La Bodega by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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En la viña no despertaba menores entusiasmos María de la Luz. Oyéndolalos dos hombres bajo las arcadas, sentíanse conmovidos, y sus almassencillas abríanse a la ráfaga de poesía del crepúsculo, mientras secoloreaban las lejanas montañas con la puesta del sol, y Jerez teñía sublancura con resplandores de incendio, destacándose sobre un cielo devioleta en el que comenzaban a brillar las primeras estrellas.

El canto quejumbroso y melancólico de los pueblos tristes y moribundos,despertaba inexplicables recuerdos, ecos de una existencia anterior. Elalma morisca se estremecía en ellos oyendo aquellas coplas de muerte, desangre, de amores desesperados

y

fanfarronas

amenazas.

El

viejo

capataz,enardecido por la voz de María de la Luz, parecía olvidar que era suhija, y soltaba la guitarra para echarla su sombrero a los pies.

—¡Olé mi niña! ¡Viva su pico de oro, la mare que la crió... y el paretambién!

Y recobrando su gravedad, le decía al ahijado con el tono de un profesorque enseña verdades de universal trascendencia:

—Ese es er verdadero cante jondo... ¡Jerezano puro! Y si te icen que silas seviyanas, que si las malagueñas, di que es pamplina. En Jerez estála llave der cante. Eso lo declaran toos los sabios del mundo.

Cuando Rafael se sintió fuerte tuvo que dar por terminado este períodode dulce intimidad. Una tarde habló a solas con el señor Fermín. Él nopodía seguir allí; pronto llegarían los viñadores, y la casa deMarchamalo recobraría su animación de pequeño pueblo. Además, don Pabloanunciaba su propósito de echar abajo el caserón, para construir aquelcastillo con el que soñaba como una glorificación de su familia. ¿Cómoexplicar Rafael su presencia en la viña? Era una vergüenza que un hombrede sus energías permaneciese allí, sin ocupación, viviendo al amparo desu padrino.

El asunto de aquella noche parecía olvidado. No temía que lepersiguiesen, pero estaba resuelto a no volver a su antigua vida.

—Con una basta, padrino; tenía su mercé razón. Ni esta es manera deganarse honradamente el pan, ni hay jembra que apechugue con un mozo quepor más dinero que traiga a casa puede morir de mala muerte.

Él no sentía miedo, ¡eso nunca!, pero tenía sus planes para el porvenir.Quería formarse una familia, como su padre, como su padrino, y no pasarla vida echándolas de jaque en la montaña.

Buscaría una ocupación máshonrada y tranquila, aunque conociese el hambre.

Y entonces fue cuando el señor Fermín, valiéndose de su influencia conlos Dupont, hizo a Rafael aperador del cortijo de Matanzuela, propiedaddel sobrino del difunto don Pablo.

El tal Luis había vuelto a Jerez hecho un hombre, después de unacontinua peregrinación por todas las universidades de España, buscandocatedráticos de manga ancha que no tuviesen empeño en malograr futurosabogados. Su tío le había impuesto la obligación de seguir una carrera,y mientras aquél vivió, se había resignado a llevar la vida deestudiante, ajustándose a los estrechos envíos de dinero y ampliándoloscon préstamos feroces, por los que firmaba a ojos cerrados cuantospapeles querían presentarle los usureros. Pero al ver al frente de lafamilia a su primo Pablo y próxima su mayor edad, se había negado acontinuar por más tiempo la comedia de sus estudios.

Era rico, no queríaperder el tiempo en cosas que en nada le interesaban. Y tomando posesiónde sus bienes, comenzó la libre existencia de placeres con la que habíasoñado en su estrecha vida de estudiante.

Viajaba por toda España, pero ya no era para aprobar una asignatura aquíy otra más allá: aspiraba a ser una autoridad en el arte taurino, ungrande hombre de la afición, e iba de plaza en plaza al lado de sumatador favorito, presenciando todas sus corridas. En invierno, cuandodescansaban sus ídolos, vivía en Jerez al cuidado de sus haciendas, yeste cuidado consistía en pasarse las noches en el Círculo Caballista,discutiendo acaloradamente los méritos de su matador y la inferioridadde sus rivales, pero con tal vehemencia, que por si una estocadarecibida años antes por un toro, del que no quedaban ni los huesos,había sido caída o en su sitio, tentábase por encima de la ropa elrevólver, la navaja, todo el arsenal que llevaba sobre su persona, comogarantía del valor y la arrogancia con que resolvía sus asuntos.

No salía caballo hermoso y de precio de las yeguadas jerezanas, que nolo comprase, entablando pujas con su primo, que era más rico que él. Porla noche, los montañeses de los colmados le veían entrar como unpresagio de borrasca, seguros de que acabaría rompiendo botellas yplatos y echando las sillas por el aire, para demostrar que era muyhombre y podía después pagarlo todo a triple precio. Su ambiciónestribaba en ser el continuador del glorioso marqués de San Dionisio,pero en el Círculo Caballista decían de él que no era más que sucaricatura.

—Le farta el señorío, el aquel del bendito marqué—decía el señorFermín al enterarse de las hazañas de Luis, al que conocía desde niño.

Las mujeres y los valientes eran las dos pasiones del señorito.

Conellas no se mostraba muy generoso; deseaba ser adorado por sus méritosde jinete arrogante, creyendo de buena fe que todos los balcones deJerez se estremecían con la palpitación de corazones ocultos cuandopasaba él montando el último caballo que acababa de adquirir. Con lacorte que le acompañaba de parásitos y matones era más espléndido. Nohabía en todo el término de Jerez un valentón de fama triste que noacudiese a él atraído por su liberalidad. Los que salían de presidio notenían que preocuparse de su suerte; don Luis era un buen amigo y ademásde darles dinero, les admiraba. Cuando a altas horas de la noche, alfinal de las francachelas en los colmados, sentíase borracho,despreciaba a sus queridas para fijar toda su admiración en los hombresde bronce que le acompañaban.

Hacía que le mostrasen las cicatrices desus heridas, que le relatasen sus heroicas peleas. Muchas veces, en el Círculo Caballista señalaba a los amigos algún hombre malcarado que leaguardaba en la puerta.

—Ese es el Chivo—decía con el orgullo de un príncipe que habla desus grandes generales.—Un hombre a quien le arrastran las borlas por elsuelo. Entre tiros y cuchilladas tiene más de cincuenta cicatrices en elpellejo.

Miraba a todos con insolente superioridad, como si las cicatrices delamigote fuesen una declaración de su propio valor, y vivía felizcreyendo que en todo Jerez no había quien le disputase su guapeza conlos hombres y su buena fortuna con las mujeres.

