La Edad de Oro: Publicación Mensual de Recreo e Instrucción Dedicada a los Niños de América. by José Martí - HTML preview

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La

Edad

de

Oro:publicación mensual de recreo e

instrucción dedicada a los niños de América.

por

José Martí

1889

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A los niños que lean «La Edad de Oro».

Tres héroes

Dos milagros

Meñique

Cada uno a su oficio

La Ilíada, de Homero

Un juego nuevo y otros viejos

Bebé y el señor don Pomposo

La última página

La historia del hombre, contada por sus

casas

Los dos príncipes.

Nené traviesa.

La perla de la mora

Las ruinas indias.

Músicos, poetas y pintores.

La última página

La exposición de París.

El camarón encantado

El Padre las Casas.

Los zapaticos de rosa

La última página

Un paseo por la tierra de los anamitas

Historia de la cuchara y el tenedor

La muñeca negra

Cuentos de elefantes

Los dos ruiseñores

La galería de las máquinas

La última página

A los niños que lean «La Edad de Oro».

Para los niños es este periódico, y para las niñas, por supuesto.

Sinlas niñas no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin luz. Elniño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de serhermoso: el niño puede hacerse hermoso aunque sea feo; un niño bueno,inteligente y aseado es siempre hermoso. Pero nunca es un niño más belloque cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para suamiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se laofenda: el niño crece entonces, y parece un gigante: el niño nace paracaballero, y la niña nace para madre. Este periódico se publica paraconversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros demañana, y con las madres de mañana; para contarles a las niñas cuentoslindos con que entretener a sus visitas y jugar con sus muñecas; y paradecirles a los niños lo que deben saber para ser de veras hombres. Todolo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien,con palabras claras y con láminas finas. Les vamos a decir cómo estáhecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombreshasta ahora.

Para eso se publica La Edad de Oro: para que los niños americanossepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las demástierras; y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y lasmáquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica; para quecuando el niño vea una piedra de color sepa por qué tiene colores lapiedra, y qué quiere decir cada color; para que el niño conozca loslibros famosos donde se cuentan las batallas y las religiones de lospueblos antiguos. Les hablaremos de todo lo que se hace en los talleres,donde suceden cosas más raras e interesantes que en los cuentos demagia, y son magia de verdad, más linda que la otra: y les diremos loque se sabe del cielo, y de lo hondo del mar y de la tierra: y lescontaremos cuentos de risa y novelas de niños, para cuando hayanestudiado mucho, o jugado mucho, y quieran descansar. Para los niñostrabajamos, porque los niños son los que saben querer, porque los niñosson la esperanza del mundo.

Y queremos que nos quieran, y nos vean comocosa de su corazón.

Cuando un niño quiera saber algo que no esté en La Edad de Oro,escríbanos como si nos hubiera conocido siempre, que nosotros lecontestaremos. No importa que la carta venga con faltas de ortografía.Lo que importa es que el niño quiera saber.

Y si la carta está bienescrita, la publicaremos en nuestro correo con la firma al pie, para quese sepa que es niño que vale. Los niños saben más de lo que parece, y siles dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas queescribirían. Por eso La Edad de Oro va a tener cada seis meses unacompetencia, y el niño que le mande el trabajo mejor, que se conozca deveras que es suyo, recibirá un buen premio de libros, y diez ejemplaresdel número de La Edad de Oro en que se publique su composición, queserá sobre cosas de su edad, para que puedan escribirla bien, porquepara escribir bien de una cosa hay que saber de ella mucho. Así queremosque los niños de América sean: hombres que digan lo que piensan, y lodigan bien: hombres elocuentes y sinceros.

Las niñas deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar conellos como amigos cuando vayan creciendo; como que es una pena que elhombre tenga que salir de su casa a buscar con quien hablar, porque lasmujeres de la casa no sepan contarle más que de diversiones y de modas.Pero hay cosas muy delicadas y tiernas que las niñas entienden mejor, ypara ellas las escribiremos de modo que les gusten; porque La Edad deOro tiene su mago en la casa, que le cuenta que en las almas de lasniñas sucede algo parecido a lo que ven los colibríes cuando andancurioseando por entre las flores. Les diremos cosas así, como para quelas leyesen los colibríes, si supiesen leer. Y les diremos cómo se haceuna hebra de hilo, cómo nace una violeta, cómo se fabrica una aguja,cómo tejen las viejecitas de Italia los encajes. Las niñas tambiénpueden escribirnos sus cartas, y preguntarnos

cuanto

quieran

saber,

ymandarnos

sus

composiciones para la competencia de cada seis meses.

¡Deseguro que van a ganar las niñas!

Lo que queremos es que los niños sean felices, como los hermanitos denuestro grabado; y que si alguna vez nos encuentra un niño de Américapor el mundo nos apriete mucho la mano, como a un amigo viejo, y digadonde todo el mundo lo oiga: «¡Este hombre de La Edad de Oro fue miamigo!»

Tres héroes

Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sinsacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía,sino cómo se iba adonde estaba la estatua de Bolívar.

Y cuentan que elviajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, llorabafrente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando sele acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque todos los americanosdeben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a todos los quepelearon como él porque la América fuese del hombre americano. A todos:al héroe famoso, y al último soldado, que es un héroe desconocido.

Hastahermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a supatria.

Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar ya hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar,ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir loque piensa, no es un hombre honrado. Un hombre que obedece a un malgobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombrehonrado. Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, ypermite que pisen el país en que nació los hombres que se lo maltratan,no es un hombre honrado. El niño, desde que puede pensar, debe pensar entodo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir conhonradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, ydebe ser un hombre honrado.

El niño que no piensa en lo que sucede a sualrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, escomo un hombre que vive del trabajo de un bribón, y está en camino deser bribón. Hay hombres que son peores que las bestias, porque lasbestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el elefante no quieretener hijos cuando vive preso: la llama del Perú se echa en la tierra yse muere, cuando el indio le habla con rudeza o le pone más carga de laque puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso comoel elefante y como la llama. En América se vivía antes de la libertadcomo la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse lacarga, o morir.

Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro.

Hay otros quepadecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a sualrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha dehaber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, haysiempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son losque se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a lospueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro.

En esoshombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidadhumana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados:Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, deMéxico. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieronfue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que elsol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tienemanchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas.

Losagradecidos hablan de la luz.

Bolívar era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y laspalabras se le salían de los labios. Parecía como si estuviera esperandosiempre la hora de montar a caballo. Era su país, su país oprimido, quele pesaba en el corazón, y, no le dejaba vivir en paz. La América enteraestaba como despertando. Un hombre solo no vale nunca más que un puebloentero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa, yque se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen queconsultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos tienen muchoshombres, y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el mérito deBolívar, que no se cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuandoparecía que Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los españoles: lohabían echado del país. El se fue a una isla, a ver su tierra de cerca,a pensar en su tierra.

Un negro generoso lo ayudó cuando ya no lo quería ayudar nadie. Volvióun día a pelear, con trescientos héroes, con los trescientoslibertadores. Libertó a Venezuela. Libertó a la Nueva Granada. Libertóal Ecuador. Libertó al Perú. Fundó una nación nueva, la nación deBolivia. Ganó batallas sublimes con soldados descalzos y medio desnudos.Todo se estremecía y se llenaba de luz a su alrededor. Los generalespeleaban a su lado con valor sobrenatural. Era un ejército de jóvenes.Jamás se peleó tanto, ni se peleó mejor, en el mundo por la libertad.Bolívar no defendió con tanto fuego el derecho de los hombres agobernarse por sí mismos, como el derecho de América a ser libre. Losenvidiosos exageraron sus defectos. Bolívar murió de pesar del corazón,más que de mal del cuerpo, en la casa de un español en Santa Marta.Murió pobre, y dejó una familia de pueblos.

México tenía mujeres y hombres valerosos que no eran muchos, pero valíanpor muchos: media docena de hombres y una mujer preparaban el modo dehacer libre a su país. Eran unos cuantos jóvenes valientes, el esposo deuna mujer liberal, y un cura de pueblo que quería mucho a los indios, uncura de sesenta años. Desde niño fue el cura Hidalgo de la raza buena,de los que quieren saber. Los que no quieren saber son de la raza mala.Hidalgo sabía francés, que entonces era cosa de mérito, porque lo sabíanpocos. Leyó los libros de los filósofos del siglo dieciocho, queexplicaron el derecho del hombre a ser honrado, y a pensar y a hablarsin hipocresía. Vio a los negros esclavos, y se llenó de horror. Viomaltratar a los indios, que son tan mansos y generosos, y se sentó entreellos como un hermano viejo, a enseñarles las artes finas que el indioaprende bien: la música, que consuela; la cría del gusano, que da laseda; la cría de la abeja, que da miel. Tenía fuego en sí, y le gustabafabricar: creó hornos para cocer los ladrillos. Le veían lucir mucho decuando en cuando los ojos verdes. Todos decían que hablaba muy bien, quesabía mucho nuevo, que daba muchas limosnas el señor cura del pueblo deDolores. Decían que iba a la ciudad de Querétaro una que otra vez, ahablar con unos cuantos valientes y con el marido de una buena señora.Un traidor le dijo a un comandante español que los amigos de Querétarotrataban de hacer a México libre. El cura montó a caballo, con todo supueblo, que lo quería como a su corazón; se le fueron juntando loscaporales y los sirvientes de las haciendas, que eran la caballería; losindios iban a pie, con palos y flechas, o con hondas y lanzas. Se leunió un regimiento y tomó un convoy de pólvora que iba para losespañoles. Entró triunfante en Celaya, con músicas y vivas.

Al otro díajuntó el Ayuntamiento, lo hicieron general, y empezó un pueblo a nacer.El fabricó lanzas y granadas de mano. El dijo discursos que dan calor yechan chispas, como decía un caporal de las haciendas. El declaró libresa los negros. El les devolvió sus tierras a los indios. El publicó unperiódico que llamó El Despertador Americano. Ganó y perdió batallas.Un día se le juntaban siete mil indios con flechas, y al otro día lodejaban solo. La mala gente quería ir con él para robar en los pueblos ypara vengarse de los españoles. El les avisaba a los jefes españoles quesi los vencía en la batalla que iba a darles los recibiría en su casacomo amigos. ¡Eso es ser grande! Se atrevió a ser magnánimo, sin miedo aque lo abandonase la soldadesca, que quería que fuese cruel. Sucompañero Allende tuvo celos de él, y él le cedió el mando a Allende.Iban juntos buscando amparo en su derrota cuando los españoles lescayeron encima.

