La Desheredada by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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El Majito se metió de un salto en la tienda de la Sanguijuelera.Esta solía mimarle y le obsequiaba unas veces con piñones y otras conazotes.

«Hola, lagartijilla, ¿ya estás aquí?... No enredes en la tienda, porquevas a cobrar.

—¿Y Pecado?

—En el taller... Dios le tenga allá...».

Aquel día, aunque era festivo, el soguero tenía trabajo hasta las doce.No había querido ir Mariano; pero su severa tía le cogió por una oreja,y... ¡Valiente holgazán!

«¿Y Pecado?—volvió a preguntar el Majito.

—Te digo que está en el trabajo... No te montes sobre la tinaja. Si mela rompes, vas a ver. ¡Eh, eh! No te encarames, o te vas de aquí máspronto que la vista.

—¿En dónde está Pecado?».

Para preguntar, los sabios y los chicos. La Sanguijuelera, cansada deresponder a la misma pregunta, le cogió con una mano los dos carrillos,estrujándoselos, con lo que la boca del Majito resultó como unaguinda. Le dio un beso en ella, diciéndole: «¡Qué pesado eres..., y quérebonito!».

«¡Suéltame, vieja!—exclamó Rafael, limpiándose la cara.

—Eso es, frótate, bobo... Y me has llenado de babas.

—¿Y Pecado?

—¡Toma Pecado!».

Y le arreó dos nalgadas. Como un jilguero saltó el Majito, y de unbrinco se puso en el pasillo, y de otro brinco en el patio interior, ycon un tercer brinco se metió en el aposento donde Encarnación vivía, elcual no era notable por su desahogo ni por sus claridades. Difícilmentese podría determinar, sin tener costumbre de andar dentro de tallaberinto, lo que allí había; pero el Majito, que conocía el localcomo un ratón conoce las entradas y salidas de la casa que habita, subióa eminencias que parecían camas; descendió a negros abismos que parecíanarcones abiertos; trepó por las gastadas graderías de un estante viejo;se arrastró por suelos polvorientos; metió su brazo por tortuosasgrietas formadas de informes bultos arrimados a la pared. Sin dudabuscaba algo. Su flexible cuerpecillo se escurría y deslizaba ensilencio de hueco en hueco, hasta que al fin, apoyado en un cofre, diouna voltereta agitando las patitas en el aire, y se sumergió como elnadador en persecución de la perla.

Era un rincón obscuro, polvoroso, lleno de cachivaches, antesapreciables al tacto que a la vista, objetos de cartón, de cuero, demetal, algo como mochilas, bayonetas, cartucheras, trozos de arreosmilitares, desechados por inútiles en la liquidación de un bazar dejuguetes. El Majito miró y se estuvo quieto, atento. Sus ratonilesojos veían en la obscuridad aquel montón de cosas. Era un cuadro en lasprofundidades del mar, con ansiedad de buzo y resplandor de mariscosentre el lívido verdor del agua. Las arañas se paseaban sobre losobjetos, pero Rafael no les tenía miedo. Las correderas entraban ysalían por los intersticios, huyendo azoradas al ruido, pero el Majito tampoco las tenía miedo. Estuvo un rato en acecho, dudoso, mirando yeligiendo. Fuerte cosa era decidir cuál objeto tomaría. Por último,decidido, tiró de una brillante empuñadura y sacó un sable. Despuésrevolvió el conjunto y vio un brillo seductor de galones. Diole un saltoel corazón de ratero y tomó lo que brillaba. Era un sombrero que parecíaescudilla, un ros de cartón, deforme, cuarteado, pero con tres tiras depapel dorado pegadas en redondo. El Majito, que tan poco sabía delmundo, sabía que los tres entorchados son la insignia del capitángeneral, y que esta es la jerarquía más alta del ejército. ¡Vaya usted aaveriguar dónde esos diablos de chicos aprenden estas cosas!

Se puso el ros y vio que era bueno. Empuñó el sable. Era un palitopinchante amarrado a una empuñadura de metal, que en su origen parecíahaber sido asa de un brasero de cobre. Había en la prenda militar unafabricación tosca, pero ingeniosa, que denotaba tanta habilidad comofalta de medios. Autor y dueño de aquellos arreos era, como se habrácomprendido, el famoso Pecado, gran amigo de cosas de guerra, y quedesde su tierna infancia se mostraba muy precoz para las artesmecánicas. Él apandaba, no se sabe dónde, aunque es de presumir quefuera de sus viajes por las Américas, restos de juguetes, pedazos dehojalata, de madera, de hierro; y con un clavo viejo, una cuerda, unanavaja rota y un enorme guijarro que servía de martillo y de piedra deafilar, hacía maravillas.

En cuanto al ros, justo es consignar que no vino a sus manos por causade rapiña, sino que lo cogió en la calle, en el momento de caer de unbalcón, arrojado por unos niños.

Era pieza lastimosa; pero ¡cómo setrasformó en sus hábiles manos! Púsole visera que no tenía para lo cualle bastó media suela de una zapatilla; lo moldeó y le dio forma, quecasi había perdido; adornole con una vistosa placa, que sacó de la chapacircular de un botecillo de betún, y por último, con ciertos tirajos depapel dorado, sutilmente desprendidos de una caja de mazapán, le pusosus tres entorchados. ¡Muy bien! ¡Así se hacen las cosas! El ros tuvo ensus orígenes plata y oro, insignias de comandante.

Pecado le hizoganar de un salto la mayor jerarquía militar con una prontitud queenvidiaría la misma Gaceta..., ¡hala!

Dejemos a Majito con el ros encasquetado, el sable en la derecha mano,en actitud tan belicosa, que si le viera el sultán de Marruecosconvocara a toda su gente a la guerra santa. Con la mano siniestra selimpió el polvo y las telarañas que no querían desprenderse de la felpade su chaqueta, y dando después tres o cuatro brincos, se puso en lacalle gritando con todo el vigor de su pecho infantil: «Soy Plin».

¡Ser Prim! ¡Ilusión de los hijos del pueblo en los primeros albores dela ambición, cuando los instintos de gloria comienzan a despuntar en elalma, entre el torpe balbucir de la lengua y el retoñar, casiinsensible, de las pasiones! Esta ilusión, que era entonces común en lasturbas infantiles, a pesar de la reciente trágica muerte del héroe, seva extinguiendo ya conforme se desvanece aquella enérgica figura. Peroaún hoy persiste algo de tan bella ilusión; aún se ven zamacucos decinco años, con un palo al hombro y una gorra de papel en la cabeza, quequieren ser Prim o ser O'Donnell. ¡Lástima grande que esto se acabe, yque los chicos que juegan al valor no puedan invocar otros nombres quelos gárrulos motes de los toreros!

Ya lo hicimos—dijo Encarnación mirando al Majito—.

Apandó loschirimbolos, y cuando el otro venga tendremos la de no te menees».

El Majito se dejó ir con grave paso por la calle de Moratines abajo.Era el día ventoso, frío y seco, hijo maldito de la malditísimaprimavera de Madrid. La pluma del ros del Majito (porque una pluma depavo tenía) se torcía con la fuerza del viento. La cola de las gallinasque andaban por la calle se doblaba también, obligándolas a dar tumbosentre el fango. Todo lo que colgaba de las paredes, ropa, trapos, sogas,se ponía horizontal; balanceábanse las bacías de cobre colgadas en lapuerta del barbero; las faldas de las mujeres se arremolinaban; serompían las vidrieras; los hombres se iban sujetando con la mano susgorras y sombreros, los curas apenas podían andar; todo lo flotantetendía a tomar la horizontal, y en medio de esta desolación relativa, el Majito avanzaba tieso y altanero, como hombre supinamenteconvencido de la importancia de sus funciones.

En la calle de Ercilla tenía ya un séquito de seis muchachos; en la delLabrador, ya se le había incorporado una partida de diez y siete, entrehembras y varones, siendo las primeras, ¡cosa extraña!, las que másbulla metían. Los tres chicos del capataz de la fundición de hierrosalieron batiendo marcha sobre una plancha de latón, y pronto seagregaron a ellos, para aumentar tan dulce orquesta, los dos deltendero, tañendo esas delicadas sonatas de Navidad, que consisten endescargar golpes a compás sobre una lata de petróleo. Eran estosenemigos del género humano pequeñuelos y sucios. Calzaban botasindescifrables, pues no se podía decir a ciencia cierta dónde acababa lapiel y empezaba el cordobán. Estaban galoneados de lodo desde la cabezaa los pies. Si la basura fuera una condecoración, los nombres deaquellos caballeritos se cogerían toda la Guía de forasteros.

