La Bodega by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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propiedad,

sin

esa

independenciaenfurruñada del pequeño labrador que tiene la tierra por suya.

Además, el señor Fermín se sentía ligado por todo el resto de suexistencia a la familia Dupont. Había visto a don Pablo en pañales, yaunque le trataba con el respeto que imponía su carácter imperioso, erasiempre para él un niño, acogiendo con bondad paternal todas susrarezas.

El capataz había tenido en su vida un período de dura miseria.

De jovenfue viñador, gozando de la buena época; aquella de la ida al trabajo encalesín y de la cava con zapatos de charol, de la que hablabamelancólicamente el viejo bodeguero de la casa Dupont.

La abundancia hacía generosos a los trabajadores de tales tiempos;pensaban en cosas altas que no acertaban a definir, pero cuya grandezapresentían confusamente. Además, la nación entera estaba de revuelta. Acorta distancia de Jerez, en el mar invisible cuyas brisas llegabanhasta las viñas, los barcos del gobierno habían disparado sus cañonespara anunciar a la reina que debía abandonar su trono. El tiroteo deAlcolea, al otro extremo de Andalucía, despertaba a toda España; «laraza espúrea» había huido: la vida era mejor y el vino parecía más buenoal pensar (¡consoladora ilusión!) que cada uno poseía una pequeña partede aquél poder retenido antes por una sola persona. Además, ¡qué demúsicas arrulladoras para el pobre!,

¡qué de elogios y adulaciones alpueblo que meses antes no era nada y ahora lo era todo!

El señor Fermín se conmovía recordando esta época feliz, que fue la desu matrimonio con la pobre mártir, como él llamaba a su difunta mujer.Se reunían los compañeros de trabajo en las tabernas todas las noches,para leer los papeles públicos, y la caña de vino circulaba sin miedo,con la largueza del jornal abundante y bien retribuido. Un ruiseñorvolaba infatigable de plaza en plaza, teniendo por bosques las ciudades,y su música divina volvía locas a las gentes, haciéndolas pedir a gritosla República... pero Federal, ¿eh?... Federal o nada. Los discursos deCastelar leídos en las reuniones nocturnas, con sus maldiciones alpasado y sus himnos a la madre, al hogar, a todas las ternuras queemocionan el alma simple del pueblo, hacían caer más de una lágrima enlas copas de vino. Luego, cada cuatro días, llegaba impresa en hojasuelta, con renglones cortos, alguna de las cartas que «el ciudadanoRoque Barcia dirigía a sus amigos», con frecuentes exclamaciones de«óyeme bien, pueblo», «acércate, pobre, y compartiré tu frío y tuhambre», que enternecían a los viñadores, haciéndoles tener granconfianza en un señor que les trataba con esta fraternal simpleza. Ypara desengrasarse

de

tanto

lirismo,

de

tanta

Historia

comprimida,repetían las frases ingeniosas del patriarcal Orense, los chistes delmarqués de Albaida, ¡un marqués que estaba con ellos, con los viñadoresy los gañanes, acostumbrados a respetar con cierto temor supersticioso,como seres nacidos en otro planeta, a los aristócratas poseedores delsuelo andaluz!...

El santo respeto a la jerarquía, heredado de los abuelos e ingeridohasta lo más profundo de su alma por largos siglos de servidumbre,influía en el entusiasmo de estos ciudadanos que hablaban a todashoras de la igualdad.

Lo que más halagaba al señor Fermín en sus entusiasmos juveniles, era lacategoría social de los jefes revolucionarios.

Ninguno era jornalero, yesto lo apreciaba él como un mérito de las nuevas doctrinas. Los másilustres defensores de «la idea» en Andalucía salían de las clases queél respetaba con atávica adhesión. Eran señoritos de Cádiz,acostumbrados a la vida fácil y placentera de un gran puerto; caballerosde Jerez, dueños de cortijos, hombres de pelo en pecho, grandes jinetes,expertos en las armas e incansables corredores de juergas: hasta curasentraban en el movimiento, afirmando que Jesús fue el primer republicanoy que al morir en la cruz dijo algo así como

«Libertad, Igualdad yFraternidad».

Y el señor Fermín no vaciló, cuando del mitin y de la declamaciónperiodística, leída en alta voz, hubo que pasar a la excursión por elmonte con la escopeta al hombro en defensa de aquella República que noquerían aceptar los mismos generales que habían expulsado a los reyes. Ytuvo que correr por las montañas de la sierra unos cuantos días, e ir atiros con las mismas tropas que meses antes había él aclamado cuandopasaban sublevadas por Jerez, camino de Alcolea.

En esta aventura conoció a Salvatierra, sintiendo por él una admiraciónque nunca había de enfriarse. La fuga y una larga temporada pasada enTánger fueron el único resultado de sus entusiasmos y cuando al fin pudovolver a la tierra, besó a Ferminillo, el primer hijo que la pobremártir le había dado a los pocos meses de su marcha a la serranía.

Volvió a trabajar en las viñas, algo desilusionado por el mal éxito dela rebelión. Además, la paternidad le hacía egoísta, pensando más en lafamilia que en el pueblo soberano, que podía libertarse sin necesitar desu apoyo. Al ver proclamada la República sintió renacer sus entusiasmos.¡Por fin, ya la tenían!

¡Llegaba lo bueno!... Pero a los pocos meses lebuscó Salvatierra, como a otros muchos. Los de Madrid eran unostraidores y la tal República resultaba un pastel. Había que hacerlafederal o matarla; era preciso proclamar los cantones. Y

otra vezFermín, con el fusil al hombro, batiéndose en Sevilla, en Cádiz y en lamontaña por cosas que no entendía, pero que debían ser verdades tanclaras como el sol, ya que Salvatierra las proclamaba. De esta segundaaventura salió peor librado. Le cogieron y pasó muchos meses en el Hachode Ceuta, confundido con prisioneros carlistas e insurrectos cubanos, enun amontonamiento y una miseria de los que aún se acordaba con horrordespués de tantos años.

Al recobrar la libertad, la vida le pareció en Jerez más triste ydesesperada que en el presidio. La pobre mártir había muerto durantesu ausencia, dejando en poder de unos parientes sus dos hijos,Ferminillo y María de la Luz. El trabajo escaseaba; había sobra debrazos, era reciente la indignación contra los petroleros perturbadores del país; los Borbones acababan de volver, y los ricostemían dar entrada en sus fincas a los que habían visto antes con elfusil en la mano, tratándoles de igual a igual, con gestos amenazadores.

