La Casa de Lila Un Burdel de Hombres by Jacobo Schifter - HTML preview

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LA CASA DE LILA

Un estudio de la prostitución masculina

Jacobo Schifter, Ph.D

Instituto Latinoamericano de Prevención y Educación en Salud (ILPES)

San José , Costa Rica

1997


Siento el dolor de nuevo

aquí, ahora, en este lugar.

Tomo el sendero del espejo,

Me paro frente a un umbral,

miro en él y veo el reflejo;

Tu reflejo

No logro identificar

lo que siento,

ni lo que veo,

ni lo que tratas de decirme.

Hablas un idioma difícil

De entender.

(Antonio Bustamante)


AGRADECIMIENTO

Muchas personas han hecho posible esta investigación.  En primer lugar, el doctor Peter Aggleton, de la Universidad de Londres, quien me convenció para que realizara un trabajo acerca de la prostitución masculina para una antología que se publicaría en el Reino Unido por la editorial Taylor and Francis. Aggleton me ayudó a traducir un resumen de este libro al inglés y participó como editor y coautor. Sus sugerencias fueron muy útiles para mejorar el manuscrito.

Antonio Bustamante, quien coordinó la fase de recolección del material, realizó los contactos iniciales, obtuvo el permiso de entrada a la casa y brindó su asesoría en el tema del “cacherismo” centroamericano.

Lidia Montero, quien ayudó a transcribir las entrevistas, tediosísimo trabajo por la enorme cantidad de material recopilado.

Mi compañero y amigo del Departamento de Investigación del ILPES, M.A. Johnny Madrigal, quien me hizo excelentes sugerencias y le dio la aprobación final antes de enviarlo a la Editorial.

Sin Lila y los muchachos este trabajo nunca se hubiera realizado. A pesar de los riesgos para todos, su colaboración me deja una deuda con ellos. La apertura por parte del ILPES de un programa de prevención y una casa-club para los trabajadores del sexo es una pequeña forma de pagarla.

Julián González, especialista en linguística y uno de los mejores editores del país, quien ayudó a quitar mucho del “spanglish” que aprendí durante mi vida en los Estados Unidos.

Hector Elizondo, coordinador del Grupo 2828 del ILPES, que trabaja con grupos de trabajadores del sexo gays fue, como siempre, el primero en darme la luz verde para publicar. Su sexto sentido para la literatura y su facilidad para decirme en la cara lo que no le gusta es para mí insustituible.

Sin embargo, la responsabilidad de lo que se ha escrito en este libro es únicamente mía. Mis interpretanciones no representan ninguna línea oficial del instituto, del donante ni de ninguno de los compañeros que colaboraron en él, ni de la Editorial que lo publica.

A todos muchas gracias, y a los lectores les pido que lo lean con la mente y con el corazón abiertos.

Jacobo Schifter


INTRODUCCIÓN: ¿PARA QUÉ ESCRIBIR SOBRE LO PROHIBIDO?

L

 

 

a prostitución masculina es tan antigua como la femenina y desde los sumerios y los griegos  tenemos evidencia de hombres que vendían servicios sexuales a otros hombres[1]. Sin embargo, la prostitución masculina es poco conocida. Donald J. West, quien publicó su obra Male Prostitution en 1993, afirma que “las ideas populares acerca de la prostitución masculina son confusas y contradictorias, mal informadas y generalmente más preocupadas en condenar moralmente que entenderla con humanidad”[2]. La  prostitución  femenina, en cambio, es la que más atención ha recibido de los investigadores, tanto así que ésta -como institución- es asociada con las mujeres[3]. En sociedades patriarcales  donde las labores de servicio se vinculan con las mujeres, los hombres que sirven a otros hombres son vistos como  haciendo labores femeninas[4]. Una de las características asociadas con la feminidad en Costa Rica es precisamente la de servir sexualmente al varón[5]. La prostitución masculina, sin embargo, fue conocida entre los griegos y regulada con impuestos durante la Roma de Augusto[6]. A pesar de su longevidad, aún se mantiene oculta.

La literatura más reciente está llena de estereotipos acerca del prostituto masculino. Richie McMullen[7] describe a los prostitutos como muchachos homosexuales que buscan el amor y la amistad, de la misma forma que otros muchachos gays. Estos, sin embargo, tienen la mala suerte de escoger la prostitución como una profesión temporal para sobrevivir, debido a las circunstancias económicas difíciles. Otra imagen  estereotipada que se tiene es la del adolescente que huye de su hogar y que cae en las garras de hombres adultos homosexuales, quienes lo explotan y se aprovechan de su inocencia[8].  También está la del muchacho delincuente que busca dinero fácil como complemento de otras actividades ilícitas, tales como el robo y la estafa: los jóvenes muestran tener poco juicio y sufrir de inmadurez. Existen innumerables ejemplos de rechazo familiar y de conductas autodestructivas.[9]

Muy pocas veces se ha realizado una investigación de la prostitución masculina más allá de los trabajadores del sexo de la calle. Allen, por ejemplo, encontró una sorpresa en su estudio de prostitutos callejeros de Estados Unidos: la presencia de muchachos de clase media, que escogían esta profesión por voluntad más que por necesidad.[10] Trabajos de investigación en el Reino Unido, realizados en el Poly Technic del South Bank, han mostrado la gran variedad de servicios de prostitución masculina en Inglaterra, que incluye a hombres de distintos grupos sociales, [11] Finalmente, D. West hace un análisis de la gran variedad de trabajadores del sexo que acuden a un proyecto de apoyo médico conocido como Streetwise Youth del  Day Centre. West combate los mitos que todos los prostitutos son jóvenes homosexuales, delincuentes y de hogares rotos. Encuentra, por el contrario, muchachos de clase media, heterosexuales y bisexuales, desde analfabetos hasta hombres con dinero y con casas de lujo. No existe un prostituto, un  bagaje cultural, una conducta, una historia típica entre los trabajadores del sexo entrevistados. No se dan factores generalizables a todos, como el consumo de drogas, el abuso infantil o siquiera la necesidad económica.[12]

En Costa Rica, no  se ha publicado un estudio acerca de la prostitución masculina. La práctica no es un crimen por sí misma, como no lo es la prostitución femenina, a menos que se realice de forma “escandalosa”. Tampoco lo es la práctica homosexual que dejó de ser un crimen en el Código Penal de 1971. Antes de esa revisión penal, el castigo contra la sodomía era de uno a tres años de prisión (artículo 233). Desde 1971, no existe base legal para perseguir la homosexualidad, siempre y cuando involucre a dos adultos consensuales y el partícipe pasivo sea mayor de 17 años de edad[13]. Sin embargo, existen prohibiciones severas contra el lucro en la prostitución (dueños de burdeles) y la inducción de menores a practicarla. La mayoría de las condenas son por estas dos razones. Cuando se quiere perseguir a un prostituto mayor de edad, se debe recurrir a otras infracciones como faltas a la moral, escándalo público, sospecha de drogas o de vagancia[14].  A diferencia de las prostitutas, ellos no están considerados por la ley, ni  se les obliga a realizarse exámenes venéreos.

Este trabajo no pretende ser un estudio exhaustivo de la prostitución masculina costarricense. De la misma manera que en el Reino Unido, la prostitución de hombres es muy diversa. Existen centros de prostitución baratos, de clase media y de clase alta. Los prostíbulos varían desde casas con muchachos a la usanza antigua, hasta lujosos saunas en donde se dan masajes. Existe prostitución homosexual y heterosexual para clientes que también pueden ser hombres y mujeres, ya sea homosexuales, bisexuales o heterosexuales. Se da el caso de hombres que se prestan para bailes eróticos con  mujeres y que se les conoce como “maripepinos”. Además del baile, muchos se prostituyen con sus clientas.   La prostitución se practica también en saunas, bares, discotecas, hoteles y casas de amigos. Los prostitutos pueden trabajar a tiempo parcial o completo. Algunos lo hacen para ganar extras y pagar sus carreras universitarias. Otros llegan a comprarse casas y carros de lujo.

Este estudio, sin embargo, se limitará a una cultura sexual muy particular entre la prostitución masculina: los muchachos de  un prostíbulo de clase media baja que se especializa en una clientela paidófila. Estos muchachos no son  homosexuales ni bisexuales en el sentido que sientan atracción por hombres y por mujeres.

¿Cómo se determina la identidad sexual? ¿Son éstos hombres homosexuales, bisexuales o heterosexuales? En realidad, no existe una respuesta sencilla. Algunos investigadores acerca de la sexualidad se adhieren a la tesis que la persona bisexual es la que practica las relaciones sexuales con hombres y con mujeres. Esta idea es compartida por Churchill, Ford y Beach[15], Kinsey, Pomeroy y Martin[16], quienes definen la bisexualidad como una práctica sexual. Otros investigadores consideran que la persona bisexual reúne otras características adicionales y que no se puede definir únicamente con base en la práctica sexual  Entre los criterios que se toman en cuenta están el deseo, es decir, el grado de atracción hacia personas de ambos sexos, como apunta Blumstein y Shwartz y Klein[17], y la autodefinición, o sea la aceptación personal de la identidad sexual, según Warren[18].

Otros creen que la bisexualidad debe definirse más bien por “la preferencia afectiva dual”, es decir, el deseo de tener relaciones sexuales íntimas con hombres y con mujeres, y que el contacto sexual no debe ser así interpretado como una condición sine quan non (Bode[19], Klein[AVC1] [20], MacInnes[21], Scott[22]). Klein[23], por su parte, construyó un modelo de bisexualidad más complejo, que incluye no solo la práctica y la atracción sexual, sino las fantasías sexuales, la preferencia emocional, la autodefinición y el estilo de vida heterosexual u homosexual del individuo. La  bisexualidad es también vista como una variable en el tiempo y no como algo estático definido por una sola característica.

En nuestro caso de estudio, los muchachos no parecieran encajar en los  más complejos modelos de bisexualidad: no sienten atracción sexual por los dos sexos, no han tenido un pasado bisexual, no tienen fantasías  comunes bisexuales, no se definen como tales (aunque usen la palabra), no sostienen relaciones afectivas duales  y no participan en el mundo social de los homosexuales o de los bisexuales. La única característica que los identifica como bisexuales es la práctica. Podríamos decir que los “cacheros” son únicamente bisexuales por lo que hacen, pero heterosexuales en todo lo demás.

Este contraste entre deseo y práctica los pone dentro de una cultura que se conoce como “cachera”, o sea la de hombres que tienen relaciones sexuales con otros hombres pero que son básicamente heterosexuales[24]. Tampoco son muchachos de sectores marginales o de extrema pobreza. Pertenecen a un sector de clase media baja y algunos de ellos son estudiantes y profesionales.  Algunos viven aún con sus familias y otros han formado casa aparte.

Existen muchos tipos de “cacheros” y el grupo aquí estudiado es de los jóvenes dedicados a la prostitución. No todos los “cacheros” son jóvenes ni todos los prostitutos son “cacheros”. El “cacherismo” incluye a hombres maduros que también se prostituyen, prisioneros que buscan hombres jóvenes o afeminados, amantes de travestis y homosexuales, afeminados o no, y muchos otros grupos de hombres que buscan substitutos de mujeres en ambientes variados como las zonas costeras, las zonas bananeras, la policía, las fronteras agrícolas y otros lugares en que no hay muchas mujeres. Su denominador común es que son hombres de estilo de vida heterosexual que tienen relaciones ocasionales con otros hombres, ya sea por el placer o por el dinero.

El grupo estudiado es, pues, uno de muchos dentro de la cultura de la prostitución masculina y del “cacherismo”.  Este estudio se desarrolla en una casa de prostitución josefina entre las muchas que existen. Esta casa se caracteriza, a la vez, por servir a una clientela paidófila, o sea la de hombres atraídos por adolescentes. Los clientes representan, entonces, un  grupo muy particular de la diversa cultura sexual de la prostitución. Es por esta razón que  los entrevistados tengan de 13 a 25 años de edad.

Nuestro interés en este estudio ha sido informarnos de la cultura de la prostitución juvenil con el fin de iniciar un programa inmediato de prevención.  Los muchachos entrevistados están en peligro directo de contagio con el virus del sida y de terminar adictos, si no lo están ya, a la cocaína, al crack y al alcohol.  Debido a que la prostitución de adolescentes es ilegal en el país, podríamos haber denunciado esta casa a las autoridades. Sin embargo, ésto hubiese resultado aún más contraproducente ya que existen otras alternativas dónde ir y  los hubiésemos perdido de vista. Consideramos mucho mejor hacer una campaña de suministro de preservativos y concientización de los jóvenes frente al sida y las drogas e iniciar un proyecto de apoyo inmediato. Este proyecto se caracteriza por el establecimiento, en junio de 1997, de una casa alternativa de refugio para muchachos en prostitución y una serie de oportunidades de educación y de trabajo.

 

En  razón de que muchas investigaciones han desmitificado el perfil del trabajador del sexo y que no queremos repetir los estudios acerca de una supuesta historia similar y una personalidad específica del prostituto, fenómeno que no ha sido comprobado, hemos optado por contestar preguntas muy distintas:

 

¿Cuál es el discurso sexual de los hombres masculinos y atraídos hacia las mujeres que se venden a otros hombres?

 

¿Existen factores que generan contradicciones entre el discurso y la práctica sexual?

 

¿Qué tipo de cultura sexual emerge en razón de estas contradicciones?

 

 

Este estudio se realizó con la ayuda de Antonio Bustamante, M.Sc., investigador y educador del Instituto Latinoamericano de Prevención y Educación en Salud (ILPES) con vasta experiencia en el trabajo del cacherismo” en las cárceles de Centroamérica. Bustamente hizo los contactos iniciales y preparó el terreno para nuestro ingreso en el burdel.

 

Para hacer este trabajo se entrevistaron a 25 muchachos, de 13 a 27 años de edad,  en un solo prostíbulo de hombres en San José, Costa Rica. Muy pocos de ellos viven en el local. La mayoría acude únicamente en las noches para buscar clientes. Dos entrevistadores, miembros del ILPES realizaron las entrevistas durante un período de seis meses, de enero a junio de 1997. Las entrevistas duraron de media a una hora y  fueron  conducidas en forma privada en el mismo burdel. A cada muchacho se le pagó 1.000 colones por entrevista de media hora (aproximadamente $5) y 5.000 colones por una de hora y media ($25). Se utilizó una guía de preguntas abiertas que versaba sobre temas de iniciación, la definición, la orientación sexual, el amor, el uso de drogas, la prostitución, las relaciones familiares y las relaciones con hombres y con  mujeres. Algunos fueron entrevistados más de una vez. Las sesiones fueron grabadas y luego transcritas con un código que no identificara a los muchachos ni al dueño del local. Los nombres utilizados en el libro no coinciden con el de aquellos.  Finalmente, las entrevistas fueron copiadas a una base de datos conocida como SAPAC y desarrollada por el ILPES para su ordenamiento y análisis.

 

Para hacer las entrevistas, se le pidió permiso al dueño del local y se le aseguró que la intención del estudio era conocer la realidad de la prostitución masculina de hombres heterosexuales con el fin de planear un proyecto de apoyo. Debido a que el proxenetismo es un grave crimen en el país y que muchos de ellos eran menores de 18 años (edad para el consentimiento sexual), se prometió la total confidencialidad de la información.

 

Participaron en el proyecto dos hombres gays. Uno de ellos era conocido del dueño del local y ésto aminoró la sospecha de éste. El otro se presentó como un gay que solo tenía interés en escribir un artículo para el extranjero con el fin de ayudar a conocer y entender la realidad de la prostitución masculina. La única condición que se le solicitó al dueño fue la posibilidad de hacer las entrevistas en privado. Además, se le convenció que aceptara inmediatamente el suministro gratuito de condones.

 

El que las entrevistas fueran realizadas por gays debe tomarse en cuenta para analizar algunas de las respuestas de los muchachos con respecto a su apreciación de los homosexuales. Si los entrevistadores hubieran sido hombres o mujeres heterosexuales, es de suponer que ellos  hubieran dado respuestas con matices distintos.

 

 

I.                LA CASA Y LA PLATA

 

 

LA CASA

 

 

La casa de Lila fue construida en la década de 1920 como parte de un proyecto de vivienda para la clase trabajadora. Se encuentra localizada en uno de los barrios marginales del sur de la ciudad de San José, Costa Rica. Está rodeada de cantinas y de pequeños negocios. La fachada es una puerta despintada y golpeada. El postigo ha sido clausurado desde hace años. La placa de numeración de medio metro dice “13-28”. Cuando se ingresa se mira un pasillo de un metro y veinte  centímetros de ancho, unos trece metros de largo y tres metros y treinta de alto. “Este es el callejón del pecado”, nos dice el muchacho que nos abre la puerta.

 

Los diseños coloniales de los mosaicos del piso contrastan con el aserrín, excrementos y orines de los perros que se encuentran por doquier. Existe una banca de madera para tres personas a dos metros de la puerta. El dueño de la casa nos dice que “ésta es a veces mi cama”. La primera habitación, cuatro metros después de la entrada, está a mano izquierda. Tiene cuatro metros y medio de largo y tres metros y medio de alto. Un bombillo desnudo cuelga del techo y  las paredes están adornadas por afiches turísticos y un espejo de cuerpo entero. Un “dimer” regula la intensidad de la luz”. Es mejor que no haya mucha luz, dice Mike, un prostituto. “¿No ve que aquí entra cada roco que da miedo verlo bien?”.

 

La cama matrimonial de este primer cuarto, colocada contra la pared, está vestida con una sábana rota y manchada, hecha del mismo material de la cortina que cubre una clausurada ventana. En esta cama duerme el dueño, su acompañante y es utilizada también en lo que en el ambiente llaman “pista de aterrizaje”, (significa un ligue sexual) para el dueño y su clientela. Ocasionalmente, uno de los cinco grandes perros que viven en la casa duerme ahí. “La cama del pecado, mirála bien, nos dice Lila, aquí las sábanas son testigos de la lujuria, el desenfreno, el caos de la carne…”.

 

Cerca de la cama se encuentra una mesa alargada de aproximadamente metro y medio de largo y medio metro de ancho, pintada de negro y con diversas quemaduras de cigarro y manchas de lo que parece ser aceite. Una corona de espejo de tres lunas está encima de la mesa, además, un rollo de papel higiénico, una crema humectante para los masajes, un litro de alcohol de fricciones, algunos preservativos y un ventilador. Existe un olor orgánico penetrante: sudor, semen, “Sanipine” (un desinfectante) y  papel higiénico usado que está en el piso. Detrás de la cabecera, cuelga un antiguo telón de teatro de terciopelo verde. “Ésto me lo regaló la finada ‘Macha’, dice Lila, y es para que los vecinos de a la par no puedan abrir hoyos para samuelear… Es un telón muy poderoso, la Macha’ era bruja…”.

 

Uno de los clientes nos dice que “aquí se hacen de tres a seis ‘pistas’ (relaciones sexuales) diarias, dependiendo del día que sea”. Jesús, un trabajador del sexo, nos cuenta que “la sábana se cambia cada semana o quince días”. Según él, “para los clientes especiales se usa una sobrecama limpia”. Eso significa que la sábana es utilizada regularmente para unas  cincuenta relaciones sexuales antes de ser lavada. De acuerdo con Lila, el uso de la habitación es irregular y frecuente: “hay noches que me tocan clientes la puerta en la madrugada y tengo que salir de la cama e irme a dormir a la banca del pasillo, la cosa está muy dura últimamente y tengo que hacerlo”. Si hay movimiento esa noche, El dueño de la casa, su acompañante y su perro, tienen que salir varias veces a dormir en la banca.

 

Siguiendo por el pasillo, que se ensancha levemente, se encuentra un pequeño jardín interior: macetas, baldes plásticos con plantas ornamentales, algunas colgando del techo y otras de la pared. Se destaca un tanque de inodoro de porcelana blanca. Según Lila “las lenguas de vaca que sembré en este tanque son para jalar plata”. Parte de la pared y techo se han deteriorado, dejando expuestas algunas áreas a la intemperie, lo cual beneficia a las plantas que crecen con exuberancia. “Esta pared caída y los huecos del techo –comenta el dueño de la casa- ayuda a disipar los olores de la casa”. “Ésto es mucho esperar porque se necesitaría todo un bosque tropical para contrarrestar la caca de los perros”, nos dice Aguilucho.

 

Existen enormes piedras de río que rodean algunas macetas. “Esta piedra, explica Lila, me la robé una madrugada, me tuvieron que ayudar dos muchachos,  la venía viendo desde hacía años en el mismo lugar, me gustó y me la llevé”. Mike cree que no había necesidad de robarse la piedra ya que “ni que fuera un diamante”.  Cada planta, piedra u objeto decorativo tiene su propia historia. El dueño está dispuesto a relatarnos con detalles laberínticos cada una. Algunas de ellas son fantasías alucinantes de Lila. Sin embargo, preferimos no preguntarlos porque él suele hablar más de la cuenta y hay demasiados chunches (cosas) viejos en la casa.

 

El punto de reunión y de más actividad es la cocina, un lugar de tres metros y medio de ancho y cuatro de largo. Está dividida del jardín interior por un biombo de madera hecho de reglillas entrecruzadas de una madera exquisita que ya no se adquiere en el país. Tiene una mesa alargada y angosta, tres sillas plásticas, una plantilla de gas de cuatro quemadoras y diversos armarios que contienen todo tipo de objetos en desorden: botellas vacías, estatuillas, floreros de porcelana, de vidrio, algunas plantas ornamentales, periódicos viejos, una jaula rosada con un hamster. Esta mascota es una de las últimas adquisiciones y baila neuróticamente en una rueda movible. La refrigeradora es blanca y nueva, sobre la  que se ha colocado un radio de los años cuarentas, manufacturado en Alemania, casi siempre sintonizado con música “salsa”. El piso es de cemento rojo. Pedro, un cliente, nos dice que “siempre se está cocinando algo” ya que Lila “se lo gasta todo en darles de comer a los perros y a los chulos que vienen aquí de día y de noche, todo se le va en comida para estos vagos delincuentes”, nos dice con desprecio.

 

Dos cuartos desembocan frente a la cocina.  Uno de ellos es el cuarto de los perros, en donde viven encerrados, desde hace cuatro años, dos grandes perros negros. En ocasiones, debido a algún ruido o estímulo, los animales intentan salirse, empujando la puerta y ladrando en forma amenazante. Los clientes y los muchachos suelen alarmarse. Cuando ésto pasa, Lila les grita a todo galillo: “¡Cállensen hijos de la gran puta! ¡Bueno ya!”, mientras golpea fuertemente la puerta con una gruesa cadena. Este rito se repite de cuatro a cinco veces cada noche.

 

Los perros son un tema censurado. Cualquier referencia a los malos olores, suciedad, parásitos o supuesto abuso de los animales es tomada como un insulto personal para Lila.  Su reacción ante cualquier comentario es explosiva y agresiva. Don Pedro, un cliente, lo corrobora: “He visto cómo Lila echa a gritos y amenazas a más de un muchacho de aquí cuando le critican los perros”. Según Lila, los olores y excrementos son armas que lo protegen de una supuesta redada: “Ningún policía va a pasar por encima de tanta mierda”, nos asegura. En ésto él tiene razón ya que para ingresar a su casa, la persona debe saber jugar “rayuela” y caminar a brincos. Un paso en falso puede ser “letal”.

 

Los perros comen, orinan y defecan  dentro de esta habitación de cuatro metros de ancho por cuatro de largo. Su única opción es estar sentados toda su vida. Salomón, un muchacho, nos dice que “los perros no salen desde hace cuatro años, él los saca a pasear de vez en cuando por la noche”. Mike, otro muchacho cree que “no es la policía la que va a caer aquí sino Salubridad”. Otros animales como ratas, ratones, cucarachas e insectos proliferan en la casa. Es en esta misma habitación donde el dueño de la casa guarda su ropa y pertenencias de valor. Salomón narra que sólo puede entrar en este cuarto. “Un día, continúa él, me metí al cuarto y uno de los perros me pegó una gran mordida, aquí tengo la marca. Me sentí traicionado. ¡Lo odio!” La Rubia, un cliente, concuerda con Mike: “Estos perros han sido la ruina de esta casa. Esta loca se gasta más de veinte mil colones por mes en ellos”. Las cucarachas y los ratones, por su parte, tienen más movilidad: “Estaba yo inclinado haciendo sexo oral con un muchacho, nos cuenta un cliente norteamericano, cuando vi un desfile de ratones y cucarachas. Primero, pasó una cucaracha, después otra y luego otra. Luego, vino el desfile de ratones. Tres en fila, uno tras otro. El último se quedó unos segundos mirando qué era lo que yo hacía. Yo le dije: ‘¿Puedo tener algo de privacidad?’

 

Lila se defiende de las críticas: “Si tengo que enterrarme en vida en esta casa con los perros, pues me entierro. Yo no los voy a quitar, sólo porque un aterro de locas hijas de putas me critiquen. Me he gastado millones en ellos durante estos últimos siete años. Esas mariconas lo que quieren es verme arruinada, en la cárcel. Todas me envidian, porque yo fui bella y porque me gusta el lujo, lo material, ¡qué se vayan al infierno todas ellas!. Estos perros me adoran, son los únicos que me quieren… Estos animales me protegen, son mi destino. Hace veinte o veinticinco años el finado ‘Flores’ me lo profetizó, continúa el dueño de la casa: Te veo rodeada de ocho perros negros que te protegerán”.

 

La otra habitación que desemboca en la cocina mide cuatro metros y medio de largo por tres de ancho. Una cama sencilla abarca gran parte de la estancia. Un antiguo ropero con espejos biselados deja un angosto espacio para pasar. Una cocina eléctrica, nueva, cubierta con una sábana blanca ocupa el resto del espacio. Según él “esta cocina me la regaló un gringo que se enamoró de Mike”. Por años, esta habitación ha sido alquilada o usada para “emergencias”. Hoy día está ocupada por Héctor, también conocido por “Rambo”, un masculino, musculoso y bien parecido trabajador del sexo, de veintidós años de edad. Según Lila, Héctor es el más buscado por los clientes, hace de todo y casi que por amor. Sin embargo, Lila lamenta que “sea tan raro, no habla, creo que está enfermo, me trata muy mal, me insulta, no me respeta, lo tengo ahí por lástima. Se acuesta a dormir a las cinco de la mañana, después de pasar puteando toda la noche. Se levanta a las seis de la tarde. No me ayuda en nada, ni siquiera quiere  bañar a los perros, lástima que sea tan raro, con semejante cuerpo y picha  es para que ya estuviera millonario, pero no, solo quiere putear y dormir, es muy raro”. “Rambo” confirma lo que se dice: “He tenido hasta cinco clientes por día, me trago cualquier cosa, lo que sea”.

 

Según  Lila, en el cuarto de “Rambo” vivió también “La Montaña” con su amante Quique. “La Montaña lo agarró cuando tenía quince años, ha vivido también Mike con su cabra, hasta que la muy puta quedó embarazada y los eché a los dos. Yo lo quería mucho, aún lo quiero, pero me estaba destruyendo poco a poco, no se puede vivir con un jugador empedernido”.

 

Dividida por un biombo de madera se encuentra la pila de lavar trastos, un espacio de dos metros y medio por dos metros. El lugar es húmedo y tiene aspecto sucio. Parte de la pared inferior se ha caído y está expuesta a la intemperie, se alcanza a mirar el patio de la casa contigua (la cual está clausurada desde hace un año). Aguas negras corren libremente debajo de la pila. Tan nefasta es esta agua que siete cachorritos de la última camada bebieron y murieron envenenados.  Durante la época de lluvia el agua cae sobre el piso debido a un desperfecto en el techo. Contiguo a la pila hay estantes de madera sin pintar, corroídos por el agua y los años. Encima de  los estantes, existen varios utensilios de cocina.  Ocasionalmente, pequeños ratones corren sobre ellos. Se puede escuchar el sonido de las crías de los roedores. El dueño de la casa nos dice que “No mato a una rata porque ella también es madre y tiene derecho a vivir, ya se irán algún día…”. Esto no parece posible en el futuro cercano: “Las ratas están felices donde Lila. Se sienten bienvenidas y apreciadas”, dice don Pedro. Ni siquiera se esconden”, concluye él.

 

Después de la pila, está el baño. Un pedazo de tela colgada por tachuelas sirve de puerta. Mide un metro y medio de ancho por dos metros de largo. Ni el lavatorio ni el inodoro funcionan apropiadamente. Un cliente norteamericano que visitó la casa por vez primera comenta: “¡Ay mi amor! Después de haber hecho mis ‘cosas’  con el muchacho, me fui al lavamanos para enjuagarme la boca con mi ‘mouthwash’, hice gárgaras, escupí el líquido en el lavamanos y ¡ay qué horror!, el líquido pasó directo y me cayó encima de mis tenis nuevos. No había tubo de cañería,   ¡podía ver mis zapatos desde arriba!”

 

La ducha no tiene cortina. Aquí se bañan los muchachos y algunos de los clientes, también se lava el trapo de piso que constantemente El dueño de la casa usa para limpiar los orines de los animales. En pequeños estantes se pueden apreciar macetas vacías, botellas de medicamentos y licor, algunas están quebradas y no han sido tocadas o limpiadas durante años; se ven tubos de pasta dental y maquinillas de afeitar desechables. Una  enredadera seca desde hace años sigue sembrada y adherida a la pared. Existe una pecera vacía. Los perros toman agua en la taza del inodoro.

 

Contiguo al baño, existe un patio de metro y medio por metro y medio. Es una especie de bodega, sin puerta. Cerca de ésta,  una lavadora grande y nueva de color blanco. Según Lila, se la regaló un cliente “que quiso congraciarse conmigo”.

 

El espacio más grande es la sala, que mide cuatro metros y medio de ancho por cinco metros de largo. Un altar a Santa Bárbara, decorado por un cliente y amigo, y que ocupa un lugar de honor: una plataforma de dos metros de largo por medio metro de ancho, a un metro del piso. Está cubierto de terciopelo rojo. Un encierro de plumas rosadas y magenta cobija a la estatuilla de la santa, que mide veinticinco centímetros de alto. El dueño de la casa dice que esa estatuilla se la regaló “La Duquesa”, un tipo que vino de Francia y que “tiene poderes”. “Yo admiro a Santa Bárbara, dice Lila, porque era una princesa que prefirió morir antes de humillarse. Dicen que le cortaron las tetas, el propio padre de ella”. Rodeando la estatua hay accesorios mágicos, un juego de naipes españoles que Lila usa en sus sesiones de lectura. Un cáliz de bronce, una veladora de aceite que está prendida las veinticuatro horas, frutas y adornos de color rojo. Hay una estampa de ‘Changó’: “Me la regaló un amigo cubano, él mismo la pintó”. Una tarjeta blanca con el carácter hebreo del Aleph en rojo se usa para ofrendas; además, está una campana de bronce y de madera. Debajo del altar duerme otro perro. Ocasionalmente, se quema incienso. En situaciones difíciles, el dueño reza y medita frente al altar. A veces, llora. Según Mike: “Un día después de una limpieza que un brujo cubano le hizo, la vi llorar como una perra, estaba hincada y el cubano la abrazaba”.

 

Al otro extremo de la sala se encuentra un pequeño bar en desuso, sobre el cual se construye el pesebre o paso de Navidad. El dueño de la casa nos confiesa que el paso “tiene fama en todo el barrio”. El “nacimiento” se coloca en diciembre, coincidiendo con la fiesta de Santa Bárbara. Se desmantela en abril, después de Semana Santa y el rezo del rosario. Sectores del piso se han desprendido debido a un hundimiento del terreno. Los mosaicos no han vuelto a ser colocados.

 

Dos grandes peceras tienen una luz tenue y verdosa. Se oyen sonidos de burbujas pero no tienen máquinas de oxigenación.  Un día vimos a Lila pasando un pez de una pecera a otra: “Venga mi amor, ¡quedito! Venga con mamá, ¡no brinque hijueputa!, aquí mando yo”, le dice él a una de las grandes carpas doradas. El pez pereció a los pocos días. Flotó muerto por horas sin que nadie se molestara en sacarlo. “Este pez que está aquí, dice Lila, me costó como siete mil colones. Me gasté una fortuna en ellos. Son más agradecidos que los cabros que viven aquí… que no agradecen ni mierda, les doy comida japonesa que me cuesta 1.500 colones diarios”.