Al desembocar el ya crecido ejército en la plaza de las Peñuelas, centrodel barrio, agregose una chiquillería formidable. Eran los dos nietos dela Tía Gordita, los cuatro hijos de Ponce el buñolero, las delsacamuelas y otros muchos. Mayor variedad de aspecto y de fachas en launidad de la inocencia picaresca no se ha visto jamás.

Había

caraslívidas

y

rostros

siniestros

entre

la

muchedumbre de semblantes alegres.El raquitismo heredado marcaba con su sello amarillo multitud decabezas, inscribiendo la predestinación del crimen. Los cráneosachatados, los pómulos cubiertos de granulaciones y el pelo ralo, poníanuna máscara de antipatía sobre las siempre interesantes facciones de laniñez. En un momento se vio a la partida proveerse de palos de escoba,cañas, varas, con esa rapidez puramente española, que no es otra cosaque el instinto de armarse; y sin saber cómo surgieron picudos gorros depapel con flotantes cenefas que arrebataba el viento, y aparecierondistintivos varios, hechos al arbitrio de cada uno. Era una página de lahistoria contemporánea, puesta en aleluyas en un olvidado rincón de lacapital. Fueran los niños hombres y las calles provincias, y la aleluyahabría sido una página seria, demasiado seria. Y era digno de verse cómose coordinaba poco a poco el menudo ejército; cómo sin prodigar órdenesse formaban columnas; cómo se eliminaba a las hembras, aunque algunahubo tan machorra que defendió a pescozones su puesto y jerarquía.

Crecía el estrépito, engrosaban las haces. ¿De dónde había salido todaaquella gente? Eran la discordia del porvenir, una parte crecida de laEspaña futura, tal que si no la quitaran el sarampión, las viruelas, lasfiebres y el raquitismo, nos daría una estadística considerable dentrode pocos años. Eran la alegría y el estorbo del barrio, estímulo y apurode sus padres, desertores más bien que alumnos de la escuela, un plantedel que saldrían quizás hombres de provecho y sin duda vagos ycriminales. De su edad respectiva poco puede decirse. Eran niños, ytenían la fisonomía común a todos los niños, la cual, como la de lospájaros, no determina bien los años de vida. La variedad de estaturasmás bien indicaba los grados de robustez o cacoquimia que los añostranscurridos desde que vinieron al mundo. El mal comer y el peor vestirpasaba sobre todos un triste nivel. Algunos llevaban entre sus labios, amodo de cigarro, un caramelo largo, de esos que parecen cilindro devidrio encarnado, y con un fácil movimiento de succión le hacían entraren la boca o salir de ella, repitiendo este gracioso mete y saca conpresteza increíble.

El militar paseo tenía por música, además del estruendo de las latas, elreír inmenso de la bandada, el pío pío mezclado de voces prematuramenteroncas, y salpicado de esos dicharachos que, al ser escupidos de la bocade un niño nos recuerdan al feo abejón cuando sale zumbando del cáliz dela azucena. Había en las filas renacuajos de dos pies de alto, con laspatas en curva y la cara mocosa, que blasfemaban como carreteros; habíaquien, mudando los dientes, escupía por el colmillo; había quien llevabauna colilla de cigarro detrás de la oreja y una caja de fósforos en unhueco, que no bolsillo, de la ropa. Había piernas blancas desnudasasomándose a las ventanas de un pantalón que a pedazos se caía; habíazancas negras, esbeltas cinturas ceñidas por sucia cuerda o por tirajoinforme; chaquetones que fueron de abuelos, y calzones que fueronmangas; blusas que aún se acordaban de haber sido chalecos; gorraspeludas que fueron, ¡ay!, manguito de elegantes damas. Pero la animaciónprincipal de aquel cuadro era un centellear de ojos y un relampaguear dealegrías divertidísimo. Con aquel lenguaje mudo decía claramente elinfantil ejército: «¡Ya somos hombres!». ¡Cuántas pupilas negrasbrillaban en el enjambre con destellos de genio y chispazos deiniciativa! ¡En cuántas actitudes se observaban pinitos de fiereza!¡Allí la envidia, aquí la generosidad, no lejos el mando, más allá elservilismo, claros embriones de egoísmo en todas partes! En aquelmurmullo se concentraban los chillidos para decir: «Somos granujas; nosomos aún la humanidad, pero sí un croquis de ella.

España, somos tuspolluelos, y cansados de jugar a los toros, jugamos a la guerra civil».

—II—

Llegaron a la vía férrea de circunvalación que corta el barrio, sinvalla, sin resguardo alguno. La miseria se familiariza con el peligrocomo con un pariente. Sintieron silbar la máquina, y los condenados sepusieron a bailar sobre los carriles desafiando el tren mugidor quevenía. Lo azuzaban, lo escarnecían, hasta que apareció la locomotora enla curva, y al verla cerca se dispersaron como bandada de gorriones. Eltren de mercancías pasó, enorme, pesado, haciendo temblar la tierra, yellos a un lado y otro de la vía le saludaban con espantosa rechifla, leamenazaban con puños y palos, le trataban de tú, remedaban con insolenteescarnio los bufidos de la máquina, el desengonzado movimiento de lasbielas, y por último pusieron al guardafreno como hoja de perejil. Eltren les hacía tanto caso como a una nube de mosquitos, y desapareciódejando atrás su humo y su ruido.

Volviose a ordenar la hueste y siguieron marchando, con el Majito a lacabeza. ¡Ah! Todavía mandaba. Goza, goza del brillo de tu alta posición,que tiempo vendrá en que las grandezas se humillen y las altas torres sedesplomen.

Avanzaban por la planicie que se extiende entre el hospitaldel Niño Jesús y los collados áridos que rodean el barranco. Allí no haycasas todavía, es decir, no hay miseria. ¿Quién diréis que salió arecibirlos? Pues un pavo que habitaba en muladar próximo, y que todaslas mañanas se paseaba solo por el llano, con la gravedad enfática quetanta semejanza le da con ciertos personajes. El pavo los miró; ellos lemiraron y se detuvieron. Hizo él la rueda y les echó una arenga, esdecir, que después de soltar dos o tres estornudos, que son lainterjección natural del pavo, les soltó esa carcajada que pareceladrido. Los chicos se echaron a reír en inmenso coro, y el animalvolvió a hacer la rueda

y

a

echarles

otra

arenga,

diciendo

«amadoscompatricios míos...» con el cuello rojo cual la esencia del bermellón,el moco tieso, las carúnculas inyectadas como un orador herpético. Másgritaban ellos, más gargajeaba él. A cada voz respondía con susestornudos y su carcajada. Parecían aclamaciones a la patria, vivas contestados con hurras. Después dio media vuelta y marchó delante. Eraesa caricatura militar de antaño que se llamaba tambor mayor. El vientole despeinaba las plumas, y al arrastrar las alas y dar el estornudo erael puro emblema de la vanidad. No le faltaban más que las cruces, lapalabra y la edad provecta para ser quien yo me sé.

Había llegado el momento en que la partida necesitaba hacer algo parajustificar su existencia. ¿Qué haría? ¿Una simple fiesta militar, odividirse en dos bandos para batirse en toda regla? El susurro y laconfusión indicaban que la falange se hacía a sí misma aquella pregunta.Bien pronto nadie se entendía allí. La discordia descompuso las filas, ytodo eran empujones, codazos, gritos. No había uno que no quisiera serPrim, incluso el renacuajo de las patas corvas. Pues qué, ¿ el Majito no habían mandado ya bastante? Hasta el pavo, con aquella carcajada queparecía un vómito de sonidos, exclamaba: «¡Abaa... jojojo el Majito!».

«Miá este—dijo uno de los chicos del carbonero, atacando al general enjefe con el codo, así como los pollos embisten con el ala—. Dice que meponga detrás... Si no te callas, puñales, te pego la bofetá del siglo.

—Pega, hombre, pega—chilló Rafael preparándose a recibirle, animoso,imponente, con el puño cerrado, y presentando también el codo yantebrazo como un escudo—

. Vamos, hombre...

