La Bodega by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

LA BODEGA

—NOVELA—

19.000

F. SEMPERE Y COMPAÑÍA, EDITORES

Isabel la Católica, 5

Salas, 4 (Sucursal)

VALENCIA

MADRID

Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.a—VALENCIA Capítulos:I, II, III, IV, V, VI,

VII, VIII, IX, X

I

Apresuradamente, como en los tiempos que llegaba tarde a la escuela,entró Fermín Montenegro en el escritorio de la casa Dupont, la primerabodega de Jerez, conocida en toda España;

«Dupont Hermanos», dueños delfamoso vino de Marchamalo, y fabricantes del cognac cuyos méritos sepregonan en la cuarta plana de los periódicos, en los rótulosmulticolores de las estaciones de ferrocarril, en los muros de las casasviejas destinados a anuncios y hasta en el fondo de las garrafas de aguade los cafés.

Era lunes, y el joven empleado llegaba al escritorio con una hora deretraso. Sus compañeros apenas levantaron la vista de los papeles cuandoél entró, como si temieran hacerse cómplices con un gesto, con unapalabra, de esta falta inaudita de puntualidad.

Fermín miró coninquietud el vasto salón del escritorio y se fijó después en undespacho contiguo, donde en medio de la soledad alzábase majestuoso un bureau de lustrosa madera americana.

«El amo» no había llegado aún. Yel joven, más tranquilo ya, sentose ante su mesa y comenzó a clasificarlos papeles, ordenando el trabajo del día.

Aquella mañana encontraba al escritorio algo de nuevo, deextraordinario, como si entrase en él por vez primera, como si nohubiesen transcurrido allí quince años de su vida, desde que leaceptaron como zagal para llevar cartas al correo y hacer recados, envida de don Pablo, el segundo Dupont de la dinastía, el fundador delfamoso cognac que abrió «un nuevo horizonte al negocio de las bodegas»,según decían pomposamente los prospectos de la casa hablando de él comode un conquistador; el padre de los «Dupont Hermanos» actuales, reyes deun estado industrial formado por el esfuerzo y la buena suerte de tresgeneraciones.

Fermín nada veía de nuevo en aquel salón blanco, de una blancura depanteón, fría y cruda, con su pavimento de mármol, sus paredes estucadasy brillantes, sus grandes ventanales de cristal mate, que rasgaban elmuro hasta el techo, dando a la luz exterior una láctea suavidad. Losarmarios, las mesas y las taquillas de madera oscura, eran el único tonocaliente de este decorado que daba frío. Junto a las mesas, loscalendarios de pared ostentaban grandes imágenes de santos y de vírgenesal cromo. Algunos empleados, abandonando toda discreción, para halagaral amo, habían clavado junto a sus mesas, al lado de almanaques inglesescon figuras modernistas, estampas de imágenes milagrosas, con su oraciónimpresa al pie y la nota de indulgencias. El gran reloj, que desde elfondo del salón alteraba el silencio con sus latidos, tenía la forma deun templete gótico, erizado de místicas agujas y pináculos medioevales,como una catedral dorada de bisutería.

Esta decoración semirreligiosa de una oficina de vinos y cognacs era loque despertaba cierta extrañeza en Fermín, después de haberla vistodurante muchos años. Persistían aún en él las impresiones del díaanterior. Había permanecido hasta hora muy avanzada de la noche con donFernando Salvatierra, que volvía a Jerez después de ocho años dereclusión en un presidio del Norte de España. El famoso revolucionariovolvía a su tierra modestamente, sin alarde alguno, como si los añostranscurridos los hubiese pasado en un viaje de recreo.

Fermín le encontraba casi igual que la última vez que le vio, antes demarchar él a Londres para perfeccionar sus estudios de inglés. Era eldon Fernando que había conocido en su adolescencia; igual voz paternal ysuave, la misma sonrisa bondadosa; los ojos claros y serenos, lacrimosospor la debilidad, brillando tras unas gafas ligeramente azuladas. Lasprivaciones del presidio habían encanecido sus cabellos rubios en lassienes y blanqueado su barba rala, pero el gesto sereno de la juventudseguía animando su rostro.

Era un «santo laico», según confesaban sus adversarios.

Nacido dossiglos antes, hubiese sido un religioso mendicante preocupado por eldolor ajeno y tal vez habría llegado a figurar en los altares. Mezcladoen las agitaciones de un período de luchas, era un revolucionario. Seconmovía con el lloro de un niño: desprovisto de todo egoísmo, no habíaacción que considerase indigna para auxiliar a los desgraciados, y, sinembargo, su nombre producía escándalo y temor en los ricos, y lebastaba, en su existencia errante, mostrarse algunas semanas enAndalucía, para que al momento se alarmasen las autoridades y seconcentrara la fuerza pública. Iba de un lado a otro como un Asheverusde la rebeldía, incapaz de hacer daño por sí mismo, odiando laviolencia, pero predicándola a los de abajo como único medio desalvación.

Fermín recordaba su última aventura. Estaba él en Londres cuando leyó laprisión y la sentencia de Salvatierra. Había aparecido en la campiña deJerez, cuando los trabajadores del campo acababan de iniciar una de sushuelgas.

Su presencia entre los rebeldes fue el único delito. Le prendieron, y alinterrogarle el juez militar, se negó a jurar por Dios. La sospecha decomplicidad en la huelga y su irreligiosidad inaudita bastaron paraenviarle a presidio. Fue una injusticia que el miedo social se permitiócon un ser peligroso. El juez le abofeteó durante un interrogatorio, ySalvatierra, que de joven se había batido en las insurrecciones delperíodo revolucionario, limitose, con una serenidad evangélica, a pedirque pusieran en observación al violento juez, pues debía sufrir unaenfermedad mental.

En el presidio, sus costumbres habían causado asombro.

Dedicado porafición al estudio de la Medicina, servía de enfermero a los presos,dándoles su comida y sus ropas. Iba haraposo, casi desnudo; cuanto leenviaban sus amigos de Andalucía pasaba inmediatamente a poder de losmás desgraciados. Los guardianes, viendo en él al antiguo diputado, alagitador famoso que en el período de la República se había negado a serministro, le llamaban don Fernando, con instintivo respeto.

—Llamadme Fernando a secas—decía con sencillez.—

Habladme de tú, comoyo os hablo. No somos más que hombres.

Al llegar a Jerez, después de permanecer algunos días en Madrid entrelos periodistas y los antiguos compañeros de vida política, que lehabían conseguido el indulto sin hacer caso de su resistencia aaceptarlo, Salvatierra se dirigió en busca de los amigos que aún lerestaban fieles. Había pasado el domingo en una pequeña viña que teníacerca de Jerez un corredor de vinos, antiguo compañero de armas delperíodo de la Revolución.

Todos los admiradores habían acudido alenterarse del regreso de don Fernando. Llegaban viejos arrumbadores delas bodegas, que de muchachos habían marchado a las órdenes deSalvatierra por las asperezas de la inmediata serranía, disparando suescopeta por la República Federal: jóvenes braceros del campo queadoraban al don Fermín de la segunda época, hablando del reparto de lastierras y de los absurdos irritantes de la propiedad.

Fermín también había ido a ver al maestro. Recordaba sus años de lainfancia; el respeto con que oía a aquel hombre, admirado por su padre yque durante largas temporadas vivió en su casa. Sentía agradecimiento alrecordar la paciencia con que le había enseñado a leer y escribir, cómole había dado las primeras lecciones de inglés y cómo le inculcó las másnobles aspiraciones de su alma; aquel amor a la humanidad en que parecíaarder el maestro.

Al verle tras su largo cautiverio, don Fernando le estrechó la mano, sinla más leve emoción, como si se hubiesen encontrado poco antes, y lepreguntó por su padre y su hermana con voz suave y gesto plácido. Era elhombre de siempre, insensible para el dolor propio, conmovido ante elsufrimiento de los demás.

Toda la tarde y gran parte de la noche permaneció en la casita de laviña el grupo de amigos de Salvatierra. El dueño, rumboso y entusiasmadopor la vuelta del grande hombre, sabía obsequiar a la reunión. Las cañasde color de oro circulaban a docenas sobre la mesa cubierta de platos deaceitunas, lonchas de jamón y otros comestibles que servían de pretextopara desear el vino.

Todos lo saboreaban entre palabra y palabra, con laprodigalidad en el beber propia de la tierra. Al cerrar la noche muchosse mostraban perturbados: únicamente Salvatierra estaba sereno. Él sólobebía agua, y en cuanto a comer, se resistió a tomar otra cosa que unpedazo de pan y otro de queso. Esta era su comida dos veces al día desdeque salió de presidio, y sus amigos debían respetarla. Con treintacéntimos tenía lo necesario para su existencia. Había decidido quemientras durase el desconcierto social y millones de semejantesperecieran lentamente por la escasez de alimentación, él no teníaderecho a más.

¡Oh, la desigualdad! Salvatierra se enardecía, abandonaba su flemabondadosa al pensar en las injusticias sociales. Centenares de miles deseres morían de hambre todos los años. La sociedad fingía no saberlo,porque no caían de repente en medio de las calles como perrosabandonados; pero morían en los hospitales, en

sus

tugurios,

víctimas

enapariencia

de

diversas

enfermedades; pero en el fondo, ¡hambre! ¡todohambre!... ¡Y

pensar que en el mundo había reservas de vida para todos!¡Maldita organización que tales crímenes consentía!...

