Juanita la Larga by Juan Valera - HTML preview

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Las paredes del templo, si bien blanqueaban sin mácula por el recienteenjalbiego, se veían en parte cubiertas de rojo damasco, aunque eldamasco era poco, y era más el filipichín que lo remeda.

A ambos lados del altar de Santo Domingo admiraban los fieles multitudde exvotos, claro testimonio de la potencia milagrosa de su celestialabogado. Allí piernas, ojos, brazos y hasta niños completos, y bastantestablitas pintadas al óleo, donde el milagro se representaba, y por mediode un largo letrero escrito al pie quedaba explicado.

La multitud llenaba el templo. En el centro, las mujeres, de rodillas osentadas en el suelo, se abanicaban casi todas. El movimiento de losabanicos de diversos colores alegraba la vista.

Alrededor estaban loshombres, en pie. Sólo ocupaban algunos escaños de nogal los señores delAyuntamiento y el cacique don Andrés, que vino a la iglesia, aunque no ala procesión.

Las miradas de los asistentes se fijaban con pasmo en el pecho delcacique, donde aquel día brillaba por vez primera la placa de oro,diamantes y rubíes y lustrosa banda de una gran cruz que el Gobiernoacababa de concederle en premio de sus eminentes servicios.

Ambas Juanas, que tampoco habían estado en la procesión, porque lahabían visto pasar por delante de su casa, sita en la carrera,aparecieron en la iglesia cuando ya empezaba la misa.

Involuntario ygeneral murmullo de admiración se escapó entonces del pecho de loshombres. La madre iba delante abriéndose paso con los codos. Detrásvenía la hija, hecha un sol, con su lindo vestido de seda chinesca, sumantilla de madroños, su alta peineta de concha y un montón de clavelesjunto a la peineta. Como el vestido era alto, Juanita no llevaba pañueloy mostraba toda la gallardía y esbeltez de su talle. Parecía la señoraprincipal, la reina de aquella función, y apenas podían comprender suscompatriotas que fuese ella misma la moza que hacía poco iba con uncántaro por agua a la fuente. Era marcial y decidido su paso, pero almismo tiempo majestuoso y modesto.

En la mano, que, en vez de emplearse en humildes y rudos trabajosdomésticos, se diría que había estado conservada entre algodones, comodelicada joven, tenía un pericón que manejaba con mucha gracia.

El asombro que causó su entrada en la iglesia bien se puede decir quedurante tres o cuatro minutos turbó el orden y la tranquilidad que allíreinaba. El maestro de escuela, hombre leído y que sabía de memoria elRomancero, recordó a este propósito, hablando a la oreja de un concejal,el efecto que hizo entrada semejante en la ermita de San Simón de ciertaniña sevillana, alborotando hasta a los monagos y a los sacristanes,quienes en vez de decir amén,

decían amor, amor.

Tan disparatado triunfo no cogió de susto a doña Inés. Ya tenía ellaaveriguada la transformación de Juanita de zagalona rústica en algo quepresumía de dama, y ya sabía, merced a las investigaciones de Cristina,que Juanita iba a lucir aquel día un maravilloso traje de lo más a lamoda y señoril que se había visto nunca en aquel lugar y en muchasleguas a la redonda. El éxito sobrepujó, no obstante, todos lospresentimientos y temores de doña Inés. Aunque todavía estaba guapa, apesar de los ocho vástagos que había tenido, se sintió en el fondo delalma, inferior a Juanita en hermosura; no dejó de notar, con profundamortificación, que Juanita estaba vestida con mejor gusto que ella;hasta en la distinción, aunque doña Inés se preciaba de muy distinguida,tuvo recelos de que Juanita le llevaba ventaja. Apenas se daba cuenta laseñora de Roldán del arte o de la adivinación con que una chicuela quese había criado entre pillería andrajosa y casi en medio de la calle,como vaca sin cencerro, se había hecho sujeto capaz de tan repentinaelegancia.

Como Juana la Larga iba tan engreída y tan ufana con el asombrosoesplendor y con la rara belleza de su niña, no buscó para ponerse conella de rodillas un sitio muy apartado, sino el mejor y más visible.Ambas mujeres fueron a plantificarse en un pequeño claro, inmediato alos escaños en que estaba el Ayuntamiento y don Paco y don Andrés; claroque el respeto y la humildad de otras mujeres habían contribuido aformar, y en cuyo límite, no distante, se hallaba doña Inés López deRoldán, la cual tomó aquella intrusión por desaforado atrevimiento, yardió en sed de imponerle pronto y severo castigo.

Al efecto había ya prevenido al padre Anselmo, y le tenía muysobreexcitado contra Juanita y contra su madre.

El padre Anselmo distaba mucho de ser malo y de ser ignorante. Sabía nopoco de teología dogmática y de moral, y poseía notable despejo yprodigiosa facundia; pero era terco, persistente en las opiniones queuna vez aceptaba, y desconocedor de los asuntos mundanos. Doña Inés,además, le tenía sorbidos los sesos. Doña Inés le infundía una veneracióny un cariño alambicadamente espirituales, que la convertían para él enoráculo. Era el devoto afecto que se filtra y se cuela a menudo en elvirtuoso corazón de los ancianos: amor sin deseo y sin vicio; lo quehasta llamándose platonismo escandalizaría al mismo que lo siente; loque es tan sutil, tan etéreo y tan limpio como aquel semidivino sentirque describe y pinta con rasgos luminosos el conde Baltasar Castiglioneen las últimas áureas páginas de su Cortesano.

El padre Anselmo jamás había leído este libro y no había caído ni podíacaer en que sentía inclinación tan dulce; pero sin tener conciencia deello reverenciaba a doña Inés como si fuera ángel o santa. Estaba ciegopara todos los defectos y pecados de ella, y no veía o no creía ver enella sino virtudes: la prudencia, la caridad, el recogimiento y lapiedad religiosa. Para el padre Anselmo era doña Inés modelo de casadasy de madres de familia y dechado ejemplar de señoras distinguidas ydoctas. En todo cuanto le dijo acerca de Juanita no advirtió otrointento que el de evitar o reprimir el escándalo y el mal ejemplo que enel lugar se estaba ya dando.

Influido por estas ideas, había preparado el sermón que predicó aqueldía y que versaba, con aplicación a las circunstancias, sobre el mismotema que él gustaba de tratar siempre: sobre la corrupción de nuestrosiglo y sobre sus síntomas ominosos, que son alternativamente efectos ycausas. Porque la falta de religión hace que se hunda la moralidad, comoedificio cuyos cimientos se socavan, mientras que el excesivo regalo yel esmerado atildamiento del cuerpo apartan a las almas de toda seriameditación diabólicamente hacia lo temporal y caduco, y abrasándolas enel infernal apetito de poseerlo y de gozarlo. De aquí la ambición, lacodicia y la lascivia, red que Satanás nos tiende, cebo con que nosatrae y anzuelo con que nos pesca y nos lleva consigo para devorarnos.La incredulidad y la herejía nacen de la molicie y del lujo, y por laambición y la codicia, cunden, se propagan y lo inficionan todo.

El padre ilustró su doctrina con citas históricas. Los albigenses, aquienes convirtió Santo Domingo con ayuda de Simón de Monfort, habíancaído en abominable herejía porque se entregaban a los festines,elegancias y malas pasiones. Una pícara mujer que sedujo a Martín Luterotuvo la culpa de que se hiciese protestante media Europa. Y la perversaAna Bolena fue el medio de que se valió el diablo para apoderarse de losingleses, que eran antes fervorosos católicos. La codicia había sido,sin embargo, peor que la lascivia, ya que, si bien toda revoluciónherética o impía empezaba con deportes, amoríos y relajación decostumbres, siempre era la codicia la que lograba que triunfase,convirtiendo la revolución en cucaña, en cuyo extremo superior se poníanlos bienes de la Iglesia.

—Tal vez—añadía el padre—las personas honradas y pacíficas andaránahora muy confiadas imaginando que ya acabó la era de las revoluciones,porque la Iglesia es pobre y no tiene bienes que le quiten; pero ¡ay,cuán lastimosamente se equivocan! A falta de bienes de la Iglesia sepondrán, o se ponen ya en lo alto de la cucaña, los bienes de losparticulares ricos. Y aún habrá menos escrúpulos para incautarse deellos, como ahora dicen, porque la incautación (socorrida palabra parano emplear otra muy dura que cuadraría mejor) no será sacrílega.