A Hidalgo le quitaron uno a uno, como para ofenderlo,los vestidos de sacerdote. Lo sacaron detrás de una tapia, y ledispararon los tiros de muerte a la cabeza. Cayó vivo, revuelto en lasangre, y en el suelo lo acabaron de matar. Le cortaron la cabeza y lacolgaron en una jaula, en la Alhóndiga misma de Granaditas, donde tuvosu gobierno. Enterraron los cadáveres descabezados. Pero México eslibre.

San Martín fue el libertador del Sur, el padre de la RepúblicaArgentina, el padre de Chile. Sus padres eran españoles, y a él lomandaron a España para que fuese militar del rey. Cuando Napoleón entróen España con su ejército, para quitarles a los españoles la libertad,los españoles todos pelearon contra Napoleón: pelearon los viejos, lasmujeres, los niños; un niño valiente, un catalancito, hizo huir unanoche a una compañía, disparándole tiros y más tiros desde un rincón delmonte: al niño lo encontraron muerto, muerto de hambre y de frío; perotenía en la cara como una luz, y sonreía, como si estuviese contento.San Martín peleó muy bien en la batalla de Bailén, y lo hicieronteniente coronel. Hablaba poco: parecía de acero: miraba como un águila:nadie lo desobedecía su caballo iba y venía por el campo de pelea, comoel rayo por el aire. En cuanto supo que América peleaba para hacerselibre, vino a América: ¿qué le importaba perder su carrera, si iba acumplir con su deber?: llegó a Buenos Aires: no dijo discursos: levantóun escuadrón de caballería: en San Lorenzo fue su primera batalla: sableen mano se fue San Martín detrás de los españoles, que venían muyseguros, tocando el tambor, y se quedaron sin tambor, sin cañones y sinbandera. En los otros pueblos de América los españoles iban venciendo: aBolívar lo había echado Morillo el cruel de Venezuela: Hidalgo estabamuerto: O'Higgins salió huyendo de Chile: pero donde estaba San Martínsiguió siendo libre la América. Hay hombres así, que no pueden veresclavitud. San Martín no podía; y se fue a libertar a Chile y al Perú.En dieciocho días cruzó con su ejército los Andes altísimos y fríos:iban los hombres como por el cielo, hambrientos, sedientos: abajo, muyabajo, los árboles parecían yerba, los torrentes rugían como leones. SanMartín se encuentra al ejército español y lo deshace en la batalla deMaipú, lo derrota para siempre en la batalla de Chacabuco. Liberta aChile. Se embarca con su tropa, y va a libertar al Perú. Pero en el Perúestaba Bolívar, y San Martín le cede la gloria. Se fue a Europa triste,y murió en brazos de su hija Mercedes. Escribió su testamento en unacuartilla de papel, como si fuera el parte de una batalla. Le habíanregalado el estandarte que el conquistador Pizarro trajo hace cuatrosiglos, y él le regaló el estandarte en el testamento al Perú. Unescultor es admirable, porque saca una figura de la piedra bruta: peroesos hombres que hacen pueblos son como más que hombres. Quisieronalgunas veces lo que no debían querer; pero ¿qué no le perdonará un hijoa su padre? El corazón

se

llena

de

ternura

al

pensar

en

esos

gigantescosfundadores. Esos son héroes; los que pelean para hacer a los puebloslibres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una granverdad. Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otrospueblos, por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, noson héroes, sino criminales.

Dos milagros

Iba un niño travieso

Cazando mariposas;

Las cazaba el bribón, les daba un beso,

Y después las soltaba entre las rosas.

Por tierra, en un estero,

Estaba un sicomoro;

Le da un rayo de sol, y del madero

Muerto, sale volando un ave de oro.

Meñique

(Del francés, de Laboulaye)

Cuento de magia, donde se relata la historia del sabichoso Meñique, yse ve que el saber vale más que la fuerza.

—I—

En un país muy extraño vivió hace mucho tiempo un campesino que teníatres hijos: Pedro, Pablo y Juancito. Pedro era gordo y grande, de caracolorada, y de pocas entendederas; Pablo era canijo y paliducho, llenode envidias y de celos; Juancito era lindo como una mujer, y más ligeroque un resorte, pero tan chiquitín que se podía esconder en una bota desu padre.

Nadie le decía Juan, sino Meñique.

El campesino era tan pobre que había fiesta en la casa cuando traíaalguno un centavo. El pan costaba mucho, aunque era pan negro; y notenían cómo ganarse la vida. En cuanto los tres hijos fueron bastantecrecidos, el padre les rogó por su bien que salieran de su chozainfeliz, a buscar fortuna por el mundo. Les dolió el corazón de dejarsolo a su padre viejo, y decir adiós para siempre a los árboles quehabían sembrado, a la casita en que habían nacido, al arroyo dondebebían el agua en la palma de la mano. Como a una legua de allí tenía elrey del país un palacio magnífico, todo de madera, con veinte balconesde roble tallado, y seis ventanitas. Y sucedió que de repente, en unanoche de mucho calor, salió de la tierra, delante de las seis ventanas,un roble enorme con ramas tan gruesas y tanto follaje que dejó a oscurasel palacio del rey. Era un árbol encantado, y no había hacha que pudieraecharlo a tierra, porque se le mellaba el filo en lo duro del tronco, ypor cada rama que le cortaban salían dos. El rey ofreció dar tres sacosllenos de pesos a quien le quitara de encima al palacio aquel arbolón;pero allí se estaba el roble, echando ramas y raíces, y el rey tuvo queconformarse con encender luces de día.

