La Aldea Perdida - Novela - Poema de Costumbres Campesinos by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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LA ALDEA PERDIDA

ARMANDO PALACIO VALDÉS

LA

ALDEA PERDIDA

————

NOVELA-POEMA DE COSTUMBRES CAMPESINAS

MADRID

IMPRENTA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNÁNDEZ

Libertad, 16 duplicado.

1903

ES PROPIEDAD DEL AUTOR

Al índice

INVOCACIÓN

Et in Arcadia ego.

¡Sí, yo también nací y viví en Arcadia! También supe lo que era caminaren la santa inocencia del corazón entre arboledas umbrías, bañarme enlos arroyos cristalinos, hollar con mis pies una alfombra siempre verde.Por la mañana el rocío dejaba brillantes gotas sobre mis cabellos; almediodía el sol tostaba mi rostro; por la tarde, cuando el crepúsculodescendía de lo alto del cielo, tornaba al hogar por el sendero de lamontaña y el disco azulado de la luna alumbraba mis pasos. Sonaban lasesquilas del

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ganado; mugían los terneros; detrás del rebaño marchábamosrapaces y rapazas cantando á coro un antiguo romance. Todo en la tierraera reposo; en el aire todo amor.

Al llegar á la aldea, mi padre merecibía con un beso. El fuego chisporroteaba alegremente; la cenahumeaba; una vieja servidora narraba después la historia de algunadoncella encantada, y yo quedaba dulcemente dormido sobre el regazo demi madre.

La Arcadia ya no existe. Huyó la dicha y la inocencia de aquel valle.¡Tan lejano!

¡Tan escondido rinconcito mío! Y sin embargo, te vieronalgunos hombres sedientos de riqueza. Armados de piqueta cayeron sobreti y desgarraron tu seno virginal y profanaron tu belleza inmaculada.¡Oh, si hubieras podido huir de ellos como el almizclero del cazadordejando en sus manos tu tesoro!

Muchos días, muchos años hace que camino lejos de ti, pero tu recuerdovive y vivirá siempre conmigo. ¡Y aún no te he cantado, hermosa tierradonde vi por primera vez la luz del día! Mi musa circuló ya caprichosa yerrante por todo el ámbito de nuestra patria. Navegó entre rugientestempestades por el océano; paseó entre naranjos por las playas deLevante; subió las escaleras de los palacios y se sentó en la mesa delos poderosos; bajó á las cabañas de los pobres y compartió su panamasado con lágrimas; se estremeció de amor por las noches bajo la rejaandaluza; elevó plegarias al Altísimo en el silencio de los claustros;cantó enronquecida y frenética en las zambras.

¡Y aún no ha cantado á los héroes de mi infancia! ¡Aún no te ha cantado,magnánimo Nolo! ¡Ni á ti, intrépido Celso! ¡Ni á ti, ingenioso Quino!¡Aún no ha caído á tus pies, bella Demetria, la flor más espléndida quebrotó de los campos de mi tierra! Hora es de hacerlo antes que la parcasiegue mi garganta.

Viajero, si algún día escalas las montañas de Asturias y tropiezas conla tumba del poeta, deja sobre ella una rama de madreselva. Así Dios tebendiga y guíe tus pasos con felicidad por el principado.

Y vosotras, sagradas musas, vosotras á quien rendí toda la vida cultofervoroso y desinteresado, asistidme una vez más. Coronad mis sienes queya blanquean con el laurel y el mirto de vuestros elegidos, y que estemi último canto sea el más suave de todos. Haced, musas celestes, quesuene grato en el oído de los hombres y que, permitiéndoles olvidar unmomento sus cuidados, les ayude á soportar la pesadumbre de la vida.

I

La cólera de Nolo.

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E un modo ó de otro, menester es que los de Riomontán y de Fresnedopeleen esta noche con nosotros. Ya sabéis que parte de la mocedad deVilloria y de Tolivia aún no ha venido de la siega. De Entralgo y deCanzana también hay algunos por allá. Podéis estar seguros que denuestros contrarios no faltará uno solo. Los de Lorío y Rivota andan muyengreídos desde la paliza del Obellayo. Los del Condado están avisadospor ellos y no faltarán tampoco. Si ahora nos quedamos sin la gente delos altos, temo que nuestras costillas vayan hoy molidas á la cama. Eljueves, en la Pola, tropecé en la taberna del Colorado con Toribión deLorío y Firmo de Rivota, y después de ofrecerme un vaso de sidra, medijeron con sorna: «Adiós, Quino: que no faltes el sábado de Entralgo».

Así hablaba Quino de Entralgo, mozo de miembros recios y bienproporcionados, morena la tez, azules los ojos, castaños los cabellos,el conjunto de su fisonomía agraciada y con expresión de astucia. Vestíacalzón corto y media de lana con ligas de color, chaleco con botonesplateados, colgada del hombro la chaqueta de paño verde, sobre la cabezala montera picona de pana negra y en la mano un largo palo de avellano.

Si no por el valor indomable, resplandecía en las peleas por su consejo,cuerdo siempre y atinado, por la astucia y el artificio de sus trazas.Resplandecía también en los lagares y esfoyazas por la oportunidad ydonaire de su lengua; en las danzas por su extremada voz y el variadorepertorio de sus romances, en los bailes por la destreza de suspiernas, por su aire gentil y desenvuelto. Pero mejor que en partealguna resplandecía en cualquier rincón solitario al lado de una bella.Ninguno supo jamás apoderarse más pronto de su corazón, ninguno másrendido y zalamero ni más osado á la vez, pero tampoco ¡ay! ninguno másinconstante. Más de una y más de dos podían dar en el valle de Lavianatestimonio lamentable de su galanura y su perfidia.

—Paréceme, Quino—respondió Bartolo,—que se te ha ido la lengua y hashablado más de lo que está en razón. Bien está que vayamos á Fresnedo yá la Braña á dar satisfacción á los amigos; pero de eso á decir que losde Lorío nos han de moler las costillas hay lo menos legua y media dedistancia. Mientras á Bartolo, el hijo de la tía Jeroma, no se le rompaen la mano este palito tan cuco de fresno, ningún cerdo de Lorío lemolerá nada.

—¡Vamo, hombre, no seas guasón!—exclamó Celso, que por haber estado enel servicio militar tres años había llegado al pueblo hablando enandaluz.—Á ti te molerán lo que tengas que moler, como á too MaríaSantísima. ¡Si pensarás que te han de dar más arriba del cogote!

—Yo no sé dónde me darán, pero sí certifico ¡puño! que antes de darmehe de dejar dormidos á muchos de ellos.

—Sí, á fuerza de sidra.

—Á fuerza de palos, ¡puño! ¿Cuándo me has visto brincar atrás óesconder el cuerpo al empezar la bulla?

—Al empezar no, pero al concluir te han visto muchos entre los pellejosde vino ó detrás de las sayas de las mujeres.

—¡Mientes, puño! ¡Mientes con toda la boca! El día del Obellayo si noes por mí, que di la cara á Firmo, os llevan los de Rivota de cabeza alrío.

—La cara no la diste á Firmo, sino á la mata de zarzas y ortigas dondete sepultaste cuando él te buscaba... Eso me contaron el jueves en laPola.

—Si ha sido Firmo quien te lo ha contado, yo le diré esta noche á esecerdo quién es Bartolo de Entralgo. Este palo tan majo que corté en elmonte ayer nadie lo estrena más que él.

Celso soltó una carcajada y tomando en la mano el palo de Bartolo loexaminó con curiosidad unos instantes.

—¡Lindo palo, en verdad! Bien pintado; bien trabajado. Si Firmo le echala vista encima, milagro será que no lo pruebe sobre tus espaldas.

Con esto se encrespó de nuevo Bartolo y comenzó á vociferar tantasimprecaciones y bravatas, que su primo Quino se impacientó al cabo.

—¡Calla, burro, calla! Arrea un poco más y no grites que me duele lacabeza.

Bartolo vestía al igual que Quino, el calzón corto, el chaleco y lamontera, pero todo más viejo y desaseado. Era un mocetón robusto, defacciones abultadas y ojos saltones.

Su modo de andar tan torcido ydesvencijado que parecía que le acababan de dar cuatro palos sobre losriñones. Era Celso más bajo y más delgado que los otros, pero suelto ybrioso y con un aire vivo y petulante que acusaba su estancia en tierrasmás calientes que la de Asturias. Vestía igualmente el chaleco conbotones de plata, la chaqueta de paño verde y la montera de pico; peroen vez del calzón corto y la media, gastaba aún el pantalón largo yencarnado que había traído del ejército, aunque remontado ya de pananegra por trasero y muslos. Los dos primeros, primos hermanos, habitabanen Entralgo. El segundo en Canzana, lugar de la misma parroquia.

Caminaban los tres la vuelta de Villoria un sábado del mes de Julio,víspera de la romería del Carmen. En vez de seguir el camino real quepor el fondo de la estrecha cañada conduce á aquel lugar, habían tomadopor el monte arriba entre castañares y robledales, no tanto paraguardarse de los rayos del sol como de las miradas de los indiscretos.Porque es de saber que los tres mozos llevaban á Villoria una embajadaextraordinaria, una misión delicadísima que exigía tanto sigilo comodiplomacia. Sus convecinos los habían diputado para dar satisfacción álos mozos de Riomontán, de Fresnedo y de la Braña. Éstos, como todos losde la parroquia de Villoria, eran sus aliados, pero estaban con ellosdesabridos desde hacía algún tiempo.

El motivo del desabrimiento nopodía ser más justo. En una romería que se celebraba en lo alto de losmontes que separan los concejos de Laviana y Aller los vecinos deaquellos altos vinieron á las manos con los de Aller por cuestiones depastoreo.

Algunos mozos de Entralgo, que allí estaban, no quisierontomar parte en la reyerta: se retiraron dejando solos y apaleados á losde Fresnedo. Desde entonces éstos no quisieron tomar parte con los deabajo en sus riñas con los de Lorío. Su ausencia había ocasionado ya másde una derrota á los de Entralgo. Porque si no sumaban mucho los deFresnedo y Riomontán, eran sin duda los más recios y esforzados.

Salieron por fin á las cumbres desnudas después de caminar buen ratoentre el follaje de la arboleda. Detuviéronse un instante á tomaraliento y volvieron la vista atrás.

Desde aquella altura se descubríagran parte del valle de Laviana, que baña el Nalón con sus ondascristalinas. Por todas partes lo circundan cerros de mediana altura comoaquel en que se hallaban, vestidos de castañares y bosques de robles,tupidos unos, otros dejando ver entre sus frondas la mancha verde, comouna esmeralda, de algún prado. Por detrás de estos cerros se alzan hastalas nubes las negras moles de la Peña-Mea á la derecha con su fantásticacrestería de granito, de la Peña-Mayor á la izquierda, más blancas y mássuaves aunque no menos enormes. Por el medio del grandioso anfiteatrocorre el río. Á entrambas orillas se extiende una vega más florida quedilatada, donde alternan los plantíos de maíz con las praderas; unos yotros cercados por setos de avellanos que salen de la tierra semejandovistosos ramilletes. El Nalón se desliza sereno unas veces, otrasprecipitado formando espumosa cascada; pero en todas partes tan puro ycristalino que se cuentan las guijas de su fondo. Á ratos se acerca á lafalda de los montes y en apacible remanso medio oculto entre alisos ymimbreras les cuenta sus secretos; á ratos se adelanta al medio de lavega y marcha soberbio y silencioso reflejando los plantíos de maíz.

