Lázaro--Casi Novela by Jacinto Octavio Picón - HTML preview

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Fundándose en raíces de palabras, cuyos tallos nadie conoce, dicenalgunos que el origen de la raza no va más allá de la primera coloniafenicia, y hay quien afirma que lo de Almendrilla viene de un enormepeñón, así llamado, que sobre la cabeza de los moros dejó caer unTumbaga desde las fragosidades en que D. Pelayo rechazó a los hijos delÁfrica.

Ello es que en la época de los godos y al empezar lareconquista, había ya Tumbagas de Almendrilla, y los habrá siempre, a noser que en las páginas de este relato muera el solo individuo que quedade tan nobilísima estirpe.

En vano se ha querido manchar el blasón de aquella ilustre casa. No escierto que en tiempos del apocado Mauregato fuese un Tumbaga quienintervino en el famoso tributo de las cien doncellas. No está probadotampoco que cuando Sancho el Bravo se sublevó contra su padre, porcreerle chiflado y a manera de espiritista, fuese un Tumbaga quien lealentó en la criminal

rebelión.

Son,

en

cambio,

innumerables,

y

seconvencerá de ello el que pueda, los beneficios, hazañas, hechosgloriosos o útiles que los Tumbagas de Almendrilla han realizado en prode la patria española, dando pruebas de valor, tacto, arrojo y otras milcosas escritas en caracteres ilegibles, almacenadas para solaz deratones y pesadumbre de tablas de biblioteca.

Reinando Isabel I, un Tumbaga ideó poner cruces en las torres de laAlhambra. Bajo Carlos de Gante, cuando la nobleza castellana se hizo deturbulenta cortesana y de independiente palaciega, trocando hierros yarmaduras por rasos y brocados, un Tumbaga fue el primero que sepresentó en la corte llevando sobre los guantes de gamuza las armas desu escudo bordadas con sedas de colores. En los tiempos del prudente ypiadosísimo Felipe II, no hubo auto de fe que achicharrara maldecidos yperniciosos herejes a que no asistiera cerca del monarca un Tumbaga. Ymientras Felipe III ocupó el trono, para mayor gloria de nuestro nombrey terror de nuestros enemigos, otro Tumbaga ilustró su apellidosirviendo los amorosos caprichos de Uceda, que era entonces como serviral Rey mismo. Felipe IV y la Calderona no tuvieron confidente más fielque Pedro de Tumbaga; y los bosquecillos del Pardo, las enramadas delRetiro, conservan todavía añosos troncos bajo los cuales el orgullosomagnate esperó, calado por el agua del cielo, a que el autor de La vidapor su dama cortase la sabrosa plática que en los camarines de aquellospalacios tenía con la famosa comedianta.

En reinados posteriores, los Tumbagas ocuparon puestos donde bienpudieran haber sido útiles a la Religión o al Rey: uno mandaba en lasprocesiones el piquete de honor; acompañaba otro, espada en mano, alSantísimo Sacramento; daba éste la guardia al Santo Sepulcro;encargábase aquél, durante el verano, del mando de las falúas de paseoen los estanques de los Sitios Reales. Todos dejaron escrito en lahistoria de su casa algún rasgo notable de tan azarosa, pero gloriosavida. Ni Carlos III hubiese podido ajustar el patriótico Pacto defamilia, ni las fiestas reales de tiempo de Carlos IV hubieran tenidotanto lustre, a no mediar en las negociaciones y toreos un Tumbaga.Durante el cautiverio de Fernando el Deseado, mientras el populacho,inconsciente y salvaje, preparaba motines como el Dos de Mayo, losTumbagas rodeaban al Rey, dispuestos a perder la vida en su servicio,aunque contenidos por la tradición, que les imponía antes el sacrificiodel patriotismo que el de la propia lealtad.

El escudo de aquellos ínclitos varones es honroso jeroglífico, vivorecuerdo de triunfos, honores, distinciones y victorias. Tres cabezas demoro en campo verde no recuerdan, como algunos pretenden, la salvajehazaña de haber vencido a tres sectarios de Mahoma, sino la graciosabroma de un Tumbaga que en cierto baile de trajes se presentó vestido deberberisco con dos amigos.

Un gallo, desplegadas las alas y apoyado ensola una pata, recuerda que quien primero puso en su casa veleta de estaclase fue un Tumbaga; y el mote de la cinta que dice Yo solo, noindica que algún Tumbaga hiciese algo que merezca ser tenido porgloriosamente egoísta, sino que uno de tan envidiable estirpe fue quienintervino en las diferencias que separaron a Fernando VII de Pepa laNaranjera.

La familia no se ha extinguido, y muy lejos de la corte, entre lassinuosidades de un valle que en vano pugnan por fecundar riachuelosexhaustos de agua en el verano, y ricos en todo el año de guijarros, hayuna casa de labranza, donde viven los últimos Tumbagas, ignorados delmundo y casi ignorantes de lo que su nombre fue en otro tiempo. Losolivos de áspero y dislocado tronco, los naranjos sobre cuyo verdeoscuro resaltan las encendidas notas de sus frutos, y las robustasencinas que asientan como garras gigantescas sus raíces desnudas en laseca tierra, pueblan las vertientes de los cerros coronados de calvos ycenicientos peñascos. A largas distancias, como escondiéndose en lasdesigualdades del campo, se alzan cortijos y granjas, cercadas portapias de cascote; el viento mueve blandamente la alta copa de algunapalmera que parece centinela avanzado de otros climas, y en el oscurocentro de los bosquecillos de adelfas y granados entonan los ruiseñoressus cantos de amor y sus gorjeos de alegría.

De tales encantos rodeada se alza la casa del tío Tumbaga, labriegoquerido y respetado en la comarca, como pudiera serlo cualquiera de susantepasados cuando se cubría ante el Rey, y a quien más que el olivar olas tierras de pan llevar que constituyen su hacienda, envidian lasmozas el hijo que Dios y su mujer, de común acuerdo, le dieron, a losnueve meses justos de matrimonio, allá por el año de mil ochocientoscincuenta y tantos.

No más que diez y siete primaveras tenía el mozo, y ya traía revueltaslas faldas del lugar, sin que él hiciera nada por atraerse el cariño delas chicas. Decían unos que si ellas le miraban con buenos ojos, era porla esperanza de ser algún día dueñas de las riquezas de su padre, yalguien añadía que la brillante perspectiva de ser sobrina de SuIlustrísima era lo que volvía locas a las beldades de las cercanías,pues Su Ilustrísima, es decir, el Obispo de la diócesis, era hermano delTumbaga, y, por tanto, tío de Lázaro.

La causa de que dos hijos de un mismo padre tuvieran tan distintasuerte, que hizo al uno ser sucesor de todo el Apostolado y al otrohumilde campesino, es por demás sencilla. Cuando el padre murió, sindejarles más herencia que aquellos pocos terrones y algunas onzas de oroocultas en un puchero enterrado en el huerto, tuvieron Diego y Antolínuna conferencia, en la cual convinieron que debía uno de ellos procurarhacer carrera y conseguir medro, continuando otro al frente de lastierras a que habían quedado reducidos los antiguos estados de lanobilísima familia. De este modo, si la fortuna ayudaba al primero,podría luego proteger al segundo; y, en caso contrario, éste tendríasiempre refugio que ofrecer al que intentaba restaurar el brillo de sucasa y el renombre de su estirpe. Hiciéronlo así, y años después de laseparación supo Diego que Antolín cantaba en una iglesia de Sevilla suprimera misa. La protección de quien quiso dispensársela, y su buenafortuna, le empujaron de tal suene, que a los cincuenta años llegóAcolín a canónigo de una basílica, y veinticuatro meses después erapreconizado obispo, con gran regocijo suyo y de su ama de gobierno.Llegó la nueva a conocimiento de Diego, que, exento de envidia, tuvo conella mucha alegría, y pasados algunos días, llegó también la siguientecarta, primera que Antolín escribía con timbre del obispado:

«Querido y nunca olvidado hermano:

»Por la ayuda de Dios Nuestro Señor,más que por mi propio esfuerzo, y tambiénpor favor de Su Santidad y delRey (Q. D.