Y eso no era todo. Por aquel país, hasta de las piedras del caminosalían los manantiales; pero en el palacio no había agua.

La gente delpalacio se lavaba las manos con cerveza y se afeitaba con miel. El reyhabía prometido hacer marqués y dar muchas tierras y dinero al que haabriese en el patio del castillo un pozo donde se pudiera guardar aguapara todo el año. Pero nadie se llevó el premio, porque el palacioestaba en una roca, y en cuanto se escarbaba la tierra de arriba, salíadebajo la capa de granito. Como una pulgada nada más había de tierrafloja.

Los reyes son caprichosos, y este reyecito quería salirse con su gusto.Mandó pregoneros que fueran clavando por todos los pueblos y caminos desu reino el cartel sellado con las armas reales, donde ofrecía casar asu hija con el que cortara el árbol y abriese el pozo, y darle además lamitad de sus tierras. Las tierras eran de lo mejor para sembrar, y laprincesa tenía fama de inteligente y hermosa; así es que empezó a venirde todas partes un ejército de hombres forzudos, con el hacha al hombroy el pico al brazo. Pero todas las hachas se mellaban contra el roble, ytodos los picos se rompían contra la roca.

—II—

Los tres hijos del campesino oyeron el pregón, y tomaron el camino delpalacio, sin creer que iban a casarse con la princesa, sino queencontrarían entre tanta gente algún trabajo. Los tres iban anda queanda, Pedro siempre contento, Pablo hablándose solo, y Meñique saltandode acá para allá, metiéndose por todas las veredas y escondrijos,viéndolo todo con sus ojos brillantes de ardilla. A cada paso tenía algonuevo que preguntar a sus hermanos: que por qué las abejas metían lacabecita en las flores, que por qué las golondrinas volaban tan cercadel agua, que por qué no volaban derecho las mariposas. Pedro se echabaa reír, y Pablo se encogía de hombros y lo mandaba callar.

Caminando, caminando, llegaron a un pinar muy espeso que cubría todo unmonte, y oyeron un ruido grande, como de un hacha, y de árboles quecaían allá en lo más alto.

—Yo quisiera saber por qué andan allá arriba cortando leña—

dijoMeñique.

—Todo lo quiere saber el que no sabe nada—dijo Pablo, medio gruñendo.

—Parece que este muñeco no ha oído nunca cortar leña—dijo Pedro,torciéndole el cachete a Meñique de un buen pellizco.

—Yo voy a ver lo que hacen allá arriba—dijo Meñique.

—Anda, ridículo, que ya bajarás bien cansado, por no creer lo que tedicen tus hermanos mayores.

Y de ramas en piedras, gateando y saltando, subió Meñique por dondevenía el sonido. Y ¿qué encontró Meñique en lo alto del monte? Pues unhacha encantada, que cortaba sola, y estaba echando abajo un pino muyrecio.

—Buenos días, señora hacha—dijo Meñique;—¿no está cansada de cortartan solita ese árbol tan viejo?

—Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti—

respondió elhacha.

—Pues aquí me tiene—dijo Meñique.

Y sin ponerse a temblar, ni preguntar más, metió el hacha en su gransaco de cuero, y bajó el monte, brincando y cantando.

—¿Qué vio allá arriba el que todo lo quiere saber?—preguntó Pablo,sacando el labio de abajo, y mirando a Meñique como una torre a unalfiler.

—Pues el hacha que oíamos—le contestó Meñique.

—Ya ve el chiquitín la tontería de meterse por nada en esos sudores—ledijo Pedro el gordo.

A poco andar ya era de piedra todo el camino, y se oyó un ruido quevenía de lejos, como de un hierro que golpease en una roca.

—Yo quisiera saber quién anda allá lejos picando piedras—

dijo Meñique.

—Aquí está un pichón que acaba de salir del huevo, y no ha oído nuncaal pájaro carpintero picoteando en un tronco—dijo Pablo.

—Quédate con nosotros, hijo, que eso no es más que el pájaro carpinteroque picotea en un tronco—dijo Pedro.

—Yo voy a ver lo que pasa allá lejos.

Y aquí de rodillas, y allá medio a rastras, subió la roca Meñique,oyendo como se reían a carcajadas Pedro y Pablo. ¿Y

qué encontró Meñiqueallá en la roca? Pues un pico encantado, que picaba solo, y estabaabriendo la roca como si fuese mantequilla.

—Buenos días, señor pico—dijo Meñique:—¿no está cansado de picar tansolito en esa roca vieja?

—Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti—

respondió elpico.

—Pues aquí me tiene—dijo Meñique.

Y sin pizca de miedo le echó mano al pico, lo sacó del mango, los metióaparte en su gran saco de cuero, y bajó por aquellas piedras, retozandoy cantando.

—¿Y qué milagro vio por allá su señoría?—preguntó Pablo, con losbigotes de punta.

