La Condenada (Cuentos) by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

A pesar de esto, Sènto no pensaba acudir al alcalde. ¿Para qué? Noquería oír en balde baladronadas y mentiras.

Lo cierto era que le pedían cuarenta duros, y si no los dejaba en elhorno le quemarían su barraca, aquella barraca que miraba ya como unhijo próximo a perderse; con sus paredes de deslumbrante blancura, lamontera de negra paja con crucecitas en los extremos, las ventanasazules, la parra sobre la puerta como verde celosía, por la que sefiltraba el sol con palpitaciones de oro vivo; los macizos de geranios ydompedros orlando la vivienda, contenidos por una cerca de cañas; y másallá de la vieja higuera el horno, de barro y ladrillos, redondo yachatado como un hormiguero de África. Aquello era toda su fortuna, elnido que cobijaba a lo más amado: su mujer, los tres chiquillos, el parde viejos rocines, fieles compañeros en la diaria batalla por el pan, yla vaca blanca y sonrosada que iba todas las mañanas por las calles dela ciudad despertando a la gente con su triste cencerreo y dejándosesacar unos seis reales de sus ubres siempre hinchadas.

¡Cuánto había tenido que arañar los cuatro terrones que desde subisabuelo venía regando toda la familia con sudor y sangre, para juntarel puñado de duros que en un puchero guardaba enterrados bajo de lacama! ¡En seguida se dejaba arrancar cuarenta duros!... Él era un hombrepacífico; toda la huerta podía responder por él. Ni riñas por el riego,ni visitas a la taberna, ni escopeta para echarla de majo. Trabajarmucho para su Pepeta y los tres mocosos era su única afición; pero yaque querían robarle, sabría defenderse. ¡Cristo! En su calma de hombrebonachón despertaba la furia de los mercaderes árabes, que se dejanapalear por el beduino, pero se tornan leones cuando les tocan suhacienda.

Como se aproximaba la noche y nada tenía resuelto, fue a pedir consejoal viejo de la barraca inmediata, un carcamal que sólo servía para segarbrozas en las sendas, pero de quien se decía que en la juventud habíapuesto más de dos a pudrir tierra.

Le escuchó el viejo con los ojos fijos en el grueso cigarro que liabansus manos temblorosas cubiertas de caspa. Hacía bien en no querer soltarel dinero. Que robasen en la carretera como los hombres, cara a cara,exponiendo la piel. Setenta años tenía, pero podían irle con talescartitas. Vamos a ver; ¿tenía agallas para defender lo suyo?

La firme tranquilidad del viejo contagiaba a Sènto, que se sentía capazde todo para defender el pan de sus hijos.

El viejo, con tanta solemnidad como si fuese una reliquia, sacó dedetrás de la puerta la joya de la casa: una escopeta de pistón queparecía un trabuco, y cuya culata apolillada acarició devotamente.

La cargaría él, que entendería mejor a aquel amigo. Las temblorosasmanos se rejuvenecían. ¡Allá va pólvora! Todo un puñado. De una cuerdade esparto sacaba los tacos. Ahora una ración de postas, cinco o seis; agranel los perdigones zorreros, metralla fina, y al final un taco biengolpeado. Si la escopeta no reventaba con aquella indigestión de muerte,sería misericordia de Dios.

Aquella noche dijo Sènto a su mujer que esperaba turno para regar, ytoda la familia le creyó, acostándose temprano.

Cuando salió, dejando bien cerrada la barraca, vio a la luz de lasestrellas, bajo la higuera, al fuerte vejete ocupado en ponerle elpistón al amigo.

Le daría a Sènto la última lección, para que no errase el golpe.

Apuntarbien a la boca del horno y tener calma. Cuando se inclinasen buscando el gato en el interior... ¡fuego! Era tan sencillo, que podía hacerlo unchico.

Sènto, por consejo del maestro, se tendió entre dos macizos de geraniosa la sombra de la barraca. La pesada escopeta descansaba en la cerca decañas apuntando fijamente a la boca del horno. No podía perderse eltiro. Serenidad y darle al gatillo a tiempo. ¡Adiós, muchacho! A él legustaban mucho aquellas cosas; pero tenía nietos, y además estos asuntoslos arregla mejor uno sólo.

Se alejó el viejo cautelosamente, como hombre acostumbrado a rondar lahuerta, esperando un enemigo en cada senda.

Sènto creyó que quedaba solo en el mundo, que en toda la inmensa vega,estremecida por la brisa, no había más seres vivientes que él y aquellos que iban a llegar. ¡Ojalá no viniesen!

Sonaba el cañón de laescopeta al temblar sobre la horquilla de cañas. No era frío, era miedo.¿Qué diría el viejo si estuviera allí? Sus pies tocaban la barraca, y alpensar que tras aquella pared de barro dormían Pepeta y los chiquitines,sin otra defensa que sus brazos, y en los que querían robar, el pobrehombre se sintió otra vez fiera.

Vibró el espacio, como si lejos, muy lejos, hablase desde lo alto la vozde un chantre. Era la campana del Miguelete. Las nueve. Oíase elchirrido de un carro rodando por un camino lejano. Ladraban los perros,transmitiendo su fiebre de aullidos de corral en corral, y el rac-rac de las ranas en la vecina acequia interrumpíase con los chapuzones delos sapos y las ratas que saltaban de las orillas por entre las cañas.

Sènto contaba las horas que iban sonando en el Miguelete. Era lo únicoque le hacía salir de la somnolencia y el entorpecimiento en que lesumía la inmovilidad de la espera. ¡Las once! ¿No vendrían ya? ¿Leshabría tocado Dios en el corazón?

Las ranas callaron repentinamente. Por la senda avanzaban dos cosasoscuras que a Sènto le parecieron dos perros enormes. Se irguieron: eranhombres que avanzaban encorvados, casi de rodillas.

—Ya están ahí—murmuró, y sus mandíbulas temblaban.

Los dos hombres volvíanse a todos lados, como temiendo una sorpresa.Fueron al cañar, registrándolo: acercáronse después a la puerta de labarraca, pegando el oído a la cerradura, y en estas maniobras pasarondos veces por cerca de Sènto, sin que éste pudiera conocerles. Ibanembozados en mantas, por bajo de las cuales asomaban las escopetas.

Esto aumentó el valor de Sènto. Serían los mismos que asesinaron a Gafarró. Había que matar para salvar la vida.

Ya iban hacia el horno. Uno de ellos se inclinó, metiendo las manos enla boca y colocándose ante la apuntada escopeta.

Magnífico tiro. Pero ¿yel otro que quedaba libre?

El pobre Sènto comenzó a sentir las angustias del miedo, a sentir en lafrente un sudor frío. Matando a uno, quedaba desarmado ante el otro. Siles dejaba ir sin encontrar nada, se vengarían quemándole la barraca.

Pero el que estaba en acecho se cansó de la torpeza de su compañero yfue a ayudarle en la busca. Los dos formaban una oscura masa obstruyendola boca del horno. Aquella era la ocasión. ¡Alma, Sènto! ¡Aprieta elgatillo!

El trueno conmovió toda la huerta, despertando una tempestad de gritos yladridos. Sènto vio un abanico de chispas, sintió quemaduras en la cara;la escopeta se le fue y agitó las manos para convencerse de que estabanenteras. De seguro que el amigo había reventado.

No vio nada en el horno: habrían huido, y cuando él iba a escapartambién, se abrió la puerta de la barraca y salió Pepeta en enaguas, conun candil. La había despertado el trabucazo y salía impulsada por elmiedo, temiendo por su marido que estaba fuera de casa.

La roja luz del candil, con sus azorados movimientos, llegó hasta laboca del horno.

Allí estaban dos hombres en el suelo, uno sobre otro, cruzados,confundidos, formando un solo cuerpo, como si un clavo invisible losuniese por la cintura, soldándolos con sangre.

No había errado el tiro. El golpe de la vieja escopeta había sido doble.

Y cuando Sènto y Pepeta, con aterrada curiosidad, alumbraron loscadáveres para verles las caras, retrocedieron con exclamaciones deasombro.

Eran el tío Batiste, el alcalde, y su alguacil el Sigró.

La huerta quedaba sin autoridad, pero tranquila.

En el mar

———

A las dos de la mañana llamaron a la puerta de la barraca.

