La Edad de Oro: Publicación Mensual de Recreo e Instrucción Dedicada a los Niños de América. by José Martí - HTML preview

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—¡Oh!—dijo Meñique;—mi madre me arrullaba con ese cuento: ¡es lacascada!

—Dime ahora—preguntó la princesa, ya con mucho miedo:—

¿quién es elque anda todos los días el mismo camino y nunca se vuelve atrás?

—¡Oh!—dijo Meñique;—mi madre me arrullaba con ese cuento: ¡es el sol!

—El sol es dijo la princesa, blanca de rabia.—Ya no queda más que unenigma. ¿En qué piensas tú y no pienso yo? ¿qué es lo que yo pienso, ytú no piensas? ¿qué es lo que no pensamos ni tú ni yo?

Meñique bajó la cabeza como el que duda, y se le veía en la cara elmiedo de perder.

—Amo—dijo el gigante;—si no adivinas el enigma, no te calientes lasentendederas. Hazme una seña, y cargo con la princesa.

—Cállate, criado dijo Meñique;—bien sabes tú que la fuerza no sirvepara todo. Déjame pensar.

—Princesa y dueña mía—dijo Meñique, después de unos instantes en quese oía correr la luz.—Apenas me atrevo a descifrar tu enigma, aunqueveo en él mi felicidad. Yo pienso en que entiendo lo que me quieresdecir, y tú piensas en que yo no lo entiendo. Tú piensas, como nobleprincesa que eres, en que este criado tuyo no es indigno de ser tumarido, y yo no pienso que haya logrado merecerte. Y en lo que ni yo nitú pensamos es en que el rey tu padre y este gigante infeliz tienen tanpobres...

—Cállate—dijo la princesa;—aquí está mi mano de esposa, marquésMeñique.

—¿Qué es eso que piensas de mí, que lo quiero saber?—

preguntó el rey.

—Padre y señor—dijo la princesa, echándose en sus brazos;—

que eres elmás sabio de los reyes, y el mejor de los hombres.

—Ya lo sé, ya lo sé—dijo el rey;—y ahora, déjenme hacer algo por elbien de mi pueblo. ¡Meñique, te hago duque!

—¡Viva mi amo y señor, el duque Meñique!—gritó el gigante, con una vozque puso azules de miedo a los cortesanos, quebró el estuco del techo, ehizo saltar los vidrios de las seis ventanas.

—VII—

En el casamiento de la princesa con Meñique no hubo mucho de particular,porque de los casamientos no se puede decir al principio, sino luego,cuando empiezan las penas de la vida, y se ve si los casados se ayudan yquieren bien, o si son egoístas y cobardes. Pero el que cuenta el cuentotiene que decir que el gigante estaba tan alegre con el matrimonio de suamo que les iba poniendo su sombrero de tres picos a todos los árbolesque encontraba, y cuando salió el carruaje de los novios, que era denácar puro, con cuatro caballos mansos como palomas, se echó el carruajea la cabeza, con caballos y todo, y salió corriendo y dando vivas, hastaque los dejó a la puerta del palacio, como deja una madre a su niño enla cuna. Esto se debe decir, porque no es cosa que se ve todos los días.

Por la noche hubo discursos, y poetas que les dijeron versos de bodas alos novios, y lucecitas de color en el jardín, y fuegos artificialespara los criados del rey, y muchas guirnaldas y ramos de flores. Todoscantaban y hablaban, comían dulces, bebían refrescos olorosos, bailabancon mucha elegancia y honestidad al compás de una música de violines,con los violinistas vestidos de seda azul, y su ramito de violeta en elojal de la casaca. Pero en un rincón había uno que no hablaba nicantaba, y era Pablo, el envidioso, el paliducho, el desorejado, que nopodía ver a su hermano feliz, y se fue al bosque para no oír ni ver, yen el bosque murió, porque los osos se lo comieron en la noche oscura.

Meñique era tan chiquitín que los cortesanos no supieron al principio sidebían tratarlo con respeto o verlo como cosa de risa; pero con subondad y cortesía se ganó el cariño de su mujer y de la corte entera, ycuando murió el rey, entró a mandar, y estuvo de rey cincuenta y dosaños. Y dicen que mandó tan bien que sus vasallos nunca quisieron másrey que Meñique, que no tenía gusto sino cuando veía a su pueblocontento, y no les quitaba a los pobres el dinero de su trabajo paradárselo, como otros reyes, a sus amigos holgazanes, o a los matachinesque lo defienden de los reyes vecinos. Cuentan de veras que no hubo reytan bueno como Meñique.

Pero no hay que decir que Meñique era bueno. Bueno tenía que ser unhombre de ingenio tan grande; porque el que es estúpido no es bueno, yel que es bueno no es estúpido. Tener talento es tener buen corazón; elque tiene buen corazón, ése es el que tiene talento. Todos los pícarosson tontos. Los buenos son los que ganan a la larga. Y el que saque deeste cuento otra lección mejor, vaya a contarlo en Roma.

Cada uno a su oficio

Fábula nueva del filósofo norteamericano Emerson La montaña y la ardilla

Tuvieron su querella:

—«¡Váyase usted allá, presumidilla!»

Dijo con furia aquélla;

A lo que respondió la astuta ardilla:

—«Sí que es muy grande usted, muy grande y bella; Mas de todas las cosas y estaciones

Hay que poner en junto las porciones,

Para formar, señora vocinglera,

Un año y una esfera.

Yo no sé que me ponga nadie tilde

Por ocupar un puesto tan humilde.

Si no soy yo tamaña

Como usted, mi señora la montaña,

Usted no es tan pequeña

Como yo, ni a gimnástica me enseña.

Yo negar no imagino

Que es para las ardillas buen camino

Su magnífica falda:

Difieren los talentos a las veces:

Ni yo llevo los bosques a la espalda,

Ni usted puede, señora, cascar nueces.»

La Ilíada, de Homero

Hace dos mil quinientos años era ya famoso en Grecia el poema de laIlíada. Unos dicen que lo compuso Homero, el poeta ciego de la barba derizos, que andaba de pueblo en pueblo cantando sus versos al compás dela lira, como hacían los aedas de entonces. Otros dicen que no huboHomero, sino que el poema lo fueron componiendo diferentes cantores.Pero no parece que pueda haber trabajo de muchos en un poema donde nocambia el modo de hablar, ni el de pensar, ni el de hacer los versos, ydonde desde el principio hasta el fin se ve tan claro el carácter decada persona que puede decirse quién es por lo que dice o hace, sinnecesidad de verle el nombre. Ni es fácil que un mismo pueblo tengamuchos poetas que compongan los versos con tanto sentido y música comolos de la Ilíada, sin palabras que falten o sobren; ni que todos losdiferentes cantores tuvieran el juicio y grandeza de los cantos deHomero, donde parece que es un padre el que habla.

En la Ilíada no se cuenta toda la guerra de treinta años de Greciacontra Ilión, que era como le decían entonces a Troya; sino lo que pasóen la guerra cuando los griegos estaban todavía en la llanura asaltandoa la ciudad amurallada, y se pelearon por celos los dos griegos famosos,Agamenón y Aquiles. A Agamenón le llamaban el Rey de los Hombres, y eracomo un rey mayor, que tenía más mando y poder que todos los demás quevinieron de Grecia a pelear contra Troya, cuando el hijo del reytroyano, del viejo Príamo, le robó la mujer a Menelao, que estaba de reyen uno de los pueblos de Grecia, y era hermano de Agamenón. Aquiles erael más valiente de todos los reyes griegos, y hombre amable y culto, quecantaba en la lira las historias de los héroes, y se hacía querer de lasmismas esclavas que le tocaban de botín cuando se repartían losprisioneros después de sus victorias. Por una prisionera fue la disputade los reyes,

porque

Agamenón

se

resistía

a

devolver

al

sacerdotetroyano Crises su hija Criseis, como decía el sacerdote griego Calcasque se debía devolver, para que se calmase en el Olimpo, que era elcielo de entonces, la furia de Apolo, el dios del Sol, que estabaenojado con los griegos porque Agamenón tenía cautiva a la hija de unsacerdote: y Aquiles, que no le tenía miedo a Agamenón, se levantó entretodos los demás, y dijo que se debía hacer lo que Calcas quería, paraque se acabase la peste de calor que estaba matando en montones a losgriegos, y era tanta que no se veía el cielo nunca claro, por el humo delas piras en que quemaban los cadáveres. Agamenón dijo que devolvería aCriseis, si Aquiles le daba a Briseis, la cautiva que él tenía en sutienda. Y Aquiles le dijo a Agamenón «borracho de ojos de perro ycorazón de venado», y sacó la espada de puño de plata para matarlodelante de los reyes; pero la diosa Minerva, que estaba invisible a sulado, le sujetó la mano, cuando tenía la espada a medio sacar. Y Aquilesechó al suelo su cetro de oro, y se sentó, y dijo que no pelearía más afavor de los griegos con sus bravos mirmidones, y que se iba a sutienda.

