La Catedral by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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El deseo ferviente de Gabriel era ir a París. Su vida en Francia habíacambiado radicalmente sus ideas. Experimentaba la misma impresión que sihubiera caído en un planeta nuevo.

Acostumbrado a la monótona vida delSeminario y a la existencia nómada de aquella guerra montaraz y singloria, le asombraban el progreso material, los refinamientos de lacivilización, la cultura y el bienestar de las gentes en la tierrafrancesa. Recordaba ahora con vergüenza su ignorancia española, aquellaprosopopeya castellana, mantenida por mentirosas lecturas, que le hacíancreer que España era el primer país del mundo, el pueblo más valiente ymás noble, y las demás naciones una especie de rebaños tristes, creadospor Dios para ser víctimas de la herejía y recibir soberbias palizascada vez que intentaban medirse con este país privilegiado que come maly bebe poco, pero tiene los primeros santos y los más grandes capitanesde la cristiandad.

Cuando Gabriel pudo expresarse en francés y tuvo reunidos unos cuantosfrancos para el viaje, se trasladó a Paris. Un abate amigo le habíaencontrado colocación como corrector de pruebas en una libreríareligiosa inmediata a San Sulpicio. En este barrio levítico de París,con sus hoteles para curas y familias religiosas, sombríos comoconventos, y sus almacenes de imaginería piadosa que infestan el globode santos charolados y risueños, se verificó la gran transformación deGabriel.

El barrio de San Sulpicio, con sus calles tranquilas y silenciosas a laespañola y sus beatas de velo negro que pasan rozando los muros delSeminario, atraídas por el toque de las campanas, fue para elseminarista español lo que el camino de Damasco para el apóstol. Elcatolicismo francés, culto, razonador y respetuoso con los progresoshumanos, aturdió a Gabriel. Su fiera devoción española estabaacostumbrada al desprecio de las ciencias profanas. No había en el mundomás que una sabiduría verdadera: la teología; las demás ciencias eranjuegos, buenos cuando más para entretener la eterna infancia de lahumanidad. Conocer a Dios y medir la grandeza de su poder era lo únicoserio a que podían dedicarse los hombres. Las máquinas, losdescubrimientos de las ciencias positivas, todo lo que no se relacionabacon la divinidad y la vida futura, eran bagatelas para entretener agentes locas y sin fe.

Y el antiguo seminarista, que despreciaba el progreso humano desde niño,como una ridícula mentira, quedó estupefacto viendo con qué solemnidadhablaba de él el catolicismo francés.

Corrigiendo las pruebas de tantolibro religioso notaba Gabriel el profundo respeto que aquella cienciadespreciada infundía a los buenos abates franceses, de cultura muysuperior a la de los canónigos de allá abajo. Es más: hasta notabacierto encogimiento humilde en los representantes de la religión cuandose encaraban con la ciencia; un deseo de agradar, de no ser rechazados,de infundir simpatía con soluciones conciliadoras para que el dogma noquedase en tierra privado de asiento en aquel tren de rapidísima marchaque llevaba a la humanidad hacia el porvenir con el vértigo de losnuevos descubrimientos. Libros enteros de sacerdotes ilustres estabandedicados a ajustar y amoldar, aun a riesgo de violentarlas, lasrevelaciones de los libros santos con los descubrimientos de la ciencia.La Iglesia, anciana venerable que Gabriel había visto en su paísinmóvil, con majestad hierática, sin dignarse tocar un solo pliegue desu manto para no perder el polvo de los siglos, se agitaba en Franciaqueriendo remozarse, arrojaba a un lado las vestiduras de la tradición,como harapos vetustos que la ponían en ridículo, y distendía susmiembros con esfuerzo desesperado, para acoplarse dentro de la modernaarmadura de la ciencia, la gran enemiga del ayer, la gran triunfadoradel presente, cuya aparición había sido saludada con hogueras ybochornosas abjuraciones.

¿Qué tenía dentro la fatal manzana del Paraíso, que después de seis milaños de maldición la misma Iglesia comenzaba a venerarla, esforzándosepor hacerla olvidar las antiguas persecuciones? ¿Por qué la religión,firme como una roca en medio de los siglos, que había desafiadopersecuciones, cismas y guerras, se ablandaba por el miedo ante losdescubrimientos de unos cuantos hombres, entrando en la corriente locaque buscaba la causa y la explicación de todas las cosas? Teniendo elapoyo secular de la Fe, ¿a qué buscar el auxilio de la Razón parasostener sus tradiciones y justificar sus dogmas?

Sintió Gabriel la misma fiebre de curiosidad que de niño le habíaobligado a encorvar su espalda ante los volúmenes encuadernados enpergamino de la biblioteca del Seminario. Quiso conocer el misteriosoperfume de aquella ciencia odiada que perturbaba a los sacerdotes deDios y les hacía renegar indirectamente de las creencias de diecinuevesiglos. Deseó saber por qué se descoyuntaban y torturaban los librossagrados para explicar por épocas geológicas la creación que Dios habíarealizado en seis días; qué peligro se quería evitar haciendo comparecera la divinidad ante la ciencia para que explicase sus actos,ajustándolos a las decisiones de ésta; a qué obedecía el miedoinstintivo de los autores religiosos a afirmar rotundamente losmilagros, justificándolos con intrincados razonamientos, sin atreverse asostener como prueba decisiva la indiscutibilidad del prodigiosobrenatural.

Por entonces abandonó Gabriel el ambiente tranquilo de la libreríareligiosa. Su fama de humanista había llegado hasta un editor vecino dela Sorbona que publicaba libros clásicos, y Luna, sin salir de la orillaizquierda del Sena, saltó al Barrio Latino para corregir pruebas enlatín y griego. Ganaba doce francos al día: mucho más que aquelloscanónigos de Toledo que en otros tiempos le parecían grandes duques.Vivía en un hotelito de estudiantes, cerca de la Escuela de Medicina, ysus discusiones vehementes por la noche, entre el humo de las pipas, conlos compañeros de hospedaje, le instruían tanto como los libros de laodiada ciencia. Aquellos estudiantes que le prestaban volúmenes o leindicaban los autores que debía buscar en sus horas libres en labiblioteca de la montaña de Santa Genoveva, reían como paganos ante susexaltadas afirmaciones de antiguo seminarista.