—Mirad, mirad cómo ahuma el techo de mi casa—exclamó Bartolo señalandoal fondo.

—Sin duda la tía Jeroma te prepara la borona. Así te has criado tú tanrollizo—

repuso Celso bromeando.

Entralgo estaba en efecto á sus pies. Era un grupo de cuarenta ócincuenta casas situado entre el río Nalón y el pequeño afluente quevenía de Villoria, á la entrada misma de la cañada que conduce á estepueblo. Por todas partes rodeado de espesa arboleda en medio de la cualparece sepultado como un nido. Sobre el pequeño cerro que lo domina, enuna meseta, está Canzana, lugar de más caserío, rodeado de árboles,mieses, prados y bosques deliciosos. Sólo veían de él las manchas rojasde sus tejados; tanto le guarnecen los emparrados de sus balcones y losfrutales de sus huertas. Estos dos lugares, con otros cuatro ó cincopequeños caseríos distribuídos por los cerros colindantes, constituíanla parroquia.

El concejo de Laviana está dividido en siete. La primera, según se vienede la mar por los valles de Langreo y San Martín del Rey Aurelio, esTiraña, la segunda la Pola, capital y sede del Ayuntamiento; enfrente deésta Carrio, más allá Entralgo y detrás de él, en los montes limítrofesde Aller, Villoria, la más numerosa de todas. Por último, en el fondodel valle, á cada orilla del río, están Lorío y Condado. Allí se cierray sólo por una estrecha abertura se comunica con Sobrescobio y Caso.

La juventud de las cuatro últimas rivalizaba desde tiempo inmemorial engentileza y en ánimo. De un lado Entralgo y Villoria: del otro, Lorío yCondado. Las tres primeras estaban descontadas: Tiraña por hallarsedemasiado lejos; la Pola porque sus habitantes, más cultos, másrefinados, se creían superiores y despreciaban á los rudos montañeses deLorío y Villoria; Carrio por ser la más pobre y exigua del concejo.

Después de reposar un instante los tres embajadores prosiguieron sucamino por las cumbres que señorean el riachuelo de Villoria. Bartoloiba delante con marcha tortuosa y derrengada.

—¡Míralo, míralo!—exclamaba Celso con exótico acento.—¡Qué morrillosabroso luce el maldito! ¡qué buenas piernas! ¡qué nalgas!... Bien seconoce que la tía Jeroma no tiene otro pichón que cebar... ¡Vaya unpimpollo!... Me han dicho que todas las mañanas le unta de mantecafresca para que esté suave y reluzca... Á ver, Bartolo...

Y se acercaba á él y le pasaba con delicadeza la mano sobre la cerviz.Bartolo gruñía.

Estaba Celso en vena de humor jocoso y bromeaba imitando, en cuanto leera posible, el acento, la desenvoltura y el donaire que había admiradoen sus compañeros de cuartel allá en Sevilla. Era su dulce manía. Desdeque llegara del servicio, hacía ya cerca de un año, había mostrado tantoapego á los recuerdos de su vida militar, como horror y desprecio á lasfaenas agrícolas, en que por desgracia había vuelto á caer.

Hastaafectaba haberlas olvidado y desconocer el nombre de algunosinstrumentos de labranza. Por esto sufría encarnizada persecución de suabuela. ¡Terrible mujer la tía Basilisa! Un día, porque se le olvidó elnombre de la hoz, le rompió el mango sobre las costillas. Y hasta lamisma guitarra portuguesa con un gran lazo verde que había traído deCórdoba corrió grave peligro de ir al fuego entre las astillas si átiempo no la esconde en casa del tío Goro, su vecino. No hay para quédecir que Celso odiaba de muerte los puches de harina de maíz, el potede nabos, las castañas, y en general todos los alimentos de la tierra,que consideraba harto groseros para su paladar meridional.

En cambiochasqueaba la lengua con entusiasmo al referir á sus amigos losmisterios sabrosísimos del gazpacho blanco, las poleás con azúcar, lasaceitunas aliñás, las naranjitas y la mojama.

—¡Mal rayo!—prosiguió escupiendo por el colmillo como un gitano depura sangre.—¿Sabes, niño, lo que yo haría en tu caso el día que la tíaJeroma cerrase el ojo?... Pues metería en un cinto esa gran calceta depeluconas que tiene guardada, compraría un jaco extremeño y no pararíahasta dar vista á la Giralda. Y allí ¡venga de cañitas de manzanilla, yvenga de pescado frito, y de aceitunitas y alcaparrones!... ¡y venga deaquí! (batiendo las palmas) ¡y venga de allí! (moviendo las piernas) y sobre todo venga de serranitas salás como las pesetas. Yo tecertifico, grandísimo zángano, que antes de un mes no te pesarían tantolas nalgas como ahora... ¡Ay, niño, si hubieses conocido á laCarbonerilla!... ¡Gachó, qué mujer!... Venía con su madre á recoger laropa de la compañía porque eran lavanderas. El sargento la echabapiropos y el furriel de mi escuadra no la dejaba ni á sol ni á sombra.Pero ella prefería al gallego... El gallego era yo, ¿sabéis? Allí nosllaman gallegos á los de acá. Un domingo por la tarde salimos juntitosorilla del Guadalquivir por aquellos campos y merendamos en unventorrillo, y yo me puse como una uva. ¡Vaya una tardecita aprovechá! Cuando volvíamos nos tropezamos en el camino con el furriel. Ya podréispresumir cómo se le pondría el hígado. El hombre nos saludó muy cortés yse acercó á nosotros; pero al poco rato, como necesitaba escupir labilis, sobre si yo había dejado por la mañana las tablas del camastroarrimadas á la pared ó en el suelo, me largó una bofetada... Allívierais á la Carbonerilla hecha una leona fajarse con él á pescozones.¡Pin pan! de aquí, ¡Pin pan! de allá... En fin, que el hombre se viónegro para librarse de sus uñas...

Á Celso se le hacía la boca agua contando estas aventuras románticas ylas enjaretaba una tras otra sin dar paz á la lengua. Sin embargo, Quinomarchaba preocupado, distraído. Nunca había concedido mucho valor á lacharla de su amigo.

Era hombre práctico, sabía adaptarse al medio ydonde el otro no veía más que tristeza y pena sabía él libar la dulcemiel de la voluptuosidad. Pero ahora, bajo el temor de una paliza,encontraba las mentiras de su compañero mucho más insustanciales.

—¿Sabéis lo que os digo?—profirió al cabo levantando la cabeza.—Quesi Nolo de la Braña no quiere esta noche manejar el palo, podemosencomendar nuestras espaldas al Santo Cristo del Garrote.

—La verdad es, chiquillo—repuso Celso poniéndose serio también,—que áNolo le zumba el alma con el palo en la mano.

—¿Que si le zumba!—exclamó Quino aceptando, sin comprenderlo, ellenguaje pintoresco de su amigo.—Habías de verlo desenvolverse como yole he visto el año pasado en la romería del Otero. Tenía seis hombresencima de sí y no de los peores de Rivota. Pues no les volvió la cara,ni creo que la hubiera vuelto aunque fuesen doce.

¡Qué modo derevolverse! ¡qué modo de brincar! ¡qué modo de dar palos! ¿Veis un osocuando los perros le acometen después de herido, y al primero que se leacerca le da un zarpazo y lo tumba y los otros ladran sin atreverse áentrar hasta que uno más atrevido se lanza y vuelve á caer? Pues asíestaba Nolo en medio de aquellos mozos...

Pero el palo restalla y se lequiebra en las manos... Ya está perdido... ¡Ahora si que le van á molerlas costillas!... ¡Ca!... Más de prisa que te lo cuento da un saltoadelante, arranca el palo á un mozo, vuelve á saltar atrás y empieza ásacudirlo como si fuese un junco del río. ¡Muchachos, en verdad os digoque era gloria el verlo!... Yo estoy en fe de que en toda la parroquiade Villoria no hay ahora ninguno capaz de ponerse delante de Toribión deLorío más que él... y ¿por qué no hemos de ser francos? tampoco en la deEntralgo.

Bartolo dejó escapar un bufido dubitativo.

—¿Qué gruñes tú, burro, qué gruñes?—exclamó Quino con rabia.—¿Acasopiensas tú ponerte delante de Toribión?

—No sería la vez primera.

Quino y Celso cambiaron una mirada y sacudieron la cabeza entreirritados y alegres.

—No sería la vez primera—repitió Bartolo sin advertirlo.—Una nocheque fuí á cortejar á Muñera tropecé con él cerca de Puente de Arco. Alrevolver el camino vi á los pocos pasos un bulto muy grande, como sifuese un buey puesto en dos pies...—

¡Alto!—me gritó tapando elcamino.—¿Quién eres y adónde vas?—Soy el hijo de mi padre—respondí—yvoy adonde me da la gana.—Pues por aquí no pasa nadie que no se quitela montera y dé las buenas noches.—Pues ahora va á pasar uno sinquitarse la montera.—¿Quién va á ser?—Mi persona... Y revolviendo elgarrote le doy con toda mi fuerza en el brazo y le hago soltar de lamano el suyo. En seguida le arrimé tres ó cuatro vardascazos en elcogote.—Toma, para que te acuerdes del hijo de la tía Jeroma.—¿Peroeres tú, Bartolo?... Perdona, hombre, no te conocía. Y viene y me da lamano diciéndome:—Yo contigo nunca tuve sentimiento alguno. Siempre teestimé aunque seas de Entralgo, porque los mozos plantados y valientescomo tú se estiman...

vamos... y parecen bien donde quiera quevayan.—Eso está bien hablado, Toribio—le contesté,—y si hubieras,hablado siempre así yo no hubiera alzado el garrote.

Quino y Celso, que le habían estado mirando con estupor durante elrelato, soltaron al cabo una estrepitosa carcajada. Bartolo volvió lacabeza.

—¿De qué os reís?

—¿De qué ha de ser? ¡De ti!—respondió su primo.

—¿Sabes lo que te digo, Bartolo?—manifestó Celso con mucha calma.—Quesi Toribión te sopla así (y le sopló en el cogote) te apaga como laluz de un candil.

Habían llegado ya á las alturas que dominan el lugar de Villoria. Lacañada se ensanchaba un poco allí y en las amenas praderas que elriachuelo dejaba á entrambas orillas estaba asentado el pueblo, el másgrande y poblado después de la capital. No quisieron bajar á él, porquede la fidelidad de sus campeones estaban seguros.

Prosiguieron su caminopor las cumbres hacia Fresnedo, que se hallaba mucho más alto. El soldescendía ya un poco del cenit cuando llegaron á él.