—No vus perdáis, muchachos; no vus perdáis—dijo en tono conciliador eldel herrero, interponiéndose.

—Ponte atrás, ¡coles!—gritó el Majito—. ¡Qué coles! Si no te ponesatrás, verás...

—Que no me da la gana, hombre...

—Achúchale, achúchale—dijeron algunos que querían ver reñir al Majito con el hijo del carbonero.

—No vus perdáis, muchachos—volvió a decir el otro, sin soltar de la bocasucia el caramelo largo.

—¡Que le achuche, que le achuche!»—graznaron varios, arremolinándose.

El Majito y Colilla, que así se llamaba el del carbonero, sesacudieron el primer golpe en los hombros.

«¡Leña!

—¡Atiza!».

A los primeros golpes cayó a tierra el ros. Más pronto que la vista locogió Gaspar (el de las patas corvas), se lo puso, y echó a correr haciaabajo, en dirección a las Yeserías. Allí le detuvieron dos muchachos quesubían del río; le quitaron la codiciada prenda, y uno de ellos se lapuso. Mirose en un charco verdoso, y estalló en risa. En tanto larefriega había cesado, y el Majito, con la cara soplada, los ojosencendidos, el corazón hirviendo de rabia, se había subido a una colinade las inmediatas al barranco, y desde allí gritaba que iba a matar auno y a reventar a seis si no le devolvían su sombrero.

Los que subían del río eran como de doce años, descalzos, negros,vestidos de harapos. El uno traía una espuerta de arena. Los dosmostraban grandes manojos de una hierba que se cría en aquellaspraderas. Es una liliácea, que algunos llaman matacandil y otros jacintosilvestre o cebolla de lagarto. Tiene un tallo o tuetanillo que sechupa,

¡y es dulce!

«¡Matacandiles!»—chillaron muchos, arrojando las armas y saliendo arecibir a los dos individuos, conocidos en la república de las picardíascon los nombres de Zarapicos y Gonzalete.

«¿A cómo?—preguntó una voz.

—A cinco.

—¡Qué coles!..., a cuatro.

—¡A cinco! El que no dé cinco no chupa.

—Maldita sea tu madre..., ¡a cuatro!

Y empezó un regatear febril, una disputa de contratación que retrasabalas ventas. Pero ¿qué se vendía y qué se compraba allí? Los matacandilesque en las tardes de primavera dan materia a un animado comercioinfantil, ¿se cambiaban por dinero? No, porque la escasez de numerariolo vedaba. Sin embargo, no puede decirse que no fuera metálico elsegundo término del cambio, porque los matacandiles se cambiaban poralfileres.

Zarapicos y Gonzalete eran comerciantes. No daban un paso poraquellos muladares habitados, ni aun por las calles de Madrid, sin quesacaran de él alguna ganancia. ¡Bien por los hombres guapos! Vivían desus obras y de sus manos; su casa era la capital de España, ancha yventilada; su lecho el quicio de una puerta o cualquier rincón de casade dormir; su vestido una serie de agujeros pegados unos a otros pormedio de jirones de tela; su sombrero, el aire y el sol; sus zapatos,los adoquines y baldosas de las calles. No eran hermanos; eran amigos.Habían llegado cada uno a Madrid por distinta vía y puerta; Zarapicos,por el Norte; Gonzalete, por el Sur. Tenían padres; pero ya no seacordaban de ellos. Vinieron pidiendo limosna. Después habían vistoque Madrid es un campo inmenso para la actividad humana, y a la limosnahabían unido otras industrias.

Zarapicos fue durante algún tiempo lazarillo de un ciego; Gonzalete sirvió a una mujer que, al pedir en la puerta de la iglesia, lepresentaba como hijo. Uno y otro se cansaron de aquella vida mercenariay poco independiente, y ansiosos de libertad se lanzaron a trabajar porsu cuenta. Entonces se conocieron,

y

entablaron

cariñosa

amistad.

Ambosaspiraban a vender La Correspondencia o El Imparcial, pero ¡ay!ciertas posiciones, por humildes que parezcan, no están al alcance detodos los individuos. Eran demasiado granujas todavía, demasiadonovatos, demasiado pobres, y no tenían capital para garantizar lasprimeras manos. Uno de ellos logró vender El Cencerro los lunes; otromerodeaba contraseñas en las puertas de los teatros.

Eran dosmillonarios en capullo. Zarapicos decía a Gonzalete: «Verás, veráscómo semús cualquier cosa».

Antes de llegar a las altas posiciones comerciales tenían que pasar porhumillante aprendizaje y penoso noviciado.

¡Recoger colillas! Ved aquíun empleo bastante pingüe.

Pero tal comercio tiene algo de trabajo, yexige recorrer ciertas calles, instalarse en las puertas de los cafés,consagrarse al negocio con cierta formalidad. Eran niños, necesitabanjuego como el pez necesita agua, y así por las tardes se iban al río arecoger matacandiles. Allí se presentaba inopinadamente algún bonitorecreo, tal como cortar la cuerda de una cabra que estuviera atada enlos bardales, y a veces se presentaban buenos negocios.

Ocurría confrecuencia el caso de tropezar con una herradura en la carretera delSur, y ¡cuántas veces, junto a las fábricas, podían recogerse pedazos delingote, clavos y otras menudencias que, reunidas, se vendían en elRastro!

Con estas cosillas resultaba que tanto Zarapicos como Gonzalete pudieran tocarse el titulado pantalón para sentir sonar algocomo retintín de un cuarto dando contra otro. Eran ricos; pero nogastaban un ochavo en comer. Dos veces al día la guarnición de Palacioda a los chicos las sobras del rancho, a trueque de que estos les lavenlos platos de latón. Esta sopa boba, a la cual los granujas llaman piri, atrae a mucha gente menuda a los alrededores del cuerpo deguardia, y se la disputan a coscorrones.

Después de bien llena la panza, nuestros dos amigos bajaban hacia elrío. Si tenían ganas de trabajar, ayudaban a las lavanderas a subir laropa; si no, tiraban hacia las Yeserías. Aquel día cogieron tantosmatacandiles, que apenas

podían

llevarlos.

Por

la

mucha

abundancia, Zarapicos fijó en cinco alfileres el precio de la docena dematacandiles. Hubo temporada en que se cotizaron a diez y once,manteniéndose firme este precio durante toda una semana.

Lo mismo Zarapicos que Gonzalete tenían las solapas de sus deformeschaquetas llenas de alfileres tan bien clavados, que sólo asomaban lacabeza. El borde de la tosca tela parecía claveteado como un mueble...Las transacciones empezaron

en

seguida.

Unos

daban

tallos,

los

otroschupaban y pagaban. Muchos tenían repuesto de alfileres; otros corrían asus casas, encontraban a sus madres peinándose al sol, en las puertas delas casas, y les quitaban la moneda o se la robaban.

En tanto el Majito, desde la cumbre de una eminencia formada porescombros, increpaba a la muchedumbre infantil de abajo, diciendo queiba a reventar a patadas a todos y cada uno si no le devolvían susombrero. ¡Qué vergüenza! Zarapicos lo tenía puesto, y estaba tancontento de su adquisición, que amenazó al Majito con subir y sacarlelas tripas si no se callaba. Con el viento y la bulla que el pavo metíaapenas se sentían las chillonas voces provocativas. El Majito, cansadode parlamentar sin fruto ni resultado alguno, lanzó una piedra en mediode la turba de comerciantes. Al voltear, haciendo honda de su elásticobrazo, parecía un gallito de veleta, obedeciendo más al viento que alcoraje. Gonzalete, al recibir la piedra en un hombro, gritó:«¡Repuñales! ¡Maldita sea tu sangre!».

Entonces Zarapicos tiró al Majito; la piedra silbó en el aire y nohirió al muchacho, que al punto disparó la segunda suya.Instantáneamente, sin que se dieran órdenes ni se concertara cosaalguna, generalizose la pelea. Muchos se pasaron al bando del Majito,sin darse la razón de ello; otros permanecieron abajo, y todos tiraban,soldados bravos, saliendo a la primera fila y desafiando el proyectilque venía. Bajarse, elegir el guijarro, cogerlo, hacer el molinete conel brazo y lanzarlo, eran movimientos que se hacían con una celeridadinconcebible.

