La Aldea Perdida - Novela - Poema de Costumbres Campesinos by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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—Eso será, porque tú eres tan buena como las demás para llevar laVirgen; y aunque no eres rica sabes vestirte como la primera.

La coja con tales lisonjas se esponjó lo indecible. Acometida de unfuror orgulloso, soltó por su boca desdentada mil improperios contra elpárroco y contra las zagalas de Canzana que la perseguían cruelmente consu envidia. Esto causó el regocijo no sólo de Regalado, sino de cuantosla escuchaban.

Pero ya al son de la gaita y el tambor y con el estampido de los cohetessalía la sagrada imagen de la Virgen del Carmen por la puerta de laiglesia. Rodeábanla las mozas con sus panderos. Delante marchaba elcapitán, portador del gran farol tradicional. Su uniformeresplandeciente causaba el asombro de aquellos campesinos,particularmente de los niños que se amontonaban en torno suyodevorándole con los ojos. Todos los años gozaban del mismo espectáculo ycada año les parecía más nuevo y sorprendente. Detrás venían seis ú ochosacerdotes, casi todos los que contaba el concejo. Dieron la vuelta altemplo y sobre el altar portátil levantado á sus espaldas colocaron laimagen. Allí se celebraba la misa al aire libre el día de la fiesta. Lapequeña iglesia no podía contener á la muchedumbre de los fieles.Derramados por el frondoso bosque de castaños que en declive se extiendepor detrás estaban ahora todos, la mayor parte de Entralgo, pero muchostambién de las demás parroquias del valle.

Comienza la misa. Las capas de tisú de oro de los sacerdotes oficiantesresplandecen al sol. Suena la gaita acompañando á los cantores desde unatribuna improvisada. La muchedumbre arrodillada sobre el césped asisterecogida y silenciosa al santo sacrificio mientras la brisa de lamontaña agita las hojas de los árboles y refresca suavemente sus sienes.

Demetria, de pie como sus tres compañeras al lado de la Virgen, habíaencontrado los ojos de Nolo posados sobre ella. En vez de sonreírle comosiempre baja los suyos avergonzada; sus frescas mejillas se tiñen derojo. La fatal palabra de su hermano vuelve á penetrar en su alma y áturbarla. Ella era una pobrecita recogida, una hospiciana; estaba casisegura. Nolo no podía casarse con ella. Tal idea aferrada á su mente latraspasaba de angustia, oprimía su pecho hasta impedirle la respiración.Hubo un instante en que la vista se le turbó y estuvo á punto de caer.Entonces, elevando sus ojos á la sagrada imagen, murmuró con fervor:«¡Virgen María, asísteme!»

La Virgen la asistió. Repentinamente quedó tranquila y se dijo con firmeresolución:

«Antes de que llegue á descubrirlo dejaré la casa y me iré áservir un amo en Oviedo ó Gijón».

Cuando la misa termina vuelve la procesión en el mismo orden dando lavuelta á la iglesia. Las campanas redoblan alegremente; estallan loscohetes; cantan los clérigos; el anciano capitán se pone en marcha y susplacas de oro, ganadas en el campo de batalla, despiden vivos destellos.Entonces un estremecimiento corre por la multitud.

Todos, grandes yniños, volvemos los ojos hacia la Virgen del Carmen, nuestra madre ynuestra protectora, que marcha lentamente sobre los hombros de lascuatro hermosas zagalas.

Dos de estas zagalas son rivales: el apuesto Quino las festejaalternativamente; pero saben disimular sus celos con arte femenino.Eladia sonríe de vez en cuando á Telva.

Ésta le devuelve su sonrisa.Ambas se esfuerzan en aparecer serenas y confiadas.

La procesión entra en la iglesia. Poco después la muchedumbre sale y seesparce por el pequeño campo de delante y el castañar de detrás. Quinose acerca á Telva y con frase insinuante la requiebra y la felicita.Arrimados á una columna del pórtico departen en voz baja mientrasEladia, con la muerte en el alma, les dirige miradas fulgurantes. PeroFlora, la gentil zagala de Lorio, se acerca á ella y procura distraer supena con su charla siempre alegre y graciosa.

—Deja que me esconda detrás de ti. Jacinto me persigue y me sofoca.

—¿Tanto te disgusta que te quiera?—respondió Eladia sonriendotristemente.

—No me disgusta, pero hace demasiado calor. En vez de miel yonecesitaría ahora un poco de agua de limón.

En efecto, el pobre Jacinto había buscado y había hallado á su adoradaFlora, pero ésta le había huído como siempre. También Nolo había queridoacercarse á Demetria.

Y con gran sorpresa, pues no estaba acostumbrado áello, observó que la niña rehuía su encuentro. Por algunos instantespermaneció extático, sin saber qué pensar de tal conducta; pero antes deque recobrase su serenidad y se resolviese á seguirla y pedirle unaexplicación se oye gritar por todas partes: «¡La despedida, ladespedida!» Una nube de niños avanza hasta el pórtico de la iglesia.Detrás de ellos vienen los grandes.

Todos se colocan en fila á entramboslados de la puerta, dejando una calle regularmente espaciosa. Por ellamarchan las zagalas de Entralgo y Canzana cantando y agitando lospanderos y en esta forma penetran en el templo. Se arrodillan al entrar,se levantan después y á los cuatro pasos se arrodillan otra vez y otravez se levantan. De esta manera llegan hasta los pies de la Virgen yallí se despiden cantando largo rato. Luego, caminando hacia atrás, sinvolver la espalda, doblando las rodillas cada pocos pasos y alzándosedespués, salen de la iglesia sin dejar de cantar y de sonar lospanderos.

Fuera se diseminan. Todas llevan colgado al cuello el santo escapulariotocado á la Virgen. Los mozos avanzan hacia ellas y se los piden parabesarlos.

Telva y Eladia salían juntas. El bizarro Quino las ve y se encaminahacia ellas. Va á demandar á Telva su escapulario; pero con arranquecaprichoso ó tal vez para mostrar su omnipotencia, lo pide á Eladia.Esta enrojece como una amapola y temblando de emoción se lo entrega,mientras la desairada Telva se muerde los labios pálida de cólera.

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Nolo se acerca á Demetria y le hace igual petición. La niña se lo tiendecon sonrisa melancólica. Luego, emparejados, se alejan departiendo entrelos árboles.

¿Qué hacías tú mientras tanto, linda y burlona morenita? El enamoradoJacinto llega á tu presencia y con voz apagada te pide el escapulario.Entonces, empujando á Maripepa que iba á tu lado, le dices: «Dale eltuyo, querida, que el mío ya lleva sobrados besos». Jacinto se veobligado á besar el escapulario de la horrible coja, mientras tú ríesmalignamente.

V

La romería del Carmen.

N la pomarada del capitán, debajo de los árboles, se había colocado unamesa á la cual se sentaban hasta una docena de comensales. Procedíancasi todos de la Pola. Sin embargo, había un ingeniero de Madrid y unquímico belga. Pocos días hacía que habían llegado á Laviana paradirigir los trabajos de las minas recién abiertas sobre la aldea deCarrio. Los había acompañado á Entralgo y los había presentado á D.Félix su sobrino Antero, promovedor incansable de los intereses deaquella región y apóstol elocuente del progreso. Recibiólos el Sr.Ramírez del Valle con afable hospitalidad y les invitó á su mesa, perono sintió alegría de verlos. Ya sabemos que su corazón no estaba abiertoá la influencia de las maravillas industriales.