Estaba colgado más que plantado el caserío en las estribaciones de lagran PeñaMea. Era también extendido, aunque no tanto como Villoria.Antes de penetrar en él nuestros embajadores conferenciaron brevemente,decidiendo ir derechos á casa de Jacinto, no tanto por ser uno de losmozos más recios y valientes que allí habitaban, como por el parentescoque le ligaba con Nolo de la Braña. Pero antes de trasponer las primerascasas tropezaron con el mismo Jacinto que venía guiando un carro deyerba.

Era un hombre por la estatura, un niño por la frescura y lainocencia esparcidas por su rostro; los ojos azules, el cabello rubio,el cutis terso y brillante como el de una zagala.

Y con esta aparienciaafeminada uno de los guerreros más bravos de la comarca.

Detuvo el carro que chirriaba de un modo ensordecedor, y delante de losbueyes, apoyado con entrambas manos en la vara larga que traía paraaguijarlos, escuchó sonriente y benévolo la proposición de los deEntralgo.

—Por mí ya sabéis que no se queda nada. Subid á la Braña, y si mi primoNolo está conforme, yo también lo estoy.

Se dieron la mano, el carro volvió á rechinar y los embajadorescomenzaron á subir la empinada senda que conducía á la Braña. Seencontraban ya en plena montaña.

Delante la gran Peña-Mea que parecíaechárseles encima; detrás verdes praderas en declive, torrentesespumosos, gargantas estrechas, sombra, frescura, gratos olores, unsilencio augusto y solemne que sólo interrumpían de vez en cuando lasesquilas del ganado ó el lejano chirrido de alguna carreta. La brisa,cargada de aromas, templaba el rigor de los rayos solares. Repartidospor los montes, en las mesetas y hondonadas, algunos caseríos rodeadosde castaños y nogales.

Los tres viajeros se detenían á menudo á tomar aliento y se sentíangozosos. El olor penetrante del heno les embriagaba, les hacía sonreir.El mismo Celso, enamorado de la tierra del sol y las aceitunas, no podíasustraerse al hechizo de aquellas montañas frescas y virginales. Y laperspectiva de lograr su propósito contribuía más que nada á ponerlesalegres.

Al cabo llegaron á la Braña. Sólo se componía de tres casas asentadassobre una pequeña meseta al pie mismo de la Peña-Mea. Cuando el tíoPacho, padre de Nolo, se había ido á vivir allí con su mujer, hacíatreinta años, no había más que una mísera cabaña de madera. Gracias alesfuerzo tenaz, incansable, rabioso de los dos cónyuges, aquello habíaprosperado lindamente. El tío Pacho se quebraba los riñones cercando yrompiendo

terreno

comunal

para

ponerlo

en

cultivo,

plantando

avellanos,construyendo almadreñas; la tía Agustina, su mujer, cuidando el ganado,hilando, fabricando quesos y mantecas que llevaba los jueves á vender ála Pola. Y sin permitirse ni uno ni otro el más insignificante regalo,ni una copa de aguardiente, ni una onza de chocolate. Aquella vida deesfuerzos y privaciones tuvo al fin su recompensa. Los vecinos delllano, que disfrutaban fértiles vegas y praderas riquísimas de regadío,se dieron un día cuenta con asombro de que el tío Pacho de la Braña erael paisano más rico de Villoria. Poseía más de treinta cabezas de ganadomayor, casa, huerta, algunos campos extensos, muchos castañares y sobretodo un número tan considerable de emparrados de avellana que le hacíarecoger algunos años cuarenta cargas de esta fruta. ¡Y en aquella épocavalía la carga veinte duros! Así que, al casarse su hijo mayor, el tíoPacho construyó una casa de piedra al lado de la suya para que seacomodase. Hizo otro tanto al casar á su hija. Y cuando á su tercerhijo, Nolo, le tocó en suerte el ir de soldado, el viejo aldeano montó ácaballo y alegre como si fuese á una romería depositó en las oficinas deOviedo trescientos duros en doblones de oro para redimirle del servicio.La abundancia y la alegría reinaban en aquellas tres casas. Se trabajabatan firme como en los primeros tiempos; pero al soltar la azada ó laguadaña, los hombres encontraban sobre el lar la comida sazonada yhumeante, el jamón añejo, el queso fresco, la sidra espumosa. Después dela cena se reunían todos en casa del padre, y mientras los cuatrohombres, sentados en tajuelas frente al fuego, departían gravementesobre la faena del día siguiente, la madre y la hija, hilando un pocomás allá, no perdían de vista á los niños que correteaban por la vastacocina. Al cabo se rezaba el rosario. Cada cual se iba después para sucasa y tranquilos y felices dejaban caer sus miembros fatigados sobredos blandos colchones, tan blandos y esponjados como pudieran tenerlosel juez de la Pola ó el capitán de Entralgo.

Los enviados rodearon la huerta y desembocaron en una espaciosacorralada abierta delante de las tres casas. En medio de ella, en mangasde camisa y con la cabeza descubierta, estaba Nolo partiendo leña. Alsentir el ruido de los pasos enderezó el cuerpo, se apoyó con una manosobre el hacha y los miró sorprendido. Era un mozo de veintidós años, deelevada estatura y gallarda presencia, la tez blanca, las faccionescorrectas, los cabellos negros y ensortijados, los ojos grandes y negrostambién y de un mirar franco no exento de fiereza. Por debajo de laabierta camisa se veía un pecho levantado de atleta. Los brazos,redondos y vigorosos, acusando tanta flexibilidad como fuerza. Suactitud noble y tranquila, su belleza imponente traían al recuerdo laimagen del dios Apolo cuando desterrado del Olimpo sirvió de pastor encasa de Admeto, rey de Tesalia.

—Bien venidos seáis, amigos. ¿Qué os trae por estos sitios tanaltos?—dijo, y arrimando el hacha al copudo castaño debajo del cualtrabajaba vino hacia ellos y les apretó la mano.

—¿El gusto de verte no vale la pena de subir tan alto?—respondióCelso.

—No en verdad, sobre todo con tanto calor—replicó Nolo.—Pero de todosmodos, bien venidos seáis, os digo, porque aunque un poco enfadado conlos de Entralgo, á vosotros os estimo como á mis vecinos.

—Gracias, Nolo; sobre eso mismo te venimos á hablar—manifestó Celso.

—Bien está; ¿pero no será mejor que antes bebamos unos vasos de sidra yos refresquéis un poco?

Los enviados cedieron con gratitud. Nolo entró en la cocina de su casa ysalió con algunas tajuelas. Sobre ellas se acomodaron los viajeros á lasombra del árbol. No tardó en llegar la tía Agustina con un jarro desidra.

—Madre, tráiganos usted también pan y queso y algunos chorizos, porqueéstos son amigos á quienes yo estimo por encima de todos los del llano.

La tía Agustina los saludó cariñosamente. Cediendo á las instancias desu hijo, se presentó inmediatamente con un enorme pan de escanda tanoscuro como sabroso, y poco después un queso fresco y chorizos,fabricado todo de sus manos.

Cuando hubieron comido y bebido según su apetito, Quino, el más prudentey el más ingenioso de los hijos de Laviana, tomó la palabra y dijo:

—Dios te guarde, Nolo, y á tus padres y á tus hermanos. San Antonioguarde también al ganado que tenéis en la cuadra. Amigos somos desde queni tú ni yo levantábamos una vara del suelo y nos metíamos en loszarzales buscando nidos y cortábamos cañas de saúco para hacertira-tacos mientras nuestros padres aserraban algún haya para hacermadreñas. Que tú lo eres nuestro tampoco hay que dudarlo. Sólo á losamigos se les recibe y se les convida del modo que acabas de hacerlo.Por eso nos duele mucho que desde hace una temporada no nos ayudes enlas romerías y dejes que los de Lorío nos lleven por delante, y no sóloá nosotros, sino á tus mismos vecinos de Villoria y Tolivia, que en lafunción del Obellayo ya sabes que corrieron tanto ó más que nosotros. Nohay un solo mozo en la parroquia de Entralgo que no esté en fe de que sivosotros hubierais entrado en la gresca no se hubieran reído denosotros. Porque, te lo digo en conciencia, te lo digo en verdad, los deFresnedo y Riomontán sois la nata de Villoria, y tú, Nolo, vales más queninguno de ellos.

¿Qué respondiste tú, valeroso Nolo, á tan hábil y halagüeño discurso?

Rechazaste con un gesto de modestia aquellas merecidas alabanzas y conamable sonrisa, pintándose en tus ojos una suave ironía, dijiste:

—Mucho me admira, amigos, que los mozos del llano, tan plantados y tangalanes, los que cantan en las esfoyazas y echan ¡ijujús! en lasromerías y ponen el ramo á las mozas y se crían tan rollizos con lastruchas del Nalón y la carne de los terneros, se acuerden siquiera deestos pobretes de los altos. Si ellos, criados con tajadas y vino deToro, no pueden contener el empuje de los de Lorío, ¿cómo han de poderestos míseros aldeanos criados con castañas y borona y el suero de laleche?

—Lo mismo los del llano que vosotros los del monte todos conocemos elgusto de la borona y las castañas—replicó Quino.—No está bien, Nolo,que te burles de nosotros, pues allá todos te estimamos. Los deFresnedo, los de Riomontán, los de las Meloneras y las Bovias, lo mismoque los de Villoria y Tolivia, todos habéis sido siempre unos connosotros. Juntos han peleado nuestros abuelos, juntos nuestros padres yjuntos hemos estado también nosotros siempre cuando llegaba el caso deandar á garrotazos.

¿Por qué ahora andamos apartados? Por un pique queno merece la pena de mentarse, por una miseriuca...

Quedó serio repentinamente Nolo. Sus ojos adquirieron una expresiónaltiva y desdeñosa, y mirando por encima de las cabezas de los enviadoshacia lo alto profirió con voz firme:

—No has faltado á la verdad, Quino, cuando has dicho que siempre hemosestado juntos en las bullas. Los del alto nunca echamos el cuerpo fueramientras se repartía

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leña y á nosotros nos ha tocado tanta ó más que ávosotros. En la romería de Lorío el año pasado molieron sobre mí unosmozos como si estuvieran trillando trigo. En más de una semana no pudehacer labor alguna porque estaba derrengado. Á mi primo Jacinto ledejaron en Rivota más blando que un higo. Ni para dar ni para recibirgarrotazos hemos tenido duelo de nuestros huesos... Pero sí has faltadoá la verdad al decir que estamos apartados por una miseria. ¿Cómo? ¿Esuna miseria el dejar á uno solo cuando más necesita de la ayuda de losamigos? Al comenzar la jarana con los de Aller había sobre la camperamás de veinte mozos de Entralgo y Canzana.

Un minuto después ya no habíaninguno. ¿Dónde se metieron? Si os llamáis amigos nuestros, ¿por qué nolo demostráis cuando llega el caso? ¿Pensáis que los palos de los deAller no duelen como los de Lorio? ¿Ó es que solamente somos amigoscuando nos encontramos allá á la orilla del río, y acá sobre los picosya no nos conocemos?

A medida que hablaba, Nolo se había ido exaltando. Las mejillas se lehabían encendido, los ojos brillaban: la ira hacía estremecer suslabios.

