La Gaviota by Fernán Caballero - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

—Vamos, tío Pedro—siguió la tía María, cuyas lágrimas corrían hilo ahilo por sus mejillas, al ver el desconsuelo del pobre padre—; ¡unhombre como usted, tamaño como un templo, con un aquel que parece que seva a comer los niños crudos, se amilana así sin razón! ¡Vaya! ¡Ya veoque es usted todo fachada!

—¡Tía María!—respondió en voz apagada el pescador—, ¡con esta seráncinco hijos enterrados!

—¡Señor!, ¿y por qué se ha de descorazonar usted de esta manera?Acuérdese usted del santo de su nombre, que se hundió en la mar cuandole faltó la fe que le sostenía. Le digo a usted que con el favor deDios, don Federico curará a la niña en un decir Jesús.

El tío Pedro meneó tristemente la cabeza.

—¡Qué cabezones son estos catalanes!—dijo la tía María con viveza, ypasando por delante del pescador, se acercó a la enferma y añadió:

—Vamos, Marisalada, vamos, levántate, hija, para que este señorpueda examinarte.

Marisalada no se movió.

—Vamos, criatura—repitió la buena mujer—; verás cómo te va a curarcomo por ensalmo.

Diciendo estas palabras, cogió por un brazo a la niña, procurandolevantarla.

—¡No me da la gana!—dijo la enferma, desprendiéndose de la mano quela retenía, con una fuerte sacudida.

—Tan suavita es la hija como el padre; quien lo hereda no lohurta—murmuró Momo, que se había asomado a la puerta.

—Como está mala, está impaciente—dijo su padre, tratando dedisculparla.

Marisalada tuvo un golpe de tos. El pescador se retorció las manos deangustia.

—Un resfriado—dijo la tía María—; vamos que eso no es cosa del otrojueves. Pero también, tío Pedro de mis pecados, ¿quién consiente en queesa niña, con el frío que hace, ande descalza de pies y piernas por esasrocas y esos ventisqueros?

—¡Quería!—respondió el tío Pedro.

—¿Y por qué no se le dan alimentos sanos, buenos caldos, leche, huevos?Y no que lo que come no son más que mariscos.

—¡No quiere!—respondió con desaliento el padre.

—Morirá de mal mandada—opinó Momo, que se había apoyado cruzado debrazos en el quicio de la puerta.

—¿Quieres meterte la lengua en la faltriquera?—le dijo impaciente suabuela; y volviéndose a Stein—; don Federico, procure usted examinarlasin que tenga que moverse, pues no lo hará aunque la maten.

Stein empezó por preguntar al padre algunos pormenores sobre laenfermedad de su hija; acercándose después a la paciente, que estabaamodorrada, observó que sus pulmones se hallaban oprimidos en laestrecha cavidad que ocupaban, y estaban irritados de resultas de laopresión. El caso era grave.

Tenía una gran debilidad por falta dealimentos, tos honda y seca y calentura continua; en fin, estaba encamino de la consunción.

—¿Y todavía le da por cantar?—preguntó la anciana durante el examen.

—Cantará crucificada como los murciégalos—dijo Momo, sacando lacabeza fuera de la puerta para que el viento se llevase sus suavespalabras y no las oyese su abuela.

—Lo primero que hay que hacer—dijo Stein—es impedir que esta niña seexponga a la intemperie.

—¿Lo estás oyendo?—dijo a la niña su angustiado padre.

—Es preciso—continuó Stein—que gaste calzado y ropa de abrigo.

—¡Si no quiere!—exclamó el pescador, levantándose precipitadamente yabriendo un arca de cedro, de la que sacó cantidad de prendas devestir—. Nada le falta; ¡cuanto tengo y puedo juntar, es para ella!María, hija, ¿te pondrás estas ropas?

¡Hazlo por Dios, Mariquilla!, yaves que lo manda el médico.

La muchacha, que se había despabilado con el ruido que había hecho supadre, lanzó una mirada díscola a Stein, diciendo con voz áspera:

—¿Quién me gobierna a mí?

—No me dieran a mí más trabajo que ese y una vara de acebuche—murmuróMomo.

—Es preciso—prosiguió Stein—alimentarla bien, y que tome caldossustanciosos.

La tía María hizo un gesto expresivo de aprobación.

—Debe nutrirse con leche, pollos, huevos frescos y cosas análogas.

—¡Cuando yo le decía a usted—prorrumpió la abuelita encarándose con eltío Pedro—que el señor es el mejor médico del mundo entero!

—Cuidado que no cante—advirtió Stein.

—¡Que no vuelva yo a oírla!—exclamó con dolor el pobre tío Pedro.

—¡Pues mira qué desgracia!—contestó la tía María—. Deje usted que seponga buena, y entonces podrá cantar de día y de noche como un reloj.Pero estoy pensando que lo mejor será que yo me la lleve a mi casa,porque aquí no hay quien la cuide ni quien haga un buen puchero, como losé yo hacer.

—Lo sé por experiencia—dijo Stein sonriéndose—; y puedo asegurar queel caldo hecho por manos de mi buena enfermera, se le puede presentar aun rey.

La tía María se esponjó tan satisfecha.

—Conque, tío Pedro, no hay más que hablar; me la llevo.

—¡Quedarme sin ella! ¡No, no puede ser!

—Tío Pedro, tío Pedro, no es esa la manera de querer a loshijos—replicó la tía María—; el amar a los hijos es anteponer a todolo que a ellos conviene.

—Pues bien está—repuso el pescador levantándose de repente—;llévesela usted: en sus manos la pongo, al cuidado de ese señor laentrego y al amparo de Dios la encomiendo.

Diciendo esto, salió precipitadamente de la casa, como si temiesevolverse atrás de su determinación; y fue a aparejar su burra.

—Don Federico—preguntó la tía María, cuando quedaron solos con laniña, que permanecía aletargada—, ¿no es verdad que la pondrá ustedbuena con la ayuda de Dios?

—Así lo espero—contestó Stein—, ¡no puedo expresar a usted cuánto meinteresa ese pobre padre!

La tía María hizo un lío de ropa que el pescador había sacado, y estevolvió trayendo del diestro la bestia. Entre todos colocaron encima a laenferma, la que, siguiendo amodorrada con la calentura, no opusoresistencia. Antes que la tía María se subiese en Golondrina, queparecía bastante satisfecha de volverse en compañía de Urca (que talera la gracia de la burra del tío Pedro), este llamó aparte a la tíaMaría, y le dijo dándole unas monedas de oro:

—Esto pude escapar de mi naufragio; tómelo usted y déselo al médico,que cuanto yo tengo es para quien salve la vida de mi hija.

—Guarde usted su dinero—respondió la tía María—y sepa que el doctorha venido aquí en primer lugar por Dios, y en segundo..., por mí—la tíaMaría dijo estas últimas palabras con un ligero tinte de fatuidad.

Con esto, se pusieron en camino.

—No ha de parar usted, madre abuela—dijo Momo, que caminaba detrás de Golondrina—, hasta llenar de gentes el convento, tan grande como es.Y qué, ¿no es bastante buena la choza para la principesa Gaviota?

—Momo—respondió su abuela—, métete en tus calzones:

¿estás?

—Pero ¿qué tiene usted que ver ni qué le toca esa gaviota montaraz paraque asina la tome a su cargo, señora?

