La Desheredada by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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La desheredada

Benito Pérez Galdós

Primera parte

o Capítulo I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX,

X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII,

XVIII

Segunda parte

o Capítulo I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX,

X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII,

XVIII, XIX

Primera parte

Saliendo a relucir aquí, sin saber cómo ni por qué, algunas dolenciassociales, nacidas de la falta de nutrición y del poco uso que se vienehaciendo de los benéficos reconstituyentes llamados Aritmética, Lógica, Moral y Sentido Común, convendría dedicar estas páginas...¿a quién? ¿al infeliz paciente, a los curanderos y droguistas que,llamándose filósofos y políticos, le recetan uno y otro día?... No; lasdedico a los que son o deben ser verdaderos médicos: a los maestros deescuela.

B. P. G.

Madrid.—Enero de 1881.

PERSONAJES DE ESTA PRIMERA PARTE

ISIDORA RUFETE,

protagonista.

MARIANO RUFETE,

su hermano.

LA SANGUIJUELERA,

tía.

AUGUSTO MIQUIS,

estudiante de Medicina.

JOAQUÍN PEZ,

Marqués viudo de

SALDEORO,

hijo de

DON JUAN MANUEL JOSÉ Director general en el DEL PEZ,

Ministerio de Hacienda.

DON JOSÉ DE RELIMPIO espejo de los vagos.

Y SASTRE,

DOÑA LAURA,

su esposa

MELCHOR DE RELIMPIO, hijos

EMILIA,

hijos

LEONOR,

hijos

LA MARQUESA DE

ARANSIS.

EL MAJITO,

niño.

ZARAPICOS,

pícaros

GONZALETE,

pícaros

TOMÁS RUFETE.

EL SEÑOR DE CANENCIA.

conserje de la casa de

MATÍAS ALONSO,

Aransis.

UN CONCEJAL.

UN COMISARIO DE

BENEFICENCIA.

MI TÍO EL CANÓNIGO

(que no sale).

Hombres y mujeres del pueblo,niños, Peces de ambos sexos, criados, guardias civiles, etc.

La escena en Madrid, y empieza en la primavera de 1872.

Capítulo I

Final de otra novela

—I—

«...¿Se han reunido todos los ministros?... ¿Puede empezar elConsejo?... ¡El coche, el coche, o no llegaré a tiempo al Senado!...Esta vida es intolerable... ¡Y el país, ese bendito monstruo con cabezade barbarie y cola de ingratitud, no sabe apreciar nuestra abnegación,paga nuestros sacrificios con injurias, y se regocija de vernoshumillados! Pero ya te arreglaré yo, país de las monas. ¿Cómo te llamas?Te llamas Envidiópolis, la ciudad sin alturas; y como eres puro suelo,simpatizas con todo lo que cae... ¿Cuánto va? Diez millones,veinticuatro millones, ciento sesenta y siete millones, doscientastreinta y tres mil cuatrocientas doce pesetas con setenta y cincocéntimos...; esa es la cantidad. Ya no te me olvidarás, pícara; ya tepillé, ya no te me escapas, ¡oh cantidad temblorosa, escurridiza,inaprehensible, como una gota de mercurio!

Aquí te tengo dentro delpuño, y para que no vuelvas a marcharte, jugando, al caos del olvido, tepongo en esta gaveta

de

mi

cerebro,

donde

dice:

Subvención

personal... Permítame Su Señoría que me admire de la despreocupación con que SuSeñoría y los amigos de Su Señoría confiesan haber infringido laConstitución... No me importan los murmullos. Mandaré despejar lastribunas... ¡A votar, a votar! ¿Votos a mí? ¿Queréis saber con quépoderes gobierno? Ahí los tenéis: se cargan por la culata. He aquí misvotos: me los ha fabricado Krupp... Pero ¿qué ruido es este?¿Quiéncorretea en mi cerebro? ¡Eh!, ¿quién anda arriba?... Ya, ya; es la gotade mercurio, que se ha salido de su gaveta...».

El que de tal modo habla (si merece nombre de lenguaje esta expresiónatropellada y difusa, en la cual los retazos de oraciones correspondenal espantoso fraccionamiento de ideas) es uno de esos hombres que hanllegado a perder la normalidad de la fisonomía, y con ella lainscripción aproximada de la edad. ¿Hállase en el punto central de lavida, o en miserable decrepitud? La movilidad de sus facciones y elllamear de sus ojos, ¿anuncian exaltado ingenio, o desconsoladoraimbecilidad? No es fácil decirlo, ni el espectador, oyéndole y viéndole,sabe decidirse entre la compasión y la risa. Tiene la cabeza casitotalmente exhausta de pelo, la barba escasa, entrecana y afeitada atrozos, como un prado a medio segar. El labio superior, demasiado largoy colgante, parece haber crecido y ablandádose recientemente, y no cesade agitarse con nerviosos temblores, que dan a su boca cierta semejanzacon el hocico gracioso del conejo royendo berzas. Es pálido su rostro,la piel papirácea, las piernas flacas, la estatura corta, ligeramentecorva la espalda. Su voz sonora regalaría el oído si su palabra no fueraun compuesto atronador de todas las maneras posibles de reír, de todaslas maneras posibles de increpar, de los tonos del enfático discurso ydel plañidero sermón.

Acércase a él un señor serio y bondadoso, pónele la mano en el hombrocon blandura y cariño, le toma el pulso, lee brevemente en su extraviadafisonomía, en sus negras pupilas, en el caído labio, y volviéndose a unjoven que le acompaña, dice a este:

«Bromuro potásico, doble dosis».

Sigue adelante el médico, y el paciente toma de nuevo su tono oratorio,tratando de convencer al tronco de un árbol.

Porque la escena pasa en ungran patio cuadrilongo, cerrado por altos muros sin resalto ni relievealguno que puedan facilitar la evasión. Árboles no muy grandes,plantados en fila, tristes y con poca salud, si bien con muchos pájaros,dejan caer uniformes discos de sombra sobre el suelo de arena, sin unahoja, sin una piedra, sin un guijarro, llano y correcto cual alfombra depolvo. Como treinta individuos vagan por aquel triste espacio; los unoslentos y rígidos como espectros, los otros precipitados y jadeantes.Este da vueltas alrededor de dos árboles, trazando con su paso infinitosochos, sin cesar de mover brazos, manos y dedos, fatigadísimo sin sudary balbuciente sin decir nada, rugoso el ceño, huyendo con indeciblezozobra de un perseguidor imaginario. Aquel, arrojado en tierra, aplicala oreja al polvo para oír hablar a los antípodas, y su cara de idiota,plantada en el suelo, es como un amarillo melón que se ríe. Un tercerocanta en voz alta, mostrando un papel o estado sinóptico de losejércitos europeos, con división de armas y los respectivos soberanos ojefes, todo lo cual debe ser puesto en música.