Así empezó la cólera de Aquiles, que es lo que cuenta la Ilíada, desdeque se enojó en esa disputa, hasta que el corazón se le enfureció cuandolos troyanos le mataron a su amigo Patroc quemándoles los barcos a los griegos y lostenía casi vencidos.

No más que con dar Aquiles una voz desde el muro,se echaba atrás el ejército de Troya, como la ola cuando la empuja unacorriente contraria de viento, y les temblaban las rodillas a loscaballos troyanos. El poema entero está escrito para contar lo quesucedió a los griegos desde que Aquiles se dio por ofendido:—la disputade los reyes,—el consejo de los dioses del Olimpo, en que deciden losdioses que los troyanos venzan a los griegos, en castigo de la ofensa deAgamenón a Aquiles,—el combate de Paris, hijo de Príamo, con Menelao,el esposo de Helena,—la tregua que hubo entre los dos ejércitos, y elmodo con que el arquero troyano Pandaro la rompió con su flechazo aMenelao,—la batalla del primer día, en que el valentísimo Diomedes tuvocasi muerto a Eneas de una pedrada,—la visita de Héctor, el héroe deTroya a su esposa Andrómaca, que lo veía pelear desde el muro,—labatalla del segundo día, en que Diomedes huye en su carro de pelear,perseguido por Héctor vencedor,—la embajada que le mandan los griegos aAquiles, para que vuelva a ayudarlos en los combates, porque desde queél no pelea están ganando los troyanos,—la batalla de los barcos, enque ni el mismo Ajax puede defender las naves griegas del asalto, hastaque Aquiles consiente en que Patroclo pelee con su armadura,—la muertede Patroclo,—la vuelta de Aquiles al combate, con la armadura nueva quele hizo el dios Vulcano,—el desafío de Aquiles y Héctor,—la muerte deHéctor,—y las súplicas con que su padre Príamo logra que Aquiles ledevuelva el cadáver, para quemarlo en Troya en la pira de honor, yguardar los huesos blancos en una caja de oro.

Así se enojó Aquiles, yésos fueron los sucesos de la guerra, hasta que se le acabó el enojo.

A Aquiles no lo pinta el poema como hijo de hombre, sino de la diosa delmar, de la diosa Tetis. Y eso no es muy extraño, porque todavía hoydicen los reyes que el derecho de mandar en los pueblos les viene deDios, que es lo que llaman «el derecho divino de los reyes», y no es másque una idea vieja de aquellos tiempos de pelea, en que los puebloseran nuevos y no sabían vivir en paz, como viven en el cielo lasestrellas, que todas tienen luz aunque son muchas, y cada una brillaaunque tenga al lado otra. Los griegos creían, como los hebreos, y comootros muchos pueblos, que ellos eran la nación favorecida por el creadordel mundo, y los únicos hijos del cielo en la tierra. Y como los hombresson soberbios, y no quieren confesar que otro hombre sea más fuerte omás inteligente que ellos, cuando había un hombre fuerte o inteligenteque se hacía rey por su poder, decían que era hijo de los dioses. Y losreyes se alegraban de que los pueblos creyesen esto; y los sacerdotesdecían que era verdad, para que los reyes les estuvieran agradecidos ylos ayudaran. Y

así mandaban juntos los sacerdotes y los reyes.

Cada rey tenía en el Olimpo sus parientes, y era hijo, o sobrino, onieto de un dios, que bajaba del cielo a protegerlo o a castigarlo,según le llevara a los sacerdotes de su templo muchos regalos o pocos; yel sacerdote decía que el dios estaba enojado cuando el regalo erapobre, o que estaba contento, cuando le habían regalado mucha miel ymuchas ovejas. Así se ve en la Ilíada, que hay como dos historias enel poema, una en la tierra, y en el cielo otra; y que los dioses delcielo son como una familia, sólo que no hablan como personas biencriadas, sino que se pelean y se dicen injurias, lo mismo que loshombres en el mundo. Siempre estaba Júpiter, el rey de los dioses, sinsaber qué hacer; porque su hijo Apolo quería proteger a los troyanos, ysu mujer Juno a los griegos, lo mismo que su otra hija Minerva; y habíaen las comidas del cielo grandísimas peleas, y Júpiter le decía a Junoque lo iba a pasar mal si no se callaba enseguida, y Vulcano, el cojo,el sabio del Olimpo, se reía de los chistes y maldades de Apolo, el depelo colorado, que era el dios travieso.

Y los dioses subían y bajaban,a llevar y traer a Júpiter los recados de los troyanos y los griegos; opeleaban sin que se les viera en los carros de sus héroes favorecidos; ose llevaban en brazos por las nubes a su héroe para que no lo acabase dematar el vencedor, con la ayuda del dios contrario. Minerva toma lafigura del viejo Néstor, que hablaba dulce como la miel, y aconseja aAgamenón que ataque a Troya. Venus desata el casco de Paris cuando elenemigo Menelao lo va arrastrando del casco por la tierra: y se lleva aParis por el aire. Venus también se lleva a Eneas, vencido por Diomedes,en sus brazos blancos. En una escaramuza va Minerva guiando el carro depelear del griego, y Apolo viene contra ella, guiando el carro troyano.Otra vez, cuando por engaño de Minerva dispara Pandaro su arco contraMenelao, la flecha terrible le entró poco a Menelao en la carne, porqueMinerva la apartó al caer, como cuando una madre le espanta a su hijo dela cara una mosca. En la Ilíada están juntos siempre los dioses y loshombres, como padres e hijos. Y

en el cielo suceden las cosas lo mismoque en la tierra; como que son los hombres los que inventan los dioses asu semejanza, y cada pueblo imagina un cielo diferente, con divinidadesque viven y piensan lo mismo que el pueblo que las ha creado y las adoraen los templos: porque el hombre se ve pequeño ante la naturaleza que locrea y lo mata, y siente la necesidad de creer en algo poderoso, y derogarle, para que lo trate bien en el mundo, y para que no le quite lavida. El cielo de los griegos era tan parecido a Grecia, que Júpitermismo es como un rey de reyes, y una especie de Agamenón, que puede másque los otros, pero no hace todo lo que quiere, sino ha de oírlos ycontentarlos, como tuvo que hacer Agamenón con Aquiles. En la Ilíada,aunque no lo parece, hay mucha filosofía, y mucha ciencia, y muchapolítica, y se enseña a los hombres, como sin querer, que los dioses noson en realidad más que poesías de la imaginación, y que los países nose pueden gobernar por el capricho de un tirano, sino por el acuerdo yrespeto de los hombres principales que el pueblo escoge para explicar elmodo con que quiere que lo gobiernen.

Pero lo hermoso de la Ilíada es aquella manera con que pinta el mundo,como si lo viera el hombre por primera vez, y corriese de un lado paraotro llorando de amor, con los brazos levantados, preguntándole al cieloquién puede tanto, y dónde está el creador, y cómo compuso y mantuvotantas maravillas. Y otra hermosura de la Ilíada es el modo de decir lascosas, sin esas palabras fanfarronas que los poetas usan porque lessuenan bien; sino con palabras muy pocas y fuertes, como cuando Júpiterconsintió en que los griegos perdieran algunas batallas, hasta que searrepintiesen de la ofensa que le habían hecho a Aquiles, y «cuando dijoque sí, tembló el Olimpo». No busca Homero las comparaciones en lascosas que no se ven, sino en las que se ven: de modo que lo que élcuenta no se olvida, porque es como si se lo hubiera tenido delante delos ojos. Aquellos eran tiempos de pelear, en que cada hombre iba desoldado a defender a su país, o salía por ambición o por celos a atacara los vecinos; y como no había libros entonces, ni teatros, la diversiónera oír al aeda que cantaba en la lira las peleas de los dioses y lasbatallas de los hombres; y el aeda tenía que hacer reír con las maldadesde Apolo y Vulcano, para que no se le cansase la gente del canto serio;y les hablaba de lo que la gente oía con interés, que eran las historiasde los héroes y las relaciones de las batallas, en que el aeda decíacosas de médico y de político, para que el pueblo hallase gusto yprovecho en oírlo, y diera buena paga y fama al cantor que le enseñabaen sus versos el modo de gobernarse y de curarse. Otra cosa que entrelos griegos gustaba mucho era la oratoria, y se tenía como hijo de undios al que hablaba bien, o hacía llorar o entender a los hombres. Poreso hay en la Ilíada tantas descripciones de combates, y tantas curasde heridas, y tantas arengas.