Antero era un joven de carácter franco y fisonomía simpática, locuaz,ilustrado, arrogante. Se había recibido de licenciado en Derecho hacíapocos años. No diremos que se creyese un genio, pero sí estaba seguro deque podía competir con los jóvenes más distinguidos de la provincia. Encuanto á su valle natal, ningún otro osaba hablar de política yliteratura delante de él. Conocía bien la historia de la revoluciónfrancesa, especialmente la de los Girondinos; estaba versado en Economíapolítica, había leído la Profesión de fe del siglo XIX de Pelletan,algunos versos de Víctor Hugo y tres volúmenes de la Historia Universalde César Cantu. Además, cuando se hallaba entre amigos de confianza,osaba poner algunos reparos al texto de las Sagradas Escrituras, en elcual encontraba ciertas contradicciones de bulto. Hasta se decía que encierta ocasión, de sobremesa con varios sacerdotes, los había puesto engrave aprieto hablando del Génesis. Por estas razones y otras que omito,Antero Ramírez era lo que pudiera llamarse un grande hombre regional.

Sin embargo, D. Félix no le reconocía de buen grado sus cualidadessobresalientes.

Entre tío y sobrino existía una disimulada antipatía,que á veces no se disimulaba.

Antero pensaba que su tío era una buenapersona, un militar valiente, pero algo

«arrimado á la cola». D. Félixconsideraba á su sobrino, á pesar de los triunfos académicos queostentaba, como un joven superficial, uno de tantos abogados charlatanescomo producía la universidad de Oviedo. ¡Qué diferencia entre estosmocosos que hablaban de todo con impertinente suficiencia y aquellosvarones antiguos como su primo César, tan reposados, tan profundos, tanmacizos!

Estaban allí también el alcalde, hombre de mediana edad, afable yalegre, que solía decir frases chistosas y reía con ellas hasta toser ytosía hasta reventar. El recaudador, bilioso, taciturno, lleno deprudencia, excepto cuando bebía más de veinte vasos de sidra. Al beberel veintiuno comenzaba á recordar sus triunfos universitarios, lossobresalientes que le habían dado en Derecho canónico y Disciplinaeclesiástica, el accésit que había ganado en la Licenciatura connotoria injusticia, pues nadie dudaba que merecía el premio (uno de losjueces se había negado á firmar el acta considerándolo así). Al pasar detreinta venían á su memoria las imágenes flotantes de las mujeres quehabía seducido y se extasiaba recordando los dulces pormenores de susamoríos: una de aquellas mujeres abandonadas se hallaba á la horapresente en un convento; otra se había tragado una caja de fósforos. Porúltimo, cuando introducía en su estómago más de cuarenta vasos, seiniciaba el período del heroísmo. El recaudador resultaba entonces, ápesar de su pecho hundido y escuálidas piernas, un hombre terrible, unser cruel que había pasado su juventud hinchando las narices á suscondiscípulos y apaleando á los serenos; el terror de la ciudad deOviedo, donde había quedado memoria perdurable de sus proezas.Felizmente para él (porque en tales ocasiones se hacía impertinente yagresivo y solía encontrarse con alguna bofetada), llegaba pocas veces ácifra tan elevada. Una gastralgia crónica le obligaba, mal de su grado,á mantenerse en la sobriedad y moderación.

El escribano D. Casiano no padecía ninguna clase de gastralgia ni agudani crónica.

Por eso no se creía en el caso de usar de la moderación delrecaudador. Bebía como un buey y orinaba como otro buey y tenía unvientre mayor que el de dos bueyes reunidos. Por su complexión ciclópea,por su faz de escarlata, la fuerza de sus jugos digestivos y la eternarisa que brotaba de su pecho como un torrente que se despeña, pertenecíaá otra edad remota, no á la presente. Era digno de sentarse en algúnfestín pelásgico ó cuando menos de asistir á la famosa hecatombe queNestor, rey de Pylos arenosa, celebró en honor de Neptuno, y comerse unode aquellos bueyes á medio asar.

Sin embargo, este D. Casiano, cuando seencerraba en el cuartucho polvoriento y fementido que le servía dedespacho y se colocaba delante de su mesa atestada de expedientes, noresultaba un hombre primitivo, sino bien refinado. Sus narices deventanas dilatadas no le servían para olfatear el jabalí ó el oso quecruzaban por el bosque, sino las pesetas que podía devengar el procesoque tenía entre las manos. Y

vengan providencias, y notificaciones yresmas de papel sellado cuando los procesados eran personas solventes óposeían al menos un pañuelo de tierra ó una yunta de vacas.

La tierra,los establos, las vacas, los enseres de la casa y hasta los pucheros dellar, todo pasaba al instante por el esófago del escribano troglodita. Lomismo acaecía con las herencias. Muriese testado ó intestado, todopaisano podía estar seguro de que una buena parte de su hacienda, cuandono toda, pasaría irremisiblemente al vientre de D.

Casiano.

Acudió igualmente aquella tarde á Entralgo el farmacéutico Teruel,hombre profundo, inventor de ciertas pastillas contra las lombrices queeran el asombro y el orgullo del concejo. De todos los rincones deAsturias solían venir demandas de estas famosas pastillas. En Madridmismo, donde las importó una señora de Oviedo, adquirieron prosélitos.Habían salvado de la muerte á la esposa de un diputado asturiano, elcual en recompensa había hecho condecorar al benemérito boticario con lacruz de Isabel la Católica. Mas después de este esfuerzo químico tanprodigioso el ingenio de Teruel se había agotado ó había dormido parasiempre. Ó considerando tal vez vanas y engañosas las glorias humanas,había decidido renunciar á toda labor científica. Lo cierto es que desdehacía largos años estaba dedicado á pescar truchas con caña en el río yá beber sidra en los lagares. ¿Quién regentaba la botica en su ausenciacasi continua? Su digna esposa D.ª Teresa. Ésta hacía los emplastos,molía las drogas y despachaba cuantas recetas llegaban á la oficina.Teruel había resuelto al mismo tiempo varios problemas sabrosos: notrabajar, no pagar dependientes y tener á su mujer ocupada.

Irritaba esto la cólera del médico D. Nicolás, quien considerabadegradante que una hembra interpretase sus prescripciones. Murmurabaagriamente de la holgazanería del boticario; hablaba de poner enconocimiento del subdelegado de farmacia aquella ridícula y ofensivasustitución. ¿No habría en su indignación una migaja de envidia?

Losvecinos decían que sí. Porque D. Nicolás, lejos de poseer una esposabella, laboriosa, inteligente, como Teruel, tenía por compañera unendriago. Le llevaba diez ó doce años de edad, era fea, achacosa,impertinente, ridícula. Y á cambio de estas cualidades exigía que se laadorase, que el bueno de su marido la mimase todo el día, le prodigaselas caricias más subidas y exquisitas. Y se descuidaba de hacerlo, ¡erande oir sus protestas y recriminaciones! No pasaba día sin que la casadel médico no resonase con voces coléricas, gritos y lamentos. D.Nicolás, para imponer la paz y aplacar la cólera de aquella víborapisada, se veía necesitado unas veces á emplear medios coercitivos pococompatibles con su educación, otras á humillarse á ciertas condicionesque le repugnaban y fatigaban tristemente. De todos modos, su vida eraamarga y contrastaba con la muelle y regalada que llevaba su compañeroTeruel.