—Momo, dice el refrán, «¿quién es tu hermana?, la vecina más cercana»;y otro añade: «al hijo del vecino quitarle el moco y meterlo en casa», yla sentencia reza: «al prójimo como a ti mismo».

—Otro hay que dice, al prójimo contra una esquina—repuso Momo—.¡Pero nada!, usted se ha encalabrinado en ganarle la palmeta a San Juande Dios.

—No serás tú el ángel que me ayude—dijo con tristeza la tía María.

Dolores recibió a la enferma con los brazos abiertos, celebrando comomuy acertada la determinación de su suegra.

Pedro Santaló, que había llevado a su hija, antes de volverse, llamóaparte a la caritativa enfermera y, poniéndole las monedas de oro en lamano, le dijo:

—Esto es para costear la asistencia y para que nada le falte. En cuantoa la caridad de usted, tía María, Dios será el premio.

La buena anciana vaciló un instante, tomó el dinero y dijo:

—Bien está; nada le faltará; vaya usted descuidado, tío Pedro, que suhija queda en buenas manos.

El pobre padre salió aceleradamente y no se detuvo hasta llegar a laplaya. Allí se paró, volvió la cara hacia el convento y se echó a lloraramargamente.

Entre tanto, la tía María decía a Momo:

—Menéate, ves al lugar y tráeme un jamón de en casa del Serrano, que mehará el favor de dártelo añejo, en sabiendo que es para un enfermo;tráete una libra de azúcar y una cuarta de almendras.

—¡Eche usted y no se derrame!—exclamó Momo—, y eso,

¿piensa usted queme lo den fiado, o por mi buena cara?

—Aquí tienes con que pagar—repuso la abuela, poniéndole en la mano unamoneda de oro de cuatro duros.

—¡Oro!—exclamó estupefacto Momo, que por primera vez en su vida veíaese metal acuñado—. ¿De dónde demonios ha sacado usted esa moneda?

—¿Qué te importa?—repuso la tía María—; no te metas en camisa de oncevaras. Corre, vuela, ¿estás de vuelta?

—¡Pues sólo faltaba—repuso Momo—el que sirviese yo de criado a esapilla de playa, a esa condenada Gaviota! No voy, ni por los catalanes.

—Muchacho, ponte en camino, y liberal.[13]

—Que no voy ni hecho trizas—recalcó Momo.

—José—dijo la tía María al ver salir al pastor—, ¿vas al lugar?

—Sí, señora, ¿qué me tiene usted que mandar?

Hízole la buena mujer sus encargos y añadió:

—Ese Momo, ese mal alma, no quiere ir, y yo no se lo quiero decir a supadre, que le haría ir de cabeza, porque llevaría una soba tal, que nole había de quedar en su cuerpo hueso sano.

—Sí, sí, esmérese usted en cuidar a esa cuerva, que le sacará losojos—dijo Momo—. ¡Ya verá el pago que le da!, y si no..., al tiempo.

Capítulo IX

Un mes después de las escenas que acabamos de referir, Marisalada sehallaba con notable alivio y no demostraba el menor deseo de volversecon su padre.

Stein estaba completamente restablecido. Su índole benévola, susmodestas inclinaciones, sus naturales simpatías le apegaban cada día másal pacífico círculo de gentes buenas, sencillas y generosas en quevivía. Disipábase gradualmente su amargo desaliento y su alma revivía yse reconciliaba cordialmente con la existencia y con los hombres.

Una tarde, apoyado en el ángulo del convento que hacía frente al mar,observaba el grandioso espectáculo de uno de los temporales que sueleninaugurar el invierno. Una triple capa de nubes pasaba por cima de él,rápidamente impelida por el vendaval. Las más bajas, negras y pesadasparecían la vetusta cúpula de una ruinosa catedral que amenazasedesplomarse.

Cuando caían al suelo desgajándose en agua, veíase lasegunda capa, menos sombría y más ligera, que era la que desafiaba enrapidez al viento que la desgarraba, descubriéndose por sus aberturasotras nubes más altas y más blancas que corrían aún más deprisa, como sitemiesen mancillar su albo ropaje al rozarse con las otras. Daban pasoestos intersticios a unas súbitas ráfagas de claridad, que unas vecescaían sobre las olas y otras sobre el campo, desapareciendo en breve,reemplazadas por la sombra de otras mustias nubes, cuyas alternativas deluz y de sombra daban extraordinaria animación al paisaje. Todo serviviente había buscado un refugio contra el furor de los elementos y nose oía sino el lúgubre dúo del mugir de las olas y del bramido delhuracán. Las plantas de la dehesa doblaban sus ásperas cimas a laviolencia del viento, que después de azotarlas, iba a perderse a lolejos con sordas amenazas. La mar agitada formaba esas enormes olas, quegradualmente, se «hinchan, vacilan y revientan mugientes y espumosas»,según la expresión de Goethe, cuando las compara en su Torcuato Tasso con la ira en el pecho del hombre. La reventazón rompía con tal furor enlas rocas del fuerte de San Cristóbal, que salpicaba de copos de blancaespuma las hojas secas y amarillentas de las higueras, árbol del estío,que no se place sino a los rayos de un sol ardiente, y cuyas hojas, apesar de su tosco exterior, no resisten al primer golpe frío que lashiere.

—¿Es usted un aljibe, don Federico, para querer recoger toda el aguaque cae del cielo?—preguntó a Stein el pastor José—; colemos adentro,que los tejados se hicieron para estas noches.

Algo darían mis pobresovejas por el amparo de unas tejas.

Entraron ambos, en efecto, hallando a la familia de Alerza reunida a lalumbre.

A la izquierda de la chimenea, Dolores, sentada en una silla baja,sostenía en el brazo al niño de pecho, el cual, vuelto de espaldas a sumadre, se apoyaba en el brazo que le rodeaba y sostenía, como en elbarandal de un balcón, moviendo sin cesar sus piernecitas y sus bracitosdesnudos, con risas y chillidos de alegría, dirigidos a su hermano Anís; este, muy gravemente sentado en el borde de una maceta vacía,frente al fuego, se mantenía tieso e inmóvil, temeroso de que su parteposterior perdiese el equilibrio y se hundiese en el tiesto, percanceque su madre le había vaticinado.

La tía María estaba hilando al lado derecho de la chimenea; sus dosnietecitas, sentadas sobre troncos de pita secos, que son excelentesasientos, ligeros, sólidos y seguros. Casi debajo de la campana de lachimenea, dormían el fornido Palomo y el grave Morrongo, tolerándosepor necesidad, pero manteniéndose ambos recíprocamente a respetuosadistancia.

En medio de la habitación había una mesa pequeña y baja, en la que ardíaun velón de cuatro mecheros; junto a la mesa estaban sentados elhermano Gabriel, haciendo sus espuertas de palma; Momo, que remendaba elaparejo de la buena Golondrina, y Manuel, que picaba tabaco. Hervía alfuego un perol lleno de batatas de Málaga, vino blanco, miel, canela yclavos; y la familia menuda aguardaba con impaciencia que la perfumadacompota acabase de cocer.

—¡Adelante, adelante!—gritó la tía María al ver llegar a su huésped yal pastor—; ¿qué hacen ustedes ahí fuera, con un temporal como este,que parece se quiere tragar el mundo? Don Federico, aquí, aquí; junto alfuego, que está convidando. Sepa usted que la enferma ha cenado comouna princesa y ahora está durmiendo como una reina. Va como la espuma sucura, ¿no es verdad, don Federico?