El médico va de uno a otro, interrogándoles, contemporizandograciosamente con las manías de ellos, sin dejar de hacer objecionesdiscretas a cada una. Ya se detiene a echar un párrafo con aquel, derostro estúpido, que lleva el pecho cargado de medallas, escapularios yamuletos; ya habla rápidamente con un viejecillo encanijado y risueñoque, paseándose solo y tranquilo junto al muro, con un mugriento kempisen la mano, parece filósofo anacoreta o Diógenes del Cristianismo, porel abandono de su traje y la unción bondadosa de su fisonomía. Es unsacerdote que tuvo mucho seso. Está meditando ahora la carta que ha dedirigir al Papa en este día, siguiendo una costumbre que se repiteinfaliblemente en los trescientos sesenta y cinco de cada año, y yalleva veinte de encierro. Estrecha con mucho afecto la mano del doctor,échale unos cuantos latines muy bien encajados en la conversación, y porúltimo pregunta si ha sido echada al correo su epístola del díaanterior, a lo que contesta el médico que sí, y que forzosamente SuSantidad anda muy distraído en Roma cuando no se digna contestar acomunicaciones de tanta importancia.

Vuelve el médico hacia donde está el que en los primeros renglones hemosdescrito, y antes de llegar a él dice al practicante:

«Este desgraciado Rufete va a pasar a Pobres, porque hace tres mesesque su familia no paga la pensión de segunda. Él no se dará cuenta delcambio de situación. Si se exacerba esta tarde, será precisoencerrarle».

Poniéndole la mano en el hombro, el facultativo dice a Rufete:

«Basta, basta ya de violencias. Ya hemos dicho que seremos amigos,siempre que usted no se me salga de las vías legales... El país le harájusticia... Calma, serenidad. Si pudiera usted dejar el poder por unoscuantos meses, ¡qué bien nos vendría a los dos! Nos dedicaríamos a curarradicalmente ese constipado...

—No es constipado—replica Rufete con prontitud, describiendo arcos conla cabeza—. Es una gota de mercurio... Anda rodando y escurriéndose...Ahora está aquí, en la sien derecha... Ahora corre y pasa a la sienizquierda... Son ciento sesenta y siete millones, doscientas...

—Ya, ya sé... Yo quisiera que no se ocupase usted más de esa cantidad,puesto que está segura.

—No, no está segura—dice Rufete, demostrando terror—

. No sabe usted quéguerra me hacen esos pillos. No me pueden ver. Pero yo gozo con susinfamias. Cuando un verdadero genio se empeña en subir a la gloria, laenvidia le proporciona escaleras. Deme usted una envidia tan grande comouna montaña, y le doy a usted una reputación más grande que el mundo...Adiós; me voy al Congreso. ¿No sabe usted que se han sublevado losmaceros?... Abur, abur».

El médico hace a su compañero la expresiva seña de no tiene remedio, ypasa adelante.

—II—

No consta si fue aquel día o el siguiente cuando trasladaron al infelizRufete desde el departamento de pensionistas al de pobres. En el primerohabía tenido ciertas ventajas de alimento, comodidad, luz, recreo; en elsegundo disfrutaba de un patio insano y estrecho, de un camastrón, de unrancho. ¡Ay! Cualquiera que despertara súbitamente a la razón y seencontrase en el departamento de pobres, entre turba lastimosa de seresque sólo tienen de humano la figura, y se viera en un corral más propiopara gallinas que para enfermos, volvería seguramente a caer endemencia, con la monomanía de ser bestia dañina. ¡En aquellos localesprimitivos, apenas tocados aún por la administración reformista, en ellargo pasillo, formado por larga fila de jaulas, en el patio de tierra,donde se revuelcan los imbéciles y hacen piruetas los exaltados, allí,allí es donde se ve todo el horror de esa sección espantosa de laBeneficencia, en que se reúnen la caridad cristiana y la defensa social,estableciendo una lúgubre fortaleza llamada manicomio, que juntamente eshospital y presidio! ¡Allí es donde el sano siente que su sangre sehiela y que su espíritu se

anonada,

viendo

aquella

parte

de

la

humanidadaprisionada por enferma, observando cómo los locos refinan su locura conel mutuo ejemplo, cómo perfeccionan sus manías, cómo se adiestran enaquel arte horroroso de hacer lo contrario de lo que el buen sentido nosordena!

Si en unos la afasia excluye toda clase de dolor, en otros la superficiealborotada de su ser manifiesta indecibles tormentos... ¡Y considerarque aquella triste colonia no representa otra cosa que la exageración oel extremo irritativo de nuestras múltiples particularidades morales ointelectuales... que todos, cuál más, cuál menos, tenemos lainspiración, el estro de los disparates, y a poco que nos descuidemosentramos de lleno en los sombríos dominios de la ciencia alienista!Porque no, no son tan grandes las diferencias. Las ideas de estosdesgraciados son nuestras ideas, pero desengarzadas, sueltas, sacadas dela misteriosa hebra que gallardamente las enfila. Estos pobres oratessomos nosotros mismos que dormimos anoche nuestro pensamiento en lavariedad esplendente de todas las ideas posibles, y hoy por la mañana lodespertamos en la aridez de una sola. ¡Oh! Leganés, si quisieranrepresentarte en una ciudad teórica, a semejanza de las que antañotrazaban filósofos, santos y estampistas, para expresar un plan moral oreligioso, no, no habría arquitectos ni fisiólogos que se atrevieran amarcar con segura mano tus hospitalarias paredes. «Hay muchos cuerdosque son locos razonables». Esta sentencia es de Rufete.