El señor Fermín, para que no le viesen llegar con las manos vacías losparientes pobres que cuidaban de sus pequeñuelos, se dedicó alcontrabando. Su compadre Paco el de Algar, que había ido con él en laspartidas, conocía el oficio. Entre los dos existía el parentesco de lapila bautismal, el compadrazgo, más sagrado entre la gente del campo quela comunidad de sangre. Fermín era el padrino de Rafaelillo, único hijodel señor Paco, al cual también se le había muerto la mujer durante laépoca de persecuciones y presidio.

Los dos compadres emprendieron juntos sus penosas expediciones decontrabandistas pobres. Marchaban a pie, por las veredas

más

abruptas

dela

sierra,

aprovechando

los

conocimientos adquiridos en las complicadasmarchas de las partidas. Su pobreza no les permitía ser caballistas comootros que cabalgaban en pelotón, llevando en la grupa de sus fuertesjacas dos fardos enormes de tabaco y en la perilla de la montura laescopeta repleta de postas para pasar a la brava el contrabando. Eranhumildes mochileros que, al llegar a San Roque o Algeciras, echábanse acuestas tres arrobas de tabaco y emprendían el regreso a la tierrahuyendo de los caminos, buscando las sendas más peligrosas, marchando denoche y ocultándose de día, a gatas por los riscos, imitando los hábitosde las bestias feroces, lamentando ser hombres y no poder seguir elborde de los abismos con la misma seguridad que las bestias.

¡Oh, la vida dura de continuos riesgos, la necesidad de ganarse el panluchando con la oscuridad, con las tempestades y con el hombre, que erael peor de los enemigos! Un ruido a lo lejos, una voz, el aleteo de lospajarracos nocturnos, el chillido de las alimañas invisibles, el ladridode un perro, les hacían ocultarse, tenderse en el suelo entre losjarales punzantes, sofocados por el peso de la mochila. Al partir delcampo fronterizo de Gibraltar pagaban por trasponer la línea delresguardo. Los venales encargados de la vigilancia les imponíancontribución según su clase: tantas pesetas a los mochileros, tantosduros a la gente de a caballo. Partían todos al mismo tiempo, después dedepositar la ofrenda en ciertas manos que salían de unas mangas congalones de oro, y peones y jinetes, todo el ejército del contrabando,abríase como el varillaje de un abanico en la sombra de la noche,tomando distintos caminos para esparcirse por Andalucía. Pero quedaba lodifícil: el peligro de tropezar con las rondas volantes que no habíanparticipado del soborno y se esforzaban por cortar el paso a losdefraudadores y hacer buena presa de sus cargas. Los caballistasinfundían miedo porque contestaban a tiros al ¡quién vive!, y eran losindefensos mochileros los que sufrían toda la persecución.

Dos noches enteras necesitaban los compadres para llegar a Jerez,caminando encorvados, sudorosos en pleno invierno, zumbándoles losoídos, con el pecho oprimido por la carga.

Acercábanse trémulos deinquietud a ciertos pasos de la sierra donde se apostaban los enemigos.Temblaban de miedo al entrar en ciertas gargantas en cuya oscuridadbrillaba el fogonazo y silbaba la bala, al no obedecer ellos al ¡bocaabajo! de los guardias emboscados. Algunos compañeros habían muerto enestos malos pasos. Además, los enemigos se vengaban de las largasesperas al acecho y de la inquietud que les inspiraban los caballistas,dando tremendas palizas a los de a pie. Más de una vez se rasgaba elsilencio nocturno de la sierra con los alaridos de dolor que arrancabanlos bárbaros culatazos dados al azar, en la oscuridad, lejos de todavivienda, lejos de toda ley, en una soledad salvaje...

Pero estos peligros eran los que menos intimidaban a los dos compadres.El miedo a perder la carga les aterraba. ¡Perder la carga! ¡el únicomedio de existencia, el capital de su industria!

¡Verse de golpe sin lasganancias acumuladas en fuerza de exponer su vida noches y noches; tenerque pedir prestado otra vez y empezar de nuevo la pelea para pagar alprestamista, cercenando su pan y el de los pequeños!...

Por no perder sus mochilas emprendían arriesgadas ascensiones en laoscuridad. A la menor alarma huían de las gargantas, dando rodeos porlugares casi inaccesibles, que infundían horror al ser vistos a la luzdel sol. Los cuervos graznaban asustados en sus alturas al percibir elroce de unos animales desconocidos que gateaban en las tinieblas.

Losaguiluchos aleteaban al ver interrumpido su sueño por el arrastre deextraños cuadrúpedos que, abrumados por su giba, avanzaban por el filode los precipicios, haciendo rodar los guijarros con sus manosdesolladas, en el vacío de lóbregas profundidades. El recuerdo de algúncompañero muerto en estos pasos difíciles, congelaba su sangre unmomento: «Allá abajo está Fulano». Allá abajo, en el fondo de la simanegra que bordeaban a tientas, con el tacto de los ciegos; donde sólopodían verle los cuervos, que poco a poco dejarían blancos sus huesosbajo el peso de la mochila, mientras en su casa, la familia, hambriento,movida por una remota esperanza, aguardaba que un día u otro sepresentase.

El recuerdo de los que esperaban al compañero muerto les daba nuevasenergías. También ellos tenían sus churumbeles que podían aguardar elpan eternamente si daban un mal paso:

¡adelante! ¡adelante! Y con elvalor audaz que da la lucha por los hijos, los dos mochileros avanzabanal través del peligro y de la noche.

¡Ay! De los azares que el señor Fermín había corrido en su vida, de lasmiserias en presidio, entre gentes de todos los países, que se matabancon las cucharas afiladas para entretener el ocio del encierro; delmiedo que tuvo a ser fusilado cuando lo prendieron después de derrotadala partida, nada recordaba con tanta tristeza como las tres veces que losorprendieron los carabineros, casi a las puertas de la ciudad, cuandoya se creía en salvo, quitándole lo que llevaba varias noches sobre susespaldas.

¡Y luego, cuando vendía su tabaco a las gentes desocupadas, alos señores de los casinos y los cafés, aún le regateaban algunoscéntimos! ¡Ay; si supieran lo que costaban aquellos paquetes, duros comoladrillos, en los que parecían haberse solidificado los sudores de unafatiga de bestia y los escalofríos del miedo!...

