La Aldea Perdida - Novela - Poema de Costumbres Campesinos by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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—Basta ya, compañeros. Los de Rivota se van á unir pronto á los deLorío y vendrán sobre nosotros. Es menester que se encuentren solamentecon los árboles para saciar su rabia.

Y seguido de sus amigos se lanzó por el monte arriba. Largo rato seoyeron sus gritos de triunfo. El eco de las montañas los repitió hastalos confines del valle.

III

Demetria.

OS mirlos que dormían en las higueras y cerezos de la huerta del tíoGoro estallaron en un trino formidable al despuntar la aurora. Demetriaabrió los ojos y una sonrisa divina se esparció por su rostro. Se pusovelozmente de rodillas sobre la cama y juntando las manos dijo suoración matinal. Ciñó luego con prisa las enaguas, se echó un pañolitosobre el pecho y abrió el corredor emparrado. La luz tibia y rosada delamanecer penetró en la estancia. La brisa fresca de la montaña coloreólas mejillas de la doncella. Desde aquel corredor emparrado se descubríamás de la mitad del valle de Laviana. Allá abajo, en el ángulo que formael Nalón con su pequeño confluente, Entralgo rodeado de pomaradas.Enfrente, del lado de allá del río, un grupo mayor de casas blancas: lacapital. Río arriba los Barreros, Peña-Corvera; río abajo Iguanzo,Puente de Arco. Y derramados por las faldas de las colinas algunospequeños caseríos sepultados entre bosquetes de castaños y avellanos. Elgran río cristalino herido por los rayos de la aurora parecía unafranja de plata. Los maizales que bordan sus orillas salían del sueño dela noche esperezándose blandamente al soplo de la brisa.

El tenue,blanco vapor, que los cubría se perdía en la claridad del aire. Un rayode sol vivo, refulgente, hirió la cabeza de la Peña-Mea tiñéndola decolor naranja. Una nubecilla arrebolada, nadando por el cielo azul, vinoá besarla y después de darle largo y prolongado beso siguió más alegresu marcha. Los pámpanos de la parra, sacudidos por la brisa, azotaronsuavemente el rostro de Demetria. Un mirlo de corazón osado saltó de lahiguera más próxima á la baranda del corredor, miró descaradamente á laniña ladeando repetidas veces la cabeza, tuvo manifiestas intenciones dedar un picotazo en sus mejillas pensando con razón que eran más frescasy más dulces que la cereza que acababa de comerse. ¡Pero Demetria leclavó una mirada tan severa! Su pequeño corazón se encogió de susto, yavergonzado volvió á ocultarse entre el follaje.

La luz crecía por momentos. Á los trinos aflautados de los mirlosrespondía el grito estridente de los gallos. En el establo mugieron lasvacas. Allá lejos, entre la espesura de las pomaradas, ladraron losperros guardianes. Las sombras corrían perseguidas por las faldas de losmontes á guarecerse en el fondo oscuro de las cañadas. El ambienteadquiría una trasparencia radiosa. El paisaje se iba tiñendo lentamentede un verde claro sobre el cual se destacaban las masas oscuras de loscastaños. De la montaña venía un aire vivo; el fresco aliento de losbosques que pasaba por las sienes de la niña refrescándolas. Del vallesubía olor de heno recién segado, aroma de flores y frutas maduras.

De pronto un rayo de sol cayó sobre la punta más alta del cerezoplantado delante de la casa de la tía Basilisa; volteó un momento sobrelas hojas y saltó á otra rama más baja dejando tras sí una estela deesmeralda. Otro salto más y se plantó en la higuera más próxima á lacasa del tío Goro. Dentro de ella se agitó gozosamente como una llamafeliz que aspira á curiosearlo todo. ¡Zas! otro salto, y al alero deltejado. Después, con precauciones, solapadamente, descendió por elramaje de la parra y oculto detrás de los pámpanos contempló algúntiempo el rostro peregrino de Demetria. ¡Es claro, le apeteció besarlo!Lo mismo le había pasado al mirlo. Pero más animoso que éste, después decorta vacilación, se dejó caer de golpe sobre lo que más le agradaba:sobre los ojos. Cerrólos la hermosa y sonrió de nuevo dejándoseacariciar por él con suave condescendencia. Al cabo hizo un graciosomohín de impaciencia y se retiró al interior.

¡Cielo santo, cuánto tenía que hacer! Lo primero, por supuesto, eraordeñar las vacas, como hacía todos los días. Bajó á la cocina, tomó unavasija y se fué derecha al establo. Pero allí ¡oh sorpresa! se encontrócon que el tío Goro ya se le había anticipado.

—Padre, ¿por qué se ha levantado usted?

—Hija—respondió Goro gravemente,—hoy es el día de la Virgen y tendrásdemasiado que hacer.

Sí, era el día de la Virgen, el día más esperado del año, el que salía árelucir en todas las conversaciones de los zagales en Entralgo. Para eltío Goro, que frisaba en los cincuenta, no tenía el mismo atractivo. Sinembargo, á pesar de su gravedad y de su ilustración, guardaba aún ciertomisterioso encanto que con todo cuidado procuraba disimular.

El tío Goro de Canzana era un hombre solemne, instruído, que fumaba enpipa y dejaba crecer la barba por el cuello á guisa de corbatín. Hablabapoco, como todos los hombres que reflexionan mucho, pero sus palabraseran oráculos, sobre todo para su digna esposa la señá Felicia. No teníamás que una pasión en su vida: la lectura.

