La Edad de Oro: Publicación Mensual de Recreo e Instrucción Dedicada a los Niños de América. by José Martí - HTML preview

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Egipto es como el pueblo padre del continente trasatlántico: el pueblomás antiguo de todos aquellos países «clásicos». Y la casa del egipcioes como su pueblo fue, graciosa y elegante. Era riquísimo el Egipto,como que el gran río Nilo crecía todos los años, y con el barro quedejaba al secarse nacían muy bien las siembras: así que las casasestaban como en alto, por miedo a las inundaciones. Como allá hay muchaspalmeras, las columnas de las casas eran finas y altas, como las palmas;y encima del segundo piso tenían otro sin paredes, con un techo chato,donde pasaban la tarde al aire fresco, viendo el Nilo lleno de barcosque iban y venían con sus viajeros y sus cargas, y el cielo de la tarde,que es de color de oro y azafrán. Las paredes y los techos están llenosde pinturas de su historia y religión; y les gustaba el color tanto, quehasta la estera con que cubrían el piso era de hebras decoloresdiferentes.

Los hebreos vivieron como esclavos en el Egipto mucho tiempo, y eran losque mejor sabían hacer ladrillos. Luego, cuando su libertad, hicieronsus casas con ladrillos crudos, como nuestros adobes, y el techo era devigas de sicomoro, que es su árbol querido. El techo tenía un borde comolas azoteas, porque con el calor subía la gente allí a dormir, y la leymandaba que fabricasen los techos con muro, para que no cayese la gentea tierra. Solían hacer sus casas como el templo que fabricó su gran reySalomón, que era cuadrado, con las puertas anchas de abajo y estrechaspor la comisa, y dos columnas al lado de la puerta.

Por aquellas tierras vivían los asirios, que fueron pueblo guerreador,que les ponía a sus casas torres, como para ver más de lejos al enemigo,y las torres eran de almenas, como para disparar el arco desde seguro.No tenían ventanas, sino que les venía la luz del techo. Sobre laspuertas ponían a veces piedras talladas con alguna figura misteriosa,como un toro con cabeza de hombre, o una cabeza con alas.

Los fenicios fabricaron sus casas y monumentos con piedras sin labrar,que ponían unas sobre otras como los etruscos; pero como eran gentenavegante, que vivía del comercio, empezaron pronto a imitar las casasde los pueblos que veían más, que eran los hebreos y los egipcios, yluego las de los persas, que conquistaron en guerra el país de Fenicia.Y así fueron sus casas, con la entrada hebrea, y la parte alta como lascasas de Egipto, o como las de Persia.

Los persas fueron pueblo de mucho poder, como que hubo tiempo en quetodos esos pueblos de los alrededores vivían como esclavos suyos. Persiaes tierra de joyas: los vestidos de los hombres, las mantas de loscaballos, los puños de los sables, todo está allí lleno de joyas. Usanmucho del verde, del rojo y del amarillo. Todo les gusta de mucho color,y muy brillante y esmaltado. Les gustan las fuentes, los jardines, losvelos de hilo de plata, la pedrería fina. Todavía hoy son así lospersas; y ya en aquellos tiempos eran sus casas de ladrillos de colores,pero no de techo chato como las de los egipcios y hebreos, sino con unacúpula redonda, como imitando la bóveda del cielo. En un patio estaba elbaño, en que echaban olores muy finos; y en las casas ricas había patioscuadrados, con muchas columnas alrededor, y en medio una fuente, entrejarrones de flores. Las columnas eran de muchos trozos y dibujos,pintados de colores, con fajas y canales, y el capitel hecho con cuerposde animales, de pecho verde y collar de oro.

Junto a Persia está el Indostán, que es de los pueblos más viejos delmundo, y tiene templos de oro, trabajados como trabajan en las plateríasla filigrana, y otros templos cavados en la roca, y figuras de su diosBuda cortadas a pico en la montaña.

Sus templos, sus sepulcros, suspalacios, sus casas, son como su poesía, que parece escrita con coloressobre marfil, y dice las cosas como entre hojas y flores. Hay templo enel Indostán que tiene catorce pisos, como la pagoda de Tanjore, y estátodo labrado, desde los cimientos hasta la cúpula. Y la casa de loshindús de antes era como las pagodas de Lahore o las de Cachemira, conlos techos y balcones muy adornados y con muchas vueltas, y a la entradala escalinata sin baranda. Otras casas tenían torreones en la esquina, yel terrado como los egipcios, corrido y sin las torres. Pero lo hermosode las casas hindús era la fantasía de los adornos, que son como untrenzado que nunca se acaba, de flores y de plumas.

En Grecia no era así, sino todo blanco y sencillo, sin lujos decolorines. En la casa de los griegos no había ventanas, porque para elgriego fue siempre la casa un lugar sagrado, donde no debía mirar elextranjero. Eran las casas pequeñas, como sus monumentos, pero muylindas y alegres, con su rosal y su estatua a la puerta, y dentro elcorredor de columnas, donde pasaba los días la familia, que sólo en lanoche iba a los cuartos, reducidos y oscuros. El comedor y el corredorera lo que amueblaban, y eso con pocos muebles: en las paredes ponían ennichos sus jarros preciosos: las sillas tenían filetes tallados, comolos que solían ponerles a las puertas, que eran anchas de abajo y con lacornisa adornada de dibujos de palmas y madreselvas. Dicen que en elmundo no hay edificio más bello que el Partenón, como que allí no estánlos adornos por el gusto de adornar, que es lo que hace la genteignorante con sus casas y vestidos, sino que la hermosura viene de unaespecie de música que se siente y no se oye, porque el tamaño estácalculado de manera que venga bien con el color, y no hay cosa que nosea precisa, ni adorno sino donde no pueda estorbar. Parece que tienenalma las piedras de Grecia. Son modestas, y como amigas del que las ve.Se entran como amigas por el corazón. Parece que hablan.

Los etruscos vivieron al norte de Italia, en sus doce ciudades famosas,y fueron un pueblo original, que tuvo su gobierno y su religión, y unarte parecido al de los griegos, aunque les gustaba más la burla y laextravagancia, y usaban mucho color. Todo lo pintaban, como los persas;y en las paredes de sus sepulturas hay caballos con la cabeza amarilla yla cola azul. Mientras fueron república libre, los etruscos vivíandichosos, con maestros muy buenos de medicina y astronomía, y hombresque hablaban bien de los deberes de la vida y de la composición delmundo. Era célebre Etruria por sus sabios, y por sus jarros de barronegro, con figuras de relieve, y por sus estatuas y sarcófagos de tierracocida, y por sus pinturas en los muros, y sus trabajos en metal. Perocon la esclavitud se hicieron viciosos y ricos, como sus dueños losromanos. Vivían en palacios, y no en sus casas de antes; y su gustomayor era comer horas enteras acostados. La casa etrusca de antes era deun piso, con un terrado de baranda, y el techo de aleros caídos.Pintaban en las paredes sus fiestas y sus ceremonias, con retratos ycaricaturas, y sabían dibujar sus figuras como si se las viera enmovimiento.