 

En una esquina de la sala existe una angosta puerta, asegurada por una cadena delgada. Es el último cuarto o “pista” de la casa. Originalmente era una cocina, pero desde hace años es una habitación para alquilar o para dar cobijo a jóvenes itinerantes, muchos de los cuales trabajan en la casa haciendo “extras”. Mide tres metros de largo por dos metros y medio de ancho. Tiene una cama sencilla.  Una antigua pila de lavado ha sido convertida en mesa y en armario. El ocupante actual, César, cuelga su ropa en una varilla de metal. Ha decorado su cuarto con fotos, posters de muchachas en traje de baño. Sobre la puerta descolorida y gris, hay  una famosa foto de Marylin Monroe. Salomón nos dice: “Si este cuarto hablara…”. Quique agrega: “Un día un cliente muy borracho y drogado trató de ahorcarme aquí; Lila me salvó al oir mis gritos”. Según Raúl, un cliente, en este cuarto “un día dos chiquillos me sacaron un revólver y me amenazaron de muerte, yo los convencí a pura labia (conversación) y terminaron vendiéndome el arma. Me los comí a los dos”. El dueño de la casa tiene su cuento de esta habitación: “Un día durante una bronca y asalto que me quisieron hacer, me encerraron aquí y al tratar de salirme por el cielorraso, me quebré esta mano, casi me mato, pero caí como una mariposa”. Lola, una amiga de la casa, nos cuenta que en esta habitación “aruñé en la cara a ese hijo de puta que vivía aquí, se la dejé marcada, de mí nadie se burla”. Aguilucho, uno de los trabajadores del sexo que más ha vivido en la casa comenta, mientras prende un cigarro de marihuana: “El único cuarto de esta casa que se mantuvo limpio y ordenado fue éste”. Durante los últimos meses, la habitación se alternó como oficina para hacer entrevistas y el dormitorio de César, un trabajador del sexo de veintiún años de edad. Él  recientemente se pasó a vivir por problemas con su familia. Su novia lo visita a menudo y se encierran en el cuarto. César cobra un mínimo de 3.000 colones por el sexo sin penetración: “Ningún hijueputa me toca el culo. Si el pagador (cliente) quiere que lo raje, tiene que echar un tucán al aire (pagar 5.000 colones)”. Su novia, afirma él, no sabe “que ésto es un putero ni que yo trabajo aquí”.

 

LOS CLIENTES

Entran sigilosamente en la casa y salen aún más rápidamente.  Escogen al muchacho que les gusta y se meten en el cuarto. Pareciera que ni existieran porque apenas se les ve. “No es que asusten en donde Lila, es que pululan por doquier los fantasmas”, nos dice Mike. Si uno pone atención, apenas puede oír unos susurros, unas exclamaciones de placer casi censuradas, un pequeño quejido de dolor. “¡Ya se aplancharon (penetraron, en el argot) a la venezolana!”, dice con voz suave. “Cuando se tiene experiencia como madame, continúa Lila, una aprende a saber qué pasa detrás de las cuatro paredes”. Ponemos un poco  más de atención y pareciera que el dueño tiene razón: el venezolano hace gemidos de placer. “Sin embargo, nos dice la madame, un día me equivoqué y estaban estrangulando a una loca y yo creía que ella estaba alcanzando el orgasmo. Uno no sabe, a veces, determinar la diferencia entre un orgasmo y una estrangulación”. Pasan unos minutos y sale la venezolana. Ni saluda, ni nos mira, ni dice nada:  va para la calle y se pierde en la noche. “Esa loca es una periodista, nos dice Lila, y mirala cómo pone el rabo (trasero)”.

¿Quiénes son los clientes? ¿Qué tipo de hombres acude a este lugar? Ellos, con rarísimas excepciones, no están dispuestos ni a ser vistos ni a ser entrevistados. “¡No, no!, exclama él, ¿están ustedes locos de querer entrevistar a mis clientes. Me van a echar a perder el negocio”. Ni el dueño, ni los muchachos, ni los clientes quieren que se les interrogue. “Si los dejamos hablarles, mañana nos traerán a Pilar Cisneros[25] y las cámaras de televisión. Luego, ustedes estarán en el Show de Cristina[26] mientras que yo me pudro en la cárcel por proxeneta”, indica el dueño. “La única forma de averiguar más acerca de ellos, es preguntándoles a los muchachos”, nos sugiere como compromiso. “¡Ahorita me van a pedir que quieren filmar un polvo!”, le dice Lila a Mike como entre exasperado e incómodo.

Existen muchos tipos distintos de asiduos a esta casa.  La mayoría gusta de hombres  entre 15 y 20 años de edad. Otros, los menos, prefieren a muchachos más jóvenes entre 10 y 14 años. Otro grupo no tiene preferencia de edad: viene aquí porque existen hombres de alquiler y pueden escoger hasta a aquellos de 35 años.  De ahí que Gerardo, el árbitro de fútbol, ligue de vez en cuando en esta casa. “Yo tengo más energía y experiencia que cualquier mierdoso de aquí. Véame este cuerpo, nos indica, ¿no le parece rico?” Sin embargo, no es ésta la especialidad de la casa: el burdel de Lila se conoce como un negocio para paidófilos y proxenetas. “Nuestros clientes gustan de la juventud. Para “cacheros” viejos existen otras casas”, dice Mike.

La orientación sexual de los clientes, a diferencia de los muchachos, es bisexual. La gran mayoría de ellos son hombres casados, con hijos y totalmente “en el closet”, como dice Lila. Esto significa que son hombres que viven una vida heterosexual ante la sociedad, con visitas ocasionales a esta casa. Los pagadores no son homosexuales, aunque algunos de ellos también acudan a la casa. Sin embargo, como veremos más adelante, los muchachos no gustan de los clientes homosexuales. “Ellos nunca están tranquilos, quieren más y más sexo, desean que uno los bese en la boca y que les diga cosas. Son una peste. Yo prefiero no darles masajes y me concentro en los viejos”, nos dice Cerebrón. Para los “cacheros”, los homosexuales son generalmente hombres afeminados que socializan en la comunidad gay, viven con otros hombres y no se han casado ni tenido hijos.  Los “viejos” son hombres muy disimulados, masculinos y de los que nadie sospecharía en la calle que son homosexuales.

No obstante la masculinidad de los clientes bisexuales, existen grandes diferencias, además de la edad, con los trabajadores del sexo. Una de ellas es su deseo. Los pagadores demuestran sentir atracción sexual por otros hombres, disfrutan de las relaciones sexuales y empezaron desde hace años su vida secreta homosexual. “El cliente le gusta lo que uno le hace, si no no pagaría”, afirma Hugo. “Uno ve cómo disfrutan el sexo”, asegura Mono. De acuerdo con el dueño, muchos de sus clientes tienen más de 20 años de visitarlo y empezaron desde adolescentes.  Uno de los pocos que logramos entrevistar, “El Flaco”, confiesa que él empezó a pagarles a los  muchachos adolescentes para tener relaciones sexuales “desde que tenía 17 años”. Según él, ahora tiene 39 años y disfruta igual: “Yo estoy casado y tengo hijos. Esto lo hago una vez al mes cuando se me alborotan las hormonas”.

Los clientes bisexuales también muestran diferencias con los homosexuales. Los primeros están más atraídos por la juventud de los muchachos, mientras que los segundos por su masculinidad. Mono nos explica por qué:

El homosexual que viene aquí busca un hombre. Lo que le atrae no es que sea joven sino que sea macho. En los bares gays,  existen homosexuales masculinos pero son la minoría. Las loquitas más jóvenes que se quieren sentir como mujeres, entonces, vienen a buscar quién se las vuele (penetre). Cuando uno se mete con ellas, se quiebran todas (se feminizan) y lanzan las plumas (hablan como mujeres) que parece que uno está en un gallinero. Algunos  gustan de ellos  porque sienten que están  con una mujer; otros las odian por afeminadas. Los clientes masculinos, por el contrario, son hombres respetables de familia, algunos hasta abuelos.

En el plano de la práctica sexual, el panorama es diverso. Cerebrón cree que los pagadores viejos son mejores porque “lo tratan a uno más como un hijo” y “le ayudan más a uno, no andan con pelos en la lengua y si uno necesita algo, se lo dan porque ya saben que están viejos. No les interesa tanto la sodomía”. Hugo está de acuerdo con la aseveración que  los pagadores que son casados y tienen relaciones con mujeres “son distintos de los homosexuales. No exigen tanto”. Sin embargo, él sí cree que desean penetración.  Erick  no  cree que exista un patrón general para un mismo cliente:  “Cada muchacho tiene una relación distinta con un pagador. Con algunos de ellos el pagador puede ser activo y con otros, pasivo. Para mí “El Flaco” es superpasivo aunque sea casado y machón. Con otros muchachos, puede ser activo, no sé”. También se da el caso de homosexuales muy afeminados que son activos: “La  Preciada es activa a pesar que es una señora completa”, dice Mono. “¡Sorpresas te da la vida!, replica Lila, y aclara: Uno no puede vivir engañado y creyendo que el hombre que es macho y casado es activo. Yo he visto miles de tipos varoniles que en vez de atacarlo a uno y dominarlo, se le ponen a uno de cuatro patas. Si yo veo que un hombre no me va a dominar, pues yo lo domino a él y me lo como. Soy loca pero no pendeja”.

Muchos de ellos consideran que los pagadores tienen problemas para ligar por su edad, fealdad o gordura. Cerebrón nos dice que “si tuvieran una linda cara, no estarían aquí”.  Según él, muchos de ellos son tan gordos que “ni se les ve el órgano de la panza que tienen”. El  señor de los anteojos tiene “una panza que parece que estuviera embarazado de ocho meses.”, agrega Luis. Otros consideran que no solo acuden hombres feos. “¡No, qué va!, dice Mono. Aquí vienen hombres bien parecidos que sí pueden pescar el hombre o la mujer que deseen, pero que no lo hacen por darse el color y vienen aquí que es rápido y disimulado”. El dueño concuerda: “Hay de todo. Yo tengo clientes por los que preguntan otros, para llevárselos a un cuarto de lo buenos que están”.

El origen social de los clientes es igual de variado. Aunque la casa de Lila deja mucho que desear y la suciedad ha corrido a muchos de ellos, existen clientes de clase media y alta. Así lo indica Hugo:

Los que vienen son personas de clase media, trabajadores, algunos profesores, otros dueños de bares, otros que sí están en una clase superalta; aquí hay dos personas de una clase rica y uno de ellos es muy orgulloso y se siente dueño del mundo. El otro no, a uno lo trata bien.

Uno de los hombres ricos que acuden es el famoso y misterioso “El Conde”. Este hombre es quien da el  dinero para pagar el alquiler de la casa a cambio de una total discreción y absoluta confidencialidad. “El Conde, nos dice Mike, es un personaje que casi nadie conoce, con excepción de nosotros. El dueño echa a todo el mundo de la casa cuando se anuncia su llegada. Es un hombre muy rico e importante. Su deleite es mirar escenas eróticas de varios muchachos. Cuando él viene, Lila escoge los mejores para que lo atiendan ‘como un rey’. Es un hombre gordo de anteojos. Yo lo he visto y la gente se caería de jupa (cabeza) si supieran quién es él”. “¿Se puede saber quién es ‘El Conde’, le preguntamos al dueño” “Sí, claro, con mucho gusto, nos responde, si vos me das el número de tu tarjeta de crédito y me escribís un cheque en blanco, yo  te lo doy”, replica él. “¿No ves que si yo abro la boca termino con mi lengua en la pecera y posiblemente con la tuya también?”

A pesar de que existen clientes ricos, la mayoría es de extracción humilde. La casa de Lila es más barata que muchos otros lugares de prostitución. El precio de una “pista” es inferior a los diez mil colones, incluyendo el del cuarto y el salario del muchacho. En los saunas dedicados a la prostitución, entre el  precio del masajista y el del cuarto, se paga el doble. “La gente quiere tirar la plata cuando va a estos saunas. Yo mismo les digo que donde Lila es más barato y pagan dos veces menos: ‘¡Oigan, qué brutos ustedes!’, les digo, ¿no ven que  ahí se  ahorran diez mil colones por lo mismo?”. Pese a la oferta de Cerebrón , los saunas son más limpios y muchos varones de clase media los prefieren.

Aunque, como analizaremos posteriormente, existen relaciones emocionales entre clientes y prostitutos, también lo es que la transacción es cruda y comercial. Los adultos buscan a los jóvenes como objetos sexuales y la conversación es mínima:

Entrevistador 1:          ¿Qué es lo que atrae a los clientes aquí?

Hugo:                          Lo que la mayoría de los clientes busca es picha, el pene grande.

Así lo cree también Cerebrón:

Entrevistador 1:          ¿Los clientes te proponen matrimonio?

Cerebrón:                    Sí, montones.

Entrevistador 1 :         ¿Por qué crees que ésto pasa contigo?

Cerebrón:                    No sé, seguro por mi picha. Tengo varios clientes que están enamorados de mi órgano.

Entrevistador 1 :         ¿A vos no te molesta ésto?

Cerebrón:                    No, más bien me enorgullece.

Entrevistador1:           ¿Pero no te gustaría más bien que se enamoren de vos por tu mente?

Cerebrón:                    ¡Sí claro! pero la mayoría son locas y como les cuadra tanto el pene…

Hugo nos cuenta que los clientes buscan el pene grande como si uno fuera un “caballo”. Cuando le preguntamos si algunos muchachos eran rechazados por tener un equipo menos voluminoso, él nos dice: “No, no es común. Sin embargo, los pagadores se cuentan entre sí las características de cada uno de nosotros. Y tal vez la primera vez tengan relaciones con uno de miembro pequeño pero, en la próxima, buscan al más grande”.

Otras exigencias de los clientes, como el sadomasoquismo, son muchas veces rechazadas. Luis dice que “detesta” cuando ellos le piden que juegue con vibradores o con alcohol: “Algunos me piden que use alcohol. ¿Sabe usted lo que duele hacerlo de esta manera?” Otros les gusta el dolor y arañar y mordisquear “cosa que a mí me molesta”. Hugo ha tenido escenas violentas con clientes: “Un día estaba con un tipo  de Puriscal y nos fuimos a su casa. Yo le hice una broma y le dije que si nunca le había gustado poner las nalgas, entonces él tenía un disco en la mano, lo tiró y me dio una bofetada y me amenazó mucho y me trató como a un perro”.

Algunos, por su parte, se vengan muchas veces robándoles a ellos. La persona que los recoge en algún lugar público (no donde Lila ni en un sauna) y viene “forrada” de dinero, como dice Cerebrón, se expone a que el joven lo asalte. Según Cerebrón, los clientes que se meten en cantinas y salen borrachos de ellas, se arriesgan a que “los maes (muchachos) los dejen chingos en la calle”.  Él mismo nos revela cómo y por qué es que asalta a alguno de sus clientes: 

 

Entrevistador 2:          Mirá, ¿entonces podemos llegar a la conclusión que aparte del negocio con los pagadores, además de la plata que te echan por el sexo, existe la posibilidad de robarles?

Cerebrón:                    Sí, pero digamos que usted y yo nos vamos para un hotel, o a donde nadie sabe que estamos, y hacemos la vara y todo y usted me dice después que terminó todo que no tiene plata y saca la billetera y tiene un montón de “tucanes” y me da solo tres mil pesos. Ahí es donde se asalta.

Entrevistador 2:          ¿Cómo lo asalta?

Cerebrón:                    Usted le dice: ‘aquí es echando la plata’ y  le saca el puñal y si no lo quiere lo aprieta y lo tiene contra la pared. No es necesario andar un puñal para apantallar (intimidar).

Entrevistador 2:          ¿A pura jacha (cara de intimidación)?

Cerebrón:                    Sí, a pura jacha, a pura pantallada.

Entrevistador 2:          ¿Entonces eso quiere decir que usted tiene que medirse, supongo yo, que usted mide a qué tipo de clientes se lleva, usted no se va a llevar a un jachudo?

Cerebrón:                    No, porque yo no me  voy a llevar a alguien que me dé por el hocico (boca).

Entrevistador 2:          ¿Has atacado alguna vez?

Cerebrón:                    No hay necesidad de hacer mucho alboroto. Si uno saca el puñal y lo corta un toquecito, el tipo se queda quedito.

Entrevistador 2:          ¿Usted anda puñal ahorita?

Cerebrón:                    No, lo tengo escondido en el parque.

Entrevistador 2:          ¿Y si le sale un cliente aquí?

Cerebrón:                    No, yo aquí en la casa no asalto, yo asalto en la calle o sea yo llevo al pagador por otro lado y le digo que vamos a un apartamento de un amigo y antes de llegar a la casa del amigo,  queda acostado en la pared.

A pesar de la posibilidad de violencia, la mayoría de las transacciones entre “cacheros” y pagadores se dan sin accidentes. “Uno prefiere ganarse la plata sin tener que asaltar porque adquiere color de ladrón y nadie lo buscará luego”, confiesa Cerebrón.

Debido a que no realizamos entrevistas con los clientes, es difícil especular acerca de lo que los atrae a la prostitución y la razón de correr riesgos con los “cacheros”. Sin embargo, en un estudio anterior sobre los hombres que acuden a ligar en los sitios públicos, ellos confesaron que el sexo peligroso, con maleantes y posibles asaltantes, les era muy “sabroso” y “adictivo”. Muchos de los hombres que ligaban en un parque josefino terminaron asaltados y hasta apuñalados. No obstante el riesgo, continuaban acudiendo a estos peligrosos lugares[27].

Podríamos especular que los clientes comparten con los “cacheros” el fenómeno adictivo, aunque a substancias distintas. Los prostitutos tienen una gran adicción al dinero y a la droga. Los clientes, al sexo peligroso y objetal. Ambos se complementan de manera explosiva.

LOS “CACHEROS”

Los muchachos que acuden a la casa tienen, con algunas excepciones,  de 10 a 25 años. La mayoría vienen del barrio, aunque también de vecindarios más alejados. Ésto es importante  porque no existe otra razón para haber establecido la casa que la oportunidad de pagar un alquiler bajo. Lila no escogió un barrio en particular y pudo haberlo hecho en cualquier otra zona de clase media baja de San José. “Uno hubiera encontrado muchachos dispuestos a prostituirse en cualquier zona del país”, nos dice.

Estos “cacheros”, entonces, tienen ciertas características que comparten con otros adolescentes de zonas de clase media baja: tienen sus hogares, artículos electrodomésticos básicos, televisión, oportunidad de educación y recreación. No son, en su gran mayoría,  muchachos de la calle de zonas marginales y tampoco tienen rasgos muy mestizos. Son atractivos, algunos rubios y con ojos azules y algunos bien vestidos. Su conversación refleja una exposición a los medios de comunicación y a temas tratados en la prensa. Algunos son estudiantes de colegio o de carreras profesionales. Otros son bastante instruidos e inteligentes. Mono, por ejemplo, es un ávido lector que habla como estudiante universitario y tiene un sentido crítico muy agudo. En algunas entrevistas, él terminó haciendo sus propias preguntas y anticipando los temas po tratar.

Otros datos de ellos podrían semejarse al estereotipo del prostituto:  no conocer o tener una mala relación con el padre, haber sido expulsado del hogar, tener una historia de alcoholismo en la familia, antecedentes delictivos, abuso infantil y violencia contra  la  madre. Cerebrón fue abandonado por su madre y terminó siendo criado por una abuela alcohólica. Jonás también fue recogido por sus abuelos y su madre es prostituta. Carlos fue agredido salvajemente por su padre. Luis fue echado a la calle cuando empezó a tomar drogas y nunca volvió con su familia.

Este pasado difícil no nos puede llevar a concluir, por otro lado, que la prostitución ha sido resultado de la pobreza y de los hogares rotos. Los muchachos entrevistados representan, más bien, las características de sus vecindarios. La ausencia del padre en el hogar es común en un país en que casi el 50% de los hogares están jefeados por una mujer. El alcoholismo afecta a un 30% de los hogares costarricenses. El crack es consumido por grandes sectores de la población. La violencia es endémica en el país. El 30% de los estudiantes universitarios ha sufrido de incesto. La mayoría de los hijos no es deseada[28]. Si éstas por sí mismas fueran causa de la prostitución, cientos de miles de jóvenes la practicarían.

Otros de los “cacheros” provienen, por el contrario,  de hogares intactos. Erick vive con sus padres que son trabajadores de una institución pública y que no tienen la menor sospecha de que su hijo es prostituto. Gerardo es un respetable árbitro de fútbol, de clase media, con buen trabajo y familia. Mario tiene una muy buena relación con su padre. Los padres de Pedro son “cristianos” y en su hogar nunca se ha escuchado una mala palabra.

Si hubiésemos llevado a cabo una investigación en un sauna de clase media o de clase alta,  encontraríamos lo mismo: los muchachos representarían los sectores sociales de donde provienen. La prostitución de los ricos sería tal vez más sofisticada que la de los pobres. Se conocen casos de hijos de muy buenas familias que se prostituyen por placer o por necesidades específicas o por no poder pedirle dinero a sus padres. Éstos serían menos obvios o quizás dependerían más de ciertas conexiones para sus ligues; sin embargo,  tendrían  las mismas relaciones sexuales por dinero.

El estereotipo del prostituto sirve una función social: hacernos creer que si pudiéramos controlar la pobreza y los hogares rotos, lo haríamos con la prostitución. Los sectores conservadores y religiosos lo usan para imponer su visión de la familia obediente al Estado y la Iglesia como antídoto a los “males sociales”. Lo mismo se hace con la campaña contra las drogas: vincularla con la prostitución. Aunque es cierto que la droga acentúa la dependencia en la prostitución, también lo es que la relación entre una y otra no es de causa y efecto. Gerardo no consume drogas y es  prostituto. Mario empezó con la prostitución mucho antes de consumir el crack. Luis nunca ha tomado ni fumado un cigarrillo.

La relación entre drogas y prostitución, podría especularse, se establece más por otros canales: la culpabilidad religiosa y la discriminación de los prostitutos. Si ellos fueran apreciados como trabajadores corrientes, tendrían mejor autoestima y menos necesidad de aminorar el dolor por medio de alcohol, los barbitúricos, los juegos electrónicos, los cigarrillos, la marihuana, el crack, el dinero, los naipes y la misma sexualidad. Si no tuvieran que esconderse como criminales, actuarían menos como tales. Así mismo lo piensa Mono:

Creo que uno se hace un maleante porque solo los maleantes aceptan la prostitución. Si la gente lo respetara por la labor que hace en vez de denigrarlo, uno se rozaría con otra gente y tendría la oportunidad hasta de sindicalizarse.

EL  DUEÑO

“Yo soy Cleopatra, soy Eva Perón”, así quiero que me recuerden, dice Lila. ¿Querés que empecemos el apartado acerca de vos de esta manera?, le preguntamos. “No, la verdad es que ni soy Eva Perón ni tampoco Cleopatra, aunque siempre las admiré”. Él nos dice que en lugar de Egipto o de Argentina nació en Naranjo de Alajuela de madre prostituta  y padre ausente. Fue uno de doce hermanos de padres distintos: “Ella me dijo que no había sido prostituta sino que había vivido con distintos hombres para ayudarse y sostener el hogar”, nos dice con voz triste. Apenas nació, fue regalado: “Mamá me entregó porque estaba enferma, tenía una enfermedad de las que las mujeres no se salvan”. Le preguntamos qué era y nos dice “fiebre perpebral”, una dolencia de la vagina para la que en 1938 no existía penicilina. La madre, en realidad, no murió de esta enfermedad: hizo un trato con una doctora para regalar a su hijo: “La madre de la doctora quería con desesperación un hijo. Su hija le propuso a mamá que me regalara y que ella me cuidaría”, nos cuenta.  Cuando se recuperó, la verdadera madre  sería convencida  por sus amigos de que mejor lo dejara dónde estaba. Lila nos dice que los amigos le decían a su madre que “no seas estúpida, vos sos pobre y no tenés dónde caerte muerta mientras que esa familia es rica. Dejá a este niño ahí”.

Como en la historia de Moisés, Lila creció  sin saber su origen. La verdadera madre lo visitaba “hasta los cinco años”, pero para él “era una empleada doméstica que venía por épocas”.

Sin embargo, el pueblo mismo se encargaría de recordarle sus orígenes: “Yo me enteré de quién era hijo desde los siete años ya que en Naranjo me llamaban ‘El hijo del gato, el hijo del gato’ y así averigüé la verdad. “El Gato” era un hombre del pueblo.

La madre adoptiva era una mujer “indiferente”, “fuerte” y “rara”. Cuando le preguntamos qué significa “rara” nos dice que le hizo algo que “no se le hace a nadie”: la madre adoptiva le prohibía “jugar” ya que según ella “solo los vagos juegan”. Nuestro entrevistado la culpa de haberlo convertido en  un niño “muy sensible” y “afeminado” por no haberlo dejado jugar fútbol y otros juegos de “machos”. Sin embargo, él también achaca su feminidad al abuso sexual que vivió con el electricista, con quien tendría una relación  durante los próximos siete años. “Yo empecé a imitar a las mujeres porque este hombre me calentó la sangre y yo quería atraerlos de la manera en que lo hacen las mujeres”.

Entrevistador 2:          ¿Qué pasó cuando niño?

Lila:                             De siete años fui a hacer un mandado de la casa, fui a traer a un electricista, un gran amigo de la casa y de la familia, ese muchacho era muy cariñoso conmigo, carismático y me daba el cariño y el trato que no me daba un padre, tenía una muy buena amistad conmigo y yo nunca pensé nada… pero ya a los siete años este hombre estando yo en la tarde de un día recibiendo en la iglesia el catecismo,  me fue a sacar del  templo y me invitó a ir al cine, lo que yo me horroricé, no sabía qué era un cine, no sabía qué era una pantalla, yo le dije que no podía llegar tan tarde a la casa que era un problema para mí, pero como sabía que era una persona a la que se le tenía aprecio le dije: ‘Bueno la única forma es que me llevés a la casa’ y me dijo que  sí… Entonces yo pensé : ‘Bueno, si me lleva a la casa, no me regañarán, y él me dijo: Es una película muy buena, tu madre no tiene por qué regañarte, vamos a ver una película de Tarzán, vas a ver jirafas, elefantes… Y por supuesto que deseaba ver elefantes, palomas, selva. Me dijo: ‘Dile a la maestra que te sientes mal y te vienes conmigo y así lo hice… bueno no me asusté que este hombre me tocara las piernas y la cara era una cosa normal y siempre lo había hecho hasta delante de mi madre adoptiva. Yo nunca sentía una malicia por los toques pero ya en el cine, a media película, el hombre me volvió a tocar las piernas, se abrió un poco el pantalón, me cogió la mano y me llevó a su miembro y me dijo tócalo, yo lo toqué pero lo que sentí fue curiosidad  por su gran tamaño. ‘Diay, porque soy un hombre más grande que tú  y tú eres un niño pequeño, lo tuyo crecerá poco a poco’ y me dice: ‘¡Tócalo, tócalo!’.

Entrevistador 2:          ¿Qué más pasó ahí?

Lila:                             Pues yo le toqué su miembro. Sí, él me tocaba, y esa relación se mantuvo.

Entrevistador 2:          Esta relación de toqueteo, ¿cuánto tiempo duró?

Lila:                             Siete años.

Entrevistador 2:          O sea de los 7 a los 14  años.

Poco a poco el cuento corre paralelo con el de Cenicienta. La madre adoptiva tiene hijos propios y nietos de su hija que lo miran como arrimado. Nuestro entrevistado era demasiado afeminado y su  familia lo rechaza. La mujer le exige que limpie y que barra la casa (Nota del autor: quizás este trauma lo llevaría a no limpiar después la suya). Un día se arma un pleito con una nieta de la madre adoptiva. Esta le quita el radio a Lila, quien era escucha de Radio Fides, una emisora religiosa, su única diversión. Éste la amenaza con cólera :“déjame el radio o te doy de vergazos (golpes)”  y la niña se lo cuenta a su abuela. Ella le dice a Lila que “no sos nadie, no tenés derecho a nada, sos un recogido”. Él contesta que “si no soy nadie, seré libre y haré lo que me dé la gana”. A los quince años, coge sus “chunches” y se va de la casa. El joven huye para otra finca donde un amigo de Heredia. Ahí le ofrecen techo y comida a cambio de trabajo doméstico: “La casa era muy sucia pero yo ya tenía la habilidad para limpiar, estaba acostumbrado a limpiar pisos, sacudir paredes y lavar carros”. Sin embargo, la empleada de la casa se enamoró de él. Éste era ya un muchacho muy hermoso de ojos verdes y pelo de color miel. Tan atractivo era que la empleada prácticamente lo violó:

Hubiera podido estar en esta casa por más tiempo si no hubiese sido por la empleada de la casa. Ella quería seducirme, empezó a alimentarme muy bien, nunca pensé que me fuera a atacar. La mujer terminó arrastrándome a la cama, yo no podía reaccionar porque estaba asustado, es decir nunca había estado con una mujer, pero por no darle el gusto a ella de decir que yo era homosexual, pues lo hice. Esto duraría como tres meses hasta que un día me quedé dormido en el cuarto de la empleada. La señora de la casa llegó de misa y me hizo un escándalo y me echó de la casa.

Lila juraría que “de esta casa sería la última que me echarían “ y se vino para la capital. “Un día me contaron que esta mujer tendría un hijo de ojos verdes, que podría ser hijo mío”, nos dice para terminar este capítulo de su vida.

En San José, la vida sería muy distinta. Ahí tiene que dormir en las calles y empieza su vida en la prostitución: “Lógicamente, las únicas personas que me pueden brindar ayuda son los homosexuales de la calle, o alguna prostituta. Tuve que aceptar salir con hombres, tenía que sobrevivir y lo que era peor, era menor de edad y ni un hotel quería alquilarme una habitación.”Aunque él era muy atractivo, su vida no fue fácil.

Lila:                             No tengo ambiente en San José, tuve que dormir en las calles, lógicamente sin querer las únicas personas que me pueden brindar ayuda son homosexuales de la calle o alguna piadosa mujer de hombres. Sin tener un respaldo de una casa ni de un amigo pues tuve que aceptar salir con hombres, tenía que sobrevivir y lo que era peor, era menor de edad y ni un hotel me quería rentar una habitación, tenía que suplicarles que lo hicieran.

Entrevistador 2:          Entonces tenías dos tipos de amigos, homosexuales y clientes.

Lila :                            Sí.

 

Entrevistador 2:          ¿Quiénes eran los clientes?

 

Lila:                             Pues gente machona que gustaba de los jóvenes pero que no eran locas. En esta época yo no era considerado homosexual, sino un “cachero”.

 

 

Lila no tuvo mucho éxito: “Yo estaba dispuesto a irme con un señor de noventa años o con un hombre aunque fuera jornalero de veinte años, yo lo que quería era una buena amistad o vivir bien pero siempre hablaron mal de mí, todas estas amistades que me conocieron, no me dejaron, además si hubiera sido más varonil hubiese sido más el pegue…” Después empezaría a alquilar cuartos a homosexuales y  a “cacheros”.

 

Muchos de los homosexuales le tenían envidia:

Esa belleza que dicen que yo tenía a mí me produce rabia oír las cosas que dicen, me da mucha rabia porque en esos días nadie me lo decía, parece mentira pero a veces tiene más suerte la persona fea que la bonita, todas esas amistades amigas me bloqueaban o me hacían la vida imposible, hablaban mal de mí, no me recomendaban bien, todo porque tenía una cara muy bella, creo que no era tanto el cuerpo porque era delgado, pero lo que sí llamaba poderosamente la atención  era la cara porque era una entre hombre y mujer.

Por quince años se dedicó, como él dice, a “chancletear” (prostituirse en la calle). Llegó a vivir en una cueva que él arregló como casa por el río Virilla.

En aquella época era difícil que le alquilaran una habitación a un menor de edad. Yo tenía una cara muy juvenil y no aparenté nunca la edad que tenía. En aquél tiempo habían redadas en los hoteles de mala muerte y yo les tenía miedo. Como  me iba a bañar  y a lavar la ropa al Río Virilla, descubrí unas cuevas donde habían sacado arena, era como una especie de tajo, entonces para evitar las redadas policiacas adapté unas latas de cartón de refrigeradora, una la ponía en el suelo, la otra en la pared para evitar el chiflón. Ahí dormía desde las dos de la mañana hasta las diez. Cuando calentaba el sol, lavaba la ropa, la cual se secaba sobre las piedras del río como a la una de la tarde y ya podía regresar por veinte centavos en bus a San José.

Cuando cumplió  los 35 años, conoció al famoso “El Conde”, que ha sido su protector durante los últimos veinte años. Con la ayuda de éste, abrió su primera casa. Ésta, como la actual, se usaba para el  alquiler de cuartos. El dueño, al principio, alquilaba habitaciones a hombres que venían acompañados. Luego, incluiría a muchachos en el negocio.  Lila es enfática en decir que él lo que hace es presentarles amigos y no prostituirlos: “Ellos (los muchachos) se meten en ésto porque quieren ganarse el dinero y ellos mismos buscan los hombres. Yo lo que hacía y hago es simplemente presentarles gente, nada más”. En 1973, nuestro entrevistado sería llevado a juicio por unas lesbianas  (que él había echado de la casa) que le hicieron “un montaje” con un muchacho y fue condenado por proxeneta. Estuvo dos años en la cárcel (de ahí su trauma de volver a ser llevado) y luego abrió un bar para gente negra, que sería clausurado por una mujer evangélica “que se oponía a que los negros tuvieran un lugar propio”. En 1988,  volvería a ser acusado de proxenetismo y absuelto por falta de evidencia. “Fue un montaje que hizo un hombre muy rico que había asesinado a uno de los jóvenes que yo le presenté y que había sido su amante. Yo sabía que él era el asesino y entonces para desacreditarme les dio ciento veinticinco mil colones a dos muchachos para que testificaran que yo los había violado en mi casa”. Desde esa época, él alquilaría la actual casa que tiene ya desde hace 14 años.