No las razones sutiles y el arte y el ingenio de Quino, no las bromitassaladas de Celso ni las súplicas ardientes del temerario Bartoloconsiguieron aplacar la cólera del héroe de la Braña. Estaba resuelto áno tomar parte ahora ni nunca en las contiendas de los de abajo.

—Pero si tú no quieres ayudarnos, tampoco querrán los deFresnedo—apuntó Quino.

—Yo hablo por mí. Los demás que hagan lo que les parezca—repuso Noloalzando los hombros con desdén.

Guardaron silencio los enviados. Al cabo, profundamente tristes, sevieron obligados á despedirse. Antes de partir, Nolo les ofreció otrovaso de sidra que bebieron pensativos y callados.

—De todos modos—manifestó aquél sonriendo de nuevo—¡hasta luego!

—¡Se supone! Ya tienes en la lumbrada quien te aguarde, grandísimozorro—

exclamó el chispeante Celso metiéndole el palo por el vientre águisa de caricia.

II

La lumbrada.

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UANDO los diputados llegaron á Entralgo, el sol había traspuesto ya lascolinas por el lado de Canzana. Reinaba extraña y gozosa animación en ellugar.

Linón de Mardana, uno de los criados del capitán, acababa detraer la última carga de tojo y árgoma. El montón, situado en uno de losángulos de la plazoleta, era en verdad enorme, imponente. En torno de élsaltaba y voceaba un enjambre de chiquillos.

La casa del capitán, que aquellos cándidos aldeanos solían llamarpalacio, era un gran edificio irregular de un solo piso con toda clasede aberturas en la fachada, ventanas, puertas, balcones, corredores,unos grandes, otros chicos; de todo había.

Parecía hecho á retazos y porgeneraciones sucesivas. Los corredores, con rejas de madera, estabanadornados con sendas cortinas de pámpanos entre los cuales madurabanunas uvas dulces y exquisitas que D. Félix estimaba más que á las niñasde sus ojos. La plaza que se abría delante de este edificio era el sitiomás amplio y desahogado del pueblo. Y por eso y por el respeto cariñosoque su dueño inspiraba el destinado desde tiempos antiguos para losrecreos del vecindario.

Sentados bajo los corredores ó recostados contra la tapia de la pomaradahabía ya muchos grupos de hombres y mujeres. Á uno de estos grupos,compuesto de jóvenes de veinte á veinticinco años, se acercaron los tresembajadores para comunicarles la negativa inflexible de Nolo de laBraña. Sus corazones se llenaron en seguida de tristeza y consternación,presagiando horribles desastres.

Por el medio cruzaban á cada instante buhoneros, tenderos, vendedores devino y sidra que, alojados ya en las casas de algunos vecinos, llevabansus mulas á beber al río. Y entre las mozas trashumantes y los jóvenesindígenas se cambiaban frases más ó menos galantes y bromitas más ómenos ingeniosas. Sobresalía entre todos por la malicia, tanto como porel donaire, un hombre que se hallaba sentado á la puerta misma de lacasa. De treinta y cinco á cuarenta años de edad, flaco, rasurado alestilo campesino, dejando no obstante unas cortas patillas por bajo delas sienes para sentar que no lo era, de ojos pequeños y aviesos quebailaban constantemente de un lado á otro en busca de alguna víctima, depelo ralo y labios finos contraídos por sonrisa burlona. Su traje no erade aldeano ni de caballero: chaqueta de pana, pantalón largo, botasaltas y sombrero de fieltro: colgando por encima del chaleco una grancadena de plata para el reloj. Llamábase Pedro Regalado. Procedía deVilloria: había ido al servicio: llegó á sargento: cuando vino hizo lacorte al ama de llaves del capitán: se casó con ella: D. Félix le hizosu mayordomo. Gracias á esta posición gozaba de preeminencia entre elpaisanaje, al cual pertenecía por el nacimiento y al cual no trataba conexcesiva consideración. Galanteador sempiterno, rendido adorador delbello sexo, su digna esposa la buena D.ª Robustiana sufría con él lapena negra, necesitando vivir noche y día alerta para desbaratar susplanes artificionos de seducción. El tiempo que le dejaban libre susocupaciones, que era la mayor parte del día, pasábalo sentado á lapuerta de la casa en la misma forma que ahora, recreándose en dar vaya ácuantas personas cruzaban por delante ó en piropearlas si el transeunteacertaba á ser alguna zagala fresca y sonrosada. Por eso se le temía yse le huía como á mosca de cuadra.

Algunos, viéndole de lejos, solíanvolver los pasos atrás y dar un rodeo para ir al río ó á la fuente.

—¡Eh! ¡eh! mozos—gritó desde su silla al grupo de jóvenes que sehallaba enfrente al lado de la tapia de la pomarada.—¿Á que os huele lacabeza hoy á roble ó á espino?

Los chicos, entre los cuales se hallaban Quino, Celso y Bartolo, ledirigieron una mirada de soslayo y no se dignaron contestar.

—¿Sabéis lo que yo haría en vuestro caso ahora mismo?—prosiguió enalta voz.—

Pues me iría á casa, comería los puches, orinaría y memetería en la cama......Porque es triste que le anden á uno con lascostillas en día tan señalado. Si mañana fuese día de trabajo, vaya conDios. ¡Que segara el diablo por uno! Pero teniendo que mascar la tortapor la mañana y las rosquillas por la tarde y ponerse el chalecofloreado y la montera de los días de fiesta, no parece bien llevar lasespaldas rameadas de vardascazos. Tú, Quino, ¿cómo te vas á presentardelante de Telva con un chichón en la frente? Y tú Bartolo, ¿con quégarbo vas á bailar en la romería si te dejan más derrengado de lo queestás?

Iba á responder éste, acometido de súbita indignación, pero Quino,ilustre siempre por su prudencia, le sujetó por la manga de la camisadiciendo en voz baja:

—¡Déjalo! ¡déjalo! Es peor.

Se hicieron, pues, los suecos. Regalado prosiguió su monólogo que hacíavolver la cabeza y sonreir á los que estaban cerca. Afortunadamentepara los mancebos acertó á cruzar por allí con un caldero en la manoMaripepa. Era ésta una mujer de cuarenta años lo menos, fea, coja,desdentada, á pesar de lo cual no había en Entralgo zagalilla más pagadade su beldad. Regalado se fingía enamorado profundamente de sus gracias,la seguía, la requebraba y á veces le daba también serenata á la puertade su casa con la flauta, pues era diestro tañedor de este instrumento.Maripepa había llegado á creer en su pasión, y aunque no la alentaba,porque el mayordomo de D.

Félix era casado, la agradecía mostrándose conél afectuosa y compasiva. Los vecinos encontraban la broma sabrosa. Envez de desengañar á la pobre mujer, la enredaban más en ella. Fácil esque aunque tratasen de impedirlo no lo consiguiesen; porque lapresunción y simpleza de la coja eran realmente increíbles.

—¡Aquí está lo que yo esperaba!—exclamó Regalado en alta voz.—Nadamás que para esto he pasado tres horas sentado, dejando mis laboresabandonadas. Pero todo lo doy por bien empleado porque al cabo logré verá la gracia de Dios.

—Vaya, vaya, déjeme usted en paz que tengo prisa. Pero no se movía.Plantada en medio de la plazoleta, con el cuerpo entornado por la cojeratanto como por el peso de la vasija, estirado el cuello rugoso y laoscura boca abierta para sonreir, parecía aquella mujer un endriago.

Regalado se levantó de la silla y vino hacia ella y comenzó á hablarleen voz baja para mostrar reserva. Maripepa, agradecida, á estadeferencia, le respondía en voz baja también. Parecían dos enamoradosabstraídos del resto del mundo. Todos los rostros estaban vueltos haciaellos. En cada grupo se comentaba con reprimida algazara aquel coloquiode amor.

Pero he aquí que de uno de ellos sale una voz gritando:

—¡Maripepa, que ahí viene Pacha!

Oirlo aquélla y emprender rauda carrera, todo lo rauda que le consentíasu pierna defectuosa y el peso que llevaba, fué todo uno.

En efecto, una mujer de bastante más edad, aunque no tan fea, veníacorriendo hacia ellos. Era su hermana mayor, la cual creía también en lapasión de Regalado, pero que lejos de alentarla se mostraba exasperada,furiosa. Pasó como un torbellino en persecución de la incauta doncellagritándole con acento amenazador:

—¡Aguarda, aguarda; yo te arreglaré, grandísima pícara!

Los vecinos se retorcían de risa. Nadie sabía cuál de las dos mujeresera más simple.

Solteras ambas, vivían juntas, manteniéndose de unaescasa labranza y del trabajo de Maripepa que era habilísima tejedora.Todo lo que hilaban las mujeres en Entralgo y Canzana lo convertía ellaen tela. Pacha, que le llevaba diez ó doce años, cosía por las casas yejercía el mando de la suya. Pero lo que le daba más que hacer, lo quela tenía inquieta siempre y recelosa era la guarda de Maripepa, una niñaque no acababa de sentar la cabeza. Siempre vigilante, siempre detrás deella á fin de que no cayese en las redes que por todas partes le tendíansus apasionados. Porque no sólo era Regalado quien osaba turbar sucándido corazón. Otros había que, guiados del mismo frenesí, le poníanclaveles en la ventana, plantaban ramos delante de su casa y le cantabanal oído lisonjas y requiebros Dios sabe con qué torpes fines.

El jocoso mayordomo iba á caer de nuevo sobre el grupo de jóvenesguerreros cuando por el camino del río, desembocando ya en la plazuela,vió llegar á Eladia con una herrada sobre la cabeza. Era una joven detez morena y no desprovista de gracia.

—Adiós, Eladia, hija mía. Saluda á los amigos, mujer. No sé por qué tepones tan seria cuando está Quino delante.

—Adiós. Yo no me pongo seria—manifestó la joven poniéndose no sóloseria sino encrespada.

—Si estás enojada porque haya salido hoy del pueblo, puedestranquilizarte. No ha tomado el camino de Canzana: yo mismo le he vistoseguir el de Villoria.

La joven se puso roja como una amapola y con semblante airado respondióencarándose con el mayordomo:

—Á mí no me importa el camino que toman los demás. Eso queda para ustedque pasa la vida fisgando cuanto entra y cuanto sale y averiguando loque hay y lo que no hay.

Quino había festejado por mucho tiempo á aquella joven, su vecina, y aúnseguía festejándola con intermitencias; pero su corazón inconstantevolando hacia cuantas bellas acertaba á encontrar le causaba miltormentos. Ultimamente se había prendado de una niña de Canzana, llamadaTelva, y por ella la tenía casi olvidada. El dardo de Regalado la habíaherido, pues, en lo más vivo.

—No te enfades, mujer. Porque te quiero bien y me pesa que tomesdisgustos sin motivo es por lo que te he prevenido. No faltaría algunoque te fuese con el cuento desfigurando lo que ha pasado...

