La Fontana de Oro by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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ÍNDICE

I.—La carrera de San Jerónimo en 1821.

II.—El club patriótico

III.—Un lance patriótico y sus consecuencias

IV.—Coletilla

V.—La compañera de Coletilla

VI.—El sobrino de Coletilla

VII.—La voz interior

VIII.—Hoy llega

IX.—Los primeros pasos

X.—La primera batalla

XI.—La tragedia de

Los Gracos

XII.—La batalla de Platerías

XIII.—No llega el esperado.—Llegada de un importuno

XIV.—La determinación

XV.—Las tres ruinas

XVI.—El siglo décimoctavo

XVII.—El sueño del liberal

XVIII.—Diálogo entre ayer y hoy

XIX.—El abate

XX.—Bozmediano

XXI.—¡Libre!

XXII.—El

vía-crucis

de Lázaro

XXIII.—La Inquisición

XXIV.—

Rosa mística

XXV.—

Virgo prudentísima

XXVI.—Los disidentes de

La Fontana

XXVII.—Se queda sola

XXVIII.—El ridículo

XXIX.—Las horas fatales

XXX.—

Virgo fidelis

XXXI.—La reunión misteriosa

XXXII.—

La Fontanilla

XXXIII.—Las arpías se ponen tristes

XXXIV.—El complot.—Triunfo de Lázaro

XXXV.—El bonete del Nuncio

XXXVI.—Aclaraciones

XXXVII.—El

vía-crucis

de Clara

XXXVIII.—Continuación del

vía-crucis

XXXIX.—Un momento de calma

XL.—El gran atentado

XLI.—Fernando el Deseado

XLII.—

Virgo potens

XLIII.—Conclusión

CAPÍTULO PRIMERO

#La Carrera de San Jerónimo en 1821#.

Durante los seis inolvidables años que mediaron entre 1814 y 1820, lavilla de Madrid presenció muchos festejos oficiales con motivo deciertos sucesos declarados faustos

en la

Gaceta

de entonces. Sealzaban arcos de triunfo, se tendían colgaduras de damasco, salían á lacalle las comunidades y cofradías con sus pendones al frente, y en todaslas esquinas se ponían escudos y tarjetones, donde el poeta Arriazaestampaba sus pobres versos de circunstancias. En aquellas fiestas, elpueblo no se manifestaba sino como un convidado mas, añadido á la listade alcaldes, funcionarios, gentiles-hombres, frailes y generales; no eraotra cosa que un espectador, cuyas pasivas funciones estaban previstas yseñaladas en los artículos del programa, y desempeñaba como tal el papelque la etiqueta le prescribía.

Las cosas pasaron de distinta manera en el período del 20 al 23, en queocurrieron los sucesos que aquí referimos. Entonces la ceremonia noexistía, el pueblo se manifestaba diariamente sin previa designación depuestos impresa en la

Gaceta;

y sin necesidad de arcos, ni oriflamas,ni banderas, ni escudos, ponía en movimiento á la villa entera; hacía desus calles un gran teatro de inmenso regocijo ó ruidosa locura; turbabacon un solo grito la calma de aquel que se llamó el

Deseado

por unaburla de la historia, y solía agruparse con sordo rumor junto á laspuertas de Palacio, de la casa de Villa ó de la iglesia de Doña Maríade Aragón, donde las Cortes estaban.

Años de muchos lances fueron aquellos para la destartalada, sucia,incómoda, desapacible y obscura villa!

Sin embargo, no era ya Madridaquel lugarón fastuoso del tiempo de los reyes tudescos; sus gloriosasjornadas del 2 de Mayo y del 3 de Diciembre, su iniciativa en losasuntos políticos, la enaltecían, sobremanera. Era, además, el foro dela legislación constituyente de aquella época, y la cátedra en que lajuventud más brillante de España ejercía con elocuencia la enseñanza delnuevo derecho.

A pesar de todos estos honores, la villa y corte tenía un aspecto muydesagradable. Mari-Blanca continuaba en la Puerta del Sol como la másconcreta expresión artística de la cultura matritense. Inmutable en sugrosero pedestal, la estatua, que en anteriores siglos había asistido altumulto de Oropesa y al motín de Esquilache, presidía ahora elespectáculo de la actividad revolucionaria de este buen pueblo, quesiempre convergía á aquel sitio en sus ovaciones y en sus trastornos.

Si fuera posible trasladar al lector á las gradas de San Felipe,capitolio de la chismografía política y social, ó sentarle en el húmedoescaño de la fuente de Mari-Blanca, punto de reunión de un público másplebeyo, comprendería cuan distinto de lo que hoy vemos era lo que veíannuestros abuelos hace medio siglo. De fijo llamaría su atención que unagran parte de los ociosos, que en aquel sitio se reúnen desde queexiste, lo abandonaban á la caída de la tarde para dirigirse á laCarrera de San Jerónimo ó á otra de las calles inmediatas. Aquel públicoiba á los clubs, á las reuniones patrióticas, á La Fontana de Oro

, al

Grande Oriente

, á

Lorencini

, á la

Cruz de Malta

. En los grupossobresalían algunas personas que, por su ademán solemne, su miradaprotectora, parecían ser tenidos en grande estima por los demás.Aparentaban querer imponer silencio á la multitud; otras veces,extendiendo los brazos en cruz, volvíanse atrás como quien pideatención: todo esto hecho con una oficiosa gravedad que indicaba influjomuy grande ó presunción no pequeña.

La mayor porte se dirigía á la Carrera. Es porque allí estaba el clubmás concurrido, el más agitado, el más popular de los clubs:

La FontanaSe Oro

. Ya entraremos también en el café revolucionario. Antescrucemos, desde el Buen Suceso á los Italianos, esta alegre y animadaCarrera de los Padres Jerónimos, que era entonces lo que es hoy y loque será siempre: la calle más concurrida de la capital.

Pero hoy, cuando veis que la mayor parte de la calle está formada porviviendas particulares, no podéis comprender lo que era entonces una víapública ocupada casi totalmente por los tristes paredones de tres ócuatro conventos. Imposible es comprender hoy la obscuridad queproyectaban sobre la entrada de la Carrera el ancho paredón delMonasterio de la Victoria por un lado, y la sucia y corroída tapia delBuen Suceso por otro. Más allá formaban en línea de batalla las monjasde Pinto; por encima de la tapia, que servía de prolongación alconvento, se veían las copas de los cipreses plantados junto á lastumbas. Enfrente campeaba la ermita de los Italianos, no menos ridículaentonces que hoy, y más abajo, en lo más rápido del declive, el EspírituSanto, que después fué Congreso de los Diputados.

Las casas de los grandes alternaban con los conventos. En lo más bajo dela calle se veía la vasta fachada del palacio de Medinaceli, con suancho escudo, sus innumerables ventanas, su jardín á un lado y sufundación piadosa á otro; enfrente los Valmedianos, los Pignatellis yGonzagas; más acá los Pandos y Macedas, y, finalmente, la casa de Híjar,que hasta hace poco ostentaba en su puerta la cadena histórica,distintivo de la hospitalidad ofrecida á un monarca. Quedaba para catasparticulares, para tiendas y sitios públicos la tercera parte de lacalle: esto es lo que describiremos con más detención, porque esimportante dar á conocer el gran escenario donde tendrán lugar algunosimportantes hechos de esta historia.

Entrando por la Puerta del Sol, y pasado el convento de la Victoria, sehallaba un gran pórtico, entrada de una antiquísima casa que, á pesar desu escudo decorativo, grabado en la clave del balcón, era en aqueltiempo una casa de vecindad en que vivían hasta media docena de honradasfamilias. Su noble origen era indudable; pero fué adquirida no sabemoscómo por la comunidad vecina, que la alquiló para atender á susnecesidades. En dicho portal, bastante espacioso para que entraran porél las enormes carrozas de su primitivo señor, tenía su establecimientoun memorialista, secretario de certificaciones y misivas; y en el mismoportal, un poco más adentro, estaban los almacenes de quincalla de unhermano de dicho memorialista, que había venido de Ocafia á la Cortepara hacer carrera

en el comercio. Constaba su tienda de tresmenguados cajoncillos, en que había algunos paquetes de peines, unascuantas cajas de obleas, juguetes de chicos y un gran manojo de rosarioscon cruces y medallones de estaño.

La parte de la izquierda, y especialmente el rincón contiguo á lapuerta, era un lugar en que el público ejercía un incontestable derechode servidumbre. Era un centro urinario: la secreción pública habíatrocado aquel rincón en foco de inmundicia, y especialmente por lasnoches la ofrenda líquida aumentaba de tal modo, que el escribiente y suhermano hacían propósito firme de abandonar el local. En vano seamonestaba al público con terribles pragmáticas de policía urbana,promulgadas por la autorizada voz del memorialista.

El público norenunciaba por esto á su costumbre, y de seguro lo habrían pasado mallos dos hermanos si hubieran tratado de impedir por la fuerza lalibertad mingitoria, autorizada por un derecho consuetudinario que,según la feliz expresión de un parroquiano de aquel sitio, radicaba enla naturaleza del hombre y en la hospitalidad forzosa del vecindario.

Enfrente de este portal clásico había una puertecilla, y por los dosyelmos de Mambrino, labrados en finísimo metal del Alcaraz ysuspendidos á un lado y otro, se venía en conocimiento de que aquelloera una barbería. Por mucho de notable que tuviera el exterior de esteestablecimiento, con su puerta verde, sus cortinas blancas, su redoma desanguijuelas, su cartel de letras rojas, adornado con dos viñetas dignasde Maella, que representaban la una un individuo en el momento de serafeitado, y la otra una dama á quien sangraban en un pie, mucho másnotable era su interior. Tres mozos, capitaneados por el maestroCalleja, rapaban semanalmente las barbas de un centenar de liberales delos más recalcitrantes.

Allí se discutía, se hablaba del Rey, de lasCortes, del Congreso de Verona, de la Santa Alianza

. Oiríais allí laperoración contundente del oficial primero y más antiguo, mozo que sedecía pariente de Poilier, el mártir de la libertad. Al compás de lanavaja se recitaban versos amenizados con agudezas políticas; y lasvoces

camarilla, coletilla, trágala, Elio, la Bisbal, Vinuesa

,formaban el fondo de la conversación. Pero lo más notable de la barberíamás notable de Madrid, era su dueño, Gaspar Calleja (se había quitado elDon después de 1820), héroe de la revolución, y uno de los mayoresenemigos que tuvo Fernando el año 14. Así lo decía él.