Durante dos años, el joven Luna no hizo otra cosa que leer. De vez encuando se permitía acompañar a sus amigos en alguna escapatoria,sumiéndose en la vida alegre y amorosa del barrio. Gastó los codos desus mangas en las mesas de las cervecerías. La Mimí de Murger pasóvarias veces ante él menos melancólica que en la obra del poeta, y el exseminarista tuvo sus idilios de una tarde de domingo en los bosquesinmediatos a París. Pero Gabriel no era un temperamento amoroso; lacuriosidad, el ansia de saber, le dominaban, y después de estasescapadas, de las que volvía más fresco, con el cerebro más despierto,como si saliera de un baño que calmaba su juventud, entregábase conmayores ánimos al estudio. La Historia, la verdadera Historia, cuya fríalimpidez contrastaba con la intrincada maraña de prodigios de loscronicones leídos en la niñez, abatió gran parte de sus creencias. Elcatolicismo no fue ya para él la religión única. Ya no partió en dosperíodos la historia de la Humanidad, antes y después de la aparición enJudea de unos hombres obscuros que se esparcieron por el mundopredicando una moral cosmopolita sacada de las máximas de los pueblosorientales y de las enseñanzas de la filosofía griega. Las religionesfueron para él invenciones humanas, sometidas a las condiciones deexistencia de todo organismo, con su infancia generosa, capaz de ciegossacrificios, su virilidad absorbente y dominadora, en la que lasantiguas dulzuras se convierten en imposiciones autoritarias del poder,y su vejez irremediable, con una lenta agonía que hace que el enfermo,adivinando su próximo fin, se agarre a la vida con el ansia de ladesesperación.

La antigua fe intentaba renacer en Luna, pugnando por arrojar lejos lasnuevas convicciones que le dominaban; pero las lecturas del díasiguiente bastaban para borrar estas reminiscencias que agitaban durantela noche su pensamiento. El cristianismo no era ya para Gabriel más queuna de las muchas manifestaciones del pensamiento humano, deseoso deexplicarse la presencia del hombre en la tierra y el pavoroso misteriode lo que pueda existir más allá de la muerte. Estos dos problemasvenían preocupando al ser humano desde que, salido de la barbarieprehistórica, con una casa que le pusiera al abrigo de las fieras, unvestido que le librase del frío y la tierra cultivada asegurando sunutrición, pudo desarrollar la más tardía de sus facultades: elpensamiento.

Su fe en el catolicismo como religión única desapareció completamente.Al perder sus creencias en el dogma perdió también, como consecuencialógica, aquella fe en la monarquía que le había llevado a pelear en lasmontañas. Apreciaba ahora claramente la historia de su país sinprejuicios de raza. Los historiadores extranjeros le mostraban la tristesuerte de España, estacionada en el período crítico de su desarrollo,cuando salía joven y vigorosa del fecundo período de la Edad Media, porel fanatismo de sacerdotes e inquisidores y la demencia de unos reyesque, faltos de medios, quisieron resucitar la monarquía de los Césares,agotando al país en esta empresa de locos. Los pueblos que habían rotocon el Pontificado, volviendo para siempre la espalda a Roma, eran másprósperos y felices que aquella España que dormitaba como una mendiga ala puerta de la iglesia.

En este período de su evolución intelectual, Gabriel tuvo un ídolo, ymuchas tardes abandonaba el trabajo para ir a oírle durante una hora enel Colegio de Francia. Era Ernesto Renán. Luna le admiraba con dobleafecto: por su talento y por su historia. Era como de su familia. Elgrande hombre había pasado también por el Seminario y guardaba aúncierto aspecto clerical, como si hubiera sufrido más hondamente lapresión del troquel eclesiástico. Era un rebelde: «los martillos paraderribar el templo, dentro del templo se forjaban». Cumplíase la leyfatal de todas las religiones, cuando la fe se desvanece y la granmuchedumbre no siente el fervor de la primera edad.

Gabriel se asombraba viendo cómo iba el sabio desentrañando los orígenesintelectuales del pueblo hebreo, que habían servido de base alcristianismo; cómo desarmaba el inmenso retablo ante el cual habíapermanecido de rodillas la humanidad diecinueve siglos, pieza por pieza,marcando sus diversas procedencias. El seminarista español se indignabacontra su antigua fe con toda la fogosidad de un temperamento vehemente.¡Y él había podido creer en todo aquello, considerándolo el resumen dela humana sabiduría! El cristianismo desempeñaba un papel beneficioso enun período de la infancia de la humanidad. Llenaba la vida de loshombres durante la Edad Media, cuando no podía darse un paso fuera de lareligión, y en la tierra, asolada por las luchas, no había otraesperanza que el cielo ni más lugar de asilo para el pensamiento que lacatedral en la ciudad y el monasterio en el campo. «Las ferias, lasreuniones para negocios o placeres—como decía su maestro—, eranfiestas religiosas; las representaciones escénicas eran misterios; losviajes, peregrinaciones, y las guerras, cruzadas.» Pero después separtía la vida: lo religioso a un lado, lo humano a otro. El artecolocaba la Naturaleza sobre el ideal; los hombres pensaban más en latierra que en el cielo: la Razón nacía; cada uno de sus avances era unpaso atrás para la Fe, y llegaba el momento, por fin, en que losclarividentes, los que se inquietaban por el porvenir, pensaban ya encuál había de ser la nueva creencia que sustituyese a la religiónagonizante. Luna no vacilaba: la Ciencia, únicamente la Ciencia ocuparíael hueco de la religión, muerta para siempre.

Influido por el helenismo de su maestro, que fácilmente prendía en él,acostumbrado como estaba al trato diario con los autores griegos, soñabacon que la humanidad del porvenir fuese una inmensa Atenas, unademocracia artística y sabia gobernada por grandes pensadores, sin másluchas que las de las ideas ni otra ambición que la de pulir lainteligencia, de costumbres dulces y dedicada a los goces del espíritu yal culto de la Razón.

De sus antiguas creencias, Gabriel sólo conservaba la idea de Dioscreador con cierto escrúpulo supersticioso. Algo le desconcertaba laastronomía, estudio al que se había entregado con entusiasmo casiinfantil, atraído por el encanto de lo maravilloso. Aquel infinito porel que en otro tiempo revoloteaban las legiones de ángeles, y que servíade camino a la Virgen en sus descensos terrenales, se poblaba de prontode miles de millones de mundos, y cuanto más potentes eran losinstrumentos inventados por el hombre, mayor se hacía su número,prolongándose las distancias en una inmensidad que causaba vértigos.Unos cuerpos se atraían a otros girando por el espacio a razón demillares y millones de leguas por minuto, y toda esta nube de mundoscaía y caía, sin pasar dos veces por el mismo punto de la silenciosainmensidad, en la que surgían otros astros y otros y otros, así comoiban perfeccionándose los instrumentos de observación. ¿Dónde estaba eneste infinito el Dios que fabricaba la tierra en seis días, que seirritaba por el capricho de dos seres inocentes sacados del barro yhechos carne de un soplo, y hacía surgir de la nada el sol y tantosmillones de mundos, sin más objeto que alumbrar este planeta, tristemolécula de polvo de la inmensidad?

El Dios de Gabriel, al perder la forma corporal que le habían dado lasreligiones y difundirse en la creación, perdía todos sus atributos. Alagigantarse para llenar el infinito, confundiéndose con él, se hacía tansutil, tan impalpable para el pensamiento, que casi era un fantasma.

Elpanteísmo, como decía Schopenhauer, equivale a licenciar a Dios porinútil.