G.), me he sentado hace unasemana en la silla episcopal de esta diócesis,por cuyos fieles pido en mis oraciones.Ya ves cómo ha llegado para nosotrosa lucir la fortuna, y qué bien hicimos endisponer las cosas de manera que han venidoa dar este resultado. Excuso decirteque cuanto soy y valgo pongo a tu servicio;mas como no se trata de vanos ofrecimientos,sino de firmes y leales propósitos,bueno será que empecemos luego adisponer lo que mejores frutos pueda daren el porvenir. Por tus pocas y tardías,pero extensas cartas, he venido haciéndomecargo de que tu hijo Lázaro es listocomo él solo. Tratemos, pues, de sacarle

deentre

esas

breñas,

démosle

educación

conveniente,instruyéndole en las buenas doctrinasdel santo temor de Dios, y hagamoscuanto en nuestra mano esté para que,como yo he llegado a ser pastor de los rebañosde Cristo, alcance él mayores honras.Me encargo de todo. Envíamele sincuidarte de más, y decídete a hacer el sacrificiode la separación en obsequio a sufelicidad. Adiós, Diego; recibe para tí y lostuyos, con mi bendición de Prelado, miabrazo de cariñosísimo hermano.

«ANTOLÍN.»

Leer el pobre viejo esta carta, sentir sus ojos húmedos por el llanto ytemblarle los labios de emoción, todo fue uno.

Restregose los párpadoscon el curtido revés de la encallecida mano, llamó al mozo, leyole lacarta, y sin titubear un punto, le dijo:

—Dentro de dos días te vas del pueblo.

¡Pobre padre! Con la mejor intención del mundo y la mayor abnegación,pensando que cuanto su hermano proponía era lo más conveniente, decidióquedarse solo, añadiendo a su viudez la orfandad en que la partida delmuchacho había de dejarle. No paró mientes en lo terrible de aquellasoledad; no consideró que para custodiar las trojes, vigilar a lossegadores y cuidar de la aceituna, le faltaría en lo sucesivo su activocelo. Atendió solamente al porvenir de Lázaro, y de grado o por fuerza,hízole montar en una mula, y salir en ella, no a correr mundo como susantepasados a Flandes en busca de aventuras o a Italia persiguiendohonores, sino a presentarse al bueno del obispo, para que éste modelara,cual si fuera de arcilla, aquella alma que aún no había despertado a lavida.

¡Qué largas y qué tristes iban a ser las veladas de invierno pasadasjunto al hogar en que él atizaba el fuego, manteniendo con su donaire laconversación! ¡Qué monótonas habían de parecerle las noches de verano!¡Qué callado el silencio cuando no se oyera resonar junto al frescobrocal del pozo, ni bajo el emparrado de la puerta, el rasguear deaquella guitarra que parecía tener alma y quejarse cuando él la tocaba!

Todo lo pensó y midió el pobre campesino; pero poniendo antes losrazonamientos del interés que los del cariño egoísta, vio que seríatorpeza dejar pasar de largo a la fortuna cuando cruzaba ante el umbralde la casa.

Hiciéronse los preparativos, y una mañana partió a la capital de laprovincia, prometiendo a su padre tenerle al corriente de cuanto leacaeciera.

Dejando atrás montes y llanos, cortijos y caseríos, viajando hoy encompañía de arrieros, durmiendo mañana sobre los arcones de la paja enlas ventas, llegó Lázaro a su destino más cansado de cuerpo queesperanzado de ánimo.

Eran las ocho de una mañana luminosa y alegre, cuando se apeaba nuestrohéroe en el zaguán de la casa, llamada pomposamente Palacio Episcopal.Recibiéronle criados y familiares; hízosele esperar a que SuIlustrísima terminara la misa que cotidianamente rezaba, y entráronle,atravesando pasillos y corredores, en una habitación cuyo aspectoparecía pedir señores de casacón y damas con faldas de medio paso.Cuanto había en ella olía a siglo pasado. En los muros, tapizados de unverde oscuro rameado de otro más claro, veíanse algunas cornucopiasenormes con figurillas grabadas en el cristal. Un par de cuadrosreligiosos, de dudoso dibujo, ocupaban el testero principal, y bajoellos, rodeado de taburetes cojos, había un sofá raído y destrozado porel roce continuo con pedigüeños impacientes o canónigos de gran peso.Sobre una mesa de ébano, con señales de haber tenido en otro tiempoincrustaciones, había un crucifijo de marfil rajado y amarillento, consus gotas de sangre abermellonada y sus clavos de plata. Un SanCristóbal gigantesco, mal trazado y de peor color que dibujo, guardabala puerta de entrada, en cuyo dintel dormitaba con la mayor vigilanciaun familiar dispuesto a troncharse el espinazo cada vez que SuIlustrísima pasaba por allí. Sobre el hueco de un balcón había uncuadro, acaso del Españoleto, que representaba a Santa María Egipciacatendida en las arenas del desierto, enteramente desnuda, muy hermosa ymás incitante de lo que fuera oportuno en sitio frecuentado por gentesde Iglesia. A un extremo, ante una mesita cubierta de expedientes ycartas, escribía con pluma de ganso y tintero de loza, un clérigo flacoy apergaminado, como si viviera en perpetua cuaresma. Y, finalmente, deuna percha pendían varios manteos, raídos y apolillados unos, de nuevo yluciente paño otros.

En aquella estancia dejaron solo a Lázaro. Ni él reparó en los clérigos,ni ellos se dieron cuenta de la presencia del labriego.

Pasó un cuartode hora abstraído el chico en sus cavilaciones, dormitando el guardián,y raspando borrones el que escribía, hasta que, tras ruido de puertasque se abrieron y cerraron, entró en la habitación el obispo.

Era alto, seco, nervioso, de mirada inteligente y dura, y de tez morenaoscurecida por el paño de la mal rapada barba. Vestía una sotana morada,ya deslucida por el uso. Llevaba en el pecho una cruz y en el dedo unanillo de gruesas amatistas. Le seguían, como doble sombra negra, otrosdos eclesiásticos, y era al mismo tiempo, sin que una cualidad dominaraa la otra, antipático y respetable.

Acogió a Lázaro con benignidad, queriendo dar a sus facciones esaafabilidad de semblante con que pretende hacerse simpático quien sabeque no lo es, y echándole el brazo derecho sobre los hombros, le llevóhasta su cuarto, diciendo a los que le rodeaban:—Llamaré cuando osnecesite.

Pasaron de aquella sala a otra, donde lo severo de la ornamentación noexcluía la comodidad y el regalo, y allí, arrellanado el tío en unsillón de cuero, sentado apenas el chico en el borde de una silla,miráronse mutuamente algunos segundos, tratando cada cual de explorarlas intenciones del otro.

—Tu padre y yo—dijo al fin el Prelado—hemos convenido en sacarte delpueblo, y procurar, por cuantos medios haya a nuestro alcance, darte unaeducación que pueda labrarte un porvenir que compense nuestrossacrificios al par que tus esfuerzos. La posición en que, a Diosgracias, me encuentro, ha de servirnos de mucho, y si te aplicas, creoque podremos salir adelante. Listo eres, según me dicen; sé ademástrabajador, y el resto lo obtendrás con exceso. Aquí te quedaspreparándote para entrar en el Seminario. Nada ha de faltarte; nimaestros, ni consejos, ni ejemplos. ¡Quiera el Señor que seas un díaPríncipe de la Iglesia!

Otros de más humilde origen han llegado a tanalta jerarquía, y no habrá milagro en que les iguales. Está preparado tualojamiento, y yo cuidaré de que nada te falte.

II.

Desde aquel día disfrutó Lázaro cuantas comodidades podían gozarse en elPalacio Episcopal, siendo tratado como convenía a su parentesco con elreverendo prelado. Diéronle un cuarto que, aunque no bueno, era de lomejor que había en el edificio; tenía unas cuatro varas en cuadro,blanqueados los muros, la cama hecha con colchones de vieja yapelotonada lana, y las sábanas más ásperas que cutis de setentona. Lepusieron a la cabecera del lecho la imagen de un santo difícil deidentificar, pero santo al fin, y al lado de una gran ventana, que seabría sobre el ancho panorama del campo, colocaron una mesa cargada delibros, y un tintero de cobre. Por deferencia a Su Ilustrísima, lesirvieron de maestros los más instruidos canónigos del cabildo. Puso élde su parte cuanto pudo; ayudó en gran manera su clara inteligencia, ypocos meses después empezaba su imaginación a adivinar nuevoshorizontes, llenos de promesas gloriosas, en la senda a que se ledestinaba. Los libros que leía, las lecciones que escuchaba, dejaban ensu espíritu profunda huella; y el pobre muchacho, traído del campo hastala morada del obispo, trasladado de pronto desde la libre existencia delos prados y montes al severo recinto por donde vagaban, como espectrosatezados, los familiares de su tío; obligado a cambiar de género devida, rodeado siempre de rostros en que parecía delito la sonrisa, sinnadie a quien poder trasmitir las primeras impresiones que, como bandadade pájaros no avezados al vuelo, se alzaban en su alma, fue poco a pocohaciéndose reservado y triste; sintió anublado su espíritu por lassombras que la soledad engendra, y sólo halló para sus cavilacionespuerto de refugio en la esperanza del porvenir. Aquellos libros que leobligaban a estudiar, y aquellos hombres que había de tratar por fuerza,le pintaban el mundo como una sola jornada de la vida humana, como unaprueba para el temple del alma; la tierra como valle de lágrimas, en queson mentira los aromas del campo y las alegrías del corazón.—Aquíabajo—le dijeron—todo es falso, impuro y deleznable. Las dichasterrenales son cantos de sirena, que arrastran al mal; cuanto se sufre yse padece son méritos que en el mundo se hacen para que sean premiadosarriba, y en este breve tránsito, donde los pies se hieren en losguijarros de todos los caminos, debe la esperanza refugiarse en loscielos, que allí aguardan al alma la inmortalidad y a la virtud elpremio de sus luchas. Pero fuera de esa esperanza y de lo que ha dehacerse por mirarla cumplida, en el mundo no hay nada; fuera del mal, latentación y el error, todo es mentira. El desprecio de la Naturaleza ydel hombre es la ley suprema de la conciencia; la contemplación de lodivino el solo cuidado del entendimiento; la fe en Dios o la confianzaen los que le representan, la única luz que alumbra la pasajera perodensa tiniebla de la vida.