Más lejos estaba la tienda de géneros de unos irlandeses establecidosaquí desde el siglo pasado.

Vendían, juntamente con el raso y elorgandí, encajes flamencos y catalanes, alepín para chalecos, ante parapantalones, corbatas de color de las llamadas

guirindolas

, y

carrikes

de cuatro cuellos, que estaban entonces en moda. El patrónera un irlandés gordo y suculento, de cara encendida, lustrosa y redondacomo un queso de Flandes. Tenía fama de ser un servilón de á folio,pero, si esto era cierto, las circunstancias constitucionales del país,y especialmente de la Carrera de San Jerónimo, le obligaban ádisimularlo. Fundábanse los que tan feo vicio imputaban al irlandés, enque cuando pasaba por la calle la Majestad de Fernando ó Amalia, laAlteza de mi tío el doctor

ó de don Carlos, el buen comerciante dejabaapresuradamente su vara y su escritorio para correr á la puerta,asomándose con ansiedad y mirando la real comitiva con muestras deternura y adhesión. Pero esto pasaba, y el irlandés volvía á su habitualtarea, haciendo todas las protestas que sus amigos le exigían.

Cerca de la tienda del irlandés se abría la puerta de una librería, encuyo mezquino escaparate se mostraban abierto por su primera hojaalgunos libros, tales como la Historia de España

, por Duchesne; lasnovelas de Voltaire, traducidas por autor anónimo; Las noches

deYoung; el

Viajador sensible

, y la novela de

Arturo y Arabella

, quegozaba de gran popularidad en aquella época. Algunas obras de Montiano,Porcell, Arriaza, Olavide, Feijóo, un tratado del lenguaje de las floresy la

Guía del comadrón

, completaban el repertorio.

Al lado, y como formando juego con este templo literario, estaba unatienda de perfumería y de bisutería con algunos objetos de caza, detocador y de encina, que todo esto formaban comercio común en aquellosdías. Por entre los botes de pomadas y cosméticos; por entre las cajasde alfileres y juguetes, se descubría el perfil arqueológico de unavieja que era ama, dependiente y aun fabricante de algunas drogas.

Másallá había otra tienda obscura, estrecha y casi subterránea en que sevendían papel, tinta y cosas de escritorio, amén de algún braguero úotro aparato ortopédico de singular forma. En la puerta pendía colgadode una espetera un manojo de plumas de ganso, y en lo más profundo y máslóbrego de la tienda lucían como los ojos de un lechuzo en el recinto deuna caverna, los dos espejuelos resplandecientes de don Anatalio Mas,gran jefe de aquel gran comercio.

Enfrente había una tienda de comestibles; pero de comestiblesaristocráticos. Existía allí un horno célebre, que asaba por Navidadesmás de cuatrocientos pavos de distintos calibres. Las empanadas deperdices y de liebres no tenía rival; sus pasteles eran celebérrimos,y nada igualaba á los lechoncillos asados que salían de aquel granlaboratorio. En días de convite, de cumpleaños ó de boda, no encargarlos principales platos á casa de

Perico el Mahonés

(así lellamaban), hubiera sido indisculpable desacato. Al por menor sevendían en la tienda: rosquillas, bizcochos, galletas de Inglaterra ymantecadas de Astorga.

No lejos de esta tienda se hallaban las sedas, los hilos, los algodones,las lanas, las madejas y cintas de doña Ambrosia (antes de 1820 lallamaban la tía Ambrosia), respetable matrona, comerciante en hilado: elexterior de su tienda parecía la boca escénica de un teatro de aldea.Por aquí colgaba á guisa de pendón, una pieza de lanilla encarnada; porallí un ceñidor de majo; más allá ostentaba una madeja sus innumerableshilos blancos, semejando los pistilos de gigantesca flor; de lo altopendía algún camisolín, infantiles trajes de mameluco, cenefas depercal, sartas de pañuelos, refajos y colgaduras. Encima de todo esto,una larga tabla en figura de media, pintada de negro, fija en la murallay perpendicular á ella, servía de muestra principal.

En el interior todoera armonía y buen gusto; en el trípode del centro tenían poderosocimiento las caderas de doña Ambrosia, y más arriba se ostentaba elpecho ciclópeo y corpulento busto de la misma. Era española rancia,manchega y natural de Quintanar de la Orden, por más señas; señora demuy nobles y cristianos sentimientos. Respecto á sus ideas políticas,cosa esencial entonces, baste decir que quedó resuelto después degrandes controversias en toda la calle, que era una servilona de lo másexagerado.

Estas tiendas, con sus respectivos muestrarios y sus tenderosrespectivos, constituían la decoración de la calle; había además unadecoración movible y pintoresca, formada por el gentío que en todasdirecciones cruzaba, como hoy, por aquél sitio. Entonces los trajes eransingularísimos. ¿Quién podría describir hoy la oscilación de aquellospuntiagudos faldones de casaca? ¿Y aquellos sombreros de felpa con elala retorcida y la copa aguda como pilón de azúcar? ¿Se comprenden hoylos tremendos sellos de reloj, pesados como badajos de campana, que ibanmarcando con impertinente retintín el paso del individuo? Pues ¿y lasbotas á la

farolé

y las mangas de jamón, que serían el último grado dela ridiculez, si no existieran los tupés hiperbólicos, que asimilabanperfectamente la cabeza de un cristiano á la de un guacamayo?

El gremio cocheril exhibía allí también sus más característicosindividuos. Lo menos veinte veces al día pasaban por esta calle lascarrozas de los grandes que en las inmediaciones vivían. Estas carrozas,que ya se han sumergido en los obscuros abismos del no ser, se componíande una especie de navío de línea, colocado sobre una armazón de hierro;esta armazón se movía con la pausada y solemne revolución de cuatroruedas, que no tenían velocidad más que para recoger el fango del piso yarrojarlo sobre la gente de á pie. El vehículo era un inmenso cajón: losde los días gordos estaban adornados con placas de carey. Por lo comúnlas paredes de los ordinarios eran de nogal bruñido, ó de caoba, confinísimas incrustaciones de marfil ó metal blanco. En lo profundo deaquel antro se veía el nobilísimo perfil de algún prócer esclarecido, óde alguna vieja esclarecidamente fea. Detrás de esta máquina, clavadosen pie sobre una tabla, y asidos á pesadas borlas, iban dos grandeslevitones que, en unión de dos enormes sombreros, servían parapatentizar la presencia de dos graves lacayos, figuras simbólicas de laetiqueta, sin alma, sin movimientos y sin vida.

En la proa se elevaba elcochero, que en pesadez y gordura tenía por únicos rivales á las mulas,aunque éstas solían ser más racionales que él.

Rodaba por otro lado el vehículo público, tartana calesa ó galera, elcarromato tirado por una reata de bestias escuálidas; y entre todo estoel esportillero con su carga, el mozo con sus cuerdas, el aguador con sucuba, el prendero con su saco y una pila de seis ó siete sombreros en lacabeza, el ciego con su guitarra y el chispero con su sartén.

Mientras nos detenemos en esta descripción, los grupos avanzan hacia lamitad de la calle y desaparecen por una puerta estrecha, entrada á unlocal, que no debe de ser pequeño, pues tiene capacidad para tantagente. Aquélla es la célebre

Fontana de Oro, café y fonda

, según elcartel que hay sobre la puerta; es el centro de reunión de la juventudardiente, bulliciosa, inquieta por la impaciencia y la inspiración,ansiosa de estimular las pasiones del pueblo y de oír su aplausoirreflexivo. Allí se había constituido un club, el más célebre éinfluyente de aquella época. Sus oradores, entonces neófitos exaltadosde un nuevo culto, han dirigido en lo sucesivo la política del país;muchos de ellos viven hoy, y no son por cierto tan amantes del belloprincipio que entonces predicaban.

Pero no tenemos que considerar lo que muchos de aquellos jóvenes fueronen años posteriores. Nuestra historia no pasa más acá de 1821. Entoncesuna democracia nacida en los trastornos de la revolución y alzamientonacional, fundaba el moderno criterio político, que en cincuenta años seha ido difícilmente elaborando. Grandes delirios bastardearon un tantolos nobles esfuerzos de aquella juventud, que tomó sobre sí la grantarea de formar y educar la opinión que hasta entonces no existía. Losclubs, que comenzaron siendo cátedras elocuentes y palestra de ladiscusión científica, salieron del círculo de sus funciones propiasaspirando á dirigir los negocios públicos, á amonestar á los gobiernos éimponerse á la nación. En este terreno fué fácil que las personalidadessucedieran á los principios, que se despertaran las ambiciones, y lo quees peor, que la venalidad, cáncer de la política, corrompiera loscaracteres. Los verdaderos patriotas lucharon mucho tiempo contra estainvasión. El absolutismo, disfrazado con la máscara de la más abominabledemagogia, socavó los clubs, los dominó y vendiólos al fin. Es que lajuventud de 1820, llena de fe y de valor, fué demasiado crédula ódemasiado generosa. O no conoció la falacia de sus supuestos amigos, óconociéndola, creyó posible vencerles con armas nobles, con lapersuasión y la propaganda.

Una sociedad decrépita, pero conservando aún esa tenacidadincontrastable que distingue á algunos viejos, sostenía encarnizadaguerra con una sociedad lozana y vigorosa llamada á la posesión delporvenir. En este libro asistiremos á algunos de sus encuentros.

Sigamos nuestra narración. Los curiosos se paraban ante la

Fontana

;salían los tenderos á las puertas; el barbero Calleja, que se hacíallamar ciudadano Calleja

, estaba también en su puerta pasando unanavaja, y contemplando el club y á sus parroquianos con una miradapresuntuosa, que quería decir: "si yo fuera allá…."

Algunas personas se acercaron á la barbería formando corro alrededor delmaestro. Uno llegó muy presuroso, y preguntó:

"¿Qué hay? ¿Ocurre algo?"