Aunque más agitada, no dejaba de ser dulce y sabrosa la que llevaba elcapellán D.

Lesmes. Rasurado con primor, más bien delgado que grueso, detez sonrosada, nariz aguileña, ojos pequeños y vivos y no poco pícaros,de cuarenta años de edad. No tenía más órdenes que la prima tonsura impuesta para que pudiese disfrutar las pingües rentas de una capellaníade familia. Le estaba vedado por lo tanto contraer justas nupcias. Perono pensaba que le estuviesen vedadas igualmente las injustas. En todo elvalle no existía hombre más enamorado ni que poseyese armas amorosas demás alcance. Sus conquistas se contaban por docenas. Habitaba en elcaserío de Iguanzo, del lado de allá del río, frente por frente deEntralgo. Desde este punto estratégico situado en el centro delconcejo, D. Lesmes hacía constantes correrías por todo él, dejando á loshombres, pero no perdonando hembra alguna, ni por fea ni por vieja.Nadie conoció jamás un caballo de tan buena boca. Si se pudiesen poneren ristra las víctimas de sus hechizos, impondrían terror por la calidadtanto como por la cantidad. Hay que hacerle justicia, sin embargo: nuncahabía atacado las plazas de sus pares, esto es, de los hidalgos deLaviana. Solamente á las del paisanaje llevaba la ruina y devastación.Por eso quizá disfrutaba aún de la luz del sol, tan cara á los mortales.

Todos estos señores y los demás que se sentaban á la mesa del capitáncompartían las ideas del joven Antero. Todos creían que Laviana, por elnúmero y riqueza de sus minas de carbón, se hallaba destinada árepresentar pronto un papel importante, no sólo en la provincia, sino enla región cantábrica. Deseaban que aquellos tesoros subterráneossaliesen pronto á luz; estaban ávidos de que en la Pola, capital delconcejo y partido judicial, se introdujesen reformas y mejoras que lahiciesen competir dignamente con Sama, capital del vecino concejo deLangreo. En Sama se encendían por las noches faroles de petróleo paraalumbrar á los transeuntes. En la Pola ni soñarlo siquiera. En Sama secomía carne fresca todos los días. En la Pola, salada todo el año,excepto cuando á algún vecino se le antojaba sacrificar una res y venderuna parte de ella. En Sama había ya un café con mesas de mármol. En laPola sólo algunas tabernas indecorosas. Por último, y esto era lo quecausaba más admiración y envidia entre nosotros, en Sama se habíaabierto recientemente nada menos que un paseo con docena y media decastaños de Indias puestos en dos filas y ocho ó diez bancos de maderapintados de verde, donde los particulares se repantigaban todos losdías para leer las gacetas de Madrid. Para llegar á tal grado decivilización era necesario que los lavianeses aunaran sus esfuerzos.Esto se repetía sin cesar en la Pola.

Los únicos que en aquella tertulia pensaban mal de las minas y noansiaban las reformas, á más del capitán, eran su primo César, el señorde las Matas de Arbín y el párroco D. Prisco. El primero por su espírituclásico y temperamento dórico, el segundo porque era un gran filósofo.D. Prisco sólo hallaba dos cosas dignas de atención: el cielo estrelladoy la brisca. En consecuencia, ó rezando ó jugando: ésta era su vida.Todo lo demás estaba comprendido en dos palabras, las predilectas, quizálas únicas que salían claras de los labios de aquel hombre memorable. ¡Miseria humana!

Éstos eran los dos vocablos que abrazaban la creaciónentera y sus múltiples relaciones. Unas veces proferidos con admiración,otras con lástima, otras con resignación ó con ironía ó con desdén,según las circunstancias, para todos los casos servían por espinosos quefueran. Cuando algún feligrés venía á contarle una lástima ó á exponerlequejas de su mujer ó de sus hijos, un murmullo ronco salía de lasprofundidades del pecho del párroco. En aquel murmullo sólo se percibíadistinta la profunda sentencia, compendio y resumen de toda la sabiduríade D. Prisco.

Comieron el capón asado, las truchas salmonadas, las olorosas judías conmorcilla y lacón, la rica empanada de anguilas, todo aderezado y servidopor las manos primorosas de D.ª Robustiana, á quien servía en estaocasión de azafata la vivaracha Flora. Bebieron el espeso vino de Torotraído en odres desde Castilla al través de las montañas que separan áesta región de las Asturias por el propio Martinán que ahora lo servíaloando sin cesar su pureza y sus virtudes. Bebieron aún con más placerla sidra de la pomarada de D. Félix. El lagar estaba allí próximo: unade sus puertas se abría sobre la pomarada; la otra sobre el Campo de laBolera, donde en aquel instante se celebraba parte de la romería.

Y cuando llegaron los postres, el joven Antero se levantó con la copa enla mano y habló de esta manera:

—Amaneció al cabo el día por nosotros tan ansiado, el día de quenuestro valle salga de su profundo y secular letargo. Aquellos tesorosque nuestros padres pisaron siglos y siglos sin sospechar su existencia,para nosotros los amontonó la naturaleza debajo del suelo: para nosotrosy para nuestros hijos. Los desgraciados habitantes de esta región queapenas pueden, á costa de grandes esfuerzos, llevar un pedazo de boronaá la boca, dentro de pocos días, gracias á la iniciativa de una poderosacasa francesa que va á sembrar aquí sus capitales, encontrarán medios deemplear sus fuerzas, ganarán jornales jamás soñados por ellos. Y conestos jornales se proporcionarán muy pronto las comodidades y los gocesque embellecen la vida. Porque el hombre no está destinado á vegetarcomo un hongo tomando de la tierra lo estrictamente necesario para nofenecer de hambre; tiene otras necesidades. Dentro de nuestro corazónexiste un impulso que nos hace apetecer nuevos y variados elementos devida, cambios incesantes que nos ofrezcan formas más y más interesantesde existencia. ¿Qué sería el mundo si todos nos limitásemos á recibirlos usos de nuestros padres y á guardarlos como un tesoro intangible yprecioso? Para que el hombre se eleve, para que exista el progreso esnecesario que prescindamos de ese respeto exagerado á la costumbre, queno temamos crearnos necesidades. Las necesidades son acicates quesacuden nuestra indolencia. Es necesario que nos relacionemos con lospaíses extranjeros para hacernos partícipes de sus adelantos, queapetezcamos siempre algo nuevo y mejor y que hagamos esfuerzosincesantes por conseguirlo. Dentro de pocos meses oiréis resonar porestas montañas el agudo silbido de la locomotora. Es la voz del vaporque nos llama á la civilización.

Todos acogen con hurras y palmadas este sensato discurso. Sólo D.Félix, D. César y D. Prisco permanecen silenciosos y taciturnos.

Al sentarse el sobrino del capitán se levantó el ingeniero que habíallegado de Madrid. Era un joven de fisonomía inteligente y agraciada.