Y Salvatierra, ante el silencio respetuoso de sus amigos, hacía elelogio del porvenir revolucionario, de la sociedad comunista, ensueñogeneroso, en la cual los hombres encontrarían la felicidad material y lapaz del alma. Los males del presente eran una consecuencia de ladesigualdad. Las mismas enfermedades eran otra consecuencia. En lofuturo, el hombre moriría por el desgaste de su máquina, sin conocer elsufrimiento.

Montenegro, escuchando a su maestro, evocaba uno de los recuerdos de sujuventud, una de las paradojas más famosas de don Fernando, antes de queéste fuera al presidio y él partiese para Londres.

Salvatierra hablaba en un mitin explicando a los obreros lo que sería lasociedad del porvenir. ¡No más opresores y falsarios!

Todas lasdignidades y profesiones del presente habían de desaparecer. Quedaríansuprimidos los sacerdotes, los guerreros, los políticos, los abogados...

—¿Y los médicos?—preguntó una voz desde el fondo de la sala.

—Los médicos también—afirmó Salvatierra con su fría tranquilidad.

Hubo un murmullo de asombro y extrañeza, como si el público que leadmiraba fuese a reírse de él.

—Los médicos también, porque el día que triunfe nuestra revolución seacabarán las enfermedades.

Y como presintiese que iba a estallar una carcajada de incredulidad, seapresuró a añadir:

—Se acabarán las enfermedades, porque las que ahora existen son porhaber hecho ostentación de la riqueza, comiendo más de lo que necesitael organismo, o por comer menos la pobreza de lo que exige elsostenimiento de su vida. La nueva sociedad, repartiendo

equitativamentelos

medios

de

subsistencia,

equilibrará la vida suprimiendo lasenfermedades.

Y el revolucionario ponía tal convicción, tal fe en sus palabras, queestas y otras paradojas imponían silencio, siendo acogidas por loscreyentes con el mismo respeto que las simples turbas medioevalesescuchaban al apóstol iluminado que les anunciaba el reinado de Dios.

Los compañeros de armas de don Fernando recordaban el período heroico desu vida, las partidas en la Sierra, dando cada uno gran abultamiento asus hazañas y penalidades, con el espejismo del tiempo y de laimaginación meridional, mientras el antiguo jefe sonreía como siescuchase el relato de juegos infantiles. Aquella había sido la épocaromántica de su existencia. ¡Luchar por formas de gobierno!... En elmundo había algo más. Y Salvatierra recordaba su desilusión en la cortaRepública del 73, que nada pudo hacer, ni de nada sirvió.

Suscompañeros de la Asamblea, que cada semana tumbaban un gobierno ycreaban otro para entretenerse, habían querido hacerle ministro.¿Ministro él? ¿Y para qué? Únicamente lo hubiese sido para evitar que enMadrid hombres, niños y mujeres durmieran a la intemperie en las nochesde invierno, refugiándose en los quicios de las puertas y en losrespiraderos de las cuadras, mientras permanecían cerrados e inserviblesen el paseo de la Castellana los grandes hoteles de la gente rica,hostil al gobierno, que se había trasladado a París cerca de losBorbones para trabajar por su restauración. Pero este programaministerial no había gustado a nadie.

Después, los amigos, al remontarse en su memoria hasta lasconspiraciones en Cádiz, antes de la sublevación de la escuadra, habíanrecordado a la madre de Salvatierra... ¡Mamá!

Los ojos delrevolucionario se mostraron más lacrimosos y brillantes detrás de lasgafas azuladas. ¡Mamá!... Su gesto, sonriente y bondadoso, se borró bajouna contracción de dolor.

Era su única familia, y había muerto mientrasél permanecía en el presidio. Todos estaban acostumbrados a oírle hablarcon infantil sencillez de aquella buena anciana, que no tenía unapalabra de reproche para sus audacias y encontraba aceptables susprodigalidades de filántropo, que le hacían volver a casa medio desnudosi encontraba un compañero falto de ropa.

Era como las madres de lossantos de la leyenda cristiana, cómplices sonrientes de todas lasgenerosas locuras y disparatados desprendimientos de sus hijos. «Esperadque avise a mamá, y soy con vosotros», decía horas antes de unaintentona revolucionaria, como si esta fuese su única precauciónpersonal.

Y mamá había visto sin protesta cómo en estas empresas segastaba la modesta fortuna de la familia, y le seguía a Ceuta cuando leindultaban de la pena de muerte por la de reclusión perpetua; siempreanimosa y sin permitirse el más leve reproche, comprendiendo que la vidade su hijo había de ser así forzosamente, no queriendo causarlemolestias con inoportunos consejos, orgullosa, tal vez, de que suFernando arrastrase a los hombres con la fuerza de los ideales yasombrara a los enemigos con su virtud y su desinterés. ¡Mamá!... Todoel cariño de célibe, de hombre que, subyugado por una pasiónhumanitaria, no había tenido ocasión de fijarse en la mujer, loconcentraba Salvatierra en su animosa vieja. ¡Y ya no vería más a mamá!¡no encontraría aquella vejez que le rodeaba de mimos maternales como siviese en él un eterno niño!...

Quería ir a Cádiz para contemplar su tumba: la capa de tierra que leocultaba a mamá para siempre. Y había en su voz y en su mirada algo dedesesperación; la tristeza de no poder aceptar el engaño consolador deotra vida; la certidumbre de que más allá de la muerte se abría laeterna noche de la nada.

La tristeza de su soledad le hacía agarrarse con nueva fuerza a susentusiasmos de rebelde. Dedicaría lo que le restaba de existencia a susideales. Por segunda vez le sacaban de presidio y volvería a él siempreque los hombres quisieran. Mientras se mantuviera de pie, pelearíacontra la injusticia social.

Y las últimas palabras de Salvatierra, de negación para lo existente, deguerra a la propiedad y a Dios, tapujo de todas las iniquidades delmundo, zumbaban aún en los oídos de Fermín Montenegro, cuando a lamañana siguiente ocupó su puesto en la casa Dupont. La diferenciaradical entre el ambiente casi monástico del escritorio, con susempleados silenciosos, encorvados junto a las imágenes de los santos, yaquel grupo que rodeaba a Salvatierra de veteranos de la revoluciónromántica y jóvenes combatientes de la conquista del pan, turbaba aljoven Montenegro.

Conocía de antiguo a todos sus compañeros de oficina, su ductilidad anteel carácter imperioso de don Pablo Dupont, el jefe de la casa. Él era elúnico empleado que se permitía cierta independencia, sin duda por elafecto que la familia del jefe profesaba a la suya. Dos empleadosextranjeros, uno francés y otro

sueco,

eran

tolerados

como

necesariospara

la

correspondencia extranjera; pero don Pablo les mostraba ciertodespego, al uno por su falta de religiosidad y al otro por ser luterano.Los demás empleados, que eran españoles, vivían sujetos a la voluntaddel jefe, cuidándose, más que de los trabajos de la oficina, de asistira todas las ceremonias religiosas que organizaba don Pablo en la iglesiade los Padres Jesuitas.

Montenegro temía que su jefe supiera a aquellas horas dónde había pasadoel domingo. Conocía las costumbres de la casa: el espionaje a que sededicaban los empleados para ganarse el afecto de don Pablo. Variasveces notó que don Ramón, el jefe de la oficina y director de lapublicidad, le miraba con cierto asombro. Debía estar enterado de lareunión; pero a éste no le tenía miedo. Conocía su pasado: su juventud,transcurrida en los bajos fondos del periodismo de Madrid, batallandocontra todo lo existente, sin conquistar un mendrugo de pan para lavejez, hasta que, cansado de la lucha, acosado por el hambre, y bajo elpesimismo del fracaso y la miseria, se había refugiado en el escritoriode Dupont para redactar los anuncios originales y los pomposos catálogosque popularizaban los productos de la casa.

Don Ramón, por sus anunciosy sus alardes de religiosidad, era la persona de confianza de Dupont elmayor; pero Montenegro no le temía, conociendo las creencias del pasadoque aún perduraban en él.

Más de media hora pasó el joven examinando sus papeles, sin dejar demirar, de vez en cuando, al vecino despacho, que seguía desierto. Comosi quisiera retardar el momento de ver a su jefe, buscó un pretexto parasalir del escritorio y cogió una carta de Inglaterra.

—¿Adónde vas?—preguntó don Ramón viéndole salir del escritorio,después de haber llegado con tanto retraso.

—Al depósito de las referencias. Tengo que explicar el pedido.

Y salió del escritorio para internarse en las bodegas, que formaban casiun pueblo, con su agitada población de arrumbadores, mozos de carga ytoneleros, trabajando en las explanadas, al aire libre o en las galeríascubiertas, entre las filas de barricas.

Las bodegas de Dupont ocupaban todo un barrio de Jerez.

Eranaglomeraciones de techumbres que cubrían la pendiente de una colina,asomando entre ellas la arboleda de un gran jardín.