Muchos clientes y muchachos han pasado por esta casa: “Mirá, en 14 años puede pasar mucha gente, cada año uno conoce a muchas personas, a veces, viene alguien que hace 15 años uno no ve. Existen muchos muchachos que se han ido al exterior y luego me visitan. Vienen con carro y ropa de la Quinta Avenida de Nueva York. Otros aparecen muertos en una alcantarilla. Así es la vida. Son miles los que han desfilado por aquí”.  Sin embargo, la casa es tanto un centro de prostitución como un refugio para ellos: “Yo no le cierro la puerta a ningún muchacho ni les exijo nada si buscan una cama. Ya te conté que no soporto que a un muchacho lo echen a la calle, como me pasó a mí. A veces tengo ocho aquí y a todos les doy de comer. Muchos de los clientes ricos que usan a estos muchachos me critican por darles techo y comida. Yo no puedo soportar ver a un muchacho con hambre”.

¿ES LILA UN BRUJO?

Él dice tener poderes ocultos y una gran facilidad de leer el naipe:

Bueno, a través de los años me he dado cuenta que me atraía o me gustaba leer el naipe. No sería hasta los 35 años que me di cuenta que podía dominarlo sin haberlo leído en un libro. Tal vez no sea la mente mía, pero tengo muy buen corte de manos, yo saco lo que la persona necesita saber, lo que  le interesa y lo que la mano mía corta, le doy lectura y siempre sale. Sin embargo, no ejerzo esta profesión porque siempre fui muy temeroso de Dios y las ciencias ocultas son más del príncipe de las tinieblas. Tras que he hecho un desastre de mi vida no voy a meterme en ocultismos o ciencias ocultas que son satánicas.

También cree  en el ocultismo. Lila no solo lee las cartas sino que dice tener telepatía y telequinesis. El mismo Hugo lo confirma:

La gente del barrio tiene miedo a la brujería porque sinceramente Lila es brujo. Él tiene algo porque un día de éstos estaba en la casa y yo oía la voz de él  y que me tocaba el hombro y me decía ´Hugo, venga para acá porque tengo cliente´ Yo me vine donde Lila y me dijo él: ‘Estaba pensando en vos, ¿no ves que tengo un cliente?’ Yo me dije: ‘¡A la gran puta, era él de verdad!’

Lila tiene una imagen de Changó, el dios de la santería cubana.  Sin embargo, nunca vimos otra cosa que un rezo para pedir un favor. Algunos dicen, eso sí, que él hace curas y remedios y algún castigo para un enemigo que lo malquiere.

No sabemos si él es brujo o tiene poderes especiales. Tal vez algunos días vuele con la escoba (que para algo debe servir ya que nunca la hemos visto en acción de barrer) y en otros, adivine el futuro, haga maleficios y convierta a algún cliente en un perro negro, o aún peor, en una rata o en el hamster de la jaula rosada. Sin embargo, a nuestro personaje le sirve que todos crean en sus poderes porque así lo dejan en paz:

Antes, los vecinos se metían con Lila. Llamaban a la policía y le pedían que hiciera una redada. Algunos de los padres hablaban quemar la casa con todo y dueño adentro. Sin embargo, pronto se quedaron tranquilos cuando vieron que Lila era un brujo de verdad. Una señora muy católica tuvo una visión durante Semana Santa que Lucifer se había mudado al vecindario y no era otro que la misma Lila. Un señor de la iglesia evangélica del barrio se desmayó cuando pasó por la puerta de la casa. Según él,  una terrible fuerza del más allá lo tumbó ahí mismo. Una muchacha virgen vecina de la casa no sangró en la  noche de bodas y el novio explicó que el dueño le había hecho un maleficio.  En otras ocasiones, se oyen gemidos terribles en  uno de los cuartos que parecieran del mismo Lucifer (Nota del autor: ¿no serán los quejidos de la venezolana?) Desde que han pasado estas cosas, nadie se mete con él.

“Lila: ¿Sos vos el mismo diablo?”, le preguntamos. “Mirá, yo creo en Dios y en Satanás porque de existir, existen. Yo soy una persona creyente y respetuosa. Si vos hacés el bien Él te protegerá. ¿No ves que yo nunca podría ser una gran diabla? Si fuera mala, sería una diablilla, de segunda importancia, el verdadero demonio nunca se hubiera fijado en mí, soy una pequeña cosa en un universo de mal”.

Como investigadores no podíamos dejar de tratar de verificar los poderes. Le pedimos a él que nos leyera el naipe y que nos interpretara lo que pasaría con nuestro libro. He aquí su respuesta:

Miro un gran escándalo en el horizonte. Muy pocos entenderán los motivos de escribir este libro. La mayoría los criticará, los llamará enfermos, los tildarán de degenerados, de ateos, de corruptos. Pero el libro será un éxito. La gente lo comprará en grandes cantidades y la estrella principal, Lila, será famosa.  Veo rayas y no sé si es que terminaré en la cárcel o vestida de piel de cebra.

 

LUCRO Y LAVADO DE DINERO

 

En trabajos acerca de la prostitución en Inglaterra y en otros lugares se ha establecido que el dinero es la razón principal para que los hombres heterosexuales ejerzan la prostitución.[29] Este fenómeno se hace muy evidente también en este burdel, tanto así que no merece mucha discusión.

 

Cuando se les pregunta  a los “cacheros” acerca de sus ingresos mensuales, les es imposible darnos una respuesta. Ellos tienen conocimiento únicamente del ingreso diario. Casi ninguno tiene sentido del ahorro. La vida del “cachero” es inmediata  y así sus gastos y presupuesto. Existen dos factores que hacen difícil establecer el monto exacto de los ingresos. Uno es lo que llamaremos “lavado” de dinero.  Los “cacheros” no desean que las personas más cercanas conozcan el origen o el monto exacto de sus ganancias. Esto con el fin de poder gastarlo  en “lujos” o en drogas, sin tener que compartir todo con familiares y amantes.  Otro factor es moral. Los “cacheros” miran el dinero de la prostitución como “sucio”,  que debe ser gastado lo más rápidamente posible para aminorar la culpa por el oficio. De ahí que solo tengan una idea diaria de lo que ganan y que el dinero se les esfume de las manos tan rápido como ingresa.

 

Los muchachos cobran desde 1.000 colones (US $5) hasta 10.000 (US$40)  por relación sexual. La masturbación es la más barata (1.000 colones), mientras que el sexo anal activo oscila entre 2.000 y 5.000 colones y el pasivo, entre 5.000 y 10.000 colones. En vista que algunos tienen de 2 hasta 8 o más clientes diarios, el ingreso mensual puede ascender desde unos 80.000  hasta más de medio millón de colones mensuales. La mayoría posiblemente gana unos 150.000 colones al mes, lo cual es un salario superior al de un educador. Debido a que muchos de ellos no tienen educación formal, un trabajo no especializado les depararía desde una cuarta parte hasta diez veces menos este dinero.

 

Un caso de ingresos mínimos es el de Martín, un muchacho de apenas 16 años. Él se inició desde los 13 años y suele prostituirse “solo cuando necesita plata”. Él asegura ganarse unos 5.000 colones por semana. Existen ocasiones en que puede tener relaciones hasta con hasta 15 clientes, pero ésto no es común, según él.  Cuando se le pregunta qué hace con los 5.000 colones que gana, responque los divide de la siguiente manera:

Comida: 2.000 colones

Ropa:     2.000 colones

Transporte y varios: 1.000 colones

Martín es estudiante de octavo año de colegio y vive con sus padres. En su hogar están  sus padres y seis hermanos, sus abuelos y un tío. Solo los padres y el tío trabajan por lo que deben vivir con un presupuesto muy bajo. Aunque Martín no tiene que contribuir al hogar, no queda dinero para ningún “lujo”, como apunta él. Uno de estos lujos es comer “pollo” que no se sirve en su casa ya que tienen “solo arroz y frijoles”. Mucho menos queda algo para la ropa “ a menos que me la gane en este negocio”.

Martín tiene novia desde hace un año, con la que ha empezado a tener relaciones sexuales desde hace tres meses. El dinero que gana en la prostitución se le va “como agua de las manos” en llevar a su novia al cine, pagar el taxi e invitarla a comer a Mac Donalds.  Como no le dan dinero en su hogar para comprar ningún “lujo”, Martín busca sus extras donde Lila. Estas “extras”  las considera “dinero fácil”, o sea aquel que se pierde rápidamente. Cuando le preguntamos qué diferencia existe entre el “dinero fácil” y el “trabajado”, como él lo denomina, nos dice que el primero, que no es “honrado”, se despilfarra. El ingreso que se hace con un trabajo “matador”, como estar 10 horas en un supermercado, es ahorrado.

La diferencia entre ingreso “fácil” y “honrado” pareciera responder a un sentimiento de culpa por dedicarse a la prostitución. Martín nos dice que él cree “que es dinero sucio” el de la prostitución y que la ejerce por “hambre”. Sin embargo, hemos visto que el hambre no es de comida per se sino de “lujo”, o sea de las cosas normales que desea todo adolescente. Más que culpa o sentimiento de pecado el dinero “fácil” adquiere un sentido mágico que lo dispensa para ser usado en lujos, ropa, relojes, música o comidas con carne.

El dinero “fácil” debe ser “lavado”, o sea gastado con el fin de esconder su origen. Martín no tiene una buena explicación de dónde vienen sus ingresos. Según él, su madre “no sabe nada” de su oficio. De ahí que no pueda llevar el dinero a la casa sin que sea interrogado por ello. Lo mismo le pasa a Alberto que gana varios miles de colones por semana y que en lugar de invertirlo todo en sus hermanos menores, prefiere “dejarme algo para la droga y el alcohol”. Según él, “cuesta mucho este dinero para que se beneficien otros”. Cuando Alberto está teniendo relaciones con hombres que no le gustan piensa en que borrará “el mal gusto” dándose un buen premio. “Si les diera todo a mis hermanos no podría aguantar esta mamadera”, confiesa él.

Sin embargo, existen otras razones. Mientras Martín nos aseguraba que su madre no sospechaba cómo hacía él las extras, ella vino a buscarlo al mismísimo burdel. Ella se quedó afuera pero lo llamó a gritos desde la calle.  El muchacho, muerto de miedo, pidió al portero que le dijera que él ya se había ido.

La verdad es que la madre de Martín sabe en dónde se mete su hijo. Lo mismo sucede con la novia de Mono que vino por él mientras se encontraba con un cliente. Si algunas  familias y amantes saben del posible origen de los ingresos, una razón del silencio de Martín y otros como él es no querer compartir el dinero. Las necesidades de sus hogares son tan grandes que no existe campo para los “lujos” como los llama Martín. En lugar de sentirse culpables por irse al cine con la novia, o comprarse unos buenos jeans, los jóvenes prefieren ocultar sus ingresos y disimularlos con el pretexto que recibieron un regalo o fueron convidados por amigos.

Cerebrón representa el otro extremo. Su promedio de clientes diarios es de 10, incluyendo a los del sauna en donde labora en el día y los del burdel en la noche.  Su precio es más elevado que el de Martín. Cerebrón cobra 5.000 colones por una masturbación o sexo oral y 10.000 colones por el sexo anal activo. ¿En qué consiste la diferencia? El mismo nos lo explica:

 

Te voy a ser franco. No todos pueden cobrar lo mismo que yo porque no todos tienen ésto (se agarra los genitales). Los clientes me escogen porque soy guapo y porque les puedo dar unas doce pulgadas de placer.  Ellos están dispuestos a pagar más por un buen pedazo de carne. Es como todo, ¿no? Si usted va a comer afuera no va a pagar lo mismo por un hotdog que por un buen filete de carne. Bueno, para los clientes que les gusta una buena aporreada, aquí tienen con qué recibirla.

Cerebrón puede hacer unos 30.000 colones diarios, después de pagarle a los dueños del sauna y a Lila.  Al mes, sus ingresos sobrepasan el medio millón de colones. De este dinero, él nos admite que lo distribuye de la siguiente manera:

Comida

 25.000

Alquiler

 40.000

Ropa

 10.000

Transporte

 10.000

Contribución a la casa de la madre

 40.000

Cigarrillos y licor

 20.000

Drogas (crack)

 50.000

Varios (incluye juegos electrónicos y pool)

 30.000

Novia

 50.000

Ahorro

100.000

 Total                                                                   375.000

Aunque Cerebrón nos dice que éste es su presupuesto, existe un faltante de unos 125.000 colones entre lo que asegura ganar y lo que dice que gasta. Una explicación podría ser que no gana todo lo que dice. Otra sería que “lava” también parte de sus ganancias. El “lavado” se realiza posiblemente en cosas de lujo para sí mismo. Él lleva una cadena de oro, buena ropa y hasta un beeper para ser localizado por los clientes. Además,  le gusta tomar bastante y hacer más crack de lo que desearía admitirnos. Según el cálculo que hace el dueño de la casa, Cerebrón gasta hasta 5.000 colones en crack diarios y otros 3.000 colones en juegos electrónicos y en apuestas del pool.  

 

La novia de Cerebrón sabe en qué  trabaja. Sin embargo, ella no sospecha la cantidad de dinero que él puede hacer. Si lo supiera, nos confiesa Cerebrón “tendría que gastar más en ella y en ayudarla en su casa”. De ahí que  prefiera no declarar todo lo que gana para gastarlo en sí mismo:

¡Qué va! No voy a estar mamando picha todo el día para tener que compartir toda la plata. Nadie sabe lo difícil que es este trabajo. Todo el mundo cree que uno anda muerto de risa al no hacer nada.

 

Cerebrón  a veces ha llegado a guardar 100.000 colones en una cuenta de ahorros. Es el único que tiene una transacción bancaria. Si logra mantener bajo control su consumo de crack, podría comprarse una casa en un futuro. Este es su sueño: “Estoy harto de vivir en un apartamentucho y quiero poner las cosas que me he comprado (un televisor, una cama, un equipo de sonido, vajilla y ropa) en un lugar que sea mío”.

Un caso intermedio es el de Ernesto. Él cobra unos 2.000 colones por cliente y se dedica principalmente al sexo oral y a las masturbaciones. De ahí que su salario mensual sea inferior al de Cerebrón ( unos 80.000 colones). De este dinero, no le queda casi nada al fin del mes: “Se me va todo en pagar la comida en la casa y en alcohol y en  drogas”. Su familia cree que él está desempleado y que tiene ingresos irregulares por trabajos ocasionales. Apenas contribuye con 10.000 colones al mes al hogar.

De acuerdo con la información de Lila, Ernesto se fuma hasta 5.000 colones diarios en crack. El sueldo no le alcanza a veces para pagar este vicio. Frecuentemente se le mira vendiendo cosas de la casa o artículos robados. En otras ocasiones, el consumo de crack se aminora y Ernesto puede comprar algunas cosas que necesita. Sin embargo, ésto no dura mucho.  

Existen diferencias de ingreso entre los “cacheros”. Unos como Cerebrón pueden, en teoría, ahorrar y llegar a tener hasta su propio hogar. Otros como Martín  gastan lo que ganan en comida y las cosas esenciales para un adolescente. La mayoría, quizás como Ernesto, podría aspirar a un nivel de vida de clase media baja. Sin embargo, su dependencia de las drogas sabotea muchas veces estas aspiraciones. En otros casos, en que no existe tal dependencia, como el de Luis, la prostitución le deja suficiente para pagar su carrera de contador.

Cuando los “cacheros” no están sumergidos en la droga,  suelen gastar su dinero en otros rubros. Mono, por ejemplo, gasta más su dinero en apuestas de pool que en droga. El juego se le ha convertido en un vicio del que no puede prescindir. Se le mira muchas veces empeñando hasta la ropa de la mujer con el fin de pagar sus cuentas. Si no es el pool, otros gastan excesivamente en juegos electrónicos. Daniel tiene una adicción a estos juegos en los que gasta hasta un 50% de lo que gana.

Cuando les preguntamos a algunos de los entrevistados qué harían con los 5.000 colones de cada sesión, nos dijeron que los guardarían  y que ese dinero “se gasta menos”. Al indagar el por qué este dinero dura más, nos respondieron porque es “legítimo”, o sea no derivado de la prostitución. Les preguntamos, entonces,  ¿qué escogerían para ganarse los 5.000 colones: una masturbación en quince minutos o una hora con nosotros? La respuesta fue unánime que prefieren quedarse una hora en entrevista que irse con un cliente.

Existe un componente moral en el manejo del  dinero. Muchos “cacheros” se sienten culpables por la prostitución y miran este dinero como mal habido o inferior al ganado por otros medios. Esto explica, en parte, su compulsión a desprenderse de él y a no saber utilizarlo para su beneficio. La plata se vuelve un símbolo que debe desaparecer tan pronto como ingresa. La respuesta casi unánime es que el dinero de la prostitución es “sucio” y que ésta es “pecado”. Los muchachos suelen mencionar la Biblia como razón del por qué así opinan y la mayoría se considera religioso. Algunos van a misa y se confiesan. Otros no lo hacen, pero se consideran católicos o cristianos.

Aunque la prostitución es un negocio lucrativo, los factores arriba mencionados sabotean las posibilidades de invertir bien los recursos. Un factor adicional incide aún más severamente: la edad. El “cacherismo” es una profesión de extrema juventud. Los “cacheros” tienen su edad dorada entre los 12 y los 19 años de edad. Una vez que se cruza esta línea, los ingresos empiezan a disminuir. Los clientes prefieren a muchachos imberbes a la usanza griega. Cuando los primeros síntomas de la edad se asoman, el “cachero” pierde su atractivo. De ahí que los entrevistados se encuentran con menos ingresos precisamente cuando empiezan a  casarse, juntarse o a madurar. Estos factores que los motivarían  a “sentar cabeza”, como dice Mono,  son los que  amenazan con destruirlos. En el momento en que tienen hijos y forman un hogar y la necesidad de dinero aumenta, el “cachero” va perdiendo su atractivo. Además, la adicción se vuelve más difícil de controlar. Esta combinación suele ser letal para muchos de ellos.



II. EL “CACHERO” ES UN MACHO

 

Como “discurso sobre el sexo” entendemos todas aquellas ideas, principios, nociones, mitos y simbolismos que distintas culturas formulan en distintos espacios y tiempos acerca de la sexualidad. Los discursos  del sexo están presentes en toda cultura y son el factor predominante para determinarla. Esto significa que el comportamiento sexual específico de un individuo, en una cultura determinada, es en parte el resultado de la asimilación que él mismo hace de los discursos.[30]

 

En la cultura sexual de este burdel, la práctica homosexual  no atenta contra la Aheterosexualidad@ de los muchachos. Para las comunidades de  adolescentes que pertenecen a sectores sociales bajos y que se dedican a la prostitución, existe una división del mundo entre la actividad y la pasividad y la masculinidad y la feminidad. Ellos no consideran que su práctica determine una orientación sexual distinta de la de los demás.[31]

 

Los “cacheros” tienen una visión dicotómica de lo que debe ser un hombre y una mujer. Creen que los hombres son fuertes y agresivos y que las mujeres son suaves y pasivas. Sin embargo, están conscientes que no todos o todas son así. No obstante, la división por género entre masculinidad y pasividad está presente. Para estudiar cómo es que ellos miran a los hombres y a las mujeres, les pedimos que dibujaran a un hombre y a una mujer típicos y luego a un homosexual típico. Seguidamente, les solicitamos que escribieran en una lista las “características” de los hombres y de las mujeres. Luego,  que escribieran lo mismo con respecto a un homosexual. Finalmente, les  hicimos una inducción en la que se imaginaran que se habían  convertido en una mujer y caminaban  como tal en una calle céntrica de la ciudad. Esta inducción nos ha servido en otras poblaciones para  medir el grado de malestar de la persona con respecto al género contrario. Generalmente, los hombres machistas tienen grandes problemas en siquiera pensar que se convierten en mujeres y suelen no hacer la meditación.

 

Cuando le pedimos a Mono que nos escribieran en una lista del 1 al 10 cómo es un hombre típico, lo primero que se le vino a la mente fue que es “machista y arrogante”. En la lista escribió:

 

1.      Machista y arrogante

 

2.      Siempre de fiesta

 

3.      Pensando en fútbol

 

4.      Baila para conquistar mujeres

 

5.      Siempre cree tener la razón

 

6.      Es una persona “vina” (curiosa) aunque lo niegue

 

7.      Nunca está contento con solo una mujer

 

8.      Si puede, conquista a las mujeres de sus amigos

 

9.      No tiene personalidad definida

 

10.  Tiene muy poca fe en Dios hasta que realmente crea necesaria su ayuda

 

 

Cuando se le pidió que hiciera lo mismo respecto a una mujer típica, él escribió:

 

1.      Preocupada  por su persona

 

2.      Chismosa

 

3.      Impredecible en su manera de pensar y actuar

 

4.      Celosa y solo ella tiene la razón

 

5.      “Muy religiosa” entre comillas

 

6.      Hombres, hombres, hombres

 

7.      Cuando cae en una responsabilidad piensa que el mundo se le vino abajo y no es ya atracción para los hombres

 

8.      Mentirosa

 

9.      Algunas veces cree  ser superior a otras personas

 

 

Gato define al hombre como “fuerte, formal, trabajador, varonil, honrado, audaz, valiente, feo y de pelo en pecho”. La mujer, por el contrario, es más cuerpo que personalidad: “cabello largo, inteligente, muy sexi, delgada, no muy alta, bonita, exótica y de ojos verdes” (él quizás ha creído que la mujer típica es la mujer ideal). Harold también mira al hombre como “machista, mujeriego, peleón” y la mujer como “bella, amorosa, inteligente, cuidadosa, acomplejada, reservada y detallista”.

 

Aunque la visión de los sexos es polarizada, existe conciencia acerca de ciertas contradicciones. Mono reconoce, por ejemplo, que los hombres son también “chismosos”. Él también  cree que  “algunas mujeres se sienten superiores a los hombres”. Harold  opina que las mujeres “en ocasiones muy raras son autosuficientes o se consideran así”. Luis acepta que algunos hombres típicos “cocinan” y que a las mujeres “también les gusta trabajar y estudiar”.

 

Los dibujos de hombres y mujeres reflejan la misma dicotomía. El hombre típico de los “cacheros” es masculino y musculoso, mientras que la mujer es femenina y objeto sexual:

 





Cuando se les pidió hacer la inducción para que se imaginaran que estaban en el cuerpo contrario, las descripciones del tipo de mujer en que se convertían eran de jóvenes, femeninas y provocadoras.[32] Transcribimos literalmente las respuestas de Jorge ante preguntas respecto a su inducción:

 

Entrevistador 2:          Okey Luis, ¿cómo te sentiste viéndote en el espejo como mujer?

Luis:                            Bueno es una sensación diferente, una sensación muy diferente y el corazón te palpita de diferente manera,  yo me vi de una manera increíble, porque me vi como, o sea como una mujer…

Entrevistador 2:          Vamos ahora a ver la ropa, ¿cómo era la ropa?

Luis:                            Bueno era  un ¿cómo se llama eso? vestido pegado al cuerpo.

Entrevistador 2:          Licra.

Luis:                            Licra al cuerpo pero de tela, no de... eso, con una abertura en la espalda, me llegaba como eee o sea la parte delantera de los senos, eee sea la mitad del seno se me salía y otro adentro, eee o sea me veía muy bien el vestido, era bueno, era blanco, zapatos rojos, como muy provocativa.

Entrevistador 2:          ¿Eran de tacón alto o pequeño?

Luis:                            Alto, y eee lo que era el brasier era, mejor dicho no tenía...

Entrevistador 2:          No usaba brasier...

Luis:                            Porque era como un hilo, y tenía un hilo dental rojo con negro.

Entrevistador 2:          O sea, el panty era un hilo dental.

Luis:                            Era una tanga .

Entrevistador 2:          ¿Era una tanguita?

Luis:                            Sí,  pero era un hilo dental, rojo o negro.

Entrevistador 2:          ¿Rojo o negro?

Luis:                            Sí, el color de los zapatos era rojo.

Entrevistador 2:          Okey, ahora seguimos el próximo paso, sentarse frente al espejo y maquillarte, ¿cómo era el maquillaje?

Luis:                            Yo casi no me eché,  porque me veía… o sea yo me veía linda con maquillaje o sin maquillaje.

Entrevistador 2:          ¿Te pusiste un poquito?

Luis:                            Era poco, pintura de labios, como le llaman a eso, vanidosa, poco..eee nada más perfume.

Entrevistador 2:          ¿Te pusiste perfume?

Luis:                           

Entrevistador 2:          ¿Cómo era, de qué..., cómo se llamaba el perfume, no sabés?

Luis:                            “Dulce honestidad”, por ahí.

Entrevistador 2:          !Dulce honestidad!

Luis:                            Dulce honestidad.

Entrevistador 2:          ¿Ese perfume existe?

Luis:                            Sí, las mujeres finas lo usan.

 

Hugo,  por su parte, también se imaginó como una mujer muy femenina:

 

Entrevistador 2:          Hugo , ¿cómo te sentís cuando te viste como mujer?

Hugo:                          Como algo distinto, que no era yo sino que estaba cambiando a mujer.

Entrevistador 2:          ¿Cómo era esa mujer? Tratá de decirme la edad, describíla.

Hugo:                          Tenía 17 años, alta, pelo largo hasta las nalgas de color negro, cara lisa, ojos verdes, nariz chata, cara redonda, pechos grandes y abultados, la vagina peluda, cerrada, virgen y tenía las nalgas muy grandes.

Entrevistador 2:          ¿Y esta muchacha virgen se parecía en algo a vos?

Hugo:                          En ciertas cosas, en el carácter. Un carácter a veces… bueno…pero a veces cambia a ser una persona pedante, pesada y que nadie la aguanta.

Entrevistador 2:          Esta muchacha, ¿en qué trabaja?

Hugo:                          Era doctora de pediatría.

Entrevistador 2:          Y ahora dime, ¿cómo era que se vestía?

Hugo:                          Una falda larga tallada al cuerpo, una miniseta y un saco encima.

Entrevistador 2:          ¿Y de qué color era la falda?

Hugo:                          Falda negra, miniseta blanca.

Entrevistador 2:          Ahora habláme del maquillaje.

Hugo:                          Los labios rojos, los párpados con color celeste, con rubor de un color muy bonito.

Entrevistador 2:          ¿Te gustaste como mujer?

Hugo:                          Sí.

Entrevistador 2:          ¿Eras femenina?

Hugo:                          Sí, totalmente femenina.

Entrevistador 2:          Los zapatos, ¿cómo eran?.

Hugo:                          Rojos de tacón alto. Y con una  forma especial porque tenía problemas en el pie.

En el caso de Mario, no solo le resultó fácil imaginarse como una mujer sexi y fina sino que aprendió la violencia que viven las mujeres y cómo se sienten cuando los hombres le gritan cosas en la calle. Aunque Mario pudo sentirse como mujer a la perfección, considera que sería horrible convertirse en una. Su peor temor es terminar como travestido. Su narrativa  resulta tan vívida que vale la pena transcribirla completa:

Entrevistador 2:          Okey Mario, ¿cómo te sentiste con esta inducción o ese viaje como se dice a veces?

Mario:                         Mal, mal, mal.

Entrevistador 2:          Sí, está bien, no tienes que repetirlo tres veces ¿Por qué mal?

Mario:                         Bueno, porque en realidad se da uno cuenta en sí de lo que es ser una mujer, femenino uno, la falta de respeto que la sociedad o los hombres le tienen a las mujeres, las vulgaridades que le dicen.

Entrevistador 2:          Bueno vamos a ir paso por paso, ¿primero cómo se llama la muchacha? ¿Le pudiste a poner nombre o no?

Mario:                         No, lo dejé en blanco.

Entrevistador 2:          ¿Qué edad tiene?

Mario:                         20.      

Entrevistador 2:          Describíla.

Mario:                         Macha, con un cuerpo riquísimo, exquisito, buen culo, labios tersos deliciosos, bien enjoyada, con aretes, anillos de esmeralda y diamante para que le de más belleza, más picardía, provocativa.

Entrevistador 2:          ¿Cómo eran los senos?

Mario:                         Blancos con un puntito rosadito, deliciosos.

Entrevistador 2:          ¿Grandes o pequeños?

Mario:                         Medianos.

Entrevistador 2:          ¿Cómo era el abdomen?

Mario:                         Como una artista de cine, exquisito, su vagina casi sin vellos, rasurada, con una tanga blanca.

Entrevistador 2:          ¡Ah tenía tanga blanca! Y las piernas, ¿cómo eran?

Mario:                         Las piernas deliciosas, con una piel suave, deliciosa, como un bebé, sin cicatrices.

Entrevistador 2:          Okey eso es con la mujer, ahora vamos a ver como se vestía, pero antes quiero que me contés, ¿esa mujer eras vos?

Mario:                         Bueno mentalmente sí, la mente puede hacer esa cosa, de eso estamos totalmente de acuerdo.

Entrevistador 2:          Ahora vamos a ver, ¿cómo se vistió esa mujer en la que pensaste?

Mario:                         Con una blusa verde de seda, con un escote, aparte de eso sin brasier, con una enagua de cuero negra, con blumer blanco, con botas de cuero hasta la rodilla y de tacón alto y un bolso de cuero café marrón.

Entrevistador 2:          Esto parece más o menos, esto es opinión mía, me recuerda un poco a las mujeres que salen en películas sádicas con látigos en la mano.

Mario:                         Sí, solo que esta mujer es muy fina.

Entrevistador 2:          ¿Por qué fina, en qué trabaja?

Mario:                         Buena ella trabaja en turismo pero es diferente ya que cuando sale a bailar, o tiene una cita, o sale a la calle, trata de ser lo más linda y provocativa pero siempre con respeto, siempre con caché que es lo que la caracteriza, que cualquier hombre, ya sea feo, bonito, pobre o millonario,  le guste.

Entrevistador 2:          ¿Y cómo es su vida sexual, la de la mujer?

Mario:                         ¡Arrrrdiente!

Entrevistador 2:          ¿Baja o sube o sale a la calle, dónde vivía ella?

Mario:                         En un apartamento bonito, bien acomodado como es ella, y baja las escalinatas de su apartamento.

Entrevistador 2:          ¿En qué barrio está?

Mario:                         Está en Los Yoses, en San Pedro… para un taxi, va por Avenida Central parando el tránsito, se detiene en algunas boutiques o tiendas a ver ropa, escucha como los hombres le dicen improperios.

Entrevistador 2:          Vamos a parar ahí. Cuando yo le dije a esta mujer que pasaba por donde estaba un grupo de hombres, háblame de esos hombres, ¿cómo eran?, ¿dónde estaban?, ¿ qué hacían?

Mario:                         Pachucos de la Soda Palace, que todo tiempo están afuera diciéndole cochinadas a las mujeres.

Entrevistador 2:          ¿Y qué le dijeron? Dígame exactamente.

Mario:                         Diay que qué rica, que cuánto cobraba, que salió muy temprano, que era hasta en la noche que tenía que salir.

Entrevistador 2:          ¿Ellos pensaban que era una puta?

Mario:                         Sí, pero no sabían que era una mujer sexy, elegante y que se viste así no por ser puta sino porque le agrada, cualquier persona puede vestir sexi como le da la gana, lo que pasa es que ellos son un montón de pachuco.

Entrevistador 2:          Mario, cuando vos hiciste la meditación ahora me dijiste que te sentías mal. ¿Por qué?

Mario:                         Ah no, no, para uno hombre pues el tratar o solo el hecho querer ser una mujer pues es muy feo, por lo menos a mí no me agrada.

Entrevistador 2            ¿Por qué?

Mario:                         Yo no voy con eso, no voy.

Entrevistador 2:          ¿Pero por qué no va?

Mario:                         Por que es ilógico, para mí sentirme como una mujer es peligroso pues con unas veinte meditaciones de esas después se da cuenta uno de que se está vistiendo como mujer, ¿cómo cree usted que comienzan los travestis y todo ese tipo de gente?

Entrevistador 2:          ¿O sea que si yo te hago esta meditación veinte veces te hacés travesti?

Mario:                         Pues no es que me haga directamente pero ya uno piensa cosas y se le mete a la cabeza y ya, y de tanto hablar del tema y todas esas cosas…

Entrevistador 2:          Bueno,  Mario  no se preocupe que es la única meditación que va a hacer de este tipo.

Mario:                         ¡Más le vale!

En otras poblaciones con las que hicimos este ejercicio,  encontramos que los hombres más masculinos son los que menos problemas tienen en realizar el cambio de sexo. Aquellos que no están muy seguros de la masculinidad que proyectan, suelen no hacer la inducción o decir que no pudieron imaginarse estar en el cuerpo de una mujer. De ahí que no resulte extraño que estos “cacheros”, quienes son sumamente masculinos,  tampoco hayan tenido problemas en transformarse en una mujer. Sin embargo, resulta interesante la facilidad con que lo hicieron y la riqueza de imágenes que relataron, fuera de la percepción totalmente femenina de su nueva personalidad.

 

Cuando se les preguntó, después de la inducción, si consideraban que tenían algunas cualidades de la mujer que se imaginaron, la respuesta fue generalmente negativa. A pesar de la facilidad con que se miraron en cuerpos de mujeres, muchos no reconocieron tener nada femenino:

 

Entrevistador 2:          Ahora vamos a hacer unas preguntas que son un poco más complejas. Ya nos olvidamos de esta muchacha. Yo quiero que me digas, ¿qué cosas del otro sexo o sea del femenino, crees vos  tener o hacer?

Mario:                         Bueno  tener no porque es una afirmación, yo no tengo ninguno.

Entrevistador 2:          Okey, pensálo bien...

Mario:                         No, es que no, yo no tengo ninguno.