Era el recién venido uno de esos individuos de edad indefinible, de esosque parecen viejos ó jóvenes, según la fuerza de la luz ó la expresiónque dan al semblante.

Su estatura era pequeña, y tenía la cabeza casi inmediatamente adheridaal tronco, sin más cuello que el necesario para no ser enteramentejorobado. El abdomen le abultaba bastante, y generalmente cruzaba lasmanos sobre él con movimiento de cariñosa conservación. Sus ojos eranmedio cerrados y pequeños, pero muy vivos, formando armoniosa simetríacon sus labios delgados, largos y elásticos, que en los momentos másardorosos de la conversación avanzaban formando un tubo acústico quedaba á su voz intensidad extraordinaria. A pesar de su traje seglar,había en este personaje no sé qué de frailuno. Su cabeza parecía hechapura la redondez del cerquillo, y ancho gabán que envolvía su cuerpo,más que gabán, parecía un hábito. Tenía la voz muy destemplada y acre;pero sus movimientos eran sumamente expresivos y vehementes.

Para concluir, diremos que este hombre se llamaba Gil de nombre yCarrascosa de apellido; educáronle los frailes agustinos de Móstoles, yya estaba dispuesto para profesar, cuando se marchó del convento,dejando á los Padres con tres palmos de boca abierta. A fines de siglologró, por amistades palaciegas, que le hicieran abate; mas en 1812perdió el beneficio, y depuso el capisayo. Desde entonces fué ardienteliberal hasta la vuelta de Fernando, en que sus relaciones con elfavorito Alagón le proporcionaron un destino de covachuelista con diezmil reales. Entonces era absolutista decidido; pero la Jura de laConstitución por Fernando en 1820 le hizo variar de opiniones hasta elpunto de llegar á alistarse en la sociedad de los

Comuneros

y formarpandilla con los más exaltados. Cuando tengamos ocasión de penetrar enla vida privada de Carrascosa, sabremos algunos detalles de ciertaaventura con una beldad quintañona de la calle de la Gorguera, ysabremos también los malos ratos que con este motivo le hizo pasarcierto estudiantillo, poeta clásico, autor de la nunca bien ponderadatragedia de los Gracos.

"¿Pues no ha de ocurrir?—dijo Calleja.—Hoy tenemos sesiónextraordinaria en la Fontana

. Se trata de pedir al Rey que nombre unMinisterio exaltado, porque el que está no nos gusta.

Tendremos discursode Alcalá Galiano.

—Aquel andaluz feo…

—Si, ese mismo. El que el mes pasado dijo:

No haya perdón ni treguapara los enemigos de la libertad. ¿Qué quieren esos espíritus obscuros,esos…?

Y por aquí seguía con un pico de oro….

—Ya les dará que hacer—observó Carrascosa—¡Qué elocuencia! ¡Quétalento el de ese muchacho!

—Pues yo, señor don Gil—manifestó Calleja,—respetando la opinión deusted, para mi tan competente, diré…."

Y aquí tosió dos veces, emitió un par de gruñidos por vía de proemio,y continuó:

"Diré que, aunque admiro como el que más las dotes del joven AlcaláGaliano, prefiero á Romero Alpuente, porque es más expresivo, másfuerte, más … pues. Dice todas las cosas con un arranque …

porejemplo, aquello de ¡

al que quiera hierro, hierro

! y aquello de ¡

nobuscan los tiranos su apoyo en la vara de la justicia; búscanle en losmaderos del cadalso, en el hombro deshonrado del verdugo

! Si le digo áusted que es un….

—Pues yo—contestó el ex abate,—aunque admiro también á RomeroAlpuente, prefiero á Alcalá Galiano, porque es más exacto, másrazonador….

—Se engaña usted, amigo Carrascosa. No me compare usted á ese hombrecon el mío; que todos los oradores de España no llegan al zancajo deRomero Alpuente. Pues ¿y aquel pasaje de los abajos

? Cuando decía:¡

Abajo los privilegios, abajo lo superfluo, abajo ese lujo que llamanrey…

! ¡Ah! Si es mucha boca aquella."

Calleja repetía estos trozos de discurso con mucho énfasis y afectación.Recordaba la mitad de lo que oía, y al llegar la ocasión comenzaba ádesembuchar aquel arsenal oratorio, mezclándolo todo y haciendo dedistintos fragmentos una homilía substancial y disparatada. Se nosolvidaba decir que este ciudadano Calleja era un hombre muy corpulento yobeso; pero aunque parecía hecho expresamente por la Naturaleza parapatentizar los puntos de semejanza que puede haber entre un ser humano yun toro, su voz era tan clueca, fallida y aternerada, que daba risaoírle declamar los retazos de discursos que aprendía en la

Fontana

.

Pues no estamos conformes—contestó Carrascosa, accionando con muchoaplomo,—porque ¿qué tiene que ver esa elocuencia con la de Alcalá, elcual es hombre que, cuando dice "allá voy", le levanta á uno los piesdel suelo?

—Es verdad—dijo, terciando en el debate, uno de los circunstantes, quedebía de ser torero, á juzgar por su traje y la trenza que en el cogotetenía;—es verdad. Cuando Alcalá embiste á los tiranos y se empieza ácalentar…. Pues no fué mal puyazo el que le metió el otro día á laInquisición. Pero, sobre todo, lo que más me gusta es cuando empiezabajito y después va subiendo, subiendo la voz…. Les digo á ustedes quees el espada de los

oraores

.

—Señores—afirmó Calleja,—repito que todos esos son unos muñecos allado de Romero Alpuente.

¡Cómo puso á los frailes hace dos noches! ¿Aque no saben ustedes lo que les dijo? ¿A que no saben…?

Ni al mismodemonio se le ocurre…. Pues los llamó….

¡sepulcros blanqueados!

…Miren qué mollera de hombre….

—No se empeñe usted, Calleja—refunfuñó el ex covachuelista con algunaimpertinencia.

—Pero venga usted acá, señor don Gil—dijo Calleja, haciendo todo loposible por engrosar la voz.—

¡Si sabré yo quién es Alcalá Galiano y lospuntillos que calzan todos ellos! ¡A mí con esas! Yo, que les calo átodos desde que les veo, y no tengo más que oírles decir castañas

parasaber de qué palo están hechos….

—Creo, señor don Gaspar, que está usted muy equivocado, y no sé por quése cree usted tan competente,—

indicó Carrascosa en tono muy grave.

—¿Pues no he de serlo? ¡Yo, que paso las noches oyéndoles á todos, nosaber lo que son! Vamos, que algunos que se tienen por muy buenos, noson más que ingenios de ración y equitación.

—Es verdad también que Romero Alpuente no es ningún rana—dijo otro delos presentes.

—¿Cómo rana?—exclamó, animándose, Calleja.—¡Que le sobra talento porlos tejados!… Y á usted, señor Carrascosa, ¿quién le ha dicho que yono soy competente? ¿Quién es usted para saberlo?

—¿Que quién soy? ¿Y usted qué entiende de discursos?

—Vamos, señor don Gil, no apure usted mi paciencia. Le digo á usted quele tengo por un ignorante lleno de presunción.

—Respete usted, señor Calleja—exclamó don Gil un pococonmovido;—respete usted á los que por sus estudios están en el casode… Yo… yo soy graduado en cánones en la Complutense.

—Cánones, ya. Eso es cosa de latín. ¿Qué tiene que ver eso con lapolítica? No se meta usted en esas cuestiones, que no son para cabezasramplonas y de cuatro suelas.

—Usted es el que no debe meterse en ellas—exclamó Carrascosa sinpoderse contener;—y el tiempo que le dejan libre las barbas de susparroquianos, debe emplearlo en arreglar su casa.

—Oiga usted, señor pedante complutense, canonista, teatino, ó lo quesea, váyase á mondar patatas al convento de Móstoles, donde estará másen su lugar que aquí.

—Caballero—dijo Carrascosa, poniéndose de color de un tomate y mirandoá todos lados para pedir auxilio, porque aunque tenía al barbero por loque era, por un solemne gallina, no se atreva con aquel corpachón deocho pies.

—Y ahora que recuerdo—añadió con desdén el rapista,—no me ha pagadousted las sanguijuelas que llevó para esa señora de la cal é de laGorguera, hermana del tambor mayor de la Guardia Real.

—¿También me llama usted estafador? Mejor haría el ciudadano Callejaen acordarse de los diez y nueve reales que le prestó mi primo, elque tiene la pollería en la calle Mayor; reales que le ha pagado comomi abuela.

—Vamos, que tú y el pollero sois los dos del mismo estambre.

—Sí, y acuérdese de la guitarrilla que le robó á Perico Sardina el díade la merienda en Migas Calientes.

—¿La guitarrilla, eh? ¿Dice usted que yo le robé una guitarrilla?Vamos, no me venga usted á mí con indirectas…—contestó el barbero,queriendo parecer sereno.

—Véngase usted aquí con pamplinas: si no le conoceremos, señor Callejón angosto

.

—Anda, que te quedaste con la colecta el día de San Antón. ¡Catorcepesos! Pero entonces eras realista y andabas al rabo de Otolaza paraque te hiciera limpia-polvos de alguna cocina. Entonces dabas vivasal Rey absoluto, y en la estudiantina del Carnaval le ofreciste unramillete en el Prado. Anda, aprende conmigo, que, aunque barbero, hesido siempre liberal, sí, señores. Liberal aunque barbero; que yo no soycualquier vende-humos, sino un ciudadano honrado y liberal comocualquiera. Pero miren á estos realistones: ahora han cambiado decasaca. Después que con sus delaciones tenían las cárceles atarugadas degente; se agarran á la Constitución, y ya están en campaña como toro enplaza, dando vivas á la libertad.

—Señor Calleja, usted es un insolente.

—¡Servilón!

Esta voz era el mayor de los insultos en aquella época, Cuando sepronunciaba, no había remedio: era preciso reñir.

Ya el arma ingeniosa, que la industria ha creado para el mejoramiento ycultivo de las barbas de la mitad del género humano se alzaba en lamano del iracundo barbero; ya el agudo filo resplandecía en lo alto,próximo á caer sobre el indefenso cráneo del que fué lego, abate ycovachuelista, cuando otra mano providencial atajó el golpe tremendoque iba á partir en dos tajadas á todo un graduado en cánones de laComplutense.