Todo lo que se sabe de los primeros tiempos de los griegos, está en la Ilíada. Llamaban rapsodas en Grecia a los cantores que iban de puebloen pueblo, cantando la Ilíada y la Odisea, que es otro poema dondeHomero cuenta la vuelta de Ulises. Y más poemas parece que compusoHomero, pero otros dicen que ésos no son suyos, aunque el griegoHerodoto, que recogió todas las historias de su tiempo, trae noticias deellos, y muchos versos sueltos, en la vida de Homero que escribió, quees la mejor de las ocho que hay escritas, sin que se sepa de cierto siHerodoto la escribió de veras, o si no la contó muy de prisa y sinpensar, como solía él escribir.

Se siente uno como gigante, o como si estuviera en la cumbre de unmonte, con el mar sin fin a los pies, cuando lee aquellos versos de la Ilíada, que parecen de letras de piedra. En inglés hay muy buenastraducciones, y el que sepa inglés debe leer la Ilíada de Chapman, ola de Dodsley, o la de Landor, que tienen más de Homero que la de Pope,que es la más elegante. El que sepa alemán, lea la de Wolff, que es comoleer el griego mismo. El que no sepa francés, apréndalo enseguida, paraque goce de toda la hermosura de aquellos tiempos en la traducción deLeconte de Lisle, que hace los versos a la antigua, como si fueran demármol. En castellano, mejor es no leer la traducción que hay, que es deHermosilla; porque las palabras de la Ilíada están allí, pero no elfuego, el movimiento, la majestad, la divinidad a veces, del poema enque parece que se ve amanecer el mundo,—

en que los hombres caen comolos robles o como los pinos,—en que el guerrero Ajax defiende alanzazos su barco de los troyanos más valientes,—en que Héctor de unapedrada echa abajo la puerta de una fortaleza, en que los dos caballosinmortales, Xantos y Balios, lloran de dolor cuando ven muerto a su amoPatroclo,—y las diosas amigas, Juno y Minerva, vienen del cielo en uncarro que de cada vuelta de rueda atraviesa tanto espacio como el que unhombre sentado en un monte ve, desde su silla de roca, hasta donde elciclo se junta con el mar.

Cada cuadro de la Ilíada es una escena como ésas. Cuando los reyesmiedosos dejan solo a Aquiles en su disputa con Agamenón, Aquiles va allorar a la orilla del mar, donde están desde hace diez años los barcosde los cien mil griegos que atacan a Troya: y la diosa Tetis sale aoírlo, como una bruma que se va levantando de las olas. Tetis sube alcielo, y Júpiter le promete, aunque se enoje Juno, que los troyanosvencerán a los griegos hasta que los reyes se arrepientan de la ofensa aAquiles.

Grandes guerreros hay entre los griegos: Ulises, que era tanalto que andaba entre los demás hombres como un macho entre el rebaño decarneros; Ajax, con el escudo de ocho capas, siete de cuero y una debronce; Diomedes, que entra en la pelea resplandeciente, devastando comoun león hambriento en un rebaño:—pero mientras Aquiles esté ofendido,los vencedores serán los guerreros de Troya: Héctor, el hijo de Príamo;Eneas, el hijo de la diosa Venus; Sarpedón, el más valiente de los reyesque vino a ayudar a Troya, el que subió al cielo en brazos del Sueño yde la Muerte, a que lo besase en la frente su padre Júpiter, cuando lomató Patroclo de un lanzazo. Los dos ejércitos se acercan a pelear: losgriegos, callados, escudo contra escudo; los troyanos dando voces, comoovejas que vienen balando por sus cabritos. Paris desafía a Menelao, yluego se vuelve atrás; pero la misma hermosísima Helena le llamacobarde, y Paris, el príncipe bello que enamora a las mujeres, consienteen pelear, carro a carro, contra Menelao, con lanza, espada y escudo:vienen los heraldos, y echan suertes con dos piedras en un casco, paraver quién disparará primero su lanza. Paris tira el primero, peroMenelao se lo lleva arrastrando, cuando Venus le desata el casco de labarba, y desaparece con Paris en las nubes.

Luego es la tregua; hastaque Minerva, vestida como el hijo del troyano Antenor, le aconseja conalevosía a Pandaro que dispare la flecha contra Menelao, la flecha delarco enorme de dos cuernos y la juntura de oro, para que los troyanosqueden ante el mundo por traidores, y sea más fácil la victoria de losgriegos, los protegidos de Minerva. Dispara Pandaro la flecha: Agamenónva de tienda en tienda levantando a los reyes: entonces es la gran peleaen que Diomedes hiere al mismo dios Marte, que sube al cielo con gritosterribles en una nube de trueno, como cuando sopla el viento del sur;entonces es la hermosa entrevista de Héctor y Andrómaca, cuando el niñono quiere abrazar a Héctor porque le tiene miedo al casco de plumas, yluego juega con el casco, mientras Héctor le dice a Andrómaca que cuidede las cosas de la casa, cuando él vuelva a pelear. Al otro día Héctor yAjax pelean como jabalíes salvajes hasta que el cielo se oscurece:pelean con piedras cuando ya no tienen lanza ni espada: los heraldos losvienen a separar, y Héctor le regala su espada de puño fino a Ajax, yAjax le regala a Héctor un cinturón de púrpura.

Esa noche hay banquete entre los griegos, con vinos de miel y bueyesasados; y Diomedes y Ulises entran solos en el campo enemigo a espiar loque prepara Troya, y vuelven, manchados de sangre, con los caballos y elcarro del rey tracio. Al amanecer, la batalla es en el murallón que hanlevantado los griegos en la playa frente a sus buques. Los troyanos hanvencido a los griegos en el llano. Ha habido cien batallas sobre loscuerpos de los héroes muertos. Ulises defiende el cuerpo de Diomedes consu escudo, y los troyanos le caen encima como los perros al jabalí.Desde los muros disparan sus lanzas los reyes griegos contra Héctorvictorioso, que ataca por todas partes. Caen los bravos, los de Troya ylos de Grecia, como los pinos a los hachazos del leñador. Héctor va deuna puerta a otra, como león que tiene hambre. Levanta una piedra depunta que dos hombres no podían levantar, echa abajo la puerta mayor, ycorre por sobre los muertos a asaltar los barcos. Cada troyano lleva unaantorcha, para incendiar las naves griegas: Ajax, cansado de matar, yano puede resistir el ataque en la proa de su barco, y dispara de atrás,de la borda: ya el cielo se enrojece con el resplandor de las llamas. YAquiles no ayuda todavía a los griegos: no atiende a lo que le dicen losembajadores de Agamenón: no embraza el escudo de oro, no se cuelga delhombro la espada, no salta con los pies ligeros en el carro, no empuñala lanza que ningún hombre podía levantar, la lanza Pelea. Pero le ruegasu amigo Patroclo, y consiente en vestirlo con su armadura, y dejarlo ira pelear. A la vista de las armas de Aquilea, a la vista de losmirmidones, que entran en la batalla apretados como las piedras de unmuro, se echan atrás los troyanos miedosos.

Patroclo se mete entreellos, y les mata nueve héroes de cada vuelta del carro. El granSarpedón le sale al camino, y con la lanza le atraviesa Patroclo lassienes. Pero olvidó Patroclo el encargo de Aquiles, de que no se llegasemuy cerca de los muros. Apolo invencible lo espera al pie de los muros,se le sube al carro, lo aturde de un golpe en la cabeza, echa al sueloel casco de Aquiles, que no había tocado el suelo jamás, le rompe lalanza a Patroclo, y le abre el coselete, para que lo hiera Héctor.

CayóPatroclo, y los caballos divinos lloraron. Cuando Aquiles vio muerto asu amigo, se echó por la tierra, se llenó de arena la cabeza y elrostro, se mesaba a grandes gritos la melena amarilla.