—Era un pico lo que oímos—respondió Meñique, y siguió andando sindecir más palabra.

Más adelante encontraron un arroyo, y se detuvieron a beber, porque eramucho el calor.

—Yo quisiera saber—dijo Meñique—de dónde sale tanta agua en un valletan llano como éste.

—¡Grandísimo pretencioso—dijo Pablo;—que en todo quiere meter lanariz! ¿No sabes que los manantiales salen de la tierra?

—Yo voy a ver de dónde sale esta agua.

Y los hermanos se quedaron diciendo picardías; pero Meñique echó a andarpor la orilla del arroyo, que se iba estrechando, estrechando, hasta queno era más que un hilo. Y ¿qué encontró Meñique cuando llegó al fin?Pues una cáscara de nuez encantada, de donde salía a borbotones el aguaclara chispeando al sol.

—Buenos días, señor arroyo—dijo Meñique;—¿no está cansado de vivirtan solito en su rincón, manando agua?

—Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti—

respondió elarroyo.

—Pues aquí me tiene—dijo Meñique.

Y sin el menor susto tomó la cáscara de nuez, la envolvió bien en musgofresco para que no se saliera el agua, la puso en su gran saco de cuero,y se volvió por donde vino, saltando y cantando.

—¿Ya sabes de dónde viene el agua?—le gritó Pedro.

—Sí, hermano; viene de un agujerito.

—¡Oh, a este amigo se lo come el talento! ¡Por eso no crece!—dijoPablo, el paliducho.

—Yo he visto lo que quería ver, y sé lo que quería saber—se dijoMeñique a sí mismo. Y siguió su camino, frotándose las manos.

—III—

Por fin llegaron al palacio del rey. El roble crecía más que nunca, elpozo no lo habían podido abrir, y en la puerta estaba el cartel selladocon las armas reales, donde prometía el rey casar a su hija y dar lamitad de su reino a quienquiera que cortase el roble y abriese el pozo,fuera señor de la corte, o vasallo acomodado, o pobre campesino. Pero elrey, cansado de tanta prueba inútil, había hecho clavar debajo delcartelón otro cartel más pequeño, que decía con letras coloradas:

«Sepan los hombres por este cartel, que el rey y señor, como buen reyque es, se ha dignado mandar que le corten las orejas debajo del mismoroble al que venga a cortar el árbol o abrir el pozo, y no corte, niabra; para enseñarle a conocerse a sí mismo y a ser modesto, que es laprimera lección de la sabiduría.»

Y alrededor de este cartel había clavadas treinta orejas sanguinolentas,cortadas por la raíz de la piel a quince hombres que se creyeron másfuertes de lo que eran.

Al leer este aviso, Pedro se echó a reír, se retorció los bigotes, semiró los brazos, con aquellos músculos que parecían cuerdas, le dio alhacha dos vuelos por encima de su cabeza, y de un golpe echó abajo unade las ramas más gruesas del árbol maldito.

Pero enseguida salieron dosramas poderosas en el punto mismo del hachazo, y los soldados del rey lecortaron las orejas sin más ceremonia.

—¡Inutilón!—dijo Pablo, y se fue al tronco, hacha en mano, y le cortóde un golpe una gran raíz. Pero salieron dos raíces enormes en vez deuna.

Y el rey furioso mandó que le cortaran las orejas a aquel que no quisoaprender en la cabeza de su hermano.

Pero a Meñique no se le achicó el corazón, y se le echó al roble encima.

—¡Quítenme a ese enano de ahí!—dijo el rey—¡y si no se quiere quitar,córtenle las orejas!

—Señor rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un hombre es ley,señor rey. Yo tengo derecho por tu cartel a probar mi fortuna. Yatendrás tiempo de cortarme las orejas, si no corto el árbol.

—Y la nariz te la rebanarán también, si no lo cortas.

Meñique sacó con mucha faena el hacha encantada de su gran saco decuero. El hacha era más grande que Meñique. Y

Meñique le dijo: «¡Corta,hacha, corta!»

Y el hacha cortó, tajo, astilló, derribó las ramas, cercenó el tronco,arrancó las raíces, limpió la tierra en redondo, a derecha y aizquierda, y tanta leña apiló del árbol en trizas, que el palacio secalentó con el roble todo aquel invierno.

Cuando ya no quedaba del árbol una sola hoja, Meñique fue donde estabael rey sentado junto a la princesa, y los saludó con mucha cortesía.

—¿Dígame el rey ahora dónde quiere que le abra el pozo su criado? Ytoda la corte fue al patio del palacio con el rey, a ver abrir el pozo.El rey subió a un estrado más alto que los asientos de los demás; laprincesa tenía su silla en un escalón más bajo, y miraba con susto aaquel hominicaco que le iban a dar para marido.

Meñique, sereno como una rosa, abrió su gran saco de cuero, metió elmango en el pico, lo puso en el lugar que marcó el rey, y le dijo:«¡Cava, pico, cava!»

Y el pico empezó a cavar, y el granito a saltar en pedazos, y en menosde un cuarto de hora quedó abierto un pozo de cien pies.

—¿Le parece a mi rey que este pozo es bastante hondo?

—Es hondo; pero no tiene agua.