—Vuelvo á decirle—replicó la joven con más ira todavía,—que todo loque usted me cuenta me tiene sin cuidado. Más que pasar la vida sentadoen una silla metiéndose con todo el que pasa, le estaría mejor ocuparseen sus labores... Pero como está usted ocioso, bien comido y bienbebido, salta y brinca como el ganado cuando tiene lleno el pesebre.¡Ah, Cristo, si usted majara terrones como en otro tiempo, qué poco secuidaría de los que van á su trabajo!...

D.ª Robustiana, que había oído las últimas palabras de la chica, sepresentó á la puerta de la casa.

—¡Pero, hombre, que siempre te has de entretener en mortificar ácuantos cruzan por aquí!... No le hagas caso, Eladia, hija mía; cuantomás enfadada te vea, más gusto le has de dar.

—¡Ya, ya!... Todo es que está muy holgado. Cuando el diablo no tienequé hacer, con el rabo espanta las moscas.

Regalado se mostraba gozoso al ver tan irritada á la muchacha. Los demásreían. Á

D.ª Robustiana le costaba trabajo igualmente reprimir unasonrisa. Le hacían mucha gracia las bromas de su marido, aunque pornaturaleza fuese mujer de carácter apacible y bondadoso. Tenía algunamás edad que él y era gorda y vestía al mismo tenor, un traje intermedioni de señora ni de aldeana.

Alejóse Eladia murmurando. Quino había desaparecido. Poco á poco tambiénfueron abandonando la plazoleta cuantos en ella había, pues la noche ibacerrando y la cena les esperaba. Al cabo Regalado se levantó y tomandola silla se introdujo con ella en casa y cerró la puerta.

Por espacio de una hora todo quedó en silencio. De pronto se oyó dellado de allá del río en el camino de la Pola el estampido de un cohete.Un estremecimiento de júbilo cruzó por las casas del lugar. Los niñossaltaron de sus asientos sin querer terminar la cena: los grandessalieron también á la puerta con el bocado en los dientes. No tardó enpercibirse el dulce, lejano son de la gaita.

—¡Ya están pasando la barca!—gritaban los chiquillos.

Para comunicarse con la Pola el pueblo de Entralgo no tenía puente. Senecesitaba subir dos kilómetros río arriba para hallar uno de piedra deantiquísima construcción.

Y como era molesto el rodeo, los vecinos de laparroquia y también los de Villoria utilizaban una barca.

El estampido de los cohetes se fué aproximando y los sonidos de la gaitahaciéndose más claros. Cuando el grupo de gente de la Pola, en cuyocentro venían el gaitero y el tamborilero, desembocaron en la plazuela,se hallaba ya ésta poblada de hombres, de mujeres y niños, aunquetodavía predominasen éstos. Linón de Mardana se dirigió con su tridenteá la gran pirámide de árgoma, tomó de ella una razonable cantidad, lacolocó en el centro y dió fuego. Una inmensa hoguera se produjoinstantáneamente.

Sus chispas volaron por el aire como estrellasfilantes. Un grito de entusiasmo se escapó de todos los pechos. Á estegrito se unió el redoble del tambor y las agudas notas de la gaita. Losrostros iluminados por aquella viva luz resplandecían de placer.

Todoshablaban, todos reían formando gozosa algarabía. Al poco rato comenzaroná desembocar por el camino de Canzana numerosos grupos de este puebloque se unían á los de abajo: las mozas buscaban á las mozas: los viejosá los viejos. Algunos jóvenes comenzaron á saltar bravamente por encimade la hoguera valiéndose de sus largos palos. Unos lo hacían bien y eranaplaudidos: otros se chamuscaban un poco y excitaban risa y algazara.

Pronto se organizó el baile. Próximos á la lumbrada se colocaron en dosfilas los mozos y las mozas y viva y concertadamente cada cual frente ásu pareja comenzaron á bailar. Entre ellas y ellos había extremadosbailarines. Mas entre todos como el roble entre los maíces descollabanuestro famoso Quino. ¡Qué garbo! ¡qué brío! ¡qué variedad increíble defiguras! Los ojos una vez posados sobre él, no querían apartarse.

Pero¿quién es su pareja? ¿Quién ha de ser? ¡Telva, Telva de Canzana, queorgullosa de su triunfo no le cae la sonrisa de la boca, mientras suafligida rival, la pobre Eladia, se mantiene oculta en el rincón másoscuro de la plazuela!

En torno del baile se había agrupado mucha gente. Para hablarsenecesitaban gritar, porque el ruido del tambor y la gaita y lascastañuelas era ensordecedor. De vez en cuando se producía vivallamarada en uno de los ángulos de la plazoleta, subía un cohete yestallaba en el aire. Era Celso, quien, despreciando el bailotéo porgrosero y prosaico, se entretenía en dispararlos rodeado de niños. Tantoruido y algazara fué causa de que no se advirtiese en un principio lallegada de la juventud de Lorío y Condado. Se presentaron en grannúmero, silenciosos, fatídicos. En vez de acercarse á la lumbrada ytomar parte en el regocijo se mantuvieron lejos, en la sombra, formandouna espesa falange cuya cola ó retaguardia se perdía en el camino fueraya de la plazuela. Apoyados con ambas manos en sus largos palos deavellano, inmóviles, las picudas monteras alzando sus puntas negras ysiniestras á los resplandores de la hoguera, ofrecían un aspectopavoroso. Si cupiera el pavor en un corazón magnánimo, diríamos queQuino lo había sentido. Porque al volver los ojos en una de susgraciosas volteretas y percibir la falange de sus contrarios, dejó caerlos brazos con abatimiento.

Sus movimientos fueron desde entonces máslentos y desmayados. Pero ingenioso siempre y fértil en intrigas,aprovechó un momento de respiro en el baile para dirigirse al grupo desus enemigos y en tono franco y afectuoso les dijo:

—Amigos, ¿no queréis bailar? Sentadas por ahí se ven todavía muchasguapas mozas que no tienen pareja. Y si os faltaran, nosotros estamosdispuestos á cederos las nuestras.

Los de Lorío respondieron con un sordo murmullo negativo. Ypermanecieron en la misma actitud retraída, imponente.

No desmayó por esto el prudente Quino. Su cerebro artificioso le sugirióal instante nuevo recurso. Pretextando un quehacer cedió la pareja á suprimo Bartolo, y haciéndose escanciar dos vasos de sidra por Martinán eltabernero, que había colocado debajo del corredor de D. Félix algunosgarrafones para el servicio del público, se dirigió con ellos á Toribiónde Lorío y á Firmo de Rivota, que se hallaban en primera fila ycortésmente les invitó á beber.

—Gracias—respondieron con marcada displicencia.—No tenemos sed ahora.

Entonces Quino comprendió que el asunto se ponía serio. Echó una miradaen torno.

Vió que de Villoria había acudido poca gente: de los altos,ninguna: de Canzana mismo faltaban los más aguerridos. Y sintió ciertomalestar muy explicable, que nadie por supuesto confundirá con el miedo.

Pocos en aquel jolgorio gozaban tanto, sin embargo, como el capitán D.Félix, cúya era la casa ante la cual ardía la lumbrada. Bajo y menudo decuerpo, facciones agraciadas, cabellos grises y ojos extremadamentevivos, podría juzgársele por hombre de cincuenta años, aunque pasababien de sesenta. Con risa y ademanes verdaderamente juveniles, andaba degrupo en grupo animando á las doncellas y ofreciéndoles confites,embromando á los viejos, comunicando á todos la franca alegría querebosaba de su alma. Cuando Linón se descuidaba en atizar la hoguera, élmismo le arrebataba el tridente de la mano y echaba sobre ella una granporción de árgoma. Cuando el gaitero y el tamborilero desmayaban, hacíaqué sus criados les sirviesen vino; y algunas veces también corría alsitio donde se hallaba Celso y disparaba en su lugar algunos cohetes contal precipitación que no andaba lejos de abrasarse y abrasar á los queestaba cerca. Porque era extraña y sorprendente la impetuosidad queaquel caballero imprimía á sus movimientos. Vestía levita de pañooscuro, pantalón ceñido con trabillas, chaleco de terciopelo labrado yalto cuello de camisa con corbatín de suela: sobre la cabeza un gorro deterciopelo.

Allá lejos, arrimadas á la puerta de su huerta, acertó á ver dos zagalasá quienes la luz de la hoguera iluminaba el rostro de lleno. Ningún otroalumbraba más hermoso en aquel momento. Una de ellas era alta ycorpulenta, los cabellos rubios, la tez blanca, donde lucían unosgrandes ojos negros como dos lámparas milagrosas. Sus facciones depureza escultórica, su hermosa frente erguida con arrogancia y la graveserenidad de su mirada, no exenta de severidad, traían á la memoria lacélebre cabeza de la Juno de Ludovisi. Ceñíale la garganta triple sartade corales que manchaban de rojo su pecho de nieve. Vestía dengue depaño negro con ribetes de terciopelo[1], justillo encarnado y camisa delienzo blanco. La otra formaba con ella vivo y gracioso contraste.Bajita, morena, sonriente, con unos ojos que le bailaban en la cara ytan sueltos ademanes que su cuerpo no tenía punto de reposo.

Estaban cogidas de la mano y se hablaban con extraordinario afecto,abstraídas enteramente de la algazara que en torno suyo reinaba. Laprimera se llamaba Demetria: era de Canzana, hija de la tía Felicia, queallí se encontraba sentada con otras mujeres, y del tío Goro, que fumabatranquilamente su pipa departiendo con algunos vecinos.

La segunda sellamaba Flora: era de Lorío: no tenía padres: vivía con sus abuelos,molineros y colonos del capitán, á quien éste otorgaba bastanteprotección.

Mantenía desde muy niña amistad con D.ª Robustiana, y tantopor esto como por la que á sus abuelos profesaba D. Félix, solía pasaralgunas temporadas en Entralgo.

Demetria á pesar de su estatura no teníamás que quince años. Flora había cumplido ya diez y ocho. Ni ladiferencia de edad ni la oposición de caracteres habían impedido queestuviesen unidas por tiernísima amistad. Tal vez el contraste mismo desu naturaleza la favoreciese. Flora aprovechaba cuantas ocasiones se lepresentaban para subir á Canzana y visitar á Demetria. Ésta hacíafrecuentes excursiones á Lorío. Y

cuando otra ocasión no se ofrecía,veíanse los jueves en el mercado de la Pola.

Cerca de ellas, sentadas en el suelo, había un corro de cuatromujerucas, las cuales cuchicheaban desaforadamente, dirigiendo miradaspenetrantes á todos lados. Eran las sabias del lugar. La tía Jeroma,madre de nuestro diputado Bartolo; la tía Brígida, su prima hermana ymadre del prudente Quino; Elisa, joven de veinticinco años, reciéncasada, con temperamento y aficiones de vieja, y que por tenerlas todashasta fumaba como ellas cigarrillos envueltos en hojas de maíz; porúltimo, la vieja Rosenda, una mujer que vivía sola en un hórreo[2] y quealgunos tenían por bruja.

Todas las vidas, todos los sucesos hasta losmás ínfimos de la parroquia pasaban uno á uno por el tamiz de aquelcorro y salían desmenuzados y cribados, reducidos casi al estadoatómico. Varias veces habían entornado la vista hacia nuestras zagalas,y después de hablarse al oído sonreían con malicia. Al fin la viejaRosenda les dirigió la palabra.