Y cuando letrajeron a Patroclo en un ataúd, lloró Aquiles. Subió al cielo su madre,para que Vulcano le hiciera un escudo nuevo, con el dibujo de la tierray el cielo, y el mar y el sol, y la luna y todos los astros, y unaciudad en paz y otra en guerra, y un viñedo cuando están recogiendo lauva madura, y un niño cantando en una arpa, y una boyada que va a arar,y danzas y músicas de pastores, y alrededor, como un río, el mar: y lehizo un coselete que lucía como el fuego, y un casco con la visera deoro. Cuando salió al muro a dar las tres voces, los troyanos se echaronen tres oleadas contra la ciudad, los caballos rompían con las ancas elcarro espantados, y morían hombres y brutos en la confusión, no más quede ver sobre el muro a Aquiles, con una llama sobre la cabeza queresplandecía como el sol de otoño. Ya Agamenón se ha arrepentido, ya elconsejo de reyes le han devuelto a Briseis, que llora al ver muerto aPatroclo, porque fue amable y bueno.

Al otro día, al salir el sol, la gente de Troya, como langostas queescapan del incendio, entra aterrada en el río, huyendo de Aquiles, quemata lo mismo que siega la hoz, y de una vuelta del carro se lleva adoce cautivos. Tropieza con Héctor; pero no pueden pelear, porque losdioses les echan de lado las lanzas. En el río era Aquiles como un grandelfín, y los troyanos se despedazaban al huirle, como los peces. De losmuros le ruega a Héctor su padre viejo que no pelee con Aquiles: se loruega su madre. Aquiles llega: Héctor huye: tres veces le dan vuelta aTroya en los carros. Todo Troya está en los muros, el padre mesándosecon las dos manos la barba; la madre con los brazos tendidos, llorando ysuplicando. Se para Héctor, y le habla a Aquiles antes de pelear, paraque no se lleve su cuerpo muerto si lo vence. Aquiles quiere el cuerpode Héctor, para quemarlo en los funerales de su amigo Patroclo. Pelean.Minerva está con Aquiles: le dirige los golpes: le trae la lanza, sinque nadie la vea: Héctor, sin lanza ya, arremete contra Aquiles comoáguila que baja del cielo, con las garras tendidas, sobre un cadáver:Aquiles le va encima, con la cabeza baja, y la lanza Pelea brillándoleen la mano como la estrella de la tarde. Por el cuello le mete la lanzaa Héctor, que cae muerto, pidiendo a Aquiles que dé su cadáver a Troya.Desde los muros han visto la pelea el padre y la madre. Los griegosvienen sobre el muerto, y lo lancean, y lo vuelven con los pies de unlado a otro, y se burlan. Aquiles manda que le agujereen los tobillos, ymetan por los agujeros dos tiras de cuero: y se lo lleva en el carro,arrastrando.

Y entonces levantaron con leños una gran pira para quemar el cuerpo dePatroclo. A Patroclo lo llevaron a la pira en procesión, y cada guerrerose cortó un guedejo de sus cabellos, y lo puso sobre el cadáver; ymataron en sacrificio cuatro caballos de guerra y dos perros; y Aquilesmató con su mano los doce prisioneros y los echó a la pira: y el cadáverde Héctor lo dejaron a un lado, como un perro muerto: y quemaron aPatroclo, enfriaron con vino las cenizas, y las pusieron en una urna deoro.

Sobre la urna echaron tierra, hasta que fue como un monte.

YAquiles amarraba cada mañana por los pies a su carro a Héctor, y le dabavuelta al monte tres veces. Pero a Héctor no se le lastimaba el cuerpo,ni se le acababa la hermosura, porque desde el Olimpo cuidaban de élVenus y Apolo.

Y entonces fue la fiesta de los funerales, que duró doce días: primerouna carrera con los carros de pelear, que ganó Diomedes; luego una peleaa puñetazos entre dos, hasta que quedó uno como muerto; después unalucha a cuerpo desnudo, de Ulises con Ajax; y la corrida de a pie, queganó Ulises; y un combate con escudo y lanza; y otro de flechas, paraver quién era el mejor flechero; y otro de lanceadores, para ver quiéntiraba más lejos la lanza.

Y una noche, de repente, Aquiles oyó ruido en su tienda, y vio que eraPríamo, el padre de Héctor, que había venido sin que lo vieran, con eldios Mercurio,—Príamo, el de la cabeza blanca y la barbablanca,—Príamo, que se le arrodilló a los pies, y le besó las manosmuchas veces, y le pedía llorando el cadáver de Héctor. Y Aquiles selevantó, y con sus brazos alzó del suelo a Príamo; y mandó que bañarande ungüentos olorosos el cadáver de Héctor, y que lo vistiesen con unade las túnicas del gran tesoro que le traía de regalo Príamo; y por lanoche comió carne y bebió vino con Príamo, que se fue a acostar porprimera vez, porque tenía los ojos pesados. Pero Mercurio le dijo que nodebía dormir entre los enemigos, y se lo llevó otra vez a Troya sin quelos vieran los griegos.

Y hubo paz doce días, para que los troyanos le hicieran el funeral aHéctor. Iba el pueblo detrás, cuando llegó Príamo con él; y Príamo losinjuriaba por cobardes, que habían dejado matar a su hijo; y las mujereslloraban, y los poetas iban cantando, hasta que entraron en la casa. Ylo pusieron en su cama de dormir. Y vino Andrómaca su mujer, y le hablóal cadáver.

Luego vino su madre Hécuba, y lo llamó hermoso y bueno.Después Helena le habló, y lo llamó cortés y amable. Y

todo el pueblolloraba cuando Príamo se acercó a su hijo, con las manos al cielo,temblándole la barba, y mandó que trajeran leños para la pira. Y nuevedías estuvieron trayendo leños, hasta que la pira era más alta que losmuros de Troya. Y la quemaron, y apagaron el fuego con vino, y guardaronlas cenizas de Héctor en una caja de oro, y cubrieron la caja con unmanto de púrpura, y lo pusieron todo en un ataúd, y encima le echaronmucha tierra, hasta que pareció un monte. Y luego hubo gran fiesta en elpalacio del rey Príamo. Así acaba la Ilíada, y el cuento de la cólerade Aquiles.

Un juego nuevo y otros viejos

Ahora hay en los Estados Unidos un juego muy curioso, que llaman eljuego del burro. En verano, cuando se oyen muchas carcajadas en unacasa, es que están jugando al burro. No lo juegan los niños sólo, sinolas personas mayores. Y es lo más fácil de hacer. En una hoja de papelgrande o en un pedazo de tela blanca se pinta un burro, como del tamañode un perro. Con carbón vegetal se le puede pintar, porque el carbón depiedra no pinta, sino el otro, el que se hace quemando debajo de unapila de tierra la madera de los árboles. O con un pincel mojado en tintase puede dibujar también el burro, porque no hay que pintar de negro lafigura toda, sino las líneas de afuera, el contorno no más. Se pintatodo el burro, menos la cola. La cola se pinta aparte, en un pedazo depapel o de tela, y luego se recorta, para que parezca una cola deverdad. Y ahí está el juego, en poner la cola al burro donde debe estar.Lo que no es tan fácil como parece; porque al que juega le vendan losojos, y le dan tres vueltas antes de dejarlo andar. Y él anda, anda; yla gente sujeta la risa. Y unos le clavan al burro la cola en la pezuña,o en las costillas, o en la frente. Y otros la clavan en la hoja de lapuerta, creyendo que es el burro.

Dicen en los Estados Unidos que este juego es nuevo, y nunca lo hahabido antes; pero no es muy nuevo, sino otro modo de jugar a la gallinaciega. Es muy curioso; los niños de ahora juegan lo mismo que los niñosde antes; la gente de los pueblos que no se han visto nunca, juegan alas mismas cosas. Se habla mucho de los griegos y de los romanos, quevivieron hace dos mil años; pero los niños romanos jugaban a las bolas,lo mismo que nosotros, y las niñas griegas tenían muñecas con pelo deverdad, como las niñas de ahora. En la lámina están unas niñas griegas,poniendo sus muñecas delante de la estatua de Diana, que era como unasanta de entonces; porque los griegos creían también que en cielo habíasantos, y a esta Diana le rezaban las niñas, para que las dejase vivir ylas tuviese siempre lindas. No eran las muñecas sólo lo que le llevabanlos niños, porque ese caballero de la lámina que mira a la diosa concara de emperador, le trae su cochecito de madera, para que Diana semonte en el coche cuando salga a cazar, como dicen que salía todas lasmañanas. Nunca hubo Diana ninguna, por supuesto. Ni hubo ninguno de losotros dioses a que les rezaban los griegos, en versos muy hermosos, ycon procesiones y cantos. Los griegos fueron como todos los pueblosnuevos, que creen que ellos son los amos del mundo, lo mismo que creenlos niños; y como ven que del cielo vienen el sol y la lluvia, y que latierra da el trigo y el maíz, y que en los montes hay pájaros y animalesbuenos para comer, les rezan a la tierra y a la lluvia, y al monte y alsol, y les ponen nombres de hombres y mujeres, y los pintan con figurahumana, porque creen que piensan y quieren lo mismo que ellos, y quedeben tener su misma figura.

