La Copa de Verlaine by Emilio Carrere - HTML preview

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—Chico, la verdad, no puedo darte una camisa... entera.

—¿Eh?

Villaespesa desenvolvió su lío. Las doce mudas se reducían a docecamisolines, o sea doce cuellos y doce pecheras. ¡Oh, prodigios de lafantasía!

La hermosa bailarina esperó en vano aquella noche a Julio Camba.

Su labor teatral en América le dará dinero y gloria. Empleará el magínen forjar versos y situaciones dramáticas en lugar de asaltar editores yprestamistas. Porque con este honorable gremio, Villaespesa ha sido unáguila. Una vez empeñó una calavera, asegurando que volvería a sacarla,porque era un recuerdo de familia.

Estos episodios pertenecen a la época heroica de mi generaciónliteraria. Cuando Camba era anarquista y sufrió un proceso por injuriasa San Judas Tadeo; cuando un poeta dormía en el ascensor de un prócertonto y tacaño, que era tío del vate sin albergue; cuando Barriobero nosinvitaba a comer las paellas que él mismo condimentaba y llamaba a loshorteras pinocentauros, o sea cuerpo de hombre y las patas de madera,el mostrador. Cuando Pueyo nos llevaba a los cafés con música y,emocionado por las arias de Marina o de La Bohême, nos confesaba queél también había escrito versos en la juventud...

Cuando vendíamostodos los libros y empeñábamos todas las prendas—¡oh, aquella levitasuntuosa de Bargiela!—, y Antonio Machado, el gran poeta, al recibir unlibro nuevo, exclamaba corriendo al tenducho del librero de viejo:

Sol de la tarde. ¡Muy bien! ¡Café de la noche!

Elegía de un hombre inverosímil

¿CONOCÉIS algo más triste, más desvencijado, más fracasado que untraductor? Es la forma más lamentable del desastre literario. PuesForondo era el traductor calamitoso, por antonomasia, entre todos sustraspillados cofrades. Forondo tocaba el violín; pero, según se decía,le expulsaban de todos los cafés porque al comenzar a tocar su violín secortaba la leche. Y

esto perjudicaba mucho al crédito de estosestablecimientos.

Poseía una bonita voz de canario flauta; pero no podíaser aplicable en los coliseos mas que entre el coro de señoras, yForondo tenía una espesa barba multicolor que le impedía interpolarseentre canoras hijas de Talía. Algunas mañanas cantaba los motetes enalgún templo, y por las noches acudía a un mitin societario, porqueForondo era un hombre terrible, enemigo personal del Papa. Forondo erael autor de esta frase demoledora: «De tejas arriba no hay más quemetafísica y gatos».

Nuestro amigo vino a Madrid a ser poeta lírico. Escribió un soneto y sededicó al café con media con verdadera intrepidez.

Envió su soneto atodas las revistas y le fué devuelto, «porque había mucho original encartera». Un periódico no se le admitió porque su soneto era demasiadocorto. Entonces escribió un poema en ciento catorce octavillasitalianas, titulado «Dios»; pero tampoco se publicó, porque el director opinó que «Dios» no era asunto de actualidad. Forondo carecía delsentido de la ponderación. Lo quiso ser todo y al fin no fué nada; estoes: finó siendo traductor. Elaboraba a brazo sus traducciones. «El pobrepequeño niño sacó su muestrecita. Eran once horas sonadas», o bien: «Eldesconocido llevaba un pantalón corto y una capa del mismo color».Estas son unas donosas pruebas de su estilo de traductor.

Jamás tuvo ideas propias ni se compró un traje nuevo. Por dentro y porfuera iba siempre adornado con prendas que le estaban anchas. Cuando yole conocí, Forondo vendía perros en la acera del Suizo. Él me vendió unlindo ratonero muy inteligente, que mordió al señor D. Pedro Luis delGálvez, suceso que repitieron las gacetas. Mi ratonero tuvo razón. Eraun perro consciente, como los ciudadanos de cualquier Comité de barrio.

Forondo dormía en casa de Han de Islandia, un espantable hospedero de lacalle de la Madera. El joven montaraz y notable poeta Javier Bóveda leconoció allí. Por cierto que se asustó mucho; moribundo de tuberculosis,con sus barbas rojas, negras, amarillas, y en calzoncillos, no eraprecisamente una Venus saliendo de las olas. Saliendo de entre lassábanas equívocas de su camastro, al fulgor luminoso del candilón,moribundo, famélico y derrotado, era más bien la alegoría espeluznantede la bohemia matritense. La historia de Forondo es una novela ejemplarpara aviso de los jóvenes portaliras que sueñan en su rincón provincianocon esa musa trágica de Verlaine, de Manuel Paso y de Alejandro Sawa,estos grandes mártires de la religión de la literatura.

Era el amante ideal de la Cari-Harta y demás princesas de la gallofa.Cuando no tuvo perros que vender se dedicó de lleno a la traducción.Trabajaba quince horas diarias, luchando con la doble dificultad de quesi bien no conocía el francés tampoco dominaba el castellano. Esta es laespecialidad de casi todos los traductores. Y ello es natural ycorresponde a la generosidad de los editores.

Hace pocas noches Forondo llegó al cafetín donde se reunía con otrospigres. Estaba más enfermo, más pálido, más roto que nunca.

—Vengo a despedirme de vosotros. Traigo media en las agujas...

Todos celebraron el símil taurómaco y le ofrecieron un café con mediade honor. Después Forondo se marchó... se marchó a la fosa común.

Hambres, fríos, humillaciones. Acoso de hospederos, de mozos de café,alguna picardía peligrosa para extraer un poquito de calderilla. Y eldesdén de los poderosos, de los burgueses; la soledad y el dolor. ¿Valela pena afrontar todas estas tremendas larvas de la desgracia por haberhecho un soneto corto, según la opinión de un director de revista? Elvicio de la literatura resulta demasiado caro.

Forondo se ha muerto. Yo le estimaba; estaba siempre triste, estabasiempre fracasado. Me inspiraba el afecto de la desventura. Pero algoqueda sobre mi conciencia como un peso muy grave. Forondo me confesó quehabía seguido el camino de las letras y había caído en la Puerta delSol, encantado por la lectura de mis narraciones de la bohemiapintoresca.

De todos modos, yo no tengo la culpa de que me hubiera leído mal. Labohemia es triste, desastrosa, absurda. Y más aún cuando no se tienetalento ni temperamento literario. No sé qué hechizo tendrá esa musatrágica del arroyo, que seguramente mañana volverá a verme Forondoredivivo diciéndome:

—Verá usted, yo he venido a Madrid a luchar con la gloria. Le voy aleer un soneto.

Y me leerá otro soneto corto, y después a dar saltos mortales paraconquistar el camastro de esos hostales de la bohemia, figones deSatanás con manjares embrujados, que sólo se pueden ingerir cuando seposeen las hambres de doscientos poetas juntos.

Nuestro amigo el alquimista

NUESTRO amigo Aclayar es alquimista. No posee un laboratorio misteriosocon retortas, ni usa túnica ni caperuza, como los nigromantes remotos.La alquimia se ha modernizado.

Ya no quiere fabricar el oro; másmodesta, se conforma con elaborar pesetas sevillanas, precioso metal eneste reino de la calderilla. En lugar de arrojar materias químicas alhornillo infernal, hace números en una tarjeta, invocando a Butatar, quees la deidad del cálculo.

Nuestro amigo ha escrito un libro para ganar infaliblemente a losjuegos de azar. Nosotros le decimos que todo martingala se reduce a unacombinación para perder con método. El alquimista sonríe:—El azar noes una cosa diabólica. El ingenio humano puede vencer a esa diosameretriz que se llama la Fortuna.

El alquimista tiene una llamita de ilusión en sus ojos, rojos de tejer ydestejer las cifras: siniestra tela de Penélope que ha servido desudario a tantos soñadores del número. Las matemáticas tienen tantapoesía como un bello soneto. Aclayar es un poeta del cálculo deprobabilidades, un estoico de la ruleta y de sus malas artes de hembracaprichosa, un apóstol del martingala.

Ahora que se alzan en España incontables capillas del Azar, no menegaréis que mi alquimista es un personaje de actualidad. Él cree poseerel secreto para hacer oro, y este rico metal piensa extraerlo de larueda diabólica, y como testimonio, ha escrito un curioso volumen. Yoprefiero esta lectura a otro volumen de rimas, chirles o a una novelitade Biblioteca Patria. Tiene ciertamente, más poesía y más palpitaciónespiritual, aunque nuestro alquimista se equivoque, lo mismo quefracasaron sus predecesores en la busca del oro.

Un hombre de pasiones y de imaginación no puede resignarse con lapobreza o con un pasar ramplón y cotidiano. Hay que ahuyentar al lívidoy desarrapado espectro de la necesidad. Hay que buscar la llave mágicaque abre los tesoros de la vida: la espada bruja que decapite al dragónde la miseria. Y este talismán impreciado es el oro.

Un hombre pasional e imaginativo ama a las bellas mujeres, los viajespor las tierras fabulosas y lejanas, las obras de arte, los librosinmortales. Y sueña con conquistar el oro, que es la palabra misteriosaque abre todos los paraísos y da la serenidad de espíritu necesaria parala contemplación de lo bello. La pobreza amarga el amor, el arte no esbuen camarada de la necesidad, a pesar de que se dice que el hambreaguza el ingenio.