Para que no les viera la gente mayor del barrio ni los del OrdenPúblico, se corrieron al barranco de Embajadores, lugar oculto ylúgubre. Ninguna orden se dio entre ellos para este hábil movimiento,nacido, como la batalla misma, de un superior instinto. El Majito ylos suyos ocupaban la altura, Zarapicos y su mesnada el llano. Piedrava, piedra viene, empezaron las abolladuras de nariz, las hinchazones decarrillos y los chichones como puños. Mientras mayor era el estrago,mayor el denuedo: «¡Leña!, ¡atiza!, ¡dale!».

¡Qué ardientes gritos deguerra! Ni las moscas se atrevían a pasar por el espacio en que secruzaban las voladoras piedras. Una de estas alcanzó a una mujer y ladetuvo en su camino, obligándola a retirarse con la mano en un ojo.Muchos chiquillos se retiraron también berraqueando, porque el dolor lesenfriaba los ánimos, dando al traste en un punto con todo su coraje.

El barranco de Embajadores, que baja del Salitre, es hoy en su primerazona una calle decente. Atraviesa la Ronda y se convierte endespeñadero, rodeado de casuchas que parecen hechas con amasada ceniza.Después no es otra cosa que una sucesión de muladares, forma intermediaentre la vivienda y la cloaca. Chozas, tinglados, construcciones quejuntamente imitan el palomar y la pocilga, tienen su cimiento en el ladode la pendiente. Allí se ven paredes hechas con la muestra de una tiendao el encerado negro de una clase de Matemáticas; techos de latasclaveteadas; puertas que fueron portezuelas de ómnibus, y vidrieras sinvidrios de antiquísimos balcones. Todo es allí vejez, polilla; todo estáa punto de desquiciarse y caer. Es una ciudad movediza compuesta deruinas. Al fin de aquella barriada está lo que queda de la antiguaArganzuela, un llano irregular, limitado de la parte de Madrid porlavaderos, y de la parte del campo por el arroyo propiamente dicho. Esteprecipita sus aguas blanquecinas entre collados de tierra que parecenmontones de escombros y vertederos de derribos.

La línea de circunvalación atraviesa esta soledad. Parte del suelo eslugar estratégico, lleno de hoyos, eminencias, escondites y burladeros,por lo que se presta al juego de los chicos y al crimen de los hombres.Aunque abierto por todos lados, es un sitio escondido. Desde él se venlas altas chimeneas y los ventrudos gasómetros de la fábrica cercana;pero apenas se ve a Madrid. Hay un recodo matizado de verde por dos otres huertecillas de coles, el cual sirve de unión entre la plaza de lasPeñuelas y la Arganzuela.

En

este

recodo

el

transeúnte

cree

encontrarselejos de toda vivienda humana. Sólo hay allí una choza guardada por unperro, dentro de la cual un individuo, al modo de gitano, cuida losplantíos de coles.

Pues bien: por este paso, que se llama la Casa Blanca, los valientesmuchachos se corrieron desde las Peñuelas a la Arganzuela, lugar que nihecho de encargo fuera mejor para descalabrarse a toda satisfacción.

¡Zas, zas!, iban y venían los pedruscos del campo del Majito al campode Zarapicos y viceversa. Ocupaba el primero, como hábil capitán, lasalturas sinuosas, y los desalmados del bando contrario se dispersabanpor el llano, al borde de los charcos verdosos. Habíalos seguido elpavo, y colocándose en lugar seguro, de donde dominar pudiera laperspectiva del campo de batalla, les animaba con sus guerreros toques adegüello. Más enfurecidos ellos cuanto mayor era el número de los que seretiraban contusos, se atacaban con creciente furor. Estaban rojos. Susbrazos, al parecer descoyuntados, elásticos, flexibles como una banda decuero, funcionaban con aterradora prontitud. Ni Zarapicos se acordabaya de los matacandiles, ni Gonzalete de los alfileres. Morir matandoera su ilusión. Estaban ebrios, y los más intrépidos se reían de lospucheros de los desanimados...

De improviso hubo entre los combatientes de uno y otro ejército unmovimiento de sorpresa. Oyose una voz, dos, veinte, que dijeron« ¡Pecado! », y cien ojos se volvieron hacia el barranco. Por él venía,descendiendo a saltos, un muchacho fornido, rechoncho, tan mal vestidocomo los demás, el cual a cada paso lanzaba una interjección y amenazabacon el puño. Era el gallito del barrio, el perdonavidas de la partida,capitán de gorriones, bandolero mayor de aquellos reinos de lagranujería, angelón respetado y temido por su fuerza casi varonil, porsu descaro, por su destreza en artes guerreras y de juego. Así no huboen el cotarro uno solo que no temblara al oírle gritar: «¡Estarvusquietos!.., ¡vus voy a reventar!...».

—III—

Detuviéronse las manos ardientes que empuñaban la piedra, y todos lemiraron. Fundábase la superioridad de Pecado en la fuerza, de dondevenía la justicia, es decir, que solía dirimir contiendas de chicos,unas veces a trompada limpia y otras con atinadas y comedidas razones,aunque todo hace creer que el primer argumento era el que con másfrecuencia usaba.

«¿Por qué vos zurráis?»—preguntó ceñudo, tremendo.

El Majito había salido a su encuentro. Pecado era para él más que unamigo, un protector, un maestro amado. Al verle, todo aquel valorhomérico de que dio pruebas en la altura, se trocó en llanto dedesconsuelo, cosa natural en chicos, cuya rabia se deshiela en lágrimas,y haciendo pucheros que desfiguraban su hermosura, exclamó:

«Picos..., mi sombrero... Yo soy Plim.».

En vez de llorar, el desvergonzado Zarapicos se echó a reír como unsátiro. Con inflamados ojos miró Pecado su querido ros en la cabeza deaquel monstruo de la rapacidad, y poniéndose los brazos en jarra, hablóasí:

«¿Sabes lo que te digo?..., que si no sueltas el ros te reviento apatás.

—¡Ladrón!»—chilló el Majito, sintiéndose otra vez más valiente por lapresencia de Mariano.

Al oírse llamar con nombre tan infamante, Zarapicos, que era un rapazhonrado, aunque pobre, no pudo contener el ímpetu de su ira, y echandola mano al cuello del insolente Majito, le derribó en tierra,diciendo:

«¡Figuerero!..., ¡coles!, ¡te deslomo!».

Pero el Majito supo reponerse, sacudirse, levantarse, y, una vez enpie, sus manos alzaron un canto tan grande como medio adoquín.

«Suéltalo»—le dijo prontamente Pecado con voz y gesto de prudencia.

El Majito soltó la piedra refunfuñando feroces amenazas de

asesinato.Volviéndose

a

los

desvergonzados

comerciantes, Pecado les dijo conimperioso ademán, en que había tanta energía como orgullo:

«Dirvos.

—No nos da la gana.

—Dirvos, digo.... y venga mi sombrero.

—Miale, miale... ¿Te quieres callar? El sombrero es mío».

Al oír Pecado una afirmación tan contraria a los sagrados derechos depropiedad, no se pudo contener más. Huyó de su corazón la generosidad,de su espíritu la prudencia, y arremetió a Zarapicos con tal empuje queeste dio algunos pasos atrás, y habría caído en tierra si no fueratambién un muchachote robusto. Lucharon, ¡ay!, con varonil fiereza.

Lasbofetadas se sucedían a las bofetadas, los porrazos a los porrazos. Decada golpe se inflaba un carrillo. Trabados al fin de manos y brazos,cayeron rodando. Zarapicos debajo, Pecado encima. Pecado vencía, ymachacó sobre su víctima con ferocidad. El niño rabioso supera enbarbarie al hombre.

¿Habéis visto reñir a dos pájaros? El tigre es unanimal blando al lado de ellos.

Bien molido estaba Zarapicos, cuando acercó a coger entre sus dientesun dedo de Pecado. ¡Oh! ¡Con qué inefable delicia apretó las quijadas!Mariano dio agudísimo grito, y saltó como gallo herido. El otro selevantó. Su rostro era un conjunto de dolor, de vergüenza, totalmenteembadurnado de fango y lágrimas. Al mismo tiempo reía y lloraba. Pecado se cegó; no veía nada; llevó la mano a la cuerda que sujetabasus calzones a la cintura. La última injuria que cambiaron fue referentea sus respectivas madres. Cuando nada inmundo les queda por decir,arrojan aquel postrer salivazo de ignominia sobre la cuna que poco antesles ha mecido.