Diana era la diosa del monte. En el museodel Louvre de París hay una estatua de Diana muy hermosa, donde va Dianacazando con su perro, y está tan bien que parece que anda. Las piernasno más son como de hombre, para que se vea que es diosa que caminamucho. Y las niñas griegas querían a su muñeca tanto, que cuando semorían las enterraban con las muñecas.

Todos los juegos no son tan viejos como las bolas, ni como las muñecas,ni como el cricket, ni como la pelota, ni como el columpio, ni como lossaltos. La gallina ciega no es tan vieja, aunque hace como mil años quese juega en Francia. Y los niños no saben, cuando les vendan los ojos,que este juego se juega por un caballero muy valiente que hubo enFrancia, que se quedó ciego un día de pelea y no soltó la espada niquiso que lo curasen, sino siguió peleando hasta morir: ése fue elcaballero Colin-Maillard. Luego el rey mandó que en las peleas dejuego, que se llamaban torneos, saliera siempre a pelear un caballerocon los ojos vendados, para que la gente de Francia no se olvidara deaquel gran valor. Y ahí vino el juego.

Lo que no parece por cierto cosa de hombres es esa diversión en queestán entretenidos los amigos de Enrique III, que también fue rey deFrancia, pero no un rey bravo y generoso como Enrique IV de Navarra, quevino después, sino un hombrecito ridículo, como esos que no piensan másque en peinarse y empolvarse como las mujeres, y en recortarse en picola barba.

En eso pasaban la vida los amigos del rey: en jugar y enpelearse por celos con los bufones de palacio, que les tenían odio porholgazanes, y se lo decían cara a cara. La pobre Francia estaba en lamiseria, y el pueblo trabajador pagaba una gran contribución, para queel rey y sus amigos tuvieran espadas de puño de oro y vestidos de seda.Entonces no había periódicos que dijeran la verdad. Los bufones eranentonces algo como los periódicos, y los reyes no los tenían sólo en suspalacios para que los hicieran reír, sino para que averiguasen lo quesucedía, y les dijesen a los caballeros las verdades, que los bufonesdecían como en chiste, a los caballeros y a los mismos reyes.

Losbufones eran casi siempre hombres muy feos, o flacos, o gordos, ojorobados. Uno de los cuadros más tristes del mundo es el cuadro de losbufones que pintó el español Zamacois. Todos aquellos hombres infelicesestán esperando a que el rey los llame para hacerle reír, con susvestidos de picos y de campanillas, de color de mono o de cotorra.

Desnudos como están son más felices que ellos esos negros que bailan enla otra lámina la danza del palo. Los pueblos, lo mismo que los niños,necesitan de tiempo en tiempo algo así como correr mucho, reírse mucho ydar gritos y saltos. Es que en la vida no se puede hacer todo lo que sequiere, y lo que se va quedando sin hacer sale así de tiempo en tiempo,como una locura. Los moros tienen una fiesta de caballos que llaman la«fantasía». Otro pintor español ha pintado muy bien la fiesta: el pobreFortuny. Se ve en el cuadro los moros que entran a escape en la ciudad,con los caballos tan locos como ellos, y ellos disparando al aire susespingardas, tendidos sobre el cuello de sus animales, besándolos,mordiéndolos, echándose al suelo sin parar la carrera, y volviéndose amontar. Gritan como si se les abriese el pecho. El aire se ve oscuro dela pólvora. Los hombres de todos los países, blancos o negros, japoneseso indios, necesitan hacer algo hermoso y atrevido, algo de peligro ymovimiento, como esa danza del palo de los negros de Nueva Zelandia. EnNueva Zelandia hay mucho calor, y los negros de allí son hombres decuerpo arrogante, como los que andan mucho a pie, y gente brava, quepelea por su tierra tan bien como danza en el palo. Ellos suben y bajanpor las cuerdas, y se van enroscando hasta que la cuerda está a lamitad, y luego se dejan caer. Echan la cuerda a volar, lo mismo que uncolumpio, y se sujetan de una mano, de los dientes, de un pie, de larodilla.

Rebotan contra el palo, como si fueran pelotas. Se gritan unosa otros y se abrazan.

Los indios de México tenían, cuando vinieron los españoles, esa mismadanza del palo. Tenían juegos muy lindos los indios de México. Eranhombres muy finos y trabajadores, y no conocían la pólvora y las balascomo los soldados del español Cortés, pero su ciudad era como de plata,y la plata misma la labraban como un encaje, con tanta delicadeza comoen la mejor joyería. En sus juegos eran tan ligeros y originales como ensus trabajos. Esa danza del palo fue entre los indios una diversión demucha agilidad y atrevimiento; porque se echaban desde lo alto del palo,que tenía unas veinte varas, y venían por el aire dando volteos yhaciendo pruebas de gimnasio sin sujetarse más que con la soga, queellos tejían muy fina y fuerte, y llamaban metate. Dicen que estremecíaver aquel atrevimiento; y un libro viejo cuenta que era «horrible yespantoso, que llena de congojas y asusta el mirarlo».

Los ingleses creen que el juego del palo es cosa suya, y que ellos nomás saben lucir su habilidad en las ferias con el garrote que empuñanpor una punta y por el medio; o con la porra, que juegan muy bien. Losisleños de las Canarias, que son gente de mucha fuerza, creen que elpalo no es invención del inglés, sino de las islas; y sí que es cosa deverse un isleño jugando al palo, y haciendo el molinete. Lo mismo que elluchar, que en las Canarias les enseñan a los niños en las escuelas. Yla danza del palo encintado; que es un baile muy difícil en que cadahombre tiene una cinta de un color, y la va trenzando y destrenzandoalrededor del palo, haciendo lazos y figuras graciosas, sin equivocarsenunca. Pero los indios de México jugaban al palo tan bien como el inglésmás rubio, o el canario de más espaldas; y no era sólo el defenderse conél lo que sabían, sino jugar con el palo a equilibrios, como los quehacen ahora los japoneses y los moros kabilas. Y ya van cinco pueblosque han hecho lo mismo que los indios: los de Nueva Zelandia, losingleses, los canarios, los japoneses y los moros. Sin contar la pelota,que todas los pueblos la juegan, y entre los indios era una pasión, comoque creyeron que el buen jugador era hombre venido del ciclo, y que losdioses mexicanos, que eran diferentes de los dioses griegos, bajaban adecirle cómo debía tirar la pelota y recogerla. Lo de la pelota, que esmuy curioso, será para otro día.

Ahora contamos lo del palo, y lo de los equilibrios que los indioshacían con él, que eran de grandísima dificultad. Los indios seacostaban en la tierra, como los japoneses de los circos cuando van ajugar a las bolas o al barril; y en el palo, atravesado sobre lasplantas de los pies, sostenían hasta cuatro hombres, que es más que lode los moros, porque a los moros los sostiene el más fuerte de ellossobre los hombros, pero no sobre la planta de los pies. Tzaá le decíana este juego: dos indios se subían primero en las puntas del palo, dosmás se encaramaban sobre estos dos, y los cuatro hacían sin caersemuchas suertes y vueltas. Y los indios tenían su ajedrez, y susjugadores de manos, que se comían la lana encendida y la echaban por lanariz: pero eso, como la pelota, será para otro día. Porque con loscuentos se ha de hacer lo que decía Chichá, la niña bonita de Guatemala:

—¿Chichá, por qué te comes esa aceituna tan despacio?

—Porque me gusta mucho.