Entrevistador 2:          ¿No tenés nada del sexo opuesto? ¿Cosas que hacés que se parecen al sexo opuesto,actividades…?

Mario:                         Tampoco.

Entrevistador 2:          Bueno, ¿vos te acostás con hombres?

Mario:                         Sí, pero es diferente.

Entrevistador 2:          ¿Las mujeres no se acuestan con hombres?

Mario:                         Sí, pero también se acuestan con mujeres.

Entrevistador 2:          Quizás esa sea una cosa que vos tenés en común con las mujeres.

Mario:                         Bueno en cierta forma poniéndolo en esa posición diay lógico que sí, no me dejó otra salida que decirle que sí. Pero aparte de eso ninguna…

Debido a que estos muchachos miran un mundo polarizado por la masculinidad y la feminidad, todo lo que atente contra ésta es mal visto. Su descripción de lo que es un homosexual es como la de un hombre que se parece a una mujer.  De acuerdo con la lista de Luis, el típico homosexual se caracteriza de la siguiente manera:

 

1.      Tiene que tener pechos

 

2.      Mucho culo

 

3.      Piernas no peludas

 

4.      Cara muy fina

 

5.      Manos pequeñas

 

6.      Cabello largo

 

7.      Mucha feminidad

 

8.      Voz fina

 

9.      Nariz fina

 

 

Los “cacheros” llevan a la práctica sus creencias acerca de los roles. Toda su manera de hablar, conducirse, relacionarse y expresarse es sumamente masculina. Jonás nos cuenta que hasta “exagera” a veces ya que a él no le gusta nada lo femenino. Cuando le pedimos que nos representara una escena de cómo un macho es conquistado por otro hombre y continúa siendo masculino, así lo hizo:

 

Entrevistador 2:          Ahora yo quiero que aquí hablemos, vamos a hacer como una obra de teatro. Yo soy el cliente y vos sos el muchacho, vamos a hablar de dinero, estamos en el parque, yo te conozco y hablamos, ya nos miramos y empezamos a hablar…

Entrevistador 2:          ¿Mirá, cuánto me cobrás?

Jonás:                          Depende de lo que quiera hacer.

Entrevistador 2:          Diay, yo no sé qué quiero hacer ahora, ¿por qué no vamos al cuarto?

Jonás:                          Bueno, mi tarifa son cinco mil.

Entrevistador 2:          ¿Y qué es lo que incluye tu tarifa?

Jonás:                          Va de todo menos que me penetre.

Entrevistador 2:          ¿Vos me podés hacer el amor a mí por cinco mil?

Jonás:                          Con preservativo.

Entrevistador 2:          Okey, gracias.  Está bien, pero muchacho tengo un problema, que yo no tengo cinco mil pesos y yo quiero irme con vos, ¿no podés hacerme una rebaja?

Jonás:                         No…este, ¿cuánto tiene?

Entrevistador 2:          Diay, yo te puedo dar tres.

Jonás:                          Tres mil... Okey, está bien, perfecto, eso sí cuando estamos en la cama no exija mucho, ni me pida cosas que yo no quiero hacer, únicamente le hago las cosas que yo quiero hacer.

Entrevistador 2:          Gracias, Jonás (Termina la representación).

Jonás:                          Así tengo que ser, frío y serio.

Entrevistador 2:          No te sonreís ni nada. ¿Por qué?

Jonás:                          No, para nada porque sonreír es como abrirle una puerta a él o darle alternativas o algo así, hay que ser frío y si uno dice no, es no.

Entrevistador 2:          Si vos estás viendo un compañerito que se sonríe así, ¿qué hacés?

Jonás:                          No, para mí es un color.

Entrevistador 2:          ¿Sonreír?

Jonás:                          Es un color porque usted puede sonreírle a quien quiera,  pero digamos si la otra persona está sonriendo y es una loca quebrada y todo el mundo se le queda viendo y usted le sonríe y luego si usted es un mae tipo y se le queda viendo una muchacha, ¡que colorazo!, van a creer que yo soy igual , entonces mejor me hago el serio y ya si quieren bien y si no, no.

Entrevistador 2:          ¿Entonces si sonreís perdés puntos?

Jonás:                          Para mí,  pierdo puntos.

 

Para Ernesto no es sonreír lo que un “cachero” no debe hacer sino caminar “quebrado” como “una loca”. Él cree que el hombre debe caminar recto y “haciendo notar que uno tiene un buen tuco entre las piernas. Que la gente sepa que hay un hombre al frente”. Daniel comparte la necesidad de actuar masculinamente siempre. Para él, ser macho es “no dejarse tocar las nalgas ni dejarse besar por un hombre”. Los hombres, según  él, “no nacieron para que se los cojan ni para que los manoseen”. En su manera de ver las cosas, “los “cacheros” verdaderos penetramos y no nos ponemos en playadas”. Mono, por el contrario,  considera que la masculinidad “nace naturalmente”. El piensa que no hay “nada que se pueda hacer” para verse masculino: “Véame a mí y a Lila. Yo no me muevo ni hablo como loca. El nació así desde chiquito”.

 

Dos factores se tornan importantes en resaltar la virilidad del “cachero”: el deporte y la reproducción. Para los trabajadores del sexo, sus deportes son de “machos”: el pool, el fútbol, el basquet y el boxeo. Panameño es nada menos que un jugador de fútbol y un hombre agresivo en este deporte. “Yo no me imagino, dice él, un playo (homosexual) jugando como yo juego, ni entrenando como lo hago yo. El fútbol es un deporte para machos. Uno puede salir quebrado de un partido en primera división y suele recibir más golpes en una noche que todos los de los deportes de los playos juntos”. Mono está de acuerdo con él: “Usted no ve a un gay en el fútbol ni en el boxeo, ni tampoco en el pool. Estos son juegos agresivos de hombres. Nadie acepta plumas”. Una de las características que Jorge asocia con la masculinidad es precisamente el juego del pool. Los salones de pool en Costa Rica son de los lugares más discriminantes en términos de sexo. Es muy difícil ver a una mujer jugando o mirando siquiera el juego. Los salones son exclusivamente para hombres y para los más “machos” entre ellos, según lo aprecia Mono. “No es el deporte en sí que sea agresivo o requiere de grandes esfuerzos físicos, continúa él, sino “el ambiente de machos en que se vive. Ahí ninguna loca se atreve a entrar ni tampoco las viejas. A los jugadores no les gustan los quiebres”.

 

Con respecto a la reproducción, los “cacheros” claman diferenciarse de sus clientes. Aunque reconocen que algunos clientes están casados y tienen hijos,  los gays para ellos “no tienen familia”.  Los “cacheros”, por el contrario, la tienen “desde temprano”. Esto significa que  se convierten en padres desde la adolescencia. La gran mayoría de los entrevistados con más de 15 años de edad ya es padre. Algunos claman que lo hacen por deseo propio: ”Uno tiene el deseo natural de darle un chiquito a la mujer que uno ama. Es como algo natural en la vida”, dice Pedro. Otros, como Daniel, creen que “la gente le respeta más a uno como hombre cuando lo ven con niños”. Mono cree que algunos “cacheros” lo hacen para “tapar” la verdad: “La panza de la vieja es una señal que uno se la cogió y que la preñó”, concluye él.  

 

Para los “cacheros”, el homosexual es visto como una mujer  y es descrito con cualidades más físicas que mentales u ocupacionales. A diferencia de ellos, los homosexuales son femeninos. Panameño  los mira “vanidosos”, “celosos”, “amorosos”, “detallistas” y “tontos”. Mono es menos estereotipado acerca de los homosexuales pero también cree que son “más humanos” y que “tienden a llevarse mejor con las mujeres”.

 

Cuando se les pique dibujen a un homosexual, hacen un a hombre muy afeminado o a un travesti:

 


 

Para ellos, los homosexuales son los que reflejan características del género contrario y los que expresan  deseos por otros hombres. Los prostitutos se miran a sí mismos como ““cacheros”“,“bisexuales“ o “varones“, o sea aquellos que no trocan características de género y cuyas conquistas públicas son hacia  las mujeres. Noé no se considera homosexual porque “no me atraen los hombres“. Eric se define como “100% por la vagina“; Luis se siente heterosexual porque solo siente atracción hacia las mujeres.  Mario se considera bisexual, pero su definición es de aquél a quien le gusta penetrar a los  hombres y a las  mujeres. A él le “da lo mismo tener sexo con una mujer o con un hombre...el trasero es lo que me gusta“.

 

Mientras para Tío, por ejemplo, ser gay es ”sentirse como una mujer”. Existen grados distintos, según él,  de ser gay. El caso más severo es el de la ”loca” que es quien se “obsesiona por ser mujer”. Tío sabe bien que existen muchos tipos de homosexuales y que ser gay no es sinónimo de afeminado. Sin embargo, lo que lo diferencia a él de ellos es que “no gusta de otros hombres ni los vuelvo a ver en la calle, como ellos sí hacen”. Tomás concuerda en que es el acoso hacia otros hombres y el rechazo hacia las mujeres lo que determina a los homosexuales y lo que lo libra a él de serlo.

 

Estas distintas percepciones de la homosexualidad representan algo más que una simple apreciación: revela  un  modelo cultural de un discurso del género y de la sexualidad. La gente se divide no por personalidades internas, ni por prácticas sexuales,  sino por  su poder físico.  Los  hombres son aquellos que controlan a otros hombres y a las mujeres.  De ahí que el “cacherismo”, un elemento de este modelo, no genere ninguna contradicción.  Un “cachero” es un varón masculino que ejerce  poder sexual sobre otro hombre. Sin embargo, para que ellos mismos y los que los rodean los reconozcan como “cacheros” debe existir una jerarquía de poder en que simbólicamente el prostituto imponga sus reglas. Para los trabajadores del sexo, la práctica homosexual no los hace ni gays, ni homosexuales ni bisexuales (aunque utilizan estas palabras, el significado que les dan es distinto del que entenderíamos comúnmente[33] ). Mientras el deseo sexual se exprese hacia el sexo contrario y la conducta sea  masculina, uno sigue siendo varón. Los que expresan un deseo por otros hombres o son afeminados, son los “playos”, “gays” u “homosexuales”.

 

Este burdel se encuentra en una zona marginal de San José. Las fuentes de trabajo son escasas.  La mayoría de los hombres adultos están desempleados gran parte del tiempo. Los muchachos y los adultos de las comunidades marginales que tienen pocas posibilidades de estudios, dinero y prestigio social, centran entonces el ejercicio del poder por medio de lo único que poseen: sus cuerpos. Pero esta venta se debe expresar de manera masculina y de ahí la necesidad de diferenciarla de la de los homosexuales y la de las mujeres.

 

En este aspecto los prostitutos reciben una tácita tolerancia de su comunidad. Los sectores marginales centran su atención en una definición del género que se basa más en la fuerza física y el cuerpo que en interioridades psicológicas. En otras palabras, un hombre es un ser masculino y una mujer uno  femenino. Un hombre femenino equivale a una mujer y una mujer masculina a un hombre. El género se polariza por el uso de la fuerza y el control físico (de las mujeres) y menos por la especialización y psicologías supuestamente distintas. De ahí que las tesis esencialistas sobre el género sean más aceptadas en los sectores populares que en los de clase media latinoamericanos: la gente nace así y así se queda. No existe el concepto freudiano que el género y la orientación sexual son aprendidos[34].

 

Los prostitutos son así tolerados en la comunidad. Son masculinos, juegan deportes de hombres como el pool y el fútbol; se casan y tienen hijos.Los “cacheros” no  cuestionan abiertamente el modelo del género. Resulta interesante observar cómo los otros clientes de pooles cercanos, conscientes que ellos acuden al burdel, no los discriminan, ni los rechazan como compañeros de juego. Esto no es lo mismo con el dueño del burdel, quien es visto como “una loca” por ser homosexual exclusivo y afeminado. Ernesto nos dice que los compañeros de pool comentan cada vez que lo miran: “Ahí viene la loca hedionda”. Lila, consciente del repudio,  tiene siete años de no salir prácticamente del hogar y jamás cruza una palabra con sus vecinos. Los “cacheros”, por el contrario, suelen esperar por sus clientes en el mismo pool  a la par del burdel. En medio de todos los “machos” que juegan, el dueño de la casa, desde afuera, hace una señal que ha llegado un cliente y que necesita un masajista. Todos los jugadores hacen como si Lila no existiera aunque saben que pronto un muchacho acudirá a su llamado.

 

 

III. LO QUE SE PUEDE Y NO SE PUEDE HACER

 

 

El discurso que llamamos como “cacherismo” tiene una serie de demandas para marcar la diferencia entre la homosexualidad y la heterosexualidad. Las demandas son exigidas, en formas distintas, por la comunidad en donde se encuentra el burdel, por el dueño del local,  por los compañeros de trabajo, por las amantes de los muchachos, por sus familiares y hasta por la misma policía para “hacerse de la vista gorda”. Este discurso mira el “cacherismo” como un trabajo fácil para hacer dinero por medio del sexo con homosexuales.

 

Para que los “cacheros” no sean vistos como homosexuales o bisexuales, las prácticas discursivas tienen como finalidad diferenciarlos de sus clientes. Para hacerlo, se crean dicotomías en conductas, prácticas y proyectos de vida. Estas oposiciones no son neutras: una tiene más valor que la otra. El “cachero”, en teoría, es focal, temporal, masculino, heterosexual, controlador  y explotador del cliente, al que se le asocia con la pasividad, la  homosexualidad, la  vejez, la permanencia, la  multifocalidad  y el sometimiento a los deseos del primero. El “cachero”, según su discurso, vale más que el homosexual.

 

MATERIALISMO

 

Los “cacheros” tienen sexo por dinero. José nos dice que “la plata es mi único interés” y esta versión es general. No tienen interés en mantener relaciones emocionales con hombres y “para eso están las mujeres”, confirma Arnoldo. Ninguno de ellos tendría relaciones si no estuviera “de por medio el pago”, dice Mono. Ninguno tampoco afirmó haber sentido atracción hacia un varón aún desde muy niños. Todos se inciaron sexualmente con mujeres y disfrutan las relaciones sexuales y emocionales con ellas y no con los varones. Sus clientes, por el contrario, “quieren que uno les diga que son atractivos e interesantes y a mí me importan un pito”, confiesa Alberto. Miguel no puede concebir cómo es que dos hombres pueden amarse: “Es que no sé qué van a compartir si son iguales, no tiene lógica”.

 

Lila confirma que los trabajadores de su casa son naturalmente heterosexuales, aunque por su deseo de dinero y cosas materiales se han convertido en bisexuales.

 

Entrevistador 1:          Decime una cosa, te he escuchado mucho decir la palabra homosexual, ¿cómo considerás a estos muchachos sexualmente, cómo los definirías?

Lila:                             Pues yo diría que son bisexuales, de los dos lados.

Entrevistador 1:          ¿Bisexuales? ¿Y ellos cómo se consideran?

Lila:                             Bisexuales, militares, no les importa el homosexualismo, dicen no serlo pero sí aceptan una relación con un hombre, entonces ¿qué son?

Entrevistador 1:          Pero ellos dicen que no.

Lila:                             Dicen que no porque tienen presente a la hembra pero sí aceptan irse con un hombre a cambio de dinero.

Entrevistador 1:          ¿Buscan dinero o buscan algo más que dinero?

Lila:                             Bueno, si apareciera un hombre muy rico sí estarían dispuestos a entregarse a cambio de vivir muy bien, que algunas veces sucede.

Entrevistador 1:          ¿Pero buscan algo más que dinero en una relación con un hombre?

Lila:                             Pues el estar bien.

Entrevistador 1:          ¿Estabilidad?

Lila:                             Estabilidad, que se traduce en plata.

El mismo Andrés, un gay trabajador del sexo, no los considera homosexuales y nos dice que la mayoría está por el dinero:

 

 

Entrevistador 2:          ¿Vos considerás que en el fondo tus compañeros son homosexuales?          

Andrés:                        Yo pienso que en muchos casos no, ellos solo piensan en el dinero

 

Finalmente, el dueño considera que el turismo sexual y el dinero de los extranjeros que vienen buscando a muchachos costarricenses, hace que miles de ellos se prostituyan:

 

Entrevistador 1:          ¿Vos considerás que el dinero mueve mucho este ambiente?

Lila:                             Totalmente, un 100 por ciento.

Entrevistador 1:          O sea que si ellos tuvieran dinero, ¿no se acostarían con un hombre?

Lila:                             Si no hubiera dinero sería más difícil.

Entrevistador 1:          No, no, ¿si ellos tuvieran el dinero suficiente no se acostarían con hombres?

Lila:                             Quizás no, pero la ambición de tener algo más los hace aceptar, pero es muy común que a todos estos pueblos que están a la orilla del mar y en la guía turística, lleguen homosexuales muy ricos de Europa y de Estados Unidos a buscar ese macho de montaña que no hay allá en la ciudad. Además,  vienen aquí huyendo del mismo temor del sida, pues vienen a buscar campesinos y no gays de bares de grandes ciudades.  El gay hace el viaje y trae su dinero reservado para gastarlo en los muchachos que van a conquistar y es muy fácil: se les invita a tomar o a comer y vienen preparados con relojes no muy caros, pero traen relojes o traen cadenas bañadas en oro, no legítimas pero sin con un baño, entonces un muchacho les dice que qué linda cadena  y ellos les dicen que si le gusta, que la tome: es tuya , dejátela’.  El muchacho queda encantado, termina tomándose un trago con el hombre, y se va con él para donde quiera…

La masculinidad no es, pues, un obstáculo para que todo tipo de hombres se tornen en “cacheros”. Mientras haya dinero de por medio todo es posible:

Lila:                             Yo conozco la zona de San Carlos y  me quedo con la boca abierta que vos pasás por Zarcero o  por Ciudad Quesada o llegás a La Fortuna de San Carlos  y cualquier hombre de acepta un levantín. Uno ve pasar un automóvil, en Ciudad Quesada y  pueden haber 4 o 6 muchachos en la esquina, el conductor pasa y te sonrien así como ofreciéndose, ¿pero por qué motivo estará pasando eso? Porque ha entrado el turismo, ha entrado el extranjero, entonces este turismo los está seduciendo, hay mucho turismo gay que viaja por toda parte del mundo.

Entrevistador 1:          ¿Viene mucho?

Lila:                             Viene mucho y la historia no tiene fin. En 1964,  trabajando yo en una casa, en una pensión, una vez vino de Golfito un grupo de 24 o 22 boxeadores más dos señores, en total eran como 24 personas, hasta que uno muy atrevido me dijo que si yo no conocía algún gay,  pero con otra palabra más vulgar, algún playo, un hombre rico para poder  pasar  la noche, entonces le dije que sí, que sí conocía varios. Yo le dije: ¿le traigo uno para usted?.  Él me dice no, no,  los 20 entendemos. Entonces yo me asusté y no podía creer que de Golfito vengan un grupo de 22 boxeadores y que de éste 20 entiendan,  siendo todos machos. Entonces le dije ¿pero cómo es posible esta abundancia de homosexualismo en Golfito? Él me respondió: “Ah, se debe a los jefes  de las compañías bananeras. Ellos les pagan muy bien a los muchachos para que tengan relaciones sexuales. De ahí que medio pueblo entienda.

Entrevistador 1:          ¿Por dinero?

Lila:                             Por dinero.

 

Cuando se les pidió que describieran a un homosexual típico, una de las respuestas fue, como dijo Luis, aquél que “busca compañía y paga”. Jorge también asocia la homosexualidad con el pago de dinero. Para él, el homosexual típico es aquél que “derrocha su dinero sin importarle”. Pedro los tacha de “tontos”, que significa que son engañados por otros. 

 

Los homosexuales son aquellos, entonces, que pagan mientras que los “cacheros” los que cobran: “Yo nunca hago ésto si no es por dinero, dice Mario, los que lo hacen por placer son los playos (homosexuales)”.

 

 

FOCALIDAD VS MULTIFOCALIDAD

 

El “cachero” no participa de los lugares de la comunidad gay costarricense. Él debe mantenerse alejado de bares, clubes, actividades, organizaciones o centros de concentración homosexuales. José, por ejemplo, niega enfáticamente Ahaber puesto un pie en un bar gay@. Mono estuvo solamente una vez en toda su vida y no le gustan los bares gays:

 

Porque vuelvo y le repito, el tipo homosexual y tipo de ambiente que me agrada es solamente un tipo en el ámbito social, porque yo no voy a meterme a ciertos bares o a discotecas donde hay un montón de homosexuales que con dos, tres o cuatro tragos ya se despelotan todos, no solo el ser homosexuales sino que creen que llegan y agarran y venga y apriete y eso no me gusta.

 

Mario siente algo parecido con respecto a uno de los principales bares gays de San José:

 

Bueno, lo que puedo opinar es que ese comemierda dueño de ese bar se está haciendo multimillonario, aparte de eso que es un lugar muy peligroso, peligroso en el sentido de las enfermedades mas que todo el sida,  y le repito cuando ya todo ese tipo de personas llega bien vestidos, elocuentes y  se toman unos tragos, se lleva a cualquiera que se les ponga por delante, se aprieta con cualquiera, no por que yo he estado metido porque solo una vez fui, he oído comentarios y aparte de este y otro que conozco todos esos son lugares que son peligrosos porque se traguean y en los baños se aprietan y huelen droga y diay para ellos es un lugar de diversión como lo puede ser para uno una discoteca buga, en cualquier lado se puede ver…

 

Jonás no va a lugares de baile gays porque teme homosexualizarse:

 

Yo tengo amistades en el ambiente con las que hago negocios. Pero ellos mismos me dicen que comenzaron como yo por plata y luego empezaron a hacerlo por placer. Lo que hicieron fue meterse en las discos y andando con amistades homosexuales… ellos fueron cambiando, les llegó a gustar el ambiente y se fueron quedando allí. Yo trato de evitar quedarme estancado en la homosexualidad.

 

Tampoco Luis gusta de “saludar, reconocer o encontrarse con los clientes fuera del burdel”. Si él  pasa en la calle y reconoce a un cliente, “trata de ignorarlo”. Vernol explica que “jamás saludo a una loca en la calle”. Miguel cree que lo mejor es no ser visto en ningún lugar de homosexuales  porque “ellos mismos se encargan de chismear ante los demás”. Leo nos confiesa que cuando ve a un cliente “cruzo la calle y hago como que nunca lo he visto”. Para ellos, socializar fuera del burdel significa homosexualizarse. “Mi madre sabe que yo trabajo en este putero, nos dice Rodrigo, pero a ella no le gusta que yo me meta en fiestas gays porque me voy a hacer como ellos”. Algunos hacen visitas a apartamentos o casas privadas. Una vez que el cliente les da el número de teléfono, ellos pueden hacer citas. Pero siempre en el sentido de una visita a un lugar privado y de la prostitución.

 

 

 

 

UN DIA EN LA VIDA

 

 

Si los “cacheros” rehúyen los lugares gays, deben buscar otros “neutrales” en donde puedan ligar clientes cuando no están donde Lila.  Uno de los preferidos es un parque metropolitano en donde circulan miles de personas. Éste  no es identificado como un lugar gay, aunque  algunos sectores se reconozcan como de ligue homosexual. Otros lugares de ligue son los pooles, bares “mixtos”, orinales, cines o calles específicas. Sin embargo, los “cacheros” no tienen ningún contacto con las instituciones gays como bares o clubes. Existen “cacheros” como Carlos que frecuentan más lugares de prostitución:

 

Entrevistador 2:          Yo quiero que te transportés al pasado, a un pasado muy cercano y recordés qué es lo que hacés en un día típico, quizás no ahorita porque estás en una transición de irte, pero antes cuando vivías aquí.

Carlos:                        Diay cuando yo vivía aquí me levantaba a las dos o tres de la tarde, me bañaba, tomaba café y todo y si no había nada aquí, o sea un cliente, me iba para la calle.

Entrevistador 2:          Suave, suave, vamos muy rápido. Vos te levantabas a las 2 de la tarde, ¿eso quiere decir que te acostabas a qué hora?

Carlos:                        Me acostaba a las 3 o 4 de la mañana.

Entrevistador 2:          Te levantabas a las 2 e imaginemos que sí había clientes.

Carlos:                        Me quedaba aquí haciendo trabajo y después me iba ahí a dar una vuelta a ver qué veía afuera.

Entrevistador 2:          ¿Salís a la calle y qué hacés en la calle?.

Carlos:                        Me doy una vuelta ahí, me meto en algún juego electrónico, donde yo sabía que siempre iba a llegar algo.

Entrevistador 2:          A un cliente te referís.

Carlos:                        Sí, sí. Porque tal vez la plata que andaba no me alcanzaba para lo que iba a hacer.

Entrevistador 2:          ¿Y qué ibas a hacer?

Carlos:                        Me iba a tomar una cerveza, a comprar droga y toda esa vara.

Entrevistador 2:          Después de ahí, ¿a dónde ibas?

Carlos:                        A una casa de prostitución.

Entrevistador 2:          ¿Y qué había ahí?

Carlos:                        Había varios muchachos viendo películas porno y oliendo droga y tomando, eso era lo más típico porque eso era lo que hacíamos todos los días.

Entrevistador 2:          ¿A qué horas salían de esa casa?

Carlos:                        No, a veces nos quedábamos durmiendo.

Un caso distinto es el de Pana, jugador de fútbol que solo trabaja en la casa de Lila. Pana es un hombre de familia y un deportista que lleva una vida hogareña:

 

Entrevistador 2:          Vamos a hablar ahora del espacio. ¿Cuántas horas de tu vida permaneces en este negocio?

Pana:                                      Ocho horas.

Entrevistador 2:          ¿Y de aquí te vas a algún otro lado a trabajar en lo mismo?

Pana:                          No, de aquí salgo para la casa.

Entrevistador 2:          ¿O sea no vas a bares, a discotecas...?

Pana:                                      No, ni tomo, o sea puedo tomar dos, tres, cuatro cervezas, lo máximo.

Entrevistador 2:          ¿En dónde?

Pana:                          Aquí, aunque no soy amante del licor.

Entrevistador 2:          Bueno, ¿cuáles son los lugares favoritos de diversión?

Pana:                          La plaza de fútbol, el Parque de la Paz y la Casa Juvenil.

Entrevistador 2:          Pana, si estás trabajando como futbolista en un equipo nacional, ¿cómo repartís tu tiempo?

Pana:                          Las prácticas antes de la eliminatoria eran en la mañana hasta las 12 del día y aquí se entra hasta las 2 de la tarde, entonces yo le dije al dueño de la casa  que solamente los martes que hay juego en la noche no vendría a trabajar.

Entrevistador 2:          Entonces vamos a repartir el día. ¿A qué horas te levantás y qué hacés después?

Pana:                          A las 6 de la mañana me voy a correr y regreso a las 7 y 15, me baño hasta las 8 de la mañana, desayuno y me quedo acostado hasta las 12 del día, haciendo cualquier cosa en la casa.

Entrevistador 2:          ¿Y a qué horas entrenás?


Pana:                                      Cuando tengo juego salgo entonces a las 6 o 7 de la mañana de la casa, llego a las ocho al estadio, hacemos ejercicio y  después a tocar balón hasta las once y media.

Entrevistador 2:          ¿Los fines de semana trabajás aquí?

Pana:                          Sí,  de dos a diez  de la noche aunque con un domingo libre de por medio.

Entrevistador 2:          ¿Y vos te quedás más de las diez aquí?

Pana:                          No, trato de no quedarme más de las diez.

Entrevistador 2:          Fuera de aquí, ¿con qué tipo de personas te gusta pasar el tiempo?

Pana:                          Con mi señora nada más, porque nunca me ha gustado andar en grupo, nunca me ha gustado.

TEMPORALIDAD Y BORRON DEL PASADO

 

 

El “cacherismo” en esta casa es una actividad de juventud y debe terminar temprano. Con una sola excepción, no existen prostitutos de más de 25 años en el burdel. Se espera que los muchachos duren unos pocos años en el oficio. Miles de hombres maduros han ejercido esta prostitución sin que nadie tenga la menor sospecha. Mono siente que “a mis 25 años soy ya considerado un veterano”. Arnoldo considera que esta profesión se ejerce por un rato. Es una cuestión pasajera. Jamás va a llegar uno a viejo como puto”. Carlos conoce a muchos tipos que pasaron por esta casa pero que “dejaron por completo este oficio”.

 

 

Para demostrar que la profesión es temporal, los muchachos tienen novia, están comprometidos o viven ya con mujeres. La gran mayoría tiene más de un hijo. Solo uno admite no tener actualmente relaciones estables con una mujer, aunque sí sexuales. Muchas de estas mujeres conocen su profesión o sospechan de ella. Noé admite “haberle dicho en lo que trabajo” a su esposa con tal de evitar que “alguien le llegue primero con el cuento”. La madre de Rodrigo sabe que su hijo es “cachero” y se ríe del asunto, aunque quiere que él se case con una mujer. La novia de Mono lo espera en el pool contiguo al burdel. “Ella sabe que ésto lo hago por dinero y que no le estoy siendo infiel”. Sepan las mujeres o no de esta actividad, los entrevistados hacen evidente que tienen compañeras. “Yo maseo a mi novia cerca del pool para que los amigos me vean y sepan que no soy playo”, dice Tomás.

 

Dos factores influyen en la temporalidad de la prostitución.  Uno de ellos es la paidofilia de los clientes de Lila que exige jóvenes imberbes o de corta edad. Otro tiene que ver con la percepción moral de la prostitución. Los “cacheros” consideran que su oficio es un pecado. No existe para ellos un discurso en su cultura que mire esta actividad como una profesión. Existe un consenso en el país de ver la prostitución de manera negativa y pecaminosa.  De ahí que los muchachos se sienten “sucios” y empleados en una profesión “fácil” y “corrupta”, como el mismo Fernando lo dice:

 

Entrevistador 2:          ¿O sea, lo que te mueve a tí a trabajar en el sexo con clientes es darle una buena vida a tu  familia?

Fernando:                   Por el momento sí.

Entrevistador 2:          ¿Por qué motivo no has tratado de buscar un trabajo diferente?

Fernando:                   Lo estoy buscando pero se me hace difícil encontrar un trabajo.

Entrevistador 2:          ¿Por qué?

Fernando:                   Porque no tengo documentos.

Entrevistador 2.           ¿Vos estás ilegal?

Fernando:                   Sí, estoy ilegal.

Entrevistador 2:          ¿Tiene que ver mucho con tu trabajo estar ilegal?

Fernando:                   Sí claro, en este país uno tiene que tener cédula para trabajar hasta de misceláneo.

Entrevistador 2:          Decime una cosa, ¿en tu mente podrá existir un tiempo en el futuro cuando veás que hay momento para retirarse de este trabajo?

Fernando:                   Claro, cuando yo saque mis documentos, encuentre un buen trabajo y ya no tenga que estar viviendo de eso, sino de mi trabajo. Lo veo muy sucio este trabajo.

Entrevistador 2:          ¿Lo ves sucio?

Fernando:                   Claro.

Entrevistador 2:          ¿Por qué?

Fernando:                   Porque no sé, es algo muy íntimo el sexo, solo con una persona que uno quiera o esté casado se debe hacer.

Algunos, como Jonás, no la miran como un crimen:

 

Entrevistador 2:          ¿Vos creés que el dinero sea bueno o sea malo?

Jonás:                          Depende de cómo quieras usarlo.

Entrevistador 2:          ¿Para vos hay dinero mal ganado?

Jonás:                          ¿El que yo me gano?

Entrevistador 2:          No, hablamos de cualquier tipo de dinero ganado. ¿Existen trabajos que son mal ganados y trabajos que son bien ganados?

Jonás:                          Bueno, en mi caso es un dinero bien ganado porque me lo estoy ganando por complacer a la persona, no le estoy robando ni nada, el dinero mal ganado es el que hacés vendiendo drogas o haciendo cosas que no debés.

Entrevistador 2:          ¿Pensás que la gente que hace pistas’ (relaciones prostituidas) no hace dinero mal ganado?

Jonás:                          No, no es dinero mal ganado.

Sin embargo, él tampoco considera que la prostitución sea una profesión en la que quisiera quedarse, ni que implique un trabajo digno:

 

Entrevistador 2:          ¿Ahora, por qué escogiste este oficio, este brete?

Jonás:                          Bueno, lo cogí hace un año, año y medio, por ahí, bueno hace bastante, todo por la vagancia de no trabajar, todo por la plata fácil. Por eso yo estoy en esto, todo tiene su límite, ahora estoy buscando trabajo, quiero formalizarme y apenas trabaje quiero salir de esta vida.

Entrevistador 2:          ¿Qué quiere decir formalizarte?

Jonás:                          Poner mis ideas con claridad porque lo que tengo en este momento es una venda que no me deja pensar, todo es por necesidad porque trabajando se llega a muchas metas.

El “cacherismo” acepta la prostitución como un mal social necesario, siempre y cuando sea temporal. Por su parte,  ofrece una forma de “limpieza de pecado”: los hijos y el matrimonio. Los hijos ayudan a excusar la prostitución porque “es para alimentar la familia”, como dice Erick. Una vez que se deja del todo, por otro lado, la persona puede redimirse y su pasado ser “borrado”.  La mayoría de ellos revelan que esperan dejar el oficio cuando se casen. En teoría, para que el “cachero” no termine siendo un “puto”, como anota Luis, debe retirarse el “día de su matrimonio”. No debe causar sorpresa, entonces, que tengan hijos tan temprano. No solo así muestran al mundo su heterosexualidad, sino que limpian la culpa de cualquier pecado.