La casa de los romanos fue primero como la de los etruscos, poro luegoconocieron a Grecia, y la imitaron en sus casas, como en todo. El atrioal principio fue la casa entera, y después no era más que el portal, dedonde se iba por un pasadizo al patio interior, rodeado de columnas,adonde daban los cuartos ricos del señor, que para cada cosa tenía uncuarto diferente: el cuarto de comer daba al corredor, lo mismo que lasala y el cuarto de la familia, que por el otro lado abría sobre unjardín. Adornaban las paredes con dibujos y figuras de coloresbrillantes, y en los recodos había muchos nichos con jarras y estatuas.Si la casa estaba en calle de mucha gente, hacían cuartos con puerta ala calle, y los alquilaban para tiendas. Cuando la puerta estaba abiertase podía ver hasta el fondo del jardín. El jardín, el patio y el atriotenían alrededor en muchas casas una arquería. Luego Roma fue dueña detodos los países que tenía alrededor, hasta que tuvo tantos pueblos queno los pudo gobernar, y cada pueblo se fue haciendo libre y nombrando surey, que era el guerrero más poderoso de todos los del país, y vivía ensu castillo de piedra, con torres y portalones, como todos los quellamaban

«señores» en aquel tiempo de pelear; y la gente de trabajovivía alrededor de los castillos, en casuchos infelices. Pero el poderde Roma había sido muy grande, y en todas partes había puentes y arcos yacueductos y templos como los de los romanos; sólo que por el lado deFrancia, donde había muchos castillos, iban haciendo las fábricasnuevas, y las iglesias sobre todo, como si fueran a la vez fortalezas ytemplos, que es lo que llaman

«arquitectura románica» y del lado de lospersas y de los árabes, por donde está ahora Turquía, les ponían a losmonumentos tanta riqueza y color que parecían las iglesias cuevas deoro, por lo grande y lo resplandeciente: de modo que cuando los pueblosnuevos del lado de Francia empezaron a tener ciudades, las casas fueronde portales oscuros y de muchos techos de pico, como las iglesiasrománicas; y del lado de Turquía eran las casas como palacios, con lascolumnas de piedras ricas, y el suelo de muchas piedrecitas de color, ylas pinturas de la pared con el fondo de oro, y los cristales dorados:había barandas en las casas bizantinas hechas con una mezcla de todoslos metales, que lucía como fuego: era feo y pesado tanto adorno en lascasas, que parecen sepulturas de hombre vanidoso, ahora que estánvacías.

En España habían mandado también los romanos; pero los moros vinieronluego a conquistar, y fabricaron aquellos templos suyos que llamanmezquitas, y aquellos palacios que parecen cosa de sueño, como si ya nose viviese en el mundo, sino en otro mundo de encaje y de flores: laspuertas eran pequeñas, pero con tantos arcos que parecían grandes: lascolumnas delgadas sostenían los arcos de herradura, que acababan enpico, como abriéndose para ir al cielo: el techo era de madera fina,pero todo tallado, con sus letras moras y sus cabezas de caballos: lasparedes estaban cubiertas de dibujos, lo mismo que una alfombra: en lospatios de mármol había laureles y fuentes: parecían como el tejido de unvelo aquellos balcones.

Con las guerras y las amistades se fueron juntando aquellos pueblosdiferentes, y cuando ya el rey pudo más que los señores de loscastillos, y todos los hombres creían en el cielo nuevo de loscristianos, empezaron a hacer las iglesias «góticas» con sus arcos depico, y sus torres como agujas que llegaban a las nubes, y sus pórticosbordados, y sus ventanas de colores. Y las torres cada vez más altas;porque cada iglesia quería tener su torre más alta que las otras; y lascasas las hacían así también, y, los muebles. Pero los adornos llegarona ser muchos, y los cristianos empezaron a no creer en el cielo tantocomo antes. Hablaban mucho de lo grande que fue Roma: celebraban el artegriego por sencillo: decían que ya eran muchas las iglesias: buscabanmodos nuevos de hacer los palacios: y de todo eso vino una manera defabricar parecida a la griega, que es lo que llaman arquitectura del«Renacimiento»: pero como en el arte gótico de la «ojiva»

había muchabeldad, ya no volvieron a ser las casas de tanta sencillez, sino que lasadornaron con las esquinas graciosas, las ventanas altas, y los balconeselegantes de la arquitectura gótica.

Eran tiempos de arte y riqueza, yde grandes conquistas, así que había muchos señores y comerciantes conpalacio. Nunca habían vivido los hombres, ni han vuelto a vivir, encasas tan hermosas.

Los pueblos de otras razas, donde se sabe poco delos europeos, peleaban por su cuenta o se hacían amigos, y se aprendíansu arte especial unos de otros, de modo que se ve algo de pagoda hindúen todo lo de Asia, y hay picos como los de los palacios de Lahore enlas casas japonesas, que parecen cosa de aire y de encanto, o casitas dejugar, con sus corredores de barandas finas y sus paredes de mimbre o deestera. Hasta en la casa del eslavo y del ruso se ven las curvasrevueltas y los techos de punta de los pueblos hindús. En nuestraAmérica las casas tienen algo de romano y de moro, porque moro y romanoera el pueblo español que mandó en América, y echó abajo las casas delos indios. Las echó abajo de raíz: echó abajo sus templos, susobservatorios, sus torres de señales, sus casas de vivir, todo lo indiolo quemaron los conquistadores españoles y lo echaron abajo, menos lascalzadas, porque no sabían llevar las piedras que supieron traer losindios, y los acueductos, porque les traían el agua de beber.

Ahora todos los pueblos del mundo se conocen mejor y se visitan: y encada pueblo hay su modo de fabricar, según haya frío o calor, o sean deuna raza o de otra; pero lo que parece nuevo en las ciudades no es sumanera de hacer casas, sino que en cada ciudad hay casas moras, ygriegas, y góticas, y bizantinas, y japonesas, como si empezara eltiempo feliz en que los hombres se tratan como amigos, y se vanjuntando.

Los dos príncipes.

Idea de la poetisa norteamericana Helen Hunt Jackson El palacio está de luto

Y en el trono llora el rey,

Y la reina está llorando

Donde no la pueden ver:

En pañuelos de holán fino

Lloran la reina y el rey:

Los señores del palacio

Están llorando también.

Los caballos llevan negro

El penacho y el arnés:

Los caballos no han comido,

Porque no quieren comer:

El laurel del patio grande

Quedó sin hoja esta vez:

Todo el mundo fue al entierro

Con coronas de laurel:

—¡El hijo del rey se ha muerto!

¡Se le ha muerto el hijo al rey!

En los álamos del monte

Tiene su casa el pastor:

La pastora está diciendo

«¿Por qué tiene luz el sol?»

Las ovejas, cabizbajas,

Vienen todas al portón:

¡Una caja larga y honda

Está forrando el pastor!

Entra y sale un perro triste:

Canta allá adentro una voz

«¡Pajarito, yo estoy loca,

Llévame donde él voló!»:

El pastor coge llorando

La pala y el azadón:

Abre en la tierra una fosa:

Echa en la fosa una flor:

—¡Se quedó el pastor sin hijo!

¡Murió el hijo del pastor!

Nené traviesa.