De esa idea del mal difundido en el mundo como el aire en los espacios,y de esa esperanza del bien puesto tras la existencia como la luz deldía tras la oscuridad de la noche, nacían el horror a lo terrenal yhumano, brotando la conmiseración y la piedad hacia los que sufren ypadecen. De ahí toda la vida de la religión, toda la esencia de susdoctrinas, toda la fuerza de sus dogmas, toda su idea del universomundo.

Sobre cuanto existe, Dios, fuente inagotable de dulzuras eternas, fuerzaen constante trabajo, que jamás disminuye ni merma, causa insondable,secreto impenetrable; misterio tanto más grande, cuanto mayor sea lainteligencia humana. Luego, en la tierra, colocado entre las amargasolas de los mares y las punzantes malezas de los campos, el hombre,sintiendo siempre sobre la cabeza el perdurable martirio de la duda, ybajo sus pies un erial rebelde al trabajo, manchado y envilecido por elprimer pecado. Pero entre Dios y el hombre, como eslabón que une el bienal mal teniéndolos distantes, la religión, manto de la deidad suprema encuyos pliegues se cobija la humanidad, al modo que entre las anchasramas de la encina se guarecen los gusanillos de la selva. Y, por fin,como última consecuencia de este sistema, postrer hijuela de estaconcepción del universo, el hombre de Dios, el sacerdote que tiene pormisión tender la mano al que vacila, sostener al que cae, infundir fe alque duda, perdonar al que peca, defender al que sufre, sojuzgar alaltivo, y abriendo a todos los brazos con amor, decir cómo el Hijo delHombre:

«Amáoslos unos a los otros; practicad la virtud, y lo demás osserá dado con exceso.»

Esto enseñaban a Lázaro, y así lo admitía él.

—Sí,—se decía;—Dios y el hombre.... El cielo y la tierra.... El bieny el mal.... Entre ambos la religión, el sacerdote, el soldado de lasgrandes peleas, el profeta que anuncia la aurora del porvenir, el eternoapóstol que, repitiendo la frase de San Pablo, dice a todos los pueblosde la tierra: «Hermanos, sois llamados a la libertad.»

Como el áspero mármol que la mano del artista desbasta, esculpe y modelahaciendo surgir de la brutal materia la forma encantadora, fue Lázarotrasformándose por el estudio, abriendo cada día con mayor avidez losojos a la luz de la fe, sintiendo penetrar dulcemente en su alma un algoindefinible que caía sobre su corazón como el rocío del cielo sobre elbrote de la planta.

Bien veía o creía ver algunas veces cierta disparidad entre lo quesentía y lo que le rodeaba; pero no se paraba a aquilatar las cosas muydespacio, embebecida su inteligencia en las novedades que a suentendimiento se ofrecían. La transición de las costumbres campesinas alrefinamiento mental de su presente vida, era demasiado inopinada ybrusca para que dejara de parar mientes en ella.

Además pronto se dio cuenta de que no eran pocos los sagrados textos queparecían olvidados en derredor de Su Ilustrísima. Preceptos más sanosque aire de monte quedaban sin cumplimiento, o se obedecían por purafórmula a veces y otras había manifiesta oposición entre lo mandado porautoridades de continuo invocadas, y lo que en la morada episcopal sepracticaba.

Por de pronto, el Rdo. Antolín, si no era rico, no daba muestras deaborrecer la riqueza: su pobreza tenía algo de problemática. Sin contarlas mesadas que del Estado cobraba, las ricas vestiduras de que estabanatestados sus cajones, y los vaso y alhajas de metales preciosos, lasgentes señalaban en los alrededores de la ciudad alguna finca, escondidaentre macizos de árboles, donde Su Ilustrísima podía, como en cosapropia, hacer lo que mejor le pareciese.

Lázaro observaba que la caridad cristiana aparece en los Evangelios muydiferente, de la que se ejercía en torno suyo, que no eran siempre lahumildad y la mansedumbre los móviles de los amigos íntimos del obispo,y que algunas veces se vela asomar cobardemente a los labios de losfamiliares cierta sonrisa reveladora de hipocresía y envidia.

La facilidad con que se recibía en aquella santa morada cuanto dinerodaban para limosnas los caritativos fieles, se trocaba en formalidades yretrasos cuando las monedas habían de pasar a la faltriquera de lospobres, pareciendo aquello despacho de banquero donde se toma sinvacilar el oro ajeno y en donde todo son al devolverlo garantías,molestias y dilaciones. Nada oyó el futuro sacerdote en desdoro de sutío; pero, con frecuencia, las gentes que cruzaban las antesalas ycorredores del palacio no parecían salir completamente satisfechas de laentrevista con el Prelado: y era lo extraño que si nunca se retirabandescontentos la dama encopetada o el canónigo influyente, solía versedescorazonado y abatido al pobre párroco de aldea o al cura de misa yolla cuyos grasientos y raídos manteos pregonaban descaradamente lamiseria. Jamás notó Lázaro cosa que disonara en el tranquilo conciertode aquella existencia casi monacal, donde todo estaba dispuesto yregulado de antemano, como en ceremonia palaciega; pero semejante alsordo ruido de vientos lejanos, creyó escuchar algunos días el rumor demurmuraciones engendradas en las porterías, robustecidas en lasantecámaras y detenidas por el miedo ante las puertas del despachodonde trabajaba el bueno del obispo.

Levantábase Lázaro a la hora del alba, oía una misa, tomaba chocolate, yayudaba en algo a su anciano tío. No tenía otra cosa que hacer hasta lacomida, que se hacía siempre a la una, con puntualidad cronométrica.

Lázaro se quedó ensimismado y pensativo en más de una ocasión,reflexionando lo distintas que eran las privaciones que imaginó sufrir yla regalada vida que le daban. Todo aquello de comer como los anacoretasyerbas salvajes o salta-montes del campo, era, por lo visto, purafábula, tradición olvidada. Al presente, y gracias a un cocinero llenode buenas cualidades, en la mesa de Su Ilustrísima hubiera podido darsepor alegre y satisfecho el más descontentadizo; en todo lo que a laculinaria se

refiere,

era

el

obispo

ardiente

partidario

del

progreso.Tratábase a cuerpo de rey constitucional; los mejores caldos de lacosecha, los más preciados sólidos del mercado iban a sus despensas, yapor encargo propio o por atención ajena; el pavo mejor cebado y elgazapillo más tierno eran para él; las frutas que se le presentabanparecían regalos para las aras de la antigua Ceres, y era raro el día enque la piadosa mano de alguna devota no preparase para Su Ilustrísima unplatito de dulce espolvoreado de canela, aroma a que, como buen andaluz,era muy aficionado. Una reparadora siesta era el epílogo de la oracióncon que a Dios se daban gracias por tantos beneficios. Se trabajaba otropoco por la tarde, se cenaba concienzudamente tras el rosario, y unsueño tranquilo reinaba a las once en todos los ámbitos del edificio,donde la calma de este género de vida no se veía turbada sino en lasvísperas de las grandes festividades de la Iglesia.