Cuando el capataz de Marchamalo le habló en favor de Rafael, el señoritolo admitió inmediatamente. Había oído hablar del muchacho; era de lossuyos (y al decir esto tomaba el aire protector de un maestro),recordaba ciertos tiros en la sierra y el miedo que le tenían los delresguardo. Nada: que se quedaba con él; así le gustaban los hombres.

—Te colocaré en mi cortijo de Matanzuela—dijo acariciando conamistosas palmadas a Rafael, como si fuese un nuevo discípulo.—Elaperador que tengo es un viejo medio cegato, del que se ríen losgañanes. Y ya sabemos lo que son los trabajadores: ¡mala gente! Conellos, el pan en una mano, y el garrote en la otra. Necesito un hombrecomo tú, que los meta en cintura y cuide mis intereses.

Y Rafael se fue al cortijo, no volviendo a la viña más que una vez porsemana, cuando iba a Jerez para hablar al amo de los asuntos de lalabranza. Muchas veces tenía que buscarlo en la casa de alguna de susprotegidas. Le recibía en la cama, incorporándose sobre el almohadón, enel que descansaba otra cabeza. El nuevo aperador reía a solas lasfanfarronadas de su amo, más atento a recomendarle la dureza y que«metiese en cintura» a los holgazanes que trabajaban sus campos, que aenterarse de las operaciones agrícolas, echando la culpa de las malascosechas a los gañanes, una canalla que no quería trabajar y deseaba quelos amos se convirtiesen en criados, como si el mundo pudiera volversedel revés.

Don Luis llegaba a olvidarse de sus aficiones matonescas y sus hazañasamorosas, cuando hablaba de la gente zafia de los campos que, movida porfalsos apóstoles, quería repartírselo todo. Él había estudiado (lodeclaraba pomposamente en el Círculo Caballista, sin reparar en lassonrisas de los que le escuchaban), él sabía que lo que deseaban lostrabajadores eran utopias, eso es; utopias (y repetía condelectación la palabra), y que todo lo que ocurría era por culpa de losgobiernos que no

«meten en cintura» a los gañanes, y también por faltade religión.

Si señor; la religión: este era el freno del pobre, y comocada vez había menos, los de abajo, con el pretexto del hambre, queríancomerse a los de arriba.

Estas palabras ya no hacían sonreír a los socios del Caballista, sinoque las aprobaban con fervorosos gestos, con toda su fe de ricoslabradores, que encogían los hombros cuando algún iluso proponíapantanos y canales, y todos los años costeaban grandes fiestas a laVirgen de la Merced, sacándola en rogativa apenas faltaba el agua a suscampos.

A pesar de estas ideas que propalaba Luis en sus momentos de seriedad,afirmando que mejor andarían las cosas si él gobernase, don PabloDupont abominaba de su primo, considerándolo una vergüenza de lafamilia.

Este pariente, que renovaba los escándalos del de San Dionisio,agravados, según doña Elvira, por su origen plebeyo, era una calamidaden una casa que siempre había infundido respeto por su nobleza y santascostumbres. Para mayor desgracia estaban las niñas del marqués, Lola yMercedes. ¡Las veces que su tía se sofocó de indignación,sorprendiéndolas por la noche en una reja baja de su hotel, hablando conlos novios, que se renovaban casi semanalmente! Tan pronto erantenientes de la remonta, como señoritos del Caballista, o inglesesjóvenes, empleados en los escritorios, que se entusiasmaban pelando lapava al estilo del país y hacían reír a las niñas con su andaluzchapurreado británicamente. No había muchacho en Jerez que no tuviese surato de conversación con las desenvueltas marquesitas. Ellas hacíanfrente a todos: bastaba pararse ante sus rejas para entablar diálogo, ylos que pasaban sin detenerse eran perseguidos por las risas y lossiseos irónicos que sonaban a sus espaldas. La viuda de Dupont no podíadominar a sus sobrinas, y éstas, por su parte, así como iban creciendo,mostrábanse más insolentes con la devota señora. Era en vano que suprimo las prohibiese salir a las rejas. Burlábanse de él y su madre,añadiendo que ellas no habían nacido para monjas.

Escuchaban con gestohipócrita las pláticas del confesor de doña Elvira recomendándolas lasumisión, y hacían uso de toda clase de astucias para comunicarse conlos galanes de a pie y de a caballo que rondaban la calle.

Un señorito del Caballista, hijo de un cosechero, gran amigo de lacasa Dupont, se enamoró de Lola, pidiéndola en matrimonioapresuradamente, como si temiera que se le escapase.

Doña Elvira y su hijo aceptaron la demanda: en el Círculo causóasombro el valor de aquel muchacho casándose con una de las hijas delmarqués de San Dionisio.

Este matrimonio fue para las dos hermanas una liberación. La soltera semarchó con la otra, gozosa de emanciparse por fin de la tía huraña ydevota, y a los pocos meses volvieron a reanudar en casa del marido lascostumbres que observaban cerca de los Dupont. Mercedes pasaba la nocheen la reja en apretada intimidad con los novios: su hermana acompañábalacon cierto aire de señora mayor, y hablaba con otros para no perder eltiempo. El marido protestaba, intentando rebelarse. Pero las dos seindignaban contra él porque osaba interpretar estas diversionesinocentes de un modo ofensivo para su pudor.

¡Qué de disgustos proporcionaron las dos Marquesitas, como lasllamaban en la ciudad, a la austera doña Elvira!... Mercedes, lasoltera, se fugó con un inglés rico. De tarde en tarde llegaban vagasnoticias que hacían palidecer de rabia a la noble señora.

Unas veces laveían en París, otras en Madrid, llevando una vida de cocotte elegante. Cambiaba con frecuencia de protectores, pues los atraía adocenas con su gracia picaresca. Además, en ciertas vanidades producíagran impresión el título de marquesa de San Dionisio, que había unido asu nombre, y la corona nobiliaria con que adornaba sus camisas de nochey las sábanas de una cama tan frecuentada como la acera de una grancalle.

La viuda de Dupont creyó morir al saber tales cosas. ¡Señor, y para estohabían nacido los preclaros varones de su familia, virreyes, arzobisposy capitanes, dándoles los monarcas títulos y señoríos! ¡Para que tantagloria sirviese de prospecto a una mala mujer!... Y aun ésta resultabala mejor de las dos. Al fin había huido por no afrentar de cerca a sufamilia, y si vivía en el pecado, era entre hombres de cierto linaje,siempre con personas decentes, como si influyesen en ella los respetosal rango de su familia.

Pero quedaba la otra, la mayor, la casada, y ésta quería acabar contodos los parientes matándolos de vergüenza. Su vida conyugal, despuésde la fuga de Mercedes, fue un infierno. El marido vivía en perpetuorecelo, marchando a ciegas en sus sospechas, no sabiendo en quiénfijarse, pues su mujer miraba del mismo modo a todos los hombres, comosi se ofreciera con los ojos, hablándoles con una libertad que incitabaa toda clase de audacias. Sintió celos de Fermín Montenegro, que acababade llegar de Londres, y reanudando su intimidad infantil con Lola, lavisitaba con frecuencia, atraído por su picaresco lenguaje.

Las escenas domésticas acababan a golpes. El marido, aconsejado por losamigos, acudía a la bofetada y al palo, para domar a «la mala bestia»,pero la tal bestiecilla justificaba el apodo, pues al revolverse con elvigor y la acometividad de una infancia bravía digna de su ilustrepadre, devolvía los golpes de tal modo, que siempre era el cónyuge elque resultaba peor librado.

Muchas veces se presentaba en el Círculo Caballista con arañazos en lacara o amoratadas señales.

—Con esa no puedes tú—le decían los amigos en un tono de compasióncómica.—Es mucha mujer para ti.

Y celebraban la energía de Lola, la admiraban, con la secreta esperanzade ser algún día de los favorecidos.

El escándalo fue tan grande, que el marido se retiró a la casa de suspadres y la Marquesita pudo por fin vivir a sus anchas.

—Márchate—la dijo un día su primo Dupont.—Tú y tu hermana soisnuestra deshonra. Huye lejos, y donde estés yo te enviaré lo necesariopara que vivas.

Pero Lola contestó con un ademán impúdico, gozándose en escandalizar asu devoto pariente. No le daba la gana de irse, y no se iba. Ella eramuy flamenca; le gustaba la tierra y su gente.

Marcharse sería pocomenos que morir.

Anduvo algún tiempo por Madrid con su hermana, pero sus viajes fueron decorta duración. Era una cañí, una hija legítima del marqués de SanDionisio. ¡Que no le quitasen a ella sus juerguecitas hasta elamanecer, tocando palmas y taconeando sentada, con las faldas en lasrodillas! ¡Que no la privasen del vino de la tierra, que era su sangre ysu felicidad! Si rabiaba la familia, que rabiase. Ella quería ser gitanacomo su padre.

Aborrecía a los señoritos; le gustaban los hombres consombrero pavero, y si llevaban zajones, mejor; pero muy hombres, oliendoa cuadra y a macho sudoroso. Y paseaba su belleza de rubia fina concarnes de porcelana por los colmados y ventorrillos, tratando con unafraternidad exagerada a los cantaoras y rameras que intervenían en las juergas, exigiendo que la tuteasen, y riendo con nerviosa alegría deborracha cuando los hombres, embrutecidos por el vino, sacaban lasnavajas y las hembras se apelotonaban asustadas en un rincón.

Esta vida de embriaguez, estrépito, pelea y caricias alcohólicas quehabía entrevisto de niña en lo casa paterna, atraíala con fuerzaancestral, entregándose a ella sin remordimiento, como si continuase unatradición de familia. En sus excursiones nocturnas, cogida del brazodel galán rústico que disfrutaba de su momentáneo apasionamiento, seencontraba con Luis Dupont y su cortejo de gente alegre. Llamábanseprimos por su lejano parentesco, se embriagaban juntos, y Luis afirmabasu resolución de ir a tiros con todo el que no confesase que la Marquesita era

«la mujer más barbiana de la tierra». Pero a pesar delos abandonos de Lola, que permitían al calavera apreciar sus secretosfísicos, y de que más de una vez la acompañó hasta su casa por lasdesiertas calles, haciendo esfuerzos por contener sus arrebatos dehistérica que la impulsaban al escándalo, nunca sus relaciones pasaronde una intimidad amistosa. Luis sentía ciertos entorpecimientos en eldeseo y dejaba para más adelante la fácil empresa, como si le cohibieseel recuerdo del período de la infancia que habían pasado juntos.

Toda la ciudad comentaba los escándalos de la Marquesita a la queregocijaba mucho el asombro de las gentes tranquilas.

Lo mismo la veían en las principales calles elegantemente vestida o enel Campo de la Feria en un lujoso carruaje, como se presentabadespeinada y envuelta en un mantón copiando el andar de las mozas bravasy contestando a los requiebros de los hombres con palabras queruborizaban a muchos. Gustaba de sonreír con gestos de misteriosacomplicidad a los pacíficos señores que pasaban junto a ella con susfamilias. Después reía como una loca pensando en las querellasconyugales que estallaban al volver a casa aquellos matrimonios honradosy solemnes que ella había tratado cuando vivía con su esposo. En unaacera de la calle Larga, ante las mesas de los principales casinos,había besado a un amigo con exagerados transportes de pasión, entre elgriterío de la gente que salía a las puertas.

Su último amor era un mozo tratante en cerdos, un atleta chato y cejudocon el que vivía en el arrabal. Un secreto poder de este macho fuerte laenloquecía. Hablaba de él con orgullo, gozándose en el contraste entresu nacimiento y la profesión de su amante. De vez en cuando sufríaarrebatos de veleidad y se ausentaba de la casucha del arrabal poralgunos días. El zafio amante no la buscaba, dando su vuelta por segura;y al regresar el pájaro caprichoso, todo el barrio poníase en alarma conlos golpes y los gritos, saliendo la Marquesita al balcón con el pelosuelto, pidiendo socorro, hasta que una zarpa la arrancaba de loshierros y la metía dentro para continuar el vapuleo.

Si algún amigo le hablaba con tono de zumba de las amorosas palizas,contestaba con orgullo:

—Me pega porque me aprecia, y yo le quiero porque es el único que meentiende. Mi porquero es todo un hombre.

Los escándalos de la Marquesita indignaban a muchos y regocijaban alos más. La gente popular la miraba con cierta simpatía, como si con susenvilecimientos halagase el instinto igualitario de los de abajo. Lasfamilias ricas y devotas que no podían negar su parentesco con los deSan Dionisio, buscado antes como un título de orgullo, decían conresignación: «Debe de estar loca; Dios tocará su alma para que searrepienta».

Los que no se resignaban eran los Dupont: don Pablo y su madre, quevolvían a su hotel malhumorados y confusos cada vez que veían en lascalles el rubio moño y la sonrisa insolente de Lola. Les parecía que lagente era menos respetuosa con ellos por culpa de la mala hembra,deshonra de la familia. Hasta creían ver en los criados cierta sonrisa,como si les alegrase la afrenta que aquella loca infería a susparientes. Los señores de Dupont comenzaron a frecuentar menos lascalles de la ciudad, pasando muchos días en su finca de Marchamalo, paraevitar todo encuentro con la Marquesita y con las gentes quecomentaban sus excentricidades.