—Agua tendrá—dijo Meñique. Metió el brazo en el gran saco de cuero, lequitó el musgo a la cáscara de nuez, y puso la cáscara en una fuente quehabían llenado de flores. Y cuando ya estaba bien dentro de la tierra,dijo: «¡Brota, agua, brota!»

Y el agua empezó a brotar por entre las flores con un suave murmullorefrescó el aire del patio, y cayó en cascadas tan abundantes que alcuarto de hora ya el pozo estaba lleno, y fue preciso abrir un canal quellevase afuera el agua sobrante.

—Y ahora—dijo Meñique, poniendo en tierra una rodilla,—

¿cree mi reyque he hecho todo lo que me pedía?

—Sí, marqués Meñique—respondió el rey,—y te daré la mitad de mireino; o mejor, te compraré en lo que vale tu mitad, con la contribuciónque les voy a imponer a mis vasallos, que se alegrarán mucho de pagarporque su rey y señor tenga agua buena; pero con mi hija no te puedocasar, porque ésa es cosa en que yo solo no soy dueño.

—¿Y qué más quiere que haga, rey?—dijo Meñique, parándose en laspuntas de los pies, con la manecita en la cadera, y mirando a laprincesa cara a cara.

—Mañana se te dirá, marqués Meñique—le dijo el rey;—vete ahora adormir a la mejor cama de mi palacio.

Pero Meñique, en cuanto se fue el rey, salió a buscar a sus hermanos,que parecían dos perros ratoneros, con las orejas cortadas.

—Díganme, hermanos, si no hice bien en querer saberlo todo, y ver dedónde venía el agua.

—Fortuna no más, fortuna—dijo Pablo.—La fortuna es ciega, y favorecea los necios.

—Hermanito—dijo Pedro,—con orejas o desorejado creo que está muy bienlo que has hecho, y quisiera que llegara aquí papá para que te viese.

Y Meñique se llevó a dormir a camas buenas a sus dos hermanos, a Pedro ya Pablo.

—IV—

El rey no pudo dormir aquella noche. No era el agradecimiento lo que letenía despierto, sino el disgusto de casar a su hija con aquel picolínque cabía en una bota de su padre. Como buen rey que era, ya no queríacumplir lo que prometió; y le estaban zumbando en los oídos las palabrasdel marqués Meñique:

«Señor rey, tu palabra es sagrada. La palabra de unhombre es ley, rey».

Mandó el rey a buscar a Pedro y a Pablo, porque ellos no más le podíandecir quiénes eran los padres de Meñique, y si era Meñique persona debuen carácter y de modales finos, como quieren los suegros que sean susyernos, porque la vida sin cortesía es más amarga que la cuasia y que laretama. Pedro dijo de Meñique muchas cosas buenas, que pusieron al reyde mal humor; pero Pablo dejó al rey muy contento, porque le dijo que elmarqués era un pedante aventurero, un trasto con bigotes, una uñavenenosa, un garbanzo lleno de ambición, indigno de casarse con señoratan principal como la hija del gran rey que le había hecho la honra decortarle las orejas: «Es tan vano ese macacuelo—dijo Pablo—que se creecapaz de pelear con un gigante. Por aquí cerca hay uno que tiene muertade miedo a la gente del campo, porque se les lleva para sus festinestodas sus ovejas y sus vacas. Y Meñique no se cansa de decir que élpuede echarse al gigante de criado.»

—Eso es lo que vamos a ver—dijo el rey satisfecho. Y durmió muytranquilo lo que faltaba de la noche. Y dicen que sonreía en sueños,como si estuviera pensando en algo agradable.

En cuanto salió el sol, el rey hizo llamar a Meñique delante de toda sucorte. Y vino Meñique fresco como la mañana, risueño como el cielo,galán como una flor.

—Yerno querido—dijo el rey,—un hombre de tu honradez no puede casarsecon mujer tan rica como la princesa, sin ponerle casa grande, concriados que la sirvan como se debe servir en el palacio real. En estebosque hay un gigante de veinte pies de alto, que se almuerza un bueyentero, y cuando tiene sed al mediodía se bebe un melonar. Figúrate quéhermoso criado no hará ese gigante con un sombrero de tres picos, unacasaca galoneada, con charreteras de oro, y una alabarda de quince pies.Ese es el regalo que te pide mi hija antes de decidirse a casarsecontigo.

—No es cosa fácil—respondió Meñique,—pero trataré de regalarle elgigante, para que le sirva de criado, con su alabarda de quince pies, ysu sombrero de tres picos, y su casaca galoneada, con charreteras deoro.

Se fue a la cocina; metió en el gran saco de cuero el hacha encantada,un pan fresco, un pedazo de queso y un cuchillo; se echó el saco a laespalda, y salió andando por el bosque, mientras Pedro lloraba, y Pabloreía, pensando en que no volvería nunca su hermano del bosque delgigante.

En el bosque era tan alta la yerba que Meñique no alcanzaba a ver, y sepuso a gritar a voz en cuello: «¡Eh, gigante, gigante!

¿dónde anda elgigante? Aquí está Meñique, que viene a llevarse al gigante muerto ovivo».

—Y aquí estoy yo—dijo el gigante, con un vocerrón que hizo encogerse alos árboles de miedo,—aquí estoy yo, que vengo a tragarte de un bocado.

