Juanita la Larga by Juan Valera - HTML preview

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Las paredes del templo, si bien blanqueaban sin mácula por el recienteenjalbiego, se veían en parte cubiertas de rojo damasco, aunque eldamasco era poco, y era más el filipichín que lo remeda.

A ambos lados del altar de Santo Domingo admiraban los fieles multitudde exvotos, claro testimonio de la potencia milagrosa de su celestialabogado. Allí piernas, ojos, brazos y hasta niños completos, y bastantestablitas pintadas al óleo, donde el milagro se representaba, y por mediode un largo letrero escrito al pie quedaba explicado.

La multitud llenaba el templo. En el centro, las mujeres, de rodillas osentadas en el suelo, se abanicaban casi todas. El movimiento de losabanicos de diversos colores alegraba la vista.

Alrededor estaban loshombres, en pie. Sólo ocupaban algunos escaños de nogal los señores delAyuntamiento y el cacique don Andrés, que vino a la iglesia, aunque no ala procesión.

Las miradas de los asistentes se fijaban con pasmo en el pecho delcacique, donde aquel día brillaba por vez primera la placa de oro,diamantes y rubíes y lustrosa banda de una gran cruz que el Gobiernoacababa de concederle en premio de sus eminentes servicios.

Ambas Juanas, que tampoco habían estado en la procesión, porque lahabían visto pasar por delante de su casa, sita en la carrera,aparecieron en la iglesia cuando ya empezaba la misa.

Involuntario ygeneral murmullo de admiración se escapó entonces del pecho de loshombres. La madre iba delante abriéndose paso con los codos. Detrásvenía la hija, hecha un sol, con su lindo vestido de seda chinesca, sumantilla de madroños, su alta peineta de concha y un montón de clavelesjunto a la peineta. Como el vestido era alto, Juanita no llevaba pañueloy mostraba toda la gallardía y esbeltez de su talle. Parecía la señoraprincipal, la reina de aquella función, y apenas podían comprender suscompatriotas que fuese ella misma la moza que hacía poco iba con uncántaro por agua a la fuente. Era marcial y decidido su paso, pero almismo tiempo majestuoso y modesto.

En la mano, que, en vez de emplearse en humildes y rudos trabajosdomésticos, se diría que había estado conservada entre algodones, comodelicada joven, tenía un pericón que manejaba con mucha gracia.

El asombro que causó su entrada en la iglesia bien se puede decir quedurante tres o cuatro minutos turbó el orden y la tranquilidad que allíreinaba. El maestro de escuela, hombre leído y que sabía de memoria elRomancero, recordó a este propósito, hablando a la oreja de un concejal,el efecto que hizo entrada semejante en la ermita de San Simón de ciertaniña sevillana, alborotando hasta a los monagos y a los sacristanes,quienes en vez de decir amén,

decían amor, amor.

Tan disparatado triunfo no cogió de susto a doña Inés. Ya tenía ellaaveriguada la transformación de Juanita de zagalona rústica en algo quepresumía de dama, y ya sabía, merced a las investigaciones de Cristina,que Juanita iba a lucir aquel día un maravilloso traje de lo más a lamoda y señoril que se había visto nunca en aquel lugar y en muchasleguas a la redonda. El éxito sobrepujó, no obstante, todos lospresentimientos y temores de doña Inés. Aunque todavía estaba guapa, apesar de los ocho vástagos que había tenido, se sintió en el fondo delalma, inferior a Juanita en hermosura; no dejó de notar, con profundamortificación, que Juanita estaba vestida con mejor gusto que ella;hasta en la distinción, aunque doña Inés se preciaba de muy distinguida,tuvo recelos de que Juanita le llevaba ventaja. Apenas se daba cuenta laseñora de Roldán del arte o de la adivinación con que una chicuela quese había criado entre pillería andrajosa y casi en medio de la calle,como vaca sin cencerro, se había hecho sujeto capaz de tan repentinaelegancia.

Como Juana la Larga iba tan engreída y tan ufana con el asombrosoesplendor y con la rara belleza de su niña, no buscó para ponerse conella de rodillas un sitio muy apartado, sino el mejor y más visible.Ambas mujeres fueron a plantificarse en un pequeño claro, inmediato alos escaños en que estaba el Ayuntamiento y don Paco y don Andrés; claroque el respeto y la humildad de otras mujeres habían contribuido aformar, y en cuyo límite, no distante, se hallaba doña Inés López deRoldán, la cual tomó aquella intrusión por desaforado atrevimiento, yardió en sed de imponerle pronto y severo castigo.

Al efecto había ya prevenido al padre Anselmo, y le tenía muysobreexcitado contra Juanita y contra su madre.

El padre Anselmo distaba mucho de ser malo y de ser ignorante. Sabía nopoco de teología dogmática y de moral, y poseía notable despejo yprodigiosa facundia; pero era terco, persistente en las opiniones queuna vez aceptaba, y desconocedor de los asuntos mundanos. Doña Inés,además, le tenía sorbidos los sesos. Doña Inés le infundía una veneracióny un cariño alambicadamente espirituales, que la convertían para él enoráculo. Era el devoto afecto que se filtra y se cuela a menudo en elvirtuoso corazón de los ancianos: amor sin deseo y sin vicio; lo quehasta llamándose platonismo escandalizaría al mismo que lo siente; loque es tan sutil, tan etéreo y tan limpio como aquel semidivino sentirque describe y pinta con rasgos luminosos el conde Baltasar Castiglioneen las últimas áureas páginas de su Cortesano.

El padre Anselmo jamás había leído este libro y no había caído ni podíacaer en que sentía inclinación tan dulce; pero sin tener conciencia deello reverenciaba a doña Inés como si fuera ángel o santa. Estaba ciegopara todos los defectos y pecados de ella, y no veía o no creía ver enella sino virtudes: la prudencia, la caridad, el recogimiento y lapiedad religiosa. Para el padre Anselmo era doña Inés modelo de casadasy de madres de familia y dechado ejemplar de señoras distinguidas ydoctas. En todo cuanto le dijo acerca de Juanita no advirtió otrointento que el de evitar o reprimir el escándalo y el mal ejemplo que enel lugar se estaba ya dando.

Influido por estas ideas, había preparado el sermón que predicó aqueldía y que versaba, con aplicación a las circunstancias, sobre el mismotema que él gustaba de tratar siempre: sobre la corrupción de nuestrosiglo y sobre sus síntomas ominosos, que son alternativamente efectos ycausas. Porque la falta de religión hace que se hunda la moralidad, comoedificio cuyos cimientos se socavan, mientras que el excesivo regalo yel esmerado atildamiento del cuerpo apartan a las almas de toda seriameditación diabólicamente hacia lo temporal y caduco, y abrasándolas enel infernal apetito de poseerlo y de gozarlo. De aquí la ambición, lacodicia y la lascivia, red que Satanás nos tiende, cebo con que nosatrae y anzuelo con que nos pesca y nos lleva consigo para devorarnos.La incredulidad y la herejía nacen de la molicie y del lujo, y por laambición y la codicia, cunden, se propagan y lo inficionan todo.

El padre ilustró su doctrina con citas históricas. Los albigenses, aquienes convirtió Santo Domingo con ayuda de Simón de Monfort, habíancaído en abominable herejía porque se entregaban a los festines,elegancias y malas pasiones. Una pícara mujer que sedujo a Martín Luterotuvo la culpa de que se hiciese protestante media Europa. Y la perversaAna Bolena fue el medio de que se valió el diablo para apoderarse de losingleses, que eran antes fervorosos católicos. La codicia había sido,sin embargo, peor que la lascivia, ya que, si bien toda revoluciónherética o impía empezaba con deportes, amoríos y relajación decostumbres, siempre era la codicia la que lograba que triunfase,convirtiendo la revolución en cucaña, en cuyo extremo superior se poníanlos bienes de la Iglesia.

—Tal vez—añadía el padre—las personas honradas y pacíficas andaránahora muy confiadas imaginando que ya acabó la era de las revoluciones,porque la Iglesia es pobre y no tiene bienes que le quiten; pero ¡ay,cuán lastimosamente se equivocan! A falta de bienes de la Iglesia sepondrán, o se ponen ya en lo alto de la cucaña, los bienes de losparticulares ricos. Y aún habrá menos escrúpulos para incautarse deellos, como ahora dicen, porque la incautación (socorrida palabra parano emplear otra muy dura que cuadraría mejor) no será sacrílega.

Entonces el padre habló del socialismo, refutándolo y procurandodemostrar que cada una de sus utopías es sueño y delirio insano. Segúnél, siempre habrá pobres y ricos, y figurándose ya la revolución socialtriunfante, dio por ineludible resultado que los que ahora son ricosqueden pobres; que algunos de los pobres más listos y audaces se haganricos y que la muchedumbre de los pobres se aumente en número y padezcamayor miseria, porque gran porción de la riqueza se habrá consumido odestruido con las huelgas, alborotos y guerras civiles. En cambio, si elorden establecido se conserva y se cuida de que nadie se haga ricoburlando el Código Penal, todos trabajarán y se ingeniarán decentemente,por donde crecerán la riqueza y el bienestar; y los ricos serán másricos y serán más, y los pobres serán menos pobres y menesterosos; yllegará el día, allá en lo por venir, en que los pobres estén mejortratados que los ricos de ahora. Pero ahora y entonces habrá clases yjerarquías sociales, y será justo que se respeten, porque las hay hastaen el cielo.

Aquí declamó mucho el padre contra el feroz empeño que muestran hoytantas personas por salir de su clase y elevarse sin mérito suficiente:el tendero, sólo porque se enriquece, pretende ser marqués; el usurero,duque; el sargento, general, sin ir a la guerra, y las mozuelasdesvergonzadas, damas y grandes señoras. Contra todos estos abusosdisertó con vehemencia, o más bien lanzó centellas y rayos, discurriendomás por extenso sobre el lujo femenino y encareciendo los males que deél proceden.

Al cuerpecito de una niña presumida y muy ataviada lo llamó colmena deLucifer, cuya miel endulza el veneno, y de donde salen las abejas y loszánganos de punzantes aguijones, o sea un maldito enjambre de vicios,pecados y sandeces.

Además de escandalizar con aquel lujo y de provocar a los hombres hastaen los lugares sagrados, turbando el sosiego de los espíritus eimpidiendo su elevación, se gasta para sustentar dicho lujo más de loque honradamente se gana; se aceptan regalos de los pretendientes y seles sonsaca el dinero. Dejándose ir, pues, por pendiente tanresbaladiza, las muchachas pobres que se ponen muy majas dan confacilidad en busconas. «Bien lo comprendió así—dijo el padre—la sabiay gloriosa reina doña Isabel la Católica, cuando se indignó al ver enunas fiestas que hubo en Segovia a ciertas aventureras vestidas de seda,y prohibió el uso de la seda a las que no fuesen hidalgas yricashembras, lo cual fue providencia discretísima y moralizadora.»

En suma, el padre Anselmo estuvo muy bien aquel día: censuró el viciosin censurar al vicio, y no designó ni aludió a nadie.

De esto se encargó la maliciosa envidia de las mujeres, excitada condisimulo por doña Inés.

Todas hicieron a la emperejilada Juanita blancode sus insolentes miradas. La consideración del origen ilegítimo de lamuchacha vino a corroborar la creencia de que era pecadora. Cada cualrecordó allá en sus adentros alguna de las varias sentencias vulgaresque sostienen como verdad la transmisión de la culpa por medio de lasangre: de tal palo, tal astilla; la cabra tira al monte; quien lohereda, no lo hurta; de casta le viene al galgo el ser rabilargo, y asíla madre, así la hija y así la manta que las cobija.

No pecaban las dos Juanas por encogidas ni por medrosas; pero apenaspudieron resistir la muda y formidable tempestad que descargó sobreellas. Aparentemente estaba más conmovida la madre. Juanita no mostróperder la serenidad y el reposo. Su orgullo y el convencimiento de queno había incurrido en grave falta la sostuvieron. El dolor, no obstante,y la cólera por la inmerecida afrenta bañaron sus mejillas en másencendido carmín. Y bajando ella la vista, veló con los párpados y lasrizadas y largas pestañas la luz de sus ojos, que dos mal reprimidaslágrimas humedecieron.

Al terminar la función acertaron madre e hija a escabullirse sin sernotadas y a volver precipitadamente a su casa.

XVII

Juanita se dejó caer desmadejada en un sillón de brazos. Juana paseaba,yendo y volviendo a largos pasos en su salita, como leona en su jaula.

—¡Habráse visto—exclamaba—mayor descoco! ¡Vaya... las mantesonas, laspu...ercas! Pues si durase aún la prohibición de seda, ¿cuál de ellas lallevaría sin contrabando? Mejores hidalgas y ricashembras nos dé Dios.De seda y muy de seda iban las dos hijas del escribano, pero «aunque lamona se vista de seda, mona se queda». Son más feas que noche detruenos. ¿Y de dónde han sacado su hidalguía? Quizá no sabremos que sonhijas de la Frasquita, a quien Dios haya perdonado. Era viuda delcagarrache del molino de Don Andrés cuando la pretendió y la tomó pormujer el escribano. ¿Y por qué la tomó por mujer? Para remediarse,porque ella había allegado bastante dinero con un gran corral degallinas, y más aún con su habilidad para aviar pollos. Aunque iba a lachita callando y no gastaba pito, la llamaban la gabacha. ¡Qué tactoen aquellos dedos verdugos! A escape entrecogía ella como con alicateslo que andaba buscando a tientas en los pobres animalitos, y los dejabaaviados por docenas, sin que se le desgraciase ninguno en la operación.Luego los cebada y ponía gordísimos y los vendía muy caros.

Yopreguntaría al padre Anselmo si oficio tan cruel es propio dericashembras.

Juanita se recobró pronto de su momentáneo abatimiento, y dijo:

—Mira, mamá, no me hables de las hijas del escribano. No las quieromal. Si me miraban con descaro y con susto, fue de puro tontas.

—Pues, hija mía, no sé de qué habían de asustarse. En la menor no sereparaba, porque es tan chiquituela y consumida, que parece un gusarapo;pero la mayor bien llamativa estaba. Vestida de colorado y tan gorda,parecía un tomate enorme con patas. Y luego, ¡qué desvergüenza!

Durantetoda la misa estuvo su novio a la vera de ella, todavía de judío, comohabía figurado en la procesión. ¡Buena hidalguía está la de Pepito, elhijo del albardonero! En vez de mercarle traje tan costoso, su padredebió hacerle una albarda, que no le vendría mal. Aunque ha vuelto deGranada licenciado en leyes, sigue tan burro como se fue, salvo querebuzna en latín y larga las coces ajustadas a Derecho. Pero, en fin, tútienes razón. No debemos quejarnos de ellos. Debemos despreciarlos. Elarrastrado del padre Anselmo tiene la culpa de todo.

—No maldigas del padre—replicó Juanita—. Es un bendito, espejo desantidad. Mucho de lo que dijo en el sermón era juicioso. Y si incurrióen exageraciones, bien sé yo por qué. La Reina Católica prohibiría sinduda la seda porque en su tiempo se entenderían las cosas de muy otramanera que en el día, y además porque la seda costaría entonces un ojode la cara y arruinaría al país. En fin, yo no sé por qué prohibió lareina la seda. Acaso no sea verdad que la prohibiese.

Pero si lo es o nolo es, ¿a mí qué me importa? Yo no me quejo de la reina ni del cura. Dequien me quejo es de aquella embustera gazmoña de doña Inés, que es laque ha armado contra mí todo este gatuperio. Ella me las pagará. ¡Voto aCristo que me las pagará!

Y levantándose entonces de la silla se dirigió hacia su madre con losojos echando chispas, y haciendo la cruz como para persignarse, dijosolemnemente:

—Por esta cruz lo juro: yo me vengaré. Ella se acordará de mi durantetoda su asquerosa vida o me han de borrar el nombre que tengo.

—Sí, hija mía—repuso Juana—, véngate, véngate. Nada más natural yrazonable, pero sin hacer ninguna barrabasada. Y, sobre todo, no jures,que es pecado mortal. Véngate sin juramento; con cachaza y malaintención.

—Pierde cuidado. No me faltará cachaza. He de disimular más y he de sermás hipocritona que esa indina. Mala intención es lo que no tengo; miintención siempre será buena.

Al llegar a este punto de su interesante diálogo, ambas interlocutorasoyeron en la calle terrible estruendo de voces, silbidos y carreras. Seasomaron a la ventana y miraron por la celosía.

Apenas tuvieron tiempode ver pasar atropellada muchedumbre de gente, y una vaca brava, atada auna larga y recia soga, de la que tiraban catorce o quince mozos de losmás robustos y ágiles.

Otros mozos aguijoneaban y enfurecían a la vaca,apaleándola con las chivatas y punzándola por detrás con pitacos obohordos de pita.

No siguieron mirando las Juanas lo que ocurría en la calle, porque másconmovedor espectáculo se ofreció de repente a sus ojos dentro de lasala misma. Apareció don Paco, a quien la criada había abierto lapuerta, con una gran pelota colorada entre los brazos.

Prontoreconocieron en aquella pelota a la hija mayor del escribano, que veníadesmayada y con acardenalado y gordo chichón en la frente. Las mejillasy las narices las traía embadurnadas en una sustancia amarilla ypegajosa a la que las moscas acudían. Al pronto dio no poco quesospechar tal sustancia, pero luego se supo que eran yemasdespachurradas.

En un cucurucho, que le había feriado el novio, las llevaba doñaNicolasita, y no se rompió las narices porque al caer dio con ellassobre las yemas.

Embelesada con la conversación de su novio, que iba a su lado, con lacarátula en la cabeza como montera y casi tan majo como ella, y seguidade su padre y de su hermanita, habían estado todos en la plaza, dondePepito se había despilfarrado feriando los dulces. Allí se habíanolvidado por completo de que formaba parte del programa de los regocijosy festejos con que se celebraba el día del Santo, un toro de cuerda, queentonces fue vaca, como hemos dicho.

Al pasar un grupo por la calle donde ambas Juanas vivían, oyeron derepente el alboroto y vieron el tropel de los que huían de la vaca, yhasta entonces no recordaron el peligro a que se habían expuesto.

El escribano, sin pensar en sus hijas, con frac y todo, se subió por loshierros de una reja y logró ponerse en salvo. La hermanita menor, queera muy ligera, tal vez por ser tan ruin y enjuta de carnes, se subiótambién a otra reja, donde parecía un mico.

El novio estuvo muy caballeroso y quiso imitar a Edgardo, el héroe de lanovela de Walter Scott, Lucía de Lammermoor, que él había leído; perola vaca no entendía de heroicidades y le derribó al suelo, dándole unempellón con el testuz. Por fortuna, la vaca no le hizo daño ni caso,porque sólo llamaba su atención y la atraía poderosamente aquella masaredonda y colorada que corría delante de ella agitando mucho las faldas.Como la calle estaba cubierta de gayomba y de juncia y con muchas gotasde cera que habían caído al pasar la procesión, el piso resbalabademasiado. No es, pues, de extrañar que resbalase doña Nicolasita ydiese en el suelo de hocicos. Gracias a las dos libras de yemas que seinterpusieron entre su cara y las piedras no se despampanó la pobre.Sólo se hizo en la frente el chichón ya mencionado. Su terror fueinmenso y causa de su desmayo. Allá, en su fantasía febricitante, creyósentir el cuerno que penetraba traidoramente en sus delicadísimascarnes, ya por un lado, ya por otro; y como por el terror, y antes quesobreviniese el soponcio, le dio la pataleta, agitaba la falda roja yllamaba al toro, o digamos a la vaca, que se le venía encima.

La fuerza de los mozos que la detuvieron tirando de la cuerda impidióque hubiese aquel día un desastre y que la función acabase en tragedia.

Don Paco, que venía por allí para visitar a sus amigas, al ver desmayadaa doña Nicolasita, la levantó en sus brazos y se refugió en casa deellas.

Cuando ambas se enteraron de lo sucedido, olvidando el enojo, cumplieronpiadosamente con las leyes de la hospitalidad. Hicieron volver de sudesmayo a la víctima de la vaca, aplicando a sus narices vinagre muyfuerte; con el mismo vinagre aguado le pusieron compresas en el chichóny se lo vendaron con un pañuelo blanco, de suerte que doña Nicolasitaparecía un Cupido.

Y, por último, le lavaron la cara y le quitaron lacostra y churretes de yemas.

Don Paco auxilió en todo esto a las dos caritativas mujeres.

El escribano, Pepito y la hermana menor recobrados ya del susto,vinieron a la puerta a llamar a doña Nicolasita, la cual, restablecidatambién, salió en busca de ellos, sin dar ocasión ni tiempo a queentrasen.

Tal vez pudo creerse que esta precipitación en la partida y el no entraren la casa los otros había sido de puro avergonzado; pero como doñaNicolasita no dio las gracias sino de un modo muy seco, y Juana yJuanita estaban escamadas, ambas lo atribuyeron a desdén y a estúpidorecelo de rebajarse y contaminarse en el trato de ellas.

Más amostazada entonces que nunca Juana la Larga, aprovechándose de unmomento en que Juanita había subido a su cuarto, habló a don Paco deesta manera:

—Señor don Paco, de sobra habrá visto usted la afrenta que nos hanhecho. Su hija de usted, mi señora doña Inés, tiene la culpa de todo. Sele figura que le tenemos a usted engatusado, y que le queremos chupar yle chupamos los parneses. Harto sabe usted que eso no es verdad. Mi niñaaceptó el corte de vestido y algún que otro regalo; pero los hemospagado, si no con creces, en lo justo. La levita que lleva usted puestabien vale la seda que mi hija ha lucido hoy y que tanto jaleo hacausado. Nosotras queremos mucho a usted, como buenas amigas; pero no lequeremos tanto para que por usted nos sacrifiquemos; si seguimosrecibiéndole nos tendrán por unas perdidas, y hasta serán capaces deecharnos del lugar. A Juanita le divierte mucho la conversación deusted; pero yo no quiero conversación que a nada conduce y que nos puedesalir muy cara. Conque, con pena lo digo, y sin pensamiento deofenderle, transponga usted, y no vuelva a parecer por esta casa, almenos hasta que cambien las circunstancias, sí es que cambian algún día,y sí no cambian, no parezca usted nunca.

Don Paco se compungió y se aturdió al oír este discurso y no acertó adar contestación. Algo tartamudeaba; pero la resuelta Juana no le dejabadecir palabra. Le empujó hacia la puerta y le echó a la calle antes quevolviese su hija.

XVIII

Atolondrado don Paco con los sucesos de aquel día, y más aún con laexpulsión de que acababa de ser objeto, no sabía qué camino tomar ni aqué carta quedarse, y maquinalmente se fue a su casa a meditar y a hacerexamen de conciencia. Lo primero que notó fue que la tenía muy limpia.No era ningún delito, aunque pudiese pasar por extravagancia, el queestuviese enamorado de aquella muchacha que podía ser su nieta. El haberido a su casa todas las noches durante algunas semanas apenas le parecíaimprudente y digno de censura. De Juanita formaba, sucesiva y a vecessimultáneamente, distintos conceptos, como sí en el fondo del ser deella hubiese algo de misterioso e indescifrable. De sobra reconocía élque Juanita, si no le había dado calabazas, era porque él no se habíadeclarado en regla; pero con sus bromas de llamarle abuelo y con la mañaque ella empleaba para que él no le hablase al oído y para esquivar elestar a solas con él, harto claro se veía que no quería admitirle pornovio ni por amante. Sin embargo, ¿sería esto cálculo o ladino instintode mujer para cautivarle mejor o para entretenerle con esperanzas vagas?También recordaba don Paco los cuchicheos de Juanita con Antoñuelo y seponía celoso.

¿Si estaría ella prendada de Antoñuelo, y considerando que como novio nole convenía, pensaría en plantarle y en decidirse al fin por don Paco,como mejor partido y conveniencia? ¿Si titubearía ella entre su propiogusto y lo que su madre, sin duda, le aconsejaba? Como quiera que fuese,don Paco tenía estampada en las telas del juicio la imagen de Juanita, ycada vez le parecía más hermosa y más deseable. Harto bien notaba que nisu madre ni ella habían tratado jamás de medrar a su costa de un modopecaminoso e ilegítimo. La madre acaso le deseaba para yerno. Lo que esla hija, hasta entonces no había mostrado desearle, ni menos buscarlepara amante ni para marido. El había hecho todos los avances. Culpa suyaera todo aquel furor suscitado contra las dos mujeres, del cual no lecabía la menor duda de que doña Inés era promovedora. Consideraba luegodon Paco, y esto le lisonjeaba y le ponía muy orondo, que Juanita, yaque no le amase, se deleitaba con su conversación, le reía los chistes,le aplaudía las discreciones, y oyéndole hablar, se mostraba muy atentay como pendiente de sus labios.

En aquella casa, de donde le habían echado, no había recibido sinohonestos y amistosos favores, en pago de los cuales, y fuese por lo quefuese, acababan de recibir ambas mujeres un agravio sangriento, para elcual se creía él obligado de hallar satisfacción. Exaltado por estascavilaciones, se decidió don Paco a ir a ver a su hija, a explicarle confranqueza y lealtad lo que había pasado y a pedirle cuentas de sumaligna conducta.

De mucho valor tenía que revestirse para atreverse a dar aquel paso.Doña Inés, con su severidad y su tiesura, casi le infundía miedo; perole venció la vergüenza, hizo cuanto pudo para apartarlo de sí, y sedirigió, con todos los bríos que pudo recoger y acumular en su ánimo, acasa de la señora doña Inés López Roldán, a quien sabía él que hallaríasola a la hora de la siesta.

En casa de doña Inés se comía entonces a las dos de la tarde. DonAlvaro, cuando no estaba en el campo, se acostaba en seguida, y comocomía bastante y bebía más del exquisito vino que se cría por allí, yque es mejor que el de Jerez, con perdón sea dicho, se tendía en su camay estaba roncando hasta las cuatro o las cinco de la tarde.

A los niños se los llevaban Serafina, el ama, y Calvete al otro extremode la casa, donde no molestaban con su ruido. Doña Inés se quedabaentonces sola en su estrado o en su despacho, ya haciendo cuentas, yaentregada a sus oraciones, ya leyendo algún libro de devoción o dehistoria.

El cacique don Andrés y otros personajes importantes del lugar no veníande visita o de tertulia sino por la noche. Las malas lenguas puedendecir cuanto se les antoja, los mal pensados pueden suponer las mayoresdiabluras; pero lo cierto es que doña Inés era recatadísima y, o bientenía razón el padre Anselmo y era una Lucrecia cristiana, o bien sabía,con prodigioso artificio, practicar aquel famoso precepto que dice: «Sino eres casta, sé cauta.» De aquí que doña Inés pudiese erguir muy altala frente y calificar de brutal y grosera calumnia la más leveinsinuación que contra su honestidad se atreviese a hacer algúndeslenguado.

Muy entretenida se hallaba entonces leyendo la vida de Santo Domingo,porque a causa de la función de iglesia no había leído aquel día muy demañana el Año cristiano, como tenía de costumbre, cuando entróSerafina a anunciar que don Paco llegaba a visitarla. Don Paco teníaentrada franca en aquella casa; pero Serafina le anunció para tenerprevenida a su ama.

Apenas transcurrió un minuto entre el anuncio y laentrada de don Paco diciendo buenos días.

—Buenos días dé Dios a usted, señor padre—dijo doña Inés, levantándosede la silla, acudiendo respetuosamente a su padre para besarle la mano yconvidándole a sentarse, como se sentó, en un sillón, frente a ella.

—Dichosos los ojos que ven a usted—prosiguió doña Inés—. Hace no sécuántas semanas que no pone usted los pies aquí. ¿Qué negocios le traena usted tan ocupado? ¿Qué le ha caído a usted que hacer que no le dejasiquiera una hora o dos libres por la noche para venir a mi tertulia,verme y darme el gusto de que yo le vea, echar algunas manos de tresilloo tener un rato de agradable conversación con el padre Anselmo y con losdemás señores que honran mi casa con su presencia?

Estas cariñosas quejas parecían todas sin intención y como nacidas delfilial afecto; pero al mismo tiempo era un cruel interrogatorio, queturbó a don Paco, y al que tuvo que hacer un esfuerzo para contestar. Denada valía el disimulo. Era menester contestar con franqueza, y donPaco, armándose de valor, contestó de esta suerte;

—Tienes razón en quejarte, hija mía. Hace tiempo que no vengo a tutertulia, ¿qué quieres?

Acaso han sido chocheces, extravagancias deviejo; pero yo había tomado la maña de ir a otra tertulia más modesta ymenos elegante que la tuya, y que, sin embargo, lo confieso, tenía paramí singular atractivo.

—¡Válgame Dios, señor padre! Lo había oído decir, pero no lo habíaquerido creer hasta que lo oigo de su boca. Extraño me parece que unapersona de la posición, de la gravedad y de los conocimientos de ustedse deleite rebajándose y dando conversación, durante horas enteras, ados mujeres tan ordinarias y tan poco edificantes como las Juanas; peromás extraño es todavía que no sea la conversación de usted y su tertuliacon ellas solas, sino que haya usted tenido casi siempre por contertulioa Antoñuelo, el hijo del herrador, el más pillete y el más zafio detodos los mozos de este lugar. ¡Singular tertulia! ¡Buen par de parejasestaban ustedes! La verdad..., yo no sabía qué decir cuando me hablabande esto. Aseguraban unos que Antoñuelo es el novio, o sabe Dios qué, dela Juanita, y le endosaban a usted a la Juana. Otros afirmaban que ustedpretendía a Juanita; pero entonces, ¿en qué se empleaba, qué papel hacíael celebérrimo Antoñuelo? ¿Eran ustedes rivales? Confiese usted que hasido una locura, un disparate, lo que ha estado usted haciendo. No niegoyo que la Juanita es guapa, aunque más que de honrada mocita tienetrazas de desaforada marimacho o de desenfrenada potranca. Pero aunquefuese Juanita la propia diosa Venus, debía usted (perdóneme, señorpadre, si se lo digo, por el interés y el amor que me inspira), debíausted no avillanarse yendo a diario a su casa. Pecado y vicio sería irallí solo y como favorecido vencedor; pero ir en competencia conAntoñuelo, francamente, yo no acierto a calificarlo. Lo mejor que sepuede decir es que ha sido un delirio. Vuelva usted en su juicio; dejede visitar a esas mujeres, y todos trataremos en el pueblo de hacerolvidar que usted las ha visitado pretendiendo a una de ellas, hastaahora tal vez en balde. Si ha pecado sólo con la intención, no por esoes menor el pecado. Al contrario, ya que no para las personas piadosas ytimoratas, para gente vulgar y profana es pecado más feo. No se ofendausted si me atrevo a declararlo, con harto dolor lo declaro: laridiculez le acompaña.

Casi todo el valor de que se había armado don Paco a fin de hablar a suhija y de quejarse de su conducta, cayó derribado a los pies de laseñora de Roldán. Sus contundentes razones abrumaban a su padre como unalluvia de acicalados chuzos, cuyas puntas se le clavaban en el corazón.Mirando todo por el lado poético, se explicaba satisfactoriamente:Juanita era el recato, la virtud, el talento y la modestia en persona.Era, además, hermosa como una ideal virgen espartana, como la propiaDiana Cazadora, rica en salud y gallardía; esbelta, fuerte y ágil; contodos los atractivos de la más casta, limpia y juvenil hermosura. SiAntoñuelo, que era un perdido, iba allí y trataba con la mayorfamiliaridad a Juanita, esto consistía en que Antoñuelo se había criadocon ella desde la infancia; en que ella le miraba y candorosamente lequería como a un hermano, y en que procuraba evitar que se extravíase ycayese en el precipicio.

La propia madre de Juanita, aunque había tenido en su mocedad lo quellaman en aquellos lugares un tropiezo, estaba-ya purificada por la vidaejemplar que había hecho después y por el honroso trabajo con que habíalogrado sustentarse y criar y conservar el fruto de sus desventuradosamores. Todo esto y más podía valer como respuesta a las observacionesde doña Inés. Pero lo cierto era que, despojado el caso de este tintepoético, y tal como el prosaico vulgo podía entenderlo, doña Inés teníarazón que le sobraba. Para la generalidad de los habitantes deVillalegre, Juanita no era más que la mozuela del cántaro, la hijailegítima de Juana la Larga, la chica que había corrido y jugado con lospilletes en medio de las calles hasta la edad de nueve o diez años, y laque después había conservado una sospechosa e íntima amistad conAntoñuelo, el cual pasaba entre todos por un tunante de la peor especie.

De aquí el desairado y mal papel que una persona de los años, de laseriedad y la importancia de don Paco no podía menos de hacer enapariencia, o bien siendo rival de Antoñuelo, o bien de acuerdo con élpara cortejar a la madre uno y a la hija el otro. Reponiéndose, noobstante, de la consternación que el tremendo discurso de doña Inés lehabía causado, y por lo mismo que ella con su feroz acometida leacorralaba y, como suele decirse, le ponía entre la espada y la pared,don Paco habló, al fin, con energía, y dijo de esta suerte:

—La gente podrá decir lo que le dé la gana. Yo me río de la gente,porque lo que dice es injusto. Tal vez me acusen las apariencias. Enrealidad, no hay culpa, ni falta, ni desdoro en lo que he hecho. Miyerno será un señor muy noble, pero yo no lo soy, y al tratarme con losplebeyos, me trato con mis iguales. Sólo se puede exigir de mí que seandecentes las personas que trato, y no hay el menor motivo para afirmarque las Juanas no lo sean. La vista y la conversación de Juanita medeleitaban, y por eso he estado yendo a casa de Juanita todas lasnoches. Soy mayor que tú en edad, saber y gobierno. Sé lo que me hago.No necesito de guía.

No quiero ni debo aguantar tus sermones. Me bastacon aguantar el que nos ha echado hoy el padre Anselmo, inocente talvez, pero que tú y otras mujeres envidiosas habéis envenenado convuestra malicia.

—¡Dios mío!—interrumpió doña Inés—. ¡Esto solo me faltaba: que lleguela ceguedad de usted hasta suponer que yo envidio a esa hija... de sumadre! Lo ocurrido es muy natural; la desvergonzada mozuela se haencajado en la iglesia, no vestida humildemente, según su clase, sinocon el lujo escandaloso de las mujeres cortesanas que bullen en lasgrandes ciudades y que son la perdición de los hombres. ¿De dónde hasalido el traje que llevaba puesto? Aquí nadie lo ignora. Era regalo deusted.

—No he de negar yo que era regalo mío. Ella lo aceptó por nodesairarme; pero como me ha dado en cambio prenda de más valor, nadiepuede decir que se viste a mi costa. Juanita se viste bien o mal con loque gana trabajando de modo honrado y lícito, y no estando vigentes enel día la pragmática contra la seda ni ningunas otras leyes suntuarias,no sólo de seda, sino de oro y de perlas puede vestirse Juanita si tienedinero para comprar el vestido y si se le antoja engalanarse con él.

—Si el respeto que a usted debo no anudase mí lengua—replicó doñaInés—, me atrevería a decir que está usted loco de atar. ¿Cómo defenderel escándalo, la campanada que ha dado esa chica, transformada derepente en princesa, como en los cuentos de hadas? Tiene chiste el quele haya dado a usted la levita. Ya se la cobrará con usura. Las puntadasde ella y las morcillas y longanizas que sabe hacer su madre no bastanpara costear levitas a los caballeros, y para seguir emperejilándose conricos trajes y mantillas de madroños, como dicen que en Madrid van a lostoros las damas de alto copete y las majas de rumbo. El día menospensado, no sólo para ir tan pomposas, sino para comer, faltará dinero alas Juanas, y entonces acudirán a usted y a otros a fin de retenerle, ycomo no podrán dar en cambio levitas, harto sabe el diablo lo que darán,sí ya no lo han dado.

—Ni han dado ni darán lo que no debe darse—exclamó don Paco, perdiendoya los estribos—.

Lo que yo te aseguro es que si Juanita quiere darmesu mano, yo la aceptaré gustoso, y tú tendrás que respetarla como madre.

—¡Jesús, María y José!, respetar yo a ese arrapiezo.... Se me caería lacara de vergüenza si hiciera usted semejante disparate.

—Pues sólo de Juanita depende que no lo haga. Y como no es posible, sinque nos peleemos, continuar esta conversación, me voy y te dejo. Adiós,hija.

—Señor padre, vaya usted con Dios y El le ilumine para que no continúeusted desatinando tan lastimosamente.

Don Paco salió con precipitación y muy enojado de casa de su hija, y noquedó ella menos furiosa.

XIX

El sermón del padre Anselmo se comentó y se interpretó por todo el lugaren perjuicio de ambas Juanas. Nadie sacó la cara por ellas, salvo elmaestro de escuela, aquella noche, en la Casilla.

La Casilla era y es todavía en algunos lugares el Casino y el Ateneoprimitivos y castizos.

Por lo general, y así sucedía en Villalegre, la Casilla estaba en salarelativamente cómoda y espaciosa, detrás de la botica. Allí se leían losperiódicos, se fumaba, se charlaba y se jugaba malilla, al tresillo, altruquiflor y al tute, y tal vez al ajedrez, al una a la dominó y a lasdamas.

Don Policarpo, el boticario de Villalegre, hacía muy bien los honoresdel establecimiento, donde concurrían casi todos los personajes dellugar, a despecho de las mujeres, que eran devotas y que abominaban delboticario, porque lejos de estar en olor de santidad, alcanzaba la pocoenvidiable fama de descreído y materialista. Siempre había permanecidosoltero; tenía una lengua como un hacha, con la que destrozaba lasreputaciones; y en su maligno rostro, en sus ojos vivarachos y algobizcos, en su nariz aguileña y en su boca sumida y burlona se revelabacierta diabólica y punzante travesura.

En el pueblo se referían estupendas singularidades sobre sus doctrinas yfacultades científicas, sosteniendo muchos que no todo lo que él hacía ydecía era natural, sino en gran parte por inspiración y con auxilio deldemonio; por lo cual, al hablar de sí propio, declaraba él que, sihubiese Inquisición aún, ya no viviría, porque le hubieran quemado vivo.Era dogma suyo que todas las cosas son lo mismo, y que la diferencia deellas es más aparente que real y más somera que profunda. Produce ladiferencia de las cosas una fuerza que vive y se agita en ellas,ocultando la raíz de su ser, y que, según sus varios efectos yoperaciones ya se llama calor, ya luz, ya electricidad, ya magnetismo,de donde transformaciones y mudanzas y vida y muerte. Esta fuerza era eldios de don Policarpo. Por él se jactaba de estar poseído y de serenergúmeno.

Para hacer milagros por su medio y en su nombre no tenía don Policarpovara de virtudes; pero, en cambio, tenía una recia, puntiaguda ylarguísima uña en el dedo meñique de la mano derecha, la cual uña leservía de ordinario como mondadientes. Las damas se llenaban de terrorcuando la veían, como si viesen la de Satanás en persona. Se decía queel boticario ya magnetizaba, adormecía y sujetaba a su voluntad a lasgentes, despidiendo por dicha uña fluido magnético, ya se electrizabatodo, restregando con rapidez sus pies contra una piel de lobo, ylanzaba por dicha uña un chorro o penacho de chispas azuladas yluminosas. Y no faltaba quien añadiese, jurando haberlo visto, que sólocon acercar la uña, cuando estaba él bien cargado y saturado deelectricidad, encendía un candil o disparaba un cañoncito muy cuco quese usaba para esta experiencia.

Yo no respondo de que hubiese o no algo de exagerado en talesafirmaciones; pero como quiera que fuese, el boticario, aunqueaborrecido de las damas, a lo que debía de contribuir su fealdad nadacomún, era persona divertida y hospitalaria.

Ninguna noche faltaban en la tertulia de su casa ocho o dieztertulianos. No iba el cura por culpa de la impiedad con que allí sehablaba; pero iban el médico, dos o tres concejales, el propio señoralcalde, varios de los mayores contribuyentes y don Pascual, el maestrode escuela.

Don Policarpo comentó el sermón de aquel día con maliciosa agudeza,sosteniendo irónicamente que el padre tenía razón.

—Sí, señores—dijo—; ya no hay bienes de la Iglesia que repartir. Elreparto se ha hecho mal y entre pocas personas que se han enriquecido.La futura revolución tendrá, pues, por objeto apoderarse de otros bienesy repartirlos con mayor equidad entre todos los pobres.

El maestro de escuela, que era liberal e individualista, respondió deeste modo:

—No es exacto que la revolución haya despojado inicuamente de susbienes a la Iglesia. Si se los ha expropiado, bien la indemniza. ElEstado puede expropiar, indemnizando, para utilidad pública. Sinembargo, aunque no hubiera tal indemnización, el caso no es idéntico.Ninguna asociación tiene por sí los derechos radicales eimprescriptibles de los individuos que la componen. El Estado esasociación suprema, a la cual están sometidas las otras, sin que puedanexistir en contra suya. Y si el Estado es árbitro de la vida de ellas,¿cómo no ha de serlo de lo que poseen? Lejos de caminar hacia elsocialismo, yo creo que la civilización propende a extender y afirmarmás cada día los derechos individuales. ¿Quién se atreverá a decir hoy,si no está loco rematado, que el Gobierno o el rey, por respetado ypoderoso que sea, es señor de vidas y haciendas?

—No nos venga usted con sofismas—interrumpió el boticario—. Si cadauno de los individuos que se asocian tienen singularmente derechosimprescriptibles, incluso el de asociarse, y si no hay rey ni roque quepueda despojar a nadie a su antojo de la hacienda y de la vida, ¿cómo seexplica que no persista en la suma lo que preexistía aisladamente encada uno de los sumandos?

Apuradillo se vio el maestro de escuela para impugnar el nuevo argumentodel boticario; pero lo impugnó al fin con razones, si no juiciosas,agudas.

Por dicha, los que estaban allí presentes eran propietarios más o menosricos, y varios de ellos habían comprado bienes de la Iglesia. Todos,por consiguiente, hallaron que don Pascual discurría mejor que Solón yque Licurgo; se pusieron de su lado, dejaron al boticario solo, ytrataron de sofocar su voz y de aturdirle a fuerza de gritos.

Don Policarpo no se dejaba convencer ni intimidar fácilmente, pero todosse cansaron de chillar y se pusieron roncos, terminando por cansanciouna disputa en que los extremos se habían tocado y en que la impiedadatea había estado de acuerdo con el más fervoroso catolicismo. Hubo unentreacto: un rato no corto de sosiego. Después recayó de nuevo laconversación sobre el sermón de aquel día, sobre el desenfrenado lujo delas mujeres y sobre las elegancias de Juanita la Larga.

En este punto, el maestro de escuela impugnó igualmente el sermón ydefendió con más calor, ahínco y acierto a Juanita.

—Es—decía—una muchacha discreta, honrada y trabajadora. Dios la hahecho hermosísima, y casi, casi estoy por decir que no sólo tienederecho, sino que tiene el deber de acicalarse y de realzar y mostrar lahermosura que Dios le ha dado. Lo contrario sería ingratitud para conDios y desdeñar lo que enseña la parábola de los cinco talentos. Yextraño mucho que ustedes, que han estado conmigo defendiendo lapropiedad individual, se vuelvan ahora contra mí y se pongan del lado dedon Policarpo para impugnar dicha propiedad. Pues qué, si Juanita tienedinero, ¿por qué no ha de gastarlo en cuanto se le antoje y vestirsecomo una reina? ¿Y qué le falta a ella para ser reina o para seremperatriz?

Movido el boticario por su espíritu malicioso, e impulsados los demáspor el odio y envidia de sus mujeres, respondían, si no con buendiscurso, con desvergüenzas y con burlas a cuanto don Pascual alegaba.

Juana la Larga fue declarada una largartona de primera fuerza; Juanita,una moza extraviada que estaba ya pervirtiendo y corrompiendo las buenascostumbres, y don Paco, un viejo chinadísimo, a quien hija y madreponían en ridículo e iban a chupar cuanto poseía.

En lo más recio de la disputa acertó a entrar en la botica el señor donPaco, y antes de llegar a la trastienda tuvo el disgusto de oír y decomprender los horrores que allí se propalaban.

Todos se callaron, porque cara a cara no querían ofenderle. La herida,con todo, estaba ya hecha. Se dio otro giro a la conversación. Se hablóde cosas distintas. Y don Paco halló lo más prudente no dar a entenderque había oído, y no traer de nuevo la conversación a tema para él tanenojoso.

A fin de disimular, trató de aparecer sereno y alegre; habló de lasnovedades políticas; se congratuló de que don Andrés Rubio acabase deobtener una gran cruz y fuese ya excelentísimo; y, por último, echó unascuantas manos de tute con el maestro de escuela.

Embromó al boticario diciendo que no creía en la fuerza electrizadora desu uña; y el boticario, a fin de convencerle, le prometió que el díamenos pensado, cuando estuviese él bien dispuesto, le llamaría y haríadelante de él la experiencia de encender el candil y de disparar elcañonazo.

Don Paco se había reportado, disimulando su pena y su enojo; pero nobien volvió a su casa, la pena le arrancó lágrimas y el enojo le hizocrispar los puños como sí estuviese delante algún enemigo a quien dar depuñaladas.

No podía, sin embargo, reñir con la población entera. Su hija era la másculpada, y él la había sufrido. Por más que cavilaba, no veía otro modode vengarse, de castigar a su hija y de adquirir el derecho e imponerseel deber de defender a Juanita contra todos que el de ofrecerle su manoy casarse con ella.

¡Ay de aquel que se atreviese entonces a decir nada ofensivo contraJuanita, aunque ella estrenase cada día otro vestido de seda!

Pensó bien en todo, interrogó a su corazón-, y su corazón le respondióque estaba perdidamente enamorado de la muchacha.

Entonces no se paró don Paco en más reflexiones; fue a su bufete yescribió a la señora doña Juana Gutiérrez (suprimiendo el alias de la Larga) una grave epístola pidiendo en forma la mano de su hija.

Llamó en seguida al alguacil y pregonero, que le servía al mismo tiempode criado y ayuda de cámara, y le encargó que al día siguiente, y muy demañana, llevase aquel pliego cerrado a Juana la Larga y se lo entregaseen mano propia.

Hecho esto, se acostó y durmió con alguna tranquilidad, como quien hacumplido un deber, y con alguna satisfacción, como quien ha puesto unapica en Flandes.

XX

Juana la Larga se llenó de júbilo cuando, a las siete de la mañana,recibió la carta y la deletreó con no poca fatiga, porque, si bien sabíaleer, no leía de corrido y le estorbaba lo negro.

No era Juana muy reflexiva ni previsora, y no pensó en las dificultades;sólo pensó en el triunfo que ella y su hija, en su sentir, habíanalcanzado. Acudió, pues, a la sala baja, donde Juanita estaba cosiendo,y con el mayor alborozo le dio parte de lo que ocurría.

Como comentario, la madre no sabía sino exclamar:

—¡Qué victoria! Todas esas perras, cochinas, van a reventar cuando losepan.

—Pues oye, mamá—contestó Juanita con el mayor reposo—: yo no quieroque nadie reviente; lo mejor es que no lo sepa nadie.

—¿Qué quieres decir con eso, muchacha?

—Lo que quiero decir es que nosotros, tú, él y yo, seríamos losreventados si hiciésemos tal desatino. No lo sufriría doña Inés; y elcura y el cacique, la Iglesia y el Estado, lo temporal y lo eterno,caerían sobre nosotros y nos aplastarían. Nos echarían del lugar apatadas. Y quién sabe si en otro lugar lograríamos, y cuánto tiempotardaríamos en lograr, tú la reputación y clientela que aquí tienes, yotanta costura, y don Paco el poder que aquí alcanza y su mangoneoprovechoso, debido en mucha parte a su capacidad, pero no menos aún a lasombra y al apoyo de don Andrés, con quien priva.

—¿Y de dónde sacas tú esos agüeros tan angustiosos?

—No es menester ser profeta ni adivino para sacarlos. Y además, ni yoestoy enamorada de don Paco, ni él quizá esté enamorado de mí. ¿Para quéel casorio? ¿Qué vamos ganando en ello?

¿No comprendes que si me pide espor un extremo de delicadeza? Yo se lo agradezco; me lisonjea mucho laprueba de aprecio que me da; pero no paso de agradecida y de lisonjeada.Porque ha venido a casa de tertulia, y porque me ha regalado el traje, yporque las malas lenguas murmuran, piensa él remediar el mal casándoseconmigo. Pues entonces la misma razón hay para que contigo se case,porque también de él y de ti dijeron, o para que me case yo con el hijodel herrador, ya que más y peor han hablado de mis relaciones con él quede mi relaciones con don Paco. Nada, mamá: todo eso es una tontería, ouna prueba, si quieres, de que el bueno de don Paco es un caballerocabal, aunque no tenga los leones, los pajarracos y los otroschirimbolos que tiene su yerno en el escudo.

—Y si tú, hija mía, reconoces y confiesas que don Paco es todo uncaballero, ¿por qué no le tomas por marido?

—Porque no quiero casarme por cálculo; porque aunque quisiese casarmepor cálculo, este cálculo de ahora estaría muy mal hecho, y, sobre todo,porque yo por nada del mundo he de aprovecharme de la caballerosidadgenerosa de ese hombre para cogerle la palabra y satisfacer mi vanidad ymi ambición, ya que amor no le tengo. Su trato me deleita; celebro sudiscreción; le oigo hablar con gusto; pero de esto a desear ser suya ycasarme con él hay todavía mucha distancia. No quiero salvarla de unbrinco. Aquí, para entre nosotras, algunas veces he sentido inclinacióna ir por esa senda, a andar ese camino, y sabe Dios si lo hubiera andadosin estos tropezones que ha habido; pero, en fin, aún no lo he andado.

—¡Ay niña, con qué tiquis miquis y sutilezas te me descuelgas! ¡Cómo seconoce el saber de que don Pascual te ha atiborrado la mollera! Siparece cuanto dices tomado de esos libros que don Pascual te da a leer.Pero, en fin, ¿qué contestamos a la carta de don Paco? Yo haré lo que túdesees, porque el asunto más importa a ti que a mí y porque tú sabes másque Lepe.

—¿Pues qué hemos de contestar sino darle las gracias y decirle quenones?

—¿Y a quién le toca escribir eso? Creo que debo escribir yo... y dorarla píldora. Yo no lograré poner el oro con mí pluma. Tú lo pondrás. Túirás diciendo y yo iré escribiendo, aunque hago letras que parecengarrapatos. ¡Ay!, y más en el día, porque mi escribir ha caído endesuso. Desde que murió tu padre en la guerra contra los carlistas, yono escribo sino las cuentas.

—Con buena o con mala letra, es menester que tú escribas la carta; yote la iré dictando.

—Hoy todavía no. ¿Es acaso puñalada de pícaro? ¿Quién nos corre? Antesde dar un paso tan importante, conviene que lo medites y consultes conla almohada. No es mucho veinticuatro horas de término. Hoy no escribo.Mañana, si todavía te aterras a la opinión que ahora tienes, escribiré,aunque me pese, lo que tú me digas.

Juanita estaba segura de que no había de variar su resolución por muchoque lo meditase.

Tuvo, no obstante, que ceder a los ruegos de Juana yaguardó hasta el día siguiente, en el cual, dividiéndose el trabajo,según queda dicho, fabricaron entre ambas la carta, que, por sutrascendencia e influjo en los ulteriores sucesos de esta sencilla yverdadera historia, hemos de consignar aquí.

La carta decía como sigue:

Señor don Paco: Muy ufanas estamos mi hija y yo de la honra que usted nos hace en la carta que acabo de recibir. Se lo agradecemos con toda el alma. La niña le quiere a usted mucho y le estima más; pero declara que no puede ni debe aceptar lo que usted propone.

Cree ella que fue una imprudencia de su parte ir al sermón vestida como una princesa, para azuzar más en contra suya a la gente, que ya deseaba morderla. Todo el lugar está ahora sublevado. Mal remedio sería la boda. Aumentarían la sublevación y el motín. Su Hija de usted se pondría a la cabeza. Nosotros no podríamos resistir. Los tres tendríamos que irnos con la música a otra parte.

En fin, don Paco, Juanita sostiene que sería la boda una locura.

Dice, por último, que ella no manda en su corazón, que la

diferencia de edad es grande entre ustedes y no quiere a usted de amor, aunque le profesa la amistad más fina. Sería, pues, muy feo de parte de ella abusar de la generosidad de usted para satisfacer su ambición o su vanidad casándose por cálculo, y también sería muy tonto, porque el cálculo estaría mal hecho.

Lo mejor y lo más discreto es que ustedes no se casen y que nadie sepa que ha dado usted este paso. Doña Inés nos odiaría si aceptásemos la proposición de usted; pero también nos odiará y nos declarará más la guerra si averigua que no aceptamos, pareciendo como que desdeñamos a su padre con infundada soberbia. Importa, pues, ocultar todo esto.

Ahí devuelvo a usted su carta. Rásguela y rasgue la mía, a fin de que no quede prueba escrita de lo ocurrido, y conserve usted en su memoria grato recuerdo de nosotras. Crea en nuestra profunda gratitud y mande a su afectísima amiga y constante servidora, q.b.s.m., Juana Gutiérrez.

XXI

Don Paco se sintió lastimado y encantado a la vez con la lectura de lacarta, que calificó de muy discreta y que miró como dictada por Juanita.

Sí ella le hubiera aceptado por marido, el contento de don Paco hubierasido grande, pero menor su estimación del valor de Juanita que el queera entonces al recibir las calabazas. Acaso una vaga sospecha de queJuanita aprovechaba la ocasión hubiera aguado el contento de ver queella le aceptaba. Si en extremo le dolía que ella declarase que no leamaba, no podía menos de aplaudir la lealtad de la declaración. Don Pacoestaba conforme en lo tocante al aprecio de las circunstancias que seoponían a la boda y que la hacían aparecer a toda juiciosa previsióncomo fuente de disgustos y de males.

De aquí que sus sentimientos al leer la carta fuesen de dolor y demortificación de amor propio por el desamor de Juanita; de admiración yaplauso por la prudente conducta de la muchacha, y de mayor cariño haciaella, así por la noble franqueza con que exponía las causas quejustificaban su desdén, como por las amistosas dulzuras con queprocuraba suavizarlo.

Conoció también don Paco que importaba mucho que su petición y lasubsiguiente repulsa no llegaran a saberse, y aunque no tuvo valor pararasgar o quemar lo que él escribió y la contestación de Juana, guardóambos documentos en el más secreto escondite de su escritorio.

Trató, además, de hacerse superior a su pena y de ver si olvidaba aJuanita, o al menos si seguía queriéndola con calma y con ciertatibieza, a fin de esperar sin impacientarse que Dios mejorase las horas,ya que la esperanza es lo último que se pierde en esta vida.

Y por lo pronto, o bien para conseguir el olvido o bien para enfriar oentibiar su fervorosa pasión, resolvió no volver a poner los pies encasa de Juanita y evitar su encuentro en la iglesia, en las calles y enla plaza.

Juanita, entre tanto, como era poco amiga de la sociedad y gustaba muchode la conversación de don Paco, se afligía del aislamiento y deplorabael sacrificio que había tenido que hacer. Allá, en el fondo de su alma,cuando estaba a solas con su conciencia, y con el notabilísimo despejo yla serenidad imparcial con que ella lo miraba todo, hacía repetidasveces las sutiles reflexiones que trataremos de expresar aquí en elsiguiente soliloquio:

«Me lo tengo bien merecido. He vivido hasta el día desgobernada y muy atontas y a locas. Mi madre, Dios me perdone si la ofendo, tiene pocojuicio, aunque bien puede ser que lo pierda por el entrañable amor queme tiene. Lo cierto es que entre las dos hemos hecho una infinidad detonterías. Justo es que las paguemos. No debo quejarme. En primer lugar,siendo yo mocita casadera, y si no ocupando cierta posición, aspirando aocuparla, debí dejar de ir por agua a la fuente y a lavar al albercón.Debí darme más tono. Y ya que no me lo di, aún fue mayor disparate elquerer de repente transformarme en dama y eclipsar y aturdir y excitarla envidia y la rabia del señorío mujeril de este lugar. Todavía misúbita transformación hubiera podido tener buen éxito si atino a ganarmeantes la buena voluntad de la muy poderosa e ilustre señora doña InésLópez de Roldán. Pero, lejos de eso, lo que hice fue provocar su enojo.Si el trato de don Paco me agradaba y me divertía, jamás he pensado yoen casarme con él, y aquí viene bien que yo lamente otra locura mía,otra completísima falta de cautela en mi madre y en mí. ¿A qué finrecibir de tertulia todas las noches a don Paco, sola a veces y a vecesen compañía de Antoñuelo, lo que casi es peor? Lo hacíamos porque nosdaba la real gana, sin atender a que somos pobres y a que la gana de lospobres no es real, sino súbdita que necesita someterse y hasta morir sinhallar satisfacción, a fin de no exponerse a muy crueles castigos.Nuestra tertulia era muy inocente; bien puedo sostener que más inocenteque la de doña Inés. ¿Cómo evitar, no obstante, que doña Inés supiese yhasta creyese de buena fe mil abominaciones, excitada por esa chismosade Crispina, que todo lo huele y cuando no lo huele lo inventa? Ella,sin duda, le diría primero que Antoñuelo era mi amigo y don Paco el demamá, y después, que yo me había apoderado de los dos, de uno para elgusto y del otro para el gasto, y que yo me estaba comiendo las milchucherías que él me traía de regalo y hasta el exquisito y sin parchocolate que se fabrica en casa de ella. Comprendo lo furiosa que doñaInés se pondría, y más aún al sospechar que don Paco pudiera casarseconmigo, porque doña Inés quiere heredar o que hereden sus hijos losahorros y las finquillas que don Paco va reuniendo, para lo cual importaque don Paco no se case, o bien que se case con una hidalga viuda que yome sé y que le daría cierto lustre aristocrático, y de seguro no ledaría hijos, porque está ya pasada y huera, y el caso de Abrahán y deSara no se repite.»

Así, y si no en los términos de que me valgo, en términos muy parecidos,discurría Juanita a sus solas. Luego continuaba:

«Es indispensable que yo me enmiende y que ajuste mi conducta a la razóny a la conveniencia. Debo tener doble juicio, por mi madre y por mí. Yya que (esto no puede negarse) soy cándida como la paloma, no está bienque me olvide de la otra mitad de la sentencia evangélica que he oídodecir tantas veces al padre Anselmo en sus sermones. Por tanto, en losucesivo me propongo ser astuta y prudente como la serpiente. La vida dezagalona rústica no hay que pensar en hacerla de nuevo. Dios me libretambién de recaer en la mala tentación de presumir de princesa. Nada devolver con la cabeza al aire y con el cántaro por esos andurriales; ynada tampoco de ponerme el magnífico vestido de seda mientras no ganeposición, autoridad y título duradero, suficiente y legítimo, paratamaña audacia. Ahora me conviene seguir por un justo término medio:salir poco de casa, coser y bordar mucho e ir con frecuencia a laiglesia, a misa y a mis devociones, muy humilde, con vestidito depercal, y cobijada así, borrar la mala impresión que necia oinocentemente he causado, y hasta llegar a adquirir reputación desanta.»

Aquí no podía menos de sonreírse Juanita, a pesar de lo fastidiada queestaba, y luego proseguía:

«Cierto que yo no soy mala y que amo a Dios sobre todas las cosas y queme complazco en darle adoración y culto; pero también, ¡qué diantres!,¿por qué no confesarlo?, también me amo y me doy culto a mí misma. Quizásea pecado. Lo que debo hacer es que este segundo culto, para noescandalizar a nadie, no sea público, sino misterioso. En lo exterior hede parecer como una beata pobre; mas ¿por qué he de privarme del placerde cuidar, de asear y de pulir con el mayor esmero este cuerpecito queDios me ha dado? Sin que nadie lo sospeche, he de cuidarlo y he delavarlo como si fuera el de una infanta de España. ¡Qué horror, cielossantos, sí llegase a saberlo, por ejemplo, Julián el arriero! Yo le oícontar en la fuente mientras daba agua a sus mulos, y haciéndose cruces,la indignación que le causó, cuando servía en Córdoba a una marquesa, elaveriguar, estando él en la cocina, que llevaban a dicha señora unenorme lebrillo y dos grandes jarros de agua a su cuarto. "¿Qué haríastú—le preguntó una chica—si tu mujer emplease también un lebrillo porel estilo?" "Pues yo—contestó él—agarraría una vara y la pondría negraa varazos, por indecente y por mantesona." Necesario es que yo haga unmisterio de mi limpieza, si no quiero que me excomulgue Julián y lamayoría de mis compatricios que discurren como él. Mas no por eso he dedejar de ser limpia. Además, quiero ser cuidadosa y muy regalada en miropa blanca interior. En los ratos de ocio, con mis ahorrillos y cuandono cosa para la calle, he de hacerme camisas finas y enaguas bordadascomo no las use mejores una archiduquesa de Austria. Tapado todo ellocon el mezquino traje exterior, me pareceré a la violeta, que, escondidaentre las verdes hojas y tal vez entre feos hierbajos, no deja conocerque exista como no sea al que tenga la nariz muy fina y por su delicadoolor la descubra. Seré como aquel personaje de cierto romance que recitadon Pascual, el cual personaje vestía de peregrino y llevaba unaesclavina

que no valían un reale;

debajo llevaba otra

que valía una ciudade.»

Juanita, al citar estos versos y al aplicárselos, se olvidaba de susmelancolías y soltaba una carcajada.

—¿De qué te ríes, niña?—le dijo una vez su madre—. Pues no es cosa derisa lo que nos está sucediendo.

—Sí, mamá; es cosa de risa. Mejor es reír que rabiar. Cuando las cosasse toman a risa, las penas que causan se mitigan o se consuelan.

Juanita no se contentó con pensar y con proponerse cuanto queda dicho,sino que lo cumplió todo con la mayor exactitud y perseverancia.

Pasaron muchos meses.

El cambio de Juanita empezó a notarse y a celebrarse entre las personasmás devotas del lugar.

El padre Anselmo, singularmente, y sin poderloremediar, a despecho de su humildad cristiana y del menosprecio de símismo, sintió un noble orgullo y se dio a entender que había hecho lamás repentina y milagrosa conversión, deteniendo a aquella joven ysimpática pecadora al borde del abismo en que iba ya a precipitarse.

XXII

Su rehabilitación costó a Juanita largo tiempo, y además no pocossacrificios, trabajos y esfuerzos de voluntad.

Fue lo más duro para ella el tener que vivir, sobre todo al principio,en soledad completa.

Se aburría, y a menudo recelaba que iba a enfermar de ictericia. Nopodía ni quería retroceder y charlar de nuevo y reanudar amistades conlas mozuelas que antes había tratado, las cuales, ofendidas ya, ledarían acaso mil sofiones; ni menos podía intimar, aunque lo desease,con las hidalgas y con las hijas de los labradores ricos, que sepreciaban de señoritas y que huirían de ella, así por la humildeposición de su madre como por su ilegítimo nacimiento y por la mala famaque le habían dado en el lugar, y que entre todos sus habitantes cundía.

Juanita tuvo que perder hasta la amistad y el trato de Antoñuelo. Y estono sólo para no seguir dando pábulo a la maledicencia, sino tambiénporque Antoñuelo estuvo muy tonto y ella se vio en la precisión dedespedirle con cajas destempladas y para siempre.

Dos días después de haber predicado el padre Anselmo su famoso sermón,Antoñuelo volvió de sus correrías. Entonces no se hablaba en el lugarsino del escándalo que Juanita había dado y de la severa y merecidalección que del padre Anselmo había recibido.

Ya en la plaza, ya a la sombra de algunos álamos que están en elaltozano, cerca de la iglesia, y donde se reúne y platica la gente moza,varios amigos y conocidos embromaron pesadamente a Antoñuelo

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