Este alejamiento de Jerez permitió a Dupont realizar sus ensueños sobreMarchamalo. Echó abajo el antiguo caserón y construyó lagares nuevos,una hermosa casa para su familia, una capilla espaciosa y rica como untemplo, y un torreón cuadrado, con puntiagudas almenas, dominando eloleaje de colinas cubiertas de cepas, que formaban el gran dominio deMarchamalo. Todo era nuevo y sólido, construido con gran derroche dedinero. Únicamente dejó Dupont en pie la casa de los viñadores, para quela finca no perdiese por completo su carácter tradicional, conservandola cocina ennegrecida por el humo de muchos años, en la que dormían losjornaleros en torno del fogaril, sobre una esterilla de enea, únicacama que les proporcionaba el señor.

Fermín Montenegro, al ir en los días de fiesta a visitar a su familia,se encontraba siempre con los amos. Así fue aumentando insensiblementesu trato con don Pablo. En medio de la campiña, bajo el cielo de intensoazul, parecía dulcificarse el carácter imperioso de Dupont, haciéndoletratar a su subordinado con más afecto que en el escritorio.

Contemplando el oleaje de cepas que cubría las pendientes blanquecinas,el rico cosechero admiraba la fertilidad de su finca, atribuyéndolamodestamente a la protección de Dios. Algunas manchas yermas extendíansu trágica desolación entre el follaje de los pámpanos. Eran los rastrosde la filoxera que había arruinado a medio Jerez. Los cosecheros,quebrantados por la baja de los vinos, no tenían medios para replantarsus viñas. Era aquella una tierra aristocrática y cara, que sólo losricos podían cultivar. Poner de nuevo en explotación una aranzadacostaba tanto como el mantenimiento de una familia decente durante unaño. Pero la casa Dupont era opulenta y podía hacer frente a la plaga.

—Mira, Ferminillo—decía don Pablo;—todos esos claros los voy aplantar de vid americana. Con esto, y, sobre todo, con el auxilio deDios, ya verás como la cosa marcha bien. El Señor está con los que leaman.

Doña Elvira, por su parte, no descendía a hacer confidente de suspensamientos a la familia de Montenegro, pero se dignaba hablarla concierta llaneza, lo que producía asombro en sus domésticos de la ciudad.La noble señora sentía ablandarse su orgullo viviendo en el campo.Hablaba con el señor Fermín queriendo averiguar a qué iglesia de Jereziba los domingos con María de la Luz, para oír misa... Al ver a la hijadel capataz abstraerse, poniendo su pensamiento lejos, muy lejos, en elcortijo donde vivía Rafael, la buena señora interpretaba esta tristezacomo un anhelo de recogimiento, y la ofrecía su protección.

—No, señora—decía sonriendo la muchacha;—no quiero ser monja. A mí metira la vida.

Para Fermín Montenegro no eran un secreto los disgustos de carácterespiritual, las grandes contrariedades que sufría la viuda de Dupont porculpa de los negocios. Su hijo tenía que tratar gentes de todas clases,herejes y hombres sin religión; extranjeros que consumían los vinos dela casa, y al pasar por Jerez habían de ser recibidos con el agasajo quemerecen los buenos clientes. ¡Ser buenos servidores del Señor y tenerque tratar a sus enemigos como si fuesen iguales! En vano los Padres dela iglesia de San Ignacio disipaban sus escrúpulos recordándola laimportancia de los negocios y la influencia que una casa tan poderosaejercía sobre la religiosidad de Jerez. Doña Elvira sólo se reconciliabacon sus famosas bodegas cuando una vez por año salía con destino a Romauna barrica de vino, dulce y espeso como jarabe, destinado a la misa delPontífice por recomendación de varios obispos, amigos de la casa. Estehonor la servía de lenitivo. Pero aun así, ¡qué angustias no la hacíansufrir aquellos extranjeros rubios y antipáticos que tenían la audaciade leer la Biblia a su modo y en su lengua, sin creer en Su Santidad, niir a misa!...

Montenegro conocía uno de los últimos disgustos de la piadosa señora,que le habían relatado los criados de la casa.

Los Dupont tenían un viajante sueco, el mejor agente de su negocio.Colocaba miles y miles de botellas del vino de fuego que producíaMarchamalo, en aquellos países septentrionales de noches casi eternas ydías de pleno sol, que duran meses. El viajante, después de muchos añosde servicios a la casa, había venido a España, pasando por Jerez, paraconocer personalmente a los Dupont. Don Pablo había creído indispensableel invitarlo a comer con su familia.

Horrible tormento el que sufrió su madre ante aquel desconocido, enormede cuerpo, rojo y hablador, con esa alegría infantil de los hombres delNorte cuando se ponen en contacto con el sol y los vinos de los paísescálidos.

Doña Elvira acogía con una sonrisa traidora su charla incesante en unespañol trabajoso; los gritos de asombro que le arrancaba el haber vistotantas iglesias, tantos frailes y curas, tantos mendigos, los camposcultivados como en los tiempos prehistóricos, las costumbres bárbaras ypintorescas, las plazas de ciertas poblaciones llenas de hombres con losbrazos cruzados y el cigarrillo en la boca, esperando que fuesen aalquilarles.

Dupont tosía fingiéndose distraído como si no oyese al huésped, mientrassu madre seguía con asombro los estragos que hacía el forastero en losplatos. ¡Qué manera de comer! Aquello no podía hacerlo un cristiano.Además era rojo, como Luzbel y Judas, el color de todos los enemigos deDios, y su cara inflamada, de ogro en plena digestión, le hacía recordarlas de los malos espíritus que gesticulaban horrorosos en las láminas desu devocionario. ¡Y tener que tratar herejes de esta clase, que seburlaban de un país cristiano porque aún conserva puros e intactos losrecuerdos de tiempos más felices! ¡Verse obligada a sonreírle, porqueera el mejor cliente de la casa!...

Cuando Dupont se lo llevó, terminada la comida, la señora hizo que loscriados quitasen apresuradamente el cubierto, los vasos, todo lo quehabía servido al forastero, sin que ella se atreviese a tocarlo. ¡Quejamás volviese a ver aquello en la mesa! El negocio era una cosa yotra el alma, que debía conservarse limpia de todo contacto impuro.

Y al volver los criados al comedor vieron a doña Elvira, con la pilillade

agua

bendita

de

su

dormitorio,

rociando

apresuradamente la silla enque se había sentado el ogro rojo e impío.

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III

Cuando la docena de perros, bien contada, que tenía el cortijo deMatanzuela, galgos, mastines y podencos, olfateaban a medio día elregreso del aperador, saludaban con fieros aullidos y tirones de cadenael trote de la jaca, y avisado por estas señales el tío Antonio,conocido por el apodo de Zarandilla, asomábase al portalón pararecibir a Rafael.

El viejo había sido durante mucho tiempo aperador del cortijo.