¡Quién sabe si hay una niña que se parezca a Nené! Un viejito que sabemucho dice que todas las niñas son como Nené. A Nené le gusta más jugara «mamá», o «a tiendas», o «a hacer dulces»

con sus muñecas, que dar lalección de «treses y de cuatros» con la maestra que le viene a enseñar.Porque Nené no tiene mamá: su mamá se ha muerto: y por eso tiene Nenémaestra. A hacer dulces es a lo que le gusta más a Nené jugar: ¿y porqué será?:

¡quién sabe! Será porque para jugar a hacer dulces le danazúcar de veras: por cierto que los dulces nunca le salen bien de laprimera vez: ¡son unos dulces más difíciles!: siempre tiene que pedirazúcar dos veces. Y se conoce que Nené no les quiere dar trabajo a susamigas; porque cuando juega a paseo, o a comprar, o a visitar, siemprellama a sus amiguitas; pero cuando va a hacer dulces, nunca. Y una vezle sucedió a Nené una cosa muy rara: le pidió a su papá dos centavospara comprar un lápiz nuevo, y se le olvidó en el camino, se le olvidócomo si no hubiera pensado nunca en comprar el lápiz: lo que compró fueun merengue de fresa. Eso se supo, por supuesto; y desde entonces susamiguitas no le dicen Nené, sino «Merengue de Fresa».

El padre de Nené la quería mucho. Dicen que no trabajaba bien cuando nohabía visto por la mañana a «la hijita». El no le decía «Nené», sino «lahijita». Cuando su papá venía del trabajo, siempre salía ella arecibirlo con los brazos abiertos, como un pajarito que abre las alaspara volar; y su papá la alzaba del suelo, como quien coge de un rosaluna rosa. Ella lo miraba con mucho cariño, como si le preguntase cosas:y él la miraba con los ojos tristes, como si quisiese echarse a llorar.Pero enseguida se ponía contento, se montaba a Nené en el hombro, yentraban juntos en la casa, cantando el himno nacional. Siempre traía elpapá de Nené algún libro nuevo, y se lo dejaba ver cuando tenía figuras;y a ella le gustaban mucho unos libros que él traía, donde estabanpintadas las estrellas, que tiene cada una su nombre y su color: y allídecía el nombre de la estrella colorada, y el de la amarilla, y el de laazul, y que la luz tiene siete colores, y que las estrellas pasean porel cielo, lo mismo que las niñas por un jardín. Pero no: lo mismo no:porque las niñas andan en los jardines de aquí para allá, como una hojade flor que va empujando el viento, mientras que las estrellas vansiempre en el cielo por un mismo camino, y no por donde quieren:

¿quiénsabe?: puede ser que haya por allá arriba quien cuide a las estrellas,como los papás cuidan acá en la tierra a las niñas. Sólo que lasestrellas no son niñas, por supuesto, ni flores de luz, como parece deaquí abajo, sino grandes como este mundo: y dicen que en las estrellashay árboles, y agua, y gente como acá: y su papá dice que en un librohablan de que uno se va a vivir a una estrella cuando se muere. «Y dime,papá», le preguntó Nené:

«¿por qué ponen las casas de los muertos tantristes? Si yo me muero, yo no quiero ver a nadie llorar, sino que metoquen la música, porque me voy a ir a vivir en la estrella azul.»«¿Pero, sola, tú sola, sin tu pobre papá?» Y Nené le dijo a supapá:—

«¡Malo, que crees eso!» Esa noche no se quiso ir a dormirtemprano, sino que se durmió en los brazos de su papá.

¡Los papás sequedan muy tristes, cuando se muere en la casa la madre! Las niñitasdeben querer mucho, mucho a los papás cuando se les muere la madre.

Esa noche que hablaron de las estrellas trajo el papá de Nené un libromuy grande: ¡oh, cómo pesaba el libro!: Nené lo quiso cargar, y se cayócon el libro encima: no se le veía más que la cabecita rubia de un lado,y los zapaticos negros de otro. Su papá vino corriendo, y la sacó dedebajo del libro, y se rió mucho de Nené, que no tenía seis años todavíay quería cargar un libro de cien años. ¡Cien años tenía el libro, y nole habían salido barbas!: Nené había visto un viejito de cien años, peroel viejito tenía una barba muy larga, que le daba por la cintura. Y loque dice la muestra de escribir, que los libros buenos son como losviejos:

«Un libro bueno es lo mismo que un amigo, viejo»: eso dice lamuestra de escribir. Nené se acostó muy callada, pensando en el libro.¿Qué libro era aquél, que su papá no quiso que ella lo tocase? Cuando sedespertó, en eso no más pensaba Nené. Ella quiere saber qué libro esaquél. Ella quiere saber cómo está hecho por dentro un libro de cienaños que no tiene barbas.

Su papá está lejos, lejos de la casa, trabajando para ella, para que laniña tenga casa linda y coma dulces finos los domingos, para comprarle ala niña vestiditos blancos y cintas azules, para guardar un poco dedinero, no vaya a ser que se muera el papá, y se quede sin nada en elmundo «la hijita». Lejos de la casa está el pobre papá, trabajando para«la hijita». La criada está allá adentro, preparando el baño. Nadie oyea Nené: no la está viendo nadie. Su papá deja siempre abierto el cuartode los libros. Allí está la sillita de Nené, que se sienta de noche enla mesa de escribir, a ver trabajar a su papá. Cinco pasitos, seis,siete... ya está Nené en la puerta: ya la empujó; ya entró. ¡Las cosasque suceden! Como si la estuviera esperando estaba abierto en su sillael libro viejo, abierto de medio a medio. Pasito a pasito se le acercóNené, muy seria, y como cuando uno piensa mucho, que camina con lasmanos a la espalda. Por nada en el mundo hubiera tocado Nené el libro:verlo no más, no más que verlo. Su papá le dijo que no lo tocase.

El libro no tiene barbas: le salen muchas cintas y marcas por entre lashojas, pero ésas no son barbas: ¡el que sí es barbudo es el gigante queestá pintado en el libro!: y es de colores la pintura, unos colores deesmalte que lucen, como el brazalete que le regaló su papá. ¡Ahora nopintan los libros así! El gigante está sentado en el pico de un monte,con una cosa revuelta, como las nubes, del cielo, encima de la cabeza:no tiene más que un ojo, encima de la nariz: está vestido con un blusón,como los pastores, un blusón verde, lo mismo que el campo, con estrellaspintadas, de plata y de oro y la barba es muy larga, muy larga, quellega al pie del monte: y por cada mechón de la barba va subiendo unhombre, como sube la cuerda para ir al trapecio el hombre del circo.¡Oh, eso no se puede ver de lejos! Nené tiene que bajar el libro de lasilla. ¡Cómo pesa este pícaro libro!

Ahora sí que se puede ver bientodo. Ya está el libro en el suelo.

Son cinco los hombres que suben: uno es un blanco, con casaca y conbotas, y de barba también: ¡le gustan mucho a este pintor las barbas!:otro es como indio, sí, como indio, con una corona de plumas, y laflecha a la espalda: el otro es chino, lo mismo que el cocinero, pero vacon un traje como de señora, todo lleno de flores: el otro se parece alchino, y lleva un sombrero de pico, así como una pera: el otro es negro,un negro muy bonito, pero está sin vestir: ¡eso no está bien, sinvestir! ¡por eso no quería su papá que ella tocase el libro! No: esahoja no se ve más, para que no se enoje su papá. ¡Muy bonito que es estelibro viejo! Y Nené está ya casi acostada sobre el libro, y como siquisiera hablarle con los ojos.