Bebé y el señor don Pomposo

Bebé es un niño magnífico, de cinco años. Tiene el pelo muy rubio, quele cae en rizos por la espalda, como en la lámina de los Hijos del ReyEduardo, que el pícaro Gloucester hizo matar en la Torre de Londres,para hacerse él rey. A Bebé lo visten como al duquecito Fauntleroy, elque no tenía vergüenza de que lo vieran conversando en la calle con losniños pobres. Le ponen pantaloncitos cortos ceñidos a la rodilla, yblusa con cuello de marinero, de dril blanco como los pantalones, ymedias de seda colorada, y zapatos bajos. Como lo quieren a él mucho, élquiere mucho a los demás. No es un santo, ¡oh, no!: le tuerce los ojos asu criada francesa cuando no le quiere dar más dulces, y se sentó unavez en visita con las pierna cruzadas, y rompió un día un jarrón muyhermoso, corriendo detrás de un gato. Pero en cuanto ve un niño descalzole quiere dar todo lo que tiene: a su caballo le lleva azúcar todas lasmañanas, y lo llama «caballito de mi alma»; con los criados viejos seestá horas y horas, oyéndoles los cuentos de su tierra de África, decuando ellos eran príncipes y reyes. Y tenían muchas vacas y muchoselefantes: y cada vez que ve Bebé a su mamá, le echa el bracito por lacintura, o se le sienta al lado en la banqueta, a que le cuente cómocrecen las flores, y de dónde le viene la luz al sol y, de qué estáhecha la aguja con que cose, y si es verdad que la seda de su vestido lahacen unos gusanos, y si los gusanos van fabricando la tierra, como dijoayer en la sala aquel señor de espejuelos. Y la madre te dice que sí,que hay unos gusanos que se fabrican unas casitas de seda, largas yredondas, que se llaman capullos; y que es hora de irse a dormir, comolos gusanitos, que se meten en el capullo, hasta que salen hechosmariposas.

Y entonces sí que está lindo Bebé, a la hora de acostarse con susmediecitas caídas, y su color de rosa, como los niños que se bañanmucho, y su camisola de dormir: lo mismo que los angelitos de laspinturas, un angelito sin alas. Abraza mucho a su madre, la abraza muyfuerte, con la cabecita baja, como si quisiera quedarse en su corazón. Yda brincos y vueltas de carnero, y salta en el colchón con los brazoslevantados, para ver si alcanza a la mariposa azul que está pintada enel techo. Y se pone a nadar como en el baño; o a hacer como que cepillala baranda de la cama, porque va a ser carpintero; o rueda por la camahecho un carretel, con los rizos rubios revueltos con las mediascoloradas. Pero esta noche Bebé está muy serio, y no da volteretas comotodas las noches, ni se le cuelga del cuello a su mamá para que no sevaya, ni le dice a Luisa, a la francesita, que le cuente el cuento delgran comelón que se murió solo y se comió un melón. Bebé cierra losojos; pero no está dormido.

Bebé está pensando.

La verdad es que Bebé tiene mucho en qué pensar, porque va de viaje aParís, como todos los años, para que los médicos buenos le digan a sumamá las medicinas que le van a quitar la tos, esa tos mala que a Bebéno le gusta oír: se le aguan los ojos a Bebé en cuanto oye toser a sumamá: y la abraza muy fuerte, muy fuerte, como si quisiera sujetarla.Esta vez Bebé no va solo a París, porque él no quiere hacer nada solo,como el hombre del melón, sino con un primito suyo que no tiene madre.Su primito Raúl va con él a París, a ver con él al hombre que llama alos pájaros, y la tienda del Louvre, donde les regalan globos a losniños, y el teatro Guiñol, donde hablan los muñecos, y el policía selleva preso al ladrón, y el hombre bueno le da un coscorrón al hombremalo. Raúl va con Bebé a París. Los dos juntos se van el sábado en elvapor grande, con tres chimeneas.

Allí en el cuarto está Raúl con Bebé,el pobre Raúl, que no tiene el pelo rubio, ni va vestido de duquecito,ni lleva medías de seda colorada.

Bebé y Raúl han hecho hoy muchas visitas: han ido con su mamá a ver alos ciegos, que leen con los dedos, en unos libros con las letras muyaltas: han ido a la calle de los periódicos, a ver como los niños pobresque no tienen casa donde dormir, compran diarios para venderlos después,y pagar su casa: han ido a un hotel elegante, con criados de casaca azuly pantalón amarillo, a ver a un señor muy flaco y muy estirado, el tíode mamá, el señor Don Pomposo. Bebé está pensando en la visita del señorDon Pomposo. Bebé está pensando.

Con los ojos cerrados, él piensa: él se acuerda de todo. ¡Qué largo, quélargo el tío de mamá, como los palos del telégrafo!

¡Qué leontina tangrande y tan suelta, como la cuerda de saltar!

¡Qué pedrote tan feo,como un pedazo de vidrio, el pedrote de la corbata! ¡Y a mamá no ladejaba mover, y le ponía un cojín detrás de la espalda, y le puso unabanqueta en los pies. Y le hablaba como dicen que les hablan a lasreinas! Bebé se acuerda de lo que dice el criado viejito, que la gentele habla así a mamá, porque mamá es muy rica, y que a mamá no le gustaeso, porque mamá es buena.

Y Bebé vuelve a pensar en lo sucedió en la visita. En cuanto entró en elcuarto el señor Don Pomposo le dio la mano, como se la dan los hombres alos papás; le puso el sombrerito en la cama, como si fuera una cosasanta, y le dio muchos besos, unos besos feos, que se le pegaban a lacara, como si fueran manchas. Y a Raúl, al pobre Raúl, ni lo saludó, nile quitó el sombrero, ni le dio un beso. Raúl estaba metido en unsillón, con el sombrero en la mano, y con los ojos muy grandes. Yentonces se levantó Don Pomposo del sofá colorado: «Mira, mira, Bebé, loque te tengo guardado: esto cuesta mucho dinero, Bebé: esto es para quequieras mucho a tu tío». Y se sacó del bolsillo un llavero como contreinta llaves, y abrió una gaveta que olía a lo que huele el tocador deLuisa, y le trajo a Bebé un sable dorado—

¡oh, que sable! ¡oh, qué gransable!—y le abrochó por la cintura el cinturón de charol—¡oh, quécinturón tan lujoso!—y le dijo:

«Anda, Bebé: mírate al espejo; ése esun sable muy rico: eso no es más que para Bebé, para el niño». Y Bebé,muy contento, volvió la cabeza adonde estaba Raúl, que lo miraba, mirabaal sable, con los ojos más grandes que nunca, y con la cara muy triste,como si se fuera a morir:—¡oh, que sable tan feo, tan feo!

¡oh, qué tíotan malo! En todo eso estaba pensando Bebé. Bebé estaba pensando.

El sable está allí, encima del tocador. Bebé levanta la cabeza poquito apoco, para que Luisa no lo oiga, y ve el puño brillante como si fuera desol, porque la luz de la lámpara da toda en el puño. Así eran los sablesde los generales el día de la procesión, lo mismo que el de él. Eltambién, cuando sea grande, va a ser general, con un vestido de drilblanco, y un sombrero con plumas, y muchos soldados detrás, y él en uncaballo morado, como el vestido que tenía el obispo. El no ha vistonunca caballos morados, pero se lo mandarán a hacer. Y a Raúl ¿quién lemanda hacer caballos? Nadie, nadie: Raúl no tiene mamá que le comprevestidos de duquecito: Raúl no tiene tíos largos que le compren sables.Bebé levanta la cabecita poco a poco: Raúl está dormido: Luisa se ha idoa su cuarto a ponerse olores. Bebé se escurre de la cama, va al tocadoren la punta de los pies, levanta el sable despacio, para que no hagaruido... Y ¿qué hace, qué hace Bebé? ¡va riéndose, va riéndose elpícaro! hasta que llega a la almohada de Raúl, y le pone el sable doradoen la almohada.

La última página

La Edad de Oro se despide hoy con pena de sus amigos. Se puso aescribir largo el hombre de La Edad de Oro, como quien escribe unacarta de cariño para persona a quien quiere mucho, y sucedió queescribió más de lo que cabía en las treinta y dos páginas. Treinta y dospáginas es de veras poco para conversar con los niños queridos, con losque han de ser mañana hábiles como Meñique, y valientes como Bolívar:poetas como Homero ya no podrán ser, porque estos tiempos no son comolos de antes, y los aedas de ahora no han de cantar guerras bárbaras depueblo con pueblo para ver cuál puede más, ni peleas de hombre conhombre para ver quién es más fuerte: lo que ha de hacer el poeta deahora es aconsejar a los hombres que se quieran bien, y pintar todo lohermoso del mundo de manera que se vea en los versos como si estuvierapintado con colores, y castigar con la poesía, como con un látigo, a losque quieran quitar a los hombres su libertad, o roben con leyes pícarasel dinero de los pueblos, o quieran que los hombres de su país lesobedezcan como ovejas y les laman la mano como perros. Los versos no sehan de hacer para decir que se está contento o se está triste, sino paraser útil al mundo, enseñándole que la naturaleza es hermosa, que la vidaes un deber, que la muerte no es fea, que nadie debe estar triste niacobardarse mientras haya libros en las librerías, y luz en el ciclo, yamigos, y madres. El que tenga penas, lea las Vidas Paralelas dePlutarco, que dan deseos de ser como aquellos hombres de antes, y mejor,porque ahora la tierra ha vivido más, y se puede ser hombre de más amory delicadeza.