—Brindo—dijo—por que en breve plazo quede desterrado del hermosovalle de Laviana ese manjar feo, pesado y grosero que se llama borona.No podéis imaginar con qué profunda tristeza he visto á los pobreslabradores alimentarse con ese pan miserable. Entonces he comprendido larazón de su atraso intelectual, la lentitud de su marcha, la torpeza desus movimientos, la rudeza de todo su ser. Quien introduce en suestómago diariamente un par de libras de borona no es posible que tengala imaginación despierta y el corazón brioso. Procuremos todos en lamedida de nuestras fuerzas que pronto desaparezca de aquí ó al menos quese relegue á su verdadero destino, para alimento de las bestias, quepronto se sustituya por el blanco pan del trigo. Con él, no lo dudéis,despertará la inteligencia, se aguzará el ingenio, crecerán los ánimos ypor fin entrarán en el concierto de los hombres civilizados loshabitantes de este país.

Mucho se rieron y celebraron las palabras del joven ingeniero. Elactuario D.

Casiano se levantó de su silla y le apretó contra su vientrede tal modo que el ingeniero decía más adelante que por un momento secreyó dentro de él como Jonás dentro de la ballena. ¡Y sin embargo, D.Casiano se comía con rematado placer media borona migada en leche! Perose guardó bien de confesar esta flaqueza. Hubiera negado á la borona, notres veces como San Pedro á su maestro, sino trescientas. Todos lanegaron,

¡todos! aunque había nutrido la infancia de la mayoría deellos. Sólo el señor de las Matas de Arbín se levantó de su silla y conreposado y noble ademán avanzó su copa hasta chocar con la del ingenieroy dijo:

—Hubo un tiempo, señor, en que delante de estos rudos campesinos,alimentados con castañas y bellotas como las bestias, corríandesbandadas las águilas romanas enviadas por Augusto. Más tarde lashuestes sarracenas que habían paseado en triunfo todo el orbe, vinieroná estrellarse contra los pechos de un puñado de labriegos ahí, un pocomás arriba, en la sacra montaña de Covadonga. Pasaron muchos siglos,empezaron á alimentarse con borona, y otras águilas tan brillantes, lasdel César Napoleón, cayeron sobre nuestro país. Estos campesinossegándolas el cuello por montes y barrancos probaron que con la boronano habían perdido el ardimiento. Y en las luchas de la inteligencia, enlos nobles certámenes de las ciencias y de las artes muchos asturianoscriados con borona alcanzaron, señor, honra imperecedera. Su voz haresonado con elocuencia en la tribuna, su pluma ha trazado páginasbrillantes que admira el extranjero, su cincel ha dado eterna vida á lapiedra y la madera... No me sorprende en verdad que usted haga ascos áeste manjar grosero hecho con la harina del maíz. Dionisio de Siracusatambién los hizo cuando le dieron á probar aquella sopa negra de losespartanos fabricada con sal y vinagre, manteca de puerco y pedacitos decarne. «¡Es detestable!» exclamó.—«Le falta algo», respondió elcocinero.—«¿Qué le falta?»—«Que te hubieses bañado en el Eurotas yhubieses hecho todos los ejercicios de la palestra.» Del mismo modo,señor, para conocer el gusto de la borona le ha faltado á usted bañarseen el Nalón y haber pasado el día cavando la tierra con la azada.

Tocó á su vez al capitán el levantarse y abrazar estrechamente á suprimo. El ingeniero contempló aquella figura estrafalaria y escuchótales palabras con asombro.

Los demás le hicieron disimuladamente señasde que se trataba de un excéntrico.

—Bien está lo que mi venerable amigo el señor de las Matas de Arbínacaba de manifestarnos—dijo Antero levantándose de nuevo.—Losalimentos por groseros que sean no privan al hombre de sus aptitudes,sobre todo de aquellas que le son comunes con las fieras, las de luchary defenderse. Mas yo pregunto: ¿para qué serviría su actividad si noarrancase á la naturaleza sus secretos si no fuese gustando de todos losrecursos que la Providencia puso á su disposición? Si la situación delhombre, si sus alimentos, si sus vestidos no hubieran de cambiar jamás,esas artes, esas ciencias de que nos hablaba D. César serían inútiles yaun me atrevo á decir que imposibles.

Comprendo el amor y el respeto quemi querido tío D. Félix y el señor de las Matas de Arbín sienten por elpasado; pero no quisiera que ese amor les arrastrase á privar á estevalle de lo que tiene derecho á alcanzar, mayor bienestar para sus hijosy un puesto en la civilización. Por eso en este momento me atrevo ásuplicar á mi buen tío que no se oponga á que por sus propiedades deCarrio cruce la vía férrea necesaria para transportar los minerales. Suoposición, aunque fuese vencida por la ley, al cabo dilataría algúntiempo la prosperidad de nuestro país.

—¡Me opongo y me opondré con todas mis fuerzas!—exclamó el capitánairado.—

Yo no creo que esa prosperidad traiga á este valle dichaninguna. El ejemplo de Langreo, que tenemos bien cerca, me lo confirma.Los hombres trabajarán más que antes y no á luz del día y respirando lagracia de Dios como ahora, sino metidos en negros, inmundos agujeros.Las mujeres lavarán más ropa sucia, cuidarán más enfermos, quedaránviudas primero. Los niños escucharán más blasfemias, sufrirán másgolpes. Yo me río de esa prosperidad y la maldigo. ¿Qué me importa quetraigáis un puñado más de oro si con él llega el vicio, el crimen y laenfermedad?

Quiso Antero discutir con su tío; probarle que estas lacerias no sonconsecuencia obligada de la industria y las minas, sino perturbacionesaccidentales que al cabo quedan suprimidas por sí mismas cuando losobreros se hacen más cultos por la enseñanza y el trato. Pero don Félixse negó á escuchar. Colérico cada vez más y respondiendo á las razonesde su sobrino con frases violentas ó desdeñosas, tanto llegó á exaltarseque el alcalde, el boticario y otros comensales creyeron prudenteintervenir.

Encauzaron la conversación hacia otros asuntos y procuraronalejar al tío del sobrino.

Se habían levantado ya todos de la mesa. Sediseminaron por la pomarada formando grupos. La viva disputa de D. Félixcon Antero había producido cierto malestar. Se deploraba en voz baja queaquél tuviese un carácter tan violento.

Al cabo renació la calma, terminaron los comentarios, y la alegría y lafranqueza volvieron á reinar sobre los convidados. Algunos se acercaronal lagar, penetraron en él y departieron con los labradores que allíestaban; otros pasearon debajo de los árboles hasta los confines de lapomarada. El señor de las Matas fué uno de ellos.

Enfrascado en susmeditaciones clásicas y repitiendo en voz baja la hermosa égloga primerade Virgilio caminó paso entre paso por la finca. Y como llegase á unarinconada umbría, se tendió sub tegmine fagi recitando cada vez conmás fervor los versos del cisne de Mantua. Se sentía feliz. La sidra leponía siempre en una disposición poética tan lejana del furor báquicocomo del grosero sopor de los esclavos. En otro tiempo, cuando estoacaecía, solía ver cruzar por el bosque á Diana cazadora con su cortejode ninfas medio desnudas y tendía hacia ellas sus brazos anhelantes. Yahacía años que habían cesado estas imaginaciones eróticas. Ahora entales ocasiones ya no veía ninfas, sino ánforas llenas hasta el cuellodel chispeante vino de Chipre ó de Rodas. Se hallaba, pues, reposandodulcemente como Títiro, cuando acertó á oir cerca y detrás de losárboles rumor de conversación. No hubiera hecho alto en ello si nopercibiese bien claro entre aquella charla su nombre. Se alzó, acercósemás y escuchó. Hablaban allí tendidos sobre el césped Antero, elingeniero español y el químico belga.