«Tu madre es una acá y una allá.

—Tu madre es esto o lo otro».

Pecado no dijo ni oyó más; sacó de la cintura una navajilla,cortaplumas o cosa parecida, un pedazo de acero que hasta entonces habíasido juguete, y con él atacó a Zarapicos. Del golpe, el infelizchiquillo cayó seco.

¡Hombres ya!

Silencio terrorífico. Los muchachos todos se quedaron yertos de miedo.Al principio no comprendían la realidad abominable del hecho. Cuando lacomprendieron, los unos echaron a correr llevados de un compasivohorror; los otros rompieron a llorar con ese clamor intenso, sonoro,dolorido, que indica en ellos la intuición de las grandes desdichas.

Aquello no era una travesura; era algo más. Aquello de que estabamanchado Zarapicos no era el almagre de que se pintaban alguna vezpara jugar; era sangre, ¡sangre!

Zarapicos no jugaba al muerto; nohacía gestos para hacer reír a sus compañeros; no decía con voz doliente¡madre!

para representar una comedia; era que se moría realmente...Temblando, pálido y siniestro, con los ojos secos, sin tener clara ideade su acción, Pecado arrojó el arma que había sido juguete. Elinstinto le mandaba huir, y huyó.

Alborotose en un instante el barrio de las Peñuelas.

Salieron todas lasmujeres a la calle, gritando, algunas con el cabello a medio peinar. Loshombres corrían también. La Guardia Civil, que tiene su puesto en lacalle del Labrador, se puso en movimiento; y hasta un señor concejal yun comisario de Beneficencia, que a la sazón paseaban por el barrioeligiendo sitio para el emplazamiento de una escuela, corrieron al lugardel atentado. ¡Horror y escándalo!

Las mujeres clamoreaban alzando al cielo sus manos; los hombresgruñían; la Sanguijuelera misma salió de su tienda a buen paso, mediomuerta de terror y vergüenza, y por todas partes no se oía sino:« Pecado, Pecado».

La Arganzuela se llenó de gente. Unos corrían en busca del juez; otrosdecían que el juez no le encontraría vivo; los más hablaban de llevarlea la Casa de Socorro, y todos decían: «¡ Pecado!».

Vino corriendo el boticario con árnica y vendajes, diciendo también:«¡ Pecado!». El concejal, seguido del comisario de Beneficencia (quepor ser hombre muy grueso no podía seguirle aprisa), hacía, siguiendo ala multitud, las consideraciones más sustanciosas sobre un hecho que, sibien algo extraordinario, no era nuevo en los anales de la criminalidadde Madrid.

«Van siete casos de esta naturaleza en diez años—decía el comisario deBeneficencia, harto sofocado, por ser poco compatibles su gordura y laceleridad del paso.

—Terrible es el matador hombre; pero el matador niño,

¿qué nombremerece?... Dicen que este tiene trece años.

—¡Qué país!

—¡Pero qué país!

—En Málaga son frecuentes estos casos.

—Y en Madrid lo van siendo también.

—¡Y nos ocupamos de escuelas! ¡Presidios es lo que hace falta!

—Escuelas penitenciarias, o cárceles escolares... Es mi tema».

Cuando llegaron al sitio de la catástrofe, los dos señores, dignísimosrepresentantes de lo más meritorio y venerable que

hay

en

los

pueblosmodernos,

se

echaron

recíprocamente el uno sobre el otro estasdramáticas exclamaciones:

«¡Esto es espantoso!

—Esto parte el corazón

—Escuelas, Sr. de Lamagorza.

—Presidios, Sr. D. Jacinto.

—Yo digo que jardines Froebel.

—Yo digo que maestros de hierro que no usen palmeta, sino fusilRemington.

—Pero qué, ¿se lo llevan ya?

—No está muerto; pero parece grave.

—¡Golpe más bien dado!—murmuró un chulo—. Ese chico es de buten.

—¡Vaya, que la madre que parió tal patíbulo!—apuntó una de estas quellaman del partido.

—El asesino, el asesino, ¿dónde está?—gritó el concejal dándose

granimportancia,

y

brujuleando

en

la

muchedumbre con fieros ojos—. Guardias,busquen ustedes al criminal... ¡Qué País!... Pero guardias..., los delOrden Público, ¿dónde están?».

Pero ya la Guardia Civil había comenzado sus pesquisas.

Los chicos, queen estas cosas suelen ser más diligentes que los hombres, indicaban ladirección que siguió Pecado en su fuga. Las opiniones eran diversas.Unos decían que se había refugiado en la Quinta de la Esperanza; otrosque había tomado por la vía férrea adelante. Un naranjero, que con sucomercio portátil de naranjas, cacahuetes y caramelos largos, se habíaacercado al lugar de la pelea, aseguró haber visto al matador saltar latapia de una corraliza inmediata a las huertecillas de coles y acelgasque rodean el arroyo.

Fundada era la declaración del naranjero.Acercáronse hombres y mujeres a la corraliza; unos empinándose sobre lapunta de los pies, otros subiéndose a una piedra, miraron por encima delas bardas de adobes, y vieron al terrible chico tratando de esconderseen un ángulo. Pecado miró con receloso espanto la hilera de cabezas queen el borde de la tapia se le aparecía, y ante aquella visión depesadilla se sintió domeñado, aunque no cobarde. Terrible coro deamenazas e injurias brotó de aquella fila de bocas, y más de cincuentabrazos se extendían rígidos por encima de la tapia. Pero el alma de Pecado se componía de orgullo y rebeldía. Su maldad era todavía unaforma especial del valor pueril, de esa arrogancia tonta que consiste enquerer ser el primero. El estado casi salvaje en que aquella arroganciacrecía, trájole a tal extremo. De esta manera, un muñeco abandonado asus instintos llega a probar el licor amargo de la maldad y a saborearlocon infernal delicia. A Pecado se le conquistaba fácilmente conhábiles ternuras.

Era tan bruto, que el Majito mismo, con un poco demimo y otro poco de esa adulación que algunos chicos manejan como nadie,le tenía por suyo. Pero de ningún modo se le conquistaba con la fuerza.

Así, cuando vio aquel cerco de semblantes fieros; cuando se vioamenazado por tantas manos e injuriado por tantas lenguas, desde laprovocativa de las mujeronas hasta la severa y comedida del guardiacivil; cuando notó la saña con que le perseguía la muchedumbre, en quiende una manera confusa entreveía la imagen de la sociedad ofendida,sintió que nacían serpientes mil en su pecho, se consideró menos niño,más hombre, y aun llegó a regocijarse del crimen cometido. Cosas tantremendas como desconocidas para él hasta entonces, la venganza, laprotesta, la rebelión, la terquedad de no reconocerse culpable,penetraron en su alma. Por breve tiempo la ocupaba el miedo, y lágrimasde fuego escaldaban sus mejillas; pero pronto la ganó por entero elinstinto de defensa. Entrevió, como un—ideal glorioso, el burlar a todaaquella gente, escapándose y aumentando el daño antes causado con otrosdaños mayores.

Esta era la situación moral de Pecado cuando el comisario deBeneficencia, llevado de un celo que nunca será encomiado bastante, seempinó como pudo sobre una piedra, y asomando la cabeza y hombros porencima de la tapia, dirigió al criminal su autorizada y en cierto modopaternal palabra, diciendo:

«Mequetrefe, sal pronto de ahí, o verás quién soy».

¡Cuánto habría dado el criminal por que cada mirada suya fuera unasaeta! Quería despedir muertes por los ojos.

Cogió un ladrillo, yapuntando a la por tantos títulos respetabilísima cabeza del apóstol dela Beneficencia oficial, lo disparó con tan funesta puntería, que elbuen señor gordo gritó: «¡Carástolis!», y estuvo a punto de caerdesvanecido. Testigos respetables dicen que en efecto cayó.

¡Víctima ilustre ciertamente!

¿Nos atrevemos a decir que la agresión inicua y casi sacrílega de quehabía sido objeto el señor comisario, provocó algunas sonrisas y aunrisotadas entre aquella gentuza, y que hubo quien entre dientes dijo quehabía tenido el chico la mejor sombra del mundo?... Digámoslo, sí, paraeterno baldón de la clase chulesca.