Le tomó asu servicio el antiguo dueño, hermano del difunto don Pablo Dupont; peroel amo actual, el alegre don Luis, quería rodearse de gente joven, yteniendo en cuenta sus años y la debilidad de su vista, lo habíasustituido con Rafael. Y muchas gracias—como él decía con suresignación de labriego—por no haberle enviado a mendigar en loscaminos, permitiéndole que viviese en el cortijo con su compañera, acambio de ocuparse la vieja del cuidado de las aves que llenaban elcorral y de ayudar él al encargado de las pocilgas que se alineaban aespaldas del edificio. ¡Hermoso final de una vida de incesante trabajo,con la espina quebrada por una curvatura de tantos años escardando loscampos o segando el trigo!...

Los dos inválidos de la lucha con la tierra no encontraban otrasatisfacción en su miseria que el excelente carácter de Rafael. Como dosperros viejos, a los que se reserva por lástima un poco de pitanza,esperaban la hora de la muerte en su tugurio junto al portalón delcortijo. Sólo la bondad del nuevo aperador hacía llevadera su suerte. Eltío Zarandilla pasaba las horas sentado en uno de los bancos al ladode la puerta, mirando fijamente, con sus ojos opacos, los campos deinterminables surcos, sin que el aperador le regañase por su indolenciasenil. La vieja quería a Rafael como un hijo. Cuidaba de su ropa y sucomida, y él pagaba con largueza estos pequeños servicios.

¡Bendito seaDios! El muchacho se parecía por lo bueno y lo guapo al único hijo quelos viejos habían tenido; un pobrecito que había muerto siendo soldado,en tiempos de paz, en un hospital de Cuba. Todo le parecía poco a laseña Eduvigis para el aperador. Reñía al marido porque no se mostraba,según ella, bastante amable y solícito con Rafael. Antes de que losperros anunciasen su proximidad, oía ella el trotar del caballo.

—¡Pero, cegato!—gritaba a su marido.—¿No oyes que viene Rafaé? Anda asostenerle el cabayo, mardecío.

Y el viejo salía al encuentro del aperador, mirando de frente, con susojos inmóviles, que sólo percibían la silueta de los objetos en unaniebla gris, moviendo las manos y la cabeza con un temblor de vejezexhausta y agotada que le valía el apodo de Zarandilla.

Entraba Rafael en el cortijo sobre su briosa jaca, erguido y arrogantecomo un centauro, y con gran retintín de espuelas y roce de los zajonesde cuero, se apeaba en el patio, mientras su cabalgadura golpeaba losguijarros, como si aún desease emprender un nuevo galope.

Zarandilla descolgaba la escopeta del arzón, arma que más de una veztenía que echarse a la cara el aperador para imponer respeto a losarrieros que bajaban carbón de la sierra y al detenerse al borde delcamino, soltaban a pacer sus bestias en los manchones, tierras sincultivar reservadas para el ganado del cortijo cuando no estaba en ladehesa. Después recogía la chivata caída en el suelo, una largapértiga de acebuche, que el jinete llevaba atravesada en la silla, paraarrear a las reses que encontraba dentro de los sembrados.

Mientras el viejo llevaba el caballo a la cuadra, Rafael se despojaba delos zajones, y entraba con la alegría de la juventud y del apetitodespierto en la cocina de los viejos.

—Mare Eduvigis, ¿qué tenemos hoy?

—Lo que a ti te gusta, condenao: ajito caliente.

Y los dos sonreían, aspirando el tufillo de la cazuela, donde acababande cocerse el pan y el ajo, bien majados. La anciana ponía la mesa,sonriendo a los elogios con que celebraba Rafael sus manos deguisandera. Ya no era más que una ruina: podía burlarse de ella elmuchacho, pero en otro tiempo le habían dicho cosas mejores loscaballeros que venían con el difunto amo a ver los potros del cortijo,celebrando las comidas que ella les guisaba.

Al sentarse Zarandilla a la mesa, de vuelta de la cuadra, la primeramirada de sus ojos opacos era para la botella de vino, e instintivamenteavanzaba sus manos temblonas. Era un lujo que había introducido Rafaelen las comidas del cortijo. ¡Bien se reconocía en esto su juventud demozo rumboso, acostumbrado al trato con los caballeros de Jerez, y susvisitas a Marchamalo, la famosa viña de los Dupont!... Años enteroshabía pasado el viejo cuando era aperador sin otra alegría que la dedeslizarse, a espaldas de su mujer, hasta los ventorrillos de lacarretera, o la de ir a Jerez con pretexto de llevar a la familia delamo alguna cesta de huevos o un par de capones, viajes de los queregresaba cantando, con la mirada chispeante, las piernas inseguras y enla cabeza un repuesto de alegría para toda una semana. Si alguna vezhabía soñado con la fortuna, era sin otra ambición que la de beber comoel más rico caballero de la ciudad.

Adoraba el vino con el entusiasmo de la gente del campo que no conoceotro alimento que el pan de las teleras, el pan de los gazpachos o elajo caliente, y obligada a rociar con agua esta comida insípida, sinotra grasa que el hediondo aceite del condimento, sueña con el vino,viendo en él la energía de su existencia, la alegría de su pensamiento.Los pobres anhelaban con vehemencia de anémicos esta sangre de latierra. El vaso de vino mitigaba el hambre y alegraba la vida un momentocon su fuego: era un rayo de sol que pasaba por el estómago. Por esto, Zarandilla, más que de los guisos de su mujer, se preocupaba de labotella, manteniéndola al alcance de su mano, calculando previamente,con avaricia infantil, lo que podría beber Rafael, y asignándose elresto, sin consideración alguna, a la mujer que aprovechaba el menordescuido para retirarla, guardándose su parte.

Rafael, no pudiendo por los hábitos de su primera juventud acostumbrarsea la sobriedad del cortijo, encargaba al sobajanero (un muchacho, queiba diariamente a Jerez en un borriquillo) que renovase de vez en cuandosu provisión de vino; pero la guardaba bajo llave, temiendo laintemperancia de los viejos.

La comida transcurría en medio del solemne silencio del campo, queparecía colarse en el cortijo por el abierto portón.

Los gorrionespiaban en los tejados; las gallinas cocleaban en el patio, picoteando,con las plumas erizadas, los intersticios del pavimento de guijarros. Dela gran cuadra llegaban los relinchos de los caballos sementales y losrebuznos de los garañones, acompañados de pataleos y bufidos de gulasatisfecha ante el pesebre lleno. De vez en cuando, un conejo asomaba ala puerta del tugurio sus orejas desmayadas, huyendo con medroso trote ala más leve voz, temblándole el rabillo sobre las posaderas sedosas, yde las lejanas pocilgas llegaban ronquidos de fiera, revelando una luchade empellones de grasa y mordiscos traidores en torno de los barreños debazofia. Cuando cesaban estos rumores de vida, tornaba a extenderse conreligiosa majestad el silencio del campo, rasgado tenuemente por elarrullo de las palomas o el lejano campanilleo de una recua,deslizándose por la carretera que cortaba la inmensidad de tierrasamarillas, como un río de polvo.