Entonces el padre habló del socialismo, refutándolo y procurandodemostrar que cada una de sus utopías es sueño y delirio insano. Segúnél, siempre habrá pobres y ricos, y figurándose ya la revolución socialtriunfante, dio por ineludible resultado que los que ahora son ricosqueden pobres; que algunos de los pobres más listos y audaces se haganricos y que la muchedumbre de los pobres se aumente en número y padezcamayor miseria, porque gran porción de la riqueza se habrá consumido odestruido con las huelgas, alborotos y guerras civiles. En cambio, si elorden establecido se conserva y se cuida de que nadie se haga ricoburlando el Código Penal, todos trabajarán y se ingeniarán decentemente,por donde crecerán la riqueza y el bienestar; y los ricos serán másricos y serán más, y los pobres serán menos pobres y menesterosos; yllegará el día, allá en lo por venir, en que los pobres estén mejortratados que los ricos de ahora. Pero ahora y entonces habrá clases yjerarquías sociales, y será justo que se respeten, porque las hay hastaen el cielo.

Aquí declamó mucho el padre contra el feroz empeño que muestran hoytantas personas por salir de su clase y elevarse sin mérito suficiente:el tendero, sólo porque se enriquece, pretende ser marqués; el usurero,duque; el sargento, general, sin ir a la guerra, y las mozuelasdesvergonzadas, damas y grandes señoras. Contra todos estos abusosdisertó con vehemencia, o más bien lanzó centellas y rayos, discurriendomás por extenso sobre el lujo femenino y encareciendo los males que deél proceden.

Al cuerpecito de una niña presumida y muy ataviada lo llamó colmena deLucifer, cuya miel endulza el veneno, y de donde salen las abejas y loszánganos de punzantes aguijones, o sea un maldito enjambre de vicios,pecados y sandeces.

Además de escandalizar con aquel lujo y de provocar a los hombres hastaen los lugares sagrados, turbando el sosiego de los espíritus eimpidiendo su elevación, se gasta para sustentar dicho lujo más de loque honradamente se gana; se aceptan regalos de los pretendientes y seles sonsaca el dinero. Dejándose ir, pues, por pendiente tanresbaladiza, las muchachas pobres que se ponen muy majas dan confacilidad en busconas. «Bien lo comprendió así—dijo el padre—la sabiay gloriosa reina doña Isabel la Católica, cuando se indignó al ver enunas fiestas que hubo en Segovia a ciertas aventureras vestidas de seda,y prohibió el uso de la seda a las que no fuesen hidalgas yricashembras, lo cual fue providencia discretísima y moralizadora.»

En suma, el padre Anselmo estuvo muy bien aquel día: censuró el viciosin censurar al vicio, y no designó ni aludió a nadie.

De esto se encargó la maliciosa envidia de las mujeres, excitada condisimulo por doña Inés.

Todas hicieron a la emperejilada Juanita blancode sus insolentes miradas. La consideración del origen ilegítimo de lamuchacha vino a corroborar la creencia de que era pecadora. Cada cualrecordó allá en sus adentros alguna de las varias sentencias vulgaresque sostienen como verdad la transmisión de la culpa por medio de lasangre: de tal palo, tal astilla; la cabra tira al monte; quien lohereda, no lo hurta; de casta le viene al galgo el ser rabilargo, y asíla madre, así la hija y así la manta que las cobija.

No pecaban las dos Juanas por encogidas ni por medrosas; pero apenaspudieron resistir la muda y formidable tempestad que descargó sobreellas. Aparentemente estaba más conmovida la madre. Juanita no mostróperder la serenidad y el reposo. Su orgullo y el convencimiento de queno había incurrido en grave falta la sostuvieron. El dolor, no obstante,y la cólera por la inmerecida afrenta bañaron sus mejillas en másencendido carmín. Y bajando ella la vista, veló con los párpados y lasrizadas y largas pestañas la luz de sus ojos, que dos mal reprimidaslágrimas humedecieron.

Al terminar la función acertaron madre e hija a escabullirse sin sernotadas y a volver precipitadamente a su casa.

XVII

Juanita se dejó caer desmadejada en un sillón de brazos. Juana paseaba,yendo y volviendo a largos pasos en su salita, como leona en su jaula.

—¡Habráse visto—exclamaba—mayor descoco! ¡Vaya... las mantesonas, laspu...ercas! Pues si durase aún la prohibición de seda, ¿cuál de ellas lallevaría sin contrabando? Mejores hidalgas y ricashembras nos dé Dios.De seda y muy de seda iban las dos hijas del escribano, pero «aunque lamona se vista de seda, mona se queda». Son más feas que noche detruenos. ¿Y de dónde han sacado su hidalguía? Quizá no sabremos que sonhijas de la Frasquita, a quien Dios haya perdonado. Era viuda delcagarrache del molino de Don Andrés cuando la pretendió y la tomó pormujer el escribano. ¿Y por qué la tomó por mujer? Para remediarse,porque ella había allegado bastante dinero con un gran corral degallinas, y más aún con su habilidad para aviar pollos. Aunque iba a lachita callando y no gastaba pito, la llamaban la gabacha. ¡Qué tactoen aquellos dedos verdugos! A escape entrecogía ella como con alicateslo que andaba buscando a tientas en los pobres animalitos, y los dejabaaviados por docenas, sin que se le desgraciase ninguno en la operación.Luego los cebada y ponía gordísimos y los vendía muy caros.

Yopreguntaría al padre Anselmo si oficio tan cruel es propio dericashembras.

Juanita se recobró pronto de su momentáneo abatimiento, y dijo:

—Mira, mamá, no me hables de las hijas del escribano. No las quieromal. Si me miraban con descaro y con susto, fue de puro tontas.

—Pues, hija mía, no sé de qué habían de asustarse. En la menor no sereparaba, porque es tan chiquituela y consumida, que parece un gusarapo;pero la mayor bien llamativa estaba. Vestida de colorado y tan gorda,parecía un tomate enorme con patas. Y luego, ¡qué desvergüenza!

Durantetoda la misa estuvo su novio a la vera de ella, todavía de judío, comohabía figurado en la procesión. ¡Buena hidalguía está la de Pepito, elhijo del albardonero! En vez de mercarle traje tan costoso, su padredebió hacerle una albarda, que no le vendría mal. Aunque ha vuelto deGranada licenciado en leyes, sigue tan burro como se fue, salvo querebuzna en latín y larga las coces ajustadas a Derecho. Pero, en fin, tútienes razón. No debemos quejarnos de ellos. Debemos despreciarlos. Elarrastrado del padre Anselmo tiene la culpa de todo.

—No maldigas del padre—replicó Juanita—. Es un bendito, espejo desantidad. Mucho de lo que dijo en el sermón era juicioso. Y si incurrióen exageraciones, bien sé yo por qué. La Reina Católica prohibiría sinduda la seda porque en su tiempo se entenderían las cosas de muy otramanera que en el día, y además porque la seda costaría entonces un ojode la cara y arruinaría al país. En fin, yo no sé por qué prohibió lareina la seda. Acaso no sea verdad que la prohibiese.

Pero si lo es o nolo es, ¿a mí qué me importa? Yo no me quejo de la reina ni del cura. Dequien me quejo es de aquella embustera gazmoña de doña Inés, que es laque ha armado contra mí todo este gatuperio. Ella me las pagará. ¡Voto aCristo que me las pagará!

Y levantándose entonces de la silla se dirigió hacia su madre con losojos echando chispas, y haciendo la cruz como para persignarse, dijosolemnemente:

—Por esta cruz lo juro: yo me vengaré. Ella se acordará de mi durantetoda su asquerosa vida o me han de borrar el nombre que tengo.

—Sí, hija mía—repuso Juana—, véngate, véngate. Nada más natural yrazonable, pero sin hacer ninguna barrabasada. Y, sobre todo, no jures,que es pecado mortal. Véngate sin juramento; con cachaza y malaintención.

—Pierde cuidado. No me faltará cachaza. He de disimular más y he de sermás hipocritona que esa indina. Mala intención es lo que no tengo; miintención siempre será buena.

Al llegar a este punto de su interesante diálogo, ambas interlocutorasoyeron en la calle terrible estruendo de voces, silbidos y carreras. Seasomaron a la ventana y miraron por la celosía.

Apenas tuvieron tiempode ver pasar atropellada muchedumbre de gente, y una vaca brava, atada auna larga y recia soga, de la que tiraban catorce o quince mozos de losmás robustos y ágiles.

Otros mozos aguijoneaban y enfurecían a la vaca,apaleándola con las chivatas y punzándola por detrás con pitacos obohordos de pita.

No siguieron mirando las Juanas lo que ocurría en la calle, porque másconmovedor espectáculo se ofreció de repente a sus ojos dentro de lasala misma. Apareció don Paco, a quien la criada había abierto lapuerta, con una gran pelota colorada entre los brazos.

Prontoreconocieron en aquella pelota a la hija mayor del escribano, que veníadesmayada y con acardenalado y gordo chichón en la frente. Las mejillasy las narices las traía embadurnadas en una sustancia amarilla ypegajosa a la que las moscas acudían. Al pronto dio no poco quesospechar tal sustancia, pero luego se supo que eran yemasdespachurradas.

En un cucurucho, que le había feriado el novio, las llevaba doñaNicolasita, y no se rompió las narices porque al caer dio con ellassobre las yemas.

Embelesada con la conversación de su novio, que iba a su lado, con lacarátula en la cabeza como montera y casi tan majo como ella, y seguidade su padre y de su hermanita, habían estado todos en la plaza, dondePepito se había despilfarrado feriando los dulces. Allí se habíanolvidado por completo de que formaba parte del programa de los regocijosy festejos con que se celebraba el día del Santo, un toro de cuerda, queentonces fue vaca, como hemos dicho.

Al pasar un grupo por la calle donde ambas Juanas vivían, oyeron derepente el alboroto y vieron el tropel de los que huían de la vaca, yhasta entonces no recordaron el peligro a que se habían expuesto.

El escribano, sin pensar en sus hijas, con frac y todo, se subió por loshierros de una reja y logró ponerse en salvo. La hermanita menor, queera muy ligera, tal vez por ser tan ruin y enjuta de carnes, se subiótambién a otra reja, donde parecía un mico.

El novio estuvo muy caballeroso y quiso imitar a Edgardo, el héroe de lanovela de Walter Scott, Lucía de Lammermoor, que él había leído; perola vaca no entendía de heroicidades y le derribó al suelo, dándole unempellón con el testuz. Por fortuna, la vaca no le hizo daño ni caso,porque sólo llamaba su atención y la atraía poderosamente aquella masaredonda y colorada que corría delante de ella agitando mucho las faldas.Como la calle estaba cubierta de gayomba y de juncia y con muchas gotasde cera que habían caído al pasar la procesión, el piso resbalabademasiado. No es, pues, de extrañar que resbalase doña Nicolasita ydiese en el suelo de hocicos. Gracias a las dos libras de yemas que seinterpusieron entre su cara y las piedras no se despampanó la pobre.Sólo se hizo en la frente el chichón ya mencionado. Su terror fueinmenso y causa de su desmayo. Allá, en su fantasía febricitante, creyósentir el cuerno que penetraba traidoramente en sus delicadísimascarnes, ya por un lado, ya por otro; y como por el terror, y antes quesobreviniese el soponcio, le dio la pataleta, agitaba la falda roja yllamaba al toro, o digamos a la vaca, que se le venía encima.

La fuerza de los mozos que la detuvieron tirando de la cuerda impidióque hubiese aquel día un desastre y que la función acabase en tragedia.

Don Paco, que venía por allí para visitar a sus amigas, al ver desmayadaa doña Nicolasita, la levantó en sus brazos y se refugió en casa deellas.

Cuando ambas se enteraron de lo sucedido, olvidando el enojo, cumplieronpiadosamente con las leyes de la hospitalidad. Hicieron volver de sudesmayo a la víctima de la vaca, aplicando a sus narices vinagre muyfuerte; con el mismo vinagre aguado le pusieron compresas en el chichóny se lo vendaron con un pañuelo blanco, de suerte que doña Nicolasitaparecía un Cupido.

Y, por último, le lavaron la cara y le quitaron lacostra y churretes de yemas.

Don Paco auxilió en todo esto a las dos caritativas mujeres.

El escribano, Pepito y la hermana menor recobrados ya del susto,vinieron a la puerta a llamar a doña Nicolasita, la cual, restablecidatambién, salió en busca de ellos, sin dar ocasión ni tiempo a queentrasen.

Tal vez pudo creerse que esta precipitación en la partida y el no entraren la casa los otros había sido de puro avergonzado; pero como doñaNicolasita no dio las gracias sino de un modo muy seco, y Juana yJuanita estaban escamadas, ambas lo atribuyeron a desdén y a estúpidorecelo de rebajarse y contaminarse en el trato de ellas.

Más amostazada entonces que nunca Juana la Larga, aprovechándose de unmomento en que Juanita había subido a su cuarto, habló a don Paco deesta manera:

—Señor don Paco, de sobra habrá visto usted la afrenta que nos hanhecho. Su hija de usted, mi señora doña Inés, tiene la culpa de todo. Sele figura que le tenemos a usted engatusado, y que le queremos chupar yle chupamos los parneses. Harto sabe usted que eso no es verdad. Mi niñaaceptó el corte de vestido y algún que otro regalo; pero los hemospagado, si no con creces, en lo justo. La levita que lleva usted puestabien vale la seda que mi hija ha lucido hoy y que tanto jaleo hacausado. Nosotras queremos mucho a usted, como buenas amigas; pero no lequeremos tanto para que por usted nos sacrifiquemos; si seguimosrecibiéndole nos tendrán por unas perdidas, y hasta serán capaces deecharnos del lugar. A Juanita le divierte mucho la conversación deusted; pero yo no quiero conversación que a nada conduce y que nos puedesalir muy cara. Conque, con pena lo digo, y sin pensamiento deofenderle, transponga usted, y no vuelva a parecer por esta casa, almenos hasta que cambien las circunstancias, sí es que cambian algún día,y sí no cambian, no parezca usted nunca.

Don Paco se compungió y se aturdió al oír este discurso y no acertó adar contestación. Algo tartamudeaba; pero la resuelta Juana no le dejabadecir palabra. Le empujó hacia la puerta y le echó a la calle antes quevolviese su hija.

XVIII

Atolondrado don Paco con los sucesos de aquel día, y más aún con laexpulsión de que acababa de ser objeto, no sabía qué camino tomar ni aqué carta quedarse, y maquinalmente se fue a su casa a meditar y a hacerexamen de conciencia. Lo primero que notó fue que la tenía muy limpia.No era ningún delito, aunque pudiese pasar por extravagancia, el queestuviese enamorado de aquella muchacha que podía ser su nieta. El haberido a su casa todas las noches durante algunas semanas apenas le parecíaimprudente y digno de censura. De Juanita formaba, sucesiva y a vecessimultáneamente, distintos conceptos, como sí en el fondo del ser deella hubiese algo de misterioso e indescifrable. De sobra reconocía élque Juanita, si no le había dado calabazas, era porque él no se habíadeclarado en regla; pero con sus bromas de llamarle abuelo y con la mañaque ella empleaba para que él no le hablase al oído y para esquivar elestar a solas con él, harto claro se veía que no quería admitirle pornovio ni por amante. Sin embargo, ¿sería esto cálculo o ladino instintode mujer para cautivarle mejor o para entretenerle con esperanzas vagas?También recordaba don Paco los cuchicheos de Juanita con Antoñuelo y seponía celoso.

¿Si estaría ella prendada de Antoñuelo, y considerando que como novio nole convenía, pensaría en plantarle y en decidirse al fin por don Paco,como mejor partido y conveniencia? ¿Si titubearía ella entre su propiogusto y lo que su madre, sin duda, le aconsejaba? Como quiera que fuese,don Paco tenía estampada en las telas del juicio la imagen de Juanita, ycada vez le parecía más hermosa y más deseable. Harto bien notaba que nisu madre ni ella habían tratado jamás de medrar a su costa de un modopecaminoso e ilegítimo. La madre acaso le deseaba para yerno. Lo que esla hija, hasta entonces no había mostrado desearle, ni menos buscarlepara amante ni para marido. El había hecho todos los avances. Culpa suyaera todo aquel furor suscitado contra las dos mujeres, del cual no lecabía la menor duda de que doña Inés era promovedora. Consideraba luegodon Paco, y esto le lisonjeaba y le ponía muy orondo, que Juanita, yaque no le amase, se deleitaba con su conversación, le reía los chistes,le aplaudía las discreciones, y oyéndole hablar, se mostraba muy atentay como pendiente de sus labios.

En aquella casa, de donde le habían echado, no había recibido sinohonestos y amistosos favores, en pago de los cuales, y fuese por lo quefuese, acababan de recibir ambas mujeres un agravio sangriento, para elcual se creía él obligado de hallar satisfacción. Exaltado por estascavilaciones, se decidió don Paco a ir a ver a su hija, a explicarle confranqueza y lealtad lo que había pasado y a pedirle cuentas de sumaligna conducta.

De mucho valor tenía que revestirse para atreverse a dar aquel paso.Doña Inés, con su severidad y su tiesura, casi le infundía miedo; perole venció la vergüenza, hizo cuanto pudo para apartarlo de sí, y sedirigió, con todos los bríos que pudo recoger y acumular en su ánimo, acasa de la señora doña Inés López Roldán, a quien sabía él que hallaríasola a la hora de la siesta.

En casa de doña Inés se comía entonces a las dos de la tarde. DonAlvaro, cuando no estaba en el campo, se acostaba en seguida, y comocomía bastante y bebía más del exquisito vino que se cría por allí, yque es mejor que el de Jerez, con perdón sea dicho, se tendía en su camay estaba roncando hasta las cuatro o las cinco de la tarde.

A los niños se los llevaban Serafina, el ama, y Calvete al otro extremode la casa, donde no molestaban con su ruido. Doña Inés se quedabaentonces sola en su estrado o en su despacho, ya haciendo cuentas, yaentregada a sus oraciones, ya leyendo algún libro de devoción o dehistoria.

El cacique don Andrés y otros personajes importantes del lugar no veníande visita o de tertulia sino por la noche. Las malas lenguas puedendecir cuanto se les antoja, los mal pensados pueden suponer las mayoresdiabluras; pero lo cierto es que doña Inés era recatadísima y, o bientenía razón el padre Anselmo y era una Lucrecia cristiana, o bien sabía,con prodigioso artificio, practicar aquel famoso precepto que dice: «Sino eres casta, sé cauta.» De aquí que doña Inés pudiese erguir muy altala frente y calificar de brutal y grosera calumnia la más leveinsinuación que contra su honestidad se atreviese a hacer algúndeslenguado.

Muy entretenida se hallaba entonces leyendo la vida de Santo Domingo,porque a causa de la función de iglesia no había leído aquel día muy demañana el Año cristiano, como tenía de costumbre, cuando entróSerafina a anunciar que don Paco llegaba a visitarla. Don Paco teníaentrada franca en aquella casa; pero Serafina le anunció para tenerprevenida a su ama.

Apenas transcurrió un minuto entre el anuncio y laentrada de don Paco diciendo buenos días.

—Buenos días dé Dios a usted, señor padre—dijo doña Inés, levantándosede la silla, acudiendo respetuosamente a su padre para besarle la mano yconvidándole a sentarse, como se sentó, en un sillón, frente a ella.

—Dichosos los ojos que ven a usted—prosiguió doña Inés—. Hace no sécuántas semanas que no pone usted los pies aquí. ¿Qué negocios le traena usted tan ocupado? ¿Qué le ha caído a usted que hacer que no le dejasiquiera una hora o dos libres por la noche para venir a mi tertulia,verme y darme el gusto de que yo le vea, echar algunas manos de tresilloo tener un rato de agradable conversación con el padre Anselmo y con losdemás señores que honran mi casa con su presencia?

Estas cariñosas quejas parecían todas sin intención y como nacidas delfilial afecto; pero al mismo tiempo era un cruel interrogatorio, queturbó a don Paco, y al que tuvo que hacer un esfuerzo para contestar. Denada valía el disimulo. Era menester contestar con franqueza, y donPaco, armándose de valor, contestó de esta suerte;

—Tienes razón en quejarte, hija mía. Hace tiempo que no vengo a tutertulia, ¿qué quieres?

Acaso han sido chocheces, extravagancias deviejo; pero yo había tomado la maña de ir a otra tertulia más modesta ymenos elegante que la tuya, y que, sin embargo, lo confieso, tenía paramí singular atractivo.

—¡Válgame Dios, señor padre! Lo había oído decir, pero no lo habíaque