El cual no se dio cuenta de aquella caída brusca desde las grandezas depensionista a la humildad del asilado. El patio es estrecho. Se codeandemasiado los enfermos, simulando a veces la existencia de un benditosentimiento que rarísima vez habita en los manicomios: la amistad.Aquello parece a veces una Bolsa de contratación de manías. Hay demanday oferta de desatinos. Se miran sin verse. Cada cual está bastanteocupado consigo mismo para cuidarse de los demás. El egoísmo ha llegadoaquí a su grado máximo. Los imbéciles yacen por el suelo. Parece queestán pastando.

Algunos exaltados cantan en un rincón. Hay grupos que seforman y se deshacen, porque si no amistad, hay allí misteriosassimpatías o antipatías que en un momento nacen o mueren.

Dos loqueros graves, membrudos, aburridos de su oficio, se paseanatentos como polizontes que espían el crimen.

Son los inquisidores deldisparate. No hay compasión en sus rostros, ni blandura en sus manos, nicaridad en sus almas.

De cuantos funcionarios ha podido inventar latutela del Estado, ninguno es tan antipático como el domador de locos.Carcelero—enfermero es una máquina muscular que ha de constreñir en susbrazos de hierro al rebelde y al furioso; tutea a los enfermos, los dade comer sin cariño, los acogota si es menester, vive siempre prevenidocontra los ataques, carga como costales a los imbéciles, viste a losimpedidos; sería un santo si no fuera un bruto. El día en que la leyhaga desaparecer al verdugo, será un día grande si al mismo tiempo lacaridad hace desaparecer al loquero.

Rufete huía maquinalmente de los loqueros, como si los odiara. Losfuncionarios eran para él la oposición, la minoría, la prensa; erantambién el país que le vigilaba, le pedía cuentas, le preguntaba por elcomercio abatido, por la industria en mantillas, por la agriculturarutinaria y pobre, por el crédito muerto. Pero ya le pondría él lasperas a cuarto al señor país, representado en aquellos dos señorestiesos, que en todo querían meterse, que todo lo querían saber, como siél, el eminentísimo Rufete, estuviera en tan alta posición para dargusto a tales espantajos. Le miraban atentos, y con sus ojosinvestigadores le decían:

«Somos la envidia que te mancha para bruñirtey te arrastra para encumbrarte».

Todos los habitantes del corral tienen su sitio de preferencia. Estaatracción de un trozo de pared, de un ángulo, de una mancha de sombra,es un resto de la simpatía local que aquellos infelices llevan a laregión de tinieblas en que vive su espíritu. Constantemente se agitabaRufete en un ángulo del patio, tribuna de sus discursos, trono de supoder. La pared remedaba las murallas egipcias, porque el yeso,cayéndose, y la lluvia, manchando, habían bosquejado allí mil figurasfaraónicas.

Cuando Rufete se cansaba de andar, sentábase. Tenía mucho que hacer,despachar mil asuntos, oír a una turba de secretarios,

generales,arzobispos,

archipámpanos,

y

después..., ¡ah!, después tenía que echarmiles de firmas, millones, billones, cuatrillones de firmas. Se sentabaen el suelo, cruzaba los brazos sobre las rodillas, hundía la cara entrelas manos, y así pasaba algunas horas oyendo el sordo incesante resbalardel mercurio dentro de su cabeza. En aquella situación, el infelizcontaba los ciento sesenta y siete millones de pesetas. Esto era fácil,sí, muy fácil; lo terrible era el pico de aquella suma. ¿Por qué seescapaban las cifras, huyendo y desapareciendo en menudas partículas delmetal líquido por los intersticios del tul del pensamiento? Era precisopensar fuerte y espesar la tela, para coger aquellas 233.412 pesetas,con sus graciosas crías los 75 céntimos.

Los vestidos de este sujeto sin ventura eran puramente teóricos. Habíasobre sus miserables y secas carnes algunas formas de tela querespondían en principio a la idea de camisa, de levita, de pantalón;pero más era por los pedazos que faltaban que por los pedazos quesubsistían. ¡Hacía tanto

tiempo

que

su

familia

no

le

llevaba

ropa!...Últimamente le pusieron una blusa azul. Pero una mañana se comió lamitad. Era el más indócil y peor educado de todos los habitantes de lacasa. No obstante, sobre aquellos harapos se ponía todos los días unacorbata no mala, liándosela con arte y esmero delante de la pared, hechaespejo de un golpe de imaginación. Aquel negro dogal sobre la carnedesnuda del estirado cuello, impedíale a veces los movimientos; perollevaba con paciencia la molestia en gracia del bien parecer.

Cuando anochecía o cuando el tiempo era malo, Rufete era el último quedejaba el patio. Comúnmente los loqueros se veían en el caso de llevarlea la fuerza. Dormía en una sala baja, húmeda, con rejas a un largopasillo, el cual las tenía a la huerta. Desde los duros camastros veíasela espesura del arbolado; pero, al través de las rejas dobles, laalegría del intenso verdor llegaba a los ojos de los orates mermada ocasi perdida, con un efecto de país bordado en cañamazo. En eldormitorio no cesaban, ni aun a horas avanzadas, los cantos y gritos.Las tinieblas eran para la mayor parte de ellos lo mismo que el clarodía. Algunos dormían con los ojos abiertos. Oíase desde la sala lamurmuración del chorro de una fuente, la cual con tal constanciaestimulaba el oído, que Rufete se pasaba horas enteras en conversacióntirada con el agua charlatana en estos o parecidos términos: «En todo loque Su Señoría me dice, señor chorro, hay mucha parte de razón y muchoque no puede admitirse. Subí al poder empujado por el país que mellamaba, que me necesitaba. El primer escalón fue mi mérito, el segundomi resolución, el tercero la lisonja, el cuarto la envidia... ¿Pero quéhabla usted de convenios reservados, de pactos deshonrosos? Cálleseusted, tenga usted la bondad de callarse; le ruego, le mando a usted quese calle».

Y colérico se abalanzaba a la reja, ponía el oído, hacía señales deconformidad o denegación, oprimía los barrotes.

La fluida elocuencia delchorro no tenía fin jamás. Era como uno de esos oradores incansables quesiempre están hablando de sí mismos. La aurora le encontraba engolfadoen la misma tesis, y a Rufete diciendo con espantosa jovialidad: «No meconvence, no me convence Su Señoría».

