La Condenada (Cuentos) by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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conseguí

fácilmente

el

puesto:

hasta

necesitéinfluencias. Al principio hacíame gracia el odio de la gente: me sentíaorgulloso con inspirar terror y repugnancia.

Presté mis servicios enmuchas Audiencias, rodamos por media España, y los chicos cada vez máshermosos; hasta que por fin caímos en Barcelona. ¡Qué gran época! Lamejor de mi vida: en cinco o seis años no hubo trabajo. Mis ahorros seconvirtieron en una casita en las afueras, y los vecinos apreciaban adon Nicomedes, un señor simpático empleado en la Audiencia. El chico, unángel de Dios, trabajador, modosito y callado, estaba en una casa decomercio; la niña—¡cuánto siento no tener aquí su retrato!—la niña,que era un serafín, con unos ojazos azules y una trenza rubia, gruesacomo mi brazo, y que cuando correteaba por nuestro huertecillo parecíauna de esas señoritas que salen en las óperas, no iba a Barcelona con sumadre sin que algún joven viniera tras sus pasos. Tuvo un novio formal:un buen muchacho que pronto iba a ser médico. Cosas de ella y su madre:yo fingía no ver nada, con esa bondadosa ceguera de los padres que sereservan para el último momento. ¡Pero Señor, cuán felices éramos!

La voz de Nicomedes era cada vez más temblorosa; sus ojillos azulesestaban empañados. No lloraba, pero su grotesca obesidad agitábase conlos estremecimientos del niño que hace esfuerzos para tragarse laslágrimas.

—Pero se le ocurrió a un desalmado de larga historia dejarse coger; losentenciaron a muerte y hube de entrar en funciones cuando ya casi habíaolvidado cuál era mi oficio. ¡Qué día aquél!

Media ciudad me conocióviéndome sobre el tablado, y hasta hubo periodistas que, como son peorque una epidemia (usted dispense), averiguaron mi vida, presentándonosen letras de molde a mí y a mi familia, como si fuéramos bichos raros, yafirmando con admiración que teníamos facha de personas decentes. Nospusieron en moda. ¡Pero qué moda! Los vecinos cerraban puertas yventanas al verme, y aunque la ciudad es grande, siempre me conocían enlas calles y me insultaban. Un día, al entrar en casa, me recibió mimujer como una loca. ¡La niña! ¡La niña!... La vi en la cama, con elrostro desencajado, verdoso, ¡ella tan bonita! y la lengua manchada deblanco.

Estaba envenenada, envenenada con fósforos, y había sufridoatroces dolores durante horas enteras, callando para que el remediollegase tarde... ¡y llegó! Al día siguiente ya no vivía.

La pobrecitatuvo valor. Amaba con toda su alma al mediquín, y yo mismo leí la cartaen la que el muchacho se despedía para siempre por saber de quién erahija. No la lloré. ¿Tenía acaso tiempo? El mundo se nos venía encima; ladesgracia soplaba por todos lados; aquel hogar tranquilo que noshabíamos fabricado se desplomaba por sus cuatro ángulos. Mi hijo...también a mi hijo lo arrojaron de la casa de comercio, y fue inútilbuscar nueva colocación ni apoyo en sus amigos. ¿Quién cruza la palabracon el hijo del verdugo? ¡Pobrecito! ¡Como si a él le hubieran dado aescoger el padre antes de venir al mundo! ¿Qué culpa tenía él, tanbueno, de que yo le hubiese engendrado? Pasaba todo el día en casa,huyendo de la gente, en un rincón del huertecillo, triste y descuidadodesde la muerte de la niña. «¿En qué piensas, Antonio?», le preguntaba.«Papá, pienso en Anita.» El pobre me engañaba. Pensaba en él, en locruelmente que nos habíamos equivocado, creyéndonos por una temporadaiguales a los demás, y cometiendo la insolencia de querer ser felices.El batacazo era terrible: imposible levantarse. Antonio desapareció.

—¿Y nada ha sabido usted de su hijo?—dijo Yáñez, interesado por lalúgubre historia.

—Sí; a los cuatro días. Lo pescaron frente a Barcelona; salió envueltoen redes, hinchado y descompuesto... Usted ya adivinará lo demás. Lapobre vieja se fue poco a poco, como si los chicos tirasen de ella desdearriba; y yo, el malo, el empedernido, me he quedado aquí solo,completamente solo, sin el recurso siquiera de beber; porque si meemborracho, vienen ellos, ¿sabe usted? ellos, mis perseguidores, aenloquecerme con el aleteo de sus hopas negras, como si fuesen enormescuervos, y me pongo a morir... Y sin embargo, no los odio. ¡Infelices!Casi lloro cuando los veo en el banquillo. Otros son los que me hanhecho mal. Si el mundo se convirtiera en una sola persona, si todos losdesconocidos que me robaron a los míos con su desprecio y su odiotuvieran un solo cuello y me lo entregaran,

¡ay, cómo apretaría!... ¡conqué gusto!...

Y hablando a gritos se había puesto de pie, agitando con fuerza suspuños, como si retorciese una palanca imaginaria. Ya no era el mismo sertímido, panzudo y quejumbroso. En sus ojos brillaban pintas rojas comosalpicaduras de sangre; el bigote se erizaba y su estatura parecíamayor, como si la bestia feroz que dormía dentro de él, al despertar,hubiese dado un formidable estirón a la envoltura.

En el silencio de la cárcel resonaba cada vez más claro el dolorosocanturreo que venía del calabozo: «Pa... dre... nu...

estro... queestás... en los cielos...»

Don Nicomedes no lo oía. Paseaba furioso por la habitación, conmoviendocon sus pasos el piso que servía de techo a su víctima. Por fin se fijóen el monótono quejido.

—¡Cómo canta ese infeliz!—murmuró—. ¡Cuán lejos estará de saber queestoy yo aquí, sobre su cabeza!

Se sentó desalentado y permaneció silencioso mucho tiempo, hasta que suspensamientos, su afán de protesta, le obligaron a hablar.

—Mire usted, señor; conozco que soy un hombre malo y que la gente debedespreciarme. Pero lo que me irrita es la falta de lógica. Si lo que yohago es un crimen, que supriman la pena de muerte y reventaré de hambreen un rincón, como un perro. Pero si es necesario matar paratranquilidad de los buenos, entonces,

¿por qué se me odia? El fiscal quepide la cabeza del malo nada sería sin mí, que obedezco; todos somosruedas de la misma máquina, y ¡vive Dios! que merecemos igual respeto,porque yo soy un funcionario... con treinta años de servicios.

El ogro

———

En todo el barrio del Pacífico era conocido aquel endiablado carretero,que alborotaba las calles con sus gritos y los furiosos chasquidos de sutralla.

Los vecinos de la gran casa en cuyo bajo vivía habían contribuido aformar su mala reputación. ¡Hombre más atroz y malhablado! ¡Y luegodicen los periódicos que la policía detiene por blasfemos!

Pepe el carretero hacía méritos diariamente, según algunos vecinos, paraque le cortaran la lengua y le llenasen la boca de plomo ardiendo, comoen los mejores tiempos del Santo Oficio.

Nada dejaba en paz, ni humanoni divino. Se sabía de memoria todos los nombres venerables delalmanaque, únicamente por el gusto de faltarles, y así que seenfadaba con sus bestias y levantaba el látigo, no quedaba santo, porarrinconado que estuviese en alguna de las casillas del mes, al que noprofanase con las más sucias expresiones. En fin, ¡un horror! Y lo máscensurable era que, al encararse con sus tozudos animales, azuzándolescon blasfemias mejor que con latigazos, los chiquillos del barrioacudían para escucharle con perversa atención, regodeándose ante lafecundidad inagotable del maestro.

Los vecinos, molestados a todas horas por aquella interminable sarta demaldiciones, no sabían cómo librarse de ellas.

Acudían al del piso principal, un viejo avaro, que había alquilado lacochera a Pepe no encontrando mejor inquilino.

—No hagan ustedes caso—contestaba—. Consideren que es un carretero, yque para este oficio no se exigen exámenes de urbanidad. Tiene malalengua, eso sí; pero es hombre muy formal y paga sin retrasarse un solodía. Un poco de caridad, señores.

A la mujer del maldito blasfemo la compadecían en toda la casa.

—No lo crean ustedes—decía riendo la pobre mujer—; no sufro nada deél. ¡Criatura más buena! Tiene su geniecillo, pero

¡ay hija! Dios noslibre del agua mansa... Es de oro; alguna copita para tomar fuerzas,pero nada de ser como otros, que se pasan el día como estacas frente almostrador de la taberna. No se queda ni un céntimo de lo que gana, y esoque no tenemos familia, que es lo que más le gustaría.

Pero la pobre mujer no lograba convencer a nadie de la bondad de suPepe. Bastaba verle. ¡Vaya una cara! En presidio las había mejores. Eranervudo, cuadrado, velloso como una fiera, la cara cobriza, con rudasprotuberancias y profundos surcos, los ojos sanguinolentos y la narizaplastada, granujienta, veteada de azul, con manojos de cerdas queasomaban como tentáculos de un erizo que dentro de su cráneo ocupase ellugar del cerebro.

A nada concedía respeto. Trataba de reverendos a los machos que leayudaban a ganar el pan, y cuando en los ratos de descanso se sentaba ala puerta de la cochera, deletreaba penosamente, con vozarrón que se oíahasta en los últimos pisos, sus periódicos favoritos, los papeles másabominables que se publicaban en Madrid, y que algunas señoras mirabandesde arriba con el mismo terror que si fuesen máquinas explosivas.

Aquel hombre, que ansiaba cataclismos y que soñaba con la gorda, peromuy gorda, vivía por ironía en el barrio del Pacífico.