La desgracia, como cansada del tesón con que los dos compadres sabíaneludirla, comenzó a cebarse en ellos. Era en vano que con riesgo de suvida esquivasen durante la noche los pasos difíciles de la sierra. Portres veces les sorprendieron cerca de la ciudad, en los llanos deCaulina, cuando se creían ya en salvo. Les dieron de golpes alarrebatarles aquellas mochilas que representaban la vida para sus hijos;y hasta les amenazaron con un tiro en vista de su reincidencia. Más quelas amenazas les intimidó la pérdida de sus cargas. ¡Adiós los ahorros!Los tres fracasos les dejaban más pobres que antes de comenzar elcontrabando, con deudas que les parecían enormes. Ya nadie querríaprestarles para continuar el negocio.

El compadre, llevando de la mano a Rafaelillo, que era ya un rapaz,marchó a Algar, a su pueblo de la serranía, para ser gañán en uncortijo, si es que le aceptaban viéndole entrado en años y enfermo.

El señor Fermín no tuvo otro refugio que Jerez, y fue todas lasmadrugadas a la plaza Nueva a formar grupo con los jornaleros queesperaban trabajo, acogiendo con resignación el gesto desdeñoso de loscapataces que le repelían por su antigua fama de cantonal y por lasrecientes aventuras del contrabando, que le habían hecho vivir algunosdías en la cárcel. ¡Ay, las mañanas tristes pasadas en la plaza,estremeciéndose con el frío del amanecer, sin más alimento en eldesfallecido estómago que alguna copa de aguardiente de Cazalla,ofrecida por los amigos!

¡Y después la vuelta desalentada a su tugurio,la sonrisa inocente de los hijos y el grito de tristeza de la míseracuñada, al verle aparecer a la hora en que los demás trabajaban!

—¿Tampoco hoy?...

—Tampoco... pero ten carma mujer: arreglaos como podáis y no penséis enmí.

Entonces conoció Fermín a su «ángel protector», como él le llamaba; alhombre que, después de Salvatierra, era el dueño de su voluntad, aDupont el viejo que, viéndole un día, recordó vagamente ciertas muestrasde respeto, ciertos pequeños favores a su casa y a su persona, en laépoca en que aquel infeliz iba por Jerez con aire de amo, orgulloso desu gorro colorado y de las armas que hacía resonar a cada paso, con unestrépito de ferretería vieja.

Fue una genialidad de gran señor, un capricho de millonario que seadmiraba a sí mismo proporcionando un mendrugo a un desesperado queencontraba obstruidos todos los caminos de la vida. Fermín halló unjornal en la viña de Marchamalo, la gran propiedad de los Dupont. Poco apoco fue conquistando la confianza del amo, el cual se fijabaatentamente en su trabajo.

Cuando el antiguo rebelde llegó a ser capataz de la viña, había yasufrido una gran transformación en sus ideas. Se consideraba como unaparte de la casa Dupont. Le enorgullecía la importancia de las bodegasde don Pablo y comenzaba a reconocer que los señores no eran tan maloscomo creían los pobres. Hasta dejó a un lado el respeto que profesaba aSalvatierra, el cual andaba por entonces fugitivo fuera de España, y seatrevió a confesar a los amigos que las cosas no iban del todo maldespués del desastre de sus ilusiones políticas.

Él era el de siempre,federal, sobre todo federal: hasta que no viniese la suya, España nosería feliz, pero mientras tanto, a pesar de los malos gobiernos y deque «el pobre pueblo estaba oprimido», él se creía mejor que en lostiempos pasados. La niña y la cuñada vivían en la viña, en un caserónantiguo, espacioso como un cuartel; el muchacho iba a la escuela enJerez, y don Pablo le había tomado ley y prometía hacerlo «todo unhombre», en vista de su inteligencia despierta. Él, tenía tres pesetasdiarias, sin otra obligación que llevar la cuenta de los jornales,reclutar la gente y vigilarla, para que los remolones no descansasenantes de que él diese la voz para fumar un cigarro.

De sus tiempos de miseria le quedaba la conmiseración para losjornaleros, fingiendo no ver sus descuidos y negligencias.

Pero susactos valían más que sus palabras, pues queriendo demostrar gran interéspor el amo, hablaba duramente a los braceros, con ese exceso deautoridad que revela el humilde apenas se ve elevado sobre suscamaradas.

El señor Fermín y sus hijos penetraban sin darse cuenta en la familiadel amo, hasta llegar a confundirse con ella. La simpleza del capataz,alegre e hidalga como la de todos los labriegos andaluces, le hacíacaptarse la confianza de los de la casa señorial. Don Pablo el viejoreía haciéndole relatar sus fugas por la montaña, unas veces deguerrillero y otras de contrabandista, siempre perseguido por loscarabineros. Los hijos del amo jugaban con él, prefiriendo susmarrullerías y chistes de hombre de campo, al gesto hosco de la ayainglesa que cuidaba de ellos.

Hasta la orgullosa doña Elvira, la hermanadel marqués de San Dionisio, siempre ceñuda y de noble malhumor, como sise creyese postergada por haberse unido con un Dupont, concedía ciertaconfianza al señor Fermín, escuchándole con gesto semejante a los quehabía visto en el teatro, cuando una dama se digna conversar con elviejo escudero, confidente de sus pensamientos.

El capataz creía vivir en el mejor de los mundos contemplando a sushijos corretear por los senderos de la viña con dos de los señoritos dela casa, mientras el mayor, el futuro dueño, a pesar de ser todavía unniño, se mantenía al lado de su madre, imitando sus gestos altivos.Había días en que el carruaje de don Pablo llegaba entre una nube depolvo, a todo correr de sus cuatro briosos caballos, para depositar enMarchamalo un cargamento de chiquillos, casi una escuela. Con los hijosde Dupont llegaba Luisito, huérfano de un hermano de don Pablo, cuyacuantiosa fortuna cuidaba éste; y las hijas del marqués de San Dionisio,dos niñas revoltosas de ojos cándidos y boca insolente, que se peleabancon los muchachos y los hacían correr a pedradas, revelando en susaudacias el carácter de su famoso padre. Y Ferminillo y María de la Luzjugaban con estos niños que habían de poseer cuantiosas fortunas, deigual a igual, con la simplicidad de la infancia que parece un recuerdode los tiempos en que los hombres vivían como hermanos, antes deinventar las jerarquías sociales. El capataz los seguía en sus juegoscon miradas de ternura, sintiendo orgullo de que sus hijos se tutearancon los hijos y parientes del amo. Era la Igualdad soñada, aquellaIgualdad por la que había expuesto su vida, y que al fin llegaba paraél, sólo para él.

Algunas veces se presentaba el marqués de San Dionisio, y a pesar de suscincuenta años lo ponía todo en revolución. La devota doña Elvira seenorgullecía de los títulos nobiliarios del hermano, pero despreciaba alhombre por sus calaveradas, que daban triste celebridad al nobleapellido de Torreroel.