¡La aurora!, aun en una casa de locos es alegre; aun allí son hermososel risueño abrir de ojos del día y la primera mirada que cielo y tierra,árboles y casas, montes y valles se dirigen. Allí los pájarosmadrugadores gorjean lo mismo que en las alamedas del Retiro sobre lasparejas de novios; el sol, padre de toda belleza, esparce por allí losmismos prodigios de forma y color que en las aldeas y ciudades, y elpropio airecillo picante que menea los árboles, que orea el campo, queestimula a los hombres al trabajo y lleva a todas partes la alegría, elbuen apetito, la sazón y la salud, derrama también por todas las zonasdel establecimiento su soplo vivificante. Las flores se abren, lasmoscas emprenden sus infinitos giros, las palomas se lanzan a susremotos viajes atmosféricos; arriba y abajo cada cual cede al impulsoexcitante según su naturaleza. Los locos salen de los cuartos odormitorios con sus fieros instintos poderosamente estimulados.Redoblan, en aquella hora del despertamiento general, sus acostumbradosdislates, hablan más alto, ríen más fuerte, se arrastran y se embrutecenmás; algunos rezan, otros se admiran de que el sol haya salido de noche,aquel responde al lejano canto del gallo, este saluda al loquero conurbanidad refinada; quién pide papel y tinta para escribir la carta, ¡laindispensable carta del día!; quién se lanza a la carrera, huyendo de unperseguidor que aparece montado en el caballo del día, y todo aquelcarnavalesco mundo comienza con brío su ordinaria existencia.

La numerosa servidumbre de la casa emprende la faena de limpieza, yestrépito de escobazos corre por salas y pasillos, confundiéndose con elsacudir de ropas, el arrastrar de muebles. A misa llama la campana de lacapilla, el Director

administrativo

sale

de

su

despacho

a

inspeccionarlos servicios, y las hermanas de la Caridad, alma y sostén del asilo porestar encargadas de su régimen doméstico, van y vienen con actividad demadres de familia.

Sus faldas azules, azotadas por enorme rosario, susblancas tocas aladas, respetables y respetadas como enseña de paz, seven por todas partes, entre el verdor de la huerta, entre los estantesde la botica, en la enorme cocina, cuyos hogares de hierro vomitanlumbre; en la despensa llena de víveres; en el lavadero, donde ya saltanlos chorros de agua; en el alto secadero que domina la huerta, y en elpatio de mujeres, en la región de las locas, que es el departamento detrabajo más penoso y de las dificultades más terribles.

¡Las locas! Estamos en el lugar espeluznante de aquel Limbo enmascaradode mundo. Los hombres inspiran lástima y terror; las hijas de Evainspiran sentimientos de difícil determinación. Su locura es, por logeneral, más pacífica

que

en

nosotros,

excepto

en

ciertos

casospatológicos exclusivamente propios de su sexo. Su patio, defendido en laparte del sol por esteras, es un gallinero donde cacarean hasta veinte otreinta hembras con murmullo de coquetería, de celos, de chácharafrívola y desacorde que no tiene fin, ni principio, ni términos claros,ni pausa, ni variedad. Óyese desde lejos, cual disputa de cotorras en lasoledad de un bosque... Las hay también juiciosas. Algunas pensionistas,tratadas con esmero, están tranquilas y calladas en habitación clara ylimpia, ocupándose en coser, bajo la vigilancia y dirección de doshermanas de la Caridad. Otras se decoran con guirnaldas de trapo, floressecas o con plumas de gallina.

Sonríen con estupidez o clavan en elvisitante extraviados ojazos.

También la hermosa mitad tiene sus jaulas de dobles rejas. No seríanmujeres si no necesitaran alguna vez estar bajo llave. Es frecuente verdos manos flacas y nerviosas asidas a una reja, y oír la voz ronca deuna desgraciada que pide le devuelvan los hijos que nunca ha tenido. Hayuna que corre por pasillos y salas buscan do su propia persona.

Volvamos al patio de varones pobres. Aquel día faltaba en él Rufete.Creeríase que había crisis. Poco después de amanecer se dirigió alloquero y le dijo: «Hoy no estoy para nadie, absolutamente para nadie».Después cayó en un marasmo profundo. Enmudeció. El chorro de la fuentepreguntaba por él y ninguno de los asilados allí presentes sabía darlerazón.

Lleváronle a la enfermería. El médico mandó que le dieran una ducha, yfue llevado en brazos a la inquisición de agua. Es un pequeño balneario,sabiamente construido, donde hay diversos aparatos de tormento. Allí danlanzazos en los costados, azotes en la espalda, barrenos en la cabeza,todo con mangas y tubos de agua. Esta tiene presión formidable, y susgolpes y embestidas son verdaderamente feroces. Los chorros afilados, oen láminas, o divididos en hilos penetrantes como agujas de hielo,atacan encarnizados con el áspero chirrido del acero. Rufete, que yaconocía el lugar y la maquinaria, se defendió con fiero instinto.

Leembrazaron, oprimiéndole en fuerte anilla horizontal de hierro sujeta ala pared, y allí, sin defensa posible, desnudo, recibió la acometida.Poco después yacía aletargado en una cama con visibles apariencias debienestar. Al fin, durmió profundamente.

—III—

A la misma hora que esto pasaba, una joven llegó a la puerta delestablecimiento. Quería ver al señor Director, al señor facultativo,quería ver a un enfermo, a su señor padre, a un tal don Tomás Rufete;quería entrar aunque se lo vedaran; quería hablar con el señor capellán,con las hermanas,

con

los

loqueros;

quería

ver

el

establecimiento;quería entregar una cosa; quería decir otra cosa...

Estos múltiples deseos, que se encerraban en uno solo, fueron expresadosatropelladamente y con turbación por la muchacha, que era más quemedianamente bonita, no por cierto muy bien vestida ni con gran esmerocalzada.

Temblaba al hacer sus preguntas y ponía extraordinario ardor enla expresión de su deseo. Sus ojos expresivos habían llorado, y aúnlloraban algo todavía. Sus manos algo bastas, sin duda a causa deltrabajo, oprimían un lío de ropa seminueva, mal envuelta en un pañuelorojo. Rojo era también

el

que

ella

en

su

cabeza

llevaba,

descuidadamenteliado debajo de la barba a estilo de Madrid. ¿Con qué prenda se cubría?¿Sotana, mantón, gabán de hombre? No: era una prenda híbrida, un arreglodel ruso al español, un cubrepersona de corte no muy conforme con elusual patrón. Ello es que su pañuelo rojo, sus lágrimas acabadas desecar, su gabán raído y de muy difícil calificación en indumentaria, suagraciado rostro, su ademán de resignación, sus botas mayores que lospies y ya entradas en días, inspiraban lástima.