La más leve cuestión de su mujer con las criadas le ponía fuera de sí, yabriendo el saco de las amenazas prometía subir para degollar a todoslos vecinos y pegar fuego a la casa; cuatro gotas que cayesen en supatio desde las galerías bastaban para que de su bocaza infecta saliesela triste procesión de santos profanados, con acompañamiento dehorripilantes profecías para el día en que las cosas fuesen rectas y lospobres subiesen encima, ocupando el lugar que les corresponde.

Pero su odio sólo se limitaba a los mayores, a los que le temían, puessi algún muchacho de la vecindad pasaba por cerca de él, acogíale conuna sonrisa semejante al bostezo del ogro, y extendiendo su mano callosapretendía acariciarlo.

Como se había propuesto no dejar en paz a nadie en la casa, hasta semetía con la pobre Loca, una gata vagabunda que ejercía la rapiña entodas las habitaciones, pero cuyas correrías toleraban los vecinosporque con ella no quedaba rata viva.

Parió aquella bohemia de blanco y sedoso pelaje, y obligada a fijardomicilio para tranquilidad de su prole, escogió el patio del ogro,burlándose tal vez del terrible personaje.

Había que oír al carretero. ¿Era su patio algún corral para que viniesena emporcarlo con sus crías los animales de la vecindad?

De un momento aotro iba a enfadarse, y si él se enfadaba de veras, ¡pum! de la primerapatada iban la Loca y sus cachorros a estrellarse en la pared deenfrente.

Pero mientras el ogro tomaba fuerzas para dar su terrible patada y laanunciaba a gritos cien veces al día, la prole felina seguíatranquilamente en un rincón, formando un revoltijo de pelos rojos ynegros, en el que brillaban los ojos con lívida fosforescencia, ycoreando irónicamente las amenazas del carretero: ¡Miau! ¡Miau!

¡Bonito verano era aquel! Trabajo, poco, y un calor de infierno queirritaba el mal humor de Pepe y hacía hervir en su interior la calderade las maldiciones, que se escapaban a borbotones por su boca.

La gente de posibles estaba allá lejos, en sus Biarritces y SanSebastianes, remojándose los pellejos, mientras él se tostaba en sucocherón. ¡Lástima que el mar no se saliera, para tragarse tanto parásito! No quedaba gente en Madrid y escaseaba el trabajo. Dos díassin enganchar el carro. Si esto seguía así, tendría que comerse conpatatas a sus reverendos, a no ser que echase mano de sus aves decorral, que era el nombre que daba a la Loca y a sus hijuelos.

Fue en Agosto cuando, a las once de la mañana, tuvo que bajar a laestación del Mediodía para cargar unos muebles.

¡Vaya una hora! Ni una nube en el cielo y un sol que sacaba chispas delas paredes y parecía reblandecer las losas de las aceras.

—¡Arre, valientes!... ¿Qué quieres tú, Loca?

Y mientras arreaba sus machos, alejaba con el pie a la blanca gata, quemaullaba dolorosamente, intentando meterse bajo las ruedas.

—¿Pero qué quieres, maldita? ¡Atrás, que te va a reventar una rueda!

Y como quien hace una obra de caridad, largó al animal tan furiosolatigazo, que lo dejó arrollado en un rincón, gimiendo de dolor.

Buena hora para trabajar. No podía mirarse a parte alguna sin sentirirritación en los ojos; la tierra quemaba; el viento ardía, como si todoMadrid estuviese en llamas; el polvo parecía incendiarse; paralizábanselengua y garganta, y las moscas, locas de calor, revoloteaban por loslabios del carretero o se pegaban al jadeante hocico de los animales enbusca de frescura.

El ogro estaba cada vez más irritado conforme descendía la ardorosacuesta, y mientras mascullaba sus palabrotas, animaba con el látigo alos machos, que caminaban desfallecidos, con la cabeza baja, casirozando el suelo.

¡Maldito sol! Era el pillo mayor de la creación. Éste sí que merecía learreglasen las cuentas el día de la gorda, como enemigo de lospobres. En invierno mucho ocultarse, para que el jornalero tenga losmiembros torpes y no sepa dónde están sus manos, para que caiga delandamio o le pille el carro bajo las ruedas. Y ahora, en verano, ¡echeusted rumbo! Fuego y más fuego, para que los pobres que se quedan enMadrid mueran como pollos en asador. ¡Hipocritón! De seguro que nomolestaba tanto a los que se divertían en las playas de moda.

Y recordando a tres segadores andaluces muertos de asfixia, según habíaleído en uno de sus papeles, intentaba en vano mirar de frente al sol yle amenazaba con el puño cerrado. ¡Asesino!...

¡Reaccionario!...¡Lástima que no estés más abajo el día de la gorda!

Cuando llegó al depósito de mercancías, detúvose un momento a descansar.Se quitó la gorra, enjugose el sudor con las manos, y puesto a la sombracontempló todo el camino que acababa de atravesar. Aquello ardía. Ypensaba con terror en el regreso, cuesta arriba, jadeante, con el sol aplomo sobre la cabeza y arreando sin parar a las caballerías, abrumadaspor el calor. No era grande la distancia de allí a su casa, pero aunquele dijeran que en la cochera le esperaba el mismo Nuncio, no iba.

¡Quéhabía de ir!... Aun haciéndole bueno que con tal viajecito venía lagorda, lo pensaría antes de decidirse a subir la cuesta con aquelcalor.

—¡Vaya! Menos historias y a trabajar.

Y levantó la tapa del gran capazo de esparto atado a los varales delcarro, buscando su provisión de cuerdas. Pero su mano tropezó con unascosas sedosas que se removían y sintió al mismo tiempo débiles arañazosen su callosa piel.

Los gruesos dedos hicieron presa, y salió a luz, cogido del pescuezo, uncachorro blanco, con las patas extendidas, el rabo enroscado por losestremecimientos del miedo y lanzando su triste ñau ñau, como quienpide misericordia.

La Loca, no contenta con convertir su patio en corral, se apoderabadel carro y metía la prole en el capazo para resguardarla del sol. ¿Noera aquello abusar de la paciencia de un hombre?... Se acabó todo. Yabarcando en sus manazas a los cinco gatitos, los arrojó en montón a suspies. Iba a aplastarlos a patadas; lo juraba, ¡voto a esto y lo de másallá! Iba a hacer una tortilla de gatos.

Y mientras soltaba sus juramentos, sacábase de la faja el pañuelo dehierbas, lo extendía, colocaba sobre él aquel montón de pelos ymaullidos, y atando las cuatro puntas echó a andar con el envoltorio,abandonando el carro.

Se lanzó a todo correr por aquel camino de fuego, aguantando el sol conla cabeza baja, jadeante y echándose a pecho la cuesta que minutos antesno quería subir, aunque se lo mandase el Nuncio.

Algo terrible preparaba. La voluptuosidad del mal era sin duda lo que ledaba fuerzas. Tal vez buscaba subir alto, muy alto, para desde la crestade un desmonte aplastar su carga de gatos.

Pero se dirigió a su casa, y en la puerta le recibió la Loca concabriolas de gozo, olisqueando el hinchado pañuelo, que se estremecíacon palpitaciones de vida.

—Toma, perdida—dijo jadeante por el calor y el cansancio de lacarrera—; aquí tienes tus granujas. Por esta vez pase, te lo perdono,porque eres un animal y no sabes cómo las gasta Pepe el carretero. Perootra vez... ¡hum!... a la otra...

Y no pudiendo decir más palabras sin intercalar juramentos, el ogrovolvió la espalda y fue corriendo en busca de su carro, otra vez cuestaabajo, echando demonios contra aquel sol enemigo de los pobres. Peroaunque el calor aumentaba, parecíale al pobre ogro que algo le habíarefrescado interiormente.

La barca abandonada

———

Era la playa de Torresalinas, con sus numerosas barcas en seco, el lugarde reunión de toda la gente marinera. Los chiquillos, tendidos sobre elvientre, jugaban a la carteta a la sombra de las embarcaciones; y losviejos, fumando sus pipas de barro traídas de Argel, hablaban de lapesca o de las magníficas expediciones que se hacían en otros tiempos aGibraltar y a la costa de África, antes que al demonio se le ocurrierainventar eso que llaman la Tabacalera.

Los botes ligeros, con sus vientres blancos y azules y el mástilgraciosamente inclinado, formaban una fila avanzada al borde de laplaya, donde se deshacían las olas y una delgada lámina de agua bruñíael suelo cual si fuese de cristal; detrás, con la embetunada panzasobre la arena, estaban las negras barcas del bòu, las parejas queaguardaban el invierno para lanzarse al mar, barriéndolo con su cola deredes; y en último término, los laúdes en reparación, los abuelos, juntoa los cuales agitábanse los calafates, embadurnándoles los flancos concaliente alquitrán, para que otra vez volviesen a emprender sus penosasy monótonas navegaciones por el Mediterráneo: unas veces a las Balearescon sal, otras a la costa de Argel con frutas de la huerta levantina, ymuchas con melones y patatas para los soldados rojos de Gibraltar.

En el curso de un año, la playa cambiaba de vecinos; los laúdes yareparados se hacían a la mar y las embarcaciones de pesca eran armadas ylanzadas al agua; sólo una barca abandonada y sin arboladura permanecíaenclavada en la arena, triste, solitaria, sin otra compañía que la delcarabinero que se sentaba a su sombra.

El sol había derretido su pintura; las tablas se agrietaban y crujíancon la sequedad, y la arena, arrastrada por el viento, había invadidosu cubierta. Pero su perfil fino, sus flancos recogidos y la gallardíade su construcción delataban una embarcación ligera y audaz, hecha paralocas carreras, con desprecio a los peligros del mar. Tenía la tristebelleza de esos caballos viejos que fueron briosos corceles y caenabandonados y débiles sobre la arena de la plaza de toros.