 

Otro factor que ayuda a la temporalidad es la idea cristiana del perdón. Los “cacheros” consideran que el pecado se perdona cuando uno deja de hacer la actividad y se arrepiente de ella. Por “dejar” la actividad entienden no prostituirse más ni tener sexo con hombres. Ernesto opina que “Dios perdona los errores que uno comete cuando se deja de cometerlos”. Él cree que si se muriera en este momento, se iría “directo” al infierno, pero si dejara esta profesión, “Dios entendería que lo tuve que hacer y me perdonaría de mis pecados”. Otro requisito es arrepentirse de haberlo hecho. Cuando le preguntamos  cómo es que uno se arrepiente de algo, su respuesta fue que “sintiéndose mal por lo que uno hace”. “¿Pero cómo es que uno sabe que se siente mal por algo?, insistimos. “Pues sabiendo que uno no hace las cosas queriéndolo hacer”, respondió él.  Hacer las cosas a disgusto es, entonces, una prueba de arrepentimiento. Esto significa, probablemente, que la manifestación de la heterosexualidad de los “cacheros” es el síntoma que evidencia el arrepentimiento. “Los playos, por el contrario, no se pueden arrepentir porque les gusta la sodomía”, concluye Erick.

 

INDIFERENCIA

 

 

Cuando se ingresa en el burdel, los muchachos se sientan a charlar y saludan casualmente a los clientes. Es una conducta entendida  no mostrar preferencia ante ninguno (con pocas excepciones que analizaremos más adelante).  Cuando le preguntamos a Tío si él sentía atracción por algún cliente en especial su respuesta fue un tajante “no”. Erick nos dice que es el cliente quien escoge, “yo no escojo”. Lo mismo asiente Rodrigo quien considera que existen clientes que le prometen cosas y no las cumplen y eso le molesta. Pero en cuanto a tener sexo “con viejos, gordos, calvos o feos, me da lo mismo”.  A Noé le gusta penetrar analmente a los clientes: “se la meto a cualquiera que me lo ponga”. Tomás no tiene ningún problema cuando le hacen sexo oral: “Mientras no me muerdan cualquier sexo oral es bueno”. Arnoldo nos dice que él no rechaza a ningún cliente: “plata es plata”.

 

Cuando se insiste en la pregunta y se les pide escoger entre un hombre guapo y uno feo, éstas son las respuestas:

 

Entrevistador 2:          Digamos si vienen dos clientes:  uno es un muchacho de 25 o 30 años, muy guapo, de buen cuerpo y después viene otro señor de 60 años, gordo, feo, calvo, peludo, y tú tuvieras que escoger entre uno de los dos, ¿cuál escogerías?

 

Pana:                          No, yo no me pongo a distinguir razas, ni físicos, ni nada, yo tengo que hacer mi trabajo porque para eso estoy aquí y para hacerme conocer entre los clientes porque así surge la popularidad porque soy de pene largo y grande y también soy buen masajista. Si yo tengo que penetrar un cliente lo hago pero no dejo que me toque, aunque sea Bill Clinton. Ellos son los que eligen y no yo, así que no me importa cómo sean, mientras estén limpios. Un cliente joven puede tener mejores nalgas pero no es algo que me preocupe. Los viejos son menos ardientes y más cariñosos, así que cada uno tiene ciertas ventajas.

 

Carlos considera que los “cacheros” más bien discriminan a los clientes más jóvenes y que ésto nada tiene que ver con el atractivo:

 

Entrevistador 2:          Vamos a hablar un poco de los clientes. ¿Existe para vos una edad del cliente mas allá de la cual pensás que tiene que pagar más, o menos?

Carlos:                        No, más bien creo que los jóvenes tienen que pagar más.

Entrevistador 2:          ¿Por qué?

Carlos:                        Diay, porque son los que más incomodan, exigen más y piden más.

Entrevistador 2:          ¿A qué llamas vos jóvenes?

Carlos:                        De 20, de 30, 35.

Entrevistador 2:          ¿Te ha salido gente así?

Carlos:                        Sí claro, pero nunca están tranquilos, siempre quieren más, eso lo hace incomodarse a uno; en cambio los mayores son más rápidos.

Entrevistador 2:          ¿Y no les cobrás más por ser viejos?

Carlos:                        No, igual, o sea yo pongo la tarifa y si les parece bueno y si no, no.

 

Cuando se empieza a sentir una predilección por un cliente en especial, el deseo se reprime. Luis nos cuenta que existen ocasiones en que “un cliente me gusta más que otro... pero yo trato de evitarlo”. Cuando se le pregunta por qué lo hizo, responque “tenía miedo de que me fuera a gustar”. Lo mismo le sucede a Miguel, quien confiesa que nunca le gustaron los hombres pero que con esta vida teme “homosexualizarse”, ya que la prostitución se hace progresiva y “puede llegar uno a gustarle”.

 

Los trabajadores del sexo, teóricamente, buscan únicamente dinero en sus relaciones con los clientes. Casi todos se iniciaron sexualmente con una mujer (mucho mayor que ellos) y sus fantasías sexuales de niños fueron con féminas. Para poder tener erección con un varón, la mayoría admite cerrar los ojos y fantasear que están con una mujer.  Los “cacheros” están conscientes, al mismo tiempo, de que si no fantasearan, no serían tales. Eduardo admite que él sabe que si “no me imaginara a una mujer cuando tengo sexo, sería un playo”.  La imaginación confirma que “a uno no le gustan los hombres”, razona Luis. La fantasía, en teoría, debería durar todo el acto sexual  y en ningún momento detenerse para gozar el sexo con un cliente o un hombre. Los “cacheros” para ser “hombres” deben soñar con una mujer cuando están con un hombre y cuando con una mujer, no pensar en nadie más.

 

Una de las principales muestras de que los “cacheros” no gustan de su oficio, ni de los hombres, son sus fantasías sexuales. En teoría, la relación sexual con un hombre nunca se da en sus cabezas. Así lo indica Hugo:

 

Para que a mí se me pare tengo que imaginarme que este hombre es una mujer y punto. Cuando veo al cliente empiezo a maquinar y a decirme: ‘Esto es una mujer’. Me lo digo unas tres veces y ya… lo que está enfrente es una mujer. Es un sentimiento bonito poder hacerlo porque cuando uno termina y sale del cuarto siente que tuvo a una mujer y eso me hace el trabajo más interesante. Se siente mucha fuerza y la adrenalina cambia, se pone uno en otro ritmo y gracias a las fantasías sexuales. Digamos que yo entro con dos hombres, yo la hice ‘toa’ porque gano el doble, entro con ellos y los empiezo a convertir en mujeres. Engaño a mi cerebro para que crea que son dos mujeres y estoy tranquilo en la cama porque miro a las dos mujeres y su trasero es una vagina cerradita y sus pechos son los de una niña, pequeños y duritos…

 

A pesar de la indiferencia, existe una característica que es apetecida: la limpieza. Los muchachos se quejan de que lo que no les gusta de muchos de los clientes es que huelan mal. “Mientras no apesten, no importa”, dice Cerebrón. “Lo peor de ésto es tener clientes que yedan”, afirma Luis. Gerardo narra cómo lo peor del oficio es aguantar los malos olores:

 

Aquí viene a veces clientes que pareciera que están podridos por dentro. Existe una venezolana que viene  de vez en cuando. A mí no me importa que sea flaca y  fea , medio mona.  Lo que detesto es que tiene un fuerte olor a cloaca y  para colmo de males,  es superpasiva. Yo tengo que ponerme un poco de “Sanipine” con el lubricante para tener sexo con ella. ¿Cómo es que una persona que se dice profesional pueda ser tan cochina? Esto es lo más difícil de este oficio. No es cierto que los pobres sean los sucios. Muchos de ellos son más limpios que la gente extranjera. A ésta se le conoce como “Doña Chepa, la Cloaca” y algunos se esconden cuando llega. Cuando alguno se mete con ella, los demás le cantan después: “Lavate con Rinso, lavate con Rinso”.

PAGADORES

 

 

La mayoría de los entrevistados admite preferir a los clientes mayores de cuarenta años o  “pagadores”.  Un pagador es un hombre de edad que compra relaciones sexuales de uno más joven y que establece una relación con él. El pagador es una figura que se asocia con la de un padre. Él puede dar atenciones,  ropa, educación y bienestar a cambio de relaciones sexuales y amor. El pagador es generalmente un paidófilo que gusta de niños y muchachos imberbes. Su construcción suele ser masculina y no tiene relaciones con la comunidad gay del país. Generalmente, están casados o juntados con mujeres. La palabra, sin embargo, ha adquirido varios significados. Los “cacheros” se refieren a sí mismos como “pagadores” cuando invitan a un amigo a unos tragos o a un juego de pool . Esta nueva acepción hace pagador a cualquiera que invite a otro.

 

En teoría, para ser “cachero” hay que tener relaciones con los pagadores. Esto significa que debe quedar claro ante los demás que el muchacho está con el otro por interés. Sin embargo, sabemos que no todos los clientes son pagadores. Muchos jóvenes homosexuales o bisexuales prefieren la privacidad y el sexo clandestino de un prostíbulo. Existen clientes de 20 a 30 años que también acuden al burdel. Sin embargo, muchos de los prostitutos rechazan tener relaciones con ellos. Jorge nos dice que A a mí no me gustan los muchachos, no podría hacer sexo con ellos@. Vernol cree que Alos muchachos que vienen son muy afeminados, locas jóvenes que exigen demasiado y quieren ser tratados como mujeres@.

 

Este rechazo parecería contradecir el punto anterior pero es más bien su reafirmación. Los trabajadores del sexo sienten que si practican el  sexo con jóvenes de su misma edad estarían Ahomosexualizándose@ y su papel de Aacosados@, cambiando. Aunque el cliente joven pague su dinero, borra, ante los demás,  la sutil línea entre la  prostitución y la  homosexualidad. Para ser “cachero”, debe existir una jerarquía y diferencias visibles de poder. Un hombre mayor tiene menos poder porque ha perdido su juventud y Atiene que pagar@, nos dice Hugo. Entre dos hombres jóvenes, esta claridad no existe.

 

¿Cuándo es que se cruza la línea entre juventud y vejez? ¿Cuándo se convierte uno en un pagador? No existe una respuesta unánime a esta pregunta. Mono tiene relaciones con Pedro, un hombre mayor que reúne las características del pagador:  50 años, pelo blanco, padre y abuelo y vestido con corbata. Sin embargo, José, otro pagador que llega a la casa, es más joven: 38 años, soltero, convive con una mujer y se mira relativamente atractivo.  ¿Son ambos considerados viejos? Según Mono, sí. La vejez no es solo  física: la gente se ve mayor por lo que hace y no por lo que luce. Si se está casado y se tiene hijos, uno “ya no es joven”, dice Martín. De ahí que Pedro y José son “viejos”, o sea pagadores. Uno será un abuelo y el segundo, para otro observador, un hombre en plena juventud. Pero en la cultura del “cacherismo”, la línea se cruza “cuando uno se casa y tiene responsabilidades”. Pedro y José empezaron, sin embargo, a pagar desde muy jóvenes. Cuando aún tenían 16 años ya le daban dinero a niños a cambio de sexo. Ellos mismos se consideraban pagadores.

 

Lo físico no deja de tener impacto. Resulta interesante que los “cacheros” de más edad tengan relaciones con hombres “viejos” de mayor edad. Mono, que tiene relaciones con un hombre de 50 años no es apetecido por los clientes más jóvenes. Pedro no gusta de Mono porque “es ya un “cachero” viejo”, según él. Con sus 25 años de edad (¿o 27?), Mono aspira solamente a los “cacheros” en edad de ser abuelos.  Cuando se pasan los 19 años, tiene que existir una diferencia visible fuerte para que ambos se sientan cómodos. Según José, “no voy a estar con un “cachero” tan viejo porque me vería yo como playo”. Pero Pedro sí puede relacionarse con Mono porque existen 30 años de diferencia entre los dos.

 

¿Cómo es que entonces un homosexual afeminado de 30 años sea visto como joven mientras que otro no afeminado pase por viejo? Los “cacheros” tienen una idea de que el hombre afeminado nunca madura y ni llega a ser verdaderamente un pagador, o un hombre adulto.  De ahí que algunos no deseen tener relaciones sexuales con ellos.  Una “loca”, como dice Luis, es como una mujer, quiere ser tratada como tal. Es distinto a un pagador que es un hombre varón macho”. La loca no promete establecer una relación de padre-hijo con el “cachero”. Según Mono, “la loca quiere un macho que la domine y la trate como una mujer”. Los “cacheros” de esta casa son muy jóvenes para querer establecer este tipo de relación.

El “cacherismo” está fuertemente influido por la paidofilia de los clientes. Éstos buscan a muchachos imberbes de entre 10 a 15 años de edad. Son ellos los que establecen la línea entre juventud y vejez.  Esta línea es más rígida que en otros sectores de la población. Ser adulto joven tiene poco sentido en el mundo de este burdel. Además, los paidófilos son generalmente de construcción masculina.  De ahí que todo hombre masculino que sea mayor de 20 años y que pague por el sexo es un “pagador”. La “loca”, por el contrario, no tiene edad. Se es loca cuando uno es adolescente o cuando es adulto. Aunque en teoría una “loca” puede ser “pagador” y existe algunos con quienes los “cacheros” se sienten incómodos. Este es el caso de la Preciada, un hombre afeminado que acude al burdel.  Él gusta de jovencitos para penetrarlos. Sin embargo, los “cacheros” se sienten avergonzados de tener relaciones con él y no todos consienten. “¡Qué va!, nos dice Luis, la Preciada tiene un gran miembro y le gusta usarlo. Es todo un color meterse con ella. Es como si  la propia madre abusara de uno”. Con una loca, nos dice Mono, “la gente no sabe claramente si uno está por plata o porque uno es playo”. Además, continúa él, “no es normal que una loca como la  Preciada sea activa. Es un desperdicio de órgano sexual”.

Hay, además, clientes que no son paidófilos y que buscan “cacheros” maduros. De ahí que algunos de los veteranos como Cerebrón y Mono puedan conseguir trabajo también en saunas y otros lugares que sirven a poblaciones homosexuales no paidófilas.

PRACTICAS SEXUALES DISTINTAS

 

 

No existe un consenso  entre los entrevistados acerca de qué prácticas son posibles y cuáles no en su oficio.  Sin embargo, todos hacen cosas distintas con los clientes y están conscientes que los últimos hacen cosas que ellos no hacen. Las que ellos “no hacen” son vistas, obviamente con repulsión.

 

La mayoría considera que el sexo anal pasivo es algo que no practica y que la diferencia de los clientes. Vernol nos cuenta que él tiene “un  órgano enorme y que los clientes se mueren por que los penetre o por hacerme el sexo oral”. “Son pocos los que me pueden aguantar y a veces duro media hora tratando de ingresar. Pero cuando  llego adentro, lloran de alegría... Son muy machos por aguantarse  algo de este tamaño. Yo no podría”.  Tomás también considera que él es “hombre” porque yo “no le pongo el trasero a ningún playo. Si ellos quieren pene, que se lo coman todo. A mí me da asco el sexo oral y jamás dejaría que me la metan”. Mono es del mismo parecer. “A los homosexuales, nos dice, les gusta el sexo anal y a mí jamás”.

 

Otra manera de diferenciar el sexo de los clientes tiene que ver con la crueldad. Los trabajadores entrevistados cuentan que les fascina golpear y maltratar a los clientes y humillarlos de muchas maneras. A Vernol le gusta golpearles las nalgas.  Bryan los pone a hacer el sexo oral, y les aruña la espalda y cuando menos lo esperan “les vuelo un chilillazo”. Rodrigo los obliga a que le supliquen que les deje tocarlo.

 

El sexo oral pasivo es una nueva forma de diferenciarse. Los entrevistados raramente admiten hacerlo. La mayoría narra que es precisamente el gusto que tienen los clientes por felarlos lo que hace que ellos puedan tener una erección.  El mismo dueño del local admite que lo que “engancha” a los muchachos heterosexuales a la prostitución masculina es la calidad del sexo oral que les dan los clientes. Existen casos de muchachos que desde los diez años recibían ya sexo oral de clientes en este burdel antes de pasar a otras prácticas. “Las mujeres no saben hacer el sexo oral y los tipos se vuelven locos con las mamadas de los clientes”, nos dice el dueño del local.

 

Existe también una jerarquía distinta con los fluidos del cuerpo. Los muchachos no aceptan la saliva y sienten asco cuando besan a un hombre. Noé nos dice que “se me revuelve el estómago cuando tengo que besar a un cliente”. Miguel dice que él jamás besa a un cliente en la boca. “Dejo que me besen en el cuello o en las piernas, pero jamás en la boca...” Lo mismo nos dice Hugo que “no soy de los que les gusta besar a un hombre”.

 

Sin embargo, el semen no es problema. En vista de que una práctica muy común es la masturbación de los clientes, los entrevistados no encuentran problemas en que se les rieguen en la mano y limpiar a sus clientes con un trapo. Tampoco les molesta darles el semen en la boca a sus clientes. Con la saliva que reciben sus penes del sexo oral pasivo, los trabajadores del sexo no tienen ningún reparo.

 

Los entrevistados relatan usar el condón con sus clientes. La mayoría opina que con ellos jamás haría sexo de penetración sin condón. Sin embargo, no es así con sus mujeres o con sus esposas. Una de las grandes diferencias entre el sexo que tienen con sus amantes, novias o esposas es que con ellas no usan el condón.   “Con mi esposa jamás uso el condón. Ella no sabe lo que yo hago en la calle y se empezaría a preocupar”, nos dice Marco. Lo mismo pasa con Mono: “Mi amante es muy ardiente y yo también. A veces vengo de estar con  tres majes y ella quiere sexo. A ella no le gusta que se la meta con el condón. Dice que le gusta así sin nada”.

 

Pero existen otras diferencias en el sexo con las mujeres. Con ellas, nos dice Miguel, “uno es más cariñoso y delicado”. Noé siente que las mujeres solo quieren “que uno se las coja por la vagina y no les gusta practicar nada distinto”. A Vernol le pasó algo similar. Solo una vez “pude hacerlo con mi novia por detrás. Ella me dijo que quería saber cómo hacían el sexo los homosexuales. Pero nunca me lo volvió a dar... me dijo que no era natural”. Arnoldo le ha pedido a su novia que lo deje hacerlo “pero ella dice que eso no es normal”.

 

Tampoco la práctica del sexo oral es muy común con las mujeres. Son pocos los que narran que sus parejas los felan. “Las mujeres no saben hacer el sexo oral”, nos dice Miguel. Rodrigo concuerda en que ellas no “tienen experiencia”. Sin embargo, los muchachos no tienen reparo en darles sexo oral a las mujeres. Luis cuenta que le encanta “lamer el panocho” y “chuparlo todito”. El no haría jamás ésto con un cliente. Esto mismo sucede con Vernol quien “uso mi lengua mucho antes de penetrar a mi novia. Cuando ella grita que quiere... ahí le va”. Sin embargo, una vez que eyaculan, los muchachos no vuelven a lamer los órganos genitales femeninos. “Es que se llena de líquidos y huele raro”, afirma Gerardo.

 

No solo en las prácticas los varones diferencian sus relaciones con los clientes. Parte de lo que ellos consideran distinto es el lenguaje. Los prostitutos suelen hacer el sexo comercial de manera silenciosa. “No me gusta hablar porque me desconcentro”, nos dice Augusto. César cree que si el cliente le empieza a pedir que le diga cosas bonitas, me “destiemplo todo”. Vernol no quiere “oír nada del cliente. Mucho menos si es afeminado ya que siento que estoy con una mujer”. Tomás encuentra que a él le encanta decirles “cochinadas” a las mujeres pero no “a mis clientes”.  Rodrigo confiesa que prefiere “ni hablar una palabra después de ponerse de acuerdo con el precio”. Para ellos, el lenguaje es una manera de homosexualizarse, de comprometerse más allá de un negocio sexual. El lenguaje se torna en un obstáculo para imaginar que se está con una mujer o en una comunicación emocional intolerable para un “cachero”.

 

DOBLE MORALIDAD

 

Los “cacheros” no solo deben practicar cosas distintas con sus clientes, sino también con sus mujeres. A pesar de no ser monogámicos, no permiten algo similar de sus mujeres. Para ellos, sus esposas y amantes deben serles fieles y si no, pagar las consencuencias. La mayoría de ellos cree que sus mujeres no saben de su oficio. Sin embargo,  aunque lo supieran, ellas no tendrían el derecho a hacer lo mismo. Un “cachero” es, ante todo, un macho que domina al hombre y a la mujer:

Entrevistador 2:          Vamos a hablar un poco de muchachas. Vos estás en una relación con una muchacha ahora,  contáme cómo vos  te llevás con ella.

Jonás:                          Muy bien, porque yo sin las mujeres no puedo vivir.

Entrevistador 2:          ¿Cuánto tiempo tienen de andar juntos?

Jonás:                          Como cuatro años.

Entrevistador 2:          ¿Qué edad tenés vos?

Jonás:                          Tengo 19.

Entrevistador 2:          O sea, ¿empezaste desde 14 o 15?

Jonás:                          No, desde los 17.

Entrevistador 2:          Entonces no llevás cuatro años, bueno pero...

Jonás:                          Es que para mí eso no es tanto noviazgo, para mí un noviazgo es besitos e ir a dejarla en la casa, y un noviazgo serio es otra cosa.

Entrevistador 2:          ¿Y el tuyo es un noviazgo serio?

Jonás:                          Bueno, más o menos, pero Dios guarde ella se entere que estoy en ésto porque estamos en plan de casarnos y tengo una bebé con ella, o sea,  parte del dinero que yo gano aquí es también para ayudarla a ella, aunque es con poquito pero de algo le sirve aunque ella no me lo pide.


Entrevistador 2:          Jonás, ¿ella no sabe de tu brete éste?

Jonás:                          ¡No, Dios guarde!

Entrevistador 2:          ¿Por qué? ¿Qué pasaría si se enterara?

Jonás:                          La relación se puede destruir, se deshace.

Entrevistador 2:          Vos creés que ella, bueno cuando vas a marcar, a verla a ella o a la chiquita, ¿como hacés si vos tenés un olor en el cuerpo que no es tuyo o un jabón que no es tuyo o quizás se te note lo nervioso que estás porque venís de hacer una pista, vos creés que ella ha notado algo de una forma inconsciente?

Jonás:                          No, porque algo que yo tengo es que cada vez que yo voy a verla, me lavo primero, me baño, me lavo los dientes, me transformo, me pongo la misma colonia que siempre uso con ella, entonces ella no puede saber.

Entrevistador 2:          ¿Aceptarías que ella tuviera relaciones con hombres parecido a lo que vos hacés?

Jonás:                          ¡No!

Entrevistador 2:          ¿Por qué vos sí y ella no?

Jonás:                          Porque es como si estuviera compartiendo algo que es mío.

Entrevistador 2:          ¿Si te enteraras qué harías?

Jonás:                          Si yo me entero de ella se anda prostituyendo con maes yo la corto igual, aún por más amor que haiga.

Pana es aún más severo con lo que haría con su mujer, si ella se atreviera a hacer los que él hace:

 

Entrevistador 2:          Vamos a hablar de las mujeres. Vos tenés una relación con una mujer, háblame un poco de esta relación, lo que querrás hablar, sin que sea privado.

Pana:                          Bueno, con ella al principio como cualquier pareja nos estábamos relacionando bien porque yo estaba jugando y el equipo no clasificó. Vine aquí pero nuestra relación siempre ha sido buena; fuera de la casa, perfecta, adentro de la casa en lo íntimo también porque para mí lo principal es satisfacer a la mujer, como mujer, como persona y como ama de casa, pero si yo tengo relación con ella en la cama y yo me satisfago primero no estoy pensando solamente en mí, estoy pensando en mi ego de hombre, no en mi ego de persona,  ni de esposo, tengo que pensar primero en ella para poder que ella se satisfaga, que ella tenga el clímax como dicen así, entonces yo procedo a terminar la mía.

Entrevistador 2:          Ella no sabe de tu oficio.

Pana:                          No.

Entrevistador 2:          ¿Vos creés que ella sospeche?

Pana:                          No, ella no sospecha por la sencilla razón de que yo le dije que estaba trabajando en una agencia de seguridad.

Entrevistador 2:          ¿Y qué hay del olor, vos tenés que llegar con olor de jabón, de crema?

Pana:                          No, yo llego normal porque tengo la costumbre antes de acostarme  de meterme al baño, lo único que hago es dejar la cartera, me quito los zapatos y me meto al baño de una vez. Ella no me cela porque ella sabe que yo salgo de la casa a la una para llegar aquí a las dos y salimos a las 10 y yo llego a las 10 y media.

Entrevistador 2:          ¿Y vos a ella?

Pana:                          Sí,  yo antes la celaba.

Entrevistador 2:          ¿Y por qué ahora no?

Pana:                          Porque me puse a comprender que la mujer me quiere y que va a tener un hijo mío y no tengo para qué estar celando.

Entrevistador 2:          ¿Vos permitirías que ella tuviera relación con otro hombre?

Pana:                          ¡No señor!, estando conmigo no.

Entrevistador 2:          ¿Y si tuviera un trabajo como éste y no te dieras cuenta?

Pana:                          Entonces el día que me diese cuenta, en mi actitud, no sé si la mataría o la dejaría.

IV. PROBLEMAS PARA LA VIRILIDAD

 

 

Una serie de factores atenta contra las reglas del juego del discurso del “cacherismo”. Al promover cambios, socavan  la temporalidad física y espacial, las prácticas, la definición sexual y la actitud social hacia los “cacheros”.

 

FANTASÍA Y PLACER

 

 

Los muchachos están muy conscientes de que para ser “cacheros” deben sentir deseos solo por las mujeres.  Vernol nos dice que tiene que pensar en una mujer que le guste mucho “para poder templarme y metérsela a un hombre.” Lo mismo dice Hugo que se imagina que está con una mujer y se concentra en esta idea porque si no “se me hace todo un desastre”. Miguel no puede tener fácilmente una erección a menos “que ya haya conocido y tratado al cliente y empiece a soñar con unos senos”. Harold tiene que forzarse a pensar en “que este pene es una vagina, que este hombre es una mujer, si no, no podría hacer este trabajo”.

 

Aunque en teoría los “cacheros” no deben “pensar” que están con un hombre sino imaginarse a una mujer, la  relación entre imaginación y realidad no es así de polarizada. Ellos piensan y se imaginan cosas tanto en sus relaciones heterosexuales como en las homosexuales. La realidad es que todos aprendemos “guiones” sexuales para nuestras relaciones y los “cacheros” no son una excepción. Estos “guiones” son pequeños discursos que nos dicen qué hacer y cómo hacerlo. Aún nuestras mismas fantasías dependen de ellos porque para tenerlas, es necesario utilizar a personas de la vida real. Estos “guiones” contienen tanto el diálogo como las imágenes y no es posible “no pensar en nada”, como dice Mono, cuando se está con una mujer y solo hacerlo con mujeres cuando se está con un cliente.

 

En la práctica, los “cacheros” no solo piensan en mujeres cuando están con los clientes. Es más, durante los primeros años de la prostitución pareciera que la imaginación está ausente. Ellos admiten haber tenido períodos en sus vidas en “que no pensaban en otra cosa que la sensación”, como dice Pablo. Aquellos que fueron inducidos a edades muy tempranas, como el caso de Guido que se inició a los diez años de edad, no tenían siquiera madurez para usar la imaginación: “Pues yo no sabía nada de sexo a los diez años y cuando me felaron no sabía ni en qué pensar… Sería hasta que me desperté, como a los catorce años, que fui pensando en mujeres”. Otros como Carlos admiten que nunca han  necesitado fantasías para disfrutar el sexo: “Para qué voy a pensar en nada si me gusta lo que hago y se siente rico”, dice él.

 

Muchos confiesan que en ciertas prácticas sexuales, la imaginación no es necesaria. En el caso del sexo oral, los muchachos disfrutan sin tener que pensar que quien los fela es una mujer o un hombre. “¿Para qué me voy a imaginar nada si me están pegando un mamadón?”, pregunta Mono. Lo mismo cree Luis: “Es más fácil no pensar en nada cuando lo están lamiendo a uno. En realidad, la fantasía se hace más necesaria cuando uno penetra”. Lo  mismo opina Cerebrón que dice “no ser necesaria cuando le hacen a uno el sexo oral, sea hombre, mujer, playo o la ternera del barrio”. Lila nos dice que el gusto que brinda el sexo oral hace que muchos de ellos terminen haciendo de todo:

 

Lila:                             Ahí las mujeres se quedan un poco atrás, porque para que una mujer pueda hacer sexo oral tiene que ser sádica sexualmente, tiene que ser maniática, sólo siendo maniática, erótica sexual puede practicar muy bien con su boca el sexo oral, ahí la desplaza uno homosexual y entonces cuando el hombre no es de ambiente, el  homosexual le practica mucho el sexo oral para seducirlo…

Entrevistador 1:          ¿Creés que una búsqueda de estas personas sea el placer que obtienen con el sexo oral?

Lila:                             Sí,  obtienen placer porque es una cosa que no lo logran con la mujer. Un varón no le va a decir a cualquier mujer venga hágame el sexo oral o venga chúpeme aquí ‘Al macho le da pena  y, además, si lo pide no sabe si estas mujeres son calientes y se lo quieran hacer. Solo una mujer sádica puede hacerlo, sólo una mujer que sea ardiente y no sea señorita o que ya haya estado con muchos hombres aprende a chupar como se debe.

Pero hay un fenómeno dentro de todas estas cosas que le he dicho. Existe un fenómeno increíble, increíble que nadie lo sabe pues estos hombres que van por el interés del dinero, lo hacen y  lo disfrutan aunque nunca acepten que les gusta.... pensarán en las mujeres, no apartarán su mente de ellas, pero sucede que se exponen a que el gay los disfrute a como él quiera. Muchas veces estos muchachos supervaroniles, en lugar de venir y atacar a un homosexual y venir y hacerle el amor al homosexual como un hombre, se quedan en neutro disfrutando del sexo oral y permiten que los abusados sean ellos y es increíble como tan supermachos y aguantan que les hagan el amor en la parte de atrás, increíblemente lo hacen y después se van a estar con una mujer, o sea actúan como machos con las hembras y con el homosexual pudiendo ahí hacer la función de supermachos,  terminan dejando que los posean…

 

En el caso de la penetración anal pasiva, los “cacheros” que admiten practicarla dicen que tampoco necesitan fantasía: “Las pocas veces que me han penetrado lo que hago es desconectarme, poner la mente en blanco para que pase rápido”, narra Carlos. Otros como Guido han tenido experiencias que lo hacen  prescindir de la imaginación: “Me metí con un tipo que era guapo y que tenía buen cuerpo. Él me preguntó en qué pensaba cuando estaba con él y le dije que en una mujer y me dijo que no valía la pena, que pensara en lo que estaba pasando entre nosotros”.

 

Finalmente, la fantasía no es siempre continua. Hemos visto que durante el sexo oral se hace menos necesaria o está ausente del todo. Durante la penetración anal activa existen momentos en que “uno solo piensa en lo rico de estar regándose y no con quién está”, confiesa Mono.  De ahí que durante ciertos períodos de la relación sexual los “cacheros” disfrutan de momentos en que no tienen que pensar en mujeres. Cerebrón está convencido de que el sexo anal activo es mejor con un hombre, aunque a él no le gusten los varones: “Uno se riega más rápido con el ternerito de algunos pompis”. Cuando “se apreta el esfínter” a “uno no le importa si es el de la misma abuela”.

 

La demanda de “solo pensar en mujeres” es, en la práctica, imposible de cumplir. En el transcurso de la prostitución se dan momentos en que la imaginación se detiene y se está consciente del compañero sexual. En muchos casos, ni siquiera se hace necesaria. Luis confiesa que es mentira decir que “uno siempre piensa en mujeres cuando está con hombres”. “Como ellas  no maman, uno no se imagina a ninguna cuando lo hace un hombre”, agrega él.

 

Esto no significa que la imaginación no juegue un papel importante en la prostitución.  Su importancia radica en proveer “guiones” sexuales a los muchachos para desarrollar su oficio. El que tengan que tener relaciones con personas que ni conocen y que muchas veces ni les gustan hace que  la imaginación sea el instrumento para “funcionar”, como dice Mono. “Al cliente lo único que le importa es que uno se  erecte y no en quién uno piensa”, confiesa él.  Para hacerlo, él como la gran mayoría de los “cacheros” recurre a la pornografía. Es en este medio en donde encuentran las imágenes que más utilizan en sus sueños eróticos.

 

El papel de la pornografía como escuela hace que los “cacheros” aprendan sus discursos sexuales de este medio. En lugar de mirar  a los “cacheros” como divididos entre la imaginación y la realidad, podríamos verlos como practicantes de un discurso “pornográfico”, o sea un enfoque mecánico de la sexualidad.  Tanto la pornografía como la prostitución ponen énfasis en el cuerpo y en su mecánica. Como dice Mono, lo que importa es que “uno funcione” y no en quién uno piensa. La pornografía es una construcción similar: actores y actrices representan  fantasías sexuales pero lo hacen de manera creíble y mecánicamente “reales”. Esta “realidad” se plasma en la erección y en la eyaculación de los hombres, ya que no existe forma de representar el goce de la mujer.

 

El que los “cacheros” se identifiquen con los actores de las películas pornográficas hace que ellos recurran a éstas para  poder tener sus erecciones.  Esta identificación, por su parte, hace más objetal y despersonalizada la sexualidad del ““cachero””.  Ellos mismos admiten que se han hecho “más morbosos y sádicos”, como confiesa Luis.  Sus placeres se han tornado, tanto con hombres como con mujeres, “más violentos”. Mono le ha enseñado a su amante a que le “haga todo lo que he aprendido en la pornografía. Ella antes no se atrevía a darme un beso negro pero ahora lo hace y le encanta”. Harold se precia de haber puesto en práctica con sus novias muchas cosas que ni se imaginaba. José admite que con el tiempo “mis fantasías han cambiado. Se han vuelto cada vez más sádicas y con más mujeres. Antes solo pensaba en una mujer. Ahora necesito más para tener una buena erección”.  Mono reconoce que ha incluido en sus fantasías con las mujeres prácticas que antes no hacía: “Me las imagino lamiéndome atrás, mordiéndome los gluteos, pegando gritos, cosas que antes ni hacía ni pensaba en ellas”.  Pedro admite que ahora “soy más sádico con la relación.

 

La pornografía ha influido en los participantes de las mismas fantasías. Algunos “cacheros” reconocen que a pesar de preferir a las mujeres, en sus fantasías “hay clientes de vez en cuando”. Guido se imagina que está “con dos mujeres y un hombre. El hombre es afeminado y  penetro a la mujer por delante y a él por detrás”. Mono piensa de vez en cuando en un americano que le gustó y que “me está  lamiendo mientras yo se lo hago a mi novia”.

 

Las prácticas, por su parte, afectan la fantasía y viceversa. Pedro reconoce que en ciertos momentos “un cliente me está haciendo tan rico que empiezo a imaginarme que la relación con la mujer se hace más sádica”. Mono, a la inversa,  estimula la fantasía por medio del toque. Él  revela que su secreto para tener una erección es besar su propio antebrazo “donde la carne es suavecita y me recuerda el busto de la mujer”.  Al  hacerlo, él puede dar rienda suelta a la imaginación.

 

La imposibilidad de imaginarse siempre a una mujer cuando se está con un hombre y la influencia del discurso pornográfico influye en que los “cacheros” aprendan a disfrutar el sexo con hombres y cambien de parecer. Un caso de éstos es Noé, un atractivo albañil. Él nos confiesa que empezó “porque un amigo me invitó a venir a este burdel” y jamás antes “me había pasado por la cabeza acostarme con un varón”. Aunque la primera vez que tuvo relaciones homosexuales se sintió “sucio y avergonzado”, lentamente fue cambiando de parecer. “Tengo que serte honesto. No hay nada más rico que introducir el pene en el recto. Las mujeres cuando lubrican se abren tanto que uno no siente nada, mientras que un trasero te aprieta y se siente más”. En esto concuerda Mono que opina que el sexo homosexual es más rico y más sabroso. “Las viejas son como un hueco sin fondo mientras que existen tipos tan cerraditos que uno se riega mucho mejor”. Carlos es del mismo parecer. “Yo no siento atracción hacia los hombres pero que uno siente más rico físicamente penetrando a un maje que a una mujer, es una realidad”. Luis confiesa que “las contracciones del esfínter hacen que uno se venga con más placer”. Lo mismo reconoce Gerardo:

 

Entrevistador 1:          ¿Qué diferencia hay cuando vos te acostás con un hombre y cuando te acostás con una mujer?

Gerardo:                     Antes era muy distinto porque sabía uno que la mujer no estaba tan prostituida al prestar el miembro, o sea el ano. Uno sabía que la novia sólo la vagina prestaba y hacía uno desmadres con ella y se mamaba el uno al otro, pero no sé, a mí siempre me gustó el trasero. No sé por qué siempre me encantó hacérselo a una persona por detrás y sentía más placer con un hombre porque uno sabía que el sexo por detrás es mejor, más rico, más tallado y más si la persona tiene buen trasero, uno se sadica, uno ve dónde lo está metiendo y le abre el recto y ve que entra y sale tan rico, entre más tallado mejor la sensación. Con la mujer se siente deliciosísimo también, no cambiaría una mujer por un hombre pero me gusta hacer el amor con un hombre, ¿para qué lo voy a negar? Ahora hay mujeres que se han despertado y han empezado a aceptar que les den por detrás, pero no son todas.

El caso del sexo oral también es una fuente de gozo. El  que sus novias, esposas o amantes no quieran practicarlo hace que los trabajadores del sexo disfruten de sus clientes. Algunos de ellos se sienten tan erotizados que cuando no llegan clientes, como en el caso de Marco “me fui a sobármela pensando en la  tanda oral que este cliente me suele dar”. Otros suelen felarse entre sí cuando no llegan clientes ya que “le empieza a uno a hacerle falta”.

 

El placer que muchos de ellos experimentan es un conflicto para su identidad. Rodrigo admite que le ha llegado a gustar tanto el sexo con algunos clientes que siente que se está haciendo homosexual. Carlos también está en crisis porque no disfruta como antes con su esposa y encuentra “más morboso” el sexo con hombres. Tomás ha dejado de hacer el sexo con mujeres desde que “me he metido en orgías con varones. Imagínese lo que es que lo estén a uno chupando por delante y por detrás y que otro te pellizque todo el cuerpo”. Miguel cree que la prostitución le ha sacado “ese playo que todo hombre lleva adentro”.

 

Un caso interesante es el de Vernol.  Sus relaciones con hombres lo llevan a situaciones en que la línea entre heterosexualidad y homosexualidad se diluye. A él lo invitó un hombre gay a su casa a tener relaciones sexuales y, para su sorpresa, éste había invitado a una lesbiana con su pareja. La lesbiana “más femenina” se quitó el brasier y se tiró a la cama con los pechos “parados”.   Su cliente le pide “que me la coja” mientras que la más masculina “quiere penetrarme con un dildo”. “Yo me rehusé a que la tortillera me dominara, dice él, pero tenía que irme con la más bonita primero y luego la otra aceptó que se lo hiciera a ella también. Me turnaba de la una a la otra mientras el tipo esperaba para que terminara regándome únicamente en él” Ante esta gama de posibilidades, Vernol admite “que la pasé riquísimo y que fue una locura de sexo esa noche. Yo no sé ni por quién me templaba”. “Yo espero que ésto no signifique que me vaya a hacer playo”, concluye él. Pero estas orgías “me confunden”.

 

La prostitución, pues, tiene su impacto tanto en la fantasía como en el placer. Los “cacheros” deben solo pensar en mujeres pero la realidad hace que las fantasías se compliquen, diversifiquen y “bisexualicen”. Los actores de su imaginación se “masculinizan” ya sean hombres o mujeres: se tornan más objetales, distantes, mecánicos en sus relaciones sexuales. Mono, por ejemplo, cuando dibuja una mujer le pone una nube sobre su cabeza que dice “pensando generalmente en sexo y placer”.  Jorge también  las mira como ansiosas de sexo: “… en la cama son las peores”. Pedro cree que una característica de la mujer es ser “zorra”.

 

Cuando se les pidió que se imaginaran convertirse en una mujer, el tema de la prostitución se hizo presente. Ellos eran tratados como objetos sexuales por otros hombres. Los “cacheros” como mujeres se vieron acosados por otros  que les gritaban “obscenidades” y “vulgaridades” cuando caminaban por la calle:

 

Entrevistador 2:          ¿En dónde te imaginás que caminabas?

Luis:                            Por la Avenida Central a agarrar el taxi o el bus.

Entrevistador 2:          Okey, cuando te encontrastes con los majes,  con los señores y los muchachos, ¿que te decían?

Luis:                            Obscenidades.

Entrevistador 2:          ¿Cómo qué?

Luis:                            ¡Que qué ricas tetas!, ¿cómo a qué hora te las mamo?

Harold, por su parte, pensó en su imaginación que unos obreros le gritaban “Rica, ¿cuánto cobrás? Vení a pasar un buen rato con nosotros”. Luis pensó que un tipo le metía la mano en el trasero. “El tipo este se me acercó por atrás cuando yo caminaba y me tocó las nalgas en frente a sus amigos”.

 

Los “cacheros” no sólo experimentan acoso sexual en sus sueños y con las mujeres vinculadas totalmente a la sexualidad, sino que las mismas relaciones con ellas se vuelven más violentas e impersonales. Muchos admiten que empiezan a fantasear con otras mujeres cuando están con sus novias o amantes femeninas o que se imaginan que hombres ingresan en sus relaciones sexuales con ellas como participantes u observadores. Estas “invasiones” de su vida de prostitución a sus fantasías sexuales es otra manera en que la homosexualidad influye en sus vidas. Los  “cacheros” podrán seguir teniendo sus relaciones principales con mujeres, pero ellas han sido masculinizadas en sus deseos y en su forma de ser percibidas. La idea que “uno cierra los ojos y piensa en una mujer cuando coge con un hombre”, como dice Jorge, no es del todo real. Los “cacheros” cierran sus ojos y pensarán en una mujer, pero esta mujer de su imaginación no es ya una mujer más que en sus órganos sexuales. Es esta la forma silenciosa en que la homosexualidad hace su ingreso. 

 

 

COQUETERÍA

 

 

Los “cacheros” nos dicen que no les importa el cliente que los escoja mientras éste pague. Sin embargo, cuando estamos sentados con ellos y entra un cliente, existe una reacción lógica de satisfacción y gusto cuando uno es escogido y no otro. En una ocasión pudimos verle la cara de cólera a Mono cuando un cliente prefirió a Luis que a él. Pudiéramos razonar que la alegría y la decepción son  por la posibilidad de ganar o no el dinero. Sin embargo, la reacción psicológica de los “cacheros” es más complicada.

 

Cuando se está sentado en fila y alguien viene a “evaluar” cómo nos vemos y cuán atractivos somos, es casi imposible no dejarse  afectar por estas decisiones. Los que son preferidos ganan en autoestima y se sienten “superiores” a los menos favorecidos. Cerebrón es un caso de los que han mejorado su autoestima por la predilección de los clientes. “No puedo negar que siento una gran satisfacción al ver que me escogen más a mí”, nos confiesa. Lo mismo expresa Luis que  dice “gustarle que lo prefieran a uno. Las mujeres nunca le hacen saber lo rico que uno está como lo hacen los hombres”. Erick admite que él nunca se había fijado en las nalgas y en su pene como lo hace ahora. “No solo he aprendido a observar los pompis (traseros) de los hombres sino el mío propio. También me doy cuenta que mi miembro es muy grande y grueso. Ninguna mujer me había dicho nada antes. Pero los clientes se vuelven locos con él…”

 

Los “cacheros” más populares son mejor tratados por Lila y por los otros dueños de burdeles y saunas. Son una pequeña mina de oro para sus ingresos y merecen más consideración y mejor trato. Algunos de los “más calientes” como dice el dueño, suelen ser más arrogantes, exigir mejores condiciones y llegar a trabajar “cuando les da la gana”.

 

La búsqueda de la predilección del cliente hace que los “cacheros” se preocupen por enseñar lo que tienen. Cerebrón, por ejemplo, se viste con jeans apretados y deja ver muy disimuladamente “su paquete”, como él se refiere a su pene. José se sienta con las piernas abiertas para lograr el mismo efecto. Carlos suele sonreír de manera provocadora. Pedro enseña su abultado trasero  cuando prende el radio. Otros empiezan a hacer esfuerzos para aparentar simpatía. Aunque toda esta coquetería se da en un contexto “masculino” no deja de ser una forma de atraer a los hombres.

 

El deseo de ser escogido termina con la supuesta indiferencia del “cachero”. La línea entre un cliente/dinero y un cliente/aceptación se diluye. Al estar todos los días a merced del gusto de los clientes los muchachos miran la elección como una fuente de ingresos y como una certificación de su valor. José confiesa que a veces “no tengo ni ganas ni necesidad de dinero pero siempre me afecta que un cliente no me encuentre atractivo”. Mario cree que su popularidad le ha ayudado con las mujeres ya que “me siento más seguro que soy muy bonito y sexy”. Ernesto opina que ha perdido su timidez y su vergüenza: “Antes me ponía rojo cuando tenía que hablarle a una persona mayor. Ahora, después de tantos clientes, se me hace más fácil tener una buena conversación con quien sea”, admite él.

 

La seducción y la coquetería se vuelven parte de la vida del “cachero” en muchas de sus relaciones fuera del burdel. Mono confiesa que cuando va por la calle le gusta fijarse en los hombres atractivos y le encanta cuando éstos le devuelven la mirada. “No sé, es como una costumbre. No es que me interese acostarme con ellos, sino que he aprendido a fijarme en las cosas que hacen a un hombre atractivo”. Tanto sucede ésto que Mono también trató de seducir a uno de nuestros entrevistadores:

 

Mono:                          Sabe usted una cosa, me gusta su trasero tan paradito y firme.

Entrevistador 1:          ¿Y para qué te gusta?

Mono:                          Si usted se me porta bien, le puedo hacer el favorcito de darle una revolcada.

Entrevistador 1:          Pero Mono, ¿no es que a vos no te gustan los hombres?

Mono:                          Pues no me gustan pero uno no deja de ver la carne y ésta me gusta.

Entrevistador 1:          Mejor seguimos con la entrevista porque ésto no nos va a llevar a ningún lado.

Mono:                          No nos lleva a ningún lado porque usted no quiere. Si quisiera me dejaría comer de eso tan rico.

Entrevistador 1:          Sos todo un caso Mono. Terminemos la entrevista y ya podrá comer todo lo que usted quiera pero de los clientes. De mi parte, muchas gracias por la invitación.

Mono:                          Usted es el que se  pierde un masajito de próstata.

 

El DINERO Y LA DROGA

 

Otro factor que desestabiliza los discursos del “cacherismo” son  las adicciones. Uno de ellos es el mismo dinero. Muchos de estos muchachos confiesan que no saben en qué se les va el dinero y que éste actúa como una droga para ellos.  José asegura que “me morboseo solo pensando en el billete de cinco mil colones que me voy a ganar”. Luis opina que él jamás mira como feo a un hombre con plata. “No es solo interés... es que el dinero los hace verse atractivos”. Mono admite ganar cientos de miles de colones pero que los pierde con la misma facilidad en el juego que es una de sus adicciones. Arnoldo confiesa que nunca tiene suficiente dinero para comprar las cosas que le gustan y que hacerlo “es tan o más rico que un polvo. Cuando me compro una camisa que me gusta, siento un placer enorme”. Noé no sabe en qué se le ha ido todo el dinero que ha ganado en este negocio: “Es como agua, se me va de las manos sin que yo me dé cuenta”.

 

La necesidad de dinero lleva a prácticas sexuales teóricamente no aceptables en el “cacherismo”. Gerardo, por ejemplo, confiesa que los clientes les ofrecen más dinero para que los “cacheros” tengan relaciones entre sí:

 

 

Gerardo:                     Me bañé, desayuné y me vine para acá. Bueno, antes de pasar por acá fuí a la Plaza de la Cultura para ver si lograba conseguir un contacto o algo así pero estaba muy malo, entonces me vine para acá, llegué aquí a las 11 y a esa hora Lila todavía estaba dormido, me salió de chichas y me dijo que viniera a las 2 de la tarde. Me fuí a dar una vuelta a la Plaza de la Cultura otra vez y me vine de nuevo a las 2. Vine y lo encontré tomando café y me dijo que había un contacto para las 4 de la tarde y a esa hora vino el señor y pasamos ahí al cuarto…

Entrevistador 2:          Suave, suave. ¿Cómo era el señor?

Gerardo:                     Era un señor como de unos 55 años, gordo, pelo canoso, muy serio el señor y sobre todo muy discreto y pasamos al cuarto, a él le gusta nada más ver show…

Entrevistador 2:          ¿Quién entró contigo?

Gerardo:                     El señor y Hugo.

Entrevistador 2:          ¿Vos y Hugo?

Gerardo:                     Estábamos en el acto y Hugo  y yo nos desnudamos y el señor estaba todo excitado y me dijo que le metiera el dedo a Hugo, claro que yo no lo hice, lo que hice fue doblar el dedo para arriba, lo doblé y se lo puse doblado para que se viera como si estuviera adentro, terminó el acto y pagó y ya tuve plata y así salí y me sentí muy bien.

Entrevistador 2:          ¿Cuándo decís que terminó significa que él se regó?

Gerardo:                     Sí.

Entrevistador 2:          ¿Ustedes se regaron?

Gerardo:                     No, nosotros no.

Entrevistador 2:          ¿Y se besaron?

Gerardo:                     No.

Entrevistador 2:          ¿Y a ustedes se les paró?

Gerardo:                     A Hugo sí,  a mí no.

Entrevistador 2:          ¿Les pidió que se tocaran el pene?

Gerardo:                     Que nos chupáramos la pinga y todo eso.

Entrevistador 2:          ¿Vos a Hugo  y Hugo  a vos?

Gerardo:                     No, Hugo a mí. Porque yo le expliqué que a mí no me gusta ni chupar ni que me la introduzcan.

Entrevistador 2:          ¿Y te pagó cuánto?

Gerardo:                     Tres mil quinientos colones. 500 colones más por el show.

El dinero sirve para comprar otra cosa que tiene a los entrevistados amarrados: la cocaína y  el crack. De todos los entrevistados, solo uno admite no haberlo consumido. La gran mayoría también fuma marihuana y toma mucho alcohol. Muchos de ellos admiten sentirse “avejentados” y “flacos” por hacer tanto crack. En más de una de las entrevistas, presenciamos a los muchachos consumirlo por varias horas. Arnoldo admite haber robado y empeñado la ropa de su madre para comprar la piedra.  Mono confiesa que lo primero que se le vino a la mente cuando se le pagó por su entrevista fue irse a “fumársela”. Lo mismo nos dice Noé quien confiesa haber sido adicto por años y no poder dejarla del todo. El les quitó la comida a sus hijos “para comprar la droga”. Edwin se prostituye “para poder mantener este vicio”.  Hugo cree que él no está del todo agarrado por el crack aunque sabe que “no puedo dejarlo”. Rodrigo creía que a él “no le iba a pasar” pero “ya me metí”. Gerardo relata su adicción y la facilidad con que se cae en ella:

 

Gerardo:                     El crack lo probé en una borrachera fatal que tenía. Yo tengo un sobrino que es drogadicto y a él no le importa vender a su madre por fumar una piedra, si la madre se dejara, por eso llega a uno darle una depresión mental que ya no importa si se baña, si no se baña, si comió, si cambia su comida por piedra, si puede vender sus pantalones y si puede vender sus calzoncillos los vende, si puede vender sus medias, si puede, le roba a su madre, porque yo tenía ese problema, Me hice rata de cacería que lo que hace es robarle todo a la mamá, que si se puede se le lleva toda la ropa, cosas que la madre se da a uno por todo y a uno ya no le importa nada, que si mi madre es buena gente o mala gente, a uno ya no le importa, el único Dios de uno es la piedra. Entonces yo me casé‚ a los 20 años y me desaté porque empecé a tener problemas con mi esposa recién casados, me separé‚ y agarré la coca de una manera insaciable, que yo plata que tenía la tiraba en coca, luego empezó a salir la piedra la empecé a fumar de una manera que casi pierdo mi trabajo…

Entrevistador 1:          ¿Creés que los otros muchachos tengan problemas con drogas?

Gerardo:                     Yo los veo y me da lástima porque veo que van por un camino igual al mío, así estan ahorita y esto día con día se va poniendo peor, llegar  el momento que ellos irán a probar la droga como lo hice yo porque en fiesta de los gays se ve todo eso y la misma zozobra despertará eso. Yo tengo otro mae aquí, Mono, puta me criticaba cuando me veía fumando piedra, me decía: ‘mae dejá esa vara, que no se meta‚ que aquí y que allá’ y ahora los veo yo en la droga…

Guido narra cómo el crack, una vez que se crea la adicción con él, es difícil de parar. En el momento de esta entrevista, el joven tenía cuarenta y ocho horas de consumir crack sin parar. Estamos entrevistándolo en el momento en que toma un descanso para cenar:

 

Es que a veces digamos que cuando uno está en el vicio de las drogas, este, hay días y hay momentos en que casi siempre se consume, cuesta mucho parar, entre más consume, más quiere, entonces a la persona no le importa que sean las tres o cuatro de la mañana para salir a la calle a comprar dos o tres más y llegar otra vez y después desvelarse por ocho horas… En mi caso, yo vengo y me fumo un basuko (cigarro de cocaína y crack con otros aditivos), hasta ocho horas después de lo que me lo fumo puedo dormir tranquilamente, porque el sistema nervioso me queda alterado.

 

Guido sabe que la piedra es nefasta para él:

 

Bueno, la piedra es una droga que deteriora a las personas, es la droga más adictiva que hay y la persona que la consume, en cuestión de quince días está ya demacrada, pegada a la piedra. Yo antes pesaba sesenta y nueve quilos y ahora estoy en sesenta y dos…Cuando me llega el primer bombazo, éste dura unos segundos en que siento un placer enorme. Se me taquean los oídos, lo que llaman el timbrazo, suena así tí tí tí, y después se agita el corazón, que empieza a latir más rápido y es un sabor rico… Este bombazo inicial es tan rico como regarse, uno se desconecta completamente y queda en el aire. Después de estos primeros cinco o diez segundos uno queda paranoico.

 

Cuando le dimos a Guido el dinero por la entrevista, le preguntamos qué haría con éste y qué fue lo primero que se le vino a  la mente. Su respuesta fue contundente:

 

Lo que debo hacer con esta plata es ir a dejarla porque tengo una jacket empeñada, lo hice para consumir drogas y ayer fui y dejé dos mil colones de pago y todavía quedé debiendo otros dos mil y entonces pienso ir y pagar el resto. Sin embargo, me dieron ganas también de ir a gastarla en más drogas…El adicto siempre piensa en la posibilidad de gastarlo en drogas. Cuando uno ve el dinero uno lo relaciona directamente con la droga. Uno piensa ¡jueputa, qué rico un basuko!

 

Sin embargo, en otro día en que no consumía droga, el mismo Guido niega que tenga una adicción al crack:

 

Diay, una gran diferencia porque, diay, uno no es, o sea digamos que yo tengo tal vez una visión más amplia de la nota, de la droga, ésta es droga, pero hay que dominarla, no que ella te domine y lo deje a usted hecho picha, todo sucio y que le peguen un sida, o que usted ante todo sucio… Vea, uno puede ser drogadicto, puede ser alcohólico, puede ser vicioso de pastillas, puede ser lo que usted quiera ser pero el aseo es algo muy importante y muy personal, y el que usted sea drogadicto no tiene uno por qué descuidarse… yo me alimento, yo como, yo hago, ahora no hago ejercicios ni nada porque no tengo raqueta, bueno…

 

No obstante su optimismo, cuando le preguntamos por qué había empeñado su raqueta de tenis, nos dijo que para comprar drogas.

 

Otros, como Bryan,  están atados al alcohol y las pastillas:

 

Bryan:                         Yo tomaba alcohol ya, para envenenarme pues, o sea, ya para quedarme intoxicado. o sea, a mí prácticamente me han revivido dos veces.

Entrevistador 2:          ¿Hablame de eso?

Bryan :                        Sí,  digamos, yo he tomado, tomado, tomado, tomado y cuando me he despertado ha sido en el hospital, con mangueras y todo, con lavados intestinales.

Entrevistador 2:          ¿Sin pastillas?

Bryan :                        Sin pastill...  La verdad es que sí con pastillas también. Muchas pastillas, tomé mucha Roche, mucha Roche.

Entrevistador 2 :         ¿Hablame de eso?

Bryan :                        Había un tiempo en que yo no quería saber nada de nadie, ni de mi familia, estaba muy deprimido...por todo, por todo lo de mi vida pues...Entonces estaba muy deprimido, y entonces conseguí una receta de pastillas Roche, un doctor amigo mío me las consiguió, entonces comencé a tomar Roche,¿no?, y diario; diario yo me tomaba dos Roche, pasaba como un zombie y hasta que me intoxiqué de puras pastillas...me intoxiqué de puras pastillas Roche y fui a dar al hospital, estuve en un tratamiento como nueve meses. Estuve en un tratamiento de pastillas...no fui al psiquiátrico porque no estoy loco...

 

Los que no consumen crack o alcohol tienen un problema adicional con los juegos al azar. Los juegos electrónicos y de apuestas llevan a muchos a los mismos problemas que con las drogas:

 

Entrevistador 2:          ¿Gastás tu dinero en  drogas?

Jonás:                          En drogas no.

Entrevistador 2:          Drogas también significa guaro, significa ir donde las prostitutas, juegos de azar.

Jonás:                          Sí, yo juego mucho naipe, pool y todo eso.

Entrevistador 2:          De esos 50 mil al mes que ganas en la prostitución, ¿cuánto podés gastar en el naipe?

Jonás:                          La mayoría, la mayoría de los 12 mil pesos que hago por semana, casi la mitad, son 9 mil lo que me queda al mes, yo gasto casi 5 mil por semana en naipes.

Entrevistador 2:          ¿En naipe?

Jonás:                          Mmm.

Entrevistador 2:          ¿Y no ganás nada en eso?

Jonás:                          A veces se gana y a veces se pierde.

Entrevistador 2:          ¿Lo consideras un vicio?

Jonás:                          Sí, para mí es un vicio.

Entrevistador 2:          Si vos un día no jugás, ¿qué sentís?

Jonás:                          Me hace falta y yo busco la plata a como pueda.

 

El mismo dueño de la casa reconoce que la droga es la que incide en homosexualizar a muchos hombres heterosexuales:

 

Ahora, hay otra cosa que la sociedad nunca ha querido mascar, la sociedad no se da cuenta que las drogas hacen que los hombres se apunten,  por más machos que sean, estos hombres por estar drogados aceptan al homosexual...es que con un poco de licor y luego droga, al hombre no le importa si se va con un hombre o con una  mujer…

 

El dinero y la droga hace que los entrevistados cambien las reglas del juego del discurso del “cacherismo”. Noé reconoce que por la droga ha “puesto el culo” y ha vivido con un hombre. Lo mismo admite Augusto que confiesa que”tanto necesito el bombazo que hago lo que sea, inclusive lamer y dejarme hacer el amor por un maje”. Arnoldo dice que él no ha llegado a eso pero sabe que “muchos de ellos ponen el trasero para comprar droga”. Mono se burla de uno de sus compañeros que se metió con un cliente a quien solo le gusta penetrar y salió con “diez mil colones que no pudo haberlos ganado si no fue dejándose penetrar”.

 

Algunos llegan a establecer relaciones con los gays con tal de vivir mejor o comprar la droga. Tomás nos dice que él se fue a vivir con un hombre con tal de que le diera los lujos que él deseaba. “La gente ha empezado a llamarme playo y a decir que me hice loca pero como ellos no me mantienen a mí ya no me importa”. La misma crisis la siente Rodrigo:  “Quiero dejar de ser pobre y tener lo que quiero. Si viene un tipo que me lo de, estoy dispuesto a irme a vivir con él”.

 

La necesidad de dinero y droga, por su parte, cambia la geografía sexual del “cacherismo” y su temporalidad. Algunos de los ellos empiezan a laborar en saunas gays para ganar más dinero; otros suelen ir a ligar a parques y hasta bares gays. Otros establecen relaciones más duraderas con hombres y llegan incluso a divorciarse y abandonar a sus hijos. Hugo admite que se ha convertido “más femenino por la necesidad de la droga y con el fin de pescar más tipos”. José reconoce que se ha convertido en “un puto viejo y aún ejerzo la prostitución”.

 

 

 

 

FAMILIA E HIJOS

 

 

En teoría, los “cacheros” dejarán su profesión cuando se casen y tengan su familia.  Sin embargo, la paternidad temprana es  más bien un factor que incide en que los “cacheros” continúen en la prostitución y que busquen cada vez más medios de contacto con el mundo homosexual. La necesidad de aparentar  ser macho y el deseo de cumplir con los requisitos de reproducción, irónicamente lleva a los “cacheros” a imbuirse más en la vida gay. Aunque la mayoría de ellos no ha llegado a los veinte años, ya tienen hijos que alimentar. Marco tiene 17 años de edad y ya ha procreado una niña de cuatro meses. Con sus ingresos que antes gastaba en apuestas y en alcohol, ahora tiene esta criatura que mantener:

 

Entrevistador 2:          ¿Qué hiciste con esos 3.500 colones que te ganaste con un tipo?

Marco:                        Ese día no tenía nada en la casa para la muchacha con la que…

Entrevistador 2:          ¿Qué quiere decir que no tenías nada?

Marco:                        No tenía alimentos, compré una leche  que cuesta 1.200 para la chiquita que era la que más me preocupaba.

Entrevistador 2:          ¿Qué edad tiene la chiquita?

Marco:                        En esa ocasión tenía como dos meses.

Entrevistador 2:          ¿La leche de lata es cara?

Marco:                        Sí, es un poco cara porque es para recién nacidos y esa niña es muy delicada y no puede tomar cualquier leche, y eso es lo que me pone muy preocupado a la hora de no tener plata.

Entrevistador 2:          ¿O sea, que vos buscabas clientes porque no tenías la plata de la chiquita?

Marco:                        Y para la muchacha que también estaba sin comer.

Entrevistador 2:          ¿Cuánto tenía de no comer?

Marco:                        Desayunó y después de eso no había nada hasta la hora que yo llegara, si es que hacía plata o tal vez  no.

Marco no puede ahorrar nada ni gastar siquiera en sí mismo: “¡Qué va! La vida está muy cara. Apenas con lo que gano me alcanza para alimentar a mi mujer y a mi niña”. Lo bueno de esta criatura es que Marco ha dejado de hacer droga con tal de darle de comer. Sin embargo, “debo ahora ir a ligar a saunas o a parques con el fin de tener más ingresos”.

 

Otros, como René, buscan a hombres que los mantengan con tal de alimentar a su familia: “Yo tengo tres chiquitos. No podía depender de la prostitución porque era muy inestable. Me busqué un amante homosexual fijo que me dé por lo menos un ingreso semanal para estar tranquilo”.  Esta relación más permanente lo ha llevado a tener que acompañar a su amante a fiestas gays y hasta “bares de locas”. René siente que la gente lo empieza a mirar más como a un “playo” que como a un “cachero”.

 

La obligación de alimentar a la familia lleva a algunos a cambiar sus prácticas sexuales. René reconoce que ha tenido que besar a su amante masculino y felarlo porque “una cosa es acostarse con un cliente y otra hacerlo con una relación fija. El hombre espera que uno demuestre cariño y uno lo tiene que hacer. A mí no me hace mucha gracia pero mis necesidades ahora no son mías y se me hace más fácil hacerlo si sé que es para comprar comida”.  Pedro admite dejarse penetrar desde que tiene hijos: “Yo nunca puse el trasero hasta que empecé a tener que comprar tanta cosa para la casa. La presión hace que uno acepte todo”. Gerardo, por su parte, reconoce que la plata “no me alcanza”. De lo que gané hoy, “compré arroz, frijoles, manteca, café, azúcar, Gerbers”. Para poder comprar cigarrillos y cervezas “ a veces hago el sexo oral”.

No solo las relaciones sociales y las prácticas varían, sino la misma temporalidad. Algunos “cacheros” se mantienen en la prostitución por más años de lo planeado. Las demandas del hogar que crecen con los años los van atando a la vida homosexual. Mono no ha podido renunciar a sus relaciones con los hombres a pesar de considerarse “un veterano”. Luis se ha acostumbrado a los ingresos de la prostitución como salario complementario. La necesidad de mandar a los niños a la escuela “me impiden dejar esta vida”.

LAS NUEVAS DEMANDAS


 

Los muchachos están muy conscientes de la realidad del sida. Cuando se les preguntó las formas de contagio y transmisión, todos pudieron señalar el sexo anal sin condón como la forma más peligrosa. También muestran sofisticación al señalar la falta de consenso acerca de la peligrosidad del sexo oral y de la pasividad versus la actividad en el sexo anal. En teoría, la gran mayoría dice usar el condón siempre. Esta conciencia de la enfermedad es compartida por los clientes que han cambiado “sus gustos”, como dice Noé. El cambio de gustos significa que el sexo anal activo no está en gran demanda y que la mayoría de los clientes solo quiere “que se la soben”, según Arnoldo.

 

Uno de los impactos del sida ha sido, pues, la homogenización en la práctica sexual entre el “cachero” y el cliente. No es posible ahora decir con tanta seguridad quién es activo o pasivo cuando se trata de una masturbación mutua. “Antes el “cachero”, nos dice Noé, era quien penetraba a un playo pero ahora... no sé... no te podría decir que es el que se la soba a un playo porque no es lo mismo...” Al asemejarse la práctica, los “cacheros” sienten que su papel de activos se evapora: “Es que a mí me gusta penetrar pero casi no lo hago aquí porque me da miedo contagiar a mi mujer”, opina Marco. “La verdad es que ya uno no sabe quién es activo o pasivo”, concluye él.