Los estudiantes amigos de Gabriel pusieron en sus manos los libros deDarwin, de Büchner y de Haeckel; y el secreto de la creación natural,que inquietaba su pensamiento después de la abolición de la omnipotenciadivina, se desgarró ante sus ojos. Vio cómo había surgido la vida sobreaquella esfera que rodaba centenares de millones de años en el espacio,sufriendo cataclismos y transformaciones. Cuando la vejez enfriaba sucorteza, la vida animal asomaba como una consecuencia del mediofavorable, ajustándose a las condiciones de éste, comenzando con formastímidas y microscópicas de existencia, con el musgo que apenas cubre lasrocas, con el animal que apenas presenta los vestigios de un organismorudimentario. Y con este prólogo de la creación natural comenzaba lavida, desarrollándose al través de millones y millones de años,interrumpida a veces por los cataclismos de la tierra agitada por lasúltimas crisis de su crecimiento, y continuando adelante con la ciegatenacidad que anima a la Naturaleza. Era una cadena infinita deevoluciones, de formas abortadas y de organismos triunfantes por laselección, hasta llegar al hombre, que, por un esfuerzo supremo de lamateria que encierra su cráneo, sale de la bestialidad, se despoja de laenvoltura animal de sus antecesores, a los que hace sus esclavos, yreina sobre el planeta.

Nada quedó en Gabriel de sus antiguos ideales. Su conciencia fue uncampo raso sobre el que había soplado el vendaval. La última creencia,la postrera, que aún se mantenía erguida como un monolito en medio deruinas, explicando el origen de la creación, se vino abajo. Luna sedespidió de Dios como de un fantasma consolador que se interpone entreel hombre y la Naturaleza.

Pero el antiguo seminarista no era capaz de permanecer inactivo con subagaje de nuevas ideas. Necesitaba creer en algo, dedicar a la defensade un ideal la fe de su carácter, hacer uso de aquel ardor deproselitismo que había causado admiración en la clase de Elocuencia delSeminario. La sociología revolucionaria se apoderó de él. Primero fueProudhon con sus audaces escritos; después completaron la obra algunos«militantes» que trabajaban en la misma imprenta que él, viejos soldadosde la Commune que acababan de volver del destierro o de las prisiones deOceanía, y reanudaban su campaña contra la organización social con unardor acrecentado por los dolores sufridos y el ansia de venganza. Conellos fue a las reuniones del anarquismo; oyó a Reclús y al ex príncipeKropotkine, y las palabras del difunto Miguel Bakounine llegaron a élcomo el evangelio de un San Pablo del porvenir..

Gabriel había encontrado su nueva religión y se entregó por completo aella, soñando en la regeneración de la humanidad por el estómago.Creyendo en una vida futura, los desgraciados aún tenían el falsoconsuelo de la felicidad después de la muerte. Pero la religión eramentira, y no, existiendo más vida que la presente. Luna se indignabacontra la injusticia social, que condena a la miseria a muchos millonesde seres para la felicidad de unos miles de privilegiados.

La autoridad,fuente de todos los males, era para él el mayor de los enemigos. Habíaque matarla, pero creando antes hombres capaces de subsistir sin amos,sacerdotes y soldados. La dulzura de su carácter, el odio que leinspiraba la violencia después de sus tres años de guerrillero, lehacían apartarse de los nuevos camaradas, que soñaban con hecatombes porla dinamita y el puñal para aterrar al mundo, obligándolo a aceptar porel miedo las nuevas doctrinas. No; él confiaba en la fuerza de las ideasy en la inocente evolución de la humanidad. Había que trabajar como losprimeros apóstoles del cristianismo, seguros del porvenir, pero sinprisa por ver realizadas sus ideas; puestos los ojos, en la labor deldía, sin pensar en los años y los siglos que tardaría en dar su fruto.

El ardor del proselitismo le hizo abandonar París a los cinco años.Sentía el ansia de ver mundo, de estudiar por sí mismo las miseriassociales y las fuerzas de que disponían los desheredados para su grantransformación. Además, veíase molestado por la vigilancia de la policíafrancesa, a causa de sus íntimas relaciones con los estudiantes rusosdel Barrio Latino, jóvenes de mirada fría y lacias melenas, que osabanimplantar en París las venganzas del nihilismo. En Londres conoció a unainglesa joven, enferma, que, movida como él por el ardor de lapropaganda revolucionaria, iba de la mañana a la noche por los paseos ylos alrededores de los talleres repartiendo folletos y hojas impresasque guardaba en una caja de sombreros siempre pendiente de su brazo.Lucy fue al poco tiempo la compañera de Gabriel. Se amaron sin arrebato,con una pasión fría y calmosa, más por la comunidad de ideales que porla instintiva aproximación del sexo; un amor de revolucionarios, con elpensamiento dominado por la rebeldía contra lo existente, sin dejarsitio a otros entusiasmos.

Luna y su compañera pasaron a Holanda y a Bélgica y se instalarondespués en Alemania, siempre viajando de grupo en grupo de compañeros,dedicándose a diversos trabajos, con esa facilidad de adaptación de losrevolucionarios universales, que sin dinero corren el mundo sufriendoprivaciones y encontrando siempre, en el momento difícil, una manofraternal que los levanta y los pone de nuevo en camino.

A los ocho años de esta vida, la amiga de Gabriel murió tísica. Estabanen Italia. Luna, al verse solo, se dio cuenta por primera vez del dulceapoyo que le había prestado la compañera de su vida. Olvidó susentusiasmos revolucionarios para llorar a Lucy, lamentándose del vacíoque dejaba en su existencia. No la había amado como aman los demáshombres, pero era su compañera, su hermana; se compenetraban los dos engustos y aficiones; la miseria en común los había fundido en una solavoluntad. Además, Gabriel sentíase aviejado antes de hora por aquellaexistencia de aventuras emocionantes y penosas privaciones. En variossitios de Europa le habían encarcelado por sospechas de complicidad conlos terroristas. La policía le había golpeado muchas veces. Comenzaba aserle difícil viajar por el continente, pues su fotografía figuraba conla de muchos compañeros en los centros policíacos de las principalesnaciones. Era un perro vagabundo y peligroso, que acabaría por serexpulsado a puntapiés de todas partes.

Gabriel no podía vivir solo. Estaba habituado a ver cerca de él unosojos azules, a oír una voz acariciadora, con inflexiones de pájaro, quele animaba en los momentos difíciles, y no pudo resistir la soledad entierra extraña después de la muerte de Lucy. Despertóse en él unvehemente amor por la tierra natal. Quería volver a España, de la quetanto se había burlado, y que ahora, a pesar de su atraso secular, leparecía interesante. Pensaba en sus hermanos, que seguían agarradoscomo plantas a los sillares de la catedral, sin enterarse de lo queocurría en el mundo, sin buscar noticias suyas, como si lo hubieranolvidado.

