primera ocasión. Algunas noches, apagando laluz de su aposento, pasábase horas enteras asomado a la ventana. Unasveces miraba hacia el vecino jardín sumergido en tenebroso y perfumadosilencio; otras levantaba el rostro y las pupilas hacia la altura.

Nadaexaltaba su pasión como el suntuoso misterio de los astros. Parecíaleque sus luces inquietas le hablaban un lenguaje sublime que él noalcanzaba a comprender.

Imaginaba entonces dejar a un tiempo esta vidacon Beatriz para renacer allá, en las regiones inefables, y vagar asolas con ella, aspirando ese céfiro divino que parece estremecer lasconstelaciones.

Durante algunos días su cerebro llegó a desquiciarse. Su tez se pusopálida como la cera, y él mismo sorprendiose de su incesante suspirar yde aquella honda congoja de su pecho, todo dolorido de amor y de ansia.

Algunas mañanas íbase a ballestear palomas a lo largo del vallado queseparaba las dos heredades. Entretanto sus ojos acechaban la casavecina. ¡Cuán intensa fascinación cobraron entonces para él, en lafrescura matinal y entre el canto de los pájaros, aquellas entornadascelosías que le hacían pensar en el sueño de su amada!

Cierta tarde, entre un claro del ramaje, vio pasar a Beatriz, que noquitaba los ojos del seto. El mancebo se mostró. La niña, hízole,entonces, disimuladamente, una señal para que siguiese más lejos y,cuando creyó haber burlado la vigilancia de las dueñas, pidiole quepasara a su jardín.

Se saludaron como en un estrado y Ramiro no acertó a balbucear uno solode los ingeniosos conceptos que había ordenado para decirla.

Aquel juego se repitió muchas veces. Paseábanse con los dedos enlazados,hablando apenas y mirándose, de tiempo en tiempo, en los ojos, sinsonreír. La doncella le llevaba a los sitios más frondosos y ocultos.Allí la naturaleza les descubría en la mariposa, en el pájaro, en el másmenudo insecto, su impura inocencia. El mágico deseo palpitaba,aleteaba, chirriaba ante ellos, en la quietud blanda y calurosa delverano.

Ramiro conservó siempre el recuerdo de ciertos instantes en que,caminando con ella por el sendero del verde laberinto, osó pasarla elbrazo sobre el cuello y tomarla suavemente la garganta. En otra ocasión,Beatriz subiose a un viejo columpio y comenzó a balancearse conviolencia, presa de un rapto de juventud y de dicha. Su risa numerosa,loca, inesperada, voló como un enjambre de mirlos, despertando los ecosa través de los árboles. El viento levantaba su faldellín de un modoinolvidable.

Hablábanse cada vez más trémulos y ajenos a sí mismos. Un decir fútilaventaba los pensamientos. El, envolviéndola en su orgullosa mirada,soñaba en la dicha de poseer como dueño absoluto aquella deliciosaexistencia. Beatriz era para él la mies lograda y suya, a salvo de todopeligro. Sin embargo, cierto día la preguntó:

—¿Os holgara ser aína mi esposa?

Ella repuso:

—Tamañita me quedo. ¿En eso pensáis tan temprano?

Púsose entonces a canturriar, mirando hacia arriba, y mostrándose, alparecer, más dispuesta a rendir su mejilla y su boca allí mismo, queaquel loco espiritillo que palpitaba en su cabeza cual una guija decascabel.

Dicho estado venturoso no duró para Ramiro. Como a unos tres cuartos delegua, en la dirección de Villatoro, habitaba, durante el verano, UrracaBlázquez de San Vicente, con sus dos hijos varones. El marido, Felipede San Vicente, Comisario del Santo Oficio e individuo del Consejo delas Ordenes, pasaba la mayor parte del año en Madrid. Los dos manceboseran el azote de aquel rincón de la sierra. Andaban siempre juntos y seaborrecían. Una o dos veces por semana venían a visitar a su primaBeatriz, llegando por los caminos como demonios a todo lo que daban susrocines, y seguidos, de muy lejos, por un ayo que taloneaba rabiosamentela mula entre la blanca polvareda. Recogían, sobre todo el segundón, losjuramentos y palabrotas de los gañanes, y andaban siempre con la bocahinchada de obscenidad y ardiendo, uno y otro, en esa urgencia carnalque ataca, de ordinario, a los donceles.