 

Aunque la demanda en el prostíbulo por el sexo anal pasivo haya disminuido, muchos clientes han incrementado el activo (por la creencia que es más seguro), o tratan de sacarlos del prostíbulo “para que uno esté solo con ellos”, nos dice Vernol. Esto significa que los clientes están dispuestos a incrementar sus ofertas de dinero y sustento con tal de “tener la seguridad de que uno es fiel”, comenta él. Estos les piden el examen del sida o que se muden a vivir con ellos con tal de “estar seguros”, dice Tomás. Las oportunidades de lograr que un hombre mayor les pague los estudios, los mantenga, les ofrezca casa y amistad han aumentado. José nos cuenta de su amigo Esteban quien conoció a un americano “que se lo llevó a Miami y ahore él viene forrado en dinero y viviendo de lo mejor”. Otro es el caso de Augusto que es mantenido por un “homosexual” que lo tiene viviendo “como un rey” con tal que solo tenga sexo con él. “A mi pareja no le importa que yo me acueste con mi novia, solo con hombres me lo prohíbe”.

 

La nueva demanda por las relaciones más permanentes tiene un impacto enorme en la vida de los “cacheros”. Algunos tratan de engañar a los demás diciendo, como Alberto, que “vivo con mi tío”. Otros mantienen sus relaciones con las mujeres para disimular que tienen amantes varones. Sin embargo, las relaciones con hombres los saca de su comunidad, los expone a ser vistos por los demás, los envuelve más en la vida de la comunidad gay y los convierte en “homosexuales”, el  temido estigma para el “cacherismo”. 

 

El AMOR ROMÁNTICO

 

 

La línea divisoria más grande entre la homosexualidad y el “cacherismo” es el amor romántico. Los “cacheros” no aman a sus clientes, ni pueden establecer relaciones pasionales con ellos. Sus relaciones deben ser vistas por clientes y amigos como un negocio en que uno vende y el otro compra. Sin embargo, existe evidencia de que el discurso romántico de los sectores populares es más flexible hacia el amor entre hombres.

 

Para entender el impacto del amor romántico en el “cacherismo” es necesario analizar cómo se manifiesta en los sectores populares del país. En Occidente al amor romántico se le mira como una droga y  su forma de expresión varía en distintas culturas.[35]

 

En los sectores populares y marginales costarricenses el  amor se expresa por las cosas que se está dispuesto hacer por la otra persona. La idea que dos personas enamoradas son aquellas que tienen “profundidad psicológica” o “una comunicación profunda” pertenece más a los sectores de clase media que a los bajos. El que el hombre y la mujer son dos seres con psicologías complementarias es también más predominante en los sectores medios. Para la gente pobre, el hombre y la mujer hacen cosas distintas en el hogar y en el trabajo pero no tienen mundos psicológicos diferentes. A los dos les toca ver cómo sobrevivir en un mundo de escasez por lo que sus cuerpos, no sus mentes, puedan hacer. Su forma de expresar el amor es por los cuidados que ambos ejerzan el uno por el otro.[36]

 

El que el amor sea visto como una droga hace que disculpe todo obstáculo, inclusive el género. Jorge considera que el amor es “lo más maravilloso que hay sobre la Tierra” y una “locura en que uno pierde el control y no le importa con quién se metió”. Cuando se le indaga sobre cómo se da cuenta que ama a otra persona, su respuesta es que siente “pasión”, “obsesión” y que “no puedo dejar de pensar en ella y hacer cosas por ella”. Alberto concuerda en que al amor borra toda “soledad” y “perdona” toda falla. Arnoldo cree que cuando uno está enamorado hace “cosas que no haría de otro modo”. Tomás lo comparte y piensa que hasta el género es indiferente ante el amor: “Sí, uno puede enamorarse de un hombre como de una mujer”. Mono cree que el amor “vence cualquier obstáculo” y que disculpa “toda falta”. Cuando uno ama, nos dice, “uno perdona lo que sea y hasta de un pagador se puede uno enamorar”.

 

Cuando se les indaga acerca de cómo expresan ellos su amor, la respuesta es contundente: por las cosas que hacen por la persona. Arnoldo le compra chocolates a su novia. Noé acaricia a su esposa. José limpia la casa para demostrarle que quiere a su amante. Augusto va al supermercado “de vez en cuando”. Pedro le trae una taza de café a su esposa. Vernol lo hace por medio del sexo: “le demuestro que la quiero con un buen polvo”.

 

Pedro resume la visión de ellos del amor y la manera en que lo demuestran:

 

Entrevistador 1:          ¿Me darías una una definición de lo que es el amor?

Pedro:                         El amor es todo y pienso que sin amor nadie puede vivir en este mundo. Sexo, amor y pasión son muy diferentes.

Entrevistador 1:          Hablame de eso, ¿sexo, amor y pasión?

Pedro:                         El amor es algo que nace del espíritu de uno cuando uno ama con fuerza o sea, no importa sea mujer bonita o fea. El sexo es placer y la pasión puede ser también placer.

Entrevistador 1:          ¿Vos pensás que el amor hay que trabajarlo?

Pedro:                         Sí, pienso que es como una mata que hay que regarla todos los días con detalles. Pues el amor hay que demostrarlo, no solo decir ‘te amo’.

Entrevistador 1:          ¿Y cómo lo demostrás?

Pedro:                         Con cariño, caricias, detalles…

Entrevistador 1:          ¿A vos te daría igual enamorarte de un hombre como de una mujer?

Pedro:                         Mientras esté enamorado, sí.

Cuando la pasión se termina, se inicia entonces una relación que aunque sin la intensidad del principio, continúa con el cuidado mutuo, la compañía y un proyecto de vida[37].  En el caso de los “cacheros”, acostumbrados a mirar el amor por medio de los cuidados que se tienen dos personas, y menos por la comunicación de intimidades o la revelación de traumas, estilo Hollywood, no les es difícil entonces enamorarse de un hombre por el que no sienten pasión.

 

Tomás lo reconoce cuando nos dice que el pagador que lo mantiene le trata “tan bien y con tanto cariño” que él está “encantado” con esta relación. Lo mismo le pasa a Rodrigo que se sintió que se “moría” cuando el cliente que lo cuidaba lo abandonó por otro. Noé ha vivido siete años con otro pagador y cuando se le pregunta si lo quería su respuesta fue un “sí”. Jeffrey confiesa que sí podría enamorarse de un hombre “que estuviera dispuesto a tenerme con buena ropa y otro tipo de cosas”.

 

Debido a que los “cacheros” pertenecen a una clase social en que el amor no se caracteriza por la revelación de intimidades o la  complementarización psicológica, están más vulnerables a enamorarse de un pagador que los ayude a sobrevivir y llevar “la carga de esta vida”, como dice Marco, independientemente de si es hombre o mujer. En el momento en que aparece un pagador que puede trascender el estigma de la prostitución y establecer una relación con uno de estos ellos, el “cacherismo” recibe su peor amenaza y la línea que divide el sexo como negocio y la homosexualidad, se desvanece totalmente.

 

EMPATÍA

 

 

Uno de los actores de mayor importancia en la cultura de este burdel es su dueño, un hombre gay afeminado de unos 50 años y que ha estado en la cárcel por proxenetismo.

 

Lila vive de la prostitución. Por cada relación sexual que se realice en el local él cobra desde 1.000 a 2.000 colones por habitación. Su negocio por años ha consistido en reclutar a muchachos de la calle, de los pooles, parques públicos, sanitarios, parques de diversión y otros. Otros son traídos por sus amigos o por otros clientes que necesitan un lugar para tener una relación.

 

La forma de reclutarlos no se basa en otro factor que la belleza física de los muchachos. En otras palabras, Lila no busca ninguna otra señal que delate que el muchacho tenga interés en la prostitución. A algunos los invita a su burdel y los “prueba”, como él dice, para ver cómo están físicamente. Los clientes prefieren a los muchachos con pene grande pero no es éste el único criterio de aceptación. Algunos son extremadamente hermosos y con ésto es suficiente. El dueño, obviamente, los busca en sectores pobres, pero no marginales, de la capital. En razón de que busca muchachos hermosos, a la mayoría los busca en zonas de poblaciones  con características más españolas y menos mestizas. Jóvenes de zonas muy marginales, con poblaciones de migrantes centroamericanos, no son apetecidos por sus clientes.

 

Lila los recluta desde los 10 hasta los 20 años de edad. Tomás, por ejemplo, fue llevado por un amigo cuando tenía apenas 10 años. El dueño de la casa le enseñó el sexo oral y así lo mantuvo hasta los 14 años cuando ya él empezó a penetrar y a hacer otras cosas. Otro caso es el de Mono quien llegó a los 14 años y se quedó casi 7 años en el prostíbulo. Otros ingresan jóvenes pero viven con sus padres y otros familiares. Existen casos de madres, como la de Rodrigo, quienes los llevan para que se prostituyan en el burdel y de hermanos que reclutan entre sí.

 

Los muchachos entran sin saber qué es lo que en realidad va a suceder. La primera experiencia sexual con un hombre los impresiona y asusta, pero ninguno señaló que hubiese sido un trauma para ellos. Una razón de la facilidad con que aceptan la práctica homosexual es su iniciación heterosexual.

 

Resulta que cuando les preguntamos a ellos que nos hablaran de su primera experiencia sexual, nos relataron que fue con mujeres mucho mayores que ellos. Mono, por ejemplo, fue seducido por una prima que tenía 20 años más que él. En una visita a la provincia de Limón, él se quedó solo con ella en la casa. La muchacha se fue a tomar un baño y lo llamó para que le untara el jabón. El muchacho de 10 años de edad no sabía lo que ella se proponía. Se asustó cuando la vio salir desnuda del baño y lo empezó a tocar. “Yo ni sabía qué era tener sexo y lo único que sabía hacer era sobármela. Pues ella empezó a tocármela y a pedirme que le enjabonara los pechos. Yo me templé todo y como no sabía por dónde meterla, ella misma la agarró y se la empujó hacia adentro”. El mismo caso fue el de Noé, poseído por una mujer amiga de su madre. El apenas tenía 13 años. La mujer lo invitó a tomar café y cuando había pasado un rato “ella se quitó el vestido y me pidió que le lamiera el  chunche”. Hugo se inició con una muchacha de 15 años. Sin embargo, él apenas tenía 11. Ella fue quien lo invitó a la casa y “se desnudó”. Para él, la experiencia fue toda una sorpresa ya que “yo no sabía lo que era un mico (órgano genital fememenino)”. Sin embargo, tuvieron relaciones y continuaron haciéndolo por varios años. Carlos se inció con una prostituta mucho mayor que él. Sus amigos lo llevaron prácticamente a la fuerza cuando tenía 12 años. La prostituta “estaba con las piernas abiertas y yo nunca había visto ese chunche... ella me dijo que se la metiera por ahí... yo esa vez no pude hacer nada pero después volví solo y se la pude meter”.

 

Si comparamos estas experiencias sexuales con las que propicia Lila no veríamos gran diferencia más que en el género de los iniciadores. Estos muchachos , con criterios “modernos”, fueron abusados sexualmente tanto por hombres como por mujeres. Se les inició a edades muy tempranas y por medio de trucos y engaños. Sin embargo, no se infiere en las entrevistas una hostilidad hacia los hombres o las mujeres que los abusaron. Se reconoce el temor que sintieron y hasta el susto por mirar órganos sexuales que no habían visto. No obstante, no existe conciencia de abuso. La violencia es tan endémica en sus vidas que les cuesta mirar una relación sin ella. Cuando se relata la historia, se hace con picardía y recordando uno de los mejores momentos de sus vidas.

 

De ahí que ninguno de ellos tenga resentimiento hacia él por haberlos iniciado en la prostitución. Contrario a nuestras expectativas, no hay sentimientos de hostilidad hacia él. Más bien existe gratitud porque este hombre les protege cuando tienen problemas, les presta dinero y les deja quedarse en su casa cuando los echan de sus hogares. “Para mí Lila es como una madre”, confiesa Mono. “Yo no tenía dónde vivir y él me dio un hogar por siete años”. Lo mismo siente Hugo: “Yo nunca conocí a mi padre y a mi madre ya que me criaron mis abuelos. Lila ha sido padre y madre para mí”. Otros que nunca han vivido con él también le tienen cariño: “Esa loca es la única persona a quien puedo recurrir en los momentos de necesidad”. Los muchachos reconocen que al dueño no le gusta que consuman drogas y él no las provee, aunque las tolera porque “nada puede hacer para evitarlo”.

 

Lila no está tan seguro del cariño de los muchachos. Cuando se le pregunta que si cree que a él lo aprecian responde que “es muy difícil porque esta juventud está cada vez peor y ya no existe romanticismo, ni respeto, ni consideración”. Sin embargo, él reconoce que hace mucho por ellos:

 

Bueno, mucha gente no me quiere porque no me van a perdonar que a mí me guste el dinero o que tenga ambición, a mí me gustan las cosas buenas, pero si hubiese sido rico sería humanista, yo no puedo soportar que un hombre me diga que no ha comido en todo el día o que no ha dormido en días. Me recuerdo de las veces que yo andaba en la calle muerto de hambre por tres días y juntando un bollo de pan sucio en Barrio Amón y tener que comérmelo. A muchos de estos muchachos los tiran simplemente a la calle y yo no les puedo negar la casa.

 

Lila es visto como un padre por muchos de ellos. Hugo, por ejemplo, así lo explica:

 

Yo lo veo como un padre porque desde el primer momento que llegué aquí me trató bien, me dio amor, tal vez el amor que no me dio mi padre, el sí me lo ha dado, ese espacio que a mí me faltaba. Yo cuando tengo problemas sé dónde recurrir, cuando mis padres no me dan una solución y tal vez la solución tiene que ver con el ambiente, yo le puedo hablar a Lila y él sí me dice…Varias veces tuve problemas con una muchacha y le pregunté a él qué hacer porque en realidad no sabía y él me dice haga ésto o lo otro… El es una especie de guía, esa es la palabra que le cabe, al ser yo –como dice la gente- un puto, él me dice que cuando esté con un cliente haga ésto o lo otro, sea sensual en la cama y otras cosas.

 

Cerebrón, por su parte, no lo quiere como Hugo pero sí le siente aprecio:

 

Digamos que querer no, pero aprecio sí. Yo le tengo aprecio a Lila porque es una buena persona y otros maes lo aprecian también… Él  me aconseja de que tenga cuidado con el sida, que no sea tonto… que use preservativo y que no me deje intimidar por los hombres…Él le gusta chinear a los muchachos aunque a mí no me gusta que me toque porque huele feo y no se baña. Sin embargo, en los momentos más críticos él me ha dado dónde dormir y no abusa tocándome. A veces, he dormido en la misma cama con él y no me hace nada.

 

Debido a que el dueño de la casa es como un padre- madre para quienes  no tienen gran apoyo en sus hogares y vienen de casas pobres y sin padres responsables, ellos miran la homosexualidad de manera favorable. Contrario al estudio en Inglaterra en donde los prostitutos entrevistados revelaron hostilidad y asco hacia sus clientes, los jóvenes no discriminan o resienten a los homosexuales[38]. Algunos de ellos, como Noé, los mira como seres envidiables, trabajadores y creativos. A Mono no le gustan las locas, pero a los gays masculinos les tiene cariño y los considera “como mis amigos”. Rodrigo dice que él ya no aguanta que la gente se burle de los playos: “Yo les digo que no hay que hablar de nadie mal porque uno no sabe qué le puede pasar como castigo”.

 

El ambiente de cordialidad del burdel hace que homosexuales y “cacheros” tengan relaciones personales que empiezan a borrar las diferencias entre ambos. A diferencia de los saunas en donde los prostitutos apenas conversan con los clientes, la casa de Lila es un lugar familiar en que se cuentan chistes y en donde ambas minorías comparten sus problemas comunes. “Yo me he impresionado de oír lo que tienen que sufrir los playos por ser afeminados cuando niños. Nunca me había imaginado que fuera tanta presión”, confiesa Mono. El salón del burdel, contrario a los cuartos en donde se sostienen relaciones sexuales, es un espacio de cambio en la cultura del “cacherismo”.

 

Los “cacheros” odian la homosexualidad  y  “quieren” a los homosexuales.  Esta posición pareciera contradictoria pero no lo es. Irónicamente, ésta es la actitud que promueve la Iglesia Católica. 

 

V. SODOMA Y GOMORRA REVISADAS

 

 

Algo que llama la atención cuando se entra en el burdel es su suciedad. El dueño se ha dedicado a la crianza de perros y como no tiene jardín, éstos defecan en toda la casa y en todas las habitaciones. La crianza de estos animales empezó desde hace seis años y ahora tiene cinco. Según Lila, los perros le dan ciertos poderes: “Son perros muy grandes, es un tipo de perro muy inteligente, estos perros son místicos y todo es muy extraño. Existe una persona muerta, asesinada en 1971, quien tuvo visiones y me dijo que veía seis perros en esta casa y me advirtió sobre peligros y cosas que me podían ocurrir aquí”.

 

A pesar de la magia canina, el  mal olor y las heces llaman la atención de cualquiera. Lila admite que la casa no tiene ventanas y que no hay por dónde salga el olor. Muchas veces se ingresa en la casa y lo primero que se mira es el excremento en el piso. Los perros se la pasan encerrados en una habitación contigua al cuarto de masajes.

 

Los trabajadores de la casa están conscientes de que el lugar es poco atractivo y que por ello pierden clientes. No obstante, ellos pasan encima de las heces como si no existieran.  Se podría aducir que ellos son sucios pero no lo son. Al contrario, son muchachos bien vestidos y atractivos. Su indiferencia ante las heces que rodean el lugar es un síntoma de algo más que el descuido: la total compartimentalización en sus cabezas.

 

Cuando se leen las entrevistas y se compara lo que los entrevistados dicen con lo que hacen, es fácil concluir que están mintiendo. Existe evidencia de que la práctica es muy distinta del discurso del “cacherismo”. Se hace evidente que el condón no se utiliza  mucho en el burdel. No se miran muestras de condones usados  en los cuartos, ni en los basureros. Algunos entrevistados afirman que ellos sí los usan pero que los demás no. Otros admiten que no les gusta usarlos y que tampoco a los clientes.

 

Otra contradicción tiene que ver con las prácticas sexuales. Hemos analizado que en la realidad, los muchachos practican tanto la penetración activa como la pasiva. Muy pocos reconocen que la disfrutan, pero los más conscientes aducen que son pocos los que “no se dejan poseer”. De ahí que la afirmación que los “cacheros” son “activos” no es cierta. La necesidad de dinero, droga o el mismo enamoramiento los lleva a todo tipo de prácticas y riesgo de contagio.

 

Los trabajadores del sexo tienen un serio problema de adicción al crack. No es veraz, como dicen algunos,  que ellos tengan control de la droga y que no lleguen a robar o estafar por ella. Cuando se compara la información de Lila con la que ellos dan, se nota que muchos ya han tenido problemas con la ley y han estado en la cárcel.

 

Estas y muchas otras narrativas podrían considerarse mentiras. José nos dice que él solo se ha acostado con tres hombres en toda su vida. El dueño de la casa afirma que ésto es solo lo que hace en un día. Mono nos dice un día que tiene 23 años de edad y en otro, 25 o 27 años . Noé dice que nunca lo han penetrado pero otros clientes dicen que “está más abierto que el cráter del Irazú”. Hugo dice que jamás se ha metido con un compañero de trabajo, mientras que Ernesto nos cuenta que los clientes les piden obras de teatro en que éste tiene que hacerle el sexo oral.

 

 

Pero en vez de analizar estas narraciones como “mentiras”, sería mejor hacerlo como “compartamentalizaciones”, o sea gavetas mentales distintas que se crean cuando no existe la posibilidad de resolver contradicciones de discursos y presiones distintas. Ellos han aprendido un discurso que les debería proteger, en teoría, de ser estigmatizados como homosexuales.  Las reglas del juego de este discurso son conocidas y apoyadas por ellos. Sin embargo, las presiones sociales imposibilitan el respeto a estas normas.  La línea que divide el comercio sexual de la homosexualidad es muy débil. De ahí que para poder seguir percibiéndose como ““cacheros””, ellos deben separar las contradicciones y las excepciones a las reglas. La manera de hacerlo es simplemente viviendo con ellas en “gavetas” mentales que no se unen entre sí.

 

Los muchachos saben muy bien que cuando pasan la puerta del burdel “nos transformamos en otra cosa”, dice Arnoldo. Esto significa que tienen que ser algo muy distinto en la calle de lo que son en el burdel. Ahi son hombres que tienen sexo con hombres; en la calle, amantes, novios y padres de familias. Jorge siente que “tengo varias personalidades, que hay un montón de Jorges por ahí”.  Miguel no entiende por qué “soy una cosa en mi casa y otra en la calle”. Carlos sabe que “nadie me conoce verdaderamente como soy, ni siquiera mi esposa”.

 

Los distintos segmentos se reflejan en los cambios en el lenguaje. Los entrevistados hablan distinto en el burdel que afuera. Rodrigo dice que se habla “más femenino” adentro. Esto significa que se pueden contar cosas emocionales, cosa que no se podría hacer en el pool de los heterosexuales. A ellos les gusta imitar a Lila y “quebrarse” como las locas. Uno de los chistes es hacer el papel de hombre muy afeminado y hablar como “loca”. En la calle, nos dice Vernol, “uno camina más macho, habla más rudo, no le acepta nada a nadie”.

 

Cuando ellos se enamoran, se deleitan del sexo con hombres, se drogan o practican orgías, sus conductas se separan de su discurso sexual de “cacheros”. El placer domina, la pasión promueve conductas “irracionales” como la pasión, el enamoramiento y el abandono del uso del condón. Surgen así facetas distintas de la personalidad que a veces se contradicen unas con otras.

 


¿POR QUE EL DISCURSO DEL “CACHERISMO” PRODUCE ESTA COMPARTIMENTALIZACION?

 

 

No debe haber una sola respuesta a este complicado tema. No sabemos siquiera cuáles ni cuándo fueron los orígenes del “cacherismo”. Sabemos que se condena desde los tiempos bíblicos y que se le asocia con el pecado.  Una de las razones del por qué ellos sienten que no pueden integrar a sus vidas este trabajo es la larga historia de hostilidad cristiana. La condena es tan severa que no es posible para ellos contrarrestarla. Sin embargo, introducimos una alegoría con el fin de estudiar la posibilidad de que ellos puedan cuestionar la Biblia y mirar de otra manera su profesión.

 

El “CACHERISMO”, LA CONDENA Y LA CULPA

 

En los tiempos bíblicos, no se conocía la homosexualidad como la entendemos hoy día. Más bien, lo que se asociaba con las prácticas homosexuales era el “cacherismo”: relaciones entre hombres que no dejaban de ser “hombres” por tener sexo con varones.  El “cacherismo” era tolerado y no era perseguido por sí mismo. Uno podía ser un hombre libre y respetable mientras fuese “activo” con los hombres y las mujeres.   En esta  época, se creía que uno podía ser solo activo o pasivo en la relación sexual. Los “pasivos” se miraban con desprecio pero no constituían una clase aparte: eran ante todo,  esclavos, jóvenes de corta edad, hombres castrados, prisioneros de guerra, extranjeros y prostitutos comunes.

La diferencia entre quién era activo y  quién era pasivo se determinaba por la clase y no por la orientación sexual. Los hombres libres con dinero podían, así, usar a otros hombres y a mujeres, sin que se les discriminara por ello. Los  pasivos debían consentir no porque eran homosexuales, sino porque ésto era parte de su sumisión social. Una excepción la constituían los prostitutos cúlticos, quienes eran tratados con respeto.

La hostilidad hacia la prostitución y ciertas prácticas sexuales se daría con el  judeo cristianismo. En la religión judeocristiana no se condenarían todas las prácticas cacheras, ni siquiera la prostitución masculina per se. El Viejo y Nuevo Testamento se preocuparon por la práctica homosexual y la prostitución en cuatro situaciones específicas:

1.      Cuando se viola el derecho de asilo

2.      Cuando se le asocia con prácticas extranjeras

3.      Cuando se le incluye como práctica no reproductora

4.      Cuando se le asocia con los cultos paganos

Veamos algunos ejemplos:

ANTIGUO TESTAMENTO[39]

1.1.  Génesis 19: 1 al 14

        “Destrucción de Sodoma y Gomorra”@

19.  Los dos ángeles llegaron a Sodoma por la tarde. Lot estaba sentado a la puerta de Sodoma. Al verlos, Lot se levantó a su encuentro y postrado su rostro en tierra, dijo: Ea, señores, por favor, desviaos hacia la casa de este servidor vuestro. Hacéis noche, os laváis los pies, y de madrugada seguiréis vuestro camino. Ellos dijeron: No; haremos noche en la plaza. Pero tanto porfió con ellos, que al fin se hospedaron cociendo unos panes cenceños y comieron.

No bien se habían acostado, cuando los hombres de la ciudad, los sodomitas, rodearon la casa desde el mozo hasta el viejo, todo el pueblo sin excepción. Llamaron a voces a Lot y le dijeron. )Dónde están los hombres que han venido donde ti esta noche? Sácalos,  para que abusemos de ellos.

Lot salió donde ellos a la entrada, cerró la puerta detrás de sí, y dijo: Por favor, hermanos, no hagáis tal maldad. Mirad aquí tengo dos hijas que aún no han conocido varón. Os las sacaré y haced con ellas como bien os parezca; pero a estos hombres no les hagáis nada, que para eso han venido al amparo de techo. Mas ellos respondieron: Quita allá. Uno que ha venido a avencindarse, ¿va a meterse a juez? Ahora te trataremos a tí peor que a ellos. Y forcejearon con él, con Lot, de tal modo que estaban a punto de romper la puerta. Pero los hombres alargaron las manos, tiraron de Lot hacia sí, adentro de la casa, cerraron la puerta, y a los hombres que estaban a la entrada de la casa les dejaron deslumbrados desde el chico hasta el grande, y mal se vieron para encontrar la entrada. Los hombres dijeron a Lot: ¿A quién más tienes aquí? Saca de este lugar a tus hijos e hijas y a quienquiera que tengan en la ciudad, porque vamos a destruir este lugar, que es grande el clamor de ellos en la presencia de Yahveh, y Yahveh nos ha enviado a destruirlos. Salió Lot y habló con sus yernos, los prometidos de sus hijas: Levantados, dijo, salid de este lugar, porque Yahveh va a destruir la ciudad.

En esta historia los habitantes de Sodoma no son homosexuales modernos sino hombres comunes y corrientes: “desde el mozo hasta el viejo”, nos dice el narrador, participaron en el deseo de “conocer” a los enviados de Dios. Aunque existe un debate acerca del verdadero significado de “conocer” en hebreo, que implica tanto ser introducido a alguien como tener relaciones sexuales, muchos concuerdan en que en este caso significa violarlos. Los hombres de Sodoma quieren violar a los ángeles, no porque les gustan, sino porque  quieren dominarlos y humillarlos. Ésto enojaría tanto a Yahveh que destruyó estas ciudades. Más aún, esta narración es la que dio el origen al término sodomita equiparándolo a homosexual. En ningún momento se condena la homosexualidad per se o la prostitución. La afrenta más seria fue irrespetar el derecho de hospitalidad de los ángeles.

1.2.   Levíticos 20:13:

Si alguien se acuesta con varón, como se hace con mujer, ambos han cometido

abominación: morirán sin remedio; su sangre caerá sobre ellos.

1.3.   Levíticos 18:22:

No te acostarás con varón como con mujer; es abominación.

1.4.   Deuteronomio 23:18:

No habrá hieródula entre los Israelitas, ni hieródulo entre los Israelitas.

Comentario de 1.2 y 1.3

Por otra parte, los dos pasajes del Levítico (18:22 y 20:13) que condenan el sexo entre hombres están localizados en un Código de Santidad. La intención de estos códigos era proteger la identidad del pueblo hebreo ante las costumbres contaminantes de los pueblos vecinos. No es difícil sospechar que en tales textos exista una intencionalidad de condenar lo exógeno a esta cultura:

En toda la región cananea, prevalecieron numerosas prácticas envilecedoras, entre las que se incluían la prostitución sagrada, la homosexualidad y diversos ritos orgiásticos. Fue la clase de religión con la que Israel, aún tomando mucho de la cultura de Canaán, nunca pudo pactar en buena conciencia.[40]

En otras palabras, se trata más de un pecado en contra de la identidad hebrea que un acto punible. El mismo versículo 24 que se encuentra de seguido: dice “No os hagáis impuros con ninguna de estas acciones, pues con ellas se han hecho impuras las naciones que yo voy a arrojar ante vosotros”. En el texto de Levíticos 20:13, de nuevo se halla la misma prohibición y también de nuevo diez versos más adelante aparece la causa por la cual esto es considerado una falta. El verso 23 dice: “No caminéis, según las costumbres de las naciones que yo voy a expulsar ante vosotros”.

Comentario 1.4

En el texto de Deuteronomio 23:18, traducción de la Biblia de Jerusalén, se dice: “No habrá HIERODULA o HIERODULO entre los Israelitas”. Tenemos que el griego “hieros”, que significa sagrado y “dulos” que significa esclavo, podría traducirse como: esclavo al servicio del templo. Nuevamente, tenemos una condena a la prostitución por su asociación con prácticas paganas. En el Mundo Antiguo, era común tener a personas dedicadas al templo y a los cultos quienes, durante ciertos períodos del año, tenían relaciones sexuales con los nobles de la comunidad para invocar fertilidad y buenas cosechas. Los hombres y mujeres que realizaban estos cultos eran venerados y respetados por servir de vínculos entre los dioses y el pueblo y no eran despreciados como los prostitutos modernos.

Nuevo Testamento

En esta parte de la Biblia encontramos únicamente dos textos que hablan específicamente acerca del tema que nos ocupa y que lo condena tanto por su carácter no reproductor como por su asociación con prácticas paganas.

2.1.      Romanos 1: 26-27:

Por eso los entregó Dios a pasiones infames; pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres abandonando el uso natural de la mujer, se abrazaron en deseos los unos por los otros,  cometiendo  la  infamia  de hombre con hombre, recibiendo  en sí mismos el pago merecido por su extravío.

2.2.      Corintios 6:9:

¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os engañéis. Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces, heredarán el Reino de Dios.

Para entenderlos mejor es pertinente indagar acerca de su autor. Ambos están escritos por Pablo de Tarso. El primero se encuentra el inicio de la carta que éste escribe a la Iglesia de Roma, la Iglesia de la Metrópoli. El otro pasaje está ubicado en la carta de Pablo a otra de las iglesias, la del famoso puerto de Corinto. Como característica de ambas cartas podemos referir que: a) Las dos ciudades (Roma y Corinto) eran en ese momento sumamente cosmopolitas; poseían un sincretismo cultural enorme, lo que sin duda Pablo, llamado comúnmente “el estratega del Cristianismo”, interpretó como sumamente riesgoso para mantener la identidad judeo-cristiana. b) Algunos teólogos aseguran que Pablo, además, confiesa tener problemas sexuales. Al final de la correspondencia de Pablo a los Corintios, admite haber tenido “una espina de carne”, algo enviado por Satán, según él, para acosarlo. Tres veces le imploró al Señor acerca de este asunto pero él le contestó:

Bástate  mi gracia, porque el poder mío brillaba y consigue su fin por medio de la flaqueza. Así que con gusto me gloriaré de mis flaquezas, para que haga morada en mí el poder de Cristo. (11 Corintios 12: 7-9).

¿Qué era esa espina o aguijón de la carne? Pablo no insinúa nada. Se podría sugerir la epilepsia, la artritis, la ceguera, o algún problema de homosexualidad. Esta última condición, o predisposición, podría haber sido un problema inconsciente de Pablo. Esto no quiere decir que se entregara a practicar estos deseos inconscientes pero que sí los tuvo y que  pudieron haber influido en su deseo de perseguirlos en los demás.[41]

Lo que sí sabemos es que Pablo exigió demandas muy fuertes de los otros; deseaba que  evitaran el sexo. En su respuesta a la carta de una congregación, Pablo aconsejó que “Es bueno para un hombre no tocar a una mujer”. También opinó que le alegraba cuando la gente era como él mismo, ya fuesen solteros o viudos y que así se quedaran. (I Corintios 7: 1-8). El matrimonio era para Pablo un mal menor para los que no podían controlar su deseo sexual:

Mas si no tienen don de continencia, cásense. Pues más vale casarse que estarse quemando. (Corintios 7:9)

El mismo Pablo admite que sus reglas son enteramente propias (I Corintios 7:25). Él va más allá de cualquier cosa que Jesús dijera sobre el sexo, lo cual, incidentalmente, fue muy poco. Pero, en este caso, Pablo reflejó la cultura de su época.

Dos factores intervienen en que el Cristianismo de los primeros doscientos años mantuviera posiciones muy adversas al sexo: la concepción de que la Parusía, o sea la segunda venida de Cristo, se realizaría en poco tiempo y, por lo tanto, no deberían existir manifestaciones distrayentes como el sexo. La otra fue la influencia que ejercitó el Gnosticismo que, con sus ideas ascéticas, comenzó a ganar terreno y adeptos, lo que obligó a los cristianos primitivos a asumir una posición contestataria.

Era tal el desprecio que se llegó a sentir por el sexo, que uno de los padres de la Iglesia, Origenes, se castró para evitarlo. Es importante destacar que si a estas actitudes se llegó en los primeros años con respecto al sexo procreador, más repudio pudo llegar a sentirse contra el sexo entre personas de igual género o no procreador.

Es indispensable iniciar este acercamiento a los textos mencionados recordando que Jesús no hizo referencia alguna a este asunto, pues no se conoce ningún texto donde se diga que él abordó este tema, ni en el Nuevo Testamento ni en los evangelios apócrifos que circulan desde hace tantos siglos.

En Romanos 26 y 27 leemos:

Por eso los entregó Dios a pasiones infames, pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales, por otras contra la naturaleza igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrazaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago por su extravío. (Biblia de Jerusalén).

Se ve claramente en este texto que lo censurado son las inversiones sexuales en ciudades donde los cultos paganos aún imperaban.  Algunos teólogos han reaccionado frecuentemente con repugnancia contra la homosexualidad  con base en las palabras de Pablo que condenan a aquellos que han actuado “contra lo natural” (Romanos 1:26). Sin embargo, unos pocos versículos después, el mismo Pablo se refiere a Dios “injertando un olivo silvestre” (i. e. los gentiles) en un árbol cultivado (e. i. los judíos) contra lo natural (Romanos 11:26). Debido a que Pablo utiliza la misma palabra griega en ambas ocasiones (para phusin, literalmente “contra lo natural”) ésta no podría denotar degeneración moral, ya que el mismo Dios estaría entonces actuando de esta manera.

Pablo, además, cuando utiliza el término “natural” no siempre hace una distinción clara entre “carácter esencial” y “costumbre aceptada”. El escribe, por ejemplo, que es “una vergüenza por naturaleza que un hombre se deje crecer el cabello” (I Corintios 11:14). En esta ocasión Pablo se refiere a aquella conducta que es poco común o inesperada desde el punto de vista de lo acostumbrado.

ALEGORÍA

 

Los entrevistados no conocen exactamente cuáles pasajes de la Biblia son usados en su contra. No entienden tampoco que la homosexualidad y la prostitución en tiempos bíblicos eran algo muy distinto a las actuales. En realidad, como hemos visto, la preocupación religiosa se debía a razones muy específicas, no generalizables al trabajo actual de los “cacheros”. Sin embargo, los muchachos conocen las muchas condenas que esgrimen los sacerdotes y las personas religiosas en su contra y sus amenazas que Dios supuestamente los condenará al infierno. No es posible, de esta manera, tener una autoestima alta, ni buscar apoyo para los problemas que genera la prostitución. No tiene por qué sorprendernos que busquen drogas y otras adicciones para aliviar la culpa y el dolor de sentirse condenados y discriminados.

 

Para analizar cómo podrían ellos visualizar su trabajo de una manera distinta y librarse de las condenas literales de la Biblia, les pedimos que se imaginaran la siguiente inducción:

 

La gente no tiene ya placer en los genitales sino que en el pelo. Para reproducirse, las personas tienen relaciones sexuales corrientes pero el placer, el verdadero placer erótico, se obtiene cuando a uno le lavan el cabello, lo cortan y lo peinan.Tanto gusto da el manejo del pelo que muchas personas  lo disfrutan excesivamente y se han olvidado de comer y de tener relaciones sexuales.  Por esta razón, la Biblia, muy sabiamente, ha prohibido el corte de cabello. Dalila fue condenada por cortarle los mechones a Sansón, quien no pudo tener orgasmos por varios meses. Este pasaje se utiliza para condenar a los peluqueros al infierno ya que Dios desaprueba  sus métodos. “Quien le corte el pelo a otro, es una abominación” dice uno de los pasajes. Otro aún más severo señala:  “No habrá peluqueros ni peluqueras entre el pueblo de Israel, es un insulto al Señor”. En otro pasaje la Biblia nos cuenta la historia de Peluca y Gorra, dos pueblos cananitas en donde la gente se cortaba tanto el pelo que andaban con pelucas y gorras en vez de lucir sus cabelleras. Tanto le molestó ésto a Yahvé que mandó a destruir los dos de un plumazo. En el  Nuevo Testamento, Pablo sería aún más severo. En su carta a los patrocinadores del concurso de Miss Universo les amenazó: “Ninguna de las mujeres que se arreglen el cabello entrarán al Cielo, ni tampoco los peluqueros, los que ponen las trenzas, ni los que hacen champúes, ni humectantes, ni rulos, ni tintes, ni peines, cepillos o postizos”.

 

Nuestro interés fue demostrarles que su trabajo podría ser visto como cualquier otro si no hubiese una historia de condena religiosa y de actitud negativa hacia la sexualidad. Que la gente condene la prostitución y la homosexualidad puede ser tan significativo moralmente como que lo haga con la peluquería. ¿Qué hace que manosear el pelo de la cabeza y un órgano genital sea apreciado de manera tan distinta? ¿Por qué los genitales nos preocupan tanto mientras que otros órganos pueden recibir de otras personas masajes, estímulos, tratamientos, toques, caricias sin que nadie lo condene? ¿Por qué es inmoral hacer que alguien tenga un orgasmo mientras que ir a la guerra, matar y saquear no están condenados por su religión?

 

Los muchachos reaccionan muy emocionalmente ante esta intervención. Muchos de ellos nos criticaron por “blasfemos, irreverentes, ateos, irrespetuosos”. Luis, por ejemplo, se siente tan mal con la religión que “prefiero no pensar en esas cosas y condenarme más”. Gerardo siente que no se puede “jugar” con la Biblia y que él no cuestiona que la homosexualidad esté condenada por  la palabra de Dios: “Él me va a perdonar cuando yo deje este oficio. Pero si yo le falto el respeto, nunca lo hará”. Erick relata que la alegoría lo “puso a pensar y me da temor lo que pensé”. Carlos cree que hacer ésto es “meterse con el diablo”. Esta reacción es natural ya que ellos se sienten tan mal por su oficio que no quieren “ofender a Dios” en otros campos, como relecturas bíblicas. En otras palabras, algunos de ellos se sienten tan mal con lo que hacen que tratan de compensar haciéndose más religiosos de la cuenta.

 

Sin embargo, otros entendieron el mensaje. Mono confiesa que al principio le molestó la alegoría, pero que después “empecé a ver que sí, que ésto podría ser un negocio como cualquier otro, que es una cuestión de moda o de tradición”. Jonás, que es menos religioso, también comprendió el mensaje: “Claro, yo no sé por qué la gente hace tanto alboroto por un sobo y no dice nada cuando los políticos se roban todo un banco como el Anglo”. Ernesto reaccionó así: “La religión y la moral es pura mierda. Uno es pobre y nadie le ayuda para nada. Yo no sé por qué tener vergüenza de darle placer a un cliente si a nadie le debe importar y uno no está robándole nada a nadie. ¿Cuántos políticos se han hecho ricos estafando al pueblo? Lo hacen y todo el mundo les besa el trasero después. Vea usted a Calderón quedándose donde un narco en México y nadie lo condena como a nosotros que lo peor que hacemos es complacer a gente que nadie quiere”. Lila es más elocuente: “Me parece muy bien este ejercicio porque yo siempre he pensado que no hay nada más corrupto que la Iglesia y la que menos debiera abrir la jeta para condenar a nadie que trabaja. ¿Qué le importa a ese montón de travestis de negro que la gente disfrute del sexo? ¿Por qué no venden la mansión en Rohmorser y le dan la plata a los pobres?”.

 

Finalmente, uno de ellos perdió del todo el contenido de la alegoría: “Claro, nos dice Carlos, yo sabía desde el principio que Dios había condenado a las peluqueras que son, de por sí,  todas locas. Seguro que por chismosas y culecas es que las condenan al infierno. Yo por eso voy donde un barbero, jamás a una de esas locas unisex”.

 

En Costa Rica, el “cacherismo” ha sido una cultura con larga tradición en el país. Posiblemente provenga de las cárceles y de las zonas agrícolas con falta de mujeres. Lila tiene más de 50 años y recuerda que tuvo relaciones con “cacheros” cuando niño. El “cacherismo”, por su antigüedad,  probablemente nació en un contexto muy distinto. La Costa Rica anterior a la Segunda Guerra Mundial era aún un país pequeño (menos de medio millón de habitantes), agrícola y pobre. Los hombres debían casarse y tener sus familias. Las mujeres debían llegar vírgenes al matrimonio.  Tomaba tiempo lograr la independencia del hogar para casarse. La espera motivaba la práctica sexual entre hombres. Menos mujeres que ahora estaban dispuestas a sostener relaciones prematrimoniales y los varones debían esperar, acudir a prostitutas o tener relaciones con hombres. De ahí que la institución del “cachero” pudo haber surgido para que  los hombres de construcción masculina pudieran  experimentar sexualmente ante la ausencia de mujeres.  Sin embargo, factores como los que analizamos en este artículo han socavado el discurso y éste, como los “cacheros” que lo predican, vive una crisis de identidad.

PREVENCIÓN DEL SIDA

Los entrevistados tienen un buen conocimiento del sida. Todos conocen las formas principales de transmisión y de prevención. En las primeras entrevistas, todos afirman usar siempre el condón para el sexo con penetración. No obstante, existe también información que no es del todo correcta. Algunos de ellos, como Augusto, creen que no tienen riesgo de infectarse si son activos en la penetración anal.  Luis cree que no tiene ningún riesgo porque no eyacula en los clientes.  Otros confían en que el sexo oral no tiene ningún riesgo de contagio. A pesar de que casi todos practican el sexo oral con cientos de clientes, ninguno mencionó usar el condón para ésto.  Otras ideas falsas son las de Cerebrón quien cree que el peligro de contagio se da cuando se deja penetrar por penes pequeños “que lo rompen a uno todo. Cuando la verga es grande, entra sin romper y no hace sangrar el esfínter”. Pocos de ellos usan lubricante, ni saben de la posibilidad mayor que tiene el condón de romperse cuando no se usa, o se ponen saliva o jaleas de aceite. El mismo Cerebrón admite que los condones suelen romperse. Cuando le preguntamos por qué, nos dice que “es que mi picha es muy grande y gruesa. No es fácil encontrar un condón que la sostenga”. Sin embargo, cuando indagamos si es que usa lubricante a base de agua para facilitar la penetración, su respuesta fue negativa. Mucho menos saben ellos que algunas marcas de condón no son ideales para el sexo anal y que suelen romperse fácilmente. Ellos usan los condones que traen los clientes o los que el dueño les da, sin tener conocimiento de las diferencias de calidad. Los muchachos tienen ideas falsas también de la protección que puede darles limpiarse con jabón los genitales o echarse un poco de alcohol después del acto. Aunque estos cuidados no hacen daño (con la excepción de ponerle Sanipine, un desinfectante, al lubricante para contrarrestar el mal olor), tampoco protegen contra el virus del sida.

Algunos de ellos conocen muchachos que se han infectado y muerto de sida. Sin embargo, los condones no siempre son usados.  Muchos de los entrevistados revelan que ellos los usan pero que otros no lo hacen. Copo, por ejemplo, tiene papiloma y ha buscado ayuda de uno de los clientes que es doctor. Sin embargo, en la entrevista él afirmó “no tener sexo sin condón”.  En casa de Lila, hasta nuestra intervención no habían condones para ellos.  Según el dueño, él no hace nada más que alquilar la habitación y es responsabilidad del cliente traer el preservativo. Desde que le suministramos los condones, los “cacheros” han empezado a solicitárselos.  Para Lila, la amenaza del sida es una distante: “Existen problemas peores que todos tenemos que enfrentar todos los días. Mi gran miedo es que me caiga la policía y terminar en la cárcel otra vez”. Cuando se le preguntó por qué no había provisto de condones anteriormente, nos admitió “que muchos clientes no les gustan y nada puedo hacer. Yo alquilo la habitación nada más”. Miguel también comparte la despreocupación: “Mi problema es comer. Si un cliente me ofrece diez rojos por un polvo y no quiere que yo use el condón, alla él.”. Otros dicen usarlos todo el tiempo o no practicar otra cosa que no sea la masturbación. Sin embargo, sus compañeros los desdicen y nos cuentan que ellos también hacen excepciones.

Los “cacheros” casados o que viven con mujeres suelen tener más cuidado ya que no desean transmitir una enfermedad venérea a sus mujeres, y mucho menos el sida. Debido a que no desean utilizar el preservativo con ellas, el costo de no hacerlo con los clientes es mayor. No obstante, muchos de los que tienen compañeras que saben su oficio no usan todo el tiempo el condón. Mono dice que sin condón no hace nada. Pero otros revelan que él sí se acuesta con hombres casados que no gustan usarlo.

Como no íbamos a realizar esta investigación y quedarnos mudos ante esta situación, le dijimos a Lila, desde el principio, que le suministaríamos condones a los jóvenes. Él estuvo de acuerdo en darle uno a cada uno que se lo solicitara. A partir de ésto, los condones han empezado a circular más en la casa. Existe evidencia de ello en los basureros y en la salida de los muchachos a pedirlos, una vez que el cliente les solicita penetración.  Ernesto confiesa que ahora que se los dan, ha empezado a usarlos frecuentemente. Lo mismo pasa con Mono y Hugo, quienes se los piden directamente a Lila. “Si se la voy a meter a un cliente, le pido a él el condón”, admite Cerebrón.  No obstante este éxito inicial, la realidad es que no todos suelen ser así de asertivos. Mono nos dice que a veces tiene que “parar” a un cliente que exige que no use el condón. “Yo me doy el taco de mandarlo a la mierda, si es necesario. Sin embargo, nos dice Mono, aquí muchos muchachos no saben ni hablar, mucho menos plantársele a un cliente”.

Existen factores que inciden en el uso del condón en la casa.  El consumo de crack y de alcohol es uno de ellos. Los  “cacheros” suelen perder la capacidad de negociar cuando están muy embriagados o fumando crack. Mono confiesa que “ayer no me acuerdo nada de lo que hice. Me fumé tres puros con ese maje y sé que pasé toda la noche con él. Pero si me preguntás qué hice, te juro que no me acuerdo de nada”.  Marco reconoce, por su parte, que cuando estaba “montado en la droga, no despreciaba la plata para nada y no me ponía difícil con nadie”.

Otro factor tiene que ver con la diferencia entre amor romántico y trabajo sexual. Los “cacheros” distinguen entre lo que hacen por amor y lo que hacen por dinero. Por amor “uno confía y se sacrifica por la otra persona”, dice Daniel. Por dinero “uno puede exigir lo que quiera”, afirma Erick.  En otras palabras, los “cacheros” se protegen con los clientes y utilizan el preservativo pero no con sus amantes, hombres o mujeres. “Cuando estoy enamorado como ahora, dice Jonás, le demuestro a mi mujer que la amo y que confío en ella. Jamás vamos a usar el condón.”. Ernesto hace lo mismo con los hombres: “Ese cliente fijo del que te hablé tuvo una relación conmigo de 4 años, yo nunca usé el condón con él. Si él me daba plata para mantenerme, ¿acaso le iba yo a demostrar desconfianza. Según él, yo le era fiel”. El amor, para los entrevistados, se expresa por medio de la confianza, fidelidad y falta de protección.

 

Entrevistador:             ¿Cuando vos estás enamorado, ¿qué pensás del condón?

Marco:                        No pienso nada, no me gusta el condón cuando estoy enamorado.

Entrevistador:             ¿No lo usás ?

Marco:                        No lo uso, me gusta la sensación de tener a la mujer que amo sin un hule que nos separe de su piel.

Entrevistador:             ¿Es una barrera?

Marco:                        Para mí es una barrera cuando uno está enamorado de una mujer. Por placer si lo hago con condón, pero por amor no, me arriesgo a todo.

Entrevistador:             ¿Qué quiere decir arriesgarse a todo?

Marco:                        A todo como el sida, como vos querás.

Entrevistador:             ¿Vos crees que el enamoramiento puede protegerte del sida?

Marco:                        No me puede proteger, pero me siento feliz haciéndolo sin condón.

Entrevistador:             ¿Pasaría lo mismo con un hombre?

Marco:                        Sería igual, sin ninguna diferencia.

Entrevistador:             ¿Te has enamorado de un hombre ?

Marco:                        Nunca me he enamorado de un hombre. La primera vez ha sido una mujer, no sé si más adelante sería de un hombre.  El destino es tan raro que uno no sabe.

Entrevistador:             ¿Pero sería igual?

Marco:                        Sí.

Los entrevistados hacen excepciones con clientes conocidos o fijos. Parte de la intimidad y de la relación es hacerlo sin condón:

Con este cliente yo al principio usaba el condón. Pero después de la cuarta vez, me pidió que me lo volara sin condón. Yo le dije que no quería, que era peligroso. Pero él me dijo que yo le gustaba mucho y que quería seguir viniendo solo conmigo. Empezó a lamerme muy rico y cuando me di cuenta, él mismo la introdujo sin ponerle el condón. Yo le dije que si quería que continuara o que me detuviera después de un ratito. Me dijo que sentía tan rico, tan lleno, que siguiera.

No solo la definición de intimidad afecta el uso del condón, sino el deseo de hijos de los “cacheros”. Como hemos visto, la mayoría son padres de familia y han tenido los hijos desde muy jóvenes. Muchos quieren seguir teniendo más hijos, ya sea porque les gusta o por demostrar su hombría. Gerardo tiene cuatro y aún quiere más: “A mí me gusta ser papá, no uso el condón porque quiero más niños”.

Otro factor tiene que ver con la falta de solidaridad entre ellos. Los “cacheros” conforman una minoría que establece pocos lazos de comunicación entre sí y más bien se miran como competencia. Cerebrón se queja que muchos de ellos cobran “cualquier cochinada”, lo que hace bajar los precios a los demás: “Yo le reclamé a Emilio que cómo es que se fue a dejar penetrar por dos mil colones? ¡No sea tonto!, le dije, ¿no ve que los clientes se nos montan?” Lo mismo sucede con el condón: “Vea, nos dice Hugo, yo trato de usar el condón siempre, ¿pero qué podemos hacer si viene ese carajillo de diecisiete años y por quinientos pesos más no lo usa?”. Mono así lo mira también: “Los muchachos más jóvenes son los más apetecidos, los más inconscientes y los más desesperados por la plata. Ellos son los que hacen de todo sin condón”.

La compartimentalización es otra razón de la falta de uso del condón. Los “cacheros” viven en mundos diferentes con poca conexión entre sí. En Costa Rica, existen dos campañas paralelas de prevención del sida. La oficial, dirigida a la población heterosexual, enfatiza la fidelidad y la monogamia como formas de prevención. La no oficial, desarrollada por el ILPES, pone énfasis en el uso del preservativo y está más dirigida a la comunidad gay. Los “cacheros” no tienen una campaña diseñada para ellos como bisexuales y como trabajadores del sexo. Ninguna de las dos ha intentado regular la pornografía. para integrar en ella el mensaje del sexo seguro. En vista de su ilegalidad en el país, ésta no se ha adaptado a la realidad del sida o si lo ha hecho, no es la que miran los muchachos. Posiblemente muchas de estas películas son de décadas anteriores al sida y no incluyen el uso del condón.

En vez de asimilar el mensaje de usar el condón siempre, con hombres o mujeres, ellos combinan el de las dos campañas. Esto quiere decir que aceptan, en teoría, usar el condón en sus relaciones homosexuales y no usarlo en las heterosexuales. De esta manera, compartamentalizan la prevención de la misma manera en que lo hacen con su vida sexual. Mario, por ejemplo, dice usar el condón con los hombres pero “con mi mujer soy fiel ya que creo que ésta es la mejor manera de protegernos los dos”. Carlos hace lo mismo: “Yo le soy fiel a mi novia. El condón es para los clientes”.

DESTRUCCIÓN DE LA CASA

Lila soñaba por muchos años con la promesa del cliente dominicano que le prestaría dinero para comprar una mejor casa. Las razones por las que él quería ayudarlo, nunca estuvieron claras. Tampoco sabemos los detalles de la relación de estos personajes: “Él me aprecia y quiere hacerme un favor. Aquí ha tenido buen tiempo con los muchachos que yo le he presentado”, nos explica. Un cliente nos dice que éste amigo le tiene “lástima” al dueño. Él cree que merece algo mejor y que de contar con una casa limpia y agradable, la madame saldría de su pobreza. Algunos rumoran que el dominicano fue un muchacho de la calle. “El tipo es un hombre guapo. Debió haber sido un cromo (bello como una postal) cuando joven”, dice otro cliente. En razón de la amistad, el cliente estaba dispuesto a realizar el sueño de Lila: “salirme de este cucarachero y tener un lugar fino”. Él prometía darle el dinero después de un viaje al extranjero. Nuestro personaje ya tenía identificada una casa que estaba a cuatro cuadras de la actual. Le pedían unos diez millones de colones. El dominicano prometía un interés bajo y un tiempo razonable para pagar el principal. Sin embargo, la promesa tardaba en cumplirse. La Preciada ya le había advertido a Lila que soñaba despierto: “Estás loca si pensás que te van a prestar esta plata. Mejor bajáte de esa nube y pensá cómo vas a limpiar la casa”. Él, por su parte, creía que La Preciada le tenía envidia: “Esta loca lo que quiere es verme humillada dentro de este cuchitril. Solo con pensar que tendré una mejor casa de citas y que no dependeré de ella y no podrá insultarme, se le cae la cara de la envidia”. Pero el dinero no se materializaba. Pasaron los meses y Lila decidió, finalmente, encarar la verdad y llamar a Santo Domingo. Esta vez su amigo le dijo las cosas claras: “No tengo cincuenta mil dólares para prestarte. Dejá de llamar a molestar”. Nuestro personajes entró en crisis por varios días. La oportunidad que esperaba le salvaría la vida se derrumbó como un castillo de naipes: “Estoy totalmente deprimido. No sé que haré. No tendré jamás una casa decente”, nos dijo con amargura. Durante varias semanas “Lila lloraba como una loca postrada ante la estatua de Changó”, nos cuenta Mike.

El inicio del fin había comenzado. Lila no tenía los recursos para convertirse en una madame fina. La plata que ganaba alquilando los cuartos se le había ido de la bolsa con la misma rapidez con que los “cacheros” perdían la suya. “Dándole de comer a este montón de chulos se va una fortuna”, dice La Preciada. Él nunca aprendió que tenía que ser madame primero y madre después. “Como madre terminó más pobre que la Madre Teresa, quizás más pobre porque esta última gasta toda la plata en construir conventos para sus hijas”, continúa La Preciada.

¿Había la decisión de clausurar el burdel  sido tomada antes de la traición del dominicano? Desde que iniciamos la investigación, Lila sabía que una vez publicado el libro, su casa estaría en peligro. Por más que ocultáramos la  información acerca de su ubicación y cambiáramos los nombres de los personajes,  algunos la reconocerían.  Cualquier persona resentida podría fácilmente llamar a la policía y dar la dirección. “Con la gente envidiosa que existe, la notoriedad hará que alguien me delate”, nos advirtió él.

En el fondo, él quería terminar con el burdel: “Estoy harto de este negocio, yo quisiera haber hecho algo mejor con mi vida y no tener que vivir más con este terror de que terminaré otra vez en la cárcel. Es mi peor pesadilla”. En el momento en que el venezolano le dijo que no le prestaría el dinero, Lila sabía que su vida de madame llegaba a su fin y también su casa. “Quiero llegar a vieja de manera digna, ser perdonada por mi arrepentimiento, convertida luego en una santa, como Eva Perón. Después de muerta dirán de mí que fui davidosa, que alimenté a los descamisados, que mi Fundación compró ropa para los muchachos, que Lila se fue directo al Cielo y que no necesitó visa para entrar”. Para terminar, nos canta desafinado:

Santa Lila, Santa Lila, no llorés por mí Costa Rica, te sigo amando, no mantengas tu distancia,  aunque digan que para mí las joyas eran mi ambición, la verdad es que fueron solo una tentación, no la razón de mi existencia.

En la medida en que este libro se escribía, Lila empezó a pintar y arreglar la casa. Un día inició el arreglo del cuarto trasero que serviría de oficina para las entrevistas. Luego, optó por ponerle zinc al patio cercano a la cocina. Otro día, decidió pintar la casa. Su meta era cerrarla como centro de prostitución y dedicarse a otra cosa. “No sé, nos dice, pero la preguntadera de ustedes, el sentarme a pensar de mi vida, la conciencia de vivir en peligro, de ir a la cárcel, todo ésto ha tenido que ver en terminar con el burdel”.

Nuestro personaje es un hombre inteligente que, de haber tenido oportunidades, hubiese hecho algo mejor de su vida. Tiene perspicacia, introyección, análisis psicológico y cultura. Sin embargo, su vida no ha sido un lecho de rosas . Su adicción al sexo se ha combinado con la de los jóvenes por la droga y la de sus clientes por el peligro. Él no está menos atrapado que ellos, ni es un simple explotador de los “cacheros” y de sus clientes. Lila es una víctima más de la adicción: “Ni he hecho plata ni he salido de este mierdero. Los muchachos me han sacado tanta plata como yo a ellos”, concluye él. El deseo sexual desmedido, una forma de compensación por las muchas cosas que siempre le faltaron, fue lo que nunca pudo controlar. 

Finalmente, es de reconocer que Lila ha ayudado a realizar un sueño: crear un centro de refugio para muchachos en prostitución. En junio de 1997 se abrió “El Salón”, el primer club para trabajadores del sexo en Costa Rica. Tenemos que reconocer que, sin él, ésto hubiese sido imposible. Ningún otro centro de prostitución hubiese querido cooperar con una campaña de este tipo y permitirnos ingresar y hacer las entrevistas por un período tan largo. Tal vez es que él, aunque no lo admita, quiere más a estos “cacheros” de lo que se imagina y haya deseado, al final de su carrera, dejarles algo bueno. “Seré Santa, la única madame que inició una estrategia para ayudar a los muchachos en la prostitución y a protegerlos de otras víboras como yo. Son pocas las que matan a la gallina de los huevos de oro”.

GLOSARIO

Activo y pasivo:          Se refiere a la penetración anal: la pesona que penetra es activa y la

penetrada, pasiva.

Brete:                          Trabajo.

“Cachero”:                  Hombre heterosexual que tiene relaciones sexuales con otros hombres.

Estar en el closet:        Homosexual que no acepta su identidad.

Hacer pantalla:            Poner mala cara.

Hacer pista:                 Tener relaciones sexuales por pago.

Jacha:                          Poner cara amenazante.

Loca:                           Homosexual afeminado.

Madame:                     Dueño o dueña de un burdel.

Maje o mae:                 Expresión vulgar que se refiere a un muchacho.

Mico:                           Organo sexual femenino.

Pendejo:                      Cobarde.

Picha:                          Organo sexual masculino.

Playo:                          Homosexual.

Pompis:                       Trasero, recto.

Sodomo:                      Homosexual. Viene de Sodoma.

Tortillera:                     Lesbiana.



[1]           Dover, K.J.  Greek Homosexuality , Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1978.

 

[2]               West, Donald J.,  Male Prostitution, Marrington Park Press, New York - London - Norwood, 1993.

 

                              [3]             Bullough,Vern. L  Sexual Variance in Society and History, Chicago,  Phoenix Edition, 1992. Vern L. y Bonnie Bullough, Women and Prostitution, Buffalo, New York, Prometheus Books, 1993.

 

[4]               Carrier, J.M. "Mexican Male Bisexuality", en Klein, F. and Wolf, Timothy, ed. Two Lives to Lead. Bisexuality in Men and Women, New York, Harrington Park Press, 1985.

 

[5]               Kaschak, Ellyn y Sharrat, Sara.ALos roles sexuales comparados: sorpresas en Costa Rica@.  En Rumbo Centroamericano (11 al 17 de julio, 1995).

 

[6]             Malpern, D.  A hundred years of homosexuality,  Routledge, London, 1990.

 

[7]           McMullen, R.J., Enchanted Boy. Gay Mens= Press, London, 1989.

 

[8]               West, p. xii.

 

[9]               Caukins, S.E. y Cooms M. A. “The psychodynamics of male prostitution”, American Journal of Psychotherapy, 30, 441-451, 1976.

 

[10]             Allen, D. “Young Male Prostitutes: a psychological study”, Archives of sexual behavior, 9, 399 - 426, 1980.

 

[11]             Robinson, T. “Londons= Homosexual Male Prostitutes: power, peer groups and HIV”, Project Sigma, Working Paper N1 12, Poly Technic of The Sotuh Bank, London, 1989.

 

[12]             West, D.  Male…

 

[13]             Schifter, Jacobo.  La Formación de una contracultura. Homosexualismo y SIDA en Costa Rica, Editorial Guayacán,  San José, Costa Rica,1989, p.109.

[14]             Ibid, p. 109.

[15]             Churchill, W. “Homosexual Behavior Among Males: A Cross Cultural and Cross-Species Investigation”, Hawthorn Books, New York, 1967.

[16]             Kinsey, A.C; Martin, W.B;  Gebhard, P.E. Sexual Behavior in the Human Male,  W. B.  Saunders, Filadelfia, 1948.

[17]             Blumstein, P.W. y Shwartz, P. “Bisexual Women” en J. Wiseman, The Social Psychology of Sex, Harper and Row, New York, pp. 145-162.

[18]             Warren, P.N. The Front Runner, Bantham, New York, 1974.

[19]             Bode, J. View from Another Closet. Exploring Bisexuality in Women, Hawthorn Books, New York, 1976.

[20]             Klein, F. The Bisexual Option, Arbor House, New York, 1978.

[21]             MacInnes, C. Loving them Both. A Study on Bisexuality and Bisexuals, Dawson, London 1973.

[22]             Scott, J.C. Wives Who Love Women, Walker, New York, 1978.

[23]             Klein, F. “Are you sure you are heterosexual? Or homosexual? Or even bisexual?”, Forum Magazine, 1980, pp. 41-45.

[24]            “Cachero” es una palabra que no tiene traducción al inglés y lo más cercano sería la de Atop-man@. Sin embargo, los “cacheros” no se consideran homosexuales o bisexuales y se les mira como hombres heterosexuales que tienen sexo con otros hombres por dinero o falta de mujeres.

[25]             Presentadora de uno de los noticieros de televisión en Costa Rica.

[26]             Directora de un “talk show” latinoamericano.

[27]             Schifter, Jacobo y Madrigal, Johnny, Hombres que aman hombres, Editorial Ilep-Sida, San José, 1992.

[28]             Schifter, Jacobo y Madrigal, Johnny, Las Gavetas Sexuales del Costarricense, Editorial IMEDIEX, San José 1996.

[29]             West, Donald J., Male Prostitution, Harrington Park Press, New York 1993.

 

[30]             Foucault, Michel, Historia de la Sexualidad. 1- La voluntad del saber, México, Siglo XXI, 1977.

 

[31]             Schifter, Jacobo y Madrigal, Johnny, Las Gavetas Sexuales del Costarricense, San José, Editorial IMEDIEX, 1996.

 

32                   La inducción fue la siguiente: “ Cierre los ojos y respire tranquilamente. No piense en nada por unos momentos y solo préstele atención a su respiración. Una vez que se se sienta relajado, en la  imaginación de su mente piense que está desnudo frente al espejo. Ahora, con el poder de su imaginación piense que lentamente se transforma en una mujer. Fíjese delante del espejo con el cuerpo de una mujer. Piense que es una mujer que está desnuda ante su espejo. ¿Cómo se llama? Fíjese en su pelo, cara, senos, órganos genitales, piernas, trasero… Ahora empiece a escoger la ropa con la que quiere vestirse. Préstele atención a la blusa, enagua, vestido, pantalones, etc. que se va a poner. Luego, imagine que se maquilla, perfuma  y arregla para salir. Piense con cuidado en cada una de estas etapas de arreglarse… Una vez que ha terminado de vestirse y arreglarse va a imaginar que saldrá a la calle y caminará por un buen rato. Se dará cuenta de que hay hombres que la vuelven a mirar y le dicen cosas. Piensa en cómo se siente, qué hace y cómo camina… Ahora se detiene por un momento a esperar por un hombre. ¿Qué siente? ¿Cómo es este hombre? Ahora poco a poco volveremos lentamente a la entrevista. Cuando se sienta cómodo, puede abrir los ojos…”

[33]          Un ejemplo del significado distinto dado a palabras comunes es el de la “sodomía”. Para los jóvenes, sodomía no es penetración anal sino más bien masturbación. “Gay”no es un hombre homosexual que ha salido del closet y que reafirma su identidad sino “una loca”.

 

[34]             Schifter, Jacobo y Madrigal, Johnny, Las Gavetas Sexuales del Costarricense, San José, Editorial IMEDIEX, 1996.

 

[35]             Peck.M., Scott, The Road Less Traveled, New York, Touchstone, 1978

 

[36]             Schifter, Jacobo, La Formación de una Contracultura.Homosexualismo y SIDA en Costa Rica, San José,  Editorial Guayacán, 1989.

 

[37]          Johnson, A. Robert,   We. Understanding the Psychology of Romantic Love. San Francisco, Harper and Row Publications, 1983.

 

[38]             West, Donald J., Male Prostitution, Harrington Park Press, New York 1993.

 

 

[39]             Schifter, Jacobo, Hombres que aman hombres, Editorial Ilep-Sida, San José, 1992.

[40]          Bright, John, Historia de Israel, Desclée de Brouwer, Bilbao, 1970, pp1.32-133.

 

           

 

[41]          Horney, Thomas, Jonathan loved David, Homosexuality in Biblical Times, Philadelphia, The Westimenter Press, 1978, p.88.  

 

 [AVC1]

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