En esta calma patriarcal, fumando sus cigarrillos (otra buena costumbreque el viejo agradecía a Rafael), los dos hombres hablaban lentamente delos trabajos del cortijo, con toda la gravedad que las gentes del campoponen en los asuntos de la tierra.

El aperador calculaba los viajes que había de hacer a una dehesapropiedad de don Luis, donde invernaban la torada y la yeguada delcortijo. La responsabilidad era del yegüero; pero don Luis, a quieninteresaba más su ganadería que todas las cosechas, quería estar alcorriente del estado de sus yeguas, y era por su salud por lo primeroque preguntaba a Rafael siempre que le veía.

Al volver de sus viajes, Rafael hablaba con cierta admiración delyegüero y de los veladores a sus órdenes que cuidaban el ganadodurante la noche. Eran hombres de una honradez primitiva, con elespíritu petrificado por la soledad y la monotonía de su existencia.Pasaban los días sin hablar, sin otra manifestación de pensamiento quelos gritos a los animales sometidos a su custodia: «¡Aquí, Careto!»...«¡Anda a otro sitio, Resalá!» Y los bueyes y las yeguas obedecían susvoces y sus gestos, como si la continua comunicación de las bestias y elhombre acabase por elevar a unos y rebajar a otros, fundiendo lasespecies.

El antiguo contrabandista creía traer una provisión de nueva vida cuandobajaba al llano, al campo de interminables surcos que se perdían en elhorizonte y sobre los cuales sudaba encorvada una muchedumbre turbulentay miserable, roída por el odio y las necesidades.

La sierra era el escenario de su aventurera juventud, y al volver alcortijo recordaba con entusiasmo las montañas cubiertas de acebuches,alcornoques y encinas; las profundas cañadas con espesuras delentisclos; las altas adelfas orlando los riachuelos, en cuya corrienteservían de pasos grandes fragmentos de columnas con arabescos que elagua iba borrando poco a poco; y en el fondo, sobre las cumbres, lasruinas de alcázares moriscos, el castillo de Fátima, el castillo de la Mora Encantada, una decoración que hacia recordar los cuentos de loscrepúsculos de invierno junto a la chimenea del cortijo.

Zumbaban los insectos sobre las inquietas crestas de la maleza;arrastrábanse los lagartos entre las piedras; sonaban a lo lejos lasesquilas con acompañamiento de balidos, y de vez en cuando, al trotar elcaballo de Rafael por unos caminos que nunca habían conocido la rueda,abríase en lo alto de un ribazo la cortina de matorrales, asomando loscuernos y el hocico babeante de una vaca o el testuz curioso de unternero que parecía extrañar la presencia de un hombre que no fuese elpastor.

Otras veces eran las yeguas de larga cola y sueltas crines que temblabanun momento con salvaje sorpresa al ver al jinete y huían monte arribacon violentas ondulaciones de ancas. Los potros las seguían, con laspatas grotescamente cubiertas de pelo, como si llevasen pantalones.

Rafael miraba asombrado a los zagales nacidos en la sierra.

Eran tímidosy huraños con la gente que llegaba de aquella llanura, a la que volvíanlos ojos con cierto temor supersticioso, como si en ella residiese elmisterio de la vida. Eran pedazos de naturaleza, de una existenciarudimentaria y monótana. Andaban y vivían como podrían hacerlo un árbolo una piedra animados de movimiento. En su cerebro, insensible a todo loque no fuesen sensaciones animales, apenas si las exigencias de la vidahabían hecho florecer un ligero musgo de pensamiento. Miraban comofetiches milagrosos las grandes verrugas de los alcornoques, con las quepodían fabricarse los tornillos, cazuelas naturales para confeccionarel gazpacho. Buscaban las pieles viejas de culebra, abandonadas entrelos guijarros al cambiar de envoltura el reptil y festoneaban los cañosde las fuentes con estos pellejos oscuros, atribuyendo a su ofrendainfluencias misteriosas.

Los

largos

días

de

inmovilidad

en

el

monte,vigilando el pastar de las bestias, extinguía lentamente todo lo que enestos muchachos había de humano.

Cuando una vez por semana bajaba el mayor de los zagales a Matanzuelapara llevarse las provisiones de vaqueros y yegüerizos, el aperadorgustaba de hablar con este muchachón rudo y sombrío, que parecía unsuperviviente de las razas primitivas. Siempre le hacía la mismapregunta.

—Vamos a ver. ¿Qué es lo que te gusta más? ¿Qué es lo que deseas?...

El mocetón contestaba sin vacilar; como si de antemano tuviese biendeterminados todos sus deseos.

—Casáme, jartáme y moríme...

Y al decir esto, enseñaba sus dientes blancos y fuertes de salvaje, conuna expresión de hambre feroz: hambre de comida y de carne femenil,deseos de atracarse de una vez de aquellas cosas maravillosas que, segúnvagas noticias, devoraban los ricos; de gustar de un solo trago el amorbrutal que turbaba sus sueños de jayán casto; de conocer la hembra,divinidad que admiraba de lejos al descender de la sierra y cuyostesoros ocultos creía adivinar contemplando las grupas lustrosas yágiles de las yeguas, las ubres sonrosadas y blancas de las vacas...

¡Ydespués, morirse! como si conocidas y apuradas estas sensacionesmisteriosas, no restase nada de bueno en su vida de trabajo yprivaciones.

¡Y estos zagales, condenados al salvajismo desde su nacimiento, como lascriaturas a las que se deforma para explotar su fealdad, ganaban treintareales al mes, a más de una triste pitanza que no acallaba losestremecimientos de su estómago excitado por el aire de la montaña y lasaguas puras de las fuentes! ¡Y sus jefes, los yegüeros y vaqueros,tenían dos reales y medio cuando más, sin fiesta alguna durante el año;todos los días lo mismo, viviendo aislados, con su mísera hembra queprocreaba pequeños salvajes, dentro de un chozón, negro y ahumado, unverdadero ataúd sin más entrada que un agujero de madriguera, lasparedes de pedruscos sueltos y una cubierta de hojas de corcho!...

Rafael admiraba su probidad. Un hombre y dos zagales viviendo en estamiseria, custodiaban rebaños que valían muchos miles de duros. En ladehesa del cortijo de Matanzuela, los pastores no ganaban entre todosmás de dos pesetas, y tenían confiados a su cuidado ochocientas vacas ycien bueyes, un verdadero tesoro de carne que podía extinguirse, morir,al menor descuido. Esta carne, cuya crianza vigilaban, era para gentesdesconocidas: ellos sólo la comían cuando caía alguna res, víctima deenfermedades hediondas que no permitían su conducción fraudulenta a lasciudades.

El pan del cortijo que se endurecía días y días en el chozón, algúnpuñado de garbanzos o habichuelas y el aceite rancio del país, eran todosu alimento. La leche les repugnaba, ahítos de su abundancia. Lospastores viejos sentían sublevarse su probidad cuando algún zagalayudaba a la muerte de una bestia con el deseo de comer carne. ¿Dóndeencontrar gente más buena y resignada?...