Hasta de nombre carecía. La popa estaba lisa y en los costados ni unaseñal del número de filiación y nombre de la matrícula, un serdesconocido que se moría entre aquellas otras barcas, orgullosas de suspomposos nombres, como mueren en el mundo algunos, sin desgarrar elmisterio de su vida.

Pero el incógnito de la barca sólo era aparente. Todos la conocían enTorresalinas, y no hablaban de ella sin sonreír y guiñar un ojo, como siles recordase algo que excitaba malicioso regocijo.

Una mañana, a la sombra de la barca abandonada, cuando el mar hervíabajo el sol y parecía un cielo de noche de verano, azul y espolvoreadode puntos de luz, un viejo pescador me contó la historia.

—Este falucho—dijo acariciándole con una palmada el vientre seco yarenoso—es El Socarrao, el barco más valiente y más conocido decuantos se hacen al mar desde Alicante a Cartagena.

¡Virgen Santísima!¡El dinero que lleva ganado este condenao!

¡Los duros que han salidode ahí dentro! Lo menos lleva hechos veinte viajes desde Orán a estascostas, y siempre con la panza bien repleta de fardos.

El bizarro y extraño nombre de Socarrao me admiraba algo, y de ello seapercibió el pescador.

—Son motes, caballero; apodos que aquí tenemos, lo mismo los hombresque las barcas. Es inútil que el cura gaste sus latines con nosotros;aquí quien bautiza de veras es la gente. A mí me llaman Felipe; pero sialgún día me busca usted, pregunte por Castelar, pues así me conocen,porque me gusta hablar con las personas y en la taberna soy el único quepuede leer el periódico a los compañeros. Ese muchacho que pasa con elcesto de pescado es Chispas, a su patrón le llaman El Cano, y asíestamos bautizados todos. Los amos de las barcas se calientan elcaletre buscando un nombre bonito para pintarlo en la popa. Una, la Purísima Concepción; otra, Rosa del Mar; aquélla, Los Dos Amigos;pero llega la gente con su manía de sacar motes, y se llaman La Pava, El Lorito, La Medio Rollo, y gracias que no las distingan connombres menos decentes. Un hermano mío tiene la barca más hermosa detoda la matrícula; la bautizamos con el nombre de mi hija: Camila;pero la pintamos de amarillo y blanco, y el día del bautizo se leocurrió decir a un pillo de la playa que parecía un huevo frito. ¿Querráusted creerlo? Sólo con este apodo la conocen.

—Bien—le interrumpí—; pero ¿y El Socarrao?

—Su verdadero nombre era El Resuelto, pero por la prontitud con quemaniobraba y la furia con que acometía los golpes de mar, dieron enllamarle El Socarrao, como a una persona de mal genio... Y ahora vamosa lo que le ocurrió a este pobre Socarraíco hace poco más de un año,la última vez que vino de Orán.

Miró el viejo a todos lados, y convencido de que estábamos solos, dijocon sonrisa bonachona:

—Yo iba en él, ¿sabe usted? Esto no lo ignora nadie en el pueblo; perosi yo se lo digo es porque estamos solos y usted no irá después ahacerme daño. ¡Qué demonio! Haber ido en El Socarrao no es ningunadeshonra. Todo eso de aduanas y carabineros y barquillas de laTabacalera no lo ha creado Dios: lo inventó el gobierno para hacernosdaño a los pobres, y el contrabando no es pecado, sino un medio muyhonroso de ganarse el pan exponiendo la piel en el mar y la libertad entierra.

Oficio de hombres enteros y valientes como Dios manda.

Yo he conocido los buenos tiempos. Cada mes se hacían dos viajes, y eldinero rodaba por el pueblo que era un gusto. Había para todos: para losde uniforme, pobrecitos que no saben cómo mantener su familia con dospesetas, y para nosotros la gente de mar.

Pero el negocio se puso cada vez peor, y El Socarrao hacía sus viajesde tarde en tarde, con mucho cuidado, pues le constaba al patrón quenos tenían entre ojos y deseaban meternos mano.

En la última correría íbamos ocho hombres a bordo. En la madrugadahabíamos salido de Orán, y a mediodía, estando a la altura de Cartagena,vimos en el horizonte una nubecilla negra, y al poco rato un vapor quetodos conocimos. Mejor hubiéramos visto asomar una tormenta. Era elcañonero de Alicante.

Soplaba buen viento. Íbamos en popa, con toda la gran vela de frente yel foque tendido. Pero con estas invenciones de los hombres, la vela yano es nada, y el buen marinero aún vale menos.

No es que nos alcanzaban, no señor. ¡Bueno es El Socarrao para dejarseatrapar teniendo viento! Navegábamos como un delfín, con el cascoinclinado y las olas lamiendo la cubierta; pero en el cañonero apretabanlas máquinas, y cada vez veíamos más grande el barco, aunque no por estoperdíamos mucha distancia. ¡Ah! ¡Si hubiéramos estado a media tarde!Habría cerrado la noche antes que nos alcanzara, y cualquiera nosencuentra en la oscuridad. Pero aún quedaba mucho día, y corriendo a lolargo de la costa era indudable que nos pillarían antes del anochecer.

El patrón manejaba la barra con el cuidado de quien tiene toda sufortuna pendiente de una mala virada. Una nubecilla blanca se desprendiódel vapor y oímos el estampido de un cañonazo.

Como no vimos la bala, comenzamos a reír, satisfechos y hasta orgullososde que nos avisasen tan ruidosamente.

Otro cañonazo, pero esta vez con malicia. Nos pareció que un gran pájaropasaba silbando sobre la barca, y la antena se vino abajo con el cordajeroto y la vela desgarrada. Nos habían desarbolado, y al caer el aparejole rompió una pierna a uno de la tripulación.

Confieso que temblamos un poco. Nos veíamos cogidos, y

¡qué demonio! ira la cárcel como un ladrón por ganar el pan de la familia es algo mástemible que una noche de tormenta. Pero el patrón de El Socarrao eshombre que vale tanto como su barca.

—Chicos, eso no es nada. Sacad la vela nueva. Si sois listos no noscogerán.

No hablaba a sordos, y como listos no había más que pedirnos.

El pobrecompañero se revolvía como una lagartija, tendido en la proa, tentándosela pierna rota, lanzando alaridos y pidiendo por todos los santos untrago de agua: ¡para contemplaciones estaba el tiempo! Nosotrosfingíamos no oírle, atentos únicamente a nuestra faena, separando elcordaje y atando a la antena la vela de repuesto, que izamos a los diezminutos.

El patrón cambió el rumbo. Era inútil resistir en el mar a aquel enemigoque andaba con humo y escupía balas. ¡A tierra, y que fuese lo que Diosquisiera!

Estábamos frente a Torresalinas. Todos éramos de aquí y contábamos conlos amigos. El cañonero, viéndonos con rumbo a tierra, no disparó más.Nos tenía cogidos, y seguro de su triunfo ya no extremaba la marcha. Lagente que estaba en esta playa no tardó en vernos, y la noticia circulópor todo el pueblo. ¡ El Socarrao venía perseguido por un cañonero!

Había que ver lo que ocurrió. Una verdadera revolución: créame usted,caballero. Medio pueblo era pariente nuestro, y los demás comían más omenos directamente del negocio. Esta playa parecía un hormiguero.Hombres, mujeres y chiquillos nos seguían con mirada ansiosa, lanzandogritos de satisfacción al ver cómo nuestra barca, haciendo un últimoesfuerzo, se adelantaba cada vez más a su perseguidor, llevándole unamedia hora de ventaja.

Hasta el alcalde estaba aquí, para servir en lo que fuera bueno.

Y loscarabineros, excelentes muchachos que viven entre nosotros y son casi dela familia, hacíanse a un lado, comprendiendo la situación y noqueriendo perder a unos pobres.

—¡A tierra, muchachos!—gritaba nuestro patrón—. Vamos a embarrancar.Lo que importa es poner en salvo fardos y personas. El Socarrao yasabrá salir de este mal paso.

Y sin plegar casi el trapo, embestimos la playa, clavando la proa en laarena. ¡Señor, qué modo de trabajar! Aún me parece un sueño cuando lorecuerdo. Todo el pueblo se tiró sobre la barca, la tomó por asalto:los chicuelos se deslizaban como ratas en la cala.

—¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡Que vienen los del gobierno!

Los fardos saltaban de la cubierta: caían en el agua, donde los recogíanlos hombres descalzos y las mujeres con la falda entre las piernas; unosdesaparecían por aquí; otros se iban por allá; fue aquello visto y novisto, y en poco rato desapareció el cargamento, como si lo hubieratragado la arena. Una oleada de tabaco inundaba a Torresalinas,filtrándose en todas las casas.

El alcalde intervino paternalmente.

—Hombre, es demasiado—dijo al patrón—. Todo se lo llevan, y loscarabineros se quejarán. Dejad al menos algunos bultos para justificarla aprehensión.

Nuestro amo estaba conforme.

—Bueno; haced unos cuantos bultos con dos fardos de la peor picadura.Que se contenten con eso.

Y se alejó hacia el pueblo, llevándose en el pecho toda la documentaciónde la barca. Pero aún se detuvo un momento, porque aquel diablo dehombre estaba en todo.

—¡Los folios! ¡Borrad los folios!

Parecía que a la barca le habían salido patas. Estaba ya fuera del aguay se arrastraba por la arena en medio de aquella multitud que bullía ytrabajaba, animándose con alegres gritos.

—¡Qué chasco! ¡Qué chasco se llevarán los del gobierno!

El compañero de la pierna rota era llevado en alto por su mujer y sumadre. El pobrecillo gemía de dolor a cada movimiento brusco, pero setragaba las lágrimas y reía también como los otros, viendo que elcargamento se salvaba y pensando en aquel chasco que hacía reír a todos.