No le fue difícil llegar al despacho del señor Director. Al verle ydarse a conocer y preguntar por el Sr. Rufete, se le vinieron tantaslágrimas a los ojos y la garganta se le obstruyó de tal modo, que tuvoque callarse. El Director, hombre compasivo, la mandó sentar, rogándoleque se calmase.

«Hace tres meses que no se ha pagado la pensión—dijo ella al cabo,metiendo la mano en alguna parte de su extraña vestimenta».

Porque el gabán tenía un bolsillo hondo. Su autora había sido pródiga enesto, presumiendo tener mucho que guardar.

De aquel pozo de tela sacó unpaquete de papel que parecía contener dinero.

«Luego, luego veremos—dijo el Director, resistiéndose a tomar la suma—.¡Ah! ¿También trae ropa? Veo que no se descuida usted... Está bien,bien. El pobre D. Tomás tenía ya mucha falta... Déjelo usted ahí.Luego... Siéntese usted y descanse.

—¿Pero no le veré ahora mismo?—preguntó ella con ansiedad.

—No es fácil, no es fácil. Ya sabe usted que se excitan mucho al ver alas personas de su familia. Precisamente el pobre Sr. Rufete estásufriendo ahora una crisis bastante peligrosa».

La del ruso cruzó las manos, y miró al techo.

«El señor facultativo está haciendo ahora la visita... Le hablaremos,veremos lo que dice. Si él consiente... Pero no lo consentirá. Noconviene que usted vea a su señor padre ahora. Más tarde... Siénteseusted, tranquilícese. Ya, ya recuerdo cuando vino usted con él hacebastante tiempo.

Usted se llama...

—Isidora, para servir a usted... ¡Pobrecito papá! Si no me le dejan ver,dígale usted que estoy aquí, que está aquí su Isidorita, que viene adarle un beso, que mañana traeré a Mariano, mi hermanito... ¡Ah Diosmío!; pero él no entenderá, no entenderá nada. ¡Pobre hombre! ¿Y no hayesperanzas de que vuelva a la razón?».

El Director hizo signos de cabeza y boca sumamente desconsoladores.Parecía

empeñado

en

quitar

toda

esperanza. Isidora, rendida decansancio, se sentó en una banqueta.

Habiéndole

recomendado

con

frasesconvencionales, si bien generosas, la resignación y una tranquilidad queera imposible, el Director salió.

No se quedó sola la joven en el despacho. En un ángulo de este había unamesa de escribir. Sentado tras ella, con la espalda a la pared, unhombre escribía, fija la vista en el papel, trazando con seguro pulsoesos hermosos caracteres redondos y claros de la caligrafía española. Lamesa estaba llena de papeles que parecían estados, listas de nombres,cuentas con infinitas baterías de números. Un alto estante repleto depapeles y libros rayados indicaba que aquel buen señor de pluma y sumaayudaba al Director, cuya mesa no distaba mucho, en la difíciladministración del Establecimiento. Era el tipo del funcionario antiguo,del ya fenecido covachuelista, conservado allí cual muestra delmetódico, rutinario y honradísimo personal de nuestra primitivaburocracia. Era de edad provecta, pequeño, arrugadito, bastante moreno ytotalmente afeitado como un cura. Cubría su cabeza con un bonetillocircular, ni muy nuevo

ni

muy

raído,

contemporáneo

de

los

manguitosverdes atados a sus codos. Escribía con trazos tan seguros, uniformes yordenados, que parecía escribientil máquina. Sin alzar los ojos delpapel estiraba de rato en rato toda la piel de la boca, mostraba losdientes blancos, finos y claros, y por entre los huecos de ellos sorbíauna gran porción de aire. Isidora, harto ocupada de su dolor, no hacíacaso del anciano escribiente; pero este no cesaba de echar ojeadasoblicuas a la joven como buscando un motivo de entablar conversación.Siendo al fin más fuerte que su timidez su apetito de charlar, rompió elsilencio de esta manera:

«Señorita, ¿se cansa usted de esperar?... Todo sea por Dios. No hay másremedio que conformarse con su santa voluntad».

A Isidora (¿por qué ocultarlo?) le gustó que la llamaran señorita. Perocomo su ánimo no estaba para vanidades, fijó toda su atención en laspalabras consoladoras que había oído, contestando a ellas con una miraday un hondísimo suspiro.

«Esta casa—añadió el amanuense dando a conocer mejor su voz melodiosa ydulce, que llegaba al alma—no es una casa de divertimiento; es un asilotriste y fúnebre, señorita.

Yo me hago cargo, sí, señorita, me hagocargo de su dolor de usted...».

Y se envasó en el cuerpo, aspirándola por entre los dientes, otra grancantidad de aire. Jugaba graciosamente con la pluma, y mojándola ysacudiéndola a golpecitos metódicos, prosiguió así:

«Pero no debe esperarse de este pícaro mundo otra cosa que penas,¡ay!... penas y amarguras. Usted es joven, usted es una niña, ytodavía... vamos, todavía no conoce más que las flores que suelenadornar al principio los bordes del camino; pero cuando usted ande más,más...».

Isidora dio otro suspiro. Grandísimo consuelo le infundían las palabrassensatas y filosóficas de aquel bondadoso sujeto, a quien desde entoncestuvo por sacerdote.

«¿Es usted.... por casualidad sacerdote?—le preguntó con timidez.

—No, señora—repuso el otro, escribiendo un poco—.

Soy seglar. Hacetreinta y dos años que trabajo en esta oficina. Pero, volviendo alasunto, el mundo, señorita, es un valle de lágrimas. Váyase ustedacostumbrando a esta idea.

Afortunadamente hemos nacido y vivimos en elseno de la religión verdadera, y sabemos que hay un más allá, sabemosque en ese más allá, señorita, nos aguarda el premio de nuestrosafanes; sabemos que hemos de volver a ver a los que hemos perdido...».

El anciano se conmovió un poco, Isidora tanto, que volvieron a salirlágrimas de sus ojos. Llevándose a ellos la punta del pañuelo rojo,exclamó:

«¡Mi pobre enfermo!...