Esta mano protectora era la mano robusta de la mujer deCalleja, la cual, desconcertada y trémula al ver desde el rincón de sutienda la actitud terriblemente agresiva de su esposo, dejó con rapidezla labor, echó en tierra al chicuelo, que en uno de sus monumentalespechos se alimentaba, y arreglándose lo mejor que pudo el malencubierto seno, corrió á la puerta y libró al pobre Carrascosa de unamuerte segura.

Las tres figuras permanecieron algunos segundos formando un bello grupo.Calleja con el brazo alzado y el rostro encendido; su esposa, que eratan gigantesca como él, le sostenía el brazo; el pobre Gil, mudo ypetrificado de espanto. Doña Teresa Burguillos, que así se llamaba ladama, era de formas colosales y bastas; pero tenía en aquellos momentoscierta majestad en su actitud, la cual recordada á Minerva en el momentode detener la mano de Aquiles, pronta á desnudar el terrible aceroclásico. El Agamenón de la Covachuela ofrecía un aspecto poco académicoen verdad.

"Ciudadano Calleja—dijo aquella señora en tono muy reposado,—noemplees tus armas contra ese pelón, que se pudre á todo podrir:guárdalas para los tiranos."

Calleja cerró, pues, la navaja, y la guardó para los tiranos.

Don Gil se apartó de allí, llevado por algunos amigos, que quisieronimpedir una catástrofe; y poco después, el grupo que allí se habíaformado quedaba disuelto.

La amazona cerró la puerta, y dentro continuó su perorata interrumpida.No queremos referir las muchas cosas buenas que dijo, mientras elmuchacho se apoderaba otra vez del pecho, que tan bruscamente habíaperdido. Basto decir, para que se comprenda lo que valía doña TeresaBurguillos, que sabía leer, aunque con muchas dificultades, hallándoseexpuesta á entender las cosas al revés; que á fuerza de mascullonespodía enterarse de algunos discursos escritos, reteniéndolos en lamemoria; que alentada por la barberil elocuencia y liberalesca conductade su esposo, se había hecho una gran política, y que era muy entusiastade Riego y de Quiroga, aunque más que los hombres de sable

le gustabanlos

hombres de palabra

, llegando hasta decir que no conocía caballeromás galantemente discreto que Paco

(así mismo) Martínez de La Rosa. Escasi seguro que manifestó deseos de tener delante al bárbaro Elio

paraclavarle sus tijeras en el corazón. Penetremos ahora en la Fontana

.

CAPÍTULO II

#El club patriótico#.

En la

Fontana

es preciso demarcar dos recintos, dos hemisferios: elcorrespondiente al café, y el correspondiente á la política. En elprimer recinto había unas cuantas mesas destinadas al servicio. Más alfondo, y formando un ángulo, estaba el local en que se celebraban lassesiones. Al principio el orador se ponía en pie sobre una mesa, yhablaba; después el dueño del café se vió en la necesidad de construiruna tribuna. El gentío que allí concurría era tan considerable, que fuépreciso arreglar el local, poniendo bancos ad hoc

; después, áconsecuencia de los altercados que este club tuvo con el GrandeOriente

, se demarcaron las filiaciones políticas; los exaltados seencasillaron en la Fontana

, y expulsaron á los que no lo eran. Porúltimo, se determinó que las sesiones fueran secretas, y entonces setrasladó el club al piso principal. Los que abajo hacían el gastotomando café ó chocolate, sentían en los momentos agitados de lapolémica un estruendo espantoso en las regiones superiores, de tal modo,que algunos, temiendo que se les viniera encima el techo con toda lamole patriótica que sustentaba, tomaron las de Villadiego, abandonandola costumbre inveterada de concurrir al café.

Una de las cuestiones que más preocupaban al dueño fué la manera dearmonizar lo mejor posible el patriotismo y el negocio, las sesiones delclub y las visitas de los parroquianos. Dirigió conciliadorasamonestaciones para que no hicieran ruido pero esto parece que fuéinterpretado como un primer conato de servilismo, y aumentó el ruido, yse fueron los parroquianos.

En la época á que nuestra historia se refiere, las sesiones estabantodavía en la planta baja. Aquéllos fueron los buenos días de la

Fontana

. Cada bebedor de café formaba parte del público.

Entre los numerosos defectos de aquel local, no se contaba el de serexcesivamente espacioso: era, por el contrario, estrecho, irregular,bajo, casi subterráneo. Las gruesas vigas que sostenían el techo noguardaban simetría. Para formar el café fué preciso derribar algunostabiques, dejando en pie aquellas vigas; y una vez obtenido el espaciosuficiente, se pensó en decorarlo con arte.

Los artistas escogidos para esto eran los más hábiles pintores demuestra de la Villa. Tendieron su mirada de águila por las estrechasparedes, las gruesas columnas y el pesado techo del local, y unánimesconvinieron en que lo principal era poner unos capiteles á aquellascolumnas. Improvisaron unas volutas, que parecían tener por modelo lasmorcillas extremeñas, y las clavaron, pintándolas después de amarillo.Se pensó después en una cenefa que hiciera el papel de friso en todo lolargo del salón; mas como ninguno de los artistas sabía tallarbajo-relieves, ni se conocían las maravillas del cartón-piedra, seconvino en que lo mejor sería comprar un listón de papel pintado en losalmacenes de un marsellés recientemente establecido en la calle deMajaderitos. Así se hizo, y un día después la cenefa, engrudada por losmozos del café, fué puesta en su sitio. Representaba unos cráneos demacho cabrío, de cuyos cuernos pendían cintas de flores que iban áenredarse simétricamente en varios tirsos adornados con manojos defrutas, formando todo un conjunto anaecreóntico-fúnebre de muy malefecto.

Las columnas fueron pintadas de blanco con ráfagas de rosa yverde, destinadas á hacer creer que eran de jaspe. En los dos testerospróximos á la entrada, se colocaron espejos como de á vara; pero noenterizos, sino formados por dos trozos de cristal unidos por una barrade hojalata. Estos espejos fueron cubiertos con un velo verde paraimpedir el uso de los derechos de domicilio que allí pretendían tenertodas las moscas de la calle. A cada lado de estos espejos se colocó unquinqué, sostenido por una peana anaecreóntico, donde seapoyaba el receptáculo; y éste recibía diariamente de las entrañas deuna alcuza, que detrás del mostrador había, la substancia necesaria paraarder macilento, humeante, triste y hediondo hasta más de media noche,hora en que su luz, cansada de alumbrar, vacilaba á un lado y otro comoquien dice

no

, y se extinguía, dejando que salvaran la patria áobscuras los apóstoles de la libertad.

El humo de estos quinqués, el humo de los cigarros, el humo del caféhabían causado considerable deterioro en el dorado de los espejos, en elamarillo de los capiteles, en los jaspes y en el friso clásico. Solo portradición se sabía la figura y color de las pinturas del techo, debidasal pincel del peor de los discípulos de Maella.

Los muebles eran muy modestos; reducíanse á unas mesas de palo, pintadasde color castaño simulando caoba en la parte inferior, y embadurnadas deblanco para imitar mármol en la parte superior, y á medio centenar debanquillos de ajusticiado, cubiertos con cojines de hule, cuya crin, porinnumerables agujeros, se salía con mucho gusto de su encierro.

El mostrador era ancho, estaba colocado sobre un escalón, y en sufachada tenía un medallón donde las iniciales del amo se entrelazaban enconfuso jeroglífico. Detrás de este catafalco asomaba la imperturbableimagen del cafetero, y á un lado y otro de éste, dos estantes donde seencerraban hasta cuatro docenas de botellas. Al través de la mitad deestos cristales se veían también bollos, libras de chocolate y algunasnaranjas; y decimos la mitad de los cristales, porque la otra mitad noexistía, siendo sustituida por pedazos de papel escrito, perfectamentepegados con obleas encarnadas. Por encima de las botellas, por encimadel estante, por encima de los hombros del amo, se veía saltar un gatoenorme, que pasaba la mayor parte del día acurrucado en un rincón,durmiendo el sueño de la felicidad y de la hartura. Era un gatoprudente, que jamás interrumpía la discusión, ni se permitía maullar niderribar ninguna botella en los momentos críticos. Este gato se llamabaRobespierre.

En el local que hemos descrito se reunía la ardiente juventud de 1820.¿De dónde habían salido aquellos jóvenes? Unos salieron de lasConstituyentes del año 12, esfuerzo de pocos, que acabó iluminando ámuchos. Otros se educaron en los seis años de opresión posteriores á lavuelta de Fernando. Algunos brotaron en el trastorno del año 20, másfecundo tal vez que el del 12. ¿Qué fué de ellos? Unos vagaronproscriptos en tierra extranjera durante los diez años de Calomarde;otros perecieron en los aciagos días que siguieron á la triste victoriade los cien mil nietos de San Luis. Entre los que lograron vivir más queel inicuo Fernando, algunos defendieron el mismo principio con igualentereza; otros, creyendo sustentarle, tropezaron con las exigencias deuna generación nueva. Encontráronse con que la generación posterioravanzaba más que ellos, y no quisieron seguirla.

Al crearse el club, no tuvo más objeto que discutir en principio lascuestiones políticas; pero poco á poco aquel noble palenque, abiertopara esclarecer la inteligencia del pueblo, se bastardeó. Quisieron losfontanistas tener influencia directa en el gobierno. Pedían solemnementela destitución de un ministro, el nombramiento de una autoridad.Demarcaron los dos partidos moderado y exaltado

, estableciendo unabarrera entre ambos. Pero aún descendieron más. Como en la Fontana

seagitaban las pasiones del pueblo, el Gobierno permitía sus excesos paraamedrentar al Rey, que era su enemigo. El Rey, entre tanto, fomentabasecretamente el ardor de la Fontana

, porque veía en él un peligro parala libertad. La tradición nos ha enseñado que Fernando corrompió áalguno de los oradores é introdujo allí ciertos malvados que fraguabanmotines y disturbios con objeto de desacreditar el sistemaconstitucional. Pero los ministros, que descubrían esta astucia deFernando, cerraban la

Fontana

, y entonces ésta se irritaba contra elGobierno y trataba de derribarlo. Fomentaba el Rey el escándalo pormedio de agentes disfrazados; ayudaba el club á los ministros; éstos leherían; vengábase aquél, y giraban todos en un círculo de intrigas, sinque los crédulos patriotas que allí formaban la opinión conociesen laoculta transcendencia de sus cuestiones.