Beatriz prefería al mayor, que era rubio y hermoso; pero saboreaba desdeluego la femenina fruición de esperanzarlos a la par.

Ramiro, que solía entrar ahora a la casa, topó varias veces con ellos,advirtiendo con desgarradora sorpresa que Beatriz no existía solamentepara él. Notó miradas, melindres, cuchicheos, e imaginó todo lo quepodría suceder en aquella familiaridad del parentesco; pero su orgullofue más fuerte que el dolor. Mostrose tranquilo, silencioso, casisonriente.

Una tarde de fines de agosto, el escudero vino a decirle que Gonzalo, elmayor de los hermanos, se paseaba en compañía de Beatriz bajo losárboles. Ramiro fuese a mirar por entre los setos.

Largo tiempo pasó ocupado en atisbar, por distintos parajes, el vecinojardín. De pronto, un calofrío, anterior a toda idea, le corrió por elcuerpo. Volvió a mirar. Sí, frente a él, a corta distancia, Beatriz y suprimo estaban echados de espaldas sobre la hierba, a la sombra de unolmo. El mancebo había juntado su rostro al de la niña, pasándola elbrazo bajo la espalda, mientras ella, deshojando un rojo clavel, unclavel rojo como la sangre, sonreía voluptuosamente.

Loco de ira, Ramiro quiso abrirse paso entre la espinosa malla; pero nopudo lograrlo, y un destemplado gemido, un gemido áspero, terrible,brotó de su pecho.

Gonzalo y Beatriz se levantaron y huyeron.

IX

Al comenzar el invierno de aquel año, la madre, ansiosa de ver a su hijoen el regazo de la Iglesia, resolvió apresurar sus estudios paraenviarle, en cuanto fuera posible, al

«Colegio del Arzobispo», enSalamanca.

Ramiro no había tenido hasta entonces otros maestros que la misma doñaGuiomar para las primeras letras, y, más tarde, para los rudimentos dela gramática latina, un religioso franciscano del convento de SanAntonio. Aquel fraile, de unos setenta y cinco años de edad, no eraescaso de luces; pero, como estaba de despedida en la tierra, tomaba latarea de la enseñanza con tolerante desdén, amodorrándose a menudo enlas lecciones. Solía decir a su discípulo:

—Pregunta, pregunta, hijo mío, que no he de ser yo quien te esconda lopoco que he cosechado en los libros; pero no olvides que de nada te hande valer en Purgatorio estas migajas de ciencia que nos dejaron lossabios cristianos y gentiles.

Buscaba siempre inculcarle el desprecio del mundo, y poseía para ello,como pocos, la elocuencia del ascetismo. Cuando hablaba de las gloriasterrenas y de nuestro breve paso mundanal, su discurso, lleno demonástica ironía, se instalaba en el ser, cual frígido narcótico,adormeciendo las ansias. Decíase que más de uno, al escuchar sussermones, había corrido a un monasterio a pedir un sayal y una celda.Para él, fuera de la penitencia y la plegaria, todo era polvo y cenizaen este mundo, y nuestra prolija ambición una telaraña tejida sobre elnido de un ave que duerme.

Hacíale traducir de ordinario a Ramiro los capítulos del Kempis. Deesta suerte el mancebo recogió en el fondo del alma aquellos acentos desoledad, de sublime desprecio, de voluptuosa inmolación.

En los fondos de la Catedral, después de atravesar el reducido patiodonde se encienden los incensarios y se cocina el chocolate canonjil,súbese por una escalera de pino a una serie de estancias siempreobscuras. En una de ellas, de dos a cuatro de la tarde, a la luz de unvelón de tres mechas, y con los pies apoyados en la tachonada tarima deun brasero, comenzó Ramiro a escuchar las lecciones del nuevo preceptorque su madre acababa de escogerle por indicación del mismo padrefranciscano.

Llamábase Lorenzo Vargas Orozco y era canónigo lectoral de la IglesiaMayor.

Conocía a don Íñigo y a su hija desde una mañana en que fuellamado a presenciar, en medio del corral, la quema de los librosarábigos. Su padre había muerto heroicamente, como capitán dearcabuceros, en la guerra de Flandes. Era de aventajada estatura. Losojos grandes y algo salientes. Los cañones de la barba, casi siempre amedio rapar, daban un tinte azul a toda la parte baja del rostro. Losdemás canónigos le envidiaban, entre otras cosas, sus hermosos ademanesen el púlpito y aquella bizarría con que manejaba el manteo, aquellossus diversos estilos de arrebozarse con él y de derribarlo de súbito, amodo de capa soldadesca, como quien va a desnudar varonilmente laespada.

Su primera lección fue un verdadero pórtico de sapiencia. De pie enmedio de la estancia y señalando sobre su escritorio un apilamiento degruesos volúmenes forrados en pergamino, prorrumpió:

—Aquí tenéis, hijo mío, guardado como en pellejos, todo el zumo de laverdad humana y divina. Mi largo peregrinar por el mundo filosófico meha hecho concluir que todo lo que sea apartarse de esta enseñanza del«Angel de las Escuelas» equivale a descarriar el entendimiento, conharto peligro de caer de bruces en la herejía.

Ramiro meneó la cabeza afirmativamente sin comprender, y dirigiendo lamirada hacia los infolios vio que todos ellos llevaban el mismo título: Summa Theologica, en gordas letras antiguas.

—Esta obra, este monumento, este tabernáculo—prosiguió elcanónigo—resume también, probado y purificado, es cierto, en el crisolde Santo Tomás, todo el saber del Estagirita; pero, a fin de formaros enla veneración de este otro filósofo admirable y defenderos contraciertas ideas que corren como peste por las aulas, quiero leer agora, aguisa de vestibulum, un opúsculo que acabo de componer contra PedroPomponacio y algunos españoles que, siguiendo la singularidad deAlejandro Afrodiseo, afirman que Aristóteles sintió y escribió que elalma racional muere con el cuerpo.

Quitando primero la despabiladera que señalaba la página, tomó de encimade la mesa un cuaderno manuscrito. Luego sentose junto al velón, caloselas gafas y comenzó la lectura de su apología peripatética.

Ramiro no pudo disimular su aturdimiento. Su semblante denotaba a lasclaras el vértigo.

—No os importe—le dijo el canónigo al terminar—si de esta primera vezno cogisteis el sentido. Mañana habrá lectura aclaratoria.

Había sido colegial trilingüe en Salamanca, estudiando después artes yteología. No había quizás en toda España otro Lectoral que conociesecomo él la Sagrada Escritura.

Sus explicaciones del Antiguo y NuevoTestamento, todos los lunes y viernes, atraían a la iglesia a los másdoctos seglares de la ciudad y a muchos estudiosos de los conventos. ¡Yqué controversista! Ninguno de sus colegas de Cabildo podía seguirle através de sus primos y secundos, de sus ergos y distingos.Tomaba la proposición del adversario, y en un dos por tres, conultrajante sonrisa, se la hacía picadillo bajo aquella arte cisoria dela dialéctica que él manejaba de asombrosa manera; pero si al dejar caersu conclusión el contrincante no se declaraba vencido tornábase alpronto injurioso y mordaz, el labio se le crispaba hacia fuera, losojos se le hinchaban de cólera, y era sabido que aquella mano, quedejaba caer la bendición desde el altar, había zamarreado del alzacuelloa más de un eclesiástico.

Si bien no estaba dotado de una mirada filosófica precisa y penetrante,si no era capaz de esos aletazos del espíritu que sacuden la telaraña dela rutina, su concepto teologal tenía la solidez de un peñasco. ¿Quiéneseran los constructores de la doctrina que él profesaba? Aristóteles, losPadres de la Iglesia Latina, Santo Tomás. Pensar que algún hombremoderno pudiera enmendar a aquellos maestros sublimes era demencia.¿Cuál había sido el credo filosófico sobre el cual España fundara suenvidiada grandeza? Aquél, y no otro... Ergo! Pero él conocíademasiado el oculto propósito de las nuevas doctrinas, y en cuanto a losque combatían en España los principios de los escolásticos, los quenegaban la autoridad de los antiguos maestros, las especiesinteligibles, los fantasmas de la representación y hasta la inmortalidaddel alma racional, no eran sino aliados del extranjero o instrumentosdel Demonio.

El veía a España acechada por innumerables enemigos. Dado que no eraposible vencerla en guerra franca y varonil, buscábase ahora minaraquella unidad religiosa que la hacía invulnerable introduciendo en suseno la disputa, la secta, el desorden.

Herirla en su fe era enfermarleel vigor. La herejía era más temible que todos los ejércitos. La herejíaera el rejalgar que, una vez en la entraña, daba al traste con la másfirme entereza, y, según él, ya el tósigo estaba en parte sorbido.Valladolid era un foco de luteranos. Salamanca, un seminario de herejes.Los discípulos de Valdés y de Ramus, los secuaces de Erasmo y de Luteroeran asaz numerosos. Su antiguo condiscípulo Francisco Sánchez, elBrocense, lanzaba una sucia palabrota contra Santo Tomás, cuando seinvocaba su autoridad sublime en las disputas. El Cardenal Arzobispo deToledo, Bartolomé Carranza, luteranizaba en su Catecismo Cristiano.Había llegado, pues, ese instante supremo en que una batalla se pierdepor una pausa de la voluntad. No era el caso de discutir proposiciones,sino de extirpar de cuajo las bubas aquellas y cicatrizarlas parasiempre con el fuego purificador. Nada de complacencias, ni melindres.¡La podrido a la hoguera, y amén!

¡Ah! ¡qué sería de España si llegara a verse desgarrada por una guerrade religión como las naciones del Norte! Sus enemigos no dejaríanescapar la coyuntura. El francés se daría la mano con el turco, Flandesse entendería con Albión, para el caso; y todos, a un tiempo, selanzarían sobre ella, desjarretándola por la espalda traidoramente, pormedio de un levantamiento general de los numerosos moriscos de Aragón yAndalucía, que no esperaban otra cosa que una señal extranjera.

El canónigo encontraba que el Santo Oficio alargaba por demás losprocesos. Era menester no perder un instante y no olvidar que laresponsabilidad de España ante el Señor era mucho más grave que la decualquier nación de la tierra, pues todo la señalaba como al puebloelegido, como al moderno Israel. El Altísimo manifestaba su elección, nosólo en los triunfos que le acordaba, sino también en las plagas ydesastres con que castigaba sus desfallecimientos. El hambre y labancarrota que la afligían al presente, así como la pérdida de laInvencible Armada, ¿qué eran sino los azotes provocados por sutolerancia con los moriscos y los herejes? Roma era para Dios su solioen el mundo; España, su hierro, su diestra siempre armada, su ejércitode arcángeles. Roma era la ciudad de Pedro, del Pontífice y del mártir.España, la hueste de aquel Santiago Apóstol que hacía cruzar al fin delas batallas su visión ecuestre y vengadora, esparciendo el pavor entrelos infieles. Pero el día en que España volviese el rostro al Señor losenemigos entrarían pisoteando la sangre de sus mujeres y sus párvulos,como los soldados de Tito en Jerusalén.

Y a pesar de aquellas duras ideas, Vargas Orozco era hombre de unabondad profunda. Vivía la vida como un rancio hidalgo español, con elfondo del alma. Todo cuanto no era preciso a su modesto vivir loderramaba en limosnas. Interesábase con sensible corazón en las másprolijas aflicciones de los demás, y, ante las desgracias de familia,que su ministerio le obligaba a presenciar de continuo, se le veíasollozar a la par de los deudos, pronunciando patéticas palabras que segrababan en la memoria de todos como tierno y docto epitafio. Perocuando se entraba en el terreno de las grandes culpas colectivas, cuandose tocaba a los sagrados mandamientos o al dogma, su corazón se cerrabacomo un puño. Impregnado, desde joven, del espíritu del AntiguoTestamento, vibraba él mismo esa justicia rencorosa, inexorable,tremenda, que parece rugir como un trueno a través de los versículos.Allí millares de vidas humanas eran trituradas por Jehová para salvar unrito o expresar un precepto. Para Vargas Orozco los hombres erancomparables a vasijas de barro, las cuales no valen sino por lo queguardan, y que, una vez que se impregnan de una materia corrupta,conviene destruirlas y hacer otras nuevas.

Su espíritu de mortificación era grande y su severidad de costumbrestanto más meritoria cuanto que se veía continuamente acosado por tenacestentaciones, que el Demonio hacía surgir con preferencia de los mismospasajes de la Escritura, revestidas de suntuosidad y desprendiendo unolor raro y voluptuoso de Oriente.

Noche y día rondaba el Tentador en torno de su alma. A veces, en lashoras de estudio, el canónigo creía percibir una ala membranosa yrepugnante que aventaba las cenizas del brasero, que se chamuscaba en lallama del candil, que volteaba de un golpe el reloj de arena sobre susescritos. Pero era, sobre todo, durante la noche, en el lecho, antes dedormirse, cuando el lectoral libraba sus combates acerbos. Un mismosúcubo, terrible de sedosidad y de hermosura, se deslizaba junto a él,bajo las mantas, haciéndole correr por sus carnes un goce diabólico,largo contacto odioso y dulcísimo que los rezos continuados no lograbandesvanecer. Otras veces una mano invisible descorría colgaduras dealcobas. ¡Alguna enjoyada desnudez le esperaba a él, sólo a él, en elsosiego de la noche; sus cabellos olían como un perfume derramado y surostro, su precioso rostro era el de alguna hija de confesión!

¡Qué batallas, qué luchas aquéllas! Mientras el espíritu clamaba dehorror, la carne traidora se refocilaba en un baño de deleite.Arrojábase entonces al suelo, y descolgando las disciplinas, secastigaba con ellas hasta quedar cubierto de sangre, como el Señor en lacolumna. Pero apenas volvía a cerrar los ojos para dormirse, el Maldito,variando su magia, hacíale experimentar de manera poderosa, invencible,el vértigo de la soberbia. Ora le ensayaba sobre su cráneo de sacerdotela mitra demasiado estrecha o el capelo demasiado justo; ora la tripletiara pontificia, que parecía fabricada en un todo para su cabeza, únicay sublime. Una aclamación de multitud universal estallaba a sus pies, ysentíase flotar, excelso y rígido, sentado en un trono resplandeciente.

Luego, abolida la voluntad durante el sueño, acudía en cuatro pies a lasbocas pintadas de las sacerdotisas idólatras, que, extendidas bajo loscedros, temblaban de lujuria como panteras...

Si al llegar a la Catedral le decían que el canónigo no se habíalevantado aún de la siesta, Ramiro esperaba paseándose por las naves. Aaquella hora la iglesia estaba casi siempre como hechizada de quietud yde silencio. El solo rumor de un escaño que removía el sacristán,provocaba un eco prolongado y enorme. Una sombra terrosa y centenariadormía al pie de los altares, entre las columnas, sobre las lápidas.

¡Cuán dominante misterio desprendían para él los sitios obscuros de laiglesia, aquellas capillas graves, aquel ábside pardo y polvorientodonde siempre reinaba una penumbra sepulcral! Los años se amontonabanallí dentro, unos sobre otros, insensiblemente, como hojas de uninfolio.

Ramiro hollaba las losas con respeto profundo, y su espíritu se henchíade una abstracta emoción de majestad y de muerte al recorrer lasinscripciones de los enterramientos. Algunos guardaban personajescompletamente olvidados, y decían apenas: «Don Cristóbal y su mujer»,«Alonso», «Doña Bona»... Durante muchos años dichos nombres tuvieronquizás ilustre elocuencia; pero ahora eran menos aun que el hueso sueltoque nuestro pie remueve en los osarios.