—¡Ah!... ¡qué bello es el dolor de una hija!—dijo el bebedor de airesoltando resueltamente la pluma—, ¡cuán meritorio a los ojos de Aquelque todo lo ve, que todo lo pesa, que da a cada uno lo suyo!... Lloreusted, llore usted; no seré yo quien trate de combatir su pena conconsuelos triviales. Lo único que le diré es que la religión y el tiempola curarán de este mal: la religión elevando su espíritu y haciéndolever una segunda vida de premio y descanso donde los que hemos lloradoseremos consolados, donde los que tuvimos hambre y sed de justiciaseremos hartos; el tiempo, pasando su mano suave, suave, por estasnuestras heridas y cerrándolas poco a poco. Usted es aún muy joven.Puede ser que el Señor le reserve aquí en la tierra algo de lo que, porno tener otra palabra, llamamos felicidades; usted será esposa de algúnhombre honrado, madre de familia, dignísima abuela...».

Acababa de liar un cigarrillo, y con mucha finura dijo así:

«¿Le molesta a usted el humo del tabaco?

—¡Oh! no, señor; no, señor.

—Más cómodamente estará usted en el sillón que en ese banco. ¿Por qué nose sienta usted allí?

—No, señor; muchas gracias. Aquí estoy bien».

Isidora estaba encantada. La discreta palabra de aquel buen señor,realzada por un metal de voz muy dulce, su urbanidad sin tacha, un no séqué de tierno, paternal y simpático que en su semblante había,cautivaban a la dolorida

joven,

inspirándole

tanta

admiración

comogratitud. El ancianito la miraba como para inundarla, digámoslo así, conlas corrientes de bondad que afluían de sus ojos. Había en su mirartanta compasión, un interés tan puro y cristiano, que la pobre joven sefelicitó interiormente de aquella amistad que le deparaba Dios enmomentos de aflicción. Pensándolo así y dando gracias a Dios por unsocorro moral de tanta valía, se sintió tocada del deseo de confiarse,de abrir un poco su corazón para mostrar sus penas. Era naturalmenteexpansiva, y las circunstancias la ponían en el caso de serlo más aúnque de ordinario.

«¿Conoce usted a mi padre?—preguntó.

—Sí, hija mía, le conozco y me da mucha lástima...

Bastante se ha hechoen la casa por aliviar sus penas y combatir sus manías... Pero Dios noha querido. Contra Él no se puede nada. Consolémonos todos pensando enque la grandiosa armonía del mundo consiste en el cumplimiento de lavoluntad soberana».

Esta sentencia afectó a la de Rufete, haciéndole pensar en lo cara que aella sola le costaba la armonía de todos.

Enjugándose otra vez laslágrimas, dijo así:

«¡Y si viera usted qué bueno ha sido siempre!... ¡Cuánto nos quería! Notenía más que un defecto, y es que nunca se contentaba con su suerte,sino que aspiraba a más, a más. Es que el pobrecito tenía talento, seencontraba siempre en último lugar debiendo estar en el primero... ¡Hayen el mundo cada injusticia...! Por eso él no se conformaba nunca, yestaba siempre de mal humor y se enojaba y reñía con mi madre. Como eracaballero y sus posibles no le daban para portarse como caballero,padecía lo indecible. Y

no es que no trabajase... Iba a la oficina casitodos los días y se pasaba en ella lo menos dos horas. Fue secretario detres Gobiernos de provincia y no llegó a gobernador por intrigas de losdel partido. Mi madre le decía: «¡Ah!, mejor te valdría haber aprendidoun oficio que no vivir colgado a los faldones de los ministros, hoy mecaigo, hoy me levanto...». ¡Pero quia!; él sabía de oficina más que la Gaceta, y cuando hablaba de las rentas, del presupuesto y de esascosas de gobernar, todos los que le oían estaban asombrados. Su padre,mi abuelito, había sido también de oficina. El pobre murió de malamanera. ¿Le conoció usted?...

—No, hija mía. Siga usted, que la oigo con mucho interés.

—Fue, en no sé qué tiempo, de la Milicia Nacional, hizo barricadas,hablaba mucho, y para él todos los que gobernaban eran ladrones. Cuandoyo era niña jugaba con el morrión de mi abuelo... ¡Qué cosas!... Oigausted... El que llamo mi padre fue más listo que el que llamo mi abuelo.¡Oh!, sí, era caballero y tenía talento. En el partido le temían. Élmismo lo decía: «Yo tengo que llegar a donde debo llegar, o me volveréloco...» ¡Pobrecito! Cuando estaba cesante se desesperaba. Iba a lassesiones del Congreso y hacía mucho ruido en la tribuna aplaudiendo a laoposición. Salía de Madrid con recados secretos. No hablaba más que dela que se iba a armar, de una cosa tremenda..., ¿me entiende usted?».

El anciano, después de tragarse la mitad de la atmósfera del cuarto,hizo signos afirmativos, arqueando las cejas y sonriendo como hombreconocedor de las debilidades de sus semejantes.

«La última vez que le dejaron cesante, nos vimos tan mal, tan mal, queno se podía esperar a que le colocaran. Yo trabajaba; mi mamá cayóenferma; mi padre entró de corrector de pruebas en una imprenta donde sehacía un periódico grande, muy grande... Trabajaba todas las nochesjunto a un quinqué de petróleo que le abrasaba la frente. Se tragaba mildiscursos, artículos, sueltos, decretos, y cuando llegaba la mañana(porque el trabajo duraba toda la noche) y volvía a casa, no descansaba,no, señor. ¿Qué creerá usted que hacía? Pues ponerse a escribir. Todoslos días entraba con una mano de papel y la llenaba de cabo a rabo. ¿Quécreerá usted que escribía?

—Cartas al Soberano, al Santo Padre, a los embajadores y ministros. Porahí empiezan muchos.

—¡Quia!; no, señor. Escribía decretos, leyes y reales órdenes. Aunque alsalir de su cuarto cerraba siempre, yo hallé una noche medios de abrir,y vimos todo. Mi mamá y yo decíamos: «Quizás esté copiando para traernosalgo de comer». ¡Qué chasco nos llevamos!; todo se volvía: Artículoprimero, tal cosa; artículo segundo, tal cosa. Y

luego: Quedoencargado de la ejecución del presente decreto.

Hacía

preámbulosatestados

de

disparates.