¡Por poco se rompe la hoja! Pero no, no se rompió. Hasta la mitad no másse rompió. El papá de Nené no ve bien. Eso no lo va a ver nadie. ¡Ahorasí que está bueno el libro este! Es mejor, mucho mejor que el arca deNoé. Aquí están pintados todos los animales del mundo. ¡Y con colores,como el gigante! Sí, ésta es, ésta es la jirafa, comiéndose la luna:éste es el elefante, el elefante, con ese sillón lleno de niñitos. ¡Oh,los perros, cómo corre, cómo corre este perro! ¡ven acá, perro! ¡te voya pegar, perro, porque no quieres venir! Y Nené, por supuesto, arrancala hoja. ¿Y qué ve mi señora Nené? Un mundo de monos es la otra pintura.Las dos hojas del libro están llenas de monos: un mono colorado juegacon un monito verde: un monazo de barba le muerde la cola a un monotremendo, que anda como un hombre, con un palo en la mano: un mono negroestá jugando en la yerba con otro amarillo: ¡aquéllos, aquellos de losárboles son los monos niños! ¡qué graciosos! ¡cómo juegan! ¡se mecen porla cola, como el columpio! ¡qué bien, qué bien saltan! ¡uno, dos, tres,cinco, ocho, dieciséis, cuarenta y nueve monos agarrados por la cola!¡se van a tirar al río! ¡se van a tirar al río! ¡visst! ¡allá van todos!Y Nené, entusiasmada, arranca al libro las dos hojas.

¿Quién llama aNené, quién la llama? Su papá, su papá, que está mirándola desde lapuerta.

Nené no ve. Nené no oye. Le parece que su papá crece, que crece mucho,que llega hasta el techo, que es más grande que el gigante del monte,que su papá es un monte que se le viene encima. Está callada, callada,con la cabeza baja, con los ojos cerrados, con las hojas rotas en lasmanos caídas. Y su papá le está hablando:—«¿Nené, no te dije que notocaras ese libro?

¿Nené, tú no sabes que ese libro no es mío, y quevale mucho dinero, mucho? ¿Nené, tú no sabes que para pagar ese librovoy a tener que trabajar un año?»—Nené, blanca como el papel, se alzódel suelo, con la cabecita caída, y se abrazó a las rodillas de supapá:—«Mi papá», dijo Nené «¡mi papá de mi corazón!

¡Enojé a mi papábueno! ¡Soy mala niña! ¡Ya no voy a poder ir cuando me muera a laestrella azul!»

La perla de la mora

Una mora de Trípoli tenía

Una perla rosada, una gran perla:

Y la echó con desdén al mar un día:

—«¡Siempre la misma! ¡ya me cansa verla!»

Pocos años después, junto a la roca

De Trípoli... ¡la gente llora al verla!

Así le dice al mar la mora loca:

—«¡Oh mar! ¡oh mar! ¡devuélveme mi perla!»

Las ruinas indias.

No habría poema más triste y hermoso que el que se puede sacar de lahistoria americana. No se puede leer sin ternura, y sin ver como floresy plumas por el aire, uno de esos buenos libros viejos forrados depergamino, que hablan de la América de los indios, de sus ciudades y desus fiestas, del mérito de sus artes y de la gracia de sus costumbres.Unos vivían aislados y sencillos, sin vestidos y sin necesidades, comopueblos acabados de nacer; y empezaban a pintar sus figuras extrañas enlas rocas de la orilla de los ríos, donde es más solo el bosque, y elhombre piensa más en las maravillas del mundo. Otros eran pueblos de másedad, y vivían en tribus, en aldeas de cañas o de adobes, comiendo loque cazaban y pescaban, y peleando con sus vecinos. Otros eran yapueblos hechos, con ciudades de ciento cuarenta mil casas, y palaciosadornados de pinturas de oro. Y gran comercio en las calles y en lasplazas, y templos de mármol con estatuas gigantescas de sus dioses. Susobras no se parecen a las de los demás pueblos, sino como se parece unhombre a otro. Ellos fueron inocentes, supersticiosos y terribles. Ellosimaginaron su gobierno, su religión, su arte, su guerra, suarquitectura, su industria, su poesía. Todo lo suyo es interesante,atrevido, nuevo.

Fue una raza artística, inteligente y limpia. Se leencomo una novela las historias de los nahuatles y mayas de México, de loschibchas de Colombia, de los cumanagotos de Venezuela, de los quechuasdel Perú, de los aimaraes de Bolivia, de los charrúas del Uruguay, delos araucanos de Chile.

El quetzal es el pájaro hermoso de Guatemala, el pájaro de verdebrillante con la larga pluma, que se muere de dolor cuando cae cautivo,o cuando se le rompe o lastima la pluma de la cola.

Es un pájaro quebrilla a la luz, como las cabezas de los colibríes, que parecen piedraspreciosas, o joyas de tornasol, que de un lado fueran topacio, y de otroópalo, y de otro amatista. Y

cuando se lee en los viajes de Le Plongeonlos cuentos de los amores de la princesa maya Ara, que no quiso quereral príncipe Aak porque por el amor de Ara mató a su hermano Chaak;cuando en la historia del indio Ixtlilxochitl se ve vivir, elegantes yricas, a las ciudades reales de México, a Tenochtitlán y a Texcoco;cuando en la «Recordación Florida» del capitán Fuentes, o en lasCrónicas de Juarros, o en la Historia del conquistador Bernal Díaz delCastillo, o en los Viajes del inglés Tomás Gage, andan como si lostuviésemos delante, en sus vestidos blancos y con sus hijos de la mano,recitando versos y levantando edificios, aquellos gentíos de lasciudades de entonces, aquellos sabios de Chichén, aquellos potentados deUxmal, aquellos comerciantes de Tulán, aquellos artífices deTenochtitlán, aquellos sacerdotes de Cholula, aquellos maestros amorososy niños mansos de Utatlán, aquella raza fina que vivía al sol y nocerraba sus casas de piedra, no parece que se lee un libro de hojasamarillas, donde las eses son como efes y se usan con mucha ceremonialas palabras, sino que se ve morir a un quetzal, que lanza el últimogrito al ver su cola rota. Con la imaginación se ven cosas que no sepueden ver con los ojos.