Durante la semana no podíasatisfacerla: las faenas agrícolas en que se ocupaba lo impedían. Peroasí que llegaba el domingo solía darse un hartazgo que le dejabaconsolado y esclarecido hasta el domingo siguiente. Después que salía demisa se pasaba por casa del capitán. Éste le daba un libro, el primeroque le venía á las manos, El año cristiano, El perfecto licorista, Tratado de fortificaciones marítimas, en fin, cualquiera, pues al tíoGoro le bastaba su cualidad de libro para respetarlo más que á las niñasde sus ojos. Y llevándolo entre sus manos pecadoras con la misma unciónque si fuese portador del sagrado cáliz, marchaba hacia el Campo de laBolera.

Allí se tumbaba sobre algún madero y en voz baja comenzaba ádescifrar con regodeo las cláusulas misteriosas del impreso, mientrassus convecinos se deleitaban en jugar á los bolos ó á la barra ó á losnaipes ó en otros fútiles entretenimientos indignos del sabio. Cuando sellegaba la hora de comer iba á depositar el venerado mamotreto en casade su dueño: pero más de una vez sucedió no acordarse de comer y pasarla tarde también devorando una á una las sílabas que se le poníandelante de los ojos. Como D.

Félix se cuidaba tan poco de la elección delibros, cuando no tenía alguno á la mano le entregaba un paquete denúmeros atrasados del Boletín Oficial. No hay para qué repetir que eltío Goro los iba paladeando con igual felicidad.

Pues á pesar de tan vasta lectura era hombre sencillo, buen labrador,buen padre y buen esposo. Sin embargo, es necesario confesarlo todo, eltío Goro tenía una debilidad; la de que su hija Demetria se presentaseen las romerías más lujosa y ataviada que las otras doncellas. Si taldebilidad nació en él espontáneamente ó había sido infundida por sudigna esposa, no es fácil decirlo. Algo pudiera haber de todo. Lo ciertoes que no iba jamás á Langreo ó á las ferias de Oviedo con ganado que notrajese en las alforjas algún pañuelo ó pendientes ó sarta de coralespara su hija idolatrada. Y

es lo curioso que aunque siempre compraba lomás lindo y magnífico que el comerciante le presentaba, á la tíaFelicia nunca le parecía el regalo bastante rico. Á tal puntorivalizaban ambos cónyuges en agasajar á su hija.

Demetria se volvió á la cocina, que ocupaba toda la planta baja de lacasa. Sólo en un ángulo habían fabricado con tabiques de tabla uncuartito para el pastor. En otro de los ángulos había un gran montón,que llegaba al techo, de leña. De allí tomó nuestra zagala algunosmaderos, los juntó adecuadamente sobre el lar, puso entre ellos algunasramas de árgoma y encendiendo un misto les dió fuego. Brotó la llama confuerza:

pronto

se

extinguió

cuando

el

árgoma

quedó

consumida.

EntoncesDemetria, acercando el rostro cuanto podía, se puso á soplar el fuegocon todo el aliento de su pecho. ¡Oh, cuán hechicera estaba la zagalainflando sus carrillitos amasados con rosas y leche! Si aquel mirlotímido de la parra la hubiera visto ahora, sin remedio la hubierapicoteado pese á su vergüenza.

Ya está encendido el fuego. Toma un enorme pan, lo corta en sopas, lasaliña y las pone á cocer. Sube arriba. La planta alta de la casaconstaba de una salita y cuatro dormitorios, todos ellos con ventana alcampo. Se dirige al de sus hermanos Pepín y Manolín.—¡Sus! ¡Arriba,holgazanucos, arriba!—Los niños antes de levantarse se hacen besuqueary acariciar largamente por su hermana. El primero tenía diez años, elsegundo ocho; ambos gordos y sonrosados que daba envidia verlos. Una vezen pie, conduce al primero de ellos al corredor y en una jofainatrasvertiendo de agua cristalina le mete la cabeza, le refriega loshocicos hasta dejarlos bien limpios y todavía más colorados. En seguidavenga de peine para desenredar aquellas greñas rizadas. Pero he aquí queal hacerlo observa que algunos cabellos están unidos por un cuajarón desangre.

—¿Qué es esto, chico? ¿Cómo te has hecho esta herida?

—Fué Tomasín—respondió el niño confuso.

—¿Qué Tomasín?

—El de la tía Colasa.

—¿Y por qué te la ha hecho?

—Nos pegamos.

—¿Y por qué os pegasteis?

Pepín bajó la cabeza sin responder.

—Vamos, niño, dí, ¿por qué os pegasteis?—repitió Demetria sacudiéndolepor el brazo con impaciencia.

Pepín vaciló todavía algunos instantes: al cabo profirió titubeando:

—Porque... porque... porque dijo que tú no eras mi hermana... que túeras del hospicio.

Toda la sangre de Demetria fluyó al corazón: quedó pálida como un cirio.No pudo articular palabra. Después de algunos instantes prosiguió ensilencio y con mano temblorosa su tarea.

No era la primera vez que había sonado en sus oídos tal noticia. Cuandomás niña, alguna compañera maligna le había injuriado de este modo. Nole había hecho caso; ni siquiera había pensado en ello. ¿Por qué ahorale producía tan viva impresión? Quizá por ser el día de la Virgen ytener el alma inundada de alegría, quizá porque sólo entonces cruzó porsu mente la idea de que pudiera ser cierto.

—Sí, me dijo que tú eras del hospicio—prosiguió Pepín imaginando queel silencio de su hermana significaba aprobación.—Yo entonces... yoentonces le dije: «Eso es mentira». Él entonces dijo: «Es verdad, que lodijo mi padre». Yo entonces dije: «Pues es mentira». Él entonces quisopegarme, pero yo con el puño así cerrado le di un golpe en las narices yempezó á sangrar. Entonces él cogió una piedra y me la tiró á la cabezay echó á correr. Yo corrí tras de él, pero no pude atraparle porque semetió en casa. ¡Recontra, en cuanto le coja solo le voy á dar unascuantas así por debajo!...