—¡Antonio! ¡Antonio!

Y Antonio saltó de la cama. Era su compadre, el compañero de pesca, quele avisaba para hacerse, a la mar.

Había dormido poco aquella noche. A las once todavía charlaba conRufina, su pobre mujer, que se revolvía inquieta en la cama hablando delos negocios. No podían marchar peor.

¡Vaya un verano! En el anterior,los atunes habían corrido el Mediterráneo en bandadas interminables. Eldía que menos, se mataban doscientas o trescientas arrobas; el dinerocirculaba como

una

bendición

de

Dios,

y

los

que,

como

Antonio,guardaron buena conducta e hicieron sus ahorrillos, se emanciparon de lacondición de simples marineros, comprándose una barca para pescar porcuenta propia.

El puertecillo estaba lleno. Una verdadera flota lo ocupaba todas lasnoches, sin espacio apenas para moverse; pero con el aumento de barcashabía venido la carencia de pesca.

Las redes sólo sacaban algas o pez menudo; morralla de la que se deshaceen la sartén. Los atunes habían tomado este año otro camino, y nadieconseguía izar uno sobre su barca.

Rufina estaba aterrada por esta situación. No había dinero en casa;debían en el horno y en la tienda, y el señor Tomás, un patrón retirado,dueño del pueblo por sus judiadas, les amenazaba continuamente si noentregaban algo de los cincuenta duros con intereses que les habíaprestado para la terminación de aquella barca tan esbelta y tan veleraque consumió todos sus ahorros.

Antonio, mientras se vestía, despertó a su hijo, un grumete de nueveaños que le acompañaba en la pesca y hacía el trabajo de un hombre.

—A ver si hoy tenéis más fortuna—murmuró la mujer desde la cama—. Enla cocina encontraréis el capazo de las provisiones... Ayer ya noquerían fiarme en la tienda. ¡Ay, Señor! ¡Y qué oficio tan perro!

—Calla, mujer; malo está el mar, pero Dios proveerá.

Justamente vieronayer algunos un atún que va suelto; un viejo que se calcula pesa másde treinta arrobas. Figúrate si lo cogiéramos... Lo menos sesenta duros.

Y el pescador acabó de arreglarse pensando en aquel pescadote, unsolitario que, separado de su manada, volvía por la fuerza de lacostumbre a las mismas aguas que el año anterior.

Antoñico estaba ya de pie y listo para partir, con la gravedad ysatisfacción del que se gana el pan a la edad en que otros juegan; alhombro el capazo de las provisiones y en una mano la banasta de losroveles, el pez favorito de los atunes, el mejor cebo para atraerles.

Padre e hijo salieron de la barraca y siguieron la playa hasta llegar almuelle de los pescadores. El compadre les esperaba en la barcapreparando la vela.

La flotilla removíase en la oscuridad, agitando su empalizada demástiles. Corrían sobre ella las negras siluetas de los tripulantes,rasgaba el silencio el ruido de los palos cayendo sobre cubierta, elchirriar de las garruchas y las cuerdas, y las velas desplegábanse en laoscuridad como enormes sábanas.

El pueblo extendía hasta cerca del agua sus calles rectas, orladas decasitas blancas, donde se albergaban por una temporada los veraneantes,todas aquellas familias venidas del interior en busca del mar. Cerca delmuelle, un caserón mostraba sus ventanas como hornos encendidos,trazando regueros de luz sobre las inquietas aguas.

Era el Casino. Antonio lanzó hacia él una mirada de odio.

¡Cómotrasnochaban aquellas gentes! Estarían jugándose el dinero... ¡Situvieran que madrugar para ganarse el pan!

—¡Iza! ¡Iza! Que van muchos delante.

El compadre y Antoñico tiraron de las cuerdas, y lentamente se remontóla vela latina, estremeciéndose al ser curvada por el viento.

La barca se arrastró primero mansamente sobre la tranquila superficie dela bahía; después ondularon las aguas y comenzó a cabecear: estabanfuera de puntas; en el mar libre.

Al frente, el oscuro infinito, en el que parpadeaban las estrellas, ypor todos lados, sobre la mar negra, barcas y más barcas que se alejabancomo puntiagudos fantasmas resbalando sobre las olas.

El compadre miraba el horizonte.

—Antonio, cambia el viento.

—Ya lo noto.

—Tendremos mar gruesa.

—Lo sé; pero ¡adentro! Alejémonos de todos estos que barren el mar.

Y la barca, en vez de ir tras las otras, que seguían la costa, continuócon la proa mar adentro.

Amaneció. El sol, rojo y recortado cual enorme oblea, trazaba sobre elmar un triángulo de fuego y las aguas hervían como si reflejasen unincendio.

Antonio empuñaba el timón, el compañero estaba junto al mástil y elchicuelo en la proa explorando el mar. De la popa y las bordas pendíancabelleras de hilos que arrastraban sus cebos dentro del agua. De vez encuando tirón y arriba un pez, que se revolvía y brillaba como estañoanimado. Pero eran piezas menudas... nada.

Y así pasaron las horas; la barca siempre adelante, tan pronto acostadasobre las olas como saltando, hasta enseñar su panza roja. Hacía calor,y Antoñico escurríase por la escotilla para beber del tonel de aguametido en la estrecha cala.

A las diez habían perdido de vista la tierra; únicamente se veían por laparte de popa las velas lejanas de otras barcas, como aletas de pecesblancos.

—¡Pero Antonio!—exclamó el compadre—. ¿Es que vamos a Orán? Cuando lapesca no quiere presentarse, lo mismo da aquí que más adentro.

Viró Antonio, y la barca comenzó a correr bordadas, pero sin dirigirse atierra.

—Ahora—dijo alegremente—tomemos un bocado. Compadre, trae el capazo.Ya se presentará la pesca cuando ella quiera.

Para cada uno un enorme mendrugo y una cebolla cruda, machacada apuñetazos sobre la borda.

El viento soplaba fuerte y la barca cabeceaba rudamente sobre las olasde larga y profunda ondulación.

¡Pae! —gritó Antoñico desde la proa—, ¡un pez grande, mu grande!... ¡Un atún!

Rodaron por la popa las cebollas y el pan, y los dos hombres asomáronsea la borda.

Sí, era un atún; pero enorme, ventrudo, poderoso, arrastrando casi aflor de agua su negro lomo de terciopelo; el solitario tal vez

de

quetanto

hablaban

los

pescadores.

Flotaba

poderosamente, pero con unaligera contracción de su fuerte cola, pasaba de un lado a otro de labarca, y tan pronto se perdía de vista como reaparecía instantáneamente.

Antonio enrojeció de emoción, y apresuradamente echó al mar el aparejocon un anzuelo grueso como un dedo.

Las aguas se enturbiaron y la barca se conmovió, como si alguien confuerza colosal tirase de ella deteniéndola en su marcha e intentandohacerla zozobrar. La cubierta se bamboleaba como si huyese bajo los piesde los tripulantes, y el mástil crujía a impulsos de la hinchada vela.Pero de pronto el obstáculo cedió, y la barca, dando un salto, volvió aemprender su marcha.

El aparejo, antes rígido y tirante, pendía flojo y desmayado.

Tiraron deél y salió a la superficie el anzuelo, pero roto, partido por la mitad,a pesar de su tamaño.

El compadre meneó tristemente la cabeza.

—Antonio, ese animal puede más que nosotros. Que se vaya, y demosgracias porque ha roto el anzuelo. Por poco más vamos al fondo.

—¿Dejarlo?—gritó el patrón—. ¡Un demonio! ¿Sabes cuánto vale esapieza? No está el tiempo para escrúpulos ni miedos. ¡A él! ¡A él!

Y haciendo virar la barca, volvió a las mismas aguas donde se habíaverificado el encuentro.

Puso un anzuelo nuevo; un enorme gancho, en el que ensartó variosroveles, y sin soltar el timón agarró un agudo bichero.

¡Flojo golpe ibaa soltarle a aquella bestia estúpida y fornida como se pusiera a sualcance!

El aparejo pendía de la popa casi recto. La barca volvió a estremecerse,pero esta vez de un modo terrible. El atún estaba bien agarrado y tirabadel sólido gancho, deteniendo la barca, haciéndola danzar locamentesobre las olas.

El agua parecía hervir; subían a la superficie espumas y burbujas enturbio remolino, cual si en la profundidad se desarrollase una lucha degigantes, y de pronto la barca, como agarrada por oculta mano, seacostó, invadiendo el agua hasta la mitad de la cubierta.

Aquel tirón derribó a los tripulantes. Antonio, soltando el timón, sevio casi en las olas; pero sonó un crujido y la barca recobró suposición normal. Se había roto el aparejo, y en el mismo instanteapareció el atún junto a la borda, casi a flor de agua, levantandoenormes espumarajos con su cola poderosa.

¡Ah, ladrón! ¡Por fin seponía a tiro! Y rabiosamente, como si se tratara de un enemigoimplacable, Antonio le tiró varios golpes con el bichero, hundiendo elhierro en aquella piel viscosa. Las aguas se tiñeron de sangre y elanimal se hundió en un rojo remolino.

Antonio respiró al fin. De buena se habían librado: todo duró algunossegundos; pero un poco más, y se hubieran ido al fondo.

Miró la mojada cubierta y vio al compadre al pie del mástil, agarrado aél, pálido, pero con inalterable tranquilidad.

—Creí que nos ahogábamos, Antonio. ¡Hasta he tragado agua!

¡Malditoanimal! Pero buenos golpes le has atizado. Ya verás como no tarda ensalir a flote.

—¿Y el chico?

Esto lo preguntó el padre con inquietud, con zozobra, como si temiera larespuesta.

No estaba sobre cubierta. Antonio se deslizó por la escotilla, esperandoencontrarlo en la cala. Se hundió en agua hasta la rodilla: el mar lahabía inundado. ¿Pero quién pensaba en esto?

Buscó a tientas en elreducido y oscuro espacio, sin encontrar más que el tonel de agua y losaparejos de repuesto. Volvió a cubierta como un loco.

—¡El chico! ¡El chico!... ¡Mi Antoñico!

El compadre torció el gesto tristemente. ¿No estuvieron ellos próximos air al agua? Atolondrado por algún golpe, se habría ido al fondo como unabala. Pero el compañero, aunque pensó todo esto, nada dijo.

Lejos, en el sitio donde la barca había estado próxima a zozobrar,flotaba un objeto negro sobre las aguas.

—¡Allá está!

Y el padre se arrojó al agua, nadando vigorosamente, mientras elcompañero amainaba la vela.

Nadó y nadó, pero sus fuerzas casi le abandonaron al convencerse de queel objeto era un remo, un despojo de su barca.

Cuando las olas le levantaban, sacaba el cuerpo fuera para ver máslejos. Agua por todas partes. Sobre el mar sólo estaban él, la barcaque se aproximaba y una curva negra que acababa de surgir y que secontraía espantosamente sobre una gran mancha de sangre.

El atún había muerto... ¡Valiente cosa le importaba! ¡La vida de su hijoúnico, de su Antoñico, a cambio de la de aquella bestia! ¡Dios! ¿Eraesto manera de ganarse el pan?

Nadó más de una hora, creyendo a cada rozamiento que el cuerpo de suhijo iba a surgir bajo sus piernas, imaginándose que las sombras de lasolas eran el cadáver del niño que flotaba entre dos aguas.

Allí se hubiera quedado, allí habría muerto con su hijo. El compadretuvo que pescarlo y meterlo en la barca como un niño rebelde.

—¿Qué hacemos, Antonio?

Él no contestó.

—No hay que tomarlo así, hombre. Son cosas de la vida. El chico hamuerto donde murieron todos nuestros parientes, donde moriremosnosotros. Todo es cuestión de más pronto o más tarde... Pero ahora, a loque estamos; a pensar que somos unos pobres.

Y preparando dos nudos corredizos apresó el cuerpo del atún y lo llevó aremolque de la barca, tiñendo con sangre las espumas de la estela.

El viento les favorecía, pero la barca estaba inundada, navegaba mal, ylos dos hombres, marineros ante todo, olvidaron la catástrofe, y con losachicadores en la mano, encorváronse dentro de la cala, arrojandopaletadas de agua al mar.

Así pasaron las horas. Aquella ruda faena embrutecía a Antonio, leimpedía pensar; pero de sus ojos rodaban lágrimas y más lágrimas, que,mezclándose con el agua de la cala, caían en el mar sobre la tumba delhijo.

La barca navegaba con creciente rapidez, sintiendo que se vaciaban susentrañas.

El puertecillo estaba a la vista, con sus masas de blancas casitasdoradas por el sol de la tarde.

La vista de tierra despertó en Antonio el dolor y el espantoadormecidos.

—¿Qué dirá mi mujer? ¿Qué dirá mi Rufina?—gemía el infeliz.

Y temblaba como todos los hombres enérgicos y audaces, que en el hogarson esclavos de la familia.

Sobre el mar deslizábase como una caricia el ritmo de alegres valses. Elviento de tierra saludaba a la barca con melodías vivas y alegres. Erala música que tocaba en el paseo, frente al Casino.

Por debajo de lasachatadas palmeras desfilaban, como las cuentas de un rosario decolores, las sombrillas de seda, los sombreritos de paja, los trajesclaros y vistosos de toda la gente de veraneo.

Los niños, vestidos de blanco y rosa, saltaban y corrían tras susjuguetes, o formaban alegres corros girando como ruedas de colores.

En el muelle se agolpaban los del oficio: su vista, acostumbrada a lasinmensidades del mar, había reconocido lo que remolcaba la barca. PeroAntonio sólo miraba, al extremo de la escollera, a una mujer alta,escueta y negruzca, erguida sobre un peñasco, y cuyas faldasarremolinaba el viento.

Llegaron al muelle. ¡Qué ovación! Todos querían ver de cerca el enormeanimal. Los pescadores, desde sus botes, lanzaban envidiosas miradas;los pilletes, desnudos, de color de ladrillo, echábanse al agua paratocarle la enorme cola.

Rufina se abrió paso entre la gente, llegando hasta su marido, que conla cabeza baja y una expresión estúpida oía las felicitaciones de losamigos.

—¿Y el chico? ¿Dónde está el chico?

El pobre hombre aún bajó más su cabeza. La hundió entre los hombros,como si quisiera hacerla desaparecer, para no oír, para no ver nada.

—¿Pero dónde está Antoñico?

Y Rufina, con los ojos ardientes, como si fuera a devorar a su marido,le agarraba de la pechera, zarandeando rudamente a aquel hombrón. Perono tardó en soltarle, y levantando los brazos, prorrumpió en espantosoalarido.

—¡Ay, Señor!... ¡Ha muerto! ¡Mi Antoñico se ha ahogado!

¡Está en elmar!

—Sí, mujer—dijo el marido lentamente con torpeza, balbuceando y comosi le ahogaran las lágrimas—. Somos muy desgraciados. El chico hamuerto; está donde su abuelo; donde estaré yo cualquier día. Del marcomemos y el mar ha de tragarnos... ¡Qué remedio! No todos nacen paraobispos.

Pero su mujer no le oía. Estaba en el suelo, agitada por una crisisnerviosa, y se revolcaba pataleando, mostrando sus flacas y tostadasdesnudeces de animal de trabajo, mientras se tiraba de las greñas,arañándose el rostro.

—¡Mi hijo!... ¡Mi Antoñico!...

Las vecinas del barrio de los pescadores acudieron a ella. Bien sabíanlo que era aquello: casi todas habían pasado por trances iguales. Lalevantaron, sosteniéndola con sus poderosos brazos, y emprendieron lamarcha hacia su casa.

Unos pescadores dieron un vaso de vino a Antonio, que no cesaba dellorar. Y mientras tanto, el compadre, dominado por el egoísmo brutal dela vida, regateaba bravamente con los compradores de pescado que queríanadquirir la hermosa pieza.

Terminaba la tarde. Las aguas, ondeando suavemente, tomaban reflejos deoro.

A intervalos sonaba cada vez más lejos el grito desesperado de aquellapobre mujer, desgreñada y loca, que las amigas empujaban a casa.

—¡Antoñico! ¡Hijo mío!

Y bajo las palmeras seguían desfilando los vistosos trajes, los rostrosfelices y sonrientes, todo un mundo que no había sentido pasar ladesgracia junto a él, que no había lanzado una mirada sobre el drama dela miseria; y el vals elegante, rítmico y voluptuoso, himno de la alegrelocura, deslizábase armonioso sobre las aguas, acariciando con su soplola eterna hermosura del mar.

¡Hombre al agua!

———

Al cerrar la noche, salió de Torrevieja el laúd San Rafael, concargamento de sal para Gibraltar.

La cala iba atestada, y sobre cubierta amontonábanse los sacos, formandouna montaña en torno del palo mayor. Para pasar de proa a popa, lostripulantes iban por las bordas, sosteniéndose con peligroso equilibrio.

La noche era buena; noche de verano, con estrellas a granel y unvientecillo fresco algo irregular, que tan pronto hinchaba la gran velalatina, hasta hacer gemir el mástil, como cesaba de soplar, cayendodesmayada la inmensa lona con ruidoso aleteo.

La tripulación, cinco hombres y un muchacho, cenó después de lamaniobra de salida, y una vez rebañado el humeante caldero, en el quehundían su mendrugo con marinera fraternidad desde el patrón al grumete,desaparecieron por la escotilla todos los libres de servicio, parareposar sobre la dura colchoneta, con los vientres hinchados de vino yzumo de sandía.

Quedó en el timón el tío Chispas, un tiburón desdentado, que acogiócon gruñidos de impaciencia las últimas indicaciones del patrón, y juntoa él su protegido Juanillo, un novato que hacía en el San Rafael suprimer viaje, y le estaba muy agradecido al viejo, pues gracias a élhabía entrado en la tripulación, matando así su hambre, que no era poca.

El mísero laúd antojábasele al muchacho un navío almirante, un buqueencantado, navegando por el mar de la abundancia. La cena de aquellanoche era la primera cena seria que había hecho en su vida.

Había llegado a los diez y nueve años, hambriento y casi desnudo como unsalvaje, durmiendo en la torcida barraca donde gemía y rezaba suabuela, inmóvil por el reuma: de día ayudaba a botar las barcas,descargaba cestas de pescado, o iba de parásito en las lanchas queperseguían al atún y la sardina, para llevar a casa un puñado de pescamenuda. Pero ahora, gracias al tío Chispas, que le tenía ley por haberconocido a su padre, era todo un marinero, estaba en camino de ser algo,podía con todo derecho meter su brazo en el caldero, y hasta llevabazapatos, los primeros de su vida, unas soberbias piezas capaces denavegar como una fragata, que le sumían en éxtasis de adoración. ¡Y

aúndicen que si el mar!... Vamos, hombre. El mejor oficio del mundo.

El tío Chispas, sin apartar la vista de la proa ni las manos deltimón, agachándose para sondear la oscuridad por entre la vela y elmontón de sacos, le escuchaba con sonrisa marrullera.

—Sí; no has escogido mal oficio. Pero tiene quiebras. Las verás...cuando tengas mis años... Pero tu sitio no es aquí: anda a proa y avisasi ves por delante alguna barca.

Juanillo corrió por la borda con la segura tranquilidad de un pillo deplaya.

—Cuidado, muchacho, cuidado.

Pero él ya estaba en la proa, y se sentó junto al botalón, escudriñandola negra superficie del mar, en cuyo fondo se reflejaban como serpeanteshilos de luz las inquietas estrellas.

El laúd, panzudo y pesado, caía tras cada ola con un solemne

¡chap! que hacía saltar las gotas hasta la cara de Juanillo: dos hojas deespuma fosforescentes resbalaban por ambos lados de la gruesa proa, y lahinchada vela, con el vértice perdido en la oscuridad, parecía arañar labóveda del cielo.

¿Qué rey ni qué almirante estaba mejor que el serviola del SanRafael?... ¡Brrru! Su estómago repleto le saludaba con eructos desatisfacción. ¡Vida más hermosa!...

—¡Tío Chispas!... Un cigarro.

—Ven por él.

Juanillo corrió por la borda del lado contrario al viento. Era unmomento de calma, y la vela rizábase con fuertes palpitaciones, próximaa caer desmayada a lo largo del mástil.

Pero vino una ráfaga, y la barcase inclinó con rápido movimiento; Juanillo, para guardar el equilibrio,agarrose al borde de la vela, y en el mismo instante ésta se hinchó comosi fuera a estallar, lanzando al laúd en una carrera veloz y empujandocon fuerza tan irresistible todo el cuerpo del muchacho, que lo disparócomo una catapulta.

En el ruido de las aguas al tragarse a Juanillo creyó oír éste un grito,palabras algo confusas; tal vez el viejo timonel que gritaba:

«¡Hombreal agua!»

Bajó mucho, ¡mucho! atolondrado por el golpe, por lo inesperado de lacaída; pero antes de darse cuenta exacta de ello viose otra vez en lasuperficie del mar braceando, absorbiendo con furia el fresco viento...¿Y la barca? No la vio ya. El mar estaba oscurísimo; más oscuro quevisto desde la cubierta del laúd.

Creyó distinguir una mancha blanca, un fantasma que flotaba a lo lejossobre las olas, y nadó hacia él. Pero de pronto ya no lo vio allí, sinoen lugar opuesto, y cambió de dirección, desorientado, nadando confuerza, pero sin saber dónde iba.

Los zapatos pesaban como si fuesen de plomo: ¡malditos! ¡la primera vezque los usaba! La gorra le martirizaba las sienes; los pantalonestiraban de él como si llegasen hasta el fondo del mar y fuesen barriendolas algas.

—Calma, Juanillo, calma.

Y arrojó la gorra, lamentando no poder hacer lo mismo con los zapatos.

Tenía confianza. Él nadaba mucho: se sentía con aguante para doshoras. Los de la barca virarían para pescarle: un remojón y nada más...¿pues qué así como así mueren los hombres? En un temporal, como habíanmuerto su padre y su abuelo, bueno, pero en noche tan hermosa y conbuena mar, morir empujado por una vela sería una muerte de tonto.

Y nadaba y nadaba, siempre creyendo ver aquel fantasma indeciso quecambiaba de sitio, esperando que de la oscuridad surgiera el SanRafael viniendo en su busca.

—¡Ah de la barca! ¡Tío Chispas!... ¡Patrón!

Pero el gritar le fatigaba y dos o tres veces las olas le taparon laboca. ¡Malditas!... Desde la barca parecían insignificantes, pero enmedio del mar, hundido hasta el cuello y obligado a un continuo manoteopara sostenerse, le asfixiaban, le golpeaban con su sorda ondulación,abrían ante él hondas y movibles zanjas, cerrándolas en seguida comopara tragarle.

Seguía creyendo, pero con cierta inquietud, en sus dos horas de aguante.Sí; contaba con ellas. Dos horas y más nadaba allá en su playa sincansancio. Pero era en las horas de sol, en aquel mar de cristal azul,viendo allá bajo, a través de fantástica transparencia, las rocasamarillas con sus hierbajos puntiagudos como ramos de coral verde, lasconchas de color rosa, las estrellas de nácar, las flores luminosas depétalos carnosos estremeciéndose al ser rozados por el vientre de platade los peces; y ahora estaba en un mar de tinta, perdido en laoscuridad, agobiado por sus ropas, teniendo bajo sus pies ¡quién sabecuántos barcos destrozados, cuántos cadáveres descarnados por los pecesferoces! Y estremecíase al contacto de su mojado pantalón, creyendosentir el rozamiento de agudos dientes.

Cansado, desfallecido, se echó de espaldas, dejándose llevar por lasolas. El sabor de la cena le subía a la boca. ¡Maldita comida, y cuántocuesta de ganar! Acabaría por morir allí tontamente... Pero el instintode conservación le hizo incorporarse. Tal vez le buscaban, y estandotendido pasarían cerca de él sin verle. Otra vez a nadar, con el ansiade la desesperación, incorporándose en la cresta de las olas para vermás lejos, yendo tan pronto a un lado como a otro, agitándose siempre enun mismo círculo.

Le abandonaban como si fuese un trapo caído de la barca.

¡Dios mío! ¿Asíse olvida a un hombre?... Pero no; tal vez le buscaban en aquel momento.Un barco corre mucho; por pronto que hubiesen subido a cubierta yarriado vela, ya estarían a más de una milla.

Y acariciando esta ilusión, se hundía dulcemente como si tirasen de suspesados zapatos. Sintió en la boca la amargura salitrosa; cegaron susojos, las aguas se cerraron sobre su rapada cabeza; pero entre dos olasse formó un pequeño remolino, asomaron unas manos crispadas y volvió asalir.

Los brazos se dormían; la cabeza se inclinaba sobre el pecho comovencida por el sueño. A Juanillo le pareció cambiado el cielo: lasestrellas eran rojas, como salpicaduras de sangre. Ya no le infundíamiedo el mar; sentía el deseo de abandonarse sobre las aguas, dedescansar.

Se acordaba de la abuela, que a aquellas horas estaría pensando en él. Yquiso rezar como mil veces había oído a su pobre vieja. «Padre nuestroque estás...» Rezaba mentalmente, pero sin darse cuenta de ello, sulengua se movió y dijo con una voz tan ronca que le pareció de otro:

—¡Cochinos! ¡ladrones! ¡Me abandonan!

Se hundía otra vez: desapareció pugnando en vano por sostenerse. Alguientiraba de sus zapatos... Buceó en la oscuridad, sorbiendo agua, inerte,sin fuerzas, pero sin saber cómo, volvió otra vez a la superficie.

Ahora las estrellas eran negras, más negras que el cielo, destacándosecomo gotas de tinta.

Se acabó. Esta vez se iba al fondo de veras: su cuerpo era de plomo. Ybajó en línea recta, arrastrado por sus zapatos nuevos, y en su caída alabismo de los barcos rotos y los esqueletos devorados, el cerebro, cadavez más envuelto en densas neblinas, iba repitiendo:

—Padre nuestro... Padre nuestro... ¡ladrones! ¡granujas! ¡Me hanabandonado!

Un silbido

———

El entusiasmo caldeaba el teatro. ¡Qué debut! ¡Qué Lohengrin!

¡Quétiple aquella!

Sobre el rojo de las butacas destacábanse en el patio las cabezasdescubiertas o las torres de lazos, flores y tules, inmóviles, sin quelas aproximara el cuchicheo ni el fastidio; en los palcos silencioabsoluto; nada de tertulias y conversaciones a media voz; arriba, en elinfierno de la filarmonía rabiosa, llamado irónicamente paraíso, elentusiasmo se escapaba prolongado y ruidoso, como un inmenso suspiro desatisfacción, cada vez que sonaba la voz de la tiple, dulce, poderosa yrobusta.

¡Qué noche! Todo parecía nuevo en el teatro. La orquesta era deángeles: hasta la araña del centro daba más luz.

En aquel entusiasmo tomaba no poca parte el patriotismo satisfecho. Latiple era española, la López, sólo que ahora se anunciaba con elapellido de su esposo el tenor Franchetti; un gran artista que,casándose con ella, la había hecho ascender a la categoría de estrella. ¡Vaya una mujer! Legítima de la tierra.

Esbelta, arrogante;brazos y garganta con adorables redondeces, y los blancos tules de Elsaamplios en la cintura, pero estrechos y casi estallando con la presiónde soberbias curvas. Sus ojos negros, rasgados, de sombrío fuego,contrastaban con la rubia peluca de la condesa de Brabante. La hermosaespañola era en la escena la mujer tímida, dulce y resignada que soñóWágner, confiando en la fuerza de su inocencia, esperando el auxilio delo desconocido.

Al relatar su ensueño ante el emperador y su corte, cantó con expresióntan vagorosa y dulce, los brazos caídos y la extática mirada en lo alto,como si viese llegar montado en una nube al misterioso paladín, que elpúblico no pudo contenerse ya, y como la retumbante descarga de unafila de cañones, salió de todos los huecos del teatro, hasta de lospasillos, la atronadora detonación de aplausos y gritos.

La modestia y la gracia con que saludaba enardeció aún más al público.¡Qué mujer! Una verdadera señora; y en cuanto a buenos sentimientos,todos recordaban detalles de su biografía.

Aquel padre anciano, al quetodos los meses enviaba una pensión para que viviera con decencia: unviejo feliz, que desde Madrid seguía la carrera de triunfos de su hijapor todo el mundo.

Aquello era conmovedor. Algunas señoras se llevaban a los ojos una puntadel guante, y en el paraíso, un vejete lloriqueaba metiendo la nariz enel embozo de la capa para sofocar sus gemidos. Los vecinos se reían.

¡Vamos hombre, que no era para tanto!

La representación seguía su curso en medio de los ecos del entusiasmo.Ahora el heraldo invitaba a los presentes, por si alguno quería defendera Elsa. Bueno, adelante. Aquel público, que se sabía de memoria laópera, estaba en el secreto. No se presentaría ningún guapo. Después,con acompañamiento de tétrica música, avanzaron las damas veladas parallevarse la condesa al suplicio. Todo era broma; Elsa estaba segura.Pero cuando los bravos guerreros brabanzones se agitaron en la escena,viendo a lo lejos el misterioso cisne y su barquilla, y se fue armandoen la imperial corte una batahola de dos mil demonios, el público, poracción refleja, se movió ruidosamente, arrellanándose en el asiento,tosiendo, suspirando, revolviéndose para hacer provisión de silencio.¡Qué emoción! Iba a presentarse Franchetti, el famoso tenor, un granartista de quien se murmuraba que habíase casado con la López buscandouna compensación a sus facultades decadentes en la frescura y valentíade su mujer. Aparte de esto, un maestrazo que sabía salir triunfante conauxilio del arte.

¡Ah!... Ya estaba allí, de pie en el esquife, apoyado en larga espada,el escudo embrazado, cubierto el pecho de escamas de acero, irguiendo suarrogante figura de buen mozo festejado por toda la aristocracia deEuropa, y deslumbrando de cabeza a pies, cual un pescado de plataenvuelto en seda.

Silencio absoluto; aquello parecía una iglesia. El tenor miraba sucisne, como si allí no hubiese otro ser digno de atención, y en elmístico ambiente fue desarrollándose un hilo de voz tenue, dulce,vagoroso, cual si viniera de una distancia invisible.

¡Mercè, mercè, cigno gentile!...

¿Qué fue lo que estremeció todo el teatro, poniendo de pie a losespectadores? Algo estridente, como si acabara de rasgarse la viejadecoración del fondo; un silbido rabioso, feroz, desesperado, quepareció hacer oscilar las luces de la sala.

¡Silbar a Franchetti antes de oírle! ¡Un tenor de cuatro mil francos! Lagente de palcos y butacas miró al paraíso con el ceño fruncido; peroarriba la protesta fue más ruidosa. ¡Granuja!

¡Canalla! ¡Golfo! ¡A lacárcel con él! Y todo el público, arremolinándose, de pie y con el puñoamenazante, señalaba al vejete que, cuando cantaba la tiple, metía lanariz en la capa para llorar, y ahora se erguía intentando en vanohacerse oír. ¡A la cárcel! ¡A la cárcel!

Pisando gente entró la pareja, y el viejo pasó a empujones de banco enbanco, abofeteando a todos con su capa caída y contestando condesesperados manoteos a los insultos y amenazas, mientras que el públicorompía a aplaudir estrepitosamente,

para

animar

a

Franchetti,

que

habíainterrumpido su canto.

En el pasillo detuviéronse el viejo y los guardias, respirandoansiosamente, magullados por el gentío. Algunos espectadores lessiguieron.

—¡Parece imposible!—dijo uno de los guardias—. Una persona de edad yque parece decente...

—¿Y usted qué sabe?—gritó el viejo con expresión agresiva—

. Misrazones tengo para hacer lo que he hecho. ¿Sabe usted quién soy yo? Puessoy el padre de Conchita, de esa que se llama en el cartel laFranchetti, de la que aplauden con tanto entusiasmo los imbéciles. ¡Quétal!... ¿Les parece raro que silbe?... También yo he leído losperiódicos; ¡qué modo de mentir! «La hija amantísima...» «El padrequerido y feliz...»

¡Mentira, todo mentira! Mi hija ya no es mi hija, esun culebrón, y ese italiano un granuja. Sólo se acuerda de mí paraenviarme una limosna, ¡como si el corazón comiera y le contentase eldinero! Yo no tomo un cuarto de ellos: primero morir; prefiero molestara los amigos.

Ahora sí que era oído el viejo. Los que le rodeaban sentían hambrientacuriosidad ante una historia que tan de cerca tocaba a dos celebridadesartísticas. Y el señor López, insultado por todo un público, deseabacomunicar a alguien su indignación, aunque fuese a los guardias.

—No tengo más familia que esa. Comprendan mi situación. Se crió enmis brazos: la pobrecita no conoció a su madre. Sacó voz; dijo quequería ser tiple o morir, y aquí tienen ustedes al bonachón de su padredecidido a que fuese una celebridad o a morir con ella. Los maestrosdijeron: ¡a Milán! Y allá va el señor López con su niña, después dedimitir su empleo y vender los cuatro terrones heredados de su padre.¡Válgame Dios y cuánto he sufrido! ¡Cuanto he trotado antes del debut,de maestro en maestro y de empresario en empresario! ¡Qué humillaciones,qué vigilancias para guardar a mi niña, y qué privaciones; sí, señores,privaciones y hasta hambre, cuidadosamente ocultada, para que nadafaltase a la señorita! Y cuando cantó por fin y comenzó a sonar sunombre, cuando yo me extasiaba ante los resultados de mi sacrificio,llega ese fantasmón de Franchetti, y cantando sobre las tablas dúos ymás dúos de amor, acaban por enamoricarse, y tengo que casar a la niñapara que no me ponga mal gesto ni me parta el alma con sus lloros.Ustedes no saben lo que es un matrimonio de cantantes. El egoísmohaciendo gorgoritos. Ni cariño, ni corazón, ni nada; la voz, sólo lavoz. Al ladrón de mi yerno le molesté desde el primer momento; teníacelos de mí, quería alejarme para dominar en absoluto a su mujer; yella, que ama a ese payaso, que cada vez está más unida a él por lasovaciones, dijo que sí a todo. ¡Las exigencias del arte! ¡Su modo devivir, que no les permite deberse a la familia, sino al arte! Estasfueron sus excusas, y me enviaron a España; y yo, por reñir con esefarsante, reñí con mi hija. Hasta hoy no les había visto... Señores,llévenme ustedes donde quieran, pero declaro que siempre que puedavendré a silbar a ese ladrón italiano... He estado enfermo, estoy solo:pues revienta, viejo, como si no tuvieras hija. Tu Conchita no es tuya;es de Franchetti... pero no; es del arte. Y ahora digo yo: Si el arteconsiste en que las hijas olviden a los padres que por ellas sesacrificaron, digo que me futro en el arte y que más me alegraríaencontrarme a mi Concha al entrar en casa remendando mis calcetines.

Lobos de mar

———

Retirado de los negocios después de cuarenta años de navegación contoda clase de riesgos y aventuras, el capitán Llovet era el vecino másimportante del Cabañal, una población de: casas blancas de un solo piso,de calles anchas, rectas y ardientes de sol, semejante a una pequeñaciudad americana.

La gente de Valencia que veraneaba allí miraba con curiosidad al viejolobo de mar, sentado en un gran sillón bajo el toldo de listada lona quesombreaba la puerta de su casa. Cuarenta años pasados a la intemperie,en la cubierta de su buque, sufriendo la lluvia y los rociones deloleaje, le habían infiltrado la humedad hasta los mismos huesos, y,esclavo del reuma, permanecía los más de los días inmóvil en su sillón,prorrumpiendo en quejidos y juramentos cada vez que se ponía en pie.Alto, musculoso, con el vientre hinchado y caído sobre las piernas, lacara bronceada por el sol y cuidadosamente afeitada, el capitán parecíaun cura en vacaciones, tranquilo y bonachón en la puerta de su casa.

Susojos grises, de mirada fija e imperativa, ojos de hombre habituado almando, eran lo único que justificaba la fama del capitán Llovet, laleyenda sombría que flotaba en torno de su nombre.

Había pasado su vida en continua lucha con la marina real inglesa,burlando la persecución de los cruceros en su famoso bergantín repletode carne negra, que transportaba desde la costa de Guinea a lasAntillas. Audaz y de una frialdad inalterable, jamás le vieron oscilarsus marineros.

Contábanse de él cosas horripilantes. Cargamentos enteros de negrosarrojados al agua para librarse del crucero que le daba caza; lostiburones del Atlántico acudiendo a bandadas, haciendo hervir las olascon su fúnebre coleteo, cubriendo el mar de manchas de sangre,repartiéndose a dentelladas los esclavos, que agitaban con desesperaciónsus brazos fuera del agua; sublevaciones de tripulación contenidas porél solo a tiros y hachazos; raptos de ciega cólera en los que corría porcubierta como una fiera; hasta se hablaba de cierta mujer que leacompañaba en sus viajes, la cual, desde el puente, fue arrojada al marpor el iracundo capitán después de una disputa por celos. Y junto conesto, inesperados arranques de generosidad: socorros a manos llenas alas familias de sus marineros. En un arrebato de cólera era capaz dematar a uno de los suyos; pero si alguien caía al agua, se arrojaba parasalvarle, sin miedo al mar ni a sus voraces bestias. Enloquecía de furorsi los compradores de negros le engañaban en unas cuantas pesetas, y enla misma noche gastaba tres o cuatro mil duros celebrando una deaquellas orgías que le habían hecho famoso en la Habana. «Pega antes quehabla», decían de él los marineros, y recordaban que, en alta mar,sospechando que su segundo conspiraba contra él, le había deshecho elcráneo de un pistoletazo. Aparte de esto, un hombre divertidísimo, apesar de su cara fosca y su mirada dura. En la playa del Cabañal, lagente, reunida a la sombra de las barcas, reía recordando sus bromas.Una vez dio un convite a bordo al reyezuelo africano que le vendía losesclavos, y viendo borrachos a la negra majestad y sus cortesanos, hizocomo el negrero de Merimée: desplegó velas y los vendió como esclavos.Otra vez, viéndose perseguido por un crucero británico, desfiguró subuque en una sola noche, pintándolo de otro color y cambiando laarboladura.

Los capitanes ingleses tenían datos en abundancia paraconocer el buque del audaz negrero; pero como si no tuvieran nada.

Elcapitán Llovet, como decían en la playa, era un gitano de mar, y tratabasu barco como a un burro de feria, haciéndole sufrir transformacionesmaravillosas.

Cruel y generoso, pródigo de su sangre y de la ajena, duro para elnegocio y manirroto para el placer, los negociantes de Cuba le habíanapodado el Capitán Magnífico, y así seguían llamándole los pocosmarineros de su antigua tripulación que aún arrastraban por la playa laspiernas reumáticas, tosiendo y encorvando el pecho.

Casi arruinado por empresas comerciales, al retirarse de la trata sehabía metido en su casa del Cabañal, viendo pasar la vida ante supuerta, sin otra distracción que jurar como un condenado cuando el reumale hacía permanecer inmóvil en su asiento. Por una respetuosa admiraciónvenían a sentarse en la acera algunos de aquellos vejestorios que habíanrecibido de él en otro tiempo órdenes y palos, y juntos hablaban concierta melancolía de la gran calle, como el capitán llamaba alAtlántico, contando las veces que habían pasado de una acera a otra, deÁfrica a América, corriendo temporales y chasqueando a los polizontesdel mar. En verano, los días que no apretaba el dolor y las piernasestaban fuertes, bajaban a la playa, y el capitán, enardecido a la vistadel mar, desahogaba sus dos odios.

Odiaba a Inglaterra por haber oídosilbar más de una vez las balas de sus cañones. Odiaba la navegación avapor como un sacrilegio marítimo. Aquellos penachos de humo quepasaban por el horizonte eran los funerales de la marina. Ya no quedabansobre el agua hombres de oficio; ahora el mar era de los fogoneros.

En los días tempestuosos del invierno, siempre le veían en la playa conla nariz palpitante, olfateando la tormenta, como si aún estuviera sobrecubierta preparándose a resistir el tiempo.