Zarapicos fue llevado en gravísimo estado a la Casa de Socorro, y lanueva víctima pateaba y rabiaba de ira al sentir el dolor de su frente yojo, y al verse manchada de sangre aquella mano benéfica que sólo paraalivio de los menesterosos existía.

«¡Guardias, guardias, reventad a ese miserable!... ¡Vaya un monstruo!...¡Carástolis! ¡Ay!, ¡ay! Sr. Lamagorza, este truhán me ha matado... ¡Quépaís!, ¡qué país!».

Alguien apoyaba por allí cerca estas sentidas razones con otrasigualmente enérgicas, que revelaban una indignación fulminante. Era elpavo, que avanzó haciendo la rueda y arrastrando las alas hacia el señorcomisario herido. En tanto Pecado, rápido como el pensamiento, sesubió al cobertizo y se dejó caer en el arroyo por una vertical de másde cinco metros, deslizándose por la escabrosa superficie de tierra.Dieron vuelta hacia la otra parte los guardias y el público paracogerle; pero él se escurrió por el borde del arroyo, metió los pies enel agua cuando le faltó el terreno, y buscó un refugio en el agujeronegro de la alcantarilla por donde aquella agua blanquecina y nadalimpia desembocaba.

«Que le cojan ahora—dijo una mujer del pueblo, que después de ladescalabradura del señor comisario, simpatizaba, ¡oh vilipendio!, con elcriminal.

—¡Que venga la guardia de la alcantarilla!»—exclamó el concejalinflamado de coraje.

Los guardias civiles y los de Orden Público trataron de remontar elarroyo; pero venía muy crecido. Peligraba el lustre de las botas y aunlas botas mismas.

«¿Quién pesca ahora a ese condenado?

—Hay una reja que no le dejará internarse. Ha de estar a cuatro o cincovaras de la boca».

Miraban todos y no le veían. Un guardia civil arriesgó las botas,acercándose a la boca. Llevaba fusil.

«Allí está—gritó—. Le veo los ojos».

El guardia distinguía dos luceros en la obscuridad. Desde allí Pecado atisbaba a sus perseguidores con cierta serenidad provocativa.

«¡Granuja!—gritó el civil—, sal de ahí o te hago fuego.

—¡Fuego, fuego!»—clamó a lo lejos la voz del comisario, a quien piadosaschulapas ponían una venda.

Pecado había entrado con ánimo de no parar hasta verse en lugarseguro, aunque tuviera que ir a las entrañas de la tierra. Pero laobscuridad y el espanto de aquel sitio acongojaron su corazón, aún nosuficientemente varonil para arrostrar ciertos lugares. Se detuvo; vioseentre dos especies de muerte, y vaciló... Le consolaba que los guardiasno podían entrar a cogerle. ¿Y si le hacían fuego?... Entonces se achicótanto, que volvió a ser niño y a tener miedo. Dirigió la mente a ciertasideas confusas de su tierna niñez; pero aquellas ideas estaban tanborradas, tan lejanas, que poco o ningún alivio encontró en ellas. DeDios no quedaba en él más que un nombre. Era como un rótulo escritosobre un arca vacía, de la cual, pieza por pieza, han ido sacando losricos tesoros. Nada sabía; su tía le hablaba poco de Dios, y el maestrode escuela le había dicho sobre el mismo tema mil cosas huecas que nuncapudo comprender bien. Las nociones de su tía y las palabras del maestrose le habían olvidado con el penoso trabajo del taller de sogas yaquella vida errante de juegos, raterías y miseria.

Sin saber cómo, este orden de ideas llevole a reconocerse culpable. Algochillaba dentro de él que se lo decía. Era criminal, y sus perseguidorestenían razón en perseguirle, y aun en matarle atándole en un palo yestrangulándole. Esto le hizo estremecer de espanto, ¡a él que habíavisto una y otra

ejecución

en

el

Campo

de

Guardias

sin

conmoverse!...Pero aunque se reconoció bien perseguido, su orgullo estaba allí paraaconsejarle no entregarse...

¡Fuera miedo!... Desgraciadamente para él,estos fieros pensamientos se aplacaban con el agotamiento de las fuerzasfísicas. Estaba cansado; en todo el día no había comido más que elcurrusco de pan que le dio su tía al ir al trabajo. ¡Y había dado tantasvueltas a la rueda en el aposento obscuro del soguero!... ¡Y corriótanto después para ir desde la calle de las Amazonas a su casa!...¡Tenía un hambre tan atroz y una sed!...; sobre todo, una sed de padre ymuy señor mío. A estas insufribles molestias se unió el frío. Sus piesdesaparecían en el agua, y desde lo interior del cañón de ladrillo veníaun aliento glacial que le empujaba hacia afuera. ¿Qué haría?

Determinose entonces en él ese fenómeno de observación retrospectiva quesuele acompañar a las situaciones de gran perplejidad. El espírituturbado abandona el palenque de la duda, y se refugia en los hechos quehan precedido inmediatamente a la situación terrible. Espantose de nohaber previsto lo que le pasaba, y comparo la serenidad de la mañana conel apuro y desasosiego de la tarde. ¡Qué lástima haber vivido aqueldía!... ¡Qué lejos estaba de que iba a cometer barbaridad tan grande! Nohabía ido con gusto al trabajo por ser domingo. Nunca iba con gusto,porque él daba a la rueda y su tía cobraba. Pero al fin, con gusto o sinél, allá fue tranquilo, pensando en que por la tarde se divertiría en elCanal o en la Arganzuela. Había estado toda la mañana esperando conmucho anhelo la hora de soltar el trabajo. Contaba los segundos por lasvueltas de la odiosa rueda. Creíase motor del misterioso reloj deltiempo. Dale que le dale, había llegado al fin la hora, y la manivela,que para él era parte de sus propias manos, se había quedado sola en eltaller, quieta y muda.

Sin decir adiós al maestro, porque el maestro no le saludaba a él aninguna hora, Pecado había salido y bajado a saltos por la Ribera deCurtidores.

Aún le parecía ver los puestos rastreros y las manos recogiendocachivaches. Era día de toros. Aquellos barrios estaban muy animados.Todo lo recordaba perfectamente; todo lo veía, como si lo tuvieradelante, revivido a sus ojos en la obscuridad de su escondite. Seacordaba de que, al llegar a la Ronda, le había detenido el paso unperezoso carromato de cinco mulas, de esos que no acaban de pasar nunca.El muchacho, impaciente y atrevido, atravesó por debajo de la panza deuna de las mulas, que por más señas era torda. Después vio un entierro;luego encontró a dos chicas del barrio que le dieron un cacahuet, yél..., él las había administrado un par de nalgadas a cada una, porqueeran muy bonitas... Representábase luego la llegada a su casa; recordabaque su tía, antes de darle de comer, le había anunciado el hurto delros, y que él, sin poderse contener al oír tan atroz noticia, abandonóla comida, y subiendo otra vez a la Ronda, se lanzó por el barrancoabajo en busca de la cuadrilla. Lo demás, por ser más reciente ydesagradable, se le representaba con matices aún más vivos. Elensangrentado cuerpo de Zarapicos no se quitaba ya de delante de susojos... Su orgullo y sus malos instintos rebuscaban todos los sofismasdel egoísmo para producir una reacción; pero si estos ganaban algúnterreno, al punto lo perdían. Los sofismas hacían grandes esfuerzos pordestruir la hermosa flor del arrepentimiento; pero cuantas más hojas learrancaban, más lozanas las echaba ella.

«¡Date, date, canallita!—gritó el guardia—, o te dejo seco».

Pecado miró al guardia. No, no se entregaría. Antes morir queentregarse. Eso de que le llamaran canallita, le exasperaba... Vislumbróel presidio, como en sus sueños infantiles había vislumbrado otras vecesel Cielo... Pero si el hambre y la sed le devoraban, ¿qué podía hacermás que entregarse? Y el guardia aquel era precisamente un hombre aquien Mariano admiraba mucho por su gallardía y su simpático rostro. Sellamaba Mateo González, y servía en el puesto de la calle del Labrador. Pecado le imitaba en el modo de andar. En sus sueños de ambición, nose le ocurría jamás ser general, ni

obispo, ni banquero, ni

comerciantefamoso, sino ser Mateo González.