Al oír Zarandilla estas reflexiones de Rafael, las apoyaba conentusiasmo.

No había honradez como la de los pobres. ¿Y aún les tenían miedocreyéndoles malos?... El se reía de la honradez de los señores de laciudad.

—Mia tú, Rafaé, qué mérito tendrá que don Pablo Dupont, pongo elejemplo, con toos sus millones sea bueno y no robe nada a naide. Losbuenos de veras, son esos pobrecitos que viven como indios caribes, sinver persona humana, muertecitos de jambre, guardándole al amo sustesoros. Los buenos somos nosotros.

Pero el aperador, al pensar en los cortijos del llano no se mostraba tanoptimista como el viejo. Los gañanes vivían también en la miseria ysufrían hambre, pero no eran gente tan noble y resignada como la delmonte, que se conservaba pura en su aislamiento. Tenían los vicios de laaglomeración, eran desconfiados, veían enemigos en todas partes. A élmismo, que los trataba como hermanos de pobreza y muchas veces seexponía a que el amo le regañase por favorecerles, le miraban con odio,como si fuese un enemigo. Y sobre todo, eran holgazanes y había queazuzarlos como si fuesen esclavos.

El viejo se indignaba oyendo al aperador. ¿Y cómo quería que fuesen losgañanes? ¿Por qué habían de tener interés en trabajar?... Él, gracias asu colocación en el cortijo, había podido llegar a viejo. Aún no teníasesenta años y estaba peor que muchos señores de más edad que parecíanhijos suyos. Pero se acordaba de los tiempos en que él y Eduvigistrabajaban a jornal y se habían conocido en las noches de promiscuidadde la gañanía, acabando por casarse. De sus compañeros de miseria,hombres o mujeres, quedaban muy pocos: casi todos habían muerto, y losque quedaban eran casi cadáveres, con el espinazo torcido y los miembrossecos, deformados y torpes.

¿Era aquélla vida de cristianos? ¡Trabajartodo el día bajo el sol o sufriendo frío, sin más jornal que dos reales,y cinco como retribución extraordinaria e inaudita en la época de lasiega! Era verdad que el amo daba la comida, ¡pero qué comida paracuerpos que de sol a sol dejaban sobre la tierra toda su fuerza!...

—¿Tú crees, Rafaé, que eso es comé? Eso es engañá la jambre; prepará elcuerpo pa que lo coja la muerte.

En verano, durante la recolección, les daban un potaje de garbanzos,manjar extraordinario, del que se acordaban todo el año. En los mesesrestantes, la comida se componía de pan, sólo de pan. Pan seco en lamano y pan en la cazuela en forma de gazpacho fresco o caliente, como sien el mundo no existiera para los pobres otra cosa que el trigo. Unapanilla escasa de aceite, lo que podía contener la punta de un cuerno,servía para diez hombres. Había que añadir unos dientes de ajo y unpellizco de sal, y con esto el amo daba por alimentados a unos hombresque necesitaban renovar sus energías agotadas por el trabajo y el clima.

Unos cortijos eran de pan por cuenta, y en ellos se daban tres libraspor cabeza. Una telera de seis libras era el único alimento para dosdías. Otros eran de pan largo, no había tasa, el gañán podía comercuanto desease, pero el horno del cortijo sólo cocía cada diez días ylas teleras cargadas de salvado eran tan ásperas y de tal modo seendurecían que el amo, echándola de generoso, salía ganando, pues nadieosaba hincarlas el diente, más que en la suprema desesperación delhambre.

Tres comidas tenían al día los braceros, todas de pan: una alimentaciónde perros. A las ocho de la mañana, cuando llevaban más de dos horastrabajando, llegaba el gazpacho caliente, servido en un lebrillo. Loguisaban en el cortijo, llevándolo a donde estaban los gañanes, muchasveces a más de una hora de la casa, cayéndole la lluvia en las mañanasde invierno. Los hombres tiraban de sus cucharas de cuerno, formandoamplio círculo en torno de él. Eran tantos, que para no estorbarse semantenían a gran distancia del lebrillo. Cada cucharada era un viaje.Debían avanzar, encorvarse sobre el barreño, que estaba en el suelo,coger la cucharada y retirarse a la fila para devorar las sopas, de unatibieza repugnante. Al aproximarse, los gruesos zapatones hacían saltarel polvo o las pellas de barro, y las últimas cucharadas tenían el mismosabor que si comiesen tierra.

A medio día era el gazpacho frío, preparado en el mismo campo. Pantambién, pero nadando en un caldo de vinagre, que casi siempre era vinode la cosecha anterior, que se había torcido.

Únicamente los zagales ylos gañanes en toda la pujanza de su juventud, le metían la cuchara enlas mañanas de invierno, engulléndose este refresco, mientras elvientecillo frío les hería las espaldas. Los hombres maduros, losveteranos del trabajo, con el estómago quebrantado por largos años deesta alimentación, manteníanse a distancia, rumiando un mendrugo seco.

Y por la noche, cuando regresaban a la gañanía para dormir, otrogazpacho caliente: pan guisado y pan seco, lo mismo que por la mañana.Al morir en el cortijo alguna res cuyas carnes no podían aprovecharse,se regalaba a los braceros, y los cólicos de la intoxicación alterabanpor la noche el amontonamiento de carne adormilada en la gañanía. Otrasveces, los que eran más brutales en su batalla con el hambre, siconseguían matar a pedradas en el campo un cuervo o algún otro pajarracode rapiña, conducíanlo en triunfo al cortijo y lo guisaban, celebrandocon una risa de desesperados este banquete extraordinario.

Los hombres empezaban de pequeños el aprendizaje de la fatigaaplastante, del hambre engañada. A la edad en que otros niños másfelices iban a la escuela, ellos eran zagales de labranza por un real ylos tres gazpachos. En verano servían de rempujeros, marchando traslas carretas, cargadas de mies, como los mastines que caminan a la zagade los carros, recogiendo las espigas que se derramaban en el camino yesquivando los latigazos de los carreteros que los trataban como a lasbestias.

Después eran gañanes, trabajaban la tierra, entregándose a lafaena con el entusiasmo de la juventud, con la necesidad de movimientoy el alarde fanfarrón de fuerza, propios del exceso de vida. Derrochabansu vigor con una generosidad que aprovechaban los amos. Estos preferíansiempre para sus labores la inexperiencia de los mozos y de lasmuchachas. Y cuando aún no habían llegado a los treinta y cinco años sesentían viejos, agrietados por dentro, como si se desplomase su vida, ycomenzaban a ver rechazados sus brazos en los cortijos.