Todos los Dupontshabían ido añadiendo nuevas construcciones a la antigua bodega, conformese agrandaban sus negocios, convirtiéndose a las tres generaciones, elprimitivo y modesto cobertizo, en una ciudad industrial, sin humo, sinruido, plácida y sonriente bajo el cielo azul cargado de luz, con lasparedes de una blancura nítida y creciendo las flores entre los tonelesalineados en las grandes explanadas.

Fermín pasó frente a la puerta de lo que llamaban el Tabernáculo, unpabellón ovalado, con montera de cristales, inmediato al cuerpo deedificio donde estaban el escritorio y la oficina de expedición. El Tabernáculo contenía lo más selecto de la casa. Una fila de tonelesderechos ostentaba en sus panzas de roble los títulos de los famososvinos que sólo se dedicaban al embotellado; líquidos que brillaban contodos los tonos del oro, desde el resplandor rojizo del rayo de sol alreflejo pálido y aterciopelado de las joyas antiguas: caldos de suavefuego que, aprisionados en cárceles de cristal, iban a derramarse en elambiente brumoso de Inglaterra o bajo el cielo noruego de borealesesplendores. En el fondo del pabellón, frente a la puerta, estaban loscolosos de esta asamblea silenciosa e inmóvil; los Doce Apóstoles,barricas enormes de roble tallado y lustroso como si fuesen muebles delujo; y, presidiéndolos, el Cristo, un tonel con tiras de robleesculpidas en forma de racimos y pámpanos, como un bajo-relieve báquicode un artista ateniense.

En su panza dormía una oleada de vino; treintay tres botas, según constaba en los registros de la casa, y el gigante,en su inmovilidad, parecía orgulloso de su sangre, que bastaba parahacer perder la razón a todo un pueblo.

En el centro del Tabernáculo, sobre una mesa redonda, mostrábanseformadas en círculo todas las botellas de la casa, desde el vino, casifabuloso, viejo de un siglo, que se vende a treinta francos para lasfiestas tormentosas de archiduques, grandes-duques y famosas cocottes,hasta el Jerez popular que envejece tristemente en los escaparates delas tiendas de comestibles y ayuda al pobre en sus enfermedades.

Fermín echó una mirada al interior del Tabernáculo. Nadie.

Los tonelesinmóviles, hinchados por la sangre ardorosa de sus vientres, con elpintarrajeo de sus marcas y escudos, parecían viejos ídolos rodeados deuna calma ultraterrena. La lluvia de oro del sol, filtrándose al travésde los cristales de la cubierta, formaba en torno de ellos un nimbo deluz irisada. El roble tallado y oscuro parecía reír con los temblonescolores del rayo de sol.

Montenegro siguió adelante. Las bodegas de Dupont formaban unescalonamiento de edificios. De unos a otros extendíanse las explanadas,y en ellas alineaban los arrumbadores las filas de toneles para que loscaldease el sol. Era el vino barato, el Jerez ordinario, que paraenvejecerse rápidamente era expuesto al calor solar. Fermín recordaba lasuma de tiempo y trabajo necesarios para producir un buen Jerez. Diezaños eran precisos para criar el famoso vino: diez fermentacionesfuertes se necesitaban para que se formase, con el perfume selvático yel ligero sabor de avellana que ningún otro vino podía copiar. Pero lasnecesidades de la concurrencia mercantil, el deseo de producir barato,aunque fuese malo, obligaba a apresurar el envejecimiento del vino,poniéndolo al sol para acelerar su evaporación.

Montenegro, pasando por los tortuosos senderos que formaban las filas detoneles, llegó a la bodega de los Gigantes, el gran depósito de lacasa; el almacén inmenso de los caldos antes de adquirir éstos forma ynombre, el Limbo de los vinos, donde se agitaban sus espíritus en lavaguedad de lo indeterminado. Hasta la alta techumbre llegaban los conospintados de rojo con aros negros; torreones de madera semejantes a lasantiguas torres de asedio; gigantes que daban su nombre al departamentoy contenían cada uno en sus entrañas más de setenta mil litros.

Bombasmovidas a vapor trasegaban los líquidos, mezclándolos.

Las mangas degoma iban de uno a otro gigante como tentáculos absorbentes que chupabanla esencia de su vida. El estallido de una de estas torres podía inundarde pronto con mortal oleada todo el almacén, ahogando a los hombres queconversaban al pie de los conos. Saludaron los trabajadores aMontenegro, y éste, por una puerta lateral de la bodega de los Gigantes, pasó a la llamada «de Embarque», donde estaban los vinos sinmarca para la imitación de todos los tipos.

Era una nave grandiosa con la bóveda sostenida por dos filas depilastras. Junto a éstas alineábanse los toneles en tres hilerassuperpuestas, formando calles.

Don Ramón, el jefe del escritorio, recordando sus antiguas aficiones,comparaba la bodega de embarque con la paleta de un pintor. Los vinoseran colores sueltos: pero llegaba el técnico, el encargado de lascombinaciones, y cogiendo un poco de aquí y otro de allá, creaba elMadera, el Oporto, el Marsala, todos los vinos del mundo, imitados conarreglo a la petición del comprador.

Esta era la parte de la bodega de los Dupont dedicada al engañoindustrial. Las necesidades del comercio moderno obligaban a losmonopolizadores de uno de los primeros vinos del mundo, a intervenir enestos amaños y combinaciones, que constituían con el cognac la mayorexportación de la casa. En el fondo de la bodega de embarque estaba elcuarto de las referencias, «la biblioteca de la casa», como decíaMontenegro.

Una anaquelería con puertas de cristales guardaba alineadosen compactas filas miles y miles de pequeños frascos, cuidadosamentetapados, cada uno con su etiqueta, en la que se consignaba una fecha.Esta aglomeración de botellas era como la historia de los negocios de lacasa. Cada frasco guardaba la muestra de un envío; la referencia de unlíquido fabricado con arreglo al deseo del consumidor. Para que serepitiera la remesa no tenía el cliente más que recordar la fecha, y elencargado de las referencias buscaba la muestra, elaborando de nuevoel líquido.

La bodega de embarque contenía cuatro mil botas de distintos vinos paralas combinaciones. En un cuarto lóbrego, sin otra luz que un ventanillocerrado por un vidrio rojo, estaba la cámara oscura. Allí el técnicoexaminaba, al través del rayo luminoso, la copa de vino del barrilrecién abierto.

Con arreglo a las referencias o a la nota enviada del escritorio,combinaba el nuevo vino con los diversos líquidos y después marcaba conclarión en las caras de los toneles el número de jarras que había queextraer de cada uno para formar la mixtura. Los arrumbadores, mocetonesfornidos, en cuerpo de camisa, arremangados y con la amplia faja negrabien ceñida a los riñones, iban de un lado a otro con sus jarras demetal, trasegando los vinos de la combinación al tonel nuevo del envío.

Montenegro conocía desde su niñez al técnico de la bodega de embarque.Era el empleado más antiguo de la casa. Había alcanzado a ver en suniñez al primer Dupont, fundador del establecimiento. El segundo lehabía tratado como a compañero, y al actual jefe, a Dupont el joven, lohabía tenido en sus brazos, uniéndose al tuteo de la confianza paternalel miedo que le inspiraba don Pablo con su carácter imperioso de dueño aestilo antiguo.

Era un viejo que parecía hinchado por el ambiente de la bodega. Su piel,surcada por las arrugas, tenía el brillo de una eterna humedad, como siel vino volatilizado penetrase por todos sus poros y se escurriese porel borde de su bigote en forma de lágrimas.

Aislado en su bodega, obligado al silencio por los largos encierros enla cámara oscura, sentía la comezón de hablar cuando se presentabaalguno del escritorio, especialmente Montenegro, que, lo mismo que él,podía tenerse por hijo de la casa.

—¿Y tu padre?—preguntó a Fermín.—Siempre en la viña,

¿eh?... Allí seestá mejor que en esta cueva húmeda. De seguro que vivirá más años queyo.

Y al fijarse en el papel que le ofrecía Montenegro, hizo un mohín dedisgusto.

—¡Otro

encarguito!—exclamó

irónicamente.—¡Vino

combinado para elembarque!... Bien van los negocios, señor Dios. Antes éramos la primeracasa del mundo, la única, por nuestros vinos y nuestras soleras delpaís. Ahora fabricamos mejunjes, vinos de extranjería, el Madera, elOporto, el Marsala, o imitamos el Tintillo de Rota y el Málaga. ¡Y paraesto cría Dios los caldos de Jerez y da fuerza a nuestras viñas! ¡Paraque neguemos nuestro nombre!... ¡Vamos, que siento un deseo de que lafiloxera acabe con todo para no aguantar más falsificaciones ymentiras!...

Montenegro conocía las manías del viejo. No le presentaba una nota deembarque que no prorrumpiese en maldiciones contra la decadencia de losvinos de Jerez.