Antes todo se hacía con los puños: ahora, la fuerza estáen el saber, más que en los puñetazos; aunque es bueno aprender adefenderse, porque siempre hay gente bestial en el mundo, y porque lafuerza da salud, y porque se ha de estar pronto a pelear, para cuando unpueblo ladrón quiera venir a robarnos nuestro pueblo. Para eso es buenoser fuerte de cuerpo; pero para lo demás de la vida, la fuerza está ensaber mucho, como dice Meñique. En los mismos tiempos de Homero, el queganó por fin el sitio, y entró en Troya, no fue Ajax el del escudo, niAquiles el de la lanza, ni Diomedes el del carro, sino Ulises, que erael hombre de ingenio, y ponía en paz a los envidiosos, y pensabapronto, lo que no les ocurría a los demás.

Con esta última página está sucediendo lo que con el primer número de La Edad de Oro; que no va a caber lo que el amigo de los niños lesquería decir, y es que en el número de agosto se publicará una Historia del Hombre, contada por sus casas, que no cupo esta vez,historia muy curiosa, donde se cuenta cómo ha vivido el hombre, desde suprimera habitación en la tierra, que fue una cueva en la montaña, hastalos palacios en que vive ahora. Ni cupo tampoco una explicación muyentretenida del modo de fabricar Un cubierto de mesa. Porque esnecesario que los niños no vean, no toquen, no piensen en nada que nosepan explicar. Para eso se publica La Edad de Oro. Y para todo lo quequieran preguntar, aquí está el amigo.

Estas últimas páginas serán como el cuarto de confianza de La Edad deOro, donde conversaremos como si estuviésemos en familia. Aquípublicaremos las cartas de nuestras amiguitas: aquí responderemos a laspreguntas de los niños: aquí tendremos la Bolsa de Sellos, donde elque tenga sellos que mandar, o los quiera comprar, o quiera hacercolección, o preguntar sobre sellos algo que le interese, no tiene másque escribir para lograr lo que desea. Y de cuando en cuando nos haráaquí una visita El Abuelo Andrés, que tiene una caja maravillosa conmuchas cosas raras, y nos va a enseñar todo lo que tiene en La Caja delas Maravillas.

La Edad de Oro.

La historia del hombre, contada por sus casas

Ahora la gente vive en casas grandes, con puertas y ventanas, y patiosenlosados, y portales de columnas: pero hace muchos miles de años loshombres no vivían así, ni había países de sesenta millones dehabitantes, como hay hoy. En aquellos tiempos no había libros quecontasen las cosas: las piedras, los huesos, las conchas, losinstrumentos de trabajar son los que enseñan cómo vivían los hombres deantes. Eso es lo que se llama «edad de piedra», cuando los hombresvivían casi desnudos, o vestidos de pieles, peleando con las fieras delbosque, escondidos en las cuevas de la montaña, sin saber que en elmundo había cobre ni hierro allá en los tiempos que llaman«paleolíticos»:—¡palabra larga esta de «paleolíticos»! Ni la piedrasabían entonces los hombres cortar: luego empezaron a darle figura, conunas hachas de pedernal afilado, y ésa fue la edad nueva de piedra, quellaman «neolítica»: neo, nueva, lítica, de piedra: paleo, porsupuesto, quiere decir viejo, antiguo.

Entonces los hombres vivían enlas cuevas de la montaña, donde las fieras no podían subir, o se abríanun agujero en la tierra, y le tapaban la entrada con una puerta de ramasde árbol; o hacían con ramas un techo donde la roca estaba como abiertaen dos; o clavaban en el suelo tres palos en pico, y los forraban conlas pieles de los animales que cazaban: grandes eran entonces losanimales, grandes como montes. En América no parece que vivían así loshombres de aquel tiempo, sino que andaban juntos en pueblos, y no enfamilias sueltas: todavía se ven las ruinas de los que llaman los«terrapleneros», porque fabricaban con tierra unos paredones en figurade círculo, o de triángulo, o de cuadrado, o de cuatro círculos unosdentro de otros: otros indios vivían en casas de piedra que eran comopueblos, y las llamaban las casas-pueblos, porque allí hubo hasta milfamilias a la vez, que no entraban a la casa por puertas, como nosotros,sino por el techo, como hacen ahora los indios zuñis: en otros lugareshay casas de cantos en los agujeros de las rocas, adonde subíanagarrándose de unas cortaduras abiertas a pico en la piedra, como unaescalera. En todas partes se fueron juntando las familias paradefenderse, y haciendo ciudades en las rocas, o en medio de los lagos,que es lo que llaman ciudades lacustres, porque están sobre el agua lascasas de troncos de árbol, puestas sobre pilares clavados en lo hondo, osujetos con piedras al pie, para que el peso tuviese a flote las casas:y a veces juntaban con vigas unas casas con otras, y les poníanalrededor una palizada para defenderse de los vecinos que venían apelear, o de los animales del monte: la cama era de yerba seca, lastazas eran de madera, las mesas y los asientos eran troncos de árboles.Otros ponían de punta en medio de un bosque tres piedras grandes, y unachata encima, como techo, con una cerca de piedras, pero estos dólmenesno eran para vivir, sino para enterrar sus muertos, o para ir a oír alos viejos y los sabios cuando cambiaba la estación, o había guerra, otenían que elegir rey: y para recordar cada cosa de éstas clavaban en elsuelo una piedra grande, como una columna, que llamaban «menhir» enEuropa, y que los indios mayas llamaban «katún»; porque los mayas deYucatán no sabían que del otro lado del mar viviera el pueblo galo, endonde está Francia ahora, pero hacían lo mismo que los galos, y que losgermanos, que vivían donde está ahora Alemania. Estudiando se aprendeeso: que el hombre es el mismo en todas partes, y aparece y crece de lamisma manera, y hace y piensa las mismas cosas, sin más diferencia quela de la tierra en que vive, porque el hombre que nace en tierra deárboles y de flores piensa más en la hermosura y el adorno, y tiene máscosas que decir, que el que nace en una tierra fría, donde ve el cielooscuro y su cueva en la roca. Y otra cosa se aprende, y es que dondenace el hombre salvaje, sin saber que hay ya pueblos en el mundo,empieza a vivir lo mismo que vivieron los hombres de hace miles de años.Junto a la ciudad de Zaragoza, en España, hay familias que viven enagujeros abiertos en la tierra del monte: en Dakota, en los EstadosUnidos, los que van a abrir el país viven en covachas, con techos deramas, como en la edad neolítica: en las orillas del Orinoco, en laAmérica del Sur, los indios viven en ciudades lacustres, lo mismo quelas que había hace cientos de siglos en los lagos de Suiza: el indionorteamericano le pone a rastras a su caballo los tres palos de su tipi,que es una tienda de pieles, como la que los hombres neolíticoslevantaban en los desiertos: el negro de África hace hoy su casa con lasparedes de tierra y el techo de ramas, lo mismo que el germano de antes,y deja alto el quicio como el germano lo dejaba, para que no entrasenlas serpientes. No es que hubo una edad de piedra, en que todos lospueblos vivían a la vez del mismo modo; y luego otra de bronce, cuandolos hombres empezaron a trabajar el metal, y luego otra edad de hierro.Hay pueblos que viven, como Francia ahora, en lo más hermoso de la edadde hierro, con su torre de Eiffel que se entra por las nubes: y otrospueblos que viven en la edad de piedra, como el indio que fabrica sucasa en las ramas de los árboles, y con su lanza de pedernal sale amatar los pájaros del bosque y a ensartar en el aire los peces voladoresdel río. Pero los pueblos de ahora crecen más de prisa, porque se juntancon los pueblos más viejos, y aprenden con ellos lo que no saben; nocomo antes, que tenían que ir poco a poco descubriéndolo todo ellosmismos. La edad de piedra fue al empezar a vivir, que los hombresandaban errantes huyendo de los animales, y vivían hoy acá y mañanaallá, y no sabían que eran buenos de comer los frutos de la tierra.Luego los hombres encontraron el cobre, que era más blando que elpedernal, y el estaño, que era más blando que el cobre, y vieron que conel fuego se le sacaba el metal a la roca, y que con el estaño y cobrejuntos se hacía un metal nuevo, muy bueno para hachas y lanzas ycuchillos, y para cortar la piedra. Cuando los pueblos empiezan a sabercómo se trabaja el metal, y a juntar el cobre con el estaño, entoncesestán en su edad de bronce. Hay pueblos que han llegado a la edad dehierro sin pasar por la de bronce, porque el hierro es el metal de sutierra, y con él empezaron a trabajar, sin saber que en el mundo habíacobre ni estaño.