Lázaro notaba que todo esto no eran mortificaciones ni martirios, perotambién se decía que aquello no era vivir en el mundo y sus luchas, yque siendo buenas cuantas gentes le rodeaban, no podía ser detestable lavida. ¡Cuan diferente se le ofrecía el espectáculo del mundo queempezaba un paso más allá de aquellos respetados muros! Cierto que depuertas adentro todo era reposo y santidad; pero ¡cuántos horrores yamarguras le esperaban al poner la planta en esa sociedad donde cada díaes un combate y cada hora una herida! Hacía el pobre chico proyectospara el porvenir, y juzgando la vida tal cual se la habían pintado,pensando que todo era males, tristezas y desdichas, se preparaba aentrar en ella inquieto, temeroso, como soldado bisoño pronto a escucharel primer paso de ataque tocado por las cornetas de su batallón.

Tratábale su tío afablemente; por respeto o adulación al Prelado,hacían lo mismo cuantos le rodeaban, y merced a su protección entrabaLázaro en la carrera a que le habían destinado, escudado contra lasprivaciones, con el porvenir preñado de fortunas, y el alma llena depresentimientos. Le habían pintado su misión de suerte que, impresionadala imaginación, veía en el sacerdocio el apostolado de toda ideagenerosa. Pero, a pesar de esto, cuando solo, con su libro de horas bajoel brazo, se le veía cruzar los anchos corredores o sentarse bajo lasumbrías del huerto, parecía que dentro de su alma bullían y a susmiradas se asomaban vagos temores por su vida futura y dudas sobre lasuerte que le estaba reservada. La santa casa que habitaba era, a suparecer, un puerto de refugio contra el oleaje infernal de la maliciahumana. Por todo aquello que sus libros devotos le aconsejaban huir,venía en conocimiento de cuan ciertas deben ser las palabras con que sele avisaban los peligros mundanales, y por la interminable y fatigosaexcitación a la virtud, podía apreciar cuan hondas y frecuentes son lassimas del pecado. A medida que iba considerando las tentaciones quepodrían rodearle, los riesgos que tendría que prever y males que evitar,su inteligencia miraba con deleite la perspectiva de días de horriblepero santa y gloriosa lucha, preparación a la inmortalidad.

Considerado por cuantos cerca de él andaban como la persona más allegadaa Su Ilustrísima, los sacerdotes y demás gente de Iglesia que teníaocasión de frecuentar, guardaban buen cuidado de no dejarle ver cosa quepudiera enojar al obispo. Todo era ante él virtud, resignación yhumildad; de modo que teniendo constantemente ante los ojos la divinapalabra de los libros y el mejor ejemplo en los hechos de los hombres,pensó que en contra

de

la

agitación

del

mundo

estaba

aquella

santatranquilidad, que el torpe bullir de las pasiones se contrabalanceabapor un santo estoicismo religioso, y que nada podía haber tan digno nirespetable para la humanidad como la voz de esos hombres que con laimagen de Cristo en una mano y señalando con la otra al cielo, dicen aldesgraciado: «Cree y espera.» Su poética melancolía era elpresentimiento de los dolores de la lucha. Parecía que su alma adivinabalas heridas que habría de sufrir más tarde, y sólo en la fe, ingénita ensu espíritu, fomentada luego por cuanto le rodeaba, era donde el pobreLázaro podía hallar reposo a la misteriosa agitación de sus ideas.Nacido en una aldea donde la hermosa y virginal Naturaleza le decíacontinuamente:—«Admira,»—sin escuchar más voz que la del cura que decontinuo repetía: «Cree;» con el sano ejemplo de la honrada vida de supadre, y sin haber sufrido las desgracias que pervierten al hombre,Lázaro iba allegando fuerzas y atesorando virtudes para verterlas luegocomo un maná divino sobre el rebaño de fieles que Dios le deparase. Sialguna vez caían sobre su turbada pupila los fatigados párpados, comodeslumbrada la vista que admiraba de continuo el panorama espléndido deuna vida toda virtud y caridad, al hundir la mirada en los abismos de sualma, encontraba, semejante a un resplandor en el fondo de una sima, laluz que le guiaba a sus destinos.

Dos épocas distintas puede decirse que atravesó Lázaro mientras estuvoen casa de su tío.

Durante la primera le dominaron los recuerdos confusos del pueblo consus faenas y labores; acordábase de las conversaciones en que la tierraera la preocupación de todo el año, y empeñándose mentalmente enresucitar sus impresiones, se esforzaba en reconstruir, conreminiscencias vagas y sensaciones olvidadas, aquellos días que nohabían de volver jamás; las lluvias primaverales que hacían entrever loscarros repletos de doradas gavillas; el estío con las llanuras serpeadaspor surcos que parecían encender el aire en la irradiación de susterruños abrasados; el otoño con sus frutas mal sujetas a la cargadarama, convidando al paladar a refrescarse con su azucarado jugo; lastardes con sus vientecillos impregnados de perfumes, y las calladasnoches envueltas en misterios, poblaban su pensamiento de ensueñosindecisos.

Lejos, muy lejos de él estaba cuanto podía recordarle tiempospasados, y como tales más dichosos; el hogar ennegrecido por el humo delos troncos a cuya sombra jugueteó de pequeñuelo; la fuente donde lasmozas, entretenidas en mirarle, dejaban rebosar en sus cántaros elagua; y en un altillo del cementerio, con su cruz de piedra que doracada tarde el último rayo de la luz solar, la tumba de su madre.

En la segunda fase de aquella etapa de su vida, todo era esperanzas:habíanle trazado con sombrías tintas el plano de la revuelta arena delmundo.—«Aquí abajo no hay, le dijeron, sino males y perfidias; pero túserás de los que tienen por misión encadenar el dolor a la esperanza dela dicha.» A pesar de no considerar completos los ejemplos que se leofrecían, todo lo que aprendía, sus vigilias y desvelos, cuantointelectualmente se asimilaba, venía a compendiarse en una palabra deamor divino, que le hubiera hecho fijar los labios en la escrófula delenfermo, si esto bastara para curarla, entusiasmo capaz de llevarle alos campos de la guerra para acallar con su rezo la maldición deldesgraciado y dar alas al alma del creyente moribundo.

Sentado algunas veces junto a la fuente de la huerta, que desde unaeminencia dominábala ciudad, viendo a lo lejos tejados y azoteas,escuchando el bullir y los ruidos que como provocación constante letraían los aires, Lázaro pensaba que aquellas eran las guaridas del mal.Sólo las cruces puestas en lo alto de las torres eran signos deredención o amparo. Si su memoria, protestando de aquel falso sistemadel mundo, le recordaba que no todo era malo en la tierra, que él habíavisto a su padre dar trigo a los labriegos pobres o socorrer a losnecesitados, que en la tierra existían cariño, afabilidad y amor, que élmismo había llevado hasta los apartados caseríos consejos de paz y dejusticia, todo se desvanecía ante la influencia maléfica del pulviseris que le habían inculcado en el alma.

Fue Lázaro después al seminario; tuvo su celda estrecha y triste;aprendió mal latín y peor griego, no para admirar el genio de losgrandes poetas paganos, sino para embotar su inteligencia en casuismosteológicos; se apacentó dócilmente con filosofía escolástica; le dieronlos libros de los Padres de la Iglesia; le dijeron el criterio que habíade seguir para que no cayera en la peligrosa pendiente de pensar;marcaron a su entendimiento las lindes que no debía traspasar, y como siel pensamiento del hombre fuese ave cuyo Vuelo depende de voluntadajena, le impusieron la idea, el dogma y el sentido de cuanto debíacreer y proclamar. En su cerebro había de dar cabida, le repugnase o no,a lo que otros concibieron; su esfuerzo tenía que hacerse mantenedor deproposiciones que apenas le era dado examinar; debía admitir la verdadsin examinarla, creerla sin que le fuese demostrada. « Node sólo panvive el hombre, sino también de la palabra de Dios,» le dijeron; y lapalabra de Dios era un enigma, todo lo más una promesa. Le fue negada lainterpretación o el examen de los libros sagrados; y para colmo deabsurdo, sostuviéronle que en aquel misterio impenetrable que constituyela esencia de todo lo dogmático, están la imposible demostración de laverdad y el encanto de su divina poesía, porque la fe es substancia delas cosas que se esperan, argumento de las cosas que no aparecen[1].

Entonces, falta de apoyo su inteligencia, sin que pudiera todavíadiscernir lo bueno de lo malo, ni estimar como nulo lo falso einapreciable lo cierto, fue desfilando ante su mirada por las páginas desus manoseados infolios, la interminable procesión de ideas, teorías yconcepciones que se le daban como infalibles certezas. Fue viendo queel hombre, envilecido desde su nacimiento por una culpa ajena, no puederedimirse de ella; supo que el alma, capaz del crimen, está hecha asemejanza de Dios; leyó que la misericordia celeste puede ser tambiéncruel, haciendo eternos los castigos, y que la voluntad divina es capazde trastornar las leyes eternas de la materia y la energía.

Contraria pero simultáneamente a la frase «Eres polvo,» le dijeron queel hombre es el rey de la tierra; las aguas de los mares y las arenasdel desierto son llanuras francas a su actividad y su valor; las fierasde brutal poder, esclavas de su inteligencia; los metales, que comovenas de fuerza y riqueza serpean por las entrañas de los montes,tesoros escondidos para que el trabajo los descubra y el sudor losfecunde; y hasta la mujer, arcilla divinamente modelada con los rasgosde la amante y la madre, es suya también, carne de su carne, hueso desu hueso. Pero con todo, y a pesar de ello, le afirmaron que él idealde la vida no es la existencia en el seno de la Naturaleza, ni lafecunda guerra del trabajo ni la pasión de la verdad o del arte, sino lamuda y estática contemplación de lo divino, el celibato estéril, elclaustro, la pobreza, el ayuno, el desprecio de sí mismo y el ansia dellegar a la muerte como a puerta mágica desde cuyo umbral se percibenlos eternos albores del paraíso de los justos.

Sobre este conjunto de ideas, por cima de toda consideración superior acuanto le rodeaba, estaban para Lázaro la santidad y grandeza de lamisión aceptada, sin que llegara a alzarse un punto en su espíritu laidea de que el bien fuese independiente y extraño de la fe. Así llegó acumplir los veinticinco años. Su inteligencia, como vaso forjado segúnlas concepciones de los que dirigieron su educación, fue molde en quese vaciaron ideales ajenos. Cuanto en sí encierran las tendencias de lospasados siglos, cuanto en lo antiguo sirvió de turquesa para dar forma yser a la sociedad, echó en su inteligencia hondas raíces. Educado paralas batallas del presente, tuvo por armas las convicciones de antaño,fuertes por lo sinceras, pero quebradizas por lo viejas.

Llegada la época de abandonar el Seminario, el obispo le llamó a sudespacho, y le habló de esta, suerte:

«Vamos a separarnos. Cuando escribí a mi hermano encargándome de tuporvenir, no creí que fuese tan fácil poner a un hombre en camino dehacerse artífice de su propia fortuna; pero tu aplicación, e ingenio hanllevado las cosas de modo que aquí, de hoy en adelante, no harás más queperder tiempo. Si con nosotros te quedaras; no pasarías de pobre cura depueblo; tal vez llegases algún día a predicar en nuestra catedral; peronada más.

Yéndote a la corte, como deseo, tus méritos darán a tu carreracontinuación tan lisonjera como halagüeños han sido los comienzos. Pocome agrada separarme de tí; pero dos consideraciones hago: que aquí tetraje, no para satisfacción mía, sino por conveniencia tuya; y que enlas luchas de la tierra, en la revuelta marejada de encontradosintereses, donde has de intervenir, puedes ser en alto grado útil a lasanta causa de la Iglesia.

»Vas a cambiar de género de vida, de hábitos y costumbres, hasta deambiente respirable, que no son iguales las auras puras de estos camposcercanos, al aire viciado de la ciudad. Aquí, por más que haya doblez yengaño, no son la maldad tan refinada ni la hipocresía tan astuta; allíla cortesanía hace el daño más hondo y más disimulada la torpeza.Vivirás entre hombres que antes aprenden a averiguar el pensamientoajeno que a expresar el propio, rozándote con gentes que procuran hacera la mentira hurón de la verdad, y que tratarán de adquirir tu confianzaengañando a otros, como luego te engañarán a ti para provecho detercero. Anda en todo pecho la falsía, en todo cerebro la comedia:muchos la representan de tal suerte, que toman en serio su papel, y niaun la muerte da fin a la farsa, pues otros fingen que les han creído, yla lisonja llega hasta el epitafio, manchando hasta los mármoles.Desconfía de cuanto te rodee y mantente en guardia casi más que contralas maldades ajenas, contra tus propias debilidades. Dios ha puesto enti fe y razón; aquélla, como faro eterno a que caminas y te alumbra;ésta, como apoyo y sostén para cuando dudes; mas ten cuenta que si tu fevacila, antes te será causa de desdicha que de consuelo y esperanza.Lee los libros que te en las manos sin cuidarte de profundizar en suspáginas más de lo que ellas te descubran; que el libro, como el vino,fortalece si no se abusa de él, embriaga si se prodiga. La ciencia es ala paz del alma lo que el agua a la semilla; con poca se fecunda y consobrada se anega.

Tu misión hasta hoy ha sido aprender la que habías dehuir mañana: desde ahora vivirás entre el mal, evitando que logrecorromperte. La tarea de tu vida es consolar al que sufre, alentar alque espera, perdonar al que yerra, labrar en tu corazón puerto dondebusquen amparo los náufragos del mundo. No hay en la tierra misión másnoble, que la nuestra. Si la virtud pudiera ser orgullosa, nos seríadado envanecernos; pero hemos, de unir a la bondad la mansedumbre, y poraltivo nos está vedado el orgullo, como por pueril la vanidad.

»Ya ves, Lázaro, qué hermosa perspectiva se te ofrece a la vista.—Lavida es combate de pasiones, que unas a otras se hieren y lastiman: túserás de esos hombres que por vocación de caridad se mezclan en lapelea, llevando en su alma la mina inagotable de la piedad y en suslabios el manantial perenne de la esperanza. Así como unos curan lasdolencias del cuerpo, otros cuidan de la pureza del espíritu: serás, deellos, y mientras el tuyo permanezca incólume, jamás te faltaránpalabras con que infundir a tus hermanos la fe que te aliente. Cree y tecreerán, que nunca inspiró la sinceridad desconfianza. Si la misión esdifícil, no ha de ocultársete que la tentación es temible: ya lo irásviendo; pero si algo divino y fuerte hay en el hombre, es la voluntad. Atodo has de sobreponerte, temiendo más la propia indulgencia: que laajena censura. Sé hasta rencoroso contigo por tus culpas, débil hastala exageración con las del prójimo; que el hombre debe ser tan avaro devirtudes como pródigo de perdones. Si la persecución te maltrata o laironía te hostiga, recibe a la primera con mansedumbre y a la segundacon piedad; pues si la maldad debe hallarnos pacientes, el sarcasmo hade inspirarnos lástima. Merézcate siempre más conmiseración quien seburle de lo bueno que quien practique lo malo. Por las funciones denuestro ministerio habrás de hablar al oído de la esposa, y en el tuyodepositará la virgen sus secretos: di a aquélla que lo sacrifique todo ala paz de la casa, y a ésta que todo lo posponga a la paz del alma. Alhereje responderás con la palabra de la verdad, tratándole como amigoperdido que hay que reconquistar, no como enemigo que es preciso vencer,y rezarás por la salvación de quien persista en el error, pues ya que lareligión no sea patrimonio de todos, séalo al menos la piedad.

Nomortifiques al moribundo con el recuerdo de sus delitos aquí abajo;habíale de sus esperanzas allá arriba. Fe, perdón, mansedumbre: tal estu lema; el corazón tu escudo, tu premio el reino de los cielos. Si dela violencia que te hicieren hubieses de morir, muere con valor, mas nocon aquella calma que puede ser cinismo, sino con esa serenidad quereflejando el tranquilo fondo del alma, sirve a los demás de un ejemploque equivale a un consuelo.

»Mas no fuera bueno que te marchases sin tener seguro puerto de llegada.He arreglado todo de manera que entrarás en la corte por tal puerta, quemuchos desearían tu posición como término a sus ambiciones. Vas decapellán a casa de los duques de Algalia, señores tan poderosos comobuenos. De tus deberes para con ellos nada te digo, que la humildad desacerdote no ha de echar en olvido la dignidad de hombre, y tengo porcierto que antes de poco no sabrán qué mirar con más cariño: si suvenerable eclesiástico o su discreto y leal amigo. Partirás en breve, ysabe Dios hasta cuándo. Acuérdate alguna vez de mí, y siempre de lo quete debes a ti mismo. Recibe mi bendición, y ojalá te dé ella todos losbienes que la voluntad te desea.»

. . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . .. .

. . . . . .

De allí a pocos días partió Lázaro, y aunque alentado por sus esperanzasno dejó de darle mucho en qué pensar la visible contradicción existenteentre los discretos consejos que acababa de escuchar y, la vida no muyaustera de su tío, sin que acertase a comprender cómo siendo bueno loque aconsejaba, no era completamente idéntico lo que practicaba.

III.

Ere por aquel tiempo en la corte la casa de los duques de Algalia una delas más ricas y afamadas por aristocráticas. Su blasón no se habíadesdorado aún por completo con el roce de las costumbres modernas; susestados no eran todavía presa de ninguna junta de acreedores, y hubiesenpodido añadirse al escudo nobiliario algunos rehiletes gallardamentepuestos en atrevida becerrada.

Cuanto esplendoroso puede dar la vida contemporánea, cuanto grande sonsusceptibles de engendrar el refinamiento del gusto y la sobra del oro,se reflejaba en la morada de los duques de Algalia.

Cada uno de sus salones era una pequeña capilla consagrada a laelegancia; el palacio entero un suntuoso templo del buen gusto y lamoda, enriquecido con detalles dignos de un museo, en que andabanrevueltos lo antiguo y lo nuevo, formando ese consorcio extraño, peroarmónico, que ofrece la reunión de lo bueno, por distintos que sean loscaracteres que revista. No había pieza mal alhajada ni rinconcillodescuidado. Aparte el esmero con que se había atendido al regalomaterial del cuerpo, la ornamentación indicaba por doquiera el destinode las habitaciones: el gran salón de recepciones estaba decorado con elfastuoso gusto del monarca de Versalles; el comedor de ceremoniacubierto de tapices

flamencos;

el

de

familia,

con

grandes

bodegonesfirmados por manos maestras; el despacho del duque, todo de ébanoincrustado de bronce; los aposentos de la hija, tapizados de alegres ysencillas pero valiosas telas; y los de la duquesa exornados con talgusto y riqueza, que ni el gabinete de raso negro con flecos demulticolores sedas, ni la sala de baño con jaspe y ónix argelinos, ni eltocador de azulados cortinajes, hubieran sido mejores si los eligiese elarte para albergar a la belleza. Al verlos parecía que para aquellospavimentos y muebles era indispensable una gran dama en quien fuese aúnmayor la distinción que la hermosura; que pisase con menudos pies, comoligera sombra, las aterciopeladas alfombras y se recostase en losdivanes casi sin que los flexibles muelles cediesen al suave peso de sucuerpo.

Y así era en efecto: que ni en la nobleza toda, ni en toda la altabanca, había dama más digna de disfrutar aquellas grandezas que laduquesa Margarita, noble hasta las puntas de sus larguísimas pestañasnegras, y elegante hasta el claro fondo de sus ojos azules. Era unafigura airosa, pero de movimientos lánguidos, como de gata friolera, yactitudes sobriamente voluptuosas, como de estatua griega; el traje másmodesto realzaba

mejor

su

hermosura,

y

con

un

vestido

completamentenegro, un grueso ramo de amarillentas rosas en el entreabierto escote,sencillamente recogido el pelo, libres de pendientes las diminutasorejas, y sin guantes las aristocráticas manos, no había hombre capaz decontemplarla un segundo sin darse la enhorabuena por haber nacido. Restaañadir, para mayor encanto de golosos, que Margarita de Oropendia,duquesa de Algalia, aunque tuviese más, sólo representaba treinta años,y era relativamente virtuosa.

El duque, algo apabullado por los excesos de la buena vida, un tantomuerta la mirada por el mucho trasnochar o la afición a los naipes, eratodavía un hombre bien plantado, elegante, de educación británicamenteescrupulosa en lo que a la etiqueta se refiere, y hasta instruido. Noignoraba, por ejemplo, que Luis XVI fue decapitado, y murió de resultas,ni que Carlos I de Inglaterra tuvo parecida suerte, hechos que confrecuencia citaba para probar lo temibles que son las muchedumbrescuando, según su frase, se desbocan. Lo que mejor caracterizaba al duqueera el ardiente deseo de ver satisfecha una aspiración constante de suvida, una exigencia de su imaginación que participaba de la seriedad dela ambición y la ridiculez del capricho: ser senador. La senaduría era asus ojos el complemento de su nobleza; sería una ocupación, un pretextopara darse importancia, una satisfacción de su vanidad.

Y si además deser senador pudiera serlo de por vida... ¡Senador vitalicio! Soñaba consentarse por derecho propio en los escaños rojos de la Alta Cámara, iren coche hasta la plaza de los Ministerios, apearse lejos del zaguánpara cruzar entre filas de curiosos, que murmurasen, «ese es el duque deAlgalia;» entrar luego en el salón de conferencias, andar solo por losrincones como quien medita un plan, estrechar la mano a los ministros,acoger las peticiones de los pretendientes, diciendo

«veremos,» o «harélo que pueda;» y salir después de una votación

exclamando:

«¡Los

deberespolíticos!»

«Mi

conciencia!» «¡El partido!» «¡Las instituciones!...»

Esto basta para apreciar que el duque tenía todavía fijas en el magínraíces de ideas viejas; pero, a pesar de todo, podía considerársele comodemagogo comparado con su hechicera consorte.

La duquesa era el prototipo de la dama aristocrática, que sólo en lascuestiones del amor y de la moda transige con el progreso.

Religiosa porsuperstición, devota por fe heredada, hipócrita por el qué dirán, eintransigente por decoro, adoraba la misa en que estrenaba un traje, laSemana Santa en que, tan guapa como el año anterior, pedía para lospobres, o la novena que autorizaba una cita. Cuando rezaba se complacíaen bajar y subir la expresiva

mirada,

como

jugueteando

con

los

párpados,gozándose en dar alternativamente luz y sombra a los que la rodeaban. Ensus relaciones con el gran mundo, tenía ese tacto supremo que sabemortificar sin ofender, que consiste en admirar a las gentes virtuosassin comprometerse a imitarlas ni indisponerse jamás con los que pecan.Vivía entre el beau monde, formaba parte integrante de la high life;el pueblo la atacaba los nervios; huía de la multitud por miedo al malolor, y si en otros tiempos la hubiesen llamado ciudadana, habríasemuerto del susto. La palabra Revolución no evocaba a sus ojos másfigura que la de María Antonieta prisionera en la Conserjería, y en lamás sencilla agitación política veía carreras, tiros, desaguisados yatropellos. Para ella, ser de origen humilde no era una falta, pero síuna mancha, y trabajar le parecía muy honrado,

pero

loca

la

pretensiónde

querer

elevarse

encalleciéndose las manos.

El duque transigía, en cierto modo, con el espíritu moderno: habíacomprado bienes nacionales, lo cual le hacía relativamente liberal; eraindividuo de varios consejos de administración de sociedades de crédito;viajaba con billetes de libre circulación; defendía las instituciones;hablaba del turno pacífico, y se llamaba conservador. No admitiría nuncaque un artista pudiese ser su igual; pero él, por benevolencia, protegíalas artes cuando no le salía muy caro. Daba al trabajo muchaimportancia, no hacía nunca nada, admitía las concesiones al talento, yse explicaba el otorgamiento de un título a quien supiera enriquecerseen la Bolsa o en los altos negocios del Estado.

La hija de este matrimonio era un progreso vivo sobre sus padres: entreun rico tonto, apergaminado, achacoso, y un advenedizo de buena estampa,pero pobre, plebeyo y listo, prefería bailar con el segundo, y en susambiciones de muchacha optaba por vivir acompañada de un hombre a quienquisiera, antes que por la boda con un heredero escrofuloso derespetabilísima alcurnia. Tales ideas hicieron, sin duda, que ella no seenojase cuando empezó a mirarla amorosamente cierto individuo, que poraquellos días atrajo a sí los elogios del país entero: un joven que enuna reunión política había, con un discurso de extrema izquierda,conmovido la opinión y entusiasmado a las gentes, hasta tal punto, que,corriendo su nombre de boca en boca, hizo el duque que se lepresentaran, no por rendir tributo al mérito, sino por tener en sussalones al hombre puesto en moda. De esta suerte, sin que ninguno deentrambos lo buscara, llegaron a conocerse y tratarse Félix Aldea yJosefina de Algalia.

Así estaban las cosas cuando, en pleno invierno, es decir, en la épocade más fiestas, bailes y recepciones, el mayordomo de los duques fue unamañana, por orden de sus amos, a la estación del camino de hierro aesperar al nuevo capellán que había de sustituir al anciano sacerdotemuerte pocas semanas antes.

Adivinole por los hábitos al bajar de unwagón, y acercándose a él, previos saludos y frases que puede figurarsequien desee más detalles, le llevó al palacio en un simón, y presentolea los señores. Recibido por éstos como exigía la hidalguía en tangrandes personas, y en él lo respetable de su ministerio, le acompañaronhasta la habitación que le estaba destinada, le enseñaron

la

capilla,encargaron

al

mayordomo

y

al

administrador que le respetasen ysirviesen, y sin más conversación quedó instalado Lázaro en casa de losduques de Algalia.

Al separarse estos del joven sacerdote, preguntó la mujer almarido:—¿Qué te parece?—

—Muy joven,—contestó el duque;—pero no habíamos de estar más tiemposin capellán, y cuando el obispo le recomienda, bueno será.—

¡Capellán! Este era el puesto que había de desempeñar. Nadie le habíadicho todavía que era como un criado más en la cocina o un caballo nuevoen las cuadras, un simple artículo de lujo.

Debía decir la misa los díasque la duquesa no quisiese salir de casa. No se hace especial mencióndel duque, porque éste era de los católicos que no practican.

Tan poca y breve ocupación dejaba a Lázaro todo el día libre; de modoque siendo grande su curiosidad por conocer el nuevo centro en quevivía, y fáciles los medios de satisfacerla, pronto empezó a observar ypensar sobre cuanto veía, desentrañándolo y analizándolo todo.

Al cambiar de medio social, al sentirse sacado de su esfera, al versesolo de repente en el torbellino del mundo, cada mirada produjo en éluna observación y cada observación un juicio que, chocandofrecuentemente con sus propias ideas, las destruía o alteraba. Creyentesincero y de entendimiento poderoso, fue estudiando, fijándose en todo,y apoyado como en fuerte palanca en su ideal, comparó y juzgó las cosasde la vida.

Traía en su alma esa profunda fe que, a semejanza de ciertas piedraspreciosas, va siendo más rara cada día. Sus preocupaciones tenían por loingenuas algo de sagradas, y libre de toda mira interesada, venía anueva existencia, trayendo para examinarla, aunque con el espíritu deotros siglos, la más recta imparcialidad. Tranquilo, puesto el ánimo enDios y la esperanza en el deseo de saber, tendió la vista en torno suyo;pero como ave obligada a volar demasiado alto, sus ojos se deslumbraron,sintió el vértigo que da la altura, y le faltó aire para sus pulmonesoprimidos.

Como llegan tardía y débilmente al oído los ecos de la tormenta lejanaque va aproximándose por instantes, sintió Lázaro ir llegando a su almavagos presentimientos de dudas y temores, misteriosos anuncios de unporvenir preñado de lágrimas e insomnios.

¿Qué era aquello? ¿Qué sombras comenzaban a turbarle?

¿Qué temores ibangirando en derredor de su imaginación como fieras que se pasean en tornode su presa? ¿Era que empezaba a aspirar el hedor de los pantanososlodazales de la tierra, o acaso que, sintiendo el yugo opresor de lamateria, tenía ya su espíritu la nostalgia de la inmortalidad?

Era que cuanto había aprendido y creía, estaba en contradicción con larealidad. Llevaba dentro de sí una llama que no podía brillar en aquelnuevo ambiente. Sus estudios fueron ancha base a tantas cavilaciones; elespectáculo del mundo, cebo que incesantemente las provocaba.

Cada día le trajo una lección, cada hora el agrio fruto de un anticipadodesengaño.

El tiempo fue pasando por él como la onda sobre el lecho del río,haciendo la superficie más tranquila, pero agitando el fondo yprofundizando el cauce. Es imposible pintar la invasión lenta y gradualque hicieron en su alma las cosas y los errores mundanos. Sería másfácil penetrar en las entrañas de la piedra y sentir la secretaatracción de la cohesión y la fuerza, o escuchar el latido de la plantaen que la evolución tiende a la vida. Cuando su inteligencia queríabucear en lo hondo de su pensamiento, le veía poblado de formas extrañasque le hostigaban con las maldecidas preguntas de la duda. Empezó eltiempo a educarle en la amarga escuela de la experiencia. Semejantes aestrellas que se extinguen, fueron nublándose sus esperanzas, y la fefue perdiendo lentamente su virginidad, como la nieve del cielo pierdesu blancura puesta en contacto con la tierra.

IV.

Apenas hacía un año que Lázaro estaba en casa de los Algalias, y ya sehabía captado todo el afecto que puede inspirar el que sirve a quien lepaga su salario. La duquesa simpatizó con él como simpatiza la debilidadcon la indulgencia. El duque vio, ante todo, en su capellán un hombreque sabía guardar las distancias, y la niña, querida de sus padres conese cariño de los poderosos, quizá algo frío porque no imponesacrificios, encontró en Lázaro un alma joven, dispuesta a comprenderlas impresiones que en los albores de la vida se alzan en el corazón dela mujer. Los duques veían en el capellán una figura que, sin salirse desu esfera, contribuía al tinte aristocrático de la casa. La hija, comomás joven menos sujeta a preocupaciones, sólo se daba cuenta de que,mozo o viejo, noble o plebeyo, había cerca de sí un ser respetable porsu ministerio y digno de estimación por sus prendas. Lo agradable de supersona, lo más grato aún de su afabilidad y cortesía, atrajeron elcorazón de Josefina hacia el espíritu de Lázaro como el bien atrae alalma. La inteligencia con que el joven sacerdote iba leyendo cada vezmás claro en las cosas de la vida; el carácter con que indultando elerror insistía en lo juicioso, y su buen corazón, merced a cuyo generosoimpulso sabía hacer dulce la misma severidad, constituían en Lázaro unapersonalidad extraña, sencillamente buena, tan digna de estudio en sucandidez como otras por su originalidad o extravagancia.

Josefina, para quien su padre era un socio del Casino que venía a dormira casa, y que no hallaba en su madre sino la encargada de satisfacerfrívolos caprichos, ni veía en el aya más que una criada con vestido deseda, fue poco a poco acercándose a Lázaro, movida simultáneamente de lanecesidad de un amigo para su soledad, de la simpatía que inspiraba elhombre y el respeto que infundía el clérigo.

Algunas mañanas, cuando el tibio calor primaveral parecía reconcentrarseen la gran estufa de cristales que, poblada de plantas raras yhojarascas exóticas, se alzaba en el jardín, Josefina y Lázaro seencontraban en ella, fijándose la niña en las camelias que podría cortarpara lucirlas a la noche, pensativo el clérigo en sus cavilaciones oabandonado a sus rezos. Atraídos uno hacia otro, se sentaban en losescabeles de hierro, olvidándose la mujer del galanteo escuchado lavíspera, y el hombre del libro que le acompañaba. La reseña de un baileo la noticia de otro, el proyectado enlace de una amiga, un cuento de lavilla, lo que dijo una visita, un pensamiento de caridad, servían

demotivo

a

las

conversaciones.

Relegado

insensiblemente a segundo términolo que daba margen al coloquio, el cura y la muchacha conversabanamigablemente, depurando, casi sin saberlo, lo que de terrenal tenía elcomienzo de

su

diálogo.

Nunca

bastardeó

aquellos

dulces

esparcimientoscosa rayana en lo ridículo; que ni la candidez de la mujer tocaba en la sensiblería, ni la discreción del hombre llegaba a parecer afectación.Todo era natural hasta tal punto, que si alguna vez traspusieron laimaginación o el labio los límites de lo conveniente, no entendió lapureza el desmán ni pudo recogerlo la malicia. Quizá pensando altollegaron uno u otro a decir lo que hubiese parecido escabroso a untercero; pero la torpeza si de sus bocas salía, brotaba con talingenuidad, que realmente la voluntad era tan irresponsable como laignorancia.

Josefina vertía sus ideas en el ánimo de Lázaro como latierra deja brotar el manantial, confiadamente, sin esfuerzo, y él laescuchaba más cuidadoso de evitarla los errores que de confirmarla lasverdades.

Andando el tiempo, e intimando el trato, llegaron a sentirse atraídospor la genial bondad del sacerdote cuantos habitaban la casa; perosiempre fue Josefina quien, verdaderamente encariñada con el capellán,parecía gozarse más en frecuentar su compañía. Por su parte Lázaroempezó a ver en la duquesa, si no una mirada pronta a esquivar la suya,al menos un oído que su dulce severidad parecía contrariar en algo,notando que la gran dama, más hipócrita por artificio que pornaturaleza, aunque pensaba con licencia, gustaba de aparentar recato. Asu desmedido afán de brillar en fiestas y saraos, a su gozo en ajar lavanidad de las amigas, hallaba siempre respetuoso, pero claro correctivoen la palabra del cura, obrando éste tan discretamente, que sus frasespodían parecer a la duquesa avisos de su propia conciencia. Si elsacerdote hubiera pecado de autoritario, habríase librado de élMargarita, sin más que despedirle con cualquier pretexto; mas como erael ingenio del hombre quien obraba, dejando en la sombra su carácter declérigo, poca defensa cabía en ella contra advertencias que eraimposible haber rechazado como ataques. Hasta los criados contenían lamurmuración soez y maliciosa cuando en sus conversaciones se pronunciabael nombre de Lázaro, pues no hallando en quien le llevaba sino virtudessinceras, tenía la baja lengua que callar, aun estando tan diestra enmaldecir.

Así se deslizaba el tiempo para Lázaro, que, impensadamente tal vez,desvió sus miradas del espectáculo del mundo para fijarlas en lo que decerca le rodeaba. Habíanselo pintado como asiento de todo error, cuandono es sino el campo de la batalla librada por el bien y el mal; de modoque al sentir herida la imaginación buscó refugio a sus dolores en lacontemplación de una figura que, cruzando por su pensamiento, semejó laimagen del consuelo bajando a los infiernos del alma. A cada desengaño,a cada decepción, Lázaro cerraba los fatigados ojos, prefiriendo latristeza de la sombra a los resplandores del mal, y al cerrarlos quedabacomo fotografiada en su pupila la imagen de aquella niña destinada a serjuntamente el más grato ensueño y la más horrible pesadilla de su vida.La buscaba sin darse cuenta de ello; la echaba de menos sin sospecharlo;deseaba verla y hablarla del modo indeterminado y vago con que desea ladicha el acostumbrado a la amargura. Las mañanas en el jardín, lospaseos en el invernadero, las tardes del lluvioso otoño pasadas tras losbalcones del gabinete mirando estrellarse y correr las gotas de agua porlos empañados vidrios; las horas en que sentado a un extremo de la mesaveía trasparentarse al fondo de sus pupilas azuladas toda la ternura desu alma, le hacían gozar de una manera tranquila, sin que su propianaturaleza varonil le llevara a pensar en otros halagos ni promesas.

Sedeleitaba en la contemplación de la mujer como la fría estatua de unafuente parece recrearse entre las ondas que la ciñen.

Placer, peligro,dicha y dolor, todo lo tenía a su lado; y él, como invadido el espíritupor sólo un impulso, no sentía más que la admiración de la belleza enlo que tiene de ideal, sin que nunca llegaran los deseos a hostigarlecon su aliento de fuego. Sentía lo que la pasión tiene de divino, sinque los vapores impuros de la materia mancillaran aquel placer purísimo;y cual si sus ojos penetrasen hasta el fondo del alma de la mujer, sindetenerse a mirar el vaso que encerraba el perfume, gozaba en lacontemplación de un ideal inasequible. Si la ignorancia tenía las alascortadas al deseo o la castidad sujetaba a la naturaleza, ni él mismo losabía; que no sintiendo torpeza, no tuvo ocasión de combatirla. Pero enel silencio de la noche, cuando todos dormían, tras el bullir de lascenas o el trajín de los bailes, Lázaro con la cabeza entre las manos,caído a sus pies el libro de rezo y rota la oración en los labios,sentía el alma movida de esos misteriosos efluvios que nunca engendra lapiedad religiosa, porque solo brotan cuando saboreamos la esperanza dela propia ventura. Estremecido por el frío volvía en sí. El sueño o elcansancio le rendían luego, hundiéndole en los abismos de la nada, y suimaginación descansaba hasta que, al despertar, la esbelta figura de laniña flotaba de nuevo ante sus ojos, turbando la primer plegaria deldía. En más de una ocasión la Virgen grabada en el devocionario pareciómover sus líneas y alterar sus rasgos, dando al rostro divino lasfacciones de la mujer amada.

Sus alucinaciones, aun tomando forma de impiedades, no llegaron amancharse de lujuria; pero su misma voluntad, capaz de dominarlas, ibadejando de ser lo suficiente poderosa para evitarlas.

Nadie, sin embargo, supo sus sufrimientos. La misma Josefina, ídolo deaquel culto, no sospechó que bajo la pobre sotana del capellán de suspadres empezaba a realizarse el misterioso génesis que se cumple cuandoel amor dice cerca de un alma:—

«sea hecha la luz.»—

Sencillo, afable, blando con los criados, respetuoso con los señores,sin salirse de los estrechos límites que su carácter de cura le marcaba,acabó Lázaro por ser en casa de los duques el más querido de cuantos lahabitaban.

Lo indulgente que con las culpas era, hacía creer a los culpables quepermanecían sus faltas casi ignoradas, y si trataba de corregirlas,nunca las reprendía ante tercero, sabiendo que nada se remedia empezandopor lastimar el amor propio.

Esta bondad, unida a su carácter religioso, le daba entre las gentes delos Algalias una consideración a que los mismos duques no podíansustraerse, viendo hermanados en Lázaro la mansedumbre del sacerdote yel ingenio superior del hombre.

Pero quien más le quería, por ser quienmás íntimamente le trataba, era Josefina, que, sin darse cuenta de ello,había ido poco a poco, coloquio tras coloquio y confidencia trasconfidencia, abriéndole el seno de su alma sin dar jamás a conoceraquella inclinación que llegó a sentir, pero que no intentó definirnunca.

V.

Cuando Félix Aldea fue presentado en casa de los Algalias, el duque lerecibió con la afabilidad que un caballero de su clase se creía obligadoa tener con el hombre puesto en moda por la opinión y la prensa. Laduquesa le agasajó con esas distinciones que guarda la mujer bonita paraquien rinde pleito homenaje a su hermosura, y Josefina, acostumbrada ala trivial conversación de gomosos insulsos, sintió hacia él profundasimpatía. Viendo en Félix un muchacho cortés sin afectación, galantesin lisonja, discreto sin esfuerzo, que sabía hablar de cosas serias sinhacerse enojoso,

ser

franco

sin

parecer

hipócrita,

y

comparándoleinvoluntariamente con los demás que la cortejaban, resultó de aquelparalelo que la muchacha llegó a preferirle cuando ya en su alma, sinque ella lo advirtiera, penetraron las sensaciones que al amor preceden,al modo que en una habitación cerrada se deslizan las primerasclaridades del día.

Aquella especie de amistad severa y dulce, al mismo tiempo que unía aJosefina con el cura, la sirvió para una trasformación extraña; pero loque Lázaro había provocado en la niña, más que una trasformación era eldesarrollo de cuanto fecundo puede haber en el corazón humano.Poniéndola en condiciones de distinguir, casi intuitivamente, lo buenode lo malo, cumplió la preparación necesaria en ella para apreciar ladiferencia que existía entre hombres como Félix Aldea y caballeretescomo los que hasta entonces había tratado. Con todo lo que de Lázaroescuchó, de sus instintos, sentimientos, ideas, y juicios, se formóJosefina una imagen que, sin reflejarse en su fantasía por entero, nillegar a personificarse en una figura, prestó a las impresiones lasuficiente cohesión para engendrar la aspiración indeterminada de unideal en que se daban juntas y cumplidas las buenas cualidades del curay las promesas de futura dicha, ya evocadas en el corazón de la mujer.Para realizarlas estaba Lázaro incapacitado. Ni por un momento cupo enJosefina la idea de que coexistieran en él las dos personalidades dehombre y sacerdote; pero cuanto se desprendía de su trato vino a formaralgo como la fórmula de la ventura soñada, la profecía desinteresada debienes que él no podría otorgar, pero que en él estaban visibles a lossentidos, aunque negados para siempre a la posesión o al goce. Él fue elprimero en guiar a la virgen por los misteriosos senderos que llevan dela pureza a la ignorancia y de la ignorancia a la curiosidad, haciéndolasalvar con la imaginación el límite marcado a la candidez por lasospecha, infiltrando, sin saberlo, en el espíritu de la niña esainquietud secreta que dan las grandes crisis de la vida. Todo aquellocon que Lázaro la había moralmente seducido, lo superior de suinteligencia, la atracción sobre ella ejercida, cuanto él discurría y ladaba expresado en frases de sencillez grandiosa, el inconsciente empeñocon que dejó entreabrirse los senos de su alma para que ella viese clarala poesía del bien y del amor, contribuyeron a que Josefina, llevando aotro sus miradas, se fingiera un espejismo moral en que objetivó susilusiones, llegando a concebir una entidad en que palpitaron vivastodas aquellas perfecciones que la sotana del cura hacía estériles.Lázaro fue el eslabón a cuyo roce salta la chispa de que otro seaprovecha.

A poco de frecuentar Aldea la casa de los duques, empezó a dibujarse laíndole del afecto que inspiró a cada uno de los tres individuos de lafamilia. El duque, en un principio ceremoniosamente obsequioso con latrivial cortesía del caballero que se complace viendo en su casa alpersonaje del día, pensó luego que bien pudiera serle útil en elporvenir la amistad de aquel hombre nacido apenas a la vida pública, yobjeto ya de tantas conversaciones. Su propio valer y la suerte de supartido, la fortuna o la casualidad, podían alzarle a una posición enque su influjo fuese halago para la vanidad, o mina para la codicia.