—Tú no has alcanzado la buena época, Ferminillo—

continuó;—por estotomas las cosas con tanta pachorra. Tú eres de los modernos, de los quecreen que las cosas marchan bien porque vendemos mucho cognac comocualquier casa de esos países extranjeros, cuyas viñas sólo producenporquería, sin que Dios les conceda la menor cosa que se parezca alJerez... Dime, tú que has corrido mundo, ¿dónde has visto nuestra uva de Palomino, ni la de Vidueño, ni el Mantuo de Pila, ni el Cañocaso, ni el Perruno, ni el Pedro Ximénez?... ¡Qué has de ver!Eso sólo se cría en esta tierra: es un regalo de Dios...; y, con tantariqueza, fabricamos cognac o vinos de imitación porque el Jerez, elverdadero Jerez ya no está de moda, según dicen esos señores delextranjero! Aquí se acaban las bodegas. Esto son licorerías, boticas,cualquier cosa, menos lo que fueron en otro tiempo y ¡vamos!, que me danganas de echar a volar para no volver, cuando os presentáis con esospapelillos, pidiéndome que haga otra falsificación.

El viejo se indignaba oyendo las respuestas de Fermín.

—Son exigencias del comercio moderno, señor Vicente; han cambiado losnegocios y el gusto del público.

—Pues que no beban, ¡porra!, que nos dejen tranquilos, sin exigirnosque disfracemos nuestros vinos; los guardaremos almacenados para queenvejezcan tranquilamente, y estoy seguro de que algún día nos haránjusticia viniendo a buscarlos de rodillas... Esto ha cambiado mucho. LaInglaterra debe de estar perdida. No necesito que me lo digas; demasiadolo veo yo aquí recibiendo visitas. Antes venían menos ingleses a labodega; pero los viajeros eran gentes de distinción: lores y loresas, los que menos. Daba gloria ver con qué aire de señorío se apimplaban. ¡Copa de aquí, para hacer un pedido! ¡copa de allá, paracomparar!, y así iban por la bodega, serios como sacerdotes, hasta que ala salida tenían que tumbarlos en el calesín para llevarles a la fonda.Sabían catar y hacer justicia a lo bueno... Ahora, cuando toca en Cádizbarco de ingleses, llegan en manada, con un guía al frente; prueban detodo porque se da gratis y, si compran algo, se contentan con botellasde a tres pesetas. No saben emborracharse con señorío: gritan, armancamorra y se van por la calle haciendo eses para que rían los zagales.Yo creía antes que todos los ingleses eran ricos, y resulta que estosque viajan en cuadrilla son cualquier cosa; zapateros o tenderos deLondres que salen a tomar el aire con los ahorros del año... Así marchanlos negocios.

Montenegro

sonreía

escuchando

las

incoherentes

lamentaciones del viejo.

—Además—continuó el bodeguero—en Inglaterra, lo mismo que aquí, sepierden las costumbres antiguas. Muchos ingleses no beben más que agua,y, según me han dicho, ya no es elegante, después de comer, que lasseñoras se vayan a charlar a un salón, mientras los hombres se quedanbebiendo, hasta que los criados se toman el trabajo de sacarlos de bajode la mesa. Ya no necesitan por la noche, como gorro de dormir, un parde botellas de Jerez que costaban un buen puñado de chelines. Los queaún se emborrachan para demostrar que son unos señores, usan lo quellaman bebidas largas—¿no es esto, tú que has estadoallá?—porquerías que cuestan poco y permiten beber y beber antes de apimplarse; el wischy con soda y otras mixturas asquerosas. Laordinariez los domina. Ya no piden Xerrrez como cuando vienen aquí ylo encuentran gratis. El Jerez únicamente sabemos apreciarlo los de latierra; dentro de poco sólo lo compraremos nosotros. Ellos seemborrachan con cosas baratas, y así marchan sus asuntos. En elTransvaal casi los revientan. El mejor día les pegarán en el mar contodas sus guapezas. Decaen: ya no son los mismos de aquellos tiempos enque la casa Dupont era una bodega poco más grande que una barraca, peroenviaba sus botellas y hasta sus barricas al señor Pitt, al señorNelson, al señor Velintón y a otros caballeros cuyos nombres figuranen las soleras más antiguas de la bodega grande.

Montenegro seguía riendo al oír estas lamentaciones.

—Ríe, muchacho, ríe. Todos sois lo mismo: no habéis conocido lo bueno yos extraña que los viejos encontremos tan malo lo presente. ¿Sabes acómo se pagaba antes la bota de treinta y una arrobas? Pues llegó avaler 230 pesos; y ahora se ha vendido en algunos años a 21 pesos.Pregúntale a tu padre, que aunque menos viejo que yo, también haconocido los tiempos de oro. El dinero circulaba en Jerez lo mismo queel aire. Había cosecheros que usaban calañés y vivían en un casucho delas afueras como pobres, alumbrándose con un velón; pero al pagar unacuenta tiraban de un saco que tenían debajo de la mesilla de pino comosi fuese un saco de patatas, y ¡eche usté onzas! Los trabajadores de lasviñas cobraban de treinta a cuarenta reales de jornal, y se permitían lafantasía de ir al tajo en calesín y con zapatos de charol. Nada deperiódicos, ni de soflamas, ni de mítines. Allí donde se reunía la gentesonaba la guitarra, soltándose cada seguidilla y cada martinete que aDios le temblaban la carne de gusto... Si entonces hubiese aparecidoFernando Salvatierra, el amigote de tu padre, con todas esas cosas depobres y ricos, de repartos de tierras y rivoluciones, le habríanofrecido una caña y le hubieran dicho: «Siéntese su mercé en el corro,camará; beba, cante, eche un baile con las mocitas si en ello tienegusto y no se haga mala sangre pensando en nuestra vida, que no es delas peores»... Pero los ingleses apenas nos beben: el dinero entra conmenos frecuencia en Jerez, y se oculta de tal modo el condenado, quenadie lo ve. Los trabajadores de las viñas ganan diez reales y tienencara de vinagre. Por si han de podar con cuchilla o con tijeras, sematan entre ellos; hay Mano Negra y en la plaza de la cárcel se dagarrote a los hombres, lo que no se había visto en Jerez en muchísimosaños. El jornalero pincha como un erizo apenas se le habla, y el amo espeor que antes. Ya no se ve a los señores alternando con los pobres enlas vendimias, bailando con las muchachas y requebrándolas como un gañánjoven. La guardia civil corre el campo como en los tiempos que salíanbandidos a las carreteras... ¿Y todo por qué, señor? Por lo que yo digo:porque los ingleses se han aficionado al maldito whischy y no hacencaso del buen palo cortado, ni de la palma, ni de ninguna otra delas exelencias de esta bendita tierra... Lo que yo digo: dinero, vengadinero: que vuelvan aquí, como en otros tiempos, las libras, las guineasy los chelines ¡y se acabaron las huelgas, y los sermones de Salvatierray sus partidarios, y los malos gestos de los civiles, y todas lasmiserias y vergüenzas que ahora vemos!...

Del fondo de la bodega salió un grito llamando al señor Vicente. Era unarrumbador que dudaba ante los números blancos trazados al frente de unabota y pedía una aclaración al bodeguero.

—¡Voy, hijo!—gritó el viejo.—¡Cuidado con equivocarse en lamedicina!...

Y añadió dirigiéndose a Montenegro:

—Déjame ese papelillo en la cámara oscura y ojalá se os caigan lasmanos antes de traerme más recetas, como si fuese yo un boticario.

El viejo se alejó con paso tardo y balanceante hacia el fondo de labodega, y Montenegro salió de ella pasando por el taller de toneleríaantes de regresar al escritorio.

Era un amplio patio con cobertizos, debajo de los cuales trabajaban lostoneleros golpeando con sus mazos los aros que aprisionaban la madera.Los toneles a medio construir, con sólo la parte superior sujeta por losaros de hierro, abrían sus duelas sobre un fuego de virutas que lascaldeaba, encorvándolas para que facilitasen el cierre.

Los negocios de la casa obligaban a este taller a una incesanteproducción. Centenares de toneles salían de él todas las semanas paraser embarcados en Cádiz, esparciendo los vinos de Dupont por todo elmundo.

En un lado del patio alzábase una torre formada con duelas. En lo másalto del frágil edificio estaban dos aprendices recogiendo las que lesarrojaban desde abajo, entrecruzándolas, añadiendo nueva altura a lafrágil construcción que sobrepasaba los tejados y amenazaba derrumbarse,cimbreándose al menor movimiento como una torre de naipes.

El encargado de la tonelería, un hombre robusto, de sonrisa bondadosa,se aproximó a Montenegro.

—¿Cómo está don Fernando?...

Sentía por el agitador un gran respeto desde sus tiempos de jornalero.La protección de los Dupont y la ductilidad con que se plegaba a todassus manías, le habían elevado. Pero, como compensación a esteservilismo que le había convertido en jefe del taller, guardaba unsecreto afecto al revolucionario y a todos sus

compañeros

de

la

época

demiseria.

Se

enteró

minuciosamente de cómo había vuelto Salvatierra delpresidio y de sus futuros planes de vida.

—Yo iré a verle cuando pueda—dijo bajando la voz,—cuando el amo no seentere... Ayer tuvimos gran fiesta en la iglesia de los jesuitas y porla tarde fui con mis niñas a visitar a la señora...

Ya sé que pasasteisbien el día. Me lo han dicho aquí, en la bodega.