Conforme llenaba pliegos los iba coleccionandocon mucho cuidado, y a cada legajo le ponía un letrero diciendo: DeudaPública, o Clases Pasivas, Aduanas, Banco, Amillaramientos.También ponía en ciertos paquetes rótulos que no entendíamos, porqueeran ya locura manifiesta, y decían: Ruinas, o bien Fanatismo, Barbarie, Urbanización de Envidiópolis, Vidrios rotos, Sobornos, Subvención Personal, y así por este estilo. «¡Ay Dios mío!—

dijimosmamá y yo—; ya no tenemos marido, ya no tenemos padre. Este hombre estáloco». Estuvimos llorando toda la noche.

—Todo sea por Dios—dijo, con emoción el viejo, al ver que Isidora seinterrumpía para llorar—. Pero ¿qué es eso, hija mía, comparado con loque Cristo padeció por nosotros?

—Mi madre murió en aquellos días—prosiguió Isidora, casi completamenteahogada por el llanto—. Aquel día, ¡oh Dios mío, qué día!, mi padre hizolos disparates más atroces; no lloró, no se afectó nada. Cuando mi madreexpiró en mis brazos, él dio dos o tres paseos por el cuarto, ymirándome con unos ojos..., ¡Jesús, qué ojos!..., me dijo: «Se le haránlos honores de tenienta generala muerta en campaña...». No puedorecordar estas cosas; me muero de pena. Fue preciso encerrarle aquí. Unpariente bastante acomodado que teníamos en el Tomelloso se condolió demí y ofreció dar la pensión de segunda. Yo me fui a la Mancha con él, ymi hermanito se quedó aquí con una tía de mi madre. Pasado algún tiempo,mi tío el canónigo se olvidó de pagar la pensión. Es el mejor de loshombres; pero tiene unas rarezas...».

Desde la mitad de esta relación, ya tenía Isidora que beberse laslágrimas entre palabra y palabra. El bendito señor que la oía,enternecido de tanta desdicha, levantose de su asiento y dio algunospasos para vencer su emoción.

«Todo sea por Dios—dijo liando nerviosamente otro cigarrillo—. Noblecriatura, su juventud de usted ha sido muy triste; ha nacido usted en unpáramo...

—Y todo cuanto he padecido ha sido injusto—añadió ella prontamente,sorbiendo también una regular porción de aire, porque todo es contagiosoen este mundo—. No sé si me explicaré bien; quiero decir que a mí no mecorrespondía compartir las penas y la miseria de Tomás Rufete, porqueaunque le llamo mi padre, y a su mujer mi madre, es porque me criaron, yno porque yo sea verdaderamente su hija. Yo soy...».

Se detuvo bruscamente por temor de que su natural franco y expansivo lallevase, sin pensarlo, a una revelación indiscreta. Pero el escribiente,con esa rapacidad de pensamiento que distingue a los hombresperspicaces, se apoderó de la idea apenas indicada, y dijo así:

«Sí, entiendo, entiendo. Usted por su nacimiento pertenece a otra clasemás elevada; sólo que circunstancias largas de referir la hicierondescender... ¡Cosas de Nuestro Padre que está en los Cielos! Él sabrápor qué lo hace.

Acatemos sus misterios divinos, que al fin y a lapostre, siempre son para nuestro bien. Usted, señorita—añadió tras brevepausa, quitándose cortesanamente la gorra—, no ve, no puede ver en elinfelicísimo Rufete más que un padre putativo, tal y como el SantoPatriarca San José lo era de Nuestro Señor Jesucristo».

¡De qué manera tan clara relampagueó el orgullo en el semblante deIsidora al oír aquellas palabras! Su rubor leve pasó pronto. Sus labiosvacilaron entre la sonrisa de vanidad y la denegación impuesta por lasconveniencias.

«Yo no quisiera hablar de eso—dijo tomando un tonillo enfático de calmay dignidad, que no hacía buena concordancia con su ruso—. ¡Respeto tantoal que llamo mi padre, le quiero tanto, nos quiso él tanto a mí y a mihermanito!..., ¡fuimos tan mimados cuando éramos niños!... Nos hacía elgusto en todo, y como entonces mandaba el partido y él tenía una buenacolocación (porque estaba en Propiedades del Estado), vivíamos muy bien.En aquella época Rufete puso nuestra casa con mucho lujo, con un lujo...¡Dios de mi vida! Como él no tenía más idea que aparentar, aparentar, yser persona notable...

—Hija mía—dijo el anciano con vivacidad—, una de las enfermedades delalma que más individuos trae a estas casas es la ambición, el afán deengrandecimiento, la envidia que los bajos tienen de los altos, y eso dequerer subir atropellando a los que están arriba, no por la escalera delmérito y del trabajo, sino por la escala suelta de la intriga, o de laviolencia, como si dijéramos, empujando, empujando...».

No bien hizo el venerable sujeto esta sustanciosa observación, queindicaba tanto juicio como experiencia, marchó con acompasado y no muylento andar hacia el rincón opuesto del despacho. Reflexionaba Isidoraen aquellas sabias palabras, fijos los ojos en las rayas de la estera decordoncillo; pero su pena y la situación en que estaba la reclamaron, yvolvió a suspirar y a asombrarse de que el Director tardase tanto.Cuando alzó los ojos, el anciano pasaba por delante de ella en direcciónde la mesa; en seguida pasaba de nuevo en dirección del ángulo.

Sinadvertir que el buen señor estaba muy agitado, sin duda por hacersegenerosamente partícipe de las penas que había oído referir, Isidora sedistraía un poco, pues por grande que sea una desdicha y por mucho queembargue y ahogue, hay momentos en que deja libre el espíritu para quedé un par de vueltas o paseos por el campo de la distracción, y sefortifique antes de volver al martirio. Un dilatado aburrimiento, unlargo período de antesala, ayudan este fenómeno del alma.