—¡Flora!

—¿Qué decía usted tía Rosenda? respondió aquélla volviéndose con lapresteza que la caracterizaba.

—Digo que es gusto ver cómo las zagalillas que se parecen se juntan yse quieren.

—¿Y en qué nos parecemos, tía Rosenda?—preguntó Flora con tonillosarcástico.

—¡Anda! Si no os parecéis en la cara, os parecéis en la historia.

La graciosa morenita hizo un gesto desdeñoso y se volvió hacia su amigasin dignarse responder.

—¿Qué dice esa bruja?—le preguntó aquélla.

—Que nos parecemos en la historia.

—¿Y por qué dice eso?

—¡Qué sé yo!—replicó con enfado Flora.

El corro de mujerucas, mientras tanto, reía.

D. Félix, que había entrado en su casa y había salido rápidamente condos envoltorios de papel en las manos, se acercó á las jóvenes en aquelmomento.

—Vengo á ofreceros estos cartuchitos de caramelos y lo hago con ciertotemor, porque no estoy seguro de que os gusten. ¡Es tan raro que á lasniñas les agraden los dulces!

Flora y Demetria tomaron riendo los cucuruchos que les ofrecía elcapitán y le dieron las gracias.

D. Félix las contempló un instante con admiración y exclamó sacudiendola cabeza:

—¡Qué hermosas sois, hijas mías! ¡qué hermosas sois! ¡Quién se volvieraá los veinte años!

Las doncellas se ruborizaron.

—¿Y cómo es que estas rosas del valle, estas cerecitas maduras, noquieren bailar en una noche como esta?

—Nos agrada más charlar un poco, ya que pocas veces tenemos el gusto devernos reunidas—replicó Demetria apretando tiernamente la mano de suamiga.

—Es dulce y agradable para una zagalita el contar á otra sussecretillos y aun las menudencias de su vida... «¿Has lavado ayer?...¿Cuándo te has comprado esos corales?... ¿Estuvo aquél en tu casa elsábado?...» Pero es mucho más agradable bailar un rato con el galánpreferido.

—Hasta ahora es usted, D. Félix, el primer galán que se ha acercado ánosotras, y aunque nos ha regalado con caramelos, no he visto que nosconvidase á bailar—replicó Flora con desenvoltura.

—Quítame cuarenta años de encima de los hombros, querida, y hasta queel gallo cante me tendrás dando vueltas como un trompo alrededor deti... Pero no me quites nada... Vas á ver si con los que tengo ácuestas todavía puedo moverme. ¡Andando, prenda!

Y tomando de la mano á la desenvuelta morenita la llevó hasta la fila delos bailarines, en los cuales se produjo un movimiento de sorpresa y degozo.

—¡Viva D. Félix!... ¡Viva el capitán!—exclamaron muchos.

Y las viejas que estaban acurrucadas se pusieron en pie y los viejos quedepartían allá lejos se acercaron.

El capitán se colocó en fila con los demás y se puso á bailar con talprimor y tan concertadamente que pocos entre los jóvenes pudierancompetir con él. Y en verdad que era espectáculo raro y gozoso á la vezel contemplar á aquel anciano moverse con tal agilidad y donaire.Ninguno más suelto y elegante. La precisión y cadencia de sus pasos erantan perfectas que en esto, ya que no en el brío, sacaba ventaja á losdemás.

Los jóvenes palmoteaban. Á algunos viejos se les saltaban laslágrimas recordando sus tiempos de juventud. El tío Goro decíasentenciosamente dando chupetones á su pipa:

—¡Éste es el baile antiguo, muchachos!... Así se bailaba en nuestrotiempo. Miradlo bien... Reparad los pasos... Eh, ¿qué tal?... ¿Pierdealguna vez el compás don Félix? La moda que habéis traído de Langreoserá muy linda en verdad, pero á mí no me agrada porque con tanto saltoy tanto taconeo más que bailando parece que estáis trillando la mies.

Así habló el tío Goro de Canzana, y el coro de viejos y viejas que leescuchaba aplaudió calurosamente su discurso.

Sin embargo, el anciano capitán sudaba ya por todos los poros delcuerpo. Sus fuerzas mermaban á ojos vistas. Mas antes que confesarlohubiera caído exánime á los pies de su pareja. Ésta vino en su ayuda congracioso disimulo.

—D. Félix, ya no puedo más. Busque otra pareja porque he trajinadotodo el día y mis pobres piernas se están llamando á engaño.

El capitán agradeció la hipocresía y tomándola cariñosamente de la mano,la condujo otra vez al lado de Demetria. Entonces fué cuando acertó áver entre la muchedumbre la negra silueta de D. Prisco, el cura de laparroquia. Se fué como un cohete hacia él.

—¡Pero estaba usted aquí y no me avisaba! Vamos allá.

—Vamos allá—respondió sordamente el clérigo, que era un hombre de pocamenos edad que él, bajo, rechoncho, nariz gorda y ojos saltones.

Y sin decirse otra palabra, ambos se introdujeron en la morada delcapitán, subieron á su gabinete, encendieron un gran velón de dosmecheros, cerraron cuidadosamente la puerta, se sentaron á una mesacubierta con tapete verde y, poniendo sobre él una baraja, anudaron lapartida de brisca que hacía ya más de veinte años tenían comenzada. Todoel mundo conocía aquella partida en el valle de Laviana. Antes dejaríael ganado de pacer sobre las verdes pradreras de Entralgo, antes lasnubes de rodar sobre la cresta de la Peña-Mea que D. Prisco y D. Félixdejasen de ponerse el uno frente al otro con las cartas en la mano. Noera, sin embargo, la avaricia lo que les empujaba, aunque ambos pecasenun poco por este lado. La cantidad que se cruzaba era insignificante: alcabo de unas cuantas horas las ganancias ó las pérdidas sumaban cuatro ócinco pesetas. Pero ambos presumían de consumados jugadores y lo eran enefecto. Las fuerzas se hallaban tan equilibradas que si el militarganaba un día era casi seguro que al siguiente el clérigo llevaría laventaja. Tal igualdad en la destreza les desesperaba, les enardecía,constituía el verdadero incentivo de su incesante pelear.

Mientras ellos batallaban á solas, nuestra vivaracha Flora se veía denuevo expuesta á los ataques insidiosos de la vieja Rosenda.

—Mucho te quiere el capitán, Florita—le decía aquélla con sonrisaambigua; la misma sonrisa que se pintaba en el rostro de las otras tresmujeres que con ella estaban sentadas.

—¿Por qué me ha de aborrecer? Nunca le hice daño—respondió la jovencon presteza.

—Tampoco yo le he hecho daño, y no me quiere tanto.

—Será porque no le ha caído usted en gracia. Como dicen que se ocupausted en fisgar todo lo que sucede en su casa, quizá por eso no laquiera tanto.

El dardo fué certero y lanzado con vigor. En efecto, el hórreo de la tíaRosenda, próximo á la morada de don Félix por la parte de atrás, eracómoda atalaya desde donde la vieja espiaba noche y día. Una verdaderapesadilla para el capitán. Más de cien veces había querido comprárselo:le ofreció un precio exorbitante; le ofreció construirle una casa. Labruja no consintió jamás en trasladarse. Aquel espionaje constituía elmayor, quizá el único atractivo de su vida.

Se mordió los labios con ira y respondió:

—Por eso, porque lo fisgo todo sin duda he sabido que te regalapendientes de perlas y te da palmaditas cariñosas en la cara.

La morenita se revolvió como si la hubiese picado una avispa.

—Mire usted lo que dice, tía bruja, porque si usted vuelve áinsultarme, aunque tenga pacto con el demonio y salga los sábados áchupar la sangre de los niños, le juro por la mía que le arranco lalengua.

Las mujeres se apresuraron á intervenir para calmarla. Demetria tambiénhizo lo posible.

—No lo tomes por donde quema, mujer—manifestó Elisa, la joven sabiaque poseía el arte de persuadir.—Se pueden hacer regalos y caricias sinninguna mala intención.

Todos sabemos en Entralgo que D. Félix te quierecomo una hija.

La compostura no agradó á la irritada zagala, que iba á responder conacritud; pero en aquel momento dos mozos gallardos se aparecieron deimproviso, dando cortésmente las buenas noches. Jacinto de Fresnedoestaba delante de ella y Nolo de la Braña frente á Demetria. Detrás sepercibían esfumadas en la sombra las siluetas de quince ó veintemonteras que cobijaban las cabezas de otros tantos jóvenes de los altosde Villoria. Su llegada produjo cierta sensación en los grupos cercanos,pero muy particularmente en nuestras zagalas, que hicieron un movimientode sorpresa.

—¡Jesús, qué diablos de hombres! ¡Me habéis asustado!—exclamó Florapasando instantáneamente del enojo á la risa.

Demetria no dijo nada, pero clavó sus grandes ojos límpidos en Nolo conexpresión amorosa. Éste la miró también con tímida adoración. Ambos seruborizaron y en un rato no supieron qué decirse.

—Habéis llegado un poco tarde—dijo al cabo la niña suavemente.—Más dela mitad de aquel montón de árgoma se ha quemado ya en la hoguera: Celsoha disparado una nube de cohetes y los bailarines andan cerca derendirse.

Su voz era dulce, pastosa: su modo de hablar grave y sosegado,trasmitiendo á los demás la calma que reinaba en su espíritu.

—Desde la Braña hasta aquí hay algunos pasos—respondió Nolo conparecido sosiego.—Tuve que bajar de la cabaña un carro de yerba ycenamos tarde... Además, mi madre tampoco hoy quiso dejarme marchar sinel rosario.

—Ha hecho bien. Faltar á las oraciones por divertirse es doblepecado... ¿Y tu madre y tu hermana vendrán mañana?

—Las dos me encargaron para ti muchos recuerdos. Mi hermana queríavenir á la misa, pero tiene á su niño un poco enfermo y acaso no podrá.Me ha dado este escapulario para que le hagas el favor de tocarlo á laVirgen.

Demetria tomó el rollito de papel donde venía envuelto y lo guardó en suseno.

Y hablaron del niño enfermo y de la faena de la yerba que habíaterminado en aquella semana y del ganado del tío Pacho que Demetriaconocía como el suyo, y del perro que lo guardaba y que la quería yagasajaba como si fuese de la familia: hablaron de cien menudencias,pero ni una palabra de amor.