Con el miedo de un servidor bien cebado que teme perder el bienestar,daba consejos al joven. ¡Ojo, Ferminillo! La casa estaba llena desoplones. Cuando él estaba enterado, no sería de extrañar que don Pablotuviese ya noticia de que Montenegro había visitado a Salvatierra.

Y como si temiese hablar demasiado y que alguien le espiase, se despidióapresuradamente de Fermín, volviendo al lado de los trabajadores quegolpeaban los toneles. Montenegro siguió adelante, entrando en laprincipal bodega de la casa, donde se guardaban las soleras antiguas yenvejecían los vinos de crianza.

Era como una catedral; pero una catedral blanca, nítida, luminosa, consus cinco naves separadas por tres hileras de columnas de sencillocapitel. Agrandábase el ruido de los pasos lo mismo que en un templo.Las bóvedas tronaban con el sonido de los voces, repitiéndolasensanchadas por el eco. Las paredes estaban rasgadas por ventanales deblancos vidrios y en los dos frontis se abrían dos grandes rosetones,también blancos, por uno de los cuales penetraba el sol, moviéndose ensu faja de luz las inquietas e irisadas moléculas de polvo.

A lo largo de las columnatas alineábase en andanas la riqueza de lacasa, la triple fila de toneles acostados, que llevaban en sus caras lacifra del año de la cosecha. Había barricas venerables cubiertas detelarañas y polvo, con la madera tan húmeda, que parecía próxima adeshacerse. Eran los patriarcas de la bodega: estaban bautizados con losnombres de los héroes que gozaban de fama universal cuando ellosnacieron. Un barril se llamaba Napoleón, otro Nelson; los habíaadornados con la corona real de Inglaterra, porque de ellos habíanbebido monarcas de la Gran Bretaña. Una barrica antiquísima,completamente aislada, como si el roce con las otras pudieradespanzurrarla, exhibía el venerable nombre de Noé. Era la mayorantigüedad de la casa: se remontaba a mediados del siglo XVIII y elprimero de los Dupont la había adquirido ya como una reliquia. Cerca deella se alineaban otros toneles que llevaban bajo el escudo real deEspaña los nombres de todos los monarcas e infantes que habían visitadoJerez en el curso del siglo.

El resto de la bodega lo llenaban las muestras de todas las cosechas, apartir de los primeros años del siglo. Un tonel aislado esparcía unperfume acre, que, como decía Montenegro, «llenaba la boca de agua». Eraun vinagre famoso, de una vejez de ciento treinta años. Y a este olorseco y punzante uníanse el perfume azucarado de los vinos dulces, y elsuave, de cuero, de los secos.

El vaho alcohólico que transpiraba elroble de los toneles y el olor de las gotas derramadas en el suelo porel trasiego, impregnaban

con

un

perfume

de

dulce

locura

el

tranquiloambiente de aquella bodega, blanca, como un palacio de hielo, bajo lacaricia temblona de los vidrios inflamados por el sol.

Fermín la atravesó, e iba ya a salir de ella cuando oyó que le llamabandesde el fondo. Experimentó cierto sobresalto al conocer la voz. Era «elamo», que acompañaba a unos forasteros.

Con él estaba su primo Luis, unDupont que siendo menor sólo en algunos años a don Pablo, le respetabacomo a jefe de la familia, sin privarse por esto de darle grandesdisgustos con su conducta desarreglada.

Los dos Dupont acompañaban a unos recién casados venidos de Madrid,enseñándoles las bodegas. Él era un antiguo amigo de Luis, un camaradade alegre vida madrileña que había sentado al fin la cabeza, casándose.

—Han de salir ustedes de aquí borrachos—decía el joven Dupont a losrecién casados.—Es de ritual: nos consideraríamos deshonrados si unamigo saliera de esta casa lo mismo que entró.

Y Dupont el mayor acogía con sonrisa benévola las palabras de su primo,mientras enumeraba las excelencias de cada vino famoso. El encargado dela bodega, rígido como un soldado, se colocaba ante los toneles con doscopas en una mano y en la otra la avenencia, una varilla de hierrorematada por un estrecho cazo.

—¡Saca, Juanito!—ordenaba imperiosamente el amo.

La avenencia iba hundiéndose en diversos toneles, y de un solo golpe,sin que se derramase una gota, llenaba las copas.

Salían al aire losvinos dorados y luminosos, coronándose de brillantes al caer en elcristal, esparciendo en torno un intenso perfume de ancianidad. Todaslas tonalidades del ámbar, desde el gris suave al amarillo pálido,brillaban en aquellos líquidos densos a la vista como el aceite, pero deuna transparencia nítida.

Un lejano perfume exótico, que hacía pensar enflores fantásticas de un mundo sobrenatural donde fuese eterna laexistencia, emanaba de estos líquidos extraídos del misterio de lostoneles.

La

vida

parecía

acrecentarse

al

paladearlos;

los

sentidoscobraban

nueva

intensidad;

la

sangre

ardía

atropellándose en sucirculación, y el olfato se excitaba sintiendo anhelos desconocidos,como si husmease una electricidad nueva en la atmósfera. La pareja deviajeros bebía de todo, después de resistir con débiles protestas lasinvitaciones de Luis.

—¡Hola, barbián!—dijo Dupont el menor al ver a Montenegro.—¿Cómo estátu familia? Un día de estos iré a la viña. Quiero probar un caballo quecompré ayer.

Y después de estrechar la mano de Montenegro y darle varias palmadas enlos hombros, satisfecho de poder demostrar la fuerza de sus manazas anteaquellos amigos, le volvió la espalda.

Fermín tenía con este señorito gran confianza. Se tuteaban, se habíancriado juntos en la viña de Marchamalo, con aquella llaneza de trato quelos Dupont permitían a su familia.

Con don Pablo, era otra la situación. El amo no se diferenciaba deFermín en más de media docena de años; también lo había visto él corrercomo un muchacho por la viña en tiempos del difunto don Pablo; peroahora era el jefe de la familia, el director de la casa, y él entendíala autoridad a uso antiguo, ceñuda e indiscutible como la de Dios, congritos y arrebatos de cólera, apenas adivinaba la más ligeradesobediencia.

—Quédate—ordenó brevemente a Montenegro;—tengo que hablarte.

Y le volvió la espalda para seguir hablando a los forasteros de sutesoro de vinos.

Fermín, obligado a seguirles silencioso y encogido como un doméstico ensu marcha lenta por entre los toneles, miraba a don Pablo.

Aún era joven, no había llegado a los cuarenta años, pero la obesidaddesfiguraba su cuerpo a pesar de la vida activa a que le impulsaban susentusiasmos de jinete. Los brazos parecían cortos al descansar algoencorvados sobre el abultado contorno de su cuerpo. Su juventudrevelábase únicamente en la cara mofletuda, de labios carnosos ysalientes, sobre los cuales la virilidad sólo había trazado un ligerobigote. El cabello se ensortijaba en la frente formando un rizoapretado, un moñete al que llevaba con frecuencia su mano carnosa. Era,por lo común, bondadoso y pacífico, pero bastaba que se creyesedesobedecido o contrariado para que se le enrojeciera la cara,atiplándose su voz con el tono aflautado de la cólera. El concepto quetenía de la autoridad, el hábito de mandar desde su primera juventudviéndose al frente de las bodegas por la muerte de su padre, le hacíanser despótico con los subordinados y su propia familia.

Fermín le temía sin odiarle. Veía en él un enfermo, «un degenerado»,capaz de los mayores extravagancias por su exaltación religiosa. ParaDupont, el amo lo era por derecho divino, como los antiguos reyes. Diosquería que existiesen pobres y ricos, y los de abajo debían obedecer alos de arriba, porque así lo ordenaba una jerarquía social de origenceleste. No era tacaño en asuntos de dinero, antes bien, se mostrabageneroso en la remuneración de los servicios, aunque su largueza teníamucho de veleidosa e intermitente, fijándose más en el aspecto simpáticode las personas que en sus méritos. Algunas veces, al encontrar en lacalle a obreros despedidos de sus bodegas, indignábase porque no lesaludaban. «¡Tú!—decía imperiosamente;—aunque no estés en mi casa, tudeber es saludarme siempre, porque fui tu amo».

Y este don Pablo, que con la fuerza industrial acumulada por susantecesores y con la impetuosidad de su carácter era la pesadilla de unmillar de hombres, hacía gala de humildad y llegaba hasta el servilismocuando algún sacerdote secular o los frailes de las diversas órdenesestablecidas en Jerez le visitaban en su escritorio. Intentabaarrodillarse al besarles la mano, no haciéndolo porque ellos se loimpedían con bondadosa sonrisa; celebraba con un gesto de satisfacciónel que los visitantes le tuteasen ante los empleados, llamándolePablito, como en los tiempos en que era su educando.

¡Jesús y su Santa Madre, por encima de todas las combinacionescomerciales! Ellos velaban por los intereses de la casa y él, que no eramás que un simple pecador, limitábase a recibir sus inspiraciones. Aellos se debía la buena suerte de los primeros Dupont, y don Pablo sedesvivía por remediar con su fervor la tibieza religiosa de susascendientes. Los celestiales protectores eran los que le habíansugerido la idea de establecer la destilería del cognac, dando nuevosalientos a la casa; ellos también los que hacían que la marca Dupont,con la ayuda de los anuncios, se esparciese por toda España sin miedo arivalidades, favor inmenso que todos los años agradecía dedicando unaparte de las ganancias al auxilio de las nuevas órdenes religiosasestablecidas en Jerez o ayudando a su madre, la noble doña Elvira, quesiempre tenía capillas por restaurar o un manto costoso en confecciónpara alguna Virgen.