—Su mejoría sobrepuja mis esperanzas.

—Mis caldos—opinó con orgullo la tía María

—Y la leche de burra—añadió por lo bajo fray Gabriel.

—No hay duda—repuso Stein—, y debe seguir tomándola.

—No me opongo—dijo—la tía María—, porque la tal leche de burra escomo el redaño; si no hace bien, no hace daño.

—¡Ah!, ¡qué bien se está aquí!—dijo Stein acariciando a los niños—;¡si se pudiese vivir pensando sólo en el día de hoy, sin acordarse delde mañana!...

—Sí, sí, don Federico—exclamó alegremente Manuel—,

«media vida es lacandela; pan y vino, la otra media».

—¿Y qué necesidad tiene usted de pensar en ese mañana?—

repuso la tíaMaría—. ¿Es regular que el día de mañana nos amargue el de hoy? De loque tenemos que cuidar es del hoy, para que no nos amargue el de mañana.

—El hombre es un viajero—dijo Stein—y tiene que mirar al camino.

—Cierto—dijo la tía María—que el hombre es un viajero; pero si llegaa un lugar donde se encuentra bien, debe decir como Elías o como SanPedro, que no estoy cierta: «bien estamos aquí: armemos las tiendas».

—Si va usted a echarnos a perder la noche—dijo Dolores—

con hablar deviaje, creeremos que le hemos ofendido o que no está aquí a gusto.

—¿Quién habla de viajes en mitad de diciembre?—preguntó Manuel—. ¿Nove usted, santo señor, los humos que tiene la mar? Escuche usted lasseguidillas que está cantando el viento.

Embárquese usted con estetiempo, como se embarcó en la guerra de Navarra, y saldrá con las manosen la cabeza, como salió entonces.

—Además—añadió la tía María—, que todavía no está enteramente curadala enferma.

—Madre—dijo Dolores, sitiada por los niños—, si no llama usted a esascriaturas, no se cocerán las batatas de aquí al día del juicio.

La abuela arrimó la rueca a un rincón y llamó a sus nietos.

—No vamos—respondieron a una voz—si no nos cuenta usted un cuento.

—Vamos, lo contaré—dijo la buena anciana.

Entonces los muchachos se le acercaron; Anís recobró su posición en eltiesto y ella tomó la palabra en los términos siguientes:

MEDIO-POLLITO

Cuento

—Érase vez y vez una hermosa gallina, que vivía muy holgadamente en uncortijo, rodeada de su numerosa familia, entre la cual se distinguía unpollo deforme y estropeado. Pues este era justamente el que la madrequería más; que así hacen siempre las madres. El tal aborto había nacidode un huevo muy rechiquetetillo. No era más que un pollo a medias; yno parecía sino que la espada de Salomón había ejecutado en él lasentencia que en cierta ocasión pronunció aquel rey tan sabio. No teníamás que un ojo, un ala y una pata, y con todo eso, tenía más humos quesu padre, el cual era el gallo más gallardo, más valiente y más galánque había en todos los corrales de veinte leguas a la redonda. Creíaseel polluelo el fénix de su casa. Si los demás pollos se burlaban de él,pensaba que era por envidia; y si lo hacían las pollas, decía que era derabia, por el poco caso que de ellas hacía.

Un día le dijo a su madre: «Oiga usted, madre. El campo me fastidia. Mehe propuesto ir a la corte; quiero ver al rey y a la reina.»

La pobre madre se echó a temblar al oír aquellas palabras.

«Hijo—exclamó—, ¿quién te ha metido en la cabeza semejante desatino?Tu padre no salió jamás de su tierra, y ha sido la honra de su casta.¿Dónde encontrarás un corral como el que tienes? ¿Dónde un montón deestiércol más soberbio? ¿Un alimento más sano y abundante, un gallinerotan abrigado cerca del andén, una familia que más te quiera?»

« Nego—dijo Medio—pollito en latín, pues la echaba de leído yescribido—, mis hermanos y mis primos son unos ignorantes y unospalurdos.»

«Pero hijo mío—repuso la madre—, ¿no te has mirado al espejo? ¿No teves con una pata y con un ojo de menos?»

«Ya que me sale usted por ese registro—replicó Medio—

pollito—, diréque debía usted caerse muerta de vergüenza al verme en este estado.Usted tiene la culpa, y nadie más. ¿De qué huevo he salido yo al mundo?¿A que fue del de un gallo viejo? »[14]

«No, hijo mío—dijo la madre—; de esos huevos no salen más quebasiliscos. Naciste del último huevo que yo puse; y saliste débil eimperfecto, porque aquel era el último de la overa. No ha sido, porcierto, culpa mía.»

«Puede ser—dijo Medio—pollito con la cresta encendida como la grama—,puede ser que encuentre un cirujano diestro que me ponga los miembrosque me faltan. Conque, no hay remedio; me marcho.»

—Cuando la pobre madre vio que no había forma de disuadirle de suintento, le dijo:

«Escucha a lo menos, hijo mío, los consejos prudentes de una buenamadre. Procura no pasar por las iglesias donde está la imagen de SanPedro: el santo no es muy aficionado a gallos, y mucho menos a sucanto. Huye también de ciertos hombres que hay en el mundo, llamados cocineros, los cuales son enemigos mortales nuestros y nos tuercen elcuello en un santiamén. Y

ahora, hijo mío, Dios te guíe y San RafaelBendito, que es abogado de los caminantes. Anda y pídele a tu padre subendición.»

—Medio—pollito se acercó al respetable autor de sus días, bajó lacabeza para besarle la pata y le pidió la bendición. El venerable pollose la dio con más dignidad que ternura, porque no le quería, en vista desu carácter díscolo. La madre se enterneció, en términos de tener queenjugarse las lágrimas con una hoja seca.

Medio—pollito tomó el portante, batió el ala, y cantó tres veces, enseñal de despedida. Al llegar a las orillas de un arroyo casi seco,porque era verano, se encontró con que el escaso hilo de agua se hallabadetenido por unas ramas. El arroyo al ver al caminante, le dijo:

«Ya ves, amigo, qué débil estoy: apenas puedo dar un paso ni tengofuerzas bastantes para empujar esas ramillas incómodas que embarazan misenda. Tampoco puedo dar un rodeo para evitarlas, porque me fatigaríademasiado. Tú puedes fácilmente sacarme de este apuro, apartándolas contu pico. En cambio, no sólo puedes apaciguar tu sed en mi corriente,sino contar con mis servicios cuando el agua del cielo haya restablecidomis fuerzas.»

—El pollito le respondió:

«Puedo, pero no quiero. ¿Acaso tengo yo cara de criado de arroyos pobresy sucios?»

«¡Ya te acordarás de mí cuando menos lo pienses!», murmuró con vozdebilitada el arroyo.

«¡Pues no faltaba más que la echaras de buche!—dijo Medio—pollito consocarronería—. No parece sino que te has sacado un terno a la lotería,o que cuentas de seguro con las aguas del diluvio.»