Pero oigamos á Calleja que pide á voz en cuello que comience la sesión.Dos elementos de desorden minaban la

Fontana

: la ignorancia y laperfidia. En el primero ocupaba un lugar de preferencia el barberoCalleja. Este patriota capitaneaba una turba de aplaudidores semejantesá él, y la tal cuadrilla alborotaba de tal modo cuando subía á latribuna un orador que no era de su gusto, que se pensó seriamente enprohibirle la entrada.

En la noche á que nos referimos, nuestro hombre daba con sus pesadasmanos tales palmadas, que sonaban como golpes de batán y los demásmetían ruido dando porrazos en el suelo con los bastones. En vano pedíansilencio y moderación los del interior, personas entre las cuales habíadiputados, militares de alta graduación, oradores famosos. Losbullangueros no callaron hasta que subió á la tribuna Alcalá Galiano.

Era éste un joven de estatura más que regular, erguido, delgado, decabeza grande y modales desenvueltos y francos. Tenía el rostrobastante grosero, y la cabeza poblada de encrespados cabellos. Su bocaera grande, y muy toscos los labios; pero en el conjunto de la fisonomíahabía una clara expresión de noble atrevimiento, y en su mirada profundala penetración y el fuego de los ingenios de la antigua raza.

Comenzó á hablar relatando un suceso de la sesión anterior, que habíadado ocasión á que salieran de la Fontana

Garelli, Toreno y Martínezde la Rosa. Indicó las diferencias de principios que en lo sucesivohabían de separar á los moderados de los exaltados, y pintó la situacióndel Gobierno con exactitud y delicadeza.

Pero cuando con más robusta vozy elocuencia más vigorosa hacía un cuadro de las pasadas desdichas de lanación, ocurrió un incidente que le obligó á interrumpir su discurso.Era que se oía en la calle fuerte ruido de voces, el cual crecióformando gran algazara. Muchísimos se levantaron y salieron.

Elauditorio empezó á disminuir, y al fin disminuyó de tal modo, que elorador no tuvo más remedio que callarse.

Cortado y colérico estaba el andaluz cuando bajó de la tribuna. [Nota 1:El mismo Alcalá Galiano refiere con mucha franqueza este suceso en susanotaciones á Historia de España

, por Durham.] El tumulto aumentabafuera, y por fin no quedaron en el café sino cinco ó seis personas.Estas querían satisfacer la curiosidad, y acompañadas del mismo Galiano,salieron también.

En diez minutos la

Fontana

se quedó sin gente, y el rumor exteriorpasaba, se oía cada vez más lejano, porque andaba á buen paso la oleadade pueblo que lo producía. Todas las señales eran de que había comenzadouna de aquellas asonadas tan frecuentes entonces.

Era ya tarde: los quinqués habían llegado al tercer período de sureverberación dificultosa, es decir, estaban en los instantesprecursores de su completo aniquilamiento, y las mechas despedían humomás hediondo y abundante. Uno de los mozos se había marchado á dormir;otro roncaba junto á la puerta, y el tercero había salido con losparroquianos. A lo lejos se oía un eco de voces siniestras, las vocesdel tumulto popular, que rodaba por la villa agitándola toda.

El cafetero continuaba inmóvil en su trípode. Dos luminosos puntos declaridad verdosa brillaban detrás de él. Era Robespierre que se acercabaá su amo, y saltando por encima de sus hombros, se ponía delante pararecibir una caricia. El hombre del café le pasó la mano afectuosamentepor el lomo, y el animal, agradecido, alzó el rabo, arqueó el espinazo,se lamió los bigotes, y después de estirarse muy á la sabor, se volvió ásu rincón, donde se agazapó de nuevo.

Frente por frente al mostrador, y en el más obscuro sitio del café,principió á destacarse una figura humana, invisible hasta entonces. Estapersona salía de la sombra, y avanzando lentamente hacia el mostrador,entraba en el foco de la escasa luz que aclaraba el recinto, siendoposible entonces observar las formas de aquel silencioso y extrañopersonaje.

Era un hombre de edad avanzada; pero en vez de la decrepitud propia desus años, mostraba entereza, vigor y energía. Su cara era huesosa,irregular, sumamente abultada en la parte superior; la frente tenía unaexagerada convexidad, mientras la boca y los carrillos quedabanreducidos á muy mezquinas proporciones. A esto contribuía la faltaabsoluta de dientes, que, habiendo hecho de la boca una concavidadvacía, determinaba en sus labios y en sus mejillas depresiones profundasque hacían resaltar más la angulosa armazón de sus quijadas. En sucuello, los tendones, huesos y nervios formaban como una serie de piezasarticuladas, cuyo movimiento mecánico se observaba muy bien, á pesar dela piel que las cubría.

Los ojos eran grandes y revelaban haber sidohermosos. Por extraño fenómeno, mientras los cabellos habíanemblanquecido enteramente, las cejas conservaban el color de lajuventud, y estaban formadas de pelos muy fuertes, rígidos y erizados.Su nariz corva y fina debió también haber sido muy hermosa, aunque alfin por la fuerza de los años, se había afilado y encorvado más, hastael punto de ser enteramente igual al pico de un ave de rapiña. Alrededorde su boca, que no era más que una hendidura, y encima de sus quijadas,que no eran otra cosa que un armazón, crecía un vello tenaz, los fuertesretoños blancos de su barba que, afeitada semanalmente en cuarenta años,despuntaban rígidos y brillantes como alambres de plata.

Hacían mássingular el aspecto de esta cara dos enormes orejas extendidas,colgantes y transparentes. La amplitud dé estos pabellonescartilaginosos correspondía á la extrema delicadeza timpánica delindividuo, la cual, en vez de disminuir, parecía aumentar con la edad.Su mirada era como la mirada de los pájaros nocturnos, intensa, luminosay más siniestra por el contraste obscuro de sus grandes cejas, por laelasticidad y sutileza de sus párpados sombríos, que en la obscuridadse dilataban mostrando dos pupilas muy claras.

Estas, además de vermucho, parecía que iluminaban lo que veían. Esta mirada anunciaba lavitalidad de su espíritu, sostenido á pesar del deterioro del cuerpo, elcual era inclinado hacia adelante, delgado y de poca talla. Sus manoseran muy flacas, pudiéndose contar en ellas las venas y los nervios; losdedos parecían, por lo angulosos y puntiagudos, garras de pájaro rapaz.

La piel de la frente era amarilla y arrugada como las hojas de unincunable; y mientras hablaba, esta piel se movía rápidamente y sereplegaba sobre las cejas formando una serie de círculos concéntricosalrededor de los ojos, que remataban en semejanza con un lechuzo. Vestíade negro, y en la cabeza llevaba una gorrilla de terciopelo.

Cuando este hombre estuvo cerca del mostrador, levantóse el cafetero conrecelo, se fué á la puerta de la calle y escuchó atentamente algúntiempo; volvió, se asomó á un ventanillo que daba al patio, y despuésrepitió la misma operación en una puerta que daba á la escalera. De lostres mozos del café, uno solo estaba allí, roncando sobre un banco: elamo le despertó y le despidió. Atrancada bien la puerta, volvió aquel ásu trípode, y estableciéndose en ella, miró al del gorro, como siesperara de él una gran cosa.

¡Buena la han armado!—dijo en voz alta, seguro de no ser escuchado porvoces extrañas—¡Otro alboroto esta noche! Y dicen que la Guardia Realprepara un gran tumulto. Usted, D. Elías, debe saberlo.

—Deje usted andar, amigo; deje usted andar, que ya llegarán,—dijo elflaco con voz sonora y profunda.

Y metiendo la mano en el bolsillo, sacó un pequeño envoltorio que, porel sonido que produjo al ser puesto sobre la mesa, indicaba contenerdinero. El cafetero miró con singular expresión de cariño el envoltorio,mientras el viejo lo desenvolvió con mucha cachaza, y sacando unas onzasque dentro había, comenzó á contar.

Al ruido de las monedas, Robespierre abrió los ojos; y viendo que no eracosa que le interesaba, los volvió á cerrar, quedándose otra vezdormido. El viejo contó diez medias onzas, y se las dió al del café.

—Vamos, señor D. Elías—dijo éste descontento.—¿Qué hago yo concinco onzas?

—Por cinco onzas se vende la diosa misma de la libertad,—replicó Elíassin mirar al cafetero.

—Quite usted allá: aquí hay patriotas que no dirán "viva el Rey" portodo el oro del mundo.

—Si: es mucha entereza la de esos señores—exclamó Elías con un acentode ironía que debía de ser el acento habitual de su palabra.

—Vaya usted á ofrecer dinero á Alcalá Galiano y á Moreno Guerra….

—Esos alborotan allá, en las Cortes; de esos no se trata. Tratamos delos que alborotan aquí.

—Pues le aseguro á usted, señor don Elías de mi alma, que con lo que meha dado, no tengo ni para la correa del zapato del orador más malo deeste club.

—Le digo á usted que basta con eso. El señor no está para gastos.

—¡Y que tacaño se vuelve el Absoluto! Mala landre le mate, si con estasmiserias logra derribar la Constitución.

—Deje usted andar, que ya se arreglará esto—contestó el viejo dando unsuspiro. Y al darlo cerró la boca de tal modo, que parecía que lamandíbula inferior se le quedaba incrustada dentro de la superior.

—Pero, don Elías de mis pecados, ¿qué quiere usted que haga yo concinco onzas…? ¿Qué le pareció aquel sargentón que habló anoche? Dicenque es un bruto; pero lo cierto es que hace ruido y nos sirve bien, puesme cuesta un ojo de la cara cada párrafo de aquéllos que sublevan lamultitud y ponen al pueblo encendido… ¡Y hay otros tan reacios, donElías…! Anteanoche subió á la tribuna uno que suele venir ahí con elbarbero Calleja: ¡qué voz de becerro tenía! Empezó á hablar de laConvención, y dijo que era preciso cortar las cabezas de adormidera. Leaplaudieron mucho, y yo confieso que fué una gran cosa, aunque, á decirverdad, no le entendí más que si hubiera hablado en judío. Cuando acabóla sesión, quise picarle para que hablara segunda vez; pero no sé sicaló mis intenciones; lo cierto es que dijo que me iba á cortar elpescuezo, añadiendo que no me descuidara. ¡Qué susto me llevé! ¡Y estose me paga tan mal! Aquel discurso que pronunció anoche á última hora elestudiantillo valenciano, me costó dos raciones de carne estofada y dosbotellas de vino ¡Ay! Si llegaran á saber estos manejos Alcalá Galiano yFlórez Estrada … le digo á usted que me voy á reír de gusto.

—Esas son las cabezas de adormidera que es preciso cortar—exclamó elviejo, guiñando el ojo y haciendo con la mano derecha, movidahorizontalmente, la señal de quien corta alguna cosa.

—Pues fuera una lástima, porque son buenos chicos. Yo, francamente selo digo á usted, aunque soy en lo íntimo de mi corazón partidarioamantísimo de mi Rey absoluto, cuando oigo á esos muchachos, yespecialmente cuando veo á Alcalá Galiano subir á la tribuna, y empiezaá echar flores por aquella boca, y después culebras, me da unescarabajeo tan grande, que me baila el corazón y me dan ganas deabrazarle.

—Déjalos que griten: eso precisamente es lo que se busca. Mira el motínde esta noche: á ellos se les debe.

Con muchos así, pronto estallará lacuerda. Eso es lo que quiere el Rey. ¡Oh! Ya verás qué pronto sedespedazarán unos á otros.

—¿Pero qué hago yo con cinco onzas?—volvió á decir el dueño del café.

—Ya lo he dicho El Rey no está para despilfarros, y para levantar decascos á está gente no es preciso mucho dinero.

—¿Que no? Pregúnteselo usted á aquel lego exclaustrado que escribe ElAzote

; ya me tiene comidas tres onzas de las que usted me trajo lasemana pasada. ¿Pues y aquel oficialito que pronunció hace días aquelfuerte discurso en que dijo:

Calendas Cartagos

…?

Delenda est Carthago

, querrá usted decir.

—Eso es:

dilenda ó calenda

, lo mismo da—dijo el del café.—¡Pues eseoficialito tiene unas tragaderas! Me comió dos empanadas de conejo comodos ruedas de molino. Y sobre todo, con decirle á usted que paraconseguir que Andresillo Corcho saliera por esas calles gritando, comousted vió muy bien el domingo, tuve que pagarle todas sus deudas, queeran ocho meses al casero, y qué sé yo cuántos piquillos sueltos á losamigos… Y luego no gana uno para sustos, don Elías. Vuelvo á repetirleá usted que si los liberales de copete descubren estas socaliñas, no medejarán un hueso en su lugar.

—Mucha cautela, ten mucha cautela: nada de papeles escritos, no medirijas cartas, no fíes al papel ni una idea sobre este punto,—le dijoElías con severidad.

—Y dígame usted—continuó el del café, bajando la voz como sitemiera ser oído por Robespierre;—dígame usted, ¿cuándo se alza laGuardia Real?

—No sé—dijo Elías, encogiéndose de hombros.

—Dicen que la

Santa Alianza

ha escrito al Rey.

Elías debía ser hombre prudentísimo, porque contestó "no sé" á secascomo á la primera pregunta.

Entonces se oyó otra vez, aunque muy lejano, el mismo ruido de voces,que hizo salir del club á toda la concurrencia.

"Creo que piensan allanar la casa de Toreno.

—Bien: me alegro—dijo el viejo con siniestra satisfacción.—Veo queempiezan á devorarse unos á otros.

No podía suceder otra cosa. ¡Oh! Yoentiendo á esta canalla. ¿Y qué había de suceder? ¿España podrá estarmucho tiempo en manos de una gavilla de pensadores desesperados? Si estodurara, yo dudaría de la Providencia, que arregla á las naciones como daaliento á los individuos, España está sin Rey, que es estar sin gloria,sin vida y sin honor. ¿Había, por ventura, Constitución cuando Españafué el primer país del mundo? Eso de hacer el pueblo las leyes es lo másmonstruoso que cabe. ¿Cuándo se ha visto que el que ha de ser mandadohaga las leyes? ¿Sería justo que nuestros criados nos mandaran? Aquí nohay Rey ni Dios esto se acabará; yo te jure que se acabará."

Al decir esto, el viejo abría los ojos y apretaba los puños con furor.El del café no pudo resistir al encanto de tanta elocuencia, levantósede su trípode y le abrazó. Al alargar sus manos con entusiasmo, unabotella cayó y fué rodando hasta dar un golpe á Robespierre, el cual,despertando súbitamente, dió un atroz maullido y fué á buscar regionesmás tranquilas en lo alto del armario de los bizcochos.

Elías sacó de su bolsillo una pequeña faja negra, que le servía detapabocas, se la envolvió al cuello y se dispuso á salir. El cafetero,con su oficiosidad acostumbrada en presencia de aquel personaje, sedirigió á abrirle la puerta. Ya principiaba á despuntar el día. El viejorealista salió sin saludar á su amigo y tomó la dirección de su casa.

CAPÍTULO III

#Un lance patriótico y sus consecuencias#.

Don Elías cruzaba la Carrera de San Jerónimo, cuando vió que hacia élvenían unos cuantos hombres que reían y gritaban dando vivas á laConstitución y á Riego. Trató de evitar el encuentro, y tomó la otraacera; pero ellos pasaron también, y uno le detuvo.

Eran cinco individuos, y de ellos tres, por lo menos, estabancompletamente embriagados. Nuestro ya conocido Calleja les mandaba.Componíase la cuadrilla de un chalán del barrio de Gilimón y un matuterodel Salitre, un caballero particular conocido en Madrid por sus trampasy gran prestigio en la plazuela de la Cebada, y finalmente, un mocetónalto, flaco y negro, que tenía fama de guerrillero, y del cual secontaban maravillas en las campañas de 1809 y después en los sucesos del20. El sello de sus hazañas marcaba siniestramente su rostro en unchirlo, que le cogía desde la frente hasta el carrillo, cegándole un ojoy abollándole media nariz.

Los cinco detuvieran al anciano.

"¡Mátale, mátale!—dijo con aguardentosa voz el matutero, pinchando conla varita que llevaba en la mano el pecho de Elías.

—No, déjale, Perico. ¿De qué vale espachurrar á este bicho?

—Si es Coletilla—exclamó él del chirlo reconociéndole.—Coletilla,el amigo de Vinuesa, el que anda por los clubs para contarle al Reylo que pasa.

—¡Que cante el

Trágula!

—dijo el chalán, que estaba envuelto desde elpescuezo á la rabadilla en un ceñidor encarnado, por entre cuyo plieguesasomaba el puño de uno de aquellos célebres alfileres de Albacete quetanto dan que hacer á la justicia.

—Tres Pesetas, coge por ese brazo al señorito."

Tres Pesetas puso su mano sobre el gorro de Elías y se lo tiró al suelo,dejando al aire la pelada calva del anciano. Carcajada sonora acogióeste movimiento.

"¡Miren que orejazas de mochuelo!—añadió el guerrillero, tirándole dela derecha hasta inclinarle la cabeza sobre el hombro.

Pos

no tiene mala cabeza

é pelailla pa

jugar á los trucos—dijo elmatutero, dándole un papirotazo en mitad del cráneo."

El realista estaba lívido de cólera: apretaba los puños en convulsiónnerviosa, y en sus ojos brillaron lágrimas de despecho. En esto Calleja,que parecía tener gran autoridad entre aquella gente, se agarró al brazode Elías, y exclamó, riendo con la desenfrenada hilaridad de laembriaguez:

"Ven, bravucón, ven con nosotros. Ciudadanos—prosiguió, volviéndose álos otros:—éste es el gran Coletilla, el mismo Coletilla. Seremosamigos. Nos va á presentar al Rey constitucional para que nos haga…."

—¡

Menistros

!—gritó el matutero enarbolando su vara.

—Ciudadanos, ¡viva el Rey absoluto, viva Coletilla!

—Vamos á

jaserle

comunero de la gran

comuniá

—dijo elmatutero.—Primera prueba. ¡Que salte!

—¡Que salte!

—¡Que salte!

Y uno de ellos tomó de la mano á Elías como para hacerle saltar,mientras otro, empujándole con violencia, le hizo caer al suelo.

"

Zegunda

prueba—chilló Tres Pesetas:—toma esta espada, pincha á unode nosotros."

Y sacando un sable le dió de plano tan fuerte golpe, que le obligó ácaer en opuesto sentido.

"Dí '¡viva la constitución!'

—¿Pues no lo ha

é ezir?

Y si no, yo tengo aquí unas

explicaeras

…—vociferó el matutero, sacando su navaja.

—Este tunante fué el que delató al cojo de Málaga—dijo el caballeroparticular.

—Y el amigo de Vinuesa.

—Señores, éste no es más que Coletilla, el gran Coletilla—afirmó Calleja con mucha gravedad."

La ferocidad se pintaba en los ojos del matutero y del chalán. El de lacicatriz cogió por el cuello á Elías, y con su mano vigorosa le apretócontra el suelo.

"Suéltalo, Chaleco; déjalo tendido."

Es de advertir que el matutero era conocido entre los de su calaña porel extravagante nombre de Chaleco.

"Déjamelo á mi—exclamó el chalán.—

Tríncalo por el piscuezo; quío

verlo que tienen esos realistas dentro del buche."

Muy mal parado estaba el infeliz Elías; y ya se encomendaba á Dios contoda su alma, cuando la inesperada llegada de un nuevo personaje pusotregua á la cólera de sus enemigos, salvándole de una muerte segura.