Las extravagancias religiosas de don Pablo Dupont hacían reír a toda laciudad; pero eran muchos los que reían con cierto temor, puesdependiendo más o menos directamente del poderío industrial de la casa,necesitaban de su apoyo para los negocios y temían su cólera.

Montenegro recordaba la estupefacción de la gente un año antes, cuandoun perro de los que guardaban por la noche las bodegas mordió a variostrabajadores. Dupont había acudido en su auxilio, temiendo que elmordisco les produjera la hidrofobia y, para evitarla, les hizo tragaren el primer momento, en forma de píldoras, una estampa de santomilagroso que guardaba su madre. Era tan estupendo aquello, que Fermín,después de haber presenciado el hecho, comenzaba a dudar, con eltranscurso del tiempo, de que fuese cierto. Bien es verdad que después,el mismo don Pablo pagó con largueza el viaje a los enfermos para quefuesen curados por un médico célebre. Dupont explicaba su conductacuando le hablaban de este suceso con una sencillez que daba espanto:«Primero, la Fe; después, la Ciencia, que algunas veces hace grandescosas, pero es porque se lo permite Dios».

Fermín se asombraba ante la incoherencia de aquel hombre, experto en losnegocios, que hacía marchar la gran explotación industrial heredada desus antecesores, agrandándola con certeras iniciativas, que habíaviajado y tenía alguna cultura, y, sin embargo, era capaz de las mayoresextravagancias milagreras, creyendo en intervenciones sobrenaturales,con la misma simpleza de alma de un lego de convento.

Dupont, luego de acompañar a su primo y a los amigos de éste por toda labodega, decidió retirarse, como si su dignidad de amo sólo le permitieraenseñar la parte más selecta de la casa. Luis les mostraría las otrasbodegas, la destilería del cognac, los talleres de embotellado: él teníaque hacer en el escritorio. Y saludando a los forasteros con un gesto debondad altiva y señorial, que Montenegro había visto muchas veces endoña Elvira, el temible Dupont hizo un ademán a su empleado para que lesiguiese.

Fuera de la bodega detúvose don Pablo, quedando los dos hombres al airelibre, con la cabeza descubierta, en medio de una explanada.

—Ayer no te vi—dijo Dupont frunciendo el ceño y coloreándosele lasmejillas.

—No pude ir, don Pablo, Me retrasé... unos amigos...

—Ya hablaremos de eso. ¿Tú sabes qué fiesta fue la de ayer?

Te hubierasconmovido viéndola.

Y con repentino entusiasmo, olvidando su enojo, comenzó a explicar conuna delectación de artista la ceremonia del día anterior en la iglesiade los que él, por antonomasia, llamaba los Padres. Primer domingo delmes: fiesta extraordinaria. El templo lleno: los oficinistas ytrabajadores de la casa Dupont hermanos estaban con sus familias; casitodos (¿eh, Fermín?), casi todos: muy pocos faltaban. Había pronunciadoel sermón el padre Urizábal, un gran orador, un sabio que hizo llorar atodos; (¿eh, Montenegro?) ¡a todos!... menos a los que no estaban.

Ydespués, había llegado el acto más conmovedor. Él, como un caudillo,acercándose a la sagrada mesa rodeado de su madre, su esposa, sus doshermanos, que habían venido de Londres; el Estado Mayor de la casa: ydespués todos los que comían el pan de los Dupont, con sus familias,mientras arriba, en el coro, sonaba el armónium con melodías dulcísimas.

Don Pablo se exaltaba al recordar la hermosura de la fiesta; lebrillaban los ojos, humedecidos por la emoción, y aspiraba el aire comosi aún percibiera el olor de la cera y del incienso, el perfume de lasflores que su jardinero había puesto en el altar.

—¡Y qué bien se siente el alma después de una fiesta así!—

añadió condelectación.—Ayer fue uno de los días mejores de mi vida. ¿Puede habercosa más santa? La resurrección de los buenos tiempos, de las sencillascostumbres: el señor comulgando con sus servidores. Ahora ya no hayseñores como en otros tiempos: pero el rico, el gran industrial, elcomerciante, debe imitar el antiguo ejemplo y presentarse ante Diosseguido de todos aquellos a quienes da el pan.

Pero pasando de la ternura a la cólera, con su vehemencia de impulsivo,se fijó en Fermín, como si hasta entonces, hablando de la fiesta, sehubiese olvidado de él.

—¡Y tú no viniste!—exclamó rojo de indignación, mirándoleduramente.—¿Por qué?... Pero no hables: no mientas.

Te advierto que losé todo.

Y siguió hablando a Montenegro en tono amenazador. Tal vez era de él laculpa, ya que toleraba desobediencias en su escritorio. Tenía dosempleados herejes, un francés y un noruego encargados de lacorrespondencia extranjera, los cuales, con el pretexto de no sercatólicos, daban el mal ejemplo no asistiendo a las fiestas del domingo.Y Fermín, porque había viajado, porque había vivido en Londres y leídounos libracos venenosos para su alma, se creía con derecho a imitarles.¿Acaso era él extranjero? ¿No lo habían bautizado al nacer? ¿O es quepor haber ido a Inglaterra, a costa del bolsillo de su difunto padre, secreía superior a los demás?...

—Esto se acabará—continuó Dupont, exaltándose con sus propiaspalabras.—Si esos extranjeros no van a la iglesia como los demás, losdespediré: no quiero que den en mi casa malos ejemplos y que te sirvande pretexto para echarlas de hereje.

A Montenegro no le infundían temor estas amenazas. Las había oído muchasveces: después de un domingo de gran fiesta, el amo hablaba siempre dedespedir a los extranjeros; pero luego sus conveniencias comercialesle hacían aplazar la resolución, en vista de los buenos servicios queprestaban en el escritorio.

Pero cuando Fermín se alarmó fue al ver que don Pablo, cambiando degesto y con una frialdad irónica, le preguntaba repetidas veces dóndehabía pasado el día anterior.

—¿Tú crees que no lo sé?...—continuó.—Nada de excusas, Fermín: nomientas. Yo lo sé todo. Un amo cristiano debe preocuparse no sólo de lavida de sus dependientes, sino de su alma. No contento con huir de lacasa de Dios has pasado el día con ese Salvatierra, que acaba delibrarse del presidio, donde debía seguir por todo el resto de sus días.

Montenegro se indignó ante el tono despectivo con que hablaba

Dupont

desu

maestro.

Palideció

de

cólera,

estremeciéndose como si acabase derecibir un latigazo, y miró de frente con cierta arrogancia a su jefe.

—Don Fernando Salvatierra—dijo con voz trémula, haciendo esfuerzos porcontener su indignación—fue mi maestro y le debo mucho. Además, es elmejor amigo de mi padre, y yo sería un desagradecido sin entrañas si nofuese a verle después de sus desgracias.

—¡Tu padre!—exclamó don Pablo.—¡Un bobalicón que nunca aprenderá avivir!... ¡Que nadie le toque a su antiguo cabecilla! Y

yo lepreguntaría qué sacó de ir por los montes y por las calles de Cádizdisparando tiros por su República Federal y su don Fernando. Si mi padreno le hubiese apreciado por su sencillez y hombría de bien, seguramenteque habría muerto de hambre, y tú, en vez de ser un señorito, estaríascavando en las viñas.

—Pues su padre de usted, don Pablo—dijo Fermín,—también fue amigo dedon Fernando Salvatierra y más de una vez acudió a él pidiéndole apoyoen aquella época de pronunciamientos y cantones.

—¡Mi padre!—contestó Dupont con cierta indecisión.—

También era comoera: hijo de una época de revueltas y un poco tibio en lo que más debeimportarle al hombre: la religión...

Además,

Fermín,

los

tiempos

hancambiado;

aquellos

republicanos de entonces eran muchos de ellospersonas extraviadas, pero de excelente corazón. Yo he conocido algunosque no podían pasar sin su misa y eran unos santos varones que odiaban alos reyes, pero respetaban a los sacerdotes de Dios. ¿Tú crees, Fermín,que a mí me asusta la República? Yo soy más republicano que tú; yo soyun hombre moderno.

Y con ademanes descompuestos, golpeándose el pecho, hablaba de susconvicciones. Él no tenía simpatía alguna por los gobiernos actuales; alfin, todos eran unos ladrones, y en punto a fe religiosa unos hipócritasque fingían sostener el catolicismo porque lo consideraban una fuerza.La monarquía era una bandera social, como decía su amigo el padreUrizábal: conforme; pero él se fijaba poco en banderas y colores; loimportante era que Dios estuviese sobre todo, que reinase Cristo conmonarquía o con república, y los gobernantes fuesen hijos sumisos delPapa. A él no le infundía miedo la República.

Miraba con gran simpatíaalgunas de la América del Sur, pueblos ideales y felices donde laPurísima Concepción era capitana generala de los ejércitos y el Corazónde Jesús figuraba en las banderas y en los uniformes de los soldados,formándose los gobiernos bajo la sabia inspiración de los Padres de laCompañía.

Una república de esta clase podía venir, por él, cuandoquisiera.

Daría por su triunfo la mitad de su fortuna.

—Te digo, Fermín, que soy más republicano que tú y que de todo corazónestaría con aquellos buenos señores que conocí de niño, a los que mirabala gente como unos descamisados, siendo excelentes personas... ¡Pero elSalvatierra de ahora! ¡Y todos vosotros, los jovenzuelos que leescucháis, mequetrefes que os parece poco ser republicanos y habláis dela igualdad, y de repartirlo todo, y decís que la religión es cosa deviejas!...

Dupont abría sus ojos desmesuradamente para expresar el asombro y larepugnancia que le inspiraban los nuevos rebeldes.

—Y no creas, Fermín, que yo soy de los que me asusto por lo que eseSalvatierra y sus amigos llaman reivindicaciones sociales. Ya sabes queno riño por cuestiones de dinero. ¿Que piden los trabajadores unoscéntimos más de jornal o un nuevo rato de descanso para echar otrocigarro? Pues si puedo, lo doy, ya que gracias al Señor, que tanto meprotege, lo que menos me falta es dinero. Yo no soy como esos otros amosque viviendo en perpetuo ahogo regatean el sudor del pobre. ¡Caridad,mucha caridad! Que se vea que el cristianismo sirve de arreglo paratodo... Pero lo que me revuelve la sangre es que se pretenda que todosseamos iguales, como si no existiesen jerarquías hasta en el cielo; quese hable de Justicia al pedir algo, como si favoreciendo yo a un pobreno hiciese más que lo que debo y mi sacrificio no significase una buenaacción. Y, sobre todo, esa infernal manía de ir contra Dios, de quitaral pobre sus sentimientos religiosos, de hacer responsable a la Iglesiade todo lo malo que ocurre, y que no es más que obra del malditoliberalismo...

Don Pablo se indignaba al recordar la impiedad de la gente rebelde. Enesto no transigía. Salvatierra y cuantos fuesen contra la religión leencontrarían enfrente. En su casa, todo menos eso.

Aún temblaba decólera recordando cómo despidió, dos semanas antes, a un tonelero, unmentecato adulterado por la lectura, al que había sorprendido haciendoalarde de incredulidad ante sus compañeros.

—Figúrate que decía que las religiones son hijas del miedo y laignorancia: que el hombre, en sus primeros tiempos, no creyó en nadasobrenatural, pero que ante el rayo y el trueno, ante el incendio y lamuerte, no pudiendo explicarse tales misterios, había inventado a Dios.¡Vamos, no sé cómo me contuve y no le di de bofetadas! Aparte de estaslocuras, un buen muchacho que sabía su oficio: pero buena penitencialleva, pues en Jerez nadie le ha dado trabajo por no molestarme,viéndolo expulsado de mi casa, y ahora tal vez vaya por el mundoroyéndose los codos de hambre. Ese acabará por echar bombas, que es elfinal de todos los que niegan a Dios.

Don Pablo y su empleado iban lentamente hacia el escritorio.

—Ya sabes mi resolución, Fermín—dijo Dupont antes de entrar en laoficina.—Te quiero por tu familia y porque casi hemos sido compañerosde infancia. Además, eres como un hermano de mi primo Luis. Pero ya meconoces; Dios sobre todo: por él soy capaz de abandonar a mi familia. Sino estás contento en mi casa, habla; si te parece escaso el sueldo,dilo.

Contigo no regateo, porque me eres simpático a pesar de tusnecedades. Pero no me faltes el domingo a la misa de la casa: aléjatedel chiflado de Salvatierra y todos los perdidos que se juntan con él. Ysi no haces esto, nos veremos las caras, ¿sabes, Fermín? Tú y yoacabaremos mal.

Dupont fue a instalarse en su despacho y acudió presuroso don Ramón, elencargado de la publicidad, con un lío de papeles que presentó a sujefe, acompañándolo con una sonrisa de cortesano viejo.

Montenegro, desde su mesa, veía al jefe discutiendo con el director delescritorio, removiendo los papeles y haciéndole preguntas sobre losnegocios, con un acierto que revelaba que todas sus facultades útiles sehabían concentrado al servicio de la industria.

Había transcurrido más de una hora, cuando Fermín se vio llamado por eljefe. La casa tenía que aclarar una cuenta con el escritorio de otrabodega: era asunto largo que no podía discutirse por teléfono, y Dupontenviaba a Montenegro como dependiente de confianza. Don Pablo, serenadoya por el trabajo, parecía querer borrar con esta distinción la durezaamenazadora con que había tratado al joven.

Fermín púsose el sombrero y la capa y salió sin prisa alguna,disponiendo del día entero para desempeñar su comisión.

El amo no eraexigente en el trabajo cuando se veía obedecido.

En la calle, el sol deNoviembre, tibio y dulce como un sol primaveral, hacía resaltar bajo sulluvia de oro las casas blancas, de verdes balcones, recortando la líneade sus azoteas africanas sobre un cielo de intenso azul.

Montenegro vio venir hacia él un airoso jinete en traje de campo.

Era

unmocetón

moreno,

vestido

como

los

contrabandistas o los bandidoscaballerescos que sólo existen ya en los relatos populares. Al trotar sucaballo, movíanse las alas de su chaqueta corta de cordoncillo deGrazalema, con coderas de paño negro ribeteadas de seda y bolsillos demedia luna forrados de rojo. El sombrero, de alas grandes y rectas,estaba sostenido por un barbuquejo. Calzaba botines de cuero amarillocon grandes espuelas y las piernas las resguardaba del frío con unoszajones de piel, amplio delantal sujeto con correas.

Delante de la sillaiba plegada la manta oscura de grueso borlaje; en la grupa las alforjas,y a un lado la escopeta con el doble cañón asomando por debajo de lapanza del animal. Cabalgaba elegantemente, con una gallardía árabe, comosi hubiese nacido sobre los lomos del corcel y éste y su jineteformasen un solo cuerpo.

—¡Olé, los caballistas!—gritó Fermín al reconocerle.—

Buenos días,Rafaelillo.

Y el jinete paró su caballo de un tirón que le hizo tocar con las ancasel suelo, al mismo tiempo que levantaba las patas delanteras.

—¡Buen animal!—dijo Montenegro dando palmadas en el cuello del corcel.

Y los dos jóvenes quedaron silenciosos examinando la inquietanerviosidad de la bestia, con el fervor de unas gentes que aman laequitación como el estado perfecto del hombre y consideran al caballocual el mejor amigo.

Montenegro, a pesar de su vida sedentaria de oficinista, sentíaremoverse en él atávicos entusiasmos a la vista de un corcel de precio;sentía la admiración del nómada africano ante el animal, eternocompañero de su vida. De la riqueza de su jefe don Pablo, sólo envidiabala docena de caballos, los más caros y famosos de las ganaderías deJerez, que tenía en sus cuadras.

También aquel hombre obeso, que parecíano sentir otros entusiasmos que los que le inspiraban su religión y subodega, olvidaba momentáneamente a Dios y al cognac al ver un caballohermoso que no fuese suyo, y sonreía agradecido cuando le elogiaban comoel primer jinete de la campiña jerezana.

Rafael era el aperador del cortijo de Matanzuela, la finca de más valíaque le quedaba a Luis Dupont, el primo escandaloso y pródigo de donPablo. Inclinado sobre el cuello de la jaca, explicaba a Fermín su viajea Jerez.

—He venío a encargá unas cosillas para allá y llevo prisa. Pero antesde volver, echaré un galope para ir a la viña y ver a tu padre. Me fartaalgo cuando no veo al padrino.

Fermín sonrió con malicia.

—¿Y a mi hermana, no la verás? ¿No te falta también algo, cuando pasandías sin ver a María de la Luz?

—Naturalmente—dijo el mocetón ruborizándose.

Y como si sintiera repentina vergüenza, espoleó su caballo.

—Con Dios, Ferminillo, y a ver si un día vienes al cortijo.

Montenegro le vio alejarse rápidamente, calle abajo, con dirección a lacampiña.

—Es un angelote—pensaba.—¡Que le vaya a éste Salvatierra con que elmundo está mal arreglado y hay que volverlo como quien dice delrevés!...

Montenegro pasó por la calle Larga, la principal de la ciudad; una víaancha con casas de deslumbrante blancura. Las portadas señoriales delsiglo XVII estaban enjalbegadas cuidadosamente lo mismo que los escudosde armas de la clave. Los escarolados y nervios de la piedra labradaocultábanse bajo una capa de cal.

En los balcones verdes mostrábanse aaquellas horas de la mañana cabezas de mujeres morenas, de rasgados ojosnegros, con flores en el pelo.

Fermín siguió una de las amplias aceras limitadas por dos filas denaranjos agrios. Los principales casinos de la ciudad, los mejorescafés, abrían sus ventanales de vidrios sobre la calle.

Montenegro lanzóuna mirada al interior del Círculo Caballista.

Era la sociedad másfamosa de Jerez, el centro de reunión de la gente rica, el refugio de lajuventud que había nacido poseedora de cortijos y bodegas. Por lastardes, la respetable asamblea discutía sus aficiones: caballos, mujeresy perros de caza. La conversación no tenía otros temas. Escasosperiódicos en las mesas, y en lo más oscuro de la secretaría un armariocon libros de lomos dorados y chillones cuyas vidrieras no se abríannunca.

Salvatierra

llamaba

a

esta

sociedad

de

ricos

el

«AteneoMarroquí».

A los pocos pasos, Montenegro vio venir hacia él una mujer que, con supaso vivo, su gesto arrogante y el incitador meneo de su cuerpo, parecíaalborotar la calle. Los hombres detenían el paso para verla y la seguíancon los ojos; las mujeres volvían la cabeza con un desdén afectado, ydespués que pasaba cuchicheaban señalándola con un dedo. En losbalcones, las jóvenes gritaban hacia el interior de la casa, y salíanotras apresuradamente, interesadas por el llamamiento.

Fermín sonrió al notar la curiosidad y el escándalo que esparcía alandar aquella joven. Asomaban entre las blondas de su mantilla unosrizos rubios, y bajo los ojos negros y ardientes una naricilla sonrosadaparecía desafiar a todos con sus graciosas contracciones. La audacia conque se recogía la falda, marcando las curvas más opulentas de su cuerpoy dejando al descubierto gran parte de las medias, irritaba a lasmujeres.

—¡Vaya usted con Dios, marquesita salerosa!—dijo Fermín cerrándola elpaso.

Se había terciado la capa, tomando un aire de majo galante, satisfechode detener en la calle más céntrica, a la vista de todos, a una mujerque tal escándalo promovía.

—Marquesa, ya no, hijo—contestó ella con gracioso ceceo.—

Ahora críocerdos... y muchas gracias.

Se tuteaban como dos buenos camaradas; sonreían con la franqueza de lajuventud, sin mirar en torno de ellos, pero alegrándose al pensar quemuchos ojos estaban fijos en sus personas. Ella hablaba manoteando,amenazándolo con sus uñas sonrosadas cada vez que le decía algo fuerte; acompañando sus risas con un taconeo infantil cuando elogiabasu hermosura.

—Siempre lo mismo. ¡Pero qué rebuenísima sombra tienes, hijo!... Ven averme alguna vez: ya sabes que te quiero... siempre con buen fin; comohermanitos. ¡Y eso que el bruto de mi marido te tenía celos!...¿Vendrás?

—Lo pensaré. No quiero tener una cuestión con el tratante en cerdos.

La joven prorrumpió en una carcajada.

—Es todo un caballero, ¿sabes, Fermín? Vale más con su chaquetón demonte que todos esos señoritos del Caballista. Yo estoy por lopopular: yo soy muy gitana...

Y dando al joven un ligero bofetón con su manecita acariciadora, siguióla marcha, volviendo varias veces la cabeza para sonreír a Fermín, quela seguía con la vista.

—¡Lástima de muchacha!—se dijo.—Con su cabeza de chorlito, es la másbuena de la familia. ¡Y don Pablo que se muestra tan orgulloso de lanobleza de su madre!... Esta y su hermana son de las que nos consuelanhaciendo acabar en punta los linajes orgullosos...

Continuó su marcha Montenegro, entre las miradas de asombro o lassonrisas maliciosas de los que habían presenciado su conversación con la Marquesita.

En la plaza Nueva, pasó entre los grupos que se estacionan allíhabitualmente: corredores de vinos y de ganado; vendedores de cereales,obreros de bodega sin colocación, gañanes enjutos y tostados que esperana que alguien alquile sus brazos inactivos, cruzados sobre el pecho.

De un grupo salió un hombre, llamándole:

—¡Don Fermín! ¡don Fermín!...

Era un arrumbador de las bodegas de Dupont.

—Ya no estoy allá, ¿sabe usté? Me han despedío esta mañana.

Alpresentarme en la bodega, el encargao me ha dicho, de parte de donPablo, que estaba de más. ¡Después de cuatro años de trabajo y buenaconducta! ¿Es esto justicia, don Fermín?...

Como éste preguntase con su mirada el motivo de la desgracia, elarrumbador continuó con exaltación:

—De too tiene la culpa la beatería cochina. ¿Sabe usté mi delito?... Noir a entregá la papeleta que me dieron el sábado con el jornal.

Y como si Montenegro no conociese las costumbres de la casa, el buenhombre relataba detalladamente lo ocurrido. El sábado, al cobrar lasemana los trabajadores de la bodega, el encargado les entregaba lapapeleta a todos: una invitación para que al día siguiente asistiesen ala misa que costeaba la familia de Dupont en la iglesia de San Ignacio.Si la fiesta era con comunión general, el convite aun resultaba másineludible. El domingo, los encargados de la bodega recogían a cadaobrero la papeleta en la misma puerta de la iglesia, y al recontarlassabían, por los nombres, quiénes eran los que habían faltado.

—Y yo no juí ayer, don Fermín; farté como he fartao otros días: porqueno me da la gana de levantarme temprano los domingos, porque en la nochedel sábado me gusta tomarla con los compañeros. ¿Pa qué trabaja uno,sino pa tené un rato de alegría?...

Además; él era dueño de sus domingos. El amo le pagaba por su trabajo;él trabajaba y no había por qué cercenarle su día de descanso.

—¿Es eso justo, don Fermín? Porque no hago comedias, como toos esos...soplones y lamecosas que van a la misa de don Pablo, con toa su familiay toman la comunión después de pasar la noche de juerga, me echan a lacaye. Sea usté franco; diga la verdad; y aunque usté trabaje como unperro, es usté un pillo:

¿No es eso, cabayeros?...

Y se volvía al grupo de amigos que a cierta distancia oían sus palabras,comentándolas con maldiciones a Dupont.

Fermín siguió su camino con cierto apresuramiento. El instinto deconservación le avisaba lo peligroso de permanecer allí entre una genteque abominaba de su principal.

Y mientras iba hacia el escritorio donde le aguardaban para las cuentas,pensaba en el vehemente Dupont, en su fervor religioso, que parecíaendurecerle las entrañas.

—Y, realmente, no es malo—murmuraba.

Malo, no. Fermín recordaba la largueza caprichosa y desordenada con quealgunas veces socorría a las gentes en desgracia. Pero su bondad eraestrechísima: dividía en castas la pobreza; y a cambio del dinero exigíauna supeditación absoluta a todo lo que él pensase y amase. Era capaz deaborrecer a su propia familia, de sitiarla por hambre, si creía con elloservir a su Dios; a aquel Dios a quien profesaba inmensa gratitudporque hacía prosperar los negocios de la casa y era el sostén del ordensocial.

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II

Cuando don Pablo Dupont iba a pasar un día con su familia en la famosaviña de Marchamalo, una de sus diversiones era mostrar el señor Fermín,el antiguo capataz, a los Padres de la Compañía o a los frailesdominicos, sin cuya presencia no creía posible una excursión feliz.

—A ver, señor Fermín—decía sacando el viejo a la gran explanada que seextendía frente a las casas de Marchamalo, que casi formaban unpueblo.—Eche usted una voz de mando; pero con arrogancia, como cuandoera usted de los rojos y marchaba de partida por la sierra.

El capataz sonreía viendo que el amo y sus acompañantes de sotana ocapucha mostraban gran placer en oírle; pero su sonrisa de campesinosocarrón, no llegaba a saberse si era de burla o de agrado por laconfianza del señor. Contento de proporcionar un rato de descanso a losmuchachos que se encorvaban entre las cepas, ladera abajo, levantando yabatiendo sus azadas pesadísimas, avanzaba con cómica rigidez hasta elparapeto de la explanada, prorrumpiendo en un grito prolongado yatronador:

—¡Eeeechen tabacooo!...

Cesaba de brillar entre los sarmientos el acero de las azadas, y lalarga fila de viñadores despechugados frotábanse las manos, entumecidaspor el mango de la herramienta, y lentamente extraían de la faja losavíos de fumar.

El viejo les imitaba, y acogiendo con sonrisa enigmática los elogios delos señores a su voz de trueno y a la entonación de caudillo con quemandaba a la gente, liaba el cigarro, fumándolo con calma para que lospobres de abajo tuviesen algunos segundos más de reposo a costa del buenhumor del amo.

Cuando no le quedaba más que la colilla, nueva diversión para losseñores. Volvía a dar sus pasos con rigidez exagerada de intento, y suvoz hacía temblar el eco de las vecinas colinas:

—¡Vaaamos a otraaa!...

Y con este llamamiento tradicional para reanudar el trabajo, los hombresvolvían a encorvarse y relampagueaban las herramientas sobre suscabezas, todas a un tiempo, en acompasadas curvas.

El señor Fermín era una de las curiosidades de Marchamalo, que don Pabloexhibía a sus acompañantes. Todos reían sus refranes, los términosrebuscados y raros de su expresión, sus consejos dichos en tonocampanudo; y el viejo aceptaba el irónico elogio de los señores con lasimpleza del campesino andaluz, que aún parece vivir en la época feudal,siervo del amo, aplastado

por

la

gran