Una mañana lluviosa vio correr la gente hacia el mar, y allá fue él,contestando con gruñidos a la familia, que le hablaba de su reuma. Entrelas negras barcas encalladas en la orilla destacábanse sobre el mar,lívido y cubierto de espumarajos, los grupos de blusas azules, lasfaldas ondeantes por el vendaval, con las que se resguardaban de lalluvia las mujeres. Lejos, en la bruma que cerraba el horizonte, corríancomo ovejas asustadas las barcas pescadoras, con la vela casi recogida ynegruzca por el agua, sosteniendo una lucha de terribles saltos,enseñando la quilla en cada cabriola, antes de doblar la punta delpuerto, amontonamiento de peñascos rojos barnizados por las olas, entrelos cuales hervía una espuma amarillenta, bilis del irritado mar.

Una barca desarbolada iba como pelota de ola en ola hacia la siniestrapunta. La gente gritaba en la playa viendo a los tripulantes tendidos enla cubierta, anonadados por la proximidad de la muerte. Se hablaba de irhasta la barca, de echarla un cabo, de atraerla a la playa; pero los másaudaces, mirando las olas que se desplomaban llenando el espacio depolvo de agua, callábanse atemorizados. La barca que saliera daría lavoltereta antes de mover un remo.

—A ver: ¡gente que me siga! Hay que salvar a esos pobres.

Era la voz ruda e imperiosa del capitán Llovet. Se erguía sobre sustorpes piernas, la mirada brillante y fiera, las manos temblorosas porla cólera que le infundía el peligro. Las mujeres le miraban asombradas;los hombres retrocedían, formando ancho corro en torno de él, queprorrumpió en juramentos, agitando sus manos como si fuera a cerrar agolpes con toda la chusma. Le enfurecía el silencio de aquella gente,como si estuviera ante una tripulación insubordinada.

—¿Desde cuándo el capitán Llovet no encuentra en su pueblo hombres quele sigan al mar?

Lo dijo rugiendo, como un tirano que se ve desobedecido, como un Diosque contempla la huida de sus fieles. Hablaba en castellano, lo que eraen él señal de ciega cólera.

¡Presente, capitá! —gritaron a un tiempo unas cuantas vocestemblonas.

Y abriéndose paso, aparecieron en el centro del corro cinco viejos,cinco esqueletos roídos por el mar y las tempestades, antiguos marinerosdel capitán Llovet, arrastrados por la subordinación y el afecto quecrea el peligro afrontado en común. Avanzaron unos arrastrando los pies,otros con saltitos de pájaro, alguno con los ojos muy abiertos,mostrando en las pupilas la vaguedad de la ceguera senil, todostemblorosos de frío, con el cuerpo forrado de bayeta amarilla y la gorracalada sobre dobles pañuelos arrollados a las sienes. Era la viejaguardia corriendo a morir junto a su ídolo. De los grupos salíanmujeres y niños, que se arrojaban sobre ellos queriendo detenerles.

¡Agüelo! —gritaban los nietos.

¡Pare! —gemían las mocetonas.

Y los animosos vejetes, irguiéndose como los rocines moribundos al oírel clarín de las batallas, repelían los brazos que se anudaban a suscuellos y piernas, y gritaban contestando a la voz de su jefe:

¡Presente, capitá!

Los lobos de mar, con su ídolo al frente, abriéronse paso para echar almar una de las barcas. Rojos, congestionados por el esfuerzo, con elcuello hinchado por la rabia, sólo consiguieron mover la barca y que sedeslizara algunos pasos. Irritados contra su vejez, intentaron un nuevoesfuerzo; pero la muchedumbre protestaba contra su locura, y cayó sobreellos, desapareciendo los viejos arrebatados por sus familias.

—¡Dejadme, cobardes! ¡Al que me toque, lo mato!—rugía el capitánLlovet.

Pero por primera vez aquel pueblo, que le adoraba, puso la mano en él.Le sujetaron como a un loco, sordos a sus súplicas, indiferentes a susmaldiciones.

La barca, abandonada de todo auxilio, corría a la muerte dando tumbossobre las olas. Ya estaba próxima a los peñascos, ya iba a estrellarseentre torbellinos de espuma, y aquel hombre que tanto había despreciadola vida del semejante, que había nutrido a los tiburones con tribusenteras y que llevaba un nombre aterrador como una leyenda lúgubre,revolvíase furioso, sujeto por cien manos, blasfemando porque no ledejaban arriesgar la existencia socorriendo a unos desconocidos, hastaque, agotadas sus fuerzas, acabó llorando como un niño.

Un funcionario

———

Tendido de espaldas en el camastro y siguiendo con vaga mirada lasgrietas del techo, el periodista Juan Yáñez, único huésped de la salade políticos, pensaba que había entrado aquella noche en el tercer mesde su encierro.

Las nueve... La corneta había lanzado en el patio las prolongadas notasdel toque de silencio; en los corredores sonaban con monótona igualdadlos pasos de los vigilantes, y de las cerradas cuadras, repletas decarne humana, salía un rumor acompasado, semejante al soplo de unafragua lejana o a la respiración de un gigante dormido: parecíaimposible que en aquel viejo convento, tan silencioso, cuya ruinaresultaba más visible a la cruda luz del gas, durmiesen mil hombres.

El pobre Yáñez, obligado a acostarse a las nueve, con una perpetua luzante los ojos y sumido en un silencio aplastante que hacía creer en laposibilidad del mundo muerto, pensaba en lo duramente que iba saldandosu cuenta con las instituciones.

¡Maldito artículo! Cada línea iba acostarle una semana de encierro; cada palabra un día.

Y Yáñez, recordando que aquella noche comenzaba la temporada de óperacon Lohengrin, su ópera predilecta, veía los palcos cargados dehombros desnudos y nucas adorables, entre destellos de pedrería,reflejos de sedas y airoso ondear de rizadas plumas.

—Las nueve... Ahora habrá salido el cisne, y el hijo de Parsifallanzará sus primeras notas entre los siseos de expectación delpúblico... ¡Y yo aquí! ¡Cristo! No tengo mala ópera...

Sí; no era mala. Del calabozo de abajo, como si provinieran de unsubterráneo, llegaban los ruidos con que delataba su existencia unbruto de la montaña, a quien iban a ejecutar de un momento a otro por unsinnúmero de asesinatos. Era un chocar de cadenas que parecía el ruidode un montón de clavos y llaves viejas, y de vez en cuando una voz débilrepitiendo: «Pa... dre nuestro que es... tás en los cielos... San... taMaría...» con la expresión tímida y suplicante del niño que se duerme enbrazos de su madre. ¡Siempre repitiendo la monótona cantinela, sin quepudieran hacerle callar! Según opinión de los más, quería con estofingirse loco para salvar el cuello: tal vez catorce meses deaislamiento en un calabozo, esperando a todas horas la muerte, habíanacabado con su escaso seso de fiera instintiva.

Estaba Yáñez maldiciendo la injusticia de los hombres, que por unascuantas cuartillas emborronadas en un momento de mal humor le obligabana dormirse todas las noches arrullado por el delirio de un condenado amuerte, cuando oyó fuertes voces y pasos apresurados en el mismo pisodonde estaba su departamento.

—No; no dormiré ahí—gritaba una voz trémula y atiplada—.

¿Soy acasoalgún criminal? Soy un funcionario de Gracia y Justicia lo mismo queustedes... y con treinta años de servicios.

Que pregunten por Nicomedes:todo el mundo me conoce; hasta los periódicos han hablado de mí. Ydespués de alojarme en la cárcel, ¿aún quieren hacerme dormir en undesván que ni para los presos sirve? Muchas gracias. ¿Para esto meordenan venir?...

Estoy enfermo y no duermo ahí. Qué me traigan unmédico; necesito un médico...

Y el periodista, a pesar de su situación, reíase regocijado por laentonación afeminada y ridícula con que el de los treinta años deservicios pedía el médico.

Repitiose el murmullo de voces: discutían como si formasen Consejo,oyéronse pasos, cada vez más cercanos, y se abrió la puerta de la salade políticos, asomando por ella una gorra con galón de oro.

—Don Juan—dijo el empleado con cierta cortedad—, esta noche tendráusted compañía... Dispense usted, no es mía la culpa; la necesidad... Enfin, mañana ya dispondrá el jefe otra cosa. Pase usted... señor.

Y el señor (así, con entonación irónica) pasó la puerta, seguido dedos presos; uno con una maleta y un lío de mantas y bastones; otro conun saco cuya lona marcaba las aristas de una caja ancha y de pocaaltura.

—Buenas noches, caballero.