Demetria le dejó explayarse sin despegar los labios. Terminado el aseoprincipió el de Manolín, que se llevó á cabo con el mismo silencio. Ydespués que los hubo vestido se bajó á la cocina de nuevo, tomó la lecheque había quedado de la noche anterior, la vertió en el odre y salió decasa dirigiéndose á la fuente para mazarla[3].

Estaba la fuente un poco apartada del pueblo. Se iba á ella porestrechos caminos sombreados de avellanos. Al aproximarse hay que subirun senderito labrado en el césped por los pasos de los vecinos. Al piede una gran peña que la cobija, rodeada por todas partes de zarzas yespinos y madreselva, menos por la estrecha abertura que sirve deentrada, brota de la piedra un chorro de agua límpida, se desparramasobre ella en hilos de plata, cae formando burbujas en un recipiente degranito, se trasvierte luego y fluye en menudos cristales y resbala porel césped. Cúbrela á modo de bóveda el ramaje que sale de la peña, alcual se enreda la madreselva del suelo formando toldo espeso. Los rayosdel sol se filtran por él con trabajo bañándola de una claridad suave ymisteriosa.

Demetria se sentó en uno de los bancos de piedra que allí había, aplicóla boca á la abertura del odre y lo infló; lo amarró luego velozmente ylo dejó caer en la taza de la fuente para que la leche se enfriase. Conlas manos cruzadas sobre las rodillas y la cabeza inclinada sobre elpecho aguardó. Una tristeza profunda oprimía su corazón.

Debajo deaquella frente alta y pura de estatua helénica batallaban la duda, eltemor, la esperanza, el despecho. Escrutó con ansia su pasado, recordóalgunas insinuaciones malévolas, bastantes palabras sueltas, muchassonrisas que á ella le indignaban más aún que las palabras. ¡VirgenMaría! ¿sería cierto aquello? Pero si era efectivamente de la Inclusa ylos que tenía por padres no lo eran, ¿por qué la amaban más aún que álos dos niños? No, no podía ser. Todo era una calumnia. Las chicas delpueblo la envidiaban porque sus padres la regalaban y la vestían mejorque á ellas. Habían inventado esta mentira para humillarla... Mas...¿cómo se les había ocurrido semejante cuento?... ¿Por qué había recaídosobre ella y no sobre alguna otra?

Sacó el odre del agua y se puso á zarandearlo. El ruido de la lechedentro hizo coro al glu glu de la fuente.

¡Dios mío, del hospicio!... Era horrible pensarlo. ¡Y ella que adoraba áaquellos padres!... ¡Y ella que era tan orgullosa!... ¿Qué diría Nolocuando llegase á saberlo?

Por supuesto la dejaría, porque un mozo tangalán y tan rico no podía en ley de Dios casarse con una pobrecitahospiciana...

Aquí los sollozos ahogaron á la cándida doncella. Dejó caer de nuevo elodre, y con la cara entre las manos estuvo llorando largo rato. Al caboprosiguió su tarea; pero las lágrimas no dejaban de resbalar por susmejillas escaldándolas. El aleteo y el piar de unos pajaritos ladistrajeron un momento. Eran dos jilgueros que tenían allí su nido.Apenas se le veía como un punto negro en la espesura del follaje, perose oía el débil piar de los polluelos cuando sus padres con agitacióniban y venían para cebarlos. ¡Qué alegría la de aquellos animalitos alverles llegar con un mosquito en el pico! ¡Qué gozo triunfal expresabael trino de los padres luego que depositaban el alimento en la boca desus pequeños!

Cuando los hubo contemplado un rato, bajó de nuevo los ojos al cristalde la fuente y se dijo llorando otra vez copiosamente: «Ellos tienenpadres: yo no los tengo. ¡Yo fuí criada por lástima!»

Al cabo la leche quedó mazada: la pelota de manteca batía ya con fuerzalas paredes del odre. Lo desató, extrajo el aire y anudándolo otra vez ylavándose después los ojos para borrar las huellas del llanto, emprendióla vuelta de su casa.

Ya estaba en pie Felicia cuando llegó á ella.

—¿Por qué no me has llamado como siempre, picarona?—le preguntó,dándole una palmadita cariñosa en la mejilla.

—Porque ayer se ha acostado usted tarde y quería quedescansase—respondió Demetria besándole la mano.

—¡Has mazado también, hija mía! ¿Para qué te has tomado ese trabajo? Yolo hubiera hecho mientras te arreglabas.

La tía Felicia, que era una mujer gruesa, mofletuda, sonrosada y tersacomo si tuviese veinte años, creyó advertir algo extraño en el rostro desu hija. La miró con fijeza y profirió asustada:

—¡Tú has llorado!

—Llorar, ¿por qué?

Felicia la tomó por la mano, la condujo hasta el corredor y repitió conmás fuerza:

—Sí, sí: tú has llorado.

—No, madre, no: se engaña usted—respondió Demetria sonriendo.

—No me lo niegues, hija. ¿Te ha regañado tu padre?

—¿Mi padre?—replicó la zagala con asombro.—Mi padre no me regañanunca.

—Es verdad... Pues tú has llorado... Algo te pasó entonces en lacalle... Cuéntamelo, hija mía... ¿No tienes confianza en tu madre?

Y al mismo tiempo le pasó los brazos al cuello y la besó con efusión.Demetria se sintió enternecida y rompió á llorar perdidamente.

Felicia quedó estupefacta.

