La Copa de Verlaine by Emilio Carrere - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

EMILIO CARRÈRE

L A C O P A

DE

V E R L A I N E

MADRID

1918

index-2_1.jpg

Índice

La copa de Verlaine

En Madrid se come mal

El viejo poeta Nerval

Hábitos y extravagancias de los escritores

Los argonautas del vellocino de... cobre

La última copa de Edgard Poe

Los poetas borrachos

Un duelo romántico

Las manos de Elena

Siles y su carrik

Glosario pintoresco

Elegía de un hombre inverosímil

Nuestro amigo el alquimista

El galán de los "ouistitis"

Sindulfo, arqueólogo y cazador de alimañas

El poema del mal poeta

La sombra del rey galán

La plazoleta de los fracasados

Las paellas de un revolucionario

La noche

Un viejo café galante

Perfil de tragicomedia

Santaló

La capa bohemia

La capa de mendigo

A

JESÚS DE LAS HERAS

GRAN AMIGO, GRAN SIMPÁTICO,

VENCEDOR DEL AZAR

EL AUTOR

La copa de Verlaine

PABLO Verlaine tenía una sed fatal, una sed monstruosa y suicida, ybebió hasta la muerte. Tal vez oía la voz de una sirena fabulosa en elfondo glauco del ajenjo. El ruiseñor protervo iba al café D'Harcourt ybebía, bebía... Las cuartillas aguardaban en una carpeta, junto altintero feo, mezquino, de fosforero de café.

El rincón era un suaveremanso melancólico en el triunfo de luz y de sonidos del loco París.

A veces, con el hórrido tintero y la pluma oxidada, que manoseaba elvulgo más gárrulo, Verlaine escribía un poema de maravilla. Pocas vecespodía pagar sus ajenjos. Cuando llegaban algunos admiradores, algunosamigos, el poeta, tristemente borracho, pedía dinero. Después, a laalta noche, en las tabernas de apaches y de meretrices, a la hora de lafatiga del amor callejero, Verlaine arrojaba los luises que habíademandado, como una lluvia de oro, sobre la dolorida canalla. Así susversos eran una lluvia de estrellas sobre los vulgos que aullaban y leofendían al verle pasar borracho por su lado.

En su barrio tenía una popularidad grotesca. Era un viejo loco, beodo ymal vestido, que arrojaba dinero a la chiquillería, que hacía befa de suextraña liberalidad y le tiraba piedras. Cuando murió, las comadreshicieron grandes aspavientos viendo llegar coches blasonados y fulgentesuniformes. Creían que su vecino no era sino un mendigo estrafalario.

Y espiritualmente no era tampoco muy bien conocido: Car elle me comprend et mon cœur transparent pour elle seule,hélas, cesse d'être un problème.

Para esa desconocida, rubia o morena o roja, su corazón transparentecesó de ser un problema, para ella sola...; pero ella no existió jamás.Para sus contemporáneos—a excepción de pocos nobles espíritus—fué ungran poeta que tenía un defecto, se emborrachaba y hacía una vidaabsurda: Derrochó sus felices dotes naturales, que hubiese podidodesarrollar para bien de su obra y de su reputación, haciendo una vidamás metódica.

Al desconocido idiota que escribió esto le conozco yo personalmente. Esuna especie de tonto que abunda en todas partes: el tonto cosmopolita.Poe lo sufrió en Norte América; Verlaine, en París, y en España, muchosespíritus artistas que no se adaptaron a la hosca estupidez delambiente. Es el tonto sensato, valga la horrible paradoja.

¿Y qué más quería el tonto discreto, el tonto metódico, el tonto desentido común, que hubiese hecho Verlaine? Cerca de diez volúmenesincomparables, únicos, escribió el viejo poeta maldito en los cafés, enlas tabernas, acaso en sus largas temporadas de hospital, al que el pobre Lelian llamaba su palacio de invierno.

La capa de mendigo deVerlaine es hoy la bandera de la Francia espiritual. Está ungida por lagloria. Es una cumbre dorada por la inmortalidad.

Estas glorias póstumas suelen ser un sarcasmo. Sirven para enriquecer aleditor; más amargo viceversa, cuanto que el poeta ha pasado una vidadesastrosa. Es la eterna tragicomedia desgarrante.

Verlaine tenía una sed fatal que no se saciaba nunca... ¿Fué por eso unoriginalísimo y alto poeta? Pedro Luis de Gálvez cree que sí, y quizátenga razón este admirable ingenio, este excelso poeta, odiado,desdeñado, absurdo, fantástico, que rueda por las calles, borracho ytriste, al asalto de unas pocas monedas de cobre roído, en estemiserable país de la calderilla. Pedro Luis lleva una fatalidadmisteriosa sobre su cabeza.

No hay poeta que, como Verlaine, esté ungido de la gracia lírica. Tieneuna emoción única y una magia peculiar para engarzar las palabras encollares armoniosos, de divinos matices crepusculares. Se puede decir,sin hipérbole, que es un brujo de las rimas, de las inefables palabrasmusicales, donde vierte su alma mística y pagana, ferviente, pecadora,universal. ¡Pobre Verlaine, mendigo, borracho y solitario! ¿De quésideral armonía estaba henchido tu triste corazón, que era al par unagusanera de pecados mortales?

¿Qué enorme catástrofe de alma te engendró aquella gran sed, monstruosay suicida? Una sirena encantadora cantaba en el fondo del vaso y tú noquerías oír sino su voz emponzoñada de trágica Loreley. Y allí teesperaba la Muerte, la marioneta descarnada, todo blancura y piruetas,como la Colombina de tus fiestas galantes.

Colombine

rêve

surprise

d'écouter

un

cœur

dans

la

brise

et de sentir dans son cœur voix.

Tú también oías voces milagrosas en tu corazón cuando cincelabas tusversos con la pluma menguada y con el tinterillo ruin del café bohemio.¡Oh, pobre, maldito y solitario! A tu lado pasaba el triunfo de laciudad sirena, de Lutecia, la loca, sin una sonrisa de cariño para eldivino poeta, que, con un humorismo que hiela los huesos, llamaba alhospital su palacio de invierno, del tremendo invierno parisiense.Quizá el genio sea la compensación de la miseria y de la desgracia, que ser feliz y artista no lo permite Dios, como, con dichosa y amarga lucidez, ha escrito Manuel Machado. Ser ungran poeta equivale, pues, a ser un gran infortunado. Mercurio tiene eloro guardado en la caja de su trastienda. El amor de las mujereshermosas, la admiración de la multitud es en España para esos muñecosemocionantes vestidos de oro que saben sonreír cuando la Muerte les rozalos caireles.

Acaso llegue la gloria para los artistas... pero despuésde muertos. Es una burla demasiado cruenta del Destino.

¡Copa de verde y ponzoñoso licor, donde la sirena del genio supo cantarpara Verlaine! ¡Acaso en el fondo del vaso esté el dulce talismán queencanta la vida! Embriagaos de amor, de virtud o de vino. Cuidad deestar siempre ebrios, dijo el trágico Baudelaire al sentir el enormevacío de su existencia, que fué gloriosa... más tarde, cuando una vidanegra y una muerte de perro le arrojaron a la eternidad como un guiñapomuy glorioso, pero muy maltrecho y muy dolorido.

En Madrid se come mal

NUESTRO amigo Zarathustra, en una de sus andanzas, se casó con una joveninglesa, hija de un español que tenía una librería de viejo en un barrioapartado de Londres. Zarathustra es literato y, en consecuencia, notiene dinero. Trajo a su mujer a Madrid, la llevó a comer a los figonesde los poetas bohemios y durmieron en las clásicas posadas de la CavaBaja. A los pocos días madama Zarathustra exclamó ingenuamente:

—¡En Madrid se come muy mal!

Verdaderamente es asombrosa la resistencia de los estómagos literarios.Cada joven poeta del arroyo es un caso de supervivencia milagrosa, «apesar» de los restaurantes donde ha yantado. Para entretenimiento dellector bien alimentado recordaré alguna de estas yácijas de lanecesidad. El restaurante del Loro, La Precisa, La Marina, El figón de El Imparcial, La Montaña... Por estos desapacibles lugares hemosarrastrado la ilusión nuestros veinte años, hemos contemplado nuestrorostro, nuestra pipa y nuestras guedejas en los viejos espejos, y anteestas mesas—mientras nos servían el ligero condumio—

hemos declamadonuestros primeros sonetos en obsequio de algún amigo, también portalira,con mucho pelo y muchos sueños bajo las haldas enormes de su chambergo.

La Precisa era un figón muy interesante. Y también diremos muy doloroso.Tenía un comedor interior muy lóbrego donde se juntaban empleados deexiguas mesadas, con sus chaquets ribeteados de trencilla parda y loscalzones en hilachas, ilustres mártires de la Administración, en lalamentable compañía de sus esposas y de sus criaturas—la infancia feapor el tatuaje de la miseria—, que palmoteaban gozosas ante losmanteles vinosos y corcusidos, exclamando:

—¡Qué gusto, hoy vamos a comer de fonda!

Una tortilla costaba un real; una sardina, cinco céntimos; una ensalada,otros cinco; un plato de legumbres, 15...; un bifteck con patatas, dosreales. Cuando algún parroquiano pedía este plato inusitado, el mozodudaba antes de servirlo, o murmuraba suspicaz:

—Este pájaro «está en dinero». Debe de haber cometido alguna estafa...

Iban algunas viejas pensionistas que «tenían crédito» en la casa, muyparlanchinas, que contaban antiguas grandezas de cuando vivía su esposo,el «brigadier», y daban saraos y «salían todos los años». Las viejassolitarias suelen estar un poco locas.

Todo el pasado les está hablandoconstantemente y les pesa sobre sus pobres huesos desvencijados y sobresus almas saturadas de las antiguas coqueterías, de sus eternasfrivolidades de mujer. Suelen tener un amor furioso y extravagante hacialos perros y los gatos. Una desviación caricaturesca de sus maternosinstintos estériles o frustrados. El día de cobro gustan de beber unpoco, porque el aguardiente es un diablejo galante y piadoso que leshace olvidar que son muy pobres y demasiado viejas...

Aparte de los aprendices de literato, los demás eran el bajo fondo de laclase media. Los literatos no pertenecen a ninguna clase social. DonUriarte de Pujana, por ejemplo, confía en ser jefe del Estado de unmomento a otro, tiene amores con grandes duquesas y cena chicharrones encualquier tabernón. Esto es: la política, la aristocracia y el puebloque se funden en el radio de acción de nuestro intrépido amigo.

El restaurante del Loro—tenía un magnífico y odioso loro disecadopendiente

del

techo—presentaba

«las

mismas

condiciones de economía ypulcritud». Allí oímos cantar por primera vez a una gentil cantatriz quedespués conquistó puestos honrosos en el Arte. Cantó la «Siciliana» de Cavalleria rusticana; todos los poetas nos enamoramos repentinamentede ella y la dedicamos apasionados sonetos. Su padre, que era zapatero,muy emocionado por nuestra ofrenda, se brindó heroicamente acomponernos las botas a todos los poetas, gratuitamente.

Muchas familias de «náufragos provincianos» caían en los figones,«personas decentes» que rodaban los escalones de la penúltima miseria.Haremos notar que nunca se debe decir la última miseria; es unaimprudencia que puede molestar a la Desgracia, y entonces nos apretarámás el resuello. Siempre hay mayores extremos de dolor, y callar esbueno. Estos provincianos adquieren de la corte la misma opinión demadama Zarathustra:

—¡En Madrid se come muy mal!

Se come mal y se duerme mal... y caro. A los vagabundos que no tienendomicilio fijo y duermen en las posadas les cuesta siete u ocho duros almes y no tienen casa en realidad, sino una yácija para tirarse de noche.Notad qué importancia adquieren estos menesteres de dormir y comer en lacontemporánea literatura de costumbres. El aprendiz de literato añade lamusa de la alimentación a las otras nueve hermanas.

Hay algunos habituados a La Precisa y a los dormitorios de la calle dePeña de Francia o de casa de la Coja. Son los espíritus paralíticos queno saldrán jamás de ese ambiente que si es pintoresco, también esamargo. Es igual que la bohemia, que es un puente que se pasa bien en lajuventud; pero es peligroso seguir de por vida de bracero con estatriste querida del arroyo, que al par de nosotros va envejeciendo y enseguida pierde su salvaje belleza y la alegría de la primera horailusionada.

El viejo poeta Nerval

GERARDO de Nerval es un nombre desconocido de nuestro público. Fué ungran poeta francés que, hace muchos años, una noche lúgubre de enero, sefué de la vida, ahorcándose del hierro de un tragaluz, en la horrible ysucia calleja de la Vieille Lanterne, en un rincón del París de losapaches y de las buscadoras de amor.

Perteneció a la generación literaria de Gautier, de Balzac, deBaudelaire, de Murger y de Houssaye; época de la bohemia dorada,pintoresca y espiritual. Los amplios bolsillos de su levita negra eranuna amplia biblioteca ambulante. Libros de versos, de filosofía, deestética, e innúmeros cuadernos de apuntes. Nerval amaba lo raro en lavida y en los libros; fué un profundo orientalista—además de unexquisito poeta—, y se inició en todos los ritos esotéricos. Tradujo el Fausto, y Goethe le escribió estas palabras: «Nunca me he entendidomejor que cuando os he leído».

En 1836 publicó su Bohemia galante. Hizo, con Gautier, la críticateatral en La Presse, y publicó interesantes trabajos; pero era unhombre tímido y solitario que desdeñaba la popularidad y los firmaba conseudónimos distintos. Tenía la inocente vanidad de que se le creyese unperezoso, y, en realidad, trabajaba intensamente, sin darle importancia,en un rincón de cualquier cafetín solitario, dando tregua a sus lecturasprofundas y eruditas.

Dedicó la mayor parte de sus horas a crearse una vida fantástica yúnicamente interior, que para él tenía una absoluta realidad, como aquelM. Joyeuse, de Daudet. Cualquier detalle que veía al paso heríavivamente su imaginación; el resto de la novela se elaboraba rápidamenteen su laboratorio mental. Se enamoró de una belleza misteriosa, a laque no dijo nunca nada de su cariño; pero un día que la Casualidad, laprovidencia de los poetas, le envió un montón de oro, se fué a casa deun mueblista y compró un amplio lecho Renacimiento, con bellasesculturas, entre las que se veía la salamandra de Francisco I. Pero nose había ocupado de alquilar un cuarto, y la magnífica cama fué a parara casa de Gautier... donde inútilmente esperó a que reposase en ella elcuerpo de la bella desconocida.

Tenía la fiebre de la lectura. Leía acostado doce horas de un tirón, yencontró un modo extravagante de alumbrado: ponía en equilibrio sobre sucabeza una gran palmatoria de cobre, que iluminaba perfectamente laspáginas; pero, a veces, se dormía y la palmatoria rodaba por la cama,con grave peligro de incendio.

Acaso bebía un poco o se entregaba al opio; lo cierto es que susextravagancias se hicieron muy frecuentes. Hubo que llamar al médico,cosa que indignó mucho a Nerval, que no comprendía la ingerencia de laciencia total, porque un día se paseó por el Palais Royal, llevando trassí un cangrejo sujeto por un largo cordón azul. «¿Acaso—decía—uncangrejo es más ridículo que un pato, que una gacela, que un león o quecualquier otro animal de que pueda uno hacerse seguir? A mí me gustanlos cangrejos porque son pacíficos, serios, saben los secretos del mar,no ladran ni asustan a las gentes como los perros, que tan antipáticosle eran a Goethe, el cual, sin embargo, no estaba loco».

Tenía la preocupación del mundo invisible y de los mitos cosmogónicos,

ycultivó

los

círculos

misteriosos

de

Swendenborg y, del clérigoTerrasson. En un viaje que hizo por Oriente compró una esclava «de pieldorada y de cabellos rubios y el pecho pintado de soles». Iba adocumentarse para escribir un poema de la reina de Saba y de Salomón, yse dirigió al Líbano.

Fué huésped de los jefes drusos y maronitas, «semejantes a los burgravesdel siglo XIII».

Bien pronto olvidó los motivos literarios de su viaje, y quiso penetrarla doctrina secreta de los drusos. Un día, jinete en su caballo blanco,fué a visitar al Cheih Said Escherazy para pedirle la mano de su hija,«la attaké» Siti Salema. Esta virgen drusa aceptó a Gerardo de Nerval,le dió un tulipán y plantó un arbolillo, que debía crecer con susamores. Pero el poeta, un día que iba a ver a su prometida, divisó unescarabajo y, tomándolo por mal augurio, renunció a su pintorescoenlace. Con todas estas noticias, conociendo su labor poética, susinquietudes filosóficas y su fértil imaginación, que contrastaba con suvida de bohemio menesteroso, este soneto epitafio tiene un gran interésde emoción:

SONETO

EPITAFIO

A

ratos

vivió

alegre,

igual

que

un

gorrión,

este

poeta

loco,

amador

e

indolente;

otras

veces,

sombrío

cual

Clitandro

doliente...

Cierto

día,

una

mano

llamó

a

su

habitación.

¡Era

la

Muerte!

Entonces,

él

suspiró:—Señora,

dejadme

urdir

las

rimas

de

mi

último

soneto—.

Después

cerró

los

ojos—acaso,

un

poco

inquieto

ante

el

helado

enigma—para

aguardar

su

hora...

Dicen

que

fué

holgazán,

errátil

e

ilusorio,

que

dejaba

secar

la

tinta

en

su

escritorio.

Lo

quiso

saber

todo

y

al

fin

nada

ha

sabido.

Y

una

noche

de

invierno,

cansado

de

la

vida,

dejó

escapar

el

alma

de

la

carne

podrida

y se fué preguntando:—¿Para qué habré venido?

Dijeron que se había ahorcado en una hora de locura. Pero este epitafiorimado demuestra lo contrario. Se fué de la vida en la cumbre de una deesas crisis morales en las que acaso el hombre alcanza mayor lucidez.¡Quién lo sabe!...

Hábitos y extravagancias de los escritores

EL público que ha sentido la emoción de la poesía, que ha reído con lascomedias y que ha seguido febril por el interés los episodios de unhéroe de novela, tiene, sin duda, una gran curiosidad por saber cómo hansido escritas las obras literarias de su predilección. Aparte de lasinteresantes visitas de nuestro Caballero Audaz, muy poco se hacultivado en España esta literatura íntima y anecdótica: únicamente losque establecemos nuestro despacho en la mesa de un café ofrecemos unpedazo de intimidad

al

interés

de

los

lectores.

Zamacois,

RobertoCastrovido, escriben sus admirables novelas y sus artículos maravillosossobre una mesa de mármol, con un tinterillo menguado, entre elbullicio, envueltos en el humo de las salas de un cafetín de barrio. Eséste un milagro de aislamiento entre la muchedumbre, para el que espreciso una gran fuerza mental.

Valle-Inclán escribe en la cama, con lápiz. El pobre y grande FelipeTrigo no podía trabajar sino en unas cuartillas en un tamaño de octavomenor. Uno de nuestros más terribles revolucionarios, que tiene lasuerte de estar casado con una bella dama andaluza, urde sus furibundosartículos... envuelto en un mantón de Manila de su esposa. No digo sunombre para evitarle el sonrojo ante los terribles compañeros del Comité de barrio.

Los franceses han cultivado mejor este género de literatura íntima. Asísabemos detalles interesantes y pintorescos. Moliere leía sus comedias asu criada conforme las iba escribiendo.

Cuando a la buena mujer no leagradaba una escena el poeta la tachaba. Era su previa censura, elmismo espíritu del público para el cual escribía.

El poeta Delille era muy perezoso, y su mujer le encerraba con llavepara que trabajase. Ella se iba a dar un paseo o a ver escaparates, y siacaso llegaba alguna visita, el pobre poeta secuestrado abría elventanillo y exclamaba, con una resignación un poco cómica:

—¡Estoy cautivo! Le ruego tome asiento en la escalera; mi esposa nopuede tardar en venir.

Cuando ésta llegaba, hacía entrar a los visitantes con visible malhumor,porque durante el tiempo de la visita el poeta no trabajaba. Delillesolía recitar algunas estrofas del poema que estaba

componiendo;

pero

suesposa

le

interrumpía

violentamente:

—¡Eres un camello! No digas el argumento de lo que escribes, porquealguno de estos señores te lo puede robar.

Delille se ponía colorado y los amigos se marchaban haciendo furiosasprotestas de honradez literaria. En seguida la señora le colocaba lascuartillas delante.

—Ahora, querido poeta, a ganar el tiempo perdido.

—Si he trabajado mientras tú no estabas en casa.

—No importa. Tú sabes que cada línea nos vale cinco francosaproximadamente. Es preciso hacer versos, hasta veinte duros, antes dealmorzar.

Y le dejaba encerrado con llave en su despacho.

Balzac fué también un forzado del trabajo literario. Murió literalmentevíctima del exceso de labor. Se acostaba a las seis de la tarde y selevantaba a las doce de la noche, se envolvía en una especie de capuchónfrailuno, tomaba un gran tazón de café y a la luz de una araña de sietebujías trabajaba hasta las doce de la mañana. Conforme iba escribiendoarrojaba las cuartillas al suelo, sin leerlas y sin numerarlas. A lasdoce entraba su criado a traerle el almuerzo, recogía las cuartillasesparcidas y las llevaba a la imprenta.

Los impresores temían a las cuartillas de Balzac. Era para ellos comouna pesadilla. En pruebas, las rehacía totalmente. Teófilo Gautierdescribe de este modo pintoresco las pruebas de imprenta de Honorato deBalzac:

«Unas rayas gruesas partían del principio, del centro, del fin de lasfrases hacia las márgenes de arriba a abajo, de izquierda a derecha, coninfinitas correcciones. A veces parecía un castillo de pirotecniadibujado por un niño. Del texto primitivo apenas quedaban algunaspalabras. El autor trazaba cruces, círculos, signos griegos, árabes...,figuras ininteligibles, todas las llamadas imaginables, para fijar laatención del tipógrafo. Tiras de otro papel atiborradas de escrituraiban adheridas a las pruebas con alfileres».

Gautier escribía muy de prisa. Las novelas que publicó en La Prensa las iba haciendo diariamente en la misma imprenta, entre el ruidoensordecedor de las máquinas. Aurora Dupin gozaba de parecida facilidad.Trabajaba de un tirón ocho horas diarias, con la condición ineludible deque había de ser por la noche.

Todo lo contrario fué el gran novelista Gustavo Flaubert, que despuésde horrenda lucha con su estilo torturado, en una sesión de diez horassólo podía producir una cuartilla impecable, eso sí, y maravillosa.

Alejandro Dumas, padre, se contentaba con un vaso de limonada. Balzachacía un enorme consumo de café, y Aurora Dupin, la Jorge Sand, fumabacomo un marino. Alfredo de Musset buscó en el ajenjo, el terrible yliterario brebaje, la inspiración que le abandonaba después de lacatástrofe espiritual de Venecia, cuando su amante le burló con elmédico Pagello.

Gerardo de Nerval, el admirable poeta bohemio, tan desconocido enEspaña, no podía escribir en su casa... cuando la tenía. Si una revistale encargaba un artículo, se iba a cualquier café. Sacaba de su bolsilloel tintero, un montón de plumas, papeles, libros. Era todo su ajuar.Cuando acababa de escribir el título llegaba un amigo inoportuno.Gerardo volvía a guardar su biblioteca ambulante y se marchaba a otrocafé, donde la escena solía repetirse. Y así, al cabo de recorrer todoslos cafetines, podía terminar su labor.

Villieres de l'Isle-Adam, el autor de Cuentos crueles, se retiraba asu casa al amanecer y dormía hasta las doce. Se bebía una taza de caldoy en seguida se disponía a escribir, sin levantarse de la cama,sostenido por varias almohadas. Tenía a su alcance muchos lapiceros, ytrabajaba hasta las nueve de la noche, hora en que se levantaba para ira pasar el resto de la noche en alguna taberna de Montmartre.

El más lamentable era Paul Verlaine, vagabundeando por las zahurdas delParís nocturno, borracho de ajenjo. El poeta de La cabeza de fauno sesentaba junto a un vaso del glauco veneno con una hoja de papel. A vecesgarrapateaba algunos versos, musitando palabras confusas, o bienarrojaba la pluma con rabia, se retorcía las manos o las agitaba en elaire, con estremecimientos de epilepsia. Después apuraba su vaso ytornaba al trabajo, como un sonámbulo.

La manera de escribir, los estimulantes y las íntimas extravagancias delos escritores célebres son un curioso detalle de su psicología yofrecen un gran interés para los lectores. Por eso mismo hemos recogidoestos apuntes anecdóticos esparcidos acá y allá en las biografías y enlas revistas francesas, más curiosas de la vida al detalle de losgrandes hombres que las revistas españolas.

Los argonautas del vellocino de... cobre

SEGURAMENTE vosotros, buenos burgueses, tenderos adinerados ycovachuelistas ecuánimes, no conocéis la moderna cofradía de titiriteroso piruetistas. Sin embargo, los habéis visto en las aceras de la Puertadel Sol, y al demandarles su ruta os habrán contestado con un gesto deamable despreocupación:

—Ya ve usted, por aquí, navegando...

Porque las rúas de la corte son mares procelosos por donde bogan estosnavegantes en busca del vellocino, que suele hallarse en la gaveta dealgún amigo ingenuo y sentimental.

Yo quiero poneros al corriente del pintoresco vocabulario de estatriste gallofa contemporánea, para que no hagáis mal papel en sociedad,en la arbitraria sociedad de los nautas de lo imprevisto, funámbulos dela casualidad y piruetistas de la Puerta del Sol, que es un lugar máspeligroso que Sierra Morena en el período heroico de los bandoleros.

—¿Adonde vas, inmenso poeta?

—Aquí, a la Maison; voy a ver si opero a mi amigaso PanchitoBengalí, ese escritor americano.

Porque en Madrid hay siempre un americano operable, lo que en talgermanía o jerigonza quiere decir sujeto que da unas monedas fácilmente.

Ved un modelo de operación epistolar:

«Señor: Los garbanzos baten el record con Vedrines: se hallan en estosmomentos a dos mil metros de mi estómago desalquilado. ¿No le parece austed una absurda paradoja que los garbanzos vuelen? Para hacerlosaterrizar necesito que usted me tienda un cable de catorce reales...»

Y el operado no puede menos de admirar un estilo tan literario y tanmetafórico, y da las tres cincuenta.

Llámaseles funámbulos o equilibristas porque su vivir es una cuerdafloja que se tiende a diario de un extremo a otro de la corte, en dondeellos ejercitan ejercicios muy peligrosos. Lo difícil está en que no seles vaya un pie y caigan de bruces sobre algún artículo del Códigopenal.

Sus piruetas consisten en dar un salto mortal y caer en casa de algúnamigo a la hora de comer, y son titiriteros porque trenzan volatines ycorvetas para vender libros viejos y hurtarles otros, en un descuido, alos mercaderes de libros, aunque este ejercicio mejor estaría llamarlode prestomania o magia de salón.

—¿Tienes algún nombre?

Esta es la pregunta de ritual entre los operadores. Quiere decir el nombre de una persona que dé dinero. El novelista D. José María Mateuha sido un gran nombre para la seudobohemia.

Gálvez, el peligroGálvez, más temible que el peligro amarillo, llegó a visitarle a lastres de la madrugada—Mateu se acuesta temprano—para pedirle un montónde calderilla. Mateu, dulce, tímido, con su perilla rubia, que pareceuna perilla de teatro, padeció a Losada, el músico orangután, la bestialírica—que tenía un gran talento—, y a Granados, la bestiajurídica, que tras de un discurso leguleyo con considerandos yresultandos, acababa por pedir cero cincuenta. La gente, por no oír suoración forense, más aburrida que un artículo de fondo, le daba eldinero.

Otro gran nombre es Reynot. Por su elegante gabinete hanpasado los gabanes más mugrientos, los chapeos más abollados, loszapatos más ruinosos. Reynot siente una gran satisfacción protegiendolas letras patrias... con un montoncito de perras gordas. Su tiempoprecioso ha estado dividido entre la filantropía literaria y el serviciode incendios. En todos los cafetines y los palacios nocherniegos sehabla de este elegante y ex municipal Mecenas con gran encomio.

Los pedigüeños saben bien que a los comerciantes no se les puede sacardinero. Son de una brutalidad inconmovible. Os hablan de que el cajónes menor de edad y otras cosas beocias.

Un violinista sin albergue fuéa operar a un tendero gallego, y entró en su almacén tocando la alborada de Veiga... ¡Y luego dicen que la música domestica a losanimales! El pobre músico tuvo que terminar su melodía y la noche en unbanco de Recoletos.

Para pedir dinero es preciso ser un psicólogo sutil. ¡Nadie lo dagenerosamente! Hay que saber explotar la vanidad, el vicio o el secretode alguna intimidad tortuosa. El dolor, la miseria, la injusticia no leinteresan al que no las padece. Y esto lo saben los doctores de esasaulas de tragicomedia que están siempre abiertas en las acerascortesanas.

Y estos lamentables bigardos os dirán que son filósofos, cronistas ypoetas. Algunos tienen talento, aunque no pueden vivir de la pluma. EnEspaña la selección está hecha al revés. La inteligencia, incluso elgenio, es menos útil que la asiduidad, la adulación, la laboriosidad yotras virtudes de oficinista. La tragedia de Edgar Poe se repitetodavía. Además, casi nadie tiene sentido de lo bello, y la literaturales interesa a pocos. Y existe una leyenda cruel y sarcástica desdeCervantes hasta hoy. Se dice que el insigne manco no cenó cuando terminóel Quijote, y se cree que es muy gracioso que los literatos noalmuercen nunca.

Parece muy literario, muy de leyenda eso de lashambres artísticas.

Por eso los aprendices de literato se lanzan a la Puerta del Sol,intrépidos argonautas del vellocino de cobre. Pero no todos los quecomen en la Precisa y en Próculo y los que duermen en la yácija de Hande Islandia son intelectuales. La mayoría sólo son navegantes... queen las turbias aguas tienden su anzuelo a la sombra de la bohemiapintoresca.

Porque, en realidad, lo que más les interesa es ir comiendo (vidasvacías, paralíticas, ex vidas en las que los ideales se handesmoronado), y por ello sólo se afanan los operadores, los piruetistas, toda la seudoliteraria gallofa de este momento.

La última copa de Edgard Poe

EN los banales y sutiles ajetreos de la farándula política, en que elfavoritismo se yergue en divinidad sobre su propia bahorrina, esedificante la evocación de un episodio hondo de desolación inquietante ycruel, de la vida extraña de aquel inadaptable genial, de «aquel celesteEdgardo» cuyo nombre figura en esa fúnebre antología de anormales ydegenerados entre los otros grandes locos: Nietzsche y Baudelaire.

Poe fué un precursor de esta moderna opinión de que la ciencia debe serel fundamento de todo arte. Químico, matemático, médico, oficiantesolemne de las capillas herméticas de abstrusas ciencias, su pasofunambulesco por la vida tiene algo de liturgia alada, real y demoníacaa la vez. A trechos por el ultramisticismo de apoteosis de sus poemaspasa una desolada sombra de horror: el ala angustiadora y proterva delmonstruo del alcohol.

Y así nos ha dado las más hondas y raras impresiones que artista algunodió a la humanidad en todos los tiempos. Hay en él voces misteriosas,angélicas, ungidas; iniciaciones de todos los arcanos; ecos del cielo,de la tierra y también del infierno. Tal vez fuera la noche, en cuyoseno vagaba borracho en todas las ciudades y a todas las horas; lanoche, tan medrosa, tan aristócrata, tan reveladora, la que ponía en sucorazón esas palabras ultrahumanas, tan únicas en su regia originalidad,tan perennemente emocionales.

Y también como en ésta, en aquélla y en todas las épocas, había unadorada medianía culta, un rebaño de hombres equilibrados, fácilmentemoldeables a todas las formas y a todas las conveniencias; unahumanidad correcta, honorable, de tan glorioso sentido común, querechazó de su seno, babeó la reputación y mordió la sandalia de aquelextravagante perturbador de la buena armonía de las costumbres, de aquelinadaptable inmoral. Y se dió el caso estupendo de que en algúnperiódico le pagasen menos dinero que a los demás, reconociendo lasuperioridad de su talento; y por eso mismo, porque su arte era«demasiado original».

Y esa cualidad no la perdonan nunca la poetambre, ni los paladines de lafrase hecha.

Avanzando en la miseria hosca, en la confidente soledad que le era tanamable; eterno trashumante, muerta su mujer, la dulce Virginia, esabella sombra añorante que pasa por los versos de El Cuervo, esa«incomparable y deslumbradora doncella que los ángeles llaman Leonor»,errando, pues, por el mundo, llegó a Baltimore la noche antes de unaselecciones de diputados.

La ciudad hervía en la agitación huraña de esos momentos.

Poe entró enuna taberna y bebió, bebió incesantemente en unión de un antiguo yfatal camarada que el azar le deparó.

Ya a la madrugada, en ese punto visionario y absurdo de los borrachos,en que el alcohol hace bailar a todas las cosas una zarabandafantástica, habiendo sido reconocido por algunos, el poeta se vióobligado a recitar sus versos entre el ulular delirante del concurso yel ambiente plúmbeo, homicida, del antro.

Una de las muchas rondas que recorrían la ciudad reclutando a lo floridodel hampa, a los bigardos y galloferos de todas partes que andabanlampando por las calles, para acarrearlos a votar al día siguiente, topócon el grupo de borrachos en que iba Poe, y todos juntos fueronencerrados en una mazmorra donde les dieron de beber, de beber hasta elenloquecimiento.

El poeta, que estaba consumido por ese horrible mal que se llamacombustión espontánea, votó al día siguiente entre aquel enjambreborroso y hediondo, y, al apurar la última copa que le brindaron, cayódefinitivamente herido por el delirium tremens.

Pocas horas después murió aquel portentoso artista en el anónimodesconsolador de un hospital. Sus compatriotas se cebaron cruelmente ensu memoria, y el periodista Rufus Griswold, que había sido su amigo,hizo una repugnante campaña de difamación, caliente aún el cadáver deaquel desgraciado superior.

La vida del cantor de Ligeia, esa extraordinaria mujer, prodigio decarne y maravilla de inteligencia, nos da la impresión de una negrapesadilla, de una taumatúrgica alucinación de opio, por donde vaga lasombra sonámbula de ese triste discípulo de un fatal y desventuradomaestro, cuya voz repite ese único y desolado estribillo:

«Nunca más.»

Los poetas borrachos

YO tengo un aborrecimiento absoluto a los borrachos: me parecen larvas,ex hombres, gárgolas, algo grotesco, monstruoso y terrible a la vez. Sinembargo, mis grandes admiraciones literarias van hacia los poetasborrachos.

Es mi espíritu, lo más hondo, tumultuoso y atormentado de mi espíritu,lo que comprende la absurdidad de los borrachos, aunque mi yosuperficial, el hombre social, los deteste. Poe, Verlaine, Musset,Nerval, Darío son nombres venerandos de mi iconografía sentimental.Todos ellos fueron tristes y gloriosos borrachos.

No comprendo bien la causa de que tan altos y armoniosos espíritus hayancaído en las simas de «ese demonio más terrible que todas lasenfermedades».

Baudelaire escribió: «Cuidad de estar siempre ebrio de amor, de virtud ode vino». El reloj del poeta marcaba siempre la hora de la embriaguez.Sin embargo, Baudelaire no fué un beodo cotidiano a la manera deVerlaine. Escribió palabras muy sensatas, muy burguesas—como éldiría—, contra el opio, el haschid y el alcohol. «La droga funesta nocrea nada; produce una hiperestesia nerviosa; es un préstamo con interésruinoso que se hace al cerebro».

El mismo poeta de Les fleurs du mal, explica en el prólogo de lasobras de Edgar Poe la causa de la embriaguez del bardo del Horror de unamanera clarividente: «Poe no bebía con placer: bebía bárbaramente, comosi quisiera matar algo dentro de él mismo». Y después: «Poe creabapersonajes terribles o grotescos en medio de una tempestad de alcohol, ypara volver a encontrarlos recurría a la bebida. Eran seres que sólo sepodían desenvolver en ese ambiente verdoso y translúcido y a él habíaque acudir para continuar la plática interrumpida».

Estas tres citas—hechas de memoria—constituyen una explicación y unadefensa de la embriaguez de los poetas.

En los poetas románticos, de inspiración, es más aceptable ese vicioabsurdo y abyecto—yo juzgo de esto con un criterio rabiosamenteburgués—. Es raro en Poe, que fué el espíritu del equilibrio, delanálisis matemático—ved La carta robada, El doble crimen de la calleMorgue, El escarabajo de oro—, que al escribir sus cuentos enunciabay resolvía los más sutiles problemas matemáticos.

¿Existirá una lógica, una armonía dentro de la absurdidad de laborrachera? Poe, haciendo eses por las calles de Nueva York la mañanaque se publicó El Cuervo, era un montón abyecto de carne, un borrachogrotesco; pero ¿qué maravillosas creaciones se forjaban en sulaboratorio interior? Ligea, Eleonora, M.

Valdemar vivían dentro delpoeta en maravillosa lucidez, mientras que yacía aletargado en el senode una «tempestad de alcohol».

En mis investigaciones ocultistas la figura de Poe se me ha aparecidorepetidas veces. Poe fué el poeta de lo Invisible. El alcohol era elpuente por el que cruzaba en dirección al astral.

Todas las larvas, lasalmas de los magos negros, el espectro de los muertos, los vampiros ylos incubos y sucubos demoníacos fueron amigos del poeta y le dictaronsus escaloriantes episodios de pesadilla. La doble personalidad fluídicade Poe convivió con ellos en esos reinos alucinantes y verdosos, dondelas flores tienen hedor de putrefacción, danzan las almas de las brujasy se fraguan los infanticidios y los asesinatos sin causa, mientras elcuerpo del bardo, embrutecido, dormía la borrachera en cualquiercallejuela de Rischmond o de Nueva York. Mister Valdemar desmoronándoseen su espantosa podredumbre. Ligeia reviviendo en el cadáver de MistressRawena, el ojo terrible del gato negro y el corazón revelador, queresuena como el golpe de un reloj de pesadilla, parecen imaginaciónvivida en el plano lívido del astral. Poe vivió una subvidataumatúrgica. Tuvo el arte de dar a todos sus monstruos, terribles ygrotescos, una armonía matemática, que pudiéramos llamar lógica de loabsurdo. Éstos eran los amigos a los que, según Baudelaire, iba a buscarpor el horrible camino en donde cantan las sirenas de la embriaguez.

Yo le brindo la idea de escribir acerca de Poe ocultista al espíritu quemás sabe de esto y de otras muchas cosas: a Mario Roso de Luna.

He conocido muchos poetas borrachos, que pudiéramos llamar borrachosrománticos. En su labor literaria no existe jamás la terrible visión dePoe, ni su armonía matemática. Fueron y son viciosos del alcohol, sinque su vicio favorito influya en su obra.

Poe es aparte. Sus borracherasson fecundas, así como las de Paul Verlaine. Son lúcidos, con unamaravillosa clarividencia, a través de las brumas espesas de laborrachera.

Musset bebió románticamente para olvidar. No se podía ya embriagar «deamor ni de virtud» y se embriagó de ajenjo.

«Cuidad de estar siempreebrios», dijo Baudelaire. Bebía el

«pobre Alfredo» para llenar el vacíode su vida frustrada sentimentalmente, pero nunca le debió nada alalcohol; sus borracheras fueron «obscuras», como el fondo de una sima, yal cabo la llama azulenca le abrasó el cerebro y sufrió el horribledolor de la impotencia en plena apoteosis de gloria y de juventud. RubénDarío también bebió para no sentir la vida demasiado dura en la carneviva de su corazón de poeta.

La

vida

es

dura,

amarga

y

pesa;

¡ya no hay princesa que cantar!

Poe bebía bárbaramente, como si quisiera «asesinar algo en si mismo».Nuestro admirable y dulce poeta Manuel Paso también se suicidóabrasándose las entrañas y el cerebro en un océano siniestro deaguardiente.

Baudelaire huyendo del burgués de París, Rubén asfixiado por laestupidez del ambiente, Musset ahogando un dolor amoroso, son borrachoscorrientes y hasta vulgares. Poe y Verlaine, los clarividentes, meinteresan más que todos, porque su órbita literaria estaba en el fondode esos extraños paraísos violáceos.

Beber, para olvidar un dolor o para ser valiente ante las luchascotidianas, me parece una pueril equivocación. Hay que tener serenidad,firmeza moral contra todas las celadas de la vida. «El alcohol, el opio,el haschid no crean nada; prestan al cerebro una energía de momento conun rédito ruinoso». La inspiración no está encerrada en una botella.

Yo creo esto firmemente; pero, ¿cómo vamos a negar a algunos espíritusdesventurados esa puerta de escape de una realidad abrumadora, estúpiday hostil? Una puerta que, como en Poe, acaso conduce a un planoespiritual, perfectamente absurdo, donde viven esos seres misteriososque se ven en las alucinaciones, y que yo—teosóficamente—sospecho quetienen una completa, aunque invisible realidad.

Un duelo romántico

POR las frívolas y fugitivas crónicas de actualidad ha pasado como unaevocación antañona la figura hidalga, pomposa y antigua del buensoldado, caballero y poeta D. Juan de la Pezuela, conde de Cheste.

Era una silueta de otra edad. Como el famoso caballero Don Álvaro, erahijo de un virrey del Perú, y al resurgir ahora, en nuestro siglomecánico y vulgar, nos ha parecido una figura pintoresca y gallarda deun poema donde hubiese sonoros surtidores y pelucas rizadas.

Perteneció a una generación literaria cuya voz escuchamos ya desde muylejos. Nosotros recordamos con un poco de estupor los preceptosartísticos de D. Alberto Lista, a los cuales ciñóse estrictamente, talvez sólo por devoción personal al maestro, hasta en las postreras regiassalutaciones que trazó su mano senil venerable.

Con Espronceda, Ros de Olano, Enrique Gil y Florentino Sanz asistía alcenáculo del café del Príncipe, amable lugar donde se forjaron algunasde esas queridas narraciones que tanto nos han emocionado en nuestrosprimeros devaneos sentimentales, cuando pasábamos horas enterasdevorando las pintorescas ediciones de Gaspar y Roig.

Y fué allí, entre románticas melenas y retóricos madrigales, en laexaltación de la nueva escuela revolucionaria y las violentasaspiraciones de libertad, expresadas en odas y octavas reales, donde elbardo que elogió a la atormentadora Teresa tuvo el mal acierto de lanzarsus sarcasmos byronianos contra la rigidez de escuela o las virtudesmilitares del conde de Cheste.

En aquel mismo punto quedó concertado el lance, como en aquel tiempogalano en que los poetas hampones se batían por un soneto en lasencrucijadas del viejo París.

Caía la media noche cuando los combatientes se hallaban junto a lapuerta del cementerio de San Martín. El claro de luna encantabamelancólicamente la fúnebre decoración. A la siniestra mano extendíaseel bello jardín de los muertos, con sus anchas columnatas y sus callesde nichos vacíos. Quizá un ruiseñor cantaba entre las ramas de un ciprésreligioso y sombrío como una elegía. De la honda paz de la tierra talvez surgían esos rumores vagos, misteriosos, inquietantes, que parecendiálogos del más allá.

Ambos caballeros se despojaron de las largas capas y de los sombreros deala plana. El cronista se finge el rostro pálido, demacrado deEspronceda, con los ojos ardiendo en la fiebre de su constante deliriosensual, iluminado por la luna. Tal vez llevara dentro su cerebro unrayo lunático y visionario, quien pasó por la tierra enamoradolíricamente de la pálida Prometida.

Las hojas de acero brillaron y se cruzaron gallardamente.

Breve fué lalucha: Espronceda, cuya naturaleza estaba aniquilada por su vida devértigo, cayó en tierra herido de un sablazo.

Y así se dió fin a este episodio raro, pintoresco y triste, que era biendigno de la rima.

Esta vida serena, suave y rectilínea que acaba de extinguirse bajo lapesadumbre de noventa y seis años, nos da una emoción de vaga tristeza yde simpatía. Pensamos en esa figura noble y artística como un retratoantiguo, superviviente de todos sus contemporáneos, haciendo susapacibles paseatas por las calles muertas de Segovia, la vieja, viviendouna vida arcaica y cristalizada entre los muros grises de las ranciasmansiones infanzonas,

con

escudos

de

piedra

y

los

palacios

griseseternamente cerrados. Pensamos en la inquietud íntima de ese espírituque había visto desaparecer tantas cosas y tantos amores, preguntarse alamanecer de cada día: «¿Será hoy?», e inclinar la frente coronada deplata y sentir el corazón turbado ante la evidencia del angustiadormisterio. Muchas veces, al pasar por el pardo caserón de la calle dePizarro, donde habitaba los inviernos, hemos evocado su silueta entre lagrave penumbra de los viejos salones y le hemos imaginado trazando sobreamplias cuartillas renglones cortos de musa ingenua y familiar, paraconvocar a sus íntimas reuniones familiares, que eran como una evocaciónde los tiempos pretéritos. Y al comenzar en estas lamentables tardes deotoño a amarillear las hojas de los árboles para alfombrar después lascalles solas de su pequeño jardín y la lámina verdosa de las fuentesmudas, hemos pensado con pena que quizá el noble anciano no viera en lacaída de las hojas sólo la aproximación del invierno.

Algunos críticos opinan que su labor literaria no ha sido muy completa.Lo más interesante ha sido su vida, una de esas vidas antiguas yfecundas de soldado leal y valeroso, caballero de clásica hidalguíaespañola, erudito y poeta como aquellos capitanes de la Conquista, quede día vivían en poema épico, y en el encanto de las noches tropicalesrimaban las nostalgias de la patria o ardientes serventesios a los ojosde las limeñas.

Era una figura de otra edad. Una silueta de aquel buen tiempo de lasmelenas románticas, en que los poetas constituían la verdadera y lógicaaristocracia; aquel buen tiempo en que había duelos pintorescos junto alas tapias de los camposantos por la belleza de un soneto, en que elromanticismo era como un vino generoso y locuaz que hacía soñar a todaslas cabezas aun en un ambiente tan antiestético como el de la política.

Aquel buen tiempo de los poetas, porque se estimaba que cantar es la másbella expresión del alma humana.

Las manos de Elena

UN pintor bohemio rugía en una noche memorable, mientras el frío secolaba entre sus andrajos y el hambre bailaba en su cabeza descoyuntadadanzas absurdas.

—Debiéramos desenterrar y quemar los restos de Murger.

Era una noche sagrada y familiar. Hasta los más humildes tenían en aquelmomento un poco de fuego y de cariño. De los interiores iluminadossalían hálitos suaves de serena felicidad, y en el aire flotaban, comosurgidas del fondo de los tiempos antañones, las melodías ingenuas delos villancicos pascuales.

Por las calles, algunos perros vagabundos y nosotros.

Y es que nuestra bohemia ha sido un negro camino de soledad y depobreza. No han florecido en nuestros episodios las risas de Museta nilas lágrimas de Mimí, ni nuestra madre la Locura nos ha prestado sucorona de cascabeles.

Sólo una bella y triste sombra, fugitiva y perfumada como la juventudque huye, ha puesto algunos besos y algunas risas en nuestras nochestrashumantes y sin asilo.

Tenía un nombre poemático, célebre en los anales del amor.

Elena era subello nombre. Era alta, rítmica, flexible... En sus ojos garzos, hondos,de un hechizo inquietante, dormían las visiones de su vida encanallada,siempre unánimes y vergonzosas. Sus manos finas, transparentes ymonjiles, que parecían hechas para tejerse en los éxtasis y parafiligranar ofrendas de vírgenes y capas pluviales; sus manos, finas ytransparentes, eran doctas en los secretos del amor mundano.

Cuando yo la conocí, tenía la desolada belleza de las ruinas.

Su carne,de azulinas transparencias, tenía la melancólica palidez de lostísicos, y hacía pensar, con pena, en la llegada de esos días grises enque caen las hojas de los árboles. Tenía un aroma vago y casi religioso:olía a cera y a flores de mortaja.

Inició un fugitivo arpegio sentimental en el cordaje de nuestrosnervios, en constante hiperestesia por el arte y por la vida. Todos laamamos con una dulce piedad, sin violencias y sin delirios, con undeleite que tenía algo de romanticismo, de rara emoción artística.Amamos su belleza agonizante, con la intensidad de tristeza que sentimosen los adioses para siempre.

Había en ella un misterioso encanto deultratumba.

Un músico poeta elogió en unos versos juveniles su pobre risa, su risaextraña e inconsciente, la loca risa de Elena. Y ella, encantada conla ofrenda lírica y galante, reía siempre que llegábamos a su lado;soltaba la cascada de su risa metálica, vibradora, epiléptica, cuyasúltimas perlas parecían sollozos estrangulados.

Su fisonomía moral parecía cristalizada y sin jugosidad ninguna. Tal vezla pobre profesional del amor no había sentido nunca esa embriaguezsuprema, el amor sentimental que es la mayor conquista de lacivilización, como dice Sthendal, y por lo único que vale la pena devivir, a pesar del espantoso Schopenhauer.

Nosotros le hablábamos alegremente de las cosas triunfantes de la vida,cosas armoniosas entre sí: de locuras de juventud, de fragancia deprimavera, de alegres cenas, de paseos campestres bajo la inmortalidaddel sol, de los víveres honrados, fecundos y serenos como mansascorrientes. Y de besos.

Hubiera sido poco piadoso recordarle los melancólicos acabamientos quenos rodean y que espejan la muerte en cada cosa que miramos. Jamás lahablamos de las despedidas, de las naves que parten y de los corazonesausentes, de las últimas notas de las melodías. Y sobre todo, de eseterrible fantasma del otoño.

Su vida había sido un amargo y desbordado rodar hacia abajo, como todaslas vidas y todas las cosas, hacia las negras aguas del misterio.

Y aconteció que la misma noche que un periódico publicaba el elogiorimado de su risa, una de esas sombras que cantan canciones lúgubres ycorrompidas en la alta noche, me dió la nueva amarga.

—¡La pobre ha muerto hoy en el hospital!

Entonces me asaltó el triste y tardío deseo de poseer algún recuerdosuyo, un bucle, un lazo que conservase su melancólica fraganciapeculiar. Lo hubiera guardado con la misma unción amorosa y sagrada conque Rodolfo besaba el gorrito blanco de Mimí.

Porque la pobre muerta era un jirón de mi juventud que se iba parasiempre.

Al vagar toda la noche en el alma desconocida e inquietadora de laciudad, evoqué, dolorido, sus manos marfileñas y monjiles, sus manoscelestes e impuras, divinamente tristes y cruzadas en el fondo de uno deesos pardos y siniestros ataúdes de hospital que

conservan

hedores

deotros

cadáveres,

y

pensé,

estremeciéndome hasta los huesos, que enaquella primera noche de la tierra ya el gusano conquistador surgiría dela podre de aquellas manos muertas, que besé tantas veces y por las quehabía sentido una rara pasión inmaterial.

Extravagantes imaginaciones, honda y taladrante recordación del fin, queobligan a la pobre carne aterrorizada, y al ánimo conturbado, arefugiarse en la idealidad consoladora de un misticismo.

Mi espíritu siente una inmensa ansia de infinito, que fracasa en lascotidianas banalidades; cuántas veces, al amanecer de noches detempestad de alma, en que he hallado vacíos y menguados todos los iconosde la vida, me he arrojado a los pies ungidos de los Cristos en demandade una emoción de eternidad.

El recuerdo de Elena suele inquietarme frecuentemente, y la veo, en latransparencia de la evocación, con el hechizo de sus ojos garzos y de sucabellera magdalénica.

Y en el ritornello de la vida pasada surge un episodio canallesco: lamemoria punzante y angustiosa de una noche en que uno de estospintorescos rufianes madrileños golpeó brutalmente el pecho hundido yflácido de la desventurada.

Ella ahogó su tribulación en el monstruoso refugio del aguardiente.

Escenas de la mala vida, recuerdos de las horas bohemias, negras ydesoladas, en que el hambre era absurdo funámbulo en nuestras cabezas ylobo en nuestras entrañas. Las tengo cariño, porque al cabo han sido serde mi ser.

Pero pienso como mi amigo pintor, que Murger ha envenenado nuestrajuventud y nos ha hundido en la pobreza y en la soledad con el hechizode sus mágicas narraciones.

«Debemos desenterrar y quemar los restos de Murger.»

Siles y su carrik

SILES era filósofo, poeta y cronista. Murió ciego y pobre en el horrorsin nombre de un hospital, y su manera de morir fué el obligado epílogode su vida loca, imprevisora, de titiritero de la literatura.

Siles no era un escritor extraordinario, pero pocos hombres tenían másjugoso temperamento ni más riqueza de ilusión que este pobre cantorerrabundo que ha caído para siempre, sin dinero y sin gloria, y al quelas gacetas sólo han dedicado un pequeño lingote de prosa vulgar.

El entusiasmo fué su gran energía, lo mismo en la miseria desolada, sinmás fortuna que su absurdo chaquet que en las horas efímeras deprosperidad. Siempre hablaba a gritos, de literatura, de teosofía,aquel buen hombre franco, bebedor y mujeriego—todo lo que fuesedesbordamiento de emoción y de romanticismo—que, a pesar de su cabellocano, tenía en los ojos tan riente derroche de juventud.

Y un buen día murió un tío de Siles dejándole toda su fortuna.

Fué unode esos tíos maravillosos, imprevistos y ricos que tienen la bondad demorirse a tiempo y que apenas tienen realidad, como si sólo fuesenimaginados para desenlazar las malas comedias. Cayó sobre el bohemio unportentoso aluvión de miles de duros, y el chaquet fué sustituido por uncarrik. Este fué el único cambio ostensible en su vida.

¿Qué extrañas armonías existirían entre el alma de Siles y su carrick?¿Por qué este hombre, en vez de adquirir otro más adecuado indumento, seenvolvió en aquella prenda grotesca de grandes cuadros negros sobrefondo amarillo?

Luego de esta valiosa adquisición, Siles se encerró en una torre demarfil, que alquiló por doce duros en una calle de Chamberí, y la mediatostada fué sustituida por alimentos más respetables que redondearon labóveda del vientre y lustraron su cara flácida y exangüe.

En breve espacio, uno tras otro, lanzó al público veinticuatro libros.Toda la esencia de su vivir lamentable, todos los sueños de su cabezavisionaria. Pero la gente no compró sus libros. En inmensas pilas depapel se amontonaban en casa del librero Pueyo, el editor romántico dela épica nariz. También ha muerto el pobre librero sentimental, y puedeque sigan ambos devanando en el espacio sus diálogos pintorescos. Pueyoera una gran figura en la andante literatura de esta época: él fué elúnico que creyó en Siles, el que en los cafés solitarios nos hacía leernuestros versos, después de escuchar un aria de Marina o el raconto de Lohengrin. Entonces se conmovía mucho y confesaba que él también habíaescrito versos en su juventud.

Cuando Siles echó fuera de sí su carga mental, tornó a pasearse por loscafés, por las tabernas, envuelto en su pintoresco carrick.

Al cabo de unos años se quebró el cristal encantado de la leyenda, yvolvieron los días de penuria y la sórdida pobreza ululaba a la puertade su hostal. En los últimos tiempos se arrastraba por los tuguriostocado con un sombrero gris y desvencijado, con la pipa humeante,abatida sobre las barbas canas y enmarañadas, y en los ojos ciegos ungran deslumbramiento de ilusión.

Su carrick destrozado era la rota bandera de los días suntuosos yefímeros, e inspiraba la desolación de una grandeza en ruinas.

Pero siempre que le encontrábamos nos saludaba optimista y sonriente,con un gesto de clásico caballero español.

—Vaya usted a mi casa cuando guste. Vivo en un hotelito en el campo.¡Hay allí una gran paz que invita a escribir!

Y el mísero vivía en una choza solitaria, perdida en un barranco de lasafueras de Madrid.

Por su obsesión de escribir renunció a todo y sacrificó los cincuentaaños de su vida. Todos sus artículos, sus versos, sus libros, no leprodujeron una sola peseta, ni pusieron una sola hoja de laurel sobre suataúd pardo y siniestro de hospital. A veces el arte es demasiado cruel;deidad y vampiresa exige hasta la última gota de sangre de sus pobresilusos.

Así caen destrozados entre la indiferencia los bravos paladines de labohemia. Su fiera independencia espiritual, su altivo individualismo esla causa del doliente remate de esas vidas.

Carecen de habilidad, decondiciones de mercader para administrar su talento. Producen bien omal, por el gusto de hacer algo bello, por el anhelo de su alma dederramar lo que llevan dentro. Y mientras ellos cantan, las hormiguitashacen su granero.

Siles ha muerto de una manera trágica; hallaron su cuerpo caído en mediode una carretera, de noche, como un montón andrajoso, y en un carro,como un fardo inútil, ni saber quién era, le llevaron al hospital.

Sirva la angustia sincera de mi corazón como plegaria por este cofrade,que ya no volverá a recitarme sus sonetos en la alta noche, cuando ambosambulábamos por las calles como dos sombras de un mundo absurdo desueños de arte y de dolorosas tragicomedias.

Glosario pintoresco

POCOS escritores se alegrarán como yo de los faustos sucesos que leacaezcan al poeta Villaespesa. He leído que, como dramaturgo, estáhaciendo un paseo triunfal por América. Esto me agrada, porque loconsidero como el triunfo colectivo de un género, de una época y de unapintoresca familia literaria.

Está muy bien y es muy justo. Lo que me parece es que ha tardadodemasiado en llegar. Un poco antes, y se hubieran evitado muchos caféscon tostada, que es el régimen más absurdo de alimentación.

Villaespesa es de los poetas que han comido peor; como veis, esto es elcolmo de la redundancia. Pero él ha probado bravamente que se puedenescribir versos admirables y soñar con princesas, alimentando la miseriacorporal con queso manchego y chocolate con churros.

Ha pasado por la vida misérrima sin enterarse, con los ojos vendados porun jirón azul de ideal. Esta divina inconsciencia le ha librado decomprender que los camastros de la Posada del Peine son más propios paracenobitas, que gustan de atormentar el cuerpo, que para gente voluptuosaque guste de dormir a pierna suelta.

Tampoco aquel su suntuoso alzacuellos de obispo era el último alaridodel dandysmo ni de la comodidad. Pero de todas las menguas le salvaba suimaginación.

Un día de opulencia se encontró con Julio Camba. Villaespesa tenía unaire de gran señor, llevaba bajo el brazo un formidable envoltorio.

—Acabo de cobrar un libro y... me he comprado doce mudas.

—Hombre, me alegro mucho—exclamó Camba—; tengo una cita galante conuna bailarina, con la...—y pronunció uno de esos nombres radiantes,cascabeleros, armados de voluptuosidad, que, desde los cartelesteatrales, hacen latir violentamente a los corazones de veinte años—.Estaba muy triste, porque no podía ir por el estado ruinoso de mi deshabillé. Pero tú has venido a salvarme. Me darás unos calzones.

—La cosa es que, verás... calzones no he comprado ninguno.

—Me contraría mucho; pero, en fin, me darás dos camisetas.

—Tampoco, porque yo creo que la camiseta es una prenda superflua, y nohe comprado ninguna.

—Bueno, hombre. ¡Al menos, me darás una camisa!