Se hace uno de amigos leyendo aquellos libros viejos. Allí hay héroes, ysantos, y enamorados, y poetas, y apóstoles. Allí se describen pirámidesmas grandes que las de Egipto; y hazañas de aquellos gigantes quevencieron a las fieras; y batallas de gigantes y hombres; y dioses quepasan por el viento echando semillas de pueblos sobre el mundo; y robosde princesas que pusieron a los pueblos a pelear hasta morir; y peleasde pecho a pecho, con bravura que no parece de hombres; y la defensa delas ciudades viciosas contra los hombres fuertes que venían de lastierras del Norte; y la vida variada, simpática y trabajadora de suscircos y templos, de sus canales y talleres, de sus tribunales ymercados. Hay reyes como el chichimeca Netzahualpilli, que matan a sushijos porque faltaron a la ley, lo mismo que dejó matar al suyo elromano Bruto; hay oradores que se levantan llorando, como el tlascaltecaXicotencatl, a rogar a su pueblo que no dejen entrar al español, como selevantó Demóstenes a rogar a los griegos que no dejasen entrar a Filipo;hay monarcas justos como Netzahualcoyotl, el gran poeta rey de loschichimecas, que sabe, como el hebreo Salomón, levantar templosmagníficos al Creador del mundo, y hacer con alma de padre justiciaentre los hombres. Hay sacrificios de jóvenes hermosas a los diésesinvisibles del cielo, lo mismo que los hubo en Grecia, donde eran tantosa veces los sacrificios que no fue necesario hacer altar para la nuevaceremonia, porque el montón de cenizas de la última quema era tan altoque podían tender allí a las víctimas los sacrificadores; hubosacrificios de hombres, como el del hebreo Abraham, que ató sobre losleños a Isaac su hijo, para matarlo con sus mismas manos, porque creyóoír voces del cielo que le mandaban clavar el cuchillo al hijo, cosa detener satisfecho con esta sangre a su Dios; hubo sacrificios en masa,como los había en la Plaza Mayor, delante de los obispos y del rey,cuando la Inquisición de España quemaba a los hombres vivos, con mucholujo de leña y de procesión, y veían la quema las señoras madrileñasdesde los balcones. La superstición y la ignorancia hacen bárbaros a loshombres en todos los pueblos. Y

de los indios han dicho más de lo justoen estas cosas los españoles vencedores, que exageraban o inventaban losdefectos de la raza vencida, para que la crueldad con que la trataronpareciese justa y conveniente al mundo. Hay que leer a la vez lo quedice de los sacrificios de los indios el soldado español Bernal Díaz, ylo que dice el sacerdote Bartolomé de las Casas. Ese es un nombre que seha de llevar en el corazón, como el de un hermano. Bartolomé de lasCasas era feo y flaco, de hablar confuso y precipitado, y de muchanariz; pero se le veía en el fuego limpio de los ojos el alma sublime.

De México trataremos hoy, porque las láminas son de México.

A México lopoblaron primero los toltecas bravos, que seguían, con los escudos decañas en alto, al capitán que llevaba el escudo con rondelas de oro.Luego los toltecas se dieron al lujo; y vinieron del Norte con fuerzaterrible, vestidos de pieles, los chichimecas bárbaros, que se quedaronen el país, y tuvieron reyes de gran sabiduría. Los pueblos libres delos alrededores se juntaron después, con los aztecas astutos a lacabeza, y les ganaron el gobierno a los chichimecas, que vivían yadescuidados y viciosos. Los aztecas gobernaron como comerciantes,juntando riquezas y oprimiendo al país; y cuando llegó Cortés con susespañoles, venció a los aztecas con la ayuda de los cien mil guerrerosindios que se le fueron uniendo, a su paso por entre los pueblosoprimidos.

Las armas de fuego y las armaduras de hierro de los españoles noamedrentaron a los héroes indios; pero ya no quería obedecer a sushéroes el pueblo fanático, que creyó que aquéllos eran los soldados deldios, Quetzalcoatl que los sacerdotes les anunciaban que volvería delcielo a libertarlos de la tiranía. Cortés conoció las rivalidades de losindios, puso en mal a los que se tenían celos, fue separando de suspueblos acobardados a los jefes, se ganó con regalos o aterró conamenazas a los débiles, encarceló o asesinó a los juiciosos y a losbravos; y los sacerdotes que vinieron de España después de los soldadosecharon abajo el templo del dios indio, y pusieron encima el templo desu dios.

Y ¡qué hermosa era Tenochtitlán, la ciudad capital de los aztecas,cuando llegó a México Cortés! Era como una mañana todo el día, y laciudad parecía siempre como en feria. Las calles eran de agua unas, y detierra otras; y las plazas espaciosas y muchas; y los alrededoressembrados de una gran arboleda. Por los canales andaban las canoas, tanveloces y diestras como si tuviesen entendimiento; y había tantas aveces que se podía andar sobre ellas como sobre la tierra firme. Enunas venían frutas, y en otras flores, y en otras jarros y tazas, ydemás cosas de la alfarería. En los mercados hervía la gente,saludándose con amor, yendo de puesto en puesto, celebrando al rey odiciendo mal de él, curioseando y vendiendo. Las casas eran de adobe,que es el ladrillo sin cocer, o de calicanto, si el dueño era rico. Y ensu pirámide de cinco terrazas se levantaba por sobre toda la ciudad, consus cuarenta templos menores a los pies, el templo magno deHuitzilopochtli, de ébano y jaspes, con mármol como nubes y con cedrosde olor, sin apagar jamás, allá en el tope, las llamas sagradas de susseiscientos braseros. En las calles, abajo, la gente iba y venía, en sustúnicas cortas y sin mangas, blancas o de colores, o blancas y bordadas,y unos zapatos flojos, que eran como sandalias de botín. Por una esquinasalía un grupo de niños disparando con la cerbatana semillas de fruta, otocando a compás en sus pitos de barro, de camino para la escuela, dondeaprendían oficios de mano, baile y canto, con sus lecciones de lanza yflecha, y sus horas para la siembra y el cultivo: porque todo hombre hade aprender a trabajar en el campo, a hacer las cosas con sus propiasmanos, y a defenderse. Pasaba un señorón con un manto largo adornado deplumas, y su secretario al lado, que le iba desdoblando el libro acabadode pintar, con todas las figuras y signos del lado de adentro, para queal cerrarse no quedara lo escrito de la parte de los dobleces. Detrásdel señorón venían tres guerreros con cascos de madera, uno con forma decabeza de serpiente, y otro de lobo, y otro de tigre, y por afuera lapiel, pero con el casco de modo que se les viese encima de la oreja lastres rayas que eran entonces la señal del valor. Un criado llevaba en unjaulón de carrizos un pájaro de amarillo de oro, para la pajarera delrey, que tenía muchas aves, y muchos peces de plata y carmín en pecerasde mármol, escondidos en los laberintos de sus jardines.