—¿Cómo? ¿Qué es esto?... ¿Qué te pasa, hija querida?

Y la buena mujer, con el rostro contraído por el asombro y el dolor, lesacudía la mano para instarla á que hablase. Al fin, con vozentrecortada por los sollozos, Demetria habló:

—Me han dicho que no soy... que no soy hija de usted... que soy delhospicio.

Lo mismo que le había pasado á su hija poco antes, toda la sangre de labuena Felicia fluyó al corazón. Quedó igualmente pálida y sin poderarticular palabra.

—¿Quién te ha dicho eso?—logró proferir al cabo.

—Pepín.

—¡Ah pícaro!... ¡Le voy á arrancar las orejas!—exclamó cambiandosúbito su emoción en furor. Y ya se disponía á ir en busca del criminal,pero Demetria la retuvo.

—No, madre, no salió de él... Fué Tomás el de la tía Colasa quien se lodijo y por eso se pegaron.

—¿El hijo de Colasa?... ¡Esa bruja había de ser! Desde que Goro laquitó de pacer su vaca en el castañedo del Regueral no nos puede ver másque al diablo. Ya sabes cómo para vengarse metió sus cerdos entrenuestro maíz. Goro quería llevarla al juzgado y que pagase el daño, peroyo conseguí calmarlo y que la perdonase porque me daba lástima... Puesen vez de agradecerlo la picarona el otro día en la fuente me tiró unasindirectas tan picantes... ¡Qué indirectas, hija mía!... Que si yo erauna holgazana, una comedora, que hacía trabajar á mi marido como á unburro, que echaba sobre ti el peso de la casa... que os mataba de hambremientras yo me comía á solas magras de jamón y torta... ¡No sé cómo mecontuve y no la arranqué los pocos pelos que tiene en el moño! Y todoporque uno defiende lo que es suyo. Por mí hubiera pacido su vaca todala vida en el castañedo, pero Goro me dijo: «Mujer, eso no puedepermitirse. Si la vaca se comiera sólo los yerbajos y la maleza, andacon Dios; por un poco más ó un poco menos de rozo no habíamos de reñir;pero se come también la cría de los árboles... ¡ya ves tú, mujer, lacría! La cría hasta los criminales la respetan, cuanto que más loshombres». ¿Yo qué le iba á decir entonces? Entonces le dije: «Goro,tienes razón...»

Trazas llevaba la buena mujer de no terminar en toda la mañana sualegato, pero advirtió que Demetria no parecía escucharla: sollozabacada vez con más desesperación.

—¿Por qué lloras de ese modo, hija? ¿Por un dicho, por una niñería?...¡Deja á esa deslenguada que la coma la envidia!

—Es que yo, madre—profirió la niña con trabajo,—yo quisiera saber...si ese dicho era cierto... porque ya lo he oído otras veces, aunquenunca se lo dije hasta ahora.

Felicia en vez de responder rompió á llorar hilo á hilo como su hija, detal modo que ésta se vió al cabo necesitada á consolarla.

—¡Nunca pensara, Demetria, que me habías de dar un disgusto tangrande!—

articulaba entre sollozos que la rompían el pecho.

Demetria atribulada la besaba y la abrazaba con anhelo.

—Perdóneme, madre... yo no quería disgustarla... ¡No llore, madre, nollore!

Felicia se calmó; pero Demetria se quedó sin obtener respuestasatisfactoria á su pregunta.

—Anda, hija mía, vé á lavarte los ojos para que no conozcan que hasllorado. Yo voy á hacer lo mismo. Arréglate también, que el tiempo pasay habrá que vestir el ramo. Tu padre ya bajó á Entralgo... ¿Quién lequita á él su rato de tertulia en el atrio de la iglesia antes de entraren misa?

Demetria hizo como se le mandaba. Cuando se estaba bañando los ojos conagua fresca llegó á sus oídos el penetrante son de la gaita y el redobledel tambor. Borróse súbita la melancolía de su rostro. Una dulce sonrisavolvió á esparcirse por él, y sin terminar de secarse salióapresuradamente al corredor. El gaitero con su gaita adornada con cintasde colores y el tamborilero desembocaban ya frente á la casa seguidos deun enjambre de niños. Allí se pararon para tocar la alborada. Losvecinos salían á las ventanas y á las puertas pintándose en todos losrostros la alegría.

También salió Celso, el heroico Celso, con la frente vendada para dartestimonio de la descomunal batalla que había librado la noche anterior;fresco, no obstante, y espléndido como una rosa. Avanzó hasta el mediode la calle y despojándose de la montera y agitándola en la mano como sifuese á brindar la muerte de un toro profirió dirigiéndose á Demetria:

—Bendita sea tu sandunga, chiquita, y el cura que te puso la sal y lacomadre que te cantó el ro ro y hasta el primero que te dijo ¡por ahíte pudras, serrana! ¡Bendito sea tu salero y esos negros bozales quetienes en la cara que cuando los veo me hace pío pío el alma como situviese escondido un ruiseñor aquí dentro!

—¿Qué estás diciendo, Celso? ¡No entiendo una palabra!—exclamó riendola zagala.

Los demás también reían sin comprender. Iba el flamenco á proseguir ensus piropos exóticos aprendidos allá en la tierra de María Santísimaentre tragos de manzanilla y bocados de gazpacho blanco, cuando unavoz bronca gritó desde el corredor vecino:

—¡Celso! ¡Celso!

Y apareció el rostro espantable de la tía Basilisa.

—¿Y el verde para el ganado, grandísimo holgazán? ¿Todavía no lo hassegado?

—Ahora mismito, abuela.

—Anda listo, zángano, comedor, porque si no voy allá y te estrello enla cabeza la sartén.

El héroe agitó la cabeza con desesperación; rechinó los dientes. Su almase inundó de amargura. ¡Cruel humillación para un hombre que habíacorrido tantas juergas á orillas del Guadalquivir!

Miró al corredor y cerciorándose de que la vieja se había ya retirado,exclamó con voz sorda:

—¡Ande allá, abuela, que tiene usted la cara más fea que la papeleta dela contribución!

Y se encaminó á la casa en busca de la guadaña acompañado de la risa yalgazara de los espectadores.

Felicia salió con un vaso y una botella en las manos: escanció el rojolicor de Castilla y lo ofreció liberalmente al gaitero y tamborilero.

—Que usted la goce muchos años, tía Felicia, y que esa manzanitaencarnada que está al balcón no se la coma ningún pícaro, sino un hombrede bien como el tío Goro...

La Virgen del Carmen las proteja... Adiós...adiós...

La gaita y el tambor se perdieron por las retorcidas callejuelas de laaldea.

Demetria, disipada ya por entero la nube de tristeza que sombreaba sualma, corrió á vestirse. Delante de un espejillo fementido peinó sucabellera soberbia; la cubrió

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después á medias con un pañuelo de sedaazul, cuyos flecos le caían graciosamente por la frente: colgó de lasorejas los pendientes de aljófar que su padre le había traídorecientemente de Oviedo; ciñó su garganta con tres sartas de corales;apretó su talle con el justillo de cien flores y cordones de sedatorzal; se puso el dengue de pana, la saya negra de estameña, la mediablanca, el zapato de becerro fino... ¡Ea, ya está lista la zagala!

Ahora á casa de Telva á vestir el ramo. De Canzana debían salir tres.Eran unos armatostes de palo á modo de jaulas, alrededor de los cualesse colgaba una razonable cantidad de panes, que vendidos luego servíanpara el culto de la Virgen. Iban adornados con flores y cintas decolores. Sólo mozos muy robustos y remudándose podían soportarlos hastala iglesia.

Á las diez se formó la procesión en la más amplia abertura que la aldeatenía. En torno de cada ramo se agruparon las zagalas cuyas familias locostearan. Todas iban engalanadas como el día de más fiesta del año. Suspañuelos de cien colores agitándose producían mágico efecto en los ojos;pero sus rostros frescos de nieve y rosas y sus gargantas amasadas conpuras natas hacían latir de felicidad el corazón.

Colocaron á lanovilla delante, la novilla ofrecida á la Virgen por el pueblo deCanzana.

Era un hermoso animal de pelo rojo y brillante. Adornaron suscuernos con papel dorado: ciñeron su cuello con cintas de diversoscolores. Un mozo designado por la suerte la llevaba amarrada por loscuernos.

Ya se pone en movimiento la comitiva; ya comienza á descender por eláspero tortuoso sendero de la montaña sombreado de castaños. Las zagalasagitan sus panderos, cantan á coro, y sus voces puras bajan en alas dela brisa hasta el valle. El tambor redobla alegremente; la gaita grita;la novilla ofrecida á la Virgen brinca y juguetea haciendo sonar laesquila que lleva al cuello.

Delante de todos disparando cohetes marcha el valeroso Celso. El humo dela pólvora le embriaga; los cantos le alegran; un vértigo delicioso seapodera de su magullada cabeza y por un momento se borran de su mentelas dulces memorias de la Bética.

IV

La misa.

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O no apruebo las ideas de mi sobrino Antero. Hasta ahora hemos vivido águsto en este valle sin minas, sin humo de chimeneas ni estruendo demaquinaria. La vega nos ha dado maíz suficiente para comer borona todoel año, judías bien sabrosas, patatas y legumbres no sólo paraalimentarnos nosotros, sino para criar esos cerdos que arrastran elvientre por el suelo de puro gordos. El ganado nos da leche y manteca ycarne si la necesitamos: tenemos castañas abundantes que alimentan másque la borona y nos la ahorran durante muchos días; y esos avellanos quecrecen en los setos de nuestros prados producen una fruta que nosotrosapenas comemos, pero que vendida á los ingleses hace caer en nuestrosbolsillos todos los años algunos doblones de oro. ¿Para qué buscardebajo de la tierra lo que encima de ella nos concede la Providencia,alimento, vestido, aire puro, luz y leña para cocer nuestro pote ycalentarnos en los días rigurosos del invierno?

Así hablaba el capitán D. Félix sentado en el pórtico de la iglesiaantes de celebrarse la misa. Se hallaban allí también sentados D. Césarde las Matas de Arbín, su primo, vecino y propietario de Villoria, quienjamás en su larga vida había dejado un año de oir la misa del Carmen enEntralgo, el tío Goro de Canzana, Martinán el tabernero, Regalado elmayordomo y algunos otros vecinos de la misma gravedad aunque no tanseñalados.

—¿Qué antiguallas estás ensartando ahí, querido primo?—exclamó el Sr.de las Matas con sonrisa irónica.—¡Que somos felices con nuestrascastañas y nuestro ganado! No sueltes, por Dios, tales ideas delante deesos señores de la Pola que capitanea tu sobrino Antero, porque noconcluirán de reirse de ti. ¿Qué valen nuestros tupidos castañares, nitus rebaños lucidos, ni este aire puro de la montaña, ni esta luzradiosa que el cielo nos envía delante de esas altas chimeneas que tiñende negro sin cesar la tierra y el firmamento?...

Los tertulios sonrieron. D. Félix dejó escapar un bufido desdeñoso. ElSr. de las Matas quedó pensativo unos instantes. La sonrisa que contraíasu boca se extinguió. Al cabo exclamó con voz sorda y tono profético:

—¡Ay de los pueblos que corren presurosos en busca de novedades! ¡Ay delos que, olvidando las pristinas y sencillas costumbres de sus mayores,se entregan á la molicie!

¡Ay de los aqueos! ¡ay de los dorios! Elrégimen austero, la vida sobria y sencilla que formó á los hombres deMaratón y las Termópilas desaparecerá muy presto. Los productosrefinados de la industria, las modas y los deleites corromperán nuestrascostumbres, debilitarán luego nuestros cuerpos y no quedarán al cabo másque hombres afeminados y corrompidos, miserables sofistas, despreciablesparásitos que escucharán temblando el chasquido del látigo romano.

Esto dijo D. César de las Matas, el hombre más docto que había producidojamás el valle de Laviana. Vestía frac azul con botón dorado, chalecofloreado, pañuelo de seda negro enrollado al cuello, pantalón ceñidocon trabillas y el sombrero blanco de copa alta. Contaría setenta añosde edad, alto, enjuto, aguileño, rasurado.

Todos guardaron silencio respetuoso y miraron con asombro á aquel varónprofundo, honra de la comarca que le vió nacer.

—Sin embargo, aquí el señor capitán va á recibir un buen bocado deindemnización, si como aseguran se abre, para explotar esas minas deCarrio, una vía de hierro. D.

Félix tiene ahí muchas propiedades, y nodejarán de cortarle alguna—manifestó Martinán el tabernero, hombre decuarenta á cincuenta años, espantosamente feo, de ingenio sútil,disputador eterno.

—Aunque me las cubriesen de monedas de plata no quisiera que tocasen enellas. El día que escuche silbar por los castañares de Carrio los pitosde esas endiabladas máquinas que llaman locomotoras, será uno de los mástristes de mi vida.

—¡Alto allá, D. Félix! Esos señores que abren las minas traen muy bienrepleta la bolsa al decir de la gente. Bueno será que repartan un pocoentre los pobres que aquí estamos. Porque si usted no necesita de esedinero, hay por aquí muchos infelices á quienes les vendrá muy bien.

—¿Y piensas tú, botarate—exclamó el capitán con ímpetu,—que esosseñores van á traer unos cuantos sacos de doblones y á toque de campanalos repartirán como si fuesen avellanas? Ten entendido que cada pesetaque aquí dejen os costará bastantes gotas de sudor... Y entre sudardebajo de la tierra ó á la luz del sol, es preferible esto último.

—No estoy conforme, D. Félix; no estoy conforme con eso—exclamóMartinán disponiéndose placenteramente á entablar la discusión.—Eltrabajo dentro de una mina, lo he oído decir en Langreo, es menos duroque fuera. En el invierno está allá dentro mucho más caliente; en elverano, más fresco. ¿Quién no tiene miedo en los meses crudos del año ásalir á la intemperie? ¿Á quién no le da pena ver en este tiempo á esospobres segadores debajo de un sol abrasador?

—Pero están seguros de que no les cae encima la montaña y los entierracomo hormigas, y de que el aire no se encenderá para quemarles la cara ylas manos. No serán solamente gotas de sudor lo que derramaréis dentrode poco, sino lágrimas, lágrimas bien amargas. ¡Dichosos los quetranquilamente reposan de su trabajo á la fresca sombra de un árbol ycomen un pedazo de borona con alegría!

—En efecto—apuntó gravemente el Sr. de las Matas,—el trabajo expuestoy penoso de las minas no es propio de los hombres libres, tengan ó noderecho de ciudadanía.

Pienso que es solamente adecuado para losesclavos tracios y paflagonios, y aun si se quiere, para los periecos,gente ruda por lo regular y cuyas vidas no tienen mucha estimación. Perotú, amado primo—añadió sonriendo—no eres un hombre de estos tiempos.Debiste nacer en las montañas de la Arcadia feliz, y dejar que tu vidase deslizase lejos del tráfago y estruendo de las ciudades, sonando eldulce caramillo y rindiendo culto á Pan y á las ninfas, coronada lafrente de mirto y roble.

—No quiero otras montañas que esas que me han visto nacer, la Peña-Mea,la PeñaMayor, el pico de la Vara—replicó el capitán extendiendo elbrazo y apuntando á todos los puntos del horizonte.—Pensando en ellasmi corazón se apretaba de angustia al comenzar las batallas, pensando enellas maldecía de los teatros y los cafés cuando me hallaba deguarnición en Madrid. Todavía recuerdo una noche en que sentado en labutaca de un teatro escuchando cantar cierta ópera me preguntaba elamigo que tenía á mi lado:—«¿Te gusta?»—No—le respondí conrabia;—preferiría ahora estar sentado debajo del corredor emparrado demi casa oyendo ladrar los perros». También recuerdo otra noche en queal salir del café y retirarme á casa tropecé con tres hombres que ibancantando una de nuestras baladas más conocidas, la del galán d'estavilla. No os podéis figurar, amigos, la alegría y la tristeza que sentíal mismo tiempo. Los seguí como un tonto por más de una hora al travésde las calles, y cuando acordé en mí tenía las mejillas bañadas delágrimas.

Un murmullo de aprobación corrió por el pórtico de la pequeña iglesia.Todos se alegran de que el capitán no los haya abandonado por losdeleites de la ciudad, como habían hecho otros propietarios de Laviana.

D. Félix Cantalicio Ramírez del Valle vestía en aquel momento su granuniforme de teniente coronel de la Guardia Real. Es hora ya de decir queel capitán de Entralgo no era capitán. Aquellos sencillos campesinos leapellidaban así porque después de general no había para ellos otracategoría más elevada en el ejército. Ramírez del Valle se había batidocomo cadete durante la guerra de la Independencia, había caídoprisionero; lo trasladaron á Francia; se fugó; ascendió á oficial;sirvió después en la Guardia Real, y á la muerte de Fernando VII yestallar la guerra civil, cuando iba á ser ascendido á coronel, tuvo elcapricho de pedir la licencia absoluta. No había cumplido cuarenta añosni representaba más de treinta. ¿Por qué había adoptado semejantedeterminación? La repugnancia á tomar parte en una lucha fratricida,decía él: el amor entrañable á la tierra y la inclinación á la vida delcampo, decía todo el mundo. D. Félix no tenía de militar más que labravura. Exacto, metódico, económico, aborreciendo las bromas yfrancachelas de sus compañeros, siempre había hecho entre ellos papelpoco airoso. Una vez retirado, se casó con una señorita de Oviedo deudasuya. Murió ésta tres años después, de afección pulmonar, dejándole unniño y una niña. Consagrado á ellos y ahorrando y adquiriendo cuantatierra podía, vivió sin salir de Entralgo más que tal vez á Oviedo óLeón para vigilar la venta de su ganado.

Poco más de dos años hacíaexperimentó el inmenso dolor de ver morir tísico también como la madre ásu hijo Gregorio, de edad de diez y ocho años. Era un joven de fisonomíaagraciada y claro talento, estudioso, simpático, á quien todo elpaisanaje adoraba. Falleció en Oviedo, donde estudiaba la carrera deleyes. Su hija María, que contaba á esta fecha la misma edad, nocongeniaba con él. Aborrecía lo que D. Félix amaba, esto es, el campo,el trato de los paisanos, los placeres y los alimentos rústicos; amabalo que él aborrecía; á saber, la vida de ciudad, el boato, la etiqueta.Por esta razón y por lo endeble y vacilante de su salud pasaba sólocortas temporadas en Entralgo. La mayor parte del año vivía en Oviedo encompañía de unas tías solteronas hermanas de su madre, cuyo carácter secompadecía á maravilla con el suyo. Pagadas de su linaje, austeras,inflexibles en la etiqueta, con la cabeza atestada de ranciaspreocupaciones, las dos señoritas de Moscoso habían procurado infundiren la hija de D. Félix sus manías y sus humos aristocráticos y lo habíanlogrado á la perfección. El capitán unas veces se burlaba de sus cuñadasy de su hija, otras se enfurecía contra ellas. De todos modos, paraevitar choques, procuraba estar el menor tiempo posible en su compañía.

—Tu conducta, primo, me hace recordar la del emperador Diocleciano.Después de abdicar voluntariamente la corona del Universo en Maximiano,se retiró tranquilamente á su fundo de Salona y se entregó al cultivo deárboles y plantas.

Cuando de nuevo vinieron á rogarle que empuñase elcetro respondió sonriendo: «No hablemos de eso. ¡Si hubieras visto laslechugas que produjo mi huerto este año!»...

Mas yo no soy de tutemperamento. Tú eres dado á los goces campestres, te recreas conpastores, ganados, danzas rústicas, zampoñas y labores agrícolas: yogusto más de los placeres que proporcionan las artes imitadoras, eltrato de las personas cultas y estimables, la carátula, los paseosformados por el arte, las bibliotecas y los jardines.

Estas palabras profirió el Sr. de las Matas de Arbín, dejando, comosiempre, asombrados y confusos á sus oyentes, que casi nunca medían elalcance de su discurso, concertado y elegante.

«Mi primo César es un pozo de ciencia», solía decir el capitán. Y enefecto, lo era; no hay que dudarlo. Para cerciorarse de ello no hay másque echar una ojeada á su folleto titulado Nuevas luces acerca de lascausas generadoras de la guerra del Peloponeso, impreso en los tórculosde Oviedo hacía ya bastantes años. No eran muchos, desgraciadamente, losque lo habían leído por completo. La edición casi entera yacía debajo detres dedos de polvo en el desván de un canónigo grande amigo y admiradorde D. César. En cambio, pocos eran los mozalbetes de la capital que nosupiesen de memoria algún párrafo del célebre folleto, no para admirarsu entonación severa y su lenguaje profético, sino para tornarlos enirrisión. ¡Á tal punto de vituperable impudencia y frivolidad habíallegado la juventud asturiana!

Martinán el tabernero no se daba por vencido. Jamás había llegado elcaso. Su espíritu era fértil como ninguno de la parroquia en argumentos.La dialéctica poderosa de que hacía gala le colocaba á gran altura sobrelos paisanos, aunque no todos le reconocían de buen grado esta eminentecualidad. Iba á tomar la palabra y rebatir con intrincada y felizargumentación las ideas de D. Félix; pero en aquel instante por elcamino cortado en la colina que domina la iglesia aparecieron Nolo de laBraña y su primo Jacinto de Fresnedo.

—Ahí está el hijo del tío Pacho de la Braña—dijo un vecino.—Estanoche los de Lorío metieron en casa á nuestros rapaces, pero no llegaroná la suya riendo. Nolo y los de Fresnedo los alcanzaron cerca de la peñade Sobeyana y les calentaron bien las espaldas.

Todos levantan la cabeza y admiran el porte gallardo de entrambosjóvenes.

—¡Bravo mozo!—exclamó D. Félix mirándole con complacencia.

—No hay otro más real ni más valiente desde el Condado á losBarreros—manifestó el vecino que había hablado.—Si no estuviese picadocon nuestros chicos hace una temporada, ni hubiera pasado lo delObellayo ni lo de ayer tampoco...¿Te acuerdas, Goro, cuando tú y yosolos al pie del puente de Arco detuvimos á nueve mozos de Rivota, dandotiempo para que los nuestros pasaran el río y los cogieran por laespalda?

El tío Goro de Canzana sonríe, da una chupada á la pipa y responde:

—Era el día de Nuestra Señora de Setiembre. Tú y yo habíamos pasado áMuñera acompañando á unas rapazas. Cuando veníamos ya á casa nostropezamos en el puente con los de Rivota. Yo te dije: «No corramos,Manuel; los nuestros están cerca; hace poco les oí gritar». Entonces,uno á cada lado del puente, nos meneamos como pudimos. Á ti te dieron unpalo en la cabeza y quisiste caer, pero alzándote en seguida empezaste árepartir garrotazos que daba miedo verte. Á mí me molieron también loshombros, pero hice soltar el palo á dos de ellos. «¡Vamos, vamos queaquí nos matan!» dijiste.—Aguarda un poco, te respondí, porque habíavisto las monteras de los nuestros. ¡Y gracias á Dios llegaron á tiempo!

El tío Goro de Canzana sonríe siempre, pero sus ojos se humedecen alrecordar los tiempos heroicos de su juventud.

—Eso está bien—manifestó otro vecino—y no es faltar á la ley el quelos rapaces se den alguna vez dos vardascazos; las manos se sueltan y elpellejo se endurece. Pero

¿qué decir de lo que pasa en Langreo, dondepor un pique cualquiera echan mano á la navaja barbera, cuando no sacanesas pistolas de seis tiros como la que trajo de Oviedo el señorcapitán?

—El que saca una navaja no es mozo leal ni regular. No se degüella álos hombres como á las reses—repuso el tío Goro con la profundidad quele caracterizaba.

El estallido lejano de un cohete les hizo á todos levantarse de susasientos y salir fuera del pórtico.

—¡Ahí están los ramos!—gritaron los chicos.

La pequeña iglesia de Entralgo se halla situada en la falda de la colinay dista del pueblo dos tiros de piedra. Desde el campo que hay delantese domina bastante bien el valle. Por la falda de la colina opuesta,donde está asentada Canzana, bajaba ya la procesión de los ramosllevando á su frente al valeroso Celso. Sonaban lejos las notas agudasde la gaita y el sordo redoble del tambor. Poco después se escucha elruido de los panderos y el cántico de las mozas. Por fin, entre losárboles que á modo de bóveda sombrean la calzada pedregosa se divisanlos pañuelos de cien colores de las zagalas y los ramos de panguarnecidos de flores y cintas y la novilla juguetona y empenachada.

Losde Entralgo tiran sus monteras al alto saludando con alegría lapintoresca comitiva.

Cuando llega salen á recibirla y se cambian entreunos y otros cordiales saludos.

El glorioso Bartolo aprovecha la confusión para acercarse á Nolo y ledice:

—Ya sé que esta noche en la peña de Sobeyana habéis zurrado la piel áesos cerdos de Lorío. Todos te lo agradecemos, Nolo. En este pueblosiempre tendrás guardadas las espaldas.

—Muchas gracias, Bartolo—responde el héroe mientras en sus labios sedibuja una sonrisa altiva.—Nada sé de eso que me dices. Desde aquí noshemos ido á la cama. Ya sabes que la peña de Sobeyana no está en elcamino de Villoria.

—Aunque lo niegues es igual. Hasta los gatos saben en el pueblo lo quehabéis hecho: yo mejor que ninguno porque estaba en los maizales de lavega esperando á ver si quedaban algunos pocos rezagados paraabollarles los cascos. ¡Á mí no me han metido en casa, puño! Hasta queno pude más estuve arreando leña detrás del palacio del capitán, ycuando ya me vi cercado por más de treinta salté la cerca de la Pedrosay me metí en la vega. El palo se me había roto en dos cachos sobre lamollera de Firmo de Rivota y tuve que sacar un bárgano de la sebe paradefenderme. Esta mañana todavía estaban en el mismo sitio los dospedazos del palo:... aquí los traigo para que nadie me llame embustero.

Y el glorioso hijo de la tía Jeroma sacó por debajo de la chaqueta quellevaba sobre el hombro los dos cachos del garrote, mudos testigos de suvalor indomable. Nolo los contempla con expresión irónica y dice riendo:

—¡Lástima de palo! No volverás á tener otro tan majo, Bartolo. Mealegro de que haya sido mentira lo que me dijeron.

—¿Qué te dijeron?—preguntó un poco turbado el valiente.

—Que la tía Jeroma te había llevado por las orejas á casa antes decomenzar la gresca.

—¿Quién dijo eso, puño? Suéltalo en seguida, porque quiero meterleestos cachos del garrote por los dientes—exclamó hecho una furia elhijo de la tía Jeroma.

Nolo se esquivó riendo y se introdujo entre la muchedumbre á ver sitropezaba con Demetria. Ésta, otras dos mozas de Canzana, Rosaura yTelva, y Eladia de Entralgo habían sido designadas por el señor curapara llevar en procesión la imagen de la Virgen. Tal resolución sirviópara que el festivo Regalado se proporcionase un rato de maligno placerá costa de Maripepa.

—Oyes, chica—exclamó así que acertó á verla.—Á todos nos hasorprendido y disgustado que el señor cura no te llamase para llevar ála virgen. Porque, á la verdad...

eso de haber elegido tres mozas deCanzana y sólo una de Entralgo no está bien.

—¡Ya lo creo, como que las de Canzana le traen los jarritos de lechecaliente, la manteca fresca, la morcilla y el queso! ¡Yo como soy unapobrecita no puedo traerle nada!—exclamó con acento de rabia Maripepa.