Además, nuestro alquimista sueña con obtener ganancias fabulosas que lepermitan suprimir, en torno suyo, el dolor social.

Comprende que el dinero, en los contratos humanos, es el espíritu delmal. Un filántropo rico e inteligente como él sería un nivelador.Repartiría los billetes de los grandes casinos entre los pobres, losfracasados, los parias de la injusticia de esta sociedad farisea yanticristiana. Este ideal altruista merece nuestros plácemes. El dinerodel juego está amasado con dolor, con sangre, con toda la turbia gamadel delito. El alquimista lo trocaría en alegría, esperanza,tranquilidad. Arruinaría a todos los empresarios de juego, eso sí; peroel fin justifica los medios, según nos han enseñado los nietos deLoyola.

Nuestro amigo sabe que la Fortuna prefiere a los toreros, a los navieroscontrabandistas, a los profiteurs, buitres de la carnaza europea. Éles intelectual, es un poco soñador y desdeña estos menesteresantiestéticos. Tiene alma de luchador y prefiere luchar con el monstruodel azar. Es más noble y más heroico.

Como buen filósofo, sabe que es lomismo combatir en las encrucijadas de la vida que contra el capricho dela bolita saltarina, que puede ser la dicha o el desastre para tantosespíritus ilusionados. La vida no es más que una ruleta mucho másgrande, cuya bolita—fortuna o fracaso—rueda invisiblemente en tornonuestro. El alquimista aspira a ser un superhombre que domine lasfuerzas ciegas o, al menos, que las sujete entre las reglas de unmartingala, basado razonablemente en el cálculo de probabilidades.

Yo creo que su libro no les será útil a los lectores. En los lances delazar, como en la vida, cada uno es víctima de su temperamento. El que searruina en el juego, es por un torbellino de locura que hay en su alma;le pasaría igual con una querida vampiro, con la política o con losnegocios. Además del invisible factor de la suerte personal, es quetiene la voluntad enferma.

Para vencer a los duendes del azar hay quetener un espíritu fuerte y sereno, como para dirigir multitudes. Lavoluntad y el ingenio pueden vencer a la mala suerte.

El libro lo vende el editor Pueyo. Pero conste que no es réclame. Notengo el menor interés por éste ni por el otro editor.

El librero,comerciante del cerebro ajeno, realiza el milagro de comer de los librossin saber leer. Sentimos hacia el hermano librero la mayordesconsideración, y lo decimos de esta manera franciscana, comopudiéramos decir el hermano lobo o el hermano buitre. El librero es elenemigo del escritor. Debería inventarse un violento insecticida para ladestrucción del librero.

El galán de los "ouistitis"

AQUEL rincón de café era como un muestrario de personajes absurdos.Poetas, pintores, apaches, inventores... En los cristales amarillentosse reflejaban las chalinas y las pipas, y, a veces, como una apariciónde balada germana, la linda cabecita de paje rubio de Betina Jacometi,una genial pintora holandesa, a quien la policía metió en la cárcel sinmás razón que la de fumar cigarrillos por las calles y ser muy extraña.Esto, que es una cualidad de aristocracia, llevó a la pobre Betina a laprisión, de donde

salió

tuberculosa.

Esta

mujer

artista,

de

espírituextraordinario, dice que todo en España es idioto, menos los amigosdel café silencioso. Realmente, con bastante dificultad se podríahallar un cenáculo más pintoresco y más multiforme.

El amigo Montalbán, arqueólogo y cazador de leones, nos hablaba de susexploraciones en la India; Peñalba, el Tartarín de la cuarta plana,nos decía sus sueños de publicidad, a la americana, mientras tomaba cafécon media; el poeta Alberto Valero se dedicaba a cantar la romanza de Roberto, el diablo, con unas burguesitas sentimentales de la mesacontigua. Betina fumaba, fumaba, con los ojos azules e ingenuos, en unéxtasis de arte. ¿Qué pensaría aquella linda cabeza de paje provenzal,tan exquisita, tan femenina y al par tan rebelde y tan misteriosa?Después, llegaba Fantomas, el rey de los ladrones.

Nosotros no letomamos nunca completamente en serio. Nos parecía un folletín ambulante.Bien vestido, rasurado a la inglesa, con un acento también inglés(deslucido por su dejo catalán primitivo) y su monóculo, un bastón concorrea y una gabardina, Fantomas era un espectáculo.

—¡Mozo!: Whisky and soda... Miri, mejor es que me traiga un fiveo'clock tea.

Generalmente ya era noche bien cerrada... Pero Fantomas era un hombre chic, un Brummel de la Barceloneta, y los pobres poetillas no nosatrevíamos a contradecirle en asuntos de elegancia y de buen tono. ¡Oh,él había operado en los grandes hoteles mundiales!

De todos modos, Fantomas era un tipo interesante. Tenía ojos de gato ydientes agudos de animal de presa. Era en aquellos días en que lasautoridades le vigilaban celosamente—los periodistas hemos fabricado eltópico de que los policías son muy celosos—.

¡Le habían hallado unacalavera y un pijama negro! Esto indicaba que se trataba de un apache peligroso, de un terrible souris de hotel. Fantomas se pavoneaba enla apoteosis de su gloria y fumaba cigarrillos turcos como una cocota.Realmente tenía un alma enferma de cocota en un cuerpo delirante dehisterismo. Era un hombre marioneta, producto patológico de la vidaartificial que empieza en una cena montmartresa del Palace y terminacon una borrachera de éter en un burdel elegante. Valses vieneses,rameras viejas, pintadas y bien vestidas; artificio, morfina, pases de bacarrat... Todo esto formaba la careta de Fantomas la veladura desu fisonomía espiritual. En el fondo, yo creo que se trataba de un buenchico que tenía unos furiosos deseos de epatar y cogió un mal camino:el del hotel de la Moncloa. Pero él hubiera llegado a la escalerilla delpatíbulo con tal de que la gente le creyese un hombre terrible. Era unenamorado de lo extraordinario, de lo singular, un sugestionado por loslibros de andanzas policíacas.

Aquí no se conoce bien su tipo modelo.Él mismo se encargó de descubrírmelo. Hace dos meses recibí un librodesde Lisboa. Me lo enviaba un remitente misterioso, sin una carta, sinuna tarjeta.

Se titulaba La dame aux ouistitis. Memoires d'un sourisd'hótel.

—Esto es de Fantomas—exclamé.

Efectivamente, el protagonista de Claudio Lefaure es un ladrón dehoteles que se llama Fabricio Levrot. Fantomas sueña con emular lavida azarosa y fantástica de este personaje. Es el galán de los ouistitis.

Como todo hombre vanidoso, Fantomas se cree irresistible con lasdamas. Pone los ojos velados y coquetones, adopta un gesto de elegantefatiga y hace algunas conquistas entre las camareras, las cocotas delPalace y alguna gentil desequilibrada que, también enamorada de loextraordinario, de lo detonante, le entrega sus encantos y sus alhajas.

¿Realmente Fantomas es el rey de los ladrones? Oyéndole a él hay quecreer que sí. Una bella noche de luna paseábamos por las calles,fragantes de primavera. Fantomas exhaló un sollozo romántico:

—¡Qué noche tan hermosa para robar!

Lo del maillot y el gorro con borla es una invención de la fantasíafolletinesca de la policía.

—Yo no robo en traje de etiqueta y zapato de charol. Estoy de antemanouna hora encerrado en mi habitación, completamente a obscuras, hastaque mis ojos ven perfectamente en la sombra.

Mientras introduzco el ouistitis en la cerradura, estudio la respiración del durmiente. ¡Esuna emoción tan exquisita!...

Otro día, en el camerino de una cupletista, pedía a gritos—con rotosgritos de epiléptico—una jofaina de agua perfumada, porque quería morirabriéndome una vena. Esta dulce muerte romana la acababa de aprender en ¿Quovadis? , película de gran metraje que se estaba proyectando en unteatro. Quería ser Petronio, quería ser Fabricio Levrot, el gran cambrioleur, y hubiera querido ser el último personaje singular de laúltima lectura.

Este

espíritu

impresionable

paga

caro

su

diletanttismo morboso, haciendo lamentables estancias en las cárceles de Europa. Amael lujo como una cortesana y roba por amor al lujo y por amor a lo raroy a lo escalofriante, y por ese capricho de lo singular se enterró en unféretro de cristal, en el Palace, vestido de faquir, como aquel Papús dela larga perilla.

Lo malo es que la vida no se desenlaza tan a gusto como en losfolletines. La vida galante, de perfumes, de joyas, de elegantes yafrodisíacos venenos, de bacarrat, de música frívola y áureo tintinearde relucientes luises, tiene este amargo contraste del calabozo y delburiel del presidiario. El grillete disipa los sueños absurdos demorfina. Esta figura desquiciada y pintoresca confieso que me essimpática y que la vería con gusto otra vez en el rincón del café deartistas. Pero Fantomas es el hombre nube, el hombre pájaro, que novuelve a posarse en el mismo sitio. No me extrañaría recibir una cartasuya diciéndome que se ha hecho mago del Tíbet o que está dirigiendo unaacademia de baile flamenco entre los pieles rojas. Cualquier cosa quesea arbitraria y extravagante. Lleva en el alma un viento de locura y deaventuras este pintoresco enfermo de lo maravilloso.

Sindulfo, arqueólogo y cazador de alimañas

HA venido a verme el señor Sindulfo del Arco, arqueólogo y cazador dejirafas. Como comprenderéis es un personaje inquietador. Yo le conocíeste verano en una juerga en la Bombilla, porque Sindulfo es unarqueólogo flamenco.

Desea que yo llame la atención de las Academias acerca de la calavera deAtahualpa, el inca infeliz que Sindulfo ha descubierto y cuyaautenticidad prueba en un volumen de quinientos folios. Lo que creo esque intenta vender en buen precio la ilustre osamenta, y estaadquisición me parece inestimable para la colección del MuseoArqueológico. Un hallazgo tan importante haría la felicidad decualquier docta Corporación.

Sindulfo es un sabio y un valeroso cazador de jirafas, y, aunque parezcararo, es dulcemente enamoradizo. Como todos los hombres extraordinarios,anda por el mundo caballero en una nube, y se le antoja ver ángelesdomésticos en cada dama andariega y aficionada al acre aroma de varón.

—Mi querida Isabel, usted es la mujer que yo he soñado para formar unhogar...

Como veis, Sindulfo es un doncel romántico, digno de ser cantado porWalter Scott.

Y lo melancólico es que dice estas inflamadas palabras cuando ya tienemuchos hilos blancos en las barbas proféticas.

Este hombre extraño ha recorrido el mundo a pie y cuenta las cosas másdesconcertantes.

—Yo he comido carne de indio guarany; es muy dulzona...

Estaba perdidoen un bosque del Chaco central. Otra vez, los indígenas me condenaron amuerte y me salvé a lomos de un jaguar. Así llegué a una tribu deindios pirios, que me creyeron un ser sobrenatural. Hicieron fiestas enmi honor y me regalaron una doncella joven para mi holgorio; se llamabaAtarbelia, morenita ella, bien formada. Luego la quemaron viva para queno tuviese descendencia de blanco. Es una costumbre.

Yo no sé si Sindulfo dice la verdad o si es folletín ambulante.

Tengomotivos para creer que la imaginación es su facultad predominante. Undía que dábamos un paseo por la Moncloa se nos acabó el tabaco. Eraotoño. Sindulfo cogió un puñado de hojas secas de chopo, las estrujó ylas metió en su pipa. Después dejó errar su mirada por las lejanías deEl Pardo, añorando sin duda los bosques vírgenes del Arauco. De prontose detuvo y exclamó:

—Verdaderamente, el mejor tabaco para la pipa es este tabaco turco.Tiene un aroma muy delicado.

—¡Sindulfo, por Dios, que son hojas de chopo! ¿No recuerda que lashemos cogido cerca del caño gordo?

—Usted está soñando, amigo mío. Esto que fumamos es tabaco turco.Compré yo diez kilos en Constantinopla hace dos meses. Por cierto queaquella noche el Bósforo parecía un espejo. La luna rielaba sobre susuperficie, y a lo lejos...

Sus ojos se entornaron y el ánima se fué en pos de aquel recuerdo otománque él acababa de crear... Yo respeté su ensimismamiento y pensé que conesta fantasía Sindulfo era feliz.

Presenta certificados de los sitios por donde ha pasado.

Realmente harecorrido el mundo; pero ha viajado sin enterarse de lo que sucedía antesus ojos, como hundido en si mismo, mirando hacia adentro, inventandopaisajes, personas y episodios, sin tomarse el trabajo de mirar lo quele rodeaba. Lo mismo hubiese sido que no se moviese de la cama durantediez años.

—Otra vez, en África, me encontré a un cazador que llevaba sobre sucamello un magnífico león muerto.

—No diga usted más—le atajé, sonriendo—. Era el gran Tartarín deTarascón.

—Fuimos muy amigos. Juntos cazamos jirafas, caimanes... Y

figúrese quecierta noche...

En medio del desierto de Sahara... —interrumpí—.

Naturalmente,amigo Sindulfo. Usted es un grande hombre. Yo exigiré que las Academiasle compren su calavera de Atahualpa y nos gastaremos los cuartos en laBombilla, con aquellas dos chulonas modistillas que a usted le parecerándos sacerdotisas de Vesta.

Porque, como dije al principio, Sindulfo gusta de los gachones deliquiosdel baile. Yo le he visto marcarse un schotis, cosa que es compatiblecon la arqueología y con Atahualpa, mientras cantaba, con una vozcavernosa que parecía la del propio inca difunto, este estribilloflébil:

Con

mi

muñequita

sobre

el

corazón,

esta

hora

tan

dulce

me embriaga de amor.

Ahora voy a responder a una pregunta que está en la mente de loslectores. Sí, señor, el amigo Sindulfo existe, y no diré que es de carney hueso, porque más bien parece de nube. Va todos los días a verme alcafé, y espero que dentro de poco será académico de la Historia. Noolvidéis que ha descubierto la calavera de Atahualpa.

Clamaría a Dios y se hundirían las esferas si la docta Corporación lepretiriese. Sindulfo estaría muy bien exclamando en plena sesión:

—Señores académicos: Habéis de saber que el juego de carambolas, entrelos antiguos persas...

El poema del mal poeta

EL mal poeta escribe en un café solitario. Yo le profeso al poeta maloun aborrecimiento corso. Me ha apedreado los oídos con sus ripios, consus tópicos, con su retórica. Es hombre insensible a la emociónestética, que fabrica sus versos como un jornalero: un albañil, por elcascote; un picapedrero, por su ritmo monótono, que parece que agitaadoquines dentro de un cubo en vez de lapidar las piedras preciosas delas bellas rimas.

El mal poeta tiene un orgullo satánico. Es de los que hacen burlabellaca de Rubén y componen pueriles mixtificaciones de los

viejosmaestros

románticos—fáciles

becquerianas

y

humoradas sin el hondoespíritu campoamoriano—. El mal poeta escribe mucho. Sus versos sonuna infección de todos los periódicos. Su ramplonería es una bomba degases asfixiantes.

Yo os confieso que degollaría con mucho gusto alpoeta malo.

Es un sujeto más de cuarentón. Posee una calva sucia, los ojospitañosos, los dientes verdes de nicotina, y un bigote rubianco yabatido. Lleva un abominable hongo, representativo de su vulgaridadinterior. Suele parlarnos de Filomela cuando complica a los sencillosruiseñores en sus octavas reales, sin duda para despistar al ingenuolector. El pensil ameno y el rosicler de la aurora le son tanfamiliares como su terno de lanilla. Ama con ansia loca, pierde lacalma en cuanto tiene que rimar con alma, y todos los labios le causanagravios, sin saber por qué. El beso le parece un exceso—y a susaños, es natural—, y la luz de la luna siempre le sorprende en unalaguna, cosa muy perjudicial para sus achaques reumáticos.

El poeta malo se entretiene en colocar uno sobre otro sus endecasílabos,como los ladrillos en una construcción. Luego entrega las cuartillas auna niña rubia que aguardaba para llevarlas a un periódico.

El hijastro de Apolo charla después conmigo de literatura. Me lee unaoda Al Sol, un soneto A una ingrata y una elegía A la muerte de lavirgen de sus amores primeros. ¡Hace ya tantos años! Este poeta tieneuna memoria feliz.

El pobre hombre no acierta ni por casualidad. Tanto artificio, tantafalsificación poética, la lluvia de lugares comunes, me ponen muynervioso. Tal vez hubiera llegado a agredirle si no llega a volver laniña rubia que llevó los versos al periódico y que retorna con cincoduros. El mal poeta la besa en la frente con sincera ternura.

—Esta es la mayor—exclama—. En casa quedan otros cinco leones.¡Calcule usted los versos que tendré que hacer!

La niña rubia, una grácil adolescente de catorce años, tiene los ojoszarcos e ilusionados.

—Ahora le voy a comprar unos zapatos, ¿sabe usted? Los romperá enseguida, porque estas criaturas...

Sin querer, miro a los pies de la niña, unos pies lindos y pequeños deprincesa china, envueltos en unas botas muy rotitas, muy rotitas...

Esta dolora no la siente ni la rima el poeta malo. Pienso en los cincoleones que quedan en casa, y este emocionante poema del mal poeta casime hace llorar.

Y le veo alejarse, amorosamente abrazado a la niña, en cuyos ojos zarcosarde una llamita de ilusión, y en este momento, el mal poeta me parecemás grande que Shakespeare y que Hugo...

La sombra del rey galán

POR el puentecillo de El Pardo iba aquel rey galán cuya leyenda cantanlos niños en los jardines. Era pálido y adolorido, tenía las ojerasmoradas como los lirios del paje Gerineldo. Era el rey madrileño, el reychispero, el de las corridas de toros y las patillas manolas:

«¿Dónde

vas

Alfonso

XII?

¿Dónde vas, triste de ti?»

canta el coro infantil en el azul idilio de la tarde, mientras el reygalán, pálido y muriente, como un lis borbónico, que se marchita, sepierde por las avenidas, seguido de silenciosos cortesanos.

El pueblo amaba al príncipe netamente español. Le aclamaba en lostoros, en las verbenas, en las tardes del Prado. Le halló en susalegrías y en sus duelos, íntimamente ligado a su vida, en el ritmojovial, generoso, magnífico de la vida española, de aquel momento.

Ya sonaba lejano aquel romance de su adolescencia, en las horastediosas, preñadas de augurios, que transcurrían en el palacio de ElPardo. Otoño sollozaba en el monte verdinegro y adusto; en los parqueslloraban los violines verlenianos, y la Desnarigada rondaba el palacio.La veían los perros errantes, que aullaban a la luna.

Y cuando sonó la hora, esa hora misteriosa del cuadrante de laeternidad, otro ilustre moribundo, el general Serrano, anunció enMadrid, a cuantos rodeaban su lecho:

—¡El rey acaba de morir en el palacio de El Pardo!

Y en aquel punto mismo, Alfonso dejaba de ser, en el palacete gris, concaperuza de pizarra, mientras en el aire flotaba el último verso delingenuo romance infantil:

«Cuatro

duques

la

llevaban

por las calles de Madrid.»

¿Quién fué el arreglador de esta vieja canción que yo oí sonar en elúltimo acto de Reinar después de morir, llorando la muerte de doñaInés de Castro? ¡El amor del pueblo ha hecho al rey galán y a laprincesa del palacio de San Telmo los esenciales protagonistas de estepoema eterno, que es como una oración ingenua del alma popular!

«Rey

dolorido

y

galante,

tu

muerto

amor

juvenil

¡con

qué

tristeza

aflorante

llora

el

romance

infantil!

Princesina

de

leyenda,

te

da

el

alma

popular,

como

una

oración,

la

ofrenda

ingenua de su cantar.»

Así ha glosado un poeta de ahora el idilio adolescente del rey galán,del rey chispero, del rey madrileño, el de las patillas manolas a lo Pepe-Hillo, que supo de las locas farsas del Momo, en el castizoCapellanes, y dejó cien leyendas de su breve reinado y se murió muyjoven, como una mustia lis heráldica, abrasado en una fiebre loca devivir una vida magnífica y emocionante.

¡Puentecillo de El Pardo, por donde pasaba el príncipe de las leyendasgalanas! En las tardes vernales, doradas y olorosas, yo he evocado lasombra del rey galán por estos jardines señoriales y estas montaracesespesuras.

Yo siento una honda simpatía por este príncipe y por esta épocaexaltada, generosa, pintoresca, de un decadentismo elegante y escéptico.Entonces, como ahora, había una gran pasión por los ídolos de latauromaquia, el arte nacional por excelencia. Frascuelo y Lagartijorecogían en su joyante capote el último rayo del gran sol de la raza ydespertaban el único latido de la conciencia nacional. Y aun no habíasurgido en el horizonte el espectro trágico, grotesco e infame deldesastre colonial.

¡Dichosos los príncipes que viven en el corazón de su pueblo y cuyamemoria queda en romances que cantan los coros de niñas en los jardinesy en las plazas! Vale más ese culto poético y sentimental que todas lasgloriosas atrocidades bélicas, exaltadas por la Historia.

¡Reyes de hierro, con corona esplendente cuyos laureles están manchadosde sangre, los niños de vuestros reinos no cantarán romances de vuestrosamores, en las floridas avenidas, cuando la primavera viste de novia alas acacias!

La plazoleta de los fracasados

ES una de esas plazoletas melancólicas de un barrio solitario, rodeadade bancos de piedra, que tienen un ambiente provincial, y sobre la cualcaen de vez en vez las lentas campanadas de las vísperas, con unclamoreo ensoñador y místico. Tiene acaso un balcón florido que da laamable sensación de una mano blanca de mujer, y también algún arbolillodesmedrado y triste o una antigua fontana que vierte, hilo a hilo, ladulzura de su monotonía.

En la hora sedante del crepúsculo toma un aspecto severo y arcaico deyerma ciudad castellana, que evoca el heroico redoblar del Romancero ola sandalia de Teresa de Ávila, la celeste doctora, y vaga en su granpaz un perfume antiguo de penas olvidadas y de encantos añejos.

A este paraje apartado y romántico acuden todas las tardes losmelancólicos fracasados de todos los ideales, los soñadores de lasáureas apoteosis que han visto hundirse la leyenda de sus vidas en labahorrina de la vulgaridad, en el vacío de un vivir abrumadoramentecotidiano.

Se conocen de todos los días, galeotes de una misma cadena, sombríosdiscípulos de un mismo maestro, el inmortal Dolor, y entre ellos se hahecho una suave simpatía consoladora. Hay un viejo militar invalidado laprimera vez que entró en campaña; él quizá tenía una visión homérica dela vida, soñaba con el laurel del héroe, con el botín y la aventura, ytodo su ensueño fracasó en el momento inicial por la crueldad de unabala perdida que le negó el triunfo de una bella muerte y le condenó aarrastrar una hórrida

y

grotesca

pata

de

palo,

cuyo

seco

y

monorrítmicogolpear es un irónico estribillo a la galana bizarría de su idealtruncado.

Después ha visto cómo se deslizaban sus días, sin ambición, monótonos yfríos; en el alma, la honda amargura de las renunciaciones.

¡Si al menos la bala me hubiera buscado el corazón!

Y sus ojos se tornan hacia los años juveniles, florecidos de hazañasimaginadas, en las que sonaban las trompetas de la Gloria.

Llega después un hombrecillo torvo y desaliñado, tocado con un chapeoraído que cubre su calva de santo, ancha y reluciente.

Es un inventordesgraciado.

Había trabajado día y noche en su taller, renunciando a los holgorios dela mocedad, al regalo de la hembra y a toda dulzura de los sentidos.Empleó su pequeña fortuna en el trabajo y en el estudio, hasta obteneruna nueva máquina.

Después comenzó el peregrinaje por las oficinas en pos de la soñadapatente, que era su riqueza futura, y al cabo de amargas andanzas semofaron de él, de su invento y de su calva, y los ujieres le echaron alarroyo con vayas y sinrazones. En el café, en la calle, a solas con lasfementidas tapias de su mechinal solitario, peroraba con esa exaltaciónde loco de los inventores.

Y ya le oían impasibles, le brindabanprotecciones quiméricas o se le reían en sus barbas.

—¡Ya ve usted, se burlaban de aquello que me había costado mi fortuna,mi cerebro y mi juventud!

Y cierra los ojillos grises y casi ciegos, tal vez para restañar unalágrima.

Luego, una arrogante mujer enlutada, con aires de gran dama, que saludacon cierta gracia señorial. Tiene la belleza fuerte y calina de lamadurez; el luengo manto vela apenas su cara algo marchita, donde ardenlos ojos negros con una llama de locura bella y eterna.

Al comienzo todos la creyeron viuda; no era sino una virgen vetusta queconsumía su corazón y su virginidad en el ara de un ideal remoto eimposible, como esas lámparas de la devoción que se extinguentristemente ante una hornacina olvidada. Allá en los verdes años de sugalana adolescencia, amó con bravura y firmeza de corazón a un belloaventurero romántico y audaz, que se fué hacia las tierras fecundas delsol, nauta de lo imprevisto, conquistador de la casualidad.

Él dijo que volvería y ella le aguardó. Interrogó al horizonte todas lasmañanas; sintió caer todas las horas de cada día, todas lasdesesperanzas de cada año, y el amado no volvió más. Pero ella leesperará siempre, hasta que la muerte toque sus ojos con sus dedos deniebla.

Y cruza sus manos pálidas de monja sobre el raso litúrgico de su traje.Manos transparentes y puras que parecen hechas para filigranar ex votosde santos y capas pluviales; ojos fanatizados en torno de los que laslargas vigilias, huérfanas de besos, han florecido en sedeñas ojerasvioleta, como dos flores de fiebre y de locura; alma noble y extática,donde el amor es una rosa casta e inmortal.

Y cuando un soplo de brisa arrastra alguna hoja muerta, la viuda idealla sigue intensamente, quizá comprendiendo que la aproximación del otoñotiene para ciertas almas un melancólico valor emblemático.

Mas luego, entre otros que ocultan el secreto de su fracaso, arriba lacarátula ridícula y triste de un viejo farandulero. Aun recuerda conllanto de regocijo los días buenos en que él fué don Juan y Manfredo,Sullivan y Don Álvaro.

Estos héroes le dieron el prestigio de su poder imaginario entrebambalinas y oropel, y pusieron un poco de oro de leyenda en su vivirmenesteroso, a cuyas puertas solía llamar el Hambre con su puñoespectral. Después, el aguardiente y los años han abatido el tórax quese irguió enorgullecido bajo la cota de acero de Ruy Díaz, se abatió encurva claudicante en demanda de las dos pesetas, en esas lamentablesaulas de picardía y de dolor que están siempre abiertas en las aceras dela corte.

Y llegan otros, desarrapados y tristes inválidos de cuerpo y ulceradosde corazón, inventores preteridos, soldados sin fortuna, viejasmeretrices, traductores, poetas vitaliciamente inéditos, todas las almasen sombras, y los perfiles contorcidos de los fracasados del arte, delamor y de la vida.

Y gustan de esta solitaria plazoleta, que tiene un aroma antiguo delágrimas enjugadas, de flores secas y de dolores resignados, donde hayun arbolillo triste y torcido y un balcón con flores, y en donde en lahora dulce del crepúsculo suena acaso un piano tocado por una bella ydesconocida mujer, de lentas y melancólicas melodías, a las que lasalmas en ruinas de los fracasados ponen tal vez la letra de su íntimodolor.

Las paellas de un revolucionario

TODOS sabéis que Barriobero es un terrible revolucionario, un formidablesocavador del orden social. Durante mucho tiempo, su melancólica siluetaquijotesca ha sido la pesadilla de golillas y de ministriles. ¿Qué habíaun mitin de cigarreras?

Barriobero a la cárcel. ¿Que algún orondocacique se levantaba dispépsico? Metamos a Barriobero en chirona. Latranquilidad del

respetable

vulgo

reclamaba

que

el

peligroso

anarquistaestuviese siempre aposentado en el hosco palacio de la Moncloa. Y aveces resultaba una admirable combinación económica para Barriobero...porque en la calle, los comestibles habían decidido trasladarse aSaturno.

Este hombre tenebroso es una de las figuras más pintorescas de estaépoca. Su nariz, en guisa de interrogación, bien merece un sonetoquevedesco o una de las loas que rimara Rostand en el Cyrano; sumelena, romántica y subversiva, flota como airón en las revueltaspopulares, y es como el símbolo orgulloso de toda su vida. En las horasde opulencia, Barriobero adorna su translúcida persona con un deleite de«dandy». ¡Oh, qué admirables chalecos bordados, dignos descendientes delas pomposas chupas del tiempo viejo, cortesano y galante!

Estoschalecos merecen por sí solos un apologista tan atildado y erudito comolo fueron Barbey y Jorge Brummel. Pero, más que estos gloriososindumentos, rameados de oro, de azul, de rosa; más que sus pipas y sumelena, sobre sus discursos y sus libros, yo prefiero las paellas a lavalenciana de Barriobero.

Porque este terrible revolucionario es un supremo artista en suspaellas, señores míos. Yo uno a este suculento recuerdo un buen puñadode episodios juveniles; mi estómago siente una onda sentimental alevocar aquellos arroces, que eran como un paréntesis de encanto en mediode aquellos días menesterosos, en que el más loco y bizarro moceríoflorecía en rosas de alegría e imprevisión.

Por las noches, Barriobero traducía para Jorro o para Calleja;despachaba un volumen—«católicamente» mutilado—

en un par de sesiones,y con las pesetas que esta labor de negro le producía, nos íbamos acomer arroz, condimentado por sus manos largas, frías y pulidas decardenal galante, a un ventorro de los Cuatro Caminos.

Y fué en aquellos días de lamentable supeditación al régimen suicida dela media tostada, en aquella época de chicharrones en el figón de laplaza del Progreso, de versos recitados a gritos en las callessolitarias, de proyectos absurdos dictados por el Hambre, que hacíafunámbulas delirantes en nuestros caletres visionarios; fué entoncescuando el editor Pueyo llegó a encargar a Barriobero que escribiese unanovela.

—Hágame usted la novela de un repatriado, que se muere de inanición eneste cochino país, dominado por los jesuítas. Tome usted a cuenta estoscuatro duros.

—Pero eso va a resultar un sapo... Yo no siento ese asunto...

—Pues, si no le conviene, se marcha enhoramala de la tienda, que tengomucho tajo. ¡Con esta baraúnda no se puede laborar!...

Y la voz cavernosa de «Nietzsche», el cuñado de Pueyo—una especie deHarpagón—, que interrumpe, con «ritornello» de

«miserere».

—¡Acabarán por arruinarte, Gregorio! ¡Acabarán por arruinarte!

Barriobero acepta el encargo y los cuatro duros, y escribió la novela,interesante y «documentaria», como él dice.

Pero, ¡ah!, la factura de sus novelas será muy notable; mas no tantocomo la de aquellos arroces, dorados y humeantes, devorados fieramente,bajo el alegre cielo madrileño, en amable cordialidad, en aquellosbuenos días que retornan del fondo de lo pasado perfumados de alegría yde juventud.

Perdonadme, respetables señores, estas fugas sentimentales ypintorescas.

Al contaros estas minucias, yo gozo reviviendo el encanto de los viejosdías, y me parece, además, que ningún hombre serio dejará de reconocerel trascendentalismo de estas cuestiones de culinaria. Yo creo que siLuis XVI hubiera convidado a comer a Marat, tal vez hubiera evitado laRevolución francesa; las lentejas y el cocido cotidiano han hecho másrevolucionarios que todos los libros de Kropotkine.

Así, pues, reconozco que Barriobero tiene talento, que tiene belloschalecos de terciopelo y una gran colección de pipas; confieso que es ungran orador, un novelista sagaz y un famoso abogado. Pero yo,francamente, le prefiero y le admiro mucho más como confeccionador depaellas a la valenciana.

¡Qué queréis! Soy un Aquiles vulnerable por el estómago.

La noche

LA noche es la suprema aristocracia. La noche es una dama misteriosa,como Ligeia, como Eleonora, las mujeres litúrgicas, transparentes yultraterrenales de Edgardo Poe. El día es un poco plebeyo con tantoescándalo de sol, con tanta greguería ramplona.

¡Noche! Viciosa querida bohemia, como una alta dama que va a la busca deemociones raras entre los hampones y las busconas.

Todos tenemos unaquerida ideal, cuya mascarilla en vano buscamos entre las mujeres de latierra. ¡Un alma de mujer, como un cáliz de oro, donde verter el licormusical de nuestro corazón en esas horas tristes en que la emoción sedesborda!

La Musa de la Noche tiene para mí todos los magos prestigios de esaamante suprema. En las altas horas las sombrastejen torbellinos dealucinación en torno a mis pobres ojos, que se emborrachan de misterio.La Musa de la Noche adquiere corporeidad para mí y se apoya en mi brazo,en mis sonámbulas paseatas por la ciudad desierta, que tiene algo decementerio, con sus balcones cerrados, como nichos inquietantes.

La siento levemente reclinada, muy levemente, como si llevase de mibrazo a un fantasma. Va vestida con un amplio ropón de terciopelo negro,y su cabeza es pálida, como el místico lirio de la luna. Sus ojos sonverdes, como pequeños océanos tumultuosos, y tienen verdes ojeras comoel licor emponzoñado con que la luna hace cantar a sus ahijados en lostrágicos manicomios. ¡Los ojos de la Noche!

¡Los ojos de la Musa de la Noche! Ellos le dan su trágica llamarada delujuria a esos rostros de clownesa que muequean en las encrucijadas delpecado.

La Dama de la Noche es voluptuosa y trágica, y junta el placer y elcrimen en una onda de sensualidad. Tiene el alma de Lucrecia Borgia,exquisita y abominable. Ella aconseja a los rufianes que asesinen a lasrameras, después de amarse dolorosamente, en las zahurdas tenebrosas,para que ría el Diablo, padre de las rameras y de los asesinos.

La Dama de la Noche entiende las palabras misteriosas que susurran en elfondo de mi alma, sin asomar jamás al labio. Son palabras de un idiomalleno de amor y de eternidad, y ella me dicta versos en ese lenguajedivino, con símbolos imperecederos.

La Musa de la Noche sabe la cifradel amor, del dolor y del misterio, y me inicia en sus ritossobrehumanos, mientras los otros hombres—los hombres sanos que viven dedía—duermen en

un

grotesco

amontonamiento

de

carnaza,

como

cansadasbestias sin horizontes en el pensamiento. Y también sin el exquisitotormento de la Poesía.

La Bohemia Nocturna lleva una corona de estrellas sobre el cabellonegro, negro como el ala del cuervo que canta «¡Nunca más!», en el poemadel Dolor de las almas. Sus manos son de marfil transparente, como losdedos de niebla de las Parcas, y toda ella tiene un perfume vago deazahar y de adelfas y de incienso. El Amor, el Dolor y el Misterio.

La querida del Misterio me ofrece la flor de locura de su boca, cuandotodos duermen, y lleva la hostia de la luna, como un florón luminoso,sobre su cabellera de sombras. Es la musa galante que dió el brazo alpobre Paul Verlaine, cuando iba por las calles del viejo París como un pierrot destrozado, borracho de ajenjo y de melancolía. Ella es la quehace sonar las viejas campanas con una solemne armonía orquestal: lascampanas magníficas de voces de oro, que tienen un alma antigua ymisteriosa, cantan el poema de las vidas que empiezan, de las vidas queacaban, de la alegría y del dolor de los hombres. En torno a los viejoscampanarios, que parecen de plata bruñida en el plenilunio, la Nochedirige la danza de las Horas, vírgenes inquietantes, en cuya danzainterviene, como concertador irónico y dramático, el Destino, que cambiael compás de las vidas vulgares de una manera trágica o grotesca.

La Dama de las Sombras coquetea con los siete Mancebos del Pecado, que,por sus ojos verdes, andan a estocadas en las desiertas callejuelas.Pero ella me prefiere a mí, pobre poeta nocturno y lunático, y me da suboca amarga y sus senos magníficos de dogaresa artista, sensual ydramática. Ella me ama, porque sus palabras, preñadas del sentido de laVida y de la Muerte, riman muy bien con la armonía secreta de micorazón. Y

en las encrucijadas del Horror, de la Duda, donde acechan losbuitres de la Estupidez y de la Ignorancia, ella alumbra mi pobre carnetriste y sensual con la lámpara celeste de óleos aromáticos que lleva ensu diestra marfilina. Porque la Musa de la Noche enciende en nuestrosepitalamios el lampadario inmortal de la Belleza. Y la pobre carne setransfigura cuando ella trae en la mano el lirio del más allá, el liriodel Misterio y de la Poesía, como una celeste Anunciación para elespíritu, hundido en la carroña igual que en un abismo.

Un viejo café galante

ES un viejo café donde antaño se reunían los ingenios más famosos de laépoca. En una mesa, cuyo mármol está ya azulenco, trazó sus estupendas,impresionantes y abrumadoras farsas novelescas aquel Ortega y Frías queha sido el educador sentimental y el enloquecedor de las fantasías detantas ingenuas y sensitivas muchachitas, y cuyos imprevistos episodiosde maravilla han puesto en estas pobres vidas vulgares un poco de oro deleyenda.

En un rincón estuvo la pequeña capilla literaria cuyo pontífice fué elmagnífico don Manuel Fernández y González. Allí escribió El cocinero desu majestad, y allí acudió la última noche antes de emprender el granviaje...

Las dos amplias salas de este viejo café de la Luna tienen el mismoaspecto de aquellos días. Los espejos, velados tristemente por la pátinade los diez lustros, parece que conservan como un vago reflejo deensueño, rostros confusos y siluetas de lejanas personas desaparecidas,repetidas de uno en otro, infinitamente, en los cristales, como uncortejo de alucinación. En el ambiente flotan hálitos de vidas remotas,cadencias de músicas antiguas, y como un fantasma de sonido, susurros devoces lejanas que tiemblan en el aire con quimérica, muda vibración.Algo espectral y desvanecido que da una vaga y misteriosa sensación depresencia.

En las tardes solitarias de estos últimos años, en que el alma antiguade este café parecía encantada, y el tedio tejía sus melancólicostelares, tal vez de la penumbra propicia surgían claras risas y frescasvoces juveniles. Y era que los enamorados ocultaban su amor como unpecado entre la umbría protectora, ingenuas obreritas un pocosentimentales, pomposas matronas que enloquecen con su gracia picante ysu intensidad crepuscular—que ponen tanto fuego en la aventura, porquetemen que aquélla puede ser su despedida al amor—, princesas de laCasualidad, juntamente con sus varios cortejos, ponían una notaencantadora en parajes como éste. ¡Los cafés solitarios y galantes!Peláez, la Universidad y los gabinetes coquetones del Habanero, ¡quémalignas y deliciosas historias de un momento pudieran relatarnos!

Pero he aquí que un fresco aire de fuera ha venido a renovar el ambientede este viejo café de la Luna, donde yo pasaba mis tardes gozando delplacer de no hacer nada, placer digno de un Papa, y trazando a lasveces—raro suceso—sobre la cuartilla, mis tristes o apacibles devaneossentimentales. ¡El lugar era tan solitario y tan evocador! Pero laignara turba ha invadido mi mesa de despacho en pos de un raroacontecimiento femenino y musical. Claro es que esta turba hombrunallega, más que por el deleite artístico, atraída por el olor de lahembra; prefieren estos sátiros un grácil escorzo o la insinuaciónanfórica de la cadera a un nocturno de Chopín, y la línea de un bustobello a una melodía de Borodine... Y es posible que estos sátiros tenganrazón.

¡Cómo sentirá esta invasión de la muchedumbre el viejo erudito de todaslas tardes! Llegaba con su raro volumen, tal vez un incunable, asegurabasus anteojos, preparaba su cuaderno para apuntar las citas y lascuriosidades y luego se mecía en un sueño seráfico hasta que encendíanlas luces. ¡Pobre erudito, ahora tendrás que irte a otro viejo café adar cabezadas sobre tu incunable!

Tal vez habría tomado cariño a la mesa de su rincón, y este cambiotrunque tristemente su vida... A veces un suceso sencillo,insignificante, la pérdida de un perro, de un paraguas o de una mujer,deja en nuestro espíritu la desolación de una catástrofe.

Y como por esta intrusión han encendido los focos, las parejas amantestambién han huído en busca de otro retiro penumbroso que proteja susrisas, sus confidencias y el encanto de su amor, otro lugar solitariopara ocultar su felicidad como un pecado.

Y es el motivo que han llegado unas señoritas napolitanas a hacermúsica, tarde y noche, y la gente invade la sala entre un estrépito decucharillas y platillos y una greguería grotesca y plebeya.

Yo he descubierto la mixtificación: estas virtuosas no sonnapolitanas; la dulce musicalidad de esta palabra sirve de reclamo paraese eterno alucinado que se llama público. Pero

¡qué importa! Ello esque las manos lindas y blancas arrancan bellas melodías de las cuerdasde los violines y que una hermosa cabeza de diablescos ojos moriscos ynegra cabellera, como una exótica flor rizada, se inclina graciosa sobreel puente del violoncello. Y el prestigio hechicero de la carne de lamujer hace temblar el beso en todos los labios.

La mujer artista, la triunfante mujer que se exhibe ante un público enmedio de artístico artificio, es secretamente amada con un deseodelirante. Las heroínas de comedia, los astros de folies bergères haninspirado enormes pasiones y sus enamorados han llegado hasta elmatrimonio, saltando por todos los obstáculos sociales y resignándose ano hallar ningún obstáculo en la noche nupcial. Porque la carneperfumada y blanca, entre las sedas, el oropel y tanta bella mentira,tiene un magnetismo irresistible.

Esta orquesta femenina a veces ejecuta cosas agradables; otras, adula alpúblico tocando lo que está al alcance de su menguada cultura artística.Tal vez los violines cantan la frase de tanto éxito de El anillo dehierro:

«Ven, Rodolfo, ven, por Dios.»

Y asoman lágrimas de emoción a los ojos de las matronas románticas, quese saben de memoria los versos de Flor de un día y hacen soñar a estaspálidas burguesitas que van a los cafés las noches de domingo y en cuyasvidas pobres y monótonas el encanto de la música pone una dulce horasentimental.

Son esas muchachas suavemente tristes, humildes y resignadas, que tienenojeras muy hondas y pobres manos santificadas por el culto heroísmo dela lucha diaria: que van tocadas con gráciles sombreros y vestidas conuna coquetería un poco triste por lo usado y deslucido del atavío.Conmovedoras y humildosas vidas grises a las que una fiera sátira sincorazón ha llamado cursis, y que, al invocar a Rodolfo los violines,ellas también le invocan con toda la ternura de su alma, y la figura delgalán tiene en su fantasía todos los áureos prestigios de un príncipemilagroso de leyenda.

Y por eso sus ojos tienen cercos tan profundos y su boca esa mueca demelancolía: porque los días huyen, huyen... ¡y Rodolfo no llega nunca!

Perfil de tragicomedia

MI querido cofrade D. Amaranto Peláez es un virtuoso covachuelista, muydigno de una hornacina en el martirologio moderno. Su cuerpecillo, magroy desvencijado por el diario chocar con los esquinazos de la miseria, seguarece en un chaquet ribeteado de trencilla, de un negro desvaído, alque las virtudes de constante pulcritud de su dueño han dado unmagnífico

brillo

que

miran

envidiosos

los

puños

deshilachados y latirilla restaurada con tiza, por el buen parecer, el día en que SuExcelencia tiene la bondad de llamarle a la firma. Porque podemos decir,para orgullo de D. Amaranto, que él es el alma del negociado.

Sus calzones, en guiñapos, lucen pintorescos festones sobre loszapatos; sin herretes y sin trencillas, y su chapeo ha soportado laslluvias de cinco inviernos; y su carrick el rigor de cincuentaventiscas.

Don Amaranto llega invariablemente a la oficina a las ocho de la mañana;se calza sus manguitos, se toca con un bonetillo la calva de santo,ancha y reluciente, y silencioso, con una tristeza mansa y resignada,trabaja hasta las dos, en que el ujier trae el parte de salida.

En ese momento, D. Amaranto se torna a su casa. ¡Es la hora de comer!Pero como él no es sino un humilde auxiliar de la clase de quintos, «esode comer» a ciertas alturas mensuales, generalmente no pasa de ser unahipérbole absurda.

Y en esas horas amargas, D. Amaranto llega a su mezquino mechinal, dondele aguarda su mujer, triste, enferma y mal vestida, y cuatro niñacos,como cuatro ruinas, en cuyos ojos candorosos, al mirar tan desoladapobreza, hay quizá un poco de recriminación hacia los que en un momentode lujuria ciega les trajeron a una vida tan sórdida, tan cruel y tanmiserable. Nadie le pregunta nada. Entre ellos no se cambia un solovocablo, aunque el fogón esté apagado y nunca llegue la hora de poner lamesa. Y es que los sin ventura están resignados a no comer, mejor dicho,han perdido la saludable costumbre de comer. Estas vidas estánsepultadas en el «in pace» de todas las renunciaciones.

En cierta ocasión me decía la señora, con una sencillez más que trágica:

—Se nos han muerto tres hijos: Luisín, porque el médico, a quiendebíamos algún dinero, no quiso venir. ¡Julito y Nita, de hambre!

¡De hambre, sí! ¿No os parece una horrible ironía que puedan morirse asídos criaturas al borde de una gran ciudad cristiana?

Pues sucede, y laconciencia social no se estremece; y la vida sigue su curso, y miquerido cofrade, el virtuoso D. Amaranto, no sintió en su alma unlatigazo de rebeldía. Porque el Sr. Peláez es, ante todo, un hombre deorden.

La señora de Peláez ha sido una bella mujer: tenía unos lindos ojosnegros, un seno matronil y unos dientes blancos, iguales.

Ahora es unamelancólica ruina; la miseria, como un cruel vampiro, ha devorado subelleza y su juventud. Días pasados me contaba tristemente, con ciertamacabra coquetería:

—¿Ve usted estos dos dientes de arriba? Pues se me están cayendo... deanemia.

Y la veo partir con su taima ridícula y vieja, que cubre los estragosdel tiempo en su raída vestimenta; amoratadas las manos, que fueronfinas y aristocráticas; metidos los pies en unos burdos zapatones;abatida al peso de su juventud fracasada, de toda su vida, obscura,truncada, deshecha.

El cuerpecito grotesco y desmedrado del ecuánime covachuelista ha sidosuculento festín de usureros; D. Amaranto sabe bien la amargura de versu ajuar de titiritero en medio del arroyo; conoce la bárbara caceríaque sobre su personilla realizan mensualmente el panadero, el tendero,el carbonero. Los mozos de café son también para el Sr. Peláez unahorrible pesadilla, y no supongáis que adquirió esas deudas por vicio degula ni regalo de sus gustos. Las noches de invierno son tan largas, elhogar desmantelado tiene un alma hostil que arroja de su seno, y en elcafé hay un ambiente tan suave y regalado, hay tanto derroche de luz, elpiano pone una hora de encanto y de melodía en las voluntadesresquebrajadas por la pobreza. Además, el café con media tostada tienecierta apariencia de cena... claro que la apariencia

nada

más;

significaquedarse

sin

cenar...

decorosamente.

Y digámoslo en elogio de D. Amaranto, ¡jamás, ni en los días debochornoso desahucio, ni en el asedio africano de sus acreedores, nicuando tenía un hijo muerto, sin monedas para la inhumación; ni en lashoras en que la señora de Peláez deliraba en el fementido camastro, locade tristeza y de hambre, jamás D.

Amaranto hubo de faltar a la oficina!¡Oh, brava alma que rima con el balduque, que armoniza con el papel deoficio, por estar tan bien templada en el fuego de las virtudesadministrativas, bien mereces una estatua, con tus manguitos y tu gorro,sobre un pedestal de expedientes y de minutas!

¿Me preguntáis si D. Amaranto Peláez tiene realidad? Sin duda, amigos;tiene la relativa realidad traslúcida y enfermiza que le permite sumesada ridícula; pero existe, y se llama así, y es mi querido ymoribundo cofrade.

Y lo más lamentable es que D. Amaranto es un hombre representativo. Superfil trágicocómico muequea cotidianamente en el retablillo de latriste y grotesca clase media.

Santaló

LA picaresca clásica, erudita, aventurera y gallofa se funde con labohemia literaria, pedigüeña, trotacalles y sentimental, y nace el tipodel «piruetista» entre poeta y pícaro, filósofo y desarrapado.

La cofradía de «piruetistas», de «operadores», de «navegantes de laPuerta del Sol», está compuesta principalmente por los jóvenesenvenenados por la literatura, que llegan de las provincias a laconquista de Madrid. La literatura es como la trágica sirena de lasbaladas germanas, y los pobres nautas se hunden en el fondo del mar porhaber escuchado el sortilegio de su canto. Sólo que nuestros nautasnaufragan en seco, sobre el asfalto de las calles, en los figonesabsurdos y en los hórridos hostales. A la caza de las rimas sustituyemuy pronto la pesca de las dos pesetas o del café con media tostada, eseseudoalimento tan literario. El veneno de las letras es más fuerte quela morfina, que el éter y que el alcohol. El que emprende esos trágicosderroteros, o triunfa o se muere. Casi nunca se adapta a un ambientemediocre, metódico o «burgués».

Antonio Santaló era un muchacho cordobés que iba a verme al café y aquien solía encontrar, como una sombra, en la Puerta del Sol, muy demadrugada, a esa hora terrible de los que no tienen un puñadito roñosode calderilla para ir a dormir a casa de Han de Islandia o a lossótanos de la Peña de Francia, los hoteles de cincuenta céntimos, dondese guarecen los buscones, los poetas pobres y los rateros. Santaló eramuy inteligente, muy culto, y tenía voluntad. No triunfó porque nisiquiera pudo vivir. La Casualidad, que vela por los aprendices delArte, no se cuidó de él. Los bohemios viven a pesar de los restaurantesdonde suelen ir a comer y de las yácijas donde suelen ir a acostarse.Baroja dice que el triunfo literario consiste en la resistencia del jugogástrico. Hay que transigir con las albóndigas de perro y con ciertaschuletas de celuloide que conocen a varias generaciones literarias.

El frío de las noches, al asalto de los céntimos para la cama, la comidaque se retrasa... dos o tres días, la pobreza en el traje y el dolor dela pobreza en el alma han asesinado al pobre amigo Antonio Santaló. Noha escrito un drama ni un poema que decoren su memoria. Artículos deperiódico olvidados en seguida, traducciones que firmó otro o que acasono firmó nadie.

La sirena de la Puerta del Sol se tragó su espírituantes de que la Desnarigada, que tanto quiere a los poetas y a losartistas pobres, le estrujase el corazón, en el silencio helado delhospital, entre hedor

de

calentura

y

de

medicinas.

Aquel

pobre

corazónhipertrofiado, que como un trágico reloj contó las horas del hambre, delabandono y de la lucha grotesca y terrible para buscar un poco decalderilla, a las cuatro de la madrugada, iba como un polichinela roto,dando tumbos por las encrucijadas de la miseria.

Hace algunos meses Santaló estaba contento. Dormía todas las noches ycomía fijamente tres días a la semana. ¡La vida era fácil!

Con un espíritu tan contentadizo, Santaló era digno de haber triunfado.Tenía del dinero una idea demasiado hiperbólica.

Poseyó un sombrero azulpálido que era una sima de arbitrariedad junto a los hongos ramplones ylos frégolis de tenor cómico.

—Yo le había tomado cariño. Quería conservarlo como recuerdo de la«vorágine»; pero un día necesité dinero... y lo vendí por tres perrasgordas.

¿Verdad que este ingenuo concepto del dinero es conmovedor? Entre elhampa literaria Santaló fué siempre un caballero de la Tabla Redonda.Fué un bohemio, pero no hampón. Y esto tiene mucho mérito, viviendo enplena calle, con hambre y con dolor, entre gerifaltes de la pirueta queaprenden la picardía en las aulas de la necesidad.

Los caballeros de La Noche, de la Media Tostada y del Salto Mortal vivenuna vida desastrosa entre paradojas y algún soneto que otro, no muchos,porque la bohemia estropea el estómago y dispersa las rimas como unabandada de pájaros quiméricos.

Yo podría hacer una lista negra de estos espíritus ilusos, devorados porel monstruo encantador de la literatura.

¡Intrépidos comedores demusarañas, que sois mis amigos antiguos, que habéis vivido a la sombrade la literatura—pipas, melenas y chalinas—y que vais cayendo poco apoco por el escotillón macabro del hospital! Yo siento hondamentevuestra tragicomedia, oh, gran Losada, el músico genial y salvaje;Barrantes, el de la carátula de pesadilla; Alberto Lozano, rubio yseñorial como un príncipe, y vosotros también, Dorio, el audaz; Pujana,el intrépido; Roldán, el preciosista, que tiene una enorme sed que sólose calmará cuando Ella le llene de tierra la boca; vosotros, que alcaer un hermano de esta cofradía de dolor y de absurdidad, acasotembléis viendo que todo el entusiasmo de vuestra juventud estácompensado por un lecho de hospital y un montón de polvo, sin nombre, enun osario. ¡Y vosotros que soñabais precisamente con la Gloria, y queporque la gente leyese vuestra firma al pie de unas líneas impresas, losacrificabais todo! ¿Veis qué broma final tan sangrienta? Es una verdadque os hubiera parecido mentira en los ilusionados comienzos, allá envuestro rincón provinciano, antes de caer en la Puerta del Sol entre lasgarras de la Bohemia, la sirena que devora el corazón y el cerebro desus amantes, en unión de la miseria, entre alegres paradojas ypeligrosas funambulerías en la cuerda floja de lo imprevisto.

Estos bajos fondos literarios disfrazan con metáforas pintorescas sudolor; el dolor de los que no han sabido decir lo que llevaban dentro...o lo que creían que aleteaba bajo su frente: el dolor de los artistas decorazón que han fracasado en la Puerta del Sol, agarrotados por lanecesidad. ¡El dolor de la literatura, de los ex literatos, de loshampones pintorescos, de los buscadores de calderilla, como sombras,entre la penumbra de las calles, a la madrugada! ¡Pobre Santaló! Ya notendrás que buscar los céntimos para la cama, mientras tu corazón latíapenosamente como un viejo reloj desquiciado.

La capa bohemia

EL primer caballero que se terció esta capa para andar de aventuras yamoríos fué el gran Villón, el padre de la lírica francesa. Y elglorioso tabardo sufrió el rigor de todas las ventiscas y la lluvia detodos los inviernos, y se ungió de ideal errante bajo el plenilunio enla Corte de los Milagros, tejiendo besos y rimas con la ramera ardientey propicia, de quien decía el poeta que era su Rayo de luz. La capa deVillón, como la capa, de Mañara, sabe de madrigales y caricias, en lasencrucijadas del viejo París.

Ha visto cómo se desnudaban los aceros, cabrilleando en la sombra, bajola plata mística de las estrellas, buscando bravamente el corazón por elencanto de un soneto.

La capa de Villón paseó por los salones de los obispos, y de entre susremiendos y corcusidos surgió la mano exangüe del bohemio para tomar lalimosna de doce sueldos por una loa a Notre-Dame, y los labios quemordieron los labios de las rameras besaban unciosamente la amatistaepiscopal. Y la capa ungida de poesía y de dolor rodó una mañana por lasescalerillas del patíbulo. Porque habéis de saber que el primer poeta dela bohemia estuvo a punto de ser ahorcado por ladrón.

He aquí su gloriosa ejecutoria: una capa caída, la cuerda del ahorcado yuna boca lasciva de ramera, como flor ponzoñosa de lujuria. Sin embargo,muchos académicos han metido la garra en el tesoro de Villón, sinpeligro de cuerda. ¡Nefandos viceversas de la señorita Themis!

La capa bohemia, posteriormente, ha envuelto a muchos desgraciadossuperiores. Fué la fiel camarada de Edgardo Poe, aquella alma rara queoía voces del cielo, de la tierra y también del infierno, y le sirvióde sudario en su última y trágica borrachera en las calles de Baltimore.Baudelaire, el solitario, hizo de su capa torre de marfil que le aislabadel vulgo de malos poetas, de periodistas hueros y vanidosos, decretinos equilibrados. La capa de Verlaine rodó por las tabernas y porlos hospitales, y aquella capa de mendigo es ahora venerada como labandera de la Francia espiritual.

¡Capa de la bohemia! Tú, que has cubierto tantas horriblestragicomedias, que has sido tan calumniada por los tontos de todos lostiempos, de todos los países. Tú, que has paseado tantos sueños y tantashambres, bajo la luna, en las noches sin casa, que conoces tantaslágrimas de tantas crueldades, de tantas injusticias, que has visto elhorror de las tabernas cuando todos están borrachos y entonan loslúgubres salmos del delirium tremens, mientras en el espacio gira elanillo de Saturno, nuestro fatídico padrino.

La capa bohemia supo las gallardías de Espronceda en su buena épocaromántica, antes de destrozar su leyenda con aquel fementido discursosobre las lanas... Pelayo del Castillo, Eduardo del Palacio, ManuelPaso, Pedro Barrantes, sabían del encanto de la capa bohemia, que entrenosotros tiene también el desgaire de la capa manolesca.

Y ¡Alejandro Sawa!...

Glorioso emperador de la bohemia, del gesto amplio y magnífico comoHugo, ciego como Milton, altivo y suntuario como un dios, con la cabezaen las nubes y el corazón en la hoguera del amor y del dolor de laHumanidad. En Alejandro Sawa la capa bohemia era manto pluvial, capapontifical, manto de púrpura, clámide y aureola. Alejandro fué lasuprema consagración de la capa bohemia.

La capa de la bohemia es la aristocracia incomprendida de los vulgos, ynunca como ahora, en este momento, es anacrónica y absurda. Es el gestobravío ante la mueca horrible de la miseria, el rictus de desdén antelos artículos de fondo y demás cosas sin alas, sin gracia, sinespíritu.

La capa bohemia se burla de los libros de caja, de la mentalidad deltendero, de la sensibilidad chirle de los malos poetas. La capa bohemia,sobre toda la prosa, sobre todo el horror de las horas vulgares, es elpájaro azul.

Es la bella locura del ideal. Ved de cuál gentilísimo linajearistocrático es el manteo con que cubre su clorosis y sus espaldasdesnudas la señorita Bohemia.

La capa de mendigo

EN los viejos tiempos católicos y caballerescos, el mendigo era hermanodel mismo rey. Tenía una altivez hidalga, y llevaba al cinto el bote dela guiropa, y arrastraba su tabardo harapiento con el orgullo de unmanto real.

—Buscad vuestros pobres en otra parte, que yo no puedo volver—hubo dedecirle un mangante a un caballero que no halló a mano una moneda quedarle.

Recibían la limosna con altanería. El mendigo estaba ungido por laspalabras del Rabí, y creían de buena fe que beneficiaban a sus donantes,pues así edificaban su ánima por la caridad. Les hacían la merced dedejarse dar limosna.

Una tarde paseábase por las Platerías un hidalgüelo gabacho, cuando leasaltó un mendigo de nobles barbas blancas y aspecto distinguido.Dolióse el hidalgüelo y quiso darle unas monedas sin humillarle.

—Sírvase llevarme este cartapacio hasta mi posada y le daré un escudo.

—Libre es vuestra merced de darme o no limosna—gritó solemnemente elpedigüeño—; pero no consiento que se me trate como a un criado—. Y levolvió la espalda con desdén.

El mendigo es libre como el aire y ama su libertad sobre toda holgura yacomodo. Es de un individualismo rabioso: le place más rascar susliendres al sol en medio del arroyo, que aprisionarse en el régimen unpoco frío de las Casas de Caridad, donde, además, tienen que aguantar laférula religiosa.

Al rancho metódico prefieren la guiropa en la alegría de las solanas, desabrosa y picara parla con sus hermanos de cofradía.

Y mejor que loslechos iguales y helados, con algo de cuartel o de hospital, les sabemás gustoso apretujarse en la escalerilla de Cuchilleros. Ante todo,hacer lo que les dé la real gana, y después Dios proveerá...

Es estéril toda iniciativa contra la mendicidad: es como una costra delalma española, que no curan los bandos de ningún corregidor. España esun país de pirueta, de azar y de aventura, y los mendigos son una ranciay pintoresca representación. En la patria de los pedigüeños, donde todossomos un poco mangantes, el mendigo es perfectamente respetable. Hay ennosotros un sabroso anhelo de tomar el sol tranquilamente, esperando elmilagro del pan y de los peces en forma de destinejo oficial o de«combinación» lucrativa. En un pueblo de trabajo, de ideales, de cienciay de arte, la mendicidad es un tumor repugnante, como también escriminosa la existencia del noble juego de la Lotería. Pero nosotrosencendemos luminarias a la diosa Casualidad, convencidos de que vivirdel esfuerzo personal es una utopía.

Un mendigo vive mejor que un pequeño covachuelista, y de sobra másholgadamente que un obrero. En una tarde de

«trabajo», cualquier mendigoun poco acreditado saca de ocho a diez pesetas, es decir, el sueldo dejefe de tercera de cualquier negociado, y no tiene que aherrojarse en lacovachuela, ni ponerse los manguitos, ni tocarse con un gorrito absurdo.

El mangante tiene un castizo abolengo, y nuestros contemporáneos lo son,más que por necesidad, por imperativo de la casta, por una enorme fuerzade atavismo.

¡Oh, capa de mendigo, santificada y evangélica, altiva como la del mismorey! La que pasó flotante por las páginas de la picaresca del Siglo deOro; la que vemos hoy en las solanas, a la puerta de los cuarteles, o,como una visión goyesca, en las escalerillas de Cuchilleros, mientrassuenan cantarinas las fuentecillas de la Plaza Mayor. Debajo de tusharapos hay un jirón del alma española, aventurera y andariega, castizay soñadora.

Capa de los mendigos juglares que van por las aldeas, tabardos quecobijan a los fingidos paralíticos, que desgranan el rosario de suscuitas y se arrastran al sol lo mismo que gusanos; manos pedigüeñas,perfiles costrosos, pupilas sin luz, que sois las clásicas figuras delviejo retablo, tenéis una jocunda poesía antañona que en vano quierenborrar los graves varones y las nobles damas de Concejos y de piadosasHermandades.

País de pirueta y de lotería, donde reina lo imprevisto, y la aventura,y salto mortal; donde el Arte y la Ciencia son pordioseros, donde semendiga todo, desde la bicoca política hasta el duro pan proletario,donde el esfuerzo personal no da derecho a esperar nada, ¿con quéautoridad queremos suprimir la mendicidad pintoresca? ¿No os parece quetoda España va envuelta en una capa de mendigo?

EDITORIAL FORTANET

Pesetas.

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Brujas, la muerta (traducción de ANDRÉS GUILMAIN) 2,00

EMILIO CARRÈRE:

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Las lobas de arrabal (novela)

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Las mejores poesías de Emilio Carrère

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FLÓREZ, CAMBA, BARRIOBERO,VALERO MARTÍN, HERNÁNDEZ

CATÁ, ORTIZ DE PINEDO, SAN JOSÉ, E. PUCHE,TRUJILLO

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