Zarandilla, que había presenciado todo esto, indignábase de quetachasen de holgazanes a los braceros. ¿Por qué habían de trabajar más?¿Qué aliciente les ofrecía el trabajo?...

—Yo he visto mundo, Rafaé. Yo he sido sordao, no de los de ahora, quevan en ferrocarrí, como los señoritos, sino de los que llevaban morriónalto e iban a pie por las carreteras. Yo he corrío toda la naciónmatando hormigas, y he visto mucho en mis viajes.

Y evocaba el recuerdo de las campiñas de Levante, las vegas de Valenciay de Murcia, siempre verdes, pobladas como ciudades, viéndose de cadapueblo los campanarios de otros lugares vecinos; teniendo cada campo suvivienda rústica, y en ella una familia tranquila, y bien alimentada,sacando su alimentación de pedazos de terreno tan pequeños, que él, ensu hipérbole andaluza, los comparaba con pañuelos de bolsillo.

Loshombres trabajaban lo mismo de noche que de día, ayudados por susfamilias, en un noble aislamiento, sin la emulación de grupo ni el miedoal aperador. El hombre no era un esclavo en cuadrilla: rara vez seconocía allí el bracero a jornal. Cada uno cultivaba lo suyo, y losvecinos se ayudaban en las faenas difíciles. El labrador trabajaba paraél, y si el campo tenía un amo, éste limitábase a cobrar elarrendamiento, procurando por la fuerza de la costumbre y por miedo alcompañerismo de los pobres, no aumentar los antiguos precios.

El recuerdo de los campos, siempre verdes, alegraba después de tantosaños al viejo Zarandilla, pasando como una visión luminosa por susojos oscuros.

Después hablaba con tristeza de la tierra en que vivía.

Inmensos camposcuyo término perdíase en el horizonte; surcos que se juntaban yconfundían a lo lejos como las varillas de un abanico, sin que ningúnlímite los cortase. Cuanto se abarcaba con la vista, tierras llanas ocolinas, bancales labrados o manchones para el pasto, todo era de unamo. Podía un hombre caminar horas enteras sin salir de la propiedad deun solo dueño.

Aquellos campos no eran para hombres: eran extensionesque sólo podían cultivar gigantes como los que aparecían en los cuentos,labrándolas con bestias que tuviesen pies y alas. Y la soledad por todaspartes: ni un pueblo, ni otras viviendas que el cortijo. Había quecaminar horas y más horas hasta el límite de otras propiedades.

Provincias enteras eran en Andalucía de un centenar de amos.

Y latierra, una tierra negra que llevaba en sus entrañas la reserva vitalacumulada durante muchos siglos, por un cultivo débil y perezoso debrazos mercenarios, daba escape a su exceso de fuerza con un oleaje deplantas parásitas y nocivas que asomaban entre las cosechas. La escardaapenas si podía combatir esta florescencia de fuerzas perdidas.

El amo de la tierra se resignaba a aceptar lo que esta quisiera darle.La extensión suplía la debilidad de un cultivo rutinario. Si la cosechaera mala, se hacían economías sobre el trabajo de los braceros y sobrelos gazpachos que los alimentaban. Nunca faltaban esclavos queofreciesen sus brazos. A bandadas bajaban de la sierra las mujeres y losgañanes pidiendo trabajo.

El cielo era más azul y sereno que en aquellos países de eterno verdor eincesantes cosechas que él recordaba; lucía el sol con más fuerza, perobajo su lluvia de oro, la tierra andaluza se mostraba triste, con lasoledad del cementerio, silenciosa como si pesase sobre ella la muerte,con un revoloteo de negros pajarracos en lo alto, y abajo, en los campossin límites, centenares de hombres alineados como esclavos, moviendo susbrazos con regularidad automática, vigilados por un capataz.

¡Ni uncampanario; ni una aglomeración de casas blancas como en los paísesdonde existían verdaderos labradores! ¡Aquí sólo se veían siervostrabajando una tierra odiada que jamás podía ser suya; preparando unascosechas de las que no tocarían un solo grano!

—Y la tierra, Rafaé, es jembra, y a las jembras, pa que sean agradecíasy se porten bien, hay que quererlas. Y el hombre no puede queré a unatierra que no es suya. Sólo deja el sudor y la sangre sobre los terronesde que puede sacar el pan. ¿Digo mal, muchacho?...

Que aquella inmensidad de tierra se repartiese entre los que latrabajaban, que los pobres supieran que del surco podían sacar algo másque un puñado de céntimos y los tres gazpachos, ¡y ya se vería si losdel país eran holgazanes!

Resultaban malos trabajadores porque trabajaban para otros; porquetenían la obligación de defender su vida miserable unos cuantos añosmás, huyendo el cuerpo a la faena, prolongando los ratos de descansoconcedidos para fumar un cigarro, llegando al tajo lo más tarde posibley retirándose cuanto antes. ¡Para lo que les daban!... Pero que tuviesensu parte de tierra, y la cuidarían, peinándola y acicalándola a todashoras como una hija, y antes de que clarease el día estarían ya en ellacon la herramienta en la mano. En medio de la noche se levantarían paralas faenas urgentes; aquellas llanuras serían un paraíso, y cada pobretendría su casita, y los lagartos no irían arrastrando su lomo rugoso ypolvoriento días y días sin tropezar con una vivienda humana.

Rafael oponía reparos a los ensueños del viejo. Muy hermosas eran lastierras que había visto Zarandilla, con sus parcelas que bastaban aalimentar una familia. Pero allí había agua en abundancia.

—Y aquí también—gritaba el viejo.—Ahí tienes la sierra, que asín quecaen cuatro gotas, llora por toos los costaos.

¡Agua!... Barcos iban por los ríos de Andalucía hasta muy tierraadentro, mientras en sus orillas los campos se resquebrajaban de sed.¿No era mejor que los hombres hicieran fructificar el suelo y comiesencon la hartura de la abundancia, aunque los barcos descargasen en lospuertos de la costa?

¡Agua!... que les diesen los campos a los pobres yellos la traerían a buenas o a malas, impulsados por la necesidad.

Noserían como los señores, que por mal que se presente la cosecha, siempresacan para vivir poseyendo tanta tierra, y conservan el cultivo lo mismoque los abuelos de sus abuelos.

Los campos que él había admirado enotros países eran inferiores a los de Andalucía. No tenían en susentrañas esa condensación de fuerzas que crea el abandono: estabancansados y había que cuidarlos, dándoles continuamente el medicamentodel guano.

Eran, según Zarandilla, como las señorones que admiraba élen Jerez, hermosas y apuestas con el atractivo del cuidado y losartificios del lujo.

—Y esta tierra nuestro, Rafaé, es como las muchachas que bajan de lasierra con el manijero. Van plagadas de la miseria que recogen en lagañanía; no se lavan la cara, comen mal; pero si las adecentasen, ya severía lo bonitas que son.