Cuando los hombres de Europa vivían en la edad debronce, ya hicieron casas mejores, aunque no tan labradas y perfectascomo las de los peruanos y mexicanos de América, en quienes estuvieronsiempre juntas las dos edades, porque siguieron trabajando con pedernalcuando ya tenían sus minas de oro, y sus templos con soles de oro comoel cielo, y sus huacas, que eran los cementerios del Perú, donde poníana los muertos con las prendas y jarros que usaban en vida. La casa delindio peruano era de mampostería, y de dos pisos, con las ventanas muyen alto, y las puertas más anchas por debajo que por la cornisa, quesolía ser de piedra tallada, de trabajo fino. El mexicano no hacía sucasa tan fuerte, sino más ornada, como en país donde hay muchos árbolesy pájaros. En el techo había como escalones, donde ponían las figuras desus santos, como ahora ponen mucho en los altares figuras de niños, ypiernas y brazos de plata: adornaban las paredes con piedras labradas, ycon fajas como de cuentas o de hilos trenzados, imitando las grecas yfimbrias que les bordaban sus mujeres en las túnicas: en las salas deadentro labraban las cabezas de las vigas, figurando sus dioses, susanimales o sus héroes, y por fuera ponían en las esquinas unas canalesde curva graciosa, como imitando plumas. De lejos brillaban las casascon el sol, como si fueran de plata.

En los pueblos de Europa es donde se ven más claras las tres edades, ymejor mientras más al Norte, porque allí los hombres vivieron solos,cada uno en su pueblo, por siglos de siglos, y como empezaron a vivirpor el mismo tiempo, se nota que aunque no se conocían unos a otros,iban adelantando del mismo modo. La tierra va echando capas conforme vanpasando siglos: la tierra es como un pastel de hojaldres, que tienemuchas capas una sobre otra, capas de piedra dura, y a veces viene deadentro, de lo hondo del mundo, una masa de roca que rompe las capasacostadas, y sale al aire libre, y se queda por encima de la tierra,como un gigante regañón, o como una fiera enojada, echando por el cráterhumo y fuego: así se hacen los montes y los volcanes. Por esas capas dela tierra es por donde se sabe cómo ha vivido el hombre, porque en cadauna hay enterrados huesos de él, y restos de los animales y árboles deaquella edad, y vasos y hachas; y comparando las capas de un lugar conlas de otro se ve que los hombres viven en todas partes casi del mismomodo en cada edad de la tierra: sólo que la tierra tarda mucho en pasarde una edad a otra, y en echarse una capa nueva, y así sucede lo de losromanos y los bretones de Inglaterra en tiempo de Julio César, quecuando los romanos tenían palacios de mármol con estatuas de oro, yusaban trajes de lana muy fina, la gente de Bretaña vivía en cuevas, yse vestía con las pieles salvajes, y peleaba con mazas hechas de lostroncos duros.

En esos pueblos viejos sí se puede ver cómo fue adelantando el hombre,porque después de las capas de la edad de piedra, donde todo lo que seencuentra es de pedernal, vienen las otras capas de la edad de bronce,con muchas cosas hechas de la mezcla del cobre y estaño, y luego vienenlas capas de arriba, las de los últimos tiempos, que llaman la edad dehierro, cuando el hombre aprendió que el hierro se ablandaba al fuegofuerte, y que con el hierro blando podía hacer martillos para romper laroca, y lanzas para pelear, y picos y cuchillas para trabajar la tierra:entonces es cuando ya se ven casas de piedra y de madera, con patios ycuartos, imitando siempre los casucos de rocas puestas unas sobre otrassin mezcla ninguna, o las tiendas de pieles de sus desiertos y llanos:lo que sí se ve es que desde que vino al mundo le gustó al hombre copiaren dibujo las cosas que veía, porque hasta las cavernas más oscurasdonde habitaron las familias salvajes están llenas de figuras talladas opintadas en la roca, y por los montes y las orillas de los ríos se venmanos, y signos raros, y pinturas de animales, que ya estaban allí desdehacía muchos siglos cuando vinieron a vivir en el país los pueblos deahora. Y se ve también que todos los pueblos han cuidado mucho deenterrar a los muertos con gran respeto y han fabricado monumentosaltos, como para estar más cerca del cielo, como nosotros hacemos ahoracon las torres. Los terrapleneros hacían montañas de tierra, dondesepultaban los cadáveres: los mexicanos ponían sus templos en la cumbrede unas pirámides muy altas: los peruanos tenían su «chulpa» de piedraque era una torre ancha por arriba, como un puño de bastón: en la islade Cerdeña hay unos torreones que llaman

«nuragh», que nadie sabe de quépueblo eran; y los egipcios levantaron con piedras enormes suspirámides, y con el pórfido más duro hicieron sus obeliscos famosos,donde escribían su historia con los signos que llaman «jeroglíficos».

Ya los tiempos de los egipcios empiezan a llamarse «tiempos históricos»porque se puede escribir su historia con lo que se sabe de ellos: esosotros pueblos de las primeras edades se llaman pueblos «prehistóricos»,de antes de la historia, o pueblos primitivos. Pero la verdad es que enesos mismos pueblos históricos hay todavía mucho prehistórico, porque setiene que ir adivinando para ver dónde y cómo vivieron. ¿Quién sabecuándo fabricaron los quechuas sus acueductos y sus caminos y suscalzadas en el Perú; ni cuándo los chibchas de Colombia empezaron ahacer sus dijes y sus jarros de oro; ni qué pueblo vivió en Yucatánantes que los mayas que encontraron allí los españoles; ni de dónde vinola raza desconocida que levantó los terraplenes y las casas-pueblos enla América del Norte? Casi lo mismo sucede con los pueblos de Europa;aunque allí se ve que los hombres aparecieron a la vez, como nacidos dela tierra, en muchos lugares diferentes; pero que donde había menos fríoy era mas alto el país fue donde vivió primero el hombre: y como queallí empezó a vivir, allí fue donde llegó más pronto a saber, y adescubrir los metales, y a fabricar, y de allí, con las guerras, y lasinundaciones, y el deseo de ver el mundo, fueron bajando los hombres porla tierra y el mar. En lo más elevado y fértil del continente es dondese civilizó el hombre trasatlántico primero.

En nuestra América sucedelo mismo: en las altiplanicies de México y del Perú, en los valles altosy de buena tierra, fue donde tuvo sus mejores pueblos el indioamericano. En el continente trasatlántico parece que Egipto fue elpueblo más viejo, y de allí fueron entrando los hombres por lo que sellama ahora Persia y Asia Menor, y vinieron a Grecia, buscando lalibertad y la novedad, y en Grecia levantaron los edificios másperfectos del mundo, y escribieron los libros más bien compuestos yhermosos. Había pueblos nacidos en todos estos países, pero los quevenían de los pueblos viejos sabían más, y los derrotaban en la guerra,o les enseñaban lo que sabían, y se juntaban con ellos. Del norte deEuropa venían otros hombres más fuertes, hechos a pelear con las fierasy a vivir en el frío: y de lo que se llama ahora Indostán salió huyendo,después de una gran guerra, la gente de la montaña, y se juntó con loseuropeos de las tierras frías, que bajaron luego del Norte a pelear conlos romanos, porque los romanos habían ido a quitarles su libertad, yporque era gente pobre y feroz, que le tenía envidia a Roma, porque erasabia y rica, y como hija de Grecia. Así han ido viajando los pueblos enel mundo, como las corrientes van por la mar, y por el aire los vientos.