El señor Fermín, influido por sus antiguos respetos a las jerarquíashistóricas, admiraba a aquel noble y alegre vividor.

Estaba devorandolos últimos restos de la gran fortuna de su familia, y había influido enel casamiento de su hermana con Dupont, para tener así un refugio cuandole llegase la hora de la total ruina. Su nobleza era de lo más antiguode Jerez. El pendón de las Navas de Tolosa que sacaban con gran pompa dela casa municipal en determinadas fiestas, lo había ganado a golpes dehacha uno de sus ascendientes. Su título de marqués llevaba el nombredel santo patrón de la ciudad. En su estirpe figuraban toda clase deglorias: amigos de monarcas; Adelantados que infundían miedo a lamorisma; virreyes de las Indias, santos arzobispos, almirantes de lasgaleras reales; pero el alegre marqués daba de barato tantos honores ytan preclaros ascendientes, pensando que hubiera sido mejor para élposeer una fortuna como la de su cuñado Dupont, aunque sin lasobligaciones y trabajos de éste. Vivía en un caserón señorial, últimoresto de una fortaleza sarracena, restaurada y transformada por susabuelos. En los salones, casi vacíos, sólo quedaban como recuerdos delantiguo esplendor algunos tapices astrosos, cuadros negruzcos con santosensangrentados en posturas horripilantes, sillerías de estilo Imperiocon la seda deshilachada; todo lo que no habían querido los corredoresde antigüedades de Sevilla, a los que llamaba el marqués en sus momentosde apuro. Lo demás, trípticos y tablas, espadas y armaduras de losTorreroel de la Reconquista, las riquezas exóticas traídas de las Indiaspor los virreyes, y los regalos que varios monarcas de Europa habíanhecho a sus abuelos, embajadores que dejaron en las cortes más famosasel recuerdo de

su

fastuosidad

principesca,

todo

había

ido

desapareciendodespués de noches terribles en que la fortuna le volvía la espalda en lamesa de juego, consolándose de su desgracia con juergas estruendosas,de las que hablaba Jerez durante mucho tiempo.

Viudo desde muy joven, tenía sus dos hijas bajo la vigilancia de criadasjóvenes, a las que más de una vez sorprendían las pequeñas señoritasabrazadas a papá y tuteándole. La señora de Dupont indignábase alconocer estos escándalos y se llevaba las sobrinas a su casa para que nopresenciasen malos ejemplos.

Pero ellas, verdaderas hijas de su padre,deseaban vivir en este ambiente de libertad, y protestaban con llantosdesesperados y convulsiones en el suelo, hasta que las volvían a laabsoluta independencia de aquel caserón por donde pasaban el dinero y elplacer como un huracán de locura.

La gitanería más famosa acampaba en la casa señorial. El marquéssentíase atraído y dominado por las mujeres de piel aceitunada y ojos detizón, como si en su pasado existiesen ocultos cruzamientos de raza, quetiraban de sus afectos con misteriosa fuerza. Se arruinaba cubriendo dejoyas y vistosos pañolones a gitanas que habían trabajado en loscortijos, escardando los campos y durmiendo en la impúdica, promiscuidadde las gañanías. La interminable tribu de cada una de sus favoritas, leacosaba con el lloriqueo servil y la codicia insaciable propios de laraza; y el marqués se dejaba saquear, riendo la gracia de estosparientes de la mano izquierda, que le adulaban declarando que era un cañi puro, más gitano que todos ellos.

Los toreros famosos pasaban por Jerez para honrar con su presencia al deSan Dionisio que organizaba fiestas estruendosas en su honor. Muchasnoches despertaban las niñas en sus camas oyendo al otro extremo de lacasa el rasgueo de las guitarras, los lamentos del cante hondo, eltaconeo del baile; y veían pasar por las ventanas iluminadas, al otrolado del patio, grande como una plaza de armas, los hombres en mangas decamisa con la botella en una mano y la batea de cañas en la otra, y lasmujeres con el peinado alborotado y las flores desmayadas y temblonassobre una oreja, corriendo con incitante contoneo para evadir lapersecución de los señores o tremolando sus pañolones de Manila como siquisieran torearles. Algunas mañanas, al levantarse las señoritas, aúnencontraban tendidos en los divanes hombres desconocidos que roncabanboca abajo, con los tufos de pelo sudorosos cubriéndoles las orejas, elpantalón desabrochado y más de uno con los residuos de una cena maldigerida a corta distancia de su cara. Estas juergas eran admiradas poralgunos como un simpático alarde de los gustos populares del marqués.

El señor Fermín era de estos admiradores. ¡Un personaje de tantospergaminos, que podía, sin desdoro, hacer el amor a una princesa,encaprichándose de muchachas del pueblo o de gitanas; escogiendo susamigos entre caballistas, toreros y ganaderos y bebiéndose una copa devino con el primer pobre que se aproximaba a pedirle algo! ¡Esto erademocracia pura!... Y al entusiasmo por los gustos plebeyos del prócerque parecía querer resarcir a la gente de la altivez y el orgullo de susempingorotados abuelos, uníase la admiración casi religiosa que lafuerza, el vigor físico, inspira siempre a la gente del campo.

El marqués era un atleta y el mejor jinete de Jerez. Había que verle acaballo, en traje de monte, con el pavero sombreando sus patillasentrecanas y gitanescas, y la garrocha terciada en la silla.

Ni elSantiago de las batallas legendarias podía comparársele, cuando a faltade musulmanes derribaba los toros más bravos y hacía galopar su jaca porlo más intrincado de las dehesas, pasando como un rayo entre ramas ytroncos sin hacerse añicos el cráneo. Hombre sobre el cual dejaba caersu puño, caía redondo: potro cerril cuyos lomos abarcaba con sus piernasde acero, ya podía encabritarse, morder el aire y echar espumarajos decólera, que antes se desplomaba vencido y jadeante que lograbalibertarse del peso de su domador.

La audacia de los primeros Torreroel de la Reconquista y la largueza delos que vivieron después en la corte arruinándose cerca de los reyes,resucitaban en él como la última llamarada de una raza próxima aextinguirse. Podía dar los mismos golpes que dieron sus antecesores alconquistar el pendón en las Navas y se arruinaba con igual indiferenciaque aquellos de sus abuelos que se habían embarcado para rehacer sufortuna gobernando las Indias.