Cuando los últimos fardos se perdieron en las calles de Torresalinas,comenzó la rapiña de la barca. El gentío se llevó las velas, las anclas,los remos: hasta desmontamos el mástil, que se cargó en hombros unaturba de muchachos, llevándolo en procesión al otro extremo del pueblo.La barca quedó hecha un pontón, tan pelada como usted la ve.

Y mientras tanto, los calafates, brocha en mano, pinta que pinta. ElSocarrao se desfiguraba como un burro de gitano. Con cuatro brochazosfue borrado el nombre de popa; y de los folios de los costados, de esosmalditos letreros, que son la cédula de toda embarcación, no quedó nirastro.

El cañonero echó anclas al mismo tiempo que desaparecían en la entradadel pueblo los últimos despojos de la barca. Yo me quedé en este sitio,queriendo verlo todo, y para mayor disimulo ayudaba a unos amigos queechaban al mar una lancha de pesca.

El cañonero envió un bote armado, y saltaron a tierra no sé cuántoshombres con fusil y bayoneta. El contramaestre, que iba al frente,juraba furioso mirando a El Socarrao y a los carabineros, que sehabían apoderado de él.

Todo el vecindario de Torresalinas se reía a aquellas horas, celebrandoel chasco, y aún hubiera reído más, viendo, como yo, la cara que poníaaquella gente al encontrar por todo cargamento unos cuantos bultos detabaco malo.

—¿Y qué pasó después?—pregunté al viejo—. ¿No castigaron a nadie?

—¿A quién? Únicamente podían castigar al pobre Socarrao, que quedóprisionero. Se ensució mucho papel y medio pueblo fue a declarar; peronadie sabía nada. ¿De qué matrícula era el barco? Silencio; nadie lehabía visto los folios. ¿Quiénes lo tripulaban? Unos hombres que alvarar habían echado a correr tierra adentro. Y nadie sabía más.

—¿Y el cargamento?—dije yo.

—Lo vendimos completo. Usted no sabe lo que es la pobreza.

Cuandoembarrancamos, cada uno agarró el fardo que tenía más a mano y echó acorrer para esconderlo en su casa. Pero al día siguiente estaban todos adisposición del patrón: no se perdió ni una libra de tabaco. Los queexponen la vida por el pan y todos los días le ven la cara a la muerte,están más libres de tentaciones que los otros...

—Desde entonces—continuó el viejo—que está aquí preso el pobre Socarrao. Pero no tardará en hacerse a la mar con su antiguo amo.Parece que ha terminado el papeleo; lo sacarán a subasta, y se loquedará el patrón por lo que quiera dar.

—¿Y si otro da más?

—¿Y quién ha de ser ese? ¿Somos acaso bandidos? Todo el pueblo sabequién es el verdadero amo de la barca abandonada, y nadie tiene tan malcorazón que intente perjudicarle. Aquí hay mucha honradez. A cada uno loque sea suyo: el mar, que es de Dios, para nosotros los pobres, quehemos de sacar el pan de él, aunque no quiera el gobierno.

El maniquí

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Nueve años habían transcurrido desde que Luis Santurce se separó de sumujer. Después la había visto envuelta en sedas y tules en el fondo deelegante carruaje, pasando ante él como un relámpago de belleza, o lahabía adivinado desde el paraíso del Real, allá abajo, en un palco,rodeada de señores que se disputaban el murmurar algo a su oído parahacer gala de una intimidad sonriente.

Estos encuentros removían en él todo el sedimento de la pasada ira:había huido siempre de su mujer como enfermo que teme el recrudecimientode sus dolencias, y sin embargo, ahora iba a su encuentro, a verla yhablarla en aquel hotel de la Castellana, cuyo lujo insolente era eltestimonio de su deshonra.

Los rudos movimientos del coche de alquiler parecían hacer saltar losrecuerdos del pasado de todos los rincones de su memoria.

Aquella

vidaque

no

quería

recordar,

iba

desarrollándose ante sus ojos cerrados: suluna de miel de empleado modesto casado con una mujer bonita y educada,hija de una familia venida a menos; la felicidad de aquel primer añode pobreza endulzado por el cariño; después, las protestas de Enriquetarevolviéndose contra la estrechez; el sordo disgusto al oírse llamarhermosa por todos y verse humildemente vestida; los disgustos surgiendopor el más leve motivo; las reyertas a media noche en la alcobaconyugal; las sospechas royendo poco a poco la confianza del marido, yde repente el ascenso inesperado, el bienestar material colándose porlas puertas, primero tímidamente, como evitando el escándalo; despuéscon insolente ostentación, como creyendo entrar en un mundo de ciegos,hasta que ya por fin Luis tuvo la prueba indudable de su desgracia. Seavergonzaba al recordar su debilidad. No era un cobarde, estaba segurode ello, pero le faltaba voluntad o la amaba demasiado, y por esto,cuando tras un vergonzoso espionaje se convenció de su deshonra, sólosupo levantar la crispada mano sobre aquella hermosa cara de muñecapálida, y acabó por no descargar el golpe. Sólo tuvo fuerzas paraarrojarla de la casa y llorar como un niño abandonado apenas cerró lapuerta.

Después, la soledad completa, la monotonía del aislamiento, interrumpidapor noticias que le hacían daño. Su mujer viajaba por el centro deEuropa como una princesa; un millonario la había lanzado; aquella erasu verdadera existencia, para aquello había nacido. Todo un inviernollamó la atención en París; los periódicos hablaban de la hermosaespañola; sus triunfos en las playas de moda eran ruidosos, se buscabacomo un honor arruinarse por ella, y varios duelos y ciertos rumores desuicidio formaban en torno de su nombre un ambiente de leyenda.

Despuésde tres años de correría triunfal, volvió a Madrid, acrecentada suhermosura por el extraño encanto del cosmopolitismo. Ahora la protegíael más rico negociante de España, y en su espléndido hotel reinabasobre una corte sólo de hombres: ministros, banqueros, políticosinfluyentes, personajes de todas clases que buscaban su sonrisa como lamejor de sus condecoraciones.

Tan grande era su poder, que hasta Luis creía sentirlo en torno de supersona, viendo que se sucedían las situaciones políticas sin que letocasen su empleo. El miedo a combatir por el sostenimiento de la vidale hacía aceptar aquella situación, en la que adivinaba la mano ocultade Enriqueta. Solo y condenado a trabajar para vivir, sentía, sinembargo, la vergüenza del miserable que tiene como único mérito seresposo de una mujer hermosa. Todo su valor consistía en huir cuando laencontraba a su paso, insolente y triunfadora en su deshonra; huirperseguido por aquellos ojos que se fijaban en él con sorpresa,perdiendo su altivez de mujer codiciada.

Un día recibió la visita de un cura viejo y de aspecto tímido; el mismoque ahora iba sentado junto a él en el coche. Era el confesor de sumujer. ¡Bien había sabido escogerlo! Un señor bondadoso, de cortosalcances. Cuando dijo quién le enviaba, Luis no pudo contenerse:«¡Valiente tal!», y soltó redondo el insulto. Pero imperturbable el buenviejo, como quien trae aprendido el discurso y lo teme olvidar si tardaen soltarlo, le habló de Magdalena pecadora; del Señor, que siendo quienera, la había perdonado; y pasando al estilo llano y natural, contó latransformación sufrida por Enriqueta. Estaba enferma; apenas si salía desu hotel; una enfermedad que roía sus entrañas, un cáncer al que habíaque domar con continuas inyecciones de morfina para que no la hicieradesfallecer y rugir de dolor con sus crueles arañazos. La desgracia lahabía hecho volver sus ojos a Dios; se arrepentía del pasado, queríaverle...

Y él, el hombre cobarde, saltaba de gozo al oír esto, con lasatisfacción del débil que se ve vengado. ¡Un cáncer!... ¡El malditolujo que se pudría dentro de ella, haciéndola morir en vida! Y siempretan hermosa, ¿verdad? ¡Qué dulce venganza!...

No; no iría a verla. Erainútil que el cura buscase argumentos.

Podía visitarle cuando quisieray darle noticias de su mujer: aquello le alegraba mucho; ahoracomprendía por qué los hombres son malos.

Desde entonces el cura le visitaba casi todas las tardes, para fumarunos cuantos cigarros, hablando de Enriqueta, y alguna vez salíanjuntos, paseando por las afueras de Madrid como antiguos amigos.

La enfermedad avanzaba rápidamente; Enriqueta estaba convencida de queiba a morir. Quería verle para implorar su perdón; así lo pedía, contono de niña caprichosa y enferma que exige un juguete. Hasta el otro,el protector poderoso, dócil a pesar de su omnipotencia, le suplicaba alcura que llevase al hotel al marido de Enriqueta. El buen viejo hablabacon fervor de la conmovedora conversión de la señora, aunque confesandoque el maldito lujo, perdición de tantas almas, todavía la dominaba.

Laenfermedad la tenía prisionera en su casa; pero en los momentos decalma, cuando el pícaro dolor no la hacía ir de un lado a otro como unaloca, hojeaba catálogos y figurines de París, escribía a sus proveedoresde allá, y rara era la semana en que no llegaban cajones con lasúltimas novedades: trajes, sombreros y joyas que, después decontemplados y manoseados un día en el cerrado dormitorio, caían en losrincones o se ocultaban para siempre en los armarios, como juguetesinútiles.

Por todos estos caprichos pasaba el otro, con tal de ver aEnriqueta sonriente.

Estas continuas confidencias hacían penetrar lentamente a Luis en lavida de su mujer; seguía de lejos el curso de su enfermedad y no pasabadía sin que mentalmente se rozase con aquel ser, del que se habíaapartado para siempre.

Una tarde se presentó el cura con desusada energía. Aquella señoraestaba en las últimas, le llamaba a gritos; era un crimen negar elúltimo consuelo a una moribunda, y él no lo consentía.

Sentíase capaz dellevárselo a viva fuerza. Luis, vencido por la voluntad del viejo, sedejó arrastrar y subió a un coche, insultándose mentalmente, pero sinfuerzas para retroceder...

¡Cobarde! ¡Cobarde para siempre!

En pos de la negra sotana atravesó el jardín del hotel que tantas veces,al pasar por el inmediato paseo, había espiado con miradas de odio... Yahora, nada; ni odio ni dolor: un vivo sentimiento de curiosidad, comoel que entra en país desconocido, paladeando anticipadamente lasmaravillas que espera ver.

Dentro del hotel la misma impresión de curiosidad y asombro.

¡Ah,miserable! ¡Cuántas veces, en los ensueños de su voluntad impotente, sehabía visto entrando en aquella casa como un marido de drama, el arma enla mano para matar a la esposa infiel, y destrozando después, como unafiera loca, los muebles costosos, los ricos cortinajes, las mullidasalfombras! Y ahora la blandura que sentía bajo sus pies, los belloscolores por los que resbalaba su mirada, las flores que le saludaban consu perfume desde los rincones, causábanle una embriaguez de eunuco, ysentía impulsos de tenderse en aquellos muebles, de tomar posesión, comosi le pertenecieran, por ser de su mujer. Ahora comprendía lo que era lariqueza y con qué fuerza pesaba sobre sus esclavos. Estaba ya en elprimer piso, y ni siquiera había percibido, en la calma solemne delhotel, ninguno de esos detalles con que se revela la muerte al entrar enuna casa.

Vio criados tras cuya máscara impasible creyó percibir un gesto decuriosidad insolente: una doncella le saludó con enigmática sonrisa, queno se sabía si era de simpatía o de burla para «el marido de la señora»;creyó distinguir en una habitación inmediata un señor que se ocultaba(tal vez era el otro); y aturdido por aquel mundo nuevo, atravesó unapuerta, empujado suavemente por su guía.

Estaba en el dormitorio de la señora: una habitación sumida en suavepenumbra, que rasgaba una faja de sol filtrándose por un balcónentreabierto.

En medio de este rayo de luz estaba una mujer erguida, esbelta,sonrosada, vestida con un hermoso traje de soirée, las nacaradasespaldas surgiendo de entre nubes de blondas, y el pecho y la cabezadeslumbrantes con el centelleo de las joyas.

Luis retrocedió asombrado,protestando de la farsa. ¿Aquella era la enferma? ¿Le habían llamadopara insultarle?

—¡Luis... Luis!...—gimió tras él una voz débil, con entonacióninfantil y suave, que le recordaba el pasado, los mejores instantes desu vida.

Sus ojos, acostumbrados ya a la oscuridad, vieron en el fondo de lahabitación algo monumental e imponente como un altar: una cama congradas, y en la cual, bajo los ondulantes cortinajes, se incorporabatrabajosamente una figura blanca.

Entonces se fijó en la mujer inmóvil, que parecía esperarle con suesbelta rigidez y sus ojos de vaga mirada, como empañados por lágrimas.Era un artístico maniquí que guardaba cierta semejanza con Enriqueta. Laservía para poder contemplar mejor aquellas novedades que continuamenterecibía de París. Era el único actor de las representaciones deelegancia y riqueza que se daba a solas para remedio de su enfermedad.

—¡Luis... Luis!...—volvió a gemir la vocecita desde el fondo de lacama.

Tristemente fue Luis hacia ella para verse agarrado por unos brazos quele apretaron convulsivamente y sentir una boca ardorosa que buscaba lasuya, implorando perdón, al mismo tiempo que en una mejilla recibía latibia caricia de las lágrimas.

—Di que me perdonas; dilo, Luis, y tal vez no me muera.

Y el marido, que instintivamente intentaba repelerla, acabó porabandonarse entre aquellos brazos, repitiendo sin darse cuenta lasmismas palabras cariñosas de los tiempos felices. Ante sus ojos,habituados a la oscuridad, iba marcándose con todos sus detalles elrostro de su mujer.

—¡Luis, Luis mío!—decía ella sonriendo en medio de las lágrimas—.¿Cómo me encuentras? Ya no soy tan hermosa como en nuestros tiempos defelicidad... cuando yo aún no era loca.

Dime, ¡por Dios! dime qué teparezco.

Su marido la miraba con asombro. Hermosa, siempre hermosa, aquellabelleza infantil e ingenua que tan temible la hacía. La muerte aún noestaba allí: únicamente por entre el suave perfume de aquella carnesoberana, de aquel lecho majestuoso, parecía deslizarse un vaho sutil ylejano de materia muerta, algo que delataba la interior descomposiciónque se mezclaba en sus besos.

Luis adivinó la presencia de alguien detrás de él. Un hombre estaba apocos pasos, contemplándolos con expresión confusa, como atraído allípor un impulso superior a la voluntad que le avergonzaba. El marido deEnriqueta conocía, como media nación, la austera cara de aquel señor yaentrado en años, hombre de sanos principios, gran defensor de la moralpública.

—¡Dile que se vaya, Luis!—gritó la enferma—. ¿Qué hace ahí esehombre? Yo sólo te quiero a ti... sólo quiero a mi marido.

Perdóname...fue el lujo, el maldito lujo: necesitaba dinero, mucho dinero; peroamar... sólo a ti.

Enriqueta lloraba mostrando su arrepentimiento, y aquel hombre llorabatambién, débil y humilde ante el desprecio.

Luis, que tantas veces había pensado en él con arrebatos de cólera, yque al verle había sentido impulsos de arrojarse a su cuello, acabó pormirarle con simpatía y respeto. ¡También la amaba! Y la comunidad en elafecto, en vez de repelerlos, ligaba al marido y al otro con unasimpatía extraña.

—Que se vaya, que se vaya—repetía la enferma con una terquedadinfantil.

Y su marido miraba al hombre poderoso con expresión suplicante, como sipidiera perdón para su mujer, que no sabía lo que decía.

—Vamos, doña Enriqueta—dijo desde el fondo de la habitación la voz delcura—. Piense usted en sí misma y en Dios: no incurra en el pecado desoberbia.

Los dos hombres, el marido y el protector, acabaron por sentarse juntoal lecho de la enferma. El dolor la hacía rugir, había que darlafrecuentes inyecciones, y los dos acudían solícitos a su cuidado. Variasveces se tropezaron sus manos al incorporar a Enriqueta, y no los separóuna repulsión instintiva; antes bien, se ayudaban con efusión fraternal.

Luis encontraba cada vez más simpático a aquel buen señor, de trato tanllano a pesar de sus millones, y que lloraba a su mujer más aún que él.Durante la noche, cuando la enferma descansaba bajo la acción de lamorfina, los dos hombres, compenetrados por aquella velada desufrimientos, conversaban en voz baja, sin que en sus palabras se notarael menor dejo de remoto odio. Eran como hermanos reconciliados por elamor.

Al amanecer murió Enriqueta repitiendo: «¡Perdón! ¡perdón!»

Pero suúltima mirada no fue para el marido. Aquel hermoso pájaro sin sesolevantó el vuelo para siempre acariciando con los ojos el maniquí deeterna sonrisa y mirada vidriosa; el ídolo del lujo, que erguía cercadel balcón su cabeza hueca, sobre la cual, con infernal fulgor,centelleaban los brillantes, heridos por la azulada luz del alba.

La paella del «roder»

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Fue un día de fiesta para la cabeza del distrito la repentina visita deldiputado, un señorón de Madrid, tan poderoso para aquellas buenasgentes, que hablaban de él como de la Santísima Providencia. Hubo gran paella en el huerto del alcalde; un festín pantagruélico, amenizadopor la banda del pueblo y contemplado por todas las mujeres ychiquillos, que asomaban curiosos tras las tapias.

La flor del distrito estaba allí: los curas de cuatro o cinco pueblos,pues el diputado era defensor del orden y los sanos principios; losalcaldes y todos los muñidores que en tiempos de elección trotaban porlos caminos trayéndole a don José las actas incólumes para que manchasesu blanca virginidad con cifras monstruosas.

Entre las sotanas nuevas y los trajes de fiesta oliendo a alcanfor y conlos pliegues del arca, destacábanse majestuosos los lentes de oro y elnegro chaqué del diputado; pero a pesar de toda su prosopopeya, laProvidencia del distrito apenas si llamaba la atención.

Todas las miradas eran para un hombrecillo con calzones de pana y negropañuelo en la cabeza, enjuto, bronceado, de fuertes quijadas, y quetenía al lado un pesado retaco, no cambiando de asiento sin llevar trassí la vieja arma, que parecía un adherente de su cuerpo.

Era el famoso Quico Bolsón, el héroe del distrito, un roder contreinta años de hazañas, al que miraba la gente joven con terror casisupersticioso, recordando su niñez, cuando las madres decían parahacerles callar: «¡Que viene Bolsón

A los veinte años tumbó a dos por cuestión de amores; y después al montecon el retaco, a hacer la vida de roder, de caballero andante de lasierra. Más de cuarenta procesos estaban en suspenso, esperando quetuviera la bondad de dejarse coger.

¡Pero bueno era él! Saltaba comouna cabra, conocía todos los rincones de la sierra, partía de un balazouna moneda en el aire, y la Guardia civil, cansada de correríasinfructuosas, acabó por no verle.

Ladrón... eso nunca. Tenía sus desplantes de caballero; comía en elmonte lo que le daban por admiración o miedo los de las masías, y sisalía en el distrito algún ratero, pronto le alcanzaba su retaco; éltenía su honradez y no quería cargar con robos ajenos. Sangre... eso sí,hasta los codos. Para él un hombre valía menos que una piedra delcamino; aquella bestia feroz usaba magistralmente todas las suertes dematar al enemigo: con bala, con navaja; frente a frente, si teníanagallas para ir en su busca; a la espera y emboscado, si eran tanrecelosos y astutos como él.

Por celos había ido suprimiendo a los otros roders que infestaban la sierra; en los caminos, uno hoy y otromañana, había asesinado a antiguos enemigos, y muchas veces bajó a lospueblos en domingo para dejar tendidos en la plaza, a la salida de lamisa mayor, a alcaldes o propietarios influyentes.

Ya no le molestaban ni le perseguían. Mataba por pasión política ahombres que apenas conocía, por asegurar el triunfo de don José, eternorepresentante del distrito. La bestia feroz era, sin darse cuenta deello, una garra del gran pólipo electoral que se agitaba allá lejos, enel Ministerio de la Gobernación.

Vivía en un pueblo cercano, casado con la mujer que le impulsó a matarpor vez primera, rodeado de hijos, paternal, bondadoso, fumando cigarroscon la Guardia civil, que obedecía órdenes superiores, y cuando a raízde alguna hazaña había que fingir que le perseguían, pasaba algunos díascazando en el monte, entreteniendo su buen pulso de tirador.

Había que ver cómo le obsequiaban y atendían durante la paella losnotables del distrito. « Bolsón, este pedazo de pollo; Bolsón, untrago de vino.» Y hasta los curas, riendo con un ¡jo jo! bondadosote,le daban palmaditas en la espalda, diciendo paternalmente: « ¡AyBolsonet, qué mal eres! »

Por él se celebraba aquella fiesta. Sólo por él se había detenido en lacabeza del distrito el majestuoso don José, de paso para Valencia.Quería tranquilizarle y que cesase en sus quejas, cada vez másalarmantes.

Como premio por sus atropellos en las elecciones, le había prometido elindulto, y Bolsón, que se sentía viejo y ansiaba vivir tranquilo comoun labrador honrado, obedecía al señor todopoderoso, creyendo en surudeza que cada barbaridad, cada crimen, aceleraba su perdón.

Pero pasaban los años, todo eran promesas, y el roder, creyendofirmemente en la omnipotencia del diputado, achacaba a desprecio odescuido la tardanza del indulto.

La sumisión trocose en amenaza, y don José sintió el miedo del domadorante la fiera que se rebela. El roder le escribía a Madrid todas lassemanas con tono amenazador. Y estas cartas, garrapateadas por lasangrienta zarpa de aquel bruto, acabaron por obsesionarle, porobligarle a marchar al distrito.

Había que verles después de la paella, hablando en un rincón delhuerto; el diputado, obsequioso y amable. Bolsón, cejijunto ymalhumorado.

—He venido sólo por verte—decía don José, recalcando el honor que leconcedía con su visita—. ¿Pero qué son esas prisas?

¿No estás bien,querido Quico? Te he recomendado al gobernador de la provincia; laGuardia civil nada te dice... ¿qué te falta?

Nada y todo. Es verdad que no le molestaban, pero aquello era inseguro,podían cambiar los tiempos y tener que volver al monte. Él quería loprometido: el indulto, ¡recordóns! Y

formulaba su pretensión tanpronto en valenciano como en un castellano de pronunciaciónininteligible.

—Lo tendrás, hombre, lo tendrás. Está al caer; un día de estos será.

Sonrió Bolsón con ironía cruel. No era tan bruto como le creían. Habíaconsultado a un abogado de Valencia, que se había reído de él y delindulto. Tenía que dejarse coger, cargarse con paciencia los doscientoso trescientos años que podrían salirle en innumerables sentencias, ycuando hubiese extinguido una parte de presidio, como quien dice de aquía cien años, podría venir el tal indulto. ¡Recristo! Basta de broma: deél no se burlaba nadie.

El diputado se inmutó viendo casi perdida la confianza del roder.

—Ese abogado es un ignorante. ¿Crees tú que para el gobierno hay algoimposible? Cuenta con que pronto saldrás de penas: te lo juro.

Y le anonadó con su charla; le encantó con su palabrería, conociendo deantiguo el poder de sus habilidades de parlanchín sobre aquella cabezafosca.

Recobró el roder poco a poco su confianza en el diputado.

Esperaría;pero un mes nada más. Si después de este plazo no llegaba el indulto, noescribiría, no molestaría más. Él era un diputado, un gran señor, peropara las balas sólo hay hombres.

Y despidiéndose con esta amenaza, requirió el retaco y saludó a toda lareunión. Regresaba a su pueblo; quería aprovechar la tarde, pues hombrescomo él sólo corren los caminos de noche cuando hay necesidad.

Le acompañaba el carnicero de su pueblo, un mocetón admirador de sufuerza y su destreza, un satélite que le seguía a todas partes.

El diputado los despidió con afabilidad felina.

—Adiós, querido Quico—dijo estrechando la mano del roder—. Calma,que pronto saldrás de penas. Que estén buenos tus chicos: y dile a tumujer que aún recuerdo lo bien que me trató cuando estuve en vuestracasa.

El roder y su acólito tomaron asiento en la tartana de su pueblo,entre tres vecinas que saludaron con afecto al siñor Quico y unoscuantos chicuelos que pasaban las manos por el cargado retaco como sifuese una santa imagen.

La tartana avanzaba dando tumbos por entre los huertos de naranjos,cargados de flor de azahar. Brillaban las acequias, reflejando el dulcesol de la tarde, y por el espacio pasaba la tibia respiración de laprimavera impregnada de perfumes y rumores.

Bolsón iba contento. Cien veces le habían prometido el indulto, peroahora era de veras. Su admirador y escudero le oía silencioso.

Vieron en el camino una pareja de la Guardia civil, y Bolsón la saludóamigablemente.

En una revuelta apareció una segunda pareja, y el carnicero moviose ensu asiento como si le pinchasen. Eran muchas parejas en camino tancorto. El roder le tranquilizó. Habían concentrado la fuerza deldistrito por el viaje de don José.

Pero un poco más allá encontraron la tercera pareja, que, como lasanteriores, siguió lentamente al carruaje, y el carnicero no pudocontenerse más. Aquello le olía mal. ¡ Bolsón, aún era tiempo! A bajaren seguida; a huir por entre los campos hasta ganar la sierra. Si nadaiba con él, podía volver por la noche a casa.

Sí, siñor Quico, sí—decían las mujeres asustadas.

Pero el siñor Quico se reía del miedo de aquellas gentes.

Arrea, tartanero... arrea.

Y la tartana siguió adelante, hasta que de repente saltaron al caminoquince o veinte guardias, una nube de tricornios con un viejo oficial alfrente. Por las ventanillas entraron las bocas de los fusiles apuntandoal roder, que permaneció inmóvil y sereno, mientras que mujeres ychiquillos se arrojaban chillando al fondo del carruaje.

Bolsón, baja o te matamos—dijo el teniente.

Bajó el roder con su satélite, y antes de poner pie en tierra ya lehabían quitado sus armas. Aún estaba impresionado por la charla de suprotector, y no pensó en hacer resistencia por no imposibilitar sufamoso indulto con un nuevo crimen.

Llamó al carnicero, rogándole que corriese al pueblo para avisar a donJosé. Sería un error, una orden mal dada.

Vio el mocetón cómo se le llevaban a empujones a un naranjal inmediato,y salió corriendo camino abajo por entre aquellas parejas, que cerrabanla retirada a la tartana.

No corrió mucho. Montado en su jaco encontró a uno de los alcaldes quehabían estado en la fiesta... ¡Don José! ¿Dónde estaba don José?

El rústico sonrió como si adivinara lo ocurrido... Apenas se fue Bolsón, el diputado había salido a escape para Valencia.

Todo lo comprendió el carnicero: la fuga, la sonrisa de aquel tío y lamirada burlona del viejo teniente cuando el roder pensaba en suprotector, creyendo ser víctima de una equivocación.

Volvió corriendo al huerto, pero antes de llegar, una nubecilla blanca yfina como vedija de algodón se elevó sobre las copas de los naranjos, ysonó una detonación larga y ondulada, como si se rasgase la tierra.

Acababan de fusilar a Bolsón.

Le vio de espaldas sobre la roja tierra, con medio cuerpo a la sombra deun naranjo, ennegrecido el suelo con la sangre que salía a borbotones desu cabeza destrozada. Los insectos, brillando al sol como botones deoro, balanceábanse ebrios de azahar en torno de sus sangrientos labios.

El discípulo se mesó los cabellos. ¡Recristo! ¿Así se mataba a loshombres que son hombres?

El teniente le puso una mano en el hombro.

—Tú, aprendiz de roder, mira cómo mueren los pillos.

El aprendiz se revolvió con fiereza, pero fue para mirar a lo lejos,como si a través de los campos pudiera ver el camino de Valencia, y susojos, llenos de lágrimas, parecían decir: «Pillo, sí; pero más pillo esel que huye.»

En la boca del horno

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Como en Agosto Valencia entera desfallece de calor, los trabajadores delhorno se asfixiaban junto a aquella boca, que exhalaba el ardor de unincendio.

Desnudos, sin otra concesión a la decencia que un blanco mandil,trabajaban cerca de las abiertas rejas, y aun así, su piel inflamadaparecía liquidarse con la transpiración, y el sudor caía a gotas sobrela pasta, sin duda para que, cumpliéndose a medias la maldición bíblica,los parroquianos, ya que no con el sudor propio, se comieran el panempapado en el ajeno.

Cuando se descorría la mampara de hierro que tapaba el horno, las llamasenrojecían las paredes, y su reflejo, resbalando por los tableroscargados de masa, coloreaba los blancos taparrabos y aquellos pechosatléticos y bíceps de gigante, que, espolvoreados de harina y brillantesde sudor, tenían cierta apariencia femenil.