Otro veníacalle arriba dando voces, para que abrieran paso a los embajadores quesalían con el escudo atado al brazo izquierdo, y la flecha de punta a latierra a pedir cautivos a los pueblos tributarios. En el quicio de sucasa cantaba un carpintero, remendando con mucha habilidad una silla enfigura de águila, que tenía caída la guarnición de oro y seda de la pielde venado del asiento. Iban otros cargados de pieles pintadas, parándosea cada puerta, por si les querían comprar la colorada o la azul, queponían entonces como los cuadros de ahora, de adorno en las salas. Veníala viuda de vuelta del mercado con el sirviente detrás, sin manos parasujetar toda la compra de jarros de Cholula y de Guatemala; de uncuchillo de obsidiana verde, fino como una hoja de papel; de un espejode piedra bruñida, donde se veía la cara con más suavidad que en elcristal; de una tela de grano muy junto, que no perdía nunca el color;de un pez de escamas de plata y de oro que estaban como sueltas; de unacotorra de cobre esmaltado, a la que se le iban moviendo el pico y lasalas. O se paraban en la calle las gentes, a ver pasar a los dos reciéncasados, con la túnica del novio cosida a la de la novia, como parapregonar que estaban juntos en el mundo hasta la muerte; y detrás lescorría un chiquitín, arrastrando su carro de juguete. Otros hacíangrupos para oír al viajero que contaba lo que venía de ver en la tierrabrava de los zapotecas, donde había otro rey que mandaba en los templosy en el mismo palacio real, y no salía nunca a pie, sino en hombros delos sacerdotes, oyendo las súplicas del pueblo, que pedía por su mediolos favores al que manda al mundo desde el cielo, y a los reyes en elpalacio, y a los otros reyes que andan en hombros de los sacerdotes.Otros, en el grupo de al lado, decían que era bueno el discurso en quecontó el sacerdote la historia del guerrero que se enterró ayer, y quefue rico el funeral, con la bandera que decía las batallas que ganó, ylos criados que llevaban en bandejas de ocho metales diferentes lascosas de comer que eran del gusto del guerrero muerto. Se oía entre lasconversaciones de la calle el rumor de los árboles de los patios y elruido de las limas y el martillo. ¡De toda aquella grandeza apenasquedan en el museo unos cuantos vasos de oro, unas piedras como yugo, deobsidiana pulida, y uno que otro anillo labrado! Tenochtitlán no existe.No existe Tulán, la ciudad de la gran feria. No existe Texcoco, elpueblo de los palacios. Los indios de ahora, al pasar por delante de lasruinas, bajan la cabeza, mueven los labios como si dijesen algo, ymientras las ruinas no les quedan atrás, no se ponen el sombrero. De eselado de México, donde vivieron todos esos pueblos de una misma lengua yfamilia que se fueron ganando el poder por todo el centro de la costadel Pacífico en que estaban los nahuatles, no quedó después de laconquista una ciudad entera, ni un templo entero.

De Cholula, de aquella Cholula de los templos, que dejó asombrado aCortés, no quedan más que los restos de la pirámide de cuatro terrazasdos veces más grande que la famosa pirámide de Cheope. En Xochicaleosólo está en pie, en la cumbre de su eminencia llena de túneles y arcos,el templo de granito cincelado, con las piezas enormes tan juntas que nose ve la unión, y la piedra tan dura que no se sabe ni con quéinstrumento la pudieron cortar, ni con qué máquina la subieron tanarriba. En Centla, revueltas por la tierra, se ven las antiguasfortificaciones.

El francés Charnay acaba de desenterrar en Tula unacasa de veinticuatro cuartos, con quince escaleras tan bellas ycaprichosas, que dice que son «obra de arrebatador interés». En laQuemada cubren el Cerro de los Edificios las ruinas de los bastimentos ycortinas de la fortaleza, los pedazos de las colosales columnas depórfido. Mitla era la ciudad de los zapotecas: en Mitla están aún entoda su beldad les paredes del palacio donde el príncipe que iba siempreen hombros venía a decir al rey loque mandaba hacer desde el cielo eldios que se creó a sí mismo, el Pitao-Cozaana. Sostenían el techo lascolumnas de vigas talladas, sin base ni capitel, que no se han caídotodavía, y que parecen en aquella soledad más imponentes que lasmontañas que rodean el valle frondoso en que se levanta Mitla. De entrela maleza alta como los árboles, salen aquellas paredes tan hermosas,todas cubiertas de las más finas grecas y dibujos, sin curva ninguna,sino con rectas y ángulos compuestos con mucha gracia y majestad.

Pero las ruinas más bellas de México no están por allí, sino por dondevivieron los mayas, que eran gente guerrera y de mucho poder, y recibíande los pueblos del mar visitas y embajadores.

De los mayas de Oaxaca esla ciudad célebre de Palenque, con su palacio de muros fuertes cubiertosde piedras talladas, que figuran hombres de cabeza de pico con la bocamuy hacia afuera, vestidos de trajes de gran ornamento, y la cabeza conpenachos de plumas. Es grandiosa la entrada del palacio, con las catorcepuertas, y aquellos gigantes de piedra que hay entre una puerta y otra.Por dentro y fuera está el estuco que cubre la pared lleno de pinturasrojas, azules, negras y blancas. En el interior está el patio, rodeadode columnas. Y hay un templo de la Cruz, que se llama así, porque en unade las piedras están dos que parecen sacerdotes a los lados de una comocruz, tan alta como ellos; sólo que no es cruz cristiana, sino como lade los que creen en la religión de Buda, que también tiene su cruz. Peroni el Palenque se puede comparar a las ruinas de los mayas yucatecos,que son mas extrañas y hermosas.

Por Yucatán estuvo el imperio de aquellos príncipes mayas, que eran depómulos anchos, y frente como la del hombre blanco de ahora. En Yucatánestán las ruinas de Sayil, con su Casa Grande, de tres pisos, y con suescalera de diez varas de ancho.

Está Labná, con aquel edificio curiosoque tiene por cerca del techo una hilera de cráneos de piedra, y aquellaotra ruina donde cargan dos hombres una gran esfera, de pie uno, y elotro arrodillado. En Yucatán está Izamal, donde se encontró aquella CaraGigantesca, una cara de piedra de dos varas y más. Y

Kabah está allítambién, la Kabah que conserva un arco, roto por arriba, que no se puedever sin sentirse como lleno de gracia y nobleza. Pero las ciudades quecelebran los libros del americano Stephens, de Brasseur de Bourbourg yde Charnay, de Le Plongeon y su atrevida mujer, del francés Nadaillac,son Uxmal y Chichén-Itzá, las ciudades de los palacios pintados, de lascasas trabajadas lo mismo que el encaje, de los pozos profundos y losmagníficos conventos. Uxmal está como a dos leguas de Mérida, que es laciudad de ahora, celebrada por su lindo campo de henequén, y porque sugente es tan buena que recibe a los extranjeros como hermanos. En Uxmalson muchas las ruinas notables, y todas, como por todo México, están enlas cumbre de las pirámides, como si fueran los edificios de más valor,que quedaron en pie cuando cayeron por tierra las habitaciones defábrica más ligera. La casa más notable es la que llaman en los libros«del Gobernador» que es toda de piedra ruda, con más de cien varas defrente y trece de ancho, y con las puertas ceñidas de un marco de maderatrabajada con muy rica labor. A otra casa le dicen de las Tortugas, y esmuy curiosa por cierto, porque la piedra imita una como empalizada, conuna tortuga en relieve de trecho en trecho. La Casa de las Monjas sí esbella de veras: no es una casa sola, sino cuatro, que están en lo altode la pirámide. A una de las casas le dicen de la Culebra, porque porfuera tiene cortada en la piedra viva una serpiente enorme, que le davuelta sobre vuelta a la casa entera: otra tiene cerca del tope de lapared una corona hecha de cabezas de ídolos, pero todas diferentes y demucha expresión, y arregladas en grupos que son de arte verdadero, porlo mismo que parecen como puestas allí por la casualidad; y otro de losedificios tiene todavía cuatro de las diecisiete torres que en otrotiempo tuvo, y de las que se ven los arranques junto al techo, como lacáscara de una muela cariada. Y todavía tiene Uxmal la Casa del Adivino,pintada de colores diferentes, y la Casa del Enano, tan pequeña y bientallada que es como una caja de China, de esas que tienen labradas en lamadera centenares de figuras y tan graciosa que un viajero la llama«obra maestra de arte y elegancia», y otro dice que «la Casa del Enanoes bonita como una joya».

La ciudad de Chichén-Itzá es toda como la Casa del Enano. Es como unlibro de piedra. Un libro roto, con las hojas por el suelo, hundidas enla maraña del monte, manchadas de fango, despedazadas. Están por tierralas quinientas columnas; las estatuas sin cabeza, al pie de las paredesa medio caer; las calles de la yerba que ha ido creciendo en tantossiglos, están tapiadas.

Pero de lo que queda en pie, de cuanto se ve ose toca, nada hay que no tenga una pintura finísima de curvas bellas, ouna escultura noble, de nariz recta y barba larga. En las pinturas delos muros está el cuento famoso de la guerra de los dos hermanos locos,que se pelearon por ver quién se quedaba, con la princesa Ara: hayprocesiones de sacerdotes, de guerreros, de animales que parece quemiran y conocen, de barcos con dos proas, de hombres de barba negra, denegros de pelo rizado; y todo con el perfil firme, y el color tan frescoy brillante como si aún corriera sangre por las venas de los artistasque dejaron escritas en jeroglíficos y en pinturas la historia delpueblo que echó sus barcos por las costas y ríos de todo Centroamérica,y supo de Asia por el Pacífico y de África por el Atlántico. Hay piedraen que un hombre en pie envía un rayo desde sus labios entreabiertos aotro hombre sentado. Hay grupos y símbolos que parecen contar, en unalengua que no se puede leer con el alfabeto indio incompleto del obispoLanda, los secretos del pueblo que construyó el Circo, el Castillo, elPalacio de las Monjas, el Caracol, el pozo de los sacrificios, lleno enlo hondo de una como piedra blanca, que acaso es la ceniza endurecida delos cuerpos de las vírgenes hermosas, que morían en ofrenda a su dios,sonriendo y cantando, como morían por el dios hebreo en el circo de Romalas vírgenes cristianas, como moría por el dios egipcio, coronada deflores y seguida del pueblo, la virgen más bella, sacrificada al aguadel río Nilo. ¿Quién trabajó como el encaje las estatuas deChichén-Itzá? ¿Adónde ha ido, adónde, el pueblo fuerte y gracioso queideó la casa redonda del Caracol; la casita tallada del Enano, laculebra grandiosa de la Casa de las Monjas en Uxmal? ¡Qué novela tanlinda la historia de América!

Músicos, poetas y pintores.

El mundo tiene más jóvenes que viejos. La mayoría de la humanidad es dejóvenes y niños. La juventud es la edad del crecimiento y deldesarrollo, de la actividad y la viveza, de la imaginación y el ímpetu.Cuando no se ha cuidado del corazón y la mente en los años jóvenes, biense puede temer que la ancianidad sea desolada y triste. Bien dijo elpoeta Southey, que los primeros veinte años de la vida son los quetienen más poder en el carácter del hombre. Cada ser humano lleva en síun hombre ideal, lo mismo que cada trozo de mármol contiene en bruto unaestatua tan bella como la que el griego Praxiteles hizo del dios Apolo.La educación empieza con la vida, y no acaba sino con la muerte. Elcuerpo es siempre el mismo, y decae con la edad; la mente cambia sincesar, y se enriquece y perfecciona con los años. Pero las cualidadesesenciales del carácter, lo original y enérgico de cada hombre, se dejaver desde la infancia en un acto, en una idea, en una mirada.

En el mismo hombre suelen ir unidos un corazón pequeño y un talentogrande. Pero todo hombre tiene el deber de cultivar su inteligencia, porrespeto a sí propio y al mundo. Lo general es que el hombre no logre enla vida un bienestar permanente sino después de muchos años de esperarcon paciencia y de ser bueno, sin cansarse nunca. El ser bueno da gusto,y lo hace a uno fuerte y feliz. «La verdad es—dice el norteamericanoEmerson—que la verdadera novela del mundo está en la vida del hombre, yno hay fábula ni romance que recree más la imaginación que la historiade un hombre bravo que ha cumplido con su deber.»

Es notable la diferencia de edades en que llegan los hombres a la fuerzadel talento. «Hay algunos—dice el inglés Bacon—que maduran mucho antesde la edad y se van como vienen», que es lo mismo que dice en su latínelegante el retórico Quintiliano.

Eso se ve en muchos niños precoces,que parecen prodigios de sabiduría en sus primeros años, y quedanoscurecidos en cuanto entran en los años mayores.

Heinecken, el niño de la antigua ciudad de Lubeck, aprendió de memoriacasi toda la Biblia cuando tenía dos años; a los tres años, hablabalatín y francés; a los cuatro ya lo tenían estudiando la historia de laiglesia cristiana, y murió a los cinco. De esa pobre criatura puededecirse lo de Bacon: «El carro de Faetón no anduvo másque un día.»

Hay niños que logran salvar la inteligencia de estas exaltaciones de laprecocidad, y aumentan en la edad mayor las glorias de su infancia. Enlos músicos se ve esto con frecuencia, porque la agitación del arte esnatural y sana, y el alma que la siente padece más de contenerla que dedarle salida. Haendel a los diez años había compuesto un libro desonatas. Su padre lo quería hacer abogado, y le prohibió tocar uninstrumento; pero el niño se procuró a escondidas un clavicordio mudo, ypasaba las noches tocando a oscuras en las teclas sin sonido. El duquede Sajonia Weissenfels logró, a fuerza de ruegos, que el padrepermitiera aprender la música a aquel genio perseverante, y a losdieciséis Haendel había puesto en música el Almira. En veintitrés díascompuso su gran obra El Mesías, a los cincuenta y siete años, y cuandomurió, a los sesenta y siete, todavía estaba escribiendo óperas yoratorios.

Haydn fue casi tan precoz como Haendel, y a los trece años ya habíacompuesto una misa; pero lo mejor de él, que es la Creación, loescribió cuando tenía sesenta y cinco. A Sebastián Bach le fue casi tandifícil como a Haendel aprender la primera música, porque su hermanomayor, el organista Cristóbal, tenía celos de él, y le escondió el librodonde estaban las mejores piezas de los maestros del clavicordio. PeroSebastián encontró el libro en una alacena, se lo llevó a su cuarto, yempezó a copiarlo a deshoras de la noche, a la luz del cielo, que enverano es muy claro, o a la luz de la luna. Su hermano lo descubrió, ytuvo la crueldad de llevarse el libro y la copia, lo que de nada levalió, porque a los dieciocho años ya estaba Sebastián de músico en lacorte famosa de Weimar, y no tenía como organista más rival que Haendel.

Pero de todos los niños prodigiosos en el arte de la música, el máscélebre es Mozart. No parecía que necesitaba de maestros para aprender.A los cuatro años cuando aún no sabía escribir, ya componía tonadas; alos seis arregló un concierto para piano, y a los doce ya no tenía igualcomo pianista, y compuso la Finta Semplice, que fue su primera ópera.Aquellos maestros serios no sabían cómo entender a un niño queimprovisaba fugas dificilísimas sobre un tema desconocido, y se poníaenseguida a jugar a caballito con el bastón de su padre. El padre anduvoenseñándolo por las principales ciudades de Europa, vestido como unpríncipe, con su casaquita color de pulga, sus polainas de terciopelo,sus zapatos de hebilla, y el pelo largo y rizado, atado por detrás comolas pelucas. El padre no se cuidaba de la salud del pianista pigmeo, queno era buena, sino de sacar de él cuanto dinero podía. Pero a Mozart losalvaba su carácter alegre; porque era un maestro en música, pero unniño en todo lo demás. A los catorce años compuso su ópera de Mitrídates, que se representó veinte noches seguidas; a los treinta yseis, en su cama de moribundo, consumido por la agitación de su vida yel trabajo desordenado, compuso el Requiem, que es una de sus obrasmás perfectas.

El padre de Beethoven quería hacer de él una maravilla, y le enseñó afuerza de porrazos y penitencias tanta música, que a los trece años elniño tocaba en público y había compuesto tres sonatas. Pero hasta losveintiuno no empezó a producir sus obras sublimes. Weber, que era unmuchacho muy travieso, publicó a los doce sus seis primeras fugas, y alos catorce compuso su ópera Las Ninfas del Bosque: la famosísima del Cazador la compuso a los treinta y seis. Mendelessohn aprendió a tocarantes que a hablar, y a los doce años ya había escrito tres cuartetospara piano, violines y contrabajo: dieciséis años cumplía cuando acabósu primera ópera Las Bodas de Camacho; a los dieciocho escribió susonata en si bemol; antes de los veinte compuso su Sueño de una Nochede Verano; a los veintidós su Sinfonía de Reforma, y no cesó deescribir obras profundas y dificilísimas hasta los treinta y ocho, quemurió. Meyerbeer era a los nueve pianista excelente, y a los dieciochopuso en el teatro de Munich su primera pieza La Hija de Jephté; perohasta los treinta y siete no ganó fama con su Roberto el Diablo.

El inglés Carlyle habla en su Vida del Poeta Schiller de un DanielSchubart, que era poeta, músico y predicador, y a derechas no era nada.Todo lo hacía por espasmos y se cansaba de todo, de sus estudios, de supereza y de sus desórdenes. Era hombre de mucha capacidad, notable comomúsico; como predicador, muy elocuente; y hábil periodista. A loscincuenta y dos años murió, y su mujer e hijo quedaron en la miseria.

Pero Franz Schubert, el niño maravilloso de Viena, vivió de otro modo,aunque no fue mucho más feliz. Tocaba el violín cuando no era más altoque él, lo mismo que el piano y el órgano. Con leer una vez una canción,tenía bastante para ponerla en música exquisita, que parece de sueño yde capricho, y como si fuera un aire de colores. Escribió más dequinientas melodías, a más de óperas, misas, sonatas, sinfonías ycuartetos.

Murió pobre a los treinta y un años.

Entre los músicos de Italia se ha visto la misma precocidad.

Cimarosa,hijo de un zapatero remendón, era autor a los diecinueve de La Baronesade Stramba. A los ocho tocaba Paganini en el violín una sonata suya. Elpadre de Rossini tocaba el trombón en una compañía de cómicosambulantes, en que la madre iba de cantatriz. A los diez años Rossiniiba con su padre de segundo; luego cantó en los coros hasta que se quedósin voz; y a los veintiún años era el autor famoso de la ópera Tancredo.

Entre los pintores y escultores han sido muchos los que se han reveladoen la niñez. El más glorioso de todos es Miguel Ángel.

Cuando nació lomandaron al campo a criarse con la mujer de un picapedrero, por lo quedecía él después que había bebido el amor de la escultura con la lechede la madre. En cuanto pudo manejar un lápiz le llenó las paredes alpicapedrero de dibujos, y cuando volvió a Florencia, cubría de gigantesy leones el suelo de la casa de su padre. En la escuela no adelantabamucho con los libros, ni dejaba el lápiz de la mano; y había que ir asacarlo por fuerza de casa de los pintores. La pintura y la esculturaeran entonces, oficios bajos, y el padre, que venía de familia noble,gastó en vano razones y golpes para convencer a su hijo de que no debíaser un miserable cortapiedras. Pero cortapiedras quería ser el hijo, ynada más. Cedió el padre al fin, y lo puso de alumno en el taller delpintor Ghirlandaio, quien halló tan adelantado al aprendiz que convinoen pagarle un tanto por mes.

Al poco tiempo el aprendiz pintaba mejorque el maestro; pero vio las estatuas de los jardines célebres deLorenzo de Médicis, y cambió entusiasmado los colores por el cincel.Adelantó con tanta rapidez en la escultura que a los dieciocho añosadmiraba Florencia su bajorrelieve de la Batalla de los Centauros; alos veinte hizo el Amor Dormido, y poco después su colosal estatua de David. Pintó luego, uno tras otro, sus cuadros terribles y magníficos.Benvenuto Cellini, aquel genio creador en el arte de ornamentar, diceque ningún cuadro de Miguel Ángel vale tanto como el que pintó a losveintinueve años, en que unos soldados de Pisa, sorprendidos en el bañopor sus enemigos, salen del agua a arremeter contra ellos.

La precocidad de Rafael fue también asombrosa, aunque su padre no se leoponía, sino le celebraba su pasión por el arte. A los diecisiete añosya era pintor eminente. Cuentan que se llenó de admiración al ver lasobras grandiosas de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, y que dio en vozalta gracias a Dios por haber nacido en el mismo siglo de aquel genioextraordinario. Rafael pintó su Escuela de Atenas a los veinticincoaños y su Transfiguración a los treinta y siete. Estaba acabándolacuando murió, y el pueblo romano llevó la pintura al Panteón, el día delos funerales. Hay quien piensa que La Transfiguración de Rafael,incompleta como está, es el cuadro más bello del mundo.

Leonardo de Vinci sobresalió desde la niñez en las matemáticas, lamúsica y el dibujo. En un cuadro de su maestro Verrocchio pintó un ángelde tanta hermosura que el maestro, desconsolado de verse inferior aldiscípulo, dejó para siempre su arte. Cuando Leonardo llegó a los añosmayores era la admiración del mundo, por su poder como arquitecto eingeniero, y como músico y pintor. Guercino a los diez años adornó conuna virgen de fino dibujo la fachada de su casa. Tintoretto era undiscípulo tan aventajado que su maestro Tiziano se enceló de él y lodespidió de su servicio. El desaire le dio ánimo en vez de acobardarlo,y siguió pintando tan de prisa que le decían «el furioso». Canova, elescultor, hizo a los cuatro años un león de un pan de mantequilla. Eldinamarqués Thorwaldsen tallaba, a los trece, mascarones para los barcosen el taller de su padre, que era escultor en madera; y a los quinceganó la medalla en Copenhague por su bajorrelieve del Amor en Reposo.

Los poetas también suelen dar pronto muestras de su vocación, sobre todolos de alma inquieta, sensible y apasionada. Dante a los nueve añosescribía versos a la niña de ocho años de que habla en su Vida Nueva. Alos diez años lamentó Tasso en verso su separación de su madre yhermana, y se comparó al triste Ascanio cuando huía de Troya con supadre Eneas a cuestas; a los treinta y un años puso las últimas octavasa su poema de la Jerusalén, que empezó a los veinticinco.