—Un poco más lejos encontró al viento, que estaba tendido y casiexánime en el suelo:

«Querido Medio—pollito—le dijo—, en este mundo todos tenemosnecesidad unos de otros. Acércate y mírame. ¿Ves cómo me ha puesto elcalor del estío; a mí, tan fuerte, tan poderoso; a mí, que levanto lasolas, que arraso los campos, que no hallo resistencia a mi empuje? Estedía de canícula me ha matado; me dormí embriagado con la fragancia delas flores con que jugaba, y aquí me tienes desfallecido. Si túquisieras levantarme dos dedos del suelo con el pico y abanicarme con tuala, con esto tendría bastante para tomar vuelo y dirigirme a micaverna, donde mi madre y mis hermanas, las tormentas, se emplean enremendar unas nubes viejas que yo desgarré. Allí me darán unas sopitas ycobraré nuevos bríos.»

«Caballero—respondió el malvado pollito—: hartas veces se ha divertidousted conmigo, empujándome por detrás y abriéndome la cola, a guisa deabanico, para que se mofaran de mí todos los que me veían. No, amigo; acada puerco le llega su San Martín; y a más ver, señor farsante.»

—Esto dijo, cantó tres veces con voz clara, y pavoneándose muy hueco,siguió su camino.

En medio de un campo segado, al que habían pegado fuego los labradores,se alzaba una columnita de humo. Medio—pollito se acercó y vio unachispa diminuta, que se iba apagando por instantes entre las cenizas.

«Amado Medio—pollito—le dijo la chispa al verle—: a buena hora vienespara salvarme la vida. Por falta de alimento estoy en el último trance.No sé dónde se ha metido mi primo el viento, que es quien siempre mesocorre en estos lances. Tráeme unas pajitas para reanimarme.»

«¿Qué tengo yo que ver con la jura del rey?—le contestó el pollito—.Revienta si te da gana, que maldita la falta que me haces.»

«¿Quién sabe si te haré falta algún día?—repuso la chispa—.

Nadiepuede decir de este agua no beberé.»

«¡Hola!—dijo el perverso animal—. ¿Con que todavía echas plantas? Puestómate esa.»

—Y diciendo esto, le cubrió de cenizas; tras lo cual, se puso a cantar,según su costumbre, como si hubiera hecho una gran hazaña.

«Medio—pollito llegó a la capital; pasó por delante de una iglesia, quele dijeron era la de San Pedro; se puso enfrente de la puerta y allí sedesgañitó cantando, no más que por hacer rabiar al santo y tener elgusto de desobedecer a su madre.

»Al acercarse a palacio, donde quiso entrar para ver al rey y a lareina, los centinelas le gritaron: «¡Atrás!» Entonces dio la vuelta ypenetró por una puerta trasera en una pieza muy grande, donde vio entrary salir mucha gente. Preguntó quiénes eran y supo que eran los cocinerosde su majestad. En lugar de huir, como se lo había prevenido su madre,entró muy erguido de cresta y cola; pero uno de los galopines le echóel guante y le torció el pescuezo en un abrir y cerrar de ojos.

«Vamos—dijo—, venga agua para desplumar a este penitente.»

«¡Agua, mi querida doña Cristalina!—dijo el pollito—, hazme el favorde no escaldarme. ¡Ten piedad de mí!»

«¿La tuviste tú de mí, cuando te pedí socorro, mal engendro?», lerespondió el agua, hirviendo de cólera; y le inundó de arriba abajo,mientras los galopines le dejaban sin una pluma para un remedio.

Paca, que estaba arrodillada junto a su abuela, se puso colorada y muytriste.

—El cocinero entonces—continuó la tía María—, agarró a Medio—pollitoy le puso en el asador.

«¡Fuego, brillante fuego!—gritó el infeliz—, tú, que eres tan poderosoy tan resplandeciente, duélete de mi situación; reprime tu ardor, apagatus llamas, no me quemes.»

«¡Bribonazo!—respondió el fuego—; ¿cómo tienes valor para acudir a mí,después de haberme ahogado, bajo el pretexto de no necesitar nunca demis auxilios? Acércate y verás lo que es bueno.»

—Y en efecto, no se contentó con dorarle, sino que le abrasó hastaponerle como un carbón.

Al oír esto, los ojos de Paca se llenaron de lágrimas.

—Cuando el cocinero le vio en tal estado—continuó la abuela—, leagarró por la pata y le tiró por la ventana. Entonces el viento seapoderó de él.

«Viento—gritó Medio—pollito—, mi querido, mi venerable viento, tú,que reinas sobre todo y a nadie obedeces, poderoso entre los poderosos,ten compasión de mí, déjame tranquilo en ese montón de estiércol.»

«¡Dejarte!—rugió el viento arrebatándole en un torbellino y volteándoleen el aire como un trompo—; no en mis días.»

Las lágrimas que se asomaron a los ojos de Paca, corrían ya por susmejillas.

—El viento—siguió la abuela—depositó a Medio—pollito en lo alto deun campanario. San Pedro extendió la mano y lo clavó allí de firme.Desde entonces ocupa aquel puesto, negro, flaco y desplumado, azotadopor la lluvia y empujado por el viento, del que guarda siempre la cola.Ya no se llama Medio—pollito, sino veleta; pero sépanse ustedes queallí está pagando sus culpas y pecados; su desobediencia, su orgullo ysu maldad.

—Madre abuela—dijo Pepa—, vea usted a Paca que está llorando porMedio—pollito. ¿No es verdad que todo lo que usted nos ha contado no esmas que un cuento?

—Por supuesto—saltó Momo—que nada de esto es verdad; pero aunque lofuera, ¿no es una tontería llorar por un bribón que llevó el castigomerecido?

—Cuando yo estuve en Cádiz hace treinta años—contestó la tía María—,vi una cosa que se me ha quedado bien impresa.

Voy a referírtela, Momo,y quiera Dios que no se te borre de la memoria, como no se ha borradode la mía. Era un letrero dorado, que está sobre la puerta de la cárcel,y dice así: odia el delito y compadece al delincuente.

—¿No es verdad, don Federico, que parece una sentencia del Evangelio?

—Si no son las mismas palabras—respondió Stein—, el espíritu es elmismo.

—Pero es que Paca tiene siempre las lágrimas pegadas a los ojos—dijoMomo.

—¿Acaso es malo llorar?—preguntó la niña a su abuela.

—No, hija, al contrario; con lágrimas de compasión y dearrepentimiento, hace su diadema la Reina de los ángeles.

—Momo—dijo el pastor—, si dices una palabra más que pueda incomodara mi ahijada, te retuerzo el pescuezo, como hizo el cocinero conMedio—pollito.

—Mira si es bueno tener padrino—dijo Momo dirigiéndose a Paca.

—No es malo tampoco tener una ahijada—repuso Paca muy oronda.

—¿De veras?—preguntó el pastor—. ¿Y por qué lo dices?

Entonces Paca se acercó a su padrino, el cual la sentó en sus rodillascon grandes muestras de cariño, y ella empezó la siguiente relación,torciendo su cabecita para mirarle.

—Érase una vez un pobre, tan pobre, que no tenía con qué vestir aloctavo hijo, que iba a traerle la cigüeña, ni que dar de comer a losotros siete. Un día se salió de su casa, porque le partía el corazónoírlos llorar y pedirle pan. Echó a andar, sin saber adónde, y despuésde haber estado andando, andando, todo el día, se encontró por lanoche..., ¿a que no acierta usted dónde, padrino? Pues se encontró a laentrada de una cueva de ladrones.

El capitán salió a la puerta; ¡másferóstico era! «¿Quién eres?