Saludaba con humildad, con aquella voz trémula que hizo reír a Yáñez, yal quitarse el sombrero descubrió una cabeza pequeña, cana ycuidadosamente rapada. Era un cincuentón obeso, coloradote; la capaparecía caerse de sus hombros, y un mazo de dijes colgando de una gruesacadena de oro repiqueteaba sobre su vientre al menor movimiento. Susojos pequeños tenían los reflejos azulados del acero, y la boca aparecíaoprimida por unos bigotillos curvos y caídos como dos signos deinterrogación.

—Usted dispense—dijo sentándose—Voy a molestarle mucho; pero no espor culpa mía. He llegado en el tren de esta noche, y me encuentro conque me dan para dormitorio un desván lleno de ratas. ¡Vaya un viaje!

—¿Es usted preso?

—En este momento, sí—dijo sonriendo—; pero no le molestaré mucho conmi presencia.

Y el panzudo burgués se mostraba obsequioso, humilde, como si pidieraperdón por haber usurpado su puesto en la cárcel.

Yáñez le miraba fijamente: tanta timidez le asombraba. ¿Quién seríaaquel sujeto? Y por su imaginación danzaban ideas sueltas, apenasesbozadas, que parecían buscarse y perseguirse para completar unpensamiento.

De pronto, al sonar a lo lejos otra vez el quejumbroso padrenuestro dela fiera encerrada, el periodista se incorporó nerviosamente, como siacabase de atrapar la idea fugitiva, fijando su vista en aquel saco queestaba a los pies del recién llegado.

—¿Qué lleva usted ahí?... ¿Es la caja de las herramientas?

El hombre pareció dudar, pero al fin se le impuso la enérgica expresióninterrogativa, e inclinó la cabeza afirmativamente.

Después el silenciose hizo largo y penoso. Unos presos colocaban la cama de aquel hombreen un rincón de la sala.

Yáñez contemplaba fijamente a su compañero dehospedaje, que permanecía con la cabeza baja, como rehuyendo susmiradas.

Cuando la cama quedó hecha y los presos se retiraron, cerrando elempleado la puerta con el cerrojo exterior, continuó el penoso silencio.Por fin, aquel sujeto hizo un esfuerzo y habló:

—Voy a dar a usted una mala noche; pero no es mía la culpa: ellos mehan traído aquí. Yo me resistía, sabiendo que es usted una personadecente que sentirá mi presencia como lo peor que haya podido ocurrirleen esta casa.

El joven se sintió desarmado por tanta humildad.

—No, señor; yo estoy acostumbrado a todo—dijo con ironía—

. ¡Se hacenen esta casa tan buenas amistades, que una más nada importa! Además,usted no parece mala persona.

Y el periodista, que aún no se había limpiado de sus primeras lecturasrománticas, encontraba muy original aquella entrevista y hasta sentíacierta satisfacción.

—Yo vivo en Barcelona—continuó el viejo—, pero mi compañero de estedistrito murió hace poco de la última borrachera, y ayer, al presentarmeen la Audiencia, me dijo un alguacil: «Nicomedes...» Porque yo soyNicomedes Terruño.

¿No ha oído usted hablar de mí?... Es extraño; laprensa ha publicado muchas veces mi nombre. «Nicomedes, de orden delseñor presidente que tomes el tren de esta noche.» Vengo con elpropósito de meterme en una fonda hasta el día del trabajo, y desde laestación me traen aquí, por no sé qué miedos y precauciones; y paramayor escarnio, me quieren alojar don las ratas. ¿Ha visto usted? ¿Esesto manera de tratar a los funcionarios de justicia?

—¿Y lleva usted muchos años desempeñando el cargo?

—Treinta años, caballero: comencé en tiempos de Isabel II.

Soy eldecano de la clase y cuento en mi lista hasta condenados políticos.Tengo el orgullo de haber cumplido siempre mi deber.

El de ahora será elciento dos. Son muchos, ¿verdad? Pues con todos me he portado lo mejorque he podido. Ninguno se habrá quejado de mí. Hasta los ha habidoveteranos del presidio, que, al verme en el último momento, setranquilizaban y decían:

«Nicomedes, me satisface que seas tú.»

El funcionario iba animándose en vista de la atención benévola ycuriosa que le prestaba Yáñez. Iba tomando tierra: cada vez hablaba conmás desembarazo.

—Tengo también mi poquito de inventor—continuó—. Los aparatos losfabrico yo mismo, y en cuanto a limpieza no hay más que pedir... ¿Quiereusted verlos?

El periodista saltó de la cama como dispuesto a huir.

—No; muchas gracias. Lo creo.

Y miraba con repugnancia aquellas manos, cuyas palmas eran rojizas ygrasientas. Restos tal vez de la limpieza reciente de que hablaba; peroa Yáñez le parecían impregnadas de grasa humana, del zumo de aquelcentenar que formaba su lista.

—¿Y está usted satisfecho de la profesión?—preguntó para hacerleolvidar el deseo de lucir sus invenciones.

—¡Qué remedio!... Hay que conformarse. Mi único consuelo es que cadavez se trabaja menos. ¡Pero cuán duro es este pan!

¡Si lo hubierasabido!...

Y quedó silencioso mirando al suelo.

—¡Todos contra mí!—continuó—. Yo he visto muchas comedias, ¿sabeusted? He visto que ciertos reyes antiguos iban a todas partes llevandodetrás al ejecutor de su justicia, vestido de rojo, con el hacha alcuello, y hacían de él su amigo y consejero.

¡Aquello era lógico! Elencargado de cumplir la justicia me parece que es alguien y algunaconsideración merece. Pero en estos tiempos todo son hipocresías. Gritael fiscal pidiendo una cabeza en nombre de no sé cuántas cosasrespetables, y a todos les parece bien; llego yo después cumpliendo susórdenes, y me escupen y me insultan. Diga, señor, ¿es esto justo?... Sientro en una fonda, me ponen en la puerta apenas me conocen; en la calletodos rehuyen mi contacto, y hasta en la Audiencia me tiran el sueldo alos pies, como si yo no fuese un funcionario lo mismo que ellos, como simi dinero no figurase en el presupuesto...

¡Todos contra mí! Ydespués—añadió con voz apenas perceptible—, los otros enemigos...¡Los otros! ¿Sabe usted? Los que se fueron para no volver, y sinembargo, vuelven; ese centenar de infelices a los que traté con mimos depadre, haciéndoles el menor daño posible y que... ¡ingratos! vienen a míapenas me ven solo.

—¡Qué!... ¿Vuelven?

—Todas las noches. Los hay que me molestan poco: los últimos, apenas;me parecen amigos de los que me despedí ayer; pero los antiguos, los demi primera época, cuando aún me emocionaba y me sentía torpe, esos sonverdaderos demonios, que, apenas me ven solo en la oscuridad, desfilansobre mi pecho en interminable procesión, me oprimen, me asfixian,rozándome los ojos con el borde de sus hopas. Me siguen a todas partes,y así como me hago viejo son más asiduos. Cuando me metieron en eldesván comencé a verles asomar por los rincones más oscuros. Por esopedía un médico: estaba enfermo; tenía miedo a la noche; quería luz,compañía.

—¿Y siempre está usted solo?

—No; tengo familia allá en mi casita de las afueras de Barcelona; unafamilia que no da disgustos: un perro, tres gatos y ocho gallinas. Noentienden a las personas y por eso me respetan, me quieren como si yofuera un hombre igual a los demás.

Envejecen tranquilamente a mi lado.Nunca se me ha ocurrido matar una gallina: me desmayo viendo correr lasangre.

Y decía esto con la misma voz quejumbrosa de antes, débil, anonadado,como si sintiera el lento desplome de su interior.

—¿Y nunca tuvo usted familia?

—¿Yo?... ¡Como todo el mundo! A usted se lo cuento todo, caballero.¡Hace tanto tiempo que no hablo!... Mi mujer murió hace seis años. Nocrea usted que era una de esas mujerzuelas borrachas y embrutecidas, quees el papel que en las novelas se reserva siempre a la hembra delverdugo. Era una moza de mi pueblo, con la que casé al volver delservicio. Tuvimos un hijo y una hija; pan poco, miseria mucha, y ¿quéquiere usted? la juventud y cierta brutalidad de carácter me llevaron aloficio. No crea

que