Las palas se arrastraban dentro del horno, dejando sobre las ardientespiedras los pedazos de pasta, o sacando los panes cocidos, de rubiacorteza, que esparcían un humillo fragante de vida; y mientras tanto,los cinco panaderos, inclinados sobre las largas mesas, aporreaban lamasa, la estrujaban como si fuese un lío de ropa mojada y retorcida y lacortaban en piezas; todo sin levantar la cabeza, hablando con vozentrecortada por la fatiga y entonando canciones lentas y monótonas, quemuchas veces quedaban sin terminar.

A lo lejos sonaba la hora cantada por los serenos, rasgando vibrante labochornosa calma de la noche estival; y los trasnochadores que volvíandel café o del teatro deteníanse un instante ante las rejas para ver ensu antro a los panaderos, que, desnudos, visibles únicamente de cinturaarriba, y teniendo por fondo la llameante boca del horno, parecíanánimas en pena de un retablo del purgatorio; pero el calor, el intensoperfume del pan y el vaho de aquellos cuerpos, dejaban pronto las rejaslibres de curiosos y se restablecía la calma en el obrador.

Era entre los panaderos el de más autoridad Tono el Bizco, un mocetónque tenía fama por su mal carácter e insolencia brutal; y eso que lagente del oficio no se distinguía por buena.

Bebía, sin que nunca le temblasen las piernas ni menos los brazos; antesbien, a éstos les entraba con el calor del vino un furor por aporrear,cual si todo el mundo fuese una masa como la que aporreaban en el horno.En los ventorrillos de las afueras temblaban los parroquianos pacíficos,como si se aproximara una tempestad, cuando le veían llegar de meriendaal frente de una cuadrilla de gente del oficio, que reía todas susgracias. Era todo un hombre. Paliza diaria a la mujer; casi todo eljornal en su bolsillo, y los chiquillos descalzos y hambrientos,buscando con ansia las sobras de la cena de aquella cesta que por lasnoches se llevaba al horno. Aparte de esto, un buen corazón, que segastaba el dinero con los compañeros, para adquirir el derecho deatormentarlos con sus bromas de bruto.

El dueño del horno le trataba con cierto miramiento, como si le temiera,y los camaradas de trabajo, pobres diablos cargados de familia, seevitaban compromisos sufriéndolo con sonrisa amistosa.

En el obrador, Tono tenía su víctima: el pobre Menut, un muchachoenclenque que meses antes aún era aprendiz, y al que los camaradasreprendían por el excesivo afán de trabajo que mostraba siempre,ansiando un aumento de jornal para poder casarse.

¡Pobre Menut! Todos los compañeros, influidos por esa adulacióninstintiva en los cobardes, celebraban alborozados las bromas que Tonose permitía con él. Al buscar sus ropas terminado el trabajo,encontrábase en los bolsillos cosas nauseabundas; recibía en plenorostro bolas de pasta, y siempre que el mocetón pasaba por detrás de él,dejaba caer sobre su encorvado espinazo la poderosa manaza, como si sedesplomara medio techo.

El Menut callaba resignado. ¡Ser tan poquita cosa ante los puños deaquel bruto, que le había tomado como un juguete!

Un domingo por la noche, Tono llegó muy alegre al horno.

Había merendadoen la playa; sus ojos tenían un jaspeado sanguinolento, y al respirar loimpregnaba todo de ese hedor de chufas que delata una pesada digestiónde vino.

¡Gran noticia! Había visto en un merendero al Menut, a aquel ganso quetenía delante. Iba con su novia: una gran chica. ¡Vaya con el gusanotísico! Bien había sabido escoger.

Y entre las risotadas de sus compañeros, describía a la pobre muchachacon minuciosidad vergonzosa, como si la hubiera desnudado con la mirada.

El Menut no levantaba la cabeza, absorto en su trabajo; pero estabapálido, como si dentro del estómago se revolviera la meriendamordiéndole. No era el de todas las noches: también él olía a chufas, yvarias veces sus ojos, apartándose de la masa, se encontraron con lamirada bizca y socarrona del tirano. De él podía decir cuanto quisiera:estaba acostumbrado; ¿pero hablar de su novia?... ¡Cristo!...

El trabajo resultaba aquella noche más lento y fatigoso.

Pasaban lashoras sin que adelantasen gran cosa los brazos, torpes y cansados por lafiesta, a los que la masa parecía resistirse.

Aumentaba el calor: un ambiente de irritación se esparcía en torno delos panaderos, y Tono, que era el más furioso, se desahogaba conmaldiciones. ¡Así se volviera veneno todo el pan de aquella noche!Rabiar como perros a la hora en que todo el mundo duerme, para podercomer al día siguiente unos cuantos pedazos de aquella masa indecente.¡Vaya un oficio!

Y enardecido por la constancia con que trabajaba el Menut, laemprendió con él, volviendo a sacar a ruedo la belleza de su novia.

Debía casarse pronto. Les convenía a los amigos. Como él era un bendito,un cualquier cosa, sin pelo de hombre siquiera... los compañeros,¿eh?... Los buenos mozos como él harían el favor...

Y antes de terminar la frase guiñaba expresivamente sus ojos bizcos,provocando la carcajada brutal de todos los camaradas.

Pero duró poco laalegría. El joven había lanzado un voto redondo, al mismo tiempo que unacosa enorme y pesada pasó silbando como un proyectil por encima de lamesa, haciendo desaparecer la cabeza de Tono, el cual vaciló y se agarróa los tableros, doblándose sobre una rodilla.

El Menut, con una fuerza nerviosa, jadeante el angosto pecho ytrémulos los brazos, le había arrojado a la cabeza todo un montón demasa, y el mocetón, aturdido por el golpe, no sabía cómo despojarse deaquella máscara pegajosa y asfixiante.

Le ayudaron los compañeros. El golpe le había destrozado la nariz, y unhilillo de sangre teñía la blanca pasta. Pero Tono no se fijaba en ello,revolviéndose como un loco entre los brazos de sus compañeros y pidiendoa gritos que le soltasen. En eso pensaban. Todos habían visto que aquelmaldito, en vez de abalanzarse sobre el Menut, intentaba llegar hastael rincón donde colgaban sus ropas, buscando, sin duda, la famosa faca,tan conocida en las tabernas de las afueras.

Hasta el encargado del horno dejó quemarse una fila de panes para ayudara contenerle, y nadie pensaba sujetar al agresor, convencidos todos deque el infeliz no había de pasar de su primer arrebato.

Apareció el dueño del horno. ¡Qué oído el de aquel tío! Le habíandespertado los gritos y el pataleo, y allí estaba, casi en pañosmenores.

Todos volvieron a su trabajo, y la sangre de Tono desapareció en lasentrañas de la pasta, vuelta a sobar.

El mocetón mostrábase benévolo, con una bondad que daba frío. No habíaocurrido nada: una broma de las que se ven todos los días. Cosas dechicos, que los hombres deben perdonar. Y era sabido... ¡entrecompañeros!...

Y siguió trabajando, pero con más ardor, sin levantar la cabeza,deseando acabar cuanto antes.

El Menut miraba a todos fijamente y se encogía de hombros con ciertaarrogancia, como si, rota ya su timidez, le costara trabajo volver arecobrarla.

Tono fue el primero en vestirse y salió acompañado hasta la puerta porlos buenos consejos del amo, que él agradecía con cabezadas deaprobación.

Cuando se fue el Menut, media hora después, los camaradas leacompañaron. Le hicieron mil ofrecimientos. Ellos se encargarían deajustar las paces por la noche; pero mientras tanto, quieto en casa, y aevitar un mal encuentro, no saliendo en todo el día.

Despertábase la ciudad. El sol enrojecía los aleros; retirábanse enbusca del relevo los guardias de la noche, y en las calles sólo se veíanlas huertanas cargadas de cestas camino del Mercado.

Los panaderos abandonaron al Menut en la puerta de su casa.

Vio cómose alejaban, y aún permaneció un rato inmóvil, con la llave en lacerraja, como si gozara viéndose solo y sin protección. Por fin se habíaconvencido de que era un hombre; ya no sentía crueles dudas y sonreíasatisfecho al recordar el aspecto del mocetón cayendo de rodillas ychorreando sangre.

¡Granuja!... ¡Hablar tan libremente de su novia! No;no quería arreglos con él.

Al dar la vuelta a la llave oyó que le llamaban:

¡Menut! ¡Menut!

Era Tono, que salía de detrás de una esquina. Mejor: le esperaba. Yjunto con un temblorcillo instintivo, experimentó cierta satisfacción.Le dolía que le perdonasen el golpe, como si fuera él un irresponsable.

Al ver la actitud agresiva de Tono, púsose en guardia, como un gallitoencrespado, pero los dos se contuvieron, notando que llamaban laatención de algunos albañiles que con el saquito al hombro pasabancamino del andamio.

Se hablaron en voz baja, con frialdad, como dos buenos amigos, perocortando las palabras como si las mordieran. Tono venía a arreglarrápidamente el asunto: todo se reducía a decirse dos palabritas en sitioretirado. Y como hombre generoso, incapaz de ocultar la extensión de laentrevista, preguntó al muchacho:

¿Pòrtes ferramenta?

¿Él herramienta? No era de los guapos que van a todas horas con lanavaja sobre los riñones. Pero tenía arriba un cuchillo que fue de supadre, e iba por él: un momento de espera nada más. Y

abriendo elportal, se lanzó por la angosta escalerilla, llegando en un vuelo a lomás alto.

Bajó a los pocos minutos, pero pálido e inquieto. Le había recibido sumadre, que estaba arreglándose para ir a misa y al Mercado. La pobrevieja extrañaba aquella salida, y había tenido que engañarla con penosasmentiras. Pero ya estaba él allí con todo su arreglo. Cuando Tonoquisiera... ¡andando!

No encontraban una calle desierta. Abríanse las puertas, arrojando lafétida atmósfera de la noche, y las escobas arañaban las aceras,lanzando nubecillas de polvo en los rayos oblicuos de aquel sol rojo,que asomaba al extremo de las calles como por una brecha.

En todas partes guardias que les miraban con ojos vagos, como si aún noestuvieran despiertos; labradores que, con la mano en el ronzal, guiabansu carro de verduras, esparciendo en las calles la fresca fragancia delos campos; viejas arrebujadas en su mantilla, acelerando el paso comoespoleadas por los esquilones que volteaban en las iglesias próximas;gente, en fin, que al verles metidos en el negocio, chillaría o seapresuraría a separarles. ¡Qué escándalo! ¿Es que dos hombres de bien nopodían pegarse con tranquilidad en toda una Valencia?

En las afueras, el mismo movimiento. La mañana, con su exceso de luz yactividad, envolvía a los dos trasnochadores, como para avergonzarlespor su empeño.

El Menut sentía cierto decaimiento, y hasta probó a hablar.

Reconocíasu imprudencia. Había sido el vino y su falta de costumbre; pero debíanpensar como hombres, y lo pasado...

pasado. ¿No pensaba Tono en su mujery los chiquillos, que podían quedar más desamparados que estaban? Él aúnestaba viendo a su viejecita y la mirada ansiosa con que le siguió alabandonarla. ¿Qué comería la pobre si se quedaba sin hijo?

Pero Tono no le dejó acabar. ¡Gallina! ¡Morral! ¿Y para contarle todoaquello iban vagando por las calles? Ahora mismo le rompía la cara.

El Menut se hizo atrás para evitar el golpe. También él mostró deseosde agarrarse allí mismo; pero se contuvo viendo una tartana que seaproximaba lentamente, balanceándose sobre los baches de la ronda y consu conductor todavía adormecido.

¡Che, tartanero... para!

Y abalanzándose a la portezuela, la abrió con estrépito e invitó a subira Tono, que retrocedía con asombro. Él no tenía dinero: ni esto. Ymetiéndose una uña entre los dientes, tiraba hacia afuera.

El joven quería terminar pronto. «Yo pagaré.» Y hasta ayudó a subir a suenemigo, entrando después de él y subiendo con presteza las persianas delas ventanillas.

—¡Al Hospital!

El tartanero se hizo repetir dos veces la dirección, y como lerecomendaban que no se diera prisa, dejó rodar perezosamente su carruajepor las calles de la ciudad.

Oyó ruido detrás de él, gritos ahogados, choque de cuerpos, como si serieran haciéndose cosquillas, y maldijo su perra suerte, que tan malcomenzaba el día. Serían borrachos, que, después de pasar la noche enclaro, en un arranque de embriaguez llorona no querían meterse en lacama sin visitar algún amigote enfermo. ¡Cómo le estarían poniendo losasientos!

La tartana pasaba lenta y perezosa por entre el movimiento matinal. Lasvacas de leche, de monótono cencerro, husmeaban sus ruedas; las cabras,asustadas por el rocín, apartábanse sonando sus campanillas ybalanceando sus pesadas ubres; las comadres, apoyadas en sus escobas,miraban con curiosidad aquellas ventanillas cerradas, y hasta unmunicipal sonrió maliciosamente, señalándola a unos vecinos. ¡Tantemprano y ya andaban por el mundo amores de contrabando!

Cuando entró en el patio del Hospital, el tartanero saltó de su asiento,y acariciando su caballo esperó inútilmente que bajasen aquel par deborrachos.

Fue a abrir, y vio que por el estribo de hierro se deslizaban hilos desangre.

—¡Socorro! ¡Socorro!—gritó abriendo de un golpe.

Entró la luz en el interior de la tartana. Sangre por todas partes. Unoen el suelo, con la cabeza junto a la portezuela. El otro caído en labanqueta, con el cuchillo en la mano y la cara blanca como de papelmascado.

Acudieron las gentes del Hospital, y manchándose hasta los codos,vaciaron aquella tartana, que parecía un carro del Matadero cargado decarne muerta, rota, agujereada por todas partes.

El milagro de San Antonio

———

Hacía años que Luis no había visto las calles de Madrid a las nueve dela mañana.

A esta hora comenzaban a dormir todos sus amigos del Casino; pero él, envez de meterse en la cama, había cambiado de traje y se dirigía a laFlorida, mecido por el dulce vaivén de su elegante carruaje.

Al volver a su casa después de amanecido, le habían entregado una cartatraída en la noche anterior. Era de aquella desconocida que mantenía conél extraña correspondencia durante dos semanas. Una inicial por firma yla letra de carácter inglés, fina, correcta e igual a la de todas lasque han sido pensionistas del Sacré Cœur. Hasta su mujer la tenía así.Parecía que era ella la que le escribía citándole a las diez en laFlorida, frente a la iglesia de San Antonio. ¡Qué disparate!

Hacíale gracia pensar, mientras marchaba a una cita de amor, en sumujer, aquella Ernestina cuyo recuerdo raras veces venía a turbar lasalegrías de su vida de soltero, o como decía él, de marido emancipado.¿Qué haría ella a tales horas? Cinco años que no se veían, y apenas sitenía noticias suyas. Unas veces viajaba por el extranjero; otras sabíaque estaba en provincias, en casa de viejos parientes, y aunque residíalargas temporadas en Madrid, nunca se habían encontrado. Esto no esParís ni Londres; pero resulta suficientemente grande para que no setropiecen nunca dos personas cuando una hace la vida de mujerabandonada, visitando más las iglesias que los teatros, y la otra seagita en el mundo de noche y vuelve a casa todos los días a la hora enque el frac arrugado y la pechera abombada se impregnan del polvo quelevantan los barrenderos y del humo de las buñolerías.

Se casaron muy jóvenes, casi unos niños, y los revisteros mundanoshablaron mucho de aquella hermosa pareja que todo lo tenían para serfelices: ricos y casi sin familia. Primero, los arrebatos de pasión: unadicha que, encontrando estrecho el elegante nido de los recién casados,paseaba su insolencia feliz por los salones, para dar envidia al mundo;después, la monotonía, el cansancio, la separación lenta e insensible,sin dejar por eso de amarse; a él le atraían sus amistades de soltero, yella protestaba con escenas y choques que hacían odiosa para Luis lavida conyugal. Ernestina quiso vengarse haciendo sentir celos a sumarido; se entregó con entusiasmo a tan peligroso juego y tuvo suscoqueteos comprometedores con cierto attaché de legación americana,que hasta alcanzaron visos de infidelidad.

Bien sabía Luis que la cosa no tenía malicia, pero ¡qué demonio! él noservía para casado, le abrumaba aquella vida, y aprovechó la ocasión,tomando el asunto en serio. Con el americano se arregló, propinándoleuna estocada leve; ¡pobre muchacho! ¡qué gran servicio le habíaprestado sin saberlo! y de Ernestina se separó sin escándalo, sinintervenciones judiciales.

Ella con sus parientes, con quien le diese lagana, y él otra vez a su cuarto de soltero, como si nada hubiese pasadoy sus dos años de matrimonio fuesen un largo viaje por el país de lasquimeras.

Ernestina no se resignaba, y se revolvió queriendo volver a él.

Le amabade veras; lo pasado eran niñadas, ligerezas; pero aun cuando estohalagaba a Luis, provocaba su indignación como una amenaza a sulibertad, milagrosamente recobrada. Por esto oponía la más terminantenegativa a los señores respetables, antiguos amigos de la familia, quesu mujer le enviaba como embajadores; ella misma fue varias veces a lacasa, sin conseguir que le franqueasen la puerta, y tan tenaz era laresistencia de Luis, que hasta dejó de asistir a ciertas reuniones,adivinando que allí protegían a su esposa, y algún día procurarían quese encontrasen casualmente.

¡Bueno era él para ablandarse! Era un marido ultrajado, y ciertas cosas¡vive Dios! nunca se olvidan.

Pero su conciencia de buen muchacho le replicaba con dureza:

—Tú eres un pillo, que finges ultrajes por conservar tu libertad. Tepresentas como marido infeliz para seguir soltero, haciendo infelices deveras a otros maridos. Te conozco, egoísta.

Y la conciencia no se engañaba. Sus cinco años de emancipación habíansido para él muy alegres; sonreía recordando sus éxitos, y ahora mismopensaba con fatuidad en aquella desconocida que le aguardaba: algunamujer que le habría conocido en los salones y tenía interés en rodear demisterio su pasión. Ella había tomado la iniciativa en una cartainsinuante; después mediaron preguntas y respuestas en las planas deanuncios de los periódicos ilustrados, y por fin aquella cita, a la queacudía Luis con la ansiedad que despierta lo desconocido.

El carruaje se detuvo ante San Antonio de la Florida. Bajó Luis,haciendo seña a su cochero de que esperase. Había entrado a su serviciocuando él vivía aún con Ernestina; era el eterno testigo de susaventuras; le seguía, fiel y obediente, en todas las correrías de su viudez, pero pensaba con envidia en los pasados tiempos, deseandotrasnochar menos.

Buena mañana de primavera; la gente alegre gritaba en los merenderos;pasaban por entre la arboleda, rápidos como pájaros de colores, losencorvados ciclistas con sus camisetas rayadas; por la parte del ríosonaban cornetas, y sobre el follaje enjambres de insectos, ebrios deluz, moscardoneaban brillando como chispas de oro. Luis, influido por elsitio, pensaba en Goya y en las duquesas graciosas y atrevidas que,vestidas de majas, venían a sentarse bajo aquellos árboles, con susgalanes de capa de grana y sombrero de medio queso. ¡Aquellos eranbuenos tiempos!