Con repentino impulso, como si temiese morir lejos del suelo natal,volvió a España. En Barcelona le proporcionaron los compañeros ladirección de una imprenta, pero antes de ocupar su puesto quiso pasarunos días en Toledo. Volvía envejecido antes de los cuarenta años,hablando cuatro o cinco idiomas y más pobre que salió de allí. Supo quesu hermano el jardinero había muerto, y que la viuda refugiada con suhijo en un desván de las Claverías, lavaba ropa para los canónigos.Esteban, el Vara de palo, le acogió después de tan larga ausencia conla misma admiración que cuando estaba en el Seminario. Se hacía lenguasde sus viajes y convocaba a toda la gente del claustro alto para queoyera a aquel hombre que iba de una parte a otro del mundo como si fuesesu propia casa. En sus preguntas embrollaba dolorosamente la geografía;no reconociendo en ella más que una división: países de herejes y decristianos.

Gabriel compadecíase de la miseria tranquila de aquella gente; admirabasu mansedumbre de servidores del templo, satisfechos de vegetar y moriren el mismo sitio, sin curiosidad alguna por lo que ocurría más allá delos muros. La iglesia le parecía una gran ruina. Era el caparazón depiedra de un animal en otros tiempos poderoso y fuerte, pero que habíamuerto hacía más de un siglo, deshaciéndose su cuerpo, evaporándose sualma, sin dejar otro vestigio que aquella envoltura exterior, semejantea las conchas que encuentran los geólogos en los yacimientosprehistóricos, y que por su estructura dejan adivinar las partes blandasdel ser extinguido. Viendo las ceremonias del culto, que en otrostiempos le conmovían, sentía impulsos de protesta, deseos de gritar asacerdotes y acólitos que se retirasen, pues su tiempo había pasado, lafe había muerto, y únicamente por rutina y por miedo a la opinión ajenavolvía la gente a aquellos lugares que antes llenaba de la mañana a lanoche el fervor religioso.

Al volver a Barcelona, la vida de Gabriel fue un torbellino deproselitismo, de luchas y de persecuciones. Los compañeros lerespetaban, viendo en él al amigo de los grandes propagandistas de «laidea», al hombre que había corrido casi toda Europa y se escribía conlos revolucionarios más famosos. No se celebraba mitin sin el compañero Luna. Aquella elocuencia natural que había causado asombroal iniciarse en el Seminario, se hinchaba y esparcía como un gasembriagador en las reuniones revolucionarias, enardeciendo a lamuchedumbre desarrapada, hambrienta y miserable, que sentíaestremecimientos de emoción ante la sociedad futura descrita por elapóstol: la ciudad celeste de los soñadores de todos los siglos, sinpropiedad, sin vicios, sin desigualdades, donde el trabajo sería unplacer y no existiría más culto que el de la ciencia y el arte. Algunosoyentes, los más sombríos, sonreían con gesto compasivo oyendo susmaldiciones a la fuerza y sus himnos a la dulzura y al triunfo por laresistencia pasiva. Era un ideólogo, al que había que oír porque servíaa «la causa». Ellos, que eran los hombres, los luchadores, sabrían ensilencio aterrar a la sociedad maldita, ya que se mostraba sorda a lavoz de la Verdad.

Cuando estallaron bombas en las calles, el compañero Luna fue elprimer sorprendido por la catástrofe y el primero también en entrar enla cárcel, a causa de la popularidad de su nombre...

¡Oh los dos añospasados en el castillo de Montjuich! En la memoria de Gabriel habíanabierto un surco hondo, una herida profunda que no se cerraba, que seestremecía con el más leve recuerdo, turbando su calma, haciéndoletemblar con el escalofrío del terror.

Se había apoderado de la sociedad la locura del miedo y atrepellabaleyes y respetos humanos para defenderse. La justicia de otros siglos,con sus procedimientos de violencia, resucitaba en plena civilización.Se desconfiaba del juez por culto y escrupuloso y se echaba mano delesbirro, pidiéndole que renovase los antiguos aparatos de tormento.

En el silencio de la noche, Gabriel veía iluminarse su mazmorra; hombrescon uniforme le empujaban por la escalera hasta una habitación donde leaguardaban otros con enormes garrotes.

Un joven de voz melosa, coninsignias de teniente y el aire perezoso de los criollos, le hacíapreguntas sobre los atentados ocurridos meses antes abajo en la ciudad.Gabriel nada sabía, nada había visto. Tal vez los terroristas seríancompañeros suyos; pero él, fijos los ojos en lo alto, contemplando susvisiones del porvenir, no había llegado a darse cuenta de que germinabaen torno suyo la violencia. Su negativa tenaz indignaba a aquelloshombres; la voz melosa del criollo se atiplaba por la ira, y entreamenazas y blasfemias abalanzábanse todos sobre él, y comenzaba la cazadel hombre por toda la mazmorra, cayendo los garrotes sobre su cuerpo,alcanzándole lo mismo en la cabeza que en las piernas, acosándolo en losrincones, siguiéndole cuando con un salto desesperado pasaba al muroopuesto, abriéndose camino con la testa baja. Su espalda resonaba comoun cofre vacío bajo los golpes. Algunas veces, la desesperación deldolor enardecía a la víctima; el cordero se volvía fiera, y antes decaer al suelo, gimoteando como un niño bajo la superioridad del número,se arrojaba sobre los verdugos, arañándolos, intentando morderles.Gabriel guardaba un botón del uniforme del criollo, que en una de estasrebeliones de su debilidad había quedado entre sus dedos.

Después, cansados los atormentadores de la inutilidad de sus violencias,le dejaban olvidado en la mazmorra. Un pan y unos trozos de bacalao secoeran su comida. La sed, una sed infernal, le desgarraba las entrañas, leoprimía la garganta y hacía arder su boca. Al principio pedía agua convoz angustiosa por debajo de la puerta. Después ya no quiso suplicar,conociendo de antemano la respuesta: Era un tormento calculado: leofrecían agua cuanta quisiera, pero luego que delatase los nombres delos culpables, afirmando lo que no sabía. El hambre luchaba en él con lased; pero temiendo a ésta mucho más, arrojaba a un rincón aquellosalimentos cargados de sal, como si fuesen veneno. Deliraba con eldelirio de los náufragos atenaceados por el recuerdo del agua en mediode las olas amargas. Veía en sus pesadillas arroyos claros ymurmuradores, ríos inmensos; y buscando frescura para su boca, paseabala lengua por las paredes mugrientas, sintiendo cierto alivio alcontacto de la cal del enjalbegado. La privación y el encierroperturbaban su inteligencia con horribles delirios. Muchas veces,Gabriel se sorprendía viéndose a cuatro patas en medio del calabozo,gruñendo y ladrando frente a la puerta sin saber por qué.

Sus atormentadores parecieron olvidarle. Tenían otros presos a los queacudir. Los carceleros le dieron agua, y pasó meses enteros sin quenadie entrase en su calabozo. Algunas noches oía lejanos y vagos, altravés de los gruesos muros, lamentos y sollozos en las mazmorrasinmediatas.

Una mañana le despertaron varios truenos, a pesar de que unrayo de sol se filtraba por el ventanillo. Oyendo a los carceleros en elinmediato corredor, comprendió el misterio. Habían fusilado a algunos delos presos.

Luna acogía como una felicidad la esperanza de la muerte. Renunciaba congusto a aquella sombra de vida dentro de un estuche de piedra,atormentado por el mal físico y el miedo a la ferocidad de los hombres.Su estómago, herido por las privaciones, se negaba muchos días, conhorribles náuseas, a recibir el pan áspero y el cazo de rancho. La largainmovilidad, el enrarecimiento del aire, la escasa nutrición, le habíanhecho caer en una anemia mortal. Tosía continuamente, sintiendo ciertaopresión en el pecho. Los conocimientos que había adquirido del cuerpohumano, en su afán de estudiarlo todo, no lo permitían engañarse.Moriría como la pobre Lucy.

Después de año y medio de encierro, compareció ante el Consejo deguerra, confundido en un rebaño miserable de viejos, mujeres y hastaadolescentes, todos enflaquecidos y quebrantados por la prisión, con lapiel blanca y mate, como de papel mascado, y ese estrabismo en los ojosque da el aislamiento. Gabriel deseaba que le matasen. Al llegar elfiscal en la larga lista de acusación al nombre de Luna, detúvose uninstante para lanzarle una mirada feroz. Aquel acusado era de los«teóricos»: aparecía en las declaraciones de los testigos sinintervención directa en los hechos de fuerza y reprobándolos en suspredicaciones; pero no había que olvidar que era uno de los principalespropagandistas del anarquismo, y que había pronunciado discursos entodas las sociedades obreras frecuentadas por los autores de losatentados.

Un capitán viejo se inclinó al oído de otro compañero de Consejo, yGabriel oyó sus palabras:

—A estos señoritos que hacen discursos es a los que hay que sentar lamano, para que escarmienten y no hablen más de Tolstoi, de Ibsen y detodos esos tíos extranjeros que enseñan a tirar bombas.

Gabriel pasó muchos meses aislado en su encierro. Por algunas palabrasoídas a los carceleros, pudo ir siguiendo las fluctuaciones de susuerte. Tan pronto se veía conducido con todos sus compañeros deinfortunio a los presidios de África, como le auguraban la inmediatalibertad o le profetizaban el fusilamiento en masa. Cuando salió,después de dos años, del tétrico castillo, fue para embarcarse con todossus compañeros de emigración forzosa. Gabriel era una sombra de hombre.Su debilidad le hacía andar vacilante y trémulo como un niño; peroolvidando su mísero estado, se apiadaba de otros compañeros más enfermosque él, con visibles cicatrices de los tormentos sufridos y el sexoatrofiado por bárbaras estrangulaciones. La vuelta a la libertad hacíarenacer en él su antigua dulzura, la conmiseración filosófica en queenvolvía a todos los hombres, perdonando sus errores. Los más violentosde sus compañeros hablaban al desembarcar en Inglaterra de futurasvenganzas contra los verdugos, mientras Gabriel pedía perdón para ellos,ciegos instrumentos empleados por la sociedad en un momento de terror,que creían haberla salvado con su barbarie.

El clima de Londres extremaba la enfermedad de Gabriel, y a los dos añostuvo que trasladarse al continente, a pesar de que el país británico,con su absoluta libertad, era el único suelo donde podía vivir tranquiloe ignorado.

Su existencia fue cruel: siempre fugitivo a través de las naciones deEuropa, arrojado de una a otra por la vigilancia policíaca, reducido aprisión o expulsado por la más insignificante sospecha. Era la antiguapersecución de los bohemios en la Edad Media, el acosamiento de lasgentes independientes, de vida vagabunda, que resucitaba en plenacivilización. La enfermedad y el deseo de paz le hicieron volver aEspaña. Con el tiempo se había establecido cierta tolerancia para losemigrados. En España todo se olvida, y aunque la autoridad sea más ferozy menos escrupulosa que en otros pueblos, molesta poco, por laimprevisión y el descuido propios de la raza.

Enfermo y sin un oficio para ganarse la vida, imposibilitado de pedirtrabajo en las imprentas, porque su nombre tenía cierta aureola queaterraba a los patronos, Gabriel cayó en la miseria, sin que le bastasenlos auxilios con que le socorrían los compañeros. Fue de un extremo aotro de la Península, mendigando entre los suyos y ocultándose de lapolicía.

Su ánimo decayó. Era un vencido; no podía prolongar la lucha. Sólo lerestaba morir; pero la muerte misericordiosa acudía lentamente a sullamamiento. Pensó en su hermano, el único afecto que le restaba en elmundo. Recordó aquella familia tranquila de las Claverías entrevista ensu último paso por la catedral, y fue en su busca como una últimaesperanza.

Al volver a Toledo encontraba disuelta la familia feliz. También poraquel rincón silencioso e inmutable había pasado la desgracia.

Pero la catedral, insensible a las vicisitudes humanas, estaba allí comosiempre, y a ella se agarraba, ocultándose en sus entrañas para morirtranquilo, sin más anhelo que ser olvidado, pereciendo antes de hora,gustando la amarga felicidad del anonadamiento, dejando en la puerta,como una bestia que se despoja de la piel, aquellas rebeldías que lehabían atraído el odio de la sociedad.

Su dicha era no pensar, no hablar, amoldarse a aquel mundo muerto.Sería, entre las estatuas vivientes que poblaban el claustro alto, unautómata más; imitaría a aquellas criaturas que tenían en su ser algo dela aspereza de la piedra berroqueña de los contrafuertes; aspiraría comoun bálsamo de tranquilidad la herrumbre de las rejas, que esparcían porel templo el perfume vetusto de los siglos.

IV

Al salir al claustro por las mañanas, poco después de amanecer, laprimera persona que veía Gabriel era don Antolín, el Vara de plata.Este sacerdote ejercía autoridad a modo de gobernador de la catedral,pues a sus órdenes estaban los servidores laicos y bajo su inspección sehacían todos los trabajos de escasa importancia.

Abajo, en el templo, vigilaba a sacristanes y acólitos, cuidando de quelos canónigos y los beneficiados no pudieran quejarse de descuidos en elservicio. Arriba, en el claustro, velaba por el buen orden y las sanascostumbres de las familias, siendo, por la gracia delcardenal-arzobispo, una especie de alcalde de aquel pequeño pueblo.

Ocupaba la mejor habitación de las Claverías. En las grandes fiestasmarchaba al frente del cabildo Con capa pluvial y un bastón de plata tanalto como él, que hacía retemblar las losas con sus golpes, y durante lamisa mayor y el coro de la tarde rondaba por las naves para evitar lasirreverencias de los devotos y las distracciones de los empleados. A lasocho de la noche en invierno y a las nueve en verano cerraba la escaleradel claustro alto, guardábase la llave en el bolsillo y toda lapoblación quedaba aislada de la ciudad. Si de tarde en tarde se sentíaalguien enfermo durante la noche, era preciso despertar a don Antolín; yhundiendo éste la mano en las profundidades de la sotana, se dignabarestablecer con su llave la comunicación con el mundo.

Tenía cerca de sesenta años; era pequeño y enjuto. La edad apenas sihabía encanecido un poco sus cabellos, cortados al rape. La frente latenía espaciosa y cuadrada, sin la más leve curva, como una chapa dehueso con dos aristas a los lados, que se marcaban bajo el gorro de sedaque usaba en invierno. Las facciones estiradas, sin una arruga, sin unestremecimiento que delatase emoción; la mandíbula estrecha y aguda comohierro de lanza, y los ojos tan inexpresivos e inmóviles como el rostro,pero con una fijeza fría que desconcertaba.

Gabriel le había conocido en su niñez. Era, según su expresión, unsoldado raso de la Iglesia, que en fuerza de años y servicios habíallegado a sargento, para no pasar de ahí. Cuando Luna entró en elSeminario, don Antolín acababa de ordenarse de sacerdote, después depasar su vida en la sacristía de la Primada, donde había comenzado demonaguillo. Por su fe absoluta e irracional, por su adhesióninquebrantable a la Iglesia, le habían sacado adelante en la carrera losseñores del Seminario, a pesar de su ignorancia. Era un hijo delterruño; había nacido en una aldea de los montes de Toledo. La IglesiaPrimada era para él la segunda casa de Dios, después de San Pedro deRoma, y las ciencias eclesiásticas un haz de rayos de la divinasabiduría que le cegaban, adorándolos con el respeto profundo delignorante.

Tenía la santa y firme incultura tan apreciada por la Iglesia en otrossiglos. Gabriel estaba seguro de que, a nacer el Vara de plata en labuena época del catolicismo, hubiese llegado a santo al dedicarse a lavida espiritual, o habría desempeñado un excelente papel en laInquisición al intervenir en la religiosidad militante. Venido al mundoen la mala época, cuando flaquea la fe y la Iglesia no puede imponersepor la violencia, el buen don Antolín había quedado obscurecido en labaja administración de la catedral, ayudando al canónigo Obrero en lapartición y señalamiento de las pesetas que el Estado daba a la Primada,dedicando una larga meditación a cada puñado de céntimos, y esforzándosepor que la santa casa, como las familias arruinadas, conservase su buenexterior, sin revelar la miseria.

Le habían prometido varias veces una capellanía de monjas, pero él erade los fieles a la catedral, de los enamorados de la gran solitaria. Leenorgullecía la confianza que el señor arzobispo tenía puesta en él, laamistosa franqueza con que le hablaban canónigos y beneficiados y susconciliábulos administrativos con el Obrero y el Tesorero. Por esto nopodía evitar cierto gesto de superioridad desdeñosa cuando, revestido dela capa pluvial y empuñando la vara de plata, se acercaban a hablarlelos curas de los pueblos de paso por la Primada.

Sus vicios eran puramente de eclesiástico. Ahorraba en secreto, con esaavaricia fría y dominadora de la gente de iglesia en todos los tiempos.Su bonete mugriento era siempre de algún canónigo que lo desechaba porviejo; su sotana de un negro verdoso y sus zapatos habían sido antes dealgún beneficiado. En las Claverías se hablaba en voz baja del dineroguardado por don Antolín, de sus ahorros, que dedicaba a la usura;préstamos que nunca iban más allá de dos o tres duros a los pobresservidores del templo agobiados por la miseria, y que recobraba concreces cuando a principios de mes pagaba el canónigo Obrero. En él, laavaricia y la usura iban unidas a la más absoluta probidad para losintereses de la iglesia. Perseguía encarnizadamente la menor sisa en lasacristía, y entregaba sus cuentas al cabildo con una minuciosidad quefastidiaba al Obrero. A cada cual lo suyo. La iglesia era pobre, yresultaba un pecado digno del infierno privarla de un solo ochavo. Él,como buen servidor de Dios, era pobre también, y no creía faltarlesacando cierto producto al dinero que había podido reunir en fuerza decontraerse, con dolorosas privaciones, dentro de su miseria.

Vivía con él su sobrina Mariquita, una fea, de facciones hombrunas yfrescas carnes, venida de las montañas para cuidar al tío, de cuyariqueza y poder en la Primada se hacían lenguas en la aldea parientes yamigos. En las Claverías llevaba a maltraer a todas las mujeres,abusando de la autoridad absoluta de don Antolín. Las más tímidasformaban en torno de ella a modo de aduladora corte, para atraerse suprotección, limpiándola la casa o haciendo la cocina, mientrasMariquita, vestida de hábito y cuidadosamente peinada, único lujo que lepermitía su tío, salía al claustro con la esperanza de que subiese algúncadete o se fijasen en ella los forasteros que iban a la torre o a lasala de los gigantones. Ponía los ojos tiernos a todos los hombres;ella, tan áspera e imperiosa con las mujeres, sonreía a cuantos solterosvivían en las Claverías. El Tato era gran amigo suyo; le buscabacuando su tío estaba ausente, riendo sus gracias de aprendiz de torero.Gabriel, con su aspecto enfermizo, su misterioso ensimismamiento y lahistoria confusa de sus grandes viajes por el mundo, no le inspirabamenos interés. Hasta hablaba con marcada deferencia al viejo Vara depalo, por ser hombre y estar viudo. Como decía el perrero, lospantalones volvían loca a la pobre en aquella casa donde la mayor partede los hombres llevaban faldas.

Don Antolín había conocido a Gabriel siendo niño y le tuteaba. En elcura ignorante subsistía aún el recuerdo de los grandes triunfosalcanzados por Luna en el Seminario, y al verle pobre y enfermo,refugiado en la catedral casi de limosna, su tuteo de superioridad noestaba exento de cierta admiración. Gabriel, por su parte, temía al Vara de plata, conociendo su fanatismo intolerante. Por esto selimitaba a escucharle, cuidando de que en sus conversaciones no sedeslizara una palabra que revelase su pasado. Sería el primero en pedirsu expulsión de la catedral, y él deseaba vivir en ella desconocido y ensilencio.

Al encontrarse por las mañanas en el claustro los dos hombres, seabordaban con la misma pregunta:

—¿Cómo va esa salud?

Gabriel se mostraba optimista. Sabía que su dolencia no tenía remedio.Pero aquella vida sosegada y sin emociones, y el cuidado continuo de suhermano, alimentándolo casi a la fuerza a todas horas, como a un pájaro,había puesto un puntal a su salud ruinosa. El curso de la enfermedad eramás lento: la muerte tropezaba con obstáculos.

—Estoy mejor, don Antolín.... Y ayer, ¿qué tal fue el día?

El Vara de plata hundía sus manos sucias y huesosas en lasprofundidades de la sotana, sacando tres gruesos talonarios, uno rojo,otro verde y el tercero blanco. Pasaba las hojas, consultando los foliosde las que llevaba arrancadas. Acariciaba respetuosamente las libretas,como si fuesen más importantes para el culto que los grandes libros delcoro.

—¡Día flojo, Gabriel! Estamos en invierno, y ahora viaja poca gente. Lagran temporada es en primavera, cuando, según dicen, entran los inglesespor Gibraltar. Van a la feria de Sevilla y vienen después a echar unavista a nuestra catedral. Además, la gente de Madrid sale con el buentiempo, y aunque a regañadientes, afloja la mosca por ver losgigantones y la Campana Gorda. Da gusto entonces despachar papeletas. Hahabido día, Gabriel, que he recogido ochenta duros. Me acuerdo: fue enel último Corpus. Mariquita tuvo que recoserme los bolsillos de lasotana, que se rompían con el peso de tantas pesetas. Fue una bendicióndel Señor.

Y miraba tristemente los talonarios, como lamentando que pasasen losdías del invierno sin cortar más que alguna que otra hoja. Esta tarea deexpender papeletas de entrada para ver las riquezas y curiosidades de lacatedral llenaba su pensamiento. Era la salvación de la iglesia, elprocedimiento moderno para llevarla adelante, y él se sentía orgullosode desempeñar esta función, que le convertía en el órgano más importantede la vida del templo.

—¿Ves estas papeletas verdes?—dijo a Gabriel—. Pues son las máscaras: dos pesetas cuesta cada una. Con ellas puede verse lo másimportante: el Tesoro, la capilla de la Virgen, el Ochavo con susreliquias, únicas en el mundo. Las de las otras catedrales sonporquerías si se comparan con las nuestras; mentiras, inventadas muchasde ellas por la envidia que inspira nuestra Iglesia Primada. ¿Ves estasotras que son rojas? Pues sólo cuestan seis reales, y con ellas puedenvisitarse las sacristías, el guardarropa, las capillas de don Álvaro deLuna y del cardenal Albornoz, y la Sala Capitular, con sus dos filas deretratos de arzobispos, que son una maravilla. ¿Quién no se rasca elbolsillo por ver tales portentos?

Después añadió, designando el último talonario con cierto desprecio:

—Estas blancas sólo valen dos reales. Son para ver los gigantones y lascampanas. Se venden muchas entre la gente menuda que viene a la catedralen días de fiesta. ¿Querrás creer que aún hay judíos que protestan ydicen que esto es un robo? El otro día, tres soldados de la Academia,que vinieron con unos «parditos» a ver los gigantones, armaron unescándalo porque no les dejaban entrar por un perro gordo. ¡Como sipidiésemos limosna...! Se van muchos echando pestes contra la iglesia,lo mismo que si fuesen herejes, y en la escalera pintan con carbón cosasabominables o escriben palabras obscenas. ¡Qué tiempos!, ¿eh, Gabriel?

Luna sonreía silencioso, y animado el Vara de plata por este mutismo,que le parecía de conformidad, añadió con cierto orgullo:

—Esto de las papeletas lo inventé yo.... Es decir, realmente no fui yoel inventor, pero a mí se debe su establecimiento en esta casa. Tú hascorrido mucho y habrás visto en esos países de extranjis que todopuede visitarse... pero pagando. El señor cardenal anterior a éste, queen santa gloria esté—y se llevó la mano al bonete—, también habíacorrido muchas tierras; un «moderno»

que, a vivir más tiempo, hubieseacabado por poner luz eléctrica en las naves de la catedral. Yo le oí encierta ocasión hablar de lo que se hacía en los museos y demás edificiosnotables allá en Roma y en otras ciudades: la entrada libre a todashoras, pero pagando. Una gran comodidad para el público, que no necesitade recomendaciones para ver las cosas. Y un día que el Obrero y yo nosroíamos las uñas viendo que esas mil y pico de pesetas puercas (¡Dios meperdone!) que nos da el desdichado Estado no bastaban para finalizar elmes, propuse mi idea. ¿Querrás creer que hubo en el cabildo señores quese opusieron? Ciertos canónigos jóvenes hablaron de los mercaderes deltemplo; tú ya sabes quiénes eran: unos judíos a los que corrió el Señorcon la cuerda en la mano por no sé qué perrerías; otros más viejosalegaron que la catedral había tenido abiertas sus maravillas a todosdurante siglos, y así había de seguir. Tendrían razón todos los señores,pues no se llega a canónigo sin talento; pero intervino el cardenaldifunto, que de Dios goce—otro golpe de bonete—, y el cabildo hubo deaceptar la reforma a regañadientes, y acabará por aplaudirla. ¡Acualquiera le amarga un dulce! ¿Sabes cuánto dinero le entregué al señorcardenal el año pasado? Más de tres mil duros, casi tanto como nos da elEstado pecador. Y

esto sin perjuicio para nadie. El público paga, mira yse marcha. De todos modos, son aves de paso, que sólo vienen una vez: elque se va ya no vuelve. ¡Y qué son cuatro míseras pesetas, cuando porellas se ve uno de los templos más gloriosos de la cristiandad, la cunadel catolicismo español, la catedral de Toledo! ¡Como quien dicenada...!

Paseaban los dos hombres por el claustro, siguiendo el lado que aaquella hora matinal caldeaba el sol. El clérigo se había guardado lostalonarios. Sus ojos se fijaban en Gabriel, que creía del caso sonreírde un modo enigmático que don Antolín tomaba por una afirmación. Esto leanimó a continuar en sus confidencias.

—¡Ay, Gabriel! No creas que cumplo sin trabajo mis pesados deberes. Elcardenal confía en mí, el cabildo me distingue con su afecto, el Obrerono tiene otra esperanza que mi auxilio.

Gracias a las papeletas puede irtirando la catedral y conservar su antiguo aspecto de grandeza, para quevenga el público a admirarla. Somos más pobres que las ratas. Y graciasque nos quedan para remediarnos algunas migajas de nuestro pasado. Si elviento o el granizo rompe una vidriera de las naves, podemos echar manode los vidrios sobrantes que nos dejaron los señores Obreros de otrossiglos. ¡Ay, Señor, Dios mío! ¡Y pensar que hubo una época en que elcabildo mantenía a sus expensas, dentro del templo, talleres de pintoresde vidrio, de plomeros y qué sé yo cuántos más, pudiendo hacer grandesobras sin buscar auxilio fuera de casa! Si se rompe una casulla, aún nosquedan para componerla tiras bordadas con santos y flores, que son unamaravilla. Pero ¿y cuando todo esto se acabe?, ¿cuando se rompa elúltimo vidrio de repuesto y se agoten los retales de la Obrería? Habráque poner vidrios blancos y baratos en los ventanales para que no entrenel viento y la lluvia; la catedral parecerá una casa de huéspedes (¡queel Señor me perdone la comparación!) y los sacerdotes de la Primadaalabarán a Dios vestidos como el capellán de una ermita.

Y don Antolín reía sarcásticamente, como si este porvenir por él evocadofuese un absurdo contrario a las leyes eternas.