Era un militar alto, joven, bien parecido y persona de noble casa sinduda, porque, á pesar de su juventud, llevaba charreteras de una altagraduación. Traía largo capote azul, y uno de aquellos antiguos ypesados sables, capaces de cercenar de un tajo la cabeza de cualquierenemigo. Al verle que se interponía en defensa del anciano, los otros seapartaron con cierto respeto, y ninguno se atrevió á insistir.

"Vamos, señores, dejen ustedes en paz á ese pobre viejo, que no les haceningún daño—dijo el militar.

—Si es Coletilla, el mismo Coletilla.

—Pero sois cinco contra él, y él es un pobre señor indefenso.

—Eso mismo decía yo—exclamó Calleja, con la misma risa de borracho.

Poz

que diga '¡viva el Rey constitucional!'

—Lo dirá cuando se vea libre de vosotros. Yo respondo de que es un buenliberal y hombre de bien.

—¡Si es un servilón!—exclamó Chaleco.

¿Y qué queréis hacer con él?—preguntó el militar.

—Poca cosa—dijo Tres Pesetas, que era el más atrevido.—No más queabrirle un tragaluz en la barriga pa

que salgan á misa las

asaúras

.

—Vamos, marchaos á vuestras casas—dijo el militar con muchaentereza:—yo le defiendo.

—¿Usía?

—Sí, yo. Marchaos, yo respondo de él.

—Pues sino

ize

¡viva la…!

—Dí '¡viva la Constitución!'—exclamaron todos á la vez, menos Calleja,que se estaba riendo como un idiota.

—Vamos—manifestó el militar, dirigiéndose á Elías: dígalo usted, escosa que cuesta poco, y además hoy debe decirlo todo buen español.

—¡Que lo diga!

—¡Que lo

iga

pronto!"

El militar persistía en que dijera aquellas palabras, como un medio deverse libre; pero Elías continuaba en silencio.

"Vamos padrito, pronto—dijo el matutero.

—¡No!—exclamó Elías con profunda voz y trémulo de indignación."

Entonces Tres Pesetas alzó la vara sobre el viejo; los demás sedispusieron á acometerle, y fué preciso que el militar empleara todassus fuerzas y todo su prestigio para impedir un mal desenlace.

"Diga usted ¡viva la Constitución!"

—¡No!—repitió Elías. Y como si recibiera inspiración del cielo, en unarrebato de supremo valor exclamó:

"¡Muera!"

Los cuatro desalmados rugieron con ira; pero el militar parecía resueltoá defender á Elías hasta el último trance.

"Apartaos—dijo.—Este hombre está loco. ¿No conocéis que está loco?

—Que retire esas palabras—dijo riendo siempre Calleja, que aun en laembriaguez blasonaba de usar con propiedad las formulas parlamentarias.

—¿Qué

rítire

ni

ritire

?

—Si, está loco—dijo Chaleco;—y si no está loco, está bo … bo… borracho.

—¡Eso es … eso … borracho!—gritó Calleja, que al fin habíanecesitado apoyarse en la pared para no caer en tierra."

Algunos vecinos se habían asomado; algunos transeúntes trabaronconversación con el venerable Tres Pesetas, y ya sea que un ebrio sedistrae fácilmente, ya que les impusiera temor la actitud firme delmilitar, lo cierto es que los cuatro amigos de Calleja dejaron en paz áElías, el cual, ayudado de su protector, se levantó como pudo y se pusoel gorro que casi había perdido la forma bajo los pies del matutero. Elmilitar, al detener con un vigoroso esfuerzo el movimiento agresivo deChaleco contra Elías, se rozó la mano izquierda con la extremidadpuntiaguda de la empuñadura de la navaja que el mozo llevaba en la faja.Esta rozadura le levantó un poco la piel y le hizo derramar algunasangre. El militar se envolvió la mano en un pañuelo, y con la derechatomó el brazo del viejo. Este se hallaba magullado, roto y en un estadode desfallecimiento tal, que no podía andar sino á pasos cortos yvacilando á cada momento.

El militar le sostuvo con fuerza, y andando con él muy lentamente, lepreguntó dónde estaba su casa para llevarle á ella. Elías, sincontestarle, le encaminó haciéndole señas por la calle de Alcalá,dirigiéndose á la del Barquillo para tomar al fin la de Válgame Dios,donde aquel buen hombre vivía.

El joven militar era sin duda poco amante del silencio, y de carácteralegre y comunicativo, porque por el camino comenzó á hablar consingular volubilidad, pareciendo que el obstinado mutismo del viejoestimulaba más su prolija locuacidad.

No podemos transcribir los términos precisos en que habló éste, quedesde ahora es nuestro amigo, y nos acompañará en todo el tránsito deesta dilatada historia; pero conociendo su carácter como loconocemos, es seguro que no será aventurado poner en boca suya éstasó parecidas palabras:

"Hay que deplorar, amigo mío, en esta imperfecta vida humana, que lascosas mejores y más bellas tienen siempre un lado malo; fatal obscuridadque proyecta en breve parte de su esfera lo más resplandeciente yluminoso. Las instituciones más justas y buenas, ideadas por el hombrepara producir efectos de bien común, ofrecen en los primeros tiempos depráctica extraños resultados, que hacen dudar á los de poca fe de labondad y justicia de ellas. Los hombres mismos que fabrican un objeto desutil mecanismo, vacilan en los primeros momentos del uso, y no aciertaná regular su compás y reposado movimiento. La libertad política,aplicación al gobierno del más bello de los atributos del hombre, es elideal de los Estados. ¡Pero qué penosos son los primeros días depráctica! ¡Como nos aturde y desespera el primer ensayo de esta máquina!

"El mayor inconveniente es la impaciencia. Hay que tener perseverancia yfe, esperar á que la libertad dé sus frutos y no condenarla desde elprimer día. ¿No sería loco el que plantando un árbol le arrancaradesesperado al ver que no echaba raíces, crecía y daba flores y frutosal primer día?"

Es probable que el militar no empleara estos mismos términos; pero esseguro que las ideas eran las mismas.

Lo cierto es que al concluiresperó á ver si su peroración producía algún efecto en el viejo; peroéste sumamente abstraído, daba muestras de no atender á sus palabras yde hacer en su interior otras consideraciones no menos transcendentalesy profundas.

"Es de deplorar—continuó el militar reforzando su elocuencia con unpoco de mímica,—es de deplorar que los primeros derechos concedidos porla libertad sean mal empleados por algunos hombres. El hábito de lalibertad es uno de los más difíciles de adquirir y tenemos que sufrirlos desaciertos de los que por su natural rudeza tardan más en adquirireste hábito. Pero no desconfiemos por eso, amigo. Usted, que es sin dudabuen liberal, y yo, que lo soy muy mucho, sabremos esperar. Nomaldigamos al sol porque en los primeros momentos de la mañana producemolestia en nuestros ojos, cuando salen bruscamente de la obscuridad ydel sueño."

Paróse por segunda vez el joven para tomar aliento y ver si la fisonomíadel anciano daba señales de aprobación; pero no observó en aquel rostrosingular otra cosa que abstracción y melancolía.

"Esos que le han detenido á usted—continuó el militar,—no sonliberales. O son agentes ocultos del absolutismo, ó ignorantes soecessin razón ni conciencia. O libertinos sin instrucción, ó alborotadoresasalariados. ¿Será preciso quitarles la libertad y no devolvérsela hastaque reciban educación ó castigo? Entonces, ¿habrá libertad para unos, ypara otros no? Ha de haberla para todos, ó quitársela á todos.

¿Y esjusto renunciar á los beneficios de un sistema por el mal uso quealgunos pocos hacen de él? No: más vale que tengan libertad ciento queno la comprenden, que la pierda uno solo que conoce su valor. Los malesque con ella pudieron ocasionar los ignorantes son inferiores al inmensobien que un solo hombre ilustrado puede hacer con ella. No privemos dela libertad á un discreto por quitársela á cien imprudentes."

El joven se paró por tercera vez por dos razones: primera, porque notenía más que decir (insistimos en que no empleó las mismas palabras); ysegunda, porque el viejo, al llegar á su calle, se detuvo en una puerta,y dijo: "Aquí." El viejo había concluido, y el militar iba á dejar á sunuevo amigo; pero notó que estaba éste cada vez más desfallecido ycorría peligro de no poder subir si le abandonaba. El locuaz y discretojoven entró, pues, en la casa sosteniendo al realista, que apenas podíadar un paso.

La mansión de Elías se ostentaba en la mitad de la calle de VálgameDios, donde hacía veces de palacio. Colocada entre dos casas

á lamalicia

, aparecía allí con proporciones gigantescas, sin que por esotuviera más que dos pisos altos, de los cuales el superior gozaba lasingular preeminencia de ser habitado por nuestro héroe.

La fachada era mezquina, fea. El cuarto bajo servía de oficina á lasruidosas ocupaciones de un machacador de hierro, que surtía de sartenes,asadores y herraduras á todo el barrio del Barquillo. Los balcones delprincipal eran fiel remedo de los jardines colgantes de Babilonia,porque había en ellos muchos tiestos con flores, muchas matas queestaban en camino de ser árboles, juntamente con tres jaulas decodornices y dos reclamos, que por la noche daban armonía á toda lacalle. En medio de esta selva y de estos gorjeos se veía una muestra de

Prestamista sobre alhajas

.

El portal era angosto y muy largo. Para llegar á la escalera, que estabaen lo profundo, se corrían mil peligros á causa de las sinuosidades delterreno, en el cual los hoyos, llenos de inmundicia, alternaban conpuntiagudos guijarros, alzados media cuarta. La escalera era angosta, ysus paredes, blanqueadas en tiempo de Felipe V, cuando menos, sehallaban en el presente siglo cubiertas de una venerable rapa de mugre,excepto en la faja ó zona por donde rozaban los codos de los que subían,la cual tenía singular pulimento. En uno de los tramos había, no uncandil, sino el sitio de un candil manifestado en una gran chorrera deaceite hacia abajo, una gran chorrera de humo hacia arriba, y en laconvergencia de ambas manchas un clavo ennegrecido.

Llegaron al segundo, y el militar llamó. Sin duda, alguna personaesperaba con impaciencia, porque la puerta se abrió al momento. Abriólauna joven como de diez y ocho años de edad, que al ver el aspectoabatido del viejo, y sobre todo al ver que un desconocido leacompañaba, cosa sin duda muy rara en él, dejó escapar una exclamaciónde temor y sorpresa.