—No estés tan de prisa, amigo—dijo Meñique, con una vocecita deflautín,—no estés tan de prisa, que yo tengo una hora para hablarcontigo.

Y el gigante volvía a todos lados la cabeza, sin saber quién le hablaba,hasta que le ocurrió bajar los ojos, y allá abajo, pequeñito como unpitirre, vio a Meñique sentado en un tronco, con el gran saco de cueroentre las rodillas.

—¿Eres tú, grandísimo pícaro, el que me has quitado el sueño?—dijoel gigante, comiéndoselo con los ojos que parecían llamas.

—Yo soy, amigo, yo soy, que vengo a que seas criado mío.

—Con la punta del dedo te voy a echar allá arriba en el nido delcuervo, para que te saque los ojos, en castigo de haber entrado sinlicencia en mi bosque.

—No estés tan de prisa, amigo, que este bosque es tan mío como tuyo; ysi dices una palabra más, te lo echo abajo en un cuarto de hora.

—Eso quisiera ver—dijo el gigantón.

Meñique sacó su hacha, y le dijo: «¡Corta, hacha, corta!» Y el hachacortó, tajó, astilló, derribó ramas, cercenó troncos, arrancó raíces,limpió la tierra en redondo, a derecha y a izquierda, y los árbolescaían sobre el gigante como cae el granizo sobre los vidrios en eltemporal.

—Para, para—dijo asustado el gigante,—¿quién eres tú, que puedesecharme abajo mi bosque?

—Soy el gran hechicero Meñique, y con una palabra que le diga a mihacha te corta la cabeza. Tú no sabes con quién estás hablando. ¡Quietodonde estás!

Y el gigante se quedó quieto, con las manos a los lados, mientrasMeñique abría su gran saco de cuero, y se puso a comer su queso y supan.

—¿Qué es eso blanco que comes?—preguntó el gigante, que nunca habíavisto queso.

—Piedras como no más, y por eso soy más fuerte que tú, que comes lacarne que engorda. Soy más fuerte que tú. Enséñame tu casa.

Y el gigante, manso como un perro, echó a andar por delante, hasta quellegó a una casa enorme, con una puerta donde cabía un barco de trespalos, y un balcón como un teatro vacío.

—Oye—le dijo Meñique al gigante:—uno de los dos tiene que ser amo delotro. Vamos a hacer un trato. Si yo no puedo hacer lo que tú hagas, yoseré criado tuyo; si tú no puedes hacer lo que haga yo, tú serás micriado.

—Trato hecho—dijo el gigante;—me gustaría tener de criado un hombrecomo tú, porque me cansa pensar, y tú tienes cabeza para dos. Vaya,pues; ahí están mis dos cubos: ve a traerme el agua para la comida.

Meñique levantó la cabeza y vio los dos cubos, que eran como dostanques, de diez pies de alto, y seis pies de un borde a otro.

Más fácille era a Meñique ahogarse en aquellos cubos que cargarlos.

—¡Hola!—dijo el gigante, abriendo la boca terrible;—a la primera yaestás vencido. Haz lo que yo hago, amigo, y cárgame el agua.

—¿Y para qué la he de cargar?—dijo Meñique.—Carga tú, que eres bestiade carga. Yo iré donde está el arroyo, y lo traeré en brazos, y tellenaré los cubos, y tendrás tu agua.

—No, no—dijo el gigante,—que ya me dejaste el bosque sin árboles, yahora me vas a dejar sin agua que beber. Enciende el fuego, que yotraeré el agua.

Meñique encendió el fuego, y en el caldero que colgaba del techo fueechando el gigante un buey entero, cortado en pedazos, y una carga denabos, y cuatro cestos de zanahorias, y cincuenta coles. Y de tiempo entiempo espumaba el guiso con una sartén, y lo probaba, y le echaba sal ytomillo, hasta que lo encontró bueno.

—A la mesa, que ya está la comida—dijo el gigante;—y a ver si haceslo que hago yo, que me voy a comer todo este buey, y te voy a comer a tide postres.

—Está bien, amigo—dijo Meñique. Pero antes de sentarse se metió debajode la chaqueta la boca de su gran saco de cuero, que le llegaba delpescuezo a los pies.

Y el gigante comía y comía, y Meñique no se quedaba atrás, sólo que noechaba en la boca las coles, y las zanahorias, y los nabos, y lospedazos del buey, sino en el gran saco de cuero.

—¡Uf! ¡ya no puedo comer más!—dijo el gigante;—tengo que sacarme unbotón del chaleco.

—Pues mírame a mí, gigante infeliz—dijo Meñique, y se echó una colentera en el saco.

—¡Uha!—dijo el gigante;—tengo que sacarme otro botón.

¡Qué estómagode avestruz tiene este hombrecito! Bien se ve que estás hecho a comerpiedras.

—Anda, perezoso—dijo Meñique,—come como yo—y se echó en el saco ungran trozo de buey.

—¡Paff!—dijo el gigante,—se me saltó el tercer botón: ya no me cabeun chícharo: ¿cómo te va a ti, hechicero?

—¿A mí?—dijo Meñique;—no hay cosa más fácil que hacer un poco delugar.

Y se abrió con el cuchillo de arriba abajo la chaqueta y el gran saco decuero.

—Ahora te toca a ti—dijo al gigante;—haz lo que yo hago.

—Muchas gracias—dijo el gigante.—Prefiero ser tu criado.

Yo no puedodigerir las piedras.

Besó el gigante la mano de Meñique en señal de respeto, se lo sentó enel hombro derecho, se echó al izquierdo un saco lleno de monedas de oro,y salió andando por el camino del palacio.

—V—

En el palacio estaban de gran fiesta, sin acordarse de Meñique, ni deque le debían el agua y la luz; cuando de repente oyeron un gran ruido,que hizo bailar las paredes, como si una mano portentosa sacudiese elmundo. Era el gigante, que no cabía por el portón, y lo había echadoabajo de un puntapié. Todos salieron a las ventanas a averiguar la causade aquel ruido, y vieron a Meñique sentado con mucha tranquilidad en elhombro del gigante, que tocaba con la cabeza el balcón donde estaba elmismo rey. Saltó al balcón Meñique, hincó una rodilla delante de laprincesa y le habló así: «Princesa y dueña mía, tú deseabas un criado yaquí están dos a tus pies».

Este galante discurso, que fue publicado al otro día en el diario de lacorte, dejó pasmado al rey, que no halló excusa que dar para que no secasara Meñique con su hija.

—Hija—le dijo en voz baja,—sacrifícate por la palabra de tu padre elrey.

—Hija de rey o hija de campesino—respondió ella,—la mujer debecasarse con quien sea de su gusto. Déjame, padre, defenderme en esto queme interesa. Meñique—siguió diciendo en alta voz la princesa,—eresvaliente y afortunado, pero eso no basta para agradar a las mujeres.

—Ya lo sé, princesa y dueña mía; es necesario hacerles su voluntad, yobedecer sus caprichos.

—Veo que eres hombre de talento—dijo la princesa.—Puesto que sabesadivinar tan bien, voy a ponerte una última prueba, antes de casarmecontigo. Vamos a ver quién es más inteligente, si tú o yo. Si pierdes,quedo libre para ser de otro marido.

Meñique la saludó con gran reverencia. La corte entera fue a ver laprueba a la sala del trono, donde encontraron al gigante sentado en elsuelo con la alabarda por delante y el sombrero en las rodillas, porqueno cabía en la sala de lo alto que era.

Meñique le hizo una seña, y élechó a andar acurrucado, tocando el techo con la espalda y con laalabarda a rastras, hasta que llegó adonde estaba Meñique, y se echó asus pies, orgulloso de que vieran que tenía a hombre de tanto ingeniopor amo.

—Empezaremos con una bufonada—dijo la princesa.—

Cuentan que lasmujeres dicen muchas mentiras. Vamos a ver quien de los dos dice unamentira más grande. El primero que diga: «¡Eso es demasiado!» pierde.

—Por servirte, princesa y dueña mía, mentiré de juego y diré la verdadcon toda el alma.

—Estoy segura—dijo la princesa—de que tu padre no tiene tantastierras como el mío. Cuando dos pastores tocan el cuerno en las tierrasde mi padre al anochecer, ninguno de los dos oye el cuerno del otropastor.

—Eso es una bicoca—dijo Meñique.—Mi padre tiene tantas tierras queuna ternerita de dos meses que entra por una punta es ya vaca lecheracuando sale por la otra.

—Eso no me asombra—dijo la princesa.—En tu corral no hay un toro tangrande como el de mi corral. Dos hombres sentados en los cuernos nopueden tocarse con un aguijón de veinte pies cada uno.

—Eso es una bicoca—dijo Meñique.—La cabeza del toro de mi casa es tangrande que un hombre montado en un cuerno no puede ver al que estámontado en el otro.

—Eso no me asombra—dijo la princesa.—En tu casa no dan las vacastanta leche como en mi casa, porque nosotros llenamos cada mañana veintetoneles, y sacamos de cada ordeño una pila de queso tan alta como lapirámide de Egipto.

—Eso es una bicoca—dijo Meñique.—En la lechería de mi casa hacen unosquesos tan grandes que un día la yegua se cayó en la artesa, y no laencontramos sino después de una semana. El pobre animal tenía elespinazo roto, y yo le puse un pino de la nuca a la cola, que le sirvióde espinazo nuevo. Pero una mañanita le salió un ramo al espinazo porencima de la piel, y el ramo creció tanto que yo me subí en él y toquéel cielo. Y en el cielo vi a una señora vestida de blanco, trenzando uncordón con la espuma del mar. Y yo me así del hilo, y el hilo se mereventó, y caí dentro de una cueva de ratones. Y en la cueva de ratonesestaban tu padre y mi madre, hilando cada uno en su rueca, como dosviejecitos. Y tu padre hilaba tan mal que mi madre le tiró de las orejashasta que se le caían a tu padre los bigotes.

—¡Eso es demasiado!—dijo la princesa.—¡A mi padre el rey nadie le hatirado nunca de las orejas!

—¡Amo, amo!—dijo el gigante.—Ha dicho «¡Eso es demasiado!» Laprincesa es nuestra.

—VI—

—Todavía no—dijo la princesa, poniéndose colorada.—Tengo que ponertetres enigmas, a que me los adivines, y si adivinas bien, enseguida noscasamos. Dime primero: ¿qué es lo que siempre está cayendo y nunca serompe?