—Y no creas—continuó—que aquí se despilfarra ni se deja de hacerdinero de todo lo utilizable. El jardín, que tantos años fue de tufamilia, lo dio en arrendamiento el cabildo desde la muerte de tuhermano. Veinte duros al año paga tu tía Tomasa para que lo explote suhijo, y eso porque, como sabes, la vieja es gran amiga de Su Eminencia,pues le conoce desde niño. Yo ando como un azacán por el templo y losclaustros, vigilándolo todo para que no se hagan trampas, pues aquí haygente joven y ligera que no es de fiar. Tan pronto estoy en el Ochavo,viendo si tu sobrino el Tato ha pedido la papeleta a los forasteros(pues es muy capaz de dejarlos entrar gratis para que le den propina),como subo al claustro para vigilar a ese zapaterín que enseña losgigantones. A mí no me la pegan. Nadie se escapa sin pagar; pero ¡ay!hace tiempo que no celebro; tú me ves a mediodía, cuando se cierra lacatedral, leyendo mis Horas apresuradamente por el claustro, pendientedel reloj para bajar así que abren de nuevo el templo y vienen losforasteros a ver el Tesoro. Esto no es vida de católico, y si Dios no metomase en cuenta que lo hago todo por la gloria de su casa, creo quehasta perdería mi alma.

Pasearon largo rato en silencio los dos hombres. Pero don Antolín nopodía callar fácilmente cuando se trataba de la vida económica de laPrimada.

—¡Y pensar, Gabriel—continuó—, que siendo lo que hemos sido en otrostiempos, nos vemos así...! Tú y la mayoría de los que aquí viven notenéis idea de lo rica que ha sido esta casa. Tanto como un rey, y enalgunos tiempos, más. De muchacho sabías tú, como nadie, la historia denuestros gloriosos arzobispos, pero de la fortuna que amasaron paraDios, ni una palabra. A vosotros los sabios no os da por estas«materialidades». ¿Conoces las donaciones que reyes y grandes señoreshicieron en vida a nuestra catedral y las herencias que le dedicaron enla hora de la muerte? ¡Qué has de conocer! Yo lo sé todo; me he enteradoen la Obrería, en el Archivo, en la Biblioteca. Cada uno a lo que leinteresa, y yo, que con el señor Obrero he rabiado más de una vez antelos apuros de la casa, me consuelo pensando en lo que tuvo cuando aún nohabíamos nacido. Hemos sido muy ricos, Gabriel, pero muy ricos. Elarzobispo de Toledo podía colocarse en la mitra una corona o dos, y nodigo tres porque pienso en el Sumo Pontífice.... Primero, la escriturade dotación a la catedral hecha por el rey Alfonso VI a raíz de haberconquistado Toledo.

La hicieron en una ermita, después de elegido elobispo don Bernardo, y yo la he visto con mis pecadores ojos en elArchivo: un pergamino con letras góticas, que figura a la cabeza de losPrivilegios de esta Santa Iglesia. El buen rey da a la catedral nuevevillas, y si quisiera te podría citar los nombres, varios molinos y unsinnúmero de viñas, casas y tiendas en la ciudad, y termina diciendo,con su largueza de caballero cristiano: «Esto, pues, de tal manera lodoy, y concedo a esta Santa Iglesia y a ti, Bernardo, Arzobispo, porlibre y perfecta donación, que por homicidio ni por otra alguna calumniaen ningún tiempo se pierdan. Amén.» Después, don Alfonso VII nos da ochopueblos al otro lado del Guadalquivir, varios hornos, dos castillos, lassalinas de Belinchón y el diezmo de toda la moneda que se labrase enToledo, para el vestuario de los prebendados. El VIII del mismo nombresuelta sobre la catedral otra lluvia de donaciones, ciudades, aldeas ymolinos: Illescas es nuestra, y una gran parte de Esquivias, así como laapoteca de Talavera. Después viene el batallador prelado don Rodrigo,que conquista a los moros mucha tierra; la catedral posee un principado,el Adelantamiento de Cazorla, con poblaciones como Baza, Niebla yAlcaraz.... Y dejando a los reyes, ¡no hay poco que decir de los grandesseñores, nobles como príncipes, que mostraron su generosidad con laIglesia Primada...! Don Lope de Haro, señor de Vizcaya, no contento concostear la construcción del templo desde la puerta de los Escribanoshasta el coro, nos regala la villa de Alcubilete, con sus molinos ypesquerías, y deja dotación para que en el coro, al rezarse lascompletas, arda esa vela que llaman «la Preciosa», y que se coloca en eláguila de bronce del gran atril. Don Alfonso Teilo de Meneses nos dacuatro castillos en las riberas del Guadiana, y como él, otros grandesseñores nos conceden diezmos, derechos de peaje y ¡qué sé yo cuántasriquezas más...! Hemos sido poderosos, Gabriel. El territorio de estadiócesis era más grande que un principado. La catedral tenía propiedadesen la tierra, en el aire y en el mar. Nuestros dominios se extendían portoda la nación, de punta a punta, y no había provincia donde noposeyésemos algo. Todo contribuía a la gloria del Señor y a la decenciay bienestar de sus ministros; todo pagaba a la catedral: el pan alcocerse en el horno, el pez al caer en la red, el trigo al pasar por lamuela, la moneda al saltar del troquel, el viandante al seguir sucamino. Los rústicos, que entonces no pagaban contribuciones eimpuestos, servían a su rey, y salvaban la propia alma dándonos la mejorgavilla de cada diez, con lo cual los graneros de la Iglesia Primadaeran insuficientes para contener tanta abundancia. ¡Qué tiemposaquéllos!

Había fe, Gabriel, y la fe es lo principal en la vida. Sin feno hay virtud, ni decencia... ni nada.

Se detuvo un momento, jadeante por su discurso, echando el aliento a lacara de Luna. El clérigo estaba tan impregnado del ambiente de lacatedral, que en su cuerpo parecían resumirse todos los olores deltemplo: su sotana tenía el perfume mohoso de la piedra vieja y las rejasherrumbrosas; por su boca parecían respirar los canalones y lasgárgolas la rancia humedad de los desvanes.

Con la rápida evocación de las riquezas pasadas, enardecíase don Antolínhasta indignarse.

—Y habiendo sido tan ricos, Gabriel, hoy nos vemos en la miseria, y yo,hijo mío, un sacerdote del Señor, tengo que ir de un lado a otro conestas papeletas para que vivamos todos, como si fuese un revendedor deentradas de toros, como si la casa de Dios fuera un teatro, teniendo queaguantar a extranjeros herejes que entran sin santiguarse, mirándolotodo con gemelos. ¡Y yo debo sonreírles, porque pagan y nos proporcionanlos postres para el triste cocido! ¡Ca...rape! ¡Jesús me valga! Iba adecir una barbaridad.

Y don Antolín siguió lanzando indignadas lamentaciones, hasta que alpasar frente a la puerta de su casa asomó Mariquita el abultado y feorostro.

—Tío, basta de paseo. Se enfría el chocolate.