Este, que era ladino, tuvo una idea feliz. Pecado le vio desaparecer,y por un momento tembló de alegría. Pero no le dio tiempo el guardia aregocijarse, porque otra vez apareció por el arroyo adelante. En vez defusil, traía dos naranjas en la mano derecha.

«¡Eh, Marianín!—gritó inclinándose para verle mejor y mostrarle lo quellevaba—. Sal; no seas tonto. No te haremos nada... ¿Ves? Si sales, tedoy estas dos naranjas».

Pecado dio un salto hacia fuera y se arrojó en brazos del guardia.

«¡Ah tunante...!»—dijo este con alegría, echándole la zarpa al cuello ydejándose arrebatar las naranjas.

—IV—

Consagremos un recuerdo de consideración y lástima, en el último renglónde esta tragedia, al digno señor comisario de Beneficencia, autor detantos y tan hermosos expedientes. Él solo sería capaz, si le dejaran,de elevar en pocos años a una altura increíble, dentro de los archivosnacionales,

esos

grandiosos

monumentos

papiráceos en que se cifranuestra bienandanza. Sería preciso tener corazón de estuco para noafligirse al verle descalabrado, con la mano en la frente y esta ceñidapor un pañuelo, corriendo en coche simón hacia la Casa de Socorro de lacalle de Embajadores, donde por la noche se vistió de la luz de losserafines el pobrecito Zarapicos.

La Correspondencia recogió en el Juzgado de guardia una nota delsuceso de aquel día, y lo dio a sus lectores en un sueltecillo crudo.Cuando lo leyeron los amigos que acompañaban al señor de Lamagorza en sucasa, y cuando este

les

refirió

detalles

del

hecho,

oyéronse

lasexclamaciones más ardientes sobre el estado moral e intelectual delpaís; se recordaron otros hechos análogos ocurridos antes en Madrid,Valencia y Málaga, y por último se declaró con unanimidad muysatisfactoria que era preciso hacer algo, ¡algo, sí!, y consagrar muchosratos y no pocas pesetas a la curación del cuerpo social. Como la prensaalarmada acalorase el asunto en los días sucesivos, se formaron juntas,se nombraron comisiones, las cuales a su vez parieron diversas especiesde subcomisiones; y hubo discursos seguidos de aplausos... y se lucieronlos oradores; y otros, que ávidos estaban de dar sus nombres al público,adquirieron esa celebridad semanal que a tantos desvanece.

Tanta actividad, tanta charla, tanto proyecto de escuelas, depenitenciarías, de sistemas teóricos, prácticos, mixtos, sencillos ycomplejos, celulares y panoscópicos, docentes y correccionales, fueroncayendo en el olvido, como los juguetes del niño, abandonados y rotosante la ilusión del juguete nuevo. El juguete nuevo de aquellos días fueun proyecto urbano más práctico y además esencialmente lucrativo.Ocupáronse de él juntas y comisiones, las cuales trabajaron tan bien ycon tanto espíritu de realidad, que al poco tiempo se alzó grandiosa,provocativamente bella y monumental, toda roja y feroz, la nueva Plazade Toros.

Capítulo VII

Tomando posesión de Madrid

La noticia de la barrabasada de su hermano fue para Isidora un golpeterrible. Precisamente, cuando supo el extraño caso, hallábase en la máslisonjera situación de espíritu que un alma juvenil puede apetecer.Todas sus ideas tenían como un tinte de aurora; detrás de cuantopensaba, creía notar un resplandor delicioso, el cual, demasiado vivopara contenerse en su alma, salía por los sentidos afuera y matizaba deextrañas claridades todos los objetos.

Nada veía que no fuera para ellaprecioso, seductor, magnífico o por cualquier concepto interesante, yhasta un carro de muertos que encontró al salir de la casa, más que porfúnebre, le chocó por suntuoso.

Había salido temprano a comprar varias cosillas, o si se quiere, habíasalido por salir, por ver aquel Madrid tan bullicioso, tan movible,espejo de tantas alegrías, con sus calles llenas de luz, sus miltiendas, su desocupado genio que va y viene como en perpetuo paseo. Losdomingos por la mañana, si esta es de abril o mayo, los encantos deMadrid se multiplican; crecen la animación y el regocijo; hay bulla queno aturde y movimiento que no marea. Mucha gente va a misa, y a cadapaso halla el transeúnte bandadas de lindas pollas, de cintura bienceñida y velito en la frente, que salen de la iglesia, devocionario enmano, joviales y coquetuelas.

Las campanas dijeron algo a Isidora, y entró a oír misa en San Luis, encuya escalerilla se estrujaba la gente. Dentro, las misas sucedían a lasmisas, y los fieles se dividían en tandas. Unos se marchaban cuandootros caían de rodillas.

Allí se persignaba una tanda entera, aquí seponía en pie otra, y las campanillas, anunciando los diversos actos delsacrificio, sonaban sin interrupción.

«¡Qué bueno es el Señor—pensaba Isidora delante de la Hostia—, que meallana mi camino y me manifiesta su protección, desde el primer paso quedoy para lograr mi puesto verdadero...! No podía ser de otra manera,porque lo justo justo es, y Dios no puede querer cosas injustas, y si yono fuera ante el mundo lo que debo ser, o mejor dicho, lo que soy antemí, resultaría una injusticia, una barbaridad...».

Y luego, cuando el sacerdote consumía:

«Bendito sea el Señor que me ha deparado la ayuda del marqués deSaldeoro, ese caballero sin igual, fino y atento como no hay otro... ¡Yqué hermosos ojos tiene, qué guapo es y con qué elegancia viste! Aquelloes vestirse; lo demás es taparse... ¡Qué bien habla, y cómo se interesapor mí!

Tiene razón cuando me dice: «¡Oh!, esté usted tranquila, que siesto no se arregla por bien, como yo espero, entonces... ahí tenemos lostribunales. ¡Es asunto ganado!».

¡Oh! Sí, los tribunales. ¡Qué bonitosson los tribunales!...

Todo será cuestión de algunos meses. Después...».

Por la mente de Isidora pasaba una visión tan espléndida, que a solas yen presencia del sacerdote, del monaguillo y de los fieles, la venturosamuchacha sonreía.

«No es caso nuevo ni mucho menos—decía—. Los libros están llenos decasos semejantes. ¡Yo he leído mi propia historia tantas veces...! ¿Yqué cosa hay más linda que cuando nos pintan una joven pobrecita, muypobrecita, que vive en una buhardilla y trabaja para mantenerse; y esajoven, que es bonita como los ángeles y, por supuesto, honrada, máshonrada que los ángeles, llora mucho y padece, porque unos pícaros laquieren infamar; y luego, en cierto día, se para una gran carretela enla puerta, y sube una señora marquesa muy guapa, y ve a la joven, yhablan, y se explican, y lloran mucho las dos, viniendo a resultar quela muchacha es hija de la marquesa, que la tuvo de un cierto condecalavera? Por lo cual de repente cambia de posición la niña, y habitapalacios, y se casa con un joven que ya, en los tiempos de su pobreza,la pretendía, y ella le amaba...

Pero ha concluido la misa. ¿Pies, paraqué os quiero?».

Y con tanta prisa y con tal desgaire bosquejaba la señal de la cruzsobre la frente, cara y pechos, y tan atropelladamente

mascullaba

unPadre

Nuestro,

al

despedirse del santo altar, que parecía decir: «Abur,Dios».

En la puerta, las vendedoras de flores entorpecían el paso de la gente,y alargaban sus manos con puñados de rosas y otras florecillas,gritando: «Un ramito de olor...». «Cuatro cuartos de rosas». Isidoracompró rosas para acompañarse de su delicado aroma por todo el caminoque pensaba recorrer. Al punto empezó a ver escaparates, solicitada detanto objeto bonito, rico, suntuoso. Esta era su delicia mayor cuando ala calle salía, y origen de vivísimos apetitos que conmovían su alma,dándole juntamente ardiente gozo y punzante martirio. Sin dejar decontemplar su faz en el vidrio para ver qué tal iba, devoraba con susojos las infinitas variedades y formas del lujo y de la moda.

¡Cuántas invenciones del capricho, cuántas pompas reales osuperfluidades llamativas! Aquí las soberbias telas, tan variadas yricas que la Naturaleza misma no ofreciera mayor riqueza y variedad;allí las joyas que resplandecen, asombradas de su propio mérito, en losestuches negros...; más lejos ricas pieles, trapos sin fin, corbatas,chucherías que enamoran la vista por su extrañeza, objetos en que seadunan el arte inventor y la dócil industria, poniendo a contribución eloro, la plata, el níquel, el cuero de Rusia, la celuloide, la cornalina,el azabache, el ámbar, el latón, el caucho, el coral, el acero, el raso,el vidrio, el talco, la madreperla, el chagrín, la porcelana y hasta elcuerno...; después los comestibles finos, el jabalí colmilludo, lachocha y el faisán asados, cubiertos de su propio plumaje, con otras mily mil cosas aperitivas que Isidora desconocía y la mayor parte de lostranseúntes también...; más adelante los peregrinos muebles, lasrecamadas tapicerías, el ébano rasguñado por el marfil, el roble talladoa estilo feudal, el nogal hecho encaje, las majestuosas camas dematrimonio, y

por

último,

bronces,

cerámicas,

relojes,

ánforas,candelabros y otros prodigios sin número que parecen soñados, según sonde raros y bonitos.

El hechizo que estas brillantes instalaciones producían en el ánimo deIsidora era muy particular. Más que como objetos enteramente nuevos paraella, los veía como si fueran recobrados después de un largo destierro.El entusiasmo y la esperanza que llenaban su alma la inducían a mirartodo como cosa propia, al menos como cosa creada para ella, y decía:«Con esas pieles me abrigaré yo en mi coche; en mi casa no habrá otrosmuebles que esos; pisaré esas alfombras; las amas de cría de mis niñosllevarán esos corales; mi esposo..., porque he de tener esposo..., usaráesas petacas, bastones, escribanías, fosforeras, alfileres de corbata; ycuando alguno esté enfermo en casa, se tomará esas medicinas tan buenas,guardadas en tan lindas cajas y botecillos».

Por mirarlo todo, deteníase también a contemplar las encías con que losdentistas anuncian su arte, las caricaturas políticas de los periódicos,colgados en las vidrieras de los cafés, los libros, los cromos, lospalillos de dientes, las aves disecadas, las pelucas y postizos, lascondecoraciones, las fotografías, los dulces y hasta los comerciosambulantes en que todo es a real.

Necesitaba comprar algo, poca cosa... Pero con el tiempo..., cuando ellasaliera de su destierro social, ¡qué gusto ir de tienda en tienda, mirartodo, escoger, esto tomo, esto dejo, pagar, mandar llevar a casa elobjeto comprado, volver al día siguiente...! Entró en una tienda deparaguas a comprar una sombrilla. ¡Le pareció tan barata!... Todo erabarato. Después compró guantes. ¿Cómo iba a salir sin guantes, cuandotodo el mundo los llevaba? Sólo los pordioseros privaban a sus manos delhonor de la cabritilla.

Isidora hizo propósito de usarlosconstantemente, con lo cual, y con la abstinencia de todo trabajo duro,se le afinarían las manos hasta rivalizar con la misma seda.

Después de adquirir un abanico no pudo resistir a la tentación decomprar un imperdible. ¡Cayó en la cuenta de que le hacía tantafalta!... Incapaz de calcular las mermas de su nada abundante peculio,vio en los Diamantes Americanos

ciertos

pendientes

que,

una

vez

puestos,habrían de parecer como nacidos en sus propias orejas. Comprolos, y notardó en enamorarse de un portamonedas. ¿Cómo podía pasarse sin aquellaútil prenda, tan necesaria cuando se tiene algún dinero? No había cosapeor, según ella, que llevar las monedas sueltas en el bolsillo,expuestas a perderse, a confundirse y a caer en las largas uñas de losrateros. Puesto el tesoro en el flamante portamonedas, siguió viendocosas, y a cada instante emigraban de él las pesetas y los duros, yapara tomar algo de perfumería, ya para horquillas, ¡de que tenía tantafalta!, bien para una peina modesta, bien para papel de cartas, con suelegante timbre de iniciales. Verdaderamente no se podía pasar sin papelde cartas, ¡ni de qué servía un papel que no tuviera timbre!...

«Aún me queda bastante—dijo al regresar a su casa—

para poner a Marianoen un colegio y comprarle algo de ropa...».

Hacía cuentas mentalmente; pero las cifras sustraídas eran tan rebeldesa su espíritu, que ni se acordaba bien de ellas, ni acordándose sabíadarles su justo valor. Como todos los gastadores (cuya organizaciónmental para la aritmética les hace formar un grupo aparte en la especiehumana), veía siempre engrosadas las cifras del activo, y atrozmenteflacas e insignificantes las del pasivo.

Este grupo de los derrochadoresarrastraría a la humanidad a grandes catástrofes, si no lo contrapesarael grupo de los avaros, creados por las leyes del equilibrio.

Isidora se había dejado la calderilla suelta en el bolsillo, como cosaindigna de ocupar un departamento en los pliegues de raso delportamonedas, y por la calle iba dando limosna a todos los pobres queencontraba, que no eran ciertamente pocos. Eso sí: corazón más blando nique más fácilmente se enterneciera con ajenas lástimas y desdichas noexistió jamás. En su mano había quizás un vicio fisiológico, y decimosvicio, porque si esta noble parte de nuestro cuerpo parece hecha para elacto de la aprehensión, o por la aprehensión formada (que en esto haygraves diferencias entre los doctores), la suya parecía hecha para elacto contrario, y no habría tenido razón de ser, si el dar no existiera.

Entró en su casa tarde, cargada de compras, porque añadió a lasindicadas arriba dos cucuruchos con orejones y galletas para obsequiar aD. José Relimpio. Con tanto paquete entre las manos se le ajaron lasrosas. Púsolas en un vaso con agua fresca, almorzó, y escribió doscartas, gastando en ellas, por su torpeza en la caligrafía, ochoplieguecillos del timbrado papel, y habría gastado más si no le dieran ala sazón la noticia del crimen de su hermano. Dejolo todo y salióagitada, para enterarse en el Juzgado, visitar a Mariano en la cárcel yver el partido que debía tomar. Entonces cayó en la cuenta de quenecesitaría gastar algún dinero, y segura de tener bastante, registrólos huequecillos rojos del portamonedas, contó, revisó, pasó las piezasde una parte a otra; pero por más vueltas que daba y trasiegos quehacía, resultaba siempre que apenas tenía dos docenas de pesetas. ¿Endónde estaba lo demás? ¿La habían robado?

Por un momento creyose Isidora víctima de los infinitos timadores quehormiguean en Madrid; pero repasando las compras y estableciendo por lafuerza incontrastable de la Aritmética, que a veces se impone a susmayores enemigos, la realidad de las cifras, hizo liquidación neta detodo y declarose ratero de sí misma. Su siempre viva imaginación veíalas monedas que había tenido, la media onza, la pieza de a cuatro, lostres duros algo anticuados y por lo mismo más valiosos. ¿En dóndeestaban? Poco a poco fue recordando que la primera había caído en taltienda, la segunda más allá, y que a ocupar su lugar venían pesetasgastadas y algún duro flamante que parecía de lata.

Cuando el manirrotosuelta las monedas, le queda en el alma, a la manera de un dejonumismático, cierta creencia de que no las ha soltado, y conserva laidea o imagen de ellas, y no se convence de su error hasta que lanecesidad le impele a trazar una cuenta. Entonces vienen los ceñudosnúmeros cargados de lógica y ponen las cosas en su lugar.

Nada sacó en limpio Isidora de las diligencias de aquella tarde, sino unnuevo gasto en coches y tranvías.

Acompañábala D. José Relimpio, el cualmostró tales deseos de fumar, que Isidora, sensible a esta necesidadcomo a todas, le obsequió con un paquete de puros de a medio real.Cuando regresaron, ella desalentada y pesarosa, él tieso y humeante, D.ªLaura recibió a su digno esposo con endemoniado gesto, y le dijo:

«Quita allá; vicioso... Ya tenemos la chimenea encendida.

¡Contenta metienes! Tú, con mirarte al espejo y chupar el maldito coracero, creesque no hace falta nada más. Mejor trabajaras...».