El marqués de San Dionisio mostrábase satisfecho de sus alardes defuerza, de la rudeza de sus bromas, que terminaban casi siempre conlesiones de los compañeros. Cuando le llamaban bruto con acento deadmiración, sonreía orgulloso de su raza. Bruto, sí: como lo habían sidosus mejores abuelos: como lo fueron siempre los caballeros de Jerez,espejo de la nobleza andaluza, arrogantes jinetes formados en dos siglosde batalla diaria y continua algarada en tierras de moros, pues por algoJerez se llamaba de la Frontera. Y recapitulando en su memoria lo quehabía leído u oído sobre la historia de los suyos, reíase de Carlos V elgran Emperador, que, al pasar por Jerez, había querido correr unaslanzas con los jinetes famosos de la tierra que no gustaban de combatesde puro juego, tomándolos en serio como si aún luchasen con moros. Enel primer encuentro le rasgaron la ropilla al emperador; en el segundole hicieron sangre, y la emperatriz, que estaba en los tablados, llamómuy asustada a su esposo, rogándole que reservase su lanza para gentesmenos rudas que los caballeros jerezanos.

El carácter bromista del marqués gozaba de tanta fama como su fuerza. Elseñor Fermín reía en la viña, repitiendo a los trabajadores lasocurrencias graciosas del de San Dionisio. Eran bromas de acción, en lasque siempre había una víctima; genialidades crueles, para regocijar a unpueblo rudo. Un día, al pasar el marqués por el mercado, dos mendigosciegos le reconocían por la voz y le saludaban con frases pomposasesperando que los socorriese como de costumbre.

«Toma, para los dos». Ypasaba adelante, sin dar nada, mientras los dos pordioseros seinsultaban, creyendo cada uno que su camarada había recibido la limosnay le negaba la mitad, hasta que, cansados de injuriarse, enarbolaban suspalos.

Otra vez, el marqués hacía pregonar que el día de su santo daría unapeseta a todo cojo que se presentase en su casa.

Circulaba la noticiapor todas partes y el patio del caserón llenábase de cojos de la ciudady del campo; unos apoyados en muletas, otros arrastrándose sobre lasmanos como larvas humanas. Y al aparecer el marqués en un balcón,rodeado de sus amigotes, abríase la puerta de la cuadra y salía bufandocon espumarajos

de

rabia

un

novillo,

al

que

habían

aguijoneadopreviamente los criados. Los que realmente eran cojos, corrían hacia losrincones, amontonándose, manoteando con la locura del miedo; y losfingidos soltaban las muletas, y con cómica agilidad se encaramaban porlas rejas. El marqués y sus camaradas rieron como chiquillos, y Jerezpasó mucho tiempo comentando la gracia del de San Dionisio y su habitualgenerosidad, pues una vez vuelto el toro a la cuadra, distribuyó eldinero a manos llenas entre los lisiados, verdaderos y falsos, para quea todos les pasase el susto bebiendo algunas cañas a su salud.

El señor Fermín extrañábase de la indignación con que la hermana delmarqués acogía sus originalidades. ¡Un hombre así, no debía morirsenunca!... Pero, al fin, murió. Murió cuando no le quedaba nada quegastar; cuando los salones de su casa no tenían un mueble; cuando sucuñado Dupont se negó de veras a hacerle nuevos préstamos, ofreciéndoleen su casa todo lo que quisiera, cuanto vino desease, pero sin la menorcantidad de dinero.

Sus hijas, que eran casi unas mujeres y llamaban la atención por subelleza picaresca y su desenfado, abandonaron el caserón paterno quetenía mil dueños, ya que se lo disputaban todos los acreedores del deSan Dionisio, y fueron a vivir con su santa tía doña Elvira. Lapresencia de estos adorables diablillos produjo una serie de disgustosdomésticos que amargaron los últimos años de don Pablo Dupont. Su esposano podía tolerar el desenfado de las sobrinas, y Pablo, el hijo mayor,el favorito de la madre, apoyaba sus protestas contra aquellas parientasque venían a turbar la tranquilidad de la casa, como si con ellastrajesen un olor, un eco, de las costumbres del marqués.

—¿De qué te lamentas?—decía don Pablo aburrido.—¿No son tus sobrinas?¿No son sangre tuya?...

Doña Elvira no podía quejarse de los últimos momentos de su hermano.Había muerto como quien era: como un caballero cristiano, como unapersona decente. La enfermedad mortal le había sorprendido en una de sus juergas rodeado de mujeres y mozos de valor. La sangre del primervómito se la habían limpiado las amigas con sus pañolones bordados dechinos y rosas fantásticas. Pero al ver próxima la muerte y oír losconsejos de su hermana, que después de muchos años de ausencia sedecidía a entrar en su casa, quiso «dar buen ejemplo», irse del mundocon la discreción que convenía a su rango. Y sacerdotes de todos hábitosy reglas llegaron hasta su lecho, apartando al sentarse una guitarra ouna enagua olvidada; hablándole del cielo, en el que, seguramente, leguardaban un sitio de preferencia por los méritos de sus mayores. Lasinnumerables cofradías y hermandades de Jerez, en las cuales tenía elalegre noble un cargo hereditario, acompañaron al Viático; y al morir,su cadáver fue vestido de fraile, amontonándose sobre su pecho todas lasmedallas que la señora de Dupont juzgó de más eficacia para que aquelvividor no sufriese retraso ni entorpecimiento en su ascensión a lagloria eterna.

Doña Elvira no podía quejarse de su hermano, que al fin había demostradosu buena sangre en los últimos instantes; no podía quejarse de sussobrinas, pájaros inquietos que agitaban sus plumajes con ciertainsolencia, pero la acompañaban sin réplica a misas y novenas con unagraciosa gravedad, que daba ganas de comérselas a besos. Pero laatormentaban el recuerdo del pasado del marqués y el atolondramiento quemostraban sus hijas al hallarse en presencia de los jóvenes; sus voces ygestos desgarrados, que eran como un eco de lo que habían oído en lacasa paterna.

A la noble señora le indignaba todo lo que pudiese alterar la armoníamajestuosa de su existencia y de su salón. Su mismo esposo era para ellaun motivo de disgusto por sus modales de hombre de trabajo, siempreansioso de descanso, y aquel desenfado grave y un tanto excéntrico quehabía copiado de sus corresponsales de Inglaterra. Sólo sentía por él undébil afecto semejante al que inspira un socio comercial. Estaba unidaa él por el interés común en favor de los hijos; por cierta gratitud alver que su trabajo aseguraba la riqueza de sus descendientes.

En el hijomayor había concentrado toda la cantidad de amor de que era capaz sualma austera y orgullosa.

—Es un Torreroel: es mi hijo; mío solamente. No tiene nada de losDupont.