—Es un tipo verdaderamente notable—decía Antero.—Deben ustedesestudiarlo.

Para él no existe nada digno de aprecio fuera de lasThermópilas y Maratón. Odia á los medos y á los persas más que á loschicos que le roban la fruta.

—¡Es curioso!—exclamaba el ingeniero.

—Pero su enemigo mortal es Pericles.

—¿Cómo?

—Sí, se ha empeñado en destruir su gloria, y busca y rebusca por todaspartes algo que pueda socavarla. Le echa la culpa de la ruina de Atenasy de todo lo malo que allí ha pasado, le niega el talento, le niega laelocuencia y le persigue con la misma saña que si le hubiera estafado.No tienen ustedes más que sacarle la conversación del olímpico, comoél lo llama con sorna, y le verán ustedes deshecho. Por lo general, eshombre pacífico y comedido; mas en cuanto se le habla de Pericles salede sus casillas y suelta horrores por la boca. Hace algunos añosescribió un folleto fulminante contra él. En todo Asturias se conoceeste documento, que es chistosísimo. Oigan ustedes algo:

«Á buena fe, Pericles; á buena fe, don traidor, suspiros y lágrimas asazengendrará vuestra desbocada ambición. La ley no es bien guardada, laley positiva de los tiempos heroicos de la Hélade. El gran aparejo yatavío con que ornáis la ciudad de Teseo más le hará tuerto que derecho.Holgados y descansados queréis á vuestros compatriotas, dolientes ycobardes los hallaréis á la hora de la batalla...»

—¡Graciosísimo!—exclamó el ingeniero, riendo á carcajadas.

—C'est étonnant!—profirió el químico, que apenas podía comprender unapalabra de aquel lenguaje.

—En otro tiempo se le ocurrió a mi tío y a otros señores hacerlealcalde. Crean ustedes que ha dejado memoria perdurable de su paso porel ayuntamiento. Cuando presidía las sesiones se creía en el Ágora. Unavez en que se trataba de la limpieza de los pozos negros de la Polacomenzó su discurso diciendo: «Setecientos mil dracmas gastaron losdorios en dotar de alcantarillas á Esparta...» Desde entonces lellamamos por aquí el dorio.

—¡Oh, que c'est drôle!

—¡Pero ese caballero es un loco!

—¡De atar!—respondió el joven Antero.

El señor de las Matas sintió al escuchar tales palabras que la sangre sele agolpaba al cerebro. Estuvo por avanzar unos pasos y confundir áaquel mancebo frívolo. Tuvo, sin embargo, fuerzas para dominarse: porquehabía estudiado en el Pórtico y tenía grabadas en su mente lasenseñanzas de Zenón. Con nobleza verdaderamente estoica se alejó, pues,despreciando tanta injuria.

Mientras esto ocurría en la pomarada del capitán, el castañar en decliveque casi circunda la pequeña iglesia de Entralgo hervía de gente yregocijo. Al lado de los árboles se habían colocado bastantes tenderetespara vender vino y sidra: en torno de ellos departían bebiendo loshombres maduros. En la parte más llana se había organizado un animadobaile al son de la gaita y el tambor. Allí lucía de nuevo su primor ygentileza Quino, el más prudente y astuto de los hijos de Laviana. Supareja ya no era Telva, como la noche anterior, sino Eladia. Con estearte maligno de tira y afloja tenía á las dos zagalas rendidas,deshechas de amor. Pero en aquel instante más que de su pareja secuidaba de mirar con recelo la actitud de los de Lorío. Andaban éstos enpandillas retozando por la romería, riendo, gritando, sin querer tomarparte en los bailes, como si otra vez tuviesen gana de gresca.

En medio del campo, en el espacio más abierto, se había formado una grandanza, los hombres á un lado, las mujeres á otro, unos y otros cogidospor el dedo meñique.

Cantaban una antigua balada asturiana. Primero lasmujeres entonaban un par de versos. Los hombres respondían con otrosdos; y así se iba desenvolviendo la historia.

¡Bien presente está en mi memoria! Para que pudiese penetrar en el corroalzabais amablemente vuestros brazos. En medio del círculo seguía conlos ojos extáticos vuestros acompasados movimientos. Escuchaba vuestroscantos inocentes, que penetraban en mi corazón infantil, inundándolo deuna felicidad que nunca más ¡ay! ha vuelto á sentir.

No toda la gente estaba en el castañar de la iglesia. En las calles dela aldea había también alguna, y en el Campo de la Bolera más todavía.Aquí se ejercitaban los hombres en el juego de bolos, combatiendo seismozos de la Pola con otros tantos de Entralgo. Los demás, interesados enla partida, miraban sentados en los maderos que por allí habíadiseminados. Entre ellos estaba una cuadrilla de mineros que de luengastierras había traído la empresa que comenzaba á beneficiar los ricosveneros de Laviana. Se les reconocía por sus boinas encarnadas quecontrastaban con las negras monteras puntiagudas de los hijos del valle:se les reconocía aún más por sus rostros macilentos, donde el agua nohabía logrado borrar por completo las manchas del carbón. Hablaban entresí y dirigían miradas insolentes, provocativas á todos los que allíhabía. Parecían sentir profundo desprecio por aquellos aldeanos y susjuegos.

Delante de la puerta del lagar de D. Félix había un numerosogrupo de hombres. Entre ellos estaba Jacinto de Fresnedo rodeado de susamigos los montañeses de Villoria, que se habían bajado del castañarpoco hacía por consejo de Nolo. Temía éste con razón, vista la actitudde los de Lorío, que hubiese pronto riña, y persistiendo en su orgullosoretraimiento no quería tomar parte en ella. Se hallaba sentado al ladode Demetria, debajo de uno de los grandes nogales que circundan elcampo. Otras muchas zagalas, unas con sus galanes, otras sin ellos, sehabían bajado también de la romería cansadas de bailar, y andaban porallí diseminadas á la sombra de los árboles. Entre ellas se hallabaFlora, la linda y desdeñosa morenita huéspeda de D.ª Robustiana.

El infiel esposo de esta señora, nuestro amigo Regalado, salió dellagar, echó una mirada por el campo y dirigiéndose á los jóvenes queallí había, en el tono zumbón é impertinente que le caracterizaba leshabló de esta manera:

—Llegó el momento, mozos valerosos, de que probéis vuestra enjundiadelante de las hermosas de Entralgo. Mi amo D. Félix me ha entregadoeste reloj de plata con su cadena para que lo regale al tirador que máslejos clave la barra de hierro de quince libras. Y como de mis manos noha de parecerle tan bien el regalo como de las de alguna chavalita, elmozo que gane el premio queda autorizado para elegir la que mejor leparezca entre las presentes para que se lo cuelgue del chaleco.

Instantáneamente se deshizo el juego de bolos. Todos examinan conadmiración el grande reloj de plata y su cadena, echando cálculosfantásticos acerca de su valor.

Regalado dió orden á Linón de Mardanapara que trajera de casa la barra de hierro. No tardó mucho el adustoservidor en presentarse con ella. La gente se separa, dejando espaciolibre á los tiradores. De los parajes más lejanos del campo acudenhombres y mujeres á presenciar la lucha. También D. Félix sale por lapuerta del lagar con sus comensales. Se les deja el sitio más elevado ycómodo para verla.

El primero que empuña el hierro cilíndrico es Pachón de los Barreros. Labarra parte de sus manos, se cierne en el aire y cae á larga distanciade sus pies con admiración del concurso. Inmediatamente sale á lapalestra Matías, famoso tirador del valle de Langreo, deja caer lamontera, toma la barra, afianza los pies, se revuelve con pausa ymaestría y lanza el hierro al alto. Se clavó una cuarta más allá que ladel mozo de los Barreros.

—¡Hurra!—gritó la muchedumbre.

Pachón no se da por vencido. Toma de nuevo la barra y consigue ponerlados pulgadas más allá que Matías. Pero éste la coge con prisa, hace unesfuerzo supremo y la envía media vara lo menos más lejos que su rival.Entonces, henchido de orgullo, desgaja una ramita del nogal más cercanoy la planta en aquel sitio donde se hincó su barra, exclamando:

—Este es el tiro que ha hecho Matías de Langreo. Á ver si hay enLaviana un mozo que lo haga cambiar de sitio.

Una tristeza profunda se esparce por el rostro de los lavianeses. Pachónempuña con rabia la barra, pero no logra ponerla más allá que la vezanterior. Otros hijos del valle, los unos de Entralgo, los otros de laPola, ensayan también sus fuerzas. Nadie consigue acercarse ni con muchoá la orgullosa ramita de nogal. Entonces todos los ojos se vuelven haciaNolo de la Braña, que allá lejos seguía departiendo con Demetria sinacercarse al teatro de la lucha.

—Nolo—le grita uno,—Matías de Langreo nos ha vencido á todos.¿Quieres probar tu fuerza?

—Si os ha vencido á todos, ¿por qué no ha de vencerme á mí?—replicacon orgullosa malicia el héroe de la Braña.

Todos deploran que no tome parte en el certamen. Porque Nolo pasaba porel mejor tirador de barra de toda la ría del Nalón caudaloso.

Entonces Jacinto de Fresnedo, aguijado por el deseo de honrar al dueñode su albedrío más que de mostrarse vencedor en el juego, sale al mediodel corro.

Rápidamente se descuelga la chaqueta de paño verde, sedespoja del chaleco floreado, tira la montera y agarrando la barraafianza sus pies en el tiro y se yergue. No hay nadie que no admire lagentileza de aquel mozo imberbe. Su musculatura atlética contrasta conlas líneas puras, delicadas de su rostro de adolescente.

La barra se escapa de sus manos, vibra en el aire con zumbido temeroso,roza al caer la rama de nogal plantada por Matías y va á clavarse máslejos.

«¡Viva! ¡Viva!» grita la muchedumbre frenética.

El mozo de Langreo se muerde los labios de despecho, toma de nuevo labarra y la hace partir. No logra mejorar su tiro. Segunda vez pide aljurado permiso para probar fortuna y lo obtiene. Mas ahora, agotadas susfuerzas, la barra se queda más atrás de la rama.

Entonces, de aquella multitud ebria de entusiasmo se eleva un clamoreoinmenso.

«¡Viva Laviana!» «¡Viva Villoria!» Éstos son los gritos que resuenan sincesar por el Campo de la Bolera. Todos quieren abrazar al gallardomancebo.

Regalado se aproxima con el reloj en la mano y abandonando suacostumbrada ironía le dice con visible emoción, pues al cabo también élhabía nacido en Villoria:

—El jurado te declara vencedor, Jacinto. Elige la moza que ha deentregarte el reloj.

Jacinto tarda algunos instantes en responder. Al cabo haciendo unesfuerzo pronuncia muy quedo el nombre de Flora.

—Ven acá, Florita—grita Regalado.—Tú eres la elegida. Toma el reloj yentrégaselo.

—Yo no tengo nada que entregar, puesto que nada es mío—responde conacritud la doncella.

—Pero has sido elegida por el vencedor, niña. Ningún trabajo te cuestaentregarlo.

—Si me cuesta ó no trabajo no lo sabe usted. Lo que le digo es que noquiero.

En vano fué que la instaran muchos de los presentes. Á todos sus ruegosy razones respondía cada vez con mayor energía: «¡no quiero! ¡noquiero!» El mismo capitán fué desairado.

—Perdóneme usted, D. Félix—le respondió con resolución la altivazagala.—Todo cuanto usted me mande lo haré menos eso.

—¡Dejarla! ¡dejarla!—exclamó Jacinto con voz alterada.—No lamolestéis más. Ya no quiero esa prenda de sus manos. Que me la entreguequien no me desprecie.

Y colgándose de nuevo la chaqueta del hombro tomó el reloj que le dió elmismo capitán, volviendo en seguida la cabeza para ocultar las lágrimasque saltaban á sus ojos.

—¡Bendita sea tu sandunga! ¿No te parece, Plutón, que ha hecho bien lamorenita en negarse á dar el reloj á ese palurdo?—dijo uno de losmineros de la boina colorada á otro de sus compañeros.

—¡Y que lo digas, Joyana!—respondió el interpelado dirigiendo sus ojosá Nolo y Demetria que allá lejos proseguían su plática amorosa.

—¿No sería lástima que un caramelo tan rico cayese en la boca de estezángano de la cara de pan?—volvió á decir Joyana apoyando suproposición con una blasfemia.

—¡Más lástima que aquella paloma blanca caiga entre las uñas del zoteque tiene á su lado!—replicó Plutón devorando con los ojos á la hermosaDemetria y remachando sus palabras con otra blasfemia.

Joyana y Plutón, así llamados el primero por el pueblo en que nació, elsegundo por mote que le puso un ingeniero, eran dos mineros hábiles quehabía traído consigo el director. Llevaban ya bastantes años en eloficio y habían recorrido algunas provincias mineras de Españaejerciéndolo. De casi todas habían sido arrojados por su naturaldíscolo, propenso á bullas y reyertas. Plutón había estado ya dos añosen presidio. Joyana unas cuantas veces en la cárcel. Eran temidos porsus compañeros.

Los capataces los mimaban por su destreza y acasotambién por miedo. Ambos eran bajos de estatura y no muy corpulentos.Sin embargo, Plutón, aunque de piernas flacas, tenía el torso robusto,los brazos largos, la mirada dura, insolente, denotando su estructura demono bastante agilidad y fuerza.

Nolo de la Braña pagó la mirada agresiva y sarcástica de los mineros conotra de curiosidad no exenta de desprecio. Alzando su arrogante figurade atleta frente á la de aquellos gorilas los estuvo contemplandolargo rato sin pestañear. Después, como su oído experto le dijera queallá en la romería había algún tumulto, hizo seña á sus compañeros ydespidiéndose de Demetria se alejó con ellos atravesando el puente ydirigiéndose á Villoria por la margen izquierda del riachuelo.

Ya era tiempo de que lo hiciera. Allá en la romería, á espaldas de laiglesia, los de Lorío, después de provocar con pesadas palabras yacciones groseras la cólera de los de Entralgo, habían logrado al cabodespertarla. Sin considerar su inferioridad numérica, pues muchos de loscombatientes habían bajado ya á la Bolera, se precipitaron á la lucha.La desesperación les prestó una fuerza incontrastable.

Animándose losunos á los otros, lograron contener en los primeros momentos el empujede los de Lorío. Chasqueaban los palos, arremolinábase la gente, rodabanlas cestas de fruta por el castañar abajo, volcábanse las mesas de losconfiteros ambulantes, quebrábanse vasos y botellas. Todo era confusióny alarma y gritería y polvo en el campo de la romería. Las mujeres, losniños y los pocos hombres de edad madura que habían quedado buscabanrefugio en el pórtico de la iglesia. Desde allí seguían con ojosansiosos las peripecias del combate. Los niños enardecidos alentábamoscon gritos á los nuestros. Costaba gran trabajo á las mujeres sujetarnospara que no volásemos al medio de la pelea.

Prosiguió ésta encendida é indecisa bastante tiempo. Por una y otraparte se peleaba con vivo ardor. Los de Lorío, engreídos por susvictorias pasadas y confiados en sus fuerzas, se lanzaban con impetuosoalarde sobre los de Entralgo. Éstos, con el alma sangrando de coraje ydespecho, se defendían sin retroceder una pulgada, inmóviles en susitio, como si estuviesen clavados á la tierra. Allí vi á Angelín deCanzana repartiendo garrotazos con tanta furia y cólera que nadie seponía al alcance de su palo que no sintiese pronto sus efectosperniciosos. Este palo era un regalo primoroso que le había hecho unpastor de Sobrescobio. Buscaba éste por los montes de Raigoso unaternera que se le había perdido. Angelín, que allí estaba apacentandosus vacas, le ayudó en la tarea durante largas horas: por este serviciole hizo presente de aquel magnífico garrote pintado y esculpidofinamente, con su correa para sujetarlo á la mano, adornado en la porracon lucientes clavos dorados. Allí estaba Simón de María, llamado elCojo de Mardana que, aunque lisiado de nacimiento, se revolvía mejor quelos que estaban bien completos. El garrote pesado de acebuche parecíauna paja entre sus manos indomables. No lejos de él combatíafuriosamente Tanasio de Entralgo, que en vez de garrote liso empuñaba uncayado enorme con el cual llevaba la ruina y el estrago á las huestesenemigas.

Mas ¿quién fué el bravo que brillaba en la batalla como un astrorefulgente que hace empalidecer á los que fulguran á su lado? Celso, elanimoso y magnánimo nieto de la tía Basilisa. Celso, anhelando tomarvenganza, se lanzaba impetuosamente dando gritos horribles sobre los deLorío. No consideraba que sus fuerzas estaban mermadas por los estacazosde la noche anterior. Ni su cabeza vendada y dolorida ni sus riñonesderrengados podían abatir su coraje. En cada uno de sus asaltosdesesperados hacía rodar por el suelo á algún enemigo, de tal modo queLázaro del Condado, dejando su puesto, se lanzó á toda la carrera haciaaquel más lejano donde peleaba Toribión de Lorío.

—Toribio—le dijo,—¿por qué te entretienes aquí sacudiendo á estamorralla que no vale una castaña asada, cuando allá abajo el nieto de latía Basilisa, más furioso que un jabalí, está volcando los mozos como sifuesen pucheros de barro?

El grande y fuerte Toribión escucha estas palabras y sin responderabandona prontamente aquel sitio y se precipita al paraje en que Celsopeleaba con gloria imperecedera. Delante de él huían los mozos deEntralgo y Villoria como los corzos al aproximarse el cazador. Enaquella carrera furiosa sacudió un garrotazo á Gabriel de Arbín que lehizo morder el polvo, machacó las costillas á Pepín de Solano y alcanzótambién con un palo en la cabeza al bravo Angelín de Canzana, que se viónecesitado á retirarse del combate. Antes de llegar cerca de Celso éstele salió al encuentro. ¡El insensato! No sabía que Toribión leaventajaba mucho en valor y en fuerzas. El poderoso mozo de Lorío rompelas filas de los suyos y aproximándose á Celso, antes que éste hubieratenido tiempo á levantar su palo, le sacudió con ambas manos ungarrotazo en medio de la cabeza que le hizo venir al suelo sinconocimiento.

Cuando el ingenioso Quino pudo verle así extendido portierra, un violento dolor oscureció sus ojos. Y mezclándosecautelosamente entre los combatientes sin ser percibido por Toribiónarrastró á su amigo fuera de la pelea y echándoselo luego sobre loshombros lo condujo hasta el pórtico. Allí las manos piadosas de lasmujeres le rociaron la cara con agua fresca hasta volverle al sentido,oprimieron los tolondrones, tamaños como huevos, que tenía en la cabezacon monedas de cobre de dos cuartos y restañaron la sangre de susarañazos con telarañas que recogieron en la iglesia.

Sin embargo, el valiente y artificioso Quino, después que dejó á suamigo en seguro, se lanzó otra vez á la refriega. Observando que lossuyos, antes tan animosos, cedían al empuje poderoso de Toribión yperdían terreno gradualmente, una tristeza profunda le traspasó elcorazón. Entendió claramente que no tardarían en darse á la fuga.Entonces se acercó á ellos en cuatro saltos y les gritó con vozpenetrante:

—¡Había de daros vergüenza, mastuerzos! Esta mañana tanta ronca en ellagar y que habíais de hacer y acontecer y comeros crudos cada uno ásiete mozos de Lorío, y ahora vais á volver el culo delante de un hombresolo. ¿Dónde están vuestros hígados?

¿Es que no servís más que paramascar la torta al pie del lar y asar las castañas?

Así dijo; y dando ejemplo de heroísmo se precipitó como un jabalí llenode audacia sobre los enemigos. Pero fértil siempre en astucias, en vezde atacarlos por donde combatía Toribión, se lanzó por el sitio en quelas filas le parecían más flacas. Y en efecto, las rompió fácilmente.Los de Entralgo, picados del ejemplo y aún más de las palabras de sucompañero, redoblaron sus esfuerzos. Combatieron con tanto coraje que enpocos minutos lograron ganar el terreno perdido y aun hicieronretroceder á los de Lorío. Entonces Toribión, viéndoles flaquear, quisoreanimar su valor y les gritó con voz fuerte:

—«¡Amigos, compañeros, mozos del Condado y de Lorío, arread firme á esacanalla! ¿Semos hombres ó no semos hombres? Acordaos de la romería delObellayo cuando estos pobretes corrían delante de nosotros como unamanada de carneros. Acordaos de ayer noche cuando á estacazo limpio losmetimos en sus casas y los dejamos acurrucados en la cocina debajo delas sayas de sus madres y hermanas. Si sois hombres y sabéis tener elpalo, no tardarán mucho tiempo en volver el culo.

¡Arrea, Lázaro!¡Arrea, Firmo!

Con estas palabras reanimó el valor de sus amigos. Al cabo lograronrechazar á los de Entralgo hacia el camino de Villoria. Así como unleón confiado en sus garras se precipita sobre un rebaño de bueyes ydesgarra á uno y á otro y á todos los aterra, del mismo modo Toribión,lleno del sentimiento de su fuerza, se abandona á todo su furor con elpalo en la mano. Los de Lorío y Condado á su vista se arrojan con másbrío sobre los de Entralgo y Villoria y redoblan su valor y susesfuerzos. Ni el coraje indomable de Angelín de Canzana, que después derefrescarse un poco la cabeza con agua había vuelto á la pelea con másardor que antes, ni el esfuerzo heroico del Cojo de Mardana ni el cayadofulminante de Tanasio de Entralgo fueron bastante á detener el retrocesogradual de los suyos.

Sin embargo, allá enmedio del campo, lejos ya de sus amigos, combatía elmagnánimo Quino. Delante de su palo asolador caían los mozos de Rivota yLorío.

Pero arrastrado de su ardimiento había ido demasiado lejos.Cuando menos lo pensaba se encontró solo. Entonces, al echar una miradaen torno y verse rodeado enteramente de enemigos, flaqueó su corazón yolvidó su fuerza indomable. Tres veces gritó con voz penetrantedemandando socorro á sus amigos. Cinco mozos de Rivota y tres de Loríole tenían envuelto y acosado como jauría de perros á un jabalí feroz.Quino, rodeando con la chaqueta su brazo izquierdo á modo de escudo,paraba y contestaba con habilidad los garrotazos que le dirigían, puesera diestro esgrimidor de palo. Llegó un instante, sin embargo, en quelos golpes menudeaban de tal manera que le fué imposible pararlos.

Entonces hubiera sucumbido ciertamente si Tanasio de Entralgo no oyesesus gritos.

Se batía éste en retirada al lado del Cojo de Mardana, peroen buen orden y causando grandes estragos en las filas enemigas, cuandollegó á sus oídos las voces de auxilio de su enemigo.—«Simón—le dijoal Cojo,—oigo la voz de Quino. Me parece que está en mucho aprieto alláarriba. Si pronto no le ayudamos estoy en fe que le van á poner esoscerdos como un higo.» Ambos se lanzan en socorro suyo, animados de unvalor intrépido. Llegan al círculo de enemigos que acorralaban alindustrioso Quino.

Tanasio, para romperlo, se vale de su enorme cayadocortado en el monte Raigoso.

Con él tira velozmente de las piernas átres ó cuatro mozos de Rivota y los hace caer de bruces. Gracias á laconfusión que origina con tal estratagema logran romper las

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filas,arrancan á Quino de las manos de sus adversarios. Unidos los tres sebaten con arrojo y cuando ven la ocasión propicia vuelven la espalda yse dan á la fuga.

Los de Lorío quedaron otra vez dueños del campo. Una parte de ellospersigue á los fugitivos por el camino de Villoria; otros siguen á losque huyen por la calzada de Entralgo. Toribio desdeña esta persecución.Con el garrote en alto y dando feroces gritos, que resuenantemerosamente en el valle pasea su furor y su triunfo por todo el campode la iglesia.

VI

Bartolo.

EDIA hora después no quedaba un ser viviente en este campo. La nochehabía cerrado, y todo el mundo se retiró á sus casas. Los confiteros,las fruteras, los taberneros ambulantes habían levantado y plegado susbártulos, los habían acomodado sobre sendos borricos y caminaban lavuelta de sus casas comentando la aciaga jornada de los de Entralgo. Enla Bolera tampoco había nadie. Sólo dentro del lagar de D. Félix,esclarecido por un candil, departían amigablemente cinco ó seis paisanosapurando vasos de sidra. Martinán les escanciaba. Hacía años que habíacontratado con el capitán la venta de la sidra, y aunque no tenía lataberna allí, sino en su propia casa, situada en el centro del pueblo,los días festivos solía trasladarse al lagar y hacer en él su comercio;porque la Bolera era el campo acostumbrado para los recreos delvecindario.

Martinán era un hombre famoso y popular, no sólo en la parroquia, sinoen todo el valle de Laviana. Y aun no diríamos mentira si afirmásemosque su fama se extendía á los concejos limítrofes de Sobrescobio yLangreo. Nadie recordaba haberle visto triste jamás. En medio de lasmayores tribulaciones, conservaba el humor jovial, los chascarrillos,las grotescas salidas de payaso á las cuales daba realce su caraespantosamente fea, surcada de costurones causados por la viruela.Tampoco le abandonaba su genio filosófico, inclinado á buscar las causasde todos los efectos y escudriñar las ocultas relaciones de las cosas.Su fuerte era la dialéctica. Recoger una idea vertida por cualquiera enla conversación, examinarla en todos sus aspectos, darle vueltas,tirarla al alto, jugar con ella á la pelota y luego arrojarla á lasnarices del que la había soltado, tal era el mayor, el único placer desu vida. Porque Martinán comía poco y sólo bebía por complacer á algúnparroquiano que se empeñase en ello. En cuanto á los goces del hogar,eran nulos para él. No tenía hijos. Estaba casado con una mujercilla feay vieja y de genio tan desapacible que nadie podría sufrirla si noposeyese la inagotable alegría de su consorte. Pero éste no sólo lasufría, sino que la amaba. Á todos sus regaños y asperezas respondía conalguna salida jocosa, y cuando esto no bastaba, un abrazo. Guardaba paraella las caricias más tiernas, los regalos, los epítetos más apasionadosque emplean los amantes. Apellidábala medio en serio medio en broma«estrella», «botón de rosa», «lucero», «clavel». De tal modo que lagente de la parroquia dió en llamar á esta desagradable mujeruca Clavel, y no se la conocía por otro nombre. «¿Cómo va Clavel?» lepreguntaban los parroquianos á Martinán al entrar en la taberna. «Tanbuena—respondía.—Allá está en la cocina amasando la torta.»

Vivía con este matrimonio una sobrina, aquella Eladia simpática que yaconocemos.

No sufría por cierto con tanta paciencia los rigores yasperezas de su tía. Respondía á veces de mal talante; había disputasfrecuentes, gritos, amenazas y hasta golpes.

Costábale á Martinán muchotrabajo poner paz entre ellas. Cuando después de una de estas reyertasquedaba la pobre Eladia llorosa y con algún rasguño en las mejillas,solía tomarla su tío de la mano y conducirla á un rincón para emplearcon ella las fuerzas dialécticas con que Dios le había dotado.

—Vamos á ver, niña, respóndeme. ¿Quién ha hecho á tu tía?

Eladia le miraba estupefacta sin despegar los labios.

—Vamos, respóndeme, ¿quién ha hecho á tu tía?... ¿La has hecho tú?

—Yo no.

—Entonces ¿quién?

—Será Dios—respondía la joven con mal humor.

—¡Ah, Dios!—exclamaba triunfante Martinán.—Y si tú la hubieras hecho,¿no la habrías dado un genio más suave, más alegre?

—¡Ya lo creo!

—Luego tú eres capaz de hacer las cosas mejor que Dios, ¿no es cierto?

—¡Vaya, vaya, tío, déjeme en paz!—replicaba la chica exasperada ysaliendo como un huracán por la puerta.

Esto mismo le acaecía á Martinán con todos los que aprisionaba en lasredes de su lógica. En vez de declararse rendidos y confesar que notenían sentido común, ó se marchaban, ó se mofaban de él, ó leinsultaban.

El descrédito de Martinán, como el de los grandes filósofos alemanes,procedía de que no siempre lograba ponerse al alcance de lasinteligencias vulgares. Como Kant y Hegel solía abroquelarse detrás deun tecnicismo extraño, incomprensible, bárbaro, que á muchos hacía reiry á otros indignaba. Había, por ejemplo, en sus discursos una fuentehipervertical de la cual manaban rayos convergentes que nadie sabíaqué mil diablos significaba ni de dónde la había traído, aunque laemplease como soberano recurso en las disquisiciones más profundas.Había también unas ínsulas metódicas y unas gravitacionesintermitentes que dejaban estupefactos é inquietos á sus oyentes.

Pero,en general, se debe confesar que Martinán no se sumía en estasobscuridades de la lógica sino cuando algún paisano tenía la malaocurrencia de hacerle beber quieras que no unas copas de aguardiente.