La Gaviota by Fernán Caballero - HTML preview

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L A G AV I O TA

[1]

Novela de Costumbres

por

Fernán Caballero

Capítulo: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI,

XVII, XVIII, XIX, XX, XXI, XXII, XXIII, XXIV, XXV, XXVI, XXVII,

XXVIII, XXIX, XXX, XXXI

Capítulo I

Hay

en

este

ligero

cuadro

lo

que

más

debe

gustar generalmente: novedad y naturalidad.

G. DE MOLÈNE

Es

innegable

que

las

cosas

sencillas

son

las

que

más

conmueven

los

corazones

profundos y los grandes entendimientos.

ALEJANDRO DUMAS

En noviembre del año de 1836, el paquebote de vapor Royal Sovereign se alejaba de las costas nebulosas de Falmouth, azotando las olas consus brazos, y desplegando sus velas pardas y húmedas en la neblina, aúnmás parda y más húmeda que ellas.

El interior del buque presentaba el triste espectáculo del principio deun viaje marítimo. Los pasajeros amontonados luchaban con las fatigasdel mareo. Veíanse mujeres en extrañas actitudes, desordenados loscabellos, ajados los camisolines, chafados los sombreros. Los hombres,pálidos y de mal humor; los niños, abandonados y llorosos; los criados,atravesando con angulosos pasos la cámara, para llevar a los pacientesté, café y otros remedios imaginarios, mientras que el buque, rey yseñor de las aguas, sin cuidarse de los males que ocasionaba, luchaba abrazo partido con las olas, dominándolas cuando le oponían resistencia,y persiguiéndolas de cerca cuando cedían.

Paseábanse sobre cubierta los hombres que se habían preservado del azotecomún, por una complexión especial, o por la costumbre de viajar. Entreellos se hallaba el gobernador de una colonia inglesa, buen mozo y dealta estatura, acompañado de dos ayudantes. Algunos otros estabanenvueltos en sus mackintosh, metidas las manos en los bolsillos, losrostros encendidos,

azulados

o

muy

pálidos,

y

generalmentedesconcertados. En fin, aquel hermoso bajel parecía haberse convertidoen el alcázar de la displicencia.

Entre todos los pasajeros se distinguía un joven como de veinticuatroaños, cuyo noble y sencillo continente, y cuyo rostro hermoso y apacibleno daban señales de la más pequeña alteración. Era alto y de gentiltalante; y en la apostura de su cabeza reinaban una gracia y unadignidad admirables. Sus cabellos negros y rizados adornaban su frenteblanca y majestuosa: las miradas de sus grandes y negros ojos eranplácidas y penetrantes a la vez. En sus labios sombreados por un ligerobigote negro, se notaba una blanda sonrisa, indicio de capacidad yagudeza, y en toda su persona, en su modo de andar y en sus gestos, setraslucía la elevación de su clase y la del alma, sin el menor síntomadel aire desdeñoso, que algunos atribuyen injustamente a toda especie desuperioridad.

Viajaba por gusto, y era esencialmente bueno, aunque un sentimientovirtuoso de cólera no le impeliese a estrellarse contra los vicios y losextravíos de la sociedad. Es decir, que no se sentía con vocación deatacar los molinos de viento, como don Quijote. Érale mucho más gratoencontrar lo bueno, que buscaba con la misma satisfacción pura ysencilla, que la doncella siente al recoger violetas. Su fisonomía, sugracia, su insensibilidad al frío y a la desazón general, estabandiciendo que era español.

Paseábase observando con mirada rápida y exacta la reunión, que, a guisade mosaico, amontonaba el acaso en aquellas tablas, cuyo conjunto sellama navío, así como en dimensiones más pequeñas se llama ataúd. Perohay poco que observar en hombres que parecen ebrios, y en mujeres quesemejan cadáveres.

Sin embargo, mucho excitó su interés la familia de un oficial inglés,cuya esposa había llegado a bordo tan indispuesta, que fue precisollevarla a su camarote; lo mismo se había hecho con el ama, y el padrela seguía con el niño de pecho en los brazos, después de haber hechosentar en el suelo a otras tres criaturas de dos, tres y cuatro años,encargándoles que tuviesen juicio, y no se moviesen de allí. Los pobresniños, criados quizá con gran rigor, permanecieron inmóviles ysilenciosos como los ángeles que pintan a los pies de la Virgen.

Poco a poco el hermoso encarnado de sus mejillas desapareció; susgrandes ojos, abiertos cuan grandes eran, quedaron como amortiguados yentontecidos, y sin que un movimiento ni una queja denunciase lo quepadecían, el sufrimiento comprimido se pintó en sus rostros asombrados ymarchitos.

Nadie reparó en este tormento silencioso, en esta suave y dolorosaresignación.

El español iba a llamar al mayordomo, cuando le oyó responder de malhumor a un joven que, en alemán y con gestos expresivos, parecíaimplorar su socorro en favor de aquellas abandonadas criaturas.

Como la persona de este joven no indicaba elegancia ni distinción, ycomo no hablaba más que alemán, el mayordomo le volvió la espalda,diciéndole que no le entendía.

Entonces el alemán bajó a su camarote a proa, y volvió prontamentetrayendo una almohada, un cobertor y un capote de bayetón. Con estosauxilios hizo una especie de cama, acostó en ella a los niños y losarropó con el mayor esmero. Pero apenas se habían reclinado, el mareo,comprimido por la inmovilidad, estalló de repente, y en un instantealmohada, cobertor y sobretodo quedaron infestados y perdidos.

El español miró entonces al alemán, en cuya fisonomía sólo vio unasonrisa de benévola satisfacción, que parecía decir:

¡gracias a Dios, yaestán aliviados!

Dirigióle la palabra en inglés, en francés y en español, y no recibióotra respuesta sino un saludo hecho con poca gracia, y esta fraserepetida: ich verstehe nicht (no entiendo).

Cuando después de comer, el español volvió a subir sobre cubierta, elfrío había aumentado. Se embozó en su capa, y se puso a dar paseos.Entonces vio al alemán sentado en un banco, y mirando al mar; el cual,como para lucirse, venía a ostentar en los costados del buque sus perlasde espuma y sus brillantes fosfóricos.

Estaba el joven observador vestido bien a la ligera, porque su levitónhabía quedado inservible, y debía atormentarle el frío.

El español dio algunos pasos para acercársele; pero se detuvo, nosabiendo cómo dirigirle la palabra. De pronto se sonrió, como de unafeliz ocurrencia, y yendo en derechura hacia él, le dijo en latín:

—Debéis tener mucho frío.

Esta voz, esta frase, produjeron en el extranjero la más vivasatisfacción, y sonriendo también como su interlocutor, le contestó enel mismo idioma:

—La noche está en efecto algo rigurosa; pero no pensaba en ello.

—¿Pues en qué pensabais?—le preguntó el español.

—Pensaba en mi padre, en mi madre, en mis hermanos y hermanas.

—¿Por qué viajáis, pues, si tanto sentís esa separación?

—¡Ah!, señor; la necesidad... Ese implacable déspota...

—¿Con que no viajáis por placer?

—Ese placer es para los ricos, y yo soy pobre. ¡Por mi gusto!...

¡Sisupierais el motivo de mi viaje, veríais cuán lejos está de serplacentero!

—¿Adónde vais, pues?

—A la guerra, a la guerra civil, la más terrible de todas: a Navarra.

—¡A la guerra!—exclamó el español al considerar el aspecto bondadoso,suave, casi humilde y muy poco belicoso del alemán—. ¿Pues qué, soismilitar?

—No, señor, no es esa mi vocación. Ni mi afición ni mis principios meinducirían a tomar las armas, sino para defender la santa causa de laindependencia de Alemania, si el extranjero fuese otra vez a invadirla.Voy al ejército de Navarra a procurar colocarme como cirujano.

—¡Y no conocéis la lengua!

—No, señor, pero la aprenderé.

—¿Ni el país?

—Tampoco: jamás he salido de mi pueblo sino para la universidad.

—¿Pero tendréis recomendaciones?

—Ninguna.

—¿Contaréis con algún protector?

—No conozco a nadie en España.

—Pues entonces, ¿qué tenéis?

—Mi ciencia, mi buena voluntad, mi juventud y mi confianza en Dios.

Quedó el español pensativo al oír estas palabras. Al considerar aquelrostro en que se pintaban el candor y la suavidad; aquellos ojos azules,puros como los de un niño; aquella sonrisa triste y al mismo tiempoconfiada, se sintió vivamente interesado y casi enternecido.

—¿Queréis—le dijo después de una breve pausa—bajar conmigo, y aceptarun ponche para desechar el frío? Entre tanto, hablaremos.

El alemán se inclinó en señal de gratitud, y siguió al español, el cualbajó al comedor y pidió un ponche.

A la testera de la mesa estaba el gobernador con sus dos acólitos; a unlado había dos franceses. El español y el alemán se sentaron a los piesde la mesa.

—Pero ¿cómo—preguntó el primero—habéis podido concebir la idea devenir a este desventurado país?

El alemán le hizo entonces un fiel relato de su vida. Era el sexto hijode un profesor de una ciudad pequeña de Sajonia, el cual había gastadocuanto tenía en la educación de sus hijos.

Concluida la del que vamosconociendo, hallábase sin ocupación ni empleo, como tantos jóvenespobres se encuentran en Alemania, después de haber consagrado sujuventud a excelentes y profundos estudios, y de haber practicado suarte con los mejores maestros. Su manutención era una carga para sufamilia; por lo cual, sin desanimarse, con toda su calma germánica, tomóla resolución de venir a España, donde, por desgracia, la sangrientaguerra del Norte le abría esperanzas de que pudieran utilizarse susservicios.

—Bajo los tilos que hacen sombra a la puerta de mi casa—dijo alterminar su narración—, abracé por última vez a mi buen padre, a miquerida madre, a mi hermana Lotte[2] y a mis hermanitos. Profundamenteconmovido y bañado en lágrimas, entré en la vida, que otros encuentrancubierta de flores. Pero, ánimo; el hombre ha nacido para trabajar: elcielo coronará mis esfuerzos. Amo la ciencia que profeso, porque esgrande y noble: su objeto es el alivio de nuestros semejantes; y elresultado es bello, aunque la tarea sea penosa.

—¿Y os llamáis...?

—Fritz Stein—respondió el alemán, incorporándose algún tanto sobre suasiento, y haciendo una ligera reverencia.

Poco tiempo después, los dos nuevos amigos salieron.

Uno de los franceses, que estaba enfrente de la puerta, vio que al subirla escalera el español echó sobre los hombros del alemán su hermosa capaforrada de pieles; que el alemán hizo alguna resistencia, y que el otrose esquivó y se metió en su camarote.

—¿Habéis entendido lo que decían?—le preguntó su compatriota.

—En verdad—repuso el primero (que era comisionista de comercio)—, ellatín no es mi fuerte; pero el mozo rubio y pálido se me figura unaespecie de Werther llorón, y he oído que hay en la historia su poco deCarlota, amén de los chiquillos, como en la novela alemana. Por dicha,en lugar de acudir a la pistola para consolarse, ha echado mano delponche, lo que si no es tan sentimental, es mucho más filosófico yalemán. En cuanto al español, le creo un don Quijote, protector dedesvalidos, con sus ribetes de San Martín, que partía su capa con lospobres: esto, unido a su talante altanero, a sus miradas firmes ypenetrantes como alambres, y a su rostro pálido y descolorido, a manerade paisaje en noche de luna, forma también un conjunto perfectamenteespañol.

—Sabéis—repuso el otro—que como pintor de historia voy a Tarifa, condesignio de pintar el sitio de aquella ciudad, en el momento en que elhijo de Guzmán hace seña a su padre de que le sacrifique antes querendir la plaza. Si ese joven quisiera servirme de modelo, estoy segurodel buen éxito de mi cuadro.

Jamás he visto la naturaleza más cerca delo ideal.

—Así sois todos los artistas: ¡siempre poetas!—respondió elcomisionista—. Por mi parte, si no me engañan la gracia de ese hombre,su pie mujeril y bien plantado, y la elegancia y el perfil de sucintura, le califico desde ahora de torero. Quizá sea el mismo Montes,que tiene poco más o menos la misma catadura, y que además es rico ygeneroso.

—¡Un torero!—exclamó el artista—, ¡un hombre del pueblo!

¿Os estáischanceando?

—No, por cierto—dijo el otro—; estoy muy lejos de chancearme. Nohabéis vivido como yo en España, y no conocéis el temple aristocráticode su pueblo. Ya veréis, ya veréis. Mi opinión es que, como gracias alos progresos de la igualdad y fraternidad

los

chocantes

airesaristocráticos

se

van

extinguiendo, en breve no se hallarán en España,sino en las gentes del pueblo.

—¡Creer que ese hombre es un torero!—dijo el artista con tal sonrisade desdén que el otro se levantó picado, y exclamó:

—Pronto sabré quién es: venid conmigo, y exploraremos a su criado.

Los dos amigos subieron sobre cubierta, donde no tardaron en encontraral hombre que buscaban.

El comisionista, que hablaba algo de español, entabló conversación conél, y después de algunas frases triviales, le dijo:

—¿Se ha ido a la cama su amo de usted?

—Sí, señor—respondió el criado, echando a su interlocutor una miradallena de penetración y malicia.

—¿Es muy rico?

—No soy su administrador, sino su ayuda de cámara.

—¿Viaja por negocios?

—No creo que los tenga.

—¿Viaja por su salud?

—La tiene muy buena.

—¿Viaja de incógnito?

—No, señor: con su nombre y apellido.

—¿Y se llama?...

—Don Carlos de la Cerda

—¡Ilustre nombre, por cierto!—exclamó el pintor.

—El mío es Pedro de Guzmán—dijo el criado—, y soy muy servidor deustedes.

Con lo cual, les hizo una cortesía y se retiró.

—El Gil Blas tiene razón—dijo el francés—. En España no hay cosa máscomún que apellidos gloriosos: es verdad que en París mi zapatero sellamaba Martel, mi sastre Roland y mi lavandera madame Bayard. EnEscocia hay más Estuardos que piedras. ¡Hemos quedado frescos! Eltunante del criado se ha burlado de nosotros. Pero bien considerado, yosospecho que es un agente de la facción; un empleado oscuro de donCarlos.

—No, por cierto—exclamó el artista—. Es mi Alonso Pérez de Guzmán, elBueno: el héroe de mis sueños.

El otro francés se encogió de hombros.

Llegado el buque a Cádiz, el español se despidió de Stein.

—Tengo que detenerme algún tiempo en Andalucía—le dijo—

. Pedro, micriado, os acompañará a Sevilla, y os tomará asiento en la diligencia deMadrid. Aquí tenéis una carta de recomendación para el ministro de laGuerra, y otra para el general en jefe del Ejército. Si alguna veznecesitáis de mí, como amigo, escribidme a Madrid con este sobre.

Stein no podía hablar de puro conmovido. Con una mano tomaba las cartasy con otra rechazaba la tarjeta que el español le presentaba.

—Vuestro nombre está grabado aquí—dijo el alemán poniendo la mano enel corazón—. ¡Ah! No lo olvidaré en mi vida. Es el del corazón másnoble, el del alma más elevada y generosa, el del mejor de los mortales.

—Con ese sobrescrito—repuso don Carlos sonriendo—, vuestras cartaspodrían no llegar a mis manos. Es preciso otro más claro y más breve.

Le entregó la tarjeta, y se despidió.

Stein leyó: El duque de Almansa.

Y Pedro de Guzmán, que estaba allí cerca, añadió:

—Marqués de Guadalmonte, de Val-de-Flores y de Roca-Fiel; conde deSanta Clara, de Encinasola y de Lara; caballero del Toisón de Oro, yGran Cruz de Carlos III; gentilhombre de cámara de Su Majestad, grandede España de primera clase, etc.

Capítulo II

En una mañana de octubre de 1838, un hombre bajaba a pie de uno de lospueblos del condado de Niebla, y se dirigía hacia la playa. Era tal suimpaciencia por llegar a un puertecillo de mar que le habían indicado,que creyendo cortar terreno entró en una de las vastas dehesas, comunesen el sur de España, verdaderos desiertos destinados a la cría delganado vacuno, cuyas manadas no salen jamás de aquellos límites.

Este hombre parecía viejo, aunque no tenía más de veintiséis años.Vestía una especie de levita militar, abotonada hasta el cuello. Sutocado era una mala gorra con visera. Llevaba al hombro un palo grueso,del que pendía una cajita de caoba, cubierta de bayeta verde; un paquetede libros, atados con tiras de orillo, un pañuelo que contenía algunaspiezas de ropa blanca, y una gran capa enrollada.

Este ligero equipaje parecía muy superior a sus fuerzas. De cuando encuando se detenía, apoyaba una mano en su pecho oprimido, o la pasabapor su enardecida frente, o bien fijaba sus miradas en un pobre perroque le seguía, y que en aquellas paradas se acostaba jadeante a suspies.

«¡Pobre Treu![3]—le decía—, ¡único ser que me acredita que todavíahay en el mundo cariño y gratitud! ¡No: jamás olvidaré el día en que porprimera vez te vi! Fue con un pobre pastor, que murió fusilado por nohaber querido ser traidor. Estaba de rodillas en el momento de recibirla muerte, y en vano procuraba alejarte de su lado. Pidió que teapartasen, y nadie se atrevía.

Sonó la descarga, y tú, fiel amigo deldesventurado, caíste mortalmente herido al lado del cuerpo exánime detu amo. Yo te recogí, curé tus heridas, y desde entonces no me hasabandonado.

Cuando los graciosos del regimiento se burlaban de mí, y mellamaban cura-perros, venías a lamerme la mano que te salvó, comoqueriendo decirme: 'los perros son agradecidos'. ¡Oh Dios mío! Yo amabaa mis semejantes. Hace dos años que, lleno de vida, de esperanza, debuena voluntad, llegué a estos países, y ofrecía a mis semejantes misdesvelos, mis cuidados, mi deber y mi corazón. He curado muchas heridas,y en cambio las he recibido muy profundas en mi alma. ¡Gran Dios! ¡GranDios! Mi corazón está destrozado. Me veo ignominiosamente arrojado delEjército, después de dos años de servicio, después de dos años detrabajar sin descanso. Me veo acusado y perseguido, sólo por habercurado a un hombre del partido contrario, a un infeliz, que perseguidocomo una bestia feroz, vino a caer moribundo en mis brazos. ¿Seráposible que las leyes de la guerra conviertan en crimen lo que la moralerige en virtud, y la religión en deber? ¿Y

qué me queda que hacerahora? Ir a reposar mi cabeza calva y mi corazón ulcerado a la sombra delos tilos de la casa paterna. ¡Allí no me contarán por delito el habertenido piedad de un moribundo!»

Después de una pausa de algunos instantes, el desventurado hizo unesfuerzo.

«Vamos, Treu; vorwarts, vorwarts. »[4]

Y el viajero y el fiel animal prosiguieron su penosa jornada.

Pero a poco rato perdió el estrecho sendero que había seguido hastaentonces, y que habían formado las pisadas de los pastores.

El terreno se cubría más y más de maleza, de matorrales altos y espesos:era imposible seguir en línea recta; no se podía andar sin inclinarsealternativamente a uno u otro lado.

El sol concluía su carrera, y no se descubría el menor aviso dehabitación humana en ningún punto del horizonte; no se veía más, sino ladehesa sin fin, desierto verde y uniforme como el océano.

Fritz Stein, a quien sin duda han reconocido ya nuestros lectores,conoció demasiado tarde que su impaciencia le había inducido a contarcon más fuerzas que las que tenía. Apenas podía sostenerse sobre suspies hinchados y doloridos, sus arterias latían con violencia, partíasus sienes un agudo dolor; una sed ardiente le devoraba. Y para aumentodel horror de su situación, unos sordos y prolongados mugidos leanunciaban la proximidad de algunas de las toradas medio salvajes, tanpeligrosas en España.

«Dios me ha salvado de muchos peligros—dijo el desgraciado viajero—:también me protegerá ahora, y si no, hágase su voluntad.»

Con esto apretó el paso lo más que le fue posible: pero ¡cuál no seríasu espanto, cuando habiendo doblado una espesa mancha de lentiscos, seencontró frente a frente, y a pocos pasos de distancia, con un toro!

Stein quedó inmóvil y como petrificado. El bruto, sorprendido de aquelencuentro y de tanta audacia, quedó también sin movimiento, fijando enStein sus grandes y feroces ojos, inflamados como dos hogueras. Elviajero conoció que al menor movimiento que hiciese era hombre perdido.El toro, que por el instinto natural de su fuerza y de su valor quiereser provocado para embestir, bajó y alzó dos veces la cabeza conimpaciencia, arañó la tierra y suscitó de ella nubes de polvo, como enseñal de desafío. Stein no se movía. Entonces el animal dio un pasoatrás, bajó la cabeza, y ya se preparaba a la embestida, cuando sesintió mordido en los corvejones. Al mismo tiempo, los furiosos ladridosde su leal compañero dieron a conocer a Stein su libertador. El toroembravecido se volvió a repeler el inesperado ataque, movimiento de quese aprovechó Stein para ponerse en fuga. La horrible situación de queapenas se había salvado, le dio nuevas fuerzas para huir por entre lascarrascas y lentiscos, cuya espesura le puso al abrigo de su formidablecontrario.

Había ya atravesado una cañada de poca extensión, y subiendo a una loma,se detuvo casi sin aliento, y se volvió a mirar el sitio de suarriesgado lance. Entonces vio de lejos entre los arbustos a su pobrecompañero, a quien el feroz animal levantaba una y otra vez por alto.Stein extendía sus brazos hacia el leal animal, y repetía sollozando:

«¡Pobre, pobre Treu! ¡Mi único amigo! ¡Qué bien mereces tu nombre!¡Cuán caro te cuesta el amor que tuviste a tus amos!»

Por sustraerse a tan horrible espectáculo, apresuró Stein sus pasos, nosin derramar copiosas lágrimas. Así llegó a la cima de otra altura,desde donde se desenvolvió a su vista un magnífico paisaje. El terrenodescendía con imperceptible declive hacia el mar, que, en calma ytranquilo, reflejaba los fuegos del sol en su ocaso, y parecía un camposembrado de brillantes, rubíes y zafiros. En medio de esta profusión deresplandores, se distinguía como una perla el blanco velamen de unbuque, al parecer clavado en las olas. La accidentada línea que formabala costa presentaba ya una playa de dorada arena que las mansas olassalpicaban de plateada espuma, ya rocas caprichosas y altivas, queparecían complacerse en arrostrar el terrible elemento, a cuyos embatesresisten, como la firmeza al furor. A lo lejos, y sobre una de las peñasque estaban a su izquierda, Stein divisó las ruinas de un fuerte, obrahumana que a nada resiste, a quien servían de base las rocas, obra deDios, que resiste a todo. Algunos grupos de pinos alzaban sus fuertes ysombrías cimeras, descollando sobre la maleza. A la derecha, y en loalto de un cerro, descubrió un vasto edificio, sin poder precisar si erauna población, un palacio con sus dependencias o un convento.

Casi extenuado por su última carrera, y por la emoción que recientementele había agitado, aquel fue el punto a que dirigió sus pasos.

Ya había anochecido cuando llegó. El edificio era un convento, como losque se contruían en los siglos pasados, cuando reinaban la fe y elentusiasmo: virtudes tan grades, tan bellas, tan elevadas, que por lomismo no tienen cabida en este siglo de ideas estrechas y mezquinas;porque entonces el oro no servía para amontonarlo ni emplearlo en lucrosinicuos, sino que se aplicaba a usos dignos y nobles, como que loshombres pensaban en lo grande y en lo bello, antes de pensar en locómodo y en lo útil. Era un convento, que en otros tiempos suntuoso,rico, hospitalario, daba pan a los pobres, aliviaba las miserias ycuraba los males del alma y del cuerpo; mas ahora, abandonado, vacío,pobre, desmantelado, puesto en venta por unos pedazos de papel, nadiehabía querido comprarlo, ni aun a tan bajo precio.

La especulación, aunque engrandecida en dimensiones gigantescas, aunqueavanzando como un conquistador que todo lo invade, y a quien no arredranlos obstáculos, suele, sin embargo, detenerse delante de los templos delSeñor, como la arena que arrebata el viento del desierto, se detiene alpie de las Pirámides.

El campanario, despojado de su adorno legítimo, se alzaba como ungigante exánime, de cuyas vacías órbitas hubiese desaparecido la luz dela vida. Enfrente de la entrada duraba aún una cruz de mármol blanco,cuyo pedestal, medio destruido, la hacía tomar una postura inclinada,como de caimiento y dolor.

La puerta, antes abierta a todos de par enpar, estaba ahora cerrada.

Las fuerzas de Stein le abandonaron, y cayó medio exánime en un banco depiedra pegado a la pared cerca de la puerta. El delirio de la fiebreturbó su cerebro; parecíale que las olas del mar se le acercaban, cualenormes serpientes, retirándose de pronto y cubriéndole de blanca yvenenosa baba; que la Luna le miraba con pálido y atónito semblante; quelas estrellas daban vueltas en rededor de él, echándole miradasburlonas. Oía mugidos de toros, y uno de estos animales salía de detrásde la cruz y echaba a los pies del calenturiento su pobre perro, privadode la vida. La cruz misma se le acercaba vacilante, como si fuera acaer, y abrumarle bajo su peso. ¡Todo se movía y giraba en rededor delinfeliz! Pero en medio de este caos, en que más y más se embrollaban susideas, oyó no ya rumores sordos y fantásticos, cual tambores lejanos,como le habían parecido los latidos precipitados de sus arterias, sinoun ruido claro y distinto, y que con ningún otro podía confundirse: elcanto de un gallo.

Como si este sonido campestre y doméstico le hubiese restituido depronto la facultad de pensar y la de moverse, Stein se puso en pie, seencaminó con gran dificultad hacia la puerta, y la golpeó con unapiedra; le respondió un ladrido. Hizo otro esfuerzo para repetir sullamada, y cayó al suelo desmayado.

Abrióse la puerta y aparecieron en ella dos personas.

Era una mujer joven, con un candil en la mano, la cual, dirigiendo laluz hacia el objeto que divisaba a sus pies, exclamó:

—¡Jesús María!, no es Manuel; es un desconocido... ¡y está muerto!¡Dios nos asista!

—Socorrámosle—exclamó la otra, que era una mujer de edad, vestida conmucho aseo—. Hermano Gabriel, hermano Gabriel—gritó entrando en elpatio—: venga usted pronto. Aquí hay un infeliz que se está muriendo.

Oyéronse pasos precipitados, aunque pesados. Eran los de un anciano, deno muy alta estatura, cuya faz apacible y cándida indicaba un alma puray sencilla. Su grotesco vestido consistía en un pantalón y una holgadachupa de sayal pardo, hechos al parecer de un hábito de fraile; calzabasandalias, y cubría su luciente calva un gorro negro de lana.

—Hermano Gabriel—dijo la anciana—, es preciso socorrer a este hombre.

—Es preciso socorrer a este hombre—contestó el hermano Gabriel.

—¡Por Dios, señora!—exclamó la del candil—. ¿Dónde va usted a poneraquí a un moribundo?

—Hija—respondió la anciana—, si no hay otro lugar en que ponerle,será en mi propia cama.

—¿Y va usted a meterle en casa—repuso la otra—, sin saber siquieraquién es?

—¿Qué importa?—dijo la anciana—. ¿No sabes el refrán: haz bien y nomires a quién? Vamos: ayúdame, y manos a la obra.

Dolores obedeció con celo y temor a un tiempo.

—Cuando venga Manuel—decía—, quiera Dios que no tengamos algunadesazón.

—¡Tendría que ver!—respondió la buena anciana—, ¡No faltaba más sinoque un hijo tuviese que decir a lo que su madre dispone!

Entre los tres llevaron a Stein al cuarto del hermano Gabriel.

Con pajafresca y una enorme y lanuda zalea se armó al instante una buena cama.La tía María sacó del arca un par de sábanas no muy finas, pero limpias,y una manta de lana.

Fray Gabriel quiso ceder su almohada, a lo que se opuso la tía María,diciendo que ella tenía dos, y podía muy bien dormir con una sola. Steinno tardó en ser desnudado y metido en la cama.

Entre tanto se oían golpes repetidos a la puerta.

—Ahí está Manuel—dijo entonces su mujer—. Venga usted conmigo, madre,que no quiero estar sola con él, cuando vea que hemos dado entrada encasa a un hombre sin que él lo sepa.

La suegra siguió los pasos de la nuera.

—¡Alabado sea Dios! Buenas noches, madre; buenas noches, mujer—dijo alentrar un hombre alto y de buen talante, que parecía tener de treinta yocho a cuarenta años, y a quien seguía un muchacho como de unos trece.

—Vamos, Momo[5]—añadió—, descarga la burra y llévala a la cuadra. Lapobre Golondrina no puede con el alma.

Momo llevó a la cocina, punto de reunión de toda la familia, una buenaprovisión de panes grandes y blancos, unas alforjas y la manta de supadre. En seguida desapareció llevando del diestro a Golondrina.

Dolores volvió a cerrar la puerta, y se reunió en la cocina con sumarido y con su madre.

—¿Me traes—le dijo—el jabón y el almidón?

—Aquí viene.

—¿Y mi lino?—preguntó la madre.

—Ganas tuve de no traerlo—respondió Manuel sonriéndose, y entregando asu madre unas madejas.

—¿Y por qué, hijo?

—Es que me acordaba de aquel que iba a la feria, y a quien dabanencargos todos sus vecinos. Tráeme un sombrero; tráeme un par depolainas; una prima quería un peine; una tía, chocolate; y a todo esto,nadie le daba un cuarto. Cuando estaba ya montado en la mula, llegó unchiquillo y le dijo: «Aquí tengo dos cuartos para un pito, ¿me lo quiereusted traer?» Y diciendo y haciendo, le puso las monedas en la mano. Elhombre se inclinó, tomó el dinero y le respondió: «¡Tú pitarás!» Y, enefecto, volvió de la feria, y de todos los encargos no trajo más que elpito.

—¡Pues está bueno!—repuso la madre—: ¿para quién me paso yo hilandolos días y las noches? ¿No es para ti y para tus hijos?

¿Quieres que seacomo el sastre del Campillo, que cosía de balde y ponía el hilo?

En este momento se presentó Momo a la puerta de la cocina.

Era bajo decuerpo y rechoncho, alto de hombros, y además tenía la mala maña desubirlos más, con un gesto de desprecio y de qué se me da a mí, hastatocar con ellos sus enormes orejas, anchas como abanicos. Tenía lacabeza abultada, el cabello corto, los labios gruesos. Era además chatoy horriblemente bizco.

—Padre—dijo con un gesto de malicia—, en el cuarto del hermanoGabriel hay un hombre acostado.

—¡Un hombre en mi casa!—gritó Manuel saltando de la silla—. Dolores,¿qué es esto?

—Manuel, es un pobre enfermo. Tu madre ha querido recogerlo. Yo meopuse a ello, pero su merced quiso. ¿Qué había yo de hacer?

—¡Bueno está!, pero, aunque sea mi madre, no por eso ha de tener encasa al primero que se presenta.

—No; sino dejarle morir a la puerta, como si fuera un perro—

dijo laanciana—. ¿No es eso?

—Pero madre—repuso Manuel—, ¿es mi casa algún hospital?

—No; pero es la casa de un cristiano; y si hubieras estado aquí,hubieras hecho lo mismo que yo.

—Que no—respondió Manuel—; le habría puesto encima de la burra, y lehabría llevado al lugar, ya que se acabaron los conventos.

—Aquí no teníamos burra ni alma viviente que pudiera hacerse cargo deese infeliz.

—¡Y si es un ladrón!

—Quien se está muriendo, no roba.

—Y si le da una enfermedad larga, ¿quién la costea?

—Ya han matado una gallina para el caldo—dijo Momo—; yo he visto lasplumas en el corral.

—¿Madre, ha perdido usted el sentido?—exclamó Manuel colérico.

—Basta, basta—dijo la madre con voz severa y dignidad—.

Caérsetedebía la cara de vergüenza de haberte incomodado con tu madre, sólo porhaber hecho lo que manda la ley de Dios. Si tu padre viviera, no podríacreer que su hijo cerraba la puerta a un infeliz que llegase a ellamuriéndose y sin amparo.

Manuel bajó la cabeza, y hubo un rato de silencio general.

—Vaya, madre—dijo en fin—; haga usted cuenta que no he dicho nada.Gobiérnese a su gusto. Ya se sabe que las mujeres se salen siempre conla suya.

Dolores respiró más libremente.

—¡Qué bueno es!—dijo gozosa a su suegra.

—Tú podías dudarlo—respondió ésta sonriendo a su nuera, a quien queríamucho, y levantándose para ir a ocupar su puesto a la cabecera delenfermo—. Yo, que lo he parido, no lo he dudado nunca.

Al pasar cerca de Momo, le dijo su abuela:

—Ya sabía yo que tenías malas entrañas; pero nunca lo has acreditadotanto como ahora. Anda con Dios; te compadezco: eres malo, y el que esmalo, consigo lleva el castigo.

—Las viejas no sirven más que para sermonear—gruñó Momo, echando a suabuela una impaciente y torcida mirada.

Pero apenas había pronunciado la última palabra, cuando su madre, que lohabía oído, se arrojó a él y le descargó una bofetada.

—Aprende—le dijo—a no ser insolente con la madre de tu padre, que esdos veces madre tuya.

Momo se refugió llorando a lo último del corral, y desahogó su corajedando una paliza al perro.

Capítulo III

La tía María y el hermano Gabriel se esmeraban a cual más en cuidar alenfermo; pero discordaban en cuanto al método que debía emplearse en sucuración. La tía María, sin haber leído a Brown, estaba por los caldossustanciosos y los confortantes tónicos, porque decía que estaba muydébil y muy extenuado.

Fray Gabriel, sin haber oído el nombre deBroussais, quería refrescos y temperantes, porque, en su opinión, habíafiebre cerebral, la sangre estaba inflamada y la piel ardía.

Los dos tenían razón; y del doble sistema, compuesto de los caldos de latía María y de las limonadas del hermano Gabriel, resultó que Steinrecobró la vida y la salud el mismo día en que la buena mujer mató laúltima gallina, y el hermano cogía el último limón del árbol.

—Hermano Gabriel—dijo la tía María—, ¿qué casta de pájaro cree ustedque será nuestro enfermo? ¿Militar?

—Bien podrá ser que sea militar—contestó fray Gabriel, el cual,excepto en puntos de medicina y de horticultura, estaba acostumbrado amirar a la tía María como a un oráculo, y a no tener otra opinión que lasuya, lo mismo que había hecho con el prior de su convento. Así que casimaquinalmente, repetía siempre lo que la buena anciana decía.

—No puede ser—prosiguió la tía María, meneando la cabeza—. Si fueramilitar, tendría armas, y no las tiene. Es verdad que al doblar sulevitón para quitarlo de en medio, hallé en el bolsillo una cosa a modode pistola; pero al examinarla con el mayor cuidado, por si acaso, vinea caer en que no era pistola, sino flauta. Luego no es militar.

—No puede ser militar—repitió el hermano Gabriel.

—¿Si será un contrabandista?

—¡Puede ser que sea un contrabandista!—dijo el buen lego.

—Pero no—repuso la anciana—, porque para hacer el contrabando espreciso tener géneros o dineros, y él no tiene ni lo uno ni lo otro.

—Es verdad: ¡no puede ser contrabandista!—afirmó fray Gabriel.

—Hermano Gabriel, ¿a ver qué dicen los títulos de esos libros?, puedeser que por ahí saquemos cuál es su oficio.

El hermano se levantó, tomó sus espejuelos engarzados en cuerno, loscolocó sobre la nariz, echó mano al paquete de libros, y aproximándose ala ventana que daba al gran patio interior, estuvo largo ratoexaminándolos.

—Hermano Gabriel—dijo al cabo la tía María—. ¿Se le ha olvidado austed el leer?

—No, pero no conozco estas letras; me parece que es hebreo.

—¡Hebreo!—exclamó la tía María—. ¡Virgen Santa! ¿Si será judío?

En aquel momento, Stein, que había estado largo tiempo aletargado, abriólos ojos y dijo en alemán:

Gott, wo bin ich? (Dios mío, ¿dónde estoy?) La tía María se puso de un salto en medio del cuarto. El hermano Gabrieldejó caer los libros, y se quedó hecho una piedra, abriendo los ojos tangrandes como sus espejuelos.

—¿Qué ha hablado?—preguntó la tía María.

—Será hebreo como sus libros—respondió fray Gabriel—.

Quizá serájudío como usted ha dicho, tía María.

—¡Dios nos asista!—exclamó la anciana—; pero no. Si fuera judío, ¿nole habríamos visto el rabo cuando lo desnudábamos?

—Tía María—repuso el lego—, el padre prior decía que eso del rabo delos judíos es una patraña, una tontería, y que los judíos no tienen talcosa.

—Hermano Gabriel—replicó la tía María—, desde la benditaConstitución todo se vuelve cambios y mudanzas. Esa gente que gobiernaen lugar del rey no quiere que haya nada de lo que antes hubo; y poresto no han querido que los judíos tengan rabo, y toda la vida lo hantenido como el diablo. Si el padre prior dijo lo contrario, le obligarona ello, como lo obligaron a decir en la misa rey constitucional.

—¡Bien podrá ser!—dijo el hermano.

—No será judío—prosiguió la anciana—, pero será un moro o un turcoque habrá naufragado en estas costas.

—Un pirata de Marruecos—repuso el buen fraile—; ¡puede ser!

—Pero entonces llevaría turbante y chinelas amarillas, como el moro queyo vi hace treinta años cuando fui a Cádiz: se llama el moro Seylan.¡Qué hermoso era! Pero para mí, toda su hermosura se le quitaba con noser cristiano. Pero más que sea judío o moro, no importa: socorrámosle.

—Socorrámosle aunque sea judío o moro—repitió el hermano.

Y los dos se acercaron a la cama.

Stein se había incorporado y miraba con extrañeza todos los objetos quele rodeaban.

—No entenderá lo que le digamos—dijo la tía María—, pero hagamos laprueba.

—Hagamos la prueba—repitió el hermano Gabriel.

La gente del pueblo en España cree generalmente que el mejor medio dehacerse entender es hablar a gritos. La tía María y fray Gabriel, muyconvencidos de ello, gritaron a la vez, ella:

«¿quiere usted caldo?», yél: «¿quiere usted limonada?»

Stein, que iba saliendo poco a poco del caos de sus ideas, preguntó enespañol:

—¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes?

—El señor—respondió la anciana—es el hermano Gabriel, y yo soy la tíaMaría, para lo que usted quiera mandar.

—¡Ah!—dijo Stein—, el Santo Arcángel y la bendita Virgen, cuyosnombres lleváis, aquella que es la salud de los enfermos, la consoladorade los afligidos, y el socorro de los cristianos, os pague el bien queme habéis hecho.

—¡Habla español—exclamó alborozada la tía María—, y es cristiano, ysabe las letanías!

Y llena de júbilo, se arrojó a Stein, le estrechó en sus brazos y leestampó un beso en la frente.

—Y a todo esto, ¿quién es usted?—dijo la tía María, después de haberledado una taza de caldo—. ¿Cómo ha venido usted a parar enfermo ymuriéndose a este despoblado?

—Me llamo Stein, y soy cirujano. He estado en la guerra de Navarra, yvolvía por Extremadura a buscar un puerto donde embarcarme para Cádiz, yde allí a mi tierra, que es Alemania.

Perdí el camino, y he estado largotiempo dando rodeos, hasta que por fin he llegado aquí enfermo, exánimey moribundo.

—Ya ve usted—dijo la tía María al hermano Gabriel—, que sus libros noestán en hebreo, sino en la lengua de los cirujanos.

—Eso es, están escritos en la lengua de los cirujanos—repitió frayGabriel.

—¿Y de qué partido era usted?—preguntó la anciana—: ¿de don Carlos ode los otros?

—Servía en las tropas de la reina—respondió Stein.

La tía María se volvió a su compañero, y con un gesto expresivo, le dijoen voz baja:

—Este no es de los buenos.

—¡No es de los buenos!—repitió fray Gabriel, bajando la cabeza.

—Pero ¿dónde estoy?—volvió a preguntar Stein.

—Está usted—respondió la anciana—en un convento, que ya no esconvento; es un cuerpo sin alma. Ya no le quedan más que las paredes, lacruz blanca y fray Gabriel. Todo lo demás se lo llevaron los otros.Cuando ya no quedó nada que sacar, unos señores que se llaman créditopúblico buscaron un hombre de bien para guardar el convento, es decir,el caparazón. Oyeron hablar de mi hijo, y vinimos a establecernos aquí,donde yo vivo con ese hijo, que es el único que me ha quedado.

Cuandoentramos en el convento, salían de él los padres. Unos iban a América,otros a las misiones de la China, otros se quedaron con sus familias, yotros se fueron a buscar la vida trabajando o pidiendo limosna. Vimos aun hermano lego, viejo y apesadumbrado que, sentado en las gradas de lacruz blanca, lloraba unas veces por sus hermanos que se iban, y otraspor el convento que se quedaba solo. «¿No viene su merced?», le preguntóun corista. «¿Y adónde he de ir?—respondió—Jamás he salido de estosmuros, donde fui recogido niño y huérfano, por los padres. No conozco anadie en el mundo ni sé más que cuidar la huerta del convento. ¿Adóndehe de ir? ¿Qué he de hacer? ¡Yo no puedo vivir sino aquí!» «Pues quédeseusted con nosotros», le dije yo entonces. «Bien dicho, madre—repuso mihijo—. Siete somos los que nos sentamos a la mesa; nos sentaremosocho; comeremos más, y comeremos menos, como suele decirse.»

—Y gracias a esta caridad—añadió fray Gabriel—, cáteme usted aquícuidando la huerta; pero desde que se vendió la noria, no puedo regar niun palmo de tierra; de modo que se están secando los naranjos y loslimones.

—Fray Gabriel—continuó la tía María—se quedó en estas paredes, a lascuales está pegado como la yedra; pero, como iba diciendo, ya no hay másque paredes. ¡Habrá picardía! Nada, lo que ellos dicen: «Destruyamos elnido, para que no vuelvan los pájaros.»

—Sin embargo—dijo Stein—, yo he oído decir que había demasiadosconventos en España.

La tía María fijó en el alemán sus ojos negros vivos y espantados;después, volviéndose al lego, le dijo en voz baja:

—¿Serán ciertas nuestras primeras sospechas?

—¡Puede ser que sean ciertas!—respondió el hermano.

Capítulo IV

Stein, cuya convalecencia adelantaba rápidamente, pudo en breve, conayuda del hermano Gabriel, salir de su cuarto y examinar menudamenteaquella noble estructura, tan suntuosa, tan magnífica, tan llena deprimores y de riquezas artísticas, la cual, lejos de las miradas de loshombres, colocada entre el cielo y el desierto, había sido una dignamorada de muchos varones ricos e ilustres, que vivieron en el convento,realzando su nobleza y suntuosidad con las virtudes y grandes prendas deque Dios los había dotado, sin otro testigo que su Criador, ni más finque glorificarle; porque se engañan mucho los que creen que la modestiay la humildad se ocultan siempre bajo la librea de la pobreza. No: losremiendos y las casuchas abrigan a veces más orgullo que los palacios.

El gran portal embovedado, por donde había sido introducido Stein, dabaa un gran patio cuadrado. Desde la puerta hasta el fondo del patio, seextendía una calle de enormes cipreses. Allí se alzaba una vasta reja dehierro, que dividía el patio grande, de otro largo y estrecho, en quecontinuaba la calle de cipreses, pareciendo entrar en ella con pasomajestuoso, y formando una guardia de honor al magnífico portal de laiglesia, que se hallaba en el fondo de este segundo y estrecho patio.

Cuando la puerta exterior y la reja estaban abiertas de par en par, comolas iglesias de los conventos no están obstruidas por el coro, desde lasgradas de la cruz de mármol blanco, que estaba situada a distancia fueradel edificio, se divisaba perfectamente el soberbio altar mayor, tododorado desde el suelo hasta el techo, y que cubría la pared de lacabecera del templo. Cuando reverberaban centenares de luces en aquellasrefulgentes molduras, y en las innumerables cabezas de los ángeles queformaban parte de su adorno; cuando los sonidos del órgano, armonizandocon la grandeza del sitio, y con la solemnidad del culto católicoestallaban en la bóveda de la iglesia, demasiado estrecha paracontenerlos, y se iban a perder en las del cielo; cuando se ofrecía estagrandiosa escena, sin más espectadores que el desierto, la mar y elfirmamento, no parecía sino que para ellos solos se había levantadoaquel edificio y se celebraban los oficios divinos.

A los dos lados de la reja, fuera de la calle de cipreses, había dosgrandes puertas. La de la izquierda, que era el lado del mar, daba a unpatio interior, de gigantescas dimensiones. Reinaba en torno de él unanchuroso claustro, sostenido en cada lado por veinte columnas de mármolblanco. Su pavimento se componía de losas de mármol azul y blanco. Enmedio se alzaba una fuente, alimentada por una noria que estaba siempreen movimiento. Representaba una de las obras de misericordia, figuradapor una mujer dando de beber a un peregrino que, postrado a sus pies,recibía el agua, que en una concha ella le presentaba. La parteinferior de las paredes, hasta una altura de diez pies, estaba revestidade pequeños azulejos, cuyos brillantes colores se enlazaban enartificiosos mosaicos. Enfrente de la entrada se abría una anchísimaescalera de mármol, construcción aérea, sin más apoyo ni sostén que lasabia proporción de su masa enorme. Estas admirables obras maestras dearquitectura eran muy poco comunes en nuestros conventos. Los grandesartistas, autores de tantas maravillas, estaban animados de un santocelo religioso y por el noble deseo y la creencia de que trabajaban parala más remota posteridad. Sabido es que el primero y el más popular deellos no trabajaba en ningún asunto religioso sin haber comulgadoantes.[6]

El claustro alto estaba sostenido por veinte columnas más pequeñas quelas del bajo. Reinaba en torno a una balaustrada de mármol blanco,calada y de un trabajo exquisito. Caían a estos claustros las puertas delas celdas, hechas de caoba, pequeñas pero cubiertas de adornos detalla. Las celdas se componían de una pequeña antecámara, que daba pasoa una sala también chica, con su correspondiente alcoba. El ajuar loformaban en la pieza principal, algunas sillas de pino, una mesa y unestante, y en la alcoba, una cama que consistía en cuatro tablas sincolchón y dos sillas.

Detrás de este patio había otro por el mismo estilo: allí estaban elnoviciado, la enfermería, la cocina y los refectorios.

Consistían estosen unas mesas largas, de mármol, y una especie de púlpito para el queleía durante las comidas.

El departamento situado a la derecha de la calle de cipreses contenía unpatio semejante a la del lado opuesto. Allí estaba la hospedería, dondeeran recibidos los forasteros, ya fuesen legos o religiosos. Estabantambién la librería, las sacristías, los guardamuebles y otrasoficinas. En el segundo patio, al que se entraba por una puertaexterior, se hallaban abajo los almacenes para el aceite y arriba losgraneros. Estos cuatro patios, en medio de los cuales, precedida de lacalle de cipreses, se erguía la iglesia con su campanario, como unenorme ciprés de piedra, formaban el conjunto de aquel majestuosoedificio. El techo se componía de un millón de tejas, sujeta cada unacon un gran clavo de hierro, para evitar que las arrancasen loshuracanes en aquel sitio elevado y próximo al mar.

A razón de real por clavo, esta sola parte del material había costadocincuenta mil duros.

Rodeaba el convento por delante el patio grande, de que ya hemoshablado, y en él, a izquierda y derecha de la puerta de entrada, habíacuartos pequeños de un solo piso, para alojar a los jornaleros, cuandolos religiosos cultivaban sus tierras: allí habitaba en la época en quepasa nuestra historia, el guarda Manuel Alerza con su familia. A laizquierda, hacia el lado del mar, se extendía una gran huerta,ostentando bajo las ventanas de las celdas, su fresco verdor, susárboles, sus flores, el murmullo de sus acequias, el canto de lospájaros y la esquila del buey que tiraba de la noria. Formaba todo estoun pequeño oasis, en medio de un desierto seco y uniforme, cerca de esamar que se complace en el estrago y en la destrucción y que se detienedelante de un límite de arena. Pero lo que abundaba en este lugarsolitario y silencioso, eran los cipreses y las palmeras, árboles de losconventos, los unos de brote derecho y austero, que aspiran a lasalturas; los otros no menos elevados, pero que inclinan sus brazos a latierra, como para atraer a las plantas débiles que vegetan en ella.

Los pozos y la armazón entera de las norias colocados en colinasartificiales para dar elevación a las aguas, se abrigaban bajoenramadas piramidales de yedra, tan espesa que, cerrada la puerta deentrada, no se podían distinguir los objetos sin luz artificial. El ejeque sostenía la rueda, estaba apoyado en dos troncos de olivo, quehabían echado raíces y cubiértose de una corona de follaje verde oscuro.La espesura vegetal y agreste del techo, daba abrigo a innumerablespajarillos, alegres y satisfechos con tener allí ocultos sus nidos,mientras que el buey giraba con lento paso, haciendo resonar la esquilaque le pendía al cuello y cuyo silencio indicaba al hortelano que elanimal disfrutaba el dulce far niente.

Las celdas del piso bajo abrían a un terrado con bancos de piedra, ysentados en ellos los solitarios, podían contemplar aquel estrecho yameno recinto, animado por el canto de las aves y perfumado por lasemanaciones de las flores, parecido a una vida tranquila yreconcentrada; o bien podían esparcir sus miradas por el espacio, en susanchos horizontes, en la inmensa extensión del océano, tan espléndidocomo traidor; unas veces manso y tranquilo como un cordero, otrasagitado y violento como una furia, semejante a esas existencias ingentesy ruidosas, que se agitan en la escena de mundo.

Aquellos hombres de ciencia profunda, de estudios graves, de vidaaustera y retirada, cultivaban macetas de flores en sus terrados ycriaban pajaritos con paternal esmero; porque si el paganismo puso losublime en la heroicidad, el cristianismo lo ha puesto en la sencillez.

En el lado opuesto a la huerta, un espacio de las mismas dimensiones, yencerrado en las tapias del convento, contenía los molinos de aceite,cuyas vigas, de cincuenta pies de largo y cuatro de ancho, eran decaoba, y además las atahonas, los hornos, las caballerizas y losestablos.

Guiado por el buen hermano Gabriel, pudo Stein admirar aquella grandezapasada, aquella ruina proscrita, aquel abandono que, a manera de cáncer,devoraba tantas maravillas; aquella destrucción que se apodera de unedificio vacío, aunque fuerte y sólido, como los gusanos toman posesióndel cadáver de un hombre joven y robusto.

Fray Gabriel no interrumpía las reflexiones del cirujano alemán.Pertenecía a la excelente clase de pobres de espíritu, que lo sontambién de palabras. Concentraba en sí su tristeza incolora, susuniformes recuerdos, sus pensamientos monótonos.

Por esto solía decirlela tía María:

«Es usted un bendito, hermano Gabriel; pero no parece que la sangrecorre en sus venas, sino que se pasea. Si algún día tuviese usted unaviveza (y sólo podría ser si volviesen los padres al convento, lascampanas a la torre y las norias a la huerta), le ahogaría a usted.»

En la iglesia, vacía y desnuda, todavía quedaban bastantes restos demagnificencia para poder graduar toda la que se había perdido. Aqueldorado altar mayor, tan brillante cuando reflejaba la luz de los ciriosque encendía la devoción de los fieles, estaba empañado por el polvo delolvido. Aquellas preciosas cabezas de angelitos, que ceñían las arañas;aquellas ventanas, cuyas vidrieras habían desaparecido y que dejabanentrada libre a los mochuelos y otros pájaros, cuyos nidos afeaban lasbien talladas y doradas cornisas y que convertían en inmunda sentina elrico pavimento de mármol; aquellos esqueletos de altares despojados detodos sus adornos; aquellos grandes y hermosos ángeles que parecíansalir de las pilastras; que habían tenido en sus manos lámparas de platasiempre encendidas y extendían aún sus brazos, mirando aquellas condolor vacías. Los lindos frescos de las bóvedas que no habían podidoser arrebatados y a los cuales inundaban de llanto las nubes del cielo,pulsadas por los temporales; el yermo santuario, cuyas puertas habíansido de plata maciza y con bajorrelieves de Berruguete; las pilas secasy cubiertas de polvo... ¡Dios mío! ¿Qué artista no suspira al verlos?¿Qué cristiano no se estremece? ¿Qué católico no se prosterna y llora?

En la sacristía, guarnecida en derredor de cómodas, cuya parte superiorformaba una mesa prolongada, los cajones estaban abiertos y vacíos. Enellos se guardaron antes las albas de holán guarnecidas de encajes, losornamentos de terciopelo y de tisú, en los que la plata bordaba elterciopelo; el oro, la plata, y las perlas, el oro. En un retreteinmediato estaban todavía las cuerdas de las campanas; una, más delgadaque las otras, movía la campana clara y sonora, que llamaba los fieles amisa; otra hacía vibrar el bronce retumbante y melodioso, como una bandade música militar; grave, aunque animada, en compañía de sus acólitas,menos estrepitosas, anunciaba las grandes festividades cristianas. Otra,finalmente, despertaba sonidos profundos y solemnes, como los del cañón,para pedir oraciones a los hombres y clemencia al cielo por el pecadordifunto. Stein se sentó en el primer escalón de las gradillas delpúlpito sostenido por un águila de mármol negro. Fray Gabriel se hincóde rodillas en las gradas de mármol del altar mayor.

—¡Dios mío!—decía Stein, apoyando la cabeza en las manos—, esashendiduras, ese agua que penetra en las bóvedas y gotea minando eledificio con su lento y seguro trabajo, ese maderaje que se hunde, esosadornos que se desmoronan... ¡qué espectáculo tan triste y espantoso! Ala tristeza que produce todo lo que deja de existir, se une aquí elhorror que inspira todo lo que perece de muerte violenta y a manos delhombre. ¡Este edificio,

alzado

en

honor

de

Dios

por

hombres

piadosos,condenado a la nada por sus descendientes!

—¡Dios mío!—decía el hermano Gabriel—, en mi vida he visto tantastelarañas. Cada angelito tiene un solideo de ellas.

San Miguel lleva unaen la punta de la espada, y no parece sino que me la está presentando.¡Si el padre prior viera esto!

Stein cayó en una profunda melancolía. «Este santo lugar—

pensaba—,respetado por el rumor del mundo y por la luz del día, donde venían losreyes a inclinar sus cabezas y los pobres a levantar las suyas; estelugar que daba lecciones severas al orgullo y suaves alegrías a loshumildes, hoy se ve decaído y entregado al acaso, como bajel sinpiloto.»

En este momento, un vivo rayo de sol penetró por una de las ventanas yvino a dar en el remate del altar mayor, haciendo resaltar en laoscuridad con su esplendor, como si sirviera de respuesta a las quejasde Stein, un grupo de tres figuras abrazadas. Eran la Fe, la Esperanza yla Caridad.[7]

Capítulo V

El fin de octubre había sido lluvioso y noviembre vestía su verde yabrigado manto de invierno.

Stein se paseaba un día por delante del convento, desde donde sedescubría una perspectiva inmensa y uniforme: a la derecha, el mar sinlímites; a la izquierda, la dehesa sin término. En medio se dibujaba enla claridad del horizonte el perfil oscuro de las ruinas del fuerte deSan Cristóbal, como la imagen de la nada en medio de la inmensidad. Lamar, que no agitaba el soplo más ligero, se mecía blandamente,levantando sin esfuerzo sus olas, que los reflejos del sol doraban, comouna reina que deja ondear su manto de oro. El convento, con sus grandes,severos y angulosos lineamentos, estaba en armonía con el grave ymonótono paisaje; su mole ocultaba el único punto del horizonteinterceptado en aquel uniforme panorama.

En aquel punto se hallaba el pueblo de Villamar, situado junto a un ríotan caudaloso y turbulento en invierno, como pobre y estadizo enverano. Los alrededores bien cultivados, presentaban de lejos el aspectode un tablero de damas, en cuyos cuadros variaba de mil modos el colorverde; aquí, el amarillento de la vid aún cubierta de follaje; allí, elverde ceniciento de un olivar, o el verde esmeralda del trigo, quehabían hecho brotar las lluvias de otoño; o el verde sombrío de lashigueras; y todo esto dividido por el verde azulado de las pitas de losvallados. Por la boca del río cruzaban algunas lanchas pescadoras; dellado del convento, en una elevación, se alzaba una capilla; delante, unagran cruz, apoyada en una base piramidal de mampostería blanqueada;detrás había un recinto cubierto de cruces pintadas de negro. Este erael campo santo.

Delante de la cruz pendía un farol, siempre encendido; y la cruz,emblema de salvación, servía de faro a los marineros; como si el Señorhubiera querido hacer palpables sus parábolas a aquellos sencilloscampesinos, del mismo modo que se hace diariamente palpable a loshombres de fe robusta y sumisa, dignos de aquella gracia.

No puede compararse este árido y uniforme paisaje con los valles deSuiza, con las orillas del Rin o con la costa de la isla de Wight. Sinembargo, hay una magia tan poderosa en las obras de la naturaleza, queninguna carece de bellezas y atractivos; no hay en ellas un solo objetodesprovisto de interés, y si a veces faltan las palabras para explicaren qué consiste, la inteligencia lo comprende y el corazón lo siente.

Mientras Stein hacía estas reflexiones, vio que Momo salía de lahacienda en dirección al pueblo. Al ver a Stein, le propuso que leacompañase; este aceptó, y los dos se pusieron en camino en dirección allugar.

El día estaba tan hermoso, que sólo podía compararse a un diamante deaguas exquisitas, de vivísimo esplendor y cuyo precio no aminora el máspequeño defecto. El alma y el oído reposaban suavemente en medio delsilencio profundo de la naturaleza. En el azul turquí del cielo no sedivisaba más que una nubecilla blanca, cuya perezosa inmovilidad lahacía semejante a una odalisca, ceñida de velos de gasa y muellementerecostada en su otomana azul.

Pronto llegaron a la colina próxima al pueblo, en que estaban la cruz yla capilla.

La subida de la cuesta, aunque corta y poco empinada, había agotado lasfuerzas aún no restablecidas de Stein. Quiso descansar un rato y se pusoa examinar aquel lugar.

Acercóse al cementerio. Estaba tan verde y tan florido, como si hubieraquerido apartar de la muerte el horror que inspira. Las cruces estabanceñidas de vistosas enredaderas, en cuyas ramas revoloteaban lospajarillos, cantando: ¡ Descansa en paz! Nadie habría creído queaquella fuese la mansión de los muertos, si en la entrada no se leyeseesta inscripción: « Creo en la remisión de los pecados, en laresurrección de la carne y en la vida perdurable. Amén. » La capillaera un edificio cuadrado, estrecho y sencillo, cerrado con una reja ycoronada su modesta media naranja por una cruz de hierro. La únicaentrada era una puertecita inmediata al altar.

En este había un gran cuadro pintado al óleo que representaba una de lascaídas del Señor con la cruz. Detrás, la Virgen, San Juan y las tresMarías; al lado del Señor, los feroces soldados romanos. De puro vieja,había tomado esta pintura un tono tan oscuro, que era difícil discernirlos objetos; pero aumentando al mismo tiempo el efecto de la profundadevoción que inspiraba su vista, sea porque la meditación y elespiritualismo se avienen mal con los colores chillones y relumbrantes,o sea por el sello de veneración que imprime el tiempo a las obras dearte, mayormente cuando representan objetos de devoción; que entoncesparecen doblemente santificados por el culto de tantas generaciones.Todo pasa y todo muda en torno de esos piadosos monumentos; menos ellos,que permanecen sin haber agotado los tesoros de consuelos que a manosllenas prodigan. La devoción de los fieles había adornado el cuadro conindiferentes objetos de hojuela de plata, colocados de tal modo queparecían formar parte de la pintura: eran estos una corona de espinassobre la cabeza del Señor; una diadema de rayos sobre la de la Virgen,y remates en las extremidades de la cruz. Esta costumbre extraña y aunridícula a los ojos del artista, a los del cristiano es buena y piadosa.Pero a bien que la capilla del Cristo del Socorro no era un museo; jamáshabía atravesado un artista sus umbrales: allí no acudían más quesencillos devotos que sólo iban a rezar.

Las dos paredes laterales estaban cubiertas de exvotos de arriba abajo.

Los exvotos son testimonios públicos y auténticos de beneficiosrecibidos, consignados por el agradecimiento al pie de los altares, unasveces antes de obtener la gracia que se pide; otras se prometen engrandes infortunios y circunstancias apuradas. Allí se ven largastrenzas de cabello, que la hija amante ofreció, como su más preciosotesoro, el día en que su madre fue arrancada a las garras de la muerte;niños de plata colgados de cintas color de rosa, que una madre afligida,al ver a su hijo mortalmente herido, consagró por obtener su alivio alSeñor del Socorro; brazos, ojos, piernas de plata o de cera, según lasfacultades del votante; cuadros de naufragios o de otros grandespeligros, en medio de los cuales los fieles tuvieron la sencillez decreer que sus plegarias podrían ser oídas y otorgadas por lamisericordia divina; pues por lo visto las gentes de alta razón, losilustrados, los que dicen ser los más y se tienen por los mejores nocreen que la oración es un lazo entre Dios y el hombre. Estos cuadros noeran obras maestras del arte; pero quizá si lo fueran, perderían sufisonomía y, sobre todo, su candor. ¡Y hay todavía personas quepresumiendo hallarse dotadas de un mérito superior, cierran sus almas alas dulces impresiones del candor, que es la inocencia y la serenidaddel alma! ¿Acaso ignoran que el candor se va perdiendo, al paso que elentusiasmo se apaga? Conservad, españoles, y respetad los débilesvestigios que quedan de cosas tan santas como inestimables. ¡No imitéisal Mar Muerto, que mata con sus exhalaciones los pájaros que vuelansobre sus olas, ni, como él, sequéis las raíces de los árboles, a cuyasombra han vivido felices muchos países y tantas generaciones![8]

Entre los exvotos había uno que por su singularidad causó muchaextrañeza a Stein. La mesa del altar no era perfectamente cuadrada desdearriba abajo, sino que se estrechaba en línea curva hacia el pie. Entresu base y el enladrillado había un pequeño espacio. Stein percibió allíen la oscuridad un objeto apoyado contra la pared; y a fuerza de fijaren él sus miradas, vino a distinguir que era un trabuco. Tal era suvolumen y tal debía ser su peso, que no podía entenderse cómo un hombrepodía manejarlo: lo mismo que sucede cuando miramos las armaduras de laEdad Media. Su boca era tan grande que podía entrar holgadamente porella una naranja. Estaba roto, y sus diversas partes, toscamente atadascon cuerdas.

—Momo—dijo Stein—, ¿qué significa eso? ¿Es de veras un trabuco?

—Me parece—dijo Momo—que bien a la vista está.

—Pero ¿por qué se pone un arma homicida en este lugar pacífico y santo?En verdad que aquí puede decirse aquello de que pega como un par depistolas a un Santo Cristo.

—Pero ya ve usted—respondió Momo—que no está en manos del Señor, sinoa sus pies, como ofrenda. El día en que se trajo aquí ese trabuco (quehace muchísimos años) fue el mismo en que se le puso a ese Cristo elnombre del Señor del Socorro.

—Y ¿con qué motivo?—preguntó Stein.

—Don Federico—dijo Momo abriendo tantos ojos—, todo el mundo sabeeso. ¡Y usted no lo sabe!

—¿Has olvidado que soy forastero?—replicó Stein.

—Es verdad—repuso Momo—; pues se lo diré a su merced.

Hubo en estatierra un salteador de caminos que no se contentaba con robar a lagente, sino que mataba a los hombres como moscas, o porque no ledelatasen o por antojo. Un día, dos hermanos vecinos de aquí, tuvieronque hacer un viaje. Todo el pueblo fue a despedirlos, deseándoles que notopasen con aquel forajido que no perdonaba vida y tenía atemorizado almundo.

Pero ellos, que eran buenos cristianos, se encomendaron a esteSeñor, y salieron confiando en su amparo. Al emparejar con un olivar, seecharon en cara al ladrón, que les salía al encuentro con su trabuco enla mano. Echóselo al pecho y les apuntó. En aquel trance se arrodillaronlos hermanos clamando al Cristo:

«¡Socorro, Señor!» El desalmado disparóel trabuco, pero quien quedó alma del otro mundo fue él mismo, porquequiso Dios que en las manos se le reventase el trabuco. ¡Y eltrabuquillo era flojo en gracia de Dios! Ya lo está usted mirando;porque en memoria del milagroso socorro, lo ataron con esas cuerdas y lodepositaron aquí, y al Señor se le quedó la advocación del Socorro[9]. ¿Conque no lo sabía usted, don Federico?

—No lo sabía, Momo—respondió este, y añadió como respondiendo a suspropias reflexiones—: ¡si tú supieras cuánto ignoran aquellos que dicenque se lo saben todo!

—Vamos, ¿se viene usted, don Federico?—dijo Momo después de un rato desilencio—. Mire usted que no me puedo detener.

—Estoy cansado—contestó este—, vete tú, que aquí te aguardaré.

—Pues con Dios—repuso Momo, poniéndose en camino y cantando:

Quédate

con

Dios

y

adiós,

Dice

la

común

sentencia;

Que

el

pobre

puede