Como en el despacho aquel reinaban el silencio y la calma; como en elpasar y repasar del anciano escribiente había algo de oscilación depéndulo; como, además, del propio interior de Isidora se derivaba unadulce somnolencia que aletargaba su dolor, la joven se entretuvo, pues,un ratito contemplando la habitación. ¡Qué bonito era el mapa de España,todo lleno de rayas divisorias y compartimientos, de columnas de númerosque subían creciendo,

de

rengloncitos

estadísticos

que

bajabanachicándose, de círculos y banderolas señalando pueblos, ciudades yvillas! En la región azul que representaba el mar, multitud de barquitosprecedidos de flechas marcaban las líneas de navegación, y por la granviñeta de la cabecera menudeaban las locomotoras, los vapores, losfaros, y además muelles llenos de fardos, chimeneas de fábricas, ruedasdentadas, globos geográficos, todo presidido por un melenudo y furiosoleón y una señora con las carnes bastante más descubiertas de lo que lahonestidad exige... ¡Qué silencio tan hondo y suave se aposentaba en lasosegada estancia, y cómo se sentía el ambiente puro del campo! Sólocuando se abría la puerta entraba un eco lejano y horripilante de risasy gritos que no eran como los gritos y risas del mundo. ¡Y cuántos ycuán bonitos libros encerraba el armario de caoba, sobre el cualgallardeaba un busto de yeso! Aquel señor blanco sin niñas en los ojos,con los hombros desnudos como una dama escotada, debía de ser alguno delos muchos sabios que hubo en tiempos remotos, y en él, en el estante delos libros y en el mapa gráfico—estadístico se cifraba toda la sabiduríade los siglos.

En este reconocimiento del lugar empleó Isidora menos de un minuto. Depronto se fijó en el anciano, que seguía pasando por delante de ella conrapidez creciente, y se asombró de ver la agitación de sus manos, eltemblor de sus labios y la vivacidad de sus ojos, apariencias muydistintas de aquella su anterior facha bondadosa y simpática.

Parándoseante Isidora, exclamó con palabra torpe y muy conmovida:

«Señora, nunca hubiera creído esto en una persona como usted.

—¡Yo!—murmuró Isidora, llena de espanto.

—¡Sí!—dijo el otro alzando la voz—, usted me está insultando; usted meestá insultando».

El disparatado juicio, la voz alterada del viejo, su agitacióncreciente, fueron un rayo de luz para Isidora. Se levantó buscando lapuerta; corrió hacia ella despavorida. El terror le daba alas. Entretanto el anciano gritaba:

«Insultándome, sí, sin respeto a mis canas, a mis sufrimientos depadre... ¡Oh, Señor! Perdónala, perdónala, Señor, porque no sabe lo quese dice».

Isidora salió al pasillo cuando llegaba el Director, que al instantecomprendió la causa de su miedo. Sonriendo, la tomó de la mano paraobligarla a entrar.

«El pobre Canencia...—dijo—. Cosa rara... Hace tanto tiempo que estátranquilo... Pero es un ángel, es incapaz de hacer el menor daño».

Ambos le miraron. El semblante del anciano no expresaba ira, sinoemoción, y dos lágrimas rodaban por sus mejillas.

«También usted me insulta, señor Director—dijo oprimiéndose el pecho, ycon la entonación y los ademanes de un cómico mediano—. No puedo más, nopuedo más...

¡Adiós, adiós, ingratos!».

Y salió escapado.

«Eso le pasa pronto—indicó el Director a Isidora, que aún no habíavuelto de su espanto—. Es un bendito; hace treinta y dos años que estáen la casa y pasa largas temporadas, a veces dos y tres años, sin la másligera perturbación. Sus accesos no son más que lo que usted ha visto.Principia por decir que tiene dos máquinas eléctricas en la cabeza yluego sale con que le insulto. Echa a correr, da unos cuantos paseos porla huerta, y al cabo de un rato está ya sereno. Trabaja bien, me ayudamucho, y, como usted habrá visto si le ha oído, es de encargo para darconsejos. Parece un santo y un filósofo. Yo le quiero al pobre Canencia.Vino por cuestiones y pleitos con sus hijos... Historia larga y tristeque no es de este lugar. Vamos a la de usted, que tampoco es alegre, yhoy menos que nunca».

El Director dio un gran suspiro, expresión oficial de sus sentimientoscompasivos,

e

Isidora

quedose

fría,

aguardando terribles noticias. ¡Cómomiraba al buen señor, deletreando en su cara, y qué bien le decía estaque no esperara nada bueno!

«Yo quisiera verle...—balbució Isidora.

—Eso es imposible. ¡Verle!, ¿y para qué?... Mal, muy mal está el pobreRufete—afirmó el Director, moviendo la cabeza—.

Llénese

usted

depaciencia,

porque,

verdaderamente, si esta enfermedad es incurable, sino cesa de atormentarse el que la padece, mejor es que se vaya adescansar... Yo, lo digo con franqueza, si tuviera alguna persona de mifamilia en ese estado, desearía...».

Trabajo le costó a Isidora admitir la funesta verdad que se le queríaanunciar con caritativas precauciones, y tragando saliva para deshaceraquel nudo que en su garganta se formaba, habló con medias palabras deesta manera:

«Quién sabe... Todavía... Pero yo quiero verle.

—Vamos, que no... Ya...».

El buen señor estaba impaciente. Tenía que hacer.

«Siéntese usted...—murmuró acercando un sillón—.

¿Quiere usted que letraiga un vaso de agua?».

Isidora no decía nada. Sus ojos, aterrados, se clavaron en el busto deyeso. Lo examinó bien y estúpidamente, viéndole con claridad, por esaatracción rara que en el momento de recibir una noticia grave ejercesobre los sentidos un objeto material cualquiera, que luego queda poralgún tiempo asociado a la noticia misma...

—IV—

Al mismo tiempo que Isidora contaba sus desdichas al inocentísimoCanencia, ocurría no lejos de allí un hecho que, con ser muy triste, noafectaba grandemente a los que lo presenciaban. Eran éstos el Directorfacultativo, el administrativo, un practicante, alumno de Medicina, elcapellán y un enfermero. El moribundo, pues de morirse un hombre setrata, era Rufete. La crisis era violenta y calmosa, de desarrollo fácily término decidido. El enfermo apenas tenía movimiento y vida más que enla cabeza; no padecía nada; se iba por rápida y llana pendiente, sinchoque, sin batalla, sin convulsiones, sin defensa.

«Muere bien»—dijo en voz baja el médico.

El paciente dio un gran suspiro, abrió los ojos, miró a todos uno poruno; y no con furia, no con espasmos de insensato, ni iracundasrecriminaciones, sino con apagada voz, con sentimiento tranquilo, quemás que nada era profundísima lástima de sí mismo, pronunció estaspalabras: