La Cuerda del Ahorcado-Últimas Aventuras de Rocambole: El Loco de Bedlam by Pierre Alexis Vizconde de Ponson du Terrail - HTML preview

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PONSON DU TERRAIL

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LA CUERDA

DEL

AHORCADO

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ÚLTIMAS AVENTURAS DE ROCAMBOLE

(Nuevo episodio)

————

TRADUCCION

DEL

F. CORONA BUSTAMANTE

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I

EL LOCO DE BEDLAM

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PARIS

LIBRERÍA DE GARNIER HERMANOS

CALLE DES SAINTS-PÈRES, 6

1889

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I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV,

XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, XXI, XXII, XXIII, XXIV,

XXV, XXVI, XXVII, XXVIII, XXIX, XXX, XXXI, XXXII,

XXXIII, XXXIV, XXXV, XXXVI, XXXVII, XXXVIII,

XXXIX, XL, XLI, XLII, XLIII, XLIV, XLV, XLVI, XLVII,

XLVIII, XLIX, L, LI, LII, LIII, LIV

ROCAMBOLE

(NUEVO EPISODIO)

LA CUERDA DEL AHORCADO.

I

Los hundimientos del subterráneo continuaban con mayor violencia.

La bóveda de la galería se desprendía acá y allá en pedazos enormes, quese deshacían al caer y cerraban todas las salidas.

El suelo rugía y temblaba sin interrupción.

Hubiérase creído presenciar uno de esos espantosos terremotos de lastierras volcánicas del Nuevo Mundo, que destruyen ciudades enteras.

Vanda había caído de rodillas, y elevaba sus plegarias al cielo.

Paulina, estrechamente enlazada a Polito, le decía:

—¡Al menos moriremos juntos!

Milon bramaba de furor y blandía sus puños enormes repitiendo:

—¡Ah! los infames fenians!... ¡Los miserables!

En cuanto a Marmouset, callado y sombrío, contemplaba a su jefe.

Rocambole permanecía de pie, tranquilo y con la frente erguida; yparecía esperar el fin de aquel cataclismo con la serenidad del hombreque no teme la muerte, y que por una especie de fanatismo heroico, nocree deber llegar hasta haber cumplido su misión sobre la tierra.

En fin, la conmoción cesó poco a poco; el ruido fue disminuyendo, y laspiedras de la bóveda dejaron de caer.

—¡Adelante! dijo entonces Rocambole.

Vanda se levantó lanzando fuego por los ojos.

—¡Ah! exclamó, nos hemos salvado.

—Todavía no, respondió Rocambole. Pero sigamos adelante.

El subterráneo estaba obstruido por enormes pedazos de piedra, tierra ycasquijo, desprendidos de la bóveda y de las paredes de la galería.

Sin embargo, Rocambole, ayudado por William y Milon, todos tres armadosde piquetas, abrió paso entre aquellos escombros.

Sus demás compañeros, repuestos ya de su alarma, le seguían de cerca.

Así marcharon una centena de pasos.

Pero al cabo de ellos, Rocambole se detuvo de pronto.

Acababa de llamar su atención un objeto voluminoso que se hallaba a unlado de la galería.

Aquel objeto era un tonel.

Y este tonel estaba lleno de pólvora.

Era fácil convencerse examinando una mecha azufrada que salía de laespita aplicada al agujero del tonel, y que tendría medio pie de largo.

¿Qué hacía allí aquel barril?

¿Quién lo había puesto en aquel sitio?

¿Conocían por ventura los fenians aquel paso subterráneo?

Marmouset se había aproximado también, y así como su jefe, examinaba conasombro aquel barril, y parecía hacerse las mismas preguntas.

Vanda y los demás permanecían a cierta distancia.

Rocambole guardó silencio por algunos instantes y dijo al fin:

—Es imposible que los fenians hayan traído aquí este barril.

—¿Quién queréis que sea entonces, capitán? preguntó Marmouset.

Rocambole iba y venía alrededor del tonel y lo examinaba detenidamente.

En fin su frente pareció serenarse y la sonrisa volvió a sus labios.

—Amigos míos, dijo, en la época en que este barril ha sido trasportadoaquí, ni nosotros ni nuestros padres habíamos nacido.

—¡Es posible! murmuró Marmouset.

—Esta pólvora tiene doscientos años, continuó Rocambole.

—¿Creéis?

—Ved el tonel, examinadlo. La madera está carcomida y se deshace altocarla.

—Es verdad, dijo Marmouset.

—No toques a la mecha, añadió el jefe: está seca hasta un punto que sereduciría a polvo.

—Y esa pólvora, dijo Polito, que no había hecho grandes estudios en lamateria, no debe ser peligrosa que digamos.

—¿Lo crees así?

Y al decir esto, Rocambole miró sonriéndose al pilluelo de París.

—¡Toma! exclamó Polito, una pólvora tan vieja debe estar aventada.

—Te engañas, hijo mío.

—¡Ah!

—Es diez veces más violenta que la pólvora nueva.

—¡Demonio! Entonces es necesario poner cuidado.

—¿En qué?

—En no acercar las luces.

—¿Por qué razón?

—¡Bah! ya lo sabéis!... ¡después de lo que nos acaba de suceder!.....

—Dejemos ahí esa pólvora y sigamos adelante, dijo Rocambole.

Y continuaron su camino.

—La galería bajaba, como sabemos, en rampa, y ya desde este punto, lapendiente se hacía cada vez más sensible.

Esto era una prueba de que se acercaban cada vez más al Támesis.

Pero de repente, Rocambole se detuvo de nuevo.

—¡Ah! exclamó, esto es lo que yo temía.

La galería subterránea estaba cerrada por un enorme peñasco que se habíadesprendido de la bóveda, y que formaba una puerta impracticable.

—¡Nos hallamos encerrados! murmuró Vanda acometida de un nuevo terror.

Rocambole no respondió y se quedó suspenso por algunos instantes.

Su última esperanza acababa de desvanecerse.

El camino estaba cerrado, y volver para atrás era igualmente imposible.

Y aun no siéndolo, hubiera sido además insensato, pues era exponerse acaer en manos de los agentes de policía, los cuales, pasado el primermomento de estupor, no dejarían de invadir aquellos subterráneos tansingularmente descubiertos, y cuya existencia había ignorado hastaentonces la generación actual.

—¡Vamos pues! dijo Rocambole después de algunos momentos de silencio,es necesario vencer o morir.

—Soy bastante fuerte, dijo Milon, pero no seré yo quien me encargue deempujar ese pequeño guijarro.

—Si se pudiera socavar..... observó Marmouset.

—¿Con qué? No tenemos las herramientas necesarias.

—Es verdad.

—Y además, es peña viva.....

—¡Ah! exclamó Vanda, ¡mi corazón me lo decía!..... estamos condenados amorir aquí.

—Es posible, dijo Rocambole.

Paulina se echó de nuevo en los brazos de Polito.

Pero

este,

al

mismo

tiempo

que

la

estrechaba

convulsivamente, le decía:

—No llores, amiga mía; el caso no es tan desesperado; ¿no ves la calmade ese hombre?....

En efecto, Rocambole estaba tan tranquilo en este momento, como si seencontrase aun en la sala del gobernador de Newgate.

—Marmouset, dijo en fin, y tú Milon, escuchadme.

—Decid, capitán.

—¿No oís un ruido sordo?

—Sí.

—Es el Támesis, que se halla a poca distancia de nosotros.

—En efecto, así parece, dijo Milon.

—Examinad ahora la bóveda de esta galería... ¿Veis? está abierta en laroca.

—Sí, en la peña viva, repuso Marmouset, y como el enorme trozo que seha desprendido es de la misma materia, no hay medio de pasar adelante.

—Esperad, añadió Rocambole. Uno y otro habéis manejado comúnmente envuestra vida las armas de fuego, ¿no es verdad?

—¡Pardiez! exclamó Marmouset.

—Pues bien, seguid con atención mi razonamiento.

Supongamos dos cosas:la primera, que esta parte de la galería está muy cerca del Támesis.

—Eso es seguro, dijo Milon.

—Supongamos además que siendo como es de granito y siguiendo en línearecta, es como el cañon de un fusil.

—Bien, repuso Marmouset.

—Y que ese enorme peñon que tenemos delante y que nos cierra el camino,es un proyectil.

—¡Bah! empiezo a no comprender! dijo Milon.

—Dado pues el cañon y el proyectil, prosiguió Rocambole, no perdamos devista que poseemos pólvora.

—¡Ah! ¿Queréis hacer saltar el peñon?

—No, pero quiero lanzarlo hacia adelante.

—¡Ah!

—Y empujarlo hasta el fin de la galería, de donde caerá al Támesis.

—Eso me parece difícil, repuso Marmouset.

—¿Por qué?

—Porque la pólvora, no encontrando cerrado el tubo por esta parte, notendrá punto de apoyo, y todo lo que conseguiremos con una nuevaexplosión será ocasionar otro hundimiento que nos entierre vivos estavez.

—Marmouset tiene razón, dijo Vanda.

—No tiene razón, dijo fríamente Rocambole, pues no hay inconvenientecuando se sabe obviarlo.

Todos le miraron con ansiedad.

Pero él, siempre tranquilo e impasible, continuó fríamente dirigiéndosea Marmouset:

—Encuentras que falta la fuerza de resistencia, ¿no es verdad?

—Sí, la fuerza de resistencia que la pólvora encuentra en la recámarade un cañon, y que la obliga a producir su expansión hacia adelante.

—Pues bien, nada hay más sencillo que obtener eso.

—¡Ah!

—Milon, tú y yo vamos a empujar el barril hasta aquí, y a aplicarlocontra el peñon, con la mecha hacia atrás, bien entendido.

—¿Y después? preguntó Marmouset.

—Después amontonaremos contra el barril todas las piedras y peñascosmás pequeños que tenemos a mano, todos los materiales que se handesprendido de la galería.

—Y levantaremos así una especie de muralla detrás del barril,

¿no esverdad, capitán? dijo Milon.

—Efectivamente, y construiremos esa muralla seis veces más espesa queel peñasco que queremos desalojar.

—¿Y cuántas horas creéis que nos tomará semejante trabajo?

—Seis horas al menos.

—¡Oh! exclamó Vanda, es inútil. Antes de seis horas..... ¿qué digo?antes de una hora tal vez, estaremos perdidos sin remedio.

—¿Y por qué razón?

—Porque la policía y la tropa van a invadir los subterráneos.

Rocambole hizo un movimiento de impaciencia.

—Estáis en un error, dijo. En primer lugar, detrás de nosotros todo esruinas, y ese impedimento que nos corta toda retirada, nos protege almismo tiempo contra la policía. En segundo lugar, es más que probableque nos crean muertos.

—¡Ah, es un grano de anís, seis horas! dijo Milon desalentado.

Rocambole se echó a reír.

—¿Te parece demasiado tiempo? dijo.

—¡Toma!.....

—Pues bien, supón que el muro de que se trata está ya construido.

—Bien.

—Y que no queda más que hacer que poner fuego al barril.

—¿Y qué?

—Tendríamos que esperar forzosamente siete u ocho horas.

Y como todos le miraban sin que nadie pareciese comprenderlo:

—El ruido sordo y continuo que oímos, añadió, nos prueba que estamoscerca del Támesis.

—Sí, dijo Milon.

—Y es la hora de la marea: de consiguiente nos es necesario esperar aque haya bajado el río.

—¿Por qué?

—Porque el trozo de roca que tenemos a la vista, en vez de serimpulsado hacia adelante, encontrará una fuerza de resistenciainvencible en la columna de aire que aprisiona el río, y que existiráhasta que haya descendido más abajo del orificio del subterráneo.

—Todo eso es exacto, dijo Marmouset, pero me queda aún una objeción.

—Veamos.

—¿Cómo pegaremos fuego al barril, luego que se halle encerrado entre elpeñon y el terraplén que vamos a construir?

—Por medio de la mecha, que haremos pasar entre las piedras.

—Pero esa mecha es demasiado corta.

—La alargaremos con un trozo de cualquiera de nuestras camisas cortadaen tiras.

—Ya me había ocurrido también esa idea; pero la mecha no podrá nuncaser tan larga como lo exige la seguridad del que la pegue fuego.

—Eso no te importa, dijo Rocambole.

—¿Eh? exclamó Marmouset.

—Una persona basta para poner fuego, y esa persona seré yo.

—¿Quién?... ¡vos! exclamaron a la vez Milon, Vanda y Marmouset.

—Yo, repitió tranquilamente Rocambole, sonriéndose de una maneradesdeñosa. He sido y soy aún, según vosotros, vuestro jefe. En suconsecuencia, cuando yo ordeno debéis obedecer.

¡Manos a la obra!

II

Esta órden no tenía réplica para aquellos hombres acostumbrados toda suvida a seguir las inspiraciones de un jefe que había logradofanatizarlos.

En cuanto a William y Polito se hallaban dominados por aquella situaciónextraña.

Además, la hora del peligro estaba lejos aún.

Así Marmouset se contentó con inclinarse hacia Milon, diciéndole aloído:

—Trabajemos en levantar el terraplén, y luego veremos.

—Eso es, repuso Milon.

Y se pusieron a la obra.

Ya sabemos que además de Marmouset, de Milon y de Vanda, de Polito y dePaulina, había además otras tres personas en el subterráneo.

Una de ellas era el marinero William, a quien había vencido en otrotiempo el Hombre gris.

Después, la Muerte de los Bravos, y en fin Juan el Carnicero, que untiempo llamaron en el presidio Juan el Verdugo.

Estos no hubieran osado discutir, ni por un instante, una órden deljefe.

Rocambole hizo una seña, y los tres volvieron atrás en busca del barrilde pólvora.

Milon los siguió inmediatamente.

El barril era muy pesado, pero empujado metódicamente por aquelloscuatro hombres, fue al fin arrancado del sitio que ocupaba hacíadoscientos años.

Arrimáronlo pues a la peña, y lo volcaron al pie, dejando la mecha haciaatrás.

—Ahora, a construir el muro, dijo Rocambole.

Y consultó su reloj.

Todos llevaban antorchas encendidas.

Rocambole ordenó apagarlas, como ya lo habían hecho los tres que lehabían ayudado a trasportar el barril.

—Una sola basta, añadió apoderándose de la que tenía Marmouset yentregándola a Paulina, que debía alternar con Vanda para alumbrar alos trabajadores.

—El capitán es precavido, murmuró Milon.

—Hace bien, respondió Marmouset en voz baja. Estamos obligados apermanecer aquí siete u ocho horas al menos, y si gastamos todas lasantorchas a la vez, corremos el riesgo de quedarnos en tinieblas.

En seguida, dando Rocambole el ejemplo, todos pusieron manos a la obra.

Los peñascos y escombros esparcidos acá y allá, fueron trasportados porlos compañeros de Rocambole, y a medida que llegaban, este y Milon,haciendo el oficio de albañiles, los iban colocando, igualándolos consus piquetas en caso de necesidad, y afirmándolos con tierra y casquijo.

El muro subía poco a poco.

Cuando llegó a dos pies del suelo, tomaron la mecha con precaución y laalargaron añadiendo la camisa de algodón de Juan el Carnicero, cortadaen tiras muy delgadas.

Después la hicieron pasar por encima del muro, dejándola colgar haciafuera.

Rocambole dispuso alrededor de ella varias piedras pequeñas, formandoasí en todo el espesor del muro un estrecho agujero semejante al oído deun cañon.

Hecho esto, y protegida así perfectamente la mecha, continuaron congrande actividad el muro.

Cada uno traía a toda prisa su piedra, y la muralla iba subiendo,subiendo... más rápidamente de lo que habían creído.

Cuatro horas después, tocaba ya a lo alto de la bóveda.

De este modo, quedó encerrado el barril de pólvora entre el peñon queobstruía el subterráneo y el muro o terraplén que acababan de construir,y que tendría diez o doce pies de espesor.

Según los cálculos de Rocambole, debía tener una fuerza de resistenciatriple de la del peñasco.

Concluido todo, Rocambole consultó su reloj.

—¿Ha llegado el momento? preguntó Milon.

—No, todavía no, repuso Rocambole.

—Sin embargo hay un buen trozo de tiempo que trabajamos.

—Cuatro horas solamente.

—¡Ah!

—Y la marea no ha bajado todavía.

Milon suspiró y guardó silencio por algunos instantes.

—¿Cuánto tiempo nos queda? dijo en fin.

—Tres horas.

—¡Ah! en ese caso los policemen tienen tiempo de venir.....

—Es de esperar que no vengan, dijo Rocambole con calma.

Y se sentó en una de las piedras que habían quedado sin empleo en mediode la galería.

Todos sus compañeros lo rodearon en seguida.

—Prestadme ahora atención, dijo, y preparaos a obedecerme sin discutirmis órdenes.

A estas palabras se siguió un profundo silencio. Hubiérase podido oírvolar una mosca en el subterráneo.

Rocambole prosiguió:

—Creo firmemente que lograremos salir de aquí. Sin embargo, puedoengañarme en mis cálculos.

—No me lo parece, dijo Marmouset.

—Ni a mí tampoco, pero en fin es necesario suponerlo todo.

—Bueno, murmuró Milon.

—Si no podemos lanzar el peñasco hacia el río, dirigiendo así la fuerzade proyección al aire libre, estamos expuestos a un nuevo hundimiento.

—Y entonces, dijo Vanda, pereceremos todos bajo los escombros.

—Tal vez sí y tal vez no, repuso Rocambole.

Y sonriéndose tristemente, añadió:

—Cuando llegue la hora de poner fuego a la mecha, os iréis todos alotro extremo del subterráneo, y no os detendréis hasta llegar a la salacircular donde nos esperaba esta joven.

Y designó a Paulina con el gesto.

—Pero, ¿y vos, capitán?

—No se trata de mí ahora. Os hablo y debéis escucharme.

Estas palabras fueron pronunciadas con tono duro e imperioso, y todosbajaron la cabeza.

—La explosión tendrá lugar, continuó. Entonces, una de dos cosas: o elpeñasco será violentamente lanzado hacia adelante, como una bala decañon.......

—O seremos todos aplastados, añadió Marmouset.

—Vosotros no; yo solo.

—Eso es precisamente lo que no queremos, dijo Vanda.

—Pero eso es absolutamente lo que yo quiero.

—Hay sin embargo una cosa muy sencilla, murmuró Milon.

—¿Cuál?

—Echar a la suerte el que debe pegar fuego.

—Tienes razón en apariencia, dijo Rocambole.

—Ya veis...

—Pero no la tienes en realidad.

—¿Por qué? preguntó Milon.

—Porque si se arruina esta parte de la galería, todo camino quedarácerrado para los que se hallen en la sala circular.

—Bien, pero.....

—La fuga será imposible, todos caerán en manos de la policía, y si yome hallo entre ellos seré ahorcado. Ahora bien, morir por morir,prefiero morir aquí.

Este razonamiento era tan lógico, que nadie replicó una palabra.

—Vosotros, por el contrario, prosiguió Rocambole, no sois culpables, niestáis incriminados; y aun admitiendo que en el primer momento os ponganpresos, no os costará trabajo alcanzar la libertad.

—¿Quién sabe? dijo Milon.

—Conozco la ley inglesa, repuso Rocambole, y estoy seguro de lo quedigo.

—¿Y qué nos importan la vida y la libertad si vos morís?

exclamó Vanda.

—Continuaréis mi obra, dijo fríamente Rocambole.

Milon se engañó sobre el sentido de estas palabras.

—¡Ah! no!... lo que es eso, no! dijo con cólera, basta con lo hecho porlos fenians... por esos miserables que son causa.....

—¡Silencio! Milon; basta de necedades! dijo Rocambole con acentoimperioso.

Y volviéndose a Vanda, añadió:

—Tú, escúchame.

—Decid.

—Si la hipótesis de que hablo llega a realizarse; si quedo enterrado enestas ruinas, y si vosotros lográis salir de aquí, presos o no; tanluego como seas dueña de tus acciones, te pondrás inmediatamente enbusca de miss Ellen.

—Se halla en el vapor que nos espera a la salida del subterráneo.

—Ya lo sé. Pero como no puede esperarnos indefinidamente, la buscarásdonde quiera que se halle.

—Bien, ¿y qué haré!

—Iréis juntas a Rotherhithe, al otro lado del Támesis, cerca del túnel.

—Bueno, repuso de nuevo Vanda.

—Allí buscaréis Adam street, una callejuela estrecha y sombría que osharéis indicar, y entraréis en la casa señalada con el número 17.

—Muy bien.

—En el tercer piso de esa casa vive una pobre vieja que llamanBetzy-Justice. Procurarás hablarla, y le presentarás esto.

Y Rocambole sacó al mismo tiempo una pequeña medalla de plata quellevaba suspendida al cuello con un cordón de seda.

—¿Y después? preguntó Vanda.

—Entonces Betzy-Justice te dará unos papeles.

—¡Ah! ¿y deberé leerlos?

—Sí, y por ellos sabréis, tú y mis demás compañeros, lo que os quedaque hacer.

—Está bien, dijo Vanda.

Rocambole consultó de nuevo la hora.

—¿Qué día del mes es hoy? preguntó.

—El 14, respondió Marmouset.

El jefe pareció reflexionar por algunos instantes.

—Me había engañado, dijo en fin; la marea avanza hoy una hora.

—¡Ah!

—Y en este momento debe ya estar libre el orificio de la galería.

—Entonces..... ¿ha llegado el momento? preguntó Vanda temblando.

—Dentro de diez minutos.

Milon se arrojó entonces a los pies de Rocambole.

—Capitán, dijo, en nombre de Dios concededme una gracia.

—Habla.

—Permitidme permanecer a vuestro lado.

—Sea, dijo Rocambole.

Milon lanzó un grito de alegría.

Entonces el jefe se acercó a Vanda y la estrechó afectuosamente entresus brazos, y luego abrazó sucesivamente a cada uno de sus compañeros.

—¡Ahora, alejaos! dijo.

Y todos obedecieron.

Vanda se alejó también, pero volviéndose a cada paso.

—¡Más de prisa! gritó Rocambole.

Después, cuando todos desaparecieron a lo lejos, se volvió a Milon y ledijo:

—¿Estás pronto?

—Ahora y siempre, respondió el coloso.

—¿No tienes repugnancia en ir de este modo a la eternidad?

—Con vos, ninguna.

—Está bien. En ese caso..... ¡en camino!

Y diciendo esto, Rocambole aproximó la antorcha a la mecha y la pegófuego.

En seguida se cruzó de brazos y esperó.

Milon permaneció tan impasible como él.

Y la mecha en tanto ardía lentamente, y el fuego llegaba ya al muro quela separaba del barril...

III

Vanda se había vuelto muchas veces, y se iba quedando atrás, mientrasque los compañeros de Rocambole se alejaban del barril de pólvora y serefugiaban en la sala circular.

—¡Más de prisa! había gritado el jefe, ¡más de prisa!

Y Marmouset, que iba al frente de todos, había precipitado el paso.

Así llegaron a la sala circular.

Marmouset dijo entonces a Vanda:

—Estamos a cuatrocientos metros de distancia del barril; pero como esagalería subterránea va en línea recta, podemos ver desde aquí laexplosión.

Dicho esto, fue a fijar la antorcha entre dos piedras, dejándola a suespalda, y entonces pudieron ver a Rocambole y Milon a lo lejos, graciasa la claridad de la antorcha que habían conservado.

Ambos se hallaban de pie e inmóviles, esperando la explosión.

Vanda temblaba como una azogada.

Pero no por ella, pues más de una vez había probado ya su heroísmo y sudesprecio de la vida; sino por Rocambole, a quien amaba siempre, a pesarde haber renunciado hacía tiempo a su amor.

En esto trascurrían los minutos.

Minutos que parecían siglos en situación tan angustiosa.

—¡Oh! es demasiado largo! decían los otros.

—No, respondió Marmouset, la mecha es larga y arde lentamente; esnecesario esperar que se consuma.

Y añadió volviéndose de repente:

—Echaos todos en tierra.

—¡Por qué? preguntó la Muerte de los Bravos.

—Porque la explosión va a haceros perder pie violentamente, y siesperáis ese momento, arriesgáis romperos un brazo o una pierna.

Todos obedecieron, excepto Vanda.

—Yo quiero ver lo que sucede, dijo.

Y continuaba siempre con los ojos fijos en Milon y Rocambole, que leaparecían en lontananza, en medio del círculo de luz que formaba laantorcha, como dos seres idos como a una pequeñez fantástica.

—¡Pues bien!... yo quiero ver igualmente, dijo Marmouset.

Y como Vanda, permaneció de pie.

Pero en aquel momento la mecha inflamada se puso en contacto con elbarril.

Jamás explosión tan formidable había llegado a oídos humanos.

La conmoción fue tal que Vanda y Marmouset cayeron la faz contra

tierra,violentamente

empujados

por

una

fuerza

irresistible.

Mas tal era su fuerza de voluntad, que a pesar de tan terrible caída,permanecieron con los ojos abiertos.

¡Oh! milagro!

En lugar de la antorcha que alumbraba a Rocambole y a su compañero y quese había apagado bruscamente, apareció al otro extremo del subterráneouna luz argentada, redonda como la luna.

El barril de pólvora, al saltar como una mina, había al mismo tiempoechado la muralla para atrás y lanzado el peñasco hacia adelante.

Rocambole no se había engañado en sus cálculos: la galería había hechoel oficio de un cañon.

Aquella luz que brillaba a lo lejos era la del día, el día a orillas delTámesis.

Casi al mismo instante, dos sombras se agitaron en el suelo.

Eran Milon y Rocambole que, echados también violentamente a tierra, selevantaban vivamente.

La voz del capitán llegó a los oídos de Marmouset y de Vanda.

—¡Adelante! gritaba, adelante!

Y le vieron, así como a Milon, que se lanzaban a la carrera hacia elpunto luminoso, es decir, hacia el orificio de la galería.

Los demás compañeros de Marmouset y de Vanda se habían levantadoigualmente.

—¡Adelante! repitió Marmouset.

Y todos corrieron para ir a reunirse con Rocambole y Milon.

Pero en el mismo instante un ruido terrible, como si se desplomase todoel subterráneo, se dejó oír delante de ellos; una formidable columna deviento pasó sobre sus cabezas como una tromba..... y la luz blancadesapareció de golpe.

El suelo seguía temblando, como hacía algunas horas, y Marmouset que ibadelante de todos, se detuvo bañada en sudor la frente.

Era la bóveda de la galería que se desplomaba de nuevo, amontonandoenormes trozos de piedra que cerraban por segunda vez el subterráneo.

Un terror indescriptible se apoderó esta vez de los compañeros deRocambole.

Las antorchas se habían apagado, y las más profundas tinieblas envolvíana Marmouset, a Vanda y los que los seguían.

La trepidación del suelo continuaba, y por momentos se oían crujidossordos a corta distancia.

—¡Estamos perdidos! exclamó Vanda.

—¿Quién sabe? repuso Marmouset.

Su antorcha se había apagado, pero la conservaba en la mano.

—Ante todo es necesario ver, dijo.

Y sacando su caja de fósforos, encendió de nuevo la antorcha.

Los crujidos de la bóveda habían cesado, el suelo no temblaba bajo suspies, y todo había vuelto a entrar en silencio.

—¡Adelante! repitió Marmouset.

—¡Adelante! gritó Vanda.

Polito llevaba en brazos a su amada Paulina, que se había desmayado demiedo.

Marmouset, con la antorcha en la mano, iba siempre al frente de lareducida tropa.

Así llegaron al sitio donde había estallado el barril, y pasaron sobrelos escombros de la muralla.

Desde allí se veían las paredes de la galería destrozadas acá y allá porel paso del peñasco que había caído al Támesis.

—Sigamos adelante, dijo Marmouset.

Y continuaron avanzando.

En fin, a los pocos minutos, llegaron al paraje donde la luz del cielohabía desaparecido de repente.

Un enorme peñon, todavía mayor que el primero, se había desprendido dela bóveda, y cerraba la galería formando un muro impracticable.

Marmouset y Vanda se quedaron mirándose, pálidos, mudos, temblando deemoción.

La misma pregunta venía a sus labios, y ni uno ni otro se atrevían ahacerla.

¿Qué había sido de Rocambole?

¿Había perecido acaso en aquel hundimiento?

¿O bien el peñon había caído detrás de él, separándolo de suscompañeros, pero dejándole tiempo suficiente para llegar al Támesis?

En fin, Vanda pareció salir de su abstracción y pronunció una palabra,una sola palabra.

—¡Esperemos! dijo.

—Esperemos, repitió Marmouset.

Y ambos miraron a sus compañeros que parecían anonadados, poseídos de undesaliento mortal.

—Amigos míos, les dijo Marmouset, no hay que pensar siquiera en seguiradelante: ya lo veis, el camino está cerrado.

—Pues bien, dijo Juan el Verdugo, volvamos para atrás, y si vienen lasgentes de policía..... ya veremos.

Vanda no hizo la menor observación: esta última catástrofe la habíaanonadado, y su imaginación no sabía fijarse sino en la horrible dudaque la oprimía.

—¿Rocambole estaba vivo o muerto?

Esta era su sola preocupación, su única idea. Lo demás le eraindiferente.

La Muerte de los Bravos dijo a su vez:

—No me queda duda, el capitán y Milon han podido salvarse.

Marmouset no respondió a esta aserción.

Volvieron pues para atrás, y se detuvieron de nuevo en la sala circular.Marmouset dio el ejemplo, y colocándose en medio de sus compañeros,dijo:

—Ahora, amigos míos, acordemos entre todos el partido que debernostomar.

Y señalando con la mano la galería central, por donde algunas horasantes habían venido de Newgate, añadió:

—Ya sabemos adónde ese camino conduce.

—¡Mil gracias! dijo el marinero William, ¿queréis acaso que vayamos aentregarnos a los policemen?

—No arriesgaríamos en ello gran cosa.

—Arriesgaríamos en primer lugar el ser estrechamente encerrados.

—Yo me haría poner en libertad bien pronto.

—Vos, tal vez, pero yo..... que soy Inglés.

Polito había colocado a Paulina en tierra, sosteniéndola entre susbrazos; y la pobre joven empezaba a volver en sí, y preguntaba qué eralo que había pasado.

Polito la tranquilizó como pudo, y viéndola ya en estado de sostenerse,tomó una antorcha y la encendió en la que llevaba Marmouset, y dijoadelantándose:

—Voy a explorar un poco ese camino.

Y entró por la galería.

Pero no había andado cincuenta pasos, cuando volvió para atrás y vino areunirse con sus compañeros.

—No debemos perder el tiempo en discurrir sobre cosas inútiles, dijo.

—¿Eh? exclamó Marmouset.

—No hay nada que temer de la policía.

—¿Qué quieres decir?

—Que una parte de esa galería se ha arruinado y se halla perfectamentecerrada.

—¡Ah!

—Lo que hace que estamos enterrados aquí.

—Enterrados, dijo la Muerte de los Bravos, y condenados a morir dehambre.

Marmouset se encogió de hombros.

—¡Bah! dijo con desdén, debemos fiar en nuestra estrella que nos hafavorecido hasta ahora.

Todos se quedaron mirándolo.

—Ahí tenéis otra galería que no hemos explorado aún, añadió.

—¡Es verdad! dijo Vanda.

—¿Quién sabe adónde conduce?

—Veamos de todos modos.....

Y Marmouset sacudió su antorcha y penetró por la tercera galería.

Esta, como sabemos, en vez de seguir un plano inclinado, subía alcontrario poco a poco.

Marmouset se volvió hacia sus compañeros.

—Esta galería, dijo, que yo creía antes cegada, se divide en dosramales, y sube de manera, que tal vez llegaremos pronto al nivel delsuelo.....

—Sigamos adelante, dijo la Muerte de los Bravos.

Pero de repente, Marmouset se detuvo y apagó vivamente su antorcha.

—¡Silencio! murmuró en voz baja.

Polito se detuvo también a su vez diciendo:

—¡Que nadie se mueva!

En medio del profundo silencio que reinaba en aquellas catacumbas, unruido extraño había llegado de pronto a oídos de Marmouset.

Pero no un ruido sordo y lejano como el que produjeran los primeroshundimientos, ni el fragor del viento y del suelo agitados.....

Aquel rumor, al principio indefinible, era el murmullo de voces humanas.

¿Eran acaso los policemen?

¿O bien algunos fenians que venían en busca del que habían prometidolibertar?

Y a tiempo que Marmouset se hacía esta pregunta y recomendaba elsilencio a sus compañeros, las voces se hicieron más distintas y una luzapareció en el fondo de aquel subterráneo.

Luego pudieron distinguir a un hombre que llevaba una linterna en lamano.

Y Marmouset, después de un momento de duda, llegando al fin a reconocera aquel hombre, exclamó:

—¡Es Shoking!—¡Nos hemos salvado!

IV

Marmouset no se había engañado.

El hombre que tan providencialmente llegaba, era Shoking en efecto.

Shoking que venía con una linterna en la mano, alumbrando a otra personaque marchaba a su lado, y que Marmouset reconoció igualmente.

Era uno de los jefes fenians que habían prometido salvar al Hombregris.

Marmouset al ver esto, se volvió hacia los que le seguían, y que tambiénse habían parado a su ejemplo, y les dijo:

—Podemos avanzar. Son amigos.

Shoking se adelantaba en tanto, y acabó por percibirlos a su vez.

Y reconociendo a Marmouset, lanzó un grito de alegría y vino a echarseen sus brazos.

—¡Ah! exclamó, hace largo tiempo que os andamos buscando.

—Así es, dijo el fenian.

—Y grande era nuestro temor de que hubieseis perecido o de que oshallaseis enterrados vivos, prosiguió Shoking.

Al mismo tiempo buscaba con la vista a Rocambole y, no hallándolo,exclamó:

—Pero, ¿dónde está el Hombre gris?

Marmouset movió tristemente la cabeza.

Shoking dejó escapar un grito ahogado.

—¿Muerto? murmuró.

—Esperamos que así no sea, repuso Marmouset.

—¡Cómo!... ¿Qué queréis decir? preguntó Shoking fijándose en Marmouseten el colmo de la ansiedad.

Este le contó en dos palabras todo le que había pasado.

Entonces volvió a aparecer la sonrisa en los labios de Shoking.

—Estoy tranquilo, dijo.

Y como Vanda, Marmouset y los demás le miraban con curiosa extrañeza, elbuen Shoking añadió:

—Yo he vivido largo tiempo en compañía del jefe, y puedo asegurar que,si no lo habéis visto muerto, es que se ha escapado de la catástrofe. Yolo conozco.

La confianza de Shoking se comunicó a todos los demás, excepto a Vandaque no participó de ella.

Los más siniestros presentimientos seguían agitando su espíritu.

—En fin, dijo Marmouset, ¿cómo habéis llegado hasta aquí?

—Veníamos en busca vuestra, respondió el jefe fenian.

—¡Ah!

—Os habéis anticipado a nosotros, y contrariado de consiguiente misplanes. Si ha sucedido una desgracia, a nadie debéis culpar sino avosotros mismos, dijo aquel hombre con una calma enteramente británica.

Marmouset se sintió herido y se irguió con altivez.

—¿Lo creéis así? dijo.

—Sin duda, repuso el jefe fenian con la misma flema. Si no hubieraisdudado de mi palabra..... no os hubierais puesto en acción.....

—¡Veamos! dijo Shoking interviniendo, no es esta la ocasión ni elmomento de empeñar una discusión: lo que importa es salir de aquí cuantoantes, pues puede desplomarse todavía alguna parte del subterráneo.

—Pero, ¿por dónde habéis venido? preguntó Marmouset.

—Por la tercera salida.

Esto parecía indicar claramente que Shoking conocía las otras dos.

Y como Marmouset al oírlo hiciese un gesto de sorpresa, el buen Shokingañadió:

—Los fenians conocían mejor que vos la existencia del subterráneo.

—¿De veras?

—Y contaban volar una parte de Newgate, si no os hubierais dado tantaprisa.

—Pero en fin, preguntó Marmouset, ¿cuál era su plan?

—Voy a decíroslo, respondió el jefe fenian. Por nuestras órdenes, sehabían colocado seis barriles de pólvora.

—Bien.

—Tres en los subterráneos, y los otros tres contra los muros mismos dela prisión.

—¿Y después?

—Como habéis visto, pusieron fuego a los de los subterráneos, queestaban destinados a derribar una parte de las casas de Old-Bailey.

—¿Con qué objeto?

—Con el de producir tal confusión y desorden que, haciendo volar deseguida los muros exteriores de Newgate, nos hubiera sido fácil sacar deallí al Hombre gris.—Uno solo de los barriles ha saltado.

—¿Y los que estaban junto al muro de la cárcel?

—Cuando hemos sabido que estabais con el Hombre gris en lossubterráneos, nos hemos apresurado a arrancarles la mecha.

—Pero entonces, ¿Old-Bailey se ha desplomado?

—No.

—¿Cómo pues?

—Solamente una casa de Sermon Lane se ha venido abajo; pero el fracasoha sido tal, que nadie ha podido comprender bien la causa de esehundimiento espantoso.

—Entonces..... ¿la cárcel de Newgate ha quedado en pie?

—Sí, y han libertado al gobernador, que ha referido vuestra evasión. Ensu consecuencia han bajado a los subterráneos, pero han tenido quevolverse atrás.

—¿Por qué?

—En primer lugar porque los hundimientos continuaban, y luego, porqueel camino que habíais seguido se hallaba cerrado.

—¡Ah! es verdad! dijo Marmouset recordando que Polito no había podidopenetrar en aquella galería.

Y después añadió:

—Pero en fin, ¿vos habéis tomado otro camino?

—Sin duda.

—Entonces... ¿podemos salir de aquí?

—Cuando queráis, dijo Shoking. Seguídme.

Y echó a andar por el camino que había traído.

Marmouset y los demás le siguieron de cerca, y al cabo de un cuarto dehora de marcha, se encontraron en fin al pie de una escalera.

—¡Ah! dijo Marmouset, ¿adónde se sube por aquí?

—A la bodega de un public-house.

—Cuyo dueño es uno de los nuestros, añadió el jefe fenian.

—¿Y dónde se halla situado ese public-house?

—En Farringdon street.

—En ese caso nos hallamos ahora al este de Newgate.

—Así es.

Shoking tomó por la escalera seguido de todos los demás.

Vanda cerraba la marcha.

Hubiérase dicho que la pobre joven dejaba su alma en aquellossubterráneos: de tiempo en tiempo, sin dejar de seguir a los otros,volvía hacia atrás la cabeza y murmuraba:

—Tal vez a esta hora se halla destrozado y sangriento..... y respirandoaún, enterrado bajo las piedras.......

La escalera tendría unos treinta peldaños.

Al llegar al último, la cabeza tocaba a una trampa que estaba echada enaquel momento.

Shoking la levantó, y Marmouset que lo seguía se halló en la sala bajadel public-house, donde todos se encontraron al fin reunidos.

Los postigos de la tienda estaban cerrados.

Además era ya bien entrada la noche, y el publican había despedido a susparroquianos y se hallaba solo.

Él buscó también con la vista al Hombre gris, y pareció admirarse de noverlo entre las numerosas personas que llegaban.

Marmouset dijo entonces a Shoking:

—Nos hallamos en Farringdon street, ¿no es esto?

—Sí.

—¿Más arriba o por bajo de Fleet street?

—Más abajo.

—Por consiguiente, muy cerca del Támesis, ¿no es así?

—Ciertamente.

—Pues bien, es necesario ponernos de seguida en busca del capitán.

—Eso es tanto más fácil, repuso Shoking, cuanto que tengo una lanchacerca de Temple Bar.

—Entonces partamos, dijo Marmouset.

—Yo voy a acompañaros, dijo Vanda.

—Y yo también.....

—Y yo también... exclamaron a un tiempo los demás.

—No, dijo Marmouset con tono de autoridad. Vosotros permaneceréis aquíy esperaréis a que yo vuelva.

En ausencia del capitán, Marmouset era ciegamente obedecido. Así, todosbajaron la cabeza, y ninguno presentó la menor objeción.

En cuanto a Polito, no disimuló su satisfacción de quedar allí tranquilopor algún tiempo, pues la pobre Paulina se hallaba destrozada de fatigay mal repuesta aún de tan terribles emociones.

Marmouset, Shoking y Vanda salieron pues del public-house, y sedirigieron por la ancha vía que toma al principio el nombre de calle ydespués el de camino de Farringdon.

La noche era oscura y brumosa.

Sin embargo, de vez en cuando un rayo de luna lograba desgarrar laniebla, y su dudosa claridad argentaba por un instante las sombríascalles de Londres.

Esto explicaba aquella luz blanquecina que Marmouset y sus compañeroshabían visto un momento después de la explosión, por el orificio delsubterráneo.

Vanda y sus dos compañeros descendieron pues a orillas del Támesis, ycontinuaron por el malecón hasta llegar al sitio donde Shoking teníaamarrado su barco.

Todos entraron en él y Shoking tomó los remos.

—Puesto que los fenians conocían los subterráneos, dijo entoncesMarmouset, vos debéis saber sin duda dónde se halla la entrada de lagalería que da al Támesis.

—Vamos directamente hacia ella.

—¿Está lejos? preguntó Vanda temblando.

—Llegaremos dentro de diez minutos.

Y Shoking se puso a remar vigorosamente.

En fin la barca, que había tomado un momento el largo, se acercó poco apoco a la orilla, y Shoking, levantando los remos, la hizo derivar.

La lancha fue a dar contra unas matas espesas que cubrían por aquellaparte todo el ribazo.

—Aquí es, dijo Shoking.

Marmouset que tenía la vista penetrante, examinó las malezas y dijovolviéndose a Vanda:

—Estoy convencido de que nadie ha pasado recientemente por aquí.

—¡Oh! Dios mío!

—El capitán y Milon no han salido del subterráneo.

—¡Ah! dijo Vanda con acento desgarrador, ¡sin duda han perecido!

Marmouset no respondió una palabra.

Apartó con un remo la maleza, y poniendo a descubierto una anchaabertura, saltó vivamente de la barca.

—¿Has traído la linterna? preguntó a Shoking.

—Sí, respondió este, pero no la encenderemos hasta estar ahí dentro.

Y en seguida penetraron los tres en el subterráneo.

Entonces Shoking se puso a encender su linterna; pero apenas una dudosaclaridad empezó a alumbrar aquella tenebrosa entrada, cuando Vanda yMarmouset lanzaron a un tiempo un grito de espanto.....

V

Al oír aquel grito, lanzado simultáneamente por Vanda, Marmouset yShoking, hubiera podido creerse que acababan de descubrir los cadáveresmutilados de Rocambole y Milon.

Pero no era así sin embargo.

Lo que les había producido tan violenta impresión era el haber halladocerrada por una enorme roca la entrada de la galería.

Ahora bien, aquella roca no podía ser la que, desde la sala circular,Marmouset y sus compañeros habían visto desplomarse detrás de Rocamboley Milon.

Era otro hundimiento casi a la salida del Támesis.

De consiguiente podía suponerse con fundamento que los desplomes que sehabían efectuado detrás de los fugitivos continuaron delante de ellos, yque habían perecido entre las ruinas.

Por lo demás, había una manera segura de convencerse de ello.

Después de haber examinado las espesas yerbas que cubrían la entrada dela galería, Marmouset creyó haber adquirido la certeza de que nadiehabía pasado recientemente por aquel sitio.

Pero existía otro medio de comprobación mucho más elocuente.

A la hora de la marea alta, las aguas del Támesis invadían elsubterráneo, ocupando un espacio de muchos metros; y luego, alretirarse, dejaban una espesa capa de cieno, la cual debía conservarnecesariamente las huellas de Milon y de Rocambole.

Pero Marmouset buscó en vano el menor vestigio: en vano registró todo elsuelo con ayuda de la linterna. Ningún pie humano había holladorecientemente aquel sitio.

Además, la peña desprendida de la bóveda estaba enteramente seca; lo queprobaba evidentemente que su caída era posterior a la retirada de lasaguas.

Vanda, Marmouset y Shoking se miraban pues con un temor indecible.

La duda no podía prolongarse por más tiempo.

O Rocambole y Milon habían perecido bajo aquel desplome a tiempo quehuían; o bien habían quedado encerrados entre los dos peñascos que sedesprendieron a cierta distancia uno de otro.

Esta última hipótesis era la única y suprema esperanza que Vanda podíaconservar aún.

La pobre joven miraba a Marmouset, retorciéndose las manos condesesperación, y murmuraba sin cesar:

—¿Qué hacer? ¡Dios mío!... ¿qué hacer?

—¡Oh! por mi parte no lo sé tampoco, repuso Marmouset.

Pero de pronto tuvo una inspiración.

Entregó la linterna a Shoking y, aproximándose al peñon que cerraba lagalería, se acostó por tierra casi debajo de él y aplicó el oído.

Vanda le contemplaba sin comprender bien lo que hacía.

Marmouset escuchaba.......

Escuchaba, sabiendo que ciertas piedras de materia calcárea poseen unasonoridad prodigiosa.

Esta experiencia se semejaba algún tanto a la del médico cuando ascultael pecho de un hombre que no da signo de vida, a fin de convencerse deque el corazón ha dado su último latido.

La ansiedad de los actores de esta escena acrecía por momentos, cuandode repente Marmouset levantó la cabeza, y su rostro pareció iluminarse.

—Oigo alguna cosa, dijo.

—¿Qué? preguntó Vanda con voz ahogada, y precipitándose hacia él.

—Oigo un ruido sordo y lejano, que se parece a veces al murmullo delagua que brota de un manantial, a veces a la voz humana.

Vanda apoyó a su vez el oído contra la peña.

—Yo también, dijo, oigo alguna cosa.

—¡Ah!

—Y no es, añadió con un gesto de alegría, el ruido del agua.

—¿Estáis segura?

—Sí, es una voz humana. Esperad....... esperad.......

Y Vanda siguió escuchando.

—Sí, añadió después de un momento de silencio, no es una sola voz, sondos. Y se aproximan....... ¡Ah!

Y Vanda arrojó un grito de alegría.

—¿Qué oís? preguntó con ansiedad Marmouset.

—Es la voz de Rocambole..... sí, no me equivoco, y la de Milon... launa clara y sonora, la otra grave y profunda.

Y después de decir esto, Vanda se puso a gritar:

—¡Capitán!..... Capitán!

—¡Silencio! dijo Marmouset.

Y como la joven le mirase con extrañeza:

—Esperad que me explique, dijo, y no gritéis inútilmente.

—¿Inútilmente?

Y Vanda, fuera de sí de alegría, contemplaba a Marmouset y parecíapreguntarse si el joven no había perdido algún tanto el juicio.

Este, antes de responder, volvió a escuchar a su vez por algunosinstantes, y después añadió:

—En efecto, tenéis razón.

—¡Ah!... ¿es verdaderamente la voz de nuestros amigos lo que hemosoído?

—Sí.

—Entonces.....

—Yo los he reconocido lo mismo que vos: no me queda duda.

—Y bien, ¿por qué os oponéis entonces a que los llame?.....

¿por qué noqueréis que sepan?.....

—No sabrán nada, amiga mía.

—¡Ah!

—Por la sencilla razón de que no os oirán.

—Nosotros los oímos bien. Marmouset se echó a reír.

—No es la misma cosa, dijo.

—¿Por qué razón?

—Porque en el interior del subterráneo, y en un corto espacio cerradopor dos peñascos, los sonidos toman una intensidad que no puede existiraquí donde nos hallamos casi al aire libre.

Esta razón no tenía réplica.

Marmouset prosiguió:

—El rumor que llega hasta nosotros es el de dos personas que hablan.Esto me tranquiliza, porque si nuestros amigos estuvieran heridos, sequejarían.....

—Es verdad, dijo Vanda.

—Se hallan pues sanos y salvos.

—Sí, pero están presos en un lugar sin salida, y acabarán por morirsede hambre.

—Nosotros los libertaremos, dijo fríamente Marmouset.

—¿Cómo?

—¡Oh! repuso el joven, tranquilizaos. Ya comprendéis que no hay quepensar en emplear la pólvora.

—Ciertamente que no.

—Ni menos en zapar esa roca, cualesquiera que sean los instrumentos queposeamos. Sería inútil.

—¿Qué hacer entonces?

—Salgamos de aquí, volvamos a la lancha, tomemos a lo largo delTámesis..... y yo os lo diré.

Marmouset se expresaba con tal tranquilidad, que Vanda sintió renacer suesperanza.

En cuanto a Shoking, como ambos hablaban en francés, no habíacomprendido gran cosa.

Todo lo que hasta entonces sabía, era que su amo y Milon estaban vivos,puesto que se les oía hablar a través de la peña.

Marmouset volvió al barco y Vanda le siguió.

Shoking tomó de nuevo los remos, y Marmouset le dijo entonces en inglés:

—Gobierna hacia el centro del río, y mantén el barco en línea recta dela galería.

—Para eso, respondió Shoking, es necesario empezar por subir lacorriente.

—Sea, dijo Marmouset.

—Después dejaré derivar el barco perpendicularmente hacia la entradadel subterráneo.

—Eso es, repuso Marmouset.

Y de pie, en la popa de la lancha, fijó obstinadamente la vista en laorilla izquierda del Támesis.

Vanda lo observaba sin comprenderlo.

La barca subió el río hasta el sitio llamado de los Monjes Negros, yya allí, Shoking la hizo derivar.

Marmouset no perdía de vista ninguna de las casas viejas y ahumadas queorillan el Támesis por este paraje.

De repente pareció fijarse en una de ellas y la examinó con atención.

—Allí es, dijo.

—¿Qué? preguntó Vanda.

Pero Marmouset, en vez de contestarle, dijo perentoriamente a Shoking:

—Puedes ganar la orilla.

—¡Ah! exclamó Shoking.

Y los remos volvieron a caer en el agua.

Cinco minutos después, Marmouset saltaba en tierra, y seguido de suscompañeros, subía por Farringdon street.

—Pero, ¿adónde vamos? preguntó de nuevo Vanda.

—Seguídme, ya lo veréis.

La primera calle que se encuentra perpendicular a Farringdon, al subirde la orilla del Támesis, se llama Carl street.

Thames street es su continuación hacia el este.

Marmouset marchaba con paso tan rápido, que Vanda podía apenas seguirle.

Siguió por un corto espacio Carl street, y se detuvo de pronto delantede una casa, que era mucho más alta que las otras.

Aquella casa era la que había examinado desde el medio del Támesis.

—Ahora, dijo a Vanda, escuchadme con atención.

—Decid.....

—A menos que no me haya equivocado en mis cálculos, esta casa estáprecisamente encima de la galería subterránea.

—¡Ah!... ¿creéis?.....

—Y se encuentra entre los dos peñascos que encierran a Rocambole yMilon.

—¿Y bien?

—Esperad..... respondió Marmouset.

Y aproximándose a la puerta de aquella casa, llevando en la mano lalinterna de Shoking, que había conservado, se puso a examinardetenidamente la puerta.

—Estaba seguro, dijo en fin.

—¿De qué? preguntó Vanda.

—Esta casa es la de un jefe fenian que llaman Farlane.—

Mirad, sunombre está sobre la puerta:

FARLANE Y COMPAÑÍA.

—¿Y estáis seguro de que es un fenian?

—Sí.

Vanda miró cándidamente a Marmouset, como queriendo decirle:

—¡Diablo!... ¿seréis por ventura hechicero?

Marmouset se echó a reír.

—Escuchadme, dijo.

Y apagó la linterna, que entregó de seguida a Shoking.

VI

Ahora volvamos algunos pasos atrás y vengamos al momento en que tuvolugar la última explosión de la galería.

La sacudida había sido tan fuerte, de una violencia tal, que Rocambole yMilon fueron derribados por tierra.

Pero apenas caídos, se levantaron con la misma presteza.

—¡Victoria! exclamó Rocambole, el camino está abierto.

Veíase en efecto la claridad de la luna por la abertura de la galería.

Y volviéndose en dirección de la sala circular, gritó a sus compañeros:

—¡Adelante!... Seguídme!

Y corrió hacia la salida.

Milon le seguía de cerca, y gritaba como él llamando a sus compañeros.

Así marcharon unos cuarenta pasos.

Pero ya hemos visto la catástrofe que tuvo lugar inmediatamente. Depronto un ruido espantoso, como el que produciría el desplome completode un edificio, resonó a su espalda e hizo temblar violentamente elsuelo del subterráneo.

Rocambole arrojó un grito y volvió la cabeza para atrás.

El primer hundimiento acababa de efectuarse, viéndose así separado desus compañeros.

Pero Rocambole no perdía fácilmente su presencia de espíritu.

—¡Adelante! repitió dirigiéndose a Milon. Salgamos de aquí ante todo.Cuando nos hallemos fuera, ya encontraremos el medio de libertarlos.

—¡Adelante! repitió Milon.

Y siguió corriendo al lado de su antiguo capitán.

Así iban, y ya veían brillar ante ellos las aguas argentadas delTámesis, cuando un ruido, más espantoso aún que el primero, se dejó oírde repente y conmovió de nuevo la galería.

Esta vez, la luz de la antorcha que llevaban se apagó también, y seencontraron envueltos en las más profundas tinieblas.

La sacudida fue también tal, que rodaron de nuevo por tierra.

El suelo oscilaba y crujía como en medio de un violento terremoto; y alos hundimientos gigantescos que acababan de presenciar, se sucedíanotros hundimientos parciales. Acá y allá caían piedras de todos tamaños,y una de ellas pasó rasando la cabeza de Rocambole.

Sin embargo, aparte de alguna contusión ligera, logró salir sano y salvode aquel cataclismo.

Un momento después, la voz angustiada de Milon se dejó oír en medio delas tinieblas.

—¡Capitán!... Capitán! decía, ¿dónde estáis?

—Aquí, repuso Rocambole.

—¿Herido?

—No.

—Ni yo tampoco.

—No des un paso, dijo Rocambole, esperemos.......

En fin, a poco cesó el desplome y conmoción general y todo volvió aentrar en silencio.

Entonces se levantó Rocambole.

Milon en tanto murmuraba sin moverse de su sitio:

—Apostaría a que estamos enterrados; pero sea como quiera, no hemostenido poca suerte.

Rocambole no había dejado escapar su antorcha, pero, como se comprendemuy bien, esta se había apagado desde luego.

Pero Marmouset, al distribuir las antorchas a los que le seguían, habíadado también a cada uno una cajilla de fósforos, y de consiguienteRocambole tenía la suya.

—Capitán, dijo Milon, ¿puedo ya levantarme?

—Sí, pero no te muevas de tu sitio. Espera.

Y Rocambole buscó sus fósforos y encendió la antorcha.

Entonces Milon pudo convencerse de que estaba sano y salvo.

—¡Famosa suerte! repetía.

—No tan grande como te parece, dijo Rocambole.

—¿Por qué?

—Sígueme.

Y con la antorcha en la mano, fue andando hasta el derribo.

El subterráneo se hallaba cerrado de nuevo por un peñon enorme que, alcaer, rompiendo sus ángulos salientes, había interceptado tanherméticamente el paso de la galería, como pudiera haberlo hecho un muroconstruido por los hombres.

—Ya lo ves, dijo Rocambole, no estamos más adelantados que hace unahora.

—Volvamos entonces para atrás, dijo Milon.

Así lo hicieron, y se encontraron bien pronto delante del otrohundimiento que se había efectuado a su espalda.

—¿Ves lo que te decía?... repitió Rocambole; no estamos másadelantados.

—Pero entonces, dijo Milon estremeciéndose, ¿estamos aquí presos?

—No, amigo mío, estamos enterrados en vida.

—¡Y ni herramientas ni pólvora! exclamó con angustia Milon.

Rocambole estaba un poco pálido, pero su fisonomía no había perdido sucalma habitual.

—Veamos, pobre Milon, dijo, en vez de desesperarnos, es lo más acertadoel que reflexionemos a sangre fría.

Milon se quedó mirándolo fijamente.