"¿Qué hay? ¿Qué le ha pasado á usted?" dijo cerrando la puerta, despuésque los dos estaban en el pasillo.

E inmediatamente marchó delante y abrió la puerta de una sala, dondeentraron los tres. El anciano no habló palabra, y se dejó raer en unsillón con muestras de dolor.

"¿Pero está usted herido? ¿A ver? Nada—dijo la joven examinando conmucha solicitud á Elías y tomándole la mano.

No ha sido nada—dijo el militar, que se había descubiertorespetuosamente,—no ha sido nada: pasaba hace un momento por la calle,y cinco hombres soeces que le encontraron quisieron que cantara no séqué cosa, y el señor, que no estaba para cantos, se negó."

La joven miró al militar con expresión de estupor. Parecía no comprendernada de lo que éste había dicho.

"Eran unos borrachos que quisieron hacerle daño; pero pasé yofelizmente… No se asuste usted: no tiene nada."

Elías pareció un poco repuesto; apartó con despego á la joven, y susemblante principió á serenarse.

"¡Ay! qué miedo he tenido esta noche—dijo la joven.—Esperándole horatras hora y sin parecer…. Luego esos alborotos en la calle…. A medianoche pasaron por ahí unos hombres gritando. Pascuala y yo nosescondimos allí dentro, y nos sentamos en un rincón temblando de miedo.¡Cómo gritaban! Después sentimos muchos golpes … decían que iban ámatar á uno. Nosotras nos pusimos á llorar: Pascuala se desmayó; pero yoprocuré animarme, y juntas empezamos á rezar de rodillas delante de laVirgen que está allí dentro. Después se fué alejando el ruido; sentimosunos quejidos en la calle. ¡Ay! no lo quiero recordar.

Todavía no se meha quitado el susto."

El militar oyó con interés estas palabras; pero sin dejar de oirlasdirigió su atención á reconocer el sitio en que se hallaba y á examinarel aspecto de la amable persona que en él vivía.

La casa era modesta; pero la sencillez y el aseo revelaban en ella unbienestar pacífico.

La joven llamó su atención más que la casa. Clara (que así se llamaba,)representaba más de diez y ocho años y menos de veintidós. Sin embargo,estamos seguros de que no tenía más que diez y siete. Su estatura eramás bien alta que baja, y su talle, su busto, su cuerpo todo tenían lasformas gallardas y las bellas proporciones que han sido siemprepatrimonio de las hijas de las dos Castillas. El color de su rostro,propiamente castellano también, era muy pálido, no con esa palidezintensa y calenturienta de las andaluzas sino con la marmórea y frescablancura de las hijas de Alcalá, Segovia y Madrid. En los ojos negros ygrandes había puesto todos sus signos de expresión la tristeza. Su narizera delgada y correcta, aunque demasiado pequeña; su frente pequeñatambién, pero de un corte muy bello; su boca muy hermosa y embellecidamás por la graciosa forma de la barba y la garganta, cuya voluptuosidady redondez contribuía á hacer de su semblante uno de los másencantadores palmos de cara que se había ofrecido á las miradas delmilitar desconocido, el cual (digámoslo de paso) era hombre corrido enasuntos femeninos.

El peinado de Clara podía rigurosamente ser tachado de provinciano,porque se alzaba en un moño de tres tramos sobre la corona. Este modo depeinarse era ya desusado en la corte; pero la belleza suele generalmentetriunfar de la moda, y Clara estaba muy bien con su trenza piramidal. Eltraje era de los que usaba entonces la clase no acomodada, pero tampocopobre, es decir, un guardapiés de tela clara con pintas de flores,mangas estrechas hasta el puño, talle un poco alto y el corte del cuellocuadrado y adornado de múltiples encajes.

La investigación del militar duró mucho menos de lo que hemos empleadoen describir la figura. Durante algunos segundos estuvieron los trespersonajes inmóviles el uno frente al otro sin decir palabra, hasta queel viejo, como continuando una peroración interior, exclamó con unrepentino acceso de ira y lanzando de sus ojos rápidamente iluminadosuna mirada feroz.

"¡Infames, perros! Quisiera tener en mi mano un arma terrible que en unmomento acabara con todos esos miserables. ¡Ah! Pero ellos no tienen laculpa. Tienen la culpa los otros, los sabios, los declamadores, los queles educan, esos malvados charlatanes que profanan el don de la palabraen los infames conciliábulos de las Cortes. Tienen la culpa losrevolucionarios, rebeldes á su Rey, blasfemos de su Dios, escarnio dellinaje humano. ¡Oh, Dios de justicia! ¿No veré yo el día de lavenganza?"

El militar estaba atónito y algo corrido. Parecíale que aquello era unaréplica indirecta á su expresiva disertación del camino; y aunque se leocurrió contestarla, vió en el rostro de Elías una expresión decontumacia y ferocidad que le intimidó. Su atención estaba en partereconcentrada en la compañera del realista. Clara miraba al viejo con laindiferencia propia de la costumbre, y al mismo tiempo miraba á suprotector como si se avergonzara de la extrañeza que le causaban laspalabras del viejo.

El militar, poco cuidadoso al fin de las imprecaciones del realista,comenzó á sentir interés hacia aquella pobrecilla, que, sin saber porqué, le inspiró mucha lástima desde el principio.

Pero llegó un momento en que el joven sintió su situación embarazosa.Elías continuaba en voz baja su soliloquio sin cuidarse de él; erapreciso marcharse; y eso de marcharse sin satisfacer un poco lacuriosidad y hablar otro poco con la joven, no le gustaba. Miró á Elíascon insistencia y se acercó á él; pero éste no daba muestras de fijar enel otro la atención, ni tenía gratitud, ni afecto, ni cortesía, ni era,al parecer, cortado por el común patrón de los demás hombres. Al fin,viéndole tan abstraído, resolvió tomar pretexto de la protección que lehabía dispensado para hacer hablar á la muchacha.

—No tema usted nada—le dijo en voz baja, apartándose hacia laventana.—No ha recibido golpe ninguno.

Está aterrado por lo sorpresa yla ira; pero se calmará.

—Sí, se calmará … un poco.

—Y se pondrá contento.

—Contento, no.

—Cuidado: por usted no estará triste.

Esto, que podía pasar por una galantería, no hizo efecto ninguno enClara. Volvióse para mirar á Elías, que continuaba en la misma postura,gesticulando á solas. De tiempo en tiempo profería sus adjetivospredilectos

"¡Malvados, perros!"

El militar arriesgó entonces la pregunta, y bajando más la voz, yapartándose hasta llegar al hueco de la ventana, dijo:

"Tal vez será indiscreción la pregunta que voy á hacerle á usted;pero me disculpa el gran interés que por ese caballero me he tomado,y el deseo de servirle bien en lo que pueda. ¿Este señor está en sucabal juicio?"

Clara miró al militar con expresión de gran asombro; y como si lapregunta fuera una revelación, contestó:

—"¿Loco?…" Y después de una pausa, añadió encogiéndose dehombros: "No sé."

La curiosidad del militar creció.

—No lo tome usted á agravio; pero su conducta, sus palabras en aquellapendencia, lo sombrío de su aspecto, lo que ahora acaba de decir, mehacen creer que padece una enajenación.

Clara miraba al joven con expresión que tenía algo de afirmativa.

—Yo no sé—dijo al fin.—El pobrecito padece mucho. Yo también padezcode verle. No está nunca alegre: á veces creo que se me va á morir en unarrebato de ira. Pasa las noches leyendo libros, escribiendo cartas, y áveces habla consigo mismo como ahora. A Pascuala y á mí nos da muchomiedo: la sentimos levantarse y pasear precipitadamente, dando vueltasen este cuarto. De día sale temprano, y está fuera toda la noche.

El militar sintió aumentarse la compasión que Clara le inspiró desde elprincipio, porque le parecía que aquella infeliz era una mártir, quesufría resignada los atropellos de un loco.

—Pero usted—dijo con el mayor interés, ¿no es víctima de susbruscos ademanes? ¿No la maltrata á usted?

Entonces sería cosa dedeclararle rematado.

—¿A mí? No—dijo Clara;—no me ha maltratado nunca.

Parecerá extraño que Clara, sin conocer al militar, le hicieradeclaraciones que parecen de íntima confianza; pero esto, que encircunstancias ordinarias sería raro, en este caso no lo era. Clarahabía vivido siempre en compañía de aquel viejo: era huérfana, no teníaparientes ni amigas, no salía nunca, no se comunicaba con nadie, seconsumía en el desierto de aquella casa, sin otra cosa que algunosrecuerdos y algunas esperanzas que luego conoceremos. Su carácter eraextremadamente sencillo: un incidente imprevisto le ponía delante á unhombre cortés y generoso que para satisfacer su curiosidad empleabahábiles recursos de conversación, y ella le dijo lo que quería saber; selo dijo obedeciendo á una poderosa necesidad de desahogo, hija de suaislamiento y melancolía.

El curioso no se atrevía á continuar investigando: ya iba á despedirlemal de su grado, cuando Clara vió que tenía una mano ensangrentada, yexclamó sobrecogida:

—¡Está usted herido!

—No es nada: un rasguño.

—Pero sale mucha sangre. ¡Jesús! tiene usted la mano destrozada.

—¡Oh! no es nada…. Con un poco de agua….

—Voy al momento.

Clara se marchó muy á prisa y volvió á poco rato, entrando en lahabitación inmediata: traía una jofaina, que puso sobre la mesa, y llamóal militar, que no tardó en acercarse.

—¿Y tiene familia?—dijo éste tocando el agua con la mano para ver siestaba muy fría.

—¿Familia?—contestó Clara con su naturalidad acostumbrada.—No: mequería mucho. Yo deseo tanto que se le quiten de la cabeza esasmanías…. Antes era muy bueno para mí, y estaba muy alegre…. Yo eramuy niña entonces.

—Antes era muy bueno. ¿Y ahora no lo es?

—Sí; pero ahora…. Como tiene tantas cosas en qué pensar….

—¿Y desde cuando ha variado?