Y con estas palabras reveladoras de una feroz alegría maternal, creíalibrar a su hijo de un peligro; como si después de haber aceptado elmatrimonio con Dupont por su gran fortuna, le inspirase ésterepugnancia.

Pensaba con orgullo en los millones que tendrían sus hijos, y al mismotiempo despreciaba a los que los habían amasado.

Recordaba mentalmentecon cierta vergüenza el origen de los Dupont, del que hablaban los másviejos de Jerez al comentar su escandalosa fortuna. El primero de ladinastía llegaba a la ciudad a principios del siglo, como un pordiosero,para entrar al servicio de otro francés que había establecido unabodega. Durante la guerra de la Independencia, el amo huía por miedo alas cóleras populares, dejando toda su fortuna confiada al compatriota,que era su servidor de confianza, y éste, en fuerza de dar gritos contrasu país y vitorear a Fernando VII, conseguía que le respetasen y hacíaprosperar los negocios de la bodega, que se acostumbraba a considerarcomo suya. Cuando, terminada la guerra, volvía el verdadero dueño,Dupont se negaba a reconocerle, alegándose a sí mismo, para tranquilidadde la conciencia, que bien había ganado la propiedad de la casa haciendofrente al peligro. Y el confiado francés, enfermo y agobiado por latraición, desaparecía para siempre.

Los negocios de la bodega crecían y se desarrollaban con la fecundidadbeneficiosa que acompaña siempre a todo crimen hábil. Comenzaba lacarrera de honradez de los Dupont, gentes excelentes, con esa bondad delos que no necesitan cometer una mala acción para que sus negociosprosperen, ni ven puesta a prueba su virtud por la desgracia.

La noble doña Elvira, que hacía gala a cada momento de sus ilustresascendientes, sentía cierto escozor al recordar esta historia; perotranquilizábase pronto, pensando que una parte de la gran fortuna ladedicaba a Dios con sus generosidades de devota.

La muerte de don Pablo fue para ella una solución. Sintiose más libre depreocupaciones y remordimientos. Su hijo mayor acababa de casarse ysería el dueño de la casa. Ya no era la fortuna de los Dupont, era de unTorreroel, y con esto le parecía que se borraba su vergonzoso origen, yque Dios protegería mejor los negocios de la casa. La aptitud comercialde Pablo, sus iniciativas y, especialmente, la nueva destilación delcognac, que hacía famoso el nombre de la bodega, parecían afirmar estaspreocupaciones de la buena señora. ¡Dupont, en el rótulo; pero Torreroelen el alma! Su hijo le parecía un gran señor de otras épocas, deaquellos que con toda su nobleza eran agricultores y servían a Diosarado en mano. La industria serviría ahora para que afirmase suimportancia social aquel descendiente de virreyes y santos arzobispos.El Señor bendeciría con su protección al cognac y las bodegas...

El capataz de Marchamalo sintió la muerte del amo más que toda lafamilia. No lloró, pero su hija María de la Luz, que comenzaba a ser unamocita, andaba tras él, animándolo para que saliese de su tristemarasmo, para que no pasase las horas sentado en la plazoleta con lamandíbula entre las manos y la vista perdida en el horizonte,desalentado y triste como un perro sin dueño.

Eran inútiles los consuelos de la niña. ¡Cualquier día olvidaba él a suprotector, al que le había sacado de la miseria! Aquel golpe era de losde prueba: únicamente podía compararse al dolor que le produciría lamuerte de su héroe don Fernando.

María de la Luz, para animarle, sacabadel fondo de un armario alguna botella de las que se dejaban losseñoritos cuando iban a la viña, y el capataz miraba con ojos llorososel líquido dorado de la copa. Pero al llenar ésta por tercera o cuartavez, su tristeza tomaba un acento de dulce resignación:

—¡Lo que somos! Hoy tú... mañana yo.

Para continuar su fúnebre monólogo bebía con la calma del campesinoandaluz, que mira el vino como la mayor de las riquezas y lo huele yexamina, hasta que, a la media hora de este copeo solemne y refinado, supensamiento, saltando de un afecto a otro, abandonaba a Dupont parafijarse en Salvatierra, comentando sus correrías y aventuras, siemprepropagando sus ideales de tal modo, que la mayor parte del tiempo lapasaba en la cárcel.

No por esto olvidaba a su protector. ¡Ay, aquel don Pablo, cuánto bienle había hecho! Por él, su hijo Fermín era un caballero. El viejoDupont, al ver la actividad que mostraba el muchacho en su escritorio,donde había entrado como zagal para los recados, quiso ayudarle con suprotección. Fermín se había instruido aprovechando la presencia en Jerezde Salvatierra. El revolucionario, al volver de su emigración enLondres, ansioso de sol y de tranquilidad campestre, había ido a viviren Marchamalo, al lado de su amigo el capataz. Algunas veces, al entrarel millonario en la viña, se encontraba con el rebelde hospedado en supropiedad sin permiso alguno. El señor Fermín creía que, tratándose deun hombre de tantos méritos, era innecesario solicitar la autorizacióndel amo. Dupont, por su parte, respetaba el carácter probo y bondadosodel agitador, y su egoísmo de hombre de negocios le aconsejaba labenevolencia.

¡Quién sabe si aquellas gentes volverían a mandar el díamenos pensado!...

El millonario y el caudillo de los pobres se estrechaban tranquilamentela mano después de tantos años de no verse, como si nada hubieseocurrido.

—¡Hola, Salvatierra!... Me han dicho que es usted el maestro deFerminillo. ¿Cómo va ese discípulo?

Ferminillo progresaba rápidamente. Muchas noches no quería quedarse enJerez, y emprendía una marcha de más de una hora para ir a la viña enbusca de las lecciones de don Fernando. Los domingos dedicábalos porentero a su maestro, al que adoraba con una pasión igual a la de supadre.

El señor Fermín no supo si fue por consejo de don Fernando o por propiainiciativa del amo; pero lo cierto era que éste, con el acento imperiosoque empleaba para hacer el bien, manifestó su deseo de que Ferminillofuese a Londres a expensas de la casa, para pasar una larga temporada enla sucursal que tenía en Collins-Street.

Ferminillo marchó a Londres, y al escribir, de vez en cuando, mostrábasesatisfecho de su vida. El capataz auguraba a su hijo un brillanteporvenir. Vendría de allá sabiendo más que todos los señores queplumeaban en el escritorio de Dupont. Además, Salvatierra le había dadocartas para los amigos que tenía en Londres, todos polacos, rusos eitalianos, refugiados allí porque en su tierra les querían mal;personajes que eran considerados por el capataz como seres poderososcuya protección envolvería a su hijo mientras viviese.