¿Qué quieres?», le preguntó con una voz detrueno. «Señor—

respondió el pobrecillo hincándose de rodillas—; soy uninfeliz que no hago mal a nadie y me he salido de mi casa por no oír amis pobres hijos pidiéndome pan, que no puedo darles.» El capitán tuvocompasión del pobrecito; y habiéndole dado de comer, y regalándole unabolsa de dinero y un caballo, «vete—le dijo—, y cuando la cigüeña tetraiga el otro hijo, avísame y seré su padrino».

—Ahora viene lo bueno—dijo el pastor.

—Aguarde usted, aguarde usted—continuó la niña y verá lo que sucedió.Pues señor, el hombre se volvió a su casa tan contento, que no le cabíael corazón en el pecho. «¡Qué holgorio van a tener mis hijos!», decía.

—Cuando llegó, ya la cigüeña había traído al niño, el cual estaba en lacama con su madre. Entonces se fue a la cueva y le dijo al bandolero loque había sucedido, y el capitán le prometió que aquella noche estaríaen la iglesia y cumpliría su palabra. Así lo hizo, y tuvo al niño en lapila y le regaló un saco lleno de oro.

«Pero a poco tiempo el niño se murió y se fue al cielo. San Pedro, queestaba a la puerta, le dijo que colara; pero él respondió: «Yo no entrosi no entra mi padrino conmigo.»

«¿Y quién es tu padrino?», preguntó el santo.

«Un capitán de bandoleros», respondió el niño.

«Pues, hijo—continuó San Pedro—, tú puedes entrar; pero tu padrino,no.»

—El niño se sentó a la puerta, muy triste y con la mano puesta en lamejilla. Acertó a pasar por allí la Virgen y le dijo:

«¿Por qué no entras, hijo mío?»

—El niño respondió que no quería entrar si no entraba su padrino, y SanPedro dijo que eso era pedir imposibles. Pero el niño se puso derodillas, cruzó sus manecitas y lloró tanto que la Virgen, que es Madrede la misericordia, se compadeció de su dolor. La Virgen se fue y volviócon una copita de oro en las manos; se la dio al niño y le dijo:

«Ve a buscar a tu padrino y dile que llene esta copa de lágrimas decontrición, y entonces podrá entrar contigo en el cielo. Toma estas alasde plata y echa a volar.»

—El ladrón estaba durmiendo en una peña, con el trabuco en una mano yun puñal en la otra. Al despertar, vio enfrente de sí, sentado en unamata de alhucema, a un hermoso niño desnudo, con unas alas de plata querelumbraban al sol y una copa de oro en la mano.

»El ladrón se refregó los ojos creyendo que estaba soñando; pero elniño le dijo: «No, no creas que estás soñando. Yo soy tu ahijado.» Y lecontó todo lo que había ocurrido. Entonces el corazón del ladrón seabrió como una granada y sus ojos vertían agua como una fuente. Su dolorfue tan agudo, y tan vivo su arrepentimiento, que le penetraron el pechocomo dos puñales y se murió. Entonces el niño tomó la copa llena delágrimas y voló con el alma de su padrino al cielo, donde entraron ydonde quiera Dios que entremos todos.

—Y ahora, padrino—continuó la niña torciendo su cabecita y mirando defrente al pastor—, ya ve usted lo bueno que es tener ahijados.

Apenas acababa la niña de referir su ejemplo, cuando se oyó un granestrépito: el perro se levantó, aguzó las orejas, apercibido a ladefensa; el gato, erizado el pelo, asombrados los ojos, se aprestó a lafuga, pero bien pronto al susto sucedieron alegres risas. Era el casoque Anís se había quedado dormido durante la narración que había hechosu hermana; de lo que resultó que perdiendo el equilibrio, cumplió elvaticinio de su madre, cayendo en lo interior del tiesto, en el quequedó hundida toda su diminuta persona, a excepción de sus pies ypiernas, que se alzaban del interior de la maceta, como una planta denueva especie. Impaciente su madre, le agarró con una mano por elcuello de la chaqueta, le sacó de aquella profundidad y, a pesar de suresistencia, le tuvo algún tiempo suspenso en el aire, de manera queparecía uno de esos muñecos de cartón que cuelgan de un hilo, y quetirándoles de otro, mueven desaforadamente brazos y piernas.

Como su madre le regañaba y todos se reían, Anís, que tenía el geniofuerte, como dicen que lo tienen todos los chicos (lo que no quita quelo tengan también los altos), reventó en un estrepitoso llanto decoraje.

—No llores, Anís—le dijo Paca—, no llores y te daré dos castañasque tengo en la faltriquera.

—¿De verdad?—preguntó Anís.

Paca sacó las castañas y se las dio; y en lugar de lágrimas se vierontan luego brillar a la luz de la llama dos hileras de blancosdientecitos en el rostro de Anís.

—Hermano Gabriel—dijo la tía María, dirigiéndose a este—,

¿no me hadicho usted que le duelen los ojos? ¿A qué trabaja usted de noche?

—Me dolían—contestó fray Gabriel—; pero don Federico me ha dado unremedio que me ha curado.

—Bien puede don Federico saber muchos remedios para los ojos, pero nosabe su merced el que no marra—dijo el pastor.

—Si usted lo sabe, le agradecería que me lo comunicase—le dijo Stein.

—No puedo decirlo—repuso el pastor—, porque aunque sé que lo hay, nolo conozco.

—¿Quién lo conoce, pues?—preguntó Stein.

—Las golondrinas—contestó el pastor.[15]

—¿Las golondrinas?

—Pues sí, señor—prosiguió el pastor—; es una hierba que se llama pito-real, pero que nadie ve ni conoce sino las golondrinas: si se lesacan los ojos a sus polluelos, van y se los restriegan con un pito-real, y vuelven a recobrar la vista. Esta yerba tiene también lavirtud de quebrar el hierro, no más que con tocarla; y así cuando a lossegadores o a los podadores se les rompe la herramienta en las manos sinpoder atinar por qué, es porque tocaron al pito-real. Pero por más quela han buscado, nadie la ha visto; y es una providencia de Dios que asísea, pues si toparan con ella, poca tracamundana se armaría en el mundo,puesto que no quedarían a vida ni cerraduras, ni cerrojos, ni cadenas,ni aldabas.

—¡Las cosazas que se engulle José, que tiene unas tragaderas como untiburón!—dijo riéndose Manuel. Don Federico, ¿sabe usted otra que dicey que se cree como artículo de fe?, que las culebras no se mueren nunca.

—Pues ya se ve que las culebras no se mueren nunca—repuso el pastor—.Cuando ven que la muerte se les acerca, sueltan el pellejo y arrancan acorrer. Con los años se hacen serpientes; entonces, poco a poco, vancriando escamas y alas, hasta que se hacen dragones y se vuelan aldesierto. Pero tú, Manuel, nada quieres creer: ¿si querrás negar tambiénque el lagarto es enemigo de la mujer y amigo del hombre? Si no loquieres creer, pregúntaselo a tío Miguel.

—¿Ese lo sabe?

—¡Toma!, por lo que a él mismo le pasó.

—¿Y qué fue?—preguntó Stein.

—Estando durmiendo en el campo—contestó José—, se le vino acercandouna culebra; pero apenas la vio venir un lagarto, que estaba en elvallado, salió a defender al tío Miguel y empezaron a pelearse laculebra y el lagarto, que era tamaño y tan grande. Pero como el tíoMiguel, ni por esas despertaba, el lagarto le metió la punta del rabopor las narices. Con eso despertó el tío Miguel y echó a correr como situviese chispas en los pies. El lagarto es un bicho bueno y bieninclinado; nunca se recoge a puestas de sol sin bajarse por las paredesy venir a besar la tierra.

Cuando había empezado esta conversación tratando de las golondrinas,Paca había dicho a Anís, que sentado en el suelo entre sus hermanascon las piernas cruzadas parecía el Gran Turco en miniatura.

Anís, ¿sabes tú lo que dicen las golondrinas?

—Yo no; no me jan jablao.

—Pues atiende: dicen—remedando la niña el gorgeo de las golondrinas,se puso a decir con celeridad:

Comer

y

beber:

suscar

emprestado,

su

si

te

quieen

prender

¡Por

no

haber

pagado,

Huir,

huir,

huir,

huiiiir,

Comadre Beatriiiiz.

[16]

—¿Por eso se van?—preguntó Anís.

—Por eso—afirmó su hermana.

—¡Yo las quiero más...!—dijo Pepa.

—¿Por qué?—preguntó Anís.

—Porque has de saber—respondió la niña:

Que

en

el

monte

Calvario

las

golondrinas

le

quitaron

a

Cristo

las

cinco

espinas.

En

el

monte

Calvario

los

jilgueritos

le

quitaron

a

Cristo

los tres clavitos.

—Y los gorriones, ¿qué hacían?—preguntó Anís.

—Los gorriones—respondió su hermana—, nunca he sabido que hicieranmás que comer y pelearse.

Entre tanto, Dolores, llevando a su niño dormido en un brazo, habíapuesto con la mano que le quedaba libre, la mesa y colocado en medio lasbatatas, y distribuido a cada cual su parte.

En su propio plato comíanlos niños; y Stein observó que Dolores ni aún probaba el manjar que contanto esmero había confeccionado.

—Usted no come, Dolores—le dijo.

—¿No sabe usted—respondió esta riendo—el refrán «el que tiene hijosal lado, no morirá ahitado»? Don Federico, lo que ellos comen, meengorda a mí.

Momo, que estaba al lado de este grupo, retiraba su plato, para que nocayesen sus hermanos en tentación de pedirle de lo que contenía.

Su padre que lo notó, le dijo:

—No seas ansioso, que es vicio de ruines; ni avariento, que es vicio devillanos. Sabrás que una vez se cayó un avariento en un río. Un paisanoque vio se le llevaba la corriente, alargó el brazo y le gritó: « Deme lamano. » ¡Qué había de dar!, ¡dar!, antes de dar nada, dejó que se lellevase la corriente. Fue su suerte que le arrastró el agua cerca de unpescador, que le dijo: «Hombre, tome usted esta mano.» Conforme setrató de tomar, estuvo mi hombre muy pronto, y se salvó.

—No es ese chascarrillo el que debías contar a tu hijo, Manuel—dijo latía María—, sino ponerle por ejemplo lo que acaeció a aquel ricomiserable que no quiso socorrer a un pobre desfallecido, ni con unpedazo de pan, ni con un trago de agua.

«Permita Dios—le dijo el pobreque todo cuanto toquéis, se convierta en ese oro y esa plata a que tantoapegado estáis.» Y

así fue. Todo cuando en la casa del avaro había, seconvirtió en aquellos metales tan duros como su corazón. Atormentado porel hambre y la sed, salió al campo, y habiendo visto una fuente de aguacristalina, se arrojó con ansia a ella; pero al tocarla con los labios,el agua se cuajó y convirtió en plata. Fue a tomar una naranja delárbol, y al tocarla se convirtió en oro; y así murió rabiando ymaldiciendo aquello mismo por lo que ansiado había.

Manuel, el espíritu fuerte de aquel círculo, meneó la cabeza.

—¡Lo ve usted, tía María—dijo José—; Manuel no lo quiere creer!Tampoco cree que el día de la Asunción, en el momento de alzar en lamisa mayor, todas las hojas de los árboles se unen de dos en dos paraformar una cruz; las altas se doblan, las bajas se empinan, sin que niuna sola deje de hacerlo. Ni cree que el diez de agosto, día delmartirio de San Lorenzo, que fue quemado en unas parrillas, en cavandola tierra, se halla carbón por todas partes.

—Cuando llegue ese día—dijo Manuel—, he de cavar un hoyo delante deti, José, y veremos si te convenzo de que no hay tal.

—¿Y qué pica en Flandes habrás puesto, si no hallas carbón?—le dijo sumadre—. ¿Acaso crees que lo hallarás si lo buscas sin creerlo? PeroManuel, tú te has figurado que todo lo que no sea artículo de fe, no seha de creer, y que la credulidad es cosa de bobos; cuando no es, hijomío, sino cosa de sanos.

—Pero madre—repuso Manuel—, entre correr y estar parado, hay unmedio.

—¿Y para qué—dijo la buena anciana—escatimar tanto la fe, que al fines la primera de las virtudes? ¿Qué te parecería, hijo de mis entrañas,si yo te dijese: te parí, te crié, te puse en camino; cumplí pues, conmi obligación?, ¿si sólo como obligación mirase al amor de madre?

—Que no era usted buena madre, señora.

—Pues hijo, aplica esto a lo otro; el que no cree, sino por obligación, y sólo aquello que no puede dejar de creer, sin serrenegado, es mal cristiano: como sería yo mala madre si sólo te quisiesepor obligación.

—Hermano Gabriel—dijo Dolores—, ¿cómo es que no quiere usted probarmis batatas?

—Es día de ayuno para nosotros—respondió fray Gabriel.

—¡Qué!, ya no hay conventos, reglas ni ayunos—dijo campechanamenteManuel, para animar al pobre anciano a que participase del regalogeneral—. Además, usted ha cumplido cuanto ha los sesenta años; con queasí, fuera escrúpulos y a comer las batatas, que no se ha de condenarusted por eso.

—Usted me ha de perdonar—repuso fray Gabriel—; pero yo no dejo deayunar, como antes, mientras no me lo dispense el padre prior.

—Bien hecho, hermano Gabriel—dijo la tía María—. Manuel, no te metasa diablo tentador, con su espíritu de rebeldía y sus incitativos a lagula.

Con esto, la buena anciana se levantó y guardó en una alacena el platoque Dolores había servido al lego, diciéndole:

—Aquí se lo guardo a usted para mañana, hermano Gabriel.

Concluida la cena dieron gracias, quitándose los hombres los sombrerosque siempre conservan puestos dentro de casa.

Después del padrenuestro, dijo la tía María:

Bendito

sea

el

Señor,

que

nos

da

de

comer

sin

merecerlo.

Amén.

Como

nos

da

sus

bienes,

nos

su

gloria.

Amén.

Dios

se

lo

al pobrecito que no lo tiene. Amén.

Anís, al acabar, dio un salto a pie juntillas tan espontáneo, derechoy repentino, como lo dan los peces en el agua.

Capítulo X

Marisalada estaba ya en convalecencia; como si la naturaleza hubieraquerido recompensar el acertado método curativo de Stein y el caritativoesmero de la buena tía María.

Habíase vestido decentemente, sus cabellos, bien peinados y recogidos enuna castaña, acreditaban el celo de Dolores, que era quien se habíaencargado de su tocado.

Un día en que Stein estaba leyendo en su cuarto, cuya ventanilla daba alpatio grande, donde a la sazón se hallaban los niños jugando con Marisalada, oyó que esta se puso a imitar el canto de diversos pájaroscon tan rara perfección, que aquel suspendió

su

lectura

para

admirar

unahabilidad

tan

extraordinaria. Poco después, los muchachos entablaron unode esos juegos tan comunes en España, en que se canta al mismo tiempo. Marisalada hacía el papel de madre; Pepa, el de un caballero quevenía a pedirle la mano de su hija. La madre se la niega; el caballeroquiere apoderarse de la novia por fuerza, y todo este diálogo se componede copias cantadas en una tonada cuya melodía es sumamente agradable.

El libro se cayó de las manos de Stein, que como buen alemán tenía granafición a la música. Jamás había llegado a sus oídos una voz tanhermosa. Era un metal puro y fuerte como el cristal, suave y flexiblecomo la seda. Apenas se atrevía a respirar Stein, temeroso de perder lamenor nota.

—Se quisiera usted volver todo orejas—dijo la tía María, que habíaentrado en el cuarto sin que él lo hubiese echado de ver—.

¿No le hedicho a usted que es un canario sin jaula? Ya verá usted.

Y con esto se salió al patio y dijo a Marisalada que cantase unacanción.

Esta, con su acostumbrado desabrimiento, se negó a ello.

En este momento entró Momo mal engestado, precedido de Golondrina cargada de picón.

Traía las manos y el rostro tiznados y negros como la tinta.

—¡El rey Melchor!—gritó al verlo Marisalada.

—¡El rey Melchor!—repitieron los niños.

—Si yo no tuviera más que hacer—respondió Momo rabioso—que cantar ybrincar como tú, grandísima holgazana, no estaría tiznado de pies acabeza. Por fortuna don Federico te ha prohibido cantar; y con esto nome mortificarás las orejas.

La respuesta de Marisalada fue entonar a trapo tendido una canción.

El pueblo andaluz tiene una infinidad de cantos; son estos boleras yatristes, ya alegres; el olé, el fandango, la caña, tan linda comodifícil de cantar, y otras con nombre propio, entre las que sobresale el romance. La tonada del romance es monótona y no nos atrevemos aasegurar que puesta en música, pudiese satisfacer a los dilettanti, nia los filarmónicos. Pero en lo que consiste su agrado (por no decirencanto), es en las modulaciones de la voz que lo canta; es en la maneracon que algunas notas se ciernen, por decirlo así, y mecen suavemente,bajando, subiendo, arreciando el sonido o dejándolo morir. Así es que elromance, compuesto de muy pocas notas, es dificilísimo cantarlo bien ygenuinamente. Es tan peculiar del pueblo, que sólo a esas gentes, y deentre ellas a pocos, se lo hemos oído cantar a la perfección: parécenosque los que lo hacen, lo hacen como por intuición. Cuando a la caída dela tarde, en el campo, se oye a lo lejos una buena voz cantar el romancecon melancólica originalidad, causa un efecto extraordinario, que sólopodemos comparar al que producen en Alemania los toques de corneta delos postillones, cuando tan melancólicamente vibran suavemente repetidospor los ecos, entre aquellos magníficos bosques y sobre aquellosdeliciosos lagos. La letra del romance trata generalmente de asuntosmoriscos, o refiere piadosas leyendas o tristes historias de reos.

Este famoso y antiguo romance que ha llegado hasta nosotros, de padres ahijos, como una tradición de melodía, ha sido más estable sobre suspocas notas confiadas al oído, que las grandezas de España, apoyadas concañones y sostenidas por las minas del Perú.

Tiene, además, el pueblo canciones muy lindas y expresivas, cuya tonadaes compuesta expresamente para las palabras, lo que no sucede con lasarriba mencionadas, a las que se adaptan esa innumerable cantidad decoplas, de que cada cual tiene un rico repertorio en la memoria.

María cantaba una de aquellas canciones, que transcribiremos aquí contoda su sencillez y energía popular.

Estando

un

caballerito

En

la

isla

de

León,

se

enamoró

de

una

dama

y

ella

le

correspondió.

Que

con

el

aretín,

que

con

el

aretón.

—Señor,

quédese

una

noche,

quédese

una

noche

o

dos,

que mi marido está fuera por esos montes de Dios.

Que

con

el

aretín,

que

con

el

aretón.

Estándola

enamorando,

el

marido

que

llegó:

—Ábreme

la

puerta,

cielo,

ábreme

la

puerta,

sol.

Que

con

el

aretín,

que

con

el

aretón.

Ha

bajado

la

escalera

quebradita

de

color.

—¿Has

tenido

calentura?

¿O

has

tenido

nuevo

amor?

Que

con

el

aretín,

que

con

el

aretón.

—Ni

he

tenido

calentura

ni

he

tenido

nuevo

amor.

Me

se

ha

perdido

la

llave

de

tu

rico

tocador.

Que

con

el

aretín,

que

con

el

aretón.

—Si

las

tuyas

son

de

acero,

de

oro

las

tengo

yo.

¿De

quién

es

aquel

caballo

que

en

la

cuadra

relinchó?

Que

con

el

aretín,

que

con

el

aretón.

—Tuyo,

tuyo,

dueño

mío,

que

mi

padre

lo

mandó,

porque

vayas

a

la

boda

de

mi

hermana

la

mayor.

Que

con

el

aretín,

que

con

el

aretón.

—Viva

tu

padre

mil

años,

que

caballos

tengo

yo.

¿De quién es aquel trabuco que en aquel clavo colgó?

Que

con

el

aretín,

que

con

el

aretón.

—Tuyo,

tuyo,

dueño

mío,

que

mi

padre

lo

mandó,

para

llevarte

a

la

boda

de

mi

hermana

la

mayor.

Que

con

el

aretín,

que

con

el

aretón.

—Viva

tu

padre

mil

años,

que

trabucos

tengo

yo.

¿Quién

ha

sido

el

atrevido

que

en

mi

casa

se

acostó?

Que

con

el

aretín,

que

con

el

aretón.

—Es

una

hermanita

mía,

que

mi

padre

la

mandó

para

llevarme

a

la

boda

de

mi

hermana

la

mayor.

Que

con

el

aretín,

que

con

el

aretón.

La

ha

agarrado

de

la

mano,

al

padre

se

la

llevó:

toma

allá,

padre,

tu

hija,

que

me

ha

jugado

traición.

Que

con

el

aretín,

que

con

el

aretón.

—Llévatela

tú,

mi

yerno,

que

la

iglesia

te

la

dio;

la

ha

agarrado

de

la

mano,

al

campo

se

la

llevó.

Que

con

el

aretín,

que

con

el

aretón.

Le

tiró

tres

puñaladas

y

allí

muerta

la

dejó,

la

dama

murió

a

la

una,

y

el

galán

murió

a

las

dos.

Que con el aretín, que con el aretón.[17]

Apenas hubo acabado de cantar, Stein, que tenía un excelente oído, tomóla flauta y repitió nota por nota la canción de Marisalada. Entoncesfue cuando esta a su vez quedó pasmada y absorta, volviendo a todaspartes la cabeza, como si buscase el sitio en que reverberaba aquel eco,tan exacto y tan fiel.

—No es eco—clamaron las niñas—; es don Federico que está soplando enuna caña agujereada.

María entró precipitadamente en el cuarto en que se hallaba Stein y sepuso a escucharle con la mayor atención, inclinando el cuerpo haciaadelante, con la sonrisa en los labios, y el alma en los ojos.

Desde aquel instante, la tosca aspereza de María se convirtió, conrespecto a Stein, en cierta confianza y docilidad, que causó la mayorextrañeza a toda la familia. Llena de gozo la tía María aconsejó a Steinque se aprovechase del ascendiente que iba tomando con la muchacha, parainducirla a que se enseñase a emplear bien su tiempo aprendiendo la leyde Dios, y a trabajar, para hacerse buena cristiana, y mujer de razón,nacida para ser madre de familia y mujer de su casa. Añadió la buenaanciana, que para conseguir el fin deseado, así como para domeñar elgenio soberbio de María y sus hábitos bravíos, lo mejor sería suplicar a señá Rosita, la maestra de amiga, que la tomase a su cargo, puesto queera dicha maestra mujer de razón y temerosa de Dios y muy diestra enlabores de mano.

Stein aprobó mucho la propuesta y alcanzó de Marisalada que seprestase a ponerla en ejecución, prometiéndole en cambio ir a verlatodos los días y divertirla con la flauta.

Las disposiciones que aquella criatura tenía para la música,despertaron en ella una afición extraordinaria a su cultivo, y lahabilidad de Stein fue la que le dio el primer impulso.

Cuando llegó a noticia de Momo que Marisalada iba a ponerse bajo latutela de Rosa Mística, para aprender allí a coser, barrer y guisar, ysobre todo, como él decía, a tener juicio, y que el doctor era quien lahabía decidido a este paso, dijo que ya caía en cuenta de lo que donFederico le había contado de allá en su tierra, que había ciertoshombres, detrás de los cuales echaban a correr todas las ratas delpueblo, cuando se ponían a tocar un pito.

Desde la muerte de su madre, señá Rosa había establecido una escuelade niñas, a que en los pueblos se da el nombre de amiga, y en lasciudades, el más a la moda, de academia. Asisten a ella las niñas en lospueblos, desde por la mañana hasta mediodía, y sólo se enseña ladoctrina cristiana y la costura. En las ciudades aprenden a leer,escribir, el bordado y el dibujo. Claro es que estas casas no puedencrear pozos de ciencia, ni ser semilleros de artistas, ni modelos deeducación cual corresponde a la mujer emancipada. Pero en cambiosuelen salir de ellas mujeres hacendosas y excelentes madres defamilia, lo cual vale algo más.

Una vez restablecida la enferma, Stein exigió de su padre que laconfiase por algún tiempo a la buena mujer que debía suplir con aquellaindómita criatura a la madre que había perdido y adoctrinarla en lasobligaciones propias de su sexo.

Cuando se propuso a señá Rosa que admitiese en su casa a la bravía hija del pescador, su primera respuesta fue una terminante negativa,como suelen hacer en tales casos las personas de su temple; pero acabópor ceder cuando se le dieron a entender los buenos efectos que podríatener aquella obra de caridad; como hacen en iguales circunstanciastodas las personas religiosas, para las cuales la obligación no es cosaconvencional, sino una línea recta trazada con mano firme.

No es ponderable lo que padeció la infeliz mujer, mientras estuvo a sucargo Marisalada. Por parte de esta no cesaron las burlas ni lasrebeldías, ni por parte de la maestra los sermones sin provecho y lasexhortaciones sin fruto.

Dos ocurrencias agotaron la paciencia de señá Rosa, con tanta másrazón, cuanto que no era en ella virtud innata, sino trabajosamenteadquirida.

Marisalada había logrado formar una especie de conspiración en lasfilas del batallón que señá Rosa capitaneaba. Esta conspiración llegópor fin a estallar un día, tímida y vacilante a los principios, masdespués osada y con el cuello erguido; y fue en los términos siguientes:

—No me gustan las rosas de a libra—dijo de repente Marisalada.

—¡Silencio!—mandó la maestra, cuya severa disciplina no permitía quese hablase en las horas de clase.

Se restableció el silencio.

Cinco minutos después, se oyó una voz muy aguda, y no poco insolente,que decía:

—No me gustan las rosas lunarias.

—Nadie te lo pregunta—dijo señá Rosa, creyendo que esta intempestivadeclaración había sido provocada por la de Marisalada.

Cinco minutos después, otra de las conspiradoras dijo, recogiendo eldedal que se le había caído:

—A mí no me gustan las rosas blancas.

—¿Qué significa esto?—gritó entonces Rosa Mística, cuyo ojillo negrobrillaba como un fanal—. ¿Se están ustedes burlando de mí?

—No me gustan las rosas del pitiminí—dijo una de las más chicas,ocultándose inmediatamente debajo de la mesa.

—Ni a mí las rosas de Pasión.

—Ni a mí las rosas de Jericó.

—Ni a mí las rosas amarillas.

La voz clara y fuerte de Marisalada oscureció todas las otrasgritando:

—A las rosas secas no las puedo ver.

—A las rosas secas—exclamaron en coro todas las muchachas—no laspuedo ver.

Rosa Mística, que al principio había quedado atónita, viendo tantainsolencia, se levantó, corrió a la cocina y volvió armada de unaescoba.

Al verla, todas las muchachas huyeron como una bandada de pájaros. RosaMística quedó sola, dejó caer la escoba y se cruzó de brazos.

—¡Paciencia, Señor!—exclamó, después de haber hecho lo posible porserenarse—. Sobrellevaba con resignación mi apodo, como tú cargaste conla cruz; pero todavía me faltaba esta corona de espinas. ¡Hágase tusanta voluntad!

Quizá se habría prestado a perdonar a Marisalada en esta ocasión, sino se hubiera presentado muy en breve otra, que la obligó por fin atomar la resolución de despedirla de una vez.

Fue el caso que el hijodel barbero, Ramón Pérez, gran tocador de guitarra, venía todas lasnoches a tocar y cantar coplas amorosas bajo las ventanas severamentecerradas de la beata.

—Don Modesto—dijo esta un día a su huésped—, cuando usted oiga denoche a este ave nocturna de Ramón desollarnos las orejas con su canto,hágame usted favor de salir y decirle que se vaya con la música a otraparte.

—Pero Rosita—contestó don Modesto—, ¿quiere usted que me indispongacon ese muchacho, cuando su padre (Dios se lo pague) me está afeitandode balde desde el día de mi llegada a Villamar? Y vea usted lo que es: amí me gusta oírle, porque no puede negarse que canta y toca la guitarracon mucho primor.

—Buen provecho le haga a usted—dijo señá Rosa—. Puede ser que tengausted los oídos a prueba de bomba. Pero si a usted le gusta, a mí no.Eso de venir a cantar a las rejas de una mujer honrada, ni le hace favorni viene a qué.

La fisonomía de don Modesto expresó una respuesta muda, dividida en trespartes. En primer lugar, la extrañeza, que parecía decir: ¡Qué! ¡Ramóngalantea a mi patrona! En segundo lugar, la duda, como si dijera: ¿seráposible? En tercer lugar, la certeza, concretada en estas frases:¡ciertos son los toros! Ramón es un atrevido.

Después de pensarlo, continuó señá Rosa:

—Usted podría resfriarse, pasando del calor de su cama al aire. Másvale que se quede usted quieto, y sea yo la que diga al tal chicharra,que si se quiere divertir, que compre una mona.

Al sonar las doce de la noche, se oyó el rasgueo de una guitarra y enseguida una voz que cantaba:

¡Vale

más

lo

moreno