Y sin embargo, ¡cuánto se amaban! Su cariño era antiguo. Databa decuando Demetria, niña de nueve ó diez años, iba con su padre á Peña-Mea.Porque el tío Goro poseía en aquellos campos, no lejos de la Braña, unacabaña con su establo y alrededor un prado cercado. Allí solía llevarparte de sus vacas en los meses de calor: pacían el prado y las yerbaspertenecientes á los pastos comunales del concejo de Laviana:retirábalas al llegar el mes de Octubre. Generalmente solía dejar á sucuidado un criadillo, pero una ó dos veces por semana iba él allá áenterarse de lo que ocurría y llevar provisiones de boca al pastor. Enestas excursiones le acompañaba alguna vez Demetria cuando tenía menosaños. Ningún placer más grande para la niña que salir con su padre antesque rayase el alba, pasar el día entero jugando sobre aquellas montañasy regresar á la noche cargada de zampoñas, jaulitas para grillos yhuevos de buitre. Todas estas cosas y otras más le proporcionaba Nolo,que apacentaba las vacas de su padre cerca de las del tío Goro. Elmancebo de diez y seis años y la niña de diez se trabaron con estrecha ycariñosa amistad. Ella gozaba siguiéndole cuando se metía por entre loszarzales en busca de nidos ó cortaba ramas de saúco para hacer flautas óvaritas finas de salguera para fabricar jaulas. Él gozaba viéndolaseguir con atención el trabajo de sus manos y aplaudiéndolo con gritosde entusiasmo cuando se hallaba terminado. Sentados el uno al lado delotro sobre el menudo césped de las alturas á la sombra de alguna peña,dejaban pasar las horas en silencio, preocupados exclusivamente delartefacto que Nolo tenía entre manos.

El más alto goce que Demetria experimentaba era cuando el tío Goro sedecidía á pernoctar en la cabaña. ¡Un día más! Aquello de dormir vestidaentre la yerba, porque allí no tenían camas, y de cocer las judías ysazonarlas y batir los puches ó picar la sopa, causaba á la doncellitauna felicidad inexplicable. El tío Goro, viéndola tan feliz, sonreía yse olvidaba de que las judías no tenían sal y los puches estaban mediocrudos.

Nolo la preparaba de vez en cuando alguna sorpresa, un mirlo con sujaula, un jilguerito, una pareja de palomas torcaces. Pero lo que le diómás alegría, lo que hizo realmente época en su vida, fué el regalo de uncorzo de cría que el zagal había logrado cazar. Al ver á aquel animalitotan lindo, tan tierno y vivo al mismo tiempo, Demetria perdió lachabeta, daba saltos y gritos, le alzaba entre sus brazos, le besaba enel hocico, no podía separarse un punto de él ni tenía ojos para otracosa. De tal suerte que Nolo, al verse tan pospuesto, no sabía sialegrarse ó arrepentirse de habérselo regalado. Fué gran trabajo para eltío Goro llevarlo hasta Canzana. El animalito no quería ó no podíaandar: la niña no bastaba á conducirlo en brazos. Pero cuando estuvo enCanzana se alegró de su fatiga al contemplar la dicha que embargó á suhija durante algunos días. ¡Sí, algunos días nada más! El ingrato corzo,alimentado con leche recién ordeñada como el hijo de un caballero yrenuevos tiernos de zarzamoras que la niña iba recogiendo todo el díapor los caminos, agasajado y mimado como ningún infante lo fuera, pueshasta se le dió derecho de dormir en la misma cama que ella, ¡quién lodiría! se huyó una tarde á los montes y no volvió á parecer más. La penade Demetria no puede describirse. Su llanto, su desesperación hubieranconmovido á aquel monstruo de ingratitud si hubiera podido verlos, lehubiera hecho tal vez aceptar de nuevo un yugo tan dulce. Pero no viónada. En aquellos momentos triscaba solitario por el monte en espera dela noche tenebrosa y con ella de algún lobo cruel que castigara superfidia.

Fué el gran dolor de su vida hasta entonces; el único quizá, pues suspadres la criaban con melindres y regalos inusitados. Pocos días despuésexperimentó otro, sin embargo. Nolo, cortando una rama de castaño, sedió un tajo terrible en la mano y soltó mucha sangre. Demetria al verlaempalideció; concluyó por desmayarse. Y

cuando al salir del desmayoobservó que el joven, sin hacer caso de su herida, la había llevadohasta la fuente y le empapaba las sienes con agua, comenzó á sollozarperdidamente. Nolo sonreía.

Pero al acercarse el verano en el año anterior, Demetria, que cumplíacatorce, experimentó grandiosa trasformación. La niña de formasgraciosas pero indecisas se convirtió durante aquel invierno en unajoven de elevada estatura, de gallarda y noble presencia. Nolo quedósorprendido y confuso al verla. No supo hablarle como antes.

Al cabo,irritado consigo mismo, concluyó por pretextar una ocupación yretirarse.

Demetria no volvió á parecer por la Braña. En vano el zagalla aguardó una y otra semana con valiosos regalos adquiridos á costa deno pocos trabajos y riesgos. El tío Goro aparecía siempre solo. El jovenle ayudaba con solicitud en todos los menesteres que el ganado y elcuidado de su campo exigían, procurando captarse su afecto, pero noosaba preguntarle por ella. Poco á poco el deseo de verla se fuéconvirtiendo en anhelo, luego en afán irresistible. No sabía lo que lepasaba; ni tenía aliento para trabajar ni para divertirse en lasromerías. Dejaba trascurrir el tiempo tumbado sobre el césped mirandopacer el ganado ó acariciando distraído la cabeza del mastín.

Por fin llegó el otoño. El tío Goro retiró sus vacas. Nolo no pudoresistir más. Un sábado por la noche salió de casa, bajó rápidamente elcamino de Entralgo, subió á Canzana y después de rodear algunas veces lacasa del tío Goro y cerciorarse de que aún estaban levantados, llamóquedo á la ventana de la cocina y comenzó á hablar disfrazando la voz,como hacen allí los mozos cuando salen de noche á galantear.

El tío Goro se había retirado á descansar. No estaban en la cocina másque Felicia hilando y Demetria concluyendo de limpiar la vajilla ycolocarla en su sitio.

—¡Calla!... ¿Ya tenemos quien nos ronque á la puerta?—exclamó Felicialevantando la cabeza sorprendida y mirando á su hija con sonrisamaliciosa.

Ésta se puso encarnada y replicó con enfado:

—¡Qué está usted diciendo, madre! Será algún vecino que se hayaequivocado.

—No, no; es á ti á quien han llamado.

—Demetria, Demetria—dijo la voz de afuera.

—¿Lo oyes?... Abre, hija mía, abre á ese galán, que acaso venga delejos y tenga necesidad de descansar un rato—manifestó la madrerebosando de orgullo.

—Yo no abro, madre. El que está ahí afuera sin duda quiere reirse de míporque soy niña.

—Demetria, abre y dame un poco de agua, que tengo sed y estoyrendido—dijo Nolo con vozarrón de falsete.

—¡Pobrecillo! ¿Por qué no le hemos de abrir?—exclamó Felicia. Ylevantándose de su tajuela y con la rueca sujeta á la cintura á guisa delanza, se dirigió á la puerta y la abrió.

—¡Nolo!... Pero ¿eres tú?... ¡Cómo habíamos de pensar!...

Demetria, de pie en medio de la cocina, se puso tan colorada que parecíaimposible ponerse más. Sin embargo, Nolo se puso aún más que ella. Latía Felicia los miró á entrambos con gozo y fué á sentarse de nuevo ensu tajuela. Los jóvenes se sentaron á la par en el escaño y en voz bajay con largos intervalos de silencio comenzaron á hablarse, uno y otrotan tímidos que en la hora que así estuvieron no se miraron una vez á lacara.

Al sábado siguiente volvió Nolo también, y al otro, y al otro; en fintodos los sábados. No hubo necesidad de declaración de amor: el amor sehabía declarado por sí mismo.

Cierta noche, al despedirse á la puerta, Demetria entregó al mancebo unpequeño envoltorio de papel y le dijo con voz temblorosa:

—Toma; pero júrame que no has de abrirlo antes que llegues á la Braña.

Nolo juró y cumplió su juramento. Llega á su casa media hora antes, subeá su cuarto, enciende el candil y abre el envoltorio. Dentro estaba lacinta del justillo de Demetria, una cinta encarnada con sus herretesdorados en los cabos. Este es el grande y tierno testimonio que lasnobles doncellas asturianas suelen dar de su amor. Nolo, embargado deemoción, durmió con él debajo de la almohada y en la primera romeríallevó la preciada cinta colgada de los botones de su chaleco.

Jacinto no era tan afortunado en sus amores. La vivaracha Flora le hacíasufrir crueles tormentos; mostrábase con él indiferente, desdeñosa;rechazaba con empeño todos los obsequios que el amartelado mancebo leprodigaba.

—Á ti no te parecerá, como á Demetria, que hemos llegadotarde—manifestó Jacinto dirigiéndose á ella con sonrisa triste.

—Tú lo has dicho. Á mí me parece que habéis llegado demasiado pronto.Toda la tarde me han picado las moscas.

—¿Es que yo soy una mosca, Flora?

—No, tú eres un moscón; no picas pero zumbas, zumbas sin cesar y memareas.

—¿Quieres entonces que me esté callado?

—Sí, estate calladito y no me digas las simplezas que me ensartaste eldía pasado en Rivota.

Jacinto bajó la cabeza y permaneció en pie y silencioso. Su rostro tersode adolescente expresaba profunda tristeza. Ambos, callados ytaciturnos, contemplaron largamente la hoguera que Linón atizabapausadamente.

Pero la morenita concluyó por impacientarse de este silencio.

—¿Por qué no bailas, Jacinto?

—Porque á mí sólo me apetece bailar contigo.

—Pues entonces puedes sentarte y esperar, porque va para largo.

—¿No me quieres por pareja?

—Sí, pero más tarde... el día en que principies á afeitarte.

—¡Qué picante eres, Flora!—exclamó el zagal poniéndose colorado.

—¿No ves, querido—manifestó la muchacha soltando una carcajada,—quecon esa carita tan blanca y sonrosada va á parecer que bailo con otramujer disfrazada?

El mancebo se sintió herido en lo profundo del alma y guardó silencio.Al cabo de un rato Flora le clavó una mirada entre compasiva y maliciosay dijo sacando de la faltriquera un puñado de avellanas tostadas yofreciéndoselas:

—Toma: come esas avellanas, á ver si se te quita el enfado.

Jacinto las rechazó con digno ademán.

—¿No las quieres?... Bien, pues harás que coja un empacho, porque llevoya comido un celemín de ellas.

Y se puso á cascarlas con sus blancos y menudos dientes.

—No sé por qué te enfadas—prosiguió al cabo de un instante.—Ya debíasestar acostumbrado á mis cosas... Tú, Jacinto, te empeñas en comer loshigos cuando están verdes y ¡claro! no tiene más remedio que saberteagrios.

—¡Eres tan despreciativa, Flora!

—¡Mejor que mejor! ¿No has oído cantar á los ciegos esta copla: Morena tiene que ser

la tierra para claveles,

y la mujer para el hombre

morenita y con desdenes?

Y riendo como una loca se puso á charlar con su amiga Demetria, dejandoal buen Jacinto afligido y hechizado al mismo tiempo.

Las horas se iban deslizando. Algunas familias de Canzana comenzaron ádesfilar.

La tía Felicia vino á proponer á Demetria la marcha porque yaera tarde y además le parecía que no tardaría en haber bulla. Al cabode un instante también se presentó D.ª

Robustiana, el ama de gobiernodel capitán, con la misma canción, que iba á haber bulla. Y se llevóapresuradamente á Flora.

¿Por qué iba á haber bulla? Por lo de siempre, por la iniciativa de losmás ruines y cobardes. Jamás se diera el caso de que Firmo de Rivota, niToribión de Lorío, ni Nolo de la Braña ni Celso de Canzana, ninguno, enfin, de los héroes gloriosos que brillaban en los combates provocase lapelea. Esta odiosa misión parecía encomendada á algún chicueloinsolente, á algún despreciable zagal que después de prender fuego á lamecha solía desaparecer como si le hubiese tragado la tierra.

Y esto sucedió entonces. Un mancebillo de Rivota saltó al cabo porencima de la hoguera y después de saltar gritó con voz recia: «¡VivaLorío!»

Un estremecimiento de susto corrió por toda la plazoleta. La inquietud yel malestar se pintaron en todos los semblantes.

Otro chicuelo de Canzana hizo inmediatamente lo mismo y gritó con vozmás recia aún: «¡Viva Entralgo!»

—¡Vámonos! ¡vámonos!—exclamó Felicia cogiendo á su hija por el brazo.

El tío Goro ya estaba allí también.

—Adiós, Nolo, hasta mañana.

—No: yo voy acompañándoles un rato hasta Canzana.

Y seguido de sus compañeros se alejó del campo y fué dándoles escoltapor la empinada cuesta que conducía al lugar. Demetria se alegróvivamente, se felicitó de que su amante estuviese picado con los deEntralgo.

En un instante no quedó mujer alguna delante de la casa del capitán.

De nuevo saltó el mancebillo de Rivota gritando: «¡Viva Lorío!» Y otravez le siguió el de Canzana contestando impetuosamente: «¡VivaEntralgo!»

Entonces de las filas espesas y amenazadoras de Lorío salió una vozvaronil que dijo secamente: «¡Muera!»

Fué la señal. Más de cien garrotes se levantaron al mismo tiempo paracaer inmediatamente sobre otras tantas cabezas. Y el ruido que hicieronal caer semejaba al chasquido de los guijarros del río cuando éste enuna de sus furiosas avenidas los remueve, los sacude contra las peñas dela orilla.

Peñas eran sin duda los cráneos de aquellos jóvenes valerosos cuando nose quebraron ni se abollaron siquiera. Ni uno solo vino á tierra. Comosi tales garrotazos fuesen solamente toquecitos de llamada paradespertarlos de su letargo, se irguieron todos bravamente y comenzaron ávibrar sus palos nudosos. La pelea se generalizó.

Los guerreros de Loríose lanzaron sobre los de Entralgo con furiosos gritos. Éstos, aunquemenos en número, resistieron el choque á pie firme sin pensar en huir.Crujía el aire con la violencia de los palos; restallaban éstos y sequebraban algunas veces en las manos de los héroes; sonaban los golpesde unos y de otros con fragor en el silencio de la noche: escuchábansegritos, lamentos, amenazas: todo formaba infernal algarabía de muerte.Los resplandores de la hoguera alumbraban aquella lucha en que por ambaspartes se peleaba con furia insaciable.

Sin embargo, el magnánimo Quino, fértil en astucias, temiendo que laventaja del número diese rápidamente la victoria á los de Lorío, conalgunos de sus compañeros rodeó la casa del capitán para sorprender áaquéllos por la retaguardia. Y en efecto llevó á cabo la maniobra conhabilidad y presteza. Cayó de improviso sobre las filas de los enemigos,causando en ellas crueles estragos, produciendo gran confusión y alarma.Pero fué momentánea. Repuestos prontamente, se lanzaron sobre él más detreinta mozos del Condado á cuyo frente se hallaba el impávido Lin de laFerrera, que ocupaba la retaguardia de la hueste y le obligaron áreplegarse con sus diez ó doce compañeros hacia el Barrero, sitio máselevado del lugar.

Por otra parte, Toribión de Lorío, el de las recias espaldas y de la vozde bronce, que gritaba tanto como veinte hombres juntos, y el bravoFirmo de Rivota celebraron consulta rápidamente en medio de la pelea.Convinieron en que, desembarazados de la gente de Villoria, los deEntralgo, por sí solos, no tardarían en ceder. Dejando, pues, á algunosde los suyos el cuidado de combatir á éstos, se lanzaron ambos con elnúcleo de su fuerza sobre Ramiro de Tolivia y Froilán de Villoria, quecapitaneaban escasas pero aguerridas huestes. Estos nobles guerreros, ápesar de su audacia y su fuerza, no pudieron resistir mucho tiempo elesfuerzo de aquellos hombres indomables. Poco á poco fueronretrocediendo por el camino que desde la casa del capitán conduce alriachuelo de Villoria. Allí se abre un campo donde los vecinos juegan álos bolos y á la barra. En este campo lucharon todavía un rato,protegidos por las sombras de la noche. Al cabo, mal de su grado, sevieron necesitados á replegarse, y volviendo la espalda, huyeron por laestrecha cañada sombreada de avellanos. Los de Lorío y Rivota lospersiguieron largo trecho hasta los confines de la parroquia. Luego sevolvieron apresuradamente para desbaratar á los que luchaban todavía enel pueblo.

¡Hijos animosos de Entralgo, Toribión de Lorío y Firmo de Rivota hanconquistado el campo de batalla! En vano tú, magnánimo Quino, luchastecon denuedo en lo alto del Barrero, aprovechando lo fuerte de laposición y las paredes de las casas que te guardaban las espaldas. Alcabo, viendo crecer siempre el número de tus enemigos y sintiendo tusfuerzas agotadas, supiste como hábil guerrero salir del campo de batallasin ser notado y refugiarte entre los espesos castañares. Los demásbuscaron asilo en las casas.

En vano tú, fatal Bartolo... Pero no... Bartolo no estaba allí... ¿Dóndeestaba Bartolo? Al comenzar la batalla quiso arrojarse en ella poniendosu fuerza inmensa al servicio de su patria; pero la tía Jeroma, la másnoble de las mujeres, le sujetó indignamente por la cabellera y ápescozones le encerró mal de su grado en casa, privando á Entralgo deuno de sus guerreros más perniciosos y matando en flor mucha hazañamemorable.

En vano tú, heroico Celso, sostuviste con bravura el combate en medio dela plaza, asistido solamente de quince ó veinte guerreros de Canzana. Tuvalor desesperado, tu fuerza y tu coraje en aquella noche necesitaríanvarios cantos para ser narrados y otra lira más sonora que la mía paraser entregados á la admiración de los hombres. Tus compañeros,atemorizados por la ola impetuosa que avanzaba sobre ellos, te dejaronal cabo solo y pidieron refugio como ruines mujeres en la casa delcapitán. ¡Y tú, guerrero infatigable, luchaste solo, solo en medio delas espesas filas de tus enemigos!

Por fin, caíste. Los hijos feroces deLorío descargaron aún sobre ti su furia moliendo tu cuerpo como sifuese el trigo de las eras.

La victoria quedó por Lorío. Las falanges de Entralgo se disiparon comolas brumas á los rayos del sol. Unos se escondieron entre los maizalesde la vega, otros entre los castañares, los más se guardaron en suscasas. Los vencedores pasearon las calles del lugar celebrando congritos de júbilo su triunfo, llamando en cada puerta y dirigiendo á losvencidos sangrientos insultos.

—Ya os vemos, valientes, ya os vemos. Estáis hilando... ¡Eso debieraishacer siempre!... Fregad también las escudillas y amasad la borona...Cuidado que salga bien cocida... No os olvidéis de echar á remojo lashabichuelas y lavar los pañales del chico...

Tales y más crueles aún eran las palabras que salían de la boca deaquellos guerreros orgullosos. Yo las oí desde mi lecho infantil, dondemanos maternales me habían confinado contra mi voluntad desde bientemprano. Las oí y mi corazón quedó traspasado de dolor porque he nacidoen Entralgo, vergel precioso que dos ríos fecundan. Las lágrimassaltaron de mis ojos y mordía las sábanas con rabia, ansiando llegar áhombre para vengar la afrenta de los míos.

También las oyó Nolo, el intrépido y glorioso guerrero de la Braña.Bajaba con sus compañeros de retorno la cuesta de Canzana.

—Escuchad—dijo quedando inmóvil con el oído atento.—¿No oís losgritos y risotadas de esos peleles? Seguro es ya que han logrado meter álos de Entralgo en sus casas.

Y permaneciendo un instante pensativo, añadió:

—Aunque estemos picados con los de Entralgo, al fin son nuestroscompañeros y lo han sido siempre. ¿Queréis que vayamos á esperar á esacanalla y les calentemos un poco las espaldas?

—¡Sí, Nolo!—clamaron todos á una voz.

—¡Adelante!—gritó entonces el mozo de la Braña lanzándose con ímpetupor la calzada pedregosa.

Como se ve las sombras del crepúsculo descender velozmente por lasmontañas ennegreciendo el valle, así bajaron sombríos y rápidos losguerreros de Villoria. Los clavos de sus zapatos chocando con lospedernales despedían luces fatídicas. Fiero y erguido marchaba á sufrente el intrépido Nolo. Su montera puntiaguda se alzaba sobre lasdemás semejante á una nube que avanza cargada de rayos por elfirmamento.

Cruzaron el puente sobre el riachuelo de Villoria, entraron en el Campode la Bolera, pero en vez de atravesar el pueblo saltaron las tapias dela pomarada de D. Félix y salieron por el extremo opuesto, en el caminoya de Lorío. Avanzaron á marcha forzada por él, y llegando á la peña deSobeyana se detuvieron. Era el sitio más á propósito para la siniestraemboscada que preparaban. Ocultos entre los avellanos y nogales queguarnecían el camino esperaron. No se tardó media hora sin que llegasená sus oídos los ¡ijujús! de los del Condado, que regresaban los primerosá sus casas henchidos de alegría y orgullo. Los dejaron pasar. Ycargando repentina y furiosamente sobre ellos los ponen en dispersión alinstante: se hartaron de machacarles los riñones: les persiguieron largotrecho. Volviendo luego como un relámpago sobre sus pasos, tropezaroncon el grupo de Rivota que marchaba igualmente cantando, riendo,lanzando gritos de triunfo. Nolo no se amedrenta por el número, aunqueera mucho mayor que el de los suyos. Lleno de fuerza y audacia se arrojasobre ellos, dejando escapar de su garganta terribles gritos. Tal comoun león que sale del bosque hambriento y cae sobre un rebaño de ovejasdevastándolo en sus garras poderosas, así el mozo de la Braña seintrodujo en la falange de Rivota, causando en ella la consternación yel estrago. Los demás le siguen con igual ardor. Rompen las primerasfilas. Los del alto de Villoria, hábiles en manejar el palo nudoso,repelen á sus enemigos dispersándoles. Entonces, temiendo ser envueltos,porque la oscuridad de la noche les hacía imaginar que sus enemigos eranmás numerosos, los de Rivota retrocedieron por el camino de Entralgopara unirse á sus compañeros. Los de Villoria los persiguieron algúntiempo. Al cabo Nolo, cuya alma estaba llena de valor y de prudencia, sedetiene.