Pero el señor Fermín se aburría en su retiro, sin poder hablar más quecon los viñadores, que le trataban con cierta reserva, o con su hija,que prometía ser una buena moza, y sólo pensaba en el arreglo yadmiración de su persona. La muchacha se dormía por las noches apenasdeletreaba él a la luz del candil alguno de los folletos de la buenaépoca, los renglones cortos de Barcia, que le entusiasmaban como unaresurrección de su juventud. De tarde en tarde se presentaba don Pabloel joven, que dirigía la gran casa Dupont, dejando que sus hermanosmenores se divirtiesen en la sucursal de Londres, o doña Elvira con sussobrinas, cuyos noviazgos llevaban revuelta a toda la juventud de Jerez.La viña parecía otra, más silenciosa, más triste. Los chicuelos quecorrían por ella en pasados tiempos tenían ahora otras preocupaciones.Hasta la casa de Marchamalo había envejecido tristemente; se agrietabasu vetustez de ruda construcción, que contaba más de un siglo. Elimpetuoso don Pablo, en su fiebre de innovaciones, hablaba de echarlaabajo y levantar algo grandioso y señorial, que fuese como el castillode los Dupont, príncipes de la industria.

¡Qué tristeza! Su protector había muerto, Salvatierra andaba por elmundo y su compadre Paco el de Algar le abandonaba para siempre,muriendo de un enfriamiento allá en un cortijo del riñón de la sierra.También el compadre había mejorado de suerte, aunque sin llegar a labuena fortuna del señor Fermín. En fuerza de trabajar como bracero y derodar por las gañanías errante como un gitano, siempre seguido de suhijo Rafael, que se empleaba en las faenas de zagal, había acabado porser aperador de un cortijo pobre: asunto, como él decía, de matar elhambre sin tener que doblarse ante el surco, debilitado por una vejezprematura y por los rudos lances de la conquista del pan.

Rafael, que era ya un mocetón de dieciocho años, endurecido por eltrabajo, se presentó en la viña para dar la mala noticia a su padrino.

—Muchacho, ¿y ahora qué va a jacer?—preguntó el capataz interesándosepor su ahijado.

El mocetón sonrió al oír hablar de una colocación en otro cortijo. ¡Nadade trabajar la tierra! La aborrecía. Gustábanle los caballos y lasescopetas con entusiasmo juvenil, como a cualquier señorito del CírculoCaballista. En punto a domar un potro o a meter la bala donde ponía elojo, no admitía rival.

Además, era todo un hombre; tan hombre como elque más: le gustaban los valientes para ponerlos a prueba; ansiabaaventuras para que se supiese quién era el hijo de Paco el de Algar. Yal decir esto sacaba el pecho y tendía los brazos en cruz, haciendoalarde de la energía vital, de la juvenil acometividad depositadas en sucuerpo.

—En fin, padrino, que con lo que yo tengo naide se muere de jambre.

Y Rafael no murió de hambre. ¡Qué había de morir!... Su padrino leadmiraba cuando le veía llegar a Marchamalo, montado en un alazán fuertey de libras, vestido como un hacendado de la sierra, con fachenda degalán campesino, asomándole ricos pañuelos de seda por los bolsillos dela chaqueta y el escopetón siempre pendiente de la montura. Al viejocontrabandista le temblaban las carnes de placer oyéndole relatar susproezas. El muchacho vengaba a su compadre y a él de los sustos sufridosen la montaña, de los golpes que les habían dado los que él apellidaba«los esbirros». ¡De seguro que a éste no se le ponían delante paraquitarle la carga!...

El mozo era de los de caballería y no se limitaba a entrar tabaco. Losjudíos de Gibraltar le hacían crédito, y su alazán trotaba llevando a lagrupa fardos de sedas y de vistosos pañolones de China. Ante el absortopadrino y su hija María de la Luz, que le miraba fijamente con sus ojosde brasa, el muchacho sacaba a puñados las monedas de oro, las librasinglesas, como si fuesen ochavos, y acababa por extraer de las alforjasalgún pañuelo vistoso o puntilla complicada, para hacer regalo de ello ala hija del capataz.

Los dos jóvenes se miraban con cierta vehemencia; pero al hablarseexperimentaban una gran timidez, como si no se conocieran desde niños,como si no hubiesen jugado juntos cuando el señor Paco venía de tarde entarde a visitar a su viejo camarada en la viña.

El padrino sonreía socarronamente viendo la turbación de los muchachos.

—No parece sino que ustés no se han visto nunca. Hablarse sin miedo,que ya sé yo que tú buscas ser algo más que mi ahijado... ¡Lástima queandes en esa vida!

Y le aconsejaba que ahorrase, ya que la suerte se le presentaba defrente. Debía guardar sus ganancias, y cuando tuviese un capitalito, yahablarían de lo otro, de aquello que no se nombraba nunca, pero quesabían los tres. ¡Ahorrar!... Rafael sonreía ante este consejo. Tenía enel porvenir la confianza de todos los hombres de acción seguros de suenergía; la generosidad derrochadora de los que conquistan el dinerodesafiando a las leyes y a los hombres; la largueza desenfadada de losbandidos románticos, de los antiguos negreros, de los contrabandistas;de todos los pródigos de su vida que, acostumbrados a afrontar elpeligro, consideran sin valor lo que ganan sorteando a la muerte. En losventorrillos de la campiña, en las chozas de carboneros de la sierra, entodas partes donde se juntaban hombres para beber, él lo pagaba todo conlargueza. En las tabernas de Jerez organizaba juergas de estruendo,abrumando con su generosidad a los señoritos. Vivía como los lasquenetesmercenarios condenados a la muerte, que, en unas cuantas noches de orgíapantagruélica, devoraban el precio de su sangre. Tenía sed de vivir, degozar, y cuando en medio de su existencia azarosa le acometía la duda delo futuro, veía, cerrando los ojos, la graciosa sonrisa de María de laLuz, escuchaba su voz, que siempre le decía lo mismo cuando él sepresentaba en la viña.

—Rafaé: me dicen muchas cosas de ti y toas son malas... ¡Pero tú eresbueno! ¿verdá que cambiarás?...

Y Rafael se juraba a sí mismo que había de cambiar, para que no lemirase con sus ojazos de pena aquel ángel que le aguardaba en lo alto deuna colina, cerca de Jerez, y corría cuesta abajo entre el ramaje de lascepas, al verle de lejos galopar por la polvorienta carretera.

Una

noche,

los

perros

de

Marchamalo

ladraron

desaforadamente. Era cercadel amanecer, y el capataz, echando mano a su escopeta, abrió unaventana. Un hombre en mitad de la plazoleta sosteníase agarrado alcuello de su jaca, que respiraba jadeante, con las piernas temblonas,como si fuese a desplomarse.

—Abra usté, padrino—dijo con débil voz.—Soy yo, Rafaé, que vengojerío. Pa mí, que me han pasao de parte a parte.

Entró en la casa, y María de la Luz, al asomarse tras la cortina depercal de su cuarto, lanzó un alarido. Olvidando todo pudor, la muchachasalió en camisa a ayudar a su padre, que apenas podía sostener almocetón, pálido con palidez de muerte, con las ropas salpicadas desangre negruzca y de otra fresca y roja que caía y caía por debajo de suchaquetón, goteando en el suelo.

Anonadado por su esfuerzo para llegarhasta allí, Rafael se desplomó

en

la

cama,

contándolo

todo

con

palabrasentrecortadas antes de desvanecerse.

Un encuentro en la sierra al anochecer con los del resguardo.

Él habíaherido para abrirse paso, y en la huida le alcanzó una bala en laespalda, debajo del hombro. En un ventorrillo le habían curado decualquier modo, con la misma rudeza con que cuidaban a las bestias, y aloír, en el silencio de la noche, con su fino oído de hombre de lasierra, el trote de los caballos enemigos, había vuelto sobre la sillapara no dejarse coger. Un galope de leguas, desesperado, loco, haciendoesfuerzos por mantenerse sobre los estribos, apretando sus piernas conel estertor de una voluntad próxima a desvanecerse, rodándole la cabeza,viendo nubes rojas en la oscuridad de la noche, mientras por el pecho yla espalda se escurría algo viscoso y caliente, que parecía llevárselela vida con punzante cosquilleo. Deseaba esconderse, que no le cogieran:y para esto, ningún refugio como Marchamalo, en aquella época que noera de trabajo y los viñadores estaban ausentes. Además, si su destinoera morir, deseaba que fuese entre los que más quería en el mundo. Y

susojos se dilataban al decir esto: se esforzaba por acariciar con ellos,entre el lagrimeo del dolor, a la hija de su padrino.

—¡Rafaé! ¡Rafaé!—gemía María de la Luz inclinándose sobre el herido.

Y como si la desgracia le hiciese olvidar su habitual recato, faltó muypoco para que le besase en presencia de su padre.

El caballo murió en la mañana siguiente, reventado por la loca carrera.Su dueño se salvó después de una semana transcurrida entre la vida y lamuerte. El señor Fermín había traído de Jerez un médico, gran amigo deSalvatierra, un compañero de la época heroica, acostumbrado a esta clasede lances. Tuvo delirios que le hacían gritar con el terror de lapesadilla, y cuando después de largos desvanecimientos desentornaba losojos, veía a María de la Luz sentada junto a la cama, inclinando sobreél su cabeza, como si buscase en su aliento la llegada de la reacciónvital que habla de salvarle.

La convalecencia no fue larga. Una vez pasado el peligro, la herida secicatrizó rápidamente. El capataz afirmaba, con cierto orgullo, que suahijado tenía carne de perro. A otro lo hubiesen hecho polvo con unbalazo así: ¡pero, balitas a él, que era el mozo más valiente del campode Jerez!...

Cuando el herido abandonó la cama, acompañábale María de la Luz en susvacilantes paseos por la explanada y los senderos inmediatos. Entre losdos había vuelto a reaparecer esa pudibundez de los amantes campesinos,ese recato tradicional que hace que los novios se adoren sin decírselo,sin declararse su pasión, bastándoles el expresarla mudamente con losojos. La muchacha, que había vendado su herida, que había visto desnudosu pecho robusto, perforado por aquel rasguño de labios violáceos, noosaba ahora, que le veía de pie, ofrecerle su brazo cuando paseabavacilante, apoyándose en un bastón. Entre los dos marcábase un anchoespacio, como si sus cuerpos se repeliesen

instintivamente;

pero

losojos

se

buscaban,

acariciándose con timidez.

A la caída de la tarde, el señor Fermín se sentaba en un banco, bajo lasarcadas de su caserón, con la guitarra en las rodillas.

—¡Venga de ahí, Mariquita de la Lú! Hay que alegrar un poquiyo alenfermo.

Y la muchacha rompía a cantar, con la cara grave y los ojos entornados,como si cumpliese una función sacerdotal.

Únicamente sonreía cuando sumirada se encontraba con la de Rafael, que la escuchaba en éxtasis,acompañando con débil palmoteo el rasguear melancólico de la guitarradel señor Fermín.

¡Oh, la voz de María de la Luz! Una voz grave, de entonacionesmelancólicas, como la de una mora habituada a eterna clausura que cantapara oídos invisibles tras las tupidas celosías: una voz que temblabacon litúrgica solemnidad, como si meciese el sueño de una religiónmisteriosa sólo de ella conocida. De repente, se adelgazaba, partiendocomo un relámpago hacia las alturas, hasta convertirse en un alaridoagudo, en un grito que serpenteaba, formando complicados arabescos desalvaje bizarría.

Las vulgares coplas, oídas por Rafael tantas veces en sus juergas conlas gitanas, parecían nuevas en los labios de María de la Luz. Adquiríanun sentimentalismo conmovedor, una unción religiosa en el silencio delcampo, como si aquella poesía ingenua y gallarda, cansada de rodar sobrelas mesas, manchadas de vino y de sangre, se rejuveneciera al tendersesoñolienta en los surcos de la tierra bajo los pabellones de pámpanos.La voz de María de la Luz era famosa en la ciudad. En Semana Santa, lagente que presenciaba el paso de las procesiones de encapuchados a altashoras de la noche, corría para oírla de más cerca.

—Es la niña del capataz de Marchamalo que va a echarle una saeta alCristo.

Y empujada por las amigas, abría los labios y ladeaba la cabeza con ungesto lacrimoso, igual al de la Dolorosa; y el silencio de la noche, queparecía agrandado por la emoción de una religiosidad lúgubre, rasgábasecon el lento y melódico quejido de aquella voz de cristal que llorabalas trágicas escenas de la Pasión. Más de una vez la muchedumbre,olvidando la santidad de la noche, prorrumpía en elogios a la gracia dela chiquilla y en bendiciones a la madre que la había parido, sinrespetar el aparato inquisitorial del sagrado Entierro con